5 - Capítulo 5 — Cristo, Redentor, y los santos como sacerdotes

Libro del Apocalipsis


5.1 - ¿Quién es digno de abrir el libro? (Apoc. 5:1-3)

«En la mano derecha del que estaba sentado en el trono», Juan vio un libro en forma de rollo, «escrito por dentro y por fuera», sellado con 7 sellos. Es, pues, imposible agregar o quitar cualquier cosa de él (Ez. 2:9). Este libro contiene los propósitos de Dios y sus caminos en juicio hacia este mundo, en vista de introducir a Cristo, el gran vencedor, en su reino. Al principio del capítulo 6, los sellos son sucesivamente abiertos y, cuando todos son rotos, se conoce el contenido detallado del libro. El mundo tendrá que atravesar esos juicios antes de la manifestación gloriosa del Rey de reyes.

Un ángel poderoso lanza una pregunta que parece un desafío: «¿Quién es digno de abrir el libro y romper sus sellos?». La incapacidad universal para abrir y, aún más, para mirar el libro, es reconocida por todas las criaturas (v. 2-5). «Y yo lloraba mucho, porque nadie fue hallado digno de abrir el libro, ni de mirarlo». Es la única ocasión en este libro donde se ve a Juan llorar «mucho». Aunque sinceras, sus lágrimas muestran un conocimiento imperfecto de los caminos de Dios; pronto ellas serán enjugadas.

Las reacciones emocionales de Juan frente a estas escenas sobrenaturales son interesantes:

  1. Ante la visión de Cristo, el Hijo del hombre (cap. 1:17), cae como muerto.
  2. Aquí llora (cap. 5:4).
  3. Más tarde se asombra grandemente al ver a la mujer sentada sobre la bestia escarlata (cap. 17:6).
  4. Por último se postra a los pies de un ángel para adorarle (cap. 19:10). En cada caso hay un reproche celestial (por medio de un anciano o de un ángel), cuando sus emociones naturales vienen a turbar su juicio espiritual.

5.2 - La respuesta (Apoc. 5:4-5)

Después de una solemne pausa, Juan escucha la respuesta a la pregunta hecha por el ángel. El que viene a exhortarlo y a consolarlo no es un ángel, sino un anciano, un hombre entre los que representan a los creyentes resucitados y glorificados. Uno de ellos le dice: «¡No llores! Mira, el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos». En la cruz obtuvo la victoria. Su resurrección y su ascensión a la gloria hacen parte de este triunfo. El Señor Jesús es ese León de la tribu real de Judá (Gén. 49:8-12; Hebr. 7:14). También es la raíz de David (cap. 22:16; Is. 11:1). Ahora todo su poder será revelado mediante la ejecución de los juicios (Sal. 9:16; Juan 5:22; Hec. 17:31).

Solo el Señor Jesús puede abrir el libro para anunciar esos juicios, precisamente en el lugar donde él mismo había cerrado el libro del profeta Isaías en el tiempo de la gracia (Lucas 4:20). El contraste parece evidente con el libro sellado, del cual habla el profeta Daniel (Dan. 12:4-9).

5.3 - La contemplación del Cordero (Apoc. 5:6-7)

Aquí las personas divinas son claramente distintas. Está el que tiene el libro (v. 1), Dios y el que lo toma (v. 7), Cristo. Juan acaba de oír hablar de un león; por eso, qué sorpresa al ver ahora un Cordero, único digno de tomar el libro de la mano divina y de abrirlo. Cuando entró en el mundo para hacer la voluntad de Dios, su objetivo era cumplir sus propósitos escritos en el rollo del libro (Sal. 40:7; Hebr. 10:7).

Juan puede contemplar ese Cordero «como sacrificado» –«Ha sido degollado», así se podría traducir. La misma palabra es empleada en Isaías 53:7. Cristo no reviste las señales esperadas de la gloria mesiánica del gran vencedor, pero se presenta como el que fue ofrecido en sacrificio (Is. 12:6; Juan 1:36). En su sumisión hasta la muerte, el Cordero ganó la victoria sobre el hombre fuerte. De ahora en adelante vencerá a todos sus enemigos bajo su carácter de león de la tribu de Judá.

