El Señor Está Cerca

Lunes
4
Noviembre

Antes bien, como está escrito: cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.

(1 Corintios 2:9-10)

Lo que nos revela el Espíritu de Dios

Las verdades reveladas en la Palabra de Dios van mucho más allá de lo que el ser humano podría haber concebido o imaginado. En respuesta a esta revelación, los creyentes nos llenamos de asombro y nuestros corazones son tocados por el amor de Dios. Estas verdades son tan maravillosas que ningún ojo humano las ha visto; no han sido oídas por oído humano; y ninguna mente humana las ha comprendido por sí misma. Están fuera del alcance de nuestra observación y entendimiento natural.

¿Alguna vez podríamos haber imaginado que el Dios eterno, el Creador del cielo y de la tierra, vendría personalmente a la tierra en forma de hombre? Y más aún, no vino a desplegar su gloria, sino que se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! Esta verdad va en contra de toda lógica humana y, a lo largo de los años, muchas personas, incluso religiosas, han luchado en contra de esta enseñanza divina que se encuentra en la Biblia.

Sin embargo, el pasaje bíblico de hoy nos recuerda que “Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu”. Aunque estas verdades están claramente enseñadas en la Biblia, no podemos entenderlas ni creer en ellas a menos que primero nos rindamos a Jesús como Señor y luego, por su gracia, recibamos el Espíritu de Dios. Es el Espíritu Santo quien nos ilumina y nos revela las verdades profundas de la Palabra de Dios. “Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido” (vv. 11-12).

L. M. Grant

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