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3 - Capítulos 2 y 3 — Las cosas que son. La Iglesia responsable en la tierra

Libro del Apocalipsis


Los capítulos 2 y 3 describen las cosas «que son», las cuales están relacionadas con la época actual, la de la gracia. El mensaje es de una importancia fundamental para cada uno de nosotros, para cada iglesia local y para toda la Iglesia.

3.1 - Cuadro general de la Iglesia en la tierra

3.1.1 - El triple alcance del mensaje

Las cartas a las 7 asambleas pueden ser consideradas desde 3 puntos de vista diferentes:

1. Alcance histórico: Entre las numerosas iglesias locales que existían al final del primer siglo de la era cristiana, el Espíritu Santo elige 7 en Asia Menor (una provincia romana) para dirigirles un mensaje especial, válido para todas las asambleas de esa época. Solo 2 de esas asambleas son mencionadas en otro lugar en el Nuevo Testamento:

  • Éfeso (la capital de la provincia), que recibe aquí una última advertencia. El apóstol Pablo estuvo allí durante 3 años (Hec. 20:31), y su ministerio había aportado revelaciones y bendiciones divinas. Su despedida de los ancianos de Éfeso, la Epístola escrita durante la primera cautividad del apóstol y las 2 Epístolas a Timoteo (quien estaba en Éfeso), habían permitido nutrir y poner en guardia a la asamblea. La última advertencia dirigida por Juan no fue recibida y la lámpara (símbolo del testimonio) fue quitada por el Señor (cap. 2:5).
  • Laodicea, ciudad vecina de Colosas. Pablo había escrito a estas dos asambleas (Col.4:13, 16), pero Laodicea no había tenido en cuenta la exhortación a asirse «de la Cabeza», de Cristo (Col. 2:19). A ella también le fue quitada la lámpara, como al resto, en las otras 5 asambleas de Asia. ¡Cuán solemne es todo esto!

2. Alcance moral y práctico: los 7 mensajes también son un llamado a recibir hoy las exhortaciones y las advertencias que contienen para la vida de cada cristiano o de cada congregación.

3. Alcance profético: el Apocalipsis es profético, incluso esta parte del libro (cap. 2 y 3). El Espíritu describe por anticipado lo que debe ser la historia triste (desde el punto de vista de nuestra responsabilidad humana) y maravillosa (desde el punto de vista de la realización de los designios de Dios) de la Asamblea en la tierra, desde su formación (el día de Pentecostés en Jerusalén) hasta su arrebato (cuando el Señor vuelva por ella). Para nosotros, esta historia llega a su fin. En los capítulos 2 y 3 la Iglesia está vista en su responsabilidad en la tierra; en los capítulos 20 al 22 está vista como la esposa de Cristo; pronto él se la presentará a sí mismo gloriosa. Actualmente ella espera y desea su venida.

3.1.2 - El cuadro de la historia profética de la Iglesia

Los 4 primeros mensajes (cap. 2) describen la historia moral de la Iglesia de Cristo en la tierra, la Iglesia primitiva formada por el servicio de los apóstoles, desde Pentecostés hasta el retorno del Señor. Los caracteres de estas 4 iglesias que se suceden en este capítulo describen proféticamente esta historia. En Tiatira, la última, el regreso del Señor es presentado por primera vez.

Los 3 últimos mensajes (cap. 3) cuentan la historia particular del protestantismo, después del despertar de la Reforma hasta el retorno de Cristo. Es un tema paralelo. Apareciendo en la escena en fechas sucesivas, estas 3 asambleas subsisten (con Tiatira) hasta el fin.

1. Éfeso (del año 57 al 167 de nuestra era). Representa la iglesia del comienzo, vista en su conjunto. Rápidamente abandona su primer amor.

2. Esmirna (167 al 313). Para atraer nuevamente el corazón de la asamblea hacia él, el Señor permite la persecución. Satanás se ensaña contra ella como un león rugiente; persigue a la asamblea desde el exterior y también trata de corromperla al interior.

3. Pérgamo (313 al 600 aproximadamente). El poder romano cesa sus persecuciones, para sostener la causa de la Iglesia y protegerla. Entonces Satanás, quien se disfraza como «ángel de luz» (2 Cor. 11:14), la arrastra al mundo, allí donde él mora.

4. Tiatira (del 600 aproximadamente hasta el retorno de Cristo). La Iglesia se convierte en un poder en el mundo, y ese sistema religioso se desarrolla durante los largos siglos de la Edad Media.

En el seno de una iglesia donde la corrupción reina, Dios suscita entonces (de 1400 al 1700 aproximadamente) un extraordinario despertar, conocido como la Reforma, desde el año 1517. Pero, terminadas las persecuciones religiosas, la iglesia protestante se duerme y se pone bajo la protección del poder político.

5. Sardis (de 1700 aproximadamente hasta el retorno del Señor). Esta asamblea muestra proféticamente lo que será el estado de profundo sueño espiritual de dicha iglesia (comparado a la muerte), hasta el retorno del Señor.

6. Filadelfia (desde el principio del siglo 19 hasta el retorno de Cristo) es sacada de este estado de tinieblas y de muerte por una nueva gracia divina. Un último despertar, el clamor de «medianoche», resuena para despertar a la iglesia y llevarla hacia Cristo, mientras espera su retorno.

7. Laodicea (desde el final del siglo 19 hasta el retorno de Cristo) muestra el estado de todos los que se enorgullecen y envanecen por las riquezas espirituales recibidas, mientras han abandonado la substancia: «Los que siguen vanidades ilusorias, su misericordia (gracia) abandonan» (Jonás 2:9).

Estas observaciones generales no impiden que el estado de cada una de las 7 iglesias mencionadas en estos capítulos halle su prolongación o su desarrollo local a lo largo de la historia de la cristiandad.

3.1.3 - El hilo de plata de la gracia y del testimonio

A lo largo de esta extensa historia, Dios «no se dejó sin testimonio de sí mismo» (Hec. 14:17). Y he aquí el hilo de plata durante 20 siglos:

En Éfeso, en su conjunto, la Iglesia refleja la luz de Dios en la tierra, a pesar de la decadencia de su amor por Cristo. Todavía es la columna y el baluarte de la verdad (1 Tim. 3:15).

En Esmirna la Iglesia, vista nuevamente en su conjunto, sufre bajo las persecuciones del mundo. La fidelidad puede conducir a la muerte.

En Pérgamo, por primera vez, el Espíritu distingue un remanente: Antipas, el testigo fiel, y los que como él resisten a los atractivos del mundo.

En el curso de los siglos, Tiatira ha degenerado en un sistema juzgado por Dios (cap. 2:22-23). Sin embargo, el Señor, para su gozo, mantiene allí a algunos fieles: son «los demás que están en Tiatira» (cap. 2:24). Al mismo tiempo el Señor llama fuera de Tiatira a otros testigos para confiarles la lámpara de su testimonio, que desde entonces ha cambiado de manos: son los reformadores.

En medio de Sardis, dormida con un sueño mortal, «unos pocos nombres… no han ensuciado sus ropas» (cap. 3:4). ¡Qué gozo para Cristo!

Filadelfia fiel a su Señor. Ella guarda su Palabra y no niega su nombre. Preciosa a su corazón, ella refleja el resplandor de su gloria ante el mundo.

En contraste, en Laodicea no hay más testimonio visible para el Señor. Sin embargo, el que abre su corazón a los llamados de Aquel que toca la puerta, ¿no es un testigo?

3.1.4 - La decadencia del amor por Cristo – La Iglesia y el mundo

Al comienzo de la vida de la Asamblea en la tierra, «la multitud de los creyentes era de un corazón y un alma» (Hec. 4:32). El amor por Cristo se expresaba en todo su frescor. De una manera paralela, el profeta Jeremías habla de este feliz estado a propósito de Israel: «Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio». Tristemente este estado fue muy fugaz; un poco más adelante, el pueblo fue acusado de haber abandonado la «fuente de agua viva» (Jer. 2:2, 13, 32). La Iglesia no ha obrado mejor que Israel:

El primer amor fue abandonado rápidamente (Éfeso), aunque la Iglesia se haya separado del mundo.

Las persecuciones permitidas por el Señor para hablar a su Asamblea (Esmirna) no produjeron el efecto duradero de llevar su corazón hacia él. No obstante, ella soportó la persecución del mundo sin mezclarse con él.

La Iglesia amó al mundo y se asoció a él (Pérgamo).

El triste fin de esta degradación en los afectos es la infidelidad evidente de la Iglesia hacia su Señor. El sistema de Tiatira, representado por Jezabel, más tarde tomó incluso el carácter de prostitución (espiritual) en la gran Babilonia, la falsa esposa que se ha vendido a los reyes de la tierra. Es muy triste comprobar que esta decadencia de afecto en la Iglesia primitiva se repitió en la historia del protestantismo después de la Reforma:

Sardis ha amado al mundo, se pone bajo su protección y comparte sus juicios.

Al contrario, el despertar de Filadelfia es precioso para el corazón de Cristo.

Laodicea se sumerge en la falta de amor, en la tibieza y la indiferencia. «Nadie puede servir a dos amos» (Mat. 6:24).

No podemos amar a Cristo y al mismo tiempo amar al mundo. El poco amor por Cristo explica el retorno progresivo de la Iglesia al mundo, a pesar de que había sido llamada a salir de él.

3.1.5 - La aplicación moral

De la enseñanza de estas Epístolas se desprende un principio de gran importancia.

Inicialmente las asambleas fueron establecidas según el pensamiento de Dios: las lámparas son de oro y están relacionadas con la justicia divina. Si esas asambleas no perseveran en el testimonio que deben rendir, no manifiestan más su carácter de refugio para la verdad (1 Tim. 3:15) en medio de un mundo mentiroso. Por eso serán puestas de lado: el Señor les quita la lámpara. Entonces, Dios remite a los creyentes a su propia Palabra inmutable, que se dirige a ellos individualmente. Cada uno está llamado a escuchar lo que el Espíritu dice. Paralelamente, la promesa al vencedor también es individual («al que venciere»), cualquiera que sea su alcance.

Cuando todos los recursos se han agotado, el Señor quita el candelero de su lugar. Antiguamente la gloria de Dios dejó el templo, como con tristeza, elevándose primero de entre los querubines, al umbral de la casa, a la entrada de la puerta oriental, y por último subiendo del monte que está al oriente de la ciudad (Ez. 9:3; 10:18-19; 11:23). Así, la lámpara de Éfeso efectivamente fue quitada.

La asamblea de Éfeso había sido el fruto del trabajo del apóstol Pablo, quien le había comunicado las revelaciones sobre la Iglesia vista en los pensamientos eternos de Dios. En el tiempo del apóstol Juan, ella se convirtió en testigo de su propia decadencia, antes de ser el objeto del juicio del Señor.

