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Evangelio según Juan


person Autor: Samuel PROD'HOM 11

library_books Serie: Pláticas sencillas

(Fuente: ediciones-biblicas.ch)


El tema de este evangelio es: «Dios manifestado en carne», presentado a los hombres en la persona de su Hijo Jesucristo y revelado bajo el carácter de Padre, cuyo «unigénito Hijo, que está en el seno del Padre», fue su expresión perfecta. El hombre no podía ir a Dios a causa de la mancha del pecado. Entonces Dios vino hasta él en gracia y verdad.

1 - Prefacio

Este libro es la obra de un respetado maestro de la Palabra de Dios (S. Prod’hom 1857-1933).

El autor utilizó el sistema versículo por versículo para comentar el mensaje del evangelio según Juan. Dicho evangelio nos presenta al Señor Jesucristo en su carácter de Hijo de Dios, quien bajó del cielo para revelar al Padre, según leemos en Mateo 11:27: «Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar». También leemos en Juan 1:18: «A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer».

Este libro concluye los estudios del autor sobre los cuatro evangelios. Confiamos en el Señor que este tomo sea de mucho provecho, al igual que los tres anteriores, y contribuya al enriquecimiento espiritual de todos los lectores.

2 - Prólogo

El tema de este evangelio es: «Dios manifestado en carne», presentado a los hombres en la persona de su Hijo Jesucristo y revelado bajo el carácter de Padre, cuyo «unigénito Hijo, que está en el seno del Padre», fue su expresión perfecta. El hombre no podía ir a Dios a causa de la mancha del pecado. Entonces Dios vino hasta él en gracia y verdad.

En este maravilloso evangelio vemos, pues, a Jesús, el Hijo de Dios, entre los hombres, la perfecta revelación de lo que Dios es en su naturaleza –Luz y Amor– pero velada por la humanidad, ya que su gloria habría aniquilado a todos los que hubiesen percibido su menor destello.

Sin embargo, todo lo que Dios es, amor y luz, fue presentado en gracia a todos los hombres, ya que vino en forma humana, cual verdadero hombre, accesible, según lo vemos en los tres primeros evangelios. En esa humanidad perfecta, todo el que se ponía en contacto con Jesús hallaba a Dios: Dios manifestado en carne, el Verbo hecho carne. En esa humillación Dios traía la vida, prometida en la ley a quien observase sus preceptos; pero nadie pudo obtenerla por ese medio. Dios, en lugar de ejercer sus justos juicios sobre los hombres, les trae, en su Hijo, la vida prometida desde la eternidad y la da gratuitamente al que quiere recibirla.

Por eso nadie que haya leído los cuatro evangelios con cierta atención dejará de notar la enorme diferencia que existe entre el evangelio de Juan y los tres primeros. Este último atrae al corazón por el amor y la gracia allí manifestados, porque Dios se revela como Padre, Dios el Hijo venido entre los hombres para traernos la gracia y la verdad, Dios que da (cap. 4:10) sin exigir nada.

Puesto que el evangelio según Juan habla de Dios Padre manifestado al mundo en gracia, no presenta a Jesús al pueblo judío para que lo reciba como Mesías, tal como ocurre en los tres primeros, los cuales terminan con la historia de su rechazamiento. Juan muestra, desde el principio, el rechazamiento de Cristo: «En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino (esto es, a los judíos), y los suyos no le recibieron» (cap. 1:10-11).

Por consiguiente, vemos a Dios elevarse por encima del estado del hombre pecador y arruinado, e intervenir con gracia y poder para con todos, no solo los judíos, sino también el resto del mundo. El tema del evangelio según Juan es, pues, Jesús, el Hijo de Dios, Dios el Hijo, Dios Hombre. Al presentar tal persona, el evangelista no podía comenzar con una genealogía, como Mateo y Lucas, que muestran a Jesús cual descendiente de Abraham o de Adán. Tal como es en Juan, no tiene principio; es eterno como Dios, puesto que es Dios.

Como en los otros evangelios, notamos que las diferencias en los relatos se ciñen al carácter bajo el cual el Espíritu de Dios presenta al Señor. No hallamos, por ejemplo, la expresión: «Padre nuestro que estás en los cielos», ya que Dios, como Padre, está presente en la tierra en la persona del Hijo. No vemos ni la transfiguración, ni la institución de la cena, ni la ascensión.

Los únicos siete milagros narrados en este evangelio brindan la ocasión de desarrollar las importantes verdades que caracterizan dicho evangelio.

Los tres primeros capítulos sirven de introducción o prefacio. El ministerio del Señor comienza de hecho en el capítulo 4, y sigue hasta el 12, inclusive. Una vez cumplido su servicio público, Jesús da a sus discípulos, en los capítulos 13 a 17, las instrucciones relativas a su partida y anuncia la venida del Espíritu Santo. Finalmente, los últimos cuatro capítulos relatan la muerte, la resurrección y las apariciones de Jesús a los suyos.

3 - Juan 1

3.1 - El Verbo

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios» (v. 1-2).

Jesús es llamado «el Verbo», la expresión perfecta del pensamiento de Dios. Este Verbo tomó forma: «fue hecho carne» (v. 14). Vino como hombre accesible a los demás mientras estuvo en la tierra, al cual veremos en la gloria por la eternidad. Los evangelios de Mateo y Lucas nos cuentan cómo ocurrió esto, misterio insondable para todos, excepto para Dios mismo. En vez de hablar del nacimiento de Jesús, Juan nos dice lo que era eternamente, antes de su venida a este mundo, antes de toda otra cosa que tuvo un principio, esto es, antes de los ángeles, de los cielos y la tierra. Cuando lo creado tuvo su principio, ya existía el Verbo. «En el principio era el Verbo». Este Verbo «era con Dios», por tanto, distinto de Dios; pero «era Dios». Por estas declaraciones sabemos que, desde la eternidad, la persona del Señor Jesús, el Hijo de Dios, existía; no tuvo nunca un comienzo. Si bien era Dios en cuanto a su naturaleza, era distinto de Dios como persona. Si podemos hablar de un principio en cuanto a Jesús, ello tan solo concierne a su humanidad; no fue hombre sino desde su nacimiento, cuando se hizo carne. Al ver a aquel niñito en el pesebre de Belén, se veía a Aquel que, desde la eternidad, era con Dios, era Dios, y por medio de quien fueron creadas todas las cosas. Su humanidad no cambió para nada las glorias de su persona; ninguna de estas sufrió pérdida alguna; todo lo contrario, en Jesús las glorias de Dios fueron manifestadas en su perfección y puestas al alcance de los hombres. Las glorias son las perfecciones de Dios manifestadas en la persona de su Hijo: el amor, la luz, la gracia, la bondad, la misericordia, la paciencia, la justicia, la santidad, la verdad, la fidelidad, y así sucesivamente. No se puede concebir nada más maravilloso que esta manifestación de Dios en gracia en la persona de Aquel que, después de haberse anonadado como Dios, se hizo semejante a los hombres para salvar al pecador. Jesucristo vino entre los hombres sin que estos fuesen aniquilados por la presencia de Aquel a quien nadie puede contemplar y quedar con vida (Éxodo 33:20). En todo tiempo los incrédulos se han esforzado en negar la inspiración del evangelio según Juan porque se caracteriza por la manifestación de la divinidad de Jesús. El creyente, por el contrario, queda admirado cuando considera las glorias maravillosas de Aquel que vino a este mundo para salvarlo. Estas glorias superan todo lo que podría concebir el corazón del hombre y lo llenan de alabanzas y adoración, aquí mismo, en la tierra. ¡Qué gozo nos espera cuando veamos cara a cara la gloriosa persona del Hijo de Dios! Lo alabaremos y lo adoraremos disfrutando plenamente de su perfecto amor en la luz celestial.

«Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho» (v. 3). En Génesis 1 leemos: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra». Allí fue Dios quien creó. Aquí, en Juan, la creación se atribuye al Verbo, ya que el Verbo era Dios, aunque era distinto de Dios, lo que prueba también Génesis 1:26, cuando Dios dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza». En el capítulo 11:7 también leemos: «Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua». Dios habla en plural, pues se trata de dos personas que, si bien son una, son distintas. El Antiguo Testamento solo habla de Dios o de Jehová como tratándose de la Divinidad. Las personas de la Trinidad, aunque existían, solo se distinguieron con la venida Jesús, cuando fue sellado por el Espíritu Santo, al recibir el bautismo de Juan. Una voz procedente del cielo dijo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3:17). Hasta entonces, todo lo que se dice de Dios puede decirse del Hijo; es el Jehová (el Eterno) del Antiguo Testamento.

El versículo 4 nos revela otro hecho maravilloso: «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres».

Los hombres, en su estado de pecado, se hallan privados de la vida y de la luz. Se mueven en las tinieblas y están muertos moralmente en cuanto a Dios. No obstante, según sus eternos designios de gracia, Dios tenía previsto darles la vida que estaba en su Hijo, vida y luz por las cuales ellos estarían en relación vital con él, que es luz, hechos capaces de apreciar todas las cosas según Su pensamiento. En él, en este Verbo, estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres, o la vida de los hombres, a favor de los hombres y no de los ángeles. Esta vida, al mismo tiempo luz, brilló con toda su belleza en Cristo, aquí en la tierra: «La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella» (o «no la comprendieron») (v. 5). La presencia de Jesús traía la luz en medio del caos moral en el cual se encontraba el hombre natural. Como en el capítulo 1 del Génesis, la luz brilló en las tinieblas y trajo la vida; la naturaleza no puede desarrollarse en las tinieblas. Lo mismo ocurre espiritualmente. Pero, contrariamente a lo que sucede en la naturaleza, la aparición de la luz, en la persona del Hijo de Dios, no hizo desaparecer las tinieblas morales en las que se mueve el hombre natural; su naturaleza corrompida encuentra en las tinieblas el elemento que le conviene, ya que ella misma es tinieblas. La luz sigue siendo luz, y las tinieblas, tinieblas. Se trata de una cuestión de naturaleza inmutable. El hombre no solo no puede cambiar, sino que no quiere cambiar. Ha visto la luz, y ha preferido las tinieblas: «Los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (cap. 3:19). El hombre rechazó a Jesús, porque este le traía el pensamiento de Dios, la luz sobre su estado de pecado. El hombre se cree bueno; Dios dice que es malo. Se cree capaz de hacer el bien; Dios dice lo contrario. Dios lo llama al arrepentimiento, pero él se niega. Llama bueno lo que Dios llama malo. El Santo y Justo vino en la persona de Cristo; pero el hombre lo trató de pecador, de samaritano, de loco. No vio nada en Jesús para inclinar su corazón hacia él; a pesar de esto, él hacía las delicias de Dios Padre, quien hallaba en él todo su placer. Hay incompatibilidad de naturalezas entre el hombre y Dios, igual que entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte. En el curso de este evangelio veremos que el que recibía a Jesús y creía en él, se beneficiaba con todo lo que traía: vida, luz, amor y poder. Nuestro pasaje dice sencillamente que las tinieblas no fueron cambiadas por el resplandor perfecto de la luz divina.

3.2 - El testimonio de Juan el Bautista

En este evangelio no vemos a Juan anunciar que el reino de Dios se hubiera acercado, ya que Jesús no es presentado al pueblo como Mesías; da testimonio acerca de Jesús bajo diversos caracteres que detallaremos más adelante, después de haberlos considerado. Tampoco se dice nada del nacimiento del profeta, sino sencillamente: «Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él» (v. 6-7). Juan es «el enviado de Dios», calificativo aplicado a Jesús unas cuarenta veces en este evangelio. Como en los demás evangelios, Dios tuvo cuidado en hacer que un testimonio precediera la llegada de su Hijo para preparar el camino del Señor en los corazones, a fin de que los hombres no tuviesen excusa en caso de que no recibiesen a Jesús. En el versículo 7 se ve claramente que Jesús era la luz, puesto que, después de haber hablado de la luz, Juan dice: «a fin de que todos creyesen por él» (v. 7).

En el carácter de Juan había tanta similitud con Cristo, llevaba con tanta fidelidad sus caracteres divinos, que se dice de él: «No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz. Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo» (v. 8-9). La luz divina, que brillaba en la persona de Jesús, resplandeció sobre los hombres como el sol cuando alumbra el universo. Eso no quiere decir que todos la aprovecharan; hemos visto –y lo veremos todavía– todo lo contrario; pero todos la vieron y todos podían ser iluminados, tanto gentiles como judíos. En el capítulo 8 vemos a los hombres bajo el efecto de esta luz, cuando Jesús dice a aquellos que le habían traído una mujer adúltera: «El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella» (v. 7). La luz les muestra que todos ellos son pecadores; pero, en vez de sacar provecho de la presencia de Jesús, venido precisamente para ellos, se retiran «uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros» (v. 9). Después de haber comprobado eso, Jesús dice: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (v. 12).

Los que venían a Jesús con fe, fuesen quienes fuesen, poseían esa vida y esa luz.

«En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron» (v. 10-11). Desde la creación, el mundo cayó en un estado moral tal que no pudo reconocer a su Creador cuando este vino a él. Además, después de la caída del hombre, Dios se había formado un pueblo, al cual había anunciado la venida de su Hijo. Este pueblo era como su familia: ¿Lo recibiría esta? ¡Tampoco! Si el mundo no le conoció, los judíos, llamados «los suyos», también lo rechazaron. A veces, cuando uno llama a la puerta de una casa, los que se hallan dentro, antes de abrir, comprueban por una mirilla quién es la persona que llama; después de haberla visto, deciden si abren o no, según les convenga. En el caso de Jesús ocurrió lo mismo: le vieron, pero no quisieron recibirle. «… han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre», dice el Señor en el capítulo 15:24. Dijeron: «Este es el heredero; venid, matémosle» (Mateo 21:38). ¡Terrible culpabilidad la suya!

Sin embargo, frente a semejante estado de cosas, Dios no se queda sin recursos; obra activamente en gracia y en poder en medio de una escena de rebeldía y muerte: «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (v. 12-13). ¡Maravillosa gracia divina! Basta con recibir a Jesús, creer, para convertirse en hijo de Dios y salir de una condición de tinieblas y de muerte en la que el hombre no podría relacionarse con Dios. ¡Y pensar que el hombre, aun cuando discierne a Dios en su Hijo, no quiere saber nada de él! El que cree en Jesús le posee como vida: «El que tiene al Hijo, tiene la vida» (1 Juan 5:12). Se vincula a Dios como hijo muy amado. La naturaleza humana y la voluntad del hombre no tienen nada que ver en esto; todo procede de Dios. Ha nacido de Dios; participa de su naturaleza. En adelante está en la luz; puede gozar de la comunión con Dios; tiene los pensamientos de Dios; es apto para el cielo, dominio glorioso de la vida, de la luz y del amor.

Querido lector: ¿es usted un hijo de Dios? Si no lo es, está en las tinieblas y en la muerte, sin otra perspectiva que la de las tinieblas de afuera por la eternidad, lejos de la presencia de Dios. Para que usted pueda salir de este estado de cosas y vivir la vida divina ahora, aquí en la tierra, y en la bienaventurada eternidad, el Hijo de Dios vino a este mundo para traerle la vida. Recíbalo y, a pesar de toda su culpabilidad, tendrá el derecho de ser un hijo de Dios. «¿Qué debo hacer para recibirle?», dirá usted. Crea en él, crea que Jesús vino a este mundo para traerle, de parte de Dios, lo que usted jamás hubiera podido obtener por sus propios recursos, pero que poseerá al creer.

3.3 - El Verbo se hizo carne

Es imposible dejarnos penetrar por la grandeza de Dios –en la medida que nuestra mente pueda hacerlo– sin quedar llenos de admiración y adoración ante el hecho de que este Dios haya venido como Hombre –aunque al mismo tiempo siguiera siendo Dios– para traer, él mismo, la gracia que precisaba un mundo culpable y rebelado contra él. Cuando Adán estaba en el estado de inocencia, Dios descendía y podía tener contacto con él; pero, cuando el Verbo se hizo carne y habitó en medio de los hombres, el pecado ya había entrado en el mundo y había privado al hombre de los contactos que podía tener con Dios en el estado de inocencia; además, habían transcurrido cuatro mil años, durante los cuales Dios había mostrado su paciencia al dar a los hombres la oportunidad de probar si eran capaces de hacer algún bien. Estos demostraron, por el contrario, la corrupción de su naturaleza y su incapacidad de cambiar. Cualquiera que no fuera un Dios de amor hubiese destruido semejante mundo. Fue aquel, sin embargo, el momento que Dios escogió para venir, bajo forma humana, a ponerse en contacto con los hombres y traerles la gracia y la verdad. Hizo esto con tal humildad, que se le vio sentado junto a un pozo, fatigado por el camino, pidiendo de beber a una pecadora samaritana, para presentarle el agua viva de la vida eterna. ¡Qué motivo de adoración y alabanza nos brinda el hecho maravilloso del versículo 14, desde ahora y para siempre, a todos los que hemos aprovechado esta manifestación del Dios de gracia!

«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (v. 14). Antiguamente Jehová había morado en medio del pueblo de Israel en el tabernáculo o en el templo, y nadie podía entrar en el lugar santísimo, pues moría. En su Hijo, Dios vino a habitar en medio de los hombres; se le podía ver, hablar, tocar y, sobre todo, escuchar; era el Hombre más accesible de todos, caracterizado por la gracia y la verdad.

En primer lugar, encontramos la gracia: esta atrae el corazón del pecador y le conduce al arrepentimiento. «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados» (2 Corintios 5:19). Esta gracia permitió a la pecadora del capítulo 7 de Lucas acercarse a Jesús en casa de Simón. Luego viene la verdad. Si la verdad de lo que es el hombre pecador en presencia del Dios santo hubiese venido en primer lugar, todos habrían huido; pero cuando su corazón es ganado por la gracia, el pecador toma confianza y puede recibir la verdad en cuanto a su estado y en cuanto a Dios, para comprender cada vez mejor la belleza y la grandeza de la gracia de que es objeto.

El apóstol Juan y los que con él recibieron a Jesús pudieron ver qué gloria caracterizaba a este Hombre divino, mientras otros no vieron en él hermosura alguna: «Vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre». La gloria, como hemos dicho, es el conjunto de las perfecciones de Dios, tales como Jesús las manifestó aquí en la tierra y tales como las manifestará durante la eternidad. Aquí se trata de la gloria de un Hijo único que viene de parte del Padre; lo que caracteriza esta relación del Padre con su Hijo unigénito es el amor, del cual Jesús fue tanto el objeto como la expresión perfecta. El amor era especialmente visto por quienes lo rodeaban, y sobre todo por Juan, el autor de este evangelio, lo que le permitió reclinarse sobre el pecho de Jesús la noche de la última cena. Aquella noche, esta actitud simbolizaba la que el bienaventurado apóstol siempre había tenido frente a su divino Maestro.

¡Ojalá todos viviésemos en la proximidad y el disfrute de semejante amor, para que también podamos reproducirlo!

En el versículo 15 Juan el Bautista da testimonio respecto a la manifestación de Dios en carne en la persona de Jesús, y a lo eterno de su ser, así como en el versículo 7 había dado testimonio respecto a su naturaleza, que es luz. «Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo». En cuanto a su nacimiento, Jesús venía después de Juan; pero debía ser citado antes que él, porque su existencia era eterna. Más adelante dirá: «Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe» (cap. 3:30), aludiendo a la gloria del ministerio de Jesús que llenaría toda la escena, mientras que el de Juan iba a terminar.

En los versículos 16-18, relacionados con el 14, Juan el evangelista vuelve a tomar la palabra. En este Verbo que se hizo carne, lleno de gracia y de verdad, cuya gloria brillaba para los creyentes como la de un Hijo único recibida de parte del Padre, había tal plenitud en cuanto a lo que Dios es en gracia, que los que en él creían recibían gracia sobre gracia. En efecto, la gracia que cubría los labios del Señor, según el Salmo 45:2, preparaba el corazón para recibir la verdad en cuanto a su triste estado y hacía frente a toda la miseria que la verdad ponía al descubierto. La respuesta a todas las debilidades, inconsecuencias, infidelidades y penas de los suyos, así como todas las bendiciones que recibían de Jesús, eran continuas manifestaciones de gracia. Cada creyente es objeto de esta gracia cuya plenitud estaba en Cristo aquí en la tierra. ¡Qué favor, para pecadores tales como lo somos todos por naturaleza, poder ir sacando tal plenitud de bendiciones que están siempre a disposición de todos! ¡Dios permita que lo hagamos con más abundancia cada día!

En el versículo 17 el evangelista pone en contraste el servicio de Moisés, quien dio la ley, con lo que Jesús ha traído. «La ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo». Moisés había dado la ley a Israel, de parte de Dios; no era él la expresión de ella, sino solo su mediador; en cambio, Dios no dio la gracia y la verdad por medio de Jesucristo, sino que estas llegaron en él; Jesús era su expresión; dimanaban de su plenitud. Pero aun hay otra diferencia: la ley no presentaba la verdad en su conjunto; simplemente expresaba lo que Dios exigía del hombre para que este pudiese vivir; no era la expresión de lo que Dios es, ni de lo que es el hombre, ni del pecado, ni del mundo, ni de todas las cosas, como lo era la verdad venida por medio de Cristo.

«A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre,él le ha dado a conocer» (v. 18).

Ni la ley, ni los profetas habían dado a conocer a Dios. Él solo pudo darse a conocer por medio de su Hijo unigénito, quien, por naturaleza, estaba siempre en el seno del Padre y disfrutaba sin interrupción de la comunión que siempre había existido entre el Padre y el Hijo. En quien «agradó al Padre que en él habitase toda plenitud» (Colosenses 1:19), expresión perfecta de Aquel a quien el hombre no puede ver sin perecer en el intento, «el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver» (1 Timoteo 6:16). Pero Dios tuvo a bien hacerse visible, en gracia, a todos los hombres en la persona de su propio Hijo, «siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia» (Hebreos 1:3). El que quería contemplar a Jesús veía a Dios en gracia; por eso pudo decir: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (cap. 14:9).

Qué hecho tan maravilloso e insondable es la humanidad de Cristo, visto aquí, en la tierra, como un hombre real, siendo Dios al mismo tiempo, desde siempre en el seno del Padre, «el Hijo del Hombre, que está en el cielo». Si bien la encarnación permanece como un misterio, podemos creer y adorar a Aquel que tuvo a bien hacerse hombre para traernos la gracia y la verdad, y sufrir en la cruz el juicio que nosotros merecíamos, a fin de ponernos en la misma relación que él con su Dios y Padre. Y cuán insondable es el amor de Dios, quien se reveló al dar a su Hijo unigénito a favor de unos seres perdidos y culpables, sin ningún derecho a la felicidad en su presencia, puesto que habíamos pecado y eso nos separaba eternamente de él. Se comprende que el evangelio según Juan, al exponer semejante tema, atraiga el corazón hacia aquel que se halla revelado en él.

3.4 - Respuesta de Juan a los judíos

El ministerio de Juan el Bautista llamaba la atención de los judíos, porque durante los últimos cuatro siglos ningún profeta se había levantado entre ellos. La perfección de la vida de Juan, su testimonio divino que respondía plenamente a los pensamientos de Dios, su separación absoluta del pueblo a causa del estado moral de este, todo eso podría indicar que él era el Cristo, lo que desde luego se muestra en Lucas 3:15: «Como el pueblo estaba en expectativa, preguntándose todos en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo…». Los judíos enviaron desde Jerusalén unos sacerdotes y levitas para preguntarle quién era (v. 19). Este pedido de información brinda a Juan la oportunidad de dar testimonio de la gloria de la persona de Cristo, aún desconocido por él mismo y por el pueblo en medio del cual vivía desde hacía treinta años. Les respondió: «Yo no soy el Cristo. Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No. Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?» (v. 20-22). En su gran humildad, consciente de la grandeza de Aquel de quien era el precursor y testigo, Juan dice lo que él no es. Solo quiere testimoniar acerca de Jesús. Él no es el Cristo. Tampoco es Elías, prometido en Malaquías 4:5, que debe venir antes del «día de Jehová, grande y terrible», día de juicio. Tampoco es «el profeta» del cual Moisés había hablado en Deuteronomio 18:18: «Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare». Este profeta era el Cristo. Pero, ante la petición de sus interlocutores, Juan les responde que él es una voz. Él se anonada a sí mismo por completo, tal como deberíamos hacerlo todos, y más aun aquellos a los que el Señor emplea para un servicio cualquiera en público, contentándose con no ser más que una voz. Isaías (cap. 40:3) había anunciado el ministerio de Juan en los términos empleados por él mismo: «Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor» (v. 23).

Era la voz de Dios que anunciaba la inminente llegada del Señor y predicaba lo que convenía al pueblo para que pudiera disfrutar del reinado del Mesías; de ese modo iba preparando su camino. Pero esta voz se hacía oír «en el desierto». Efectivamente, Juan el Bautista vivía en el desierto (Lucas 1:80), figura del estado del pueblo judío –del mundo– donde Dios no podía cosechar nada y donde nadie respondía a esta voz. En cuanto a Dios, el hombre está sordo. ¡Triste cuadro el de este mundo! Sin la intervención de Dios en gracia por la venida de su Hijo, no había ningún remedio para este estado.

Los enviados de los fariseos (v. 24), al no comprender la respuesta de Juan, le preguntan otra vez: «¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?» (v. 25). Estos hombres reconocían que, para bautizar [1], uno necesitaba estar revestido de una autoridad divina.

[1] Bautizar (palabra que significa sumergir o bañar) es el acto de introducir de modo general en un estado de cosas nuevo, o en un servicio nuevo.

Si los judíos no hubiesen quedado sordos a la voz de Juan –a quien Jesús llamaba «el mayor de los profetas»–, hubieran comprendido su dignidad y sabido que su bautismo tenía autoridad divina. Hubieran entendido que su Mesías por fin iba a llegar. La pregunta de ellos da lugar al testimonio rendido a la gloria de la persona del Señor. «Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis. Este es el que viene después de mí… del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado» (v. 26-27).

¿Qué habrá significado para el corazón de Juan pensar en la manifestación inminente de la persona del Señor, al estar tan profundamente compenetrado de su gloria? Como resultado, cuando le vio, pudo decir que su gozo estaba cumplido (cap. 3:29).

3.5 - Los días siguientes

Desde el capítulo 1, versículo 28, hasta el versículo 22 del segundo capítulo, los hechos relatados forman una historia simbólica de todo lo que transcurre desde el momento en que Juan el Bautista ve aparecer a Jesús hasta el establecimiento del reinado milenario. Este tiempo se divide en tres partes, representadas por tres días que son introducidos en el versículo 29 por la expresión: «El siguiente día», el que constituye el primero, al cual pertenece también «El siguiente día otra vez…» (v. 35). Este primer «siguiente día» se divide, pues, en dos partes, porque contiene dos testimonios distintos rendidos acerca de Jesús. La primera parte nos presenta el tiempo en que Jesús aparece en público (v. 29-31); la segunda (v. 32-42), el de su ausencia desde su muerte, el tiempo de la Iglesia en la tierra, durante el cual los creyentes le siguen y son reunidos en torno suyo.

El segundo «siguiente día», o segundo día (v. 43-51), simboliza el tiempo en el cual Jesús será reconocido por el remanente de los judíos, representado por Natanael.

El «tercer día» (cap. 2) representa el milenio, cuando el vino bueno, símbolo de gozo, será traído al pueblo por Jesús en virtud de su muerte. El capítulo 2 termina con la purificación del templo, acto que también pertenece al período del tercer día.

3.6 - Primer día siguiente o primer día, primera parte

Este «siguiente día» es el posterior a un día que no se nombra, en el cual Juan el Bautista anunciaba la venida del Cristo, como lo vimos en los versículos 19-28. A este hecho le sigue, naturalmente, este «siguiente día» en el que Jesús aparece en público. «El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (v. 29). Qué momento más solemne y glorioso cuando el Cordero de Dios, «ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos» (1 Pedro 1:20), aparece a Juan y al mundo. Tenía por figura el cordero que el israelita, en Egipto, guardaba hasta el día catorce para ofrecerlo en sacrificio (Éxodo 12:6). Jesús era el Cordero de Dios, el que Dios había escogido, en el cual descansaban sus ojos desde la eternidad para cumplir sus consejos eternos. Él establecería un mundo nuevo, después de haber resuelto en la cruz, por sus sufrimientos, la cuestión del pecado y de la culpabilidad del hombre arruinado y corrompido, y ello según las exigencias de la majestad de Dios. La expresión «Cordero» implica la idea de rechazo y de sufrimientos a manos del mundo; es el emblema de la inocencia sin protección, expuesta al odio de los hombres.

Lo que caracteriza la obra del Cordero de Dios es que él quita el pecado del mundo; y no solo su obra en la cruz, sino todo lo que Cristo cumplirá en virtud de su muerte, ya sea la reconciliación de todas las cosas con Dios para el milenio, o el establecimiento de los nuevos cielos y de la nueva tierra en donde habitará la justicia. En efecto, una vez que el pecado es quitado, ya no aparecerá nunca más. Es la razón por la cual el Apocalipsis, en el que se trata el cumplimiento de los consejos de Dios para con la tierra, presenta al Señor como Cordero.

Juan añade: «Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo. Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua» (v. 30-31).

Aquí Juan le llama «un varón», un hombre que no era ni más ni menos que el Hijo de Dios, poseedor de todas las glorias divinas, venido desde el cielo para quitar del mundo, por medio de su sacrificio expiatorio, toda traza de la actividad del primer hombre. Este Varón glorioso, el hombre de los consejos de Dios, emprendió y llevó a cabo perfectamente esta maravillosa obra.

Aunque había llegado después de Juan por su nacimiento como hombre, Jesús era antes que él (v. 30) en virtud de su existencia eterna. Juan no le conocía, pero administraba el bautismo con vistas a su manifestación «a Israel», y no «a los judíos», como tampoco «a Judá». Reconocía al pueblo en su conjunto según los pensamientos de Dios, porque el pueblo entero, las doce tribus, se beneficiará con su venida.

Juan sigue con el testimonio que rinde a favor de Jesús, y dice: «Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él. Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquel me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo» (v. 32-33). Tal como lo hemos hecho constar en los demás evangelios, el Espíritu Santo podía venir sobre Jesús hombre en virtud de sus propias perfecciones, mientras solo puede ser recibido por el creyente en virtud de la obra de Cristo que le purifica de todos sus pecados. Desciende sobre Jesús en forma de una paloma, símbolo de la dulzura, gracia y mansedumbre con las cuales cumplió todo su servicio. Cuando descendió sobre los discípulos (Hechos 2), lo hizo bajo forma de lenguas repartidas, como de fuego, dándoles el Espíritu la capacidad de anunciar el Evangelio en diversas lenguas, y este era el poder de la Palabra que juzga todo lo que no es según Dios. El fuego siempre simboliza el juicio. En Cristo no había nada que juzgar; todo era perfecto.

Juan vincula el descenso del Espíritu Santo sobre Jesús con el hecho de que este bautizaría con el Espíritu Santo. Esta es la segunda parte de su obra; pero primero debía cumplir la obra de la purificación de los pecadores, para poder bautizarlos con el Espíritu Santo. Este bautismo se efectuó el día de pentecostés (Hechos 2:1-4), cuando el Espíritu Santo, como persona, vino a la tierra para morar en los creyentes. Desde entonces, cuando un pecador cree en el Evangelio, recibe el Espíritu Santo, el único que le hace apto para comprender las cosas de Dios (véase 1 Corintios 2:10-16). Cuando el Espíritu Santo vino, después de la partida del Señor, reemplazó, pues, a este en sus relaciones con los suyos, como lo vemos en los capítulos 14, 15 y 16. El mundo que ha rechazado a Cristo no lo puede recibir. Solo vino para los creyentes.

En el versículo 34, Juan da testimonio de que este hombre que existía antes que él, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, ciertamente era el Hijo de Dios.

3.7 - Primer día siguiente o primer día, segunda parte

Con el versículo 35 comienza la segunda parte del primer «siguiente día», en el que todavía tenemos otro testimonio de lo que era Jesús y de lo que haría aquí en la tierra. «El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos. Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios. Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús» (v. 35-37). Aquí Juan no dice lo que Jesús hace, como en los versículos 29 y 33; le ve andar por allí. Una vez presentado al público, Jesús atrae las miradas del corazón renovado, capacitadas para ver, en su marcha terrenal, las perfecciones divinas y humanas del Hijo de Dios hecho hombre. Al considerarle en su actividad maravillosa, la fe no puede menos que reconocer en él al Cordero de Dios, a Aquel que Dios escogió para cumplir la obra de la redención. Todas las perfecciones de su andar le designaban como el Cordero de Dios sin defecto y sin mancha. Al contemplarle así, se puede hablar de ellas de manera capaz de atraer a otros corazones hacia él. Así sucede en el caso de Juan y sus dos discípulos: «Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús». Cada creyente debe ser capaz de ver toda la hermosura de Cristo y hablar de ella de manera que pueda atraer hacia Él a aquellos que le rodean. Como David, en el Salmo 45, debería poder decir lo que ha dirigido al rey con la «pluma de escribiente muy ligero». Juan no retiene a sus discípulos; se halla demasiado imbuido de las glorias de su objeto para no desear que ellos las disfruten y le sigan. En Juan se ven los verdaderos caracteres del ministerio conforme al pensamiento de Dios, que tiene por propósito llevar las almas a Cristo, en contraste con el espíritu clerical que las atrae en pos del hombre (véase Hechos 20:30). Ya vimos uno de sus caracteres en los versículos 19-28, donde Juan solo es una voz que pone de relieve a Aquel de quien es testigo, al que luego le cede el paso. Si el verdadero ministerio conduce las almas a Cristo, vemos a Cristo mismo cuidar de quienes le siguen.

«Volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras? Les dijo: Venid y ved. Fueron, y vieron dónde moraba, y se quedaron con él aquel día; porque era como la hora décima» (v. 38-39).

Tan pronto como uno conoce a Jesús cual objeto de su corazón, se siente impulsado a seguirle. Esta es la enseñanza simbólica que nos ofrece la conducta de los discípulos de Juan: mientras Jesús no había sido manifestado, ellos permanecían con su maestro; pero, una vez manifestado, Jesús tiene en sí un atractivo que obra sobre los afectos renovados de ellos y los atrae hacia sí. Es anormal que un creyente conozca al Señor y no le siga. Seguirle implica separarse de todo lo que Dios desaprueba para obrar según el modelo que tenemos en Jesús. Para conocerle es necesario mirar a Jesús como el «que andaba por allí», como lo hacía Juan. Siguiéndole, uno permanece en su cercanía: «Se quedaron con él aquel día». «Aquel día» representa todo el período que transcurre desde la manifestación de Jesús sobre la tierra hasta su retorno para arrebatar a los suyos. Este día comienza a la décima hora, siendo la novena hora la de su muerte (Lucas 23:44). Es el tiempo de su rechazo. Por la fe, el creyente permanece en su cercanía.

En los versículos 40-42 vemos que uno de los que habían seguido a Jesús, Andrés, se dedica a darlo a conocer a su hermano Simón, diciéndole: «Hemos hallado al Mesías», y lo conduce a Jesús. Andrés representa a aquellos que, después de haber encontrado a Jesús por su cuenta, sienten la necesidad de revelarlo a otros. En el capítulo 11 de los Hechos, los judíos anunciaban al Señor únicamente a los suyos (v. 19); pero los chipriotas y los cireneos también hablaron de Jesús a los suyos, «y gran número creyó y se convirtió al Señor». Cuando Jesús vio a Simón, le dijo: «Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro)» (v. 42). Jesús hace uso de la autoridad que posee sobre los suyos para dar a Pedro lo que sabía que le convenía en relación con la posición que ocuparía como piedra del edificio del que formaría parte.

Los versículos 37 a 42 nos presentan, pues, de manera simbólica, lo que caracteriza la vida del creyente durante la dispensación de la gracia, desde el rechazo de Jesús hasta su regreso. Debe contemplar al Señor en su marcha para comprender sus perfecciones, seguirle, permanecer con él y presentarlo a aquellos que le rodean. Tal es la porción del creyente mientras espera el momento de estar con el Señor en la gloria. ¡Ojalá realizásemos semejante vida!

3.8 - Segundo «siguiente día» o segundo día

La escena simbólica relatada en estos versículos nos traslada al período que sigue al de la historia de la Iglesia, tal como lo acabamos de ver en los versículos precedentes. Una vez terminado este tiempo, Jesús reanuda sus relaciones con su pueblo terrenal, representado por un débil remanente que le reconoce. Esto es lo que el Espíritu de Dios nos muestra en el relato que caracteriza el segundo «siguiente día».

«El siguiente día quiso Jesús ir a Galilea, y halló a Felipe, y le dijo: Sígueme. Y Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y Pedro. Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret» (v. 43-45).

Sabemos que después del arrebatamiento de los santos Dios suscitará, entre los judíos que estén de regreso en su país, siervos para predicar el evangelio del reino y anunciarles que el Cristo rechazado por sus padres ha de venir para establecer su reinado. En el relato que tenemos ante nuestros ojos, Felipe es figura de los mensajeros que el Señor llamará a su servicio. Se dirige a Natanael, quien representa el remanente judío encontrado debajo de la higuera, figura bien conocida de Israel, y le habla de Cristo bajo el aspecto del Despreciado de Nazaret. Del mismo modo, en el día futuro, el remanente judío se enterará de que Aquel a quien despreció era su Mesías. En vez de ver en Cristo primeramente al personaje glorioso que ha de aparecer, tendrá que reconocerle como Aquel que llegó a los suyos y fue despreciado y rechazado. «Mirarán a mí, a quien traspasaron» (Zacarías 12:10). Estos mensajeros encontrarán al principio, en este remanente, la incredulidad de la ignorancia, igual que la de Natanael: «¿De Nazaret puede salir algo de bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve».

Como Natanael, tendrán que aprender todo acerca de Cristo, ya que hasta entonces no habrán creído en Aquel al que traspasaron. Cuando Jesús vio que Natanael iba hacia él, dijo: «He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño. Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Respondió Natanael y le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel» (v. 47-49). Al dirigirse a Jesús, Natanael aprende a conocerle; ve que, bajo la forma del Rechazado de Israel, tiene ante sí a Dios, quien todo lo sabe. Efectivamente, mucho antes de cumplirse la obra en el remanente judío, el Señor ya lo conoce. Aunque ignorante, Natanael lleva el carácter de sinceridad del remanente: «Un verdadero israelita, en quien no hay engaño». Recto de corazón, se deja enseñar, e inmediatamente, convencido de la gloria de Jesús, no discute sobre su origen; la palabra del Señor le ha colocado ante Dios: «Tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel». Así es como el remanente aprenderá a conocer a su Rey, cual Tomás (capítulo 20), siendo también figura del remanente cuando, al reconocer a Jesús resucitado, dice: «¡Señor mío, y Dios mío!». Pero Jesús tiene otros títulos y glorias además del de Mesías, y dice a Natanael: «¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores que estas verás. Y le dijo: De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre» (v. 50-51). Cristo será visto y conocido no solamente como Rey de Israel, sino también en su gloria de Hijo del Hombre, título bajo el cual dominará sobre todo el universo durante el milenio. Por su intermedio se esparcirán las bendiciones divinas sobre la tierra, mientras que por medio de él habrá una relación entre los cielos y la tierra purificados. Como Hijo del Hombre, será objeto del servicio angelical, subiendo y bajando los ángeles sobre él, igual que en el capítulo 28 del Génesis, cuando Dios hizo ver a Jacob los agentes que le protegerían en su peregrinaje. Aquí el Señor mismo es objeto del servicio de los ángeles durante el día milenario. En el capítulo 2 de la epístola a los Hebreos (v. 5 y sig.), está escrito que «no sujetó a los ángeles el mundo venidero, acerca del cual estamos hablando»; se trata del mundo del milenio. El autor de la epístola quiere mostrar a los hebreos que, por gloriosos que sean los ángeles, para con quienes los judíos tenían una consideración tan grande, es al Hijo del Hombre –hecho inferior a ellos, los cuales no podían morir– a quien pertenece el gobierno del reinado milenario y a quien desde ahora, en espera de reinar en gloria, la fe le ve coronado de gloria y de honra (v. 6-9).

En este maravilloso capítulo, del cual apenas hemos tocado muy ligeramente sus insondables temas, el Señor nos es presentado con todos los títulos que le pertenecen, a excepción de aquellos relacionados con la Iglesia. Le vemos como el Verbo, como Dios, como Creador, vida, luz, Hijo unigénito, Cordero de Dios, Hijo de Dios, Rey de Israel e Hijo del Hombre. Se comprende que un capítulo que presenta un objeto tan glorioso sea inagotable: toma al Hijo de Dios en lo infinito del pasado y presenta su manifestación en un hombre, hasta el final del servicio que le ha sido confiado, a saber, su obra y todas sus consecuencias hasta el gobierno del mundo entero como Hijo del Hombre, «cuando entregue el reino al Dios y Padre» (1 Corintios 15:24). Este capítulo también nos ha mostrado los diversos testimonios dados por Juan el Bautista a favor de Jesús, respecto a su naturaleza, como luz (v. 7), a su manifestación en la carne (v. 12-15), a su persona (v. 19-28), a su obra (v. 29-33), a lo que él es, a saber, el Hijo de Dios (v. 34).

Quiera Dios que todos hayamos aprendido algo de esta persona maravillosa del Hijo de Dios y que lo poco que hayamos podido entender produzca en todos el deseo de conocerle mejor y de seguirle más fielmente mientras esperamos el momento –muy próximo– cuando estemos con él, semejantes a él, para contemplarle eternamente en todas sus glorias.

4 - Juan 2

4.1 - Las bodas de Caná

En el primer capítulo vimos dos días simbólicos: el primero representa el tiempo actual, en el cual los creyentes siguen a Cristo después de su rechazo, desde que Juan el Bautista lo presentó hasta que reanude sus relaciones con Israel; en el segundo vemos el llamado al remanente judío en la persona de Natanael que reconoce a Jesús como el Hijo de Dios, el Rey de Israel. Para completar el cuadro simbólico de lo que sucede desde Juan el Bautista hasta el establecimiento del reinado de Cristo, hacía falta un tercer día, el cual nuestro capítulo presenta por medio de las bodas de Caná, símbolo del establecimiento del reinado de Cristo desde el punto de vista del gozo que caracteriza al reinado milenario.

«Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús. Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos. Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora. Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere» (v. 1-5).

Este relato nos muestra cómo el Espíritu Santo se sirve de un hecho histórico para expresar el pensamiento de Dios. Cuando se habla de bodas, uno espera una descripción de los novios, del menú y de la alegría que reinaba en la fiesta. Aquí no aparece nada de eso. Dos hechos capitales caracterizan este relato: el vino se acabó y el Señor dio uno mejor. La enseñanza divina no es difícil de encontrar si se recuerda que, en la Palabra, el vino es símbolo de lo que produce alegría, ya sea para Dios o para los hombres (véase Jueces 9:13).

El Señor y sus discípulos fueron invitados a estas bodas. Su madre también estaba allí, simbolizando a Israel, de quien vino el Cristo (Romanos 9:5). El conjunto de estas personas representa a aquellos que, estando en medio de los judíos y habiendo recibido al Señor como Mesías, esperaban verle establecer su reinado. En el estado en el cual se encontraba el pueblo, el vino faltaba; no había gozo en Israel. Para que el gozo se produzca, es necesario que todo esté en relación con el pensamiento de Dios; así él podrá hacer gozar de su presencia y de sus beneficios. El gozo reinó antiguamente en Israel, cuando hubo ciertas liberaciones y manifestaciones de la gracia de Dios, muy particularmente durante el hermoso reinado de Salomón. Pero pronto todo se estropeó debido a la infidelidad del pueblo, y el gozo desapareció, es decir, el vino faltó. Este gozo no podía subsistir ni para Dios ni para los hombres, porque dependía de la obediencia del primer hombre.

Para que Israel gozara de una plena bendición, era necesario que el Mesías prometido viniese. Precisamente estaba allí, y los que le rodeaban, los que le habían recibido, pensaban que iba a dar la bendición y el gozo de los cuales el pueblo carecía totalmente. Por eso la madre de Jesús le dice: «No tienen vino». En lugar de disponerse a darlo, Jesús le responde: «¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora» (v. 4). Para que las bendiciones traídas por Cristo pudieran cumplirse respecto a su pueblo terrenal –lo que tendrá lugar en el reinado milenario– era necesario que él muriera. Es lo que Jesús dice a su madre: «Aún no ha venido mi hora». La expresión: «mi hora», que se encuentra a menudo en este evangelio, designa su muerte (cap. 7:30; 8:20; 12:23, 27; 13:1). Es como si Jesús dijera a su madre: ¿Por qué me pides que dé gozo al pueblo cuando aún no he cumplido la obra en virtud de la cual podré hacerlo? En el estado de pecado en que se hallaba el pueblo, esto no era posible. Era necesaria la muerte de Cristo para poner fin al hombre en Adán y arreglar la cuestión del pecado según las exigencias de la justicia de Dios, para que Dios pudiese cumplir sus designios sobre la base de la gracia, fuese para con los judíos, fuese para con todos los hombres. La madre de Jesús, teniendo confianza en él, dice a los siervos: «Haced todo lo que os dijere». Hacer lo que el Señor dice es el único principio de bendición en todas las circunstancias, aun cuando, como su madre, no se comprenda el alcance de sus palabras.

«Y estaban allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la purificación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros. Jesús les dijo: Llenad estas tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: Sacad ahora, y llevadlo al maestresala» (v. 6-8).

Para disfrutar de las bendiciones prometidas, la muerte de Cristo no basta. Una obra profunda de arrepentimiento y purificación se cumplirá en el pueblo gracias a un trabajo de conciencia, producido por las circunstancias terribles por las que atravesará en los últimos días. Entonces mirarán al que traspasaron, «y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito» (Zacarías 12:10-14). Habrán de juzgar toda su idolatría pasada, como también el haber rechazado a su Mesías. Después de eso se realizará lo que dice Sofonías (cap. 3:14-17) y muchas otras profecías. «Canta, oh hija de Sion; da voces de júbilo, oh Israel; gózate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén… Jehová está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos». Lo que los profetas habían anunciado, lo que la madre de Jesús y sus discípulos también deseaban, no podía tener lugar sin un profundo trabajo de arrepentimiento. Y este trabajo estaba muy lejos de cumplirse en los orgullosos judíos, llenos de su propia justicia y de odio hacia el Señor. Semejantes a receptáculos de piedra en su endurecimiento, estaban vacíos de esta agua moral de la purificación y del arrepentimiento. Era preciso que, por la aflicción y el sufrimiento, llegasen a estar llenos de ella hasta arriba. Cuando ello ocurra, entonces su miseria se cambiará en gozo por la venida del Señor. El agua se convertirá en vino, un vino mucho mejor que el primero.

El mayordomo se asombra al saber que este buen vino no había sido servido al principio. Como muchos, no comprende que, en sus caminos perfectamente sabios, Dios comienza por dejar al hombre ante su propia responsabilidad para que experimente su incapacidad de producir lo que atraería sobre él la bendición de Dios. Hecha esta experiencia, Dios aparece y, sobre la base de la gracia, en virtud de la muerte de Cristo, da lo que es mejor y lo que permanece por la eternidad.

El hombre obra de otra manera; sirve el buen vino al comienzo. Procura disfrutar en primer lugar de todo lo que la naturaleza o el mundo le ofrece: juventud, salud, familia; pero nada se mantiene en esta creación en la que el pecado ha estropeado todo. Lo que es de menor categoría viene luego y, por último, la muerte. Solo lo que es de Dios, una nueva creación, puede mantenerse en su eterno frescor.

Gracias a Dios que ha guardado el buen vino para el final, figura del gozo ofrecido a cada uno por el Evangelio hoy día. Israel gozará de ello en el reinado de Cristo.

«Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él» (v. 11).

La gloria del Señor consiste en que, aquí, él es el autor de la bendición y del gozo milenario. Cuando le vieron, sus discípulos creyeron en él, como también lo hará el remanente judío cuando vea al Señor.

Este tercer día nos presenta, pues, la introducción del gozo que será la porción del pueblo judío en el milenio, en virtud de la muerte y, por consiguiente, de la resurrección de Cristo. Es llamado el «tercer día» en lugar de «siguiente día» como los días precedentes, estando en ello implícita la resurrección del Señor. El término «tercer día» a menudo designa este día tan importante (v. 19; Marcos 9:31; Lucas 9:22; 24:21).

Después de esta escena el Señor descendió a Capernaum con su madre, sus hermanos y sus discípulos, figura del pueblo reunido en torno a él tras la manifestación de su gloria.

4.2 - La purificación del Templo

«Estaba cerca la pascua de los judíos; y subió Jesús a Jerusalén» (v. 13). Aquí haremos constar, para no volver sobre ello, que en este evangelio las fiestas son llamadas «fiestas de los judíos» (cap. 5:1; 6:4; 7:2), salvo la última pascua (cap. 13:1), porque esta coincide con la muerte de Jesús, antitipo [2] de esta fiesta. Originalmente, tales fiestas eran «solemnidades» a Jehová, pero habían perdido su carácter porque Jehová, presente en medio del pueblo en la persona de Jesús, había sido rechazado. Se celebraba, pues, simplemente una fiesta de los judíos.

[2] En la Palabra de Dios un tipo (o una figura) es una persona o un hecho que representa, en su totalidad o en parte, los caracteres de la persona o de la obra de Cristo muy particularmente, o de otras cosas que debían ser manifestadas más tarde. El antitipo es la persona o la cosa representada por el tipo. El Pentateuco provee el mayor número de ellos. La pascua y todos los sacrificios son tipos (o figuras) de Cristo y de su obra. Adán es un tipo de Cristo y Eva lo es de la Iglesia.

Jesús halló el templo obstruido por los animales y por aquellos que los vendían a los judíos venidos de lejos para celebrar la fiesta. Volcó las mesas de los que cambiaban las monedas y ordenó a los vendedores de palomas retirar esos pájaros: «No hagáis» –dijo– «de la casa de mi Padre casa de mercado» (v. 14-16). Esta purificación del templo es figura de la que el Señor efectuará en su venida en gloria. Por ello en este evangelio tienen lugar después de las bodas de Caná, las que prefiguran el establecimiento del milenio. En su venida gloriosa, cuando traiga el gozo al remanente que padece, el Señor encontrará el templo manchado por la idolatría de los apóstatas, y lo purificará para que llegue a ser, no solo el santo lugar del culto ofrecido a Jehová, sino, como dice Isaías 56:6-7: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos».

Los otros evangelios relatan la purificación del templo después de la entrada triunfal del Señor en Jerusalén (Mateo 21; Marcos 11; Lucas 19). En Juan, el Espíritu de Dios no presenta a Jesús al pueblo para ser recibido como Mesías, sino que muestra, en los dos primeros capítulos, un cuadro simbólico de lo que él cumplirá en la tierra desde su presentación por Juan el Bautista hasta el establecimiento de su reinado. Por lo tanto, este cuadro termina con toda naturalidad con la purificación del templo, la cual tendrá lugar al comienzo del reinado. Malaquías (cap. 3:1-2) muestra al Señor cuando llega repentinamente a su templo, donde cumple sus juicios. Una vez más podemos admirar la belleza y la precisión de los escritos inspirados allí donde la razón humana no ve más que contradicciones.

Los discípulos, testigos de lo que Jesús hacía, se acordaron de las palabras del Salmo 69:9: «El celo de tu casa me consume» (v. 17).

Se comprende el efecto que producía en el Señor, tan ardorosamente dedicado a los intereses de su Padre, la profanación de este templo –al que reconocía como la casa de su Padre– por parte del pueblo que le honraba de labios, pero cuyo corazón estaba muy alejado de él (Isaías 29:13).

Atónitos por la autoridad del Señor, los judíos le dicen: «¿Qué señal nos muestras, ya que haces esto? Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado –por Herodes– este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? Mas él hablaba del templo de su cuerpo» (v. 18-20). Jesús les da su muerte y su resurrección como señal para establecer con qué autoridad obraba de esa manera. Él, el verdadero templo de Dios, Aquel en quien Dios habitaba en medio de su pueblo, aunque llamara al templo «la casa de su Padre». En este evangelio todo está en relación con la gloria de la persona divina de Jesús. Es él quien vuelve a levantar el templo, su cuerpo –al que los judíos creen haber destruido– pues resucita al tercer día. En el capítulo 10:17-18 deja su vida y la vuelve a tomar; tiene el poder de dejarla y el poder de volverla a tomar. Visto bajo la dependencia de Dios, es Dios quien lo resucita. Pedro dice en Hechos 2:32: «A este Jesús resucitó Dios». Pero, visto en la gloria de su persona divina, es él quien resucita.

Esta escena, como la de las bodas de Caná, se funda en la muerte y la resurrección del Señor. «Por tanto, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron que había dicho esto; y creyeron la Escritura y la palabra que Jesús había dicho» (v. 22). Lo que el Señor decía tenía el mismo valor que las Escrituras que ellos poseían entonces. Los discípulos tienen plena fe en la persona de Jesús cuando ven su gloria manifestada en las dos escenas de este capítulo (v. 11, 22), las cuales presentan los dos lados del ejercicio de su poder, en bendición y en juicio, cuando venga a establecer su reino.

Los versículos 23-25 van más bien con el capítulo 3. Durante la fiesta, Jesús hizo milagros que no nos son relatados; al verlos, muchos creyeron en su Nombre, pero Jesús no se fiaba de ellos «porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre». Por estas palabras queda afirmada la divinidad de Jesús. Él sabía lo que pasaba en los corazones de todos los que le rodeaban.

Estos milagros produjeron, en aquellos que habían sido testigos de ellos, cierta convicción, mas no la fe. El poder que Jesús manifestaba les daba la prueba de lo que él era, pero ellos se detuvieron en esta comprobación. Para tener la vida es necesario creer la Palabra. Los milagros, los acontecimientos sensacionales y las desgracias pueden producir impresiones, disponer el corazón para escuchar la Palabra de Dios. Pero si uno no cree, estos efectos son pasajeros y sin vida, cual simiente caída en lugares pedregosos y entre los espinos. Es probable que volvamos a encontrar esa clase de gente entre los discípulos del Señor que se apartaron de él, porque no podían recibir su palabra (cap. 6:66). El capítulo 6 de la epístola a los Hebreos menciona unas personas de esta categoría: habían estado bajo la acción del Espíritu, de la Palabra y de los milagros, sin tener fe. Uno puede engañar a los hombres, pero no a Dios.

5 - Juan 3

5.1 - El nuevo nacimiento

«Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él» (v. 1-2). En contraste con los hombres de quienes Jesús no se fiaba, aunque creían en su Nombre, Nicodemo fue a Jesús con verdaderas necesidades. Quería saber más sobre lo que enseñaba Aquel a quien reconocía como maestro «venido de Dios». Lo que prueba la realidad de las necesidades de Nicodemo es que viene de noche. Al deseo de ser informado conforme a la verdad está ligada la conciencia de la oposición por parte del mundo. La naturaleza no quiere el oprobio; instintivamente procura evitarlo. Sin embargo, más vale ir de noche a Jesús para escuchar su Palabra que no ir nunca. Después de haber ido de noche, uno recibirá fuerzas para dar testimonio a la luz del día, tal como lo hizo Nicodemo en un momento crítico (cap. 19:39).

El Señor se complace en corresponder al deseo de conocerle mejor; pero, para aprender, a menudo es necesario poner de lado ciertas cosas que forman parte de nuestros conocimientos religiosos y no concuerdan con el pensamiento de Dios. Así, Nicodemo fue a Jesús con el ánimo de aumentar sus conocimientos como doctor de la ley. No comprendía que Dios rechazaba el sistema en el cual él quería instruirse aún más, y tampoco que necesitaba una naturaleza distinta de la del hombre en Adán –por muy religioso y bien intencionado que fuese– para ser enseñado por Dios. Por eso Jesús le respondió: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (v. 3).

Las palabras «de cierto, de cierto», empleadas tan a menudo en este evangelio, equivalen a «amén, amén», y afirman absolutamente la verdad de las palabras del Señor.

Jesús quería dar a entender enseguida a Nicodemo que Dios ya no enseñaba más a la vieja naturaleza. El reino de Dios estaba presente en la persona del Señor, quien manifestaba todos los caracteres morales. Pero, para verlo y entrar en él (v. 5), era necesario haber nacido de nuevo, sin lo cual en Jesús solo se veía al hijo del carpintero o, como pensaba Nicodemo, a un maestro enviado por Dios para enseñar a su pueblo. Nicodemo ignoraba todo eso; sin duda se creía, como hijo de Israel, un fiel súbdito del reino de Dios, pero Israel apenas presentó los caracteres del reino de Dios aun en los más bellos días de su historia; porque «el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Romanos 14:17).

Nicodemo no comprende lo que es el nuevo nacimiento, y pregunta: «¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?» (v. 4). Aun cuando pudiera nacer una segunda vez, esto no sería más que un segundo nacimiento con la misma naturaleza, pero es necesario un nacimiento de una nueva fuente, enteramente nueva y espiritual (cap. 1:13). Jesús le muestra cómo se efectúa este, y le prueba su necesidad, no solamente para ver el reino en la persona de Jesús, sino para entrar en él: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo» (v. 5-7). Para nacer de nuevo se necesita una obra muy distinta a la de la naturaleza. Se necesita el poder de Dios como en la creación, porque por su palabra y su Espíritu Dios sacó de la nada la primera creación. Para la nueva, también se necesita la acción de la Palabra y del Espíritu. Pero aquí la Palabra es llamada «agua» debido a su acción purificadora. Ella trajo los pensamientos de Dios al hombre que hasta entonces era ajeno a ellos; lo purifica de los suyos propios, porque lo que viene del corazón natural está manchado y se opone a Dios. Ella trae la vida, mientras aplica la muerte a todo lo que pertenece al primer Adán, y eso bajo la acción del Espíritu, el agente por medio del cual Dios obra siempre.

Las dos naturalezas no se mezclan. Lo que es nacido de la carne sigue siendo carne, no se mejora y no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido del Espíritu, espíritu es, y participa de la naturaleza divina. Así Nicodemo, al igual que el mayor de los pecadores, tenía que cambiar de naturaleza para entrar en el reino de Dios; esta es una verdad absoluta: «Es necesario», dice el Señor. El tiempo en que Dios se ocupaba del hombre en la carne había pasado; la prueba había llegado a su fin. Como no dio resultado, Dios puso de lado al primer hombre. El Hijo de Dios vino a este mundo para introducir un nuevo orden de cosas y una obra completamente nueva.

Dios obra por su Espíritu; es lo que caracteriza su acción; no hay nada en ello por parte del hombre, el cual no entiende nada en la materia. «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (v. 8). El soplo (hálito) del Espíritu se mueve en una familia, en una comarca; hay conversiones. ¿De dónde viene eso? En el mundo el cambio efectuado se atribuirá a diversos motivos; se lo llamará cambio de religión, reforma, etc. El hombre natural no tiene nada que ver con ello; este comprueba efectos, como ocurre cuando el viento sopla, pero desconoce su procedencia y su propósito. Se trata de la libre y soberana acción de Dios en el mundo sobre «todo hombre», no solamente entre los judíos; y esto caracteriza siempre la obra de Dios en este evangelio.

Nicodemo dijo: «¿Cómo puede hacerse esto? Respondió Jesús y le dijo: ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?». Como doctor de la ley, Nicodemo tendría que haber sabido que el pueblo judío no podía tener participación en el reinado milenario sin la obra del nuevo nacimiento. Ezequiel profetiza muy claramente a este respecto. Después de haber dicho que Jehová reuniría a su pueblo de todos los países donde este había sido deportado, para volver a traerlo a la tierra de Israel, añade: «Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros» (Ezequiel 36:24-28; 37:9). Como los discípulos, Nicodemo pensaba que el Señor podía establecer su reinado sobre el pueblo tal como estaba, que bastaba ser hijo de Abraham según la carne para disfrutar de las promesas. No tenía en cuenta el estado de pecado del judío como el de cualquier hombre y, sobre todo, no tenía ninguna idea de lo que convenía a un Dios justo y santo para poder introducir al pueblo terrenal en su reino.

Este debía llevar los caracteres de Dios mismo, tal como eran manifestados en Jesús, y no los del hombre en Adán. En otras palabras, Nicodemo no se conocía a sí mismo ni los pensamientos de Dios.

Jesús sigue diciendo: «De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio. Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?» (v. 11-12). Jesús traía el conocimiento de Dios, lo que está de acuerdo con él, lo que debía caracterizar su reino. Daba testimonio de lo que estaba en el cielo, porque era uno con su Padre; por eso dice: «Lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos». Si Nicodemo y todos los judíos hubiesen comprendido la gloria de la persona que se encontraba allí, ¡qué cambio se habría operado en ellos! Hubieran quedado maravillados; le habrían escuchado; pero en su estado natural no podían hacerlo. Nadie recibía su testimonio venido del cielo, aun referente al reino terrenal, ni siquiera un maestro de la ley. Para recibirle era necesario creer, porque Jesús dice: «Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?»

Las «cosas terrenales» son todo lo que concierne al reinado de Cristo en la tierra; Nicodemo tendría que haberlo comprendido, puesto que era el gran tema de la profecía. «Las celestiales» no forman parte de la revelación del Antiguo Testamento; ellas pertenecen al dominio de la vida eterna, vida necesaria para poderlas disfrutar. Jesús vino para hablar de ellas y cumplir la obra de la cruz en virtud de la cual llegarían a ser la porción de los creyentes. Después de la ascensión del Señor, los apóstoles –Pablo, sobre todo– las revelaron plenamente.

El Señor hablaba de estas cosas completamente nuevas. Él, el Hijo del Hombre que estaba en el cielo, daba testimonio de lo que había visto. «Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo» (v. 13). El cielo permanecía inaccesible al hombre pecador; pero el Hijo del Hombre había bajado de allí, al tiempo que siempre seguiría estando en el cielo. Aunque era hombre en la tierra, Jesús seguía siendo Dios, presente en todas partes, viviendo en el cielo y al mismo tiempo en la tierra, realidad que si bien es insondable para seres como nosotros, tenemos la dicha de creerla. Ella llena nuestros corazones de admiración y agradecimiento cuando contemplamos la gloriosa persona de Jesús. Él vino a fin de revelar lo que Dios tenía en su corazón para pobres pecadores perdidos que no podían subir al cielo para entender «cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, (y que) son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Corintios 2:9).

5.2 - La vida eterna

Hemos visto que Jesús, el «Hijo del Hombre, que está en el cielo», traía a la tierra el conocimiento de cosas celestiales con las cuales convivía constantemente. Pero, para disfrutar de ellas, se necesitaba la vida eterna, cosa que el hombre no poseía. Además, era pecador, perdido, manchado e incapaz de subsistir en la presencia de Dios a causa de su mancha, impropio para el cielo donde, según sus consejos eternos, Dios quería tener hombres perfectos. Semejantes a los israelitas mordidos por las serpientes ardientes en el desierto (Números 21:4-9), todos los hombres son alcanzados mortalmente por el pecado y sus consecuencias, y todos, abandonados a sí mismos, permanecerían eternamente en este estado. Se necesitaba entonces un medio que los habilitara para disfrutar de lo que Dios les destinaba. Este medio, ante todo, debía satisfacer las exigencias del Dios justo y santo al cual el hombre había ofendido. Para que el pecador fuese salvo, Dios tenía que recibir una plena satisfacción respecto al pecado, lo que solo podía tener lugar por la muerte, «paga del pecado». Si el pecador entrase en juicio ante Dios, ello significaría la muerte eterna según la justicia divina; pero, ¿en qué quedarían entonces los propósitos eternos del Dios que es amor? El Señor mismo responde esta pregunta: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (v. 14-15).

Asimismo, Jesús dice a Nicodemo: «Os es necesario nacer de nuevo»; es una necesidad absoluta, en vista de lo que es la naturaleza del hombre en Adán. Y aquí dice: «Es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado», necesidad tan absoluta como la primera, en vista de las exigencias de la justicia de Dios. Se necesitaba una obra reparadora y expiatoria, en la cual el hombre no contribuyese absolutamente para nada. Ha pecado, este es el resultado de toda su actividad; ¿cómo, pues, podría reparar los perjuicios causados a Dios y eliminar sus pecados? Jesús, el Hijo del Hombre, se presenta precisamente para eso, para sufrir –ocupando el lugar del culpable– el juicio que este merecía, de modo que, por la fe, no perezca, sino que tenga vida eterna. La serpiente de bronce, en el desierto, es figura de Cristo elevado en la cruz, hecho pecado por nosotros. En la Biblia, el bronce representa la justicia de Dios en juicio contra el pecado. Levantada en un palo, la serpiente recordaba el juicio ejecutado sobre lo que había causado la muerte del pueblo; el moribundo solo tenía que echar una mirada de fe hacia ella para obtener la liberación y la vida. El Hijo del Hombre, clavado en la cruz, hecho pecado por nosotros, satisfizo todas las exigencias de la justicia inflexible del Dios tres veces Santo, a quien nosotros habíamos ofendido. Como Dios está plenamente satisfecho, invita al pecador a levantar una mirada de fe hacia la cruz donde su propio Hijo sufrió el juicio en lugar del culpable, para liberarle de las consecuencias eternas de sus pecados. Sin fe, el pecador perecerá en sus pecados, bajo la mordedura de la serpiente antigua (Apocalipsis 12:9). Por la fe encuentra no solamente la liberación de su culpabilidad y del juicio, sino la vida eterna, necesaria para disfrutar ya, a partir de nuestra existencia terrenal, los bienes celestiales.

El versículo 16, conocido por todos, indica la fuente de una salvación tan maravillosa: el amor de Dios.

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna».

«De tal manera amó Dios al mundo», compuesto de pecadores, para con los cuales ha tenido paciencia durante cuatro mil años, antes de la venida de Cristo, habiendo empleado todos los medios posibles para volver a traerles a Él, mas sin otro resultado que el pecado y la rebeldía. Este mundo, que reservaba a Jesús la acogida más odiosa y mortífera, ha sido amado por Dios hasta el punto de dar a su Hijo, para que todo aquel que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Es el amor puro, el de Dios, quien es amor. Él dio lo que su corazón más amaba, su Hijo, su unigénito, el que hacía sus delicias en la eternidad pasada, y quien se regocijaba siempre delante de él (Proverbios 8:30-31), como Salvador de un mundo que le odiaba. En tiempos remotos, Dios había pedido a Abraham un gran sacrificio, haciendo resaltar todo lo que Isaac era para él. Le dice: «Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré» (Génesis 22:2). Abraham debía hacer este sacrificio para Dios, a quien se lo debía todo. En el momento en que estaba a punto de consumarlo, Dios lo llamó desde los cielos para que no pusiera la mano sobre el muchacho. Pero nadie pidió el sacrificio del Hijo de Dios. No lo hacía a favor de amigos o de gente a quien Dios debía algo; lo consentía libremente «por los impíos», «pecadores», «enemigos», dice el apóstol Pablo en Romanos 5:5-10. Ninguna voz se hizo oír desde el cielo para liberarlo. Jesús clamó y nadie le respondió. Por el contrario, su Dios lo abandonó bajo el peso de nuestros pecados hasta el pleno cumplimiento de la expiación. El amor de Dios sufrió al ver abandonado a su propio Hijo, su unigénito. No le perdonó el horror del cumplimiento de la sentencia del juicio, para liberar a sus enemigos y darles vida eterna. ¿Permanecería uno indiferente frente a semejante amor, cuando sabe que Dios no debía otra cosa al hombre que el juicio, pero que, para salvarlo, hizo caer este juicio sobre su amado Hijo? Será terrible la suerte de aquel que desprecie un amor semejante. ¿Qué podría decir en el día del juicio? Se comprende que toda boca será cerrada. Hoy en día el pecador habla fácilmente en contra de Dios. Se queja contra él. Piensa que satisface mal los deseos de su criatura. Lo trata como el siervo malvado (Mateo 25:24); lo llama hombre duro. Solo se ocupa de sus ventajas presentes y desprecia el don inefable del unigénito Hijo de Dios, el único que asegura al pecador la vida eterna, la felicidad en este mundo y la gloria por la eternidad.

La vida eterna no es solo una vida que dura eternamente; es la vida en la cual se da la posibilidad de ser perfectamente feliz en este mundo y en el cielo por el conocimiento del Padre, revelado en el Hijo. Antes de la obra hecha en la cruz, ninguno poseyó esta porción; sin embargo esto no significa que no haya habido hombres salvos que hayan disfrutado de sus relaciones con Dios al poseer la naturaleza divina. Pero ellos no podían conocer a Dios como Padre, revelado en el Hijo, antes de que se cumpliera la redención y viniera el Espíritu Santo. Jesús dijo: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Juan 17:3).

5.3 - Las consecuencias de la incredulidad

El versículo 17 dice: «Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él».

El deseo de Dios es que el mundo sea salvo, pues para eso envió a su Hijo. El versículo 18 aplica la salvación, no al mundo en su conjunto, sino al que cree: «El que en él cree, no es condenado».

