Apocalipsis

Apocalipsis 1:1-11

El Apocalipsis es un libro difícil. Sin embargo, cuántos motivos hay para no descuidar su lectura: 1° Es “la revelación de Jesucristo”, nuestro querido Salvador; 2° Esta revelación fue hecha por él mismo a sus siervos, entre los que se halla Juan el evangelista, exiliado en la isla de Patmos. 3° No nos habla de un vago y lejano porvenir, sino de las cosas que deben suceder “pronto”. 4° Finalmente, no olvidemos que la seria lectura de una porción de la Escritura basta para traer bendición a nuestra alma (v. 3), porque es la Palabra de Dios. No se nos pide que la comprendamos toda, sino que la guardemos (Lucas 11:28).

Cuando se trata de las glorias de Jesús, la adoración surge espontáneamente: “A Aquel que nos ama, y que nos ha lavado de nuestros pecados…” (v. 5; V.M.). Notemos el tiempo de los verbos: Él nos ama; su amor está siempre presente e invariable. Él nos ha lavado: es una obra cumplida, acabada y perfecta. Y notemos bien el orden de estos verbos: porque él nos ama, nos ha lavado de nuestros pecados. En cambio, era necesario que fuésemos lavados de nuestros pecados para ser constituidos desde ahora “reyes y sacerdotes” para nuestro Dios y Padre (5:10; 20:6, al final). Como tales, desde ahora le expresamos la alabanza: “A él sea gloria e imperio”. Lo que ha hecho de nosotros excede lo que ha hecho por nosotros.

Apocalipsis 1:12-20

El Hijo del Hombre que aparece aquí con los atributos de la justicia santa e inflexible, ¿es el humilde Jesús de los evangelios, nuestro tierno y bondadoso Salvador? Otrora Juan se recostaba sobre su pecho con confianza (Juan 13:25). Aquí cae a sus pies como muerto. ¡Qué contraste!

No debemos olvidar este lado de la gloria de Cristo. “El Padre… todo el juicio dio al Hijo” (Juan 5:22); deberá ejercerlo más tarde contra los que no hayan creído (cap. 19 y 20). Pero desde ahora, mientras la Iglesia está en la tierra, se informa sobre el estado de cada una de sus asambleas (los siete candeleros de oro que deben brillar en su ausencia). Sí, el Señor puede perdonarlo todo. Él murió y resucitó para darnos el perdón y la vida (v. 18). Pero tampoco puede pasar nada por alto. Sus ojos son como “llama de fuego” (2:18; 19:12); nada se les escapa.

El versículo 19 suministra el plan general del libro. 1° “Las cosas que has visto”: esa solemne aparición del Señor de gloria (1:12); 2° “Las que son”: la historia actual de la Iglesia responsable (cap. 2 y 3) y 3° “Las que han de ser después de éstas”: los acontecimientos proféticos que pronto se cumplirán (cap. 4 al 22).

Apocalipsis 2:1-11

Estas cartas a las siete iglesias de Asia describen en otros tantos cuadros sucesivos la historia de la cristiandad responsable. El Señor se presenta a cada una de estas iglesias, hace un preciso inventario de lo que encuentra y de lo que no encuentra en ellas, exhorta y promete su recompensa al vencedor.

En Efeso aparentemente todo estaba lo mejor posible (v. 2-3). Pero el Señor mira el corazón (1 Samuel 16:7). Por desdicha, no ve más la respuesta a su propio amor; ¡éste ha dejado de ocupar el primer lugar en él! Si un río es cortado en su fuente, los ribereños cercanos a la desembocadura no lo notarán enseguida. Mientras corra el agua, las orillas permanecerán verdes; durante algún tiempo todavía mostrarán la misma apariencia… ¡Ah, queridos amigos, hagámonos la siguiente pregunta!: ¿Qué pasa, no con nuestro celo, sino con nuestro afecto por Cristo? Para detener esta decadencia, el fiel Señor usa un medio extraño: la prueba. Da rienda suelta al poder de Satanás. Después de Efeso (la amable) viene Esmirna, que significa «la amarga». Fue el tiempo de los mártires bajo el dominio de los crueles emperadores romanos (segundo siglo y comienzo del tercero). Entonces en los circos romanos, ante las fieras, los cristianos de Esmirna tuvieron la oportunidad de probar su amor por su Salvador al serle fieles hasta la muerte.

Apocalipsis 2:12-29

Durante el período de Esmirna, diez grandes persecuciones consecutivas no pudieron contra la fe cristiana. Al contrario, como lo escribió alguien, «la sangre de los mártires ha llegado a ser la simiente de la Iglesia». Entonces Satanás empleó otra táctica, la que se ve en Pérgamo (v. 13). Lo que la violencia no pudo producir, la benevolencia de las autoridades lo hizo. Bajo el reinado del emperador Constantino, en el año 312, la adopción del cristianismo como religión del Estado –acontecimiento que muchos consideran como un gran éxito de la verdad– favoreció el relajamiento, el carácter mundano y la introducción de doctrinas extrañas (v. 14-15).