3.2 - Éfeso (Apoc. 2:1-7)

La primera Carta es dirigida a Éfeso, una asamblea local que, a los ojos de Dios, había manifestado los caracteres de la Asamblea tal como él la formó al principio.

3.2.1 - La asamblea de Éfeso

El nombre «Éfeso» significa “plenitud de los propósitos (divinos)”. Ninguna asamblea nombrada en el Nuevo Testamento recibió tantas revelaciones sobre esos propósitos maravillosos, gracias al servicio del apóstol Pablo. Sin embargo, alrededor de 30 años más tarde, la raíz de la decadencia ya aparecía en la asamblea, pues había abandonado el primer amor.

3.2.2 - El carácter de Cristo

El Señor «tiene las siete estrellas en su derecha» y «anda en medio de los siete candelabros de oro». El significado de los símbolos ha sido revelado (cap. 1:20): las estrellas son los ángeles (o mensajeros) de las asambleas, y los candeleros son las asambleas mismas. A Éfeso, Cristo se presenta en el carácter general bajo el cual ya había aparecido como Hijo del hombre a la asamblea en su conjunto (cap. 1:13, 16).

La función de las estrellas es dar una dirección. Los ángeles son los mensajeros. Así el pensamiento o la luz de Dios fue comunicada a la Asamblea en la tierra.

3.2.3 - El bien producido por la gracia

El mensaje comienza con esta palabra de Cristo, tan penetrante y alentadora a la vez: «Conozco». Esta misma expresión se repite 6 veces (a todas las iglesias, excepto a Pérgamo, a la cual dice: «Sé», para subrayar el bien que halla en la asamblea o para advertirle sobre los peligros que la acechan. Como Pedro, sondeado en lo más profundo de sí mismo por la Palabra de Jesús, podemos responderle: «¡Señor, tú sabes que te quiero!» (Juan 21:17).

A Éfeso el Señor habla de 3 frutos de su gracia:

1. Las obras, el trabajo y la paciencia (v. 2a). Las obras de Éfeso continuaban, pero ya no eran «las primeras obras», fruto del amor por Cristo. A menudo hemos notado la diferencia entre el estado moral de los efesios y el de los tesalonicenses, todavía en el frescor de su amor por Cristo: Pablo habla de la «vuestra obra de fe, vuestro trabajo de amor y de paciencia de vuestra esperanza» (1 Tes. 1:3). Solo 40 años más tarde, en Éfeso, el resorte interior de toda la actividad cristiana (la fe, la esperanza y el amor) había perdido su poder.

2. El horror del mal y el juicio de los falsos maestros (v. 2b-3). Éfeso manifestaba mucha energía para discernir el mal y a los que lo propagaban: falsos apóstoles. Paciencia, sufrimientos y perseverancia acompañaban sus combates.

3. El aborrecimiento las obras de los nicolaítas (v. 6). La palabra «nicolaítas» significa «conquistador del pueblo (o de los laicos)». La expresión «las obras de los nicolaítas» designa la introducción de la corrupción pagana en la esfera misma de la Asamblea y la alianza del mal con el nombre de Cristo. Más tarde, en Pérgamo, los corruptores enseñaron sus errores como una doctrina (cap. 2:15), lo cual es aún más grave.

Un creyente fiel es conducido a aborrecer lo que Dios aborrece. Pero para poder ocuparse del mal, para juzgarlo, es necesario estar ocupado del bien, alimentarse de él en la comunión con el Señor individualmente y en la Asamblea.

Detrás del peligro de los nicolaítas, se esconde tal vez también la introducción del clero (y del principio clerical) que apareció muy temprano en la Iglesia, desde el final del primer siglo.

3.2.4 - Los peligros y la reprobación (Apoc. 2:4)

La asamblea de Éfeso rechazaba las pretensiones de los falsos maestros y soportaba con paciencia las aflicciones por el nombre del Señor, pero había abandonado el primer amor. La palabra utilizada aquí para el «primer» amor es traducida en la parábola del hijo pródigo por «el mejor» vestido (Lucas 15:22). Así, Cristo desea nuestros afectos más elevados, los más profundos y puros; de hecho, él quiere que le demos nuestro corazón (Prov. 23:26). Ninguna otra cosa puede satisfacer a Aquel que dio todo a fin de comprarnos para él, el que nos ama con el mismo amor que el Padre lo ha amado desde la eternidad (Juan 15:9; 17:26).

3.2.5 - Llamado al arrepentimiento y anuncio del juicio

La decadencia interior en el amor por Cristo marca así toda la historia de la Asamblea en la tierra. El Señor pone el dedo en las faltas de la Asamblea, no descuidando jamás el bien que se ha manifestado en ella, y recordándole su amor por ella. En consecuencia, la Asamblea, vista en su responsabilidad sobre la tierra, está sometida al juicio de Cristo; si no persevera en la energía espiritual de su primer amor, será puesta de lado.

No obstante, antes de ejercer el juicio, el Señor la llama a arrepentirse y a acordarse del estado anterior de donde había caído. La invitación: a que se «arrepientan», está dirigida 5 veces (para todas las asambleas, salvo Esmirna y Filadelfia). Un camino para la restauración siempre está abierto por la fe; pasa por un verdadero arrepentimiento delante del Señor.

3.2.6 - La promesa al vencedor

Esta promesa siempre está dirigida a una persona en la asamblea. En el caso de Éfeso, es muy general y está en absoluto contraste con la ruina traída por la desobediencia de Adán.

En la primera creación, el huerto plantado por el Dios Eterno en Edén contenía 2 árboles: el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal. En la segunda creación, de la cual Cristo es el principio, es decir, el fundamento (cap. 3:14), solo subsiste un árbol, el de la vida (cap. 22:2). El árbol del conocimiento del bien y del mal ya no tiene más lugar allí, porque la muerte de Cristo respondió plenamente a la responsabilidad del hombre ante Dios. El árbol de la vida está en el paraíso de Dios (v. 7). ¡Qué felicidad comer de este árbol! Y esta felicidad está concedida a los que han lavado sus ropas en la sangre del Cordero (cap. 22:14). Así son revestidos de un nuevo hombre, «creado según Dios en justicia y santidad de la verdad» (Efe. 4:24), condición mucho mejor que la que Adán perdió por su caída. El paraíso, lugar de delicias, solo es mencionado 3 veces en el Nuevo Testamento:

    1. El Señor prometió un lugar en el paraíso al malhechor arrepentido (Lucas 23:43).
  • Pablo fue llevado al paraíso para escuchar palabras inefables (2 Cor. 12:4). El paraíso es identificado con el tercer cielo.
  • El árbol de la vida está allí (Apoc. 2:7).

El fruto del árbol de la vida es el alimento espiritual concedido al creyente. Todavía es futuro para él. La promesa se cumplirá para el que venza.

3.3 - Esmirna (Apoc. 2:8-11)

Es el mensaje más corto dirigido a las 7 asambleas, pero ciertamente es muy conmovedor.

3.3.1 - La asamblea de Esmirna

Esmirna significa «mirra», símbolo del sufrimiento en la Palabra de Dios. La mirra lleva en sí misma un olor de aflicción. Los judíos la utilizaban, junto con el áloe (figura de la muerte), para embalsamar los cuerpos (Juan 19:39-40).

El mensaje a Esmirna presenta un carácter totalmente diferente al de Éfeso. Se dirige a una asamblea fiel que debe atravesar terribles sufrimientos. Está sometida:

  • A los peligros de dentro por parte de los maestros judíos o cristianos que buscaban restablecer las ordenanzas judías (el legalismo) en la asamblea.
  • A las persecuciones externas por parte de los paganos, desatadas por Satanás mismo contra los testigos del Señor.

Proféticamente ella anuncia un periodo de alrededor de ciento cincuenta años (167 a 313) en el curso del cual la iglesia soportó diez persecuciones sucesivas por parte del imperio romano, simbolizado por el periodo de «diez días» (v. 10). Los diez emperadores romanos responsables de esas persecuciones, en orden histórico, son: Nerón (ya del tiempo de Pablo), Domiciano, Trajano, Marco Aurelio, Septimio Severo, Alejandro Severo, Decio, Valeriano, Aureliano, Diocleciano (el más encarnado después de Nerón). Los diez días tal vez sugieren también la duración de la última persecución, la más violenta.

3.3.2 - El carácter de Cristo

El Señor se presenta a la asamblea de Esmirna como «el primero y el último, el que vive, y estuve muerto». Estos atributos de Cristo ya habían sido mencionados en la visión del Hijo del hombre, como unidos a las glorias de la redención (cap. 1:17-18). Son maravillosamente adaptados a la situación presente de los santos: el Señor, habiendo anulado la muerte mediante su cruz, tiene en sus manos el poder de la vida (2 Tim. 1:10). Teniendo ante sí la perspectiva de conocer la muerte del cuerpo como mártir, el creyente fiel puede realizar que la muerte, como la vida, le pertenecen (1 Cor. 3:22).

3.3.3 - El bien producido por la gracia (Apoc. 2:9)

Las aflicciones soportadas por los cristianos de Esmirna tenían un triple carácter: tribulación, pobreza y blasfemia de los falsos judíos. Cristo simpatiza en cada una de ellas, porque él las conoció antes que ellos.

1. La tribulación: es de orden personal. Los creyentes de Esmirna eran perseguidos en su cuerpo, como muchos otros fieles testigos (Hebr. 11:35-38). La violencia del imperio pagano contra los cristianos solo sería superada en horror por el mundo llamado cristiano, especialmente en el tiempo de la inquisición.

2. La pobreza: es una prueba de orden relativo, porque se compara con las circunstancias de los otros. Los creyentes eran despojados de sus bienes, como los hebreos en otro tiempo (Hebr. 10:34). Frente a la pobreza exterior de Esmirna, el Señor medía su verdadera riqueza interior: «rico para con Dios» (Lucas 12:21; Sant. 2:5). Qué contraste absoluto con Laodicea que pretende ser rica, pero que en realidad es un «desdichado, miserable, pobre, ciego y desnudo» (cap. 3:17).

3. La blasfemia de los que decían ser judíos. Esta prueba de orden religioso se añade a las otras. En Éfeso ya se habían manifestado los falsos apóstoles (cap. 2:2). Aquí se agrupan en el seno mismo de la asamblea para formar un cuerpo organizado que el Señor llama «sinagoga de Satanás». El mismo peligro reaparecerá en el tiempo de Filadelfia (cap. 3:9). Antiguamente la sinagoga era el lugar de reunión de los judíos. Aquí el término “judío” es utilizado simbólicamente para designar a los que pretenden ser herederos de los privilegios del pueblo terrenal de Dios. Se agrupan en un dominio que no es otro que el centro de actividad de Satanás. ¡Qué fuerte expresión!

