Números

Números 1:1-21

Las instrucciones de Levítico conciernen al culto y a la comunión. A su vez, Números reanuda la historia del pueblo de Israel a través del desierto para hablarnos de otros aspectos de la vida cristiana: la marcha y el servicio. Jehová empezó por el censo (Números) de las tribus de Israel: soldados, levitas y sacerdotes. Cada uno tenía que declarar su filiación (v. 18). Más tarde, en el tiempo de Esdras, los que subirían del exilio tendrían que probar su ascendencia israelita. Y ciertos sacerdotes fueron excluidos de su servicio por no haber podido, por negligencia, hallar su “registro de genealogías” (Esdras 2:59-62). Queridos amigos, cada uno de nosotros debe saber si es o no es un hijo de Dios. Y debe estar dispuesto a declararlo ante los demás (Romanos 10:9). Pero, ¡cuidado!, israelitas eran todos aquellos cuyos padres pertenecían a una de las doce tribus. Mientras que hoy, una persona sólo puede ser cristiana cuando personalmente cree en el Señor Jesucristo. Entonces pasa a formar parte de ese pueblo celestial, del cual Dios en su «registro civil» o libro de la vida tiene la relación perfectamente al día. Si usted viene a Jesús hoy, su nombre se escribirá allí. Porque “a todos los que le recibieron… les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).

Números 1:22-37

En ciertos países, veinte años todavía es la edad en la que los jóvenes deben cumplir su servicio militar. Al ser declarado apto para llevar las armas, el recluta se debe a su patria. Tiene que renunciar a su independencia y someterse a determinados deberes colectivos; aprende el respeto a sus superiores, el sentido de la disciplina, del deber, del honor; recibe entrenamiento para combatir… (Lucas 7:8). ¿Acaso esa “llamada a filas bajo la bandera” no tiene su aplicación espiritual para cada joven cristiano? Sin duda, no es al siguiente día después de su conversión que un “recién nacido” en Cristo está listo para “salir a la guerra”. La familia de Dios se compone de “hijitos”, de “jóvenes” y de “padres” (1 Juan 2:13). Y aunque todos son hijos de Dios, como en toda familia, cuenta con hijos de diferentes edades y con un desarrollo distinto; están unidos por una misma vida y tienen derechos idénticos, pero poseen capacidades y responsabilidades diversas. Sin embargo, debe producirse un crecimiento (comp. con Lucas 2:40, 52). Llega un momento cuando el niño debe convertirse espiritualmente en un joven fuerte, con capacidad para vencer al maligno (1 Juan 2:14), luego en un hombre maduro según Hebreos 5:14. ¿Ya hemos llegado a ese nivel, o hemos progresado poco desde nuestra conversión?

Números 1:38-54

Todos los hijos de Israel censados en este capítulo habían atravesado el Mar Rojo el año anterior. Habían sido “bautizados a Moisés en la nube y en el mar”, habían participado de todos los privilegios vinculados a la calidad de pueblo de Dios: el maná, el agua de la roca (1 Corintios 10:2-4; V.M.). Pero de los más de seiscientos mil contados del versículo 46, ¿cuántos llegarían al país? Dos solamente, en quienes Dios pudo hallar su agrado porque tuvieron fe (comp. con 1 Corintios 10:5 y Hebreos 11:6). En la multitud de los que hoy llevan el nombre de cristianos, sólo el Señor sabe cuántas almas le pertenecen de verdad (2 Timoteo 2:19). Repitámoslo, no es el bautismo el que hace de alguien un miembro del pueblo de Dios, sino la fe en Jesucristo.

Los hijos de Leví no eran contados entre los hombres de guerra (v. 47). Esto nos enseña que la fuerza y el poder humanos no cuentan para el servicio del Señor. Sin embargo, notemos que en la actual dispensación el creyente debe asumir ambas funciones a la vez: la de soldado y siervo. Tiene que ser como Timoteo, apto para pelear “la buena batalla de la fe” (1 Timoteo 6:12), y al mismo tiempo como el joven Arquipo: listo para cumplir el ministerio que ha recibido del Señor (Colosenses 4:17).

Números 2:1-34

Los creyentes no son llamados a atravesar el “desierto” aisladamente. Para hacerlos conscientes de que son un pueblo, una familia, el Señor los reúne en torno suyo. Imaginémonos el campamento de Israel. Jehová ocupaba el centro del mismo; allí estaba el arca; la nube de su gloria permanecía sobre el tabernáculo. Alrededor de éste, cada uno tenía su sitio asignado. Primero los levitas y luego, sin orden de preferencia, acampaban las doce tribus en grupos de tres, bajo una misma bandera en los cuatro puntos cardinales. Dios no es Dios de confusión, sino de orden (1 Corintios 14:33). En su soberana sabiduría “ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo (de Cristo), como él quiso” (1 Corintios 12:18). Ha determinado el sitio en donde quiere que cada uno de los suyos esté. ¡Que él nos conceda ocuparlo! Muchos creyentes han alzado banderas a su capricho o a su conveniencia. El nombre de un hombre, de una institución o de una doctrina les sirve de bandera, como señal de reunión que los distingue de los demás. Dios no reconoce esas denominaciones, esos pendones desplegados por el hombre. No reconoce más que el centro establecido por él mismo: Jesús, el “verdadero tabernáculo” que reúne a los hijos de Dios dispersos, “el señalado entre diez mil”, literalmente: alzado como pendón (Cantares 5:10).

Números 3:1-16

Dios separó a los hijos de Leví para hacerlos servidores del santuario. Cuando se les puso a prueba en el juicio que siguió a lo del becerro de oro, fueron hallados fieles (Éxodo 32:26-29; Malaquías 2:4-6), por eso ahora son escogidos para el servicio de Aarón y de toda la Asamblea. Es una figura del privilegio que tiene cada creyente: servir tanto al Señor como a la iglesia, ¡lo uno no se puede separar de lo otro! Es de señalar que la palabra traducida por servicio en los versículos 7 y 8 también significa guarda, esto es, vigilancia. La atención y la vigilancia forman parte del servicio para el Señor. Esta palabra caracteriza precisamente la actividad del centinela en Isaías 21:8, quien está allí montando su guardia todas las noches. ¡Que el Señor nos conceda ser de los que saben velar por y sobre el pueblo de Dios! Notemos además que en el capítulo 4:3 otra palabra traducida por “servir” también significa labor, sufrimientos, guerra.

En los versículos 12 y 13 Jehová recuerda cuándo y cómo adquirió a los levitas. La noche de la Pascua –la cruz para nosotros– señaló su separación (leer 2 Corintios 5:15). Pero, además, estos servidores son “enteramente dados” a Aarón y a sus hijos (v. 9). ¿No es así como nuestro Sumo Sacerdote designa a sus queridos discípulos dirigiéndose a su Padre? Habla de “los que me diste” (Juan 17:9, 12, 24…).

Números 3:17-39

Así como nadie tenía derecho a escoger la ubicación de su tienda, ningún levita podía decidir qué servicio quería cumplir. Lo que debemos hacer no es necesariamente aquello que más nos agrada, lo que parece responder a nuestras capacidades o lo que en un momento dado se presenta ante nosotros. Es lo que el Señor quiere que hagamos. “Hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo”, afirma 1 Corintios 12:5. Él es el verdadero Príncipe establecido sobre todos los cargos (v. 32), y sólo él tiene la facultad para escoger la función de cada cual en la asamblea (Efesios 4:11-13), cuando se considera el conjunto de actividades que se desarrollan. Imaginemos lo que sucedería en una línea de ferrocarril si un buen día el guarda agujas decidiese cambiar de empleo o si el guarda barreras abandonara su paso a nivel. ¡Qué desorden, qué catástrofes resultarían de ello!

De todos modos, cualquiera que fuera la actividad de los levitas, cada una de las tres familias acampaba junto al tabernáculo (v. 23, 29, 35). Pensamos en esos obreros en el tiempo de David: “moraban allá con el rey, ocupados en su servicio” (1 Crónicas 4:23). «Quien está más cerca de Cristo, mejor le servirá y, sin esta proximidad no se le puede servir» (J.N.D.).

Números 3:40-51

Al contrario de los demás hijos de Israel, los levitas eran censados desde la edad de un mes. Pensemos en el pequeño Samuel, en Juan el Bautista (Lucas 1:15), en Jeremías (1:5). La puesta aparte precede al llamado para servir al Señor. El joven Isaías, en cuanto oyó la buena noticia: “es quitada tu culpa, y limpio tu pecado”, estuvo dispuesto a responder espontáneamente al llamado del Señor: “Heme aquí, envíame a mí” (Isaías 6:7-8). Desde su visión en el camino a Damasco, Saulo aprendió de boca del Señor que estaba designado para ser “ministro y testigo” (Hechos 26:16). Ningún redimido pertenece a sí mismo. Si por gracia se ha vuelto de los ídolos a Dios, como en el caso de los Tesalonicenses, es “para servir al Dios vivo y verdadero…” (1 Tesalonicenses 1:9). La misma enseñanza se desprende del final de nuestro capítulo. Los levitas sustituían a los primogénitos de Israel, esto es, a aquellos que la gracia divina había guardado de la muerte en virtud de la sangre del cordero. Dicho de otro modo, cada redimido viene a ser siervo de Aquel que lo ha salvado de la muerte, que lo ha arrancado del poder del mundo y de Satanás. ¿Acaso no somos nosotros “primogénitos” en la familia de Dios por la abundancia de los privilegios recibidos? Que el Señor nos haga conscientes de sus derechos sobre nuestra vida (leer 2 Crónicas 29:11).

Números 4:1-15

Aunque diferentes las unas de las otras, todas las funciones de los coatitas, los gersonitas y los meraritas se relacionaban con el tabernáculo. Debían desmontarlo, transportarlo y volver a montarlo etapa tras etapa a través del desierto. Si bien hay “diversidad de ministerios” (1 Corintios 12:5), todos ellos se relacionan con Jesús nuestro Señor, y cada creyente tiene, de hecho, el mismo cargo: presentar a Cristo al pasar por el mundo y manifestar las diferentes glorias morales. En palabra y en obra, los siervos del Señor son responsables de mantener viva e intacta la enseñanza cristiana. Durante sus desplazamientos a través del desierto, la mayor parte de los utensilios iban ocultos bajo la humilde piel de tejón; esto nos recuerda que los creyentes poseen su tesoro –Cristo– “en vasos de barro” (2 Corintios 4:7). Una excepción: el arca estaba cubierta con un paño azul, símbolo del carácter celestial del Hombre-Dios caminando en este mundo. El candelero se llevaba sobre unas parihuelas y era visto por todos, figura del testimonio rendido en el mundo por Aquel que es la luz del mismo (Juan 8:12). El altar de bronce bajo su paño de púrpura (v. 13) le recuerda constantemente al redimido, mientras atraviesa el mundo, los sufrimientos de Cristo y las glorias que siguen.

