5 - 2 Timoteo 2:1-7

Exposición de 2 Timoteo


La relación de este capítulo con el anterior es íntima y sorprendente. El apóstol se vio obligado a describir sus circunstancias y su situación con los colores más sombríos; porque, de hecho, nada podía ser más sombrío para un ojo externo que las perspectivas del momento. Él mismo estaba prisionero, y «todos los de Asia [Menor]» se habían apartado de él. Se trataba de una grave crisis en la historia del cristianismo, en la que la sabiduría divina debía guiar los pasos de los fieles. ¿Qué consejo da el apóstol a su «hijo» Timoteo en un momento así? En primer lugar, le dice: «Hijo mío, fortalécete, en la gracia que es en Cristo Jesús» (v. 1). Esto no es lo que la mayoría de la gente habría esperado. En una época en la que tanta gente daba la espalda al vaso de la verdad elegido por Dios, un cierto grado de severidad, un poco de agudeza, sería ciertamente deseable para recordar a los santos su sentido de responsabilidad ante Dios al reconocer la autoridad de su siervo. Tales podrían haber sido los pensamientos del hombre; los pensamientos de Dios eran de otra naturaleza. Timoteo tenía que ser fuerte en la gracia que es en Cristo Jesús –la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de que el mundo comenzara–, esa gracia de la que Cristo, en su encarnación y muerte, fue y es la expresión, y de la que él estaba lleno (véase 2 Cor. 8:9). Esto está lleno de instrucción.

Pero, ¿cómo debía Timoteo fortalecerse en la gracia? El término es el mismo, por ejemplo, que se encuentra en Filipenses 4:13, lo que nos da la clave de interpretación. Significa que debía fortalecerse interiormente por esa gracia, de modo que estuviera lo más preparado posible para estar de pie en un día malo y hacer frente a los males allí presentes. No hay arma que estemos tan a menudo tentados a desechar como la gracia; pero aquí aprendemos que es en proporción a la decadencia exterior, la infidelidad y la corrupción que necesitamos estar edificados, fortalecidos por ella, a fin de afrontar eficazmente las dificultades del camino. Por tanto, el mismo hombre de Dios debe fortalecerse continuamente en la gracia y presentarla como el medio más poderoso, por el poder del Espíritu Santo, para fortalecer al que vacila y hacer volver al que se extravía.

Luego dice: «Lo que oíste de mí ante muchos testigos, esto encomienda a hombres fieles, que estén capacitados para ensañar también a otros» (v. 2). Esta notable instrucción es muy significativa. Deja claro que no había que esperar más revelaciones, y que la provisión prevista, como barrera contra las incursiones de falsas doctrinas y errores perniciosos, era la transmisión de la verdad tal como se recibió del apóstol (y certificada como enseñanza apostólica por muchos testigos) a hombres fieles que fueran competentes para transmitirla a otros sin adulterar.

No se menciona a los sucesores de los apóstoles, ni a ninguna autoridad en la Iglesia, a la que se pudiera recurrir para definir la verdad y denunciar las falsas doctrinas. La confianza del apóstol está puesta en Dios y en la Palabra de su gracia (véase Hec. 20:32); solo que tendría que ser diligente Timoteo para transmitir la verdad a quienes así estarían capacitados para defender con ardor la fe una vez enseñada a los santos. Las olas del error ya estaban rompiendo por todos lados, y el apóstol inspirado exhorta a su amado Timoteo a construir diques para interceptar su fuerza y proteger a los santos de su poder destructivo. Así pues, nuestra seguridad radica primero en la edificación de nuestra santísima fe, y luego en la instrucción diligente de los santos, para que sepan discernir entre la verdad y el error, y puedan así detectar las artimañas del adversario.

A continuación, el apóstol insiste en ciertas cualidades personales necesarias para llevar a cabo la tarea a la que ha sido llamado Timoteo: «Comparte sufrimientos como buen soldado de Cristo Jesús. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, agradar al que lo alistó por soldado. De igual manera, si alguien lucha como atleta, no es coronado si no lucha según las reglas. El labrador debe trabajar primero, para poder gozar de la cosecha» (v. 3-6). Todo siervo del Señor debería meditar, y meditar una y otra vez en presencia de Dios, estas palabras graves y de peso, palabras que nunca perderán su fuerza solemne mientras haya obreros en la obra del Señor. El siervo debe saber primero soportar las dificultades [2], pues eso es lo que debe esperar todo «buen soldado de Jesucristo». Nadie lo sabía mejor que el que escribió estas palabras y que, después de relatar sus persecuciones y peligros, añade: «En trabajo arduo y fatiga, con muchos desvelos, hambre y sed, muchas veces sin comer, con frío y desnudez» (2 Cor. 11:27). Si ha exhortado a Timoteo a asumir su parte de sufrimiento, es porque él mismo ha recorrido ese camino, por lo que no hace sino animarle a seguir la misma senda. ¿Y dónde está el siervo, cabría preguntarse, que no necesite esta exhortación? Huir de la cruz es una tentación común, y solo cuando estamos bajo el poder del amor abrazador de Cristo, con la simple mirada puesta en su gloria, nos sentimos movidos a una gozosa identificación con los dolores y sufrimientos de sus intereses en la tierra.