Las tribulaciones sobrellevadas por Esmirna eran permitidas por el Señor para desarrollar la vida divina en los santos, para la gloria de Dios, y llevar el corazón de la asamblea al estado anterior que ella había abandonado. Cosa solemne, el Señor había permitido a Satanás ejercer su poder en tales circunstancias (v. 10). Lo mismo sucedió respecto a Job en su prueba (Job 1:12), a Pedro y a los discípulos zarandeados como trigo en las horas de la cruz de Cristo (Lucas 22:31), o al apóstol Pablo que debía soportar su aguijón con paciencia (2 Cor. 12:7).

3.3.4 - Un ánimo especial

Ninguna censura es dirigida a esta asamblea en el sufrimiento, llamada acertadamente la iglesia de las catacumbas; tampoco se le hace ninguna invitación a arrepentirse. Al contrario, se le dirige una conmovedora expresión de ánimo: «No temas lo que vas a padecer».

Ante Esmirna, Satanás se presenta como león rugiente: es preciso estar firme y permanecer fiel hasta la muerte. En otros tiempos y circunstancias (en particular en nuestros países hoy), Satanás se disfraza como ángel de luz para seducir a los santos: también es necesario estar firme y permanecer fiel, pero durante toda la vida. En ambos casos, la corona de vida es prometida al que permanece fiel:

«Sé fiel hasta la muerte, y te daré la corona de la vida» (v. 10c).

«Dichoso el hombre que soporta la prueba; porque cuando sea aprobado, recibirá la corona de la vida que Dios ha prometido a los que le aman» (Sant. 1:12).

La corona de vida expresa la plenitud de la vida eterna, desplegada en sus perfecciones más allá de la vida de prueba y de la muerte del mártir, en la presencia de Cristo, coronado él también con varias diademas (cap. 19:12).

3.3.5 - La promesa al vencedor

La promesa hecha al vencedor en la asamblea de Esmirna está relacionada con las circunstancias que ella atravesaba. Satanás podía ensañarse contra los fieles y levantar contra ellos la espada del emperador impío y perseguidor, pero no podía hacer nada contra el alma de los santos, incluso si estos debían pasar por la muerte del cuerpo, la primera muerte.

La segunda muerte es el lago de fuego (cap. 20:14), la parte de los que serán juzgados ante el gran trono blanco, entre los cuales estarán los cobardes, los incrédulos, los idólatras, los mentirosos (cap. 21:8). No se trata de la destrucción del alma, que tiene una existencia eterna, porque para Dios todos viven (Lucas 20:38), sino de una separación definitiva de Dios.

Los que tienen la vida de Dios no sufrirán la segunda muerte; aquí esta promesa es recordada especialmente para sostener la fe de los mártires, llamados a ser fieles hasta la muerte.

3.4 - Pérgamo (Apoc. 2:12-17)

He aquí un cuadro conmovedor de los caracteres proféticos de la Iglesia cuando un mundo enemigo se convierte en su protector. Declarándose también cristiano (en el año 313), el emperador romano Constantino reconoció la religión cristiana. Un poco más tarde, el emperador Teodosio (año 392) la declaró única religión oficial del Imperio romano. Desde entonces la Iglesia (celestial por llamado) dejó de ser perseguida por el mundo y, al contrario, se puso bajo su protección; se volvió mundana.

3.4.1 - La iglesia en Pérgamo

El nombre «Pérgamo» significa «una torre», símbolo de poder, desde la torre de Babel. Por otra parte, en la Roma antigua, la rica ciudad de Pérgamo se convirtió en el lugar alto de los poderes ocultos paganos.

La Carta a esta iglesia describe un doble estado moral muy diferente al de Esmirna.

1. En lugar de separarse del mundo para rendir testimonio a un Cristo rechazado, la Asamblea se instaló en el mundo, dominio de Satanás. Muchos templos de ídolos fueron transformados en tempos cristianos, mientras las fiestas paganas fueron adoptadas por los cristianos (la fiesta de los saturnales fue llamada fiesta de Noel, por ejemplo). Esta fiesta era celebrada en el solsticio de invierno para marcar la retoma de la trayectoria ascendente del sol y honrar el nacimiento del hijo de la «Reina de los cielos». En el tiempo de Constantino fue transformada en fiesta cristiana, para recordar el nacimiento del Cristo, hijo de María. 100 años más tarde apareció el culto a María.

2. Bajo la protección del poder civil, la Asamblea tomó el carácter de un poder que abriga principios morales malos o mezclados. El Señor se ve obligado incluso a comprobar que Pérgamo mora donde reina Satanás, el «dios de este siglo» (2 Cor. 4:4).

3.4.2 - El carácter de Cristo

Frente a este estado de cosas, el Señor se presenta como el que tiene «la espada aguda de dos filos» (v. 12), carácter ya mencionado (cap. 1:16). La espada de dos filos es la «Palabra de Dios» (Hebr. 4:12). Ese será el título del Señor de gloria cuando salga del cielo para ejercer el juicio sobre las naciones con la espada saliendo de su boca (cap. 19:13, 15).

Cuando la Iglesia no se somete a su Palabra, el Señor se sirve de esta como de una espada para sondear los corazones e incluso ejercer su juicio. ¡Importante lección para todos los tiempos!

3.4.3 - El bien producido por la gracia

Sin embargo, el bien y la fidelidad a Cristo subsisten en Pérgamo. Por primera vez un remanente fiel es distinguido de la masa que se aparta de Cristo.

El «testigo» fiel se convierte en un «mártir» (sacrificado debido a su fe, como testimonio para Cristo). La palabra «mártir» deriva de la palabra griega que significa «testigo».

Antipas, un mártir, como los del periodo precedente (Esmirna), había llevado el carácter de su Maestro, el «fiel testigo» (v. 13; cap. 1:5; 3:14). Pérgamo aún retenía firme el nombre y la fe de Cristo, frente a la herejía de Arrio (arrianismo), que negaba la divinidad del Hijo de Dios y el valor de la redención por su obra. ¡Dios velaba sobre sus derechos, a pesar de la decadencia de la Iglesia!

3.4.4 - Los peligros y el reproche

El Señor reprocha 2 cosas a la asamblea de Pérgamo; en medio de ella, algunos «sostienen» 2 falsas doctrinas: la de Balaam (v. 14) y la de los nicolaítas (v. 15). Ni siquiera dice que esas doctrinas fueran enseñadas; simplemente eran toleradas, no eran juzgadas ni abandonadas. El mal moral o doctrinal no juzgado mancha toda la asamblea.

1. La doctrina de Balaam. Balaam significa “extranjero”. El más malvado adivino pronunció las más bellas profecías sobre Israel (que se pueden aplicar a la Iglesia). La Palabra habla: 1. Del camino de Balaam (2 Pe. 2:15). 2. De su error (Judas 11). 3. De su doctrina (Apoc. 2:14). Su muerte es relatada en Números 31:8 y Josué 13:22.

La doctrina de Balaam era una tentación exterior. Por amor al salario de iniquidad (2 Pe. 2:15), Balaam, retenido por Dios de maldecir a Israel, había empujado al pueblo a cometer un doble pecado:

– La idolatría, un pecado espiritual: «Hijitos, guardaos de los ídolos» (1 Juan 5:21).

– La fornicación, un pecado en el cuerpo: «los deseos carnales que guerrean contra el alma» (1 Pe. 2:11). Algunas personas en Pérgamo retenían ahora esta doctrina y tendían trampas a los cristianos en ese doble dominio doctrinal y moral.

2. La doctrina de los nicolaítas: aquí había un mal interior. Las prácticas inmorales del mundo pagano, reprobadas en Éfeso, fueron erigidas como doctrina en Pérgamo por los corruptores, en el seno mismo de la Asamblea. Con el pretexto de libertad, un laxismo que iba hasta la inmoralidad era tolerado y practicado allí.

La yuxtaposición de los versículos 14 y 15 («también») parece mostrar que se trata de una sola y misma doctrina cuyo contenido es aclarado por la historia de Balaam.

3.4.5 - Llamado al arrepentimiento y anuncio del juicio

Si la Asamblea no se arrepiente, sin duda el candelero le será quitado, pero aquí el juicio es dirigido particularmente a los elementos corrompidos y corruptores en la Asamblea, que todavía se distinguen de toda la asamblea.

3.4.6 - Promesa al vencedor

Por última vez la exhortación a escuchar es hecha antes de la promesa al vencedor. La corrupción había crecido en la Asamblea, pero aún no reinaba allí. La Asamblea es, pues, vista todavía en su conjunto, a pesar de su sometimiento al poder temporal.

La promesa al vencedor reviste aquí 2 caracteres, y ambos están relacionados con los vínculos del alma con Cristo: el maná escondido y la piedra blanca.

1. El maná escondido: el maná fue el pan que Dios enviaba del cielo para alimentar a su pueblo Israel en el desierto; era símbolo de un alimento más excelente: Cristo mismo en su humanidad. El maná escondido fue puesto en la urna de oro delante de Dios (Éx. 16:33), como recuerdo de sus cuidados en el desierto; estaba en el arca, en el Lugar Santísimo, más allá del velo (Hebr. 9:4). Para nosotros, contemplar por la fe a Cristo en la tierra es el alimento de nuestra alma. Desde el cielo, donde está escondido a la vista del mundo, Cristo da al vencedor el alimento excelente que hace crecer en la comunión con él.

2. La piedra blanca: la otra promesa al vencedor es la piedra blanca que lleva un nombre conocido solamente por el que la recibe.

En Grecia la piedra blanca era utilizada:

  • Para señalar la absolución en un juicio;
  • para honrar a un huésped;
  • para dar la voz o el voto en ciertas elecciones.

Pablo utiliza la misma palabra en el libro de los Hechos: «Yo daba mi voto» (Hec. 26:10).

La piedra blanca es aquí la marca de la aprobación secreta del Maestro: un nombre dado por Cristo, un nombre de ternura e intimidad de su parte. Ese nuevo nombre es un secreto entre Cristo y el redimido, porque el vínculo del alma con su Salvador solo es conocido por el que goza de él.

Las relaciones personales del alma con Cristo como alimento y fuente de gozo en su comunión se forman en la tierra, pero producen resultados eternos.

3.4.7 - Conclusión

Por falta de vigilancia, los santos habían dejado actuar en la Asamblea a personas extranjeras que predicaban la mundanidad, la idolatría («la doctrina de Balaam») y la inmoralidad («la doctrina de los nicolaítas»). A menudo nos falta el discernimiento y la energía moral para juzgar el mal. La confesión y el arrepentimiento son el único camino hacia la restauración, tanto para nosotros como para Pérgamo: «Arrepiéntete» (v. 16)

3.5 - Tiatira (Apoc. 2:18-29)

En Tiatira, la cuarta asamblea, el Espíritu Santo describe la continuación y el final de la historia de la Iglesia, tal como fue formada en tiempo de los apóstoles. Su término, «hasta el fin» (v. 26), es el retorno del Señor. En Tiatira, por primera vez en una asamblea, el regreso del Señor es presentado. La Iglesia primitiva había abandonado su primer amor (Éfeso); luego, después de las persecuciones (Esmirna), se alió al mundo (Pérgamo). Entonces el mal invadió toda la Iglesia para tomar el carácter de adúltera, de infidelidad hacia Cristo. Después de Pérgamo, alrededor del año 600 (fecha aproximada en la cual el papa Gregorio el Grande dominó sobre toda la Iglesia cristiana. El poder temporal de la Iglesia no ha hecho más que crecer desde entonces), hasta el retorno del Señor, la historia de Tiatira es el símbolo de la Iglesia en la cual el hombre ha tomado de tal manera el lugar de Cristo que, suscitados por el Señor con ese fin, otros testigos aparecerán como resultado de 2 despertares (la Reforma y Filadelfia).

