Filipenses

Filipenses 1:1-18

A esta epístola se la ha llamado el libro de la experiencia cristiana, la cual se resume en cuatro palabras: Cristo me es suficiente. Él es mi vida (cap. 1), mi modelo (cap. 2), mi meta (cap. 3), mi fuerza y mi gozo (cap. 4). Aquí Pablo no habla como apóstol ni como maestro, sino como un “siervo de Jesucristo”. ¿Cómo podría hacer valer un título más elevado que el que su Señor tomó? (2:7). Desde el fondo de la cárcel de Roma, Pablo escribe a sus amados filipenses, de los cuales conocemos a Lidia y al carcelero (Hechos 16). Su “entrañable amor” por ellos (v. 8) se traduce en oraciones. Nótese el eslabonamiento de las peticiones: amor, verdadero conocimiento, discernimiento espiritual, andar puro y recto y fruto que permanece (v. 9-11).

Luego los tranquiliza en cuanto a su encarcelamiento. Ese golpe que el enemigo pensaba asestar al Evangelio había contribuido a su progreso. La abierta oposición, calculada para desalentar a los testigos del Señor, generalmente tiene el efecto contrario: animarlos.

¿Cuál es la actitud del apóstol al enterarse de que, a veces, el Evangelio era anunciado en condiciones muy discutibles? No manifestó ninguna impaciencia ni crítica, como tampoco el deseo de asociarse a ello. Sólo expresó un sincero gozo al ver que la obra de Dios se efectuaba, cualesquiera fueran los instrumentos.

Filipenses 1:19-30

El corazón del hombre fue creado de tal manera que no soporta permanecer vacío. Siente un hambre que el mundo, semejante a un vasto almacén, se esmera en satisfacer mediante una variedad de los más apetecibles productos. Pero por experiencia sabemos que por más atrayente que sea para nosotros un escaparate a la hora de comer, deja de tentarnos una vez saciados. Esta comparación un poco trivial nos ayuda a recordar algo: nada ejerce atracción alguna sobre un corazón lleno de Jesús. Esto ocurría con el apóstol: Cristo era su único objeto, su única razón de vivir. ¿Quién se atrevería a asumir este versículo 21? No obstante, el progreso del cristiano consiste en manifestar esto cada vez mejor. Cristo le bastaba a Pablo para vivir y para morir. Colocándose ante esa alternativa, no sabía qué escoger. Al morir, ganaba a Cristo, y al vivir servía a Cristo. El amor por los santos lo impulsaba más bien a quedarse.

La defensa del Evangelio, como todo combate, implica sufrimientos (1 Tesalonicenses 2:2, final). Pero éstos son un don de la gracia del Señor, al igual que la salvación, un privilegio que él concede a los creyentes (v. 29). En vez de compadecernos de los cristianos perseguidos, ¿no deberíamos más bien tener el mismo celo? Por lo menos oremos por ellos. Así tomaremos parte con ellos en el combate por la verdad.

Filipenses 2:1-11

Para hallar el camino hacia todos los corazones, para “ganar” a un hermano y apaciguar una disensión, existe sólo un secreto: el renunciamiento a sí mismo. Podremos aprenderlo al contemplar y adorar a nuestro incomparable Modelo. Según sus propias palabras, “cualquiera que se enaltece, será humillado (por Dios); y el que se humilla, será enaltecido (por Dios)” (Lucas 14:11; 18:14). Dos historias exactamente opuestas se pueden resumir en esta frase: la del primer Adán, desobediente hasta la muerte, seguido por su descendencia ambiciosa y rebelde; y la de Cristo Jesús, quien por amor se despojó de su gloria divina, se humilló lo máximo haciéndose hombre y luego murió por nosotros en la cruz.

La forma de un hombre, la condición de un siervo y la muerte ignominiosa de un malhechor son las tres etapas de ese maravilloso sendero. Sí, con toda justicia, Dios tenía consigo mismo el compromiso de exaltarle hasta lo sumo y de honrarle con un nombre soberano. Bajo ese nombre de Jesús, tan glorioso y dulce a la vez, el cual tomó para obedecer, servir, sufrir y morir, será reconocido como Señor y recibirá el homenaje universal.

Amigo lector, ¿qué valor tiene ese Nombre para su corazón?

Filipenses 2:12-30

Como modelo de obediencia (v. 8), el Señor tiene el derecho de exigir la nuestra en todo “sin murmuraciones y contiendas” (v. 14). La ausencia del apóstol no eximía a los filipenses de la obediencia (v. 12). Al contrario, ya que él no estaba más con ellos, debían velar por sí mismos para no malograr su carrera cristiana. Del mismo modo un joven creyente, cuando abandona el techo paterno, no por esa razón deja de estar sujeto al Señor, sino que es responsable de su propio andar. Los luminares o estrellas son objetos celestes que brillan en la noche y permiten a los hombres orientarse. Tales son los cristianos en la noche de este mundo.

La palabra griega traducida por “ocupaos en” tiene el sentido preciso de cultivar. Implica, pues, una paciente sucesión de operaciones, tales como arrancar malas hierbas (pensamientos impuros, prácticas deshonestas, mentiras, etc.). Esta tarea no podemos efectuarla con nuestras propias fuerzas (v. 13). Incluso el querer, el deseo, es producido en nosotros por el Señor. ¡Qué hermoso testimonio resulta de ello! (v. 14-16).

Veamos en este capítulo los diferentes ejemplos de abnegación, comenzando por el más elevado, el de Cristo, luego el de Pablo asociado con los filipenses (v. 16-17), el de Timoteo (v. 20) y el de Epafrodito (v. 25-26, 30). En cambio, cuán triste resuena el versículo 21. ¿A quién deseamos parecernos?