Números 4:16-33

Se han encontrado analogías entre las atribuciones respectivas de las tres familias de los levitas con las formas principales del ministerio en la Iglesia: profetas, pastores, maestros… (Efesios 4:11). Los primeros (coatitas) presentan a Cristo en relación con las necesidades del desierto, los segundos (gersonitas) velan sobre el montaje de las cortinas, dicho de otra manera, cuidan de la asamblea como testimonio práctico –lo que se ve–, y los últimos (hijos de Merari) son responsables de las “estructuras”, de los fundamentos de la verdad. Para que el edificio quedara completo, era indispensable la colaboración de las tres familias. Un coatita podía estar empleado en llevar el arca, mientras que un gersonita probablemente sólo se ocupaba de unas simples cuerdas. Pero no es la importancia ni la aparente nobleza de un trabajo lo que cuenta a los ojos del Señor, sino la fidelidad (1 Corintios 4:2). Con dos como con cinco talentos, el siervo fiel en pocas cosas será establecido sobre mucho (Mateo 25:20-23). Abstengámonos de envidiar o de subestimar el servicio de otro. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar “al criado ajeno”? (Romanos 14:4). Sólo el verdadero Aarón tiene facultad para poner “a cada uno en su oficio y en su cargo” (v. 19). ¡Qué seguridad suponía esto para el levita! Guiado por el sacerdote, sabía qué hacer y cómo hacerlo.

Números 4:34-49

El primer censo de los levitas en el capítulo 3 abarcaba a todos los varones de un mes arriba. Este segundo censo sólo toma en cuenta a los hombres de treinta a cincuenta años. El Señor espera que le reservemos los mejores años de nuestra vida. Ya no se trata de la edad física, sino de la madurez espiritual, fruto de la experiencia adquirida poco a poco. A un joven que haya sido “fiel en lo muy poco”, el Señor podrá, llegado el momento, encomendarle “lo más” (Lucas 16:10).

Se hallaron 8.580 levitas en edad para servir. Tomando en cuenta el volumen y peso del tabernáculo, ninguno iba sobrecargado; uno podía relevar a otro. ¿Por qué entonces el Señor se ve obligado a comprobar con tristeza que, para su gran cosecha, dispone de pocos obreros? (Mateo 9:37). ¡Ay!, porque muchos “no se prestaron para ayudar a la obra de su Señor” (Nehemías 3:5). ¡Situación humillante que debería hablar a cada uno de nosotros!

El censo de los levitas se ha acabado. “Se le asignó a cada uno su oficio y a cada uno su carga” (v. 49; V.M.). La palabra carga o servicio (carga es la traducción literal) nos recuerda que quien sirve al Señor y a los suyos no puede hacerlo sin sentir espiritualmente el peso, sin estar comprometido de corazón (2 Corintios 11:28).

Números 5:1-31

El campamento de Israel debía guardarse de toda impureza, y esto por una razón primordial: en él habitaba Jehová (v. 3). El apóstol invoca el mismo motivo para invitar a cada hijo de Dios a mantenerse limpio de toda mancha: su cuerpo es templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19). Al hombre que padecía de lepra (el pecado) o de un flujo (la incapacidad de reprimir las manifestaciones de la carne) se le debía alejar del campamento hasta su curación.

A partir del versículo 11 se trata de la prueba de los celos. Ésta nos sugiere el cuidadoso y frecuente examen de nuestros afectos. ¿Sigue siendo Cristo el objeto de ellos? Si amamos al mundo, la Palabra nos aplica el terrible calificativo de adúlteros. Aun si exteriormente todo parece estar en orden, hemos llegado a ser enemigos de Dios, hemos traicionado al Señor (Santiago 4:4; 1 Corintios 10:22). Sí, mantengámonos ante él, como lo hiciera la mujer bajo sospecha ante el sacerdote, y dejemos que la Palabra (el agua santa) penetre nuestra conciencia y descubra nuestros sentimientos más íntimos. “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón –pide el salmista–; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmo 139:23-24).

Números 6:1-12

Al lado de los levitas, cualquier hombre o mujer perteneciente a las demás tribus podía consagrarse a Jehová y hacer el voto de nazareo. Pero a diferencia de los hijos de Leví, su consagración era individual y facultativa. El israelita era libre para hacer o no hacer este voto, pero una vez hecho, cesaba su libertad; su vida privada y pública quedaba sometida a unas obligaciones muy estrictas, así como en un ejército el recluta voluntario está sujeto a la misma disciplina que las tropas movilizadas obligatoriamente. Las condiciones del nazareato eran tres: 1. Abstenerse de todo lo producido por la viña, símbolo de los goces del mundo; 2. Dejarse crecer el cabello, imagen de la puesta a un lado del “yo”, lo que debe caracterizar al discípulo de Cristo; 3. Huir de todo contacto con la muerte, salario y prueba del pecado. En principio cada hijo de Dios lleva este triple carácter. Ha muerto al mundo, al “yo” y al pecado (Gálatas 6:14; 5:24; 2:17-20). Pero para tener la fuerza necesaria a fin de mantenerse firme en esta posición difícil y contraria a nuestra naturaleza, es preciso que su consagración sea total para Cristo, que sea el resultado de una gozosa decisión de su corazón. Los versículos 9 a 12 recuerdan cuán fácil es, por falta de vigilancia, perder el carácter de nazareo, y cuán difícil es volverlo a encontrar.

Números 6:13-27

Las Escrituras mencionan algunos nazareos: Sansón, Samuel, Amasías (2 Crónicas 17:16), Juan el Bautista. Pero el nazareo por excelencia fue Jesús. Separado para Dios desde antes de su nacimiento, ocupado en las cosas de su Padre a los doce años, su consagración a Dios fue total hasta su muerte en la cruz. Venido al mundo, no era “del mundo”, y se mantuvo alejado de sus fiestas y sus goces (Juan 7:8; 17:14). Nunca permitió que las circunstancias familiares entorpecieran su ministerio (Lucas 8:20-21). Su dependencia fue continua (Juan 5:19). Ninguna suciedad pudo alcanzarlo (1 Pedro 2:22). ¡Qué modelo es para nosotros ese querido Salvador! Su camino fue de una entrega total. Camino difícil pero en cuyo final lo aguardaba ese gozo del cual es imagen el vino, gozo que quiere compartir con aquellos que aquí en la tierra hayan participado de su oprobio (v. 20 final; Hebreos 12:2; Mateo 26:29; 25:21).

Al finalizar el período de su voto, el nazareo ofrecía todos los sacrificios. El haber tomado posición aquí abajo junto al perfecto Nazareo, permite entrar de modo práctico en los diversos aspectos de su obra en la cruz.

Los versículos 22 a 27 ponen el broche final a este capítulo como para mostrarnos que la consagración al Señor es el camino seguro a la bendición.

Números 7:1-88

Este largo capítulo está consagrado a las ofrendas de los doce príncipes. Las primeras, seis carros y doce bueyes destinados a los levitas, nos hablan de la ayuda práctica que podemos brindar a los siervos del Señor a fin de facilitar su ministerio: hospitalidad, desplazamientos, etc. Por ejemplo, este servicio se puede realizar encaminando a los siervos de Dios (Romanos 15:24; 1 Corintios 16:6, 11; 3 Juan 5-8).

Esas ofrendas entregadas a los levitas, “a cada uno conforme a su ministerio” (v. 5), recuerdan que el Señor siempre provee a los suyos los medios para cumplir la tarea que les ha encomendado. Luego venían las ofrendas para la dedicación del altar. Servir a los hermanos y ayudarlos materialmente no es todo. Estos platos, jarros y cucharas rebosantes nos hablan de las perfecciones y del perfume excelente de Cristo, y corresponden al culto de los verdaderos adoradores. Los diversos sacrificios también formaban parte de las ofrendas y evocan los variados aspectos de la obra de la cruz. Pero, ¿por qué consagra Dios tanto espacio a esas ofrendas cuando todo podría quedar resumido en un párrafo? Comprendámoslo: da su pleno valor a lo que cada uno trae y no omite nada de lo que se hace para él.

Números 7:89; Números 8:1-14

El versículo 89 nos revela el secreto de Moisés, varón de Dios (Salmo 90). Es la oración. Considerémoslo bajo el peso de las responsabilidades que lo agobiaban, acosado por las murmuraciones del pueblo, retirándose a la sombra y al silencio del tabernáculo para hablar con su Dios. Escuchaba “la voz” y luego “le hablaba”. Pensemos en Jesús quien, mucho antes del alba o llegada la noche, después de las fatigas del día, solía retirarse solo a un lugar apartado para orar (Marcos 1: 35; 6:46).

¿Por qué vuelve a hacer mención del candelero al principio del capítulo 8, entre la ofrenda de los bienes en el capítulo 7 y la consagración de los levitas en los versículos siguientes? ¿No es para mostrar que la luz divina sondea y aprecia tanto al don como al dador, e igualmente al servicio como a quien lo cumple? Dios sabe lo que vale nuestra entrega, de la que habla la escena de consagración. Los levitas eran presentados por Aarón como ofrenda mecida, como para dejar que esta luz divina alumbrara continuamente en ellos, sin dejar nada en la oscuridad. Si hubiese quedado la menor mancha en sus vestiduras, se habría notado inmediatamente. Cuán importante es mantenernos siempre en la presencia de Dios para servirle (1 Reyes 17:1).