En la historia profética de la Iglesia en la tierra, Tiatira se ubica en medio de las 7 asambleas. Las 3 primeras la preceden y se suceden para desembocar en ella. Las 3 últimas salen de ella, para coexistir paralelamente con ella hasta el fin. Tiatira abarca el periodo más largo (alrededor de 14 siglos hasta hoy). Y durante cerca de 800 años (la mayor parte de la Edad Media), el único testimonio que Cristo había reservado a su nombre estaba escondido en su seno. ¡Qué extraordinaria historia!

3.5.1 - El carácter de Cristo (Apoc. 2:18)

El Señor se presenta como el Hijo de Dios y no como el Hijo del hombre (como en el cap. 1:13), precisamente porque Tiatira no supo reconocer los derechos de Cristo, el Hijo del Dios vivo (Mat. 16:16), sobre su Asamblea. Jesucristo es el único fundamento de ella (1 Cor. 3:11), no un hombre, ni siquiera el apóstol Pedro, como lo enseña la iglesia romana. Cristo también está establecido sobre la Casa de Dios como el gran sumo sacerdote (Hebr. 3:6; 7:28). Todos los sistemas que han erigido un clero en la Iglesia han sustituido al Hijo de Dios por el hombre. Cristo también está revestido de los atributos del conocimiento divino y del ejercicio del juicio: sus ojos son como llama de fuego y sus pies semejantes al bronce bruñido.

3.5.2 - El bien producido por la gracia (Apoc. 2:19)

En medio de Tiatira, el Señor discierne y aprueba las obras, el servicio, la paciencia, los frutos del amor y de la fe (2 virtudes cristianas que ya habían desaparecido en la primera asamblea de Éfe.). Sin embargo, el orden moral hallado en los tesalonicenses ya no era realizado: obras de fe, trabajo de amor, constancia en la esperanza (1 Tes. 1:3); la esperanza parecía olvidada en Tiatira.

Sin embargo, se puede ver una devoción creciente: «Tus últimas obras más numerosas que las primeras». En los días sombríos de una corrupción general, la santidad, la energía y la devoción de los fieles brillan con mayor claridad. Como dudar de que el Espíritu anuncie ya aquí, proféticamente, el testimonio de creyentes débiles y perseguidos, tales como los Vaudois del Piémont, quienes se mantuvieron fieles ante un conjunto poderoso, tiránico e implacable, conducido por jefes que reclamaban para sí incluso la sucesión apostólica. En la línea de esta «nube de testigos tan grande» (Hebr. 12:1), que habían manifestado el poder de la fe y la paciencia en la prueba, el Señor suscita testigos para él, los cuales, perseguidos en este mundo y a veces al precio de su vida, han asegurado la perennidad de la Asamblea en la tierra, frente a las puertas del Hades (Mat. 16:18). Las persecuciones de la inquisición, más violentas y refinadas que las peores violencias del mundo pagano, no pudieron hacer ceder a los que «no amaron sus vidas hasta la muerte» (cap. 12:11). Y Cristo conserva en su libro de memoria, escrito en el cielo, el nombre y las obras de los que han tenido tanto valor para él. Ciertamente, estos jamás perderán su recompensa en el día de las retribuciones, pero gustarán para siempre la aprobación y el gozo de su Maestro (Mat. 25:21).

3.5.3 - Reproche y juicio (Apoc. 2:20-23)

El Señor interrumpe su mensaje a los fieles de Tiatira para condenar y juzgar el sistema en el cual la Iglesia en su conjunto había caído. La levadura del mal moral, religioso y eclesiástico había hecho levantar toda la masa (Mat. 13:33). El carácter moral de ese falso sistema está simbolizado por Jezabel, hija del rey de los sidonios, mujer de Acab, quien lo había incitado para hacer lo malo y caer en la idolatría (1 Reyes 16:30-33; 21:25-26). A menudo, en la Biblia, la “mujer” simboliza una institución, un orden de cosas establecido. Esta mujer impura e impía toma aquí, en figura, el lugar de profetisa (pretende hablar de parte de Dios) antes de usurpar el dominio sobre las naciones y los reyes de la tierra como reina (cap. 14:8; 18:3, 7), y de ser juzgada como la gran Babilonia, la falsa esposa y la gran ramera sentada sobre muchas aguas (cap. 17:1-5).

Los pecados imputados a Balaam en el seno de Pérgamo (v. 14), característicos del mal procedente del exterior (cometer fornicación y comer cosas sacrificadas a los ídolos), son ahora atribuidos a Jezabel, quien simboliza un sistema establecido en la Iglesia y que, de hecho, lo representa. ¡Qué terrible decadencia! Lo que se llama la Iglesia pretende, pues, tomar el lugar de Cristo, del Espíritu Santo y de la Palabra de Dios, para difundir una falsa enseñanza que desvía a los creyentes («mis siervos», los siervos de Cristo). Las alianzas profanas con el mundo y sus ídolos son calificadas por el apóstol Pablo como enseñanzas de demonios (el celibato de los curas, la abstención de ciertos alimentos, etc.) (1 Tim. 4:1-3). Tal es la tiranía de ese sistema eclesiástico corrompido.

El Señor le da tiempo para que se arrepienta (v. 21-22), porque el juicio divino nunca es ejecutado antes de que la maldad del hombre haya llegado a su colmo (Gén. 15:16). Jezabel no se arrepintió; por lo tanto, el testimonio le fue quitado para ser confiado a otros; entonces es el objeto de un justo juicio que la alcanzará a ella y a los que ella ha arrastrado en su extravío.

Ese juicio reviste aquí 2 formas diferentes:

1. Una gran tribulación para Jezabel y los que han sido arrastrados por ella (v. 22), numerosos sin duda, sin haberlo querido.

2. La sentencia de muerte sobre los hijos de Jezabel (v. 23). Los «hijos» de Jezabel son los hombres que surgieron directamente de ese sistema; son los idólatras revestidos de la profesión cristiana. No se trata de hijos de Dios, sino más bien de hijos del diablo (1 Juan 3:10).

Ese doble juicio confirma la omnisciencia de Cristo, quien «escudriña la mente y el corazón», y su carácter de Eterno, «Dios de retribuciones», quien «dará la paga» (cap. 22:12; Jer. 51:56, V.M.).

3.5.4 - Aún un llamado «a los demás que están en Tiatira» (Apoc. 2:24-25)

Después de haber decretado el juicio de ese sistema clerical y de la masa infiel, el Señor se vuelve hacia el remanente fiel, el mismo cuyas «obras postreras son más que las primeras» (v. 19). El juicio es decretado mientras la asamblea está aún en la tierra. Pero efectivamente será ejecutado cuando ella esté en el cielo (cap. 4 y 5) y Dios destruya a Babilonia (cap. 17-18).

Con una gran ternura anima «a los demás que están en Tiatira», mediante la perspectiva de su retorno para llevarlos con él. Por primera vez la venida del Señor es presentada a los que lo esperan en medio de un sistema apóstata. Ellos no comparten la doctrina de Jezabel y tampoco conocen «las profundidades de Satanás», expresión que muestra la fuente diabólica de la corrupción de ese sistema. La carga que este imponía a los fieles ya era bastante pesada. Por eso el Señor, cuya carga es ligera, no les impone nada más que retener firme lo que tenían, esta medida de luz que les fue confiada en medio de las espesas tinieblas morales circundantes. Lo que el Señor pide aquí «a los demás que están en Tiatira» será pedido al conjunto de la Iglesia de Filadelfia (cap. 3:11).

«Los demás que están en Tiatira» no tenían suficiente luz y energía para salir del sistema y, cosa misteriosa, Cristo los mantenía allá para el gozo de su corazón, hasta el fin.

3.5.5 - La promesa al vencedor

Para obtener la victoria, no se trata de cumplir obras, las cuales Cristo conoce: sus «obras» (v. 19), o las que él escudriña y juzgará: «vuestras obras» (v. 23), sino simplemente de guardar las obras de Cristo: «mis obras» (v. 26). Y la recompensa prometida al vencedor es doble, de orden terrenal y celestial la vez:

1. Compartir con Cristo el gobierno sobre las naciones en el mundo venidero. La iglesia romana ha ejercido poder sobre el mundo. A plazos, la mujer (símbolo del poder religioso de la cristiandad apóstata) domina a la bestia romana (el poder político) (cap. 17:7, 9). Pero cuando el Mesías reine, el poder cambiará de manos. Los que habían sufrido, reinarán con Cristo (2 Tim. 2:12). La vara de hierro (o el cetro) que quebrará los vasos de alfarero es el instrumento del poder que Dios dará a su Hijo, cuando él le pida la herencia (Sal. 2:7-9). La comunión del vencedor con Cristo en Tiatira es notable: ninguna de las anteriores promesas era tan completa.

2. Compartir el gozo eterno de Cristo en la gloria. La estrella de la mañana es otra promesa al vencedor (v. 28; cap. 22:16; 2 Pe. 1:19). Cristo mismo es esta estrella. Oculta ahora a los ojos del mundo, solo es vista por los que velan durante la ausencia de Cristo, mientras la lámpara profética es la única que brilla. Ya levantada en nuestros corazones, la estrella de la mañana anuncia la aurora del día eterno; entonces resplandecerá el sol de justicia (Mal. 4:2). ¡Precioso consuelo mientras se espera la liberación! Para el vencedor, el don, de la estrella de la mañana, dado por Cristo es permanente, garantía de un gozo eterno con el Salvador en el cielo.

3.5.6 - Exhortación a escuchar

Por primera vez la exhortación a escuchar viene tras la promesa, porque a partir de entonces el Señor solo se dirige a un remanente, y más particularmente al vencedor. El restablecimiento de la asamblea en su conjunto no está más en vista. ¡Qué pensamiento solemne! Los despertares no han sido el renacimiento de la Iglesia primitiva. Dios no reconstruye nuestras ruinas, pero da otra cosa, según su sabiduría.

3.5.7 - Reforma y protestantismo

La historia de Tiatira subsiste «hasta el fin», hasta el retorno del Señor. Una fase paralela de la historia de la Asamblea comienza con Sardis: la del protestantismo.