Pero en Tiatira, iglesia que subsiste hasta el final, el mal avanzó un paso más. Fueron las tinieblas de la Edad Media, comparadas aquí con el siniestro reinado de Acab, al cual su mujer Jezabel incitaba a hacer el mal (1 Reyes 21:25). La Iglesia se cansó de ser extranjera en este mundo y quiso reinar. Y ya conocemos el papel político que ella siempre deseó desempeñar. Pues bien, la dominación que esa iglesia de Tiatira buscó con tanta arrogancia está prometida a aquellos a quienes oprimió, torturó y quemó en las hogueras… pero que son los verdaderos vencedores. Ellos reinarán con Aquel que viene como la Estrella de la mañana.

Apocalipsis 3:1-13

Los siglos han pasado. En medio de Tiatira, Dios suscitó la Reforma, un poderoso movimiento animado por su Espíritu. Luego, la decadencia hizo nuevamente su obra. La muerte espiritual invade la iglesia en Sardis. A pesar de su pretensión, el Señor discierne su verdadero estado: “Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto” (v. 1). “Acuérdate… arrepiéntete”, se la ordena (v. 3, compárese con 2:5, 16; 3:19). ¿Quién es aquí el vencedor? El que no ha manchado sus vestiduras. ¿Conocemos esa clase de victoria; hemos permanecido puros? El vencedor en Sardis será vestido de “vestiduras blancas”, y su nombre nunca será borrado del libro de la vida.

Filadelfia (amor de los hermanos) es hija del «Despertar» del S. XIX. La caracteriza su ¡“poca fuerza”! Pero el Señor mantiene abierta para ella la puerta del Evangelio. ¡La fidelidad a su Palabra! Él será fiel a su promesa: “Yo vengo pronto”. ¡El apego a su nombre! El nuevo nombre del Señor será su parte. ¿Y el oprobio del mundo? El Señor le responderá con su pública aprobación: “Yo haré que… reconozcan que yo te he amado”.

Somos los herederos responsables del testimonio de Filadelfia. ¡Que el Señor nos conceda manifestar esos caracteres y no perder nuestra corona! Él experimentará más gozo al dar esa recompensa que el vencedor al recibirla.

Apocalipsis 3:14-22

Un último estado de cosas caracteriza a la cristiandad. Hoy reconocemos sus rasgos: satisfacción de sí misma, indiferente tibieza, pretensiones religiosas de poseerlo todo y saberlo todo (Deuteronomio 8:17; Oseas 12:8). “De ninguna cosa tengo necesidad”: es lo que parecen decir también los creyentes que descuidan la oración. A Laodicea le faltan tres cosas capitales: el oro, es decir, la verdadera justicia según Dios; las vestiduras blancas, a saber, el testimonio práctico que resulta de ella y un colirio, es decir, el discernimiento que da el Espíritu Santo. ¡Pero aún no es demasiado tarde para que el que tiene oídos, oiga! El Señor da sucesivamente: un consejo: que cada cual se apresure a adquirir de Él lo que le falta (Mateo 25:3); un aliento: a los que él ama, Cristo reprende y castiga; una exhortación a ser celoso y arrepentirse; una promesa que no tiene precio: la del versículo 20. A los que hayan recibido a Cristo en su corazón, Él, a su vez, los recibirá en el cielo, en su trono (v. 21). Queridos amigos, es el fin de la historia de la Iglesia en la tierra. Pero, por grande que sea la decadencia, la presencia del Señor aún puede ser comprobada. Ella hace arder el corazón con un indecible gozo, como lo experimentaron los dos discípulos cierta tarde, cuando Jesús entró para quedarse con ellos (Lucas 24:29).

Apocalipsis 4:1-11

Aquí empieza la tercera parte del libro, anunciada en el versículo 19 del primer capítulo. Desde luego, todos los detalles de la visión se deben comprender en un sentido simbólico. Es obvio que en el cielo no veremos un trono material; éste es simplemente el emblema del gobierno real. Pero, la interpretación de esos símbolos de ninguna manera es dejada a nuestra imaginación; nos es dada por la misma Biblia en otros pasajes. (Aconsejamos la ayuda del libro titulado «Auxilio para el estudio del Apocalipsis», de H. R.).

Para contemplar “las cosas que sucederán después de éstas” (después de que la Iglesia haya sido arrebatada), el apóstol es invitado a subir al cielo. El creyente, para ver en su justa perspectiva los acontecimientos terrenales, debe considerarlos desde un punto de vista celestial, teniendo a Cristo como centro.

Según la promesa hecha a Filadelfia, los redimidos por el Señor serán guardados “de la hora de la prueba que ha de venir sobre la tierra”. Cuando esta prueba vaya a empezar para el mundo (cap. 6), los redimidos ya estarán reunidos en la gloria. Se hallan representados por los veinticuatro ancianos que se prosternan y echan sus coronas delante del trono. Celebran al Dios Creador, pero en el capítulo 5 adoran al Dios Redentor.