Si Dios hubiese actuado como hombre natural hacia aquellos que obran mal para con él, hubiera enviado a su Hijo para juzgar al mundo; porque, ¿quién ha sido más ofendido que Dios por su criatura? Sin embargo, envió a su Hijo no para juzgar, sino para salvar. En los versículos precedentes vimos que todo fue cumplido en la cruz, para que todo el que cree tenga vida eterna: es salvo, porque cree que Cristo llevó en la cruz el juicio que debía alcanzarle a él. Por tanto, «el que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios» (v. 18). No hay nada más claro y sencillo. Todo lo que Dios pide al pecador es que crea en su Hijo, quien vino para arreglar la cuestión del pecado, para plena satisfacción Suya. El que no cree permanece bajo el juicio, no por ser más pecador que cualquier otro, sino porque no ha creído en Aquel que Dios dio para salvarle.

Desde que Dios envió a su Hijo para salvar al mundo, los hombres se encuentran bajo una responsabilidad y una culpabilidad desconocidas hasta entonces. «Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (v. 19). Más que nunca, la luz ha resplandecido sobre su estado, y esta luz era la vida (cap. 1:4), Jesús, quien «alumbra a todo hombre, venía a este mundo» (cap. 1:9). Toda conciencia ha sido iluminada por la luz de la presencia del Hijo de Dios. Pero en su naturaleza tenebrosa y opuesta a Dios, deseando hacer el mal, alimento del pecador, los hombres han preferido las tinieblas para seguir satisfaciendo su mala naturaleza, antes que ir a la luz, la cual, a la vez que les reprendía, también les traía vida eterna. «Porque» –dice el Señor– «todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios» (v. 20-21).

El mundo yace en las tinieblas, estado favorable para practicar el mal. Pero, en medio de esta oscuridad, la luz divina ha brillado en todo el resplandor de sus perfecciones: todo lo que Dios es en su naturaleza ha sido manifestado en Cristo, en contraste con el hombre. Se comprende que quienes desean seguir practicando el mal se aparten de la luz que los juzga, mientras los que se han beneficiado con ella desean que controle todas sus obras; buscan la luz en vez de huir de ella, para que se vea que sus obras responden al pensamiento de Dios. El creyente siempre desea más luz sobre sí mismo y sobre todo lo que hace. «Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto» (Proverbios 4:18). Salomón pone este camino en contraste con el de los malvados, que «es como la oscuridad; no saben en qué tropiezan» (v. 19).

Es importante recordar las verdades prácticas que emanan de estos versículos 20 y 21, porque las espesas tinieblas morales de este mundo nos envuelven por todos lados y comprenden, desgraciadamente, a nuestro corazón natural que ama esta atmósfera. Por lo cual todos debemos velar para permanecer prácticamente bajo el efecto de la luz. El cristiano es «luz en el Señor» (Efesios 5:8), porque participa de la naturaleza de Dios, que es luz. Está «en luz, como él (Dios) está en luz» (1 Juan 1:7). La obra de Cristo le ha colocado allí. Debe revestirse con «las armas de la luz» (Romanos 13:12), esto es, practicar durante toda su vida solo lo que puede hacerse en la luz, para ser protegido contra la influencia de las tinieblas. Andar según la luz es tener al Señor Jesús como modelo en todo lo que hacemos. Modelo tanto para grandes como para pequeños; sometido a sus padres en su infancia y a la voluntad de Dios su Padre en todo su ministerio, siempre hacía las cosas que agradaban a su Padre (cap. 8:29). Cada cual puede imitarle así con facilidad. En ese camino sentiremos la necesidad de desarrollarnos en todas las cosas y controlaremos nuestra marcha a la luz de la Palabra, para ver si nuestras obras realmente están «hechas en Dios» y si aguantan esa luz. A menudo habrá algo que corregir aun en lo que creemos haber hecho bien; pero dejémonos corregir, así progresaremos en esta feliz senda que terminará con él al pleno resplandor del día en la gloria eterna en la cual pronto entraremos.

5.4 - El amigo del Esposo

Jesús y sus discípulos bautizaban en la región de Judea al mismo tiempo que Juan el Bautista seguía con su servicio por algún tiempo más, aunque Jesús estaba allí. Ello dio ocasión a algunos discípulos de Juan para hacer notar a su maestro que todos iban a Jesús y se bautizaban allí. Sin duda veían con cierto celo cómo aumentaba la importancia de Jesús a expensas de la de su maestro. Si tal era su pensamiento, pronto Juan lo corrigió al establecer la verdad concerniente a su propio ministerio y al de Jesús. Les respondió: «No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él. El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido» (v. 27-29). Juan subraya así ante sus discípulos el contraste que existe entre Jesús y él, resaltando la superioridad de Aquel de quien no era digno, decía, de desatar la correa de su calzado. Juan no poseía nada que no le hubiera sido dado del cielo. De allí había recibido su ministerio, mientras que Jesús venía del cielo, «el Hijo del Hombre, que está en el cielo». En el primer capítulo había dicho que no era más que una voz. Veremos este contraste establecido más fuertemente en los versículos 31 y 32. Recuerda a sus discípulos que le han oído afirmar que él no era el Cristo, sino que era enviado como precursor suyo; tendrían que haber comprendido, pues, por qué todos iban al Señor. Luego, sin manifestar un espíritu de rivalidad, Juan compara a Cristo con un esposo, y él mismo es el amigo del esposo. La esposa pertenece al esposo, y el gozo que este tiene de poseer a su esposa hace el gozo de su amigo. Feliz de oír su voz, no procura tomar su sitio. Ama tanto al esposo que su mayor felicidad es participar de su gozo. Este gozo de Juan, precursor del Mesías, estaba cumplido; no podía desear más; había alcanzado la plenitud de la felicidad como ningún otro profeta.

Sabemos que el gran tema de la profecía era Jesús, el Mesías, y que de todos los profetas, Juan el Bautista era el mayor, según la declaración del Señor en Mateo 11:11, porque, de todos, solo él vio a Aquel cuya venida ellos habían anunciado. Aquí se terminaba el ministerio profético y comenzaba el de Jesús, introduciendo un estado de cosas totalmente nuevo, muy superior al anterior.

Jesús dice de Juan, en el pasaje de Mateo citado anteriormente, que «el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él». En este reino, la porción del creyente, sus bendiciones y sus privilegios son celestiales y están asociados a Cristo, lo cual no podía haber sido la porción de un santo de la dispensación precedente, ni siquiera la de los felices participantes del milenio. Juan llegó a la cumbre de lo que podía esperarle en el orden de cosas al cual pertenecía. Tenía por objeto al Señor; lo había visto; estaba satisfecho; su gozo era completo. Los santos que seguirían gozarían –en virtud de la muerte y resurrección del Señor– de bendiciones mayores, como Esposa de Cristo muy especialmente; aunque esta porción no le correspondía, estaba feliz con la suya. Con su ministerio había clausurado la dispensación legal; había presentado a Cristo ante el público. En adelante iba a desaparecer, como él mismo lo dijo: «Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe».

Semejante a la estrella que brilla antes de la salida del sol y que palidece y desaparece ante el astro del día, Juan se retiraría para ceder todo el lugar a Jesús. El profeta continúa diciendo: «El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos. Y lo que vio y oyó, esto testifica; y nadie recibe su testimonio» (v. 31-32). Jesús era «el que de arriba viene»; Juan aquel «que es de la tierra». Juan hablaba de las cosas de Dios en relación con la tierra, su lugar de origen. En cambio, Jesús, cuyo origen es eterno y celestial, estaba por encima de todos y de todo. Juan había hablado de parte de Dios; Jesús hablaba de lo que había visto y oído en el cielo; aquellas cosas constituían el tema de su testimonio, como él mismo lo dice en el versículo 11: nadie recibía este testimonio porque superaba lo que el hombre podía comprender con su entendimiento natural. Era necesaria la obra de Dios para recibirle: «El que recibe su testimonio, este atestigua que Dios es veraz. Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida» (v. 33-34). Jesús era tan perfectamente la expresión de Dios mismo, de sus propios pensamientos, de sus palabras, que aquel que recibía su testimonio atestiguaba que Dios era veraz, porque había oído, no a un intermediario –de parte de Dios– como Juan y los profetas, sino a Dios mismo. Jesús había recibido el Espíritu Santo en toda su plenitud y no por medida, como los profetas que se encontraban bajo una acción momentánea del Espíritu de Dios para decir lo que Dios quería que dijeran, como lo leemos a menudo: «El Espíritu de Jehová vino sobre…» (Jueces 11:29; 14:6; 1 Samuel 16:13; 2 Crónicas 20:14, etc.).

Juan da un testimonio brillante que glorifica a Jesús. Personifica el ministerio según Dios que tiene por propósito hacer resaltar las glorias de la persona de Cristo. Eso lo caracterizó desde su manifestación pública, como lo notamos en el capítulo 1:38. Ahora, terminado su testimonio, este evangelio ya no habla de él; Jesús ocupará todo el lugar.

Una vez cumplido el ministerio de Juan el Bautista, es Juan el evangelista quien toma la palabra en los versículos 35 y 36. «El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él». Por medio de sus palabras Juan resume, en cierto modo, el ministerio de Jesús y sus consecuencias. «El Padre ama al Hijo», encuentra en él su placer, desde siempre, y ahora de manera particular al venir para cumplir sus designios eternos. En el capítulo 10:17, Jesús dice: «Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar». A tal objeto de su amor, Dios Padre podía confiarle todo, es decir, todo lo que concierne a la salvación de los pecadores y el cumplimiento de todos sus consejos, así como el ejercicio de sus juicios cuando haya llegado el tiempo. En vano se pretexta su humanidad, su humillación, para no creer en él y decir, como los judíos en el capítulo 9: «Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es pecador»; ello no cambia en nada las declaraciones de Dios. Hoy muchas personas están dispuestas a tener contacto con Dios, pero no quieren saber nada de su Hijo; es inútil, ellas morirán en su pecado. En su Hijo, Dios se revela a los hombres; ha puesto todas las cosas en sus manos. No existe otro medio para ser salvo que no sea el de creer en él. El evangelista saca su conclusión de esta declaración al decir: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él». Nada más explícito: Dios Padre quería salvar a los pecadores, darles vida eterna; no lo podía hacer desde el cielo y entonces envió a su Hijo a la tierra, le confió todas las cosas, le dio toda autoridad; sabía que cumpliría todo según los pensamientos divinos para salvar al pecador. Si alguien rehúsa este medio y desobedece, negándose a creer, permanece bajo la ira de Dios, eternamente privado de la vida rechazada en la persona del Hijo de Dios. Se ve, por varios pasajes, que no creer es desobedecer (Hechos 5:32; 2 Tesalonicenses 1:8; 1 Pedro 3:1; 4:17).

El gran tema de nuestro evangelio es la revelación del Padre y la vida eterna. Juan lo presenta, por así decirlo, mediante estos versículos 35 y 36, como concluye en el capítulo 20:31 al decir: «Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre».

Todavía podemos hacer constar que las verdades contenidas en estos dos últimos versículos se salen completamente del marco de la enseñanza de Juan el Bautista, quien simplemente presentaba a Jesús en su llegada al mundo, y no podía hablar ni del Padre ni de la vida eterna. El evangelista empieza su testimonio allí donde termina el de Juan el Bautista.

6 - Juan 4

6.1 - En el camino a Samaria

En este capítulo comienza el ministerio público del Señor, propiamente dicho. Los tres primeros capítulos presentan el cuadro simbólico del que hemos hablado.

Jesús abandona Judea y vuelve a Galilea, donde había estado cuando se llevaron a cabo las bodas de Caná. El ministerio de Juan llega a su fin, como lo vimos en el capítulo precedente; Jesús va a ejercer el Suyo en medio de los despreciados de Galilea, como lo hace en Mateo 4:12, pero con una diferencia que corresponde al carácter de nuestro evangelio: en lugar de ocuparse solo de Israel, como lo hace en Mateo, se dirige a otros, puesto que se considera rechazado por su pueblo (cap. 1:11).

Para ir de Judea a Galilea había que pasar por Samaria. Era imprescindible, como nos lo dice el versículo 4, no solo porque era la vía más directa –de otra manera había que dar un gran rodeo–, sino también porque era el camino que el amor de Dios abría para que el Señor llegara a pobres pecadores perdidos, sin ningún derecho a los privilegios de Israel, los que no les pertenecían, pero que eran objetos de la gracia. El Señor habla de ellos en el capítulo 1:12: «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios». Ya no se trata solamente de las ovejas perdidas de la casa de Israel, sino de todo pecador que recibe a Jesús creyendo en su Nombre. He aquí la gracia en toda su belleza, tal como este evangelio la presenta, esparciéndose cual río caudaloso por el mundo entero, al alcance de todos los hombres y para todos. Este río de vida aún extiende sus aguas vivificadoras, de las cuales toda persona es invitada a beber, invitación apremiante, repetida por el autor de nuestro evangelio antes de clausurar el canon de las Escrituras: «El que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente» (Apocalipsis 22:17). Este llamado se dirige a todos y cada uno, antes de que cese la corriente de este río, lo cual se efectuará después de la venida del Señor.

La ruta que Jesús seguía lo llevó a las afueras de la ciudad de Sicar, o Siquem, situada en la tribu de Efraín, cerca del monte Gerizim y de la tierra que Jacob dio a José (Génesis 33:19; 48:22). Allí había un pozo, llamado aquí «el pozo de Jacob», figura de la verdadera fuente de agua de vida en la persona de Jesús.

Era la hora sexta, es decir, nuestro mediodía.

«Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo».

Se encontraba solo, pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar víveres. Una samaritana llegó a sacar agua, y «Jesús le dijo: Dame de beber» (v. 7). La mujer se asombró de que Jesús, a quien ella reconocía como judío, le pidiese de beber, porque los judíos no mantenían ninguna relación con los samaritanos. La mujer no sospechaba que Jesús, dejando de lado las relaciones humanas, quería ponerla en contacto con Dios el Padre.

Los samaritanos descendían de los pueblos que Salmanasar, rey de Asiria, había traído a Samaria en lugar de los israelitas deportados a Asiria (2 Reyes 17:24). Esos pueblos practicaban allí las abominaciones de su paganismo, y Dios había enviado contra ellos leones. Cuando el rey comprendió que esto era un juicio de parte de Dios, les envió sacerdotes de entre aquellos a quienes había deportado, para enseñarles a servir al Dios del país. Pero, aun temiendo a Dios, esos pueblos siguieron sirviendo a sus dioses, lo que constituyó una mezcla de cultos (2 Reyes 17:25-41). En Esdras 4:1-5 se les ve ofrecerse a los judíos, vueltos del cautiverio, para colaborar con ellos en la reconstrucción del templo de Jerusalén. La negativa de Esdras a admitir su ayuda los irritó mucho. Se cree que este rechazo engendró el violento odio que reinaba entre ellos y los judíos.

Al ver que los judíos no les concedían derecho en el templo de Jerusalén, construyeron uno, más tarde, en el monte Gerizim, al cual alude la samaritana en el versículo 20. Probablemente escogieron este monte porque allí era donde se debía pronunciar la bendición sobre el pueblo, en oposición al monte Ebal (Deuteronomio 11:29; 27:11-13). En la época del Señor, el templo ya no existía; de ahí que la samaritana diga: «Nuestros padres adoraron en este monte…». Habían abandonado su idolatría y pretendían tener derecho a las promesas. Esperaban al Mesías, pero de las Escrituras solo guardaban el Pentateuco. Su origen, sus pretensiones a participar en las bendiciones que el Mesías traería, exasperaban a los judíos, quienes les tenían un odio mayor que a los demás pueblos.

6.2 - La fuente de agua viva

Jesús respondió a la samaritana: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva» (v. 10). ¡Qué tesoros hay en la respuesta de Jesús a esta mujer! Es un resumen de la gracia perfecta y de la manera en que esta ha llegado al hombre. Jesús la anuncia en dos partes, cada una de ellas maravillosa, insondable, como todo lo que es divino. Estas constituyen un tema presente y eterno de adoración y alabanza. Primeramente vemos «el don de Dios». Este término indica el cambio acontecido en la manera en que Dios obra para con los hombres. Hasta entonces, Dios había exigido al hombre pecador una vida que respondiera a sus exigencias formuladas por la ley. Nadie pudo ofrecer a Dios lo que él pedía. Luego esta ley se dirigió solo a los judíos, quienes, al quebrantarla, se colocaron en la misma situación de todo hombre ante Dios. De esta manera los judíos, al igual que los samaritanos y todo hombre, pecadores perdidos, sin recursos en sí mismos, permanecían infaliblemente bajo la condenación eterna si Dios seguía exigiendo que le satisficieran. Entonces Dios, que es amor y luz, interviene en favor de una raza perdida y culpable, y se revela como el Dios que da y no como el que pide. Da el Espíritu Santo, la gracia, la vida; solo toma en cuenta lo que es el pecador para darle, salvarle y hacerle perfectamente feliz desde ahora y por la eternidad. Lo introduce, por el poder del Espíritu, en el goce de todo lo que proviene de su amor: paz, felicidad, gozo, esperanza gloriosa.

Pero para traer estas bendiciones, escondidas desde la eternidad en el corazón de Dios, se necesitaba un medio, el cual es señalado por el Señor en la segunda parte de su respuesta a la mujer: «Quién es el que te dice: Dame de beber». Era él mismo, Hombre cansado por la marcha bajo el sol ardiente, sentado junto al pozo, con sed, esperando los víveres que sus discípulos llevarían. Este Hombre era «Dios manifestado en carne», el Creador de la tierra a la cual había descendido, Creador del sol, a cuyos ardientes rayos estaba expuesto; Creador del agua que le pedía a la mujer, Creador de la mujer misma… Aquel ante quien todo hombre ha de comparecer un día, el Juez de vivos y muertos, venido con la más profunda humildad para ser accesible a todos, expresión del amor divino. Este amor, menospreciado por los judíos, venía para derramarse libremente en el corazón de una pobre pecadora, encontrada a esa hora del día porque, debido a su conducta, evitaba el contacto con los conocidos. En efecto, en los países meridionales se busca el agua durante el frescor del día, y no a mediodía. Pero Dios se sirvió de la vergüenza que esta mujer experimentaba para ponerla en contacto consigo mismo, revelado en Cristo como el Dios que da. Ella estaba lejos de saber en presencia de quién se hallaba. Se necesitaba la paciente obra de Jesús para hacer penetrar la luz y el amor en ese corazón tenebroso, incapaz de comprender otra cosa diferente a lo relacionado con su vida material. No pensaba más que en el agua que venía a buscar, y dijo a Jesús: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?» (v. 11).

Ella se dio cuenta de que, para hacer una oferta semejante, era necesario ser un personaje distinguido. Por eso añadió: «¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?» (v. 12). Ignoraba quién era el que le hablaba y de qué estaba hablando.

Jesús sigue la conversación para atraer hacia Él este corazón, al cual quiere traer la verdadera felicidad, haciéndole comprender que no le ofrece un agua semejante a la del pozo. Esta representa las cosas del mundo, de las cuales el hombre tiene sed, pero que no calman la sed. En vez de satisfacer sus necesidades, aumentan sus deseos, trátese del dinero, de la gloria, de los placeres, y ¡ay!, de las pasiones bajo cualquier forma. Por eso Jesús dice: «Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna» (v. 13-14).

¡Maravillosa diferencia entre el agua que el Señor da y la que el corazón natural busca en este mundo! El que bebe el agua viva ya no está sediento, es decir, ya no tiene necesidad de buscar sus goces en las cosas del mundo; los encuentra en las cosas celestiales, en el conocimiento del Padre revelado en el Hijo. ¡Esta agua no solamente satisface, sino que llega a ser una fuente que brota para vida eterna, en lugar de un corazón sediento y que nunca se sacia!

Bajo la humildad profunda con la que Jesús se presenta a esta mujer, vemos aparecer su divinidad. Le había dicho: «Si conocieras el don de Dios», y ahora le dice: «El agua que yo le daré». Él sí se la puede dar, porque es Dios al tiempo que es el más humilde de los hombres. La mujer comprende que Jesús no le ofrece agua del pozo; entonces le dice: «Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla» (v. 15). Ella simplemente quiere ahorrarse algún trabajo; no puede comprender de qué agua se trata, porque «el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios» (1 Corintios 2:14).

Hasta aquí el Señor ha procurado ganar su confianza; la samaritana ha hallado en él benevolencia y bondad; no la trata como lo hubiese hecho normalmente un judío. Su corazón es atraído por un poder que ella ignora: el de la gracia que emanaban los labios del Hombre divino (Salmo 45:2). «La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo». La gracia empieza por abrir el camino hacia la verdad que expone a la luz del día el triste estado del hombre. Sin ella, este huiría de la presencia de Dios.

Jesús no sigue hablando a la mujer del agua que le ofrece; va a hacer lo necesario para que pueda recibirla. Todo es obra suya, lo cual caracteriza la actividad del Señor en este evangelio, ya que el hombre es considerado en la absoluta incapacidad de su estado natural. Jesús va a poner a esta mujer en presencia de la luz divina; la conducirá allí mediante la conciencia, facultad de distinguir entre el bien y el mal, la cual el hombre obtuvo después de haber pecado. (Satanás dijo a Eva: «Seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal», Génesis 3:5). En el estado en que Dios había puesto al hombre al principio, no había ni bien ni mal que distinguir. La inocencia es, pues, el estado en que no se tiene conciencia del bien ni del mal.

Para que la conciencia sea útil, debe ser iluminada por la Palabra de Dios; sin ello se puede endurecer hasta el punto de no producir ningún efecto. Bajo la acción de la luz divina, el pecador ve su culpabilidad, su perdición, y puede aceptar la gracia. Para producir este efecto en la mujer, Jesús le dice: «Ve, llama a tu marido, y ven acá. Respondió la mujer y le dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad» (v. 16-18). Por su respuesta, Jesús pone a la mujer en la plena luz de Dios. Ella se encuentra frente a Aquel ante cuyos ojos «todas las cosas están desnudas y abiertas» (Hebreos 4:13). Por eso responde: «Señor, me parece que tú eres profeta» (v. 19). Comprende que su interlocutor le está hablando con autoridad divina, como los profetas. Pero estos hablaban de parte de Dios; en cambio, Jesús es Dios. La Palabra resalta esta diferencia en los primeros versículos de la epístola a los Hebreos: «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» (o en el Hijo), es decir, que Dios estaba hablando en él. La palabra de Jesús alcanza la conciencia de la samaritana, la obra de Dios se cumple en ella, como se ve en los versículos 28 y 29, cuando ella dice a los hombres de la ciudad: «Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho». Jesús, evidentemente, no le ha revelado todos sus actos, pero ella comprende que él los conoce todos y, en esta luz, siente su entera culpabilidad. No se necesita mucho tiempo para ello. En pocas palabras, el ladrón de la cruz se condenó totalmente. En el camino a Damasco, Saulo de Tarso, hombre sin reproche en cuanto a la ley, se vio, en un instante, como el mayor de los pecadores, y fue salvado. Pero, por la gracia de Dios, en esta luz se obtiene el perdón de todo lo que ella descubre.

6.3 - El lugar donde se debe adorar

Al comprender que se encuentra en presencia de alguien que le habla de parte de Dios, la mujer procura informarse respecto al lugar donde se debe adorar. «Nuestros padres adoraron en este monte», dice ella señalando el monte Gerizim, «y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar» (v. 20). A pesar de su triste vida, ella experimenta necesidades de orden religioso; quiere saber más. Gracias a Dios, tiene ante sí a Aquel a quien desea adorar, revelación de Dios como Padre, quien, por medio de él, busca adoradores. Jesús le responde: «Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren» (v. 21-23).

La pregunta de la samaritana brinda a Jesús la ocasión de revelar la verdad respecto al culto que Dios desea. No había bajado del cielo para volver a traer al pueblo extraviado al culto de Jehová, como los profetas habían intentado hacerlo. Jerusalén y el templo, pertenecientes al sistema legal, son puestos de lado como lugar de adoración. Dios el Padre se da a conocer a todos sin distinción alguna.

Los samaritanos, con su religión de tradición, no sabían lo que adoraban; no era a Dios y tampoco a los ídolos propiamente dichos. Los judíos, por el contrario, lo sabían; ellos adoraban al verdadero Dios en contraste con los ídolos del paganismo. Pero ni los unos ni los otros conocían a Dios como Padre. Dios es Espíritu; esa es su naturaleza; por lo tanto no tiene forma. De ahí que a los judíos les estuviera prohibido hacer imagen para representarle (Deuteronomio 4:12, 15-16, 23). En el templo Dios permanecía oculto detrás del velo, y el hombre no podía acercársele; pero, en su Hijo, Dios es revelado como Padre, y como tal quiere ser conocido y adorado: en espíritu, según su naturaleza, y en verdad, tal como ha sido revelado en su Hijo, expresión de todo lo que Dios es: amor y luz. Ello excluye todas las formas exteriores de cualquier culto. Para adorar es preciso estar en una relación de vida con Dios como Padre. ¿Cómo se llega a ello? El Padre busca adoradores de verdad; la necesidad de su corazón le hace obrar. Quiere ser conocido en su amor infinito; por este conocimiento forma a los adoradores. Los busca en (a través de) la persona de su Hijo y los hace aptos para adorar en una relación establecida con él según toda la verdad de lo que él es. Para ello era necesario que la samaritana recibiese a Jesús; que bebiese el agua viva que él le ofrecía, que creyese lo que él decía. «Créeme», dice, «que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre». ¡Qué revelación más preciosa para esta pobre mujer! No la excluye de este culto, y tampoco a ningún samaritano, como se les privaba del culto judío en Jerusalén; le dice: «Adoraréis al Padre». Desde el momento en que «la hora» de la gracia es introducida, cada uno puede participar de este privilegio, excepto aquellos que se lo niegan a sí mismos al no creer.

La samaritana no comprende lo que Jesús le dice. Sin embargo, dispuesta a creer en las enseñanzas del Mesías, dice «que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas» (v. 25). Por eso Jesús le puede decir: «Yo soy, el que habla contigo». Ella no necesita más indagaciones. Su corazón se llena de luz. ¡Qué momento más precioso para el Salvador! Rechazado en Jerusalén por los judíos, puede derramar en este corazón sediento las aguas vivificadoras de la gracia. En esta mujer, a quien ha hecho consciente de su estado de pecado y quien se deja ganar por él y por sus palabras, encuentra un alma a la cual puede revelarle que él es el Cristo, mientras que a sus discípulos les prohíbe revelar esto a los judíos, «por su incredulidad» (Marcos 8:29-30). «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios» (1 Juan 5:1).

Por fe la mujer, y poco después los samaritanos, recibían de Jesús más que el conocimiento sobre el Mesías, con quien nada tenían que ver por ser samaritanos; les daba el agua de la fuente que brota para vida eterna; venían a ser adoradores del Padre.

Cuando los discípulos llegaron se asombraron al ver a su Maestro hablando con una mujer. «Sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿qué hablas con ella?» (v. 27). No podían penetrar en la obra que el Señor cumplía; los pensamientos de gracia del Padre, revelados en el Hijo a favor de todos, seguían siéndoles desconocidos. Con respecto a Jesús, solo pensaban en los judíos, quienes excluían a todos –salvo a ellos mismos– de las ventajas de Su venida.

La mujer dejó su cántaro, se fue a la ciudad y dijo: «Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será este el Cristo?» (v. 28-29). Aquí tenemos una prueba de la obra de Dios en la samaritana. Hacía poco ella evitaba el contacto con sus semejantes, a causa de su mala conducta; ahora va y les dice que ha encontrado a un hombre que le ha revelado todos sus hechos. Ella se había hallado en la luz de Dios, donde había visto muchos más pecados que los que los hombres de Sicar conocían de ella, porque lo que nuestros semejantes saben de nuestras faltas no podría compararse con lo que Dios nos hace ver en su propia luz. Si la samaritana podía hablar de todo lo que ella había hecho, era porque, en la luz, había visto la gracia que le había perdonado. Durante la época de la gracia, la luz y el amor, la gracia y la verdad son inseparables a favor de todo pecador. En el día del juicio, ante el gran trono blanco, la misma luz resplandecerá con todo su brillo y manifestará el espantoso estado de aquellos que comparezcan ante él sin la gracia que rechazaron en el tiempo en que Dios invitaba a los pecadores a ir a él para recibir el perdón de sus pecados.

Aquel tiempo, esa «hora» –de la cual el Señor dice: «Ahora es» (cap. 5:25)– transcurre rápidamente; es la hora de la gracia en la cual todavía estamos; que aquel que aún no la haya aprovechado se apresure a recibir el perdón y la paz, para llegar a ser adorador del Padre. Él sigue buscando. ¡Déjese atraer por esta gracia, lector, y no pierda su tiempo persiguiendo la felicidad en un mundo manchado y perdido!

Al llamado de la mujer, los hombres de Sicar salieron de la ciudad y vinieron a donde estaba Jesús.

6.4 - La cosecha

Los discípulos rogaban a Jesús que comiera. Si la mujer, como agua para beber solo conocía la del pozo de Jacob, los discípulos, en cuanto al alimento, solo conocían el que podían conseguir en Sicar. No comprendían con qué alimento su Maestro acababa de saciarse. Aún no lo conocían. En efecto, su alma había sido saciada con un alimento que los judíos le negaban con su incredulidad; lo había encontrado dando a conocer la gracia, el «don de Dios», a una pobre pecadora que lo había escuchado y había creído en él. Jesús les dijo: «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra»(v. 34).

El Padre lo había enviado a cumplir su obra de amor: salvar a los pecadores. Era uno con el Padre en este amor infinito. Su corazón se sentía feliz de satisfacer el de su Padre. En el Hijo había un amor que obedecía al amor del Padre. Él podía decir: «El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado» (Salmo 40:8). ¿Podríamos tener un Salvador más maravilloso? Halla sus delicias en revelar el amor que salva, que perdona, que conduce al pecador a Dios como un hijo muy amado, como un adorador del Padre, y cuando un pecador se deja alcanzar por este amor, Dios se regocija en el cielo, como vimos en el capítulo 15 de Lucas.

El Señor quiere hacer comprender a sus discípulos en qué consiste el trabajo que le proporciona tal alimento, al cual le gustaría asociarlos. Les dice: «¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega» (v. 35). El tiempo que Jesús pasaba en la tierra señalaba el término de la dispensación de la ley, durante la cual los profetas habían anunciado la venida del Cristo para traer la bendición a su pueblo. En efecto, sobre la base de la obediencia a la ley, ninguna bendición había podido obtenerse. Sus profecías –la de Juan el Bautista, muy particularmente– habían dado fruto, ya que muchos esperaban al Mesías en medio de la incredulidad de los judíos orgullosos. Esta espera se comprueba incluso en la persona de la samaritana y sus conciudadanos. En ese entonces varias personas tenían necesidades que no encontraban satisfacción alguna en el estado del pueblo. Esta espera del Cristo provenía de las siembras de los profetas: los campos estaban «blancos para la siega». Los discípulos, que servían como segadores, recogían fruto para vida eterna. Sembradores y segadores se gozarían juntos, puesto que habían trabajado en vista del mismo resultado. Jesús les dice: «Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores» (v. 38). El principio es el mismo cuando se trata de una conversión; se acostumbra decir que fulano se ha convertido por medio de tal persona o al leer un pasaje de la Biblia o un tratado. Esta persona ha cosechado donde otras han trabajado a menudo durante mucho tiempo, porque el trabajo de Dios en un alma generalmente no se efectúa en un día. Para ello frecuentemente Dios emplea a varios obreros, y llama durante mucho tiempo por diferentes medios. Pero, ocurrida la conversión, el que cosecha y los que han sembrado se regocijan juntos por los resultados de su cooperación.

6.5 - Los samaritanos

«Muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho» (v. 39).

La samaritana nos muestra otro ejemplo de los medios que Dios emplea para la conversión de los pecadores. Ella poseía una felicidad que no podía guardar para sí. ¿Cómo había llegado a esa situación? Al encontrarse en presencia de un Hombre que, bajo el efecto de la gracia y la verdad, le había descubierto su vida de pecado. Ese Hombre debía ser el Cristo prometido y esperado. Este testimonio tan sencillo y verdadero produjo, en quienes lo oyeron, el mismo efecto que en ella; creyeron por su palabra. Cada uno puede predicar el Evangelio sin estar especialmente dotado para ello; basta haberse convertido y contar su conversión. Los samaritanos vinieron a Jesús; tal es el efecto de toda predicación del Evangelio. Hay que ir a Jesús. El verdadero ministerio de la Palabra conduce hacia él: los creyentes, para nutrirse de su persona, y los inconversos, para recibir la vida eterna. «Venid a mí», dice Jesús a los que están trabajados y cargados. «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba» (cap. 7:37). «Le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días. Y creyeron muchos más por la palabra de él, y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo, el Cristo» (v. 40-42). Puestos en contacto con la fuente de la felicidad de la samaritana, lo que esta gente encontró en Jesús confirmaba las palabras de la mujer con un poder vivificador; su fe, así fortalecida, superaba lo que ella había captado de Jesús. La samaritana dijo: «¿No será este el Cristo?». Ellos dijeron: «Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo, el Cristo». Necesitaban un Salvador y no un Mesías, al cual, en realidad, no tenían ningún derecho. Encontraron a este Salvador. Jesús bien había dicho a la mujer: «La salvación viene de los judíos», y era para todos, para el mundo entero, como Juan lo dice a menudo. Es «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (cap. 1:29). Vino «para que el mundo sea salvo por él» (cap. 3:17). Es el pan que «da vida al mundo» (cap. 6:33). Da su carne «por la vida del mundo» (v. 51). Es «la luz del mundo» (cap. 8:12), etc. Estas expresiones muestran el pensamiento de Dios al dar a su Hijo; pero, para obtener los resultados de la venida de Jesús, se necesita la fe, siempre individual. La salvación pertenece a todo el que cree. Pero Dios hizo lo necesario para que todos los que forman el mundo sean salvos por medio de la fe.

6.6 - Los galileos

Después de los dos días pasados con los samaritanos, Jesús reanudó su camino hacia Galilea (v. 43), siendo consciente de que allí no sería honrado como lo fue en Sicar. Testificaba que «el profeta no tiene honra en su propia tierra». Aunque no trabajaba con ese propósito, sino para cumplir la voluntad de su Padre, no era insensible al desprecio que la gente le manifestaba, por eso siempre procuraba hacer el bien. Su corazón humano experimentaba, con una perfecta sensibilidad y un pleno conocimiento, todo lo que era propio tanto para entristecerle como para regocijarle; pero nunca se dejaba gobernar por sus sentimientos, por perfectos que estos fuesen. Cumplir la voluntad de Dios su Padre, que era la de dar a conocer su gracia a los pecadores, tal era el móvil de toda su vida. De paso podemos decir que no se honraba a Jesús haciéndole cumplidos, o por medio de brillantes recepciones, como se hace con un hombre cualquiera, sino recibiendo su palabra como lo hicieron los samaritanos. No hay nada que honre mejor al Señor que creerle y obedecerle.

Cuando llegó a Galilea, los galileos le recibieron, «habiendo visto todas las cosas que había hecho en Jerusalén, en la fiesta» (v. 45). Muy pronto se nota una diferencia entre los galileos y los samaritanos: los galileos le recibieron porque habían visto unos milagros; los samaritanos, por causa de su palabra. Los milagros pueden producir una convicción momentánea, rápidamente disipada bajo el efecto de las circunstancias, pero la fe en la Palabra de Dios da la vida eterna. Los samaritanos se mostraban superiores a aquellos que habían tenido al Señor entre ellos y habían participado de los privilegios del pueblo de Israel; porque los galileos subían también a la fiesta. El Señor aludió a la fiesta de la pascua, mencionada al final del capítulo 2, en la que varios creyeron en su Nombre, cuando contemplaron los milagros que hacía; pero no se fiaba de ellos.

La fe es la que salva; pero la fe en la palabra de Dios.

«Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Romanos 10:17).

Si los milagros fueran necesarios para creer, ¿quién sería salvo hoy en día? Dios seguiría haciéndolos si fuesen necesarios; pero, gracias a Dios, basta la Palabra. Al citarla a un corazón moribundo, a un hombre aislado en la angustia, lejos de toda intervención humana, un pasaje puede efectuar en él la obra de Dios.

Jesús hacía milagros en el mundo para demostrar al pueblo que él era el Mesías. Fue lo que mandó decir a Juan el Bautista cuando este tuvo alguna duda al respecto (Mateo 11:5-6). Los apóstoles y ciertos discípulos también hicieron milagros después de la ascensión del Señor, como señales para los incrédulos, mostrándoles el poder de Dios por medio del cual el cristianismo se establecía en el mundo. Actualmente el cristianismo está establecido, por lo tanto los milagros ya no son necesarios. Pero hay almas por salvar en medio de la cristiandad; estas pueden serlo por la fe en la Palabra de Dios, porque esta Palabra no ha sufrido alteración alguna desde que convirtió a los primeros cristianos; ella sigue teniendo todo su poder para cumplir la obra de la salvación en todo el que cree. Los únicos milagros a los que la cristiandad puede pretender hoy en día son el «gran poder y señales y prodigios mentirosos» de los cuales Pablo habla en 2 Tesalonicenses 2:9. Una de las señales del final de la dispensación actual, muy evidente en nuestros días, es la necesidad de ver milagros y hacerlos, mientras se va poniendo de lado la Palabra de Dios. Los hombres no se dan cuenta de que esto es una astucia del enemigo para apartarlos de la fe y hacerlos perder; los atrae hacia sí sin que se den cuenta de ello, y la mayoría de las veces con un lenguaje que imita al de las Escrituras; así los coloca sutilmente en el error, para que crean en la mentira, hasta el momento en que, como juicio, Dios enviará «un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad» (2 Tesalonicenses 2:11-12). Se trata de aquellos que serán dejados en la tierra cuando el Señor venga para llevar a los creyentes.

Es necesario, pues, estar sobre aviso respecto a esa obra de seducción, porque a menudo se presenta con la apariencia de la verdad y al mismo tiempo forma parte del «misterio de la iniquidad» que ya está en acción. No debemos dejarnos apartar del único medio de salvación dado por Dios para todos los tiempos: la fe en la Palabra de Dios.

6.7 - La curación del hijo de un noble

Volvemos a encontrarnos en Caná, donde Jesús había cambiado el agua en vino. El hijo de un noble estaba enfermo y su padre rogó a Jesús que descendiera para sanarle. Jesús respondió: «Si no viereis señales y prodigios, no creeréis» (v. 48). Esta respuesta no se dirigía personalmente al padre, sino al pueblo al que este padre representaba, el cual solo creía cuando veía milagros, como los galileos, en contraste con los samaritanos que creían la Palabra de Jesús. El oficial insistió para que Jesús desciendiese antes de que su hijo muriera. Jesús le dijo: «Ve, tu hijo vive. Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue» (v. 50). Aprovechó la presencia y el poder del Señor sobre la misma base que los samaritanos: creyó. Reforzó esta fe a continuación, cuando oyó a los siervos venidos a su encuentro decirle que su hijo vivía. Supo que la fiebre le había dejado en la hora séptima, es decir, en el mismo momento en que Jesús le estaba diciendo: «Ve, tu hijo vive». Merced a esta maravillosa comprobación, «creyó él con toda su casa» (v. 53). Los milagros refuerzan la fe; la palabra de Dios la produce.

«Esta segunda señal hizo Jesús, cuando fue de Judea a Galilea» (v. 54). El agua cambiada en vino, primer milagro, simboliza el gozo que el Señor traerá con el establecimiento del reino en gloria, cuando el nuevo Israel haya sido purificado por las aguas de la aflicción por las que habrá pasado. La «segunda señal» es figura de lo que Jesús cumplía en la tierra. Este hijo enfermo representa el estado del pueblo judío en aquel momento. Estaba a punto de morir, pero la vida era dada allí donde había fe para aprovechar la presencia del Señor. La multitud del pueblo no aprovechó eso; pero, donde había fe, los efectos de la gracia se producían. Hay otras figuras del estado del pueblo, como por ejemplo la hija de Jairo. Esta representa el pueblo que muere por haber rechazado a Jesús, quien va, no para sanarla, sino para resucitarla moralmente (Ezequiel 37).

La primera señal tuvo por efecto que los discípulos de Jesús creyesen en él, cuando vieron su gloria. Mediante la segunda, otros creyeron en él, y sus vidas contrastaban con la de la nación que iba a perecer porque no creía.

7 - Juan 5

7.1 - Junto al estanque de Betesda

«Después de estas cosas había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén» (v. 1). Los capítulos 5, 6 y 7 comienzan con estas palabras: «Después de esto», o «después de estas cosas», refiriéndose a cosas que son revelaciones importantes de los pensamientos de Dios traídos por el Señor. Estas verdades, siempre presentadas en contraste con la ley y el estado del hombre bajo esta ley, forman el tema particular de los capítulos 4 a 10.

En el capítulo 4 vimos a Jesús dando a conocer a Dios como Aquel que da y que busca adoradores. Estos, a su vez, le conocen como el Padre que se manifiesta en Cristo, el Salvador del mundo, y no solamente de los judíos. En el capítulo 5 se ve a Jesús como el Hijo de Dios que vivifica al hombre muerto en cuanto a Dios. En el capítulo 6 tenemos a Jesús, el Hijo del Hombre, el pan de Dios venido del cielo para dar vida al mundo, lo cual requería su muerte. Por eso es necesario alimentarse de su carne y beber su sangre para tener vida eterna, esto es, creer en un Cristo muerto. Todas estas verdades fundamentales del cristianismo constituyen «estas cosas», reveladas en orden en este evangelio.

Jesús subió a Jerusalén. No sabemos qué fiesta celebraban. Pero el Señor encontró un triste cuadro del estado del pueblo. Había «cerca de la puerta de las ovejas (para esta puerta, véase Nehemías 3:1; 12:39), un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos. En estos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua» (v. 2-3). Dicha multitud expresaba bien el estado del pueblo judío, semejante al de todo hombre ante Dios. Ya hemos mostrado que cada una de las enfermedades que el Señor sanaba era figura de un aspecto del estado del hombre caído: la incapacidad de andar, de ver, de hablar, de oír, según el pensamiento de Dios. Sabiendo que su pueblo estaba sujeto a todas estas enfermedades, Dios se había presentado a él como el que sana (Éxodo 15:26; Salmo 103:3). Fiel a lo que él es y pese a toda la infidelidad del pueblo desde el principio, Dios todavía obraba en misericordia respecto a este (Betesda significa «casa de misericordia») enviando, en ciertas épocas, un ángel para mover el agua de este estanque. «Y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese» (v. 4). Dios se sirve de los ángeles como agentes a favor de su pueblo terrenal bajo el régimen de la ley. Son «espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación» (Hebreos 1:14). Actualmente Dios también los emplea a favor de los suyos. Si todos estos lisiados representaban el estado en el cual el pecado ha colocado al hombre, había uno, entre todos, que tipificaba de modo particular el estado del hombre bajo la ley. Era un desgraciado, lisiado desde hacía treinta y ocho años. ¿Por qué, pues, pese a hallarse tan cerca de un medio de curación tan seguro, permanecía en el mismo estado sin aprovecharlo? Porque el remedio que la bondad de Dios ofrecía exigía fuerza por parte de aquel que quería valerse de ese recurso. Ahora bien, lo que precisamente caracterizaba la enfermedad de ese desdichado era la ausencia de fuerza. Así como su estado es el de todo hombre bajo la ley, el medio de curación de Betesda ilustra esta ley. Por medio de ella Dios exigía del hombre: «Haz esto, y vivirás», pero nadie ha podido cumplirlo. El pecado quitó a todo hombre la capacidad de hacer el bien, a pesar de todas sus pretensiones, e incluso sus buenos deseos. Dejar al hombre al lado de este medio sin intervenir de otra manera a su favor significaba su perdición eterna. Para sacarlo de allí se necesitaba un poder que operase fuera de él. Esto hizo Dios al enviar a su Hijo a este mundo. Viendo a este hombre acostado allí, y sabiendo «que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano? Señor, le respondió el enfermo, no tengo quién me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo» (v. 6-7). Esta respuesta resume con exactitud su triste condición. No solo él mismo era incapaz, sino que tampoco encontraba ayuda en los que lo rodeaban, porque todos tenían bastante que hacer por su cuenta. Del mismo modo, el hombre natural no puede cumplir la ley (Romanos 8:7) y no encuentra a nadie para ayudarle, pues todos carecen de esa capacidad; por tanto en la tierra no hay recurso alguno. Esta demostración fue hecha por Dios durante los cuatro mil años de prueba que precedieron la venida de Cristo a este mundo, la cual tuvo lugar, como dice el apóstol en Romanos 5:6, «a su tiempo», «cuando aún éramos débiles». El terreno estaba dispuesto para el despliegue del poder de Dios en gracia.

Jesús dijo al enfermo: «Levántate, toma tu lecho, y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado,y tomó su lecho, y anduvo» (v. 8-9).

Uno podía esperar que Jesús ofreciera su ayuda a este hombre. Dios había favorecido a su pueblo de todas las formas posibles; lo había puesto en condiciones materiales excepcionales, le había dado su ley, había habitado en medio de él, le había enviado sus profetas, pero ninguna de estas circunstancias favorables había dado resultado alguno; así quedaba demostrada la incapacidad del hombre. En cuanto está colocado bajo una responsabilidad, fracasa en todo. Por eso vino Jesús, para cumplir todo a favor del hombre incapaz. Para este paralítico no bastaba solo la ayuda del Salvador; por eso no le «ayudó», como tampoco quiso enseñar a Nicodemo bajo la ley (cap. 3). Dios no puede servirse del hombre natural, porque en él no hay nada servible. Todo movimiento, todo poder, debe venir de Dios. Su palabra, por ser la Palabra de Dios, basta para comunicar la fuerza de la cual carece totalmente todo pecador. «Al instante aquel hombre fue sanado». Lo mismo se aplica respecto a la conversión de un alma. «El que cree en el Hijo tiene vida eterna». ¿Por qué? Porque es Dios quien lo dice. Tiene fuerza, como la tuvo el paralítico para levantarse, andar y llevar su cama.

¡Qué gracia más maravillosa, de parte de Dios, es el don de su Hijo! Sin su venida todos pereceríamos lejos de él. ¡Esto debería inducir a aquellos que aún buscan en sí mismos alguna fuerza o bien, a apartar sus pensamientos de ellos mismos para fijarlos en Jesús! Aún hoy Dios dice a cada uno: «¿Quieres ser sano?». Él mismo trae, por medio de su Palabra, lo necesario para sanar la terrible mordedura del pecado y para vivificar, como lo vemos a lo largo de este capítulo.

7.2 - Los judíos y el sábado

Jesús había obrado esta sanidad un día de reposo; por tanto los judíos, viendo al paralítico llevar su cama, le dijeron: «No te es lícito llevar tu lecho». El sábado, como lo hemos dicho varias veces en nuestras meditaciones precedentes sobre los evangelios, era la señal del pacto de Dios con su pueblo terrenal (Éxodo 31:13). Por ese medio Dios mostraba su deseo de hacer participar al pueblo de Su descanso. Pero este descanso implicaba la obediencia a los mandamientos de Dios; nadie podía disfrutar de él de otra manera. Se podía observar el sábado, pero no su verdadero significado. Mientras el pecado estaba allí, quitaba al hombre el verdadero descanso, aunque este quería descansar con el pecado. El hombre todavía busca este reposo, pero no puede obtenerlo sin Cristo, sin la actividad del amor del Padre y del Hijo, como lo veremos más adelante. Dios es amor y quiere la felicidad de su criatura; encuentra su satisfacción en hacerla feliz, y en esto trabaja ahora.

El hombre sanado respondió a los judíos: «El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda». Los judíos querían saber quién le había dado esa orden. No le preguntaron: ¿Quién te ha sanado? Como eran duros de corazón, poco les importaba que ese hombre hubiera sido sanado o no, con tal que se observase el sábado. Estos judíos orgullosos comprendían bien que, si se hacía a un lado el sábado, así como todo el sistema al que pertenecía, también lo serían ellos. Era, pues, su condenación; por eso se aferraban tanto al sábado y a las ordenanzas legales que les daban alguna importancia. El paralítico no sabía a quién debía su curación. Jesús se había retirado en el acto, por causa de la muchedumbre. Pero lo volvió a encontrar en el templo, y le dijo: «Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor» (v. 14). Sabemos que los judíos, estando bajo el gobierno directo de Dios, llevaban como castigo la paga de sus pecados; Jesús deja, pues, a este hombre bajo tal gobierno. Esta curación no incluía el perdón eterno de sus pecados; pero podemos pensar que lo obtuvo más tarde, después de haberse relacionado con Jesús de manera tan maravillosa.

Cuando supo quién lo había sanado, fue a decirlo a los judíos, quienes persiguieron a Jesús y procuraron matarle. Este hombre probablemente no había imaginado las consecuencias de ese acto; a causa de su miserable y aislada existencia, sin duda ignoraba con qué odio los judíos perseguían a Jesús.

7.3 - El trabajo del Padre y del Hijo

Jesús respondió a los judíos: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo» (v. 17). ¡Preciosa declaración! Dimana del amor infinito de Dios, quien se revela como Padre en su Hijo muy amado. Puesto que todo el trabajo del hombre es vano, si no es para llevarle al juicio, Dios obra para sacarle de su estado de pecado.

Después de los seis días de la creación, Dios vio que todo lo que había hecho «era bueno en gran manera», y descansó el día séptimo. Pero cuando el pecado entró, todo se estropeó. El hombre, obra maestra de la creación, cayó en el sufrimiento y la muerte; por consiguiente no hubo reposo ni felicidad. Dios hubiese podido aniquilar todo lo que había creado, para quitar de delante de sí al hombre y la creación manchada; pero esta primera creación era provisional; Dios tenía en vista unos cielos nuevos, una tierra nueva y hombres perfectos para habitarla eternamente. Por eso tuvo que volver a obrar. No podía descansar viendo sufrir al hombre, incapaz de salir de la terrible condición en la cual el pecado lo había colocado. Su amor quería hacerle feliz. He ahí la obra que el Hijo efectuaba en comunión con su Padre, quien no le permitía permanecer inactivo el día sábado. No podía disfrutar del descanso en medio de una escena de pecado y sufrimiento. Una vez cumplida la obra de Dios, cuando todos los santos sean introducidos en su «reposo» (Hebreos 4:3, 9-11), Dios «descansará en su amor» (Sofonías 3:17, V. M.). Todos cuantos se hayan beneficiado con ello se encontrarán en el estado definitivo y eterno, introducidos en el reposo de Dios.

En vez de alegrar a los judíos, la respuesta de Jesús creó un motivo nuevo para tratar de matarlo, porque «no solo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios» (v. 18). Ellos habían llegado, con razón, a la conclusión de que, si Jesús llamaba a Dios su Padre, era o pretendía ser una sola cosa con él. Como respuesta a su indignación, Jesús expone toda la verdad en cuanto a su unión con su Padre y respecto al trabajo que cumplía. Si por un lado Jesús era verdaderamente Dios manifestado en carne, por otro también obraba en la dependencia de Dios. El Padre y el Hijo, aunque distintos, no eran dos personas independientes. El Hijo, expresión del amor del Padre, hacía, en perfecta obediencia, lo que el Padre le prescribía. Les dice: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente» (v. 19). De esta manera las obras del Hijo, igual que sus palabras, son las del Padre; ello agravaba la culpabilidad de los judíos, quienes no recibían a Jesús. Muchos pasajes presentan esta unidad de acción del Padre y del Hijo (entre otros: v. 36, cap. 7:17; 8:26-29; 10:25, 37-38; 14:10-11, etc.). Jesús prosigue en estos términos: «El Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis» (v. 20).

Jesús acababa de sanar al lisiado de Betesda; pero aún estaba lejos de ser todo lo que el Padre quería que fuera, porque este hombre sanado permanecía sujeto a la ley y bajo las consecuencias del pecado. Se necesitaba una liberación mayor que esa a favor del hombre perdido, una obra que asombraría a los judíos: la resurrección de Lázaro la manifestó. «Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida. Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió» (v. 21-23). Los judíos no podían negar que Dios tenía poder para dar vida a los muertos, puesto que creían en la resurrección en el día postrero. Por tanto el Hijo, siendo uno con el Padre, también vivificaba a quien quería. Además los judíos sabían que habría un juicio; pero debían aprender que este sería ejercido por el Hijo, a quien ellos despreciaban, porque el Padre le había entregado todo el juicio, para que todos honrasen al Hijo como al Padre. Los judíos pretendían honrar a Dios rechazando a su Hijo, quien era uno con el Padre. Dijeron al ciego que había recuperado la vista: «Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es pecador» (cap. 9:24). Antes de la venida de Jesús, los judíos honraban a Dios, objeto de su culto; lo conocían como el único Dios verdadero, pero solo de labios y con corazones muy alejados de él, como lo dice en Isaías 29:13. Desde que Jesús manifestó en la tierra a Dios Padre, no se podía honrar al Padre sin honrar al Hijo, puesto que el Padre y el Hijo son uno. Hoy todavía se concede a Dios la divinidad, la omnipotencia, la infinita sabiduría, pero se niegan estas cosas al Hijo, aunque se le pone a la cabeza de los hombres destacados. Esa clase de honra muestra un desprecio tanto al Padre como al Hijo. Todos tendrán que doblar las rodillas ante él: «… para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla» (Filipenses 2).

Hay dos maneras de honrar al Hijo. Se puede creer en él durante la época de la gracia. Los judíos de aquel entonces, al igual que los hombres de hoy, ponían como excusa la humillación en la cual el Hijo de Dios vino a este mundo, para negarle el título y la honra que se le debía. Pero los que creen en él durante este tiempo reciben la vida y la paz; como tienen el corazón lleno de amor hacia el Hijo, le honran, se someten a él, le adoran, le atribuyen todas las glorias que posee y de las cuales es digno en este tiempo y por la eternidad. Pero los que no creen en él y discuten la divinidad de su persona, permanecen en sus pecados y serán obligados a honrarle un día. Doblarán las rodillas delante de él en el día del juicio (Filipenses 2:10-11).

Lector, ¿cómo desea usted honrar a Jesús? El versículo 24 nos dice cómo formar parte de aquellos que honran al Hijo como Salvador desde ahora: «De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida».

Es necesario, pues, oír la palabra de Jesús, la de Dios Padre, y creer, no simplemente en Dios, sino en Aquel que envió a su Hijo al mundo, cuando vio que el hombre era incapaz de ser salvo por cualquier otro medio. Es necesario creer en el Dios que amó de tal manera «al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito». Fíjese bien que no se trata de creer en él, sino de creer a Dios: creer lo que él dice y lo que hace. Creer en Dios es creer que existe; todos los judíos lo creían, pero esto no es lo que salva. El que oye y cree entra en posesión de tres cosas: tiene vida eterna, en contraste con la vida perecedera del hombre caído; en consecuencia, no entra en juicio, porque posee la vida con la cual no se puede vincular ningún pecado, ya que Jesús soportó el juicio en su lugar; y en tercer lugar, ha pasado de muerte a vida. Porque el hombre culpable no solo debe ser juzgado, sino que moralmente está muerto para Dios, muerto en sus delitos y pecados. La gracia de Dios ha respondido plenamente a todas las necesidades de nuestro miserable estado.

¿Cómo no creer, ya que esta sencilla fe nos asegura semejantes títulos para la eternidad?

7.4 - La hora actual

Acabamos de ver que la tercera cosa que obtiene la fe es pasar de la muerte a la vida. En el versículo 25 el Señor dice cuándo puede tener lugar este cambio: «De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán».

Esta hora, la del tiempo de la gracia, empezó cuando Jesús estuvo en la tierra, y se extiende hasta su próxima venida. Durante este tiempo, los que para Dios están moralmente muertos –situación de todo hombre no convertido– y oyen la voz del Hijo de Dios, son vivificados y pasan de muerte a vida. «Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo» (v. 26). Esta obra del Hijo se cumple todavía hoy, gracias a Dios, con perspectivas de conversión para todo el que oye la voz del Salvador. Uno puede razonar y decir: «¿Cómo puede el hombre ser responsable para creer, ya que está muerto?». Si solo fueran palabras humanas, ciertamente quedarían sin efecto; pero la palabra del Hijo de Dios puede ser oída por los muertos y darles vida, porque es palabra divina. Por eso Pablo dice a Timoteo: «Te encarezco… que prediques la Palabra» (2 Timoteo 4:2). Toda persona puesta en contacto con la Palabra de Dios puede ser salva. De ahí la importancia de predicar la Palabra de Dios, de hacer oír la voz del Hijo de Dios y no palabras de sabiduría humana, lo cual resalta la importancia que tiene escuchar y creer.

Si Dios ha dado a su Hijo potestad en la tierra, también le ha dado autoridad para juzgar, porque es el Hijo del Hombre. Tiene derecho sobre todos los hombres; vivifica a los que oyen y creen y, por consiguiente, juzgará a los que no quieren creer. Jesús juzgará como Hijo del Hombre porque se humilló y sufrió el desprecio en su naturaleza humana. Los hombres sacaron partido de su humildad, de su dulzura, de su mansedumbre, de su gracia, para humillarle más que a ninguna otra persona. Su Padre quiere que sea glorificado en la naturaleza en la cual conoció la humillación. Ejercerá juicios cuando haya acabado la actual obra de vivificación de los muertos; aparecerá en su gloria como Rey de reyes y Señor de señores para el juicio de los vivos y, después del reinado milenario, se sentará sobre el gran trono blanco para juzgar a los muertos.

7.5 - La hora venidera

Después de la hora actual de la gracia, en la cual los que oyen la voz del Hijo de Dios están vivos, viene otra hora: la de la resurrección de todos los que están en los sepulcros. «No os maravilléis de esto» –dice Jesús–, «porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación». Era asombroso ver a Jesús resucitar a Lázaro y vivificar a los muertos; pero se acerca la hora cuando el mismo poder hará salir de los sepulcros a todos los muertos. Fijémonos en que no dice, como en el versículo 25, que los que hayan oído la voz vivirán, sino que todos los que están en los sepulcros oirán la voz del Hijo del Hombre y saldrán. Hoy, cuando se predica el Evangelio, los que lo oyen y creen viven una nueva vida; los que no creen permanecen en su estado de muerte para Dios; continúan su vida «siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire» (Efesios 2:2); siguen ocupándose en sus cosas como si Dios jamás les hubiera hablado, incluso como si no existiese, y finalmente su vida en la tierra terminará con la muerte del cuerpo. En la hora que viene nadie podrá evitar los efectos de la voz del Hijo del Hombre. Todos los que estén en los sepulcros saldrán. Será día de gloria para los que hayan muerto en Cristo; semejantes a su Salvador, ellos entrarán en la gloria eterna. Pero será día espantoso para los que no hayan querido escuchar la voz del Hijo de Dios y hayan despreciado la gracia, prefiriendo los placeres efímeros de este mundo, por los cuales habrán cambiado una eterna felicidad. Una vez entrados en la muerte, convencidos de que todo se acaba con la vida actual, en el hades ya no se hacen ilusiones; saben que su suerte está fijada para la eternidad, en las tinieblas de afuera, esperando salir tan pronto se oiga la voz poderosa del Hombre Jesús, a quien despreciaron, para ser juzgados por él.

Los resucitados se dividen en dos clases: los que han practicado el bien y los que han hecho el mal. Los primeros saldrán para resurrección de vida, los otros para resurrección de juicio. Para practicar el bien, es preciso tener la vida de Dios, que se obtiene al oír y creer la Palabra vivificadora del Hijo de Dios. Sin esta vida es imposible hacer lo que es llamado «lo bueno» en el día de la condenación. Uno puede hacer muchas cosas buenas sin tener la vida de Dios; pero solamente se puede hacer «lo bueno», lo que cuenta en el día del juicio, si se posee la vida divina; solamente ella lo produce. Los que han hecho lo malo son aquellos que no poseen esta vida; la rechazaron porque se consideraban buenos tales como eran. Han olvidado que la medida del bien y del mal está en Dios, quien es luz. La Palabra de Dios trae esta luz al alma, a fin de que cada uno comprenda su estado de pecado y se beneficie con la gracia que da la vida. Lo malo es todo el fruto de la vieja naturaleza, así como lo bueno es el fruto de la nueva.

Si, de la resurrección, uno solo conociera lo que dicen los versículos 28 y 29, podría creer, como muchos lo hacen, que todos resucitarán en el mismo momento, y que entonces se hará una selección de los justos y de los injustos ante el tribunal. Así sucederá en el juicio del cual habla Mateo 25:31-46. El Señor juzgará a aquellos a quienes encuentre vivos cuando venga para reinar.

No obstante, la resurrección de vida está separada de la del juicio por un período de por lo menos mil años. Los justos salen de sus tumbas en primer lugar; por eso se dice, respecto a su resurrección, que es de entre los muertos, hecho absolutamente nuevo aun para los discípulos, quienes, como buenos judíos, creían en una resurrección general en el día postrero.

Por los escritos del apóstol Pablo sabemos que la primera resurrección se efectuará en varias etapas. En 1 Corintios 15, que solo trata de la primera resurrección, está escrito: «Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida» (v. 22-23). Cristo, el primero, ha resucitado de entre los muertos. Él obtuvo la victoria sobre la muerte después de haber sufrido el juicio en lugar de todos los que tomarán parte en la primera resurrección. Él se ha sentado a la diestra de la majestad en el cielo, esperando levantarse para resucitar a los santos dormidos y transformar a los vivientes (1 Tesalonicenses 4:15-18). A partir de ese momento y hasta la aparición de Cristo en gloria para establecer su reinado, todavía morirán creyentes de entre los judíos y los gentiles, fieles en medio de esos tiempos terribles de persecuciones para el remanente creyente. En la venida gloriosa de Cristo serán resucitados para reinar con él. Por eso el apóstol Pablo dice: «los que son de Cristo en su venida», la cual será con la Iglesia y los santos dormidos, o sea, su venida en gloria. En relación con esta última fase de la resurrección de entre los muertos es llamada la primera: «Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre estos» (Apocalipsis 20:6).

Notemos, además, que la primera resurrección termina al principio del reinado de Cristo, porque durante el milenio ya no mueren los justos; en aquel momento «sorbida es la muerte en victoria» (1 Corintios 15:54). Los que mueran durante el reinado de Cristo serán los malvados: «De mañana destruiré a todos los impíos de la tierra» (Salmo 101:8).

Ese gran poder lo ejercerá el Hombre a quien los judíos querían matar porque no observaba el sábado y decía que Dios era su Padre. Y, efectivamente, lo mataron colgándole en el madero maldito de la cruz. Pero, ¡qué momento para todos esos miserables cuando deban comparecer en juicio ante Él! Después de haberle despreciado como Salvador, deberán honrarle como Juez igual a Dios y reconocer la justicia de su eterna condenación.

Dios quiera que todos los lectores de estas líneas le honren ahora creyendo en él, y le adoren ya como Salvador y Señor, esperando hacerlo en la gloria con todos los redimidos.

7.6 - El cuádruple testimonio dado a Jesús

Jesús siguió afirmando que toda la realidad de su ministerio dimanaba de su absoluta dependencia de su Padre, cuya voluntad siempre hacía. De esta forma, rechazándole a él, se rechazaba al Padre quien le había enviado. Y como el conocimiento del Padre era el de Dios en gracia para dar la vida al pecador perdido, al rechazar a Jesús uno queda eternamente bajo las consecuencias de sus pecados.

Jesús dice a los judíos: «No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (v. 30-31). La dependencia del Señor, el Hombre perfecto, es presentada de manera conmovedora cuando dice: «No puedo yo hacer nada por mí mismo». Sin embargo, él sabía que era uno con el Padre, el Hijo eterno de Dios, Creador de los cielos y de la tierra. Él quiso revestirse de humanidad para revelar a Dios como Padre y realizar la posición del hombre perfecto, la dependencia respecto de su Dios y Padre, para cumplir su voluntad: «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad» (Hebreos 10:7).

Y lo hizo por obediencia, a fin de buscarnos en la muerte en la cual nuestra desobediencia nos había hundido.

Frente a la decisión de los judíos de no reconocerle como Hijo de Dios, no quiso dar testimonio de sí mismo (v. 31); pero invocó cuatro testimonios dados a su respecto. El primero (v. 32-35) es el de Juan el Bautista. No era que buscase el testimonio del hombre para su propia satisfacción, sino que se trataba de salvar a los hombres (v. 34). Les recuerda que habían enviado mensajeros a Juan (Juan 1:19-28) para preguntarle si él era el Cristo, y que Juan les había respondido negativamente, añadiendo que había uno en medio de ellos, desconocido por todos, cuya correa de la sandalia él no era digno de desatar. Aquel era el Cristo y, cuando fue manifestado, declaró que ese era «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo», luego declaró que Jesús era «el Hijo de Dios». A su vez Jesús dio testimonio respecto de Juan, diciendo: «Él era antorcha que ardía y alumbraba; y vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz» (v. 35). El pueblo se regocijaba al verse honrado por la presencia de un profeta, porque desde Malaquías –hacía unos cuatrocientos años– no había habido ninguno; pero aquel profeta anunciaba al Mesías y había sido enviado inmediatamente antes que él para presentarle al pueblo. Tal era el objeto de su ministerio, y no el de dar ocasión al pueblo de gloriarse a causa de él en medio de su estado de pecado. Así es que, para aprovechar el ministerio de Juan, era necesario recibir a Jesús, no solamente como Mesías, sino como Hijo de Dios. A pesar de este testimonio tan evidente, se negaban a recibirlo.

El segundo testimonio es el de las obras que Jesús cumplía: «Mas» –dice Jesús– «yo tengo mayor testimonio que el de Juan; porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado» (v. 36). Lo que Jesús hacía, nadie más podía hacerlo; todas sus obras llevaban el sello divino de amor y de poder. Los dos milagros cumplidos en Caná (cap. 2 y 4), la curación del paralítico de Betesda y todos los demás testificaban que Jesús era el enviado del Padre, que dependía de él y era uno con él.

El tercer testimonio es el del Padre mismo: «También el Padre que me envió ha dado testimonio de mí» (v. 37). En el bautismo de Jesús se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3:17). En el capítulo 12:30, cuando en respuesta a la oración de Jesús la muchedumbre cree oír un trueno o la voz de un ángel, les dice: «No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa de vosotros». Hablando de su Padre, el Señor dice a los judíos: «Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su aspecto, ni tenéis su palabra morando en vosotros; porque a quien él envió, vosotros no creéis» (v. 37-38). Si hubiesen tenido su Palabra morando en ellos, sin ver a Dios, lo cual es imposible, le habrían reconocido en todo lo que Jesús era. «A Dios nadie le vio jamás», había dicho en el capítulo 1:18; «el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer». Al no creer a Jesús, ni el testimonio dado por el Padre, ellos quedaban fuera de los efectos de la venida de Jesús en gracia y, en consecuencia, bajo el juicio eterno de Dios.

Las Escrituras presentan el cuarto testimonio. Jesús les dice: «Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida» (v. 39-40).

El gran tema de la Palabra es el Hijo de Dios. Pretender recurrir a esta Palabra y rechazar a Cristo como Hijo de Dios es absolutamente vano. Si el Señor no venía al mundo, todo lo que Dios quería respecto a la salvación del hombre no podía cumplirse: verdad importante que deben meditar los que hoy en día pretenden tener cierta fe en la Palabra de Dios, por lo menos en parte, y al mismo tiempo no creen en la divinidad de Cristo. Igualmente, no se puede tener ningún verdadero conocimiento de la Palabra si no se ve que Cristo es el gran tema de ella (Lucas 24:25-27, 44-45). La Palabra conduce a Cristo, el Salvador, y es Salvador porque es Hijo de Dios. Aquel en quien no se produce este resultado permanece en su estado de perdición. Es necesario ir a Jesús para tener la vida; si alguien se niega a hacerlo, está perdido. Observemos que Jesús dice: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida». Todos los que se pierdan se perderán por su propia voluntad, porque Dios ha hecho todo lo necesario para que cada uno pueda saber que el medio de salvación está en su Hijo Jesucristo, enviado por él al mundo. Frecuentemente se oye decir: «No puedo creer». Falaz pretexto para disculpar su determinada voluntad de no someterse a la Palabra de Dios. Los que emplean este lenguaje mostrarían mayor rectitud si dijeran: «No quiero creer». Nadie será juzgado por no haber podido creer, sino por no haber querido creer.

7.7 - Las consecuencias que se derivan de negarse a recibir a Jesús

Jesús había venido de parte de su Padre y, como acabamos de ver, el pueblo no había carecido de testimonios para recibirle con plena confianza; pero los judíos no lo querían. Como juicio, Jesús les anuncia que vendrá otro en su propio nombre y que a ese sí recibirán (v. 43). Aquel hombre, el anticristo, se levantará de entre los judíos incrédulos que hayan vuelto a su país, y será rey. Responderá plenamente a los pensamientos de los judíos apóstatas. Les traerá cosas que satisfarán las necesidades de sus corazones naturales, llenos de tinieblas y errores, y que les convendrán más que la palabra de Jesús, la verdad que les juzgaba. Hará grandes milagros por el poder de Satanás; estos serán reconocidos; en cambio, los que Jesús hacía en Nombre de su Padre los atribuían a los demonios. ¡Qué terrible consecuencia negarse a recibir al Señor! A ello se expone el mundo cristianizado, el cual, en el mismo tiempo, después del arrebatamiento de la Iglesia, también será envuelto por este poder engañoso para creer la mentira: «Por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos… a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia» (2 Tesalonicenses 2:10-12).