Un trabajo poderoso del Espíritu de Dios, la Reforma, se operó durante varios siglos en el seno de la iglesia de Tiatira que se había hundido en la corrupción y la infidelidad. Precursores de este movimiento, tales como Wycliffe en Inglaterra, Jean Huss en Bohemia, aparecieron desde el siglo 14. La Biblia, libro prohibido por la iglesia oficial, fue traducida en numerosos idiomas y ampliamente difundida. La fabricación industrial del papel y la invención de la imprenta por Gutenberg en el año 1450 fueron ciertamente los instrumentos en las manos de Dios para la difusión universal de su Palabra.

La Reforma, en el sentido estricto, se sitúa a principios del siglo 16, especialmente con el trabajo extraordinario de Martín Lutero en Alemania, luego con Guillaume Farel y Juan Calvino en Suiza, quienes sacaron a la luz las verdades escondidas u olvidadas desde hacía siglos, en particular la salvación por medio de la fe en Cristo, y no por obras. La iglesia oficial reaccionó con una violencia ciega: la espada y las hogueras mataron a fieles siervos del Señor, pero no pudieron destruir la obra de Dios. De esta manera la violencia del Imperio romano contra Esmirna se repitió en el tiempo de la Reforma, e incluso fue superada por los mismos que reclamaban el nombre de Cristo.

Al no haber tenido éxito mediante la violencia y la muerte, Satanás obró entonces a través de la seducción. Como había arrastrado a la iglesia de Pérgamo al mundo en el siglo cuarto, Satanás persuadió a los descendientes de los reformadores a buscar el apoyo de los poderes políticos. Esa fue la fuente de una inevitable decadencia espiritual. Mientras Tiatira siempre busca reinar en el mundo, es el mundo quien reina entonces en Sardis. Por lo demás, ciertos príncipes reformados también reinaron en el mundo, como en Tiatira.

La Reforma, una obra de Dios, fue, pues, seguida por el protestantismo, marcado por la obra de ciertos hombres que solo llevaban el nombre de cristianos e incluso de protestantes, en recuerdo de sus padres que habían denunciado los intolerables abusos de una iglesia infiel. La historia del protestantismo (el sistema eclesiástico salido de la Reforma) hasta el retorno del Señor es ahora descrita por los mensajes a las 3 últimas iglesias: Sardis, Filadelfia y Laodicea.

3.6 - Sardis (Apoc. 3:1-6)

Sardis, ciudad principal del reino de Lidia, antiguamente era una ciudad próspera. Creso, uno de los reyes que fundó su capital, fue el símbolo de la riqueza. En tiempos del apóstol Juan, la ciudad cayó en el olvido. El nombre de Sardis significa probablemente «un remanente»; es tal vez una alusión profética a los reformadores que debían salir de la masa infiel de Tiatira.

3.6.1 - El carácter de Cristo (Apoc. 3:1)

El Señor ya no se presenta a la Asamblea bajo sus caracteres eclesiásticos, excepto como el que tiene las 7 estrellas. Ya no dice que las estrellas estén en su mano derecha.

Aquí el Señor tampoco se presenta como el que anda en medio de los 7 candeleros de oro, como se presenta a Éfeso (cap. 2:1). La luz del testimonio de Dios no brilla más en la iglesia de Sardis vista en su conjunto. En efecto, vida y luz están íntimamente ligadas (Juan 1:4), y Sardis no manifiesta más la vida de Dios, porque está muerta (v. 1b).

La venida del Señor es anunciada y los caracteres de Cristo se relacionan ahora más especialmente con el reino que seguirá a su venida: él tiene los 7 Espíritus, símbolo de la plenitud del poder con el cual gobernará la tierra. Y si la Asamblea debe ser puesta a un lado debido a su infidelidad, e incluso tratada globalmente como el mundo, el Señor conserva todavía la autoridad absoluta sobre ella y sobre los santos (las 7 estrellas).

3.6.2 - Las obras de Sardis

Sardis no está caracterizada por el mal y la corrupción, como lo está Jezabel en Tiatira; ella se considera incluso superior a este estado: «Tienes nombre de que vives». Pero a los ojos del Señor estaba como muerta: un estado de muerte espiritual para los profesos sin la vida divina; un sueño semejante a la muerte para los que no eran fieles y cuyos vestidos habían sido manchados por el contacto con el mundo. Porque el gran mal entre los sucesores de los reformadores fue la mundanidad y el intelectualismo que puso en duda la Palabra de Dios, asociado a un principio de superioridad religiosa.

Pocas cosas son hechas para el Señor en Sardis; sus obras no han sido halladas perfectas ante Dios. Por lo tanto, le hace un llamado a ser vigilante y a afirmar «lo que queda, que está a punto de morir». Es un llamado que evidentemente el Señor nos dirige todavía hoy: «Despiértate, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo» (Efe. 5:14). ¿Cómo afirmar lo que queda, si no es andando humildemente ante Dios y guardando lo que nos ha sido confiado, «el buen depósito»? (1 Tim. 6:20; 2 Tim. 1:14).

Por lo demás, Sardis debía recordar lo que había recibido y oído: en la Reforma, la Palabra de Dios se había vuelto a hallar, hecho que no se había producido desde el nacimiento de la Iglesia (Hec. 20:32). Sardis era, pues, mucho más responsable que Tiatira, la cual en su conjunto había permanecido en la ignorancia de las Escrituras. Sardis no había oído ni recibido la Palabra en el corazón y tampoco la había puesto en práctica (Lucas 6:49). Por eso fue invitada a guardar, a velar y a arrepentirse (v. 3).

Sardis es, pues, invitada a volver a la Palabra y a la verdad que le había sido confiada, y no a hacer sus primeras obras, como a Éfeso (cap. 2:5), o incluso a guardar las obras del Señor según la exhortación «a los demás que están en Tiatira» (cap. 2:24).

3.6.3 - La venida de Cristo (Apoc. 3:3)

En la venida de Cristo, el cuerpo de profesos que forma el conjunto de Sardis será tratado como el mundo. El Señor viene súbitamente, como un ladrón en la noche, para ejercer el juicio: «Pero sabed esto, que si el amo de la casa hubiera sabido a qué hora llegara el ladrón, velaría… Porque el Hijo del hombre viene a la hora que no pensáis» (Mat. 24:43; Lucas 12:39-40).

Antes del desenlace de la crisis final en Armagedón, el Señor se presenta precisamente bajo ese mismo carácter: «Mira que vengo como un ladrón. Dichoso el que vela y guarda sus ropas; para que no ande desnudo y vean su vergüenza» (cap. 16:15). Para los que están en las tinieblas, «el día del Señor viene como ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: ¡Paz y seguridad!, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina» (1 Tes. 5:2-3).

3.6.4 - Un remanente fiel en Sardis (Apoc. 3:4)

Felizmente, no todos se hallaban en tan lamentable estado en Sardis; creyentes fieles («unos pocos nombres») habían permanecido unidos al Señor, puros en su amor por él, esperando su venida.

Una recompensa particular, independiente de la promesa habitual al vencedor, les está asignada. Para Cristo, estas pocas personas son como un tesoro escondido en el campo del mundo religioso (Mat. 13:44). La masa profesa sin vida en Sardis había manchado sus vestiduras por el contacto con el mundo, compartiendo sus principios y sus glorias. En contraste, estos «pocos nombres» habían lavado sus ropas en la sangre del Cordero (cap. 7:14; 22:14), y se habían guardado sin mancha del mundo (Sant. 1:27). El Señor los estimará dignos de andar con él en gloria en el cielo, revestidos de Cristo y del vestido de su justicia (Gál. 3:27; Is. 61:10), realzada por el resplandor de su fidelidad personal a su Maestro.

3.6.5 - Promesa al vencedor y exhortación a escuchar

La promesa reviste un triple carácter:

1. Las vestiduras blancas. En medio de la indiferencia y la pretensión de su entorno religioso, esos fieles habían cooperado humildemente a tejer el vestido de lino fino, resplandeciente y puro, que la esposa del Cordero revestirá en gloria el día de las bodas del Hijo de Dios (cap. 19:8).

2. El nombre en el libro de la vida. Tener sus nombres escritos en el libro de la vida del Cordero es una bendición común para todos los creyentes que poseen la vida de Dios (Lucas 10:20; 13:8; 17:8; 20:15; 21:27). Si Cristo mismo escribe un nombre en su libro, no lo borrará jamás. En contraste, los registros de los hombres no están al día en la tierra, y contienen errores mortales. ¡Cuántos nombres considerados honorables en el mundo religioso resultarán ser solo los de los profesos sin vida condenados al juicio!

3. La confesión delante del Padre y sus ángeles. El nombre del vencedor no solo no será borrado del libro de la vida, sino que Cristo lo reconocerá delante de su Padre y de los ángeles. Esta promesa ya había sido hecha por el Señor a sus discípulos, para animar a los testigos del fin a ser fieles en medio de su tribulación en la tierra (Mat. 10:32-33). Aquí esta fidelidad toma un valor especial para los que están expuestos al menosprecio del mundo religioso.

A partir de Tiatira, la exhortación a escuchar sigue a la promesa al vencedor. El Señor se dirige particularmente a un pequeño número de fieles sensibles a su voz.

  • Siempre es individual: «El que tiene oído, escuche».
  • Invita a escuchar la voz de advertencia del Espíritu Santo.
  • Su alcance incluye los 7 mensajes a las 7 iglesias, vistas como un todo.

3.7 - Filadelfia (Apoc. 3:7-13)

De en medio de la cristiandad decadente, el Señor llama a los fieles para reavivar la lámpara de su testimonio en el mundo.

El primer despertar, variado en sus manifestaciones (la Reforma), apareció en medio de la iglesia de Tiatira. La decadencia que siguió al periodo de las persecuciones era tal que en el siglo 18 se podía temer que lo que subsistía de la iglesia se hundiera completamente en el mundo y desapareciera. Pero el Señor intervino maravillosamente. Al principio del siglo 19 suscitó un segundo despertar, de varias maneras, en el seno de la iglesia de Sardis. El mensaje a Filadelfia lo describe proféticamente. Se puede pensar que no habrá otro de una amplitud comparable antes del retorno del Señor. Se ve una clase de anticipación de esos 2 despertares en los de Ezequías y Josías en Judá, antes de la deportación a Babilonia. La infidelidad de los hijos de Josías apresuró el juicio de Dios sobre Judá. El Señor abrió una puerta ante Filadelfia (v. 8), y la profecía no menciona otra a continuación.

Para que la acción del Espíritu de Dios sea evidente y que todo elemento humano desparezca, el Señor permitió que este despertar apareciera más o menos simultáneamente, pero de manera independiente, en diversos lugares de Europa occidental, a través de diferentes siervos de Dios. Especialmente dotados, estos siervos trabajaron con humildad y obediencia. La Palabra de Dios fue hallada y estudiada nuevamente, como no lo había sido desde el comienzo. Verdades olvidadas fueron entonces sacadas a la luz, en particular el carácter celestial de la Iglesia, la espera del regreso del Señor para llevarla con él, la presencia y la acción del Espíritu Santo. Este despertar ha sido llamado el clamor de «medianoche», por analogía con el llamado que despierta a las vírgenes de la parábola (Mat. 25:6).