Apocalipsis 5:1-14

Una pregunta mantiene al universo en suspense: “¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos?” Dicho de otro modo, ¿quién ejercerá el juicio? Uno sólo puede hacerlo: Aquel que está sin pecado (comp. con Juan 8:7) y ha vencido, por su misma perfección, a Satanás y al mundo. Cristo es este “León de la tribu de Judá”, ya mencionado en Génesis 49:9. Pero, inmediatamente después, es visto bajo la apariencia de un “Cordero como inmolado”. Para triunfar sobre el enemigo, para llenar el cielo de una multitud de criaturas felices y agradecidas, fue necesaria la cruz de Jesús. Su sacrificio es recordado al corazón de todos los santos de la manera más conmovedora. En ese cielo, donde todo habla de poder y majestad, el recuerdo permanente de la humillación de nuestro amado Salvador hará el más asombroso contraste. Su humildad, su mansedumbre, su dependencia, su paciencia… todas esas perfecciones morales que Jesús manifestó en este mundo nunca dejarán de ser visibles y nos darán la medida de su amor por la eternidad.

Entonces, al nuevo cántico entonado por los santos glorificados le responderá el universal eco de todas las esferas de la creación: “El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza” (v. 12).

Apocalipsis 6:1-17

Si a veces la severidad de los juicios de Dios nos asombra, es porque no sabemos subir (por la fe) al cielo. Al oír celebrar la perfecta santidad de Dios (4:8) y contemplar en el Cordero inmolado a la vez el amor divino y el desprecio de ese amor por parte del hombre rebelado, podríamos comprender cuán justo, merecido y necesario es el juicio. Además verificaríamos que nada se debe al azar. Dios tiene el control de todo lo que ocurre en la tierra. Sus designios judiciales no sólo están descritos de antemano en este libro simbólico (5:1), sino que cada uno se produce en el preciso momento para el cual él lo decretó, cuando el sello es abierto por el Cordero. La apertura de los cuatro primeros sellos hace surgir otros tantos jinetes. Representan respectivamente la conquista territorial, la guerra civil, el hambre y las calamidades mortales que se sucederán en la tierra (comp. v. 8 y Ezequiel 14:21). Cuando el quinto sello es desatado, una compañía de mártires aparece, implorando al Dios soberano que les haga justicia. El sexto sello es como la respuesta a su clamor. Sugiere una terrible revolución; todas las autoridades establecidas son derribadas. ¡Cuán extraño suenan estas palabras juntas en la frase: “La ira del Cordero”! (v. 16; Salmo 2:12).

Apocalipsis 7:1-17

Este capítulo aparece como un paréntesis entre el sexto y el séptimo sello. Antes de adelantarse más en sus propósitos judiciales, Dios aparta y sella a los que le pertenecen. Un primer grupo (v. 4-8) está formado por judíos de las diferentes tribus. Constituye ese remanente fiel cuyos sentimientos nos revelan los salmos. La segunda clase de personas se compone de una multitud de entre las naciones que habrá creído el Evangelio del reino (v. 9…). Al presentarnos ya ahora a esos fieles, es como si Dios nos dijera: «Esos castigos no son para ellos; atravesarán la prueba bajo mi protección». Del mismo modo, durante la noche de Pascua, los israelitas fueron identificados y puestos al abrigo de los golpes del ángel destructor por la sangre del Cordero (Éxodo 12:13). En esa misma sangre esos creyentes salidos de “la gran tribulación” habrán lavado y blanqueado sus ropas (v. 14). Su salvación, así como la nuestra, está asegurada por la preciosa sangre de Cristo. Luego, el mismo Cordero que los habrá purificado los pastoreará, los protegerá y los guiará a fuentes de agua de vida (Isaías 49:10). Dios mismo enjugará sus lágrimas. ¡Qué promesas! ¡Éstas vienen a consolarlos de antemano con vistas a una angustia sin precedente!

Apocalipsis 8:1-13

El séptimo sello se abre con una corta tregua. Mientras los ángeles se preparan para ejecutar los juicios, otro ángel (Cristo en persona) cumple las funciones de intercesor (v. 3). Como él mismo padeció, está en condiciones de identificarse con los creyentes que pasan por una prueba (Hebreos 2:18; 4:15). En aquellos tiempos apocalípticos Cristo intervendrá a favor de los fieles de la gran tribulación (los del cap. 7). Y, a su turno, los cristianos ya juntados en la gloria, después de haber conocido penas y fatigas en la tierra, se interesarán mucho más en las circunstancias de los creyentes que atravesarán ese terrible período. Serán sacerdotes con Cristo y presentarán a Dios esas copas de oro llenas de incienso que son las oraciones de los santos (5:8 final).

Precedidos por la intercesión, cada uno de los siete ángeles se dispone ahora a tocar su temible trompeta. La primera da la señal de un juicio repentino que alcanza a los poderosos de Occidente (los árboles) y a la prosperidad universal. La segunda corresponde a la irrupción de una gran potencia terrestre y anárquica en el imperio. La tercera y la cuarta provocan la caída y la apostasía de las autoridades responsables, hundiendo así a los hombres en las más profundas tinieblas morales.