Números 8:15-26

Antes de ser presentados como ofrenda mecida, los levitas eran purificados, se ofrecían sacrificios por ellos, hacían pasar la navaja por todo su cuerpo (v. 7) y lavaban sus vestiduras. Estas imágenes también las encontramos en la consagración de los sacerdotes y en la purificación de los leprosos. No corresponden a la conversión, sino al trabajo que el Espíritu Santo hace por medio de la Palabra para que los creyentes se mantengan puros. La navaja es imagen del juicio que hemos de aplicar a todo lo que la carne produce. En el servidor, el orgullo particularmente crece rápido si no está a mano la “navaja” para vigilar sus apariciones. Por otra parte, cuando nos lavamos, no nos gusta usar nuevamente las ropas sucias. Y, para servir al Señor, necesitamos no solamente una buena conciencia, sino también una conducta exterior irreprochable.

Sólo después de esto el levita podía cumplir su servicio (v. 22.) ¡Importante lección! Cualquier oficio implica un aprendizaje, un período de preparación. Con mayor motivo el servicio del Señor. Antes de empezar apresuradamente un trabajo para Cristo, dejémoslo hacer lo que, por su gracia, él quiere hacer en nosotros.

Números 9:1-14

Ha transcurrido un año desde la salida de Egipto. Jehová comunica a Moisés sus instrucciones para celebrar este gran aniversario. La cristiandad celebra todos los años el nacimiento y la muerte del Señor. Pero después muchos no piensan más en ello hasta el año siguiente. Los redimidos del Señor, por el contrario, tienen el privilegio de recordar juntos sus sufrimientos y su muerte cada primer día de la semana, al participar en la Cena que él instituyó.

En Israel la gracia daba un recurso para aquel que estuviera impuro o de viaje. El Señor conoce las circunstancias de los suyos y responde a ellas por su misericordia, pero no cambia nada de su propia medida. Aun en el segundo mes, la fiesta debía celebrarse según los estatutos de la pascua (v. 12). Así como era necesaria la confesión de las faltas (v. 7), la Palabra invita al creyente a que se juzgue, que se pruebe a sí mismo antes de tomar la Cena del Señor (1 Corintios 11:28). Participar de ella hoy día no es una obligación a la que hemos de someternos so pena de muerte, como en el tiempo de la pascua (v. 13). ¿Acaso por eso el deseo del Señor tiene menos valor para el corazón del redimido? Con el pretexto de que ya no es una obligación, ¿resulta menos grave abstenerse cuando el Señor dijo al dar la copa a los suyos: “Bebed de ella todos”? (Mateo 26:27).

Números 9:15-23; Números 10:1-10

Israel no tenía que hacerse ninguna pregunta referente a las etapas a través del desierto. Cada puesta en marcha y cada alto se verificaba por “mandato de Jehová”. ¿Se levantaba la nube? Entonces tenían que ponerse en marcha, incluso si acababan de llegar o si les gustara el lugar de estancia. ¿Y si se posaba sobre el tabernáculo? Era menester acampar sin ir más lejos. Tan indispensable era la dirección divina para acampar como para partir, fuera de noche o de día. Hermosa figura de la dependencia constante que conviene a los redimidos del Señor, y que él mismo vivió perfectamente. A pesar del mensaje que recibió de las hermanas de Lázaro y del amor que sentía por los miembros de esa familia, Jesús no fue a Betania sino dos días más tarde, cuando conoció la voluntad de su Padre (Juan 11).

Cuando la voluntad de Dios era revelada, las trompetas de plata de los sacerdotes daban la señal de los diversos movimientos del pueblo. Resonaban para llamar a las reuniones (v. 3-4), a las salidas (v. 5-6), a las batallas (v. 9) o a las fiestas solemnes (v. 10). Estas trompetas nos hablan del testimonio de Dios, dado tanto en la reunión de los santos como en su marcha, en sus combates, en su culto. En medio de un mundo enemistado, la Palabra nos exhorta: “No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor” (2 Timoteo 1:8).

Números 10:11-36

Cuando la nube se alzaba para salir, las trompetas resonaban, el pueblo se reunía, los levitas desmontaban el tabernáculo y cada uno se ponía en orden de marcha. Luego la trompeta volvía a tocar “alarma” y las tribus reanudaban su viaje según el orden de sus banderas.

Los cristianos de hoy aguardan la señal de la gran partida. El Señor volverá “con trompeta de Dios” para arrebatar a su Iglesia (1 Tesalonicenses 4:16). Pero ésta no puede olvidar a los que todavía quedan atrás. Con el Espíritu, ella se vuelve hacia el mundo diciendo: “el que tiene sed, venga” (Apocalipsis 22:17). Es lo que parece decir Moisés a Hobab: ven a disfrutar con nosotros el bien que Dios ha prometido hacer a los suyos. Pero, ¿por qué le pide luego su ayuda para dirigir al pueblo a través del desierto? No lo juzguemos con demasiada severidad, pues a menudo estamos dispuestos a confiar más en los consejos humanos que en las indicaciones del Señor. Como para recordar quien es el que conduce a los suyos, el versículo 33 muestra el arca tomando la delantera para asegurar al pueblo un “lugar de descanso”. El camino de tres días por el cual Cristo pasó al atravesar la muerte por nosotros, abre “un camino nuevo y vivo” a un pueblo resucitado marchando hacia el reposo celestial.

Números 11:1-9

En su ingratitud el pueblo se queja y Jehová lo castiga. Pero esta lección no basta. La codicia, condenada por el décimo mandamiento de la ley, se enciende en medio del pueblo influenciado por la gran multitud de “gente extranjera” salida de Egipto con Israel (v.4; Éxodo 12:38). ¿Dónde están los alimentos que comíamos de balde en Egipto? El pobre pueblo ha olvidado los ladrillos, la paja y lo caro que el opresor le cobraba lo poco que le daba. Esos manjares de Egipto: puerros, cebollas, ajos, etc., por lo general tienen un sabor fuerte que excita el apetito, pero no son nutritivos, y a veces indigestos. La gente de este mundo, ¿de qué alimenta su espíritu? De lecturas y espectáculos a menudo frívolos, atractivos para la carne pero sin beneficio para el alma, los cuales, al contrario, ¡hacen mucho daño!

Israel recuerda aquellos alimentos porque para él el maná ha perdido su exquisito gusto a “hojuelas con miel” (Éxodo 16:31). Ahora tan sólo es una torta con sabor a aceite; pronto lo llamarán abiertamente un pan liviano (21:5). Queridos amigos, si se nos tienta con los “manjares” del mundo, hagámonos cada uno la siguiente pregunta: ¿No será que la Palabra ha perdido su sabor para mí? “El que a mí viene, nunca tendrá hambre”, prometió el Señor Jesús (Juan 6:35).

Números 11:10-23

¡Aquí vemos a Moisés desanimado! Reprocha a Dios el peso de todo ese pueblo (v. 11), él, que al final del capítulo anterior hablaba triunfalmente de los “millares de millares de Israel”. Es cierto, Moisés no podía cargar solo con ese pueblo, ¡pero precisamente no estaba solo! Jehová mismo llevaba a Israel “sobre alas de águilas” (Éxodo 19:4) y en sus brazos paternales (Deuteronomio 1:31).

El Salmo 106 evoca este triste episodio: “Bien pronto olvidaron sus obras… Se entregaron a un deseo desordenado en el desierto… y él les dio lo que pidieron, mas envió mortandad sobre ellos” (v. 13-15). Esto encierra una verdad muy seria. Cuando insistimos en obtener lo que Dios no quiere darnos, puede suceder que finalmente nos lo conceda, pero acarreando consigo unas consecuencias desastrosas; así sucedió con Israel (v. 19-20, 33). En el Salmo 106 algunas versiones traducen “flaqueza en sus almas” por “mortandad”. La flaqueza (consunción), según el diccionario, es un adelgazamiento y debilitamiento progresivos. Un debilitamiento de nuestras almas, ¿no es más serio incluso que una enfermedad? Que Dios nos ampare de esas codicias “que batallan contra el alma” (1 Pedro 2:11), enseñándonos a contentarnos con lo que él nos da y con lo que, en su conocimiento perfecto, ve bien en negarnos.

Números 11:24-35

Según su petición, Moisés es relevado de una parte de sus responsabilidades, las cuales pasan a manos de setenta ancianos. Ya, en el capítulo 4 de Éxodo, Aarón le había sido designado como auxiliar para “servirle en lugar de boca”. Resulta humillante pensar que a veces nuestra falta de fe obliga al Señor a dar a otros una parte de nuestro trabajo. Los ancianos son convocados a reunirse junto a la tienda, donde el Espíritu viene sobre ellos. Allí se enteran de que dos de estos hombres, Eldad y Medad, se han quedado en el campamento y están profetizando. Josué quisiera impedírselos (comp. con Lucas 9:49). Pero para Moisés esto es motivo de gozo. Pablo también se regocijaba al ver que el evangelio era predicado, aunque algunos lo hacían “por envidia y contienda” (Filipenses 1:15-18). Si Dios nos ha mostrado el camino de separación “fuera del campamento” religioso de la cristiandad, guardémonos de juzgar con un espíritu de superioridad a los creyentes quizá más piadosos y entregados que nosotros, quienes no han comprendido esta separación. Todo cuanto poseemos o conocemos lo debemos a la pura gracia de Dios.

Uno puede imaginar lo que rápidamente llegó a ser del montón de codornices bajo el sol del desierto. Gálatas 6:8 nos advierte que “el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción”.

Números 12:1-16

La lengua, dice Santiago, es “un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal” (Santiago 3:8…). Una vez más comprobamos sus estragos. Ya no en forma de quejas y murmuraciones en medio del pueblo influenciado por “gente extranjera” (cap. 11), sino de críticas y maledicencias que contaminan a los miembros más honrados de la familia de los conductores del pueblo: Aarón el sumo sacerdote y María la profetisa. Sus palabras malévolas quizá se habían susurrado “al oído”, en el mayor secreto (Lucas 12:3). Pero “lo oyó Jehová” (v. 2 final; comp. con cap. 11:1). Nunca olvidemos que nuestras palabras más confidenciales tienen un oyente en el cielo. Moisés calla. Cuando se trata de un atentado contra los derechos de Jehová, su ira se enciende con justicia, mientras que para su propia defensa, su extremada mansedumbre se traduce en silencio. Por eso Dios toma la defensa de su siervo. Convoca a los tres involucrados al tabernáculo de reunión y allí llama a los dos culpables. La gravedad del castigo hace resaltar la del pecado cometido. María se vuelve leprosa. Por primera vez Moisés abre la boca e intercede por su desgraciada hermana, quien se restaurará.