3.7.1 - La asamblea en Filadelfia

El significado del nombre Filadelfia, “amor de los hermanos”, resume bien la posición de esta asamblea fiel que existía en el tiempo del apóstol Juan.

Dios es amor, de manera que el amor por los hermanos halla su fuente en Dios y en el amor por Dios. Es la expresión práctica (1 Juan 4:8, 16; 5:2). Pero Dios también es luz, y la comunión entre hermanos se realiza en la luz (1 Juan 1:5, 7). En la historia de la Iglesia en la tierra, el despertar anunciado proféticamente por el mensaje a Filadelfia ha sido marcado por el retorno a esta doble fuente de la comunión y del verdadero amor entre los santos.

3.7.2 - La presentación del Señor (Apoc. 3:7)

Cristo se presenta a Filadelfia bajo 4 caracteres particulares que no se hallan en la visión gloriosa del Hijo del hombre (que presenta sus caracteres eclesiásticos), ni en los mensajes a las anteriores iglesias.

Cristo no es más visto como andando en medio de las asambleas (lo que, sin embargo, sigue siendo verdad), porque las organizaciones eclesiásticas de Tiatira y Sardis se convirtieron en la sede de la corrupción y de la infidelidad. Cristo lleva, pues, un carácter moral personal que la Palabra revela y que la fe de los fieles puede asir.

Por un lado, él es:

  • El Santo;
  • El Verdadero.

Por otro lado:

  • El que tiene la llave de David;
  • El que la usa soberanamente.

1. El Santo. Es el primer rasgo de la perfección moral de nuestro Señor. Es el Santo del Antiguo Testamento. En él se expresa en perfección y en plenitud todo lo que Dios busca en el hombre: bondad, piedad y misericordia (2 Crón. 6:41-42; Sal. 16:10; 89:19). Es el Santo de Dios (Juan 6:69). Si él es santo (separado del mundo y de los pecadores), también se santifica a sí mismo por los suyos, para que ellos también sean santificados (separados del mal y de la mancilla) por la verdad (Juan 17:19; Hebr. 7:26).

2. El Verdadero. Cristo es «la verdad», el «verdadero Dios, y la vida eterna» (Juan 14:6; 1 Juan 5:20). Él excluye absolutamente toda mentira (1 Juan 2:21, 27). Estos dos primeros caracteres son los de Dios mismo, manifestado en Cristo, el hombre perfecto. Los dos siguientes presentan sus atributos de poder en gobierno de la tierra.

3. El que tiene la llave de David. El Señor Jesús es «la raíz y la posteridad de David» (cap. 22:16); como vencedor de la muerte y resucitado, tiene las llaves de la muerte y del hades (cap. 1:8), es decir, posee a la vez el poder soberano sobre la muerte y el poder de resucitar a los muertos. También tiene la llave de David, es decir, la autoridad de gobernar sobre la tierra (en la Biblia, la llave siempre es el símbolo de autoridad).

En el tiempo de Ezequías, un escriba infiel, Sebna (tipo del anticristo), debió ser remplazado por Eliaquim (el mayordomo fiel establecido sobre la casa del rey), tipo de Cristo. Este testimonio le fue rendido: «Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; y abrirá, y nadie cerrará; cerrará, y nadie abrirá» (Is. 22:15-24). Investido del poder y garante de la esperanza del pueblo de Israel, como un clavo introducido en un lugar seguro, Eliaquim es así un hermoso tipo de Cristo, precisamente en el carácter que toma ante el débil remanente filadelfio.

4. El que abre o cierra soberanamente. Cristo puede mantener una puerta abierta o cerrada sin que ninguna criatura, ni siquiera Satanás, pueda oponerse. Durante el ministerio de Pablo, una puerta grande y eficaz le fue abierta en Éfeso (1 Cor. 16:9), a pesar de los numerosos adversarios; contrariamente, el Espíritu Santo podía impedirle ir a Bitinia y anunciar la Palabra en Asia (Hec. 16:7). La puerta de la gracia todavía está abierta y todos los hombres pueden entrar. Un día será cerrada para siempre. Entonces muchos, profesos o vírgenes insensatas, llamarán en vano (Mat. 25:11-12; Lucas 13:25-27).

3.7.3 - Las obras de Filadelfia (Apoc. 3:8)

El Señor conoce las obras de Filadelfia, pero no les dirige reproches. No las menciona, y tampoco corresponde hacerlo a los creyentes. La seguridad de que el Señor sabe todas las cosas debe ser suficiente (Juan 21:17).

El Señor mantiene delante de Filadelfia una puerta abierta, a pesar de su debilidad y del poder arrogante de los adversarios. Ya no se trata, como al principio de los Evangelios, de fuerza o de violencia para entrar en el reino de Dios (Mat. 11:12; Lucas 16:16). La fidelidad, lo que cuenta y lo que el Señor pide, se realiza en la debilidad sin apariencia exterior. Si el Señor mantiene la puerta abierta delante de la asamblea, es porque ella manifiesta tres caracteres: tiene poca fuerza, guarda la Palabra del Señor, no niega su nombre.

1. Poca fuerza. Tener poca fuerza no es en sí una cualidad, pero el Señor reconoce la fidelidad de Filadelfia en lo que, consciente de su debilidad, ella espera solo en él. Es la señal de un buen estado moral, ya realizado por Gedeón antiguamente: reconociendo su pequeñez, había recibido el poder de Dios después de haber obedecido su mandamiento (Jueces 6:12, 14-16). El apóstol Pablo también experimentó lo mismo (2 Cor. 12:10). Filadelfia no es llamada a manifestar poder exterior, incluso a través de la acción del Espíritu Santo, pero muestra un real apego a Cristo; guarda la Palabra del Señor y reconoce abiertamente su nombre, su autoridad, en medio de muchas pretensiones eclesiásticas y de la ruina pública de la Iglesia en la tierra.

El camino del Señor en la tierra fue el del hombre perfecto, del pobre, que dependía en todo de su Padre y esperaba siempre en él. Verdadero pastor de las ovejas, entró por la puerta en el aprisco, y el portero le abrió. El Santo y el Verdadero fue rechazado, habiendo consumido en vano su fuerza por el pueblo judío a quien visitaba en gracia (Is. 49:4). Nos conmueve notar la analogía entre la posición y el carácter de los verdaderos testigos filadelfios y los de su Maestro y Señor: el mundo y los obstáculos son los mismos, y Cristo es el todo de su corazón; es un estado moral que el Señor aprueba.

2. Guardar la Palabra del Señor. Más adelante se trata de guardar la palabra de la paciencia del Señor; es otra cosa.

Es primero estar formado, dirigido y gobernado por las Escrituras obrando en el corazón. Porque la Palabra es la expresión perfecta de lo que Cristo es; lo que él decía era la manifestación completa de lo que era en sí mismo: «ese… que os he dicho desde el principio» (Juan 1:1; 8:25). Es por eso que ahora, para los cristianos, guardar la Palabra del Señor es la primera prueba de la realidad de la vida divina en ellos, esta vida que está en Cristo y que es Cristo mismo (1 Juan 2:5; 5:12). Guardar la Palabra del Señor también es ponerla en práctica y someterse a sus mandamientos, para probar la realidad de nuestro amor por Cristo: «Si alguno me ama, guardará mi palabra» (Juan 14:23).

Con motivo del último despertar del pueblo de Judá durante el reinado de Josías, la Ley de Jehová Dios había sido hallada nuevamente (2 Reyes 22:8-11). Así, cuando el despertar filadelfio, toda la Palabra fue puesta en evidencia y sondeada de una manera más profunda que antes, especialmente durante la Reforma.

3. No negar el nombre del Señor, el nombre del Santo y del Verdadero:

  • delante de la persecución que el mundo ejerce contra los testigos y los mártires;
  • frente a los atractivos y las codicias de un mundo engañador;
  • teniendo conciencia de lo que es la persona del Señor, su autoridad y sus derechos sobre sus redimidos y sobre su Asamblea.

Es una enseñanza de gran importancia para la administración de las asambleas. A fin de poder reclamar para sí la presencia del Señor en medio de los 2 o 3 reunidos en su nombre (Mat. 18:20), es necesario reconocer la plenitud de su señorío, poniendo de lado nuestros pensamientos e intereses personales.

En la vida del cristiano, ciertos afectos son reservados solo al Señor, por encima y fuera de los lazos naturales, por muy preciosos que sean en su lugar. Cultivar la comunión con el Señor, leer mucho la Palabra con oración y fe, procurando tener una buena conciencia, tales son los ejercicios de la piedad práctica que permiten acercarse al estado moral de Filadelfia.

3.7.4 - La sinagoga de Satanás y su juicio (Apoc. 3:9)

De las 7 asambleas, solo 2 no se exponen a ningún reproche por parte del Señor: Esmirna y Filadelfia. Y las 2 tuvieron que hacer frente a la misma oposición del mundo religioso organizado según un sistema diabólico, y que reclama para sí los privilegios del pueblo judío, en otro tiempo el pueblo de Dios (v. 9; cap. 2:9). Al comienzo del cristianismo, los judíos que habían rechazado y crucificado a Cristo mataban a sus testigos y se jactaban de su posición. El testimonio de Filadelfia se despliega ahora frente a una oposición de la misma naturaleza, aunque en general el desprecio sea más frecuente que la violencia. El Señor designa a sus opositores como sinagoga de Satanás y anuncia su juicio como una prueba de su aprobación sobre Filadelfia.

La fidelidad de los santos de Filadelfia toma su valor ante los ojos del Señor por el hecho de que ella no trata de prevalecer, en medio de un estado de cosas completamente opuesto a la verdad.

En cambio, los que tienen pretensiones religiosas, apoyándose en una organización durable trasmisible de generación en generación, son juzgados por el Señor como mentirosos. Igualmente, hoy, los profesos que dicen ser cristianos y no tienen la vida de Dios, son mentirosos, y sus congregaciones dependen de Satanás. Al comienzo del despertar del siglo 19, tales personas, a las cuales se habían podido unir cristianos cegados, se opusieron con toda su energía a los creyentes de Filadelfia, primero mediante el menosprecio y las burlas, luego a través de la violencia pública, en palabras, en escritos e incluso en hechos. Sin embargo, el Señor no permitió que la persecución hiciera estragos, como en el tiempo de la Reforma, e impidiera la difusión de la verdad divina vuelta a descubrir en la Palabra.

Se acerca un tiempo cuando todas las falsas pretensiones religiosas serán juzgadas, y cuando los verdaderos cristianos serán reconocidos. Cuando el Señor venga en su gloria, estos serán manifestados con él, en la unidad. El mundo conocerá entonces (será demasiado tarde para creer) que los discípulos del Señor habían sido amados por el Padre como el Padre ama al Hijo (Juan 17:23). Cristo amó a la Asamblea, como también a cada uno de sus redimidos (Efe. 5:25; Gál. 2:20). Aquí el amor del Señor por los suyos es presentado como la parte especial de los que le hayan sido fieles frente al oprobio de la profesión cristiana: «para que sepan que yo te he amado».