Apocalipsis 9:1-21

Ciertos comentaristas han dado a estos capítulos las más fantasiosas interpretaciones, esforzándose particularmente en hacer corresponder las profecías con acontecimientos contemporáneos. Recordemos, pues, que toda esta tercera parte de la visión de Juan es futura. Concierne solamente al intervalo de algunos años que existirá entre la venida del Señor para buscar a su Iglesia y el comienzo de su reinado milenario.

La quinta trompeta, o el primer “ay”, libera del abismo a un enjambre de espantosas langostas, instrumentos directos de Satanás, las cuales infligen a los judíos impíos un tormento moral peor que la muerte. Con la sexta trompeta aparecen fantásticos caballos que escupen fuego, humo y azufre, y siembran la muerte a su paso. Sus jinetes llevan corazas (v. 9, 17), imagen de conciencias endurecidas (1 Timoteo 4:2). Al mismo tiempo, los aguijones y las colas semejantes a escorpiones (v. 10) o serpientes (v. 19) representan las doctrinas engañosas y envenenadas, pérfidas armas que Satanás empleará más que nunca (comp. Isaías 9:15).

El uso de la trompeta para anunciar esos juicios les da el carácter de advertencia para los hombres. Pero tan duros son los corazones que ni aun esos desastres sin precedente los conducirán a arrepentirse (v. 20-21).

Apocalipsis 10:1-11; Apocalipsis 11:1-3

Los capítulos 10 y 11 (v. 1-3) se intercalan entre la sexta y la séptima trompeta, así como el capítulo 7 forma un paréntesis entre el sexto y séptimo sello. Nuevamente Cristo aparece bajo el aspecto de “otro ángel”, aquí también acompañado con señales de gracia. La nube con la cual se envuelve y las columnas de fuego sobre las que se mantiene recuerdan los cuidados de Dios para con Israel en el desierto (Éxodo 13:21-22); el arco iris (comp. con 4:3) habla del pacto de Dios con la tierra (Génesis 9:13). Así sus promesas son indirectamente recordadas. Pero Cristo también posee los atributos de la autoridad: su rostro es semejante al sol; él reivindica sus derechos a poseer el mundo. Tiene en su mano un librito abierto que representa un corto período de la profecía ya revelada en el Antiguo Testamento. Se trata de la segunda mitad de la semana (de años) de la gran tribulación (Daniel 9:27), durante la cual Dios aún reconoce el templo, el altar y “a los que adoran en él”. Cosa notable, esos tres años y medio son evaluados en 42 meses para hablar de la opresión (11:2), pero también en 1260 días para medir el testimonio del remanente fiel. Dios ha contado esos días y sabe cuánta valentía haya que tener y cuántos sufrimientos se deba soportar en cada uno de ellos (Salmo 56:8).

Apocalipsis 11:4-19

Los dos testigos representan el testimonio suficiente dado por el piadoso remanente durante la tribulación final. Se presentan con los caracteres de Elías y Moisés, los cuales, en tiempos sombríos de la historia de Israel, asumieron también un testimonio según Dios. En respuesta a la oración del primero, el cielo permaneció cerrado durante tres años y medio (v. 6; Santiago 5:17; comp. el v. 5 y 2 Reyes 1:10, 12). El segundo recibió el poder de cambiar las aguas en sangre (la vida en muerte: Éxodo 7:19) y de herir la tierra con toda clase de plagas. Estos fieles serán ajusticiados en Jerusalén por la bestia del capítulo 13 versículo 1 y serán consolados al pensar que en ese mismo lugar, antes que ellos, su “Señor fue crucificado” (Lucas 13:33-34). Su martirio será seguido por una deslumbrante y pública resurrección para consternación de sus perseguidores.

Finalmente suena el último ¡ay! Con él llegarán dos cosas: el reinado del Señor (v. 15) y también su ira (v. 18; Salmo 110:5). En el capítulo 6:17, los hombres creían, espantados, que la ira del Cordero había llegado. Pero ésta ha sido contenida hasta el momento en el cual Cristo tome el gobierno del mundo. Entonces el cielo prorrumpirá en cánticos de triunfo; los santos se prosternarán y adorarán a Aquel que fue crucificado (v. 8), quien reinará de ahí en adelante por los siglos de los siglos (Lucas 1:33).

Apocalipsis 12:1-17

Esta nueva división es introducida por el versículo 19 del capítulo 11. El arca del pacto aparece allí en señal de gracia antes de los juicios sobre Israel. Este pueblo (simbolizado por la mujer encinta vestida del sol) es aquel del cual debía nacer el Mesías, y esto excita la furiosa oposición de Satanás, el gran dragón escarlata. Esa enemistad entre la descendencia de la mujer y “la serpiente antigua” (v. 9), anunciada desde la caída del hombre, ha proseguido a través de toda la Biblia (véase Génesis 3:15; Éxodo 1:22; 2 Reyes 11:1; Mateo 2:16). El diablo concentró en vano sus esfuerzos para impedir que, a través del nacimiento y la elevación del Señor Jesús, los designios de Dios se cumpliesen. Cristo y sus santos celestiales –el niño arrebatado hasta Dios– están ahora fuera de su alcance. Además, Satanás pronto será precipitado del cielo a la tierra (léase Lucas 10:18 y Romanos 16:20), donde su impotente rabia se desencadenará contra el remanente de Israel. Lo que caracterizará a este último será que él guardará “los mandamientos de Dios” (v. 17 final). ¿Cuál fue para Cristo y cuál es hoy para nosotros el secreto de la fuerza y de la victoria sobre el maligno? La Palabra de Dios que mora en el corazón (Salmo 17:4; Mateo 4:4; 1 Juan 2:14 al final).