¡Quiera el Señor guardarnos de “envidias, y toda suerte de maledicencias”! (1 Pedro 2:1; V.M.).

Números 13:1-25

El pueblo va acercándose a la tierra prometida. Moisés envía a doce hombres con la misión de explorar el país y volver trayendo informes y frutos de allí. Son necesarios cuarenta días para realizar este reconocimiento. Los espías suben a Hebrón, lugar que ya conocemos; allí Abraham compró la cueva de Macpela para sepultar a Sara. Vuelven trayendo un racimo de uvas tan pesado que se necesitan dos hombres para cargarlo en un palo.

El cielo es la tierra prometida para nosotros. Como Israel, nosotros todavía estamos en el desierto, imagen de este mundo. No hemos visto la herencia en la cual Dios quiere introducirnos. Pero hay quien la conoce y puede hablarnos de ella: el Espíritu Santo, que nos ocupa con las cosas celestiales. Así como el racimo de uvas aportaba una prueba palpable de la riqueza del país, el Espíritu nos da las “arras”, esto es, el sabor anticipado de los goces del cielo. Nos hace conocer las cosas de Dios (1 Corintios 2:12). Toma de lo que es de Cristo y nos lo comunica (Juan 16:14). Aunque todavía estemos en el mundo que moralmente es un desierto para el alma, podemos ocuparnos con Aquel que no hemos visto, pero a quien amamos (1 Pedro 1:8).

Números 13:26-33; Números 14:1-10

Habían salido doce exploradores: uno por cada tribu. Cuando se pusieron en camino nada distinguía a los unos de los otros. Pero los cuarenta días de viaje pusieron a estos hombres a prueba (el número 40 en la Biblia habla de una puesta a prueba). De regreso cada uno muestra lo que hay en su corazón. ¿Cuál es el resultado? Diez son incrédulos; sólo dos, Josué y Caleb, confían en Dios. La fe conoce al Señor y aprecia las circunstancias desde el punto de vista de Dios; la incredulidad, por el contrario, las mide según dimensiones humanas y se detiene ante obstáculos visibles. Los gigantes, hijos de Anac, no eran imaginarios, como tampoco lo eran las altas murallas. Pero el error de los espías incrédulos era fijarse en su propia pequeñez y preocuparse por lo que esos enemigos pensaran de ellos (v. 33 final). Era a Jehová a quien debían mirar. Josué y Caleb no tienen vergüenza de declarar su fe ante todos. Aprecian la herencia prometida e instan a sus hermanos a que se apoderen de ella. Hermoso ejemplo, ¿no es verdad? ¿Formamos parte de los que recomiendan “el país” o de quienes desaniman a las almas para que no sigan a Jesús?

No estar de acuerdo con la mayoría siempre es difícil y a veces peligroso. El pueblo quiere apedrear a los dos hombres (v. 10), pero ellos tienen a Dios de su parte.

Números 14:11-25

Este pueblo me ha despreciado, declara Jehová (v. 11, 23). Al desprestigiar “la tierra deseable” (13:32; comp. con Salmo 106:24), en realidad desprecian a Dios mismo. ¿Cómo, pues, hemos de calificar la actitud de tantas personas que desprecian una dádiva que es el cielo mismo, y a un donante que es Dios mismo?

Nuevamente interviene Moisés, como en el caso del becerro de oro. Esta vez tampoco se deja tentar por la oferta de hacerlo jefe de una nueva raza (v. 12; Éxodo 32:10 final). Desarrollando un argumento irrefutable, recuerda a Jehová que la grandeza de su nombre está en juego ante las naciones. Luego, valiéndose de lo que ha aprendido a conocer de Dios y retomando sus propias palabras (Éxodo 34:6-7), le recuerda que él es lento para la ira y grande en misericordia; también le sugiere que precisamente es el momento de perdonar la iniquidad y la transgresión. Donde no existe falta, el perdón no tiene razón de ser. Pero el pecado del hombre, el mío y el suyo, ha ofrecido a Dios la ocasión de desplegar su gracia. Hijos de Dios, ¿conocemos a este Dios que perdona? Él es nuestro Padre y tenemos a su lado un abogado lleno de amor: Jesús, nuestro Salvador (1 Juan 2:1).

Números 14:26-45

En medio de esta triste escena, cuánto consuela poder considerar a Josué y Caleb. En ellos “hubo otro espíritu” (v. 24, 30). Por tanto, no perderán su recompensa. De toda su generación, sólo ellos entrarán en el país. Hasta allí tendrán que compartir la suerte del pueblo culpable: vagar cuarenta años por el desierto. Pero durante este largo peregrinaje, continuamente serán alentados por el recuerdo de la tierra que han visitado y cuyo fruto ya han probado.

Moisés anuncia la desagradable nueva. ¿Cómo reacciona el pueblo? Cuando Caleb exhortaba a que subieran osadamente y tomaran posesión de la tierra, habían querido volver a Egipto y hablaban de perecer en el desierto (cap. 13:30; 14:2). Ahora que el juicio los ha condenado a volver sobre sus pasos, camino del Mar Rojo, y que Dios anuncia que morirán en el desierto, quieren sustraerse al castigo y responden: “Henos aquí para subir” (v. 40). El corazón del hombre nunca está de acuerdo con Dios, principalmente cuando se trata de reconocer las faltas cometidas, de doblegarse bajo la disciplina y aceptar con humillación las consecuencias de sus pecados. A pesar de que Moisés les dice: “No subáis”, se empeñan en hacerlo y sufren una cruel derrota.

Números 15:1-21

Después de las trágicas escenas del capítulo 14, uno podría pensar que la incredulidad y la rebelión del pueblo le ha hecho perder todos los derechos a la tierra de Canaán. Por eso, inmediatamente después Dios habla de la tierra prometida, mostrando con ello que nada podrá disuadirlo de cumplir sus propósitos de gracia. En este capítulo también menciona los diferentes sacrificios: holocaustos, ofrendas voluntarias (v. 3) y por el pecado (v. 24), juntamente con las ofrendas de flor de harina y libaciones, como para recordar que Dios dispone de recursos para las peores fechorías, lo que para el cristiano equivale a su único recurso que es, bajo sus múltiples aspectos, la obra de Su muy amado Hijo. De ésta sube, por enojoso que sea el estado del pueblo, un “olor grato a Jehová” (expresión enunciada cinco veces). Presentada en figura bajo sus aspectos más variados, la obra de Cristo se despliega también en favor del mayor número de personas. El estatuto del extranjero era idéntico al del israelita por nacimiento; se le permitía ofrendar los mismos sacrificios y las mismas libaciones, lo cual prefigura una gracia que se extiende más allá de Israel, un evangelio predicado en toda la creación (Colosenses 1:23).

Los versículos 17 a 21 tratan de las primicias y nos recuerdan que el Señor tiene los primeros derechos sobre todo lo que poseemos (Mateo 6:33).

Números 15:22-41

La Palabra, que discierne las intenciones del corazón, establece cuidadosamente la distinción entre los pecados “por ignorancia”, que resultan del desconocimiento de la Palabra o por despiste, y los pecados “con soberbia”, (v. 30) cometidos adrede y con desprecio a la voluntad divina. Para éstos no había previsto ningún recurso, tal como lo demuestra el castigo del hombre que no hizo caso del sábado (v. 32-36). “¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos”, pide el salmista. Pero consciente de su debilidad, añade: “Preserva también a tu siervo de las soberbias; que no se enseñoreen de mí…” (Salmo 19:12-13).

Con respecto al mal, el israelita tenía además un medio preventivo: la franja fijada en el borde de su vestido mediante un cordón azul, recuerdo de sus lazos con Jehová y permanente advertencia para no manchar su vestidura. ¡Hermoso símbolo de nuestro carácter celestial que jamás deberíamos olvidar! Así seremos guardados de pecar y de mirar “en pos de nuestro corazón y de nuestros ojos” (v. 39).

“Buscad las cosas de arriba… Poned la mira en las cosas de arriba…”, prescribe Colosenses 3:1-2. Allí Cristo –que debe ser suficiente para nuestros corazones– está sentado a la diestra de Dios.

Números 16:1-15

A la sombría historia del pueblo en el desierto se añade ahora otra página funesta. La epístola de Judas le da como título “la contradicción de Coré” (Judas 11.) Este relato muestra hasta dónde puede conducir el “orgullo” del que se habla en el capítulo 15: una verdadera sublevación contra Dios. Coré es un levita de la familia de Coat. No contento con su noble servicio, ambiciona el sacerdocio que Jehová encomendó a Aarón y su familia. Desempeñar el servicio del tabernáculo y estar “delante de la congregación para ministrarles” (v. 9) no bastaba a Coré y sus cómplices. Puede suceder que ciertos cristianos tampoco se contenten con el servicio que el Señor les ha encargado. Quieren ser importantes, estar por encima de los demás. El apóstol Juan se ve obligado a denunciar a un tal Diótrefes, a quien le gustaba ser el primero en la iglesia (3 Juan 9-10). Un perfecto contraste con Aquel que “no vino para ser servido, sino para servir…” (Marcos 10:45)

En cuanto a Datán y Abiram, se atreven a aplicar a Egipto la expresión que designa al país de Canaán: “una tierra que destila leche y miel” (v. 13). Y el señorío de Moisés les parece insoportable (v. 13 final). Estos hombres son figura de la rebelión civil, mientras que Coré personifica la apostasía religiosa.

Números 16:16-35

Coré se enalteció en su pensamiento (v. 1-2). Mas escrito está: “Cualquiera que se enaltece, será humillado” (Lucas 14:11). Los Proverbios confirman esta regla tan frecuentemente verificada en la historia de los hombres: “Antes del quebrantamiento es la soberbia...” (Proverbios 16:18). Para los insurrectos, esta ruina no se hace esperar. ¡Qué escena más espantosa! La tierra misma se abre bajo sus pies; son tragados vivos con todas sus pertenencias. Moisés había advertido: “Apartaos ahora de las tiendas de estos hombres impíos” (v. 26), y fue lo que evidentemente hicieron los hijos de Coré. Supieron tomar partido por Dios más bien que por su padre, reconociendo así en él a un hombre malo. En efecto, el capítulo 26:11 nos informa que “los hijos de Coré no murieron”. Más tarde los encontramos como cantores y compositores de salmos, por ejemplo, el Salmo 84 donde su historia se da como resumen: “Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios (los coritas eran también porteros del templo), que habitar en las moradas de maldad” (v. 10). ¡Incluso si esas tiendas eran las de su propio padre!