El Señor vino a la tierra, el hombre pobre y despreciado, para ser rechazado por la élite del mundo. Pero más tarde toda rodilla se doblará en el nombre de Jesús (Fil. 2:10). De la misma manera, sin que los santos de Filadelfia se lo pidan, el Señor hará que ante ellos se postren los que los habían menospreciado y perseguido. Hoy en día el mundo y Satanás no han cambiado, de manera que los testigos del Señor sufren todavía el menosprecio y el oprobio. Tal ha sido la parte de muchos cristianos en el curso del despertar del siglo 19; tal será también la parte de los que desean permanecer fieles al Señor.

3.7.5 - Guardar la palabra de la paciencia del Señor (Apoc. 3:10)

Filadelfia también guardó la palabra de la paciencia del Señor. Es la «paciencia de vuestra esperanza en nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes. 1:3), unida a la promesa de su retorno, porque ahora las miradas de la fe se dirigen hacia ese momento. Dios es paciente, es el Dios de paciencia y de consolación (Rom. 15:5). El Señor también manifestó una paciencia perfecta en el sufrimiento y la sumisión cuando estuvo en la tierra, y ahora todavía espera con paciencia. Para los cristianos, la paciencia según Dios traduce el estado de un corazón sumiso y confiado en el Señor, que permite sobrellevar el sufrimiento mientras espera la liberación. La iglesia de Filadelfia lo experimentó. Así será guardada de la hora de la prueba que vendrá «sobre todo el mundo habitado», después del arrebato de la Iglesia. Se trata de los juicios que alcanzarán «a los que habitan sobre la tierra», a la vez el pueblo judío y las naciones (esos juicios son anunciados más adelante en la apertura de los sellos y el sonido de las trompetas) excepto los que serán perdonados para gozar del reino. Al contrario, la Iglesia, celestial en su carácter, su origen y su destino, será arrebatada al cielo antes de los juicios. Hallamos una hermosa imagen de la Iglesia en Enoc, arrebatado de la tierra (símbolo de los juicios) después de haber andado con Dios por la fe. Por ello recibió testimonio de haber agradado a Dios (Gén. 5:24; Hebr. 11:5). En contraste, Noé fue guardado a través de las aguas del diluvio. Es figura del remanente judío probado, pero finalmente librado de la gran tribulación.

Filadelfia guardó la palabra de la paciencia del Señor. En medio de las múltiples y agitadas actividades del mundo cristiano, esta paciencia silenciosa no es menos preciosa para Cristo que los actos brillantes. No es indiferencia respecto a las circunstancias, ni resignación, sino el fruto de un corazón que espera en el Señor. Guardado del peligro de la rutina, un creyente (o una asamblea) fiel manifestará la verdadera paciencia según Dios, no buscando constantemente el cambio o las novedades. La Escritura es agua viva, siempre nueva, que revela los tesoros contenidos en ella desde siempre. Es un carácter de Filadelfia que subraya la expresión: «Retén firme lo que tienes».

3.7.6 - «Vengo pronto» (Apoc. 3:11)

Revelada especialmente al apóstol Pablo (1 Tes. 4:15-18), la venida del Señor fue rápidamente olvidada por la Iglesia adormecida. El clamor de medianoche resonó en el siglo 19: «¡He aquí el esposo! ¡Salid a recibirle!» (Mat. 25:6). La espera del retorno del Señor en gracia para llevar a sus redimidos nos une a su persona y prueba la realidad de nuestro amor por él. Es Cristo mismo quien viene: «Vengo pronto»; al final del libro, él mismo responde personalmente al clamor de su Iglesia: «Sí, vengo pronto» (cap. 22:20).

La venida del Señor es presentada a las últimas 4 asambleas, y los fieles de Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea serán arrebatados al mismo tiempo. Sin embargo, solo a Filadelfia la promesa de la venida del Señor es presentada como la recompensa particular para los que hayan guardado la palabra de su paciencia. Frente a la oposición y al menosprecio del mundo, el retorno de Cristo es el momento esencial hacia el cual se dirigen las miradas de los fieles.

3.7.7 - «Retén firme lo que tienes»

La venida del Señor también es presentada a Filadelfia como un llamado a la vigilancia. «Retén firme lo que tienes». Aquí no se trata de revelaciones o luces nuevas, sino únicamente de guardar lo que ha sido revelado y confiado, misión que parece poco importante, pero que lo es en realidad, porque es lo que el Maestro pide. «Si alguno me sirve, que me siga… Si alguno me sirve, a este honrará mi Padre» (Juan 12:26). Retener lo que uno tiene es, en particular, no ampliar el camino o no traspasar «los linderos antiguos» (Prov. 22:28). Es mantener la separación del mal y reconocer los derechos del Señor.

«Para que nadie tome tu corona». En medio de la decadencia que siguió al tiempo del despertar, lo que está en juego en el combate es perder o conservar lo que el Señor nos ha confiado. Aquí la corona evoca más la idea de una recompensa que de un honor real (cap. 4:4). El siervo no trabaja para adquirir una u otra, sino por amor hacia su Maestro. Sin embargo, el Señor sabe aprobar y retribuir lo que su gracia habrá producido en nosotros. Aquí no se trata de una corona en general, sino de «tu corona», la marca personal de la aprobación de Cristo hacia el que lo ha amado y ha guardado los pensamientos eternos de Dios sobre su Asamblea.

3.7.8 - Promesas al vencedor (Apoc. 3:12)

Aquí el combate es mucho más interior y menos aparente que en las fases precedentes de la historia de la Iglesia (el fiel en Esmirna debía resistir hasta la muerte); sin embargo, no es menos difícil ni menos importante. Para el cristiano, vencer es ante todo ganar la victoria sobre sí mismo, poniendo su propia voluntad de lado con la ayuda de Dios. Si el combate es interior, las victorias también lo son: en nuestro corazón se realizan la obediencia, la sumisión y la dependencia.

Tres promesas son hechas al vencedor de Filadelfia; de un orden celestial, están unidas de manera particular al Dios de nuestro Señor Jesucristo. Este es presentado como hombre que obtuvo perfectamente la victoria en la tierra.

1. Cristo hará del vencedor una columna en el templo de su Dios. Es una alusión a las 2 columnas del templo terrenal: Jaquín y Boaz. «Jaquín» significa: él establecerá, y «Boaz»: en él está la fuerza (2 Crón. 3:17). Es la estabilidad eterna del fiel que al fin está en su casa en la morada de Dios para gozar allí del reposo.

2. Nunca más saldrá: la seguridad es perfecta, los peligros y los ejercicios han pasado para siempre.

3. Por último, el Señor escribe 3 nombres sobre el fiel para indicar que pertenece a un nuevo orden de cosas divino:

  • Primero, «el nombre de mi Dios», revelado por Cristo a María Magdalena. «Subo… a mi Dios y a vuestro Dios» (Juan 20:17).
  • Luego, «el nombre de la ciudad de mi Dios»: es la santa ciudad, la nueva Jerusalén descendiendo del cielo, de Dios (cap. 21:2). Este nombre recuerda a la Iglesia su llamado celestial, mientras ella está aún en la tierra.
  • Por último, «mi nombre nuevo», el nombre del último Adán, del segundo hombre, heredero de todas las cosas, el nombre sobre todo nombre que Dios le ha dado (Fil. 2:9-11). Es el nombre de Jesús, el de su anonadamiento y el de su gloria.

Esta triple promesa se realizará en la gloria futura que nos será revelada. Podemos anticipar este momento gozando desde ahora de la gloria y de la gracia que nos han sido dadas por Dios en Cristo.

3.7.9 - Exhortación a escuchar (Apoc. 3:13)

Ubicada después de la promesa al vencedor, esta exhortación recuerda que el Espíritu Santo se dirige a un remanente distinguido de una masa profesa. Pero aquí toda la asamblea de Filadelfia constituye ese remanente. Para manifestar algún carácter moral, es necesario continuar el combate; la separación exterior del mal no es suficiente, aunque sea indispensable. Siempre es necesario dejar la carne en la muerte, entregándose al Señor en su vida personal y en el seno mismo de la asamblea.

3.8 - Laodicea (Apoc. 3:14-22)

Laodicea marca el fin de la historia profética de la Asamblea. ¡Que nuestra conciencia y nuestro corazón sean profundamente sensibles al mensaje que le es dirigido!

Laodicea aparece al final como caracterizando el último estado de la profesión cristiana: la tibieza y la falta de amor hacia Cristo y hacia su servicio están asociados a muchas pretensiones en las capacidades humanas.

De las 7 iglesias, Éfeso y Laodicea son las únicas mencionadas en otros lugares en el Nuevo Testamento (Col. 4:15-16). Cercana a Colosas, en la provincia romana de Frigia, Laodicea era, en los tiempos apostólicos, una ciudad muy rica. Allí se fabricaban vestidos costosos. Fuentes de agua caliente medicinales habían formado una estación termal famosa; además allí se trataban las enfermedades de los ojos, gracias a un colirio famoso, el “bálsamo de Frigia”. Desde las fuentes de las montañas próximas, el agua de la ciudad era llevada por un largo acueducto a cielo abierto. En el clima de Asia Menor, a menudo el agua no era fresca, y los habitantes debían contentarse con un agua tibia.

Estos detalles materiales pueden ayudar a comprender mejor el mensaje espiritual que el Espíritu dirige a Laodicea. Por lo demás, su nombre mismo, que significa “los derechos del hombre”, resume bien el estado moral de la asamblea. Así, en la profesión cristiana, los derechos del hombre han reemplazado los justos derechos de Cristo sobre su Iglesia. Por lo tanto, ahora el Señor es visto como fuera de la asamblea, para pronunciar la amenaza de un rechazo irrevocable en su contra. He aquí el último estado de la Asamblea responsable, que debería haber rendido un testimonio a la verdad y a la gracia de Dios ante el mundo.

Históricamente el estado de Laodicea acompaña rápidamente cada despertar, y se manifiesta de manera cada vez más visible en nuestros días.

3.8.1 - Los caracteres de Cristo (Apoc. 3:14)

Cristo entra en escena para retomar el testimonio que la Asamblea ha dejado de llevar y para continuarlo bajo otra forma en su reino terrenal. Por eso los 3 caracteres bajo los cuales el Señor se presenta a Laodicea son tan notables y diferentes de aquellos bajo los cuales Juan lo había visto como Hijo del hombre (cap. 1:3, 16), pero maravillosamente adaptados a esta última fase de la historia de la Iglesia.