Apocalipsis 13:1-18

Arrojado a la tierra, el diablo aprovechará su “poco tiempo”. Se valdrá de dos instrumentos, dos “bestias”, término que implica la ausencia de una relación con Dios. La primera (v. 1) corresponde al imperio romano reconstituido. Reunirá los caracteres de los tres imperios precedentes: la rapidez del leopardo (Grecia), la tenacidad del oso (Persia) y la voracidad del león (Babilonia); (véase Daniel 7:4-6). En el desierto, Jesús rehusó los reinos del mundo. Satanás los da al emperador romano y obtiene así el homenaje de toda la tierra (v. 4; Lucas 4:5-8).

En cuanto a la segunda bestia, es una imitación del Cordero, pero su lenguaje la traiciona. Es el Anticristo, el cual ejercerá el poder religioso, hará milagros y sostendrá a la primera bestia. Seducirá a multitudes de hombres que serán marcados como ganado con el sello de la bestia romana (13:1). Son llamados “los moradores de la tierra” (v. 8, 14; 3:10; 6:10; 8:13; 11:10) porque tienen sus intereses y todas sus aspiraciones en ella. ¡Cuán numerosa es esta clase de personas hoy día! En contraste, el versículo 6 menciona a “los que moran en el cielo” (Filipenses 3:19-20). Creyentes, mostremos claramente dónde está nuestra morada (Hebreos 11:13-14).

Apocalipsis 14:1-13

Después de un paréntesis que nos ha presentado la trinidad del mal, a saber, el dragón (cap. 12), y las dos bestias (cap. 13), las siete visiones del capítulo 14 se enlazan con la séptima trompeta aún no cumplida (11:15). Pero antes de intervenir respecto al mal, Dios reconoce y pone aparte un nuevo remanente de su pueblo. Estos testigos han resistido a la corrupción general. En contraste con las masas que llevan sobre sus frentes la marca de la bestia (13:16), el nombre del Cordero está escrito sobre las suyas (v. 1). ¿Llevamos sin vergüenza el nombre de nuestro Salvador? ¿Cualquiera que se encuentre a nuestro alrededor puede ver a quién pertenecemos?

Estos creyentes son “los que siguen al Cordero por dondequiera que va” (v. 4; comp. con Juan 1:36-37). Habiéndolo seguido en el oprobio y el sufrimiento, también serán sus compañeros en el Reino. Algunos morirán por fidelidad al Señor (comp. con 12:11). Las palabras del versículo 13 los consuelan. Lejos de perder su parte en el reinado, son llamados “bienaventurados”. Y sus obras les siguen (notemos que ellas no los preceden; las obras nunca abren a nadie el acceso al cielo). Queridos amigos, nuestros privilegios cristianos son más elevados todavía. ¿Quisiéramos ser hallado menos fiel que esos testigos de los últimos días?

Apocalipsis 14:14-20; Apocalipsis 15:1-8

El Señor había anunciado otrora a sus acusadores: “Desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (1:7; Mateo 26:64 y 24:30). Aquí está ese Hijo del hombre sentado sobre una nube blanca. Otrora coronado de espinas, ahora lleva una corona de oro; en lugar de una caña, tiene una hoz aguda. Aquel a quien los hombres juzgaban se ha convertido en su Juez. Y por este motivo Él ordena la gran “mies de la tierra”, seguida por la terrible vendimia, ambas anunciadas desde hace tanto tiempo (por ejemplo: Joel 3:13; Mateo 13:30, 39).

Una última serie de juicios (las copas) empieza con el capítulo 15. Pero una vez más, los santos que deberán atravesarlos son vistos primeramente en un estado de seguridad (v. 2-4). Después de ello, los siete ángeles encargados de la ejecución de las plagas salen del templo y reciben siete copas llenas de la ira de Dios (comp. Jeremías 25:15). Queridos amigos creyentes, este mundo que va a ser herido es el mismo al que Dios amó de tal manera que dio a su Hijo unigénito. Los ángeles destructores aún no han recibido su terrible misión. En tanto, la que nos incumbe a nosotros es muy distinta: proclamar la divina gracia (2 Corintios 5:20).

Apocalipsis 16:1-21

Las siete copas derramadas sobre la tierra recuerdan las plagas de Egipto: úlceras, aguas convertidas en sangre, tinieblas, ranas, truenos, granizo y fuego (Éxodo 7:14 a 10:27). En lugar de arrepentimiento, estas calamidades suscitan blasfemias (v. 9, 11, 21). Sin embargo, un triple testimonio es dado al Dios justo por la compañía de los vencedores (15:3-4), por el ángel de las aguas (v. 5) y por el mismo altar (v. 7).