Somos hijos de una raza culpable, pero si hemos creído, también seremos guardados de un juicio aún más terrible. ¡Cuán grande es la gracia de Dios!

Números 16:36-50

No sólo “contra Moisés y Aarón”, ni “contra Jehová” (v. 3, 11), pecaron Coré y sus hombres. También lo hicieron “contra sus almas” (v. 38). Así mismo ocurre con los incrédulos: ¡serán víctimas de ellos mismos eternamente! Un castigo repentino acaba de caer sobre estos cabecillas, y Dios vela para que no sea olvidado. Sus incensarios, fijados en el altar, son como señal para los hijos de Israel (v. 38). A pesar de esto, al siguiente día todo el pueblo se junta y murmura nuevamente contra sus dos conductores. Primero se levantó un dirigente: Coré, juntamente con Datán y Abiram. Luego se unieron a ellos doscientos cincuenta hombres. Ahora se subleva toda la asamblea (v. 41). ¡Cuán influenciable es el corazón humano! Ya vimos cómo diez espías fueron suficientes para arrastrar a todo el pueblo (cap. 13). Por eso en Gálatas 6:7 se nos advierte: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”.

El castigo va a empezar. Como ocurrió en el versículo 4, Moisés y Aarón se postran sobre sus rostros; no pierden ni un minuto. Aarón, que había sido envidiado, insultado e injustamente acusado, hace propiciación por el pueblo con el único incensario válido. ¡Hermosa figura de Cristo, el supremo Intercesor!

Números 17:1-13

Fulminando a los doscientos cincuenta rebeldes, Jehová mostró a quien había designado para ejercer el sacerdocio. Sólo Aarón fue aceptado con su incensario. Otra prueba confirma la elección divina, y esta vez habla de vida. De entre las doce varas presentadas por los príncipes, una sola, la de Aarón, da una extraordinaria prueba de vitalidad: en una sola noche reverdece, florece y produce almendras. Imagen admirable de la resurrección de Cristo, “dando fe a todos” de la gloria de Jesús y la eficacia de su obra (Hechos 17:51). Muchos impostores han pretendido recibir una misión divina. Pero han muerto y jamás han resucitado. Cristo, único hombre que pasó por la muerte “según el poder de una vida indestructible” (Hebreos 7:16), actualmente ejerce en lo alto su santo sacerdocio en favor de los suyos. Además, el fruto producido en cada uno de los que le pertenecen constituye hoy –podríamos decir, fuera de temporada– el testimonio visible hacia un Salvador viviente, aunque todavía oculto.

Luego se coloca la vara de Aarón en el arca (v. 10; Hebreos 9:4), como para recordarnos que la fuente de vida sólo se halla en Cristo.

Números 18:1-19

Mediante la vara que floreció, Dios acaba de confirmar la dignidad de la familia de Aarón. Por esta razón el capítulo 18 vuelve a hablar del sacerdocio y enuncia sus privilegios. Primeramente los hijos de Leví quedan unidos (el significado del nombre Leví) a los sacerdotes. Les son dados a éstos por Jehová como un regalo para el servicio en el tabernáculo (v. 6): imagen del ministerio de la Palabra que instruye al adorador. El capítulo 8 de Nehemías nombra a algunos levitas que enseñan la Palabra al pueblo y bendicen a Jehová juntamente con Esdras. El segundo de estos dones es el servicio mismo (v. 7 final). Lejos de ser un mérito para aquel que lo ejerce, todo servicio es una gracia que Dios nos concede. Pensemos en que somos siervos inútiles (Lucas 17:10). Si el Señor consiente en emplearnos, no es porque nos necesite, sino porque quiere concedernos el gozo de trabajar para él. Finalmente los versículos 8 a 18 enumeran las diversas ofrendas que corresponden a las “cosas santas” traídas por los hijos de Israel. Una vez más somos llamados a nutrirnos y a gozarnos con las diversas ofrendas, figura de Cristo. Eso es a la vez “lo más escogido” y “las primicias” (v. 12), recordándonos el designio de Dios de “que en todo (Cristo) tenga la preeminencia” (Colosenses 1:18).

Números 18:20-32

A todos los dones que acaba de hacer a Aarón y su familia (v. 1-19), Jehová añade el más excelente: se da a sí mismo a los suyos. “Yo soy tu parte y tu heredad”, dice en el versículo 20. “Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa”. “Mi porción es Dios para siempre”, responden respectivamente David y Asaf (Salmo 16:5 y 73:26). El primero de todos los dones que Dios nos ha dado, ¿no es su propio Hijo? Comprendamos juntamente con los levitas que no tenemos otra herencia, otra posesión verdadera en este mundo. Por el contrario, lo tenemos todo en el cielo, puesto que allí se halla Jesús, a quien poseemos. El israelita tenía obligación de dar el diezmo de su renta para el servicio del santuario (Levítico 27:30). Estos diezmos subvenían a las necesidades de los levitas que no tenían ni era, ni lagar (v. 30), ni heredad que hacer producir. Mas no por eso quedaban privados del privilegio de dar parte de sus bienes. A su vez ellos daban el diezmo de todo lo que recibían. En Nehemías 10:37-38 estas instrucciones vuelven a tener vigencia merced a un fiel hombre de Dios.

Con mucho gusto resumimos este capítulo 18 citando un hermoso versículo del Nuevo Testamento: “Todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (1 Corintios 3:22-23).

Números 19:1-10

El sacrificio de la vaca alazana ocupa un sitio aparte en medio del libro del desierto, porque precisamente sólo está previsto en figura para las necesidades del mismo. Como los otros sacrificios, éste representa en ciertos aspectos la persona y la obra de Cristo. Esta vaca alazana, perfecta, sin ningún defecto, y que nunca había llevado yugo, evoca a Aquel que fue la víctima sin mancha y no conoció, como nosotros, el terrible yugo del pecado. Cuando la víctima había sido degollada fuera del campamento, se hacía aspersión de su sangre delante del tabernáculo de reunión (v. 4). Luego era quemada totalmente. La grosura no se ofrecía a Jehová y el sacerdote no comía porción alguna. Por el contrario, las cenizas se recogían y proporcionaban una abundante provisión de agua de purificación, suficiente para lavar todos los pecados de todos los israelitas durante toda la estancia en el desierto. Este sacrificio no corresponde, como los de Levítico 4, a las necesidades de los inconversos, sino a las de los creyentes cuando estos hayan fallado. La obra de Jesús, cumplida una sola vez, es suficiente para purificar de sus pecados y mantener en la comunión a sus redimidos expuestos a la contaminación. El Espíritu Santo aplica por la Palabra (el agua) el recuerdo de los sufrimientos de Cristo (las cenizas) a la conciencia y al corazón del creyente caído.

Números 19:11-22

La virtud del agua que contenía las cenizas de la vaca respondía a las múltiples ocasiones de contaminarse al caminar en el desierto. Tocar un muerto o un simple hueso humano corresponde, para nosotros, al contacto con la corrupción y la violencia de este mundo. La carne puede exteriorizarse en la familia (la tienda: v. 14) y entonces, ¡cuidado con los hijos, estas “vasijas abiertas”, fácilmente escandalizados! (v. 15; Lucas 17:2). Ella puede aparecer fuera, en nuestro trabajo (los campos: v. 16). Un pequeño fraude, una maledicencia, una palabra insensata o un chiste indecoroso (Efesios 5:4) pueden formar una lista de esos “huesos humanos”, manifestaciones carnales sobre las cuales a menudo pasamos sin prestarles la menor atención. ¡Pues bien!, el creyente se mancha por medio de semejantes faltas. Éstas no parecen ser muy graves a ojos de los que no conocen a Jesús. Pero nosotros que lo amamos las tomamos en serio porque sabemos que, para expiar tan sólo la más mínima de ellas, fueron necesarios sus sufrimientos y su muerte. En cada ocasión debemos renovar aquello que corresponde a ese largo trabajo de purificación: juzgarnos a nosotros mismos a la luz de la Palabra de Dios y experimentar la eficacia de la obra de Cristo.

Números 20:1-13

¡Nada de agua! Vuelven las murmuraciones. El pueblo se junta nuevamente y contiende como lo hizo en Meriba (Éxodo 17). ¿Realmente no ha hecho ningún progreso desde el comienzo de su experiencia en el desierto, a pesar de las manifestaciones del amor de Dios? “¿Por qué… y por qué…?” (v. 4-5). ¿No hay agua? Sin embargo, la roca sigue estando allí. Jehová se ve obligado a recordárselo incluso al mismo Moisés. Pero no son los “¿por qué?” los que pueden hacer fluir el agua. A esta roca hay que hablarle. Ello es una hermosa figura de la oración, ¿no le parece? Dios podría darnos todo lo que nos es necesario sin esperar a que carezcamos de ello. Pero desea que se lo pidamos para recordarnos que dependemos de él. Aquí Moisés tiene una actitud equivocada. En vez de hablar a la roca, como se lo había mandado Jehová, la golpea lleno de impaciencia. Es un gesto aparentemente de poca importancia, ¡pero muy grave por lo que significa! Ya se había asestado un golpe a la roca en Horeb (Éxodo 17:6), y eso no debía repetirse más. Así mismo Cristo en la cruz recibió una vez para siempre los golpes del juicio divino. En adelante ya no tiene que sufrir ni morir. Su obra basta para dar en abundancia agua viva a los suyos a lo largo del desierto. Pero tenemos que hablarle. ¿Lo hacemos?

Números 20:14-29

Para trasladarse del desierto a las llanuras del Jordán, rodeando el Mar Muerto, es necesario atravesar Seir, la tierra de Edom. Recordando su afinidad con ese pueblo (Esaú, antepasado de Edom, fue hermano de Jacob), Israel le pide permiso para pasar. Pero Edom responde seca y amenazadoramente. ¡Qué dureza de corazón! La fatiga de su hermano (v. 14) lo deja insensible. El egoísmo y el temor a ser molestado pueden más que cualquier otro sentimiento. Edom con su rey representan al mundo y su príncipe; éstos quieren impedir que los hijos de Dios alcancen el cielo, su morada.