7.8 - Lo que impide creer

Jesús les dice todavía: «¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?»

No pensamos, a primera vista, que lo que impide creer es la búsqueda de gloria o de aprobación ajena; pero cuán cierto resulta esto. Los hombres nunca podrán aprobar los pensamientos de Dios; les son extraños y, sobre todo, los condenan, lo cual ellos comprenden perfectamente. Al hombre le gusta que se diga lo bueno de él; Dios no lo hace en absoluto; le dice que está perdido, pero le envía un Salvador. Ahora bien, como esto le quita importancia a sus propios ojos y a los ojos de sus semejantes, cuyos elogios busca, no lo admite. Entonces no cree a Dios, porque al hacerlo atrae sobre sí la desaprobación de los hombres, pues sabemos que la conversión no es el medio para ser bien visto en este mundo. En cambio, si uno busca la gloria que viene solo de Dios, su aprobación, ¡con qué felicidad recibirá sus palabras! Si en primera instancia estas juzgan al pecador mostrándole su triste estado, ello es con el fin de llevarle al Salvador e introducirle en el favor de Dios, dándole vida eterna y paz.

En el versículo 41 Jesús dice: «Gloria de los hombres no recibo. Mas yo os conozco, que no tenéis amor de Dios en vosotros». Jesús solo recibía gloria de su Padre, cuya voluntad hacía, buscando siempre la gloria del mismo. Debemos hacer igual en todo y permanecer al margen de la opinión ajena: «Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31). Si tenemos en nosotros el amor de Dios, podemos obrar de esta forma, porque el amor siempre conduce a hacer lo que agrada al que amamos. Los judíos no tenían el amor de Dios en ellos; para eso se requiere tener la vida de Dios. Cuando uno posee esta vida, aprecia lo que es de Dios, lo que le agrada, y puede rechazar lo que viene de los hombres. Unas disposiciones totalmente contrarias animaban a esos miserables judíos y a aquellos que no poseen la naturaleza divina.

7.9 - La Palabra escrita

Los judíos se jactaban de Moisés; esperaban en él, les dice Jesús; pero en el día del juicio será Moisés quien los acusará: «Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él» (v. 46). Moisés había dicho, entre otras cosas: «Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare» (Deuteronomio 18:18). Los versículos que siguen pronuncian el juicio sobre aquellos que no le escuchen.

Jesús también les dice: «Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?» (v. 47). Ya que los judíos no creían la Palabra escrita, inspirada por Dios, Jesús no se asombra de su incredulidad respecto a él. No era que sus palabras, las de su Padre, no fuesen de fuente y de autoridad divinas; pero él estableció la diferencia entre lo que está escrito para aplicarse en todo tiempo y la palabra hablada que tiene su valor solamente en el instante en que es pronunciada. Todo lo que Dios ha dicho a los hombres, por el medio que sea, tiene un valor divino; nada de ello ha de ponerse de lado. Pero no todo nos ha sido relatado; lo que lo ha sido y está consignado en los diversos libros de la Biblia constituye las Escrituras divinamente inspiradas. A través de ellas Dios nos ha revelado su pensamiento respecto a todo y para todos los tiempos. Todas las palabras de Jesús, referidas en las Escrituras, forman parte de la revelación de Dios, como «los escritos» de Moisés y todo lo que estaba escrito en aquel momento: «Estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre» (Juan 20:31).

Todas las palabras, todos los hechos de Jesús, eran perfectos, divinos, conformes a los pensamientos de Dios, y constituían el testimonio dado por él. Pero de eso no se nos refiere nada más que lo que sirve para la revelación de los pensamientos de Dios en todos los tiempos. Juan dice que si las cosas que Jesús hizo «se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir» (cap. 21:25).

Somos dichosos de poseer la Palabra escrita, palabra segura, divina, completa, a la cual no hay que añadir nuevas revelaciones, como algunos lo pretenden hoy. Ella es «la verdad». La verdad, se ha dicho, «es toda la verdad y nada más que la verdad».

El apóstol Pablo recibió las revelaciones de Dios para completar su Palabra (Colosenses 1:25-26). El Antiguo Testamento nos revela los caminos de Dios para con los hombres, y anuncia a Cristo como único medio de bendición para la tierra y los cielos, puesto que toda la actividad del hombre solo conduce al juicio. Los Evangelios presentan la persona y la obra del Cristo prometido; Pablo recibió las revelaciones concernientes a la Iglesia, la Esposa de Cristo, tema no revelado en el Antiguo Testamento. Después de que Jesús subió al cielo, también dio a Juan la revelación de los juicios por los cuales entrará en su reinado, asimismo la del juicio final y de todo lo que sucederá hasta la introducción de los nuevos cielos y la nueva tierra.

Dios nos ha comunicado, pues, todo lo que necesitamos saber hasta el momento en que seamos introducidos en la gloria. No se puede alterar impunemente nada de su Palabra (Apocalipsis 22:18-19). Esta es «inspirada por Dios» (2 Timoteo 3:16). No fue escrita por voluntad de hombre, «sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo» (2 Pedro 1:21).

Toda pretensión de dar cabida a nuevas revelaciones viene de Satanás, el enemigo, el asesino y mentiroso, quien continúa la obra que comenzó cuando dijo al primer hombre: «¿Conque Dios os ha dicho…?» (Génesis 3:1), para poner su palabra en lugar de la de Dios, palabra que, por desgracia, se escuchó y sigue siendo escuchada por aquellos que no se ciñen a lo que está escrito en la Palabra de Dios. Bendigamos a Dios por habernos conservado su Palabra para nuestra bendición presente y eterna, a pesar de todos los esfuerzos del enemigo para destruirla. Y creamos todos en ella con la sencillez de un niño.

8 - Juan 6

8.1 - La distribución de los panes

Lo que el capítulo precedente narra sucedió en Judea. Este capítulo nos traslada a Galilea, donde el Señor recorrió las orillas del lago de Genezaret, llamado aquí el mar de Galilea o de Tiberias.

Una gran muchedumbre seguía a Jesús a causa de los milagros que hacía con los enfermos; entonces él subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Después de relatar este hecho, y antes de continuar su narración, el evangelista nos dice: «Y estaba cerca la pascua, la fiesta de los judíos» (v. 4). El Espíritu de Dios intercala aquí la mención de esta fiesta. La razón de ello está en la segunda parte del capítulo, en la cual el Señor habla de su muerte en forma misteriosa (v. 51-57). Este capítulo habla de Jesús, el Hijo del Hombre, el pan de Dios enviado del cielo para dar la vida al mundo; pero para poder comunicar esta vida a otros, debía morir, muerte que es tipificada por la pascua.

El tema que viene a continuación presenta a Cristo y su muerte, antitipo [3] del maná y de la pascua, a los cuales reemplaza definitivamente, ya que cada capítulo de nuestro evangelio pone de lado todo el orden de cosas establecido para el pueblo judío y lo reemplaza por Cristo.

[3] Ver nota del capítulo 2, título La purificación del Templo, versículos 13-15.

A pesar de su rechazamiento y del odio del cual era objeto por parte de los judíos, Jesús cumplió, a favor de ellos, lo que las Escrituras habían dicho de él. En los versículos precedentes, al sanar a los enfermos respondía al carácter de Jehová en Éxodo 15, al final del versículo 26: «Yo soy Jehová tu sanador», yen lo que sigue obra según el Salmo 132:15: «Bendeciré abundantemente su provisión; a sus pobres saciaré de pan». Porque Jesús es el Jehová del Antiguo Testamento.

Al ver a la muchedumbre, Jesús dijo a Felipe: «¿De dónde compraremos pan para que coman estos?». Felipe respondió: «Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco» (v. 5-7). Jesús preguntó esto a Felipe para probarle, pues «él sabía lo que había de hacer»; quería ver si su discípulo contaría con el poder divino de Jesús o con los recursos humanos. Otro discípulo, Andrés, le dijo: «Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?» (v. 8-9). Felipe consideraba que no bastaría una gran suma, y Andrés veía la inutilidad de los recursos de que disponían. Hasta ese momento ni el uno ni el otro había comprendido que Jesús había venido a este mundo a causa de la incapacidad del hombre y la insuficiencia de sus recursos. Es lo que nos ha presentado el relato del paralítico de Betesda.

Tenemos una gran lección práctica que aprender de este relato. Cuando nos encontramos en presencia de una dificultad, ¿acaso no consideramos primeramente, como Felipe, que lo que necesitamos para hacer frente a ella está fuera de nuestro alcance? ¿O, como Andrés, vemos la insuficiencia de nuestros recursos, en lugar de decir al Señor, como Felipe tendría que haberlo hecho: «Nosotros nada podemos; pero Tú lo puedes todo»? Semejante confianza le honra, y el Señor no deja de responder a ella. Si bien Jesús no está personalmente con nosotros, no deja de estarlo en realidad, y con el mismo amor se ocupa de todo lo que concierne a sus muy amados. Así que, sea cual fuere la magnitud de las dificultades que encontremos diariamente en nuestro camino, contemos solo con él para enfrentarnos a ellas. Él dará al alumno la ayuda que este precisa para cumplir sus deberes, como también a una viuda el pan necesario para su numerosa familia. Él quiere que nuestra actitud sea la de personas que esperan confiada y apaciblemente su intervención, sin estar agitados, inquietos o dudando de él. Jesús dice: «Haced recostar la gente. Y había mucha hierba en aquel lugar; y se recostaron como en número de cinco mil varones». ¿Comprendemos lo que representa semejante muchedumbre sentada cómodamente en la hierba, esperando el pan, pero sin ningún recurso aparente? Solo el Señor sabía lo que iba a hacer. Si nos basta saber que el Señor sabe lo que quiere hacer respecto a cada una de nuestras dificultades, podremos esperar su intervención con toda calma y confianza.

«En quietud y en confianza será vuestra fortaleza», le dice a Israel en Isaías 30:15. Además, «bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová» (Lamentaciones de Jeremías 3:26).

«Tomó entonces Jesús los panes, y habiendo dado gracias, repartió a los que estaban recostados: y asimismo les dio de los pececillos, cuanto querían» (v. 11, V. M.). El Señor mismo distribuye; en los otros evangelios lo hacen los discípulos, porque allí la enseñanza es diferente. Se trataba de hacerles comprender su responsabilidad al recibir ellos mismos del Señor lo que precisaban para cumplir su servicio, mientras que en el evangelio de Juan se ve al Señor obrar él mismo, divinamente, en medio de la ruina y la incapacidad del hombre. Por orden del Señor los discípulos solo intervienen para recoger los restos, con los cuales llenan doce cestos, infinitamente más de lo que los cinco panes podían proveer. Podemos notar que el Señor no creó los panes; hubiera podido hacerlo, pero se valió de lo que el muchacho tenía. Esto nos enseña que, para sobrellevar nuestras dificultades, no debemos esperar tener todo lo que estimamos necesario, sino que nos bastará servirnos de lo que tenemos, por poco que sea, y el Señor, hoy como entonces, sabrá multiplicar esos recursos. La viuda de Sarepta no esperó a que la tinaja estuviera llena de harina para obedecer al profeta; un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la vasija se mantuvieron día tras día, sin otro aprovisionamiento (1 Reyes 17:8-16). Esto ejercita la fe; y aunque no sepamos cómo quiere hacerlo el Señor, debe bastarnos saber que él sí lo sabe. Fijémonos también en que la abundancia no autoriza el despilfarro; siempre debe aliarse con la economía y el orden. El Señor quiere que «no se pierda nada». Por eso envía a sus discípulos a recoger las sobras. Él es el modelo perfecto colocado ante nosotros en los más pequeños detalles de la vida. Se debe ser económico y cuidadoso para parecerse a él y agradar a Dios, y no para amontonar dinero en vista de la satisfacción propia.

Los hombres, al ver el milagro que Jesús había hecho, dijeron: «Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo» (v. 14). Ya hemos dicho que «el profeta» era aquel de quien Moisés había hablado en Deuteronomio 18:18 y quien, efectivamente, es el Cristo. Impresionados por la multiplicación de los panes, los hombres quieren apoderarse de él para hacerle rey, pero, sabiendo esto, Jesús se retira una vez más al monte, «él solo», nos dice en el versículo 15. Jesús, verdadero profeta y rey, no podía serlo por la voluntad del hombre, ni reinar sobre un pueblo no regenerado. Dios dice de él: «Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte» (Salmo 2:6). Es Dios quien le hace Rey, y en el momento debido aparecerá como tal, no para ser sometido a la aceptación o al rechazo del hombre, sino para establecer su reinado por su poder.

Mientras tanto Jesús se retira solo al monte. Cambia de posición y de oficio, se separa del pueblo, e incluso de los discípulos. Fue lo que ocurrió después de su resurrección. Se fue al cielo, no para reinar actualmente, aunque es Rey, sino para ejercer el sacerdocio en favor de los suyos que atraviesan este mundo tempestuoso sin él, como los discípulos en los versículos que siguen. Está escrito que se retiró «él solo», porque, hasta que venga a buscar a los suyos, es el único Hombre que está en el cielo. Luego vendrá con todos los suyos para reinar sobre la tierra.

8.2 - Los discípulos en la tempestad

«Al anochecer, descendieron sus discípulos al mar, y entrando en una barca, iban cruzando el mar hacia Capernaum». Era simbólicamente la tarde del día en que Jesús estaba en la tierra. Dejaba al mundo en la noche moral, la cual los hombres habían preferido a la luz venida en su persona, y subía en figura al cielo para ocuparse de los suyos que estaban «en el mundo… porque no son del mundo» (cap. 17:13-14). «Estaba ya oscuro, y Jesús no había venido a ellos. Y se levantaba el mar con un gran viento que soplaba» (v. 17-18). Si la noche tipifica el estado en el cual el mundo se mueve sin Dios, el mar agitado por el viento representa el poder de Satanás levantando al mundo contra los discípulos; es lo que caracteriza al medio en el cual la Iglesia se halla desde que Jesús subió al cielo y, sobre todo, el estado de cosas por las que próximamente atravesará el remanente judío. Pero el Señor vigila sobre los unos y los otros hasta el momento de su regreso. Su tiempo está contado y, en el momento previsto aparecerá para liberar los suyos. «Cuando habían remado como veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús que andaba sobre el mar y se acercaba a la barca; y tuvieron miedo» (v. 19). Jesús está por encima de todo, y puede andar sobre las aguas. Él es Jehová, quien «en el diluvio… se sienta» (Salmo 29:10). Para él no hay dificultad alguna.

¡Asombroso! Cuando los suyos le ven, sienten temor. Es lo que tendrá lugar en el caso del remanente judío al que los discípulos en la barca representan. El que viene para liberarles los llena de temor en un principio, porque es Aquel a quien ellos humillaron y rechazaron cuando vino a este mundo; por causa de él estarán angustiados. Vemos que ese mismo efecto se produjo en el caso de los hermanos de José, quienes son figura del remanente judío. Ante la presencia de su hermano, se llenaron de temor, hasta que comprendieron y juzgaron la gravedad de su pecado. Cuando la obra de arrepentimiento se operó en su corazón, José pudo decirles: «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien» (Génesis 50:20; 45:2-5). Jesús también dice a los suyos: «Yo soy; no temáis», como si dijese: «Soy siempre el mismo en mi amor para con vosotros». «Ellos entonces con gusto le recibieron en la barca, la cual llegó en seguida a la tierra adonde iban» (v. 20-21). Tan pronto como el Señor se haya reunido de nuevo con el remanente judío, la tormenta se calmará; el estado de confusión –el mar– se cambiará en un estado estable y organizado: la tierra, pues allí estará el «Rey de toda la tierra» (Salmo 47:7). Por eso no se dice que los discípulos pudieron proseguir su viaje apaciblemente, sino que la barca llegó luego a la tierra adonde iban, sin que se indique el camino que aún debían recorrer. Como el Señor está allí, el fin de los sufrimientos se ha alcanzado; es la plena liberación. Una vez más nos asombramos ante el cuidado con el cual la Palabra de Dios ha sido escrita. En pocas palabras y con la misma figura, presenta escenas diversas con una exactitud maravillosa. No son los sabios y los inteligentes de este mundo quienes pueden ver esta belleza, sino los niños, esto es, los que creen a Dios.

8.3 - Cómo hacer la obra de Dios

La muchedumbre, al ver que los discípulos se marcharon en una barca sin el Señor, también cruzó el mar para buscarle (v. 22-24). Cuando lo encontraron, le dijeron: «Rabí, ¿cuándo llegaste acá?». Era bueno buscar a Jesús, pero el valor de esta búsqueda dependía de los motivos que inducían a obrar; fue esto lo que el Señor sacó a relucir. Todavía hoy, si Jesús llenase de pan a las muchedumbres, muchos le buscarían. Jesús les dice: «Me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis. Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a este señaló Dios el Padre» (v. 26-27). Los judíos tendrían que haber buscado a Jesús porque habían visto los milagros que les probaban que él era el enviado de Dios; pero apenas se preocupaban por ello; solo pensaban en satisfacer sus necesidades naturales. Los hombres no han cambiado desde entonces. Si pudiesen obtener esta satisfacción de Dios, estarían contentos con él, mientras que si les presenta un Salvador, no quieren saber nada de él. Trabajan por el presente sin preocuparse por su porvenir eterno. Pero si los hombres no se preocupaban por ese porvenir, Dios sí; en su gracia lo hizo. Envió a su Hijo al mundo para darles vida eterna. Ofreció el alimento que permanece hasta en la vida eterna que dará el Hijo del Hombre. Este alimento –o carne– es él mismo, como lo veremos a continuación. Hecho Hombre, Dios le selló con el Espíritu Santo a fin de cumplir toda la obra para la cual le envió.

«Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado» (v. 28-29).

La respuesta del Señor resume toda la diferencia que existe entre la ley y la gracia. Bajo la ley era preciso hacer. Bajo la gracia es necesario creer. Si el hombre hubiese podido hacer las «obras de Dios» al obedecer la ley, no habría sido necesario que Jesús viniera a este mundo para traer vida, puesto que el hombre habría podido vivir por sus propios medios. Su presencia en la tierra demostraba la incapacidad del hombre. Es, pues, a Jesús a quien se debe ir; se debe creer en él como enviado de Dios con el propósito expreso de dar vida. Pero no hay nada que desagrade tanto al corazón natural como creer y aceptar a Cristo como su Salvador. Esto lo humilla, lo pone a un lado, le hace sentir su impotencia, su nulidad. Por eso los que interrogaban a Jesús buscaron inmediatamente un pretexto para no creer. Le dijeron: «¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obra haces? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer» (v. 30-31). Esta pregunta manifiesta plenamente la voluntad de no creer. Al principio del capítulo, la muchedumbre iba en pos de Jesús para ver los milagros que hacía. Ellos mismos habían sido saciados de pan milagrosamente; le buscaban a causa de ello; pero, tan pronto como les habla de creer en él para tener la vida, todas estas manifestaciones de poder ya no les dicen nada; se ponen a razonar. Bien había dicho el Señor a los judíos: «No queréis venir a mí para que tengáis vida» (cap. 5:40). Al recordar que Moisés había dado el maná a sus padres, consideran a Jesús muy por debajo de este eminente siervo de Dios; pero el Señor aprovecha esto para establecer toda la verdad de lo que él es como pan de vida y, por consiguiente, Su superioridad.

8.4 - El pan de Dios

«De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. Le dijeron: Señor, danos siempre este pan» (v. 32-34).

Aunque venía del cielo, el maná no era el pan de Dios enviado para comunicar vida, ni a los judíos y menos aún al mundo. Los israelitas murieron después de haber comido el maná; en cambio, el pan de Dios da vida eterna. Los judíos no comprendieron el sentido de las palabras de Jesús; ellos hubiesen querido pan que no les costara nada. Solo pensaban en la vida material, igual que la samaritana, quien deseaba tener agua que la eximiese de ir a sacarla del pozo. Sin fe la mente del hombre no puede salir del círculo estrecho en el cual se mueve. Sin inteligencia en cuanto a las cosas de Dios, no las recibe.

Jesús añade: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás (v. 35).

Al dar vida, el pan de Dios capacita al creyente para disfrutar de las cosas divinas; estas llegan a ser el alimento de su alma, de manera que ya no tiene hambre ni sed de las cosas del mundo. Pedro dice que, al participar de la naturaleza divina, uno ha «huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia» (2 Pedro 1:4). El corazón, los sentimientos están en otra parte, siempre plenamente satisfechos; en cambio, el corazón natural nunca está satisfecho con las cosas de la tierra; su codicia es insaciable y, si obtiene lo que desea, ello excita en él la necesidad de tener más. Siempre tiene, pues, hambre y sed. Para no anhelar más las cosas de este mundo, se necesita no solamente tener la vida, sino nutrirse de la Palabra de Dios. «Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación» (1 Pedro 2:2). Si el creyente no se nutre de las cosas de Dios, los gustos naturales pronto vuelven a aparecer, y busca las cosas de este mundo bajo las diversas formas que el enemigo tiene a su disposición. Así pierde la felicidad que le pertenece, la comunión con el Señor y, sobre todo, le deshonra.

Jesús declara a los judíos: «Mas os he dicho, que aunque me habéis visto, no creéis» (v. 36). Ellos habían visto al Señor y los milagros que había hecho, los cuales tendrían que haberles convencido; pero no lo querían. En su estado natural el hombre se opone a Dios; rehúsa ir a Cristo. Si Dios no obrase en gracia para con el hombre, ninguno vendría a él. Esto es lo que Jesús dice luego: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (v. 37-38). Al ver a los hombres en su estado de perdición, incapaces de salir de él y sin voluntad para hacerlo, el Padre, Dios revelado en gracia, envió desde el cielo a su Hijo para salvarlos. Pero ellos no quieren ir a él; una vez más es Dios quien tiene que llevarlos a su Hijo, quien comparte los pensamientos de gracia y amor del Padre y recibe a todos aquellos que el Padre le envía, sean quienes sean: groseros pecadores, blasfemos, burladores. Todos cuantos vienen a él son bienvenidos. Él los salva y los hace felices desde ahora y por la eternidad. Tal es la voluntad de su Padre; para eso lo ha enviado; su felicidad es cumplirla.

«Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero» (v. 39). Jesús quiere cumplir de manera perfecta toda la obra que el Padre le ha dado que hacer. El que ha comido el pan de vida todavía puede morir en cuanto a su cuerpo y, aunque su espíritu esté en presencia del Señor, no es así como Dios quiere a sus muy amados redimidos, a saber: el cuerpo enterrado y el espíritu en el cielo. El Padre les ha dado al Hijo, cuerpo y alma, tal como había creado al hombre. El Hijo no quiere perder nada de lo que el Padre le ha dado; se ocupará, pues, tanto del cuerpo como del alma; por eso los resucitará en el día postrero para presentarlos a Dios en un estado de perfección.

Si el versículo 39 nos muestra la voluntad de Dios, la cual el Hijo debe cumplir, el versículo 40 nos dice cuál es esa voluntad con respecto a cada uno: «Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero» (v. 40). Los judíos no veían en Jesús más que al hijo de José (v. 42); no discernían en él al Hijo de Dios. Lo mismo sucede hoy en día con todos cuantos no ven en Jesús más que un hombre perfecto, ejemplar, modelo de la humanidad; no disciernen al Hijo de Dios y, ya que no creen en él como tal, no pueden ser salvos. La fe que salva es la fe en el Hijo de Dios enviado desde el cielo para salvar al pecador, muriendo en su lugar. Toda otra creencia en Jesús deja al hombre en su estado de perdición eterna. Fijémonos también qué clase de gente el Padre ha dado al Hijo para salvar enteramente: se trata de cualquiera que discierne al Hijo y cree en él. Uno puede razonar y decir: «Si Dios no me ha dado a su Hijo, no puedo ir». Mas, ¿para quién lo dio si no para «todo aquel»? Todos, pues, tienen la responsabilidad de ir. Solo el que fuese a Jesús y se viese rechazado por él podría decir que el Padre no le ha dado al Hijo. Ahora bien, sabemos que nadie ha sido rechazado por Jesús y que nadie lo será jamás.

Una vez más los judíos empezaron a murmurar porque Jesús había dicho: «Yo soy el pan que descendió del cielo. Y decían: ¿No es este Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo, pues, dice este: Del cielo he descendido?» (v. 41-42). Ver no sirve para nada; es preciso creer. Ellos veían en Jesús al hijo de José y María, mas no al Enviado de Dios. Tal como el ciego del capítulo 9, no veían con los ojos naturales si no se lavaban en el estanque de Siloé, que quiere decir «Enviado». Para eso se necesita ser enseñado por Dios y creer. Jesús les respondió: «No murmuréis entre vosotros. Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí» (v. 43-45). Nuevamente vemos que se requiere la intervención de Dios para que un hombre pueda beneficiarse con el medio dado para la salvación. Oír de parte del Padre y aprender de él significa dejarse ganar por la gracia del Hijo venido a la tierra para revelar al Padre. Todo el que haya comprendido su estado de pecado no puede encontrarse en presencia de Aquel que ha revelado a Dios en gracia sin ser atraído hacia Él; entonces ya no razona sobre la humanidad de Cristo, sino que es feliz de asir la mano del Salvador que le atrae hacia Él. Isaías había anunciado que, para bendición de Israel en los últimos días, ellos serían enseñados por Dios. Esperando aquel momento, cada uno podía disfrutar el mismo privilegio y beneficiarse con la venida del Hijo del Hombre en gracia; aun cuando debía morir, Jesús le resucitaría en el día postrero. Jesús lo afirma cuatro veces (v. 39-40, 44, 54). Si el reinado de Cristo se hubiese podido establecer en seguida, los que creían en él no habrían pasado por la muerte. Mientras tanto, él volvería al cielo y, hasta su retorno, los creyentes que hayan de dormir no tendrán nada que temer. Él los resucitará para que disfruten de las cosas celestiales y gloriosas, infinitamente más preciosas que su reinado sobre la tierra, de lo cual ellos disfrutarán igualmente con él, asociados con él en su posición celestial.

Jesús afirma nuevamente que el que cree en él tiene vida eterna (v. 47). No es posible, pues, obtenerla por otro medio; para eso vino. No dice: «tendrá vida eterna», sino que «tiene», desde el momento de creer, no porque sienta en sí que tiene la vida, sino porque cree.

8.5 - La vida en la muerte de Cristo

Los padres habían comido el maná en el desierto, y luego habían muerto. Jesús es el pan descendido del cielo, «para que el que de él come, no muera». El Señor ya no se sirve de las expresiones «el que a mí viene», «el que cree en mí», como en los versículos precedentes; aquí habla de comer. Él era el pan de vida que hacía falta comer. «Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo» (v. 48-51). Después de haberse presentado vivo en la tierra como objeto de la fe, habla de su muerte, necesaria para que su venida fuese eficaz; porque si subía al cielo sin morir ni pasar por el juicio de Dios que el pecador merece, toda su vida en la tierra no podía salvar ni a un solo hombre. Por eso no dice solamente que es necesario creer en él tal como era en la tierra, sino que se debe comer su carne. Ahora bien, no se puede comer un ser viviente. Sin su muerte no podía ser comido, espiritualmente hablando, por supuesto. En esta muerte el hombre natural encontró su juicio y su fin, pero, por la gracia de Dios, también encontró la vida eterna que Dios no podía dar si el hombre pecador permanecía en sus pecados; era necesario que el juicio pronunciado por Dios se ejecutara. Si hubiese caído sobre el culpable, esto habría significado la muerte eterna; para salvarle de esta última, Jesús, el Hijo del Hombre, tomó sobre sí, en la cruz, la condición del hombre. Hecho pecado, llevó los pecados; sufrió el juicio que le estaba reservado; desde entonces la vida, la suya propia, es la porción de aquel que come su carne, la que dio no solo por la vida de Israel sino por la vida del mundo.

Contrariamente a lo que había ocurrido con el maná, que no había impedido morir a quienes lo habían comido, el que se alimente espiritualmente de un Cristo muerto por él, vivirá eternamente. Aun teniendo que «dormirse», ello no tocará en nada la vida eterna que posee: el Señor le resucitará en el día postrero.

«Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». Claro que era incomprensible y repugnante pensar en comer carne humana. El Señor no trató de sacarlos de su perplejidad; por el contrario, afirmó la gran verdad que enseñaba, de la cual depende la salvación de cada hombre. Les dice: «De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero» (v. 53-54). La sangre, separada de la carne, significa la muerte. Es necesario, pues, alimentarse de un Cristo muerto. Uno lo hace al comprender la necesidad de esta muerte, al apreciarla, al aceptar que era lo que nosotros habíamos merecido, que por ella hemos encontrado el fin de nuestro viejo hombre y de nuestros pecados, que a través de ella el Dios a quien habíamos deshonrado y ofendido ha sido glorificado, plenamente satisfecho. Jesús participó de nuestra naturaleza humana [4] para poder morir; en esto fue hecho inferior a los ángeles, a causa de la pasión de la muerte (Hebreos 2:9). Dejó esta vida por nosotros, pecadores; vida perfecta, sin mancha, el único sacrificio que podía satisfacer las exigencias del Dios tres veces santo; vida que había de comunicársenos, pero que no podía serlo sin la muerte de Aquel que se ofrecía en sustitución, en lugar del pecador, bajo el juicio de Dios.

[4] Es preciso no confundir la naturaleza humana –aquella es obra de Dios–, con la naturaleza pecadora. Esta es resultado del pecado. Es la voluntad opuesta a la de Dios. Cristo fue perfectamente extraño a ella; fue hecho semejante a nosotros, salvo en lo que se refiere al pecado.

Dios nos prohíbe comer sangre, porque la sangre es la vida; esta pertenece solo a Dios; el hombre no puede disponer de ella. Como ha encontrado en la muerte de Cristo el fin de la miserable vida en Adán, el creyente puede comer la carne del Hijo del Hombre y beber su sangre, para apropiarse la vida de Cristo que Dios le da a cambio de su manchada vida de pecador perdido.

Es importante presentar la muerte de Cristo como medio para poseer la vida eterna. Mucho se habla de Cristo hombre y de su vida de amor y abnegación, presentándolo como ejemplo a personas inconversas, pero al intentar seguir a este Modelo –lo cual es imposible sin la vida divina– jamás poseerían la vida, la que tan solo se obtiene por la fe en un Cristo muerto. Querer imitar a Cristo sin poseerle como vida es menospreciar la ruina absoluta del hombre pecador y el juicio que este ha merecido.

A continuación, el Señor enseña que no solamente es necesario comer su carne y beber su sangre para tener vida, sino que ese también es el alimento de los que ya poseen la vida, así como el israelita debía alimentarse del cordero pascual, cuya sangre le había puesto al abrigo del juicio. «Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí» (v. 55-57). El que se alimenta de Cristo posee la vida en común con él, puesto que él es su vida, así como la vida de Cristo es inseparable del Padre.

De ese modo la vida del cristiano es un don maravilloso que hace apreciar la gracia de Dios y su amor manifestado en Cristo, a cambio de su vida miserable de pecador perdido que finaliza en la muerte eterna.

«Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieronel maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente» (v. 58).

Este capítulo nos presenta, pues, a Jesús como Hijo del Hombre, pan de Dios descendido del cielo para dar vida al mundo, en contraste con el maná que solo había sostenido la vida del pueblo durante algunos años. Luego nos revela la muerte del Hijo del Hombre, verdadera pascua de la que se alimenta el creyente para vivir eternamente. En el capítulo 5 Jesús es el Hijo de Dios que da vida a quien él quiere. Aquí él es el Hijo del Hombre que muere para dar vida eterna.

8.6 - Los que se apartan de Jesús

En los siguientes versículos vemos que se puede seguir a Jesús, admirar sus palabras, impresionarse por sus milagros, en contraste con los que se oponen a Cristo, sin que por ello se crea en él con verdadera fe, sin que se acepte la única verdad que permite poseer la vida eterna. «Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?» (v. 60). Hacían alusión al hecho de comer la carne y beber la sangre del Hijo del Hombre. Uno puede, pues, querer tener a un Cristo que enseña, que alimenta a las muchedumbres, que hace milagros, a un Hombre modelo a quien se propone imitar, pero en cuanto su enseñanza toca el estado del hombre en Adán y muestra que toda su vida termina en la muerte, por lo cual Jesús tuvo que ir a la cruz y morir en su lugar para que tuviera vida, esta es una palabra dura. Es duro aceptar que el hombre orgulloso, en su estado natural, solo es bueno para la muerte. De esa forma desprecia la gracia; no puede admitirla tal como Dios la presenta, hoy como entonces, a pesar de su profesión de discípulo de Cristo. Se aparta (v. 66), porque si por un momento escoge a Cristo como Maestro, no quiere saber nada de él como Salvador.

Al saber que sus discípulos murmuraban por causa de sus palabras, Jesús les dice: «¿Esto os ofende? ¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero?» (v. 61-62). Había dicho que había bajado del cielo (v. 33, 42, 50). Luego habla de su muerte, pues daba su carne y su sangre como alimento. Todo eso los escandalizaba. Ahora les dice que volverá a subir adonde estaba anteriormente. ¿Qué pensarían de eso puesto que, rechazado, no podría establecer su reinado? Cuando la obra de redención fuese cumplida por su muerte, ya no tendría nada más que hacer en este mundo; volvería al cielo.

Luego Jesús explica que estas palabras no se debían tomar en sentido literal: «El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Pero hay algunos de vosotros que no creen» (v. 63-64). La carne no sirve, en absoluto, para comprender las palabras de Dios; solo es buena para la muerte. Las palabras de Dios son espíritu y son vida, solo se pueden entender por el Espíritu, cuya acción produce la vida; pero para eso se necesita creer. Desde el principio el Señor conocía a aquellos que no creían y a aquel que lo entregaría. A todos los había soportado con paciencia y amor; no los despidió; fueron ellos mismos quienes se apartaron cuando Sus palabras no se adaptaron más a su mentalidad natural. No eran de aquellos que el Padre había atraído hacia él (v. 65); la gracia por medio de la cual revelaba al Padre nunca les había conmovido. Desde entonces, muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él (v. 66). Jesús se dirige a los doce y les dice: «¿Queréis acaso iros también vosotros? Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (v. 67-69).

Los discípulos que se apartaron no eran de los doce apóstoles. El discípulo de cualquier maestro admite sus enseñanzas y las pone en práctica; puede cambiar de maestro según le convenga. Para ser verdadero discípulo de Cristo se debe tener la vida. Pedro responde en nombre de los doce, seguro de que todos comparten su fe en Jesús. Se daban cuenta de que precisaban la vida eterna y que solo la podían encontrar en él. Ellos creían y, por consiguiente, sabían que Jesús era una persona divina, el Santo de Dios. Solo la fe da una certidumbre positiva. Sin ella uno puede formular opiniones que luego abandona bajo la influencia de otras consideraciones; eso fue lo que tuvo lugar en aquellos que se apartaron; pero cuando Jesús y sus palabras son el objeto de la fe, hay certidumbre y convicción absolutas, porque estas descansan sobre una base divina y, por consiguiente, invariable. Cuán importante es esto hoy en día, cuando tan a menudo se oye decir, respecto a las verdades de la Palabra: «No admito», «no veo», «esta es mi opinión», «es mi manera de ver», y así sucesivamente; en vez de inclinarse ante la Palabra de Dios y decir: «Yo creo, yo sé». Jesús respondió a Pedro: «¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo? Hablaba de Judas Iscariote, hijo de Simón; porque este era el que le iba a entregar, y era uno de los doce» (v. 70-71). Pedro había hablado en nombre de los discípulos, pero no sabía quién era Judas; solo Jesús lo sabía (v. 64). Pedro podía pensar que ellos valían más que los que se retiraban, pensamiento que el Señor corregía al ejercitar su conciencia por medio de estas terribles palabras: «Uno de vosotros es diablo», aun cuando este, igual que los demás, había sido escogido por Jesús. Si el Señor nos concede la gracia de seguirle con certidumbre en el camino de la obediencia, siempre debemos desconfiar de nosotros mismos y mirar constantemente hacia él, a fin de ser guardados por él, sabiendo que nosotros mismos no tenemos fuerza alguna, siendo asimismo objetos de pura gracia. Solo a él le debemos lo que somos. Él nos guardará de deshonrarle si permanecemos confiados en su amor y su fidelidad.

9 - Juan 7

9.1 - La fiesta de los tabernáculos

Jesús permanecía en Galilea porque en Judea los judíos procuraban matarlo. No era que ellos pudiesen poner sus manos sobre él antes de que él mismo se entregara, sino que, como su hora aún no había llegado, se sustraía, de forma natural, al deseo asesino de ellos; porque nunca había obrado milagro alguno en favor propio. En el momento de morir, lo haría en obediencia a su Padre, y solamente entonces los hombres podrían poner las manos sobre él (v. 1).

La fiesta de los tabernáculos (o de las cabañas) se iba a celebrar; era un acontecimiento importante desde el punto de vista figurativo, porque tipificaba el establecimiento del reinado de Cristo, cuando el pueblo se gozará. En la institución de esta fiesta, en Deuteronomio 16:13-15, se lee: «Estarás verdaderamente alegre». Era la última fiesta del año; tenía lugar cuando todas las cosechas habían sido recogidas.

Había siete fiestas al año, enumeradas en Levítico 23: la fiesta de la pascua (v. 5); la de los panes sin levadura, o de los ázimos (v. 6-8); la de las primicias o primeros frutos (v. 9-14); la de las semanas o pentecostés (v. 15-22); la de las trompetas (v. 23-25); la del día de expiación (v. 26-32); y finalmente, la de los tabernáculos (v. 33-36), además del sábado, que se celebraba cada siete días, mientras que las otras fiestas eran anuales. Estas fiestas prefiguraban lo que Dios cumpliría para llevar a su pueblo a la bendición final. La base de todas ellas es la pascua, figura de la muerte de Cristo. La fiesta de los panes sin levadura dimanaba de ella, ya que es la ausencia de pecado –del que la levadura es símbolo– en los que se hallan beneficiados por la muerte de Cristo. La fiesta de las primicias tipificaba la resurrección de Cristo, primicia de aquellos que tienen una participación en Su muerte. Cincuenta días después tenía lugar pentecostés, fiesta que prefiguraba la reunión de aquellos que son los frutos de la muerte de Cristo, cuyo antitipo tuvo lugar mediante el descenso del Espíritu Santo sobre los creyentes reunidos cincuenta días después de la muerte del Señor. Lo que representaban estas cuatro primeras fiestas ya se cumplió. Desde pentecostés transcurría un tiempo bastante largo, sin fiestas, desde el tercero hasta el séptimo mes. Este intervalo corresponde al tiempo durante el cual Israel se halla dispersado entre las naciones y la Iglesia se reúne a continuación de pentecostés. Una vez arrebatada la Iglesia, Dios reanudará sus relaciones con el pueblo judío, las cuales se iniciarán con la fiesta de las trompetas o el memorial de «jubileo»: Dios reunirá otra vez a su pueblo diseminado, en vista de la bendición milenaria; pero esta no podrá realizarse sin una profunda obra de arrepentimiento, tipificada por la sexta fiesta, la de la «expiación», cuando el pueblo se afligirá –por lo menos el remanente– y reconocerá con dolor el haber rechazado al Mesías, cuando este se presente (Zacarías 12:10-14). Después de eso podrá celebrarse la fiesta «de los tabernáculos», la cual es figura de todo el gozo del pueblo restaurado, feliz bajo el cetro de Cristo.

En el capítulo 16 del Deuteronomio solo se mencionan tres fiestas, en las cuales todo hombre debía presentarse ante Jehová: la pascua, la de pentecostés y la de los tabernáculos. Según Lucas 2:42, se ve que los jóvenes podían subir a ella desde la edad de doce años.

Por medio de estas fiestas Dios mostraba su deseo de rodearse de los seres humanos en virtud de la obra que debía cumplirse, para que seres separados de él por el pecado pudiesen ser felices en su presencia, una vez purificados de toda impureza. Ello se realizará definitivamente en el estado eterno, cuando «el tabernáculo de Dios con los hombres» (Apocalipsis 21:3) esté en la nueva tierra. Mientras tanto Dios quiere que, en la tierra actual, haya un cumplimiento de ello durante el milenio, figura del cual es la fiesta de los tabernáculos. En la actualidad, Dios habita en la Iglesia por medio de su Espíritu.

El Señor vino a este mundo para cumplir las promesas; pero en este capítulo vemos que en el momento de la fiesta procuran matarlo, en lugar de regocijarse al ver en medio del pueblo a Aquel que había de introducir tan gloriosas bendiciones. Así es el hombre natural, sin inteligencia para comprender los pensamientos de Dios acerca de su propia felicidad. Incluso los hermanos de Jesús no creían en él. Querían que subiese a esa fiesta para que se manifestase ante el mundo mediante hechos milagrosos. Le dicen: «Sal de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces. Porque ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo» (v. 3-4). Jesús hacía milagros que testificaban lo que Dios era en gracia, pero santo en medio de un mundo culpable. Salvo algunas excepciones, esto avivaba el odio contra él, sobre todo el de los judíos, como lo vimos a propósito de la curación del paralítico de Betesda. Sin embargo, estos milagros debían probar que Jesús era el Mesías prometido. Sus hermanos deseaban ver manifestaciones de su poder que satisficieran el orgullo de los judíos en lugar de juzgarles. Ellos deseaban verle aprobado por parte del mundo, aclamado como rey, para recibir ellos también honra, más bien que el oprobio que alcanzaba a los hermanos de un hombre despreciado. Más tarde creyeron en él (Hechos 1:14; 1 Corintios 9:5; Gálatas 1:19). Pero, sin la obra de la regeneración Jesús no podía establecer su reinado sobre el hombre pecador, el cual, pese a tener las formas del culto divino, era enemigo de Dios. Todavía no había llegado el tiempo para ello; por tanto Jesús les respondió: «Mi tiempo aún no ha llegado, mas vuestro tiempo siempre está presto. No puede el mundo aborreceros a vosotros; mas a mí me aborrece, porque yo testifico de él, que sus obras son malas. Subid vosotros a la fiesta; yo no subo todavía a esa fiesta, porque mi tiempo aún no se ha cumplido» (v. 6-8). Para el mundo siempre es tiempo de celebrar fiestas religiosas. Se regocija por cualquier cosa; introduce hasta un matiz religioso en sus fiestas; pero el Señor está ausente de ellas, todavía rechazado, como también lo están aquellos que le conocen, porque no pueden regocijarse sin él. El Señor dice: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación» (Mateo 5:4), mientras que el mundo experimentará dolor por no haber recibido al Salvador.

Después de que los hermanos de Jesús salieron para la fiesta, él también se dirigió allí, pero secretamente. Durante este tiempo los judíos le buscaban. Había muchos rumores respecto a él; unos decían: «Es bueno». Otros: «No, sino que engaña al pueblo. Pero ninguno hablaba abiertamente de él, por miedo a los judíos» (v. 10-13). Su presencia preocupaba a cada uno y ponía sus conciencias en aprieto. Los judíos, viendo las disposiciones favorables de la «multitud» [5], dijeron que Jesús la engañaba (v. 47-49). Le odiaban a tal punto que la gente no se atrevía a hablar abiertamente de él, por miedo al oprobio. ¿Acaso no ocurre lo mismo hoy día, entre pueblos nominalmente cristianos?

[5] Esta palabra «multitud» designa a todos aquellos que no figuraban entre los judíos habitantes de Judea y de Jerusalén.

9.2 - Jesús en la fiesta

El Señor no concurrió, pues, a la fiesta por invitación de sus hermanos incrédulos, ya que en ese momento no podía manifestar su poder a favor de un pueblo arrepentido, como lo hará después del arrebatamiento de la Iglesia. Pero si subió luego, como en secreto, fue para proclamar, en el curso del último día de la fiesta –momento conveniente para hacerlo–, los privilegios de aquellos que creerían en él después de que él hubiera vuelto a subir al cielo.

Sin preocuparse por las disposiciones de los judíos a su respecto, cumplía la obra que su Padre le había encomendado. Enseñaba en el templo con la autoridad divina que le pertenecía. Los judíos se asombraban porque él no había cursado, como los rabinos, estudios que lo habilitaran para predicar. Y decían: «¿Cómo sabe este letras, sin haber estudiado?». Mucha gente estima que uno no sabría presentar la Palabra de Dios sin haber recibido instrucción formal, cuando lo que se necesita es leerla y creerla primeramente para comprenderla, medio por el cual Dios forma a aquellos a quienes él quiere llamar a su servicio. Jesús respondió a los judíos: «Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió. El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta» (v. 16-17).

Hay un medio muy sencillo para discernir la doctrina o enseñanza de Dios: tener el deseo de hacer su voluntad. Dios responderá a ese deseo mediante su Palabra, la cual instruirá y dirigirá con tal fin. Pero si, por el contrario, seguimos nuestra propia voluntad, no comprenderemos la Palabra de Dios, porque ella siempre se opone a la voluntad del hombre. Si los judíos hubiesen deseado agradar a Dios, la misma enseñanza del Señor les hubiera hecho comprender que él venía de Dios. Dios le daba las palabras que debía decir. Jesús no hablaba, pues, por su propia cuenta; tampoco buscaba su propia gloria, como sus hermanos lo hubiesen querido. Aunque era Dios manifestado en carne, como hombre siempre dependía de Dios –quien le había enviado–, cuya gloria buscaba (v. 18).

El odio de los judíos hacia el Señor se manifestó en ocasión de la curación del paralítico de Betesda, la cual tuvo lugar un sábado; los judíos procuraban, pues, matarlo (cap. 5:18). Por eso Jesús les dijo (v. 22) que ellos también quebrantaban la ley de Moisés al practicar la circuncisión un día sábado. «Respondió la multitud y dijo: Demonio tienes; ¿quién procura matarte?». La muchedumbre, llegada desde regiones ubicadas fuera de Judea, sin duda ignoraba que los judíos de Jerusalén procuraban matar a Jesús, según vemos en los versículos 25-26: «Decían entonces unos de Jerusalén: ¿No es este a quien buscan para matarle? Pues mirad, habla públicamente, y no le dicen nada». Aunque la multitud no manifestaba una oposición tan abierta como los judíos, sin embargo se inclinaba a favor de ellos, para odiarle y no creer en sus palabras.

La circuncisión formaba parte del orden de cosas legal que dejaba al hombre en su estado de pecado. Jesús, al venir a este mundo para sanarlo enteramente –esto es, para sacarlo de este estado– no hizo más que provocar su odio, como lo dice en los versículos 23 y 24: «Si recibe el hombre la circuncisión en el día de reposo, para que la ley de Moisés no sea quebrantada, ¿os enojáis conmigo porque en el día de reposo sané completamente a un hombre?». Jesús aludía a la curación del paralítico del estanque de Betesda. Uno no puede juzgar con justicia si rechaza al Señor, quien nos ha enseñado el pensamiento de Dios sobre todas las cosas. Sin este pensamiento no tenemos más que nuestra propia apreciación o la de los hombres, las que solo descansan sobre las apariencias.

Al ver que Jesús hablaba libremente, pese al deseo de los judíos de matarlo, estos se asombran y dicen: «¿Habrán reconocido en verdad los gobernantes que este es el Cristo? Pero este, sabemos de dónde es; mas cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde sea» (v. 26-27). Ellos miraban a los jefes, a sus conductores espirituales, para aceptar o rechazar a Jesús. Estos jefes tenían una gran responsabilidad, puesto que habían asumido el lugar de conductores y apartaban del Cristo a quienes lo escuchaban. Sin embargo, el pueblo también era responsable, porque Jesús hacía delante de todos lo necesario, en obras y en palabras, para que creyesen en él. Pero en vez de creer, razonaban sobre lo que Jesús era y sobre su lugar de origen. Para ellos, Jesús venía de Nazaret, y ellos pretendían ignorar de dónde vendría el Cristo, sin embargo, los jefes supieron decir a Herodes que nacería en Belén (Mateo 2:5). Todos estos razonamientos muestran que el corazón natural, hoy como en aquel entonces, no quiere nada de Cristo. Incluso los que están bajo la influencia de la verdad buscan toda clase de pretextos para no creer. Dirigiéndose a su conciencia, Jesús alzó la voz en el Templo y dijo: «A mí me conocéis, y sabéis de dónde soy; y no he venido de mí mismo, pero el que me envió es verdadero, a quien vosotros no conocéis. Pero yo le conozco, porque de él procedo, y él me envió» (v. 28-29). El Señor no creía en la sinceridad de la ceguera de ellos, pues sabía lo que había en sus corazones. Él sabía que sus conciencias se hallaban en aprieto ante todas sus obras y sus palabras, las cuales testificaban de su origen y decían lo que era. Terrible responsabilidad tener delante de sí al Hijo de Dios, el Salvador, y no tener nada que ver con él; responsabilidad que incumbe a todo el que lea estos relatos de la vida del Señor y no le reciba como su Salvador personal.

Aunque se jactaban de tener a Jehová por Dios, negándose a admitir a Jesús como enviado de Dios demostraban no conocer a Aquel que lo había enviado, mientras Jesús lo conocía y se acercaba a él. Como respuesta a la afirmación de los versículos 28 y 29, que tocaba sus conciencias en lo más vivo, procuraban matar a Jesús para acallar esa voz que les juzgaba. Pero «ninguno le echó mano, porque aún no había llegado su hora» (v. 30). Los hombres no podían apresurarla: el Señor se iba a entregar voluntariamente para cumplir la voluntad de su Padre en el momento indicado por él. Sin embargo, muchos creyeron en él y dijeron: «El Cristo, cuando venga, ¿hará más señales que las que este hace?». Este testimonio, que revela una fe poco profunda pero que contrasta con los pensamientos de la masa incrédula, bastó para que los fariseos y los jefes de los sacerdotes enviaran alguaciles para prender a Jesús. Sin conmoverse por el odio impotente de ellos, el Señor les dice: «Todavía un poco de tiempo estaré con vosotros, e iré al que me envió. Me buscaréis, y no me hallaréis; y a donde yo estaré, vosotros no podréis venir» (v. 33-34). Es como si Jesús les dijese: «No hace falta que os deis prisa para eliminarme; en el momento oportuno me iré». Volvería al cielo; nadie podría encontrarle, ni seguirle, salvo, más tarde, aquellos que creyesen en él. Los judíos pensaron que simplemente abandonaría Judea para ir a enseñar a los judíos dispersados entre los griegos. Su palabra los dejó perplejos. Lo que Jesús acababa de decirles era extremadamente solemne para el pueblo, porque su partida traería juicios terribles sobre ellos. Cuando Jesús estaba en medio de ellos, lo buscaban para matarlo y no para escuchar su palabra, salvo algunas excepciones, pero luego lo buscarían y no lo encontrarían. Entonces se cumpliría la palabra del profeta Amós: «He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová. E irán errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente discurrirán buscando palabra de Jehová, y no la hallarán» (Amós 8:11-12).

Vivimos en tiempos muy análogos con aquellos. Gracias a la paciencia de Dios, Cristo todavía es presentado como Salvador; pero los hombres encuentran toda clase de pretextos para no creer. Razonan sobre la divinidad de Jesús, sobre la inspiración de las Escrituras; miran hacia los jefes religiosos que han «estudiado» las letras; pretenden que la inteligencia con la cual Dios los ha dotado no les permite creer lo que no comprenden, olvidando que la inteligencia humana, por grande que sea, no puede comprender las cosas de Dios, pues le son locura (1 Corintios 2:14). Otros contemplan el andar inconsecuente de los cristianos. En todos los casos, la verdad es que no quieren creer. Hoy, como en tiempos pasados, en ciertos países se procura quemar las Biblias y hacer callar la voz de los testigos del Señor por medio de la persecución. No se desea oírlos. Eso llegará a ocurrir, porque el Señor vendrá para llevarse a los que creen; entonces podrán buscarlos, pero no los encontrarán. Nadie será capaz de enseñar la verdad; esta será reemplazada por el error, y aquellos que enseñen tal error lo harán con una energía satánica, la cual se está desarrollando rápidamente hoy en día.

Para no exponerse a vivir esos días, muy próximos a los nuestros, es necesario apresurarse a recibir al Señor como Salvador personal, creyendo en la palabra de Dios, la única verdad. Se debe creer primeramente para recibir, en ese mismo momento, el Espíritu Santo, por medio del cual uno puede comprender las cosas profundas de Dios.

9.3 - El último día de la fiesta

La fiesta de los tabernáculos duraba siete días, como la de los panes ázimos, pero además tenía un octavo día, llamado, en el versículo 37, el «gran día de la fiesta». Como ya hemos dicho, esta última fiesta del año prefiguraba el milenio que clausurará la historia del pueblo judío y del mundo. Después de esto llegará el estado eterno indicado por el octavo y último día de la fiesta. A partir de ese momento el tiempo ya no contará; la eternidad es un día sin fin.

A la espera de que se establezca el milenio, el Señor rechazado pone fin, por su muerte, a Israel según la carne y, por consiguiente, a todo el sistema legal bajo el cual vivía. Pasa el día sábado en la tumba. Como consecuencia, todo ha terminado para los judíos sobre la base de su responsabilidad, hasta que ellos miren a Aquel a quien traspasaron y le reciban para establecer su reinado.

Pero si bien el Señor pasa en el sepulcro el séptimo día del orden pasado, resucita el octavo día e inaugura, por su resurrección, un nuevo estado de cosas del cual este día llega a ser el primero. Es por eso que los creyentes celebran el primer día de la semana, y no el sábado, que era el último. Se comprende por qué el Señor, el octavo día de la fiesta, exclama: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva» (v. 37-38).

En medio de la muchedumbre que lo rechazaba, algunas personas no encontraban con qué satisfacer las necesidades de su alma; tenían sed. Si los tales venían a Cristo, él no les dijo que en seguida reinarían con él sobre la tierra, sino que les explicó lo que el Espíritu Santo sería para ellos durante el tiempo de su ausencia. Todos los que le recibieran durante aquel tiempo, disfrutarían de las bendiciones que el Espíritu Santo les traería en virtud de la muerte y glorificación de Cristo, puesto que él iba a volver a Aquel que le había enviado.

Solo Jesús puede satisfacer las necesidades del corazón oprimido bajo el peso de sus pecados y que no encuentra en este mundo nada que le dé felicidad o alivio, ni la religión de la carne ni los placeres mundanos. Por eso el Señor se levanta por encima de todo el sistema religioso que lo rechazaba y clama a los oídos de cada uno diciendo que es necesario ir a él para apagar la sed. Traía al hombre la felicidad que no halla su origen en el desierto de este mundo, sino en la verdadera Roca, Jesús, quien satisface a toda alma sedienta, antitipo de la roca herida de la cual brotaron las aguas que aliviaron al pueblo que moría de sed (Números 20:7-8; 1 Corintios 10:4). Fijémonos en que esta roca se hallaba en el desierto y no en Canaán. En medio del desierto de este mundo somos llamados a acudir a Cristo y a beber, único medio para ser felices y estar satisfechos en la tierra y por la eternidad. ¡Cada uno debe convencerse de ello!

Al decir: «De su interior correrán ríos de agua viva», el Señor hace resaltar que el que viene a él para beber, no solo se sacia, sino que incluso llega a ser un medio de refrigerio para otras personas. En la Palabra, el interior o las entrañas designan la sede de los sentimientos; allí se experimentan, en toda su sensibilidad, las impresiones más íntimas. Saciada su sed de Cristo –cuyo amor, gracia y perfecciones hacen vibrar las cuerdas más sensibles de sus sentimientos renovados–, el creyente puede comunicar a otros lo que ha sido de refrigerio para sus propias entrañas. El Señor no dice que estos ríos de agua viva fluirán de su cabeza, sede de la inteligencia, porque el conocimiento de la persona de Cristo no es un asunto de inteligencia. Es un alimento, saboreado por el corazón, que desarrolla los sentimientos espirituales; el disfrute que da produce la necesidad de comunicar a otros la verdadera inteligencia espiritual que procede siempre del corazón para el Señor. Pero, para que todo este juego de sentimientos espirituales se produzca, se necesita un poder que uno no posee sino por el Espíritu Santo. Es lo que dice el evangelista en el paréntesis del versículo 39: «Esto empero lo dijo respecto del Espíritu, que los que creían en él habían de recibir; pues el Espíritu Santo no había sido dado todavía, por cuanto Jesús no había sido aún glorificado» (V. M.).

El Espíritu aún no había llegado como persona, lo que solo podía efectuarse tras la glorificación de Cristo; los dos no podían estar personalmente juntos en la tierra. El Señor, como hombre, había recibido el Espíritu Santo al principio de su ministerio, pero, para que pudiese venir sobre otros, era necesario que la obra de redención se cumpliera y que el Señor entrase en su gloria para enviar desde allí el Espíritu Santo sobre los creyentes. Él venía a ser el poder de su nueva vida y les hacía participar del Señor, como lo dice en los capítulos 14 a 16 de este evangelio. Pero solo vino a este mundo por aquellos que creen, mientras que el Señor vino por todos.

Cuando Dios reanude sus relaciones con Israel, el Espíritu Santo desplegará sus efectos con poder para la bendición del pueblo, así como lo anuncian las Escrituras. Mientras tanto, los que creen en Cristo rechazado reciben el Espíritu. Después de pentecostés, los que veían a los discípulos bajo la poderosa acción del Espíritu pretendían que los tales estaban llenos de mosto. Pero Pedro les dice: «Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán…» (Hechos 2:17; ver Joel 2:28). En el versículo 39 de nuestro capítulo el Señor alude a un pasaje de Isaías 44:3: «Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos». Y también en el capítulo 58:11: «… y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan». En espera de estas bendiciones a favor del pueblo terrenal –cuando este haya creído en Aquel a quien rechazó– ellas son, de modo más elevado, la porción de quienes creen en el Señor durante su rechazamiento, porque el Espíritu Santo les hace disfrutar de un Cristo celestial, centro de bendiciones espirituales y eternas. Al hablar del Espíritu Santo que iba a enviar, el Señor dice: «… para que esté con vosotros para siempre» (Juan 14:16). Eternamente hará disfrutar a los creyentes de la persona de Cristo. Es precioso que haya cumplido y cumpla esta obra en la tierra, como consolador de los creyentes a quienes el Señor dejaba solos en el mundo que le había rechazado. Vale la pena ir a Cristo y beber, creer en él, para disfrutar de una felicidad espiritual, celestial y eterna, y llegar a ser un medio de bendición para otros, en medio de un mundo que no ofrece ningún regocijo al alma y que avanza rápidamente hacia la ejecución de los juicios pronunciados sobre él.

Las palabras de Jesús produjeron cierto efecto sobre la muchedumbre, lo que nuevamente dio lugar a una controversia sobre lo que él era. Unos decían: «Verdaderamente este es el profeta. Otros decían: Este es el Cristo. Pero algunos decían: ¿De Galilea ha de venir el Cristo? ¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Cristo?» (v. 40-42). Se razona, pero sin convicción, porque no hay fe. Todos tendrían que haber sabido por qué el Señor venía de Galilea, ya que José debió habitar allí cuando regresó de Egipto, a causa de la maldad de Arquelao (Mateo 2:22-23). La muchedumbre se divide a su respecto: «Y algunos de ellos querían prenderle; pero ninguno le echó mano» (v. 44). Los alguaciles enviados para prender a Jesús (v. 32) volvieron a donde los fariseos y los sacerdotes sin Jesús. «¿Por qué no le habéis traído? Los alguaciles respondieron: ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!». Las palabras de Jesús habían hecho bastante mella en ellos como para impedirles que le prendieran. Podemos entender que produjeron una verdadera fe en ellos. Irritados por esta respuesta, los fariseos les dijeron: «¿También vosotros habéis sido engañados? ¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos? Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es» (v. 47-49).

La respuesta de los fariseos caracteriza el espíritu del clero de todos los tiempos, el que se coloca entre Dios y los hombres. Esa gente quiere que uno acuda a ella para tener relación con Dios, en lugar de dejar que el alma esté bajo la influencia de la Palabra de Dios. Dios quiere tener relación directamente con el pecador. Él, es verdad, puede valerse para ello de intermediarios, pero que conduzcan a Él al hacer valer su Palabra, en vez de hacer valer sus propios pensamientos y no los de Dios. Los fariseos llaman maldita a la muchedumbre porque ella se permitía tener, respecto a Jesús, otra opinión que no era la de ellos. Alegaban que ella ignoraba la ley. Los jefes pretendían comprenderla, y se asombraban de que Jesús la conociera sin haber estudiado. Si ellos la hubiesen conocido, hubieran recibido a Jesús, como les dice en el capítulo 5:46-47: «Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?». La inteligencia humana sola no sirve de nada para estudiar la Palabra; hace falta la fe bajo la acción del Espíritu de Dios.

Nicodemo era uno de los jefes del pueblo, pero no compartía sus sentimientos y menos su odio. Les da este sabio consejo: «¿ Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho?». Atrae sobre sí esta respuesta de desprecio: «¿Eres tú también galileo? Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta» (v. 50-52). En esta respuesta se despliega el orgullo y las pretensiones religiosas. Según ellos, uno de los suyos o un profeta no podía venir de Galilea, como si Dios diera importancia al lugar de nacimiento del hombre. Estos desdichados fariseos ignoraban –o querían ignorar– que el profeta Jonás venía de Gat-hefer, en Galilea (2 Reyes 14:25), ciudad de la tribu de Zabulón (Josué 19:13). No hay nada que ciegue tanto como la necesidad de justificarse cuando se resiste a la verdad.

Para Nicodemo hubiera sido mejor no encontrarse entre esa gente; había recibido enseñanzas del Señor que tendrían que haberle llevado a romper con ellos. Al ir a Jesús de noche, no había tenido el valor de mostrarse de día y llevar el oprobio de Cristo. Como Lot, sin duda afligía su alma en un lugar de donde tendría que haber salido. Nos regocija volver a encontrarle cuando Jesús muere, no temiendo pronunciarse a su favor, honrándole juntamente con José de Arimatea, dándole una sepultura digna de Él, mientras su sepulcro se había dispuesto con los inicuos (Isaías 53:9).

En la posición de Nicodemo también se ve lo que la Palabra enseña en otra parte: para ser útil al Señor es preciso separarse del mal. Su consejo, mientras formaba parte del cuerpo de los fariseos y sacerdotes, quedó sin efecto. La Palabra dice: «Si pues se purificare alguno de estos, será un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y preparado para toda obra buena» (2 Timoteo 2:21, V. M.). Por todas partes se oye decir que no es necesario separarse del medio en el cual uno se halla para poder trabajar por el bien del conjunto. Dios dice lo contrario. ¿Quién tiene razón? La Palabra también declara: «Las malas compañías corrompen las buenas costumbres» (1 Corintios 15:33, V. M.). «Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado» (Salmo 1:1).

10 - Juan 8

10.1 - Jesús y la mujer adúltera

Después de todas las disputas respecto a Jesús al final del capítulo precedente, cada uno vuelve a su casa. En este mundo cada uno tiene su domicilio; pero del Señor se nos dice, en el primer versículo de nuestro capítulo, que se fue al monte de los Olivos, a donde a menudo se había retirado con sus discípulos. Fue allí donde soportó las angustias de Getsemaní y donde, poco después, la turba conducida por Judas se apoderó de él. Desde allí subió al cielo, y allí posará los pies –según la profecía de Zacarías 14:4– cuando venga para reinar (véase también Hechos 1:11-12). Sin duda pasó la noche en esta montaña, porque, al despuntar el día, se dirigió al templo. El monte de los Olivos está cerca de Jerusalén y domina esta ciudad, de la cual le separa el valle de Cedrón.

A pesar de la controversia de la noche anterior y del odio de los judíos que procuraban matarlo, Jesús se presentó tranquilamente otra vez en el templo para continuar su obra. «Y sentado él, les enseñaba». Su enseñanza, la presentación de la Palabra de parte de Dios, caracteriza este capítulo, para llegar a la terrible comprobación de que los judíos la rechazan, así como, en el capítulo siguiente, rechazan sus obras.

Mientras Jesús enseñaba, los escribas y los fariseos le trajeron una mujer que había cometido un pecado por el cual, según la ley, merecía ser apedreada. Según Números 15:30-31, cualquier persona que hubiere infringido uno de los diez mandamientos debía ser apedreada; era el pecado cometido por «soberbia»; solo había sacrificios para los pecados cometidos por error. Esos judíos religiosos, que siempre estaban buscando medios que les permitieran prender a Jesús en falta, pensaron ponerle en un grave apuro al traerle esta mujer; contaban con hacerle incurrir en contradicción, fuese con la ley o con la gracia que enseñaba. Le recuerdan que Moisés mandó apedrear a tales pecadoras, y le dicen: «Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle» (v. 5-6). La trampa parecía astutamente preparada; pero, quisieran creerlo o no, Aquel a quien estos desgraciados querían probar era Dios; aunque hecho Hombre, era Aquel «que prende a los sabios en la astucia de ellos, y frustra los designios de los perversos» (Job 5:13). Si Jesús aconsejaba apedrear a esa mujer, se oponía al carácter de gracia que él mismo manifestaba; pero si se pronunciaba a favor del perdón, entonces no reconocía la autoridad de la ley. Al principio no dijo nada. «Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo», como un hombre preocupado por otra cosa y no por lo que pasaba a su alrededor. Silencio embarazoso para sus interlocutores quienes, impacientes por lograr su objetivo, continuaron interrogándole. Entonces él «se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra» (v. 7-8). Los judíos invocaban la ley que pretendían observar, siempre afanosos por aplicar sus castigos a los demás sin ponerse ellos mismos bajo su autoridad. La ley no solo condenaba los pecados groseros que avergüenzan a la mayoría de los hombres; también castigaba en un mismo grado la codicia y otros pecados a los que el hombre considera leves. Ahora bien, ellos querían aplicar la ley a esta mujer, y con razón, pero esta misma ley también valía para ellos. Jesús la aplica, pues, a la conciencia de ellos con toda su fuerza; tenía el derecho de hacerlo, puesto que él mismo la había dado en el Sinaí. Volviendo a escribir en tierra, permite que la luz de su Palabra tenga el tiempo necesario para penetrar en la conciencia de sus interlocutores. Al no poder sustraerse al efecto de esta «luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (cap. 1:9), los que la rechazan como los que la reciben salen «uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros» (v. 9). Ellos justificaban lo que Jesús había dicho en el capítulo 3:19: «Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas». Todos ellos habían comprendido que, por no haber cumplido la ley, carecían de la fuerza necesaria para condenar a la acusada. Como temían ver sus pecados revelados en público, al igual que los de la culpable, se retiraron, primeramente los que se hallaban en falta por mayor número de años y cuya edad les hacía disfrutar de la consideración de cuantos les rodeaban. Pero ante Dios, «todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23). Sin embargo, si su estado de pecado se descubría, era en presencia de Aquel que venía a traer la gracia, porque manifestaba la luz de la vida; pero, para beneficiarse con ello era necesario escuchar a Jesús y creer en él.

«Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más» (v. 10-11).

El único que estaba sin pecado, en vez de arrojar la piedra contra ella, no la condenó. ¡Qué cuadro maravilloso de la gracia! Allí estaba el Juez de todos, pero venido a este mundo como Salvador. Como ninguno de los hombres había podido cumplir la ley que él había dado, él mismo venía para salvarles llevando sobre su propia persona el juicio merecido por los culpables; por lo tanto, no condena.

Los acusadores, bajo el efecto de la luz que descubría su estado de pecado, tendrían que haberse quedado junto a Jesús y haberle confesado sus faltas. Entonces habrían comprendido que no solamente la verdad había venido por Jesucristo, sino también la gracia. La verdad manifiesta el pecado del hombre; la gracia lo quita de delante de Dios y libera de él al culpable. Una sola persona se benefició con esto: precisamente la más indigna de todos, según el parecer de sus semejantes. En lugar de huir, ella permaneció en la cercanía de Jesús para oír esta palabra: «Ni yo te condeno». El Juez de vivos y muertos no la condenó. ¿Quién, pues, se atrevería a hacerlo? Desde entonces la gracia podía obrar en ella a fin de capacitarla para realizar lo que Jesús añadió: «Vete, y no peques más». Ella, de ahí en adelante, podía tener un conocimiento más amplio de la persona de Jesús, para seguirle como una de las ovejas que el buen pastor liberó del yugo de las ordenanzas y del juicio que había merecido (tema que se trata en el capítulo 10).

10.2 - Jesús la luz del mundo

Después de esta escena, Jesús siguió enseñando: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (v. 12).

Como ya lo hicimos constar, en este evangelio el Señor hace que su enseñanza se desprenda de los hechos relatados en él. La luz que alumbra a todo hombre acababa de brillar ante varias personas. Ello significaba vida para cualquiera que quisiese beneficiarse con ella, pero no será ese el caso ante el gran trono blanco (Apocalipsis 20:11-12) donde esta luz manifestará el estado de pecado de todos los que comparezcan allí para ser juzgados según sus obras. Los que querían probar a Jesús no aprovecharon esa luz, ya que se retiraron. El Señor entonces dice que el que le siga tendrá la luz de la vida, no solamente entre los judíos, sino en el mundo, hundido en las tinieblas de la muerte. Jesús vino por todos: esto es lo que caracteriza este evangelio. Aquí es «la luz del mundo». No dice que si el mundo le sigue, tendrá la luz de la vida, sino: «el que me sigue»; la recepción de la vida, la salvación, es individual.