Las primeras cuatro plagas hieren respectivamente las mismas esferas que las cuatro primeras trompetas (8:7-12). La quinta alcanza el trono del jefe romano (13:1). La sexta prepara “la batalla de aquel gran día”. En fin, con la última copa retumba la gran voz que viene del trono: “Hecho está”. ¡Cuánto difiere del clamor: “Consumado es” (Juan 19:30), pronunciado por el Hijo de Dios en la cruz, después de tomar la copa que habíamos merecido! Aquella exclamación significó para nosotros el fin de la ira de Dios contra el pecado.

Estos terribles acontecimientos están más cerca de lo que pensamos. Ojalá siempre podamos considerar al mundo como una escena juzgada y tener conciencia de la espantosa ira de la que no puede escapar… Esto nos preservará de ser indiferentes, sea al mal que está en el mundo o al juicio divino que le espera.

Apocalipsis 17:1-18

La última copa implica el juicio de Babilonia (16:19), tema detallado en los capítulos 17 y 18. Se trata de la iglesia apóstata, la gran cristiandad profesante, de la cual todos los verdaderos hijos de Dios habrán sido retirados en el momento de la venida del Señor. Esa falsa iglesia, infiel a Cristo, se ha corrompido mediante alianzas impuras con el mundo y sus ídolos.

Se llama aquí “la gran ramera”. Esta mujer está “sentada sobre una bestia” y obtiene su fuerza del poder político (v. 3). Ella ha reivindicado la dominación terrestre, en tanto que Jesús declaraba: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36). Finalmente, y sobre todo, ella ha perseguido y matado a los verdaderos santos (v. 6). A la vista de ese espectáculo, un profundo asombro se apoderó del apóstol. ¿A esto llegaría verdaderamente la Iglesia responsable? Por desdicha, su historia en el curso de los siglos lo ha confirmado suficientemente, mientras aguarda su forma final, descrita aquí. Los versículos 16 y 17 nos enseñan cómo perecerá esa “madre de las abominaciones”. Correrá la misma suerte que la que ella hizo sufrir a “los mártires (o testigos) de Jesús”, expresión en la cual se discierne toda la ternura del corazón de Dios (v. 6; véase también 2:13).

Apocalipsis 18:1-13

Estas visiones se pueden comparar con una serie de diapositivas que proyectan los mismos cuadros o acontecimientos bajo perspectivas distintas y luminosidad diferente. El derrumbe de Babilonia es considerado aquí como cumplido directamente por “Dios el Señor” (v. 8, 20). Pero antes ha resonado un mandamiento en el versículo 4: “Salid de ella, pueblo mío” (compárese con la profecía de Jeremías contra la Babilonia histórica: 51:7, 8, 37, 45…). Este llamado ya se hace oír hoy: “Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor” (2 Corintios 6:17). Cada hijo de Dios está invitado a separarse enteramente del mundo religioso que tiene principios mezclados, el cual nos es presentado aquí en su estado final (comp. Números 16:26). Algunos nos acusarán de falta de amor, de tener un espíritu estrecho y de estar imbuidos de superioridad. Pero lo esencial es obedecer al Señor.

Los versículos 12 y 13 ofrecen la larga lista de “todo lo que hay en el mundo” (1 Juan 2:16-17), estudiado para satisfacer las múltiples codicias de los hombres. A la cabeza está lo más estimado: el oro, y termina con lo que tiene menos precio a los ojos de esa falsa iglesia… pero que tiene tanto precio para Dios: las almas de los hombres.

Apocalipsis 18:14-24

Las lamentaciones de los mercaderes (v. 11, 15…) nos recuerdan las quejas de Demetrio y de los artesanos de Éfeso, quienes temían perder su gran “ganancia” y la “riqueza” que les procuraba el culto al ídolo (Hechos 19). En el fondo, ¿qué diferencia hay entre la “grande... Diana de los efesios” y “la gran Babilonia”, es decir, entre la idolatría pagana y la corrupción del cristianismo? Tiene mucho éxito la religión que da al hombre todos “los frutos codiciados por tu alma” (v. 14), que halaga los sentidos mientras adormece la conciencia (la música desempeña en ello un papel importante: v. 22; Daniel 3:7), que favorece el comercio y sirve de pretexto para toda clase de festejos. Basta ver en el período de fin de año de qué profana manera muchos celebran el nacimiento del Señor Jesús.

“Y en ella se halló la sangre de los... santos” (v. 24). Ya en la ciudad que Caín edificó, al comienzo de la Biblia, se hallaba más de una cosa agradable… en tanto que la sangre de Abel clamaba (comp. Génesis 4:10, 17). Hoy el mundo religioso se regocija mientras que el verdadero creyente sufre y se aflige (Juan 16:20). Mañana resonarán los ayes en el mundo, pero el gozo del cielo les responderá (v. 20). ¡Que Dios nos conceda ver ya, por la fe, todas las cosas como él las ve!

