Jeremías

Jeremías 1:1-19

El libro de Jeremías nos retrotrae al tiempo de los últimos reyes de Judá antes de la cautividad. La aparición de un profeta es siempre el indicio del mal estado del pueblo de Israel, pero también una prueba de la gracia de Dios. Jehová había puesto aparte, desde antes de su nacimiento, a ese joven sacerdote para el servicio al cual lo destinaba (comp. Gálatas 1:15). Como buen tímido, Jeremías empieza por resistirse al llamado de Dios, diciendo: “Soy niño”. No hables así, le responde Jehová. Qué importa tu capacidad, puesto que no dirás ni harás nada más que lo que yo te mande. Es lo que expresamos cuando cantamos: «Nuestra misma impotencia es nuestra seguridad quien no quiere nada sin él, todo lo puede gracias a Su bondad».

Para alentar a su joven mensajero, Dios le da dos notables visiones: la vara de almendro («el árbol que vela», porque es el primero en florecer) recuerda la vara de Aarón, la que en otro tiempo había reverdecido, echado flores y producido almendras (Números 17:8) y confirma la decisión de ese Dios vigilante y fiel. Es necesario, pues, apresurarse a advertir al pueblo y urgirle a que se arrepienta, porque la olla que hierve anuncia la inminente amenaza de enemigos que vienen del norte. ¡Difícil tarea! Pero Jeremías recibe la fuerza de lo alto (v. 18) con una promesa: “Yo estoy contigo” (v. 19; véase también cap. 15:20).

Jeremías 2:1-18

Las primeras palabras que Jehová pone en boca de Jeremías están destinadas a reconquistar el corazón de su pueblo olvidadizo… ¡fiel imagen de nuestro propio corazón! Y es como si el Señor nos preguntara con ternura: ¿Te acuerdas de ese tiempo feliz que siguió a tu conversión? Entonces, ¡cómo ardías de celo y reconocimiento! Por cierto, andabas en este mundo como en un desierto, “en tierra no sembrada”. Pero yo te bastaba plenamente. Si bien te olvidaste de aquel tiempo, yo en cambio he guardado el recuerdo de él. Porque me era agradable ese ardor de tus afectos, ese gozo de tu primer amor (Apocalipsis 2:4).

¡Ay! dice Jehová, “mi pueblo ha trocado su gloria por lo que no aprovecha” (v. 11 y 8 al final). Sea sincero, lector, si tal vez se ha alejado del Señor: ello ¿le ha sido provechoso? Él es la “fuente de agua viva”; ¡qué locura es abandonarle para cavarse “cisternas rotas que no retienen agua”! o para ir a beber a los ríos de Egipto y Asiria, figuras del mundo (v. 18). Porque “cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; pero el que bebiere del agua que Jesús da, no tendrá sed jamás” (Juan 4:10, 13 y 14).

Jeremías 2:19-37

El abandono del primer amor siempre es el punto de partida —oculto al principio— de muchos otros males. Dios había sacado a Israel fuera de Egipto para que le sirviera (Éxodo 4:23). Y vemos cómo este pueblo le declara descaradamente: “No serviré” (v. 20; comp. en Nehemías 3:5 el ejemplo de los jefes tecoítas). También es la triste respuesta de numerosos cristianos a aquel que los salvó ¡aun cuando no se atrevan a formularla en alta voz! Podemos asegurarles que se engañan a sí mismos. Porque es imposible no servir a un amo. Rehusarse a obedecer al Señor es caer en la esclavitud de los ídolos (v. 28).

Al seguir adelante en su rebelión contra Jehová, ese pueblo malo, deliberadamente le volvió la espalda (v. 27). Con una incalificable ingratitud se olvidó de aquel que solamente le había hecho bien (v. 32). ¡Pobre pueblo! Dios procura abrirle los ojos. Le invita a volverse y a considerar las sinuosas huellas que dejó tras él (v. 23; véase cap. 14:10). Queridos amigos cristianos, a veces también es necesario hacer un balance y considerar nuestros caminos. ¡Cuántos pasos dados en falso, cuántos rodeos y callejones sin salida en los que nos hemos extraviado porque no quisimos seguir el camino recto y simple de la voluntad del Señor!

Jeremías 3:11-25; Jeremías 4:1-2

Este capítulo 3 representa a Israel como una esposa infiel que olvidó los vínculos que la unen a Jehová, su Esposo. Y en ese camino de iniquidad, Judá fue todavía más lejos que las diez tribus de Israel, agregando a su infidelidad la perfidia: su traición se agravó con la hipocresía. Sin embargo, históricamente estamos aquí bajo el reinado del piadoso Josías. Pero el corazón del pueblo no siguió verdaderamente a su rey en el despertar cuya señal éste había dado (véase v. 10 y 2 Crónicas 34:33). Judá había fingido volverse a Jehová. Tal es su perfidia, peor a los ojos de Dios que el abandono puro y simple.