¡Qué privilegio más grande tener la luz de la vida para andar en medio de un mundo hundido en las tinieblas! ¡Cuán importante es poseerla hoy! Las tinieblas morales, en las cuales vive el mundo desde la caída de Adán, envuelven cada vez más en su oscuridad mortal a la cristiandad, la que hoy más que nunca rechaza al Cristo cuyo nombre lleva. Todavía se oye su invitación: «El que me sigue… tendrá la luz de la vida». No se puede seguir a Jesús con un pie en el mundo y el otro con los que siguen al Señor. No se puede disfrutar por un momento los placeres mundanales, bajo la forma que sea, y por otro tratar de callar su conciencia incómoda al ocuparse un poco de cosas serias. Si uno va con este estado de ánimo a las reuniones en las cuales se habla del Señor, lo hará con el corazón lleno de las vanidades del mundo. De esta forma no se sigue al Señor, no hay paz ni gozo, como tampoco luz en este camino. Para tener la luz de la vida, para disfrutar de esta vida cuyo objeto es Cristo mismo –quien hace el corazón perfectamente feliz y capaz de ver todas las cosas tal como Dios las ve–, es preciso abandonar todo lo que se vincula con el mundo y seguir al Señor en el camino que ha trazado en la tierra. Esta verdad es fácil de comprender. El mundo yace en las tinieblas. El corazón del hombre es tinieblas, semejante al caos tenebroso en el cual se hallaba el mundo físico en el principio. Es imposible sacar de él un solo rayo de luz. Es necesario que la luz divina brille en él. Dios Dijo: «Sea la luz; y fue la luz». Esta luz viene de Dios, como también la que, en la persona de Jesús, brilló en medio de las tinieblas morales del mundo. Solo se puede, pues, poseerla recibiéndola y siguiéndola. Esta luz es vida, como la luz física. Todo lo que en la tierra queda privado de la luz del sol se marchita y muere.

Al oír las palabras de Jesús, los fariseos le dijeron: «Tú das testimonio acerca de ti mismo; tu testimonio no es verdadero» (v. 13). Como hombre, el Señor no daba testimonio de sí mismo [6], pero aquí, como Hijo de Dios y luz del mundo, daba testimonio de lo que él era. No es necesario afirmar que el sol ilumina; en cuanto sale, todo el mundo queda convencido de ello. Jesús es la luz; los acusadores de la mujer bien lo habían visto. Él les responde: «Aunque yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido y a dónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo, ni a dónde voy. Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie. Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el que me envió, el Padre. Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí» (v. 14-18). Jesús tenía conciencia de dónde venía y a dónde iba. No podía quedarse en un mundo opuesto a Dios y que le rechazaba; iba a dejarlo en cuanto hubiese cumplido la obra que había emprendido. Al no recibir sus palabras, nadie sabía de dónde venía ni a dónde iba. Extraños respecto a Dios y a lo que de él procedía, los hombres juzgaban a Jesús solamente según la carne. Sin fe es imposible salir del círculo en el cual se mueve la mente natural. Jesús no había venido por voluntad propia; su Padre lo había enviado, como lo declara este evangelio unas cuarenta veces. Su Padre no solamente lo había enviado, sino que estaba con él, de manera que el testimonio exigido por la ley existía, testimonio divino que, en su ceguera, los hombres rechazaban.

[6] En el capítulo 5 vimos que se le daba un testimonio cuádruple.

Al oírle decir que su Padre le había enviado, le preguntan: «¿Dónde está tu Padre? Respondió Jesús: Ni a mí me conocéis, ni a mi Padre; si a mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais» (v. 19). ¡Qué prueba de la incapacidad en la cual el hombre se encuentra para conocer a Dios, aun cuando Este se revela en gracia en la persona de su Hijo! Todo el evangelio según Juan está bien resumido en estos versículos del primer capítulo: «La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella» (v. 5). «En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron» (v. 10-11). Pero, gracias a Dios, la fe capta lo que el corazón natural rechaza y no puede conocer: «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (v. 12). Disfrutan el beneficio de la venida de Jesús a este mundo.

Aunque Jesús pronunció estas palabras en el templo, en medio de un mundo religioso hostil, nadie puso las manos sobre él, «porque aún no había llegado su hora» (v. 20).

10.3 - Consecuencias de la incredulidad

Jesús repite a los judíos lo que ya les había dicho en el capítulo 7:33-34: «Yo me voy, y me buscaréis»; mas añade: «En vuestro pecado moriréis; a donde yo voy, vosotros no podéis venir» (v.21).

El propósito de su venida era salvar; pero, al ser despreciado y rechazado, se marcharía y dejaría a los que no lo recibían en el estado en el cual los había encontrado, empeorado con el pecado de no haberle recibido. Había venido de la presencia de Dios y allá volvía; ellos no le podían seguir; morirían en su pecado. Los judíos, cortos de vista –en lo concerniente a las cosas celestiales– como todos los que no creen, se preguntaban si iría a matarse, pues dijo: «A donde yo voy, vosotros no podéis venir». Jesús les respondió: «Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo» (v. 22-23). Había un abismo entre Jesús y ellos, y entre ellos y el lugar de donde él venía. Pero Jesús había franqueado este abismo para traerles todo lo que ellos necesitaban, para que pudiesen salir de su miserable condición. Les había revelado al Padre, al Dios de gracia; ellos solo tenían que creer en él, pero se negaban a hacerlo. Por lo tanto, Jesús les repite: «Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados» (v. 24). No hay nada más claro, más concluyente: el Hijo de Dios, enviado por su Padre, vino a este mundo de tinieblas y de muerte para traerle la luz y la vida. Si aquellos por quienes vino no le reciben, morirán en sus pecados. Esta consecuencia, tan lógica y solemne para los judíos de aquel entonces, también es cierta para todos hoy en día. Pedro dice a estos mismos judíos, al hablarles de Jesús: «Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hechos 4:11-12).

En el versículo 21, cuando Jesús dice: «En vuestro pecado moriréis», habla del pecado cometido por la nación judía que rehúsa recibirle. El versículo 24 («moriréis en vuestros pecados») se aplica a todo hombre; se trata del que muere sin haber obtenido el perdón de sus pecados.

Cuando Jesús dice: «Porque si no creéis que yo soy», los judíos le preguntan: «¿Tú quién eres?». Antes le habían preguntado: «¿Dónde está tu Padre?». El espíritu de incredulidad siempre tiene preguntas que formular para justificarse y permitirse no creer, mientras la fe acepta todo lo que Dios dice. Jesús les responde: «Lo que desde el principio os he dicho». Toda su vida, sus obras, sus palabras manifestaban perfectamente lo que él era. ¿Quién hablaba como él? Eso había llamado la atención de los alguaciles enviados para prenderle (capítulo anterior): «¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!». Lo que decía y hacía revelaba lo que él era y lo que era su Padre. Nadie podía ir al cielo para ver cómo era Dios; por eso, bajo forma humana, Jesús vino a traer a los hombres lo que ellos no podían ver ni poseer por ningún otro medio. Notemos también que Jesús dice: «Porque si no creéis que yo soy», palabras para retener hoy más que nunca, porque de buen grado se habla de Jesús, pero al tiempo que se dicen cosas bonitas acerca de él, no se cree que él es en el sentido en que lo dice aquí: manifestación de Dios Padre, Hijo de Dios, Dios Hijo, la Palabra que era Dios, quien en el principio estaba con Dios, distinto de Dios, Dios manifestado en carne. El que no cree en él tal como este evangelio lo presenta, morirá en sus pecados.

Jesús añade que tendría muchas cosas que decir y juzgar sobre los judíos; pero tenía que comunicar al mundo la verdad que había oído de su Padre. Los judíos no comprendieron que les hablaba del Padre. Al no querer conocer a Jesús, no podían conocer al Padre (v. 26-27). Jesús les dice: «Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada» (v. 28-29). El Señor rechazado siempre toma el título de Hijo del Hombre, lo que también implica su muerte. Al usar la expresión «levantado», Jesús revela que los judíos iban a crucificarle. Antes de su muerte, ellos rehusaron creer; pensaban acabar con él matándolo, pero él resucitaría y enviaría al Espíritu Santo, quien daría testimonio de él; ellos entonces conocerían que se trataba de él, pero ya sería demasiado tarde para recibirle tal como se presentaba en medio de ellos. Después de su muerte y glorificación, sabrían quién era y que les había hablado de parte del Padre.Cuando el Señor se veía solo e incomprendido, solía decir: «Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada» (v. 29).

Lo mismo sucede en el caso de los creyentes, tal vez menospreciados, incomprendidos por el mundo e incluso por otros creyentes, aislados; pero, si hacen la voluntad de Dios, gozan de su presencia. Estar solo con Dios, tener su aprobación, vale más que la compañía y los honores del mundo.

A pesar de la oposición y los razonamientos de los judíos, la palabra de Jesús halló cabida en algunos corazones: «Hablando él estas cosas, muchos creyeron en él» (v. 30). Nunca se debe tener temor de presentar la Palabra de Dios, porque ella es poderosa y activa; produce sus efectos en los corazones y las conciencias donde todo parece cerrado.

10.4 - El privilegio de los que creen

Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (v. 31-32).

Después de haber creído es necesario llevar los caracteres de Aquel en quien se ha creído, actuar como él, reproducir en palabras y en hechos lo que él fue aquí en la tierra, cosa perfectamente factible, puesto que él es la vida del creyente. Para eso uno debe perseverar en su Palabra, la cual presentaba la verdad en medio de los judíos, tal como Jesús mismo lo es, expresión de lo que son todas las cosas según el pensamiento de Dios. Si uno quiere, pues, estar en lo cierto respecto a cualquier cosa –sea uno mismo, el bien, el mal, el mundo, el presente, el porvenir, el pasado– es preciso conocer el pensamiento de Dios tal como él lo ha mostrado en su Palabra. Al perseverar en él, uno lleva el carácter de discípulo de Cristo y la verdad le libera de todo lo que no es según Dios, del yugo de la ley, del pecado, del juicio y de los pensamientos peculiares del corazón natural; ella pone al creyente en plena libertad ante Dios, en la posición de la que Cristo es la expresión, lo que ha sido plenamente demostrado desde que el Espíritu Santo vino a la tierra después de la ascensión del Señor.

10.5 - El hombre, esclavo del pecado

Cuando oyeron hablar de ser hechos libres, los judíos respondieron a Jesús: «Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres?» (v. 33). Estos desdichados, cegados por un odio implacable, afirmaban dos cosas insensatas para hombres que poseyesen un mínimo de inteligencia, pues decían que nunca habían sido esclavos de nadie.

Se hallaban bajo la servidumbre de los romanos, bajo el dominio gentil desde hacía más de seiscientos años. Eso lo sabía todo el mundo.

Se encontraban bajo otra servidumbre, de la cual era consecuencia la primera: la esclavitud de Satanás y del pecado, igual que todo hombre no libertado por el Señor. Los judíos sufrían el yugo de los gentiles por haber abandonado a Dios para ir tras los ídolos. Si desde su retorno del cautiverio en Babilonia no volvieron a caer en la idolatría y restablecieron las formas del culto de Jehová, su malvada oposición al Hijo de Dios, venido en medio de ellos para liberarles, demuestra la dureza de la esclavitud bajo la cual se encontraban. Jesús les contesta sin señalar lo absurdo de su error; presenta la verdad que caracteriza el estado moral de todo hombre: «De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado».

Terrible esclavitud de la cual, por la gracia de Dios, uno puede ser liberado al aceptar la verdad que Jesús trajo.

Luego el Señor compara la posición de esclavo con la de hijo. Aun cuando los judíos eran hijos de Abraham según la carne –lo que Jesús reconoce– eran esclavos del pecado; por consiguiente, no tenían más seguridad de permanecer en la casa que un esclavo; sin embargo, por la posición que Dios les había otorgado, ellos vivían de cierto modo en la casa de Jehová. Pero Dios quería una casa compuesta de hijos. Con este fin envió a su Hijo, para poner en libertad a estos esclavos del pecado; por eso les dice: «Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres» (v. 36). Entonces podrían formar parte de la verdadera casa de Dios.

10.6 - El hombre, hijo del diablo

Jesús dice a los judíos: «Sé que sois descendientes de Abraham; pero procuráis matarme, porque mi palabra no halla cabida en vosotros. Yo hablo lo que he visto cerca del Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído cerca de vuestro padre» (v. 37-38). El origen de una naturaleza se revela por las acciones. El apóstol Juan habla desde este punto de vista, tanto en sus epístolas como en su evangelio. Solo hay dos fuentes: la del bien y la del mal. El bien solo puede proceder de Dios, y el mal de Satanás; los frutos lo manifiestan, tal como el Señor lo dirá en los versículos 42 y 44 (véase 1 Juan 3:8-9). Abraham es llamado el padre de los creyentes; después de haber creído, sus obras demostraron que era de Dios. Jesús, enviado por Dios, decía lo que había visto junto a su Padre, porque en este capítulo siempre se trata de la Palabra. Pero en el caso de los judíos, ¿acaso manifestaban los caracteres de Abraham? Ellos respondieron a Jesús: «Nuestro padre es Abraham. Jesús les dijo: Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham» (v. 39-40). Moralmente, pues, no eran hijos de Abraham; sus obras lo probaban; ¿de quién, entonces, eran hijos? Porque Jesús les dijo: «Vosotros hacéis las obras de vuestro padre». En lugar de juzgarse y aceptar la verdad concerniente a su estado, realzan sus pretensiones y responden: «Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios» (v. 41). La religión formal se jacta de privilegios sin tener efecto alguno sobre la conciencia; mantiene al hombre lejos de Dios, en la ignorancia y en las tinieblas, con pretensiones extravagantes. ¡Cuántas tonterías profirieron en este capítulo estos pobres judíos religiosos! Según ellos, nunca habían vivido bajo la servidumbre de nadie; eran hijos de Abraham, hijos de Dios, cosas de las cuales la carne puede vanagloriarse, pero que ante Dios no tienen ningún valor. ¡Y se encontraban ante Dios venido a ellos en gracia! Jesús les va a probar que no tenían a Dios por Padre, tal como ya les había demostrado que no eran hijos de Abraham. Les dice: «Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió» (v. 42).

La prueba de la presencia de la naturaleza divina en alguien es el amor. «Todo aquel que ama, es nacido de Dios» (1 Juan 4:7). Si los judíos hubieran tenido realmente a Dios por Padre, debían haber amado a Jesús, pues él había venido del Padre. En este capítulo Jesús se presenta constantemente como enviado de Dios para hablar de parte de Dios. (Para «enviado», véase los versículos 16, 18, 26, 29, 42; y, para la palabra dicha, los versículos 26, 28, 38, 40, 45). Un testimonio semejante crea una tremenda responsabilidad para el pueblo cegado por su odio; esta pesa sobre todo hombre, porque la experiencia hecha con el judío es la de todos los hijos de Adán. Jesús prosigue diciendo: «¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra» (v. 43). Se necesita la naturaleza divina para comprender el lenguaje divino; si los judíos hubiesen querido escuchar las palabras de Jesús, le habrían comprendido. «La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Romanos 10:17).

A medida que los judíos ensalzan sus pretensiones en oposición a las palabras de Jesús, él también les dice más abiertamente quiénes son ellos: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira» (v. 44). En efecto, ¿acaso no han mostrado los judíos esos caracteres (el odio y la mentira) en todo lo que atañe a este capítulo? El mismo apóstol dice: «Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida» (1 Juan 3:15).

Cuando se habla de obras diabólicas, suele pensarse en cosas extraordinarias, cumplidas por poderes satánicos. Pero el odio y la mentira –cualquiera sea la medida de esta– forman parte de tales obras; estas delatan su origen, pero el hombre continúa siendo responsable de ellas. Satanás ha encontrado en él un instrumento dócil para reproducir sus propios caracteres. No pensamos lo suficiente en que, al hacer el mal, cumplimos obras que tienen la misma naturaleza que las del diablo.

El contraste con Jesús se establece en los siguientes versículos. «Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis. ¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis? El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios» (v. 45-47). ¡Qué lenguaje más sencillo y claro! Sin embargo, en lugar de convencer a los que se oponen, estas verdades los llevan a blasfemar contra Jesús. Ellos le responden: «¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano, y que tienes demonio?» (v. 48). La luz que brota de las palabras de Jesús no hace más que manifestar el espantoso estado en el cual se hallaban los judíos, sobre todo los judíos religiosos. Se comprende que el Señor diga en el capítulo 15:22-23: «Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado. El que me aborrece a mí, también a mi Padre aborrece». Merced a la dulzura de su carácter de gracia, Jesús responde simplemente a semejante injuria: «Yo no tengo demonio; antes honro a mi Padre; y vosotros me deshonráis. Pero yo no busco mi gloria; hay quien la busca, y juzga» (v. 49-50). ¡Qué ejemplo de dulzura nos da el Señor en esta respuesta! No se levanta contra los que le deshonran con sus injurias; sencillamente mantiene la verdad. Es el ejemplo perfecto que Pedro coloca ante nosotros: «Porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente» (1 Pedro 2:21-23). Dice simplemente a estos desdichados judíos: «No tengo demonio»; «honro a mi Padre»; «vosotros me deshonráis»; «no busco mi gloria»; «hay quien la busca, y juzga». Los deja bajo la responsabilidad de lo que dicen y sigue presentándoles la verdad. Los que hayan perseverado en su incredulidad serán individualizados y juzgados por Aquel que indaga y juzga, a quien el Señor se remitía al continuar su obra de gracia para con todos.

10.7 - Jesús revela la gloria de su persona

Si la oposición de los judíos obliga al Señor a decirles lo que son, como acabamos de verlo, ella también le conduce a decir lo que él es en cuanto a la eternidad de su ser: «Antes que Abraham fuese, yo soy», esto es: «Jehová». Antes de llegar hasta este punto les presenta las consecuencias eternas de la fidelidad hacia su palabra, lo que los hace blasfemar. «De cierto, de cierto os digo, que el que guarda mi palabra, nunca verá muerte» (v. 51). La muerte eterna era la porción del pecador; pero Dios, en su gracia, le ofrece la vida eterna por la Palabra venida desde el Cielo en la persona de Jesús. El Señor no podía expresarse con mayor claridad en cuanto a los efectos de su Palabra. La bienaventurada eternidad que disfrutarán aquellos que hayan creído será la prueba magnífica de la verdad de esta declaración. Pero los judíos respondieron al Señor: «Ahora conocemos que tienes demonio. Abraham murió, y los profetas; y tú dices: El que guarda mi palabra, nunca sufrirá muerte. ¿Eres tú acaso mayor que nuestro padre Abraham, el cual murió? ¡Y los profetas murieron! ¿Quién te haces a ti mismo?» (v. 52-53). Es verdad que Abraham y los profetas murieron, pero ello no invalidaba en nada lo que Jesús les decía. Los judíos tenían ante sí a Aquel que efectivamente era más grande que todos ellos, a Aquel que había enviado a los profetas, cuyo ministerio permanece sin resultados a causa del estado del hombre, muerto en sus delitos y pecados. Jesús había venido precisamente para dar vida eterna a semejantes seres. Sus palabras comunicaban vida a quienes las recibían, y el Señor no pedía más de ellos.

Como respuesta a la pregunta de los judíos: «¿Quién te haces a ti mismo?», Jesús dice: «Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada es; mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros decís que es vuestro Dios. Pero vosotros no le conocéis; mas yo le conozco, y si dijere que no le conozco, sería mentiroso como vosotros; pero le conozco, y guardo su palabra. Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó» (v. 54-56). Consciente de su propia gloria, Jesús no tenía necesidad de glorificarse; no se vanagloriaba de ella; buscaba a pecadores que quisiesen recibir lo que él les traía. Su Padre le glorificaba, y nadie le conocía como él. Si querían recibir su Palabra, le conocerían al participar de su naturaleza; pero afirmar que le conocían sin esta, era mentir. Porque para tener la vida era necesario conocer a Dios de otra manera y no solo en contraste con los ídolos; hasta aquí llegaba generalmente la fe de los judíos; pero tal conocimiento les dejaba en su estado de perdición. Asimismo se jactaban de ser hijos de Abraham. Lo eran según la carne, pero lo que es de la carne no es de provecho alguno ante Dios. No eran hijos del padre de los creyentes, pues de otra manera hubiesen creído. Por el contrario, odiaban a Jesús, mientras que Abraham se había regocijado al ver su día. Dios había hecho unas promesas a Abraham, pero hacía falta alguien para cumplirlas. Abraham no tenía hijos; Dios le concedió uno, sobre el cual descansaban todas las promesas, porque Isaac es figura de Cristo, y de Cristo resucitado, después de que Abraham hubo obedecido a Dios al ofrecerle en sacrificio. Por eso Pablo dice a los Gálatas (cap. 3:16), al citar Génesis 22:18, que la simiente de Abraham era Cristo, de quien Isaac era figura. Por la fe Abraham captó el pensamiento de Dios. Sabía que, si bien era extranjero en la tierra prometida, su posteridad la heredaría cuatro siglos más tarde –cuando él mismo estaría muerto–, y miraba más allá, hacia el día en el cual Cristo reinará, día en el que tendrá su porción como resucitado. «Esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios». «Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (Hebreos 11:10, 1). Así fue como este patriarca vio el día en que Cristo cumplirá las promesas que le fueron hechas y se regocijó en ellas.

Al no tener fe, los judíos no le comprendían, y para ellos era otra ocasión más para mofarse de Jesús y ridiculizar lo que él decía. Jesús tuvo entonces la ocasión de decirles lo que nunca les había dicho respecto de sí mismo. «Entonces le dijeron los judíos: Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham? Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy» (v. 57-58). En primer lugar, Jesús no les había dicho que había visto a Abraham, aunque esto fuese verdad, sino que Abraham sí había visto su día, el día glorioso de su reinado. Lo había visto por la fe y se había regocijado, lo que ellos por cierto no hacían, aunque viesen lo que «muchos profetas y reyes desearon ver», y oyeron lo que estos hubieran querido oír (Lucas 10:24); por el contrario, ellos blasfemaban al verle y oírle. En su respuesta Jesús les muestra que no se trata ni de cincuenta años, ni de los dos mil que hubiesen sido necesarios para ver a Abraham sobre la tierra, sino de que él es Jehová, el que no tiene principio y que se llama: «Yo soy». Jehová había dicho a Moisés, en Éxodo 3:14: «Así dirás a los hijos de Israel: Yo soy me envió a vosotros». «Yo soy» expresa la eternidad de la existencia de Dios, porque la eternidad es un presente continuo. Por eso Jesús bien podía decir: «Antes que Abraham fuese, yo soy», no dice: yo era, sino soy Jehová. Como respuesta tomaron piedras para apedrear a Jesús, ejecutando así las obras de su padre el diablo. «Pero Jesús se escondió y salió del templo». ¡Qué ceguera e insensatez procurar matar al que es Jehová! Lo matarían cuando se entregara a sí mismo; y en la cruz no moriría como mueren los hombres: entregaría su espíritu en manos de su Padre, cuando ya no le era necesario permanecer en su cuerpo, una vez cumplida toda la voluntad de su Padre.

Todo este capítulo nos presenta a Dios y al hombre en conflicto. Jesús, quien de parte de Dios traía la vida y la luz, fue rechazado, tratado de samaritano, de loco, de endemoniado, salvo por parte del pequeño número de aquellos que habían creído en él. Es imposible trazar un cuadro más triste de lo que es el hombre en presencia de la luz y la verdad divinas, venidas en gracia, resplandeciendo en la persona de Jesús en toda su belleza. Pero los judíos blasfeman; su odio se aviva al punto de querer matarlo. Por eso Jesús se oculta. La luz, que ha dado ya todo su resplandor, desaparece. Para quienes no quieren creer, solo queda esta terrible sentencia: «Moriréis en vuestros pecados».

Los mismos hechos se reproducen actualmente. La Palabra de Dios está con nosotros con idéntico poder; pero, en vez de creer en ella, se la rechaza; la mayoría lo hace abiertamente; otros, que no querrían ser contados entre aquellos, la admiten parcialmente, en diversos grados. Muchos no reconocen a Jesús como el Hijo eterno de Dios, igual que los judíos que le decían: «¿Dónde está tu Padre?». «¿Tú quién eres?». «¿Quién te haces a ti mismo?». Y entre aquellos que hablan todavía de su muerte, hay quienes creen que simplemente se trata de una muerte natural, punto culminante de una vida de sacrificio, eso sí, pero sin admitir en absoluto que haya tenido lugar para expiar el pecado al satisfacer la justicia de Dios a fin de salvar al pecador. De modo que, amados lectores, ojalá Dios se sirva de lo que acabamos de exponer en este importante capítulo para convencerlos de que es necesario creer en la Palabra de Dios, creer en Jesús, Hijo de Dios, muerto en la cruz para darnos vida; de lo contrario, «moriréis en vuestros pecados». Si alguno de entre vosotros procurase razonar sobre lo que Dios dice –cosa que caracteriza los días en que vivimos–, recuerde que la razón no puede ir más allá del dominio que le ha sido asignado –el de la creación– y que, tan pronto como se trata de los pensamientos de Dios, del cumplimiento de sus consejos maravillosos para la gloria de su Hijo y la felicidad eterna del hombre, la razón no le sirve de nada: se necesita la fe. El hombre está perdido; Dios quiere salvarle; esta salvación se ha cumplido por la muerte de Cristo, la cual debe ser aceptada sencillamente, sin ninguna clase de razonamientos.

11 - Juan 9

11.1 - La curación de un ciego

En este capítulo el Señor ya no presenta su Palabra como medio para obtener la vida. Tal Palabra fue rechazada. Efectúa la obra por la que el hombre, moralmente ciego, puede beneficiarse con la luz venida en Su persona, a fin de poder ver. Pero esta obra también fue rechazada.

Cuando Jesús iba pasando, después de haber salido del templo donde los hombres querían arrojarle piedras (cap. 8:59), vio a un hombre ciego de nacimiento. Siempre activo en su amor, Jesús mismo lo vio; no fue llevado a él como vemos en otros casos. El ciego estaba sentado y mendigaba (v. 8). Jesús, la luz del mundo, se gozó de beneficiar a un pobre ciego con lo que él traía a los hombres, de lo cual todos tenían necesidad, moralmente hablando. Sus discípulos le preguntaron respecto a este hombre: «Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego?» (v. 1-2). Ellos pensaban en el gobierno de Dios en medio de su pueblo, bajo el cual el culpable soportaba en este mundo las consecuencias de sus faltas. Pero en este caso no se trataba de pecados que hubiesen atraído el juicio divino sobre este hombre. Era figura del estado de ceguera moral en el cual se halla el hombre desde su nacimiento. Nadie puede ver como Dios ve. El hombre –que trajo una separación entre él y Dios, quien es luz– se halla en las tinieblas, e incluso es tinieblas. Jesús respondió: «No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él» (v. 3). El Señor quiere decir que el estado de ceguera del hombre existe desde su nacimiento; no es producto de tal o cual pecado; el hombre nace así. Todos son hijos de Adán, nacidos en el estado en el cual su primer padre los puso con su caída. El Señor estaba allí precisamente para cumplir la obra de Dios que les liberaría de esta ceguera moral. Solo Dios puede dar la vista al que nunca ha visto, o hacer de un pecador manchado un santo, o de un muerto un viviente, tal como lo veremos en el capítulo 11.

Jesús les dijo: «Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo» (v. 4-5). La luz resplandecía en este mundo por la presencia de Jesús, la cual permitía aprovecharla a quienes la querían recibir. Pero la luz debía desaparecer porque los hombres, en general, no la deseaban. Cuando Jesús ya no estuviera en la tierra, nadie podría cumplir semejante obra. Esto no quiere decir que desde entonces Dios no haya obrado, pues el Espíritu Santo vino para hacer valer con poder las consecuencias benditas de la obra de Cristo en la cruz. Los Hechos de los apóstoles nos dan un maravilloso relato de esto. Pero el tiempo en el cual el Señor se encontraba en la tierra era un día único en su género, en el cual brillaba la luz en este mundo. Después de su partida, el mundo quedaría en las tinieblas, por preferirlas a la luz; noche moral en la cual nada podrá cambiarse hasta que el Señor aparezca como Sol de Justicia para ejercer el juicio contra los malos y la liberación de los justos (véase Malaquías 4).

En el capítulo precedente Jesús presenta su Palabra, como ya dijimos. Aquí cumple una obra, la obra de Dios, así como su Palabra era la Palabra de Dios. «Dicho esto» –lo de los versículos 4 y 5– «escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego, y le dijo: Ve a lavarte en el estanque de Siloé (que traducido es, Enviado). Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo» (v. 6-7). Para cumplir esta obra, Dios no habló desde el cielo, sino que envió a la tierra a su Hijo, Hombre parecido a los demás, pero sin pecado. Era hombre despreciado, «como que escondimos de él el rostro», dice Isaías; de tal modo que su humanidad resultaba ser un obstáculo para el hombre natural; era como si tuviera lodo sobre sus ojos cerrados, aumentando, si se puede decir así, su ceguera. Este lodo formado con la saliva –la cual procedía de él, virtud divina mezclada con la tierra, que es lo humano– representaba la humanidad de Jesús. Pero, para aquel que reconocía que Jesús, bajo esta forma humana, era el Enviado de Dios, toda dificultad desaparecía; el barro no solamente caía, sino que la ceguera, las tinieblas, cedían el lugar a la luz. Los que habían podido decir: «No hay parecer en él, ni hermosura… para que le deseemos» (Isaías 53:2), también pueden decir: «Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia se derramó en tus labios» (Salmo 45:2).

El ciego de nacimiento es, pues, el ejemplo de alguien en quien esta obra se ha cumplido. Se lavó y volvió viendo.

¡Cuán maravillosa es la gracia de Dios! Ha hecho sencillo, para cada uno, el único medio eficaz para hacer pasar de las tinieblas a la luz a los miserables ciegos de nacimiento que somos todos nosotros, por nuestra naturaleza pecaminosa. Para Dios, es el don de su propio Hijo unigénito, don que nadie sabrá apreciar como él, pero que será tema de adoración y alabanzas para todos los redimidos.

Semejante cambio, producido en el ciego de nacimiento, hace hablar a sus vecinos y conocidos. Lo que los sorprende es que antes había estado sentado y mendigaba. El hombre en su estado natural es inactivo respecto a Dios, y, sin el conocimiento de Dios, debe recurrir a sus semejantes para todas sus necesidades. Unos decían que era él; otros decían que se parecía a él. Y él mismo decía: «Yo soy». Era en él en quien se había operado tal cambio. Ya no estaría sentado, sería activo para el Señor, ya no mendigaría; había bebido en la fuente de todo bien. Veía claro; por eso fue a dar testimonio, como deben hacerlo todos aquellos en quienes la obra de Dios se ha cumplido.

La gente asombrada le preguntó: «¿Cómo te fueron abiertos los ojos? Respondió él y dijo: Aquel hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos, y me dijo: Ve al Siloé, y lávate; y fui, y me lavé, y recibí la vista. Entonces le dijeron: ¿Dónde está él? Él dijo: No sé» (v. 10-12). El ciego solo conocía a Jesús de nombre; pero, para él, un hecho era cierto: por haber hecho lo que Jesús le había dicho, veía.

11.2 - El ciego sanado comparece ante los fariseos

Llevaron al hombre sanado a los fariseos. ¿Con qué propósito? Lo ignoramos, pero sí sabemos el motivo por el cual Dios lo permitió. Era para manifestar el estado de estos jefes religiosos en presencia de las obras de Dios, tal como había sido manifestado en presencia de las palabras de Jesús en el capítulo precedente.

Este milagro había sido obrado un día sábado, hecho sumamente grave y muy importante a los ojos de los fariseos, ya que podía servir para hallar a Jesús en falta. A los fariseos, que le volvieron a preguntar cómo había recibido la vista, el hombre repitió lo que ya había dicho: «Me puso lodo sobre los ojos, y me lavé, y veo». ¿Qué podían decir al oír una declaración tan sencilla? Unos exclamaron: «Ese hombre no procede de Dios, porque no guarda el día de reposo. Otros decían: ¿Cómo puede un hombre pecador hacer estas señales? Y había disensión entre ellos» (v. 15-16).

No sabiendo a qué conclusión llegar, todavía querían saber qué pensaba él de Jesús. Le dijeron: «¿Qué dices tú del que te abrió los ojos? Y él dijo: Que es profeta» (v. 17). Recibieron, pues, una confesión de lo que era Jesús, porque eso era precisamente lo que buscaban. Para echar de la sinagoga al hombre, querían hacerle confesar que Jesús era el Cristo. Un profeta es un hombre enviado de Dios y que habla de Su parte. En lugar de admitir que Jesús lo era, los fariseos prefirieron creer que este hombre nunca había sido ciego, hasta oír el testimonio de sus padres. Si él hubiese disfrutado anteriormente de la vista, sería una mentira, una farsa hablar de su curación. En tal caso, tendrían motivos para levantarse contra de Jesús. Los padres, al ser interrogados, respondieron: «Sabemos que este es nuestro hijo, y que nació ciego; pero cómo vea ahora, no lo sabemos; o quién le haya abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos; edad tiene, preguntadle a él; él hablará por sí mismo» (v. 19-21). ¡Nueva confusión para los fariseos! ¿Cómo sacar de esto algo en contra de Jesús y quitar de este hombre la confianza que tenía en su bienhechor? Los padres temían a los judíos, porque sabían que si alguno confesaba a Jesús como el Cristo, sería excluido de la sinagoga. Por ello no querían ir más lejos en su declaración, y pasaron la pregunta a su hijo, diciendo: «Edad tiene, preguntadle a él» (v. 22-23).

El temor a los judíos, el miedo a no tener más parte en la religión del mundo tuvo más efecto en los padres que la gracia y el poder de Jesús desplegados a favor de su hijo. Lejos de actuar como Moisés, quien había tenido «por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios» (Hebreos 11:26), prefirieron permanecer al lado de los enemigos del Señor, más bien que confesarle. Echaron sobre su hijo las consecuencias de su confesión. Poco les importaba que él fuese expulsado de la sinagoga, con tal de no serlo ellos. Lo dejaron en manos de los fariseos. Por tanto él comparecería otra vez ante esta especie de tribunal inquisitorio.

¡Cuántas personas habrán escogido la desdicha eterna por haber temido el oprobio, como los padres del ciego! El Señor dice: «No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer. Pero os enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquel que después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo, a este temed» (Lucas 12:4-5). Aquel que debe ser temido es el Dios que prodiga su gracia hoy, pero que será el Juez de quienes hayan despreciado esta gracia para complacer a los hombres y ahorrarse el oprobio de Cristo durante los pocos días que pasamos en la tierra.

11.3 - El hermoso testimonio del ciego sanado

Los fariseos volvieron a llamar al ciego de nacimiento. Seguros de su curación, estaban dispuestos a atribuir el hecho a Dios, pero procuraban obligar a este hombre a pensar de Jesús como ellos. Él les había dicho: «Es profeta». Esto ya era demasiado para ellos; querían que Jesús fuese considerado pecador. Como prueba alegaban que había quebrantado el día de reposo, porque había hecho barro (v. 16). Le dijeron, pues: «Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es pecador» (v. 24).

¿Cómo conciliar estos dos hechos: creer en Dios y decir de su Hijo, enviado por él a este mundo, que es pecador? ¿Qué valor puede tener esta fe para Dios? ¡Ay!, esta es la fe de un gran número de personas en nuestros días, incluso la de los que no dicen abiertamente que Jesús es pecador, pero que tampoco creen en su divinidad… En el capítulo 3 vimos que el Padre, habiendo entregado todas las cosas en manos de su Hijo, es con tal Hijo con quien el hombre tiene que ver respecto a su salvación. Consecuentemente: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él» (Juan 3:36).

El que había sido ciego no sabía si Jesús era pecador, pero sí sabía una cosa, que también sabían los fariseos; esto es, que antes había sido ciego y que ahora veía (v. 25-26). No satisfechos todavía, estos desgraciados judíos querían hacer que el hombre hablara para sacar de él un testimonio desfavorable para Jesús. «Le volvieron a decir: ¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?». Preguntas superfluas, por lo cual él les respondió: «Ya os lo he dicho, y no habéis querido oír; ¿por qué lo queréis oír otra vez? ¿Queréis también vosotros haceros sus discípulos?» (v. 27). Este hombre, sencillo y recto, comprendió que los fariseos tenían un motivo oculto al presionarlo para que hablara, pero que no querían hacerse discípulos de Jesús. Como no lograron sacar de él el beneficio pretendido, y comprendiendo que se sumaba al número de discípulos de aquel que le había abierto los ojos, los fariseos le injuriaron y le dijeron: «Tú eres su discípulo; pero nosotros, discípulos de Moisés somos… pero respecto a ese, no sabemos de dónde sea» (v. 28-29). Ciertamente Dios había hablado a Moisés; pero, ¿qué hacían de esto, ya que Moisés había hablado de Jesús? (cap. 5:46). Y, ¿qué hacían ellos de todo lo que Jesús les había dicho en el capítulo anterior, donde no solamente Dios había hablado a Jesús, sino donde hablaba en él? No se puede obligar a aquellos que rehúsan creer, puesto que el único medio para tener la fe es escuchar la Palabra de Dios.

El que había sido ciego se vio entonces contado por los fariseos entre los discípulos de Cristo. Y no se equivocaron; se dieron cuenta de que sus injurias tendrían por efecto hacerle dar aun mayor testimonio, el cual no podrían soportar. «Respondió el hombre, y les dijo: Pues esto es lo maravilloso, que vosotros no sepáis de dónde sea, y a mí me abrió los ojos. Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ese oye. Desde el principio no se ha oído decir que alguno abriese los ojos a uno que nació ciego. Si este no viniera de Dios, nada podría hacer» (v. 30-33). Antes el hombre sanado había dicho a los fariseos que no sabía si Jesús era pecador; pero aquí les da las pruebas de que no lo era, pues había obrado un milagro con el poder de Dios, quien no está a disposición de un pecador, porque Dios no escucha a los pecadores. Se presenta, pues, como prueba de que Jesús hacía la voluntad de Dios y que venía de Dios. Pronto aprendería que es el Hijo de Dios.

Menospreciado y odiado por los judíos, su fe y conocimiento se desarrollan de manera característica, como siendo discípulo de Jesús. Por eso no pudieron soportarlo más y le dijeron: «Tú naciste del todo en pecado, ¿y nos enseñas a nosotros? Y le expulsaron» (v. 34). Jesús había dicho a sus discípulos acerca del ciego: «No es que pecó este, ni sus padres». En cambio, los fariseos atribuyeron la ceguera a sus pecados para despreciar el testimonio que rendía acerca de Jesús. La fe ponía a este hombre muy por encima de los fariseos y lo capacitaba para enseñarles. Sus palabras, como las de Jesús, alcanzaban sus conciencias; y para tratar de aliviarlas, «le expulsaron» hacia donde se hallaba Jesús, como resultado también de su fiel testimonio.

11.4 - El ciego sanado se encuentra con el Hijo de Dios

«Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es. Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró» (v. 35-38).

Parece que Jesús no había vuelto a ver al ciego después que le hubo mandado lavarse a Siloé. Lo dejó dar su testimonio, el cual se hizo cada vez más claro a medida que la oposición de los judíos aumentaba, y el que también hizo que lo lanzaran allí a donde el Señor lo esperaba, donde él estaba, fuera del sistema religioso de ellos. Jesús no lo había perdido de vista, pero esperaba el momento oportuno para revelársele como su corazón lo necesitaba. Para tener una vista nueva, también se necesitaba un objeto nuevo, porque tal vista no encontraba nada que la satisficiera en el ambiente del cual su Señor estaba excluido. Con la luz que disfrutaba no podía tener otro objeto que no fuera Cristo. Jesús lo encontró, pues lo había buscado. Este es un hecho alentador para los recién convertidos que sufren el oprobio en el medio donde se encuentran. El Señor se ocupa de ellos; les quiere revelar cada vez más lo que él es, para que, en sus dificultades, su conocimiento llene sus corazones de gozo y paz y les ayude a soportar las consecuencias de su nueva posición. Solo él puede satisfacer los deseos de la nueva naturaleza; pero solo se puede gozar de ella fuera del mundo religioso del cual el creyente ya no forma parte.

A todo lo que el ciego sanado conocía de Jesús, y de lo cual daba testimonio a los fariseos, el Señor quiere añadir un conocimiento mayor de sí mismo. Se presenta a él como el Hijo de Dios, objeto de la fe que da la victoria sobre el mundo al cual el creyente ya no pertenece. «¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?», dice el mismo apóstol en su primera epístola (1 Juan 5:5). Este conocimiento es necesario para hacer perfectamente feliz a todo el que no tiene más su lugar en el campamento religioso, de donde Jesús ha sido echado. El corazón de este hombre estaba preparado para aprender todo lo que Jesús quería enseñarle de Sí mismo. Por eso, cuando Jesús le dijo: «¿Crees tú en el Hijo de Dios?», se dio prisa y respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en él?». En cuanto supo que era el mismo Jesús, creyó y le adoró. Para el redimido, el Salvador también pasa a ser el Señor; su amor divino ha adquirido sobre él todos los derechos. Este señorío no se le impone; el corazón es quien lo reconoce. Este Señor es el Hijo de Dios; llega a ser el objeto infinito, insondable, del corazón renovado; basta para atravesar este mundo como extranjero, para tener la victoria sobre todo lo que le caracteriza, porque el corazón está ocupado con un objeto que tiene infinitamente más valor que todo lo que hay en el mundo. Las glorias y las perfecciones de semejante persona lo llenan, excluyendo todo lo que no es de Cristo. De él se ocuparán los creyentes en el cielo, cuando todo lo que es de este mundo haya desaparecido; por ello Jesús quiere apartar las miradas de estas cosas, incluso antes de que desaparezcan.

En la respuesta del ciego al Hijo de Dios («Creo, Señor; y le adoró») encontramos todo lo que caracteriza la vida divina en el creyente; en primer lugar la fe; luego la libre y gozosa aceptación de la autoridad del Señor, bajo la cual él se coloca y, por último, la adoración y el homenaje que se le debe al Hijo de Dios.

«Dijo Jesús: Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados» (v. 39). Aquí Jesús no habla de la ejecución del juicio; dice, por el contrario, que no ha venido para juzgar (cap. 3:17; 12:47); pero la consecuencia de su venida como luz manifiesta el estado de ceguera del hombre que rechaza esta luz, de los que son –moralmente hablando– ciegos. Este juicio nunca cayó sobre ellos antes de que tuviesen la ocasión de rechazar la luz. Pero los que reconocen su estado de ceguera moral –de lo cual era figura el ciego de nacimiento– reciben a Jesús y ven.

Algunos de los fariseos que oyeron estas palabras y comprendieron su sentido figurado, dijeron a Jesús: «¿Acaso nosotros somos también ciegos? Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece» (v. 40-41). Esos jefes religiosos pretendían ver y conducir a los demás, aunque ellos mismos eran ciegos. Ofrecen un cuadro de su estado en su discusión con el ciego que había recibido la vista. Pero, mientras pretendían ver, permanecían ciegos; su pecado, al rechazar la luz venida en la persona del Señor, permanecía. Sin embargo, por la gracia de Dios, si hubiesen reconocido su estado y hubiesen aprovechado la venida de Jesús, verían y su pecado no les sería imputado, ya que Jesús había venido para liberarles de su miserable estado.

La historia del ciego de nacimiento introduce el tema del siguiente capítulo, que nos habla del Pastor. El verdadero Pastor de Israel es Jesús. Él cuida sus ovejas que no pueden hallar lo que les conviene en el redil judío, como lo acabamos de ver en el caso del ciego que llegó a ser una oveja del buen Pastor. Jesús vino para sacar a los suyos de ese lugar y para darles la libertad que les trae la gracia.

12 - Juan 10

12.1 - El pastor, las ovejas y el portero

Jesús empieza las enseñanzas de este maravilloso capítulo diciendo: «De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ese es ladrón y salteador. Mas el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es» (v. 1-2).

El redil representa a Israel, separado de otros pueblos, apartado de las naciones paganas. Dios le había dado su ley y muchas ventajas espirituales y materiales. Pero este pueblo privilegiado pronto se corrompió; al abandonar la ley, se hundió en la idolatría y en todos los pecados que la acompañan. Cuando el Señor estaba en la tierra, se observaban las formas de la religión de Moisés, desde el retorno del cautiverio babilónico, pero se manifestaba una oposición violenta contra Jesús y sus enseñanzas. Sin embargo, en este medio estaban los que escuchaban al Señor y creían en él; a estos los llama sus ovejas. Mezclados con el pueblo, eran gobernados por unos conductores –los jefes religiosos de la nación–, supuestos pastores que se ocupaban más de sus propios intereses que de los de las ovejas. Ezequiel les reprocha su conducta (cap. 34:1-10) y anuncia, a partir del versículo 11, la venida de un pastor fiel y lleno de amor para con las ovejas. Es muy conveniente leer todo el capítulo y prestarle la debida atención. Este Pastor es Jesús, tal como lo fue entonces en este mundo, pero también tal como lo será en tiempos venideros, el verdadero Pastor del nuevo Israel. Durante la historia de este pueblo, y particularmente en la época en la que el Señor estaba en la tierra, hubo hombres que se atribuían las funciones de pastores, pero que no tenían amor por las ovejas y solo buscaban sus propios intereses en la posición que se arrogaban (véase Ezequiel 34:3-6, 8, 10, 19; Zacarías 11:4-5, cuyos pasajes describen precisamente el estado de cosas que reinaba en los tiempos de Jesús). Ninguno de estos hombres había sido establecido por Dios; ninguno reunía los caracteres requeridos por él para ser pastor. Dios, que es el Portero, no había podido abrirles la puerta; ellos se habían introducido por otra parte, estableciéndose a sí mismos; tenían el carácter de ladrones. Por fin llegó el Pastor prometido. Jesús vino a su pueblo, siguiendo el camino que las Escrituras indicaban por anticipado, y revestido de los caracteres anunciados por los profetas. A él le abrió el portero. Pero observemos que cuando entra, no lo hace para pastorear las ovejas en el redil, recinto o edificio que las alberga y las guarda de los peligros que las amenazan, sobre todo en Oriente, donde las fieras acechan a sus presas de noche. Para pastorear las ovejas es necesario sacarlas del redil. Jesús dice de aquel que entra por la puerta –es decir, de él mismo–: «A este abre el portero, y las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca» (v. 3). He aquí una obra completamente nueva.

Las ovejas escuchan la voz del Pastor; esto basta para darles el carácter de ovejas. El Pastor conoce sus nombres y las lleva fuera, pues el aprisco judío ya no es el lugar donde las verdaderas ovejas pueden permanecer. Esto lo vimos en el caso del ciego de nacimiento. Hasta entonces nadie tenía el derecho de abandonarlo, e incluso muchas ovejas judías tuvieron gran dificultad para hacerlo. En el libro de los Hechos se ve a muchos creyentes mostrar celo por la ley, pese a que ella no les había dado vida; pero este no es el tema tratado aquí. Lo que el Señor afirma, por el contrario, es que las ovejas escuchan su voz, puesto que las ha llamado por nombre, lo que muestra que conoce perfectamente a cada una de ellas. «Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños. Esta alegoría les dijo Jesús; pero ellos no entendieron qué era lo que les decía» (v. 4-6). Las ovejas empiezan a escuchar la voz del pastor; este habla a su corazón, gana su confianza y las invita a seguirle fuera del medio adverso que no les brinda pastos ni libertad. Una vez fuera, el pastor va delante de ellas para conducirlas. Ellas le siguen. Tan solo requiere que escuchen su voz y le sigan. Lo uno no va sin lo otro. El Señor se encarga de darles pastos delicados y aguas de reposo (Salmo 23). Cuando son conducidas por un pastor atento a sus necesidades, las ovejas jamás tienen que preocuparse por buscar su alimento. Nunca siguen a un extraño, porque no conocen su voz, y saben discernir la del pastor. La pecadora de Lucas 7, por ejemplo, encontró en el Señor la voz de la gracia que no se había hecho oír de nadie hasta entonces: «Tu fe te ha salvado, ve en paz». Supongamos que un jefe del pueblo, un supuesto pastor de Israel, le hubiese dicho: «Si no haces lo que la ley manda, no puedes ser salva»; rápidamente hubiera discernido que esa voz no era la del buen Pastor que había llenado su corazón de paz, gozo y agradecimiento. El ciego del capítulo anterior había comprendido bien que la voz de los fariseos era muy distinta de la que le había dicho: «Ve a lavarte en el estanque de Siloé». El Señor solo pide a sus ovejas capacidad para escuchar su voz y seguirle.

Ojalá pudiéramos estar cada vez más ejercitados para conocer esta voz en los tiempos en que vivimos, porque se dejan oír muchas voces extrañas, algunas de las cuales imitan bastante bien la del buen Pastor para que las ovejas se dejen engañar. Fijémonos en que el Señor no dice que las ovejas deben seguirle, sino que le siguen, que conocen su voz, pero no la de los extraños, de los cuales huyen. Él da el verdadero carácter a las ovejas; a cada creyente le corresponde, pues, preguntarse si lo realiza. Para hacerlo es necesario apreciar la gracia que el Señor trajo, y aprender a conocerlo cada vez mejor.

Acabamos de ver que el redil es Israel, que el Pastor es Jesús y que el Portero, quien abre la puerta al verdadero Pastor, es Dios. En los siguientes versículos veremos a Jesús como la puerta para introducir las ovejas en el nuevo estado de cosas.

12.2 - Jesús, la puerta de las ovejas

«De cierto, de cierto os digo: Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que antes de mí vinieron, ladrones son y salteadores; pero no los oyeron las ovejas. Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos» (v. 7-9). Dios había abierto la puerta del redil al verdadero Pastor para hacer salir a sus ovejas que, en Israel, estaban bajo la maldición de la ley; ahora se necesitaba una puerta para hacerles entrar en el nuevo estado de cosas, el cristianismo, que no es un redil sino un rebaño formado por los creyentes. Cristo mismo es la puerta; por él se entra. Nadie puede salvarse por otro medio; se trata de eso ante todo, porque el hecho de ser judío no salva, como tampoco el ser cristiano nominalmente. Luego, por esta puerta entrará y saldrá, lo cual no significa que uno pueda entrar y salir del cristianismo, sino que la oveja puede disfrutar de una plena libertad –que la ley no daba, como tampoco daba la salvación– y una alimentación abundante, lo cual el salmo 23 presenta con tanta belleza: «En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre».

Los delicados pastos representan las bendiciones espirituales, totalmente concentradas en la persona de Cristo. Fuera de él está el desierto, que no suministra nada para la oveja.

Todos los que habían venido antes de Jesús eran ladrones y salteadores, y las ovejas no los escucharon. Los ladrones y los salteadores se apropian de lo que no les pertenece, incluso mediante la violencia, si es necesario. En el versículo 10 se menciona nuevamente al ladrón, para resaltar el modo de obrar del verdadero Pastor: «El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia». Al lado del verdadero Pastor, la oveja posee la vida, el alimento, la libertad y la seguridad. Él daba la vida a las ovejas que encontraba en el aprisco judío; pero quería que la tuviesen en abundancia. Mientras Jesús estaba en la tierra, los que iban a él hallaban la vida, porque él era la vida; pero, para tener la vida en abundancia, era necesario que Cristo pasase por la muerte y la resurrección. Una vez resucitado, y estando en medio de sus discípulos, sopló en ellos el Espíritu Santo, no como persona, sino como vida que, en él, acababa de pasar por la muerte y la resurrección. En pentecostés, el Espíritu Santo cayó sobre los discípulos reunidos; desde entonces tuvieron la vida en abundancia. Se comprende que esa vida no podía recibirse antes de la resurrección de Cristo. Anteriormente, y desde el principio, todos los creyentes eran vivificados; poseían la vida de Dios; produjeron hermosos frutos; pero no podían distinguir la vieja y la nueva naturaleza, porque la vida no había sido manifestada en la persona de Cristo, quien vino a este mundo para revelar al Padre, pues el conocimiento del Padre y del Hijo es lo que caracteriza la vida eterna (cap. 17:3).

12.3 - El buen Pastor

En el versículo 11 el Señor se llama el buen Pastor, en contraste con los mercenarios, otro carácter de aquellos que pretendían apacentar las ovejas judías. «Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas. Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa. Así que el asalariado huye, porque es asalariado, y no le importan las ovejas» (v. 11-13). El buen Pastor no piensa en sí mismo. Vino por sus ovejas, estas son de su propiedad por derecho. Se puede alquilar los servicios de un pastor para su cuidado; pero, al verse expuesto al mismo peligro que las ovejas, solo piensa en su propia seguridad y abandona el rebaño, porque este no le pertenece. Cuando habla de poner su vida por sus ovejas, y no solo de cuidarlas, Jesús toma el título de «buen pastor». Tan grande es su amor que no hace caso de su propia vida con tal de que, al venir el lobo, sus ovejas no perezcan. Esto fue lo que el Señor hizo al ir a la cruz. Su muerte era necesaria para que ellas tuviesen vida; pero aquí Jesús hace resaltar que, en lugar de protegerse a sí mismo, pone su vida por sus ovejas indefensas. Tenemos un ejemplo de ello en David: cuando cuidaba el rebaño de su padre, liberaba al cordero matando al lobo o al león (1 Samuel 17:34-35).

En Getsemaní el Señor tuvo que vérselas con aquel que representaba al lobo, es decir, Satanás, quien hubiera deseado la perdición de las ovejas. Creyendo que haría retroceder al Salvador en presencia de la muerte, por medio de la cual iba a ser vencido, el diablo le presentó todo el horror de esta. Pero el amor del buen Pastor triunfó. Marchó al encuentro de la muerte, el temible lobo fue vencido y las ovejas fueron liberadas de la muerte eterna. Jesús dijo a los que iban a prenderle, en el momento de su arresto: «Si me buscáis a mí, dejad ir a estos» (cap. 18:8). Semejante amor conmueve profundamente a todos los que son objeto del mismo, y les hace cada vez más sensibles a su voz para escucharle, seguirle y honrarle. El goce de este amor también capacita para discernir las voces extrañas que procuran extraviar a las ovejas.

Cuanto más avanza el Señor en su discurso referente a sus ovejas, tanto más hace resaltar lo que él es para ellas, lo que ellas son para él, y todas sus ventajas.

«Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas» (v. 14-15).

El buen Pastor conoce a los suyos; esto proporciona una confianza sin límites en él; no solo los conoce por su facultad para saberlo todo, sino por el interés que su gran amor, siempre activo en favor de cada uno, tiene por ellos. Afirma con certidumbre que las ovejas le conocen. ¿Cómo podría ser de otro modo, si uno disfruta de su gran amor? El Señor no supone que haya debilidad o flaqueza en este conocimiento; dice lo que lo caracteriza a él y a los suyos, sin hablar del modo en que las ovejas entienden este conocimiento. Por su parte, en él todo es perfecto siempre. ¿En qué medida es recíproco este conocimiento? Como el Padre le conoce, y como él conoce al Padre. Se establece una comunión perfecta entre el Pastor y las ovejas, tal como entre él y su Padre. Semejante posición, tan bendita relación, supera infinitamente todo lo que las ovejas dejaban atrás en el medio judío de donde habían salido, y todo lo que hoy el creyente deja atrás en el mundo del cual ya no forma parte.

12.4 - Serán traídas otras ovejas

A partir de la mención hecha sobre la muerte de Jesús, se ve aparecer el cumplimiento de los consejos de Dios según los cuales los creyentes de todas las naciones serán llevados a poseer bendiciones celestiales y eternas. Jesús dice: «También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquellas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor».

El Señor no quería solamente un rebaño judío, sino un rebaño formado por todos los que escuchan su voz y a quienes él da la vida. Estas otras ovejas son los creyentes llamados de entre los gentiles, obra que se cumplió por el ministerio de los apóstoles y que prosigue hasta ahora. Jesús mismo la había empezado al evangelizar a los samaritanos (capítulo 4). Todas estas ovejas poseen el mismo carácter; escuchan la voz del buen Pastor. Aunque formado por elementos diversos, este rebaño sería uno, porque viviría bajo los cuidados y conducción del único Pastor, y poseería la misma vida. Si se escucha su voz, es imposible que unos sean dirigidos de una manera y otros de otra; sin embargo, es lo que ha sucedido. Cuando se oye a un cristiano afirmar: «Yo, por mi parte, lo veo así», y el otro dice: «Y yo, por la mía, lo veo de otra manera», y ambos caminan según sus propios puntos de vista, uno puede preguntarse qué caso se hace de la voz del buen Pastor. Hay un total menosprecio a su pensamiento; así se producen las numerosas divisiones en el único rebaño que, sin embargo, es uno, pues Jesús dijo: «Habrá un rebaño, y un pastor». Es, pues, un hecho absoluto; y para realizarlo basta escuchar la voz del único Pastor. Si no logramos discernirla, es porque hemos abandonado el otro carácter de la oveja, indicado en el versículo 5: «No conocen la voz de los extraños». Actualmente muchos corren para escuchar cualquier voz. Esta actitud es peligrosa, pues no discierne la voz del buen Pastor. Esta voz, a pesar de todas las dificultades aparentes, se reconoce perfectamente, siempre que no se haga prevalecer la voluntad propia y que uno esté dispuesto a seguir en el camino de la obediencia que le lleva a separarse del mundo y de las organizaciones religiosas humanas, para doblegarse a la voluntad de Dios.

12.5 - Jesús da a su Padre un motivo para que le ame

Hasta aquí Jesús ha presentado su amor hacia sus ovejas, amor que resulta para ellas el motivo para amarle. «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero» (1 Juan 4:19). En el versículo 17 Jesús levanta sus ojos muy por encima de lo que concierne a sus ovejas y piensa en lo que su obra será para su Padre. El Hijo era amado por el Padre, cuyas delicias eternas hacía (Proverbios 8:30); pero aquí da a su Padre un nuevo motivo para amarlo. Desde antes de los tiempos, Dios había trazado el maravilloso plan de tener a hombres perfectos y perfectamente felices en una tierra nueva, que le conocieran a él, amor y luz, como objetos de su pura gracia. Pero, ¿de dónde tomarlos? Mantener a Adán y sus descendientes en la inocencia no respondía a tales consejos; nunca habrían conocido el amor de Dios, la gracia que perdona al pecador, que quita sus pecados y le coloca ante Dios, santo e irreprensible en amor, en la relación de un hijo muy amado. Adán y Eva no conocían el bien ni el mal en su estado de inocencia; no podían, pues, gozar del amor de un Dios que perdona al culpable, ni de la relación de hijo del Dios que es amor y luz, revelado como Padre en la persona de su Hijo. No podían gozar de la vida eterna; para ello es necesario conocer al Padre y al Hijo. Sabemos que en lugar de engendrar hijos inocentes, Adán, una vez convertido en pecador, solo engendró pecadores, desobedientes a Dios, enemigos de Dios y, por consiguiente, sujetos al juicio eterno, según la justicia del Dios santo ofendido. Estos no podían entrar en la presencia de Dios; su justicia y su santidad los mantenía a una distancia eterna de él, en las tinieblas de afuera. Pero Dios es amor, y quería dar a conocer ese amor; sin embargo, como es justo y santo, y había pronunciado el juicio sobre esta raza culpable, tenía que ejecutarlo. Si este juicio caía sobre los hombres, todos estaban perdidos. Entonces Jesús vino a este mundo, Hombre perfecto, sin pecado y, por ello, apto para sufrir en lugar de los culpables el juicio que estos merecían. Al responder así, mediante su muerte, a las exigencias de la naturaleza divina, puso fin a toda la historia del hombre pecador. Una vez cumplido todo, volvió a tomar su vida resucitando de entre los muertos, y colocó en sí mismo ante Dios al hombre, anteriormente pecador y perdido, en el estado en el cual Dios quería tenerle por la eternidad. Desde entonces Dios pudo dar libre curso a su infinito amor para con los pecadores, desde el momento que su justicia quedaba satisfecha. Todos los consejos de Dios pueden cumplirse. ¿A quién debe Dios el poder obrar así? A su amado Hijo quien, al dar su vida, le glorificó plenamente. Los creyentes comprenden esta palabra de Jesús: «Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar». ¿Quién puede comprender este amor del Padre hacia su Hijo, quien cumplió la obra gracias a la cual el Padre puede realizar sus pensamientos de amor, tan gratos para su corazón desde la eternidad? Y nosotros, felices de ser sus redimidos, ¡cuántos motivos tenemos para amar a Dios Padre, quien tuvo estos propósitos para con nosotros, y al Hijo, el Salvador, el buen Pastor, quien hizo posible su cumplimiento al presentarse ante Dios y decir: «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad»! (Hebreos 10:7).

Si Jesús piensa en sus ovejas, da su vida por ellas; si piensa en su Padre, lo glorifica al poner su vida para volverla a tomar; hace todo esto por obediencia a su Padre. «Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8). Jesús dice en el versículo 18: «Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre».

¡Qué gloria la de este Hombre divino! Es obediente. Pero, ¿quién hubiera podido llevar a cabo semejante acto de obediencia, sino el Hijo de Dios? En esta hora de su vida, ningún hombre interviene para nada; en este evangelio a menudo hemos visto, y lo veremos nuevamente dentro de poco, que los judíos querían prenderle para matarle, pero no podían hacerlo. Lo prenderían, por cierto, pero cuando él mismo se entregara. Nadie le podía quitar la vida; la entregaría libremente. Cuando todo se cumplió en la cruz, dijo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23:46). Obedecía al morir, tal como lo había hecho a lo largo de su ministerio. Tenía el poder de poner su vida. ¿Quién, sino este Hombre divino, hubiese tenido el poder para dejar su vida? Pero lo hizo por obediencia. También tenía el poder para volverla a tomar; no lo hizo por su propia voluntad; recibió este mandamiento de su Padre. Había dicho a los judíos: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (cap. 2:19). Cuando hubo resucitado, sus discípulos se acordaron de estas palabras: hablaba del templo de su cuerpo. Toda la vida de Jesús fue un acto de obediencia, como también lo fue su muerte y su resurrección.

En este evangelio, donde la gloria divina de Jesús sobresale como en ninguna otra parte, su obediencia y su dependencia también brillan en toda su perfección, inseparables de su divinidad. ¡Qué misterio más glorioso e insondable es el de la unión de la divinidad y la humanidad en la persona de Jesús, unión que nuestra salvación hacía necesaria!

Al oír estas maravillosas palabras, nuevamente hubo disensión entre los judíos; y muchos de ellos decían: «Demonio tiene, y está fuera de sí; ¿por qué le oís? Decían otros: Estas palabras no son de endemoniado. ¿Puede acaso el demonio abrir los ojos de los ciegos?» (v. 19-21). Las cosas más gloriosas, ante las cuales el alma permanece en contemplación y adora, se toman por locura y por palabras de demonios. ¡Así es el hombre natural! No recibe las cosas de Dios; estas son «locura a los que se pierden». ¡Cuán solemne es esta declaración de Pablo! Se pierde el que considera que las cosas de Dios son locura.

12.6 - Jesús en el pórtico de Salomón

«Celebrábase en Jerusalén la fiesta de la dedicación. Era invierno, y Jesús andaba en el templo por el pórtico de Salomón» (v. 22-23). Esta no era una de las fiestas instituidas por Moisés, de las cuales hablamos en el capítulo 7. El rey de Siria, Antíoco Epífanes, cruel perseguidor de los judíos, había profanado el templo de una manera ultrajante. Después de su muerte, en la época de los macabeos, el templo fue purificado y el servicio restablecido. En esta ocasión hubo una gran fiesta, la cual continuó celebrándose cada año en el mes que corresponde a diciembre; por eso está escrito que era invierno.

No sabemos exactamente por qué Jesús se paseaba por el pórtico de Salomón el día de esta fiesta, lugar donde, en Hechos 3:11, vemos a Pedro y Juan con el hombre cojo que había sido sanado. Jesús era el verdadero Salomón; un día el templo le será dedicado (Ezequiel 43:7; Malaquías 3:1). Por ahora es el Rey rechazado. Los judíos lo rodearon y le hicieron una pregunta que traicionó su mala conciencia ante hechos que les daban la prueba de lo que ellos negaban, pues la incredulidad no da descanso. Ella era la que mantenía sus almas en suspenso, y no Jesús, porque luchaban contra su conciencia con la voluntad bien determinada de no recibirle. «¿Hasta cuándo nos turbarás el alma?», dicen. «Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente. Jesús les respondió: Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho» (v. 24-26). Las palabras de Jesús (cap. 8) y sus obras (cap. 5, 9) no podían dar un testimonio más brillante de lo que él era. Pero los judíos no querían creer; en ese caso no servía de nada declarar que él era el Cristo, pues ellos no aceptaban estos testimonios. El tiempo había pasado para los judíos como pueblo. Al no ser ovejas del buen Pastor, no creían en él.

Su incredulidad dio al Señor la ocasión de hacer resaltar otra vez los caracteres de las ovejas y la belleza de sus privilegios. Dejó a los judíos y se ocupó de los suyos. «Mis ovejas oyen mi voz» –dice– «y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos» (v. 27-30).

Puesto que Jesús recuerda lo que caracteriza a sus ovejas, no está de más considerar sus palabras. Primer rasgo: escuchan su voz. Los judíos incrédulos no la escuchaban. Recordemos siempre, si somos ovejas de Jesús, que él dice de nosotros: «Mis ovejas oyen mi voz». Como respuesta a este carácter, Jesús dice: «Y yo las conozco»; emplea el pronombre enfático para reforzar su afirmación. ¡Qué declaración más preciosa para el corazón! El buen Pastor conoce a cada una de sus ovejas; puso su vida por ellas; con el mismo amor se interesa por todo lo que les concierne. Luego: «Y me siguen». A eso Jesús responde: «Y yo les doy vida eterna», una vida alimentada continuamente por el conocimiento del Padre y del Hijo. Como consecuencia: «No perecerán jamás». Otra garantía, por así decirlo, de que nunca perecerán, es que están en las manos de Aquel que dio su vida por ellas; nadie puede arrebatarlas de sus manos. Luego su Padre, quien se las dio para llevarlas a semejante bendición, es más grande que todos aquellos que podrían oponerse a ellas; por tanto nadie puede arrebatarlas de la mano de su Padre. Hay perfecta unidad entre el Padre y el Hijo respecto a las ovejas, como en todas las cosas: «Yo y el Padre uno somos». Cuanto más se acentúa el rechazo hacia Jesús, tanto más resplandece Su gloria divina. La seguridad de las ovejas resulta, pues, perfecta. Sabiendo que están en manos del Padre y del Hijo, ¿qué podrían temer?

Si usted, lector, no tiene la certidumbre de ser una oveja del buen Pastor, dese prisa a escuchar su voz para disfrutar de una porción tan hermosa, tanto para el presente como para la eternidad.

12.7 - Los judíos aún quieren apedrear a Jesús

Siete veces el evangelio de Juan nos relata que los judíos procuraban matar a Jesús. El Espíritu de Dios indica así la gran persistencia de ellos en querer deshacerse de él (cap. 5:16, 18; 7:1, 30; 8:59; 10:31, 39; 11:53). «Los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle. Jesús les respondió: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?» (v. 31-32). El Señor había cumplido muchas obras; al final de este evangelio el apóstol dice que si estas cosas se hubieran escrito una tras otra, ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir para relatarlas todas. Pero las obras a las cuales el Señor hace alusión son aquellas por las cuales los judíos deberían haber reconocido quién era él. Este evangelio relata todos los milagros que caracterizaban sus enseñanzas y ponían a la luz la verdad. Los judíos respondieron: «Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios» (v. 33). Sin embargo, en el capítulo 5:16 querían matarlo porque había sanado a un lisiado el día sábado. Jesús muestra por las mismas Escrituras la prueba de que no blasfemaba en absoluto al llamarse Hijo de Dios; cita el Salmo 82:6: «¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada), ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?» (v. 34-36). Los hombres llamados «dioses» en el Salmo 82 eran jueces establecidos por Dios en medio del pueblo, eran sus representantes. Pero, infieles en su servicio y no habiendo obrado según Dios, después de que les había dicho: «Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo», añade: «Pero como hombres moriréis, y como cualquiera de los príncipes caeréis» (v. 6-7). Ahora bien, si Dios llama dioses a unos hombres a quienes había confiado la autoridad en medio de su pueblo, ¿acaso se podía negar el título de Hijo de Dios a Aquel a quien «el Padre santificó», esto es, a quien había puesto aparte desde antes que el mundo fuese, para cumplir su voluntad, y a quien había enviado en tiempo propicio? ¿Acaso era una blasfemia de su parte? ¿No había declarado Dios mismo, dos veces, que Jesús era su Hijo amado? (Mateo 3:17; 17:5).

Jesús les dijo todavía: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre» (v. 37-38).

