15 - Capítulos 19:1 al 21:8 — Los acontecimientos hasta el estado eterno

Libro del Apocalipsis


15.1 - El gozo en el cielo (Apoc. 19:1-5)

La expresión «después de esto» (v. 1) introduce un nuevo tema. Mientras toda la tierra llora debido al juicio desatado sobre Babilonia, el cielo se alegra y da gloria a Dios. Allí una gran multitud proclama a gran voz: «¡Aleluya!», es decir, «Alabad a Jah» o «Alabad a Jehová». Esta multitud está formada por todos los santos celestiales, llamados ancianos más adelante; tal vez están acompañados de los santos ángeles de Dios.

Aquí es la primera vez que se menciona la palabra «Aleluya» en el Nuevo Testamento, al final del último libro de la revelación divina. En el Antiguo Testamento aparece por primera vez en el Salmo 104 (v. 35), el cual expresa el cántico de alabanza dirigido al Mesías en la creación y la descripción profética de su reinado terrenal. «Aleluya» es seguidamente el tema de maravillosas alabanzas del fin del quinto libro de los Salmos.

Mediante este primer «Aleluya», la gran multitud proclama los atributos de Dios: salvación, honra, gloria y poder (v. 1). La obra de la redención es completa y los juicios sobre el mal son irrevocables: «Porque Jehová, Dios de retribuciones, dará la paga» (Jer. 51:56).

El segundo «Aleluya» (v. 3), pronunciado por la misma multitud, confirma la destrucción de Babilonia la ramera y su juicio definitivo.

Por último, el círculo se reduce a los santos celestiales (los 4 seres vivientes y los 24 ancianos): por medio del tercer «Aleluya» (v. 4) adoran a Dios por lo que él es en su esencia. Manifiestan plena sumisión a su voluntad mediante el «Amén». Mencionados aquí por última vez, los ancianos, que siempre disciernen los pensamientos de Dios, se postran y adoran.

La conclusión de esta escena de gozo y alabanza es dada por una voz salida del trono, la cual invita a todos los siervos de Dios y a todos los que le temen a alabar a Dios. ¡Este doble título de los santos celestiales es muy digno de nuestra atención! ¿Presentamos ya en la tierra ese carácter de siervos fieles a nuestro Maestro, con el temor que le es debido?

Probablemente los ángeles también están implicados en esta escena, ya que más tarde Juan se dirige a uno de ellos (v. 10).

15.2 - Las bodas del Cordero (Apoc. 19:6-10)

Por último, un cuarto y último «Aleluya» (v. 6) proclama la introducción gloriosa del reinado de Cristo. En el capítulo 11:15, cuando el séptimo ángel toca la tercera trompeta de desgracia, grandes voces en el cielo anuncian: « El reino del mundo de nuestro Señor y de su Cristo ha llegado». Ahora el Rey en persona entra en su reinado, al final de los juicios anunciados por las 7 copas.

Y, cosa maravillosa, también es el momento solemne para celebrar las bodas del Cordero con la que él ha escogido para compartir la gloria de su reinado. La voz de la gran multitud está acompañada de un gran despliegue de poder (como estruendo de muchas aguas y grandes truenos), lo cual subraya la plenitud del gozo perfecto que llena entonces el cielo.

Todas las imágenes de Cristo y de la Iglesia en el Antiguo Testamento tienen su ilustración:

Dios, el Rey, hace las bodas para su Hijo, el Cordero de Dios, según su propósito eterno (Mateo 22:2), anunciado en la novena similitud del reino de los cielos.

La esposa del Cordero se ha preparado (v. 7). La Iglesia pertenece a Cristo; está comprometida con él para serle presentada como una virgen pura (2 Corintios 11:2).

Pero, ¿cómo las manchas, las arrugas y las mancillas del mundo impuro que ella ha atravesado pueden permanecer unidas a la que Cristo quiere presentarse a sí mismo gloriosa y digna de él? Ya, ahora, Cristo santifica y purifica a su Iglesia a través del ministerio de su Palabra (Juan 17:17, 19; Efe. 5:26). En el momento en que ella atraviese el atrio celestial, Cristo termina su trabajo hacia ella. Delante de su tribunal (2 Cor. 5:10), todos los santos de la Iglesia, entonces glorificados, aparecen para que los efectos de la gracia en su vida sean manifestados en la luz: ¡Qué momento maravilloso! De la larga y triste historia de la Iglesia en la tierra, solo quedará la obra divina en ella, en un puro y completo triunfo de la gracia de Dios.

Sin embargo, el lado de nuestra responsabilidad actual no está olvidado: «Le fue dado ser vestida de lino fino, resplandeciente y puro» (v. 8). Así somos invitados a cooperar en el trabajo divino que prepara la esposa para el gozo de su Esposo, tejiendo, cada uno en nuestra medida, el vestido de bodas de la esposa del Cordero. Esta invitación de amor es dirigida a cada creyente. Delante de Dios ya estamos revestidos con vestiduras de salvación y con manto de justicia (Is. 61:10). Pero aquí se trata de nuestra conducta en la tierra, que por la fe formará algo eterno y de gran valor (el «lino fino»), lo cual hará parte de la gloria de la Iglesia para el gozo de Cristo. Nada semejante puede ser producido si no es como fruto de la gracia de Dios («le fue dado»).

Los propósitos de Dios se cumplen: la Iglesia, la nueva Jerusalén, «preparada como una novia engalanada para su esposo», también es revestida de «la gloria de Dios» (cap. 21:2, 11).