¡Cuán conmovedores son estos llamados: “Vuélvete… porque misericordioso soy yo… Convertíos, hijos rebeldes, y sanaré vuestras rebeliones”! (v. 12, 14, 22; 4:1). Pero en el versículo 22 ¡cuánto tiempo, cuántos siglos han transcurrido entre el llamado de Dios y la respuesta del pueblo, ya que Dios aguarda todavía esa respuesta de Israel!

“Os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo”, escribirá Pablo a los corintios (2 Corintios 11:2). Tal relación con el Señor implica corazones no compartidos. La Iglesia, esposa de Cristo, más privilegiada que Israel, es todavía más responsable de guardar sus afectos por Él.

Jeremías 5:1-6; Jeremías 5:20-31

Pese a la existencia de hermosas profesiones de fe, sería dificultoso hallar en Jerusalén alguien que hiciera justicia, que buscase verdad (v. 1; véase también Ezequiel 22:30). El Dios de misericordia estaría dispuesto a perdonar a la ciudad culpable a causa de un solo hombre (v. 1; comp. Génesis 18:23 y sig.) Por desgracia, esa fidelidad agradable a Dios no se halló entre la gente del pueblo ni entre los grandes, mejor instruidos y, por ende, más responsables (comp. Salmo 62:9). El final del capítulo lo confirma tristemente, como así también toda la historia de Jeremías.

“Son pobres, han enloquecido” (v. 4). ¿No es lo mismo que se puede decir de las multitudes que hoy van inconscientemente a la perdición?

En vano Jehová castigó a su pueblo. “No les dolió… no quisieron recibir corrección… no quisieron convertirse” (v. 3; Sofonías 3:2). ¿Qué puede hacer un médico cuando su enfermo, con el pretexto de que no sufre, rehúsa tomar sus medicamentos? Nunca esquivemos esa necesaria corrección. Y conservemos una muy sensible conciencia para lo que el Señor quiere decirnos por este medio. Si no “¿qué, pues, haréis cuando llegue el fin?”, pregunta el profeta (v. 31).

Jeremías 6:16-30

Poco a poco, el profeta cambia de tono. A los acentos del amor divino les suceden los de la ira. Jehová se dispone a “visitar” a su pueblo con juicio (v. 6 y 15; Isaías 10:3). Se servirá de un enemigo que viene del norte (v. 22), como lo predecía la olla hirviente del capítulo 1, lista para verter su temible contenido e inundar la tierra de Israel. Pero un nuevo llamado de gracia se intercala entre esos castigos. Escuchémoslo, pues se dirige a cada uno de nosotros: “Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma” (v. 16; 7:23). Esas antiguas sendas de fidelidad y separación del mundo no son las más fáciles; a veces uno camina solo en ellas. Pero son las seguras sendas antiguas, trazadas y verificadas por los que nos precedieron, «sendas de fortalecimiento en las que la felicidad abunda, en las que todo es paz pese a la aridez del lugar». Rehusemos los caminos más anchos y agradables que se nos ofrecen. Busquemos con cuidado ese “buen camino”, esas “sendas de justicia” (Salmo 23:3) y de verdad, en nuestra guía: la Palabra de Dios. ¡Y andemos en ese camino!

Jeremías 7:1-20

Jehová envía a Jeremías a la puerta del templo para pronunciar allí un severo discurso, porque el pueblo de Jerusalén, pese a su rebelión, se ufanaba ruidosamente de poseer “el templo de Jehová” y seguía practicando en él un culto puramente formal. ¡Qué inconsecuencia! Lo que le daba valor al templo ¿no era Aquel que lo habitaba? (Mateo 23:21). Pero ellos lo negaban por medio de sus malas acciones, de las cuales el versículo 9 nos da una horrible lista. Pisoteaban casi toda la ley de Dios sin temer ponerse delante de Él en su casa (v. 10). Hacían de ésta una cueva de ladrones (v. 11, citado por el Señor) y la contaminaban con sus abominaciones (v. 10). La cristiandad nominal ofrece hoy el mismo doble cuadro: respeto por las formas exteriores, pero trágica ausencia de vida interior (Apocalipsis 3:1). Y cada uno de nosotros, si no velamos, estamos expuestos a ese peligro: contentarnos con las formas de la piedad y negar su eficacia… la cual es el amor por el Señor (2 Timoteo 3:5). Dios quiere realidad en nuestras vidas. Es una ofensa que se le infiere cuando se presume de tener relaciones con él sin previamente haberse separado del mal.

Mucho tiempo Jehová habló y el pueblo rehusó escucharle. Ahora Él es quien rehúsa oír, aun la oración del profeta (v. 16).

Jeremías 8:1-22

El versículo 3 del capítulo 5 nos mostró que Israel ni siquiera sentía los golpes que Jehová había tenido que darle. Aquí vemos cómo sus responsables se curan a sí mismos las heridas “con liviandad” y pretenden la paz que Dios no les podía dar (v. 11; 6:14). Sin embargo, el “bálsamo de Galaad” (la gracia) estaba a su disposición al igual que el fiel Médico, quien sabía cómo aplicarlo (v. 22; comp. Mateo 9:12). En eso hay una lección para el creyente al que Dios disciplina. Si aceptamos las pruebas que la mano del Señor nos da, porque las considera necesarias, dejémosle también que él mismo vende las llagas que permitió (Job 5:18). No procuremos curarlas superficialmente por nuestros propios medios.