¡Es bella la petición de Israel! Atestigua su condición de antaño y lo que Dios ha hecho por él. Dice a Edom que no necesita nada; tan sólo pasará “a pie” sin pedir nada a nadie. Ni los campos, ni las viñas (para nosotros, los asuntos de la vida y los goces del mundo), ni los pozos de Edom pueden atraer ni desviar a un pueblo que va camino a su patria, ya que ha vuelto a encontrar la roca.

Tal como Jehová lo había anunciado en el versículo 12, Aarón muere antes de entrar en Canaán, y su sucesión es asegurada por su hijo Eleazar.

Números 21:1-15

La victoria de Horma se obtiene cuarenta años después de la derrota que lleva el mismo nombre (cap. 14:45). Es triste comprobar que inmediatamente después surge el desánimo: “No hay pan ni agua” (v. 5). El maná no escasea, pero es despreciado. La roca ha sido golpeada, pero se olvida hablarle. ¡Imagen clara de lo que se produce cuando descuidamos tanto la Palabra como la oración! No utilizar estos recursos es hundirse en el desánimo y en las quejas, es exponerse a los ataques de Satanás. La mordedura de las serpientes lleva a Israel a sentir y a confesar sus pecados. Moisés intercede una vez más y Jehová prescribe un remedio: la serpiente de bronce colocada en un asta. Una sola mirada hacia ella traía la curación. El Señor Jesús, en su charla con Nicodemo, explica el alcance espiritual de este episodio del desierto. La serpiente de bronce levantada por Moisés es el Hijo del Hombre levantado en la cruz, es Cristo hecho pecado por nosotros (2 Corintios 5:21), asimilado al poder del mal para sufrir la condenación del mismo. ¡Tal es la medida del amor de Dios por el mundo! (Juan 3:14-16). Querido amigo que lee estas líneas, ¿ha dirigido su mirada de fe hacia la obra del Salvador hecha en la cruz? ¿Tiene la vida eterna?

Números 21:16-35

Al mandato de Jehová, el pueblo se reúne en torno al pozo Beer. Príncipes y nobles cavan y el agua brota de unas fuentes profundas para refrescarlos a todos. Es una figura de los tesoros de la Palabra que los siervos de Dios han sacado a la luz para enriquecernos a nosotros. Nos sentimos beneficiarios del ministerio escrito que nos han dejado esos conductores. Hombres de labor fecunda (los que trabajan están a la cabeza, o nos presiden en el Señor, según 1 Tesalonicenses 5:12), “príncipes del pueblo”, tales como los de Berea –más nobles que los de Tesalónica– (Hechos 17:11), se dedicaron al estudio de las Escrituras. Esa es la nobleza que la Biblia reconoce y propone, porque cada hijo de Dios es invitado a escudriñar las Escrituras (Juan 5:39). El refrigerio espiritual saboreado en torno al pozo ha regocijado el corazón del pueblo. “¿Está alguno alegre? Cante alabanzas” (Santiago 5:13). Israel canta. Desde el Mar Rojo, cuarenta años atrás, no vemos que lo haya hecho (aparte de los cantos y bailes profanos en torno al becerro de oro). Las murmuraciones por fin cedieron lugar a la alabanza. Juntamente con el gozo, Israel también halló fuerzas (Nehemías 8:10 final), las cuales despliega librando sus primeras batallas contra Sehón y Og; en éstas obtiene brillantes victorias.

Números 22:1-20

Dejemos un momento a Israel para ver lo que sucedía entre sus enemigos. Asustadísimos, la gente de Moab y su rey Balac vieron cómo Israel subía del desierto, cubriendo la tierra y acampando frente a ellos. Temen por sus cosechas y desprecian a este pueblo que podría lamer su tierra “como lame el buey la grama del campo”. Moab no debe temer, porque cuando el maná, el Pan de vida, es apreciado por el pueblo de Dios, lo que el mundo posee no lo atrae para nada. Para vencer a Israel, Balac tiene la idea de emplear medios sobrenaturales. Pide ayuda al adivino Balaam, de cuya reputación está enterado. Éste personifica a un clérigo complaciente que se deja alquilar “por lucro” (Deuteronomio 23:4; Judas 11). Balaam se halla en un dilema, por un lado, desea merecer las riquezas y los honores prometidos por los embajadores de Balac y, por el otro, siente que no puede ir más allá de la voluntad del Dios soberano, a quien teme. Dios visita a Balaam de noche y le declara tajante y categóricamente: “No vayas… ni maldigas al pueblo, porque bendito es” (v. 12). Esperando poder inducir a Jehová para que se retracte de su declaración, el profeta infiel olvida que Dios no cambia (comp. cap. 23:19). Y cuando la segunda comitiva llega, se le permite ir adonde su corazón codicioso lo empuja.

Números 22:21-41

Balaam aparejó su asna y salió con el corazón alegre calculando de antemano su salario de iniquidad. Pero ante Dios, su camino es perverso (v. 32), conduce a la perdición. Balaam finge obedecer a Dios cuando en realidad es tentado por “su propia concupiscencia” (Santiago 1:14). Dios quiere dárselo a entender y le habla de manera milagrosa por medio de su asna. ¡Trabajo inútil! Entonces el Ángel se deja ver y lo reprende (leer 2 Pedro 2:15-16). Más loco y más ciego que su misma asna, Balaam se obstina y Jehová lo deja seguir adelante. ¿A veces no ocurre que, para detenernos, Dios se opone en el camino de nuestra propia voluntad? Suscita obstáculos, trabas que tienen su propio lenguaje, si es que sabemos escuchar. Son tantas ocasiones que sirven para que nos preguntemos si el Señor no se está oponiendo a un proyecto que desaprueba.

El Nuevo Testamento menciona “el camino de Balaam” (2 Pedro 2:15), luego su “error” (Judas 11) y finalmente su “doctrina” (Apocalipsis 2:14). La propia voluntad extravía cada vez más.

Ahora Balac y Balaam se han unido para su obra malévola. Juntos estos dos cómplices son figura del malvado rey llamado “la bestia”, y del falso profeta o anticristo, quienes en los tiempos apocalípticos se verán empujados por Satanás contra Israel y contra Dios (Apocalipsis 13).

Números 23:1-12

Balaam, que ya ha obtenido libertad para ir adonde quería, desearía que Dios le permitiera decir lo que él quiere decir. Pero a pesar suyo, y a la ira de Balac, sus cuatro discursos sentenciosos se cambian por gloriosas bendiciones. Tal es también el efecto final de las presentes acusaciones de Satanás contra los redimidos del Señor (Apocalipsis 12:10). Tal como nos lo enseña la historia de Job, Dios permite que semejantes ataques se conviertan en bien para los suyos. Notemos que todo sucede en el monte, mientras el pueblo que está en la llanura lo ignora; desconoce tanto las intenciones funestas del enemigo como la manera en que Dios las hace fracasar.

“Este pueblo habitará solo” (v. 9; V.M.); éste es el primer carácter de Israel, a saber, ser un pueblo separado para Dios. Lo mismo sucede con la verdadera Iglesia y con cada creyente. El cristiano está moralmente separado de un mundo juzgado. Está separado para el Señor. “Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como la suya”, desea Balaam (v. 10). Pero para morir como los hombres justos es preciso haber vivido la vida de los mismos. Ahora bien, Balaam, como muchos otros, es un hombre de doble ánimo que intenta servir a dos amos. Profesa temer a Jehová y ofrece el número perfecto de sacrificios, pero al mismo tiempo se deja llevar por las concupiscencias de su propio corazón.

Números 23:13-30

“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará?” (Romanos 8:33-34). Como para burlarse del acusador, Dios hace proclamar al mismo Balaam, desde lo alto de la montaña, que él no ha “notado iniquidad en Jacob, ni ha visto perversidad en Israel”. Al leer el versículo 21, uno no puede dejar de preguntarse: ¿Cómo puede Dios afirmar lo que tan manifiestamente se ve desmentido por los hechos? ¿Acaso ha olvidado las murmuraciones, las codicias, la idolatría, la rebelión? El versículo 23 nos da la respuesta: “A su tiempo será dicho de Jacob y de Israel: ¡Mirad lo que ha hecho Dios!” (V.M.). Mientras el pueblo iba acumulando pasos en falso en el desierto, Jehová cumplía la obra necesaria a fin de hacerlo apto para entrar en el país. Se había ocupado de todos los pecados de los suyos dando los sacrificios, el sacerdocio, la serpiente de bronce y otras tantas imágenes de la obra de Jesús. De manera que si Dios habla así, no es por falta de memoria ni por pasar con indulgencia sobre el mal. Es porque al contemplar a su pueblo, ve su propia obra. Constantemente tiene ante sus ojos la obra de su Hijo, y no sería fiel y justo hacia este perfecto Salvador si todavía imputase la menor falta a aquellos, a quienes él ha lavado con su sangre (1 Juan 1:9).

Números 24:1-13

Para pronunciar su tercera profecía, Balaam se abstiene de los anteriores agüeros (v. 1). Hombre entregado al espiritismo, instrumento habitual de los demonios, se ve forzado a pronunciar los oráculos que Dios pone en su boca. Y cuanto más se obstina Balaam, tanto más bendecido es el pueblo. El versículo 5 constata no solamente la ausencia de iniquidad en Jacob (la gracia), sino la admirable belleza de las tiendas de Israel (la gloria). En medio de estas tiendas se alzaba la de Jehová mismo, la morada de su gloria, de manera que todo el campamento era hecho partícipe de esta gloria.

La Iglesia sigue en el desierto, pero Dios ya la contempla según su relación con su muy amado Hijo. Ella es la Esposa de Cristo; a sus ojos está revestida con todas las perfecciones de su Esposo divino. Dios nos invita a mirar a la iglesia y a cada hermano o hermana individualmente desde “la cumbre de las peñas” (cap. 23:9), es decir, del mismo modo que él los ve desde el cielo. Entonces tendremos de ellos una visión completamente distinta. Veremos brillar la belleza del vestido de justicia con el cual el Señor ha revestido a los suyos. Notaremos en ellos unos reflejos de las glorias de Jesús. Y si hay situaciones penosas, porque tampoco podemos evitar verlas, ello será otra ocasión más para admirar la grandeza de la paciencia y del perdón divinos.