Apocalipsis 19:1-16

La impostura de Babilonia, su pretensión de ser “la Iglesia”, ha sido públicamente confundida. Ahora el Señor presenta su verdadera Esposa a los convidados del banquete celestial. El cielo prorrumpe en alabanzas: “¡Aleluya! Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro… Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero” (v. 1, 9). A la felicidad del Esposo responderá la de la Esposa. Ella se ha preparado; su adorno consiste en las acciones justas de los santos, las que Dios les concedió cumplir mientras estaban en la tierra. Pero también los “convidados” estarán llenos de gozo. Porque “el que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo” (Juan 3:29).

No olvidemos, mientras aguardamos ese día, que hemos sido desposados “con un solo esposo” para ser presentados a Cristo “como una virgen pura” (2 Corintios 11:2). Guardemos para él toda la frescura de nuestros afectos. Pero si Cristo es el Amado de la Iglesia, para el mundo se convierte en el gran Justiciero. Bajo el nombre tomado otrora para manifestar la gracia y la verdad, el de “Verbo de Dios”, se adelanta para cumplir cosas terribles (Salmo 45; véase Isaías 59:18; 63:1-6).

Amigo, ¿cuándo y cómo quiere usted encontrar a Jesús? ¿Ahora como Salvador, o pronto como Juez?

Apocalipsis 19:17-21; Apocalipsis 20:1-6

En contraste con “la cena de las bodas del Cordero”, he aquí lo que es llamado irónicamente “la gran cena de Dios” (v. 17 al final; Salmo 2:4, 5; Sofonías 1:7). El enfrentamiento final entre los ejércitos del Hijo de Dios y los del jefe romano terminará en el aniquilamiento general de estos últimos. Sin otro juicio, la bestia y el falso profeta serán lanzados vivos en el infierno (comp. Números 16:33; Salmo 55:15). Luego Dios se ocupa de Satanás, el amo de ellos. El capítulo 12 nos lo muestra siendo arrojado del cielo. Aquí una cadena y una llave simbólicas imposibilitan que el gran homicida pueda dañar. Finalmente, el versículo 10 nos lo muestra cuando, después de mil años, se reúna con sus dos cómplices en el lago de fuego “preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:41). Se comprende, pues, que no hay libro de la Biblia al que el diablo tema tanto como el del Apocalipsis. Para impedir su lectura, persuade de su oscuridad incluso a los creyentes.

Una vez que Satanás esté atado, nada se opondrá de ahí en adelante al reinado glorioso del Señor. Hemos podido comprobar que ese reinado, contrariamente a lo que muchos piensan, no llegará mediante una mejoría progresiva del mundo, sino por medio de juicios. Queridos hijos de Dios, Cristo quiere compartir con nosotros su autoridad (Daniel 7:18). No fraternicemos hoy con un mundo al que vamos a juzgar mañana (1 Corintios 6:2).

Apocalipsis 20:7-15

Mil años de bendición no habrán cambiado el corazón del hombre. Satanás, una vez suelto, conseguirá levantar una última y gigantesca rebelión de las naciones, a la que Dios responderá con un breve y fulminante juicio. Ahora suena la hora más solemne; se cumple Hebreos 9:27 (pero también Juan 5:24). Todos los muertos comparecerán ante el gran Juez. Durante su vida terrenal hubo mucha diferencia entre ellos. Unos fueron grandes, honrados por sus semejantes (Lucas 16:19), otros pequeños e incluso marginados por la sociedad (Lucas 23:39). Aquí están todos reunidos sin más distinción, “por cuanto todos pecaron…” (Romanos 3:23). Para probarlo, se abren libros en los cuales cada uno, con terror, halla todas sus obras inscritas una por una (Salmo 28:4). ¡Y quién puede soportar la lectura, aunque sea de una sola página del libro de sus obras! El libro de la vida también es abierto, pero sólo para comprobar que sus nombres no se hallan en él. “Echadle en las tinieblas de afuera” (Mateo 22:13) es la sentencia del supremo Juez. Allí se reunirán con Satanás convirtiéndose en sus compañeros de miseria en un tormento sin esperanza ni fin…

En cuanto al creyente, él no será juzgado según sus obras, sino según la perfecta obra del Señor Jesús.

Apocalipsis 21:1-8

Se ha pasado la página. La historia de la primera creación ha terminado. Empieza la eternidad de gloria en la que Dios será rodeado de benditas criaturas hechas capaces de conocerle y comprenderle… quienes gozarán de su propia felicidad, mientras el tiempo haya dejado de existir. Entonces el mar (símbolo de la confusión y de la separación de los pueblos) no existirá más. Todos los redimidos habrán llegado al puerto, es decir, al cielo. Pero Dios no nos revela mucho de lo que hallaremos allí. Más bien para nuestro consuelo, nos dice lo que no encontraremos más en el cielo: en este nuevo mundo la muerte será destruida (1 Corintios 15:26, 54); no habrá más noche ni maldición (v. 25; 22:3, 5); no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; todas las consecuencias del pecado habrán terminado, porque la morada de Dios estará para siempre con los hombres (v. 4). ¿Y los que hayan quedado fuera? Su parte será la segunda muerte, las tinieblas, las lágrimas del remordimiento en un eterno alejamiento de la presencia del Dios santo. Allí estarán los incrédulos, los que hayan expresamente rehusado la salvación, pero también los tímidos: los que nunca quisieron aceptar francamente a Cristo. E igualmente los mentirosos y los hipócritas, los que hayan aparentado ser cristianos. Amigo, permítanos, hacerle una vez más esta pregunta: ¿Dónde estará usted durante la eternidad?