Las obras de Jesús llevaban el sello divino de su Padre. Si ellos no creían sus palabras, por sus obras tenían la prueba de que él no podía ser otro sino el Hijo de Dios. Pretendían no apedrearle por las buenas obras que hacía; ello era una insensatez, puesto que esas obras probaban que ellos formulaban un juicio falso contra Jesús. Ante sus propios ojos tenían un doble testimonio de su error: el de las Escrituras y el de las obras de Jesús, sin hablar de sus palabras. Ellos deberían haber creído que el Padre estaba en Jesús y él en el Padre. En lugar de creer, «procuraron otra vez prenderle, pero él se escapó de sus manos. Y se fue de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde primero había estado bautizando Juan; y se quedó allí» (v. 39-40). Jesús abandonó el templo para cruzar el Jordán y dejó a los judíos bajo las terribles consecuencias de su incredulidad. Terminando el capítulo 10 tenemos, según el plan de este evangelio, el final del ministerio público de Jesús por medio del cual probaba a los judíos quién era él.

Los capítulos 11 y 12 aún presentan su actividad, por la cual Dios rinde un triple testimonio respecto a su Hijo, ya que los judíos rechazaron el testimonio rendido por el mismo Hijo. Lo vemos cual Hijo de Dios en la resurrección de Lázaro, cual Mesías en su entrada en Jerusalén como Rey (cap. 12:9-19) y cual Hijo del Hombre cuando los griegos desean verle (v. 20-26). En los capítulos 13 a 16 Jesús conversa con sus discípulos, y en el 17 habla con su Padre; luego viene la condenación, la muerte, la resurrección, la aparición de Jesús a los suyos, con una enseñanza simbólica y el restablecimiento de Pedro.

Jesús volvió, pues, al punto de partida de su ministerio, allí donde Juan bautizaba al principio, «y se quedó allí» (v. 40). Así cumplía la profecía de Isaías 49:4: «Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis fuerzas; pero mi causa está delante de Jehová, y mi recompensa con mi Dios». Véase la respuesta de Dios a estas palabras en el versículo 6 del mismo capítulo de Isaías.

Con estas palabras expresa que, para Israel como pueblo, su ministerio ha sido inútil, ya que el pueblo lo rechazó. Israel será salvo más tarde, por la fe en Aquel a quien rechazó. Mientras tanto el Señor ocupa ese sitio, más allá del Jordán, el río que simboliza la muerte. Aún hoy se puede ir a Jesús, tal como en aquel entonces. «Y muchos venían a él, y decían: Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de este, era verdad. Y muchos creyeron en él allí» (v. 41-42). Jesús siempre es el punto de atracción para aquellos que tienen necesidades, cualquiera que sea el lugar donde esté. Pero cuando es rechazado por la mayoría, es preciso que uno se separe de ella para ir a él. Los que creyeron en Jesús eran ovejas que escuchaban su voz. Creyeron en él allí donde el odio de los judíos le había llevado. Igual sucede hoy en día: la salvación se obtiene por la fe en un Cristo rechazado, pero que ha tomado lugar más allá de la muerte en espera de que su pueblo terrenal le reciba. Los que fueron a él reconocían el ministerio de Juan el Bautista. Juan no había hecho milagros; era una voz, y lo que esta voz había dicho de Jesús se realizó. Había despejado el camino para poder llegar hasta Él (cap. 1:23).

Hay una palabra muy característica en este evangelio: «creer», la cual se encuentra noventa y nueve veces en él. ¡Qué gracia divina tan maravillosa! Dios ha querido poner a disposición de la fe todos los resultados insondables de la venida de su Hijo quien, por su muerte, hizo posible y sencilla la salvación de pobres pecadores como somos todos nosotros por naturaleza. Es de desear que todos los que tengan alguna tendencia a razonar sobre las cosas de Dios busquen todos los pasajes donde se encuentra el verbo «creer» y mediten su significado.

13 - Juan 11

13.1 - Jesús se entera de que Lázaro está enfermo

Cerca del monte de los Olivos, no lejos de Jerusalén, se hallaba el pueblo de Betania, donde vivían Marta, María y su hermano Lázaro. Al Señor le gustaba refugiarse en casa de esta familia; el afecto del cual gozaba allí refrescaba su corazón constantemente entristecido por la incredulidad y el odio de los judíos. Allí Marta, siempre activa, le servía con abnegación, y María, sentada a sus pies, escuchaba su palabra; con ella Jesús tenía una comunión que no había disfrutado con ninguno de los suyos en un grado tan elevado. También era allí donde Jesús se retiraba por la noche en los últimos tiempos de su estancia en la tierra, una vez echado de Jerusalén por el odio de los judíos (Mateo 21:17; Marcos 11:11; Lucas 21:37); y, tal como lo veremos en el capítulo 12, fue allí donde María ungió sus pies con un perfume de gran precio.

Esta familia, tan profundamente vinculada al Señor y no menos amada por él, se vio afligida por la enfermedad de Lázaro. Como Jesús no estaba por allí, Marta y María le expresaron su dolor mandándole decir: «Señor, he aquí el que amas está enfermo». No le pidieron que fuese a visitarlos; sabían que el amor del Señor no requiere ninguna invitación formal; estaban convencidas de que al enterarse de su pena, el Amigo divino acudiría para sanar al que amaba. Y no se equivocaban al contar con él: hermoso ejemplo de la confianza que podemos tener en un amor tan perfecto como el de Jesús. Pero las hermanas de Lázaro, y nosotros también, debemos aprender que lo que dirigía al Señor Jesús en su servicio no era en primer lugar su afecto por los suyos, sino precisamente la obediencia a su Padre. Jesús era el hombre perfecto, el siervo perfecto, porque obedecía y cumplía siempre la voluntad de Dios. En las circunstancias que la familia de Betania atravesaba, no era la voluntad de Dios que Jesús impidiese la muerte de Lázaro. Debía cumplirse una obra más grande que una curación, para que la gloria de Dios fuera manifestada por la resurrección de Lázaro, y que por ella el Hijo de Dios fuera glorificado. Para lograr tal objetivo, la muerte de Lázaro era imprescindible.

Cuando Jesús oyó el mensaje de las dos hermanas, respondió: «Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (v. 4).

Por lo tanto, si Jesús no partió enseguida, no fue por indiferencia, pues el versículo 5 dice: «Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro». Por encima de todo, Dios debía ser glorificado y quería glorificar a su Hijo mediante el triunfo de la vida sobre la muerte. En efecto, ¡qué gloria resplandece, ante esta tumba, para el Hijo de Dios despreciado y odiado por los hombres! El hombre se encontraba bajo el imperio de la muerte, y Dios quería mostrar el poder por el cual le libraría de ella; esto no podía hacerlo por medio de una curación. Por eso envió a su Hijo a este mundo. Le dio la facultad de tener la vida en sí mismo, como Jesús lo dice a propósito de la curación del paralítico de Betesda en el capítulo 5: «Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis. Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida» (v. 20-21). La resurrección de Lázaro es una obra mayor que la curación del paralítico.

Después de enterarse de la enfermedad de Lázaro, Jesús permaneció dos días más donde estaba. Aunque no respondiera a la noticia de las hermanas de Lázaro, el corazón del Señor no era indiferente a su dolor, aumentado aún por el retraso de su llegada, el que sin duda no lograban explicarse. En su perfecto amor, Jesús sufría por parecer insensible a la pena de ellas; pero, por encima de todo, quería obedecer a Dios. ¿Acaso no había dicho al entrar en el mundo: «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad»? (Hebreos 10:9). ¡Qué ejemplo más perfecto nos da en esta circunstancia, al igual que en todo lo que hizo! Siempre debemos tratar de complacer primero a Dios, preguntándole cuál es su voluntad, antes de dejarnos dirigir por nuestros afectos, nuestra simpatía o alguna otra circunstancia, pues su voluntad –y solo ella– debe conducirnos en el camino de la obediencia.

Transcurridos dos días, Jesús dijo a sus discípulos: «Vamos a Judea otra vez». Como los discípulos no pensaban en la pena de la familia de Betania, le respondieron: «Rabí, ahora procuraban los judíos apedrearte, ¿y otra vez vas allá? Respondió Jesús: ¿No tiene el día doce horas? El que anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero el que anda de noche, tropieza, porque no hay luz en él» (v. 7-10). Para Jesús, el tiempo durante el cual cumplía la voluntad de su Padre en la tierra era el día; avanzaba sin tropezar, sin dejarse desviar por sus vínculos con la familia de Betania, ni por el odio de los judíos y la muerte segura que le esperaba. No solo veía la luz, siendo hombre obediente, sino que él mismo era la luz de la vida. Si procuramos hacer solo la voluntad de Dios, entonces nosotros también, en la práctica, andaremos en la luz, y nada podrá desviarnos de ella.

«Les dijo después: Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle». Al no comprender que Jesús se expresaba así para hablar de la muerte, le dijeron los discípulos: «Señor, si duerme, sanará». Ellos no comprendían que, para Aquel que tiene el poder de resucitar a los muertos, la muerte no es más que un sueño. Ni ellos, ni Marta, ni María conocían a Jesús como la resurrección y la vida. «Entonces Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto; y me alegro por vosotros, de no haber estado allí, para que creáis; mas vamos a él» (v. 14-15). El Señor se regocijaba pensando en las ventajas que tendrían los discípulos al ver el poder de vida desplegarse en el dominio de la muerte. Este milagro los llevaría a creer en él, ya no solo como Mesías, sino como Hijo de Dios venido para traer la vida al seno mismo de la muerte, en la cual se encontraban y aún se encuentran todos los hombres, mientras están en su estado natural. Lázaro, muerto, es figura de ello.

Tomás, al ver que su Maestro estaba decidido a ir a Judea, mostró su amor hacia él diciendo: «Vamos también nosotros, para que muramos con él». Dios tuvo mucho cuidado en darnos a conocer esta declaración de Tomás, para que supiéramos que, si bien iba a mostrar incredulidad respecto a la resurrección de Jesús, lo amaba.

13.2 - Jesús encuentra a Marta

Cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro ya estaba en el sepulcro desde hacía cuatro días. La muerte había cumplido su obra; Jesús iba a cumplir la suya. Como Betania estaba cerca de Jerusalén (a unos quince estadios, aproximadamente tres kilómetros), muchos judíos habían venido para consolar a Marta y a María, según las costumbres orientales; estas circunstancias fueron dirigidas por Dios para que numerosos testigos presenciasen la gran obra que el Señor iba a cumplir (v. 17-19).

Marta, al saber que Jesús se acercaba, fue a su encuentro, mientras María permaneció en casa. Siempre activa y pronta para tomar la palabra, Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará» (v. 21-22). Era verdad; si Jesús hubiese estado presente, habría sanado a Lázaro; en Su presencia, la muerte no tenía poder sobre nadie. Sin embargo, Marta confiaba plenamente en Aquel a quien ella reconocía como el Cristo, para que él interviniera ante Dios a favor de ellas. Jesús le respondió: «Tu hermano resucitará. Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero». Marta no albergaba la idea de que Jesús poseía el poder de vida en sí mismo y, por consiguiente, el poder de resucitar a los muertos. Al creer en la resurrección general en el día postrero, pero no en la resurrección de entre los muertos, ella no recibía el consuelo que necesitaba ese día. Hasta entonces, la presencia de Jesús no le había traído más de lo que traía a todo judío ortodoxo. Ahora bien, Jesús había venido no solo para cumplir lo concerniente a Israel, sino también a favor de todos los hombres. Luego dijo a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo» (v. 25-27).

Entonces Jesús anunció a Marta que él era la resurrección y la vida, lo que, por la gracia de Dios, responde al estado de todo hombre; porque todos, judíos y gentiles, siendo pecadores, están bajo el poder de la muerte. Y para sacarlos de allí no basta sanarlos, sino que es necesario el poder que libera de la muerte y da la vida. Como Jesús es la resurrección y la vida, el que en él cree, aunque esté muerto, vivirá, será resucitado; y el que viva, el que se halle presente en su cuerpo, no morirá eternamente. Esto se verificará cuando el Señor Jesús venga y arrebate a la Iglesia y a todos los santos dormidos. Los creyentes fallecidos resucitarán primeramente, y los vivos serán transmutados, sin pasar por la muerte. Cuando Jesús aparezca en gloria para establecer su reinado, los testigos muertos entre el arrebatamiento de la Iglesia y aquel momento, serán resucitados. Los que aún vivan después de haber atravesado el terrible tiempo de la gran tribulación, no morirán; gozarán del reinado de Cristo sobre la tierra. He ahí las gloriosas verdades presentadas a la fe de Marta en las palabras y la persona de Jesús. Esto superaba infinitamente todo lo que ella, e incluso su hermana, habían comprendido en cuanto a la persona de Cristo. Cuando Jesús le dice: «¿Crees esto?», ella contesta simplemente lo que su fe había percibido hasta entonces, a saber, que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios que había venido al mundo. Al no sentirse capacitada para sostener por más tiempo esa clase de conversación, comprende que lo que Jesús le dice se dirige más a María que a ella; por eso va a llamarla. En realidad, eran las palabras del Señor las que llamaban a aquella que se sentaba a sus pies para aprender de él. Cada uno de nosotros puede hacer una experiencia parecida. Cuando no nos hemos ocupado lo suficiente de la Palabra, si se nos hacen preguntas sobre la Palabra de Dios, muy pronto quedamos convencidos de quién de entre nosotros es más apto para responder. Para evitar semejante confusión, una pérdida para nuestra alma, es necesario dedicar más tiempo a la Palabra, sentarse, cual María, a los pies del Señor para obtener una porción que permanece, una riqueza eterna.

13.3 - Jesús junto al sepulcro

Marta llamó secretamente a su hermana; esta se levantó inmediatamente y fue a Jesús, quien la esperaba en el lugar donde Marta lo había encontrado. Al verla salir de prisa, los judíos creyeron que iba al sepulcro, y la siguieron. María se echó a los pies de Jesús con el respeto que le inspiraba un conocimiento más profundo e íntimo de su persona. Igual que Marta, le dijo: «Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano» (v. 32). A pesar de la superioridad de María sobre su hermana en cuanto al conocimiento de Jesús y a la apreciación de su persona, el dolor provocado por la muerte de su hermano era el mismo para ambas: el fin de todo lo que uno puede disfrutar en la vida presente, hasta la resurrección en el día postrero. Pero para las dos hermanas, como para todos, el recurso está en Jesús. La resurrección y la vida estaban allí en su persona. Aquel que, a su juicio, les había ignorado en el momento oportuno, y con cuya simpatía aún contaban, iba a superar infinitamente todo lo que ellas esperaban de él.

«Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró» (v. 33-35).

En presencia del dolor de María, Jesús no le enseña, como lo había hecho con Marta; da libre curso a su simpatía en una comunión que solo existía con ella. Pero en el corazón del Señor había más que simpatía para con Marta y María en el duelo; se añadían sentimientos producidos por el efecto de la muerte sobre los hombres incapaces de escapar de este rey de los espantos. «Se estremeció en espíritu y se conmovió». Él mismo, el Dios creador, había colocado al hombre en esta tierra para que fuese feliz allí y viviera para siempre; pero, al entrar el pecado en este mundo, y por el pecado la muerte, el hombre se ve expuesto a los terrores de la muerte, sin defensa. En medio de este estado de cosas se encuentra Jesús, el Hijo de Dios, para sacar al hombre de debajo del poder de la muerte. Le vemos aquí, manifestando el poder de vida que está en él; sin embargo sabemos que para hacer valer este poder a favor de todos los creyentes, él mismo tendría que sufrir la muerte –juicio de Dios–, para librar de ella al pecador. Entraría en la muerte para volver a salir de ella vencedor, a fin de que, por la fe, todos participen de esa victoria.

En espera de ese momento, Jesús iba a mostrar que poseía en sí mismo la vida y todo el poder para liberar al hombre de las consecuencias terribles y eternas del pecado. Pero este precioso Salvador no obra con poder sin experimentar en su corazón todo el dolor causado por la muerte, con más realidad que aquellos a quienes esta había alcanzado. Después de preguntar: «¿Dónde le pusisteis?», cuando los judíos le contestan: «Ven y ve», Jesús lloró. «Ven y verás en qué ha parado tu criatura». Tal era para Jesús el significado de estas palabras. «Ve en dónde está el hombre, la obra maestra de tu creación; ve en dónde le ha hundido el pecado; hombre salido perfecto de entre tus manos, está en putrefacción». Comprendemos algo, muy poco por cierto, de todo lo que abrumaba el espíritu del Señor y lo que oprimía su corazón ante esta escena; él, apto para apreciar divinamente, con un corazón humano, las cosas tal como son en su realidad ante Dios. «Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba. Y algunos de ellos dijeron: ¿No podía este, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera?» (v. 35-37). En todos había el mismo pensamiento respecto a Jesús: solo veían en él el poder de retrasar el día de la muerte y no el poder victorioso de la vida sobre la muerte, para sacar de ella al hombre.

Este poder estaba allí, en la persona de Jesús, el Hijo de Dios, quien vino a este mundo conociendo la terrible condición en la cual se encontraba su criatura. Venido para simpatizar, llorar y finalmente liberar, lloró no solamente porque uno de los que amaba había expirado, sino porque todos los hombres estaban bajo el imperio de la muerte.

Un hecho digno de ser notado, que hace al Señor tan precioso para el corazón de los que pasan por el luto, es ver con qué actitud se presenta ante la tumba de Lázaro. No es la de un vencedor, aunque lo era; es la del hombre de dolor, que se adentra en las circunstancias de aflicción de aquellos a quienes viene a socorrer. No dice a las hermanas que están en el duelo que no lloren, pues va a resucitar a su hermano. Por el contrario, llora con ellas, y aunque la causa de su llanto superaba infinitamente la de Marta y María, experimentaba todo el dolor que provocaba en ellas la ruptura de los lazos naturales que él mismo había formado para la felicidad de su criatura. El Señor mostró su perfecta simpatía para que hoy en día –nosotros que atravesamos la escena de este mundo, en la cual la muerte viene constantemente a llamar a nuestra puerta y raptar a alguno de nuestros allegados– conociésemos todo lo que él es para nuestra consolación, mientras esperamos el glorioso momento de su retorno. Así conocemos a un Hombre que se halla en el cielo, Jesús, quien lloró en esta tierra en presencia de la muerte, quien mostró una perfecta simpatía, tanto humana como divina. Sabemos que él es el mismo; el lugar glorioso donde se encuentra no le distrae respecto a ninguna circunstancia dolorosa que atraviesen sus muy amados. Aún hoy es el mismo para consolar a todos los que, al hallarse en duelo, recurren a este corazón compasivo. Por eso podemos cantar, en medio del duelo como en cualquier aflicción:

Qué felicidad conocerte
A ti que no puedes cambiar…
Aun en el sombrío valle
Te mantienes muy junto a mí,
Y mi alma se consuela
Al sentirse junto a ti.

«Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima. Dijo Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. Jesús le dijo:

¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?» (v. 38-40). El estado de corrupción de Lázaro solo servía para resaltar más el poder que Jesús tenía para vivificar.

Además, para el Señor no era más difícil resucitar un cuerpo en proceso de descomposición que un cuerpo que no lo estuviera. Los que ponen en tela de juicio la facultad de Dios para hacer surgir del polvo los cuerpos que a este han vuelto desde el principio, no creen que para Dios resulte tan fácil reunir el polvo de los que han muerto desde hace miles de años como resucitar a un hombre que acaba de expirar. En respuesta a la objeción de Marta –a saber: «Hiede ya»–, Jesús le recuerda que el que cree verá la gloria de Dios en resurrección. Mientras espera desplegar su poder a favor de todos los creyentes, la gloria de Dios sería manifestada mediante la resurrección de Lázaro. «Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado. Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir» (v. 41-44). No fue necesario desatarlo antes de resucitarlo; el poder vivificante de Jesús le hizo salir tal como estaba. Pero una vez vivo, para que pudiera andar, era preciso quitarle la mortaja.

Aquí vemos, como en todo este evangelio, que incluso si Jesús obra con su poder divino, siempre lo hace sujetándose a su Padre. Sabía que había sido oído, pero quería que la multitud fuera testigo de su dependencia y de su relación con su Padre en el despliegue de ese poder, para que creyera que Jesús era verdaderamente el enviado de Dios. Aún podemos resaltar que Jesús resucitó a Lázaro para que siguiera viviendo en la tierra, tal como Jesús antes de su muerte. Lázaro tuvo que morir otra vez, mientras que, el día en que Jesús resucite a los santos dormidos, los introducirá en el estado en el cual él mismo entró por su resurrección, y sobre el cual la muerte no tiene ningún poder. En 1 Juan 3:2 está escrito: «Seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es». Lázaro fue semejante a Jesús en cuanto a su cuerpo, tal como lo era entonces, y nosotros seremos semejantes a Jesús tal como él está ahora, resucitado y glorificado, cuando seamos resucitados y transmutados.

El gran tema de este capítulo es, pues, Jesús, Hijo de Dios, la resurrección y la vida, quien tiene el poder de dar vida a los muertos. Ya hemos visto que este evangelio nos presenta el triste estado del hombre natural bajo tres figuras: su incapacidad para servirse de la ley (en el paralítico de Betesda, cap. 5); su estado de ceguera espiritual (el ciego de nacimiento, cap. 9); su estado de muerte moral (en Lázaro). Jesús, el Hijo de Dios, el enviado del Padre, es la respuesta de la gracia a la miseria total en la cual el hombre cayó por su propia culpa. ¡Qué objeto de adoración y alabanzas eternas resulta ser una Persona tan gloriosa, y qué eterno tema de agradecimiento el que haya venido a esta tierra!

13.4 - Los jefes del pueblo declaran que Jesús debe morir

Muchos judíos, testigos de la resurrección de Lázaro, creyeron en Jesús. Pero otros fueron a informar a los fariseos sobre lo que Jesús acababa de hacer (v. 45-46). Después de haber sido informados sobre este milagro, en vez de ver en ello la gloria de Jesús y creer en él, convocaron al sanedrín (tribunal supremo de los judíos) para decidir qué hacer con Jesús. «Si le dejamos así» –dijeron–, «todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación» (v. 48). Según ellos, la gran tragedia sería que todos creyesen en Jesús. ¡Qué oposición a los pensamientos de Dios! Dios envió a su Hijo al mundo «a fin de que todos creyesen por él» (cap. 1:7), y para que los que creyesen fueran salvos.

Esta oposición a los pensamientos de Dios es la misma hoy, porque el mundo, en cuanto a los principios que lo gobiernan, es el mismo hoy que en los días en que Jesús fue rechazado. La oposición al Evangelio es la prueba de ello, puesto que anuncia a los hombres que todo el que cree en el Hijo de Dios, el Salvador, tiene vida eterna. En el caso de los jefes del pueblo, su odio contra Cristo provenía de sus celos al ver cómo su ministerio de gracia atraía a las multitudes, porque si todos llegaban a creer en él, ellos perderían su posición en medio del pueblo. Ellos deseaban, pues, la muerte de Jesús, pero alegaban como pretexto el temor a los romanos, quienes, sin embargo, no tenían por qué temer la influencia de Aquel que decía: «Dad a César lo que es de César». Si todos hubiesen creído que Jesús era el Cristo, él hubiera establecido su reinado y destruido al imperio romano; esto es lo que hará precisamente cuando venga en gloria (Daniel 7:26-27). Caifás, sumo sacerdote, les dice: «Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca» (v. 49-50). Humanamente hablando, emite esta opinión por temor a que los romanos pusieran fin a la nación al ver los éxitos obtenidos por Jesús, lo que, según ellos, apartaría a los judíos del poder de Roma. ¡Pobre sabiduría!, pues la destrucción de la ciudad y del pueblo, por parte de Tito, cuarenta años más tarde, ocurrió como juicio de Dios precisamente porque los judíos habían rechazado a su Mesías. Mas por encima de las previsiones humanas, como Caifás era sumo sacerdote, Dios se valió de él para anunciar una gran verdad: «profetizó» –dice el autor del evangelio– «que Jesús había de morir por la nación; y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (v. 51-52), para que un día los judíos, al mirar a Aquel a quien traspasaron y al creer en él, puedan disfrutar de las bendiciones prometidas que Dios, en su fidelidad, quiere concederles. Pero, en espera de la salvación de Israel, Dios quería cumplir una obra maravillosa en el mundo en virtud de la muerte de su Hijo. En el capítulo 1 está escrito: «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios». Dios no quería que estos hijos permaneciesen aislados en este mundo, puesto que serían tomados de diversos países y razas; quería que, al poseer la misma vida, estuvieran unidos entre sí por el poder del Espíritu Santo, venido a la tierra tras la muerte y glorificación de Cristo. Todos los hijos de Dios, separados del mundo, forman una misma familia y, como vemos en los Hechos de los apóstoles y en los escritos de Pablo muy particularmente, constituyen la Asamblea de Dios. Por una parte, la maldad del hombre se manifestaba abiertamente y alcanzaba, con la muerte de Cristo, su punto culminante; por otra parte se verificaba la perfecta manifestación del amor de Dios y el cumplimiento de sus consejos. Desde ese día los jefes del pueblo procuraban matar a Jesús (v. 53).

La presencia de Jesús en la tierra manifestó el estado de perfecta ceguera moral en el cual estaban los judíos y en el que también se hallan hoy todos los hombres. Dios envió a su Hijo, quien a lo largo de su ministerio no cesó de probar su divinidad mediante el ejercicio de un amor incansable y de su poder en bondad. Sin embargo, tanto sus palabras como sus obras fueron rechazadas (cap. 8 y 9). Dios acababa de dar otro testimonio brillante acerca de su Hijo mediante la resurrección de Lázaro, cuyo cuerpo ya entraba en descomposición; era la vida llevada al seno mismo de la muerte, de la cual, con una palabra, Jesús arrancaba al hombre, por cuanto este era incapaz de sustraerse a ella. A pesar de ser testigos de este hecho y de la vida perfecta de Jesús, los judíos y la raza humana no ven en él más que a un hombre que merecía la muerte. Desde entonces el estado del hombre natural (como descendiente de Adán) fue manifestado: no podía reconciliarse con Dios, ni aprovechar los medios puestos a su disposición para liberarle de las consecuencias del pecado. Dios podía ejecutar sobre él su justo juicio. Pero, en su infinita gracia, fue su propio Hijo quien sufrió este juicio en lugar de los culpables, «para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». En la cruz, el hombre natural llegó a su fin en Cristo bajo el juicio de Dios; allí Dios acabó con él; un nuevo hombre, sacado de la muerte por la resurrección de Cristo, se encuentra en Cristo ante Dios. Tal es la porción del creyente mientras espera estar con Cristo y ser semejante a él.

«Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17).

Desde entonces, «Jesús ya no andaba abiertamente entre los judíos, sino que se alejó de allí a la región contigua al desierto, a una ciudad llamada Efraín; y se quedó allí con sus discípulos» (v. 54).

Por este tiempo se preparaba la fiesta de la pascua, la última antes de la realidad que esta simbolizaba: la muerte del Cordero de Dios. De la región circundante, muchos subían a Jerusalén para purificarse, a fin de poder celebrar la fiesta. Buscaban a Jesús y se preguntaban si él también vendría, sin duda con la esperanza de verle hacer algún milagro. Poco se pensaba que en tal fiesta este Jesús, a quien deseaban ver, sería crucificado entre dos malhechores, porque «los principales sacerdotes y los fariseos habían dado orden de que si alguno supiese dónde estaba, lo manifestase, para que le prendiesen» (v. 57). El hombre firmó su sentencia de muerte al decretar la muerte de Jesús; pero, por el triunfo del amor de Dios, allí donde «el pecado abundó, sobreabundó la gracia».

Hoy en día las fiestas y las formas religiosas se observan nominalmente en honor a Cristo. Pero, prácticamente, él es excluido de la vida, de los afectos, de los pensamientos. La inmensa mayoría de los que practican la religión cristiana, en contraste con los demás cultos, observa sus formas con el fin de hacer méritos. No obstante, esas personas se resisten a creer que la única manera por la que un pecador puede ser agradable a Dios es aceptando a Jesús como su Salvador personal, separándose del mundo y llevando así su oprobio.

14 - Juan 12

14.1 - Jesús sentado a la mesa en Betania

«Seis días antes de la pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos. Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él» (v. 1-2).

Mientras en Jerusalén se urdía un complot para matar a Jesús, en Betania se le preparaba una comida. En este lugar bendecido, lejos del odio de los hombres, el Señor encontraba un refugio y el afecto de corazones que le eran muy queridos. Nos imaginamos cuánto se deleitaba en este ambiente, gozando del amor con que él mismo había llenado los corazones.

Juan hace de esta escena un relato algo diferente al de Mateo y Marcos (Mateo 26:6-13; Marcos 14:3-9). Esto obedece al carácter que el evangelio en cuestión tiene y a la enseñanza particular que el Espíritu de Dios presenta allí. En el capítulo precedente vimos que Dios glorificó a su Hijo en la resurrección de Lázaro. En nuestro capítulo también se rendirá testimonio a su gloria como Mesías (v. 12-19) y como Hijo del Hombre (v. 20-26). Antes de esto el Espíritu de Dios nos presenta, en esta comida en Betania, un pequeño cuadro simbólico de las bendiciones que resultarían de la victoria que Jesús iba a obtener sobre la muerte, de cuya victoria da las arras mediante la resurrección de Lázaro. Si se consideran estos resultados desde el punto de vista del pueblo judío, Lázaro, sacado de entre los muertos, representa al Israel futuro, también resucitado, y Marta a aquellos que habrán atravesado el tiempo de los juicios. Israel, en estas dos partes, gozará de las bendiciones del reinado que el Señor establecerá tras su muerte y su resurrección. Pero, mientras se espera el cumplimiento de lo que concierne al pueblo terrenal, transcurre, en la dispensación actual, una escena mucho más íntima entre el Señor y los que se hallan beneficiados por su obra. Estos le rinden culto y ponen en práctica los caracteres de la vida cristiana, de la cual cada uno de los tres convidados representa un aspecto distinto.

En los otros dos evangelios que mencionan este relato dice que Jesús se encontraba en casa de Simón el leproso; en Marcos dice que estaba «sentado a la mesa». Aquí Simón no se nombra; simplemente dice: «Y le hicieron allí una cena», muy especialmente para él. En la vida del creyente, todo debe hacerse para el Señor; así él disfruta desde ahora los resultados de su obra, cuando ve vivir para él a los que antes de conocerle vivían únicamente para ellos mismos.

Estar a la mesa es la expresión de la comunión. Lázaro, el que había estado muerto, estaba sentado a la mesa. Todos los creyentes deberían gozar de esa comunión, porque han sido vivificados para Dios y, por consiguiente, están muertos al mundo, al cual ya no pertenecen.

En Marta tenemos la figura del servicio, de todo lo que se hace para honrar al Señor en la vida diaria. Todos nosotros tenemos un servicio que cumplir para él. Ahora que ella conoce a Jesús como la resurrección y la vida, le sirve, lo tiene por único objeto; ya no se distrae con su servicio, como ocurre en Lucas 10:40.

En María tenemos la porción suprema de la vida cristiana: la adoración, el culto. «Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume» (v. 3).

En Mateo y Marcos, María, que es llamada simplemente «una mujer», derrama el perfume sobre la cabeza de Jesús. En Mateo, que presenta a Jesús como el Mesías, vemos a esta mujer reconocerle como tal, contrariamente al pueblo, al aproximarse su muerte: derrama sobre la cabeza del Mesías el aceite de la unción real, expresión del valor que la persona del Cristo rechazado tiene para su corazón. Como Cristo debía resucitar antes de que se tuviera tiempo para embalsamar su cuerpo, aceptó esta unción como si tuviera el valor de su embalsamamiento, servicio del cual fueron privadas las otras mujeres que también amaban al Señor, pero menos inteligentes que María. Cuando ellas fueron al sepulcro, Jesús ya había resucitado.

En Marcos, donde vemos a Jesús como profeta o siervo, es honrado y ungido con este carácter. Allí encontramos la misma apreciación de su persona, el mismo amor que, bajo el efecto del odio del hombre y la cercanía de la muerte, exhala su perfume.

En nuestro evangelio María se acerca a Jesús con todo el respeto y el honor que se debe al Hijo de Dios. Ha estado sentada a sus pies, donde ha aprendido a conocer la excelencia de su persona. La resurrección de su hermano le reveló todavía una gloria que ella ignoraba hasta entonces. Su corazón, rebosante del amor cuya expresión era el mismo Jesús, la lleva con toda humildad a sus pies, consciente de la grandeza y de la divinidad del Hijo de Dios. Este hecho nos muestra por qué María unge, no la cabeza, sino los pies del Hijo de Dios, de Aquel que, siendo Dios manifestado en carne, tuvo a bien traerle desde el cielo –como también a todos los creyentes– el amor divino e infinito manifestado en el don de sí mismo. El odio que los judíos le manifestaban y la cercanía de la muerte, cuyas sombras María ya percibía, hacían resaltar las glorias de su único objeto y, a la vez, su amor hacia él. Presentía que había llegado la última ocasión para testimoniarle el valor que él tenía para su alma. Este perfume de gran precio simboliza la adoración y la alabanza ofrecidas al Señor en el culto por aquellos que aprecian su gloriosa persona. Los que son indiferentes al amor de Jesús estiman este honor como una pérdida. Judas lo expresó en estos términos: «¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres?» (v. 5). El mundo también piensa que en lugar de honrar al Señor manifestándole el respeto, el agradecimiento, el amor que se le deben, mediante el culto y una vida de entera obediencia, más valdría ocuparse de buenas obras que tienen más apariencia a los ojos de los hombres. Estas tienen su lugar; el Señor las aprecia cuando son hechas para él; pero él debe ocupar el primer lugar en todas las cosas y, en el culto, todo el lugar. ¡Ay! Judas, que perseguía su propósito tristemente interesado, no se preocupaba por los pobres; sus afectos estaban en otra parte; a él le gustaba el dinero, lo cual hizo de él un ladrón. En un corazón como el suyo, insensible al amor del cual había sido rodeado, endurecido por el amor al dinero, ya no había sitio para Jesús: seria advertencia para los que aman el dinero, porque el afecto por lo material endurece, quita los sentidos espirituales, hace egoísta, y a menudo conduce al robo y hasta al crimen.

Jesús respondió a Judas: «Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto. Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, mas a mí no siempre me tendréis» (v. 7-8). Se presentaba una ocasión única de hacer algo para el Señor, puesto que ocho días después sería crucificado; en cambio, constantemente se presenta la ocasión de hacer el bien a los pobres. Hay un tiempo para todo; es preciso saber discernirlo y no dejar escapar la oportunidad (Eclesiastés 3:1-8).

¡Qué emocionante contraste nos ofrece la actitud de Lázaro, de Marta y María, con la del mundo que odiaba a Jesús, sin hablar de Judas! El objeto amado y glorioso de unos era el blanco del odio de los otros. Este contraste aún existe hoy entre el creyente y el mundo, porque el mundo no ama a Jesús hoy más que entonces, y todo lo que Jesús era entonces para los suyos lo es todavía hoy. Los creyentes deben imitar a María, sentada a sus pies, escuchando su Palabra, para aprender a conocer las glorias del Señor y ser penetrados por su amor, para apreciarle y dirigirle el culto que se le debe; vivir para él, a fin de que el perfume de Cristo se esparza a su alrededor. El tiempo actual es el único en el cual podemos rendir testimonio de Jesús ante el mundo que no encuentra en Él ningún atractivo. Pronto no tendremos más la ocasión de hacerlo; aprovechémosla ahora, tal como lo hizo María.

Mientras Jesús estaba sentado a la mesa, una gran multitud de judíos acudió no solamente para verle, sino para ver a Lázaro resucitado. Este hecho causó gran molestia entre los principales sacerdotes, de manera que consultaban cómo podrían matar también a Lázaro; «porque a causa de él muchos de los judíos se apartaban y creían en Jesús» (v. 11). ¡Vaya locura de incredulidad y ceguera a causa del odio! Jesús resucita a un muerto y los hombres quieren matarlo. ¿Acaso creían poder anular el poder divino? Su odio les impedía razonar con lógica. Odiaban a Lázaro, porque el milagro del cual había sido objeto había llevado a los judíos a creer en Jesús. Tal es el hombre natural en presencia de todo el despliegue de la gracia y del poder de Dios a su favor. Sin embargo, muchas personas creyeron en Jesús. Esto lo hemos visto varias veces (cap. 10:42; 11:45). A pesar de todo, Dios cumple su obra, aun hoy, en medio de la incredulidad general de la cristiandad.

14.2 - Jesús aclamado como rey

Después de la conmovedora e íntima escena de Betania, donde Jesús recibió el homenaje de unos corazones que rebosaban de amor por él, emprendió el camino hacia Jerusalén, ciudad que mata a los profetas y donde él iba a morir, pero en la que Dios quería que hiciera su entrada como Rey, en cumplimiento de las Escrituras y para testimoniar ante los judíos que Él era su Mesías, el Hijo de David. «El siguiente día, grandes multitudes que habían venido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramas de palmera y salieron a recibirle, y clamaban: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel! Y halló Jesús un asnillo, y montó sobre él, como está escrito: No temas, hija de Sion; he aquí tu Rey viene, montado sobre un pollino de asna» (v. 12-15). Los demás evangelios muestran que la gente cubría la vía real con ramas y mantos; aquí simplemente dice que «tomaron ramas de palmera»; según Levítico 23:40, esto solía hacerse en la fiesta de los tabernáculos, figura del reinado milenario, del cual tenemos un anticipo momentáneo. Se aclama a Jesús, según el Salmo 118:25-26, como el Rey que viene en nombre de Jehová, y según la profecía de Zacarías 9:9, que debía cumplirse durante la presentación del Mesías venido en humildad. Cuando venga como Hijo del Hombre para reinar, aparecerá en gloria sobre las nubes del cielo y no sobre un pollino de asna. Si los judíos no hubiesen estado cegados por su odio y su incredulidad, habrían comprendido que las profecías se cumplían con la entrada de Jesús en Jerusalén, y entonces le habrían recibido. Los mismos discípulos no lo comprendieron hasta más tarde. «Pero cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas acerca de él, y de que se las habían hecho» (v. 16).

Los versículos 17 y 18 nos comunican que la gente había venido a recibirle y le daba testimonio a causa de la resurrección de Lázaro. Dios quiso que este milagro fuera conocido públicamente. Por su parte, frente a tal espectáculo, los fariseos dijeron: «Ya veis que no conseguís nada. Mirad, el mundo se va tras él» (v. 19). Estos desdichados fariseos veían ir a pique su influencia, su crédito y toda su gloria si el pueblo seguía a Aquel que resucitaba a los muertos, el Hijo de Dios, el Mesías, el Hijo de David, el Salvador del mundo. Ellos estaban dispuestos a recibir a cualquiera, incluso a un Barrabás, menos a Jesús. ¡Vaya cuadro de nuestro propio corazón!

14.3 - Unos griegos desean ver a Jesús

Entre las muchedumbres que habían ido a la fiesta se encontraban unos griegos; aunque forasteros en Israel, participaban en la fiesta y anhelaban ver a Jesús. Con este fin se dirigieron a Felipe quien, probablemente asombrado de que unos griegos deseasen ver a Jesús, lo dijo a Andrés, y juntos lo comunicaron a Jesús (v. 20-22). Este deseo expresado por unos gentiles recuerda al Señor el momento en el cual las naciones serán admitidas para participar en los beneficios del reinado del Hijo del Hombre. Pero, al ser rechazado como Mesías, tenía que morir para tomar este título. Jesús podía darse el título de Hijo de Dios e Hijo de David sin pasar por la muerte. Pero para tomar su título de Hijo del Hombre y, como tal, reinar sobre el universo, asociarse con los hombres en el cielo, debía morir; por eso Jesús respondió a los dos discípulos: «Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto» (v. 23-24). Es la «hora» de la glorificación del Hijo del Hombre. Según los consejos de Dios, no debía estar solo en su gloria, sino tener compañeros, hombres y no ángeles. Pero como todos esos hombres eran pecadores que se hallaban lejos de Dios, merecían la muerte que Jesús iba a padecer. Por eso dice que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no puede llevar fruto. Él era este grano de trigo, el único hombre según los pensamientos y los consejos de Dios, el único que podía entrar en el cielo y gozar, cual hombre, de la gloria de la presencia de Dios. Si no moría, permanecería eternamente solo en el cielo, en donde podía entrar en virtud de sus propias perfecciones. Para cumplir los designios de Dios, aceptó llevar el juicio de aquellos que serán sus compañeros en el cielo; los libera de todo lo que les privaba del disfrute eterno de la presencia de Dios. Su muerte pone fin a todo lo que es el hombre natural y a todos sus pecados. Por su resurrección, pone al hombre delante de Dios en la misma posición que él, en él, en espera de que esté con él, semejante a él y glorificado. Así era como podían cumplirse los eternos consejos del amor divino. Dios Padre quería llevar hijos a la gloria, fruto de la muerte de su Hijo muy amado. Por lo cual bien podemos cantar:

Los anhelos de tu amor inmenso
No hubiesen sido satisfechos
Sin ver, en tu presencia, en el cielo,
Hombres salvos y perfectos.

En los versículos 25 y 26 el Señor habla de las consecuencias prácticas que su muerte tendría para los que participarán de su gloria con él: «El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará».

Mientras llega la gloria, los que participarán de ella deben abandonar su vida de hombres naturales, puesto que Jesús murió para librarlos. Si alguien se apega a esa existencia, si satisface su voluntad y le concede los goces del mundo que ha rechazado a Jesús, ciertamente la perderá por la eternidad. No se puede tener, en el cielo, la vida adquirida por medio de la muerte de Cristo y conservar su vida de pecador en la tierra. Es preciso abandonarla de manera práctica, tan pronto como se posee la vida divina, realizando la muerte siempre, por todas partes, y andando en las pisadas de Jesús, fuera de todo lo que caracteriza al mundo en el cual la vieja naturaleza halla su satisfacción. De esta manera uno conservará la vida por la eternidad, disfrutando ya de todo lo que pertenece a la vida eterna. Como el creyente es propiedad de Aquel que murió para darle la vida, debe servirle a Él; por eso Jesús dice: «Si alguno me sirve, sígame», y las consecuencias de ello son evidentes. No podríamos servir al Señor sin seguirle, a pesar de todo lo que profesemos acerca de él. No podemos servir a Cristo y permanecer atados al mundo que no quiere saber nada de él. El Señor ha trazado para los suyos un camino fuera del mundo, al cual él dice que no pertenecen. Pero nos ha dejado ejemplo, para que sigamos sus pisadas (1 Pedro 2:21). Al seguir el mismo camino, llegamos adonde Jesús llegó. «Donde yo estuviere, allí también estará mi servidor». Además, el Padre honrará al que haya servido a su Hijo, porque el Hijo es objeto de tanto amor por parte del Padre, que todo lo que se hace para él, el Padre lo aprecia y lo recompensa. Pero el gran motivo que debe incitar al creyente a seguir en pos del Señor en el camino de renuncia al yo y al mundo es el amor del Señor para con él, amor que le hizo dejar la gloria para venir a este mundo y salvarle, sufriendo el juicio de Dios que todos merecíamos. Si somos objeto de semejante amor, ¿desearíamos tener aquí en la tierra otra porción, otro lugar que no sea el de nuestro Salvador y Señor cuando vino para salvarnos? Si la marcha del creyente se inspira en el amor del Señor hacia él, todo le será fácil, y luego el Padre le honrará. Este honor no es el motivo que mueve a ser fiel, pero sí anima a serlo.

14.4 - La hora de la muerte

Lo que acababa de suceder colocaba ante Jesús la terrible muerte que iba a padecer. Exclama: «Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora?Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre» (v. 27-28).

No era la muerte a manos de los hombres lo que turbaba el alma de Jesús, por sensible que indudablemente fuese ante todos los sufrimientos que esta encerraba; era la muerte como juicio de Dios, muerte necesaria para quitar el pecado, con el fin de colocar ante Dios al hombre lavado de todas sus impurezas. Según todas las perfecciones de su naturaleza, el Señor experimentaba el horror del momento en que estaría separado de su Dios por el abominable pecado que iba a expiar. No podía, pues, desear tal momento. «Sálvame de esta hora», dice; como en Getsemaní (Lucas 22:42): «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa». «Mas» –dice inmediatamente, en una perfecta sumisión a la voluntad de su Padre– «para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre». Por amor a su Padre vino a cumplir esta obra, para mantener su gloria, sus derechos, al llevar las consecuencias del pecado, de la deshonra que el hombre había echado sobre el Nombre de Dios, y para que el amor de su Dios y Padre pudiera ser conocido por culpables arrepentidos. Como respuesta a su deseo, una voz del cielo se hizo oír: «Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez». Glorificado por la resurrección de Lázaro, lo iba a ser de nuevo por la resurrección de Jesús mismo. «Resucitó… por la gloria del Padre» (Romanos 6:4). Si el Señor no fue liberado de la hora de la muerte, sí lo fue de la muerte misma después de haberla sufrido, cosa imposible para cualquier otro hombre. Las perfecciones divinas y humanas del segundo Hombre hacían posible que pasara por la muerte llevando el pecado con el cual se había cargado, sin que la misma lo retuviese. Después de haberla sufrido en lugar de otros, iba a salir de ella victorioso.

Al oír la voz venida del cielo, la muchedumbre dijo que se había producido un trueno; otros pretendían que un ángel le había hablado. Jesús respondió: «No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa de vosotros. Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera» (v. 29-31). Siempre en comunión con su Padre, el Señor no tenía necesidad de que le respondiera públicamente; le respondía en la intimidad de esta comunión; pero era necesario que la multitud también tuviera este testimonio de parte del cielo, en esta hora suprema, solemne para todos. Si Jesús muere, todo se ha acabado entre Dios y el mundo, salvo para aquellos que crean en él como muerto y resucitado. Ya no queda ningún recurso para hacer valer en favor del mundo juzgado, a no ser la gracia que se dirige, no al mundo como tal, sino a los individuos que en él están, a «todo aquel», como se complace Juan en repetir a menudo. Otra consecuencia de la muerte de Jesús: «Ahora el príncipe de este mundo será echado fuera». Es la liberación de la sujeción a Satanás, quien se ha constituido jefe de este mundo al llevar a todos los hombres a matar a Jesús. Hasta aquí Satanás todavía no había recibido este título. Será atado durante el reinado del Hijo del Hombre, y luego será echado al lago de fuego preparado para él y sus ángeles. Ahora el creyente se beneficia con la victoria que Jesús obtuvo sobre Satanás, al andar en la misma obediencia que Aquel que pudo decir, al acercarse la hora de la muerte: «Viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí» (Juan 14:30).

Sin embargo, Satanás siempre es el príncipe de este mundo en medio del cual nos hallamos; para resistirle, basta seguir el modelo que tenemos en Cristo. Pronto será echado fuera. «El Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies» (Romanos 16:20).

Luego Jesús habla de su muerte en relación con la salvación de los hombres: porque si debía «destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo», era para liberar «a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre» (Hebreos 2:14-15). «Y yo» –dice Jesús–, «si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir» (v. 32-33). Jesús, hombre perfecto, ya no tenía sitio en la tierra. Pero, como quería tomar el lugar del hombre pecador bajo el juicio de Dios, no podía entrar en el cielo sin pasar por la muerte; por lo tanto, rechazado en la tierra, tomó lugar entre la tierra y el cielo, en la cruz, para atraer a todos los hombres hacia él, el Salvador, a fin de introducir luego en el cielo a cuantos creyeran. La obra de la cruz se cumplía a favor de todos los hombres, no solamente judíos, de modo que todos pueden ir a Jesús y obtener la salvación.

El sitio que Jesús tomó en la cruz está representado por el altar de bronce donde se ofrecían los sacrificios en el desierto. No era en medio del pueblo ni en el tabernáculo, sino entre ambos, en el atrio; allí se hallaba el único lugar donde el pecador podía encontrarse con un Dios que tiene los ojos demasiado puros para ver el mal, y a quien nadie se atrevía a acercarse, pues moría.

Los judíos, al comprender que «levantado de la tierra» indicaba la crucifixión, dijeron a Jesús: «Nosotros hemos oído de la ley, que el Cristo permanece para siempre. ¿Cómo, pues, dices tú que es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado?

¿Quién es este Hijo del Hombre?» (v. 34). Esta pregunta nos permite ver que, en el fondo, ellos admitían que Jesús era el Cristo, el Mesías, porque entendían que él hablaba de sí mismo, y aplicaban al Hijo del Hombre lo que se dice de Cristo. Pero aún pensaban en un Cristo glorioso, pues aun los que le habían recibido no comprendían que él debía morir. Sin embargo, las Escrituras dicen: «Se quitará la vida al Mesías, mas no por sí» (Daniel 9:26). «Mesías» e «Hijo del Hombre» son dos títulos de la misma persona, pero con atribuciones distintas, como a menudo lo hemos hecho constar. Hablar del Hijo del Hombre es hablar del Mesías rechazado y, en ese momento, ese rechazo iba a consumarse. Sin embargo, los que lo rodeaban aún podían beneficiarse con la presencia de Jesús como luz, para salir de la condición tenebrosa en la que Jesús iba a dejarlos. Fue lo que les dijo, en vez de explicar quién era el Hijo del Hombre: «Aún por un poco está la luz entre vosotros; andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas; porque el que anda en tinieblas, no sabe a dónde va. Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz. Estas cosas habló Jesús, y se fue y se ocultó de ellos» (v. 35-36). Lo que ellos necesitaban no era saber quién era el Hijo del Hombre, sino más bien aprovechar a Aquel a quien tenían ante sus propios ojos, beneficiarse de la luz, como el que nació ciego, al creer en Jesús, el Enviado de Dios, «aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (cap. 1:9). Las tinieblas iban a apoderarse de ellos. Hacia el final de ese día, ellos aún podían aprovechar los últimos rayos del sol a punto de ponerse, en lugar de discutir sobre su persona, porque «estas cosas habló Jesús, y se fue y se ocultó de ellos».

En los tiempos parecidos en que vivimos, la luz del Evangelio todavía brilla en este mundo. Pero, en lugar de creer simplemente la Palabra de Dios, se discute su valor; no se cree en su inspiración divina; se quiere explicar lo que se debe creer y lo que se debe rechazar de ella. También se razona sobre la persona de Jesús; se duda de su resurrección, aun de la de Lázaro, y más aún. Mientras tanto, los días transcurren y el límite de la paciencia de Dios se acerca rápidamente. En aquel día la voz de la gracia se callará, y los que no hayan aprovechado la gracia, por haber escogido las tinieblas, serán dejados en ellas. A esas tinieblas, a las que llaman progreso y luz, se las quiere utilizar para aclarar lo que Dios dice por medio de su Palabra. Aunque nos hallamos al final del día en el que la luz del Evangelio de la gracia de Dios brilla, todavía estamos a tiempo para creer, como Jesús dice a los judíos: «Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz». Uno no se salva por su inteligencia, como tampoco por el razonamiento, sino por la fe semejante a la de un niño, la fe en el Salvador, muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación.

14.5 - El endurecimiento del pueblo

El versículo 37 dice: «A pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían enél».

Los milagros que el Señor había hecho tenían el propósito de llevar al pueblo a creer en Él. En el capítulo 15:24 dice: «Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado» (pecado que consistía en rechazar a Cristo). En el capítulo 2:11 está escrito: «Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él». Luego siguió haciendo todos los milagros que demostraban al pueblo que ciertamente él era enviado por Dios para su liberación. Algunos creyeron en él a lo largo de su ministerio; pero la nación como tal permaneció en la incredulidad, en la que todavía se encuentra, juicio de Dios pronunciado por Isaías: «¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor?». No podían creer, porque Isaías dice todavía respecto al pueblo de Israel: «Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón; para que no vean con los ojos, y entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane» (véase Isaías 53:1; 6:9-10).

Se objetará que los judíos no podían creer, pues Dios los había endurecido y cegado para que no se convirtiesen. Las profecías que anunciaban esta ceguera, pronunciadas casi ochocientos años antes, no se cumplieron hasta que Dios hubo hecho todo lo que era posible para evitar su ejecución. Había sido muy paciente con este pueblo a través de toda su historia; los profetas, sin cesar, lo habían instado a volverse a Dios. Después de que Isaías pronunció su profecía, el pueblo fue llevado cautivo a Babilonia, luego fue devuelto para recibir al Mesías quien, por fin, apareció tal como había sido anunciado y, como acabamos de ver, hizo todo lo necesario para ser recibido y cumplir las bendiciones prometidas. Mas todo esto fue inútil. «Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él»: he ahí el resultado que Dios obtuvo. Aun cuando el Señor hubiera continuado su ministerio durante un siglo, el resultado hubiera sido el mismo; lo que debía hacerse se había hecho según la medida de Dios, perfecta como todo lo que Dios es y hace, y que no podría ser superada sin menoscabar sus perfecciones. La incredulidad, en adelante, es la porción de este pueblo que permanece sin excusa alguna. Otro vendrá en su propio nombre, dice el Señor en el capítulo 5:43, a ese recibirán, esto es, al anticristo, el cual hará milagros y señales y prodigios mentirosos (2 Tesalonicenses 2:9); incluso, como Elías, hará caer fuego del cielo (Apocalipsis 13:13); le recibirán para su juicio final, porción también de la cristiandad apóstata, cuando el tiempo de la paciencia de Dios haya pasado, lo cual ocurrirá pronto.

El versículo 41 recuerda las circunstancias en que había sido pronunciada la profecía que anunciaba la ceguera judicial del pueblo: «Isaías dijo esto cuando vio su gloria, y habló acerca de él». En el capítulo 6:1-5 de esta profecía leemos: «En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos». Tal era, pues, Aquel a quien el profeta veía en su majestad, su santidad, Aquel de quien está escrito que los mismos cielos no son puros a sus ojos. El Espíritu de Dios declara, por medio de Juan, que este era el Señor Jesús. «Isaías dijo esto cuando vio su gloria, y habló acerca de él». Este Jesús rechazado, despreciado, que unos días más tarde sería condenado, azotado, coronado de espinas, crucificado, este Jesús cuya divinidad se niega hoy en día y a quien se cree estimar mucho al llamarle el mejor de los hombres, un modelo, o a quien, por el contrario, se rechaza abiertamente, es el Rey de gloria, Jehová. Así lo presenta el Antiguo Testamento, el Creador de los cielos y la tierra, pero quien revestido de humanidad vino a este mundo, en medio de hombres pecadores y perdidos –tal como Isaías se veía en su presencia gloriosa–, para traer vida, luz y amor. Hombre, pero Dios manifestado en carne, él vino con la más profunda humildad para ser accesible a todos; «se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:7). Dejó la gloria que hubiera fulminado a quienquiera que hubiera osado acercarse a ella, la luz inaccesible que ningún ojo ha visto ni puede ver. Es Aquel a quien los hombres han rechazado y rechazan todavía, después de haber visto todo lo que podía ser visto para reconocerle en su poder, en su amor; Aquel que se interesaba en todas sus penas y dolores. Por su presentación, la prueba del hombre natural era perfecta; hubiera sido inútil seguir esperando, puesto que su corazón no se dejaba tocar por semejante gracia y no tenía ojos para ver la hermosura del Señor. No era digno de Dios prolongar más esta prueba; por lo tanto, no le quedaba más que aplicar su juicio. Pero, amor supremo, insondable y divino es este Jesús glorioso, maravilloso, rechazado, odiado, quien sufrió el castigo para salvar a este hombre tan odioso a los ojos de Dios a causa de sus pecados.

Oh Jesús, tu amor y tu gracia inefables,
¿Quiénes los exaltarán, si no estos culpables?

Sin embargo, en este último momento, varios de los jefes creyeron en él; «pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga. Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios» (v. 42-43). ¿Cómo era la fe de estos hombres? Aunque era insuficiente para seguir al Cristo rechazado, ¿bastaba ella para ser salvado? Dios lo sabe. Es preciso elegir: Cristo o el mundo; no se puede tener las dos cosas. Moisés había estimado «por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón» (Hebreos 11:26). Este tendrá lugar el día en que el andar de cada uno sea manifestado, cuando los que buscan la gloria de Dios, que no tiene valor alguno a los ojos de los hombres, reciban su recompensa. Pero, ¡qué día para los que se hayan avergonzado del Señor, prefiriendo la gloria de los hombres que le rechazaron cuando vino a este mundo y para quienes todavía hoy no tiene atractivo alguno! Para los que permanecen aún indecisos en cuanto a seguir a Jesús, hoy es el momento de vencer los obstáculos que se encuentran en su camino, porque pronto será demasiado tarde.

14.6 - El último llamado del Señor

Antes de terminar su ministerio público, Jesús hizo todavía un llamado que resume todo el evangelio tal como Juan lo presenta. «Jesús clamó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió» (v. 44-45).

Entres circunstancias importantes oímos a Jesús clamar en este evangelio:

1. En el capítulo 7:37: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba». Solo a Jesús se debe ir, porque no hay recurso en ninguna otra parte.

2. Junto al sepulcro de Lázaro (cap. 11:43). Jesús clamó, y su poderosa voz penetró en el dominio de la muerte.

3. Y aquí afirma por última vez lo que vino a hacer en el mundo y cuáles serán las consecuencias para los que le rechacen.

Afirma otra vez su identificación con Dios, su Padre. Al creer en Jesús y verle, uno cree y ve a Aquel que le envió, esto es, a Dios mismo. En el versículo 46 Jesús recuerda que él es la luz venida a este mundo, para que todo el que crea no permanezca en las tinieblas. En el versículo 47 dice que ha venido, no para juzgar, sino para salvar al mundo. En los versículos 48 a 50 muestra la gravedad de rechazarle y no recibir sus palabras, porque en el último día la palabra que Jesús ha hablado juzgará al que no haya creído. El motivo de condenación será la palabra que hubiese dado la salvación, la del Padre, porque el Señor no había hablado por sí mismo. Su Padre, quien le había enviado, le había mandado lo que debía decir y cómo debía decirlo, de modo que todo lo que él había dicho y hecho era la expresión de Dios mismo en gracia; porque el propósito de Dios en todo lo que el Hijo había dicho y hecho de su parte era «la vida eterna». Jesús termina diciendo: «Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho» (v. 50). ¡Qué terrible responsabilidad para todo el que no cree la Palabra que trae a los hombres la vida eterna! En el día del juicio será terrible encontrarse en presencia del Salvador con el recuerdo de haberle visto y oído, o de haber conocido, por la Palabra de Dios, sus palabras y hechos que instaban a creer en él para no ser condenado.

El servicio del Señor para el mundo termina con este capítulo 12. En los capítulos 13 a 17 tenemos sus enseñanzas a los discípulos en vista de su partida; no queda nada para el mundo, sino solo su condenación.

15 - Juan 13

15.1 - El lavado de los pies

El servicio del Señor entre los judíos había terminado; había cumplido a la perfección todo lo que debía hacerse para llevarles a creer en él. A partir de ese momento pensaría en los que habían creído; solo de ellos se ocuparía hasta la hora de su muerte, además de la gloria en la que iba a entrar.

«Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (v. 1).

¡Preciosa declaración! El amor de Jesús, rechazado por el mundo, permanecía activo en favor de los que le habían recibido. Los amó hasta el fin: hasta el fin de su estancia sobre la tierra, y hasta el fin del tiempo durante el cual ellos tendrían necesidad de sus cuidados sobre la tierra, esto es, hasta su retorno, porque sabía en qué mundo manchado los iba a dejar. Por eso les presenta, en los capítulos 13 a 17, los recursos y las palabras de aliento necesarios durante su ausencia.

Jesús estaba a la mesa con sus discípulos, para la cena de la pascua, ocasión en la cual instituyó la cena cristiana, hecho que no se nos relata en este evangelio. Judas Iscariote estaba presente, y Satanás ya había puesto en su corazón el pensamiento inicuo de entregar a su Maestro. El Señor lo sabía y su corazón sufría por este motivo. También sabía que su Padre le «había entregado todas las cosas en sus manos, y que había venido de Dios, y estaba para ir a Dios» (v. 3, V. M.).

Pero ni el dolor que le causaba la traición de Judas, ni el conocimiento del poder que el Padre le confiaba, ni la perspectiva de la gloria en la cual iba a entrar, apartaban sus pensamientos de los discípulos que iba a dejar. A punto de dejarlos, deseaba que disfrutaran de la porción que tendrían juntamente con él en la nueva posición en la que les colocaría cuando subiera al cielo. Él sabía lo que los privaría de este disfrute: el pecado, que se vincula no con la posición del creyente, pues esta resulta de la obra de Cristo en la cruz, sino con su marcha a través de un mundo manchado. Cuando estemos en la gloria, semejantes al Señor, nos encontraremos allí en una perfección absoluta, pisando la calle de la ciudad de oro puro, transparente (Apocalipsis 21:21), al abrigo de toda mancha. Pero los discípulos aún no estaban allí, como tampoco lo estamos nosotros. Mientras tanto el Señor, quien murió a fin de obtener para nosotros un lugar y una porción con él en el cielo, actualmente se ocupa de nosotros, para que gocemos de este favor maravilloso, de esta comunión que perdemos cada vez que pecamos. Este precioso servicio es simbolizado por el lavado de los pies. Jesús «se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido» (v. 4-5). Al levantarse y poner de lado su vestidura, Jesús dejó, figuradamente, la posición que había tomado en esta tierra en medio de los discípulos. Ya no podía permanecer más tiempo con ellos; la obra que debía realizar en este mundo iba a cumplirse. Se marchaba para ir al Padre; pero allí, aunque está en el cielo, guarda la posición de siervo que tomó aquí en la tierra, e incluso la del más humilde servidor, la cual no abandonará. Cuando todos los suyos estén en el cielo, su servicio de amor proseguirá, pues les hará gozar de todo lo que obtuvo para ellos por medio de su muerte (Lucas 12:37).

En Oriente, cuando un viajero llega con los pies cubiertos del polvo del camino, un esclavo se los lava antes de que entre en la casa. Antiguamente también, si uno recibía a un invitado distinguido, el mismo dueño de casa cumplía este oficio y se rebajaba hasta los pies sucios del viajero. El Señor se sirvió de esta costumbre, muy conocida en aquel entonces, para mostrar a sus discípulos lo que él, «el Señor y el Maestro» (v. 14), haría para que ellos pudieran entrar en el lugar donde podrán gozar de su comunión en la presencia de Dios. El agua vertida en un lebrillo representa la Palabra de Dios, la cual aplica la muerte al viejo hombre y a los frutos que este produce. Porque nada de esta naturaleza subsiste ante Dios. Por eso Cristo tuvo que morir. De su costado traspasado salió sangre y agua. La sangre expía los pecados y el agua purifica de todo lo que es el hombre natural; la Palabra de Dios no deja subsistir nada de ello. Por eso, cuando se produce una mancha, fruto de nuestra mala naturaleza, es necesario aplicar la Palabra al corazón y a la conciencia para juzgar este pecado y ser plenamente purificado de él. Tal es el servicio que el Señor cumple desde el cielo, donde se encuentra. Hace valer su Palabra, por el poder del Espíritu Santo, para que juzguemos el mal y lo confesemos, a fin de que seamos purificados de él.

«Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9).

Cuando Jesús iba a lavar los pies a Pedro, este le dijo: «Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo» (v. 6-8). Por deferencia hacia su Señor, Pedro se opuso al cumplimiento de un servicio humillante cuyo significado aún no comprendía, pero no tardó en conocer la necesidad del mismo; fue el primero en experimentarla. Si el Señor no se hubiese ocupado de él, ¿qué habría sucedido después de la horrible mancha de su reniego? Ya una mirada del Señor en el patio del sumo sacerdote (Lucas 22:61-62) hizo brotar el llanto de Pedro ante el sentimiento de su culpa y le impidió sumergirse en la desesperación, como lo hizo Judas. Luego Jesús se le apareció antes que a los demás, el día de su resurrección (Lucas 24:34), y por fin tuvo lugar la plena restauración por medio de la conversación relatada en el capítulo 21 de nuestro evangelio. Entonces Pedro entendió lo que Jesús le había querido enseñar con el lavamiento de los pies.

Pedro se opuso otra vez al decir a Jesús: «No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo» (v. 8). Al ver que no podía impedir que el Señor cumpliera su oficio, Pedro le dijo: «Señor, no solo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos. Porque sabía quién le iba a entregar; por eso dijo: No estáis limpios todos» (v. 9-11). En el capítulo 15, versículo 3, Jesús también les dice: «Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado». La fe en la Palabra del Señor, recibida por los discípulos, los colocaba en el mismo estado de limpieza que la fe en su obra cumplida. Así, Pedro estaba limpio. Su objeción dio al Señor la ocasión de definir la calidad o la posición de aquellos por quienes él se interesa. Están limpios en virtud de su obra. Solo se ensucian los pies. Como han sido purificados por la sangre de Cristo en la cruz, son el objeto de sus cuidados. Los que no han sido lavados de sus pecados por medio de la fe en la sangre de Cristo, están completamente manchados; sería inútil lavarles los pies; ellos precisan del Evangelio que les enseña lo que el Señor ha hecho para salvar al pecador y hacerle apto para la presencia de Dios. El Señor no lava, pues, los pies de los inconversos; a estos les presenta la salvación para que sean enteramente lavados de todos sus pecados. Judas no estaba limpio, porque su conciencia nunca había sido alcanzada por la Palabra que se había acostumbrado a oír; esta no había producido ningún efecto sobre él.

Bajo la ley también tenemos en figura lo que el Señor enseña por medio del lavado de los pies y lo que dice a Pedro en el versículo 10. Cuando se consagraba a los sacerdotes, se les lavaba enteramente (Éxodo 29:4; Levítico 8:6). Su consagración corresponde a la aplicación de la obra de la cruz al creyente, en virtud de la cual es purificado de sus pecados una vez para siempre. Cuando los sacerdotes reanudaban su servicio, no tenían necesidad de volver a ser lavados totalmente, pero tampoco podían entrar en el tabernáculo sin lavarse las manos y los pies en la fuente de bronce (Éxodo 30:17-21). Así, el creyente que ha pecado no necesita recurrir nuevamente al sacrificio de Cristo; debe dejar obrar sobre su conciencia el agua de la Palabra que el Señor le aplica para que juzgue su falta y las causas de ella, tal como ocurrió en el caso de Pedro en el capítulo 21.

El Señor, en su amor infinito, no soporta ver a los suyos privados del gozo y de las bendiciones que él obtuvo para ellos a tan gran precio; quiere que su comunión con él no permanezca interrumpida cuando han pecado. Es importante, pues, permitir que esta Palabra obre en nosotros para restaurarnos cada vez que lo precisamos, y de modo permanente para impedir que caigamos.

15.2 - Se da un ejemplo

Después de haber mostrado a los discípulos lo que él haría a favor de ellos desde el cielo donde iba a entrar, el Señor vuelve a sentarse a la mesa con ellos y los exhorta a cumplir este servicio los unos para con los otros. Les dice: «¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis» (v. 12-15). Si se posee la misma vida que el Señor, es posible estar animado por el mismo amor que él; los creyentes deben manifestar un interés recíproco cuyo modelo está en Jesús. Todos deben tratar de restaurar a sus hermanos, manchados por cualquier falta, para que gocen nuevamente de la comunión perdida. Con este propósito se servirán de la Palabra, para producir en el culpable la convicción de su pecado y conducirle a confesarlo a Dios. Si es una ofensa personal, la confesará también a aquel contra el cual cometió la falta. Entonces la restauración puede tener lugar por conducto de la Palabra, la que, después de haber mostrado el horror del mal y haberlo juzgado, también muestra que del lado de Dios nada ha cambiado; su amor siempre es el mismo; eso toca el corazón y produce un verdadero arrepentimiento y una plena restauración. Todo está, no solamente lavado, sino secado, como el Señor lo hizo con la toalla con la que estaba ceñido; ya no queda ninguna traza de impureza.

«De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis» (v. 16-17).

En efecto, si él, el Señor y Maestro, consciente de toda su gloria –pero siempre la expresión del amor divino– se humilló hasta el punto de preocuparse por sus muy amados, culpables de haberse manchado con el pecado, nosotros, sus felices esclavos, ¿permaneceríamos indiferentes en presencia de las faltas de unos y otros, sin ayudarnos mutuamente a recuperar la comunión perdida? ¿No debemos ir a los pies de nuestros hermanos o hermanas, considerándoles en la alta posición que el Señor los colocó por medio de su obra en la cruz, estimándolos superiores a nosotros mismos al verles como Dios les ve?

El amor de Dios no consiste en hablar solo cosas agradables, pues él se regocija con la verdad. Hay verdades –penosas de oír– que uno tiene la obligación de decir para actuar con verdad en procura del bien ajeno. Pero el amor lo soporta todo para obtener el bien de su hermano; trabaja para el bien de todos al eclipsarse uno mismo. Sabemos eso, pero el Señor no dice: «Bienaventurados si sabéis estas cosas», sino: «Bienaventurados seréis si las hiciereis». Para cumplirlas es necesario disfrutar personalmente del gran amor del Señor y pensar que somos continuamente objetos de su gracia y misericordia. Si sentimos nuestra debilidad, recordando cuántas veces hemos caído, nos llenaremos de consideraciones para con nuestros hermanos. Si sabemos que uno de ellos ha fallado, iremos a él directamente, temiendo que su mal sea conocido por otros, en lugar de divulgarlo sin vergüenza, como sucede tan a menudo. Nos acordaremos de que «el amor cubrirá multitud de pecados».