Números 24:14-25

Esta última profecía del adivino Balaam comienza por un oráculo sobre sí mismo. ¡Cuán responsable es ese hombre! Según sus propias declaraciones, oyó los dichos de Jehová, sabe la ciencia del Altísimo. ¡Vio la visión del Omnipotente! Muchos que profesan ser cristianos dirán: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre?...” (Mateo 7:22-23). Pero compartirán la suerte final de Balaam, porque el conocimiento de las verdades bíblicas no habrá tenido ningún efecto sobre sus conciencias. Tener “abiertos los ojos”, es decir, la capacidad para ver a Jesús, pero no querer hacerlo “ahora”, conllevará a tener que mirarlo mas “no de cerca” en un futuro. ¡Qué porvenir trágico! Eso le sucedió al hombre rico de la parábola que contemplaba atormentado la felicidad de los elegidos (Lucas 16). “Todo ojo le verá” (Apocalipsis 1:7), pero no en las mismas condiciones. ¿Cuándo y cómo verá usted al Señor?

Ante Balaam, el hombre “caído en éxtasis” (v. 16, V.M.), se desarrolla todo un panorama profético. Una estrella brillante lo ilumina: Cristo, el rey de gloria. Su aparecimiento corresponderá al juicio sobre las naciones vecinas de Israel: en primer lugar Moab mismo. Jesús es esta espléndida Estrella de la mañana que anuncia al alba (Apocalipsis 2:28; 22:16 final). Todavía invisible para el mundo, ya ha salido en el corazón del redimido (2 Pedro 1:19 final).

Números 25:1-18

Cuando lleguemos al capítulo 31:16 comprenderemos mejor lo que sucede en este pasaje. En la mente de Balaam, a quien se le ha escapado la recompensa tan ansiada, se va germinando una idea diabólica. Él mismo había anunciado que Dios no percibía iniquidad ni injusticia en Israel (cap. 23:21). ¡Pero no importa, se dice a sí mismo, hay que inducir a este pueblo a pecar! De esta manera Dios se verá obligado a maldecirlo. ¿Acaso no es una nación que debe morar sola y confiada? (cap. 23:9). Pues bien, incitémosla a que se mezcle con los demás pueblos. Así Balaam enseña “a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación” (Apocalipsis 2:14). De esta tenebrosa maquinación resulta el triste y humillante asunto de Baal-peor. Esto nos muestra que las invitaciones del mundo son más peligrosas que sus maledicencias. El pueblo cae en la trampa tendida por Moab y su aliado Madián. Es necesario el celo de Finees para apartar la ira de Jehová y detener la mortandad. Su actitud recibe inmediatamente una recompensa. ¡Cuán agradable es para el Señor cuando un joven, en medio de la decadencia moral generalizada, ha mantenido puro su camino y valerosamente ha tomado posición por Cristo!

Números 26:1-65

Cuarenta años han transcurrido desde el censo del capítulo 1. Jehová hace tomar nuevamente el censo, esta vez por familias, “de toda la congregación de los hijos de Israel”. La comparación de estos dos censos, al principio y al final del desierto, pone en evidencia las consecuencias desastrosas e irremediables de las faltas cometidas. La tribu de Simeón, más culpable que las otras en el asunto de Baal-peor (cap. 25:14), quedó diezmada. Es, pues, necesaria una reducción proporcional de la herencia en Canaán ya que, según las instrucciones que Jehová da a Moisés: “A los más darás mayor heredad, y a los menos menor” (v. 54). Esa verdad nos habla a todos: una marcha desfalleciente conlleva una pérdida eterna y puede privar a un cristiano de su “corona” (Apocalipsis 3:11). Desde Rubén hasta Neftalí, el censo se hace en el mismo orden que la primera vez, según las banderas de las tribus (cap. 2). El total, casi idéntico (v. 51; cap. 1:46), hace resaltar el poder de la gracia de un Dios que se ocupó de este inmenso ejército de seiscientos mil hombres, sin contar a las mujeres y los niños, durante cuarenta años a través del desierto. Dios nunca se ha sentido sobrecargado por las necesidades de los suyos, y cuidará de cada uno de nosotros hasta nuestro último día en este mundo.

Números 27:1-11

Ayer vimos que se debía hacer el censo de los hombres únicamente. Sin embargo, he aquí algunas mujeres a las que se les dedica todo un párrafo y, más adelante, todo el capítulo 36. ¿Qué tienen de notable esas cinco hijas de Zelofehad para que se hable tanto de ellas? Podrían parecernos descaradas por atreverse a presentarse ante Moisés, Eleazar, los príncipes y toda la asamblea, para reclamar una parte de la herencia. ¿No se trataría otra vez de murmuraciones como las que tan a menudo se habían oído en medio del pueblo? ¡En absoluto! Las murmuraciones expresaban el pesar que se sentía por la pérdida de lo que se dejaba atrás, en Egipto, mientras que la petición de estas mujeres surge por el apego que tienen hacia lo que hay por delante: la tierra prometida. Por eso el mismo Jehová lo aprueba abiertamente. Como respuesta a Moisés, quien “llevó su causa delante de Jehová”, declara: “Bien dicen las hijas de Zelofehad”. ¡Qué ejemplo dan ellas a quienes han tenido padres cristianos! Preguntémonos si “la herencia de nuestros padres”, lo que era el objeto y la ferviente expectación de las generaciones precedentes, posee el mismo atractivo y tiene el mismo precio para nuestro corazón (comp. con 1 Reyes 21:3).

Números 27:12-23

En este pasaje Jehová habla con su siervo Moisés sobre el final de su carrera. A causa del error que Moisés cometió junto a las aguas de Meriba, no le será permitido introducir al pueblo en la tierra prometida. Lo que enseguida inquieta al siervo de Dios, es que Israel podría quedar sin conductor. En lugar de pensar en sí mismo, intercede nuevamente en favor del pueblo pidiendo que éste no sea cual rebaño sin pastor (v. 17). El mismo pensamiento ocupaba el corazón del Señor Jesús. Contemplémosle en Mateo 9:36: “Tuvo compasión” por las multitudes que lo rodeaban, “porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor”. Sin embargo, ¿no estaba él, el buen Pastor, en medio de ellas? Sí, pero no lo querían.

Como respuesta a la petición de Moisés, Jehová designa a Josué, “hombre en quien está el Espíritu” (v. 18, V.M.). En el interior de la tienda, fuera del campamento, desde su juventud Josué había aprendido a conocer a Jehová (Éxodo 33:11). Más tarde cumplió con fidelidad una misión de alta confianza: la exploración de la tierra prometida. En fin, como Moisés en su tiempo, Josué también fue formado durante cuarenta años en la escuela del desierto, la larga escuela de la paciencia. Solamente entonces Dios lo llama para el servicio que le tiene reservado, el de introducir al pueblo en Canaán.

Números 28:1-31; Números 29:1-39

En los capítulos 28 y 29 los sacrificios no vienen clasificados según su significado, sino según las ocasiones en las cuales se debían presentar. Ejercitémonos, queridos hijos de Dios, en hacer de toda circunstancia una ocasión para dar gracias (1 Tesalonicenses 5:18).

En el capítulo 29 se habla de las ofrendas del séptimo mes y, a partir del versículo 12, vemos que día a día disminuía el número de becerros ofrendados. Ello sugiere aquellos períodos de nuestra vida durante los cuales la persona de Jesús puede, si no velamos, perder poco a poco su valor para nuestras almas. Proféticamente, este capítulo 29 se cumplirá durante el reinado de mil años. Muchos no se someterán a la autoridad del Señor Jesucristo sino por la fuerza (Salmo 18:44), de manera que un ocaso general en la apreciación de las glorias de Cristo conducirá a la sublevación de Gog y Magog (Apocalipsis 20:7-10).

Observemos el contraste que hay entre el sitio ocupado por el holocausto (trece becerros, catorce corderos…) y el del sacrificio por el pecado: solamente un macho cabrío. El énfasis se hace, en efecto, sobre la plena y continua satisfacción que Dios halla en Cristo: Él es su ofrenda, su pan en olor grato (cap. 28:2).

Números 30:1-17

Después de los sacrificios necesarios de los capítulos 28 y 29 encontramos aquí los votos por los cuales un israelita se comprometía espontáneamente con Jehová. Cuando un hombre hacía un voto, obligatoriamente tenía que cumplirlo. Eso se llamaba pagar sus votos (Salmo 22:25; 116:14, 18). Una mujer no era tan responsable si vivía con su padre o con su marido. Éstos podían anular el voto que desaprobaban.

Este capítulo recuerda con qué presunción Israel se colocó bajo la ley, comprometiéndose a hacer todo lo que Dios había dicho. “Mejor es que no prometas –aconseja el predicador–, y no que prometas y no cumplas” (Eclesiastés 5:5). De modo general, cuán importante es que todo lo que decidimos pueda ser confirmado en el cielo, aprobado por el Señor. Santiago nos enseña a subordinar todos nuestros proyectos a esta reserva: “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello” (Santiago 4:15). Y en cuanto a los juramentos mencionados en el versículo 3, el mismo escritor prescribe: “No juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ningún otro juramento; sino que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no…” (cap. 5:12; ver también Mateo 5:33-37).

Números 31:1-54

Por incitación de Balaam, las mujeres de Moab y Madián lograron arrastrar a Israel a adorar sus ídolos. Mas ha llegado la hora del castigo. La venganza sobre los madianitas es despiadada; este pueblo queda casi aniquilado. Para nosotros ello es imagen de la diligencia con la cual somos llamados a cortar y a echar lejos de nosotros todas las ocasiones de caer (Mateo 5:27-30). Si sentimos, por ejemplo, que el trato con alguien encierra un peligro para nuestra alma, no vacilemos en cortarlo por lo sano, no importa lo que piense dicha persona.

Los versículos 25 a 54 sugieren los felices resultados que podemos esperar al “exterminar” lo que sirve de lazo para nuestras almas. Lejos de empobrecernos (no falta ni un solo combatiente), podemos adquirir un gran botín espiritual, del cual se beneficia “toda la congregación” (v. 27), y Dios también recibe su porción en forma de acciones de gracia.

Balaam también murió a filo de espada (v. 8). No conoció “la muerte de los rectos” (25:10), ni disfrutó mucho tiempo de la recompensa por la cual había vendido su alma. Tal es el fin de un camino perverso, de un camino que conduce a la perdición. “Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Mateo 16:26).