1. «El amén». Él es aquel en quien se cumplen todas las promesas. «En él es sí; porque cuantas promesas de Dios hay, en él está el sí, y también en él el amén» (2 Cor. 1:19-20). Toda la verdad divina reposa sobre la persona de Cristo, su poder sobre la eficacia de su obra.

2. «El testigo fiel y verdadero», porque «el testigo verdadero no mentirá» (Prov. 14:5); el Espíritu lo subraya cuando la Asamblea deja de ser un verdadero testigo.

3. «El principio de la creación de Dios». Se trata de la nueva creación, sobre la cual Cristo es establecido como Jefe sobre todas las cosas, la gloria y el testigo permanente de esta creación. La Asamblea, como Cuerpo (o plenitud) de la Cabeza que es Cristo, participa de esta creación. Como una clase de primicias de las criaturas de Dios (Sant. 1:18), todos los verdaderos creyentes han sido creados de nuevo en Cristo, para ser una nueva creación en él (Efe. 4:24; 2 Cor. 5:17). En la tierra, los creyentes hubieran debido manifestar, individual y colectivamente, el poder de la «creación de Dios» por el Espíritu Santo. Este testimonio no ha sido rendido fielmente; por lo tanto, Cristo apareció para desplegarlo ahora de una manera efectiva. El sentimiento de la ruina pública de la Iglesia siempre debería acompañarnos, no para imputar la responsabilidad a otros, sino para llevarnos a juzgar nuestra propia responsabilidad en una verdadera humillación. Sin embargo, la Asamblea siempre tiene parte en «lo que permanece» (2 Cor. 3:11), lo que Cristo posee. Él mismo es el fundamento seguro y el verdadero principio, y su amada Iglesia está unida a él para siempre.

3.8.2 - Las obras de Laodicea y la reprobación del Señor (Apoc. 3:15-16)

La tibieza, primer carácter de Laodicea, explica todos sus males. Ella es puesta al día por el Señor, quien le dice 3 veces: no «eres frío ni caliente», sino «tibio». No es una falta accidental, sino una situación establecida.

– Laodicea no es fría: no rechaza abiertamente el cristianismo, como lo hace el ateísmo, el racionalismo, etc.

– Laodicea tampoco es caliente: hace mucho tiempo que los corazones no arden más por Cristo.

– Laodicea es tibia: la falta de amor, el peor de todos los males, se traduce mediante una indiferencia culpable respecto al Señor y sus intereses. En su tiempo, el apóstol Pablo ya decía: «Todos buscan sus propios intereses, no lo que es de Cristo Jesús» (Fil. 2:21). Frente a este estado, el Señor está fuera y pronuncia un juicio inexorable sobre la iglesia: «Voy a vomitarte de mi boca», sin ni siquiera hablarle de su retorno. Tal vez no haya palabra más terrible en la boca de nuestro Salvador. Este estado de indiferencia y autosuficiencia, nauseabundo para él, le es insoportable. Es un real ultraje a su gracia.

No obstante, el Señor aún considera a Laodicea como una iglesia, y sigue llamando a los pocos fieles que allí se encuentran. Después de su retorno para llevarlos con él, vomitará la masa infiel que será herida como todos los profesos sin vida.

El Señor desvela entonces los 2 aspectos del retrato de Laodicea:

  • Por un lado, su propia estimación: rico… enriquecido… sin necesidad de nada.
  • Por otro lado, su verdadero estado para Cristo: «Desdichado, miserable, pobre, ciego y desnudo».

Y Laodicea no tiene ninguna conciencia de su estado, no más que Sansón, quien «no sabía que Jehová ya se había apartado de él» (Jueces 16:20), o que Efraín en tiempos del profeta Oseas: «Devoraron extraños su fuerza, y él no lo supo; y aun canas le han cubierto, y él no lo supo» (Os. 7:9).

3.8.3 - El consejo del Señor frente a los 2 males de Laodicea (Apoc. 3:18)

Tres males caracterizan a Laodicea, y el Señor le propone (dirigiéndose al ángel de la asamblea) un remedio que ella puede adquirir mediante un verdadero arrepentimiento. Es necesario comprarlo de Cristo mismo: «Yo te aconsejo que de mí compres».

1. «Desdichado, miserable, pobre» en cuanto a Dios, tal es el estado de Laodicea, aunque ella se considere a sí misma rica, enriquecida en valores intelectuales, mundanos y sociales. Todo lo contrario de Esmirna, que era realmente rica, pero a la cual el mundo consideraba pobre. Porque las verdaderas riquezas son espirituales y morales, y Laodicea las ha perdido. Solo Cristo puede devolvérselas: oro refinado en fuego, símbolo de la justicia divina, probado por el juicio.

2. «Desnudo», sin vestidos; este es el segundo carácter. Es estar sin Cristo, privado del privilegio del cristiano que el apóstol Pablo describe a los gálatas: «De Cristo estáis revestidos» (Gál. 3:27). En la vergüenza que se une a esta posición de desnudez, Laodicea (espiritualmente hablando) no puede acercarse a Dios para rendir culto.

El remedio divino para la desnudez espiritual de Laodicea son los vestidos blancos, la salvación y la justicia divina en Cristo, que remplazan los trapos de inmundicias de las justicias humanas (Is. 61:10; 64:6). Para esto es necesario rasgar su corazón, en señal de verdadero arrepentimiento (Joel 2:13).

3. «Ciego». Laodicea también está enceguecida por Satanás, el dios de este siglo que ciega el entendimiento de los incrédulos (2 Cor. 4:4). Triste similitud con el estado de los fariseos endurecidos y orgullosos, cuyo pecado permanece. En contraste, solo el Señor da la vista (Juan 9:25, 30, 40-41) y alumbra los ojos del entendimiento (Efe. 1:18): este es el verdadero colirio para ungir los ojos.

Laodicea debe comprar gratuitamente de Cristo: oro, vestiduras blancas y gotas para los ojos. También estamos invitados a comprar la verdad (Prov. 23:23), vino y leche (Is. 55:1), y finalmente aceite (Mat. 25:9). En total, 7 cosas esenciales.

3.8.4 - Llamado al arrepentimiento (Apoc. 3:19-20)

Hasta aquí el Señor se había dirigido al ángel de la asamblea de Laodicea. Ahora extiende su mensaje para declarar un principio general de su gobierno respecto a los suyos: su disciplina, ejercida en censura o en castigo, es la prueba de su amor. ¡Pensamiento solemne, al cual la Palabra nos invita a prestar la mayor atención! (Prov. 3:11-12; Hebr. 12:5-6).

Laodicea es la única de las 7 asambleas en la cual el Señor no encuentra ninguna cosa que le agrade. Sin embargo, su amor permanece, y todavía invita al arrepentimiento; él está afuera y toca a la puerta del corazón de los que están al interior de la asamblea. Ahora el llamado es individual («si alguno»), y la respuesta debe ser individual. Es necesario escuchar la voz del Salvador y abrirle.

La promesa es conmovedora; no es para Laodicea en su conjunto, sino para el fiel que responda al llamado de su Señor. Es una promesa de comunión con él, con su gloriosa persona, y con él respecto a su Iglesia. Disfrutada desde ahora en la tierra, esta bendición se prolongará eternamente en el cielo.

3.8.5 - La promesa al vencedor y la exhortación a escuchar (Apoc. 3:21-22)

Aunque el vencedor en Laodicea probablemente sea el que se arrepiente y abre la puerta, la promesa hecha a él difiere de la precedente. Ella se limita al gobierno del reino terrenal. Cristo ya había conferido a sus 12 discípulos un reino y la autoridad sobre las tribus de Israel (Lucas 22:29-30). Todos los santos celestiales (del Antiguo Testamento y de la Iglesia) también estarán asociados a Cristo en el reino milenario (cap. 20:4; 1 Cor. 6:2). Aquí la promesa toma un valor especial, porque Cristo mismo se presenta como el gran vencedor: él ha vencido al mundo (Juan 16:33), a la muerte y a su príncipe, Satanás y los poderes espirituales de maldad (Hebr. 2:14; Col. 2:15). En consecuencia, su lugar es estar sentado con su Padre, en su trono.

De un orden menos elevado que las promesas hechas en las cartas a las otras 6 asambleas, la que es hecha al vencedor en Laodicea sigue siendo preciosa y reconfortante, y está relacionada con el triste estado de esta última fase de la Iglesia.

Por última vez, el mensaje termina con una exhortación individual a escuchar lo que el Espíritu Santo dice a las (7) asambleas.

3.8.6 - Epílogo de la historia de la Asamblea

La historia de la Iglesia primitiva, vista en su conjunto, como fue formada por el servicio de los apóstoles (Éfeso, Esmirna y Pérgamo) se termina con Tiatira, la cual se sumerge en el clericalismo y la corrupción; ella subsiste hasta el final, es decir, hasta el regreso del Señor y el día del juicio (en particular el de la cristiandad que ha negado la fe). Entonces la gran Babilonia habrá reunido en su seno a todos los cristianos profesos de la tierra. Actualmente toda tentativa ecuménica está, pues, condenada al fracaso. Después del arrebato de la Iglesia, el único reagrupamiento según Dios será el de atar la cizaña «en manojos para quemarla», y ese trabajo no es confiado a los hombres, sino a los ángeles (Mat. 13:30, 37-42).

La historia paralela del protestantismo hasta la venida del Señor es tan triste como la de la Iglesia primitiva. Sardis, salida directamente de la Reforma, ha sido afectada por un sueño mortal; si continúa hasta el fin, es para ser juzgada como el mundo. Laodicea, la última que aparece en escena, se sumerge en el ritualismo y será vomitada por Cristo en el día del juicio. Filadelfia subsiste hasta el fin, en presencia de Tiatira, de Sardis y de Laodicea. Solo ella responde al pensamiento de Cristo y le proporciona gozo.

Algunos han pensado que un tercer despertar podría producirse todavía en la Iglesia antes del retorno del Señor. Ahora bien, Dios ha suscitado en su tiempo 2 grandes despertares: la Reforma y el clamor de «medianoche». En su Palabra nada indica que estos se repetirán en su amplitud en el seno de los países cristianizados.

¿Dónde se encuentran Sardis, Filadelfia y Laodicea en nuestros días? Creyentes sinceros se han equivocado deseando comparar tal denominación cristiana a una u otra de estas 3 iglesias del fin. En particular, cualquiera que pensara llevar personalmente el carácter de Filadelfia o pretendiera que la congregación a la cual se adhiere representa a esta iglesia, demostraría por ello que está gobernado por la pretensión de Laodicea.

Guardemos más bien el recuerdo de los testigos fieles que han trazado este camino del testimonio: Cristo tiene su corazón y sus afectos en su mano. Sin otra pretensión que tratar de ser fieles al Señor en un tiempo de ruina, dediquémonos simplemente a imitar su fe (Hebr. 13:7). ¡Tratemos de hacer revivir así algunas manifestaciones del espíritu del despertar!

«Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, el cual confiará en el nombre de Jehová» (Sof. 3:12).