Jesús sentía dolor en su corazón al saber que Judas lo iba a entregar. Y haciendo referencia al Salmo 41:9, dijo: «No hablo de todos vosotros; yo sé a quienes he elegido; mas para que se cumpla la Escritura: El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar. Desde ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda, creáis que yo soy» (v. 18-19). Jesús había escogido a Judas como a los demás discípulos (cap. 6:70); su corazón sufría por eso; pero era necesario que las Escrituras se cumpliesen. Él previno a los discípulos para que, al verle traicionado por Judas, no dudasen de que Jesús era realmente Aquel que ellos habían creído que era, sino que reconociesen que todo sucedía tal como las Escrituras lo habían anunciado. Jesús añade: «De cierto, de cierto os digo: El que recibe al que yo enviare, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió» (v. 20). Los que habían recibido a Judas habrían podido tener remordimientos por este hecho; pero, al recibirle como enviado de Jesús, se le había recibido a Él mismo, y al recibir a Jesús, se recibía al Padre que lo había enviado. Uno puede ser engañado al recibir a alguien que viene en el nombre del Señor; pero lo que se hace para Él nunca se hace en vano. Lo que hacemos para nosotros mismos, para nuestra satisfacción personal, o con motivos carnales, no tiene valor. Es una gracia enorme poder recibir al Señor y a Dios mismo al recibir a quienes él envía.

15.3 - Judas es denunciado

«Habiendo dicho Jesús esto, se conmovió en espíritu, y declaró y dijo: De cierto, de cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar» (v. 21). Lo que pesaba particularmente sobre el corazón del Señor era que iba a ser entregado por uno de sus discípulos, «uno de vosotros», dice él. En el Salmo 55:12-14 leemos: «Porque no me afrentó un enemigo, lo cual habría soportado; ni se alzó contra mí el que me aborrecía, porque me hubiera ocultado de él; sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía, y mi familiar; que juntos comunicábamos dulcemente los secretos, y andábamos en amistad en la casa de Dios». ¡Qué sufrimientos experimentó el Señor en este mundo! Ya vimos, en el capítulo precedente, su alma turbada en presencia de la muerte. Aquí su espíritu se conmueve con el pensamiento de que uno de los suyos le entregaría. Desde el principio sabía que Judas llevaría a cabo este acto; sin embargo, no había hecho ninguna diferencia entre él y los demás discípulos; le había prodigado los mismos cuidados, le había manifestado la misma bondad, la misma confianza, puesto que le había confiado la bolsa. Pero la palabra de Jesús no había alcanzado ni su corazón ni su conciencia.

Al oír que uno de ellos entregaría a Jesús, «los discípulos se miraban unos a otros, dudando de quién hablaba» (v. 22). Jesús no designa adrede al traidor; quiere ejercitar la conciencia de cada uno de los discípulos. Todos poseían una naturaleza capaz de cometer semejante acto, y cada uno de nosotros también, queridos lectores. Pero existe un medio para que ella no manifieste lo que es: la acción de la Palabra de Dios sobre el corazón y la conciencia. Nos hace llevar constantemente sobre nosotros el juicio que Dios declara en ella: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón» (Jeremías 17:9-10).

Por su Palabra, Dios nos muestra lo que somos: «Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (Hebreos 4:12). Usemos este medio, vigilando para no manifestar ninguna de las cosas horribles que pueden encontrarse en nuestros corazones y que son desconocidas para nosotros mismos.

En Marcos 14:19, los discípulos se preguntan: «¿Seré yo?… ¿Seré yo?». No creen que uno sea menos capaz que otro de entregar al Señor. Esta palabra les sondea a todos: «Uno de vosotros me va a entregar». Juan, llamado «el discípulo a quien Jesús amaba», estaba cerca del Señor, «recostado al lado de Jesús», según está escrito. Pedro, más alejado, le hizo señal para que preguntara de quién hablaba. Juan ocupaba el sitio donde se puede recibir las comunicaciones del Señor, el que María había escogido. Si viviésemos todos tan cerca del Señor, no habría ignorantes entre nosotros. El pecho del Señor es lo bastante amplio para que todos quepamos; allí aprenderíamos lo que no se puede aprender en otra parte. Juan «entonces, recostado cerca del pecho de Jesús, le dijo: Señor, ¿quién es? Respondió Jesús: A quien yo diere el pan mojado, aquel es. Y mojando el pan, lo dio a Judas Iscariote, hijo de Simón» (v. 25-26). Si todavía hubiese habido una fibra sensible en el corazón de Judas, por poco que fuera, ella habría vibrado frente a este testimonio de sincera amistad, de confianza, que en tiempos pasados el dueño de la casa daba a uno de sus convidados. Judas no vaciló. Todo era inútil: la palabra del Señor permaneció sin efecto en este corazón endurecido por Satanás. «Y después del bocado, Satanás entró en él. Entonces Jesús le dijo: Lo que vas a hacer, hazlo más pronto» (v. 27). ¡Satanás, que ya había preparado su morada, tomó posesión de ella!

No hay nada más solemne que el ejemplo de este hombre. Trabajaba en compañía del Hijo de Dios. Testigo de su ministerio de amor, objeto de su bondad, había oído las enseñanzas confidenciales que Jesús daba a sus discípulos lejos de la muchedumbre. Sin embargo, su corazón era más sensible a las sugerencias de Satanás que al amor de Jesús, porque el amor al dinero lo caracterizaba; cultivaba la pasión de la avaricia. Por eso se comprende que el último testimonio de amor que Jesús le daba por medio del bocado mojado le hallase insensible. Desde entonces no sería más su maestro. Satanás tomó posesión de él, «porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció» (2 Pedro 2:19). Después de haberle engañado, Satanás lo precipitaría en el tormento eterno. He ahí la obra de aquel que es mentiroso y asesino desde el principio. ¡Qué advertencia más seria para los que tienen el privilegio de estar en contacto con la Palabra de Dios, con cristianos y, sobre todo, con padres cristianos, a fin de que no resistan la acción de la Palabra y se expongan a ser presa del enemigo. Este sabe trabajar en los corazones con una habilidad satánica, sin que uno haya podido o querido darse cuenta de ello, hasta el momento en que es demasiado tarde, aun cuando, como Judas, tenga remordimientos (Mateo 27:3).

Plenamente consciente de todo lo que sucedía y de todo lo que le esperaba, Jesús le dijo: «Lo que vas a hacer, hazlo más pronto». Su trabajo fue cumplido unas horas más tarde, horas que el Señor empleó para enseñar a sus discípulos en vista de su partida, en la cual nadie pensaba sino Él mismo.

Los discípulos pensaron que el Señor había encargado a Judas que diera alguna cosa a los pobres o que hiciera algunas compras para la fiesta, porque la fiesta de la pascua era seguida por la de los panes ázimos; estas formaban una sola fiesta, durante la cual todo trabajo estaba prohibido (Éxodo 12:16). Judas, entonces, habiendo tomado el bocado, salió al instante, «y era ya de noche» (v. 30). La noche reinaba en la naturaleza, pero moralmente era más profunda todavía: noche sobre Judas y, en adelante, noche sobre el mundo, noche moral que dura siempre para él porque ha rechazado la luz del mundo que vino en la persona de Jesús. En el capítulo precedente (v. 35), Jesús dijo: «Andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas». Ahora la luz ha desaparecido; las tinieblas forman parte del mundo hasta el día en que Jesús aparezca en gloria como el sol de justicia, pero para juicio de aquellos que no lo hayan aceptado como Salvador.

Durante el tiempo en que el mundo está en las tinieblas, los creyentes son llamados «luminares» que brillan en la noche, semejantes a las estrellas que dan su luz cuando el sol ha desaparecido en el horizonte. Ellos vigilan durante esta larga noche y esperan, no la salida del Sol de justicia, sino la Estrella de la mañana, a Jesús, quien viene para arrebatar a los suyos y llevarlos a la casa del Padre, a fin de que sean guardados de la hora de la prueba que vendrá sobre toda la tierra y que vuelvan con él cuando aparezca en gloria, en un día «ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará» (Malaquías 4:1).

15.4 - El Hijo del hombre glorificado

Cuando Judas hubo salido, Jesús dijo: «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo, y en seguida le glorificará».

Con la salida de Judas, la escena que termina tan dolorosamente la cena ha pasado, y el Señor eleva sus pensamientos hacia las consecuencias, gloriosas para él y para Dios, de la obra que va a cumplir. Ve la gloria que resultará de la muerte a la cual se iba acercando por la traición de Judas, pero que había venido a cumplir para gloria de Dios.

El hombre había deshonrado a Dios por el pecado bajo todas sus formas; como dice el hijo pródigo, había pecado contra el cielo y contra Dios. La consecuencia de ello era el juicio de los culpables por parte de un Dios justo y santo. Pero he aquí un Hombre, el Hombre de los consejos de Dios, que se ofrece a Dios para glorificarle sometiéndose al juicio que la raza humana culpable había merecido. ¡Qué gloria para él haber quitado el pecado que el primer hombre había introducido, haber satisfecho todas las exigencias de la justicia y la santidad del Dios deshonrado por el pecado! Mediante esta obra Jesús hacía posible que el amor de Dios fuese conocido por aquellos que, sin él, hubiesen estado en la desgracia eterna, lejos de su presencia. Lo que hace la gloria del Hijo del Hombre es que Dios sea glorificado en él. Todo lo que Dios es en su naturaleza y en sus atributos ha sido plenamente establecido y mantenido en la cruz. Dios, en su amor, quería salvar a los pecadores; su justicia inflexible se oponía a ello y mantenía su sentencia de muerte. Jesús sufre esta muerte y satisface la justicia de Dios. Dios, que tiene los ojos demasiado puros para ver el mal, quería tener a estos pecadores en su presencia, pero su santidad perfecta se oponía a ello y los rechazaba. Jesús, en la cruz, sufrió el abandono del Dios santo en lugar de ellos. La majestad de Dios exigía que todos sus derechos fuesen mantenidos. Lo fueron porque Jesús sufrió el juicio en la cruz. Dios es glorificado en su Hijo. Al Hijo del Hombre le corresponde la gloria de esta obra que nadie puede apreciar en su justo valor sino solo Dios. Por eso Dios le glorifica enseguida. Lo hizo al resucitarle y sentarle a su diestra, coronándole de gloria y de honra, mientras el Hijo del Hombre espera tener consigo a todos los que son el fruto de su obra; entonces «verá el fruto de la aflicción de su alma» (Isaías 53:11).

Dios no esperó la resurrección de todos para resucitar a su Hijo. Glorificado por él, Dios le glorificó tan pronto como transcurrieron cuarenta días después de su resurrección. Mediante este acto Dios muestra su plena satisfacción por la obra perfecta de su Hijo. Y por la introducción del Cristo Hombre en el cielo, el hombre es admitido en la presencia de Dios. El hombre natural, echado del paraíso terrenal, excluido para siempre de la presencia divina, llegó a su fin en la muerte de Cristo, y un hombre nuevo es introducido en Cristo en la gloria de la presencia de Dios, es acepto por él según todas las perfecciones de Cristo, es representado por él mientras espera estar en la misma gloria que él, hecho semejante a él.

Comprendemos bien cómo, en presencia de todas las glorias que irradiaban de su muerte, el Señor, el único que podía contemplarlas, dice a sus discípulos: «Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis; pero como dije a los judíos, así os digo ahora a vosotros: A donde yo voy, vosotros no podéis ir» (v. 33). Como los judíos (cap. 7:34-36), los discípulos tampoco podían ir adonde Jesús iba. Solo él podía sufrir una muerte tal, que de ella brotase tan grande gloria. El Salvador tenía que estar solo para llevar el peso del juicio que nosotros merecíamos. Lo que le conducía a esta hora era el amor hacia su Dios, quien quería salvar a los pecadores. Si el Señor hubiese subido al cielo sin pasar por la muerte, entonces hubiese quedado allí como el único Hombre, disfrutando de su Dios, tal como lo había hecho durante la eternidad. Dios hubiese tenido delante de él a un Hombre, uno solo, que en su marcha de perfecta obediencia le habría glorificado, en contraste con el primer hombre desobediente. Dios solo hubiese sido glorificado en el juicio de los culpables, sin que lo que es en esencia fuera conocido, a saber, AMOR. Pero el Señor no hubiese brillado jamás con la gloria que conquistó al cumplir la obra redentora.

Nunca un incontable número de bienaventurados hubiese podido reflejar la gloria del Señor que brillará sobre ellos en todo su esplendor. Por medio de ellos, Dios mostrará «en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús» (Efesios 2:7).

A ti sea la gloria
¡Oh Hijo eterno!
Tu muerte, tu victoria,
Nos abrió el cielo.
A ti, que nos amas
Por la eternidad,
Alabanzas supremas,
Fuerza y majestad.

15.5 - Un nuevo mandamiento

«Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (v. 34-35).

Baluarte y sostén de sus discípulos, Jesús los había guardado en torno a él, les había enseñado, conducido, soportado con un amor incansable. Ahora que iba a dejarlos, ellos tendrían que obrar los unos para con los otros con el amor cuyo modelo habían tenido en él. Tendrían que recurrir los unos a los otros puesto que, habiendo sido enseñados y hechos participantes de su naturaleza, tendrían el privilegio de amarse, de estar animados por el mismo amor. «Como yo os he amado, que también os améis unos a otros»: mandamiento nuevo del cual Jesús mismo era la expresión y el modelo, y no el de la ley, que se dirigía a una naturaleza egoísta, incapaz de amar. El amor de Jesús es lo que se reproduce en los suyos, expresándose en sus relaciones mutuas, como Jesús lo había hecho para con ellos; podían hacerlo, pues Jesús era su vida. Si ellos se amaban así, todos les reconocerían como discípulos de Aquel que había sido la expresión del amor de Dios en la tierra. Un discípulo no solo recibe las enseñanzas de su maestro; también debe adoptarlas y ponerlas en práctica. La naturaleza del hombre en Adán, esencialmente egoísta, quiere todo para ella. El amor de Dios, por el contrario, solo piensa en el bien ajeno; si nos amamos unos a otros, nuestra vida presentará un contraste absoluto con la del mundo; todos percibirán pronto que obedecemos las enseñanzas de Aquel que fue la expresión del amor en la tierra. Para ello es necesario nutrirse del Señor, escucharle mediante su Palabra y practicar sus enseñanzas.

En lugar de seguir las exhortaciones del Señor, Simón Pedro pensó en lo que les ha dicho en el versículo 33 y preguntó: «Señor, ¿a dónde vas? Jesús le respondió: A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; mas me seguirás después. Le dijo Pedro: Señor, ¿por qué no te puedo seguir ahora? Mi vida pondré por ti. Jesús le respondió: ¿Tu vida pondrás por mí? De cierto, de cierto te digo: No cantará el gallo, sin que me hayas negado tres veces» (v. 36-38). En Pedro vemos una naturaleza fogosa; amaba sinceramente al Señor, pero no se conocía a sí mismo. Confiaba en su propio amor hacia Él merced a la energía de su propio carácter natural, en lugar de sentir su debilidad y buscar la fuerza en Dios mismo. Estaba más ocupado en lo que él era para el Señor que en lo que el Señor era para él y en lo que le había dicho. Ignoraba los pensamientos de Dios y la muerte del Señor, pero, sobre todo, lo que significaba esa muerte. ¿Acaso no le había dicho, cuando Jesús hablaba de ello: «Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca»? (Mateo 16:22). De nada servía darle nuevas enseñanzas. Tenía que hacer la dolorosa experiencia, bajo la acción de Satanás, de lo que valía su fuerza para seguir al Señor, puesto que no le había escuchado. ¿Y qué hubo de su resolución de dejar su vida por su Maestro, cuando se halló en el patio del sumo sacerdote, tal como le veremos en el capítulo 18?

Si nuestra carne nos induce a emprender un camino cualquiera, podemos estar seguros de que allí quedará consumida. Comprobaremos con humillación lo que es esta carne, mientras, escuchando la Palabra, hubiéramos podido saberlo sin pérdida de tiempo y sin deshonrar al Señor.

El Señor había tomado en cuenta el deseo de su discípulo de querer seguirle; le siguió, efectivamente, tal como se lo dice aquí: «Me seguirás después», y en el capítulo 21:18-19 y 22; pero para eso se requerían dos cosas: la victoria que Cristo logró sobre la muerte y, en el caso de Pedro, la pérdida de toda confianza en sí mismo para seguir a su Maestro en el camino de la obediencia, lo que debe caracterizar a todo creyente y lo que ha conducido a muchos de ellos a la muerte, para tener a continuación la corona de vida.

En los días en que vivimos, aunque por la gracia de Dios no estemos expuestos al martirio, debemos seguir al Señor en el camino de la muerte respecto al mundo y a la carne, mediante el renunciamiento de nosotros mismos para que la vida de Jesús pueda manifestarse y Dios sea glorificado. Para eso, pensemos en todo lo que hemos costado al Señor, en sus sufrimientos para expiar nuestros pecados. Constreñidos nuestros corazones por su amor, ya no viviremos más para nosotros, sino para Aquel que murió y resucitó por nosotros (2 Corintios 5:14-15).

16 - Juan 14

16.1 - «La casa de mi padre»

«No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí» (v. 1). El Señor, viendo a los discípulos turbados por el pensamiento de su partida, que iba a dejarlos en este mundo sin haber establecido su reino glorioso, quiso fortalecerlos en su fe dirigiendo sus corazones hacia él, hacia el lugar adonde él iba a ir. Él sería para ellos un objeto de fe; deberían creer en él sin verle, tal como habían creído en Dios sin haberle visto nunca. Esto fue lo que comprendieron después. El apóstol Pedro dice al hablar del Señor: «A quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso» (1 Pedro 1:8). Los discípulos conocieron mejor al Señor y gozaron más de él después de su ascensión al cielo que cuando lo tenían entre ellos.

En vez de hablar del reinado que establecería algún día, Jesús les habló de la casa de su Padre: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros» (v. 2). ¡Qué bendición, qué honor para hombres tan débiles, tan miserables! En esta casa hay muchas moradas. «Muchas» significa en abundancia, no pocas, hay para todos, en contraste con la casa de Dios en la tierra, donde uno no podía entrar libremente ni permanecer en ella. Jesús quería tener a los suyos consigo en ese lugar bendito que solo él conocía y apreciaba; «la casa de mi Padre» abarca todo lo más íntimo y amado para el corazón del Hijo. Para que ellos ocupen un lugar allí, este debe ser preparado, y ellos deben encontrarse en un estado apropiado para entrar allí. Hasta entonces ningún hombre había podido entrar en el cielo. Por el contrario, el hombre echado del paraíso terrenal después de la caída, aun menos podía entrar en el paraíso celestial. Por la obra de la cruz, el Señor ha hecho aptos a los suyos para estar en la casa de su Padre y, como vimos en el capítulo 13, continuamente hace lo necesario para que disfruten de su comunión allí donde él está, cuando el pecado la ha interrumpido. Pero para que encuentren listo ese lugar, fue necesario que Cristo, como Hombre, entrase en el cielo después de haber pasado por la muerte. Si Dios lo recibía en su gloriosa presencia, el sitio estaba listo para todos los beneficiarios de su muerte, a quienes él había revelado a Dios como Padre. Entonces el Señor vendrá a buscarlos para introducirlos allí. Dice a los discípulos:

«Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (v. 3).

Nada podía regocijar tanto el corazón de los discípulos y el de todos los creyentes como esta maravillosa declaración. Nuestro precioso Salvador hizo todo lo necesario para la felicidad presente y eterna de sus muy amados. Los hace aptos para estar en la presencia de Dios, su Padre; les ha preparado un lugar en la casa de su Padre, y él mismo volverá a buscarlos para introducirlos en las mansiones celestiales. «Vendré otra vez» –dice– «y os tomaré a mí mismo». No enviará a un ángel para buscarlos. El apóstol Pablo también dice: «El Señor mismo… descenderá del cielo» (1 Tesalonicenses 4:16). La idea de estar separados del Señor inquietaba a los discípulos; helos aquí, ahora, seguros de tener una porción celestial y eterna en la casa del Padre, mucho mejor que el reinado glorioso de Cristo en la tierra, al que sus pensamientos todavía estaban vinculados.

¡Qué gozo debió llenar sus corazones cuando, más tarde, comprendieron todo lo que el Señor les decía entonces!

16.2 - El camino

Jesús dijo también a los discípulos: «Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino». Tomás le dijo: «Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?» (v. 4-5). Los discípulos no habían entendido que Jesús era la revelación de Dios como Padre, principal tema de este evangelio; por eso no comprendieron lo que es la casa del Padre, donde Jesús iba a prepararles un lugar y desde donde volverá para llevarles consigo. Jesús les respondió: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto» (v. 6-7).

El Señor no dice que él es el camino para ir al cielo, por verdadero que sea este hecho, sino para ir al Padre. Por supuesto, él ha hecho todo para que aquellos a quienes él revela a Dios como Padre puedan ir al cielo. Nadie, hasta Cristo, había revelado a Dios como Padre; ni la creación, ni la ley, ni los profetas. Solo «el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre», lo hizo, y eso cuando Dios ya no tenía nada que esperar del hombre. La respuesta a la negativa de recibir a Jesús –Palabra, vida y luz– es maravillosa: «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (léase cap. 1:10-20). Al recibir a Jesús se llega al Padre, del cual él es la revelación. De modo que Jesús es el único camino. También es la verdad, el que saca todas las cosas a la luz, tal como ellas son a los ojos de Dios. Por Jesús sabemos lo que es el bien, el mal, el hombre, el mundo, Dios mismo y, por consiguiente, Dios como Padre. Él es la vida, necesaria para disfrutar de todo lo que nos reveló, porque por nuestra vida natural somos incapaces de hacerlo. Por eso Jesús dice: «Nadie viene al Padre, sino por mí». Yendo al Padre, uno posee la vida eterna y, por consiguiente, el cielo, dominio de esta vida; se conoce la casa del Padre. Uno se imagina fácilmente la casa de una persona que conoce íntimamente, que ama, aunque nunca la haya visto en su casa. El Señor, quien disfrutaba de todo lo que el Padre era para él, lo ha revelado plenamente; dice: «Porque las palabras que tú me diste, les he dado» (cap. 17:8). Comprendemos, pues, un poco lo que Jesús expresa cuando habla de la casa de su Padre, y la felicidad que significa para nosotros tener un sitio en la casa de semejante Padre, el Padre del Señor Jesús. Por eso el Señor puede decir: «Y desde ahora le conocéis, y le habéis visto» (v. 7).

16.3 - «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre»

La declaración del versículo 7 suscita una nueva dificultad para los discípulos. Felipe le dice: «Señor, muéstranos el Padre, y nos basta» (v. 8). Precisamente era lo que tendrían que ver en Jesús; pero no le habían conocido tal como este evangelio lo presenta. Jesús respondió: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?» (v. 9). El ministerio del Señor había terminado, y todo este tiempo no había bastado a los discípulos para conocer que él estaba en el Padre y que el Padre estaba en él. Jesús, persona divina distinta del Padre, aunque también era Hombre en la tierra, estaba en su Padre; lo que él manifestaba durante su vida, en palabras u obras, era el Padre. Por eso dice: «Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras» (v. 10-11). Jesús no hablaba como Ser independiente de su Padre, ni por cuenta propia; había una perfecta unidad: «Yo y el Padre uno somos» (cap. 10:30); al verle a él, se veía al Padre. Había tomado forma humana para que una cosa tan maravillosa pudiera cumplirse, porque: «ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar» (Mateo 11:27). El evangelio según Juan nos presenta muy especialmente esta revelación. Si las palabras del Señor no bastaban para los discípulos, testigos de sus obras, tendrían que haberle creído merced a lo que veían.

Algo maravilloso iba a ocurrir como consecuencia de la venida de Jesús a la tierra, como prueba de lo que había sido. Cuando Jesús fuera glorificado, el que creyera en él haría estas obras que probaban que el Padre estaba en él y él en el Padre, y haría obras aun mayores, porque al creer poseería la misma vida y el poder del Espíritu Santo.

«De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él lashará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre» (v. 12).

Al ir al Padre, el Señor recibiría el Espíritu Santo, al que enviaría –como dice luego– para que estuviera con los creyentes. Gracias a la victoria que el Señor obtuvo sobre el poder de Satanás, el Espíritu Santo podría cumplir libremente, por medio de los creyentes, obras del mismo origen que las que Jesús hacía en la tierra. Por eso harían mayores obras, tal como se ve en los Hechos de los apóstoles. Una sola predicación de Pedro produjo la conversión de tres mil personas. En el nombre de Jesús los apóstoles disponían de su poder, y el Padre era glorificado en el Hijo por medio de los discípulos; porque Jesús les dice: «Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré» (v. 13-14). Así como había sido glorificado por todo lo que Jesús había cumplido en la tierra, el Padre lo sería ahora en el Hijo, quien proveería todo lo que los discípulos necesitasen para continuar obrando como el Señor, salvo la obra de la cruz, lo cual cae por su propio peso, puesto que era en virtud de esta obra que ellos mismos cumplirían las suyas.

Pero, si bien los discípulos pueden disponer del mismo poder que el Señor, esto ocurre merced a una completa dependencia suya, tal como él había dependido de su Padre. Ellos recibirán todo cuanto pidan al Padre en el nombre del Hijo, y él lo hará para que su Padre sea glorificado. La oración dirigida a Dios en el nombre de su Hijo tiene como fin su gloria; si lo hacemos así, podemos pedir lo que queramos. Esto excluye toda petición formulada por el «yo». Si somos movidos por los pensamientos del Hijo respecto a su Padre, podemos contar con una respuesta positiva a nuestras oraciones, porque solo pediremos cosas que nos podrán ser concedidas.

16.4 - El Consolador

El Señor no podía conducir a sus discípulos más adelante en el conocimiento de la nueva posición en la cual los introduciría en virtud de su muerte, es decir, en una posición celestial con él, en contraste con la posición terrenal, aunque gloriosa, en donde habrían compartido su gloria si él hubiese sido recibido como rey. Les prometió el Consolador, el Espíritu Santo, para que estuviera con ellos y les revelara todas las maravillosas consecuencias de su obra a favor de ellos, para que les hablara de su persona, les mostrara su nueva posición y los condujera a través de este mundo, hasta el día glorioso en que lleguen a la casa del Padre.

La tristeza de los discípulos, ocasionada por la partida de Jesús, se debe a su amor por él; pero él les dice: «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (v. 15); es el verdadero medio de mostrarle su amor en lugar de entristecerse debido a su partida, lo cual también vale para nosotros. Sin embargo, el Señor, sensible a su dolor, les dice: «Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros» (v. 16-17).

Mientras los discípulos estén en la tierra, y aun en el cielo eternamente, este Consolador no los abandonará, y los consolará ocupándolos en la persona de Jesús. Será el poder por el cual ellos cumplirán su servicio y testificarán acerca del Señor. No vendrá para el mundo; el mundo, que se regocija con motivo de la partida de Jesús, no precisa de consolación alguna.

El Hijo de Dios, segunda persona de la Trinidad, cumplió en este mundo toda la obra que el Padre le había dado para hacer. El mundo lo rechazó; sin embargo, algunos le recibieron. Solamente para estos vendría el Espíritu Santo, tercera persona de la Trinidad, no propiamente para reemplazar al Señor, sino para hacer valer todo lo que él es para los suyos y todos los resultados de su obra, de tal manera que los discípulos le conocieron mejor después de su partida que cuando él estaba con ellos en la tierra. ¡Qué motivo de aliento para ellos y para los creyentes de todos los tiempos! Desde su venida hasta hoy, el Espíritu Santo está en la tierra. Actualmente hemos llegado al final del tiempo de la ausencia del Señor, pero, a pesar de todo el desorden que reina en la cristiandad, el Espíritu Santo, el Consolador, desempeña fielmente su servicio a favor de todos los que confían en el Señor. Él permanece con los creyentes; estos le conocen. El mundo no le conoce y ni siquiera cree que exista. El Consolador mora en el creyente, sello por el cual Dios lo reconoce como hijo suyo, unción que le hace apto para conocer las cosas de Dios. También es las arras de la herencia, y más todavía. No podemos enumerar aquí todo lo que él es y todo lo que cumple, pero veremos algo más sobre ello en los capítulos siguientes.

Jesús añade: «No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros» (v. 18). Los discípulos no serían como niños abandonados, privados de los cuidados paternales. Por la acción del Espíritu, el Señor vendría a ellos. En cuanto al mundo, todo iba a terminar: «Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis» (v. 19). Los creyentes ven al Señor de un modo más provechoso que cuando él estaba corporalmente en la tierra. Individualmente, y reunidos en su nombre, disfrutamos de su presencia y podemos decir, como los discípulos en la tarde de su resurrección: «Hemos visto al Señor». No solamente tenemos este privilegio, sino que nuestra vida está ligada a la suya por el tiempo y por la eternidad. Aquí en la tierra vivimos de su vida, y de esta vida viviremos en el cielo cuando seamos hechos semejantes a él; tal es el alcance de la expresión: «vosotros también viviréis». Además, el Señor dice: «En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros» (v. 20). Ellos conocerían que, como Jesús estaba en el Padre aquí en la tierra (v. 10), así lo estaría en el cielo. Además (cosa que no podía ocurrir mientras Jesús estaba entre ellos) estarían en él en el cielo, y él en ellos en la tierra, para ser de por vida la manifestación de Jesús ante el mundo. «Vosotros en mí», ante el Padre, y «yo en vosotros», ante el mundo. Realizarían eso por el poder del Espíritu Santo. Se trata de la posición individual del creyente, posición maravillosa que el mundo no puede comprender, y de cuya belleza y valor poco nos damos cuenta. Si disfrutásemos más de ella, manifestaríamos con más fidelidad que Cristo está en nosotros; entonces él sería visto por el mundo. Los discípulos en Antioquía lo realizaban, puesto que allí fueron llamados con el nombre de Cristo por primera vez: cristianos (Hechos 11:26). ¡Ojalá nuestro caminar sea digno del nombre que llevamos! El nombre expresa el carácter del individuo.

16.5 - Amar es obedecer

Según el versículo 15, los discípulos debían mostrar su amor hacia el Señor guardando sus mandamientos; entonces el Señor rogaría al Padre para que les enviara otro Consolador. En los versículos 21-23, el Señor presenta otras consecuencias del amor hacia él: «El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él».

Uno solo puede manifestar su amor hacia el Señor obedeciendo sus mandamientos. ¿Por qué emplear bellas expresiones para testimoniar nuestro amor hacia él, si andamos contrariamente a sus pensamientos, dejándonos dirigir por nuestra propia voluntad? ¿Qué pensaríamos de un niño que siempre desobedece a sus padres, y al mismo tiempo dice amarlos mucho? Los mandamientos del Señor se expresan enteramente por su propia vida, por todo lo que él dijo o hizo. Él sirve de modelo para los que, por la fe, le poseen como su vida. Para ellos toda la vida del Señor, sus hechos y sus palabras tienen autoridad. No se nos ocurriría tomar la ley de Moisés para dirigir a quien conoce a Cristo como su vida y su modelo. Esta ley servía al hombre para obtener la vida, si ello hubiera sido posible, pero como la ley era santa, justa y buena (Romanos 7:12), nadie pudo cumplirla. Por eso Dios da al creyente la vida que está en su Hijo, la cual se manifestó perfectamente en él, cual hombre en esta tierra. Lo que Jesús fue en la tierra reemplaza, pues, los mandamientos de la ley, los supera y sirve de autoridad para el cristiano.

El amor hacia el Señor es el móvil de toda acción del creyente. Este es alimentado por el conocimiento de su persona, de su marcha, de su abnegación y de sus sufrimientos hasta la muerte. Si el creyente n o se ocupa del Señor, si no vive de él, tampoco puede andar en sus pisadas. Al gozar del amor del Señor, guardaremos sus mandamientos, y el mismo apóstol dice que estos no son gravosos (1 Juan 5:3). El Padre, para quien su Hijo tiene un precio infinito, amará a aquel de los suyos que muestre su amor por él guardando sus mandamientos. Aquí no se trata del amor de Dios para con el pecador, sino del amor especial del Padre hacia uno de sus hijos que ama a su Hijo. Luego el Hijo, sensible al amor que le manifiesta uno de los suyos, le amará también con un amor particular, se manifestará a él y le hará conocer íntimamente las glorias de su persona, ventaja maravillosa para los discípulos afligidos por su partida. En adelante saben cómo su Señor se manifestará a ellos. ¡Ojalá todos nosotros pudiéramos disfrutar de tan bendita porción! En ese instante los discípulos no comprendieron el sentido de las palabras del Señor. Judas (no el Iscariote que traicionó al Señor), quien todavía pensaba en una manifestación pública y gloriosa de Jesús como rey, le dijo: «¿Cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo?» (v. 22). No comprendía que se trataba de una manifestación espiritual de su persona al alma del discípulo obediente. La gran bendición del creyente consiste en conocer cada vez mejor la persona del Señor; este conocimiento solo puede realizarse en una vida de obediencia. En su respuesta a Judas, el Señor no explica de qué clase de manifestación se trata; esto lo haría más tarde el Espíritu Santo. Pero menciona una bendición todavía más íntima para aquel que no solamente guarde sus mandamientos, sino su Palabra. «Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió» (v. 23-24). La Palabra del Señor tiene algo más íntimo que sus mandamientos; solo la entiende, en su proximidad, aquel a quien el Señor se manifiesta. Ella le dirigirá en su marcha, mientras que otra persona no verá en ella dirección alguna. Consecuentemente, el que la guarde disfrutará en mayor medida el amor y la comunión del Padre y del Hijo. El corazón estará lleno de la presencia del Padre y del Hijo, y en esta morada ya no habrá lugar para otra persona. ¡Qué estado más feliz y envidiable! Es el cielo en la tierra, porque mientras el creyente espera el momento de estar en las moradas de la casa del Padre, tiene la dicha de ser la morada del Padre y del Hijo.

Jesús recuerda una vez más a los discípulos el origen de todo lo que ellos han oído de él; es el Padre quien ha hablado por medio de él. La palabra del Hijo es la del Padre que le envió.

16.6 - Otras ventajas de la partida de Jesús

El Señor ya no podía enseñar más tiempo a sus discípulos. El Espíritu Santo vendría y les diría lo que ellos no eran capaces de comprender entonces. «Os he dicho estas cosas estando con vosotros. Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho» (v. 25-26). El Espíritu Santo haría valer todas estas palabras de Jesús, tan incomprensibles para los discípulos cuando las oían. Se volvería claras a sus ojos, que entonces estaban velados. Esto se ve muy particularmente en las epístolas de Pedro, impregnadas de lo que él oyó y vio del Señor. Si se compara su relato de la transfiguración en su segunda epístola (cap. 1:16-18), con lo que dice en Lucas 9:33, vemos qué luz había traído el Espíritu Santo a su alma respecto a este maravilloso tema. También fue el Espíritu Santo quien inspiró a los autores de los cuatro evangelios, tanto lo que debían escribir como la manera en que cada uno debía relatar los hechos que presenciaron. No fueron dejados al cuidado de sus recuerdos, como a veces se oye decir. El Espíritu Santo los inspiraba y les recordaba las cosas que Jesús había dicho y hecho.

En nuestro pasaje, el Padre envía el Espíritu en el nombre del Hijo. Notemos una vez más la unidad que existe entre el Padre y el Hijo al enviar el Espíritu Santo. En el versículo 16, el Hijo ruega al Padre que envíe al Espíritu Santo; el Padre le contesta enviándolo en su nombre. En el capítulo 15:26, es el Hijo quien envía al Espíritu Santo desde la presencia del Padre, para comunicarlo a aquellos a quienes ha rescatado, por cuanto el Hijo lo recibió siendo Hombre glorificado (Hechos 2:33; Salmo 68:18). Esto nos hace comprender la importancia del envío del Espíritu Santo y el privilegio que posee el cristiano, ya que sigue estando en la tierra, activo para con todo aquel que se someta a la Palabra por la cual obra a pesar de la ruina actual de la Iglesia profesante.

«El Señor dice además:La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No seturbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (v. 27).

Esta es otra ventaja de la cual los discípulos no habían disfrutado mientras Jesús estaba con ellos: la perfecta paz en cuanto a su culpabilidad, al estar saldada en la cruz toda la cuestión de los pecados para los que creen. La segunda paz es aquella en la cual el Señor mismo ha vivido siempre, su paz; al disfrutar de la primera, los discípulos estaban capacitados para disfrutar de aquella que había pertenecido a Jesús solo con su Dios. Nada había podido turbarla, ni la oposición de Satanás y del mundo, ni ningún sufrimiento o cualquier otra circunstancia; nada se había interpuesto entre él y Dios en su carrera de Hombre perfecto. Esta paz, en adelante porción de los discípulos y de todos los creyentes, ha sido dejada por el Señor a disposición de cada cual. En efecto, los discípulos no podían estar turbados, ni temerosos, si conocían estas dos clases de paz. Jesús no da como el mundo, que si da algo, ya no lo posee más. Al darles su paz, Jesús sigue teniéndola, y todos pueden disfrutar de ella. El común disfrute de las cosas que Dios da no hace más que incrementar su valor en vez de disminuir la porción de cada uno. En lo concerniente a los bienes terrenales, por el contrario, cuanto más numerosos son los que han de compartirlos, menos le corresponde a cada uno.

Jesús aún les dice algo más para quitar de su corazón el temor y la turbación: «Habéis oído que yo os he dicho: Voy, y vengo a vosotros. Si me amarais, os habríais regocijado, porque he dicho que voy al Padre; porque el Padre mayor es que yo» (v. 28). Los discípulos, animados por el pensamiento de que volverían a ver a Jesús, tendrían que haberse regocijado al saber que iba a entrar en la gloria que había dejado para venir a este mundo donde no había encontrado un lugar para reposar la cabeza. Tendrían que amarlo bastante como para gozar de su felicidad. Él se iba al Padre; en esto expresaba un gozo que los discípulos poco sabían apreciar, puesto que habían conocido muy poco al Padre revelado por Jesús. Él había dicho a los suyos todo lo que podía asegurarles que su partida no les era desventajosa. Si hubiesen pensado menos en ellos mismos y más en el Señor, amándole como tendrían que haberlo hecho, habrían encontrado verdadero consuelo en el hecho de que se fuera a su Padre. Nosotros también podemos hallar un consuelo parecido cuando uno de nuestros seres queridos nos deja para irse junto al Señor. Al tiempo que sentimos el dolor de la separación, tenemos un verdadero consuelo sabiendo cuál es su felicidad: estar con el Señor al abrigo de todo sufrimiento. «Y ahora os lo he dicho antes que suceda, para que cuando suceda, creáis» (v. 29). Jesús habló así de todo lo que los discípulos debían saber, para que creyesen al ver suceder las cosas tal como él lo había dicho, pues encontrarían muchas cosas difíciles en su camino. Pero su fe en las palabras del Señor les sostendría para ayudarles a sobrellevar todas las dificultades.

Jesús les dice además: «No hablaré ya mucho con vosotros; porque viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí. Mas para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mandó, así hago. Levantaos, vamos de aquí» (v. 30-31). El Señor y sus discípulos se encontraban todavía en el lugar donde Judas los había dejado. La hora de la cruz se acercaba; aún algunas charlas en el camino que conducía a Getsemaní –las que terminaron con la sublime oración del capítulo 17– y el servicio del Señor en medio de los suyos estaría cumplido; por eso les dice: «No hablaré ya mucho con vosotros». Cede, por así decirlo, el lugar a Satanás, quien va a aparecer a la cabeza del mundo, del cual es llamado el príncipe, con vistas a lograr una victoria definitiva sobre el Señor. Hasta entonces los hombres, bajo la influencia del adversario, siempre habían resistido a los medios con los cuales Dios se había ocupado de ellos desde la entrada del pecado en el mundo. Por otra parte, sabiendo que la simiente de la mujer debía quebrarle la cabeza, esto es, quitarle su poder, Satanás en muchas ocasiones procuró impedir su entrada en el mundo. Su último esfuerzo con este fin fue la matanza de los niños de Belén; de esta manera creía alcanzar a Jesús. Fracasó, pero no por eso depuso las armas; debía combatir hasta su misma ruina.

Por su vida perfecta, toda ella amor y luz, Jesús se atrajo el odio de todas las clases sociales, bajo la influencia diabólica de aquel a quien da el título de «príncipe de este mundo». Cuando concluye su ministerio, los jefes religiosos, el pueblo, Herodes, Poncio Pilato y los soldados romanos se reúnen todos bajo la dirección de Satanás para quitar de la tierra al Hombre perfecto, el Hijo de Dios. Pero tan solo están reunidos para asistir a la completa derrota de su jefe, por la razón que da el Señor en el versículo 30: «Viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí». Hombre perfecto, descendido del cielo para cumplir la voluntad de Dios, anduvo en medio de la impureza de este mundo sin ser alcanzado nunca por ella; sufrió todos los ataques del enemigo y el odio de los hombres; llegó al término de su carrera con absoluta perfección, tan apto para volver a entrar en el cielo como cuando lo dejó, sin necesidad alguna de pasar por la muerte. Pero quiso pasar por ella a causa de su amor hacia su Padre, no por necesidad personal. La muerte es la consecuencia del pecado, y no hubo pecado en Jesús. Si pasó por ella, fue para tomar el lugar de los culpables, cuyo castigo quiso llevar; pero salió victorioso, después de haber sufrido todo el horror de la muerte, porque al no haber cometido pecado, esta no tenía ningún poder sobre su santa persona. Fue «para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre» (Hebreos 2:14-15).

El mundo debía saber (v. 31) que Jesús iba a pasar por la muerte ignominiosa de la cruz por amor a su Padre, y no como malhechor o como los hombres que mueren porque han pecado. Fue a ella por obediencia; «como el Padre me mandó», para hacer posible el cumplimiento de los consejos de Dios. ¿Acaso no había dicho: «Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar»? (cap. 10:17).

Este amado Salvador ya había cumplido todo lo que tenía que hacer hasta la muerte. Por eso pudo decir: «Vamos de aquí». Realizaba aquí lo dicho de él en la figura del siervo hebreo: «Amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre» (Éxodo 21:5). Cuando su alma estaba turbada en presencia de la hora de la muerte, dijo a su Padre: «Para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre» (cap. 12:27-28).

17 - Juan 15

17.1 - La vid verdadera

«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado» (v. 1-3). Por medio de esta imagen de la vid, el Señor enseña a sus discípulos su nueva posición en la tierra. Hasta ahora habían formado parte del pueblo de Israel, a menudo comparado con una viña de la que Dios esperaba fruto. En el Salmo 80:8 está escrito: «Hiciste venir una vid de Egipto; echaste las naciones, y la plantaste» (véase también Isaías 5:1-4). Cuando Dios puso de lado a los gentiles, a causa de su idolatría, formó un pueblo al cual llamó fuera de Egipto y lo plantó en Canaán, en las circunstancias más favorables, para que produjera el fruto que él esperaba, el cual consistía en obedecer la ley dada por Moisés. Pero esta viña solo produjo uvas silvestres, frutos de la mala naturaleza del hombre pecador. Después de comprobar este resultado, los profetas anunciaron los juicios de Dios sobre el pueblo, los que finalmente fueron ejecutados cuarenta años después de la muerte del Señor. En la muerte de Cristo también fue realizado el juicio del hombre natural; allí Dios acabó con él en lo concerniente a su responsabilidad, y también con Israel según la carne. Desde entonces, Cristo lo reemplaza como vid de Dios en la tierra. Esto es lo que el Señor enseña a los discípulos cuando les dice que él es la verdadera vid y que, en lugar de ser vides plantadas en la tierra, ellos son pámpanos vinculados con la nueva vid, con Cristo mismo. Ellos están en él y podrán llevar fruto si permanecen vinculados a él de modo vital y práctico. El labrador, el Padre, se ocupará de los pámpanos, los limpiará para que lleven más fruto; en cuanto a los pámpanos que no lleven fruto, los quitará.

En todos estos pasajes se trata de la profesión cristiana. El que profesa el cristianismo, sea quien sea, es un pámpano; pero el que hace profesión de ello sin tener la vida de Dios, no puede llevar fruto, puesto que sin esta vida el hombre no produce nada bueno para Dios; será un pámpano que el labrador quitará. Si, por el contrario, lleva fruto –prueba de que tiene la vida– el Padre lo podará; lo hará pasar por la disciplina para liberarlo de lo que puede impedir que lleve aun más fruto. En el versículo 3, dirigiéndose a los discípulos, el Señor les dice: «Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado». No son de aquellos pámpanos que el Padre quitará, sino de los que cuidará, por cuanto están limpios. Por su Palabra, Jesús les había revelado al Padre; ellos lo habían recibido, y la Palabra les había colocado en una relación vital con Jesús.

«Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer» (v. 4-5).

Estas son las condiciones para que el pámpano lleve fruto. No basta ser un pámpano, es decir, tener el nombre de cristiano; es necesario llevar fruto. Para ello es preciso permanecer adheridos a la vid, a Cristo, vital y prácticamente: «Permaneced en mí, y yo en vosotros», dice el Señor. Si el creyente permanece en Cristo, Cristo permanecerá en él, y el fruto se producirá con toda naturalidad. En el versículo 20 del capítulo 14, el Señor dice a los discípulos que, cuando haya venido el Espíritu Santo, ellos conocerán que están en él y él en ellos. Esto es lo que define su nueva posición; pero aquí se trata de la práctica, de la responsabilidad. Primeramente se trata de: «Permaneced en mí, y yo en vosotros», será la consecuencia de ello. Para permanecer de modo práctico en Cristo, es necesario ocuparse en él, disfrutar de él, vivir de su vida, depender de él, imitarle; entonces lo que Cristo es será visto en nosotros; se producirán frutos que probarán la realidad de su vida en nosotros. Con el creyente sucede lo mismo que con el pámpano; por sí mismo no puede hacer nada; es una madera de poco valor; ligera, muy porosa, que arde rápidamente, sin tener otra propiedad que la de dejar pasar mucha savia, para producir mucho fruto.

Ezequiel habla de ella en estos términos: «¿Tomarán de ella madera para hacer alguna obra? ¿Tomarán de ella una estaca para colgar en ella alguna cosa? He aquí, es puesta en el fuego para ser consumida; sus dos extremos consumió el fuego, y la parte de en medio se quemó» (cap. 15:3-4). ¡Fiel imagen de lo que vale el cristiano por sí mismo! Si no permanece adherido a la vid divina, no tiene ningún valor, no puede producir nada. Cuando el apóstol Pablo dice: «He trabajado más que todos ellos», se apresura a agregar: «Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1 Corintios 15:10). Por la gracia de Dios se mantenía firmemente adherido a Cristo, y el fruto se había producido. A menudo se encuentran personas deseosas de servir al Señor, que buscan y escogen primeramente qué obras podrían cumplir. Aunque bien intencionadas, invierten el orden establecido por Dios. Es preciso, ante todo, permanecer adherido a Cristo; como María, permanecer a sus pies, escuchar su palabra, e indefectiblemente el fruto se producirá, quizá no el que uno mismo escogería, sino el fruto que dimana de la vida de la vid, esto es, de Cristo. «Separados de mí nada podéis hacer», dice el Señor.

Las exhortaciones de los versículos 4 y 5 se dirigen a los discípulos y a todos los que poseen la vida de Cristo. El versículo 6 habla de los que no la tienen: «El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden». El Señor no dice: «si vosotros», sino: «el que», es decir, cualquier persona que, haciendo profesión de cristiana, no permanezca adherida a Cristo y por lo tanto no lleve fruto, será tratada como el sarmiento seco y se quemará, como dice Ezequiel. Esto sucederá a todos los que sean dejados en la tierra, a pesar de haber profesado el cristianismo, cuando el Señor venga por su Iglesia. ¡He aquí una solemne verdad para los que no tienen la vida de Dios!

17.2 - La oración

En estos versículos el Señor se dirige nuevamente a los discípulos: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos». Los discípulos del Señor –y cada creyente es uno– no permanecen en él de modo inconsciente; gozan de él, se alimentan de su Palabra y realizan su dependencia mediante la oración. Como el creyente no tiene fuerza ni valor en sí mismo, debe depender continuamente de Aquel en quien se encuentran todos los recursos que necesita para llevar fruto. Nuestras peticiones solo pueden ser respondidas si conocemos los pensamientos del Señor respecto a lo que pedimos. Solo su Palabra, morando en nosotros, puede formar nuestros deseos. Si ella los inspira, podemos pedir lo que queramos, porque solo deseamos lo que es según la voluntad de Dios, con miras a su gloria y al cumplimiento de su servicio. Así obtendremos lo que hayamos pedido. Es importante retener esta enseñanza, porque en nuestros días muy a menudo se hace un uso completamente inadecuado de la oración. En vez de valerse de ella para la gloria de Dios, con la mira puesta en su testimonio y para servirle fielmente, se quiere, por medio de ella, obligar a Dios a conceder deseos que no están acordes con su Palabra. Ahora bien, Dios no puede ser siervo de nuestra voluntad. Es preciso conocer la suya para obtener lo que pedimos, lo cual solo es posible si vivimos muy cerca del Señor, alimentándonos de su Palabra. En este estado realizamos el juicio de nosotros mismos, examinamos nuestros deseos a su luz; nuestros motivos son depurados y pedimos lo que queremos, porque solo deseamos lo que Dios quiere.

En esta enseñanza del Señor se trata de peticiones con miras a llevar fruto para la gloria de Dios, como verdaderos discípulos de Aquel que llevó mucho fruto. En las circunstancias de la vida, a menudo es difícil conocer el pensamiento de Dios. ¿Se trata de una curación, o de una necesidad relacionada con nuestros asuntos materiales? Si no conocemos el pensamiento de Dios acerca de estos asuntos, los podemos poner ante él con completa sumisión a su voluntad, tal como lo leemos en Filipenses 4:6: «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias».

Así dejamos a Dios el cuidado de obrar como bien le parezca. La certidumbre de su amor siempre activo a nuestro favor nos dará reposo, sabiendo que él hace trabajar todas las cosas para el bien de los que le aman. Nuestros corazones serán guardados en paz, en vez de la agitación que producen las circunstancias contrarias a nuestra voluntad, y esperaremos pacientemente que Dios intervenga cuando quiera y como le plazca. No olvidemos que la oración expresa la dependencia y no nuestra propia voluntad.

17.3 - «Permaneced en mi amor»

«Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor» (v. 9-10). En los versículos anteriores el Señor exhorta a permanecer en él. Aquí exhorta a permanecer en su amor. Jesús había amado a los discípulos con el amor con que el Padre le había amado a él mismo, Hombre obediente que hacía siempre lo que agradaba al Padre. Para seguir gozando de este amor es necesario, como el Señor lo hacía, guardar los mandamientos de su Padre. Nada, ni por un instante, pudo interrumpir el goce de este amor entre el Padre y el Hijo obediente. Lo mismo ocurrirá entre nosotros y el Señor, mientras le obedezcamos. Toda su vida y sus palabras son para nosotros la expresión de su voluntad; es lo que constituye sus mandamientos. Jesús añade: «Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido» (v. 11). Si nada impedía al Señor permanecer en el amor del Padre, igualmente nada impedía que su gozo fuera perfecto. Este gozo también será nuestra porción; será perfecto, cumplido, en el disfrute de las mismas relaciones con Cristo que las que él tuvo con su Padre, como Hombre obediente. La porción del creyente en la tierra es maravillosa e infinita, puesto que es idéntica a la de Jesús cuando estaba en el mundo. Permaneciendo en él llevaremos fruto, tal como lo hizo él, para gloria de su Padre. Obedeciéndole gozaremos del amor del que él mismo gozaba al guardar los mandamientos de su Padre, y un gozo semejante al suyo tendrá lugar en nosotros. ¡Ojalá todos pudiéramos disfrutar constantemente de una porción tan rica, tan elevada! Así seríamos guardados de buscar cualquier satisfacción en el mundo que ha rechazado a Aquel en quien poseemos todo para nuestra felicidad presente y eterna.

El disfrute del amor no se realiza solamente entre el Señor y nosotros; también se debe manifestar en los unos para con los otros. «Este es mi mandamiento» –dice Jesús– «que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (v. 12-14). El amor mutuo no puede tener otro modelo y otra medida que el Señor mismo. La medida es grande. Puede llegar hasta la muerte. El mismo apóstol dice: «En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos» (1 Juan 3:16). ¿Existe acaso testimonio de mayor amor, de renunciamiento más absoluto? ¡Tal es nuestro Modelo!

En medio del mundo, enemigo del Padre y del Hijo, el Señor había encontrado en algunos un oído atento; sus discípulos lo habían escuchado; los llama «sus amigos». Por eso ellos debían responder a este título obrando con exacta conformidad a todos sus mandamientos. Jesús había mostrado que los tenía por amigos y no por esclavos, porque les había dicho en la intimidad todo lo que había oído de su Padre. «Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer» (v. 15).

Los judíos estaban bajo la servidumbre de la ley. En cuanto a los discípulos, puesto que habían recibido la revelación del Padre, Jesús les daba el título de amigos. A un esclavo se le ordena lo que debe hacer; pero, si se hace amigo del hijo de la casa, este le revela todos sus pensamientos, le hace partícipe de sus proyectos, le inicia en todo lo que le produce gozo, le hace participar de sus riquezas, le pone al tanto de lo que su padre le dice. Fue lo que el Señor hizo de modo maravilloso. Dio a conocer lo que hasta entonces solo había sido conocido por él, y que era solo para él. Reveló que lo que el Padre era para él, como hombre en la tierra, lo era para ellos; les comunicó lo que había oído de parte del Padre. «Porque» –dice– «las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron» (cap. 17:8).

En todos estos discursos del Señor vemos que solo la obediencia permite gozar de todas las bendiciones propias de la posición en la que la gracia nos ha colocado. Amar al Señor es guardar sus mandamientos, es la vida. En consecuencia, él se manifestará a aquel que le ama, y este será amado por el Padre. Si guarda la Palabra, el Padre y el Hijo harán su morada con él (cap. 14). El que guarda sus mandamientos permanece en su amor, participa de su gozo, como también de su paz. El que le obedece es su amigo. Y si se añade a eso todo lo que el Espíritu Santo ha venido a revelar de la persona del Señor glorificado y de nuestra porción celestial, ¿qué más puede uno tener? Si disfrutásemos de todo eso, ello ya sería el cielo en la tierra, y el mundo no podría tentarnos con nada.

17.4 - Los discípulos odiados por el mundo

El Señor también había escogido a sus discípulos para que cumplieran una obra de parte suya en el mundo, cuando él hubiera vuelto a su Padre. Les dice: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé. Esto os mando: Que os améis unos a otros» (v. 16-17).

Los discípulos tenían una obra que cumplir en este mundo, en el cual encontrarían muchas dificultades y el odio de los hombres. Pero la certidumbre de que el Señor les había escogido, establecido y enviado les daría una preciosa y poderosa seguridad. Ellos no lo habían escogido para que les revelase al Padre, sino que la libre gracia de Dios en Cristo los había escogido a ellos para enviarles a buscar hombres en un medio hostil a Dios, dándoles a conocer la gracia que ellos habían recibido. Estos hombres salvados serían el fruto que permanecerá eternamente. Para cumplir este servicio, necesitarían recursos divinos. Los encontrarían dirigiéndose al Padre en el nombre del Hijo, ya que era el Hijo quien los había escogido y enviado a fin de llevar fruto para gloria del Padre. No podrían contar con la amistad del mundo; por eso debían amarse mutuamente, como el Señor les manda hacerlo en el versículo 17. En la tierra no se puede encontrar el verdadero amor, salvo el de los creyentes, porque este amor viene de Dios. El disfrute del amor del Padre y del Hijo y del amor de los unos para con los otros constituye un privilegio inapreciable en medio de un mundo enemigo de Dios y de todo lo que viene de él. Ojalá disfrutásemos de ello más abundantemente, para no buscar la amistad del mundo, opuesto al Padre. «La amistad del mundo es enemistad contra Dios» (Santiago 4:4).

La medida del amor del mundo hacia los creyentes es dada por los sentimientos de aquel hacia Cristo: el odio. «Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Mas todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado» (v. 18-21). Es motivo de ánimo y un honor ser, como Cristo, objetos del odio del mundo. Uno puede entonces, como Moisés, tener «por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios» (Hebreos 11:26). Ser odiado por el mundo a causa del nombre de Cristo prueba que uno no es del mundo; esto también es una gloria. ¿Quién quisiera ser del mundo, enemigo de Cristo, sobre el cual los juicios van a caer, cuando se tiene como porción al Señor y todos los goces de su comunión? La oposición del mundo y su odio hacia los hijos de Dios vienen porque ellos conocen que el Padre ha enviado al Hijo, conocimiento que les pone en un lugar aparte. El mundo todavía quiere oír hablar de Dios, pero solo si no se insiste demasiado en su justicia y su santidad; sin embargo, se opone a que se mencione a Dios manifestado en Cristo, el Padre, Dios de gracia, porque la gracia humilla al hombre natural; lo juzga. El hombre pretende tener una relación con Dios y puede servirse de ella; es la relación de una criatura que ha fallado en su responsabilidad; pero esto no le preocupa mucho, y cuando Dios le ofrece su gracia, esta le produce mucho desagrado y le hace poner de manifiesto su enemistad. La relación de Dios como Padre no existe más que con sus hijos; por eso el mundo no los conoce ni los ama.

Los discípulos y otros creyentes han sentido el odio del mundo más que nosotros hoy en día. Si presentásemos más fielmente los caracteres del Señor, sentiríamos el odio del mundo en mayor medida. Sabemos que el mundo odia a Dios el Padre y a Cristo; eso debe bastarnos para apartarnos de todo lo que lleva los caracteres del mundo.

17.5 - El porqué del pecado del mundo

Hasta la venida de Jesús a la tierra, sabemos que Dios había procurado obtener, por todos los medios posibles, algún bien del hombre antes de ponerle de lado como irremediablemente malo. Esperó cuatro mil años. La presentación de Jesús al pueblo judío constituía la última prueba a la que el mundo fue sometido; al rechazarle, establecía plenamente su irremediable estado de pecado. Desde entonces todo terminó entre Dios y el hombre natural junto al mundo culpable de la muerte de su Hijo. El Señor puede decir: «Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado. El que me aborrece a mí, también a mi Padre aborrece. Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre. Pero esto es para que se cumpla la palabra que está escrita en su ley: Sin causa me aborrecieron» (v. 22-25). «No tendrían pecado», esto no quiere decir que no había habido pecado entre los judíos y en el mundo hasta entonces, sino que el estado de pecado irremediable no hubiera sido comprobado y consumado si el Señor no hubiese venido para cumplir todo lo que hubiera podido hacer vibrar aún la menor huella de bondad en el corazón del hombre, si hubiese habido alguna. En lugar de eso, Jesús fue rechazado y ajusticiado como cualquier malhechor. El Señor no exigía el cumplimiento de la ley, como lo hacían los profetas; al presentar a Dios como Padre, al Dios que perdona, traía la gracia. Pablo dice que «Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo mismo al mundo, no imputando a los hombres sus transgresiones» (2 Corintios 5:19, V. M.). Ya que la presentación de Dios en gracia, después de la prueba de la ley, no pudo tocar el corazón del hombre, sino que, al contrario, hizo que su odio contra Dios se manifestase más, ya no había nada más que esperar ni nada más que hacer. Ya no tenían pretexto para su pecado, dice el Señor. No podían alegar que Dios traía sobre ellos un juicio precipitado sin haber agotado todos los medios para obtener lo que deseaba. Las obras que ningún otro había hecho, el Señor las hizo. Los hombres las vieron, pero no produjeron otro efecto que el odio mortal. Se cumplió lo dicho de ellos en el Salmo 35:19: «Los que me aborrecen sin causa». Su carácter propio es, pues, el odio, el que les ha hecho insoportables. No queda más que someterlos a juicio.

Lo que Jesús llama «el mundo», eran los judíos; por medio de ellos Dios hizo la prueba de lo que es el hombre. Cuando el paganismo se hubo introducido en el mundo, Dios tomó a Israel como muestra de la raza humana, para hacer la prueba de lo que valía. Como principio, el mundo es un sistema en el cual Dios, revelado en Cristo, ha sido y sigue siendo rechazado, aun cuando en él se practica exteriormente una determinada religión de Dios, como es el caso de los judíos y de la gran masa de la cristiandad. Hoy en día el mundo lleva el nombre de cristiano, con las formas de la piedad, pero ha negado su eficacia, como nos lo dice Pablo en 2 Timoteo 3:5.

17.6 - Doble testimonio rendido a Cristo

«Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio». El mundo, habiendo rechazado al Hijo de Dios, podía creer que había acabado con él. Ni pensarlo, porque Jesús, al subir al cielo y ser coronado de gloria y honra por su Dios y Padre, iba a enviar al Espíritu Santo, el cual daría testimonio de él, hombre glorificado. Luego los discípulos también darían testimonio de Cristo; primero, tal como le habían visto en la tierra, como la perfecta manifestación de Dios Padre, que el mundo no ha querido reconocer. También darían testimonio de su resurrección y afirmarían que Aquel a quien los hombres habían crucificado, Dios le había resucitado de entre los muertos y le había hecho sentar a su diestra. El libro de los Hechos de los apóstoles relata este doble testimonio. Cuando los apóstoles escogieron al remplazo de Judas, quisieron que este fuera alguien que hubiese estado con ellos durante todo el tiempo en que Jesús entraba y salía en medio de ellos, y que hubiese sido testigo de su resurrección (Hechos 1:21-22). En el capítulo 5 del mismo libro (v. 32), Pedro dice en presencia del sanedrín: «Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen».

En los versículos que nos ocupan, es el Señor quien envía al Espíritu Santo. Le llama «el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre»; por cuanto Jesús había venido del Padre, vendría un testimonio caracterizado por la verdad de lo que es el Hijo glorificado. En el capítulo 16:7, también es Jesús quien envía al Espíritu Santo, el Consolador, para bendición de los suyos. En el capítulo 14 es el Padre quien le envía en respuesta a la oración de Jesús, para que consuele a los suyos y les haga conocer su relación con él (v. 20).

18 - Juan 16

18.1 - La religión sin Cristo

En los versículos 18-25 del capítulo precedente, el Señor advierte a sus discípulos sobre el odio del cual serían objeto por parte del mundo que le odiaba, para que no se escandalizaran. Aquí les dice cómo los trataría el mundo, creyendo agradar así a Dios: «Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios. Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí» (v. 1-3). Después del destierro de Judá a Babilonia, Dios había hecho volver al país un remanente para que recibiera allí al Mesías. Pero en lugar de reconocer la bondad de Dios hacia ellos, los judíos seguían enorgulleciéndose debido al privilegio de ser el pueblo elegido, pero sin tener en cuenta los caracteres de Dios ni lo que a él debían. Inconscientes de su estado de pecado, rechazaban el ministerio de Juan el Bautista, quien les llamaba al arrepentimiento para que recibiesen al Mesías; y cuando este vino, no lo recibieron. A pesar de eso, conducido por sus jefes religiosos, el pueblo permanecía aferrado a su orgullo nacional con la pretensión de servir al verdadero Dios, después de haberle rechazado en la persona de su Hijo. Se habían atrevido a decir al que había nacido ciego: «Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es pecador». Ellos iban a persistir en su oposición a Cristo, rehusando creer en el testimonio del Espíritu Santo y de los apóstoles, rendido en cuanto a su resurrección y su exaltación a la diestra de Dios. Manifestaron su odio hacia Cristo al perseguir y matar a los cristianos. Fue lo que hizo Saulo, creyendo servir a Dios, hasta que fue detenido en el camino a Damasco.

Hoy día sucede lo mismo en la cristiandad. El hombre, en su estado natural, admite del cristianismo lo que le distingue de los pueblos no civilizados, y de esto se enorgullece; pero no quiere saber nada de Jesús, presentado como Salvador y como el Señor a quien debe obediencia. Su orgullo no admite que él haya merecido la muerte que Cristo sufrió en la cruz llevando en su lugar el juicio que le correspondía. Si bien los cristianos fueron perseguidos y asesinados por los judíos y luego por los paganos, otros, en igual número, lo fueron por los cristianos nominales y en nombre de la religión cristiana, porque confesaban a Jesús como su Salvador y mantenían la verdad en medio de un cristianismo corrompido, en el cual se pretendía servir a Dios. Hablan de guardar la religión de sus padres, sin remontarse hasta la verdadera religión de los padres, a «lo que era desde el principio» del cristianismo (1 Juan 1:1; 2:7, 24). Quieren tener un Dios, el verdadero, pero no a aquel a quien Cristo ha revelado como Padre.

«Y harán esto» –dice el Señor– «porque no conocen al Padre ni a mí. Mas os he dicho estas cosas, para que cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho. Esto no os lo dije al principio, porque yo estaba con vosotros» (v. 3-4). Mientras el Señor estuvo con los discípulos, los guardó y los protegió; y el mundo aún no había asumido definitivamente su carácter de enemigo de Cristo y de Dios. Mas ahora que iban a ser dejados solos, el Señor les previene para que no se sorprendan ante el proceder de un mundo que se enorgullecerá de servir a Dios, pero que odia a Aquel por medio de quien Dios se ha revelado en gracia, de lo cual los discípulos serán testigos.

18.2 - Ventajas para los discípulos

«Pero ahora voy al que me envió; y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas? Antes, porque os he dicho estas cosas, tristeza ha llenado vuestro corazón» (v. 5-6). Se comprende que, con la perspectiva de la partida de Jesús y de las cosas que les esperaban, los discípulos estuviesen tristes. Sin embargo, según lo que el Señor les había dicho acerca de su partida, ellos tendrían que haber comprendido que todo no estaba perdido para ellos, porque él no se iba como una persona que ha fracasado en su empresa. Si momentáneamente todo estaba perdido para Israel, había, sin embargo, consecuencias benditas, incalculables, para los que habían recibido a Jesús. Los discípulos tendrían que haber preguntado al Señor a dónde iba y, sabiendo cuánto les amaba, deberían haber comprendido que de su partida dimanarían grandes ventajas para ellos. Se ve, por el contrario, cómo pensaban que todo había acabado, puesto que el Señor los dejaba. Los dos discípulos, en el camino a Emaús, iban diciendo: «Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel» (Lucas 24:21). Asimismo, después de la resurrección del Señor, ellos retomarían su vida de pescadores (cap. 21:3).

Ellos se preocupaban por lo que perdían –y no por las ventajas que resultarían del hecho de que su muy amado Señor se fuera a la presencia del Padre– aunque les había dicho que no los dejaría huérfanos. «Yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré» (v. 7).

En efecto, el Espíritu Santo vendría a introducirles en las consecuencias celestiales y eternas de la obra cumplida por la venida de Jesús a la tierra. Los llenaría de un gozo y una paz que no habían conocido nunca mientras seguían al Señor, puesto que esperaban verle establecer su reinado sobre Israel. Les revelaría a un Cristo celestial, glorioso, y su porción con él en el presente y por la eternidad. Todo sería ventajoso para ellos, a pesar de sus tribulaciones. Eso les anuncia el Señor en lo que sigue del capítulo, pero antes les dice lo que la presencia del Espíritu Santo será para el mundo.

18.3 - De la presencia del Espíritu Santo en cuanto al mundo

«Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado». Jesús había dicho en el capítulo 15:22: «Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado».

En el capítulo 8:21, dice a los judíos: «Yo me voy, y me buscaréis, pero en vuestro pecado moriréis» (el pecado de no haberle recibido). A pesar de estas declaraciones, el mundo no habría sido convencido de su estado irremediable de pecado si el Señor se hubiese quedado en la tierra. Pero, una vez subido al cielo, enviaría al Espíritu Santo, cuya presencia en el mundo sería la demostración de su pecado. Si el Espíritu Santo no estuviese en la tierra, habría alguna esperanza para el mundo. Su presencia prueba que Jesús está en el cielo, rechazado por el mundo, cuyo pecado queda en evidencia. Ello no significa que el mundo posea en sí mismo esta convicción de pecado que le deja sin esperanza; no se trata de una convicción interior, sino de la demostración de un hecho irrebatible. Admitido o no, la prueba de ello queda establecida. Cuando un alma comprende su culpabilidad y su estado de perdición, y es convencida de pecado, se siente feliz de recibir al Señor Jesús como su Salvador; es salva. Esto es algo muy distinto, aunque sea la obra del Espíritu Santo por medio de la Palabra de Dios. En cambio, la convicción de pecado en cuanto al mundo lo deja en el estado en que su pecado le colocó. Hay salvación para el pecador que recibe a Jesús como Salvador, pero no hay absolutamente ninguna para el mundo como sistema que ha rechazado a Cristo.

En segundo lugar, el Espíritu Santo convence al mundo de justicia, porque Jesús va a su Padre y no se le ve más en la tierra. La justicia no se encuentra en el mundo. Lo que prueba esto no son las injusticias que se cometen diariamente, sino precisamente la presencia del Espíritu Santo. ¿Cómo puede ser esto? Porque cuando Jesús estaba en la tierra, cumpliendo su obra de amor a favor de cada uno, fue condenado a morir como un malhechor. Los jefes, quienes deberían haber enseñado al pueblo a recibirle, incitaron a la muchedumbre a pedir su muerte. ¿Era esto justo? Cuando Dios retiró su trono de Jerusalén, confió el gobierno del mundo a los gentiles. Pilato representaba este poder que pertenecía entonces a Roma, el cuarto imperio de las naciones. Pilato reconoció que Jesús había sido entregado por envidia; tres veces declaró que no encontraba delito alguno en él y procuró liberarlo. Pero, para evitar el descontento de los judíos, lo condenó a muerte, después de hacerle azotar.