Números 32:1-15

Llegados a la frontera de Canaán, los hijos de Rubén y de Gad se presentan ante Moisés y los príncipes con una triste petición: “No nos hagas pasar el Jordán” (v. 5). Moisés, indignado, inmediatamente piensa en Cades-barnea, cuarenta años antes. ¿Será una vez más la incredulidad, el miedo que les infundan los gigantes y las ciudades fortificadas lo que haga retroceder a estas dos tribus? ¡No!, hay otra razón inesperada: ¡sus rebaños! La victoria sobre los madianitas les otorgó un botín considerable (cap. 31). Rubén y Gad tienen “una muy inmensa muchedumbre de ganado”. Por eso sus ojos se dirigen hacia los ricos pastos de la tierra de Galaad y quieren establecerse allí.

A estas dos tribus se añade también “la media tribu de Manasés hijo de José” (v. 33). Para ellos, una instalación inmediata en unas condiciones ventajosas y cómodas tiene más atractivo que la tierra prometida por Jehová. Así son muchos cristianos, ¿nos damos cuenta de ello? Sin duda alguna son salvos; forman parte del pueblo de Dios. Pero las cosas de la vida diaria les interesan más que la eternidad. Tienen un cristianismo terrenal, un corazón dividido. Para ellos el cielo no tiene valor presente. ¿No es esto mostrar poco amor hacia Aquel que se halla allí?

Números 32:16-42

Ofreciéndose para ayudar a sus hermanos en la conquista de la tierra de Canaán, los hijos de Rubén y de Gad dan muestras de celo, de valentía e incluso de abnegación. Pero eso no reemplaza, a los ojos de Jehová, el amor hacia él y por el país que les ha dado. Los guerreros de estas dos tribus conocerán la tierra prometida y pasarán el Jordán para ayudar a sus hermanos. Pero sus mujeres y sus niños jamás entrarán en ella. Por su culpa, éstos no gozarán de la promesa de Jehová (cap. 14:31). Recordemos también que en otro tiempo el Faraón intentó impedir que los niños saliesen de Egipto (Éxodo 10:10). Ahora los propios padres obstaculizan la llegada de sus hijos a Canaán. “Dejad a los niños venir a mí –ordena el Señor Jesús–, y no se lo impidáis” (Marcos 10:14). ¡Desgraciadamente existe más de un medio para impedir que un niño se acerque a Jesús!

En el territorio de Galaad, indiscutiblemente los rebaños prosperarán, pero no ocurrirá lo mismo con las familias; éstas decaerán, tal como lo demuestra la historia de estas tribus.

Queridos amigos, ¿qué es más importante: la prosperidad de nuestros negocios o la de nuestra alma? Ellas casi nunca pueden ir juntas.

Números 33:1-36

Llegados a la frontera del país, Moisés y los hijos de Israel son invitados a mirar hacia atrás. ¡Cuánto camino han recorrido desde la gran noche de la pascua! Al lado de unas felices y hasta gloriosas etapas –Pi-hahirot y el paso del Mar Rojo, Elim con sus fuentes y sus palmeras–, cuántos nombres sonaban dolorosamente: Sin y sus murmuraciones, Refidim y sus altercados, el Sinaí con el becerro de oro, Kibrot-hataava con las codicias y el triste asunto de las codornices… Estas etapas jalonan miserablemente el trayecto del desierto como lecciones necesarias para enseñar a Israel –y a cada uno de nosotros– a conocer poco a poco su malvado corazón. Sin duda, el pueblo hubiese deseado borrar algunos de estos nombres de su itinerario. Moisés hubiese tenido razones personales para silenciar lo de Cades, con las aguas de Meriba. ¡Pero eso no era posible! No podemos hacer desaparecer nuestra historia, incluyendo las faltas pasadas, como tampoco podemos volver atrás para retomar una sola hora de nuestra existencia. Lo que sí podemos hacer es recordar las lecciones aprendidas en el camino, la paciencia y la misericordia de Aquel que nos ha perdonado todo.

Números 33:37-56

Desde hace mucho tiempo el viento del desierto ha borrado las pisadas del largo peregrinaje. Pero en el Libro de Dios cada paso ha sido anotado: “Salieron… y acamparon… salieron… y acamparon”. Unos pocos versículos rápidamente leídos resumen cuarenta años y un número igual de etapas, de las cuales muchas no son mencionadas sino aquí. Pero aunque no sepamos nada más, a Dios le pareció bien inscribir cada nombre en su santo Libro, como para recordarnos este versículo conmovedor: “¿No ve él mis caminos, y cuenta todos mis pasos?” (Job 31:4).

Para nosotros también, el tiempo ha borrado el recuerdo de la mayor parte de nuestro pasado. ¿Podríamos contar todo lo que hicimos ayer sin olvidar ni el más mínimo detalle? Ciertamente no, pero el Señor lo sabe todo. Nada se le ha escapado. Existe como una especie de película de nuestra vida. En el “tribunal de Cristo” (2 Corintios 5:10) ésta será proyectada ante nuestros ojos en la plena luz de Dios. ¡Qué pensamiento más serio! Si ello sucediera ahora, ninguno de nosotros podría soportarlo. Pero estando cerca de Jesús, no conoceremos la vergüenza ni tendremos temor de ningún juicio. Allí sólo habrá sitio para el sentimiento indecible de la grandeza de su gracia, fuente de una eterna adoración.

Números 34:1-29

Después de haber mirado hacia atrás juntamente con Israel, Jehová lo invita a volver su mirada hacia adelante, a la meta de su largo viaje. Ciertas personas se ocupan incesantemente del pasado. Lamentan una y otra cosa, o bien, se jactan de lo que ellas han hecho. Mas lo que debe ocupar al creyente es lo que Dios ha hecho. Puede, en su corazón, dar mil respuestas a la inquietud de Balaam: “¡Lo que ha hecho Dios!” (cap. 23:23). Pero al mismo tiempo mira hacia adelante, en dirección de su patria. Los límites de la herencia estaban trazados para Israel por la misma mano divina que había dirigido su viaje.

Para nosotros, hijos de Dios, la casa del Padre ha sido preparada. El Señor no nos deja en la incertidumbre; de no ser así, él nos lo hubiera dicho. Hay muchas moradas en la casa de su Padre, a donde ha ido a prepararnos un lugar (Juan 14:2).

A Israel, Jehová sólo indica el contorno, las fronteras de su tierra. Y el cristiano por su parte apenas sabe más sobre su patria celestial. La Biblia no nos describe el cielo con muchos detalles, pero lo que sabemos nos basta. Es la casa del Padre, la de nuestro Padre. Allí se halla el Señor Jesús, y con él estaremos siempre.

Números 35:1-15

En la tierra de Canaán, dentro de los límites que se acaban de trazar, cada tribu recibirá su posesión, excepto los hijos de Leví. Según la profecía de Jacob, éstos debían ser dispersados en Israel a causa de la mala conducta de su padre (Génesis 49:7). Pero, por la gracia de Dios, este castigo se convertirá en bendición. Cuarenta y ocho ciudades repartidas en todo Israel serán atribuidas a los hijos de Leví. Cada tribu deberá darles algunas en proporción con su herencia. Así esos levitas, siervos de Jehová y de sus hermanos, encargados particularmente de enseñar la ley, serán llevados a ejercer un ministerio en beneficio de todo el pueblo.

A continuación se habla de las ciudades de refugio para el homicida. La ley en todo su rigor exigía la sangre por la sangre, independientemente de que ésta hubiese sido derramada intencionalmente por odio o, al contrario, involuntariamente. Pero para responder a este último caso, Jehová había dado, junto con la ley, una promesa (léase Éxodo 21:12-13). Se había comprometido a proveer un asilo en el que el responsable de la muerte de otra persona fuera autorizado a huir para salvar su vida. Bella ilustración del refugio que Dios ofrece al pecador culpable. Ello nos recuerda que “el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree” (Romanos 10:4).

Números 35:16-34

Bajo el aspecto profético, la ciudad de refugio para el homicida protege al pueblo judío que crucificó a su Mesías sin medir el alcance de su crimen (Lucas 23:34). Desde entonces, es guardado providencialmente por Dios lejos de su herencia, hasta el final del período actual, esto es, mientras Cristo es sacerdote según el tipo de Aarón.

De hecho, toda la humanidad es culpable de la muerte del Hijo de Dios. Pero, en su infinita misericordia, Dios ha dado al hombre un refugio contra su propia ira, y este refugio no es otro que la víctima misma. Jesús es Aquel “quien nos libra de la ira venidera” (1 Tesalonicenses 1:10).

Cristo, representado en este capítulo a la vez por la víctima y por la ciudad de refugio, también lo es por el sumo sacerdote, cuya muerte señalaba el momento del retorno del homicida a la tierra de su posesión en plena seguridad (v. 28).

El versículo 31 afirma que ningún rescate, por elevado que fuese, podía sustituir, para el homicida, al medio de salvación que Jehová había provisto. Ni dinero, ni oro (1 Pedro 1:18), como tampoco las buenas obras (Efesios 2:9) pueden reemplazar para el pecador la cobertura que halla en Jesucristo. “En ningún otro hay salvación…” (Hechos 4:12).

Números 36:1-13

Aquí volvemos a encontrar a las cinco hijas de Zelofehad. Los jefes de la tribu de Manasés hablan nuevamente a Moisés y a los príncipes sobre esta cuestión hereditaria aparentemente de poca importancia. ¿De qué se trata? Cada tribu debía poseer su propio territorio. Pero en un caso como éste, en el que una mujer recibía una parte, su casamiento con un hombre de otra tribu habría hecho pasar la herencia a la tribu de su marido. Mas no debía ser así. Moisés arregló este problema de parte de Jehová. Los casamientos se formarían entre personas de una misma tribu. Jóvenes, chicos y chicas que pertenecen al Señor, ¡esta instrucción les concierne! El matrimonio puede hacerles perder el disfrute de su herencia celestial. Si la persona a la que piensa unirse un día no comparte su fe, ¡por nada del mundo se comprometa en semejante camino!

Resulta interesante que este libro del desierto se clausure con una nota concerniente a la herencia. En efecto, aún no se había pasado el Jordán. ¿Acaso no tendrían suficiente tiempo para pensar en ello? Así no es el pensamiento de Dios. Él nos ocupa desde ahora con nuestra patria celestial, porque su deseo es que nuestro corazón se llene de ello.

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