Filipenses 3:1-11

Además de hombres de Dios como Timoteo y Epafrodito, quienes debían ser recibidos y tenidos en cuenta, también existían “malos obreros” de los que era necesario cuidarse. Predicaban esa religión de las obras que confía en la capacidad humana y se alimenta de la consideración de los hombres. Pero si alguien poseía títulos humanos que podía hacer valer, ése era precisamente Pablo, judío que pertenecía al círculo más elevado, sumamente respetuoso de la doctrina hebrea y celoso en cuanto a la ley… Él hizo una lista de todas esas ventajas como en un gran libro de contabilidad. Luego trazó debajo una línea y escribió: Pérdida. Así como basta que el sol se levante para hacer palidecer a todas las estrellas, un único nombre, el de Cristo glorificado, eclipsó desde entonces todas las pobres vanidades terrenales de su corazón; no sólo las estimó sin valor, sino ruinosas. ¡Y no resulta un gran sacrificio renunciar a lo que es basura! Que el Señor nos enseñe a despojarnos con gozo –como Bartimeo que arrojó su capa– de todo aquello con lo cual todavía pretendemos hacernos una reputación y una justicia. A ese precio podremos “conocerle” y seguirle en su camino de renunciamiento, de sufrimientos, de muerte, pero también de resurrección (Mateo 16:21, 24).

Filipenses 3:12-21

En general, los hombres que realizan algo importante en la tierra son aquellos en quienes palpita una única pasión. Ya se trate de conquistar los polos, de obtener un premio Nobel o de combatir a un invasor, siempre se hallan hombres de acción prontos a sacrificarlo todo por un gran designio. Así era Pablo desde que Cristo lo había cautivado (comparar con Jeremías 20:7). Sabía que estaba comprometido en la carrera cristiana y, como perfecto atleta, seguía esforzándose sin mirar atrás, pensando sólo en el premio final (leer 2 Timoteo 4:7). Además, se ofrece para servirnos de entrenador y nos invita a seguirle en sus mismos pasos (v. 17). Como él, olvidemos las cosas que quedan atrás: nuestros éxitos, motivo de vanagloria; nuestros fracasos, causa de desaliento. En cambio, esforcémonos para alcanzar la meta, porque esa carrera con obstáculos no es, por cierto, un paseo. Es cosa seria, y lo que está en juego es muy importante.

Tener sus pensamientos en cosas terrenales, ¡qué inconsecuencia para aquel que tiene su “ciudadanía” en los cielos! (v. 20). ¿De qué hablan dos compatriotas que se encuentran en el extranjero? ¡De su país! Siempre tendremos un mismo sentir (v. 15) si, entre creyentes, hablamos de los gozos de la ciudad celestial.

Filipenses 4:1-9

“Regocijaos en el Señor”, insiste el apóstol. No obstante, no le faltaban motivos para derramar lágrimas (3:18). Una infeliz discordia oponía a dos hermanas: Evodia y Síntique, lo cual alteraba a la iglesia. Pablo exhortó –o más bien suplicó– a cada una de ellas personalmente ¡que aprendieran –y nosotros también– la gran lección del capítulo 2:2! (comparar con Proverbios 13:10). ¿Es nuestra gentileza conocida por nuestros hermanos, hermanas y compañeros? Cuántas querellas y preocupaciones cesarían si tuviéramos conciencia de que el retorno del Señor es inminente. Por medio de la oración, descarguemos nuestros corazones de todo lo que los atormenta. ¿Serán inmediatamente satisfechos? No necesariamente, pero Dios podrá verter en ellos su perfecta paz (v. 7). ¿Cómo evitar los malos pensamientos? Cultivando los buenos. Utilicemos el versículo 8 como una zaranda: lo que ocupa mi espíritu en este momento, ¿es verdadero, justo, puro, amable, edificante...? Pensamientos filtrados y depurados podrán traducirse sólo en hechos de la misma naturaleza (v. 9). ¿Y cuál será la consecuencia de ello? No sólo la paz de Dios, sino que “el Dios de paz”, en persona, morará con nosotros (Juan 14:23).

Filipenses 4:10-23

Sin duda, Pablo recordaba su primera visita a Filipos, la cárcel y los cánticos que allí entonaba con Silas (Hechos 16:24-25). Aunque otra vez estaba prisionero, nada podía quitarle su gozo, porque nada podía quitarle a Cristo. Lo mismo ocurría con su fortaleza: “Todo lo puedo” –dice, pese a sus cadenas– “en Cristo que me fortalece” (comparar con 2 Corintios 6:10). Como él, aprendamos a estar contentos, cualesquiera sean las circunstancias: éxitos o dificultades, salud o enfermedad, buen o mal tiempo… estemos siempre contentos con el Señor.

Aunque muy pobres, los filipenses, por mano de Epafrodito, acababan de mandar una nueva ayuda al apóstol (leer 2 Corintios 8:1-5). Éste les afirma, según su propia experiencia: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta”, pero no dice suplirá todas vuestras codicias. Compromete la responsabilidad de su Dios, como si endosara un cheque en blanco, sabiendo que dispone, para él y sus amigos, de un crédito ilimitado: nada menos que “sus riquezas en gloria” (v. 19; Efesios 3:16). Que Dios nos dé la aptitud correcta para experimentar el secreto del bienaventurado apóstol: la plena suficiencia del Señor Jesucristo hasta que por fin se cumpla el anhelo expresado en el Salmo 17:15: “Veré tu rostro… estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza”.

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