Ese cuadro está explicado por 3 maravillosos puntos:

1. El Cordero está «en medio», en el centro de los pensamientos de Dios, como en el centro del gobierno de Dios y del cielo mismo. También es el centro de los afectos de sus redimidos. Otrora, centro del menosprecio del hombre, fue crucificado, «en medio», entre dos malhechores (Juan 19:18). Hoy Jesús está «en medio» de 2 o 3 reunidos a su nombre (Mat. 18:20). Sea en el pasado, en el presente o en el futuro, siempre está «en medio», es decir, en el lugar de honor, «la preeminencia» (Col. 1:18).

2. Es visto como un Cordero que «estaba» sentado a la diestra de Dios (Sal. 110:1). Cuando llegue el momento en que «sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies», él se levantará para actuar, pero tendrá compasión de Sion (Sal. 102:13).

3. Este Cordero tiene «siete cuernos»: es la plenitud de su poder. Tiene «siete ojos», que son los 7 Espíritus de Dios: es la plenitud del conocimiento (cap. 1:4; 4:5; Zac. 4:10) y del discernimiento divino perfecto.

En él se manifiestan la omnipotencia (representada por los cuernos), la omnisciencia (representada por los ojos) y la omnipresencia (sobre toda la tierra), caracteres con los cuales gobernará con justicia (2 Crón. 16:9; Sal. 33:13-15; Zac. 3:9).

5.4 - Adoración y alabanza celestiales (Apoc. 5:8-10)

Una majestuosa escena de adoración sigue inmediatamente. Los 4 seres vivientes se unen a los 24 ancianos para comenzar la alabanza universal. Los seres vivientes se distinguen claramente de los redimidos, porque no tienen tronos ni están sentados. No descansan y tampoco tienen coronas.

La alabanza está dirigida a Cristo, el Salvador y el Cordero, en 3 esferas concéntricas: la de los redimidos, la de los ángeles y la de todas las criaturas, incluso de la creación.

1. Los redimidos celestiales y el cántico nuevo: los ancianos son los únicos que tienen arpas y copas de oro llenas de incienso, lo que demuestra su ministerio sacerdotal. Las arpas (o tal vez “liras”) también serán los instrumentos de la alabanza en el milenio (Sal. 33:2; 43:4; 98:5). Ellas expresan los santos afectos de los redimidos por Cristo, y su maravillosa música es Cristo mismo. La adoración hace parte de nuestro glorioso porvenir. Una alabanza perpetua, un agradecimiento profundo tendrán por coronamiento un servicio perfecto en la eternidad donde el cántico nuevo será cantado.

Las copas de oro, hacen alusión al incensario del sumo sacerdote en Israel, contienen las oraciones de intercesión, un verdadero perfume para Dios (cap. 8:3; Sal. 141:2). Los redimidos, entonces glorificados, no oran por ellos mismos, porque no tienen más necesidades personales; interceden por los santos que aún son perseguidos en la tierra.

Antiguamente fue compuesto un cántico dirigido a Dios en su gloria de Creador (Job 38:7). A partir de ahora, el cántico nuevo exaltará el amor redentor. El cántico nuevo es mencionado siete veces en el Antiguo Testamento: Salmo 33:3; 40:3; 96:1; 98:1; 144:9; 149:1; Isaías 42:10.

En los salmos indica una nueva liberación. No solo es nuevo en el tiempo, sino que su carácter es diferente de todo lo que había sido formulado antes. El cántico nuevo es cantado 2 veces en el Apocalipsis (v. 9; 14:3); en ambos casos, es para la gloria del Cristo libertador, del Redentor resucitado y glorificado. La primera vez es cantado en el cielo, la segunda en la tierra, pero «delante del trono» celestial.

La fuente y el tema de este cántico se halla en la liberación que Dios concedió a su Hijo resucitándolo: «Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios» (Sal. 40:3; 21:5). ¡Es la respuesta apropiada a la más poderosa liberación que Dios jamás haya operado! Toda alabanza, en la tierra como en el cielo, emana de la obra de la cruz. Ahora la redención está cumplida y los santos glorificados. Ellos están ocupados en esta obra de la cruz, y el cántico nuevo resuena (v. 9-10).