[2] Literalmente, significa sufrir aflicción o, como se ha traducido, «participa de las aflicciones» (véase 2 Tim. 1:8).

La figura utilizada establece una comparación. Un soldado en servicio espera compartir «sufrimientos», y lo mismo ocurre con los soldados de Cristo. Por eso el apóstol añade que ningún hombre que va a la guerra se preocupa de los asuntos de esta vida. Por el contrario, se las arregla para dejar de lado todas sus responsabilidades profesionales a fin de estar absolutamente libre de cualquier otra obligación y a disposición absoluta de su comandante. ¿Deberían los soldados de Cristo estar a un nivel inferior? ¿Pretenderían servir a 2 señores? ¿Deberían participar en conflictos solo cuando puedan liberar tiempo de sus otros compromisos? El apóstol habla aquí de otra clase de siervos que, por el poder del Espíritu Santo, se desligan de toda restricción humana porque desean agradar al Capitán de su salvación y estar bajo su control absoluto. Será un día triste para la Iglesia y los santos cuando ya no se encuentren tales siervos, y un signo seguro de la decadencia de la energía del Espíritu Santo en medio de ellos.

A continuación, se introduce otra figura para mayor instrucción. En los juegos y concursos de antaño, los que competían estaban obligados a observar las reglas si querían ganar el premio. Del mismo modo, los que participan en los conflictos del Señor deben recordar que deben luchar «según las reglas», estar sujetos a Sus condiciones de servicio, que deben llevarse a cabo de acuerdo con su voluntad y su Palabra. Esto es de suma importancia; porque muchas cosas justas se hacen, incluso por buenos soldados de Jesucristo, de manera equivocada o en el momento equivocado, lo que hace perder el propósito. Los siervos del Señor deben entregarse enteramente a la voluntad del Señor, tanto en cuanto al tiempo como al modo de su guerra, o no ganarán la corona de Su aprobación. En ninguna parte se enseña esto más claramente que en el sitio de Jericó. A los ojos de los hombres, la forma de llevar a cabo el asedio, el método de lucha, era una locura; pero era el camino del Señor (y «la locura de Dios es más sabia que los hombres», 1 Cor. 1:25), y la victoria estaba asegurada.

Además, el labrador (y esto introduce otra comparación) debe trabajar primero antes de poder apreciar de los frutos [3]. Nuestro Señor recordó a sus discípulos el mismo principio cuando dijo: «El que siega recibe jornal y recoge el fruto para vida eterna; para que el que siega y el que siembra se regocijen juntos» (Juan 4:36). En efecto, es una ley universal que debemos trabajar antes de poder disfrutar de la cosecha, y esto es lo que Pablo le recordó a Timoteo. La tendencia de todos, y especialmente de los siervos del Señor, es olvidar esta saludable verdad en el intenso deseo de recoger el fruto y disfrutarlo. Por lo tanto, debemos recordar, y esto nos salvará de muchas desilusiones, que este es ahora el tiempo de trabajo y que será el tiempo de trabajo hasta que el Señor regrese, y por lo tanto nuestra única preocupación debe ser encontrados diligentes y fieles en nuestro servicio. El tiempo de participar del fruto es futuro, y el conocimiento de este hecho animará nuestros corazones a perseverar en el servicio, tanto más cuanto que el disfrute del fruto será en comunión con el Señor. «Irá… llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas» (Sal. 126:6).

[3] La traducción de este versículo es algo difícil, pero el contexto deja pocas dudas en cuanto al significado que se le da más arriba.

El apóstol, habiendo puesto estas cosas ante los ojos de Timoteo, insiste en que les preste atención: «Considera lo que digo; porque el Señor te dará entendimiento en todo» (v. 7). Si tomamos estas palabras tal como a veces se traducen («… para que el Señor te dé entendimiento en todas las cosas»), contienen una exhortación y una oración, o al menos la expresión de un fuerte deseo, que dirige a Timoteo al mismo tiempo al Señor como fuente del poder para entender las cosas divinas. Parece, sin embargo, como veremos más adelante, que la mejor lectura es: «El Señor te dará entendimiento en todo». Esto da un significado ligeramente diferente, aunque muy importante. Además de recordar a Timoteo que depende del Señor para entender su pensamiento, establece un vínculo entre mirar o pensar en las comunicaciones apostólicas y el Señor abriendo su mente para entender las palabras inspiradas de Pablo. Y ese vínculo se mantiene. Cuanto más consideremos, sopesemos y meditemos las Escrituras, mayor será la actividad del Espíritu Santo para desplegar sus enseñanzas en nuestras almas. En efecto, cuando estamos ocupados con la Palabra de Dios en calma y paz, en la presencia de Dios, es cuando el Señor se acerca y nos da entendimiento, de ahí esta exhortación a Timoteo. Así que no es por la aplicación de la mente, sino por la operación del Espíritu Santo, que penetramos y entendemos las cosas divinas –una lección muy necesaria en una época de actividad mental y búsqueda intelectual.

Esta exhortación parece ser un nexo de unión entre los versículos 6 y 8, por lo que se aplica tanto a lo que precede como a lo que sigue.


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