15.2.1 - Una bienaventuranza (Apoc. 19:9)

Se trata de la cuarta bienaventuranza del libro del Apocalipsis

La felicidad de la Iglesia es perfecta, como también la de los invitados al banquete de las bodas del Cordero. ¿Quiénes son esos invitados? Los amigos del Esposo, es decir, los santos celestiales de la antigua dispensación, desde Abel el justo hasta Juan el Bautista (Mat. 23:35; Juan 3:29). Los mártires de la gran tribulación no son incluidos: todavía no han sido resucitados ni glorificados en el momento de estas bodas, y su parte será en el mundo milenario. Aquí la escena, exclusivamente celestial, se sitúa justo antes de los juicios guerreros que introducirán el reino.

¡Seamos profundamente conscientes y agradecidos del honor inmerecido que Dios nos concede de unirnos así a su Hijo para darnos un lugar más elevado incluso que el de los fieles del Antiguo Testamento! (Mat. 11:11).

Por último, Dios pone su sello sobre las declaraciones inspiradas del apóstol: «Estas palabras son fieles y verdaderas». Al final del libro, las revelaciones del estado eterno y de la gloria de la santa ciudad también serán «fieles y verdaderas» (cap. 21:5; 22:6).

15.2.2 - Juan y el ángel (Apoc. 19:10)

Ante este cuadro maravilloso, el apóstol Juan se postra y se dispone a adorar al ángel. Mas no conviene hacerlo; los ángeles, esas criaturas celestiales, aunque de un orden superior a los humanos, siguen siendo siervos de Dios y de los santos, y no deben ser adorados (Hebr. 1:6-7, 14; Col. 2:18). Es una advertencia de actualidad para la Iglesia en su decadencia: toda adoración corresponde exclusivamente a Dios.

15.3 - Los juicios guerreros y la destrucción de la bestia (Apoc. 19:11-18)

15.3.1 - La visión de Cristo glorioso, jefe de los ejércitos celestiales

El juicio y la justicia forman las bases del trono de Dios (Sal. 89:14). Durante mucho tiempo, en el gobierno del mundo, los jefes infieles las han separado. Pero ha llegado el tiempo para que el juicio vuelva a la justicia (Sal. 94:15). La venida de Cristo está descrita en términos que recuerdan el triunfo de un general romano seguido por sus ejércitos tras una victoria. Aquí el Cristo triunfante aparece ante el mundo antes de los combates. Varios detalles de sus atributos también se hallan en otras porciones de la Palabra.

1. Él está sentado sobre un caballo blanco. El caballo evoca el poder de su venida, su color simboliza la pureza y la justicia de sus juicios. El jinete del primer sello (cap. 6:2) se le asemeja exteriormente, pero ejerce su poder para el mal, y no para la justicia, como Cristo.

2. Sus cuatro nombres:

  • Primero es llamado «Fiel y Verdadero» (v. 11), delante del mundo que va a juzgar. Dirigiéndose a Laodicea, se presentó como «el testigo fiel y verdadero» (cap. 3:14).
  • También posee otro nombre personal «admirable» (Jueces 13:18; Is. 9:6), que solo él conoce (v. 12): «Nadie conoce al Hijo, sino el Padre» (Mat. 11:27).
  • Además se llama «El Verbo de Dios» (v. 13). El nombre designa a la persona. La identificación entre el Hijo eterno de Dios y la Palabra eterna (o el Verbo), característica de los escritos de Juan, es de una fuerza extraordinaria. La Palabra se hace conocer por su mensaje, pero también obra con poder.
  • Por último, el nombre público del gran vencedor es «Rey de reyes y Señor de señores» (v. 16). Es Rey sobre su pueblo Israel, y es el Señor de las naciones.

3. Su misión es juzgar y combatir con justicia. Sus juicios no son más judiciales, es decir, rendidos en un tribunal; son juicios guerreros. Los ejércitos determinan el resultado del combate.

4. Sus glorias y sus atributos:

  • «Sus ojos eran como llama de fuego». Ya subrayado en la visión del Hijo del hombre al comienzo del libro (cap. 1:14), este atributo fue recordado al ángel de Tiatira. Después del juicio contra Babilonia, Cristo juzgará a la bestia y al falso profeta.
  • «Había en su cabeza hay muchas diademas». La diadema es símbolo de belleza, de gloria y de ornamentos divinos (Isaías 28:5-6).
  • La majestad real de Cristo supera la de todos los grandes del cielo. En oposición a las numerosas diademas con las cuales Dios se complace en honrar a su Hijo para consagrar su dominio universal, Satanás se ha apoderado de 7 diademas, una sobre cada una de sus cabezas (cap. 12:3), mientras la bestia romana lleva 10, una sobre cada uno de sus cuernos (cap. 13:1). El juicio despojará a uno y a otro de sus falsas glorias usurpadas.

5. Su vestidura teñida de sangre habla de venganza; es la vendimia de la tierra (v. 15; cap. 14:20). El jugo de uvas pisadas en el lagar es como la sangre que salpica los vestidos (Is. 63:1-4). ¡Juicio terrible y sin apelación!

6. Sus ejércitos (v. 14): ahora se cumple la profecía de Enoc recordada por Judas: «Vino el Señor con sus santas miriadas, para hacer juicio contra todos» (Judas 14-15). Se trata, pues, de la segunda fase de la segunda venida de Cristo, de su aparición en gloria para reinar, y no su venida para llevar a la Iglesia con él. Cristo vencedor no está más solo, como en el día de su rechazo. Está acompañado de los santos celestiales glorificados que le siguen; montados en caballos blancos, como su jefe, están vestidos con ropas que simbolizan pureza y justicia. Estos son sus elegidos, llamados y fieles. Los que acompañaron al rey David en el tiempo de su aflicción, más tarde compartieron la gloria de su reino (2 Sam. 23:8). De igual manera, cada creyente es invitado a sufrir ahora por Cristo, antes de reinar con él (2 Tim. 2:12). Vista colectivamente, la Iglesia de Cristo está hoy en la tierra en la posición de Séfora, esposa de Moisés en el exilio, o de Abigail, esposa de David rechazado, antes de ser semejante a Asenat, esposa de José glorificado. ¿No olvidamos esto cuando nos mezclamos con el mundo?

7. Combate y gobierno (v. 15): acompañado por los ejércitos celestiales, Cristo se presenta solo como ejército para un combate contra la multitud de sus enemigos. La «espada aguda» que sale de su boca ya era uno de sus atributos como Hijo del hombre en la primera visión del libro (cap. 1:16). La espada es el símbolo del juicio de Dios, sea contra el anticristo o, incluso –¡cosa solemne!, contra Cristo, la santa víctima en la cruz (Zac. 11:17; 13:7). Comparada con la Palabra de Dios, la espada será utilizada contra los falsos maestros, si la iglesia no se arrepiente (cap. 2:12, 16). Ahora, saliendo de la boca de Cristo, la espada se vuelve contra las naciones de la tierra para ejercer un juicio guerrero. Algunos detalles permiten apreciar la amplitud de este terrible juicio (cap. 14:20; Ez. 39:12-15) que debe introducir el gobierno de Cristo en justicia (la vara de hierro para regir a las naciones) reprimiendo entonces toda rebelión (Sal. 2:9).

15.3.2 - El juicio (Apoc. 19:17-18)

Otro ángel (este ángel no es un tipo de Cristo, contrariamente a ciertas escenas anteriores (cap. 7:2; 10:1) está en pie en el sol, el lugar de la autoridad suprema, para invitar a las aves de rapiña a tomar parte en «la gran cena de Dios», es decir, en los resultados del juicio ejecutado por Cristo sobre los ejércitos de las dos bestias (la bestia romana y el falso profeta, el anticristo) en Armagedón.

Una escena comparable es proféticamente anunciada por el profeta Ezequiel (39:17-20) respecto a Gog (el asirio, el rey del norte) y a sus innumerables ejércitos. La aniquilación por Cristo de sus hordas nórdicas ocurrirá después del combate contra los ejércitos de la bestia romana (Dan. 11:45).

Nadie escapa al juicio entre los que poseen la autoridad (reyes y capitanes) o la fuerza (fuertes, caballos y jinetes). Todas las diferencias de rango (libres o esclavos) o de responsabilidad (pequeños o grandes) en el mundo se esfuman entonces ante Dios.

¡Qué contraste entre la gran cena de la gracia (Lucas 14:16) para las bodas del Cordero en el cielo, y la cena del juicio en la tierra, que le sigue inmediatamente! Ahora bien, todo ser humano es puesto frente a una u otra. ¡Que cada uno entienda que, si no acepta a Cristo como su Salvador, no tendrá lugar en la cena de la gracia, sino que deberá encontrar a Dios como su juez! (Amós 4:12).

15.4 - Loa juicios guerreros y la destrucción de la bestia (2) (Apoc. 19:19-21)

La nueva visión del apóstol (v. 19) revela el gran combate entre el poder del mal y el poder del bien:

– Por un lado, se halla la bestia, jefe político del Imperio romano restaurado que ha arrastrado tras sí muchos reyes de la tierra, y sus innumerables ejércitos. Ella está asociada al falso profeta, la segunda bestia, jefe del poder religioso judío apóstata.

– Por otro lado, se halla Cristo, sentado sobre su caballo blanco y seguido por su ejército.

Los detalles del combate no son dados aquí, sino solamente su final y sus resultados. El bien triunfa sobre el mal, y Cristo confirma aquí su victoria, ya ganada en la cruz. Allí una victoria moral definitiva fue ganada sobre las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes (Efe. 6:12; Col. 2:15). Aquí (todavía es futuro para nosotros) se trata de la victoria guerrera sobre los poderes humanos de mal en la tierra (v. 20). Detrás de esos 2 combates está el mismo enemigo, Satanás, el diablo, quien dirige todo el poder del mal contra Cristo y los suyos.

15.4.1 - El destino de las dos bestias (Apoc. 19:19-20)

Los dos jefes (político y religioso) de las coaliciones enemigas son apresados primero. No se precisa quién los arresta, probablemente los ángeles que ya habían participado, 3 años y medio antes, en el combate preliminar en el cielo para echar fuera a Satanás. El juicio y la destrucción del falso profeta (la segunda bestia, el anticristo) son ejecutados por el Señor mismo, con el resplandor de su venida (2 Tes. 2:8).

Sin otro juicio, sin pasar por la muerte, sin una permanencia en el hades (ese lugar transitorio invisible, adonde van las almas después de la primera muerte), esos dos hombres son lanzados vivos en la gehena, para conocer los tormentos eternos. Ese terrible lugar fue preparado por Dios especialmente para Satanás y sus ángeles, y en principio no era para los humanos. Sin embargo, de todas las criaturas (celestiales o terrenales), dos hombres serán lanzados allí primero. ¡Qué solemne contraste con este otro acto de poder divino (en gracia y no en juicio) que hizo entrar a Enoc y a Elías en la bendición celestial sin pasar por la muerte!

Un poco más tarde los incrédulos de las naciones, objetos del juicio irrevocable de los vivos antes del reinado milenario (Joel 3:2-12; Mat. 25:31-46), y luego los malos de Judá y de las 10 tribus de Israel, acompañarán a estas 2 bestias en el lago de fuego. El diablo será lanzado en el lago de fuego y azufre al fin del Milenio, y por último lo serán los muertos incrédulos, después de la sesión de juicio del gran trono blanco. La existencia misma de ese lugar de tormentos eternos demuestra que nadie se burla impunemente de Dios (Gál. 6:7).

15.4.2 - El destino de los ejércitos enemigos (Apoc. 19:21)

Estos no comparten inmediatamente el destino de sus jefes. Todos esos rebeldes son matados por Cristo en persona, el único que lleva la espada del juicio (v. 15). ¡Qué contraste con la posición del humilde Jesús de Nazaret, despreciado y humillado en su primera venida en gracia!

Los cadáveres de los enemigos son ofrecidos como alimento a las aves de rapiña: así se cumple el llamado a reunirse para la gran cena de Dios (v. 18). Solo es una muerte guerrera; el juicio final de esos innumerables muertos tendrá lugar 1.000 años más tarde (cap. 20:5). Se puede percibir un poco el carácter de ese «día de Jehová… terrible, y de indignación y ardor de ira», que exterminará multitud de hombres, a tal punto que un mortal «será más precioso que el oro fino» (Is. 13:9, 12).

Así se termina esta sucesión de juicios: el juicio judicial (por Dios) de Babilonia la ramera (cap. 18:20), y el juicio guerrero (por Cristo) de las naciones rebeldes conducidas por las dos bestias.

15.5 - Satanás atado (Apoc. 20:1-3)

Esta cuarta visión del apóstol describe el destino temporal de Satanás durante el Milenio. A pesar de su función mayor en la rebelión universal de los hombres contra Dios y contra Cristo, el nombre de Satanás y su acción no habían sido mencionados hasta allí. Ahora bien, si el corazón de los hombres es la sede de la rebelión de la humanidad contra Dios, Satanás es el verdadero autor invisible y la fuente oculta de la energía del mal.

Echado del cielo con sus ángeles (cap. 12:9), Satanás se asocia a las 2 bestias para causar la desgracia del mundo. Ahora ha llegado el tiempo de neutralizar su poder, antes de que su juicio definitivo sea pronunciado y ejecutado. Un ángel desciende del cielo para prenderlo, atarlo, lanzarlo al abismo, encerrarlo, y finalmente poner un sello sobre él, durante todo el periodo del reino milenario.

15.5.1 - El abismo

Los instrumentos del ángel para cumplir esta suprema misión son la llave del abismo y una gran cadena. El abismo, lugar invisible, no es el lugar de tormentos. Es un lugar reservado y se necesita una llave para abrirlo o cerrarlo. Bajo esta reserva, seres entran o salen de allí. En la gehena no es así; de allí nadie saldrá jamás. “Ustedes que entran aquí, abandonen toda esperanza”, escribió justamente un autor profano.

En el Evangelio, el espíritu impuro «Legión» suplicaba al Señor que no lo enviara al abismo (Lucas 8:31), lugar donde hubiera estado cautivo. Como todos los ángeles de Satanás, más tarde ese demonio será lanzado en la gehena de fuego con su jefe.

Al sonido de la quinta trompeta, la llave del abismo fue dada a un poder maligno (la estrella cayó del cielo a la tierra) para enviar a la tierra el ejército de langostas que trae la devastación dirigida por su rey, el ángel del abismo (cap. 9:1, 11). Por último, del abismo también sale la bestia romana que hace la guerra a los 2 testigos fieles en Jerusalén, y después apoya a Babilonia (cap. 11:7; 17:8).

15.5.2 - El destino temporal de Satanás

El abismo, hasta aquí un ámbito en las manos de Satanás, se convertirá en su prisión, bajo el control de un ángel celestial. Qué sorprendente cambio de situación: ¡Dios siempre es el dueño de todo!

El nombre mismo de Satanás recuerda que él es el adversario de Dios y de los suyos, el acusador de los hermanos. Aquí primero es llamado el dragón, para subrayar su poder político maléfico sobre el mundo, luego la serpiente antigua que sedujo a Eva, a Adán y a multitud de hombres durante la historia del mundo. Por último, es el diablo, mentiroso y homicida.

El ángel ata a Satanás con una gran cadena imagen de los lazos eternos bajo oscuridad, los cuales retienen a los ángeles caídos mientras esperan su juicio (Judas 6). Desde entonces, el diablo no podrá rodear más la tierra ni «andar por ella» (Job 1:7). El sello que el ángel puso sobre el abismo, convertido en su prisión, lo hace incapaz de seducir a las naciones.

La derrota de Satanás y su expulsión de los lugares celestiales, 3 años y medio antes, habían sido un tema de gozo para los moradores de los cielos (cap. 12:12). Ahora, ¡qué feliz noticia para la tierra ser liberada, en la práctica, de la servidumbre de la corrupción! (Rom. 8:21). Sin embargo, todavía no se trata de la abolición completa del poder del mal en toda la creación. Después del reinado de Cristo, Satanás debe ser desatado por un poco de tiempo, para provocar una última rebelión contra Dios antes de su juicio final (v. 10).

15.6 - El juicio en gobierno y la primera resurrección (Apoc. 20:4-6)

Este corto párrafo narra la quinta visión de Juan y contiene la única descripción del reino milenario en el Apocalipsis. En cambio, las bendiciones de la tierra bajo el cetro de Cristo son abundantemente desarrolladas en los profetas del Antiguo Testamento, Isaías en particular.

El libro del Apocalipsis insiste ampliamente sobre los juicios que deben introducir el reinado, y muestra cómo los propósitos de Dios se cumplirán respecto a su Hijo. En cuanto al reino mismo, solo se describen las relaciones del cielo con la tierra y la posición privilegiada de la Iglesia, metrópolis celestial del universo y fuente de bendiciones de la tierra (cap. 22:1-2). Ninguna profecía del Antiguo Testamento podía revelar este aspecto del pensamiento de Dios, porque el misterio de la Iglesia todavía estaba escondido.

15.6.1 - Los santos sentados sobre los tronos y el juicio

El apóstol Juan ve tronos, pero no precisa dónde se encuentran (en el cielo o en la tierra). Ya Daniel había tenido la visión profética (Daniel 7:9), pero solo el Anciano de días, el Dios de eternidad, estaba sentado. Aquí aprendemos algo más: «se sentaron sobre ellos». ¿Quiénes se sentaron y por qué tienen derecho a ese honor? Tres categorías de redimidos los componen:

1. Los santos celestiales, a la vez los del Antiguo Testamento y de la Iglesia. Ya vistos varias veces como reyes y sacerdotes (cap. 1:6; 5:10), ahora son los jueces. El Señor había hecho una promesa especial a sus 12 apóstoles, quienes habían permanecido con él en sus pruebas. Él les asignará un reino y los invitará a sentarse con él sobre tronos para juzgar a las 12 tribus de Israel (Lucas 22:29-39). Los santos de la Iglesia también tienen la seguridad de reinar con Cristo y de juzgar al mundo y a los ángeles (2 Tim. 2:12; 1 Cor. 6:2-3). Los vencedores en Tiatira y Laodicea también tendrán un lugar particular en ese gobierno futuro (cap. 2:26; 3:21).

2. Los mártires decapitados por el testimonio de Jesús y por la Palabra de Dios, después de que la Iglesia haya sido arrebatada de la tierra. Las almas de esos creyentes fueron vistas bajo el altar cuando se abrió el quinto sello (cap. 6:9-11), y fueron exhortadas a tener paciencia. Ellas no pierden su recompensa, y el Señor se complace en honrarlas.

3. Las víctimas de la tiranía de la bestia romana. Asesinados por negarse a llevar su marca y adorarla, esos mártires, ahora resucitados, son agregados a los redimidos mencionados precedentemente para gozar del reino terrenal de Cristo y compartir con él su gobierno.

El «juicio» (v. 4) confiado a todos esos redimidos ya no es guerrero, porque los conflictos habrán terminado en la tierra. Tampoco es esencialmente judicial, porque el Señor mismo eliminará cada mañana al malo de su reino (Sal. 101:8). Se trata del gobierno y de la administración del reino de justicia y de paz que el Rey comparte con sus redimidos.

El reinado de Cristo dura 1.000 años, es decir, un día a los ojos del Señor Dios (2 Pe. 3:8). Se trata del séptimo día simbólico de la historia del mundo, durante el cual se contará la obra de Dios y de Cristo (Núm. 23:23; Sal. 22:31). La nueva generación de hombres que se levantará durante este periodo milenario estará encargada de esta misión. La expresión «mil años», citada 6 veces aquí, no se encuentra en ninguna otra parte en la Biblia para precisar la duración del reinado de Cristo. Esta expresión aparece 3 veces en relación con Satanás (v. 2-3, 7), 2 veces en relación con los santos asociados al reinado de Cristo (v. 4-5), y una última vez con motivo de la primera resurrección (v. 6).

15.6.2 - La última fase de la primera resurrección

Los mártires mencionados aquí son vistos como vivos para reinar con Cristo (v. 4b). Ahora bien, ellos habían conocido la muerte, la primera muerte, como mártires. Pero han resucitado: su espíritu y su alma (la parte inmaterial del ser humano) están nuevamente reunidas en un cuerpo físico, que ha venido a ser glorioso e incorruptible. Así son beneficiados con la primera resurrección, como todos los santos celestiales del Antiguo Testamento y de la Iglesia, con los cuales comparten el reinado de Cristo.

En la Palabra de Dios el término «resucitar» es empleado en 2 sentidos diferentes:

  • Para designar la resurrección de los cuerpos (que incluye a todos los hombres).
  • En relación con la vivificación del alma de los creyentes (Efe. 2:6; Col. 2:12; 3:1). Aquí se trata del primer sentido.

La Biblia habla claramente de 2 resurrecciones de los cuerpos. El hecho general está enseñado por el Señor (Juan 5:29), sin hacer distinción de fecha o de carácter entre las dos resurrecciones. El apóstol Pablo también habla de ello (Hec. 24:15). La primera resurrección solo concierne a los que tienen la vida de Dios (los «justos»); es una «resurrección de vida», una «resurrección de entre los muertos»; se cumplirá en cuatro fases sucesivas:

1. Primero Cristo, las primicias (1 Cor. 15:20), como primogénito de entre los muertos (Col. 1:18).

2. Luego los que son de Cristo, en su venida (1 Cor. 15:23). Abarca todos los creyentes del Antiguo Testamento y de la Iglesia.

3. Los dos testigos en Jerusalén (cap. 11:11-12).

4. Todos los mártires creyentes del primer periodo apocalíptico, resucitados para gozar del reino terrenal:

  • Las almas bajo el altar, ya mencionadas anteriormente.
  • Los mártires judíos (cap. 7:13-17).
  • Las víctimas de la bestia romana, también mencionadas anteriormente.
  • Los mártires de entre las naciones (cap. 15:2-4). Esos redimidos viven para reinar con Cristo.

De los muertos incrédulos dice: «Los demás muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron los mil años». Su destino será resuelto al fin del reinado. Entonces todos los muertos incrédulos («los injustos») de la historia de la humanidad serán llamados a la existencia para presentarse delante del gran trono blanco y recibir su juicio final. Esta segunda resurrección es una «resurrección de condenación»; tendrá lugar una sola vez, al fin del milenio.

15.6.3 - La bienaventuranza de la primera resurrección

Es la quinta de las 7 bienaventuranzas del libro del Apocalipsis.

!Es una felicidad incomparable tener parte en la primera resurrección! Nada puede sobrepasar el privilegio de estar con Cristo, para compartir su gozo y su santidad.

El hecho de tener parte en la primera resurrección también es la seguridad de no conocer la segunda muerte, es decir, el lago de fuego, en el alejamiento definitivo y eterno de la presencia de Dios (v. 14b). Por último, los creyentes resucitados son sacerdotes de Dios y de Cristo durante el reinado de 1.000 años. Cristo, Rey y Sacerdote, será sacerdote «en su trono», según la profecía de Zacarías (Zac. 6:13). Sus redimidos también serán canales de bendición para la tierra. Ejercerán entonces, respecto a los temas del reino milenario, un sacerdocio de bendición (Dios hacia el hombre) según el orden de Melquisedec. Antes, y para Israel en particular, el sacerdote representaba al hombre ante Dios, a semejanza del sacerdocio de intercesión de Aaron.

15.7 - El último conflicto y el fuego del cielo (Apoc. 20:7-10)

«Cuando se acaben los mil años»: el reinado de Cristo en la tierra jamás será destruido (Dan. 7:14), pero al final, el Hijo del hombre entregará a su Padre un reino en un orden perfecto, contrariamente a todas las sucesiones de poder en toda la historia de los hombres.

15.7.1 - El último combate

Satanás, desatado de su prisión en el abismo, provoca una última sublevación contra Dios y seduce todavía una multitud de seres humanos. Es la demostración clara de que el corazón del hombre no puede ser mejorado, ni siquiera después de 1.000 años de paz y prosperidad: «Por cuanto el pensamiento de la carne es enemistad contra Dios, porque no se somete a la ley de Dios, ni tampoco puede» (Rom. 8:7).

Extraviadas y conducidas por Satanás, las naciones de todos los confines de la tierra acuden para un último combate. Están compuestas por hombres incrédulos de los cuales David ya hablaba proféticamente en su cántico: «Los hijos de extraños se someterán a mí» (2 Sam. 22:45; Sal. 18:44). En medio de la generación nacida durante el Milenio, muchos hombres no tendrán la vida de Dios y responderán también a la seducción de Satanás. Juntos, son llamados «Gog y Magog». Esta denominación no debe ser confundida con la que designa los pueblos del norte (conducidos por el asirio), que habrán combatido contra Cristo justo antes del reinado (Ez. 38:1). Sin embargo, tanto en los unos como en los otros, encontramos el mismo carácter de odio ciego contra Cristo y los suyos. Ellos rodean «el campamento de los santos y la ciudad amada», es decir, Jerusalén (v. 9). Cuando fue entregada a las naciones, la ciudad se convirtió en «Sodoma y Egipto» (cap. 11:8). Durante el reinado de Cristo, la capital de la tierra es nuevamente la ciudad del gran rey, «la ciudad amada». Sobre ella se ensañan los rebeldes. El combate contra ellos es breve, y su resultado deslumbrante: el fuego del cielo los devora a todos. Así se reúnen en el mundo invisible con todos los otros muertos incrédulos para comparecer juntos ante el gran trono blanco (v. 12).

15.7.2 - El juicio final de Satanás

La última etapa de la larga historia de su rebelión y de su ruina final ha llegado: un juicio inexorable y final, el lago de fuego y azufre, preparado para él desde hace mucho tiempo. La trinidad del mal (el diablo, la bestia romana y el falso profeta) se encuentra allí ahora.

La expresión: «Serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» significa que en el lago de fuego y azufre la noción del tiempo no se perderá para los hombres incrédulos o los ángeles caídos. Pero es un tiempo que no tiene fin. ¡Desgracia eterna!

En contraste, los redimidos del Señor viven en la luz de la eternidad, no habrá más noche (cap. 22:5); para ellos el tiempo no cuenta más. ¡Felicidad eterna!

15.8 - El gran trono blanco y el juicio de los muertos (Apoc. 20:11-15)

«El fin de todo se ha acercado» (1 Pe. 4:7). La sexta (v. 11) y séptima visión (v. 12) del apóstol lo describen brevemente: el juicio de los muertos y la disolución de todas las cosas, reemplazadas por los nuevos cielos y la nueva tierra.

15.8.1 - El gran trono blanco (Apoc. 20:11)

La escena es descrita de manera inmaterial e intemporal, aunque profundamente real en su existencia y sus resultados. Contrariamente a las escenas precedentes de juicio, aquí no se trata de una venida de Cristo, sino de un trono: la última sede del juicio judicial antes de la introducción del estado eterno, donde todo será definitivamente sellado para siempre.

El color mismo del gran trono blanco recuerda que el juicio es según la pureza y la santidad del que reina, el Dios cuyos ojos son demasiado puros «para ver el mal» (Hab. 1:13).

¿Quién está sentado en el trono? Dios Hijo, Cristo, Hijo del hombre, a quien el Padre ha entregado todo juicio (Juan 5:22), «el quien Dios ha constituido Juez de vivos y muertos» (Hec. 10:42).

La tierra y el cielo «de ahora» (2 Pe. 3:7) huirán delante del Juez. Según la palabra misma del Señor, ellos deben pasar (Mat. 24:35) para dar lugar a los nuevos cielos y a la nueva tierra, según la promesa de Dios (2 Pe. 3:13).

15.8.2 - Los condenados y su juicio

Son todos los muertos que no tienen la vida de Dios, desde Caín, el primer homicida de la tierra, hasta los últimos rebeldes de Gog y Magog, que acaban de ser heridos por el fuego del cielo (v. 9). Todos han resucitado para ser juzgados. El espíritu, el alma y el cuerpo de todo ser humano están nuevamente reunidos para constituir la misma persona que vivía antes en la tierra. Su juicio es según los libros que contienen el testimonio de sus obras (Dan. 7:10). Los secretos de los corazones, móviles y motivos de las obras, también son revelados y juzgados (Rom. 2:6, 16; 1 Cor. 4:5).

El libro de la vida, que está al día en el cielo (cap. 3:5), no contiene ningún nombre de los que comparecen aquí delante del gran trono blanco. No hay abogado para defender su causa perdida, ni corte de apelación, ni corte de casación. Un justo juicio final alcanza a todos los culpables, quienes deberán reconocer la pertinencia de su condenación, «para que toda boca sea cerrada, y todo el mundo sea culpable ante Dios» (Rom. 3:19).

El mar (materialmente hablando), la muerte (en relación con el cuerpo separado del alma) y el hades (en relación con el alma separada del cuerpo) entregarán respectivamente todos sus muertos. Todos serán lanzados en el lago de fuego, el lugar de los lloros (un sufrimiento eterno) y del crujir de dientes (una irritación permanente), la gehena, la segunda muerte, el sello de la separación definitiva de Dios. Este no es un cese de la existencia, porque para Dios todos viven (Lucas 20:38). Desde este punto de vista, el alma de todo hombre es inmortal, aunque solo Dios «posee inmortalidad» (1 Tim. 6:16), y solo los creyentes que tienen la vida de Dios se visten de ella efectivamente (1 Cor. 15:53). El cuadro que aparece al final de la sección anterior da algunos elementos de comparación entre las 2 sesiones de juicios de los vivos y de los muertos.

15.8.3 - El fin de la muerte y del hades (Apoc. 20:14)

La muerte (en primer lugar) y el hades son el resultado del pecado del hombre seducido por Satanás, quien se apoderó a la vez del poder de la muerte y de las puertas del hades (Hebr. 2:14; Mat. 16:18). Personificados uno y otro como enemigos, fueron vencidos en la cruz por Cristo, quien ahora posee esas llaves (cap. 1:18). Hasta que se ejecute el juicio de los muertos retenidos en ellos (muerte y hades), las consecuencias de la victoria de Cristo no pueden ser plenamente manifestadas. Pero después de ese juicio, el hades estará vacío y la primera muerte no retendrá más a nadie:

  • Todos los incrédulos conocerán la segunda muerte.
  • Para los creyentes, lo mortal será absorbido por la vida, la muerte les pertenece (1 Cor. 3:22; 2 Cor. 5:4).

El destino de Satanás y de los muertos incrédulos será definitivamente sellada, y Dios cumplirá sin tardar su último acto de juicio judicial respecto al hades y a la muerte, el último enemigo que debe ser destruido (Is. 25:8; Oseas 13:14; 1 Cor. 15:26). La muerte y el hades no son juzgados (como Satanás y los incrédulos), sino destruidos, para no reaparecer jamás.

De esta manera la segunda muerte (un estado) y el lago de fuego (un lugar) constituyen el final solemne del juicio sobre el mal y sobre todos los malvados. En cuanto a los santos celestiales, cuyo nombre está escrito en el libro de la vida «desde la fundación del mundo», han salido del hades desde hace mucho tiempo, para no sufrir la segunda muerte (cap. 2:11). La Palabra no nos revela nada sobre la parte futura de los redimidos terrenales que habrán gozado de las bendiciones del reino. Sus nombres también están escritos en el libro de la vida del Cordero «desde la fundación del mundo» (cap. 13:8; 17:8). ¿Mediante qué acto de poder o bajo qué forma los llevará Dios a los nuevos cielos y a la nueva tierra, y cuál será su parte? Esto no nos es revelado ahora.

15.9 - El estado eterno (Apoc. 21:1-8)

Después de estas terribles escenas de juicio y desgracias, el apóstol Juan está invitado a contemplar escenas de felicidad inefables. Sus 2 últimas visiones (octava y novena) presentan el estado eterno como fin de la historia de los hombres y del mundo (v. 1-8). Después de una mirada retrospectiva de la Iglesia durante el Milenio (cap. 21:9-22:5), el Apocalipsis termina con advertencias morales y un último llamado de Cristo a su Iglesia (cap. 22:6-21).

Cuando el tiempo ya no exista, los nuevos cielos y la nueva tierra serán la esfera inmutable del despliegue de la nueva creación. Cuando Dios termine el curso de sus caminos hacia el hombre y hacia el mundo, el primer cielo y la primera tierra desaparecerán (v. 1); no habrá más lugar para ellos (cap. 20:11). El mar tampoco tendrá más lugar; no habrá agitación ni desorden en el nuevo mundo donde todo estará en un orden perfecto e inmutable.

Solo 3 textos de la Biblia hablan del estado eterno, y cada uno hace énfasis sobre uno de sus caracteres particulares:

1 Corintios 15:24-28: se trata del fin del reinado terrenal de Cristo, «cuando entregue el reino al Dios y Padre». Cristo, el Hijo, considerado ante todo como hombre, se someterá entonces a Dios, quien será «todo en todos». Ahora, para la Iglesia, «Cristo es todo y en todos» (Col. 3:11).

2 Pedro 3:13: «Según su promesa, esperamos (de Dios), nuevos cielos y una tierra nueva, en los cuales habita la justicia». Para el tiempo actual, «la gracia reine mediante [la] justicia, para vida eterna, por medio de Jesucristo, nuestro Señor» (Rom. 5:21). Durante el reino milenario, la justicia reinará por Cristo, el Rey (Is. 11:4; 32:1); por último, ella morará eternamente en los nuevos cielos y la nueva tierra.

Apocalipsis 21:1-8: es la revelación de una eternidad gloriosa donde Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo) es conocido por una multitud de criaturas benditas que gozan de su propia felicidad, cuando el tiempo no existirá más. Dios morará con los hombres, sin distinción de raza o de nacionalidad.

15.9.1 - La Iglesia en el estado eterno

La Iglesia ocupa un lugar particular en los nuevos cielos y la nueva tierra. Ella es la santa ciudad, la nueva Jerusalén, y siempre será la Esposa de Cristo. Como «ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial» (Hebr. 12:22), es la séptima morada de Dios, última y definitiva.

La Biblia presenta 7 moradas sucesivas de Dios. En Edén Dios mantenía una relación directa con Adán inocente, pero no moraba con el hombre. Después de la caída, la habitación de Dios con los hombres requiere la redención, figurada por el cruce del mar Rojo.

  1. El tabernáculo en el desierto.
  2. El templo de Salomón en el país de Israel.
  3. El templo reconstruido por Esdras después de la deportación.
  4. Cristo, hombre en la tierra (Juan 2:21; 2 Cor. 5:19).
  5. La Asamblea, una morada de Dios por el Espíritu (Efe. 2:21).
  6. El templo milenario.
  7. El estado eterno (la nueva Jerusalén).

Dios no se presenta más bajo ninguno de sus nombres del pacto o de relación con los hombres (Elohim, Jehová, el Todopoderoso, el Altísimo, o incluso el Padre). El Cordero no es mencionado, porque ningún sistema mediador subsiste. Dios, en la plenitud de su ser y de su naturaleza, es todo en todos.

La santa ciudad desciende del cielo, porque su llamado y su lugar son enteramente celestiales; ella fue sacada del mundo en su comienzo. Aquí la Iglesia es vista en todo el frescor de una eterna juventud, preparada y adornada «como una novia preparada para su esposo», aunque las bodas del Cordero hayan sido celebradas 1.000 años antes. Ella no tiene mancha, ni arruga, ni nada semejante; es santa e irreprochable, y no conserva el rastro de ningún sufrimiento.

¿Somos sensibles a la influencia que la revelación de esas escenas de eternidad debe ejercer sobre nosotros? El presente periodo de la Iglesia es de una importancia mayor en el desarrollo de los propósitos de Dios. La Asamblea posee por adelantado «lo que permanece» (2 Cor. 3:11), es decir, las cosas eternas. El Espíritu Santo descendió para morar en los creyentes individualmente y en la Asamblea (1 Cor. 6:19; 3:16), para revelárnoslas. Nunca debemos olvidar la presencia de Dios por su Espíritu; él produce la santidad y la verdad en nuestras almas, y nos aporta consuelo divino a través de las pruebas y las penas de la vida cristiana.

15.9.2 - Un consuelo eterno (Apoc. 21:4)

En efecto, la revelación del brillante porvenir que se abre ante los ojos de nuestra fe es para nosotros un «eterno consuelo y buena esperanza por gracia» (2 Tes. 2:16). Lágrimas, muerte, llanto, clamor y dolor habrán desaparecido para siempre de ese lugar de felicidad en el cual Dios nos introducirá.

Postrémonos con reverencia pensando en Cristo, el varón de dolores (Is. 53:3) que voluntariamente sufrió todo esto durante su vida en la tierra. Las lágrimas santas fueron su pan, recogidas en las vasijas de Dios (Sal. 42:3; 56:8). Él ofreció a su Padre «oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas» (Hebr. 5:7).

La muerte de Cristo en la cruz permitió que las «primeras cosas» (v. 4) pasaran para sus redimidos. En efecto, en nuestra medida, habremos atravesado las penas y los sufrimientos de la primera creación, a veces como resultado de nuestras infidelidades. En la tierra, la partida súbita y definitiva de un ser querido puede dejarnos desconsolados. ¡Pero Dios mismo nos consolará eternamente! ¡Que el rebaño de los afligidos no se desanime, porque el Dios de toda consolación (2 Cor. 1:3) permanece fiel!

«Enjugará toda lágrima de sus ojos». Esa será la parte común a todos los habitantes de la nueva tierra, que forman en conjunto el pueblo de Dios.

15.9.3 - El sello del propósito divino (Apoc. 21:5-6a)

El propósito eterno de Dios era desplegar las glorias de su Ser. Plenamente revelado en Cristo, ese propósito fue eternamente cumplido mediante la obra de la cruz. El mundo donde el hombre ha realizado todas sus hazañas habrá pasado para dar lugar a un estado inmutable donde se expresa plenamente la obra de Dios, como lo declara el que está sentado en el trono (2 Cor. 5:17-18).

Basadas en la inmutabilidad del propósito de Dios y en la obra consumada de Cristo, esas cosas llegarán ciertamente; son anunciadas por medio de palabras «fieles y verdaderas». Este mismo carácter está inscrito en el conjunto de la revelación del libro (cap. 22:6).

Cristo es el Alfa y la Omega, el principio y el fin (v. 6a) de todos los planes divinos. Su palabra en la cruz: «¡Cumplido está!» (Juan 19:30), pronunciada después de las horas de expiación, halla su eco 2 veces en el Apocalipsis, sea para confirmar los juicios (cap. 16:17), o en relación con el estado eterno.

15.9.4 - Felicidad y desgracia eternas (Apoc. 21:6b-8)

«Al que tenga sed, le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida». Cristo aún ofrece los tesoros de su gracia a cualquiera que tenga sed. Hoy es el momento de acudir a él para tener la vida; también es el momento de combatir y vencer para heredar esas cosas y tener su parte en las bendiciones de Dios. Aunque todavía no hayamos llegado a la fuente eterna de las aguas de la vida, ella nos refresca desde ahora.

Los que, por cobardía, por negligencia, por endurecimiento o bajo la influencia de las seducciones de Satanás hayan rechazado los llamados de la gracia, serán lanzados en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda. Es un estado eterno tan inmutable en juicio como el de la bendición de los elegidos. ¡Espantosa realidad!