Apocalipsis 21:9-27

Después de haber entreabierto el velo sobre el estado eternal (v. 1-8), el Espíritu vuelve atrás, al período del reinado de Cristo. Nos presenta una ciudad que no es más Roma o Babilonia, sino la santa Jerusalén, “la desposada, la esposa del Cordero”. Toda esta descripción es simbólica. Nuestros actuales sentidos no pueden percibir, ni nuestros espíritus concebir, lo que pertenece a la nueva creación (1 Corintios 13:12). Por ejemplo: ¿Cómo explicar a un ciego de nacimiento lo que son los colores? Por esto, Dios toma lo más hermoso y escaso que hay en la tierra –el oro, las piedras preciosas– para darnos una noción de lo que nos reserva el cielo. Su fulgor y su muro de jaspe (v. 11, 18) nos hablan de la manifestación de las glorias de Cristo en la Iglesia y por medio de ella (4:3). Ésta es iluminada por la luz que brilla en la lumbrera: la gloria de Dios «concentrada» en el Cordero (v. 23). A su vez, la santa ciudad irradia esa divina luz para provecho de la tierra milenaria (v. 24). Es lo que sugiere Juan 17:22: “La gloria que me diste, yo les he dado… Yo en ellos y tú en mí… para que el mundo conozca…”.

¿Y cómo entraría alguna “cosa inmunda” en el lugar donde el Señor mora? (v. 27; léase 2 Corintios 7:1).

Apocalipsis 22:1-9

Los versículos 1 a 5 completan la visión de la santa ciudad durante el milenio, y notemos cuánto se parecen la primera y la última página de la Biblia. La Escritura empieza y termina con un paraíso, un río, un árbol de vida… Pero, como alguien escribió, el fin es más hermoso que el principio, la omega es más grandiosa que el alfa, el paraíso futuro no es el antiguo que se ha vuelto a encontrar, sino “el paraíso de Dios” (2:7) con la eterna presencia del Cordero que murió por nosotros. A él únicamente accederán pecadores salvos por gracia, hombres como el malhechor convertido (Lucas 23:43). ¿Y cuál será la ocupación de sus habitantes? Servirán a su Señor (v. 3; 7:15); reinarán con él (v. 5 al final; Daniel 7:27). Pero lo que para ellos tendrá más precio que todos los reinos es que “verán su rostro” (v. 4; Salmo 17:15).

Normalmente, un “siervo no sabe lo que hace su Señor” (Juan 15:15). Jesús no esconde nada de “las cosas que deben suceder pronto” a sus siervos que han llegado a ser sus amigos (v. 6). ¿No es extraño, entonces, que habitualmente profundicemos tan poco en esas maravillas que nos conciernen? (1 Corintios 2:9). ¿No es triste, ante todo, que no tengamos mayor interés por lo que Dios ha preparado para la gloria y el gozo de su Hijo? (véase Juan 14:28 al final).

Apocalipsis 22:10-21

Para Daniel y el pueblo judío, la profecía estaba sellada hasta su futuro cumplimiento (Daniel 12:9). Para el creyente ya no está oculta (v. 10). Toda la Biblia le ha sido dada para que la comprenda y la crea. Que el Señor nos ayude a sondearla con cada vez mayor profundidad (Juan 5:39), tomando directamente de la fuente a la cual esta pequeña obra no ha cesado de referirse: la Biblia. Que a su retorno nos halle entre los que guardan su Palabra y no niegan su Nombre (3:8). Este dulce e incomparable nombre de Jesús, este nombre de su humanidad, nos es recordado una vez más por él mismo: “Yo Jesús” soy “la estrella resplandeciente de la mañana”, Aquel que viene (v. 16). No aguardamos un acontecimiento, sino a una Persona conocida y amada.

“¡Ven!”. A este deseo, despertado por el Espíritu, responde su promesa: “Vengo pronto” (v. 7, 12, 20); luego se repite el eco de los afectos de la Esposa: “Amén; sí, ven, Señor Jesús”.

Hemos sido convertidos para servirle (invitar tanto a los que tienen sed como a los que quieren tomar “del agua de la vida”) (v. 17) y esperarle. Pero el Señor sabe que tanto para lo uno como para lo otro, necesitamos toda su gracia (v. 21). Por eso el Espíritu de Dios cierra este libro del juicio, y toda la Palabra, con esta promesa de la gracia, que es el perfecto y suficiente recurso que nos guardará “hasta que él venga” (1 Corintios 11:26; Cantares 4:6).

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