La primera esfera de adoradores está formada por: 1) Los santos del Antiguo Testamento: «los espíritus de los justos hechos perfectos» (Hebr. 12:23). 2) Los creyentes de la Iglesia: «la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo». Podemos pensar que los redimidos que han recibido el Evangelio del reino y que, muertos y resucitados, son llamados a reinar (cap. 20:4), también tendrán parte en la alabanza celestial.

Solo los redimidos celestiales «cantaban» el amor de Cristo; no proclaman solo su grandeza, como los ángeles o las otras criaturas (v. 12-13). Se dirigen directamente a su Salvador, Jesucristo, y emplean el «tú» en su adoración, a diferencia de los términos «él» y «nosotros», empleados por el remanente para adorar a su Mesías (Is. 53:4-6).

Primero proclaman su dignidad: «digno», luego su obra: «sacrificado», y por último el objetivo de esta: «para Dios».

Se eclipsan a sí mismos, y se llaman de una manera impersonal («los has hecho», v. 10, V.M. 2020, y no “nos has hecho”, como dice en la RV).

2. Los ángeles. La esfera de la alabanza se amplía y una compañía innumerable de ángeles se une a los redimidos para exaltar al Cordero. Son millones de millones (un número inmenso), millares de millares, que forman un segundo círculo. Esos millones de ángeles acompañan a «la asamblea de los primogénitos» (Hebr. 12:22-23), que rodea al trono, a los seres vivientes y a los ancianos.

En el Antiguo Testamento (y hasta el capítulo 4 del Apocalipsis) los ángeles son agentes providenciales en las manos de Dios, sus ministros, llama de fuego (Sal. 104:4; Hebr. 1:7). A partir de ahora (cap. 5) el mundo habitado está sometido al hombre, al Hijo del hombre y a los redimidos (1 Cor. 6:2). Los ángeles forman la segunda esfera de la alabanza y no son más representados por los 4 seres vivientes simbólicos, los cuales de ahora en adelante están asociados a los ancianos (figura de los redimidos).

 

Los ángeles proclaman 7 caracteres del Cordero, que presentan ahora las glorias personales y oficiales de Cristo, veladas en el pasado:

  1. El poder (2 Cor. 13:4).
  2. La riqueza (2 Cor. 8:9).
  3. La sabiduría (1 Cor. 1:24).
  4. La fuerza (Sal. 68:4).
  5. El honor (Fil. 2:9).
  6. La gloria (Hebr. 12:2).
  7. La bendición (Gál. 3:14).

Aquí la alabanza expresada conduce al tiempo de la eternidad, cuando Dios será «todo en todos». Es una alabanza sin fin, un coro de aleluyas que sube de la creación redimida. A diferencia del cántico nuevo, los ángeles no mencionan la redención.

3. Por último, «todo lo creado… todas las cosas» creadas (v. 13), forman el tercer y último círculo para producir el eco de esta alabanza universal. Proclaman el señorío de Dios y del Cordero. Entonces, toda voz disonante se silenciará para siempre en el universo liberado (Rom. 8:22-23). Por primera vez, desde la caída de Adán, todos se unen armoniosamente para alabar al Cordero.

Los seres celestiales («en el cielo»), terrenales («sobre la tierra») y («los que están debajo de la tierra») están incluidos en esta esfera exterior. No obstante, para los seres de debajo de la tierra, no hay reconciliación (Col. 1:20). Pero Dios hace que toda rodilla se doble delante de su Hijo (Fil. 2:10). La mención del mar da a entender que esta tercera y última esfera desaparecerá cuando Dios introduzca el nuevo cielo y la nueva tierra, allá donde «el mar» no existirá más (cap. 21:1). En contraste, las 2 primeras esferas subsisten por los siglos de los siglos.

Al final de esta escena gloriosa, los 4 seres vivientes confirman mediante su «Amén» la alabanza ofrecida al Cordero de Dios, mientras los ancianos, por tercera vez, se postran y adoran.

5.5 - Alabanzas terrenales y alabanza celestial

Los 2 salmos que presentan la ofrenda de Cristo como sacrificio por el pecado (Sal. 22) y por el delito (Sal. 69), terminan con la visión de las esferas sucesivas de la alabanza terrenal venidera.

El siguiente cuadro muestra esta analogía: