Miqueas

Miqueas 1:1-16

Miqueas es contemporáneo de Isaías, Oseas y Amós. Como ellos, profetiza durante los reinados de Jotam, Acaz y Ezequías. La lamentable historia de Acaz, relatada en 2 Reyes 16, y la de los malos reyes de Israel justifican ampliamente las fuertes palabras que Jehová pronuncia aquí, tomando la tierra como testigo. Reivindica su santidad y proclama mediante sus juicios que no tiene nada en común con las iniquidades de Samaria y Jerusalén.

A partir del versículo 8 comprobamos cómo Miqueas toma a pechos el sufrimiento de su pueblo. “No lo digáis en Gat…” suplica él (v. 10; 2 Samuel 1:18-20). Esta cita del cántico del Arco (V.M.) recuerda que los enemigos del Señor —aquí los filisteos— siempre están dispuestos a regocijarse a causa de las faltas del pueblo de Dios, hallando en ellas una fácil excusa para sus propios pecados. Por eso, cuando nos enteramos de algo enojoso respecto de otro creyente, tampoco lo contemos ligeramente. De ello resultaría deshonra para la Asamblea y, por ende, para el nombre del Señor.

Hasta el versículo 16 asistimos a la marcha triunfal del asirio, pueblo que Jehová emplea para ejercer su justicia. En esa oportunidad, el nombre de cada una de las ciudades invadidas tiene un trágico significado.

Miqueas 2:1-13

El capítulo 21 del primer libro de Reyes nos cuenta cómo el impío Acab codició la heredad de Nabot, de la cual se apoderó con violencia y abuso de poder (véase Miqueas 6:16). Contra los que planean el mal (la iniquidad; v. 1), Jehová medita el mal (el castigo; v. 3). Pero, en contraste, subrayemos la pregunta del versículo 7: “¿No hacen mis palabras bien al que camina rectamente?” ¿Podemos contestar por experiencia: —Sí, Señor, tus palabras hacen bien; son el gozo de mi corazón? (Jeremías 15:16; Juan 6:68).

“No es éste el lugar de reposo” prosigue el profeta (v. 10). Y en efecto, el mundo es tan inquieto y febril que toda persona sincera debe convenir en que el verdadero reposo no existe en la tierra. Aquí Dios nos da la razón de ello: es a causa de la contaminación moral y espiritual. Así como Jesús no tuvo un lugar donde recostar la cabeza en un mundo arruinado por el pecado, tampoco sus redimidos pueden sentirse a gusto en medio de lo que deshonra a Dios.

En cuanto a usted, quien tal vez todavía no haya hecho la experiencia de que el mundo no puede dar la paz, sepa que existe un lugar de reposo para el alma cansada. ¿Dónde hallarlo? Junto a Jesús. “Venid a mí” —invita el Salvador— “y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

Miqueas 3:1-12

El capítulo 2 ya mencionaba a los malos profetas. ¿Cómo se los distinguía? Procuraban hacer callar a los verdaderos siervos de Dios tales como Miqueas e Isaías. Adaptaban sus discursos a las codicias del pueblo para ganar su favor (comp. Romanos 16:18). Halagaban las pasiones de sus oyentes (cap. 2:11) y adormecían las almas en una falsa confianza. Para colmo, además de la popularidad, sacaban dinero de ello (v. 11). Tenían una insaciable avidez y sus mentiras se vendían muy caro (v. 5; Isaías 56:11; Jeremías 6:13). Pero su tarea era tanto más fácil que el mundo, —de manera general y para cubrir sus malos hechos— sólo pide que se amontonen “maestros conforme a sus propias concupiscencias” (2 Timoteo 4:3). Veamos al rey Acab, ya tristemente citado en el comentario anterior: 400 profetas le engañaban para consentir su deseo; los escuchaba… mientras echaba en la cárcel a otro Miqueas, el único en decirle la verdad (1 Reyes 22; 2 Crónicas 18).

El siervo de Dios está “lleno de poder del Espíritu de Jehová” (estado que debería caracterizarnos a todos: v. 8; Efesios 5:18 fin). Advierte a los responsables del pueblo: los jefes y capitanes. Jeremías 26:17-19, citado en nuestro versículo 12, nos refiere cuál fue el saludable efecto de esta profecía.

Miqueas 4:1-13

Cuando se ha demostrado la incapacidad del hombre, para Dios ha llegado el momento de manifestarse. Cuando se ha establecido que “no es éste el lugar de reposo”, Jehová puede hablarnos de su propio reposo. Hoy en día se despliegan muchos esfuerzos a favor de la paz. En el mejor de los casos son el resultado de una ilusión tan ingenua como generosa; en el peor, de una culpable confianza en el hombre, y siempre de la ignorancia de la Palabra de Dios. Por eso tales esfuerzos están finalmente destinados al fracaso. El mundo gozará de la paz sólo cuando Dios se la haya dado. ¿Y cuándo lo hará? No antes que hayan sido reconocidos sus derechos. Pero entonces, ¡qué cambio! Todos los ídolos serán barridos. La admiración por las obras del hombre dejará lugar a la gloria tributada a Dios. A un mismo impulso todos los pueblos le rendirán homenaje y buscarán junto a él la sabiduría y el conocimiento. Creyentes, tenemos el privilegio de hacerlo desde ahora. “Subamos” a ese lugar en el cual el Señor prometió su presencia. Él “nos enseñará en sus caminos”, se agrega. ¡Qué pérdida resulta si descuidamos las reuniones en las que la Palabra es explicada y meditada! Pero no olvidemos lo que debe seguir a ello: “y andaremos por sus veredas” (v. 2; Santiago 1:22).

Miqueas 5:1-15

Dios acaba de hablar del restablecimiento de Israel y de los acontecimientos bélicos que lo acompañarán (cap. 4). Ahora nombra a Aquel que será a la vez el dominador y el instrumento de la liberación. En Cristo, Dios cumplirá todos sus propósitos. Aquel cuyos orígenes han sido “desde los días de la eternidad” debía nacer en Belén, pequeño pueblo de Judá (véase Mateo 2:3-6). Y él, el Juez de Israel, sería herido por su pueblo ciego y criminal (v. 1; Isaías 50:6). Entonces se comprende con qué sentimientos Dios puede anunciar su gloria al venir y declarar: “Ahora será engrandecido… éste será nuestra paz”. ¡Expresiones igualmente dulces para el corazón de cada redimido!

Al mismo tiempo que habla del Señor Jesús, este capítulo lo hace:

1) de Israel, pues la liberación y la bendición del remanente están unidas con la majestad del nombre de Jehová;

2) del asirio, el enemigo del fin. Para su perdición, éste encontrará al Pastor de Jacob, cuya responsabilidad no sólo es la de apacentar su rebaño (v. 4), sino también la de asumir su defensa. Finalmente, el mal bajo todas sus formas será extirpado del país (v. 10-15). La limpieza operada por el rey Josías nos da una imagen de ello (2 Crónicas 34:3-7).

Miqueas 6:1-16

Un nuevo llamado (1:2; 3:1) abre la tercera división del libro. Escuchemos bien lo que dice y lo que reclama el soberano Dios, a quien se le debe la obediencia universal. ¿Está satisfecho con formas religiosas? ¡De ninguna manera! “Él te ha declarado lo que es bueno y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios” (v. 8). Este programa no varió desde los días de Moisés (léase Deuteronomio 10:12). ¡Es sencillo y no tiene nada enaltecedor a los ojos de los hombres! Sin embargo, consiste en nada menos que andar “como es digno de Dios”. Él es luz: practiquemos lo recto; él es amor: ejercitemos la misericordia.

“¿En qué te he molestado? Responde contra mí” pregunta Jehová en el versículo 3 (comp. Isaías 43:22). ¡Punzante pregunta! Desde Egipto todos los caminos de Dios para con los suyos obedecieron a la gracia. ¿Faltó algo de parte de él a favor de ellos o de nosotros? No; hay que reconocerlo: la causa de nuestro relajamiento siempre está en nosotros, nunca en él.

“Prestad atención al castigo” recomienda finalmente Dios en el versículo 9. Sí, este castigo habla; tiene una voz para nuestra conciencia. ¡Sepamos prestarle atención! El Señor sólo quiere nuestra felicidad (Apocalipsis 3:19).

Miqueas 7:1-20

“¡Ay de mí!” exclama el profeta, quien reconoce a la vez su propia miseria y la del pueblo. Si generalizamos, podemos ver aquí la amarga experiencia que el hombre hace consigo mismo. Descubre que en sí no hay recurso ni fruto (v. 1), que tampoco puede apoyarse en las autoridades ni en los grandes de aquí abajo (“el mejor de ellos es como el espino”; v. 4; Salmo 118: 9); finalmente, que también sus allegados le decepcionarán si confía en ellos. ¡Penosa pero necesaria experiencia! ¿La hemos hecho? ¿Estamos convencidos de que sólo Cristo es digno de nuestra plena confianza? “Ninguno hay recto entre los hombres” (v. 2). Pero lo que no hallamos ni en nosotros ni en los demás, lo hallamos en él (v. 7).

El Señor Jesús cita el versículo 6 para describir las consecuencias de su venida (Mateo 10:34-36). Ella pone a cada uno a prueba y confirma que el que no está con él, contra él está (Lucas 11:23). ¿De qué lado estamos?

Este libro termina enunciando las certezas y las promesas de la gracia. “Él… echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (v. 19). ¡Qué felicidad saber que nuestros pecados están sumergidos para siempre! A la verdad, Señor, “¿qué Dios como tú?” (v. 18).

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