¿Dónde está la justicia? Dios, quien había sido glorificado por la perfecta obediencia de su Hijo, su unigénito, no solamente no intervino para liberarle, sino que, en la cruz, le abandonó e hizo caer sobre él el juicio que el hombre, culpable y rebelde contra Dios, merecía. ¿Dónde está, pues, la justicia? En ninguna parte en este mundo; ella está en el cielo. Habiendo sido perfectamente glorificado en cuanto al pecado por la muerte de su Hijo, Dios, quien hizo posible que sus consejos de amor para con los hombres se pudiesen cumplir, manifestó su justicia respecto a su muy amado Hijo resucitándole y exaltándole hasta su diestra, coronado de gloria y de honra. De este modo la justicia de Dios fue demostrada. Era justo recompensar a Jesús sacándole de la muerte en la que había entrado por amor a su Dios y Padre y por amor al pecador; era justo elevarle a la gloria. ¿Cómo será demostrada esta justicia ante el mundo? Este no cree en la resurrección de Cristo; pagó a los guardas para que dijeran que sus discípulos habían robado su cuerpo en la noche; el mundo no le ve. Como en el caso del pecado, la demostración o convicción de justicia tiene lugar por medio de la presencia del Espíritu Santo en la tierra, a continuación de la glorificación de Cristo. Porque si se hubiese encontrado justicia en el mundo, Jesús no hubiera sido ajusticiado; tampoco hubiera ido entonces al cielo, desde donde envió al Espíritu Santo a favor de aquellos que creyeron en él.

En tercer lugar, el Espíritu Santo convence al mundo de juicio, porque el jefe de este mundo es juzgado. Al final del capítulo 14 vimos que a Satanás le es dado el título de príncipe de este mundo, porque todos los hombres formaron una coalición bajo su poder, con el fin de dar muerte al Hijo de Dios. El pueblo, los jefes de los judíos, el gobernador gentil, los soldados romanos, todos tenían su parte de responsabilidad para hacer valer la justicia, la bondad, el reconocimiento hacia Jesús en ese momento en que Satanás les incitaba a rechazarle. Pero todos la abdicaron en favor de Satanás y estrecharon filas bajo su mando para matar al Santo y al Justo. A partir de entonces el diablo llegó a ser el jefe de este mundo. Tenía pensado reducir a silencio a Jesús, la simiente de la mujer, quien debía aplastarle la cabeza, según el juicio pronunciado sobre él en ocasión de la caída, pero precisamente con la muerte del Señor perdió su poder; así fue juzgado. Jesús logró una esplendorosa victoria sobre él; redujo a la impotencia a aquel que tenía el poder sobre la muerte, al sufrirla Él mismo. Satanás será atado durante el reinado de Cristo y, al final, será arrojado en el lago de fuego y azufre, juntamente con todos los que le hayan escuchado y se hayan dejado extraviar por él. Actualmente está bajo juicio, así como el mundo que le ha escuchado al colocarse voluntariamente bajo su mando para rechazar a Cristo. Esto es lo que afirma la presencia del Espíritu Santo enviado del cielo por el Señor después de haber cumplido la obra por medio de la cual quebrantó la cabeza de la «serpiente antigua».

El mundo casi ni se da cuenta de las solemnes consecuencias que resultan de la presencia del Espíritu Santo. Por eso Satanás todavía trata de hacer que se menosprecie dicha presencia y aun hasta la misma existencia del Espíritu de Dios; pero ello no cambia en nada el hecho real. El Espíritu Santo está en la tierra y convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio. Este se ejecutará cuando el tiempo de la paciencia de Dios haya llegado a su fin mediante la venida del Señor para arrebatar a los suyos. Hasta entonces, todo el que cree en el Hijo tiene vida eterna. El Evangelio invita a los hombres a dejar este mundo perdido y juzgado, para que se acerquen al Salvador y reciban la salvación gratuita ofrecida en este día de gracia.

18.4 - Lo que el Espíritu Santo hace por los creyentes

Contrariamente a lo que ocurre con el mundo, el Espíritu Santo obrará en los creyentes haciéndoles gozar de todo lo que les pertenece en su nueva posición ligada a la de Cristo resucitado y glorificado; ya no son, pues, del mundo. Los discípulos no podían soportar todo lo que el Señor tenía que decirles, pero el Espíritu Santo se los comunicaría y los haría capaces de entender todo lo que dimanaría de la obra de Cristo a favor de ellos. Jesús les dijo: «Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir» (v. 12-13). Aunque los discípulos perdían todo en cuanto a la tierra –aun a Cristo como Mesías– tendrían, sin embargo, una porción celestial que el Espíritu Santo les daría a conocer. Les conducirá a toda la verdad.

El mundo yace en el error; no puede conocer las cosas tal como son a los ojos de Dios; pero los discípulos serán dirigidos en toda la verdad procedente de la obra de Cristo, conocerán mejor su gloriosa persona y lo que poseen los creyentes, en el presente y por la eternidad. Así como el Señor no habló por su propia cuenta, el Espíritu tampoco lo hará; dirá lo que ha oído, puesto que fue testigo de la glorificación de Cristo, y anunciará las cosas que van a suceder, siempre en relación con la gloria del Señor, quien vendrá un día a establecer su reinado. ¡Porción bendita la de los creyentes, conducidos a toda la verdad por el Espíritu Santo y la Palabra, en medio de un mundo hundido en las tinieblas y el error! Pueden andar a la luz de las cosas escondidas para el mundo, mientras esperan la gloria.

El Señor dice: «Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber (v. 14-15).

El mundo ha despreciado a Jesús; el Espíritu Santo le glorificará al tomar lo que constituyen sus glorias, su nueva posición, para dárnoslas a conocer. El mundo no ha querido nada de lo que Cristo le trajo, pero los que le han recibido tienen una plena porción de todo lo que Él posee como hombre, objeto del amor del Padre, centro glorioso de un estado de cosas celestial. Allí todo lo que es del Padre es suyo, resultado de los consejos eternos de Dios Padre en los cuales el Señor ha introducido a los suyos.

Dejémonos instruir más profundamente en estas cosas divinas y celestiales por el Espíritu Santo, quien sigue estando en la tierra, para ocuparnos de Aquel que es el centro y la gloria de esas cosas, a fin de comprender mejor que no tenemos ninguna porción en este mundo juzgado.

La importancia de la presencia del Espíritu Santo, tercera persona de la Trinidad, es muy desconocida hoy en la iglesia profesante, e incluso lo es por muchos creyentes. No se sabe apreciar bastante las ventajas de su presencia ni aprovecharlas. Para ello es preciso permanecer en la enseñanza de la Palabra a este respecto, porque muchos menosprecian el verdadero propósito de la venida del Espíritu Santo y de su verdadera actividad, limitando su papel al cumplimiento de milagros o al don de hablar en lenguas desconocidas. Se pide a Dios que envíe el Espíritu Santo para ser llenos de él, pero se ignora –o se quiere ignorar– que él vino una vez para siempre en pentecostés, diez días después de la ascensión del Señor. Se le quiere ver obrar como en los primeros tiempos de la Iglesia, e incluso se pretende que lo hace. No se tiene en cuenta que el estado actual en que se encuentra la Iglesia le contrista, y que un despliegue de gran poder sería su visto bueno sobre un estado de cosas que deshonra al Señor. Pero, además de estas nociones erróneas, se olvida que el Señor no envió al Espíritu Santo solo para cumplir actos milagrosos, sino como Consolador de los suyos, para enseñarles, para recordarles las cosas que les había dicho y, como lo acabamos de ver, para conducirles a toda la verdad y anunciarles las cosas que han de suceder. En pocas palabras, es el Eliezer divino que acompaña a la esposa a través del desierto, ocupando su atención con las glorias de su Esposo a lo largo de su viaje, hasta el momento en que ella le encuentre en la gloria. Por supuesto, no quiere apartar su atención de su Amado, distrayéndola con milagros y otras manifestaciones de poder que, lejos de ocupar el corazón con Cristo, lo ocupan de sí mismo y de los demás en una clase de misticismo. Es cierto que en el principio el Espíritu de Dios desplegó un gran poder; dio a los creyentes la capacidad de predicar el Evangelio en lenguas que les eran desconocidas. Milagros notables se cumplieron para confirmar la Palabra del Señor y para dar testimonio ante los incrédulos, judíos y gentiles, pero no era por esos medios que la Iglesia, en ese entonces como hoy, se ocupaba de las bellezas del Señor a fin de reflejar sus caracteres ante el mundo.

18.5 - El gozo del mundo y el gozo de los discípulos

Para que los discípulos pudieran gozar del ministerio del Espíritu Santo, era necesario que el Señor los dejara y volviera a la presencia de su Padre. Sin embargo, lo volverían a ver poco después. «Todavía un poco» –dice– «y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis; porque yo voy al Padre» (v. 16). Pero los discípulos, que no comprendían, razonaron y dijeron: «¿Qué es esto que nos dice?» (v. 17-19). Se iría, lo volverían a ver, iría al Padre, eran verdades que estaban tan fuera del alcance de los pensamientos que ellos se habían forjado respecto a Jesús y a las consecuencias de su venida, que bien se precisaba el socorro del Espíritu Santo para hacerles entender. Mientras tanto el Señor les muestra el sentido de sus palabras: «De cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará; pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo» (v. 20).

El mundo se regocijaría por haberse deshecho del Señor que derramaba sobre él una luz insoportable, mientras los discípulos experimentarían tristeza; pero la resurrección del Señor los llenaría de felicidad, puesto que lo verían a él mismo, más allá de la muerte, en una nueva posición, en la cual él los asociaría consigo mismo. En efecto, ¡qué gozo sintieron los discípulos y las mujeres cuando volvieron a ver al Señor! De todos modos, el tema de este gozo superaba infinitamente todo lo que los discípulos podían comprender entonces: esto era aun más profundo que el simple hecho de volver a ver al Señor resucitado, porque a este hecho se vinculan todas las gloriosas consecuencias de su muerte. El gozo de los discípulos es comparado con el de la mujer que, después de dar a luz un hijo, olvida su angustia y se regocija porque ha «nacido un hombre en el mundo». En Cristo resucitado, el nuevo hombre –el hombre de los consejos de Dios– surgía de la muerte con todas las consecuencias de la victoria que él acababa de lograr; porque sin la muerte y la resurrección del Señor, todos los hombres permanecerían en la muerte en la cual el pecado les había colocado por la eternidad, y no habría nueva creación, ni hombres nuevos.

«También vosotros» –dice el Señor– «ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo» (v. 22). Este gozo permanente está relacionado con la vida que ha triunfado sobre la muerte por la eternidad. Pertenece a un estado de cosas nuevas. Llenó el corazón de los discípulos cuando volvieron a ver al Señor. Solo ellos lo vieron, el mundo no lo ha vuelto a ver más, porque no tenía ninguna participación en las bendiciones en las cuales Jesús resucitado introducía a los suyos. ¡Qué gozo cuando el Señor sea visto en su gloria por los suyos resucitados y glorificados, introducidos en la casa del Padre! Mientras tanto, por el Espíritu Santo, tenemos el gozo de verle por la fe, como dice en el capítulo 14:19. En aquel día (el día en que el Espíritu Santo viniera) «me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis».

18.6 - Los discípulos en relación con el Padre

El Señor iba a poner a los discípulos en relación con su Padre; esto fue lo que se apresuró a comunicarles por medio de María Magdalena el día de su resurrección (cap. 20:17). Por eso les dice: «En aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido» (v. 23-24). Ese día, inaugurado con la resurrección de Jesús, cuando fueran puestos en relación con el Padre, los discípulos no tendrían necesidad de dirigirse a él para obtener lo que desearan. Disfrutarían del mismo privilegio que el Señor cuando estuvo sobre la tierra; como él, se dirigirían directamente al Padre, serían amados por el Padre como este amaba a su Hijo. Todo cuanto ellos pidiesen en su nombre les sería otorgado. Teniendo la misma vida que el Hijo, ellos tendrían los mismos pensamientos, los mismos deseos, y pedirían las mismas cosas que él. Así, la respuesta sería segura y, al disfrutar de esta relación que aseguraba las respuestas por parte del Padre, el gozo de ellos se vería cumplido. ¡Privilegio inmenso poder dirigirse a Dios como Padre, presentándose en el nombre de su Hijo! Si poseemos tal privilegio es porque este Hijo, objeto del amor del Padre, hizo posible que seamos amados con el mismo amor con que lo fue él, recibidos por el Padre como a él mismo, en virtud de la obra perfecta que nos colocó en semejante relación.

El Señor dice luego a los discípulos que les había hablado en alegorías, pero que la hora llegaría cuando les hablaría abiertamente del Padre. Siempre alude al momento en que, al triunfar sobre la muerte, los colocaría en un estado nuevo en el cual serían enseñados abiertamente y comprenderían todo lo que les estaba oculto antes de su muerte. «En aquel día pediréis en mi nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios» (v. 26-27). El Señor no será intermediario entre el Padre y sus discípulos; siendo amados por el Padre, como lo es el Hijo, y habiendo amado al Hijo, se dirigirán directamente al Padre en su nombre. Los creyentes no tienen necesidad de un mediador entre Dios y ellos, puesto que han sido llevados a él merced al valor que tiene la obra del Hijo para su Padre. En la cruz, el Señor fue mediador entre Dios y los hombres, porque nadie puede, en sus pecados, acercarse a Dios y vivir. El Salvador se colocó entre Dios y el pecador; cargó con los pecados de este y los expió; desde entonces, el pecador creyente puede acercarse a Dios, a quien conoce como Padre.

El Señor dijo a sus discípulos que ellos habían creído que él había venido de Dios. Ello es verdad, y en el versículo precedente vemos que Dios les confirma este hecho. Pero tendrían que haber sabido que él había venido del Padre, y que le revelaba. Reconocer que Jesús había venido de Dios era recibirle como Mesías, porque el Mesías no venía de Dios como Padre, sino de él como Dios. El Señor también les dice la verdad que caracterizaba su posición: «Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre» (v. 28). Había venido del Padre, a quien había revelado, y después de haber cumplido la obra por la cual colocaba en su misma relación a los que le habían recibido, volvía al Padre. Aquellos que le habían recibido saldrían ganando con su partida, pues serían instruidos, dirigidos y regocijados por la presencia y la acción del Espíritu Santo.

Los discípulos creían comprender lo que Jesús les decía, pero no lo podían hacer entonces. Ellos dicen: «Ahora entendemos que sabes todas las cosas, y no necesitas que nadie te pregunte; por esto creemos que has salido de Dios» (v. 29-30). Uno hubiera podido esperar que dijesen: «Creemos que has venido del Padre», pero para eso tendrían que haber sido trasladados al terreno de la resurrección, con una capacidad nueva. «Jesús les respondió: ¿Ahora creéis? He aquí la hora viene, y ha venido ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo» (v. 31-32). La fe que los discípulos creían tener no les daría la fuerza para seguir al Señor en la hora que se acercaba. Esa misma noche iban a ser dispersados; iban a dejar al Señor solo, el único capaz de sostener el combate que permitiría colocar a los suyos al otro lado de la muerte, en el terreno de la redención, consigo mismo ya resucitado. Pero el Padre estaría con él.

En el último versículo el Señor, por así decirlo, se despide de sus discípulos: «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (v. 33).

Jesús dejaba a los suyos en este mundo enemigo, hostil a Dios, turbado, agitado, donde ellos solo podían tener la paz en el Señor recordando todo lo que él les había dicho. En todas estas enseñanzas del Señor, previas a su partida, se ve con qué solicitud les advirtió sobre lo que sucedería, para que no se sorprendiesen de nada. En el capítulo 13:19, lo hizo para que creyeran que era en realidad la persona del Hijo de Dios la que había estado con ellos. En el capítulo 15:11, es para que el gozo de ellos fuera cumplido. En el versículo 1 de nuestro capítulo, para que no fueran escandalizados. En el versículo 4, para que recordaran que les había dicho estas cosas. Por último, en el versículo 33, para que tuvieran la paz. De parte del mundo solo podrían esperar tribulación y cosas propias para hacerles retroceder; pero este mundo, por espantoso que parezca, está vencido. «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo». Solo se puede tener paz en Aquel que venció al mundo al atravesarlo como hombre del cielo. Él permaneció apartado de todo lo que caracterizaba a ese mundo, sin dejarse influenciar nunca por ninguno de sus principios. Pudo decir: «Viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí». El cristiano obtiene la victoria, no al combatir al mundo, sino al huir del mal. Solo Jesús podía andar cual vencedor de este mundo, al manifestar siempre sus propios caracteres de hombre celestial, obediente. Como estamos colocados en la misma posición que él, con la misma vida, podemos seguirle en el camino que nos ha trazado y, como él, conseguir la victoria.

¿Acaso no dijo: «Confiad, yo he vencido al mundo»? El apóstol Juan dice en su primera epístola (cap. 5:4-5): «Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?». El mundo ha quedado tal como era cuando el Señor lo dejó; no ha cambiado para nosotros. Tengámoslo presente, a fin de apreciar los recursos puestos a nuestra disposición para atravesarlo como él lo hizo.

Los discursos dirigidos por el Señor a sus discípulos en vista de su partida terminan en este capítulo. Les dijo todo lo que ellos podían sobrellevar antes de recibir el Espíritu Santo. El capítulo 17 nos presenta la sublime oración que el Señor dirige a su Padre, para encomendarle a aquellos que habían recibido sus palabras y creído que él le había enviado.

19 - Juan 17

19.1 - Jesús pide ser glorificado

«Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (v. 1-3). Varias veces el Señor anunció esta hora como la hora de su muerte. Aquí se trata de la hora de su glorificación. En todos estos capítulos Jesús habla como si su muerte ya hubiese acontecido. Había glorificado plenamente a Dios en la tierra y, para seguir haciéndolo en la nueva posición que iba a ocupar, le pide que sea glorificado. Al presentar esta petición, vemos a Jesús en la dependencia que le caracterizó a lo largo de su servicio: uno con el Padre y teniendo siempre conciencia de su divinidad. Seguramente hubiera podido volver a entrar con pleno derecho en la gloria que había dejado, ya que había glorificado a su Padre; pero no quería abandonar la posición de dependencia que había tomado. Así como había sido el hombre perfecto en la tierra, en la humillación, será el hombre perfecto en la gloria.

Como Hijo del Hombre Jesús recibió autoridad sobre toda carne. En el capítulo 5:27, es para juzgar. Pero, mientras espera el tiempo de ejercer su autoridad en juicio para luego reinar, se sirve de ella para dar vida eterna a todo lo que el Padre le ha dado. En eso sirve todavía hoy a su Padre, tal como lo hizo en la tierra. En el capítulo 6:37 dice: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí», y en el versículo 39: «Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada». «Todo» significa todos los hombres que se salvan, incluidos aquellos de quienes habla a su Padre en el versículo 6. Ni uno será dejado atrás; todos son el objeto del amor del Padre y del Hijo, quien quiere cumplir los deseos de su Padre.

Una vez revelado el Padre y cumplida la obra de la cruz, todos los que creen tienen la vida eterna, merced a la cual están en comunión con el Padre y el Hijo. La vida eterna es Cristo mismo; es Cristo que revela al Padre, como lo vemos en 1 Juan 5:20 y 1:2. En él ha sido manifestada la vida eterna. Los creyentes del Antiguo Testamento, pese a tener la vida de Dios y haber manifestado hermosos rasgos de ella, no la conocían de esta manera, porque no había sido manifestada por el Hijo que vino para dar a conocer no a Jehová, sino al Padre. «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (v. 3). Por la fe en él, el creyente recibe la vida necesaria para gozar de ello; entra en una comunión de pensamientos con el Padre y con el Hijo, puede gozar de lo que ellos gozan, pues tiene la relación vital de hijo de Dios en la tierra y por la eternidad, merced al poder del Espíritu Santo. Nuestras inconsecuencias nos privan del disfrute práctico de este privilegio, pero el Señor nos ha hecho capaces de practicar esta comunión con el Padre y el Hijo, y de los unos con los otros.

«Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (v. 4-5).

El Señor manifestó en la tierra todas las perfecciones divinas de amor, de luz, de justicia, de santidad y de verdad. Todo lo que el Padre era para él fue visto: «Vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (cap. 1:14). Todo lo que Dios era frente al hombre pecador se mantuvo en la cruz, en donde el tema del pecado fue resuelto según la justicia de Dios, con el fin de dar vida eterna a unos culpables, aquellos que el Padre había dado al Hijo. Como todo había sido perfectamente cumplido, no era necesario que Jesús se quedara en la tierra. Podía, desde la gloria, acabar su obra dando la vida eterna a aquellos que el Padre le había dado; y lo hará hasta que se salve el último. Por eso puede decir: «Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese». En el capítulo 13:31 vemos que Dios glorifica a Jesús como Hijo del Hombre porque este le glorificó plenamente en la cruz. Aquí Jesús pide ser glorificado con la gloria eterna que poseía como Hijo único en la presencia de su Padre, gloria que dejó para venir a este mundo. Así el Señor vuelve a entrar en su gloria eterna. Y esta gloria queda unida a la de Hijo del Hombre, la que adquirió al glorificar a su Padre con una obediencia perfecta.

19.2 - Los que el Padre ha dado a Jesús

«He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyoseran, y me los diste, y han guardado tu palabra» (v. 6).

En medio de este mundo arruinado y enemigo de Dios hay hombres que Dios el Padre ha dado a su Hijo para que les revele su nombre y les conduzca a él, introduciéndoles así en la relación de hijos. Sin esto nadie podría ser salvado. Estos hombres pertenecían al Padre, pero, en su estado natural, no podían estar en relación con él. Era necesario que el Hijo viniese a este mundo para buscarles y manifestarles al Padre, Dios revelado en gracia. Han recibido al Señor; han escuchado su palabra, mientras que el mundo entero le ha rechazado. «Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti; porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste» (v. 7-8). Los discípulos (de quienes el Señor hablaba) habían reconocido que lo que Jesús les había revelado venía del Padre; no de Dios como Creador, ni tampoco de Jehová, sino de Dios como Padre. Les había dado palabras o comunicaciones que el Padre le había dado, y las habían recibido. Por esta revelación les colocaba en la misma relación que él, ya que les revelaba aquello de lo cual él mismo disfrutaba. Así había sido fiel para con el Padre, quien se los había dado, y fiel para con aquellos que le pertenecían. Sin él nadie hubiese conocido las infinitas profundidades del amor de Dios, quien quería introducir a pecadores en la misma relación que su Hijo muy amado tenía con él.

El Señor no dice que los discípulos comprendían lo que les había revelado y gozaban de ello. Al contrario, vemos que no penetraron en el verdadero sentido de lo que decía. Él habla del hecho de que le habían recibido a él, a quien el mundo rechazó junto con todo lo que les traía y les revelaba. El Espíritu Santo vino luego y aclaró todas sus palabras. A pesar de su ignorancia, los discípulos estaban unidos al Señor. Pedro le dice: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna». Tomás quiere ir a Jerusalén para morir allí con él. Jesús les dice: «Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas», en contraste con aquellos que se apartaban de él. El Señor les atribuye cinco cosas preciosas para su corazón:

1. Ellos habían guardado la palabra del Padre.

2. Habían reconocido que todo lo que les había dado venía del Padre.

3. Habían recibido estas palabras.

4. Habían reconocido que él había salido de la misma presencia del Padre.

5. Habían creído que el Padre le había enviado.

Poseían, pues, todo lo que Jesús les había traído de parte del Padre, y pronto se darían cabal cuenta de ello y lo disfrutarían por el poder del Espíritu Santo.

19.3 - Aquellos por quienes Jesús ora

Todo lo que Jesús dice de los discípulos en los versículos precedentes da las razones por las cuales ora por ellos. Son objetos exclusivos de los cuidados del Padre; puesto que el mundo despreció lo que le había traído, el Señor ya no tiene nada que hacer con este y no formula peticiones a su favor. «Yo ruego por ellos» –dice–; «no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son, y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y he sido glorificado en ellos» (v. 9-10). El Señor da a su Padre dos razones por las cuales hace peticiones a favor de los suyos: ellos son del Padre, y el Hijo es glorificado en ellos. El Padre y el Hijo tienen un interés común en que los discípulos sean guardados, porque lo que es del Padre es del Hijo, y lo que es del Hijo es del Padre, motivos que están plenamente de acuerdo con los pensamientos del Padre. Y si los discípulos son guardados, el Señor será glorificado en ellos. El Padre lo hará, porque le interesa la gloria de su Hijo. El Señor iba a dejar este mundo; pero sus discípulos debían reproducir en este los rasgos de su vida perfecta. De ese modo sería glorificado, y el Padre cuidaría de ellos para que eso se realizara.

Es precioso saber que todos somos objetos de los cuidados del Padre, para que glorifiquemos al Hijo mediante una marcha conforme a la suya. El Señor nos deja en este mundo para su gloria. Pensemos en ello y dejémonos formar para ello por la acción de su Palabra. Cristo no puede ser glorificado por nadie más que por aquellos a quienes él ha revelado al Padre; para él es una gloria tener semejantes testigos en este mundo como resultado de su venida. En consecuencia, él espera que su vida sea manifestada ante el mundo, la cual es para ellos el modelo perfecto.

«Ya no estoy en el mundo; mas estos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros» (v. 11).

El Señor ya no se consideraba en el mundo; él iba a su Padre. ¡Qué momento más feliz para él! Pero dejaba a sus discípulos en este mundo manchado y contrario a Dios, para cumplir en él una obra a continuación de la suya. Ruega a su Padre que los guarde en su nombre, el del Padre que precisamente les había revelado. En Éxodo 23:21 tenemos una expresión semejante. Jehová advierte al pueblo que haga caso de su ángel y que lo escuche, porque, dice: «mi nombre está en él», el de Jehová, tal como se había manifestado en el Sinaí. En Jesús estaba el nombre de Dios manifestado en gracia para revelarle a él, pero la gracia está unida a la santidad; por lo cual el Señor también dice: «Padre santo». Como objetos del amor del Padre, ellos debían ser guardados en su santidad, porque su nombre no se puede asociar con la impureza, a fin de que ellos fuesen uno como el Padre era uno con el Hijo en todo lo que este había hecho en la tierra. Entre ellos nunca había habido divergencia de pensamientos en el cumplimiento de este servicio. Como el acuerdo era perfecto, los resultados también lo eran. Hablando de sus ovejas, el Señor dice: «Nadie las arrebatará de mi mano», «yo y el Padre uno somos». Esta unidad de acción se ve a lo largo de nuestro evangelio. Si los discípulos fuesen guardados en todo lo que entraña el nombre del Padre, serían mantenidos en esta unidad por el poder del Espíritu Santo que iban a recibir, unidad que no dimanaría de un entendimiento al que hubieran llegado entre ellos, sino de una fuente única y divina que no puede dejar de producir sus efectos. Si una mancha cualquiera, sea doctrinal o moral, existe entre los que trabajan al servicio del Señor, no realizarán esta unidad de pensamiento, de propósito y de acción que caracterizan al Padre y al Hijo. Pablo no continuó su servicio junto a Bernabé porque había divergencia de pensamientos entre ellos (Hechos 15:36-40).

Durante su permanencia con los discípulos, Jesús les había guardado en el Nombre del Padre santo. Si Judas había sido la excepción, lo había sido para que las Escrituras se cumpliesen (v. 12). Ahora el Padre iba a guardarlos él mismo, a ellos tan débiles, tan inconsecuentes en medio de todo lo que podía desviarles de él. Si el amor del Hijo había hecho eso por ellos, el amor del Padre hacia el Hijo y hacia ellos, como hacia nosotros hoy en día, ¿no lo haría también?

El Señor repite lo que dijo en el versículo 11: «Pero ahora voy a ti». Uno tiene la sensación de que este pensamiento era precioso para su corazón. Había dicho a Felipe: «Tanto tiempo hace que estoy con vosotros». Ahora este querido Salvador estaba al final de este «tanto tiempo». Antes de ir a su Padre, dice lo que los discípulos acaban de oír: «Para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos» (v. 13). Deberían comprender, por esta oración sublime, que se encontraban frente al Padre en la misma relación que el Señor, y que el gozo que había experimentado el Hijo, siempre consciente de su unión con el Padre, iba a ser cumplido en ellos.

¡Qué gracia maravillosa, por encima de toda apreciación humana, poder realizar el mismo gozo que era la porción del Señor en la tierra! En el capítulo 15 el gozo de los suyos en obediencia se realizaría permaneciendo en su amor. No puede haber nada más precioso que participar del gozo y del amor del Señor, hombre perfecto que vivió en una comunión ininterrumpida con su Dios y Padre. ¡Ojalá pudiéramos apreciar mejor tales privilegios! Para eso nuestros corazones deben estar desligados de tantas cosas de la tierra que atenúan nuestra felicidad espiritual.

19.4 - Los discípulos y el mundo

Después de haber hablado de las relaciones de los discípulos con el Padre, Jesús les habla sobre sus relaciones con el mundo. Al recibir la Palabra del Padre ellos habían sido introducidos en un nuevo estado de cosas enteramente distinto del mundo. «Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo» (v. 14). La Palabra, el testimonio que viene del Padre, le revela como tal, cosa desconocida hasta entonces. Los discípulos estaban identificados con Aquel que se las comunicaba. Por una parte, eran objetos del amor del Padre, como el Hijo mismo y, por otra, eran objetos del odio del mundo, como él. Ellos eran del mundo, pero ya no lo son más. Introducidos por el Señor en los mismos privilegios que los suyos, no son más del mundo, al igual que él. Jesús era del cielo y andaba en la tierra absolutamente separado de lo que caracteriza al mundo a los ojos de Dios. Él es para nosotros la medida perfecta de las relaciones que podemos tener con el mundo. Pero, si los suyos ya no son del mundo, no es para abandonarlo a fin de ir inmediatamente al cielo. Es necesario permanecer en la tierra el tiempo dispuesto por Dios, como testigos suyos, y cumplir allí su obra. Jesús dice: «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad» (v. 15-17).

Dejados en este mundo manchado y absolutamente extraño a Dios como Padre, el único medio para ser guardados de todo lo que caracteriza al mundo es la Palabra que les ha colocado en una nueva posición. Ella revela al Padre; ella es la verdad, como toda la Biblia. La verdad obra sobre el corazón y la conciencia de los creyentes para separarlos de todo lo que sea extraño a la relación con el Padre. Alguien dijo que «la verdad expone las verdaderas relaciones de todas las cosas entre sí respecto al centro de todo, que es Dios». Cristo ha sido su verdadera expresión. En este capítulo la verdad es particularmente la Palabra que ha revelado al Padre. Si disfrutamos de nuestra relación con el Padre, seremos guardados del mundo. El mundo está opuesto al Padre. Juan dice también: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo» (1 Juan 2:15-16). La mentira y el error caracterizan el mundo al que Satanás gobierna por medio de la codicia.

El Señor nos enseña que, para ser guardado, no es necesario retirarse a un claustro, sino usar la Palabra que pone todas las cosas en su lugar, que alimenta los afectos renovados y que dirige al creyente en medio de un estado de cosas en el que debe vivir, pero del cual ya no forma parte, porque es del cielo. El Señor dice: «Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad» (v. 18-19). El hecho de que los discípulos sean enviados al mundo prueba que no pertenecen al mismo. La verdad en cuanto a Dios Padre había sido presentada en la persona del Hijo y por medio de la palabra que él había anunciado. Ahora Jesús va a la presencia del Padre, glorificado por este; se aparta, se santifica, en lugar de permanecer con sus discípulos. Este apartamiento, en la gloria, llega a ser también un medio de santificación a favor de ellos, porque la posición gloriosa que el Señor ha tomado expresa la verdad. De este modo los discípulos, y hoy en día nosotros, tenemos no solamente la Palabra del Padre como medio de santificación, sino que vemos a Jesús, hombre glorificado, expresión del pensamiento de Dios con respecto al hombre, en el cual resplandece toda la gloria de Dios: amor, luz, santidad, justicia y verdad. Contemplándole así –dice el apóstol Pablo– somos transformados a su imagen de gloria en gloria. Así se cumple la santificación por la verdad, manifestada en Cristo en la gloria, después de haberla expuesto en la tierra por medio de su palabra y de sus obras.

Dios permita que nos percatemos mejor de todo lo que poseemos al pertenecer a este estado de cosas nuevo y celestial, introducido en este mundo por Cristo al revelar al Padre. Ya no somos del mundo, así como Cristo tampoco lo era; pero poseyendo la vida eterna poseemos lo que él tenía en la tierra: la relación con su Padre, su amor, su paz, su gozo y a él mismo como objeto en el cielo, desde donde la irradiación de su gloria sobre sus muy amados reproduce en ellos los caracteres propios de él y les separa prácticamente de lo que es del mundo.

19.5 - Jesús hace peticiones a favor de todos los que creen

Los discípulos eran, pues, enviados al mundo para anunciar a otros la gracia de la cual eran objetos. El Señor también dirige a su Padre peticiones a favor de quienes creerían por la palabra de ellos: «Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste» (v. 21).

El Evangelio será anunciado en todos los lugares, a pueblos diversos, a hombres de diferentes clases sociales; pero, si reciben la Palabra, poseerán la naturaleza divina que da a todos los mismos caracteres. Así que, vengan de donde vinieren y hayan sido lo que hubieren sido, no se distinguirán del resto de la humanidad sino por una sola y misma naturaleza. Todos ellos serán uno, tal como el Padre estaba en el Hijo y el Hijo en el Padre. Poseyendo la naturaleza divina, todos ellos tendrán comunión con el Padre y el Hijo, y los unos con los otros: «Para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo… Tenemos comunión unos con otros» (1 Juan 1:3, 7). Es un hecho, resultado de que uno posee la misma naturaleza que el Padre y el Hijo. El mundo debe percibir esta unidad: «Para que el mundo crea que tú me enviaste», dice el Señor. El mundo no quiso creer que el Padre había enviado a Jesús, aunque este fue la expresión perfecta y jamás velada de lo que es el Padre. Pero, como resultado de su obra, personas de todas las razas y condiciones poseen la misma naturaleza y manifiestan de esta los mismos caracteres, a saber, los del Padre y del Hijo, lo cual les une entre sí. ¿De dónde proviene este fenómeno? No de un acuerdo previo entre ellos, como tampoco de un cambio de religión. He aquí un chino que se encuentra con un europeo o africano; nunca se habían visto, pero se aman, simpatizan, hablan del Señor, entienden la Palabra de la misma manera; poseen la misma esperanza, porque tienen la misma naturaleza, la del Padre y del Hijo. El mundo, testigo de un hecho tan extraño, debe creer que este es el resultado de la venida del Hijo enviado por el Padre, y de ninguna otra causa.

Pero esta unidad se manifiesta poco, porque la transformación que el creyente debe experimentar por la renovación de su entendimiento a veces es poco aparente y los caracteres naturales, nacionales, etc., fácilmente vuelven a aparecer. Si el corazón se distrae con las cosas visibles, en lugar de tener en común un solo objeto, el cristiano no muestra en su vida más que lo que se puede ver en cualquier hombre. Al no ver manifestarse la vida de Cristo como debería serlo, el mundo no puede, pues, creer que el Padre ha enviado al Hijo. Pero la oración del Señor siempre está delante de su Padre, quien es fiel para responder a ella. Lo hace por la acción del Espíritu y de su Palabra; si la dejamos operar en nosotros, ella destruirá lo que obstaculiza la manifestación de la vida divina, y podremos mostrar al mundo algo de esta unidad de comunión, crea o no en lo que la causa. Se comprende fácilmente el efecto producido sobre el mundo, al principio, por la manifestación de la vida de Jesús, cuando ella se mostraba en todo su frescor bajo la poderosa acción del Espíritu Santo, cuando judíos y gentiles, tan opuestos los unos a los otros, andaban juntos, manifestando los caracteres de la misma vida, con un mismo objeto ante ellos. Está escrito que, al principio, los creyentes eran «de un corazón y un alma», que «sobrevino temor a toda persona», que «de los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos», y que tenían «favor con todo el pueblo». Era evidente, entonces, que este testimonio resultaba de la venida de Cristo a la tierra. Era la vida del Padre y del Hijo en los hombres, pertenecientes de allí en adelante al cielo.

La unidad de comunión, de la cual se trata en estos versículos, no es la unidad del cuerpo de Cristo, la que procede de la unión de los creyentes con Cristo –cabeza del cuerpo– por el poder del Espíritu Santo. Es lo que el apóstol Pablo enseñó más tarde. Esta unidad de comunión se encuentra naturalmente en el cuerpo de Cristo, puesto que todos los hijos de Dios son miembros de dicho cuerpo.

Con estos versículos 20-21 se termina la oración del Señor a favor de los suyos que están en la tierra. Luego sigue dirigiéndose a su Padre al hablar de ellos respecto a la gloria.

19.6 - La unidad en gloria

«La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado».

Dios, que fue glorificado en la tierra por su Hijo, le ha glorificado como Hijo del Hombre, como lo vimos en el capítulo 13:31. Esta gloria es la que él da a los suyos, la del Hijo del Hombre, ya que por medio de su obra les ha colocado en la misma posición y con los mismos privilegios que él; ellos compartirán su gloria eternamente. Serán uno, como el Padre y el Hijo son uno: «Yo en ellos, y tú en mí», dice el Señor. Él será visto en ellos y, así como no se puede ver al Hijo sin ver al Padre, el Padre será visto en él. Con esta gloria el mundo verá aparecer al Señor y a los suyos, consumados en uno, en su aparición gloriosa y durante el reinado milenario. Debido a la infidelidad de los creyentes, el mundo no ha querido ni ha podido creer que el Padre haya enviado al Hijo; pero cuando Cristo aparezca en gloria, este hecho maravilloso será visible. El mundo verá a Cristo en los suyos y al Padre en Él. Entonces conocerá que el Padre le había enviado; esta manifestación gloriosa de unidad será el resultado de ello. La Palabra no dice que creerá, pues ya no será tiempo de creer. No se necesita fe para creer lo que se ve. El mundo también conocerá que estos santos, manifestados con la misma gloria que el Señor, han sido amados con el mismo amor que el del Padre hacia el Hijo. Hoy el mundo no puede verle, porque ellos tienen como porción suya las mismas penas, los mismos sufrimientos que todos los humanos. Dios no cambia para ellos las condiciones de existencia en medio de una creación estropeada por el pecado. Pero los creyentes saben que son amados por el Padre tal como él ama a su Hijo, y que los sufrimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria futura que ha de ser revelada. Ellos también saben que Dios hace redundar todas las penas de la vida presente para el bien de ellos. El mundo no lo sabe; desconoce las bendiciones que pertenecen a los hijos de Dios. Pero cuando los vea con la misma gloria que Cristo, comprobará que no había diferencia entre el amor que el Padre tenía por el Hijo y el que tenía por sus rescatados. En aquel momento los resultados de las pruebas también serán manifestados gloriosamente en todos aquellos que las hayan soportado con paciencia.

En esta maravillosa oración hemos visto tres unidades bien caracterizadas. La primera (v. 11) concernía a los discípulos. Se trata de la unidad que existía entre el Padre y el Hijo en toda la actividad de Jesús en la tierra, necesaria para aquellos a quienes el Señor enviaba para anunciar el Evangelio en el mundo a fin de que su servicio fuera fructífero. La segunda unidad (v. 20-21) corresponde a todos cuantos son llevados al conocimiento del Padre por los apóstoles. Esta es la unidad de comunión que dimana de la posesión de la misma vida, la del Padre y la del Hijo; al verla, el mundo debería creer que no podía provenir más que del envío del Hijo por parte del Padre. La tercera, la unidad de gloria, es aquella en la cual serán vistos todos los santos cuando aparezcan con la misma gloria que Cristo. Cuando la vea, el mundo conocerá lo que no ha querido creer, a saber: que el Padre envió al Hijo y que todos los creyentes son amados con el mismo amor con el cual el Hijo es amado por el Padre.

El círculo de estas unidades aumenta en el orden de su enumeración. Primero, los apóstoles; luego, aquellos que creen por su palabra y, por último, todos los creyentes juntos con el Señor, manifestados como los gloriosos resultados de su venida.

19.7 - Jesús quiere que los suyos vean su gloria

En las tres unidades, de las cuales el Señor ha hablado, se trata de lo que el mundo puede ver. En el versículo 24 se trata de lo que los creyentes verán: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo».

Aquí no se trata de la gloria del Hijo del Hombre, la que comparte con los suyos, sino de la que tenía eternamente, como objeto de las delicias de Dios Padre y en la cual entró como Hombre glorificado, después de haberla dejado para venir a cumplir la obra que el Padre le había asignado. Aquella gloria solo se puede ver en el cielo; no pertenece al mundo. El Señor quiere que los suyos la vean; es necesario, pues, estar allí donde es visible.

La gracia de Dios, maravillosa e insondable, es la que nos hace compartir con Cristo la gloria que adquirió al venir a la tierra para glorificar a Dios con una vida de perfecta obediencia. Solo él es digno de ella, solo él hizo lo necesario para merecerla. Pero el amor de Dios no hubiese sido satisfecho si viera a los rescatados por el Hijo en una posición inferior a la suya. También le debía el colocarles en la misma gloria que él, aunque él sea el «primogénito entre muchos hermanos» y haya sido ungido «con óleo de alegría más que a tus compañeros». Es la pura gracia de Dios que, después de habernos perdonado, quiere darnos esta gloria. Pero seremos felices estando allí donde el Señor está, para contemplarle eternamente con una gloria que solo pertenece a él, que es su porción eterna, de la cual gozaba junto con el amor de su Dios y Padre y la cual abandonó para salvarnos. Al verla comprenderemos el amor infinito que le impulsó a dejar ese lugar. Nos sentiremos felices de contemplar a este adorable Salvador con todas sus glorias, después de haberle visto en el desprecio, en la humillación, en el sufrimiento y en el abandono por parte de Dios. ¡Qué gloriosa perspectiva!

En el versículo 25 el Señor apela a su Padre, diciendo: «Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste». Cuando Jesús aboga ante su Padre en favor de los suyos, le llama «Padre santo»; pero aquí, en presencia de la incredulidad y del odio del mundo hacia él, apela al carácter justiciero de su Padre, con el cual el mundo tendrá que vérselas. En contraste con el mundo, dice: «Pero yo te he conocido…». Puede que parezca extraño que el Señor, el Hijo eterno de Dios, le diga: «Yo te he conocido»; porque, ¿acaso no le había conocido desde siempre? El conocimiento aquí mencionado está en relación con la posición de hombre que tomó en la tierra, dependiendo del Padre, viviendo de sus palabras, teniéndole siempre como objeto de su corazón. Como hombre, Jesús conoció a su Padre y siempre obró según ese conocimiento. No dice de sus discípulos que ellos hayan conocido al Padre como él mismo lo ha hecho, pero repite que conocieron que el Padre le había enviado. Todas sus bendiciones dimanaban de este hecho tan querido para su corazón y para el corazón del Padre.

En cuanto al mundo, todo había acabado, pues este había rechazado al Hijo. Según la justicia divina, el Señor sería glorificado y el mundo dejado bajo las consecuencias de haber menospreciado a Aquel a quien el Padre había enviado. El Espíritu Santo iba a descender y convencería al mundo de su espantoso estado, e introduciría a los creyentes en el goce de los resultados de la obra del Señor. La gracia de Dios da la salvación a todo el que cree durante el tiempo de la paciencia de Dios, pero el mundo, como tal, solo puede esperar el juicio divino, cuando el tiempo de la gracia haya transcurrido.

En su fidelidad el Señor había revelado el nombre del Padre a aquellos que le habían recibido, y añade: «Y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos» (v. 26). Al principio de este capítulo vimos que, desde el cielo donde se halla, el Señor da vida eterna a todos aquellos a quienes el Padre le ha dado. Esta vida consiste en conocer al Padre y al Hijo. A los que la poseen, el Señor les seguirá revelando el nombre del Padre, para que gocen del amor que pertenece a esta relación. Él quiere que este amor, del cual él mismo gozó, esté en ellos y sea su felicidad, mientras esperan el estado glorioso en el cual él será conocido en toda su perfección. ¿Por qué puede ocurrir esto? Porque Dios ve a su Hijo en el creyente. Para que nuestros pensamientos no se centren en nosotros mismos como objetos de este amor, el Señor dice: «Y yo en ellos». Podemos gozar de todo eso porque Dios ve en nosotros a su Hijo muy amado. Cristo reemplaza al yo en el creyente, a este yo que desapareció para siempre jamás en las profundidades de su muerte.

En esta plática tan sublime con su Padre, la cual el Señor ha tenido a bien presentarnos, vemos qué porción bendita y gloriosa poseemos como fruto de su venida a la tierra. ¡Ojalá meditemos más profundamente este tema para disfrutar más de estas bendiciones y percatarnos mejor de lo que el Señor ha pedido a su Padre para nosotros! Esta oración llega al infinito; no hacemos más que rozar sus bellezas. ¿Acaso puede ser de otra manera cuando se trata del corazón infinito del Hijo de Dios que se abre? Lo que conmueve profundamente nuestros corazones es que nosotros, siendo tan miserables en nosotros mismos por naturaleza, seamos los objetos de semejante plática.

20 - Juan 18

20.1 - Jesús se entrega

Jesús había terminado su servicio, tanto el cumplido en medio de los judíos como el efectuado entre sus discípulos. Se acercaba la hora temible para su alma pura y santa, pero para la cual precisamente había venido.

El relato de la muerte de Jesús está en perfecto acuerdo con el carácter bajo el cual este evangelio nos lo presenta. Tanto en Mateo como en Marcos la muerte del Señor presenta, sobre todo, el carácter del sacrificio por el pecado. En Lucas vemos mucho las angustias del Hijo del Hombre en presencia de la muerte. En Juan, esta muerte reviste el carácter del holocausto: Jesús ofreciéndose a sí mismo a Dios. Lo vemos siempre en la dependencia como hombre obediente, unida a toda la dignidad de su divinidad. Jesús domina a los hombres y las circunstancias en una escena en la cual cada protagonista se manifiesta bajo su verdadero carácter, mostrando lo que es en su bajeza, en su odio contra Dios, lo cual le hace cometer la injusticia, el desprecio, la crueldad en el más alto grado, pero donde brillan las perfecciones del hombre divino, víctima voluntaria.

Después de la oración que intentamos comentar, Jesús «salió con sus discípulos al otro lado del torrente de Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró con sus discípulos. Y también Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar, porque muchas veces Jesús se había reunido allí con sus discípulos» (v. 1-2). Fue allí donde Judas traicionó a su Maestro. Conociendo sus costumbres, sin duda Judas se había dado cuenta del empleo que el Señor haría de su tiempo desde que él había salido, después de haber comido el pedazo de pan mojado. El Señor aprovechó este tiempo por para animar e instruir a sus discípulos; en cambio Judas lo utilizó para preparar el arresto de su Maestro, a quien se había comprometido a entregar; «buscaba oportunidad» (Marcos 14:11) en la oscura noche, más bien que de día, por causa de la muchedumbre (Lucas 22:1-6). Ninguno de los recuerdos que evocaban estos lugares –donde Judas debió oír tantas y preciosas comunicaciones–, ni siquiera el pedazo de pan mojado durante la última cena, lo detuvieron en la ejecución de su compromiso con los jefes, a fin de obtener treinta miserables monedas de plata. Tenía la conciencia totalmente endurecida. Por no haber resistido, en tiempo propicio, a las peticiones del enemigo, ahora caía enteramente bajo su poder. Su conciencia solo se despertaría para conducirlo a la muerte. Qué ejemplo más solemne, apto para despertar nuestra atención respecto a los medios que el enemigo emplea para subyugarnos completamente y hacernos incapaces de resistir a las peores codicias. Para evitar llegar a tal extremo, uno debe juzgarse a sí mismo constantemente, juzgar sus inclinaciones naturales, para no dar ningún asidero a Satanás. Él no entró en Judas al principio, súbitamente, sino después de haber preparado durante mucho tiempo su morada en él. Rebasado este punto, a Judas ya no le fue posible retroceder.

«Judas, pues, tomando una compañía de soldados, y alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos, fue allí con linternas y antorchas, y con armas» (v. 3). Qué contraste conmovedor entre este aparato guerrero, instrumento de violencia brutal, y el Hijo de Dios que se entrega a sí mismo, que da su vida porque ha recibido el mandamiento de su Padre, pues precisamente para eso había dejado la gloria. Pero era necesario que la responsabilidad de los hombres en la muerte de Jesús tuviese su parte. Por eso ellos desempeñan su papel en esta escena única.

«Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo soy. Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba. Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra» (v. 4-6).

Fue Jesús mismo quien se adelantó. Este Jesús, el nazareno, no era otro que el Creador de los cielos y de la tierra, Aquel que sostiene todas las cosas por la palabra de su poder, pero quien aquí es el Redentor. Al oír la declaración: «Yo soy» –expresión de la eterna divinidad de Jesús–, estos hombres retrocedieron y cayeron a tierra. Se hallaban en presencia de Aquel de quien está escrito en el Salmo 27:2: «Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos, para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron». Pero, venido para salvar a pecadores, permite que vuelvan a ponerse de pie. Por segunda vez les pregunta: «¿A quién buscáis? Y ellos dijeron: A Jesús nazareno. Respondió Jesús: Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí, dejad ir a estos; para que se cumpliese aquello que había dicho: De los que me diste, no perdí ninguno» (v. 7-9). El primer «Yo soy» (v. 5) está en relación con la gloria de su persona, ante la cual ningún hombre puede subsistir; al oír esta voz, todos retroceden y caen a tierra empuñando sus armas. El segundo «Yo soy» (v. 8), que está en relación con el propósito de su venida, demuestra su amor hacia aquellos a quienes el Padre le ha dado. Es el Buen Pastor que da su vida por sus ovejas; ninguna de ellas se perderá. Se ve igualmente, en el segundo «Yo soy», la autoridad divina; da una orden: «Dejad ir a estos». Posiblemente también querían apresarlos. El hombre divino siempre es al mismo tiempo el hombre obediente, la víctima voluntaria. Jesús hubiera podido alejarse de allí, subir al cielo que había dejado, pero hubiese quedado solo allí. Dado que era uno con su Padre, quería tener presentes en el cielo a unos hijos, no creándolos, sino rescatándolos. Estaba escrito de él: «Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje» (Isaías 53:10). En este momento solemne todo el cumplimiento de los consejos de Dios estaba, por así decirlo, en sus manos. Permite que estos hombres postrados en tierra se levanten, a causa de su voz divina, y se ofrece a ellos para que los suyos escapen no solamente de sus manos, sino del juicio que él debía sufrir en su lugar y en nuestro lugar. ¡Qué amor tan inefable!

En este momento volvemos a encontrar a Simón Pedro, sincero, celoso, que ama al Señor, pero que obra de modo carnal, en notable contraste con su divino Maestro, quien se entregaba voluntariamente. Quiso intervenir para defenderle. «Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha» (v. 10). Quería ser consecuente con lo que había dicho en el capítulo 13:37: «Mi vida pondré por ti». ¿Acaso no había dicho, al oír a Jesús hablar de su muerte: «Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca»? (Mateo 16:22). Pero la victoria que el Señor iba a obtener no se ganaría con armas carnales y materiales, sino dejando que todo el poder de Satanás y de los hombres se agotase; porque: «Si alguno mata a espada, a espada debe ser muerto» (Apocalipsis 13:10). Jesús no estaba allí para matar, sino para salvar.

El acto de Pedro dio al Señor la ocasión de manifestar hasta dónde iba su obediencia y su entrega a su Padre. Le dice: «Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?» (v. 11). El tiempo de la gracia es aquel durante el cual la espada queda dentro de su vaina. Cuando salga de allí, ¡será terrible! Para que la espada pudiese permanecer en la vaina durante todo el tiempo de la paciencia de Dios, Jesús tuvo que apurar la copa de la ira divina. En Lucas encontramos el relato de la intensidad del sufrimiento del Salvador en Getsemaní: «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (cap. 22:42). La acepta de la mano del Padre, y no del enemigo que quería presentársela. Esta copa, ¡cuán horrible sería para su alma! Lo que Jesús soportó de parte de los hombres, por espantoso y doloroso que fuese, palidece en presencia de la copa de la ira de Dios contra nuestros pecados; pero el Señor la toma de la mano del Padre, por amor a él, por su gloria, para que pueda cumplir sus designios eternos de amor hacia los hombres. Este precioso Salvador,

¿no era en aquel momento el antitipo del siervo hebreo, cuando decía: «Amo a mi Señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre?» (Éxodo 21:5).

Personalmente, el Señor podía salir libre después de haber satisfecho plenamente a su Señor con su servicio entre los hombres; pero su amor hacia su Padre y hacia nosotros no se lo permitió.

No nos conviene hablar de nuestras pruebas, ni aun de las más dolorosas, en presencia de la copa que el Señor tomó de la mano de su Padre. Sin embargo, él es nuestro modelo en el sufrimiento, como en toda circunstancia. Como él lo hizo, aceptemos, pues, las circunstancias más dolorosas de la mano del Padre; serán suavizadas y perderán la amargura que tendrían si les atribuyésemos otro origen. Aunque el enemigo las presente y sea la causa secundaria de ellas, siempre podemos decir: «Es mi Padre quien lo permite».

20.2 - Jesús ante el sumo sacerdote

poder. Lo ataron. Pero, ¿qué fuerza tendrían esas ataduras para Jesús, si no se hubiese entregado voluntariamente? En esto vemos al Cordero de Dios: «Como cordero mudo delante del que lo trasquila».

Jesús fue conducido primeramente a Anás, personaje muy influyente entre los judíos, puesto que había sido sumo sacerdote. El evangelista recuerda que Caifás había dicho que era conveniente que un solo hombre muriera por el pueblo (cap. 11:49-52). Matando a Jesús, creía proteger a la nación contra la venganza de los romanos; pero, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó la verdadera salvación de la nación y la obra de gracia en virtud de la muerte de Jesús. Sin embargo, no pudo evitar que los romanos destruyesen a Jerusalén y a la nación, como juicio de Dios precisamente porque los judíos habían dado muerte al Señor su Rey.

Jesús, enviado atado por Anás a Caifás (v. 24), compareció en toda su dignidad. No reconoció la autoridad sacerdotal de Caifás. Por haber rechazado al Mesías, Dios ponía de lado el sistema judaico representado por el sumo sacerdote. Interrogado acerca de sus discípulos y su doctrina, Jesús hizo referencia a su ministerio público. «Yo públicamente he hablado al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído, qué les haya yo hablado; he aquí, ellos saben lo que yo he dicho» (v. 20-21). Jesús había predicado en público, había dado un testimonio completo y, habiendo terminado ese servicio, era inútil volver a empezar a hablar. Ahora cumplía otro servicio; daba su vida. En Lucas 22:67, cuando le preguntan si él es el Cristo, reciben esta respuesta: «Si os lo dijere, no creeréis; y también si os preguntare, no me responderéis, ni me soltaréis». En su perfección, el Señor simplemente reconocía que hay «tiempo de callar, y tiempo de hablar» (Eclesiastés 3:7). Es solemne pensar que hay un tiempo en que Dios calla. Como ocurrió entonces con los judíos, para la cristiandad de hoy se aproxima el día en que la voz del Dios de gracia no se dejará oír más.

Uno de los alguaciles dio libre curso a su odio contra Jesús abofeteándole, bajo pretexto de que Jesús irrespetaba al sumo sacerdote. Con una tranquila objeción, Jesús apeló a la conciencia de ese hombre, diciéndole: «Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas?» (v. 22-23). La actitud de Jesús muestra que, a pesar de su humillación, es superior a quienes le interrogan.

20.3 - Simón Pedro

Durante el interrogatorio de Jesús, Pedro, en lugar de dominar las circunstancias como su Maestro, se dejó dominar por ellas; no tuvo fuerza para atravesarlas. Demasiado confiado en sí mismo, siguió a Jesús. Sin embargo, Jesús le había dicho que no podía seguirlo ahora, pero que lo seguiría más tarde (cap. 13:36-37). Juan también siguió a Jesús: «Y este discípulo era conocido del sumo sacerdote… mas Pedro estaba fuera, a la puerta» (v. 15-16). Juan entró en el palacio y logró que la portera dejara entrar a Pedro. Juan seguía al Señor simplemente por el amor que le tenía y sin otra pretensión. En él no había nada carnal que juzgar desde ese punto de vista; además, no fue probado como Pedro. La intervención de Juan para introducir a Pedro en el lugar donde Satanás iba a zarandearle es sorprendente. Si Pedro se hubiese quedado fuera, no habría tenido contacto con los personajes de los cuales Satanás se valdría para hacerle renegar de su Maestro. Se ve cómo Dios dispone todos los detalles de las circunstancias para cumplir sus fines. Era necesario que Pedro estuviera allí para que su amor por el Señor fuera puesto a prueba, amor que creía muy superior al de los demás discípulos cuando dijo: «Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré» (Mateo 26:33; Marcos 14:29). La criada que le dejó entrar, primer instrumento de Satanás, le dijo: «¿No eres tú también de los discípulos de este hombre? Dijo él: No lo soy». En vez de huir de ese peligroso lugar, Pedro se aventuró a calentarse junto a una hoguera encendida por los esclavos y los alguaciles (v. 18). Desde allí veía a su Maestro indefenso, entregado a la burla, al odio y a la maldad de sus enemigos. En esas circunstancias, ¿dónde iría a parar la fuerza con la cual contaba para seguir al Señor en el camino en que se hacía sentir el poder de las tinieblas? Solo uno permanecía firme: Aquel que podía decir: «Viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí». En el caso de Pedro, al contrario, la carne ofrecía una presa fácil para el enemigo. Había bastado una mujer para hacerle temblar y negar toda relación con el divino acusado. Al no poder retroceder ni avanzar, Pedro se mantenía junto a los alguaciles de los judíos, uno de los cuales acababa de darle una bofetada a Jesús. «Le dijeron: ¿No eres tú de sus discípulos? Él negó, y dijo: No lo soy. Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dijo: ¿No te vi yo en el huerto con él? Negó Pedro otra vez; y en seguida cantó el gallo» (v. 25-27). Si Jesús no hubiese orado por él para que su fe no desfalleciera, Pedro podría haberse entregado a la desesperación, como Judas, más aún cuando, tomando conciencia de su amor por Jesús, podía medir el horror de su pecado. Aunque Satanás hubiera pedido zarandear como trigo a todos los discípulos, Jesús había pensado en Pedro muy particularmente; y le había dicho: «He orado por ti».

Jesús sabía que Pedro tenía más necesidad de oración que los demás discípulos porque, con su naturaleza impetuosa y su confianza en sí mismo, estaba más expuesto que todos ellos.

Lo que el Señor fue para Pedro, lo es para todos nosotros, quienes tenemos necesidad de sus oficios como sacerdote y abogado. Él sabe a qué nos exponen las diversas inclinaciones de nuestra mala naturaleza. Si se ve obligado a dejarnos comprobar aquello de lo que somos capaces, también tiene en sí los recursos para restablecernos y guardarnos de nuevas caídas. Pero debería bastarnos la Palabra de Dios, porque ella muestra lo que somos, sin que haya necesidad de pasar por dolorosas y humillantes experiencias que deshonran al Señor y nos hacen perder el tiempo. También aprendemos, por la negación de Pedro, que uno nunca debe colocarse en circunstancias en las cuales el Señor no ha prometido guardarnos. Jesús había dicho a Pedro que él no podía seguirle ahora; ello tendría que haberle bastado. Dios no nos sostiene en el camino de la desobediencia. ¡Cuánta deshonra para el Señor, cuántos dolores nos ahorraríamos si, antes de entrar en un camino cualquiera, nos asegurásemos de la voluntad de Dios!

En este evangelio se deja a Pedro allí; Jesús volvería a encontrarlo después de su resurrección, para restaurarlo completamente.

20.4 - Jesús ante Pilato

«Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era de mañana, y ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse, y así poder comer la pascua» (v. 28). ¿Cómo había pasado Jesús esa noche memorable? No la podemos reconstruir con exactitud. En los tres primeros evangelios vemos una sesión del Sanedrín por la mañana, después de la que tuvo lugar la noche en que Pedro negó a Jesús. En Juan solo se trata de una sesión que precede a la del pretorio, palacio del gobernador romano, que servía de tribunal. Los judíos no querían entrar en casa de un incircunciso, para poder comer la pascua. Una impureza ceremonial era para ellos más grave que el hecho de dar muerte al Hijo de Dios, su Mesías. Guardaban, pues, las formas de una religión dada por Aquel a quien rechazaban y a la cual este crimen quitaba su razón de ser. Ellos querían comer la pascua, sin darse cuenta de que esta fiesta iba a tener su manifestación real ese mismo día con la muerte del Cordero de Dios. Guardar las formas de una religión con una conciencia que resiste a la verdad, no hace más que seducir, endurecer, cegar y fortalecer la resistencia a la verdad; permite incurrir en los pecados más graves a los ojos de Dios. Esto es lo que sucede a nuestro alrededor, porque estamos en los tiempos en que se tiene «apariencia de piedad», pero se niega «la eficacia de ella» (2 Timoteo 3:5).

Pilato se vio obligado a salir ante los judíos para preguntarles qué acusación tenían contra Jesús. Los judíos le respondieron: «Si este no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado. Entonces les dijo Pilato: Tomadle vosotros, y juzgadle según vuestra ley. Y los judíos le dijeron: A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie; para que se cumpliese la palabra que Jesús había dicho, dando a entender de qué muerte iba a morir» (v. 30-32). Los judíos consideraban que Pilato debía condenar a Jesús por el testimonio de ellos, sin más pruebas. Pero las cosas no eran así entre los romanos. Pilato comprendió que este caso no encajaba en su competencia; ofreció, pues, a los judíos que lo juzgaran ellos mismos según su ley. Pero, a pesar de su autorización, ellos rechazaron la oferta, recurriendo al código romano que les quitaba el derecho a matar. Independientemente de su voluntad, este rechazo tuvo lugar para cumplir la Palabra que Jesús había dicho en cuanto a su muerte (cap. 12:32-33). Debía ser crucificado. Dios dirigía las circunstancias en toda esta escena. Trátese de Pilato o de los judíos, todos ellos solo decían y hacían aquello que cumpliría la voluntad de Dios. Jesús no debía morir como cualquier israelita blasfemo, sino colocado en el rango de los malhechores, condenado por los romanos, representantes de los gentiles. Un día aparecerá a todos con las manos traspasadas. Por otra parte, en el rechazo de los judíos vemos su voluntad bien determinada de hacer morir a Jesús, porque cuando Pilato les dijo que lo juzgaran según su ley, no les dijo formalmente que debían matarlo.

Pilato regresó al pretorio, llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos? Jesús le respondió: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?» (v. 33-34). Si Pilato opinaba por sí mismo que Jesús era rey, habría encontrado una razón de orden político que hacer valer en su juicio, ya que en tal caso Jesús se habría alzado contra el poder de Roma. Si otros se lo habían dicho, era el odio de los judíos el que le entregaba en sus manos, haciendo valer un pretexto que no tenía gran valor a los ojos del gobernador. Que Jesús dijera o no ser rey de los judíos, el trono de César no corría ningún peligro. Pilato respondió a Jesús: «¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?» (v. 35). Pilato hizo a Jesús la misma pregunta que Dios hizo a Caín. En Lucas, uno de los malhechores da la respuesta: «Este ningún mal hizo». Esta pregunta dio lugar a la «buena confesión» de la cual Pablo habla en 1 Timoteo 6:13. Jesús respondió a Pilato: «Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí. Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz» (v. 36-37).

En efecto, Jesús era Rey, pero de un reino que no era de este mundo. Un día él lo establecerá, y aquellos que lo hayan reconocido como Rey combatirán, según Miqueas 4:13, Zacarías 12:6 y otros pasajes de los profetas. «Pero mi reino no es de aquí», dice Jesús. No es un reino terrenal, aunque más tarde él lo establecerá en la tierra. El reino de Jesús es celestial y universal. Esta respuesta hizo presentir a Pilato que Jesús era rey, no de los judíos solamente, sino de otro reino. En efecto, Jesús había nacido no solamente para ser rey, sino para dar testimonio de la verdad, de la cual la realeza formaba parte. Pilato pregunta: «¿Qué es la verdad?». El mundo está bajo el poder de Satanás, el padre de la mentira; el pecado ha desnaturalizado todo. El hombre separado de Dios se mueve en el error de las tinieblas. Por haber excluido a Dios, el juicio del hombre se ha pervertido. En tal estado de cosas se presentó Jesús como Dios manifestado en carne y expresión de la verdad, poniendo todo en evidencia. Él es la verdad (Juan 14:6); la Palabra es la verdad (Juan 17:17); el Espíritu es la verdad (1 Juan 5:6). Pilato no comprendió la respuesta del Señor. Aún hoy la misma pregunta se formula en el seno de la cristiandad: «¿Qué es la verdad?». Pero pocos esperan la respuesta divina; prefieren apartarse de ella, dudan de que exista la verdad; siguen la opinión de este o aquel; están prontos a abandonarla por otra que guste más, pero raras veces se hace esto para seguir la verdad, porque esta juzga al hombre y sus pensamientos.

Se nota que Jesús habló con Pilato y que, en cambio, no respondió al sumo sacerdote, pues Pilato estaba fuera del círculo judío en el cual el Señor había cumplido su ministerio. Los jefes de los judíos debían conocer su enseñanza. Tenían una responsabilidad que el gobernador romano no tenía. Pilato salió otra vez ante los judíos y les dijo: «Yo no hallo en él ningún delito. Pero vosotros tenéis la costumbre de que os suelte uno en la pascua. ¿Queréis, pues, que os suelte al Rey de los judíos? Entonces todos dieron voces de nuevo, diciendo: No a este, sino a Barrabás. Y Barrabás era ladrón» (v. 39-40).

Vemos a Pilato muy incómodo en presencia de semejante acusado; se comprende el efecto producido en su conciencia natural cuando oyó por vez primera las palabras del hombre divino, cuya superioridad percibía, aunque era incomprensible para él. La verdad se imponía a su conciencia y le hacía sentir incómodo. Procuró aliviarla –pero no aclararla– desviando hacia los judíos la responsabilidad por la condenación o la liberación de Jesús. Creyó poder aprovechar una costumbre para salir del apuro, pero tropezó con el odio de los jefes del pueblo y su firme voluntad de hacer morir a Jesús. Ellos pidieron la liberación del delincuente Barrabás (cuyo nombre significa: Hijo de su padre), para poder dar muerte al Hijo de Dios. ¿Por qué, entonces, extrañarse por el hecho de que los judíos y el mundo sufran las consecuencias de haber preferido a un delincuente antes que al Hijo de Dios?

Detrás de la escena, como ya lo hemos hecho notar, la mano de Dios dirigía cada detalle con la mira puesta en el cumplimiento de sus consejos eternos. Dejó desarrollar hasta su punto culminante el odio del hombre contra él, contra su Hijo, porque los hombres, judíos y gentiles, son los autores responsables de la muerte del Señor. Pero si Dios permitió que la maldad del hombre llegara a su apogeo, fue para hacer resaltar en aquel momento su amor infinito. En la cruz, el amor de Dios triunfó para salvación del pecador, cuando precisamente el pecado alcanzó su medida perfecta. Fue allí donde «la justicia y la paz se besaron» (Salmo 85:10). Pero hasta el día en que el Hijo del Hombre tome su gran poder para hacer reinar la justicia y la paz, los judíos y el mundo soportarán las consecuencias de su crimen.

21 - Juan 19

21.1 - Pilato hace azotar a Jesús

Pilato, pese a reconocer plenamente la inocencia de Jesús, le hizo azotar. Entregado a la brutalidad de los soldados romanos, el Señor llegó a ser el objeto de sus burlas. Entretejieron una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza y lo vistieron, en son de mofa, con un manto de púrpura, insignia de la realeza. Jesús recibió el homenaje irónico de los soldados, acompañado de bofetadas. ¿Acaso Pilato creía satisfacer el odio de los judíos entregando a Jesús a semejantes ultrajes? Es una suposición plausible, pero el intento fracasó. Este acto también era necesario para que los gentiles tuvieran su parte de culpabilidad en la muerte de Cristo.

En ese momento este adorable Salvador soportaba muy particularmente lo que el autor de la epístola a los Hebreos llama «tal contradicción de pecadores contra sí mismo» (Hebreos 12:3). Todo estaba en contradicción con la naturaleza y los atributos de esta gloriosa persona. Consagrado Rey de Sion por Dios mismo, fue coronado de espinas y vestido con un manto de púrpura por unos paganos. Aquel delante de quien toda rodilla se doblará recibió bofetadas y el homenaje burlón de seres creados por él, ignorantes y envilecidos. El juez de vivos y muertos era el acusado que comparecía ante pecadores que le condenarían. En efecto, como dice el apóstol, podemos considerar «a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo», para no desanimarnos cuando experimentemos alguna pena en el camino que el Salvador rechazado nos ha trazado.

«Entonces Pilato salió otra vez, y les dijo: Mirad, os lo traigo fuera, para que entendáis que ningún delito hallo en él. Y salió Jesús, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: ¡He aquí el hombre!» (v. 4-5).

El aspecto de Jesús, que había sufrido el suplicio del látigo, cuya frente sangraba bajo la corona de espinas, no conmovió el corazón de los judíos más que la declaración de Pilato cuando, por tercera vez, les dijo que no encontraba ningún delito en él. Pilato se los presentó diciendo: «¡He aquí el hombre!». En el versículo 29 del capítulo precedente les había preguntado qué acusación formulaban contra este hombre. Ellos contestaron: «Si este (hombre) no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado». Este adorable Salvador estaba en manos de ellos como hombre, pero odiado por todos, cargado de desprecio. Por gracia era hombre, hecho inferior a los ángeles a causa de la pasión de la muerte, hombre según los consejos de Dios, quien iba a representar, ante el juicio divino, al hombre perdido, culpable, manchado; iba a morir en la cruz para poner fin al hombre en Adán y colocarle nuevamente en la presencia de Dios mediante su resurrección y su exaltación. Ahora vemos en el cielo al Hijo del Hombre coronado de gloria y de honra, en respuesta a la pregunta: «¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el hijo del hombre, para que le visites?» (Hebreos 2:5-9). «Cuando le vieron los principales sacerdotes y los alguaciles, dieron voces, diciendo: ¡Crucifícale! ¡Crucifícale! Pilato les dijo: Tomadle vosotros, y crucificadle; porque yo no hallo delito en él. Los judíos le respondieron: Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios» (v. 6-7). Por un momento, Pilato retrocede ante la responsabilidad de condenar a Jesús. Les ofrece, pues, que lo hagan ellos mismos, ya que él no encontraba crimen alguno en el Señor. Los judíos no aceptaron esta oferta, no porque temiesen matar a alguien, sino porque Dios quería que las naciones y los hijos de Israel cumpliesen cuanto su mano y su «consejo habían antes determinado que sucediera», como Pedro lo dice a los judíos en Hechos 4:27-28.

21.2 - La condenación de Jesús por Pilato

Los judíos hacen valer un nuevo argumento para matar a Jesús, a saber, que él se ha hecho Hijo de Dios. «Cuando Pilato oyó decir esto, tuvo más miedo. Y entró otra vez en el pretorio, y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Mas Jesús no le dio respuesta» (v. 8-9). La confusión de Pilato creció al oír esta nueva acusación, porque para él ya no se trataba solamente de pretensión a la realeza, sino a la divinidad. Sea porque su conciencia se conmovía por lo que veía y oía de Jesús, o debido a su superstición de pagano si en verdad se encontrase ante una divinidad, lo cierto es que Pilato sintió terror. ¿Se atrevería a levantarse contra semejante persona? Para obtener claridad al respecto, interrogó a Jesús sobre su origen. ¿De dónde viene un hombre semejante que se dice Hijo de Dios? Jesús no le contesta. Ya había declarado que no era culpable; ello bastaba. Pilato le dice: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte? Respondió Jesús: Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene» (v. 10-11).

Ante el silencio de Jesús, Pilato se siente alcanzado en su dignidad de magistrado y cree hacer valer su autoridad. La noble respuesta del Señor hizo vacilar, como parece, la seguridad que Pilato tenía en sí mismo, ya que ella revelaba la superioridad del acusado. Pilato debió preguntarse si no tenía ante sí un personaje relacionado con el poder divino, sin el cual él mismo no tendría ningún poder. Como era un representante inconsciente de la autoridad que Dios había confiado a los gentiles, Pilato creía poder emplearla a su antojo. En este caso en particular, aquel sobre quien se imaginaba tener poder, estaba ante él voluntariamente, y Pilato iba a servirse de su supuesta autoridad para condenarle, porque en el pensamiento de Dios tenía que ser él, y no los judíos, quien decretase en último término su sentencia de muerte, sentencia inicua, incalificable. Sin embargo Judas, quien había entregado a Jesús, había pecado más gravemente que el juez pagano. Su responsabilidad estaba en relación con los privilegios de los cuales había gozado, puesto que acababa de pasar unos cuatro años junto al Señor.

Bajo la impresión de la calma respuesta de Jesús, Pilato procura soltarle; pero, en cuanto los judíos se dan cuenta de ello, interponen un argumento que seguramente debía obrar en el representante de César: «Si a este sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone». Oyendo estas palabras, Pilato hizo salir a Jesús, subió a su tribunal y dijo a los judíos: «¡He aquí vuestro Rey! Pero ellos gritaron: ¡Fuera, fuera, crucifícale! Pilato les dijo: ¿A vuestro Rey he de crucificar? Respondieron los principales sacerdotes: No tenemos más rey que César. Así que entonces lo entregó a ellos para que fuese crucificado» (v. 12-16). La verdad no había hecho la suficiente mella en Pilato, y sin querer este llegó a ser el agente del odio de los judíos. No quería desagradarles y aun menos parecer infiel a César. En cuanto a su responsabilidad delante de Dios, no le preocupaba en lo más mínimo; la ignoraba. Sin embargo, sabía que los romanos no condenaban a un hombre que fuese reconocido inocente. Al ceder ante los judíos, cumplió el acto más horrible y más injusto de la historia de la humanidad.

Se ve cómo el odio de los judíos les hizo aumentar sus esfuerzos de hora en hora. Cada vez que Pilato intentaba liberar a Jesús, ellos se alzaban con mayor violencia contra él. En el capítulo 18:40 dice que todos ellos dieron voces. En el versículo 6 de nuestro capítulo, dicen: «¡Crucifícale! ¡Crucifícale!», y en el versículo 15: «¡Fuera, fuera, crucifícale!». Para ellos el desenlace tardaba demasiado; tenían prisa, porque era la preparación del sábado, llamado grande en el versículo 31. En su ceguera, ellos deseaban celebrarlo a sus anchas. La vacilación de Pilato en cuanto a crucificar a Jesús provocó, de parte de los jefes religiosos, la ruptura final entre Dios y el pueblo, pues gritaron: «No tenemos más rey que César». Desde esta hora la apostasía estaba consumada. Jesús sería crucificado y el pueblo rechazado por Dios. Cuarenta años más tarde, el rey que habían escogido destruyó a Jerusalén, exterminó una parte del pueblo y llevó el resto al cautiverio.

21.3 - La crucifixión

«Y él (Jesús), cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota; y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio» (v. 17-18). Esta parte de la dolorosa escena colocada ante nosotros, apropiada para hacer vibrar las fibras más profundas de nuestros corazones, es presentada por el Espíritu Santo de una manera digna del Hijo de Dios. Ninguna señal de debilidad; ninguna necesidad de obligar a un hombre para que lleve su cruz. Aquel ante cuya voz la asesina tropa cayó en tierra y se volvió a levantar, aquel que se dejó llevar por ella, cumpliría hasta el fin la obra que había emprendido con una fuerza y una serenidad divinas, aunque sintiendo profundamente todos los dolores de semejante hora. El Hijo de Dios fue crucificado entre «otros dos». Aquí no se dice que eran salteadores o malhechores. En presencia del inaudito crimen cometido por los judíos y la humanidad entera, todos los hombres, ante el Hijo de Dios, quedan a un mismo nivel. Son «otros dos», dos de esos hombres que forman parte de un mundo juzgado. Su crimen, aunque juzgado con justicia, palidece ante el que cometían sus jueces. Para los hombres, Jesús estaba colocado en el mismo rango. Era «el hombre» que Pilato les había presentado. Estaba en medio de pecadores que merecían la muerte. Vino a tomar este sitio en gracia para que, una vez cumplida su obra, se encuentre en medio de hombres salvados a quienes no se avergonzará de llamar sus hermanos. Esto fue precisamente lo que Jesús resucitado hizo tres días después: «Vino Jesús, y puesto en medio…» (cap. 20:19).

La causa de la condenación de los crucificados estaba inscrita sobre su cruz. Pilato no dejó de hacerlo con Jesús; pero, guiado por una mano invisible, lo hizo dando testimonio de lo que Jesús era y, al mismo tiempo, de la culpabilidad de los judíos. «Escribió también Pilato un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: Jesús Nazareno, Rey de los judíos. Y muchos de los judíos leyeron este título; porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad, y el título estaba escrito en hebreo, en griego y en latín» (v. 19-20). Descontento, sin duda, por haber cedido a la voluntad de los judíos, Pilato procuró humillarles publicando en las tres lenguas importantes de la época que ellos habían puesto a su rey en el rango de los malhechores. Los jefes de los judíos protestaron y pidieron a Pilato que modificara la inscripción: «No escribas: Rey de los judíos; sino, que él dijo: Soy Rey de los judíos. Respondió Pilato: Lo que he escrito, he escrito» (v. 21-22).

La poca conciencia que podía subsistir en los judíos, pero a la que habían ahogado con su odio, quedaba cegada por el letrero que testificaba acerca de su culpabilidad. Por eso querían hacerlo desaparecer; pero tropezaron con la voluntad de Pilato, quien, si bien había cedido en cuanto a crucificar a Jesús, lo había hecho para cumplir, inconscientemente sin duda, los designios de Dios. En este caso no se preocupó más por el deseo de ellos.

Un día el remanente judío, después de pasar por terribles sufrimientos, reconocerá lo que significaba la inscripción de Pilato. Como Natanael, dirá: «¿De Nazaret puede salir algo de bueno?». Deberá reconocer que aquel que les trae la liberación fue el despreciado y el rechazado de los hombres; que fue el nazareo, aquel que fue «apartado de entre sus hermanos» (Génesis 49:26). Así como todos pudieron leer en el letrero lo que Jesús era, igualmente todos le verán cuando venga en las nubes: «Todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él» (Apocalipsis 1:7). «Los reyes cerrarán ante él la boca» (Isaías 52:15).

Cada protagonista de esta escena cumple, sin saberlo, lo que las Escrituras habían dicho. «Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice: Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes (Salmo 22:18). Y así lo hicieron los soldados» (v. 23-24). Un rasgo característico de nuestro evangelio es que es el único que relata estos detalles sobre la túnica de Jesús. No había ninguna división, ningún defecto en la manifestación de las perfecciones de Jesús, en todo su andar y en todo su servicio. En las Escrituras, la túnica es emblema de la profesión.

En todo este relato vemos a Jesús ofreciéndose a Dios sin mancha, con todas las perfecciones que solo Dios puede apreciar; nosotros solo discernimos de ellas lo exterior. Se ofrece a sí mismo, no opone ninguna resistencia. Es la oveja muda, el cordero que va al matadero. Se le da bofetadas, se le hace salir, se le hace entrar; se le viste, se le desviste, se le corona de espinas; así aparece ante sus criaturas y lleva su cruz; deja que le hagan todo esto por amor a su Dios y Padre; se ofrece a él, mientras nosotros, miserables pecadores que formamos parte de esos otros que habían merecido la muerte, disfrutamos los resultados eternos y gloriosos de todo ello. «Cristo… se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante» (Efesios 5:2).

21.4 - Jesús y su madre

Después de haber visto desfilar en esta escena todos los rasgos del odio y de la injusticia de los hombres, la traición de Judas, el abandono de todos, el poder de la maldad de los judíos para obligar a Pilato a ceder ante su voluntad rencorosa, la indiferencia y la injusticia de Pilato mismo, uno encuentra alivio al hallar cerca de la cruz a algunas mujeres con corazones destrozados por el sufrimiento, en el silencio del aislamiento en medio de esta escena a la cual eran extrañas, pero con una perfecta simpatía y ferviente amor por aquel que era objeto del odio del mundo. «Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena» (v. 25). Hay algo de íntimo y humano en la manera en que el apóstol habla de María. Se refiere a ella como: «su madre». El Hijo de Dios tenía una madre; ella asistía, impotente, al suplicio de su divino Hijo. ¿Qué pasaba en su corazón? Jesús lo sabía. Las otras mujeres también amaban al Señor y perseveraban en su amor; se mantenían firmes en medio de la tempestad impotente para separarlas de Jesús, al igual que el discípulo al que Jesús amaba. Solo el Señor podía apreciar el valor de esas presencias en un momento como ese. Las horas de tinieblas han pasado. Juan no las menciona. El rostro de Dios brilla nuevamente sobre la santa víctima, su Hijo amado; pero ni la grandeza de la obra que acababa de cumplir, ni la conciencia de su perfecta divinidad podían atenuar los sentimientos humanos del Señor. «Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (v. 26-27). El Hijo de Dios, hombre, iba a dejar este mundo; pensó en su madre, sin duda viuda, porque ya no se oye hablar de José; sabía lo que precisaría el corazón de esta madre, en su dolor y soledad en medio de un mundo enemigo de su hijo y del cual ella nada podía esperar. Jesús también conocía el corazón del discípulo a quien amaba. Juan, por su parte, muestra su amor hacia su Señor al seguirle y unirse a estas santas mujeres en torno a la cruz. Jesús encomendó su madre a él; el común objeto de ambos les uniría en santo afecto.

Si bien Jesús dijo un día a su madre: «¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora» (cap. 2:4), no fue por falta de amor hacia ella, sino por fidelidad a su Dios. Los lazos naturales humanos no debían intervenir en el cumplimiento de su servicio. Pero había llegado la hora, e incluso había pasado. Jesús podía dar libre curso, de manera conmovedora, a sus perfectos sentimientos humanos. Fue él mismo quien los creó y, al revestirse de su humanidad, los manifestó de manera perfecta y ejemplar; dejó cada cosa en su lugar y en su tiempo. «Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa».

Juan se designa como «el discípulo a quien Jesús amaba». A aquellos que pudieran encontrar esta actitud como una presunción de su parte, les respondemos que lo contrario lo sería. El apóstol reconoce este hecho con toda humildad. Sería presuntuoso si se designara: «aquel que amaba a Jesús». No quiere aludir a su amor por Jesús, por grande que fuese. Pedro habló de su amor por el Señor y eso le condujo a su caída. No hay nada que desarrolle mejor nuestro amor por el Señor que pensar en su amor por nosotros. Para Jesús, el fin se acercaba, el fin de esta vida en la cual había sufrido y llevado nuestros pecados en la cruz.

«Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed. Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca. Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu» (v. 28-30).

Jesús sabía que todo lo que tenía que hacer en la cruz estaba cumplido. También había glorificado plenamente a Dios en su ministerio entre los hombres. Había satisfecho todas las exigencias de la justicia y de la majestad de Dios en cuanto al pecado, pero aún quedaba por cumplir una palabra de las Escrituras. La sed ardiente que devoraba a los crucificados no le fue perdonada al Señor, sino que dio lugar al cumplimiento de una profecía: «En mi sed me dieron a beber vinagre» (Salmo 69:21). Ahora Jesús puede decir: «Consumado es», declaración apropiada para disipar los temores de un débil creyente que aún tuviera alguna duda con respecto a su salvación. Después de esto ya no era necesario que Jesús permaneciese en la cruz. Solo él podía cumplir el último acto de obediencia, esto es: la muerte (cap. 10:18). «Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu». Jesús no murió como mueren los hombres, sino por obediencia. Alguien dijo que él mismo desprendió su espíritu de su cuerpo para entregarlo por sí mismo a Dios su Padre, acto que solo podía efectuarlo un ser divino, pero hecho hombre para tener un cuerpo del cual se pudiese desprender el espíritu. En este evangelio uno ve los caracteres de «Dios manifestado en carne». En Lucas, donde el Señor es presentado con los caracteres del Hijo del Hombre, está escrito: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró» (cap. 23:46). Es el hombre que confía en su Padre y le entrega su espíritu. Ahora que Jesús ha sido obediente hasta la muerte, para gloria de Dios su Padre, Dios interviene para sacarle de la muerte. Le resucita y le hace sentarse a su diestra, coronado de gloria y de honra. Como la justicia de Dios ha sido satisfecha respecto al pecado, Dios, en su justicia para con su Hijo, le da el sitio glorioso que Este ha adquirido con su obediencia. En nuestro evangelio, en el que tenemos el aspecto divino de Jesús, se resucitó a sí mismo, tal como lo dijo a los judíos: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré… Hablaba del templo de su cuerpo» (cap. 2:19, 21; como también cap. 10:18).

Los evangelios relatan siete expresiones que Jesús pronunció en la cruz. En Mateo 27:46 y Marcos 15:34: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». En Lucas 23:34: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». En el versículo 43: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». En el versículo 46: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». En Juan 19:26-27: «Mujer, he ahí tu hijo», y al discípulo: «He ahí tu madre»; en el versículo 28: «Tengo sed», y en el versículo 30: «Consumado es».

21.5 - El último ultraje hecho a Jesús

«Entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la pascua, a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo (pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí» (v. 31). Los judíos siguieron con sus prácticas rituales, puro formalismo, porque su religión tendría que haberles conducido a aceptar a Jesús, pero como le habían rechazado, esta perdía todo valor. Actuaron como si todo estuviera bien para ellos ante Dios después de haber crucificado a su Hijo. La religión, separada de aquel que es su fuente y su objeto, endurece el corazón y se practica sin conciencia. Un día sábado tan grande no debía ver a los ajusticiados en sus cruces. Para satisfacer este escrúpulo, era necesario precipitar su muerte. Pero, para los judíos, la muerte del Hijo de Dios no perjudicaba la solemnidad de su fiesta. Este sábado era grande porque ese año tenía lugar el día posterior a aquel en que se sacrificaba el cordero pascual; era el primer día de la semana de los panes sin levadura.

La expresión «la pascua» en el versículo 14, como también en el versículo 28 del capítulo anterior, comprende toda la fiesta de los panes sin levadura (véase Lucas 22:1, donde la fiesta de los panes sin levadura es llamada «la pascua»; lo mismo que en Lucas 2:41-43). En el momento en que Jesús estaba en la cruz, el sacrificio de la pascua ya había tenido lugar la tarde del viernes judío, que comenzaba a las seis de nuestro jueves (véase Éxodo 12:6; Levítico 23:5; Deuteronomio 16:6). El Señor fue crucificado el viernes, siendo así la expresión real de la pascua, y pasó todo el sábado en el sepulcro. Aquel día era grande, en efecto, y Jesús resucitó el primer día de la semana, el primer domingo. Este gran sábado era el último. Hasta la conversión del residuo futuro, todos los sábados que se celebran no tienen ningún valor para Dios.

Accediendo Pilato al deseo de los judíos, los soldados quebraron las piernas de los crucificados para apresurar su muerte.

«Cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua» (v. 33-34).

El lanzazo del soldado romano, último ultraje del que Jesús fue objeto, solamente probó que Jesús estaba bien muerto, pero muerto para salvación de los pecadores. En esta muerte, el hombre en Adán y sus pecados tuvieron fin. La sangre expía los pecados y el agua purifica al pecador. En 1 Juan 5:6 leemos que Jesús, el Cristo, vino «no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre». El agua es un símbolo de la Palabra de Dios. El Señor la había hecho valer constantemente en su servicio; pero para la salvación del pecador se requería no solamente la purificación por el agua (pues Jesús había dicho a los discípulos: «Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado», porque ellos creían), sino también la muerte, la sangre, la cual purifica de todo pecado.

El autor del evangelio, testigo de esta escena, da su testimonio: «Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo» (v. 35-36; ver Éxodo 12:46; Salmo 34:20). Y también otra escritura dice: «Mirarán a mí, a quien traspasaron» (Zacarías 12:10). Fuera por medio de los judíos, de Pilato o de los soldados, todo se cumplió conforme a las Escrituras.

Juan dice que su testimonio es verdadero; y es para la fe: «para que creáis». El que cree participa de los resultados perfectos de esta muerte; posee la vida eterna, la cual solo se encuentra al creer en un Salvador muerto. Esta es la enseñanza del capítulo 6:51 y siguientes. Jesús dice: «Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (v. 53). La sangre separada de la carne es la muerte. Comer la carne y beber la sangre es nutrirse, por la fe, de un Cristo muerto; es apropiarse esa muerte para uno mismo. En 1 Juan 5:6, ya citado, se encuentra un triple testimonio de esta gran verdad:

1. El Espíritu de Dios venido, a continuación de la glorificación de Cristo, cuando Dios hubo sido perfectamente glorificado por la muerte de su Hijo.

2. El agua que purifica.

3. La sangre que expía el pecado.

Estos tres testimonios están de acuerdo para atestiguar que la vida eterna solo se encuentra en el Hijo de Dios muerto. El que tiene al Hijo tiene la vida.

21.6 - Jesús está con el rico en su muerte

El entierro de Jesús también debía efectuarse conforme a las Escrituras. El profeta Isaías había dicho: «Se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte» (cap. 53:9).

Jesús, colocado en el rango de los malhechores, tendría que haber sido, como ellos, privado de su sepultura. Dios no lo permitió. Dos discípulos de Jesús –quienes lo eran secretamente– no pudieron permanecer mudos ante el desenlace final del odio del cual Jesús fue objeto a lo largo de su estancia en medio de los hombres. «Después de todo esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos, rogó a Pilato que le permitiese llevarse el cuerpo de Jesús; y Pilato se lo concedió. Entonces vino, y se llevó el cuerpo de Jesús. También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos» (v. 38-40). Dios escoge los instrumentos para cumplir su voluntad y les hace salir al escenario en el momento preciso. Se sirve de circunstancias naturales para hacer lo que le place. José de Arimatea, consejero honorable –dice Marcos–, pero que no se había unido a las decisiones del sanedrín (Lucas 23:51), fue el instrumento preparado para intervenir ante Pilato, cosa que un pobre galileo no hubiera osado hacer. También era necesario que fuera rico (Mateo 27:57-60) para tener un sepulcro nuevo cerca al Gólgota, a fin de que Jesús estuviese con el rico en su muerte. Dios se sirve de las personas y de las circunstancias a favor de los suyos, cuando estos se han entregado totalmente a sus cuidados y cumplen su voluntad. Pero, cuando queremos arreglar las cosas nosotros mismos, sin depender enteramente de Dios, nada tiene éxito, porque, si nuestra voluntad obra, nos hallamos en conflicto con Dios y, en lugar de tenerle a nuestro favor, le tenemos en contra. Nos llena de felicidad ver a Nicodemo salir de su silencio y testificar su respeto por Jesús muerto, mientras que no había hecho nada durante su vida, excepto ir a Jesús de noche. Tanto el uno como el otro de estos discípulos secretos estaban preparados para hacer una obra digna de aquel que era el objeto de la misma.

«Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno. Allí, pues, por causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús» (v. 41-42). Todo estaba preparado para una sepultura honorable; Dios vigilaba la santidad del cuerpo muerto de su amado Hijo. Si su santo (Hijo) no debía ver la corrupción, según el Salmo 16:10, tampoco debía estar en contacto con un lugar contaminado por un cadáver (Números 19:16). Un sepulcro nuevo, en el cual nunca se había puesto a nadie, había sido tallado en la roca con este fin, siviéndose Dios de José de Arimatea. Apresuradamente y de forma honrosa pusieron este cuerpo santo, aunque muerto, en el sepulcro, en vista de la pronta llegada del gran día sábado, a la espera no de su embalsamamiento, sino de su resurrección.

22 - Juan 20

22.1 - El Señor resucitado, pero invisible

Este evangelio solo menciona la presencia de María Magdalena junto al sepulcro, lo cual no significa que las mujeres mencionadas en los otros evangelios no hayan ido allí también. El Espíritu de Dios no se propuso darnos un relato completo de los hechos que tuvieron lugar, sino presentar aquellos apropiados para hacer resaltar la verdad que Dios quiere comunicarnos. Así, para captar el pensamiento de Dios, no se debe mezclarlos, ni tampoco tratar de hacerlos concordar entre sí. Basta la fe en la Palabra de Dios. Lo que se dice del papel de las mujeres en la resurrección del Señor se relaciona con el carácter de cada evangelio.

En Mateo el Señor resucitado reanuda, en figura, sus relaciones con el residuo judío en Galilea, donde había comenzado su ministerio en medio de los pobres del rebaño (Mateo 4:12 y sig.). Desde allí el Mesías rechazado, pero Señor que ha recibido toda autoridad, envía a sus discípulos a predicar el Evangelio a todas las naciones. Marcos, aunque se parece mucho a Mateo, menciona hechos que tienen relación con Lucas y con Juan; el Señor envía a sus discípulos al mundo para que anuncien el Evangelio; él mismo coopera con ellos desde el cielo y confirma la Palabra por medio de señales que la acompañan, lo que se relaciona con el evangelio que presenta la actividad del Siervo perfecto. Lucas no habla de Galilea; muestra a Jesús dando a los discípulos la inteligencia para comprender lo concerniente a él en la Palabra y les suministra todas las pruebas de su perfecta humanidad, no obstante haber resucitado; les abre la inteligencia para comprender las Escrituras y les envía a predicar el arrepentimiento y la remisión de los pecados, comenzando por Jerusalén. El libro de los Hechos continúa este relato. Los discípulos deben esperar al Espíritu Santo en Jerusalén. Marcos y Lucas son los únicos que hablan de la ascensión del Señor. Pero volvamos al relato de Juan.

«El primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aúnoscuro, al sepulcro; y vio quitada la piedra del sepulcro» (v. 1).

De entrada nos encontramos en un terreno nuevo. Es el primer día de la semana. Para Israel, la institución de la pascua había puesto fin a la antigua manera de contar los años (Éxodo 12:2); ahora que lo que la pascua tipificaba está cumplido, empieza un tiempo nuevo, el de la era cristiana y, puede decirse, el de la era eterna, por la resurrección del Señor. Este capítulo menciona tres veces «el primer día», pero María todavía no conocía su importancia. Ella comprobó la desaparición del cuerpo del Señor, pero no creía en su resurrección. «Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto» (v. 2). María no había estado, pues, sola junto al sepulcro, pero aquí solo se trata de ella, pues el Espíritu Santo solo precisa de ella para la enseñanza que quiere darnos. Pedro y el otro discípulo, Juan, corren juntos al sepulcro; Pedro se ve aventajado por su compañero, quien no entra, pero sí ve, al agacharse, los lienzos en el suelo. Pedro llega; con su ímpetu habitual, entra en el sepulcro y también ve los lienzos y el sudario que había cubierto la cabeza de Jesús, «enrollado en un lugar aparte» (v. 3-7). En Juan se ve ese temor respetuoso hacia la persona del Señor, lo cual le induce a mantenerse fuera del sepulcro; en Pedro, además de su impetuosidad habitual, se ve el legítimo deseo de saber qué ha sucedido a su querido Maestro, a quien él había negado. El sepulcro estaba vacío; pero el orden en que se encontraban los lienzos mostraba con qué calma y dignidad el Hijo de Dios había dejado la morada de los muertos. Así como había entregado su espíritu por sí mismo, salió por sí mismo de la muerte a la hora designada, dejando este lugar en un orden perfecto. Lázaro salió atado del sepulcro, obedeciendo a la poderosa voz de Jesús; fue necesario soltarlo para que pudiese andar. El Señor no precisaba ninguna intervención ajena. Como lo hemos hecho notar, en este evangelio Jesús atraviesa todas las fases de la obra que había emprendido –desde su arresto hasta su resurrección– con una obediencia absoluta, pero dominando esta escena con la dignidad y el poder del Hijo de Dios.

«Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó. Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos» (v. 8-9). Los dos discípulos comprobaron la resurrección de Jesús; Juan vio y creyó. Su fe en Jesús como Mesías había limitado su inteligencia en cuanto a su persona y a su obra. Ella les había impedido creer en su resurrección, de la cual les había hablado a menudo. Ellos habían creído en un Cristo viviente; su muerte anulaba todo lo que ellos habían pensado de él. Y ahora que, después de haber visto, creen en la resurrección de Cristo de entre los muertos, les falta la fe en su persona viviente, resucitada. La fe necesita un objeto y no solamente hechos comprobados. No teniendo aún la fe en la persona de Cristo resucitado, ellos tienen en este mundo un «hogar» sin él: «Entonces partieron los discípulos otra vez a casa» (v. 10, V. M.). María no se contentó con una simple comprobación; su corazón permaneció ligado a la persona de Jesús, muerto o resucitado; ella no tenía un hogar sin él; lo buscaría y lo hallaría.

22.2 - María y los ángeles

«Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto» (v. 11-13).

María no tenía más inteligencia que los discípulos; ella tendría que haber sabido, tanto como ellos, que Jesús resucitaría. Pero les superaba en el hecho de que nada podía colmar el inmenso vacío que sentía a raíz de la ausencia de su objeto. Ninguno de los discípulos había aprovechado una liberación parecida a la de María: el Señor había echado de ella siete demonios. No tenía morada en el lugar donde su Señor había sido muerto. Este mundo, sin Cristo, era para ella lo que debería ser para todo creyente: un sepulcro vacío, porque todos nosotros estábamos, como ella, bajo el poder del enemigo y hemos sido liberados del mismo por el Señor. María también representa al residuo judío en los últimos días, liberado del poder de Satanás, a quien el pueblo incrédulo había aceptado al rechazar a Cristo y bajo el cual se volverán a encontrar, en mayor medida, los apóstatas de los cuales el residuo habrá sido separado (Lucas 11:26).

María, llorando, no pudo desviar su mirada del lugar donde había visto colocar el cuerpo de su Señor. Pero allí «vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto» (v. 12). Venidos desde el cielo con pureza inmaculada, no atrajeron la atención de María; ella tenía un objeto muy superior a esos seres celestiales. A su pregunta: «¿Por qué lloras?», ella respondió como si hubiesen sido sus semejantes; su aspecto no la impresionó en absoluto. El valor de la persona de su Señor ausente y su amor por él, fuente de su dolor, eclipsaban enteramente esas glorias angélicas. Si nuestros corazones estuviesen más absorbidos por la persona del Señor, más apegados a él, ¡cuántas cosas en este mundo perderían su importancia y qué gozo experimentaríamos estando ocupados en él!

Los ángeles también estaban a sus anchas en este sepulcro –perfectamente santo– como en el cielo. Había estado ocupado por el cuerpo de aquel delante de quien ellos se cubrían el rostro cuando estaba en el cielo y a quien solo vieron cuando se hizo hombre. Ellos estaban allí por la misma razón que María: porque Jesús había estado allí. Pero María tenía motivos muy distintos que los de los seres celestiales. Ellos cumplían allí su servicio; María sabía que era un objeto de gracia, lo que no eran los ángeles. En Hebreos 2:16 está escrito: «Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham». Jesús no tomó sobre sí la causa de los ángeles, sino la de los hombres. María quería poseer un objeto tan precioso para su corazón, tal como ella podría obtenerlo.

22.3 - María encuentra al Señor

«Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré» (v. 14-15). María ya no mira hacia el sepulcro, morada de los muertos; se vuelve hacia donde se encuentran los vivos. A menudo nos acontece que fijamos la mirada del lado de la muerte. Cual lo hizo María, es preciso considerar a Cristo como viviente y ver juntamente con él a aquellos que ya no están con nosotros. Jesús había estado en el sepulcro, pero ya no estaba allí. Al darse vuelta, María lo vio; pero, teniendo ante sus ojos a su Señor, a quien ella creía muerto, no lo reconoció; creía hablar con el hortelano. Pensando que todos allí sabían a quién ella estaba buscando le dijo sin más explicación: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré». Ella no quería dejar el cuerpo de su Señor en manos de ningún otro. «Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro)» (v. 16). Si María buscaba al Señor, él, el buen Pastor, buscaba su oveja, sabiendo todo lo que pasaba en su corazón. Era él quien había creado en ella este afecto tan ferviente hacia él. Sabía que ningún otro podía satisfacerla. Si buscamos al Señor, si nuestros corazones no pueden vivir sin él en el mundo que le rechazó, él se manifestará a nosotros con todo su amor. Es preciso desear que él llene el corazón. Nos ocurre que le deseamos sin dejar de conservar otros objetos; en este caso, nuestro disfrute, muy incompleto, se expone a desaparecer. No sucedía así con María; su corazón pertenecía completamente a su Señor. Cuando oyó al buen Pastor llamarla por su nombre, su corazón vibró de emoción. Ella respondió: «¡Raboni!» (el que enseña). Él estaba allí para facilitarle todo lo que ella necesitaba. Jesús le dijo: «No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas» (v. 17-18). En su gozo, María se abalanza hacia su Señor; pero él detiene el gesto de un corazón que pensaba retomar las relaciones judías con él. Le dice: «No me toques», para elevarla muy por encima de lo que ella esperaba y de lo que concernía al pueblo de Israel, y dirigir su fe hacia el cielo, en donde él iba a entrar. Le enseñará en qué relación nueva sus muy amados son introducidos por su muerte y su resurrección. En Mateo vimos que las mujeres abrazaron los pies de Jesús cuando lo encontraron, porque, en este evangelio, el Señor vuelve a ubicarse en medio del residuo judío, al cual promete su presencia hasta la consumación del siglo. Este acto corresponde al carácter del evangelio que presenta a Jesús como Mesías. En Juan, todo lo que concierne al hombre según Adán y a los judíos es puesto de lado. Su encuentro con su pueblo terrenal tendrá lugar en ocasión de su retorno. Mientras tanto los discípulos, en lugar de ser los súbditos del reino del Hijo de David, son introducidos en una posición nueva y celestial, en la misma relación que el Señor con su Dios y su Padre.

Antes de su muerte, el Señor había hablado de su Padre, a quien revelaba; pero nunca había dicho a ninguno de los suyos que Dios era Dios de ellos y Padre de ellos, porque Dios no puede estar en relación con el hombre según Adán. Era necesario que se cumpliera la obra de la redención, en la cual el juicio de Dios sobre el hombre natural fue ejecutado. Era necesario que Cristo resucitase para poner al creyente en la misma relación que él con su Dios y su Padre. Hasta entonces, el Señor era el único hombre en relación innata con Dios como Padre. Él había recibido el Espíritu Santo, porque era Hijo de Dios y al mismo tiempo hombre. Era preciso que este único hombre, único grano de trigo, cayese en tierra para llevar fruto; esto es, que hubiese hombres semejantes a él, colocados en la misma relación que él, como hombre, con su Dios, Dios de ellos también, y como hijo con su Padre, Padre de ellos. En el Salmo 22, después de haber sido liberado de los cuernos de los búfalos, dice: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré».

Fue lo que el Señor resucitado se apresuró a hacer. María tuvo el privilegio de anunciar este mensaje a los discípulos. Ella les informó que había visto al Señor y que él le había dicho «estas cosas». Si nuestros corazones tuviesen una mayor necesidad de gozar de la comunión del Señor, él se revelaría a nosotros en una medida más amplia, y tendríamos algo de él para compartir. Esta fue la porción de María, como resultado de su perseverancia en buscar al Señor. Quiera él concedernos a todos el deseo de imitar a María, porque lo que recibimos de Jesús en este mundo seguirá siendo nuestra porción personal durante la eternidad.

22.4 - La primera reunión en torno al Señor

La tarde del primer día de la semana los discípulos estaban reunidos. Como lo hemos visto, este primer día es el primero de un nuevo orden de cosas. El Señor pasó el último sábado en el sepulcro, lo que pone fin por completo a la economía en la cual Dios se ocupaba del hombre en Adán. Por la institución del sábado, Dios mostraba su deseo de introducir al hombre en Su reposo; pero ello no pudo efectuarse sobre la base de la responsabilidad del hombre. Lo introducirá, pues, no en virtud de las obras de este, sino en virtud de la obra de Cristo: «Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios» (Hebreos 4:9). El Hijo de Dios vino a este mundo, llevó las consecuencias del pecado del hombre; murió, pasó el día sábado en el sepulcro; resucitó el primer día de la semana e introdujo un hombre nuevo en una era nueva, celestial y eterna, sobre la base de la gracia. Así, restablecer el sábado es anular la obra de Cristo y sus resultados. En Levítico 23:11 ya se encuentra el primer día de la semana, se mecía la gavilla de las primicias el día siguiente al sábado, figura de Cristo resucitado, fuera del orden de las cosas presentado por los siete días.

María había llevado su mensaje a los discípulos; estos habían oído a dos de ellos que habían encontrado al Señor en el camino a Emaús; sabían que había aparecido a Simón (Lucas 24:33-35). Por eso se reunieron en la tarde, evidentemente para hablar de las cosas maravillosas que habían ocurrido aquel día.

«Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros» (v. 19).

Los discípulos se reunían a causa de Jesús; pero no olvidaban la escena de la crucifixión, donde los judíos habían dado rienda suelta a su odio; por eso habían cerrado las puertas del lugar donde se encontraban, por temor a que los judíos derivaran su furia hacia los pobres discípulos del crucificado. Pero el hombre y su odio carecían de poder contra los objetos de gracia a quienes la resurrección del Señor –y su victoria sobre la muerte, sobre el mundo y su jefe– colocaba en una posición enteramente nueva, la misma relación de él con su Dios y su Padre. La resurrección introducía un estado de cosas nuevas. La vida había triunfado sobre la muerte; todo lo precedente había pasado para Cristo y los suyos. El primer día de una era nueva y eterna había resplandecido en este mundo. El temor de los judíos pertenecía a ese pasado; pronto tal temor también sería desterrado. El odio de ellos subsistiría; pero, en los Hechos vemos que los discípulos cumplían su servicio, a pesar de la oposición de los judíos.

Cuando las puertas están cerradas al mundo y a todo lo que le caracteriza, el vencedor del mundo y de la muerte aparece en medio de los discípulos reunidos. Jesús les dice: «Paz a vosotros». Les trae la paz sobre el terreno de la redención, la paz que acaba de obtener para ellos a tan alto precio. Afuera, el mundo con su agitación, su odio, su mala conciencia y su religión. Adentro, el Señor con los suyos y la paz que les trae. ¡Qué maravilloso cuadro ofrece esta primera reunión en torno al Señor! Por la gracia de Dios todavía podemos realizar esta reunión hoy en medio de las ruinas de la cristiandad. «Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor» (v. 20). Jesús les da las pruebas de que él es ciertamente aquel que estuvo en la cruz; es él mismo; pero esas señales en sus manos y en su costado también son el testimonio de su amor por ellos, del cumplimiento de una obra perfecta sobre la cual descansa en adelante la posición, la paz y la seguridad de ellos. En Lucas, donde los discípulos tuvieron miedo de él porque creyeron ver un espíritu ante sí, el Señor les suministra las pruebas de que es él mismo, verdaderamente un hombre: les muestra sus manos y sus pies solamente, y come delante de ellos. Eso bastaba para convencerles. Aquí Jesús muestra su costado, ese costado traspasado, de donde salieron el agua y la sangre, en virtud de las cuales queda hecha la paz que él les trae. Los discípulos podían sentir gozo viendo al Señor. Aquel día, el primer domingo, el Señor inaugura la primera reunión de asamblea; cumplía lo que había dicho en Mateo 18:20: «Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Hasta que estemos todos rodeando al Señor en el cielo, tenemos también el privilegio de sentir, por la fe, su presencia cuando estamos reunidos en su Nombre. Tal como lo hicieron los discípulos, nos regocijamos viendo al Señor. Él dice, en el capítulo 14:19, al hablar de la presencia del Espíritu Santo: «Y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis». El mundo permanece al otro lado de la puerta y del sepulcro vacío; pero los que están en el interior, con el Señor resucitado, pueden experimentar su presencia con un gozo semejante al que los discípulos sintieron en la primera reunión.

«Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos» (v. 21-23). En los versículos 19 y 20 encontramos el privilegio de los santos reunidos en el nombre del Señor en espera de estar con él en el cielo. Pero, mientras estamos en este mundo, hay un servicio que cumplir para que otras personas también sean llevadas a disfrutar de los mismos privilegios que nosotros. El Padre envió al Hijo a este mundo para cumplir la obra que trae a hombres pecadores a la presencia de Dios, una vez quitados sus pecados. El Hijo puede volver a entrar en el cielo que había dejado y enviar a sus discípulos al mundo para hacer valer, en favor de los pecadores, la obra que él cumplió en la cruz. Ellos encontrarían el desprecio y el odio, pero el Señor les vuelve a decir: «Paz a vosotros». Esta paz les acompañaría, incluso en medio de la guerra que suscitaría el mundo.

Luego Jesús sopló en ellos el Espíritu Santo, esta vida del Espíritu que le había caracterizado cuando era el único hombre sobre quien el Espíritu podía descender. Pero aún no era el Espíritu como persona; este solo vino después de la glorificación de Cristo. Es la vida de resurrección que, en virtud de la muerte de Jesús, viene a ser la vida de los creyentes. Cuando Dios hizo el primer hombre del polvo de la tierra, sopló en él un aliento de vida, y Adán vino a ser alma viviente. Es lo que ha hecho la diferencia entre el hombre y la bestia: la bestia vive, pero no del soplo de Dios. Con su alma viviente, cuya existencia no puede cesar, el hombre, cuando pecó, cayó bajo el imperio de la muerte. El Hijo de Dios, el Creador, se hizo hombre y llevó las consecuencias del pecado del primer hombre al morir en la cruz. En él, en su muerte, el hombre en Adán ha terminado. Resucita y llega a ser espíritu vivificante, o que hace vivir (1 Corintios 15:45). Aquí le vemos comunicar la vida del nuevo hombre a aquellos que habían creído en él. En el Génesis asistimos a la creación del primer hombre, y aquí a la del nuevo hombre. Desde entonces, poseyendo esta vida del Espíritu que pertenece al nuevo hombre, los discípulos, al anunciar el perdón de los pecados, reciben la capacidad de reconocer en quién se ha cumplido la obra de la salvación, cuáles son aquellos cuyos pecados son perdonados. Es lo que quiere decir: «A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos». No se trata del poder de perdonar los pecados, que se ha atribuido cierto clero, sino de la capacidad de discernir quién se encuentra en uno u otro caso, afirmando al creyente que sus pecados son perdonados y certificando, a aquel que no cree, que sus pecados no lo son. Antes de la muerte y la resurrección de Cristo, eso no se podía hacer. Bajo el antiguo pacto solo se conocía el perdón gubernamental, aunque todos cuantos creían a Dios eran justificados en virtud de la obra que Cristo cumpliría. El perdón gubernamental consistía en liberar a alguien del juicio que tendría que haberle alcanzado por los pecados que había cometido. Existe un juicio gubernamental que alcanza a los creyentes y a los no creyentes, y un poder gubernamental que alcanza a estas dos categorías de personas, pero ello no tiene nada que ver con la salvación o la perdición eterna. Se ve un ejemplo del perdón gubernamental con respecto a un hombre que no era creyente, Acab, en 1 Reyes 21:29; y un ejemplo del juicio gubernamental sobre un hombre de Dios, en David (2 Samuel 12:10). A causa de su pecado, el niño de Betsabé murió y la espada no se alejó de la casa de David. En cambio, el juicio que debía caer sobre el impío Acab no se ejecutó hasta los días de su hijo.

Según el versículo 22 de nuestro capítulo, no es, pues, ninguna presunción decir que se puede saber quiénes tienen perdonados sus pecados o no, como lo pretenden ciertas personas. Es una consecuencia muy natural de la posesión de la vida del Espíritu –vida de resurrección, vida del nuevo hombre– la que capacita para discernir si otros la tienen o no la tienen.

22.5 - El segundo domingo

Tomás no estaba con los otros discípulos la tarde del primer día de la semana. Cuando le dijeron que habían visto al Señor, Tomás contestó: «Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré» (v. 24-25). En el primer encuentro del Señor con los discípulos, el Espíritu de Dios nos presenta, simbólicamente, la economía actual con sus privilegios, como también está simbolizado en el primer capítulo (v. 35-43). El Señor, en medio de los suyos reunidos fuera del mundo, les trae la paz, el Espíritu Santo, y les envía al mundo así como su Padre le había enviado a él. El encuentro del Señor con Tomás, ocho días más tarde, simboliza el momento en que Jesús será reconocido por parte del residuo de Israel, el que tan solo creerá al ver. Y veremos, en el capítulo siguiente, una tercera manifestación (v. 14) que simboliza la introducción del reinado milenario y el Evangelio del reino anunciado a los gentiles.

«Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!» (v. 26-28). Vemos en primer lugar, en este relato, que los creyentes se reunieron, desde el principio, el primer día de la semana, llamado día del Señor o día dominical (Apocalipsis 1:10). Siguieron haciéndolo, como lo vemos en Hechos 20:7, para partir el pan. Simbólicamente, hemos dicho, Tomás representa al residuo judío cuando el Señor se dé a conocer por él. Se ve privado de los privilegios de la Iglesia por su incredulidad, puesto que no tuvo fe en un Cristo resucitado, así como Tomás estaba ausente mientras los cristianos gozaban de los privilegios que Cristo resucitado les había traído. Tomás creía en un Cristo muerto, tal como creerá el residuo al principio de su despertar, hasta que vea a aquel «a quien traspasaron». Exclamarán, como lo hizo Tomás: «¡Señor mío, y Dios mío!». Los que creen en él sin verle, le conocen como Señor suyo, Salvador suyo, en el cielo; saben que su posición está en él mientras esperan estar con él. Le conocen también como cabeza de su cuerpo, esposo de la Iglesia, de la cual forman parte. El residuo judío le conocerá como el Señor a quien rechazaron, y como Dios suyo, Jehová. Jesús dijo a Tomás: «Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron» (v. 29). Estos bienaventurados son los de la economía actual, la de la gracia, pero también la de la fe. Pedro, dirigiéndose a unos cristianos de origen judío, les dice: «A quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso; obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas» (1 Pedro 1:8-9).

Estos bienaventurados esperan al Señor para ser introducidos, en un abrir y cerrar de ojos, en su gloriosa presencia, semejantes a él. No tendrán que pasar por la tribulación que llevará al residuo a reconocer a aquel «a quien traspasaron», puesto que le han conocido por la fe, en el tiempo de su rechazamiento. Tienen su porción celestial con él en el cielo. Como las bendiciones del pueblo judío son terrenales, se necesitará una intervención todopoderosa por parte de Dios para introducirlo en ellas, porque actualmente su herencia está en manos de sus enemigos. Primero sufrirá la gran tribulación que lo preparará para recibir a su Libertador, en otro tiempo rechazado.

«Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre» (v. 30-31). Juan nos indica el propósito de Dios al dar este evangelio. No era contar todos los hechos del Señor –solo relata siete de sus milagros–, sino revelar, entre sus actos y sus palabras, qué era necesario para producir fe y dar vida. Es necesario creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. El mismo apóstol dice en su primera epístola (cap. 5:1): «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios». Se notará, leyendo este evangelio, que «muchos» creyeron después de haber visto los milagros relatados, y después de haber escuchado muchas de sus palabras (cap. 2:11, 22; 4:39, 41, 53; 8:30; 10:42; 11:45; 12:11). Hoy, cuando mucha gente niega la divinidad del Señor, es importante proclamar que él es el Cristo, el Hijo de Dios, para que aquellos que lo oyen crean y tengan la vida por medio de este nombre maravilloso.

23 - Juan 21

23.1 - Tercera manifestación de Jesús

La enseñanza que encontramos en estos versículos difiere de la que caracteriza el evangelio. Se parece a la de Mateo, porque nos presenta simbólicamente las relaciones de Cristo con la tierra. En Juan, como lo hemos visto, el Señor presenta a Dios su Padre ante el hombre, fuera de toda cuestión de dispensación.

Como en Mateo, el Señor se vuelve a encontrar con algunos de sus discípulos en Galilea, cerca del mar de Tiberias (el lago de Genezaret). Estos discípulos habían reanudado su anterior ocupación, ya que el reino de Cristo no se establecía en la tierra según su expectativa. No se siente uno ya sobre el terreno de las revelaciones hechas a los discípulos en el capítulo 20, en cuanto a su nueva relación con el Señor y con su Padre. Para los discípulos presentes, la vida de Jesús en la tierra era como un paréntesis en su existencia, e iban a reanudar su vida habitual a partir del punto en el cual la habían dejado (Mateo 4:18-22; Marcos 1:16-20). Estos discípulos eran siete: Pedro, Tomás, Natanael, de Galilea –quien muy probablemente es el Bartolomé de los demás evangelios– los hijos de Zebedeo, y otros dos que no se nombran. «Simón Pedro les dijo: Voy a pescar. Ellos le dijeron: Vamos nosotros también contigo. Fueron, y entraron en una barca; y aquella noche no pescaron nada» (v. 1-3). El Espíritu de Dios se sirve de esta circunstancia, en la que el Señor se manifiesta a los discípulos, para darnos la enseñanza que tiene en vista. Jesús los vuelve a encontrar en la playa, como al principio de su ministerio. Como en Lucas 5, habían trabajado en vano toda la noche. Pero «cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa; mas los discípulos no sabían que era Jesús. Y les dijo: Hijitos, ¿tenéis algo de comer? Le respondieron: No. Él les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces» (v. 4-6). El Señor llega por la mañana, que es en figura la del hermoso día de su reinado milenial, aquella a la cual el residuo representado por Tomás ya había encontrado. Pero Israel no será el único en gozar de este reinado; las naciones también han de ser alcanzadas por las bendiciones de aquel día, según las promesas hechas a los padres y las numerosas profecías. Para que estas se cumplan, hará lanzar la red del Evangelio del reino al mar de los pueblos. Es lo que simbólicamente se presenta cuando el Señor dice a los discípulos que echen su red por el lado derecho de la barca. A pesar de llenarse con ciento cincuenta y tres grandes peces, no se rompió, contraste sorprendente con la pesca de Lucas 5, donde las redes se rompían y la nave se hundía haciendo temer que todo se perdiera. Aquí no tenemos nada semejante. ¿Por qué? En el caso de la primera pesca, mucho tenía que ver el poder del Señor, pero en relación con el hombre en la carne, incapaz, como tal, de aprovecharlo. Para que pudiera hacerlo, era necesario que el Señor cumpliera la obra de redención en la cual el hombre responsable ha llegado a su fin. Desde entonces, la bendición para el cielo y la tierra descansa en esta obra; todo viene de Dios; todo está seguro. No hay ninguna red que se rompa, ninguna barca que se hunda, sino resultados adquiridos para la gloria del Señor y para la bendición del mundo. «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra», se había dicho a Abraham cuando ofreció a Isaac en sacrificio, figura del sacrificio de Cristo (Génesis 22). En Isaías 60:5 (V. M.) también leemos: «Las riquezas del mar serán derramadas sobre ti».

El Señor había dicho a los discípulos: «Hijitos, ¿tenéis algo de comer?». Pero ellos no tenían nada que ofrecerle. Jesús quería disfrutar con ellos de esta comunión, tan a menudo simbolizada por el hecho de estar juntos a la mesa. Para realizarla, él es quien provee todo. ¿Cómo tener una participación juntamente con él sin que él haya corrido con los gastos? Oyéndole y viendo los efectos de su palabra, el discípulo a quien Jesús amaba lo reconoció y dijo a Pedro: «¡Es el Señor!». Pedro se ciñó la túnica que se había quitado para la faena y se lanzó al mar. En Lucas, cuando Pedro reconoció al Señor (cap. 5), se echó a sus pies, como pobre pecador que era, diciéndole: «¡Apártate de mí!», y oyó esta palabra de gracia: «No temas». Aquí tenemos a Pedro quien, arrepentido después de haber negado a su Señor, se lanza a su encuentro. Trátese de un pecador o de un creyente que haya caído, el Señor es el recurso para ambos. Solo él es quien salva y quien perdona. Él es el único que restaura, como lo vamos a ver en el caso de Pedro.

Ya en tierra, los discípulos «vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan. Jesús les dijo: Traed de los peces que acabáis de pescar. Subió Simón Pedro, y sacó la red a tierra, llena de grandes peces… Les dijo Jesús: Venid, comed. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú, quién eres? sabiendo que era el Señor. Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado» (v. 9-13). Ese pez sobre las brasas representa al residuo judío que ha atravesado el fuego de la prueba en la gran tribulación, antes de que la gran masa de los pueblos haya sido evangelizada con el Evangelio del reino. Es la obra del Señor mismo; los encuentra allí para su propio gozo. El hecho de que Jesús invite a los discípulos a desayunar muestra el gozo que tendrá con los suyos en la bendición establecida en la tierra durante el milenio. Los discípulos, algo incómodos, no se atrevieron a interrogarle, aunque sabían quién era. Se ve que no es el mismo gozo que cuando su manifestación lleva el carácter de la dispensación actual (cap. 20:20). Allí los discípulos, conscientes de su relación con él, disfrutan de su presencia con el conocimiento de la gracia. Esto es infinitamente más elevado que las bendiciones del reino. Siempre se trata de escenas simbólicas.

«Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos, después de haber resucitado de los muertos» (v. 14).

Sabemos que a menudo el Señor se manifestó a los suyos después de su resurrección. El apóstol Pablo habla de cinco veces en el capítulo 15 de la primera epístola a los Corintios. Aquí encontramos el tercer cuadro simbólico que el Espíritu de Dios quería presentar en este evangelio. Ya hemos dicho que el primero (cap. 20:19-23) está en relación con la dispensación actual, en la que los creyentes disfrutan de su relación con el Señor y están reunidos en torno a él, siendo rechazados por el mundo al igual que él. El segundo cuadro (v. 24-29) presenta en Tomás al residuo judío que reconoce al Señor al verle, cuando la dispensación actual haya terminado. El tercero nos muestra al Señor con el residuo ya reunido, desplegando su poder para llevar a las naciones a disfrutar de su reinado glorioso.

Este evangelio comienza con tres días simbólicos, y termina de igual manera.

23.2 - La restauración de Pedro

La escena descrita en estos versículos no se refiere a los tiempos del milenio, como la precedente, sino precisamente a la obra que el Señor quería cumplir durante el período actual por medio de sus siervos Pedro y Juan. Se necesitaba entonces, además del interés que el Señor tenía por Pedro personalmente, su restauración para hacerle capaz de cumplir el servicio que le encomendaba. Juan podía efectuar el suyo sin obra previa. Siempre se había mantenido en esa íntima proximidad con el Señor, donde uno aprende a servirle sin verse impedido por la acción de la carne, porque allí esta queda juzgada. ¡Pero qué gracia y qué misericordia encontramos en el Señor! Si no hemos querido mantenernos en su presencia para aprender de él y juzgarnos, y le hemos deshonrado, él nos vuelve a levantar y nos restaura.

«Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás,¿me amas más que estos?» (v. 15).

Pedro había dicho al Señor: «Aunque todos se escandalicen, yo no» (Marcos 14:29). Pensaba amar al Señor más que los demás discípulos. Jesús quiere hacerle juzgar una pretensión semejante para liberarle de la confianza que sentía en sí mismo y en su amor por el Señor. Este amor, muy real, provenía de la vida divina que Pedro poseía. Pero debía aprender, igual que nosotros hoy, que la presencia de la vida divina en nosotros no nos da ninguna fuerza sin el juicio constante sobre nuestra naturaleza mala. Una vez que esta es juzgada, ya no se manifiesta, y el Espíritu de Dios, poder de la nueva vida, despliega sus esfuerzos benditos y nos hace capaces de manifestar los caracteres de Cristo, que es nuestra vida.

Pedro respondió: «Sí, Señor; tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos». Sabiendo que el Señor lo conocía perfectamente, pudo decirle: «Tú sabes que te amo». Ello equivalía a decir: «No lo he manifestado visiblemente, ya que te negué, pero tú sí lo sabes». Jesús le confía la tarea de apacentar sus corderos, dándoles el alimento adecuado para su tierna edad. Pedro podía sentirse feliz por semejante señal de confianza. Pero el Señor quería guardar a su siervo de un retorno vergonzoso de su naturaleza impulsiva, por lo que profundizó la obra comenzada. Le dijo una segunda vez: «Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas» (v. 16). La primera vez, la palabra del Señor sondeó a Pedro y le hizo juzgar que su amor no superaba al de los otros discípulos. Por lo tanto Jesús no repitió: «¿Me amas más que estos?». Sino simplemente: «¿Me amas?». Pedro recurrió una vez más al conocimiento que el Señor tenía de su amor. Ahora que Pedro ha sido sondeado más a fondo y sabrá mejor que no puede confiar en sí mismo, el Señor le confía la guía de sus ovejas y los cuidados que estas requieren. «Pastorea mis ovejas», le dice. Pero el Señor no se detiene allí. Quiere que su discípulo sea absolutamente apto para cuidar del rebaño que va a dejar a sus cuidados. Le dice por tercera vez: «Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?…». Pedro le respondió: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas» (v. 17).

El Señor conoce nuestros corazones, superficiales en cuanto al bien, rápidamente satisfechos por un poco de progreso y profundos en la malicia. Sucede después de una caída, y todo pecado lo es, que instantáneamente uno queda afligido por el hecho, a no ser que la conciencia se haya endurecido, y uno se queda con el asunto allí, basándose, para su restauración, en la pena causada por la falta cometida. Satisfecho, uno estima que los demás igualmente deben estarlo y, por consiguiente, también el Señor. De esa manera no se realiza una verdadera restauración, y uno queda expuesto a repetir la falta en cuanto se halle en circunstancias que la favorecen. Pedro había sufrido enormemente a causa de su pecado. Había salido llorando amargamente (Lucas 22:62). El Señor lo había visto, pero sabía que eso no bastaba. Quería conducirle a la fuente del mal, no reprochándole su falta, sino haciéndole juzgar la causa de ella en las profundidades de su corazón. Pedro había negado tres veces al Señor. Y así como ni la primera ni la segunda negación había bastado para hacer que Pedro saliese llorando, tampoco la primera pregunta del Señor, ni aun la segunda, bastaban para restablecerle plenamente. Pedro se entristeció porque el Señor le hizo la misma pregunta una tercera vez. Pensaba que las dos primeras bastaban. Pero el amor del Señor sondeaba la llaga, para sacar de ella todo principio infeccioso. Al dirigirle esa tercera pregunta, el Señor se sirvió de la expresión con la que Pedro le había respondido las dos primeras veces: «Tú sabes que te amo», es decir: «tiernamente». «¿Me amas tanto como lo dices?» o «¿Te significo tanto como lo afirmas?», pregunta el Señor. Era verdad, y el Señor lo sabía, pues leía en el fondo de su corazón. Entonces puede decirle: «Apacienta mis ovejas». Enteramente liberado de toda confianza en sí mismo y habiendo adquirido un conocimiento más grande del amor del Señor, Pedro sabría dar todos los cuidados que el rebaño del buen Pastor necesita, conducir las ovejas, velar por ellas, darles, como a los corderos, el alimento apropiado.

El Señor encomendaba a Pedro las ovejas judías, objeto de una solicitud muy especial de su parte. Había entrado en el aprisco de Israel; ellas habían escuchado su voz y él las había conducido fuera. Después de haber dado su vida por ellas, las iba a dejar. Por eso preparó a Pedro para que las cuidara en su ausencia, y también para seguir liberando del judaísmo a todos los que debían salvarse del juicio que caería sobre los judíos. Tendría que predicar a Cristo a este pueblo que lo había rechazado, hablarle de la gracia de la que era objeto, ya que se había encontrado en el mismo caso. Les dice: «Vosotros negasteis al Santo y al Justo» (Hechos 3:14), pero también: «Arrepentíos» (Hechos 3:19). Puede invitarlos a ir a aquel a quien ellos han negado, como objetos de misericordia, tales como él. El Señor había dicho a Pedro: «Tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos» (Lucas 22:32). Para hablar eficazmente de la gracia a otros, es necesario apreciarla, sabiendo cuánto la necesitamos, cuán grande es para nosotros. Aquel a quien mucho se le ha perdonado, mucho ama, y puede hablar del gran amor con el cual su corazón está lleno.

Animado por un vivo afecto hacia el Señor, Pedro había dicho: «Dejaré mi vida por ti». El Señor lo toma en cuenta. Después de haberle confiado sus ovejas, le indica cómo lo hará: «De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas a donde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras. Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios» (v. 18-19). Pedro hubiera podido experimentar remordimiento al pensar que quizás había perdido la ocasión de manifestar su amor por su Maestro muriendo por él. Por eso el Señor le dice que podrá hacerlo al glorificar a Dios, después de haber cumplido fielmente el servicio que le había encomendado, con una voluntad enteramente quebrantada. En su segunda epístola vemos que ha llegado al término de su carrera. En el capítulo 1:13-14 dice: «Pues tengo por justo, en tanto que estoy en este cuerpo, el despertaros con amonestación; sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado». Sus epístolas, dirigidas a cristianos que en otro tiempo habían sido judíos, nos muestran los cuidados pastorales que dispensaba a las ovejas que el Señor le había confiado.

Cuando Jesús hubo cumplido todo lo necesario para la restauración de su siervo, le dice: «Sígueme» (v. 19). En el capítulo 13:36 le había dicho: «A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; mas me seguirás después». Para eso era necesario que Jesús pasase primero por la muerte, para que esta perdiera el poder que ejercía sobre Pedro y los demás discípulos, cuando Jesús emprendía el camino tenebroso en el cual solo él podía entrar y de donde solo él podía salir a causa de sus propias perfecciones. Debía dejar impotente a aquel que tenía el poder de la muerte; y era necesario que Pedro perdiese su confianza en sí mismo para llegar a ser el hombre dependiente, confiado, no en su amor por el Señor, sino en el amor del Señor por él. Entonces, tal como lo había deseado, podría seguir a Jesús y dejar su vida por él, después de que Jesús hubiera dado su vida por su discípulo.

23.3 - Pedro y Juan

Después de haber oído el llamado de Jesús, «Volviéndose Pedro, vio que les seguía el discípulo a quien amaba Jesús, el mismo que en la cena se había recostado al lado de él, y le había dicho: Señor, ¿quién es el que te ha de entregar? Cuando Pedro le vio, dijo a Jesús: Señor, ¿y qué de este? Jesús le dijo: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú» (v. 20-22).

En lugar de fijar su mirada en Jesús, para seguirle, Pedro se da vuelta. Cuando Jesús llama, no es bueno darse vuelta, porque uno puede distraerse por mil cosas que impiden verle y seguirle. Es necesario avanzar y no ocuparse del camino ajeno. Juan seguía al Señor con toda naturalidad; no había tenido necesidad de una preparación como Pedro; nada había interrumpido el disfrute de su comunión.

El Espíritu de Dios se complace en recordar la actitud del discípulo al que Jesús amaba, cuando estaba en la cena de la pascua; cómo la proximidad en la cual se hallaba respecto a Jesús le permitía recibir sus manifestaciones. El apego de corazón al Señor tiene un gran precio para Dios. Esto también se ve por la mención hecha del acto de María de Betania, en el capítulo 11, donde el Espíritu de Dios interrumpe el relato de las circunstancias de esta familia para decir (v. 2): «María… fue la que ungió al Señor con perfume, y le enjugó los pies con sus cabellos». El amor a Cristo determina, para Dios, el valor de nuestros actos.

El Señor no dice a Pedro lo que le sucederá a Juan. Eso no debía preocuparle. Lo importante para él era seguir a Jesús, con los ojos fijos en él, en el sufrimiento, en el oprobio por parte de los judíos a quienes iba a dirigir un último llamado para que recibieran a aquel a quien ellos habían dado muerte; seguirle en el camino de la muerte tal como le había sido indicada, pero para llegar a la gloria en donde el Señor había entrado primero. Esto es lo que este apóstol ha realizado con todo el poder que le daba el conocimiento de Jesús y la gloria en perspectiva. «Yo… testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada» (1 Pedro 5:1). Es por ello que a menudo Pedro menciona los sufrimientos y la gloria. El apóstol Pablo, que no había visto a Cristo en el sufrimiento y que le vio por vez primera en la gloria, dice, a la inversa de Pedro, que desea «conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos» (Filipenses 3:10). Pero, para el uno como para el otro de estos apóstoles, es el camino del sufrimiento el que termina en la gloria, como el del Señor.

En su respuesta, el Señor dice a Pedro: «Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú. Este dicho se extendió entonces entre los hermanos, que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti?» (v. 22-23). Hay una gran diferencia entre una palabra pronunciada y las deducciones que se pueden sacar de ella, tal como ocurre en el caso de numerosos pasajes de las Escrituras y de lo que entendemos de lo que oímos unos de otros. Debemos recibir la Palabra de Dios tal como él nos la comunica y no atribuirle el sentido que nos sugiere nuestra débil e imperfecta concepción. Aquí se trata del ministerio de los apóstoles, no de la duración de su carrera; aunque el Señor hubiera tenido libertad para prolongar la existencia de Juan hasta su retorno. Pedro sabía que moriría, pero su ministerio, que debía ser ejercido en medio de los judíos, terminó con la historia de este pueblo, que pereció por no haber recibido a Jesús y el testimonio del Santo Espíritu dado por los apóstoles. Pedro fue reemplazado por Pablo quien, después de la muerte de Esteban, fue suscitado para revelar el misterio de la Iglesia, la unión de los judíos y de los gentiles creyentes, coherederos y copartícipes de la promesa que es en Cristo Jesús, siendo abolida toda distinción entre ellos. El ministerio de Juan dura hasta la venida del Señor para establecer su reinado. Se ocupa de la manifestación de la vida de Jesús en la tierra. Él permanece después de todos los apóstoles, cuando la ruina de la Iglesia establecida por Pablo ya estaba muy desarrollada, a fin de presentar, en su evangelio, la vida eterna manifestada en la persona de Cristo en la tierra; y en sus epístolas, la misma vida reproducida por los creyentes. Luego, en el Apocalipsis muestra, por las epístolas a las siete iglesias de Asia, no la vocación celestial de la Iglesia, sino el fracaso de su responsabilidad sobre la tierra y los juicios que resultan de ello, luego el juicio del mundo, el establecimiento del reinado de Cristo, el último juicio y la introducción del estado eterno. De ese modo el ministerio de Juan permanece hasta la venida del Señor en gloria. Supera la historia de la Iglesia en la tierra, mientras que el ministerio de Pedro apenas sigue más allá de su muerte, salvo por sus epístolas, escritas para nosotros también, puesto que forman parte de la Palabra inspirada de Dios.

El ministerio de estos dos apóstoles, en su duración respectiva, tiene por objeto el testimonio de Dios en la tierra: la manifestación de la vida eterna y los juicios por la venida de Cristo. En la primera fase de esta venida, los santos dormidos y vivos son llevados al cielo, y luego se cumple en la tierra lo que se nos presenta simbólicamente en la primera parte de nuestro capítulo y en el encuentro con Tomás.

El evangelio termina con una declaración de su autor. «Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas; y sabemos que su testimonio es verdadero. Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir» (v. 24-25). En el versículo 31 del capítulo precedente Juan revela el propósito de Dios al consignar en este evangelio los hechos que son relatados en él: para que «creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre». Tal como lo hemos hecho constar, este evangelio solo habla de siete milagros; siete es el número completo, perfecto, necesario para presentar toda la gracia y la verdad venidas por Dios manifestado en carne en la persona de su Hijo. Cada uno de estos milagros da lugar a una exposición doctrinal que forma parte de este conjunto maravilloso. Pero tres presentan de manera muy particular la acción del Hijo de Dios en una dependencia absoluta de su Padre, en presencia de la absoluta incapacidad del hombre en Adán. En el capítulo 5 tenemos el lisiado incapaz de sacar partida de los medios que Dios ha puesto a su disposición para ser sanado. En el capítulo 9, la luz ha venido al mundo, pero el hombre es ciego y no puede aprovecharla. En el capítulo 11, la vida está en la persona de Jesús, pero el hombre está muerto. En todos estos casos, es el Hijo de Dios quien opera en poder, quien da la fuerza, la vista y la vida a los que están privados de ellas, lo cual es el caso de todo hombre inconverso.

El Señor hizo muchas otras cosas que no están escritas, y que no podrían serlo; el mundo no podría contenerlas. Todas las palabras, todos los hechos de Jesús, tienen un alcance infinito, cumplido por un ser infinito, y no pueden, por consiguiente, caber en lo que es finito. Por la manifestación de sí mismo en su Hijo, Dios pone al creyente en contacto con lo que es infinito y eterno; pero nos hará falta estar en el lugar de donde vino esta manifestación para no estar ya más limitados en nuestro conocimiento por lo que es finito. Esa es nuestra gloriosa esperanza. Mientras tanto, estudiemos mucho este evangelio para aprender ahora todo lo que se puede conocer de nuestro adorable Señor y Salvador. Así podremos seguirle más de cerca, aguardando el momento de verle cara a cara, hechos aptos para sondear lo infinito de sus glorias.

Del reposo eternal gozando tus amados,
En el día sin fin todos te servirán;
Y arrojando a tus pies ¡oh Señor!, extasiados,
Sus coronas de gloria, se prosternarán. (bis)

Nuestros ojos verán en tu faz adorable,
De tu Padre, Señor, la inmensa caridad;
Nos dejarás sondear el misterio insondable
De tu gracia suprema en la eternidad. (bis)

Al recibir de Ti los rayos de luz pura,
Tú, de justicia el sol, de Dios el resplandor,
La Iglesia mostrará en la gloria futura
La santa perfección de su Esposo y Señor. (bis)

¡Oh!, cuando Tú verás a los que has redimido,
Cual fruto ya en sazón, de tu muerte en la cruz,
Con infinito amor, del todo complacido,
Gozarás en tenerlos por siempre en tu luz. (bis)

Himnos & Cánticos, Nº 94