El profeta agrega en el versículo 12: “No se han avergonzado”, lo que es propio de una conciencia endurecida (Sofonías 3:5, al final). Ese pobre pueblo se caracteriza por una indiferencia total en cuanto al mal que cometió.

En el versículo 20 —el cual nos habla de siega terminada y de verano que se acaba— es de subrayar el hecho de que hay un tiempo favorable para ser salvo: hoy. El Señor pronto va a juntar las espigas maduras de su gran siega de almas. Entonces el verano se acabará. ¡Qué terrible despertar para aquellos que deban decir: «Y nosotros no hemos sido salvos»!

Jeremías 9:1-9; Jeremías 9:17-26

Como en el tiempo de Jeremías, el pueblo de Dios cuenta hoy con muchos heridos de muerte (v. 1). Si los conocemos, presentémoslos en oración al gran Médico que tiene el poder de curarlos (cap. 8:22).

Este capítulo 9 expresa el indecible dolor del profeta. El hecho de hablar severamente a ese pueblo no le impide sentirse extremadamente afligido por él. Ciertamente sufre al pensar en el estado de Israel y en el castigo que le amenaza, pero ante todo a causa de la deshonra proyectada sobre el nombre de Jehová. Si amáramos más al Señor, también tendríamos más tristeza al ver la ingratitud y la indiferencia que tan a menudo responden a su amor.

Meditemos acerca de los importantes versículos 23 y 24 (citados en 1 Corintios 1:31). Es propio de la naturaleza de cada uno sentirse orgulloso de su capacidad y vanagloriarse de lo que posee. El deportista hará resaltar sus hazañas, sus músculos y su agilidad; el buen alumno, sus éxitos escolares; el automovilista, su vehículo más poderoso que el de su vecino. Pero la única cosa de la cual Dios permite que nos gloriemos es la de conocerle (Salmo 20:7; 2 Corintios 10:17). ¿Apreciamos en todo su valor nuestra relación con el Señor Jesús? ¿O a veces nos ocurre que nos avergonzamos de ella?

Jeremías 10:1-25

Si bien existe un antiguo y buen camino por el cual hemos de preguntar (cap. 6:16), hay otro que debemos guardarnos de aprender (v. 2): el de las naciones o, dicho de otro modo, el del mundo. De hecho, todos nuestros contactos con éste tienden a impregnarnos de sus maneras de vivir y de pensar. Evidentemente, no podemos sustraernos a sus contactos y algunos de entre nosotros están más particularmente expuestos a ello a causa de sus ocupaciones. Pero, en todo caso, no sintamos ninguna curiosidad ni interés por estas cosas “que están en el mundo” (1 Juan 2:15). El ejemplo de Dina, en Génesis 34:1, constituye una seria advertencia. Desconfiemos de ciertas compañías, de ciertos libros dispuestos a instruirnos acerca de ese peligroso camino. No ignoramos adónde conduce a los que lo siguen (Mateo 7:13). Lo que caracteriza a las naciones del tiempo de Jeremías (lo mismo que al mundo actual) es servir a los ídolos. Dios declara lo que piensa de ellos y lo hace decir a esas naciones en su propio idioma en el versículo 11 (este versículo está escrito en arameo).

El versículo 23 nos recuerda una doble verdad: el día de mañana no nos pertenece para disponer de él (Santiago 4:13). Y no somos capaces de dirigir nuestros propios pasos. Jeremías lo sabía. ¿Lo hemos aprendido cada uno de nosotros?

Jeremías 11:1-23

Bajo el reinado de Josías, el sacerdote Hilcías (algunos admiten que era el padre de Jeremías: véase cap. 1:1) había encontrado de nuevo el libro de la ley en el transcurso de la restauración del templo (2 Crónicas 34:14). Este libro incluía el Deuteronomio, en cuyo temible capítulo 28 (véase en particular el v. 64) eran anunciadas todas las consecuencias de la inobservancia del pacto. Asustado, Josías se había apresurado a renovar ese pacto en nombre del pueblo (2 Reyes 22:8 y sig.; 23:1-3). Nuestro capítulo muestra cómo el mismo fue violado cada vez más. “Y no hubo ya remedio” (2 Crónicas 36:16, al final). Desde entonces, Dios cierra sus oídos a las oraciones y manda al profeta que no interceda más por el pueblo (v. 14 y 7:16).

Jeremías es el representante de un fiel remanente perseguido, pero a través de él evocamos al Cordero lleno de dulzura, objeto de conspiraciones para destruirle “con su fruto”, “para que no haya más memoria de su nombre” (v. 19; comp. Génesis 37:18; Lucas 10:3). Tal era el vano propósito de los hombres y el de Satanás, quien los inspiraba. Porque el invariable pensamiento de Dios es que el hermoso nombre de Jesús sea honrado para siempre (Filipenses 2:9). Y respondemos a ello cada vez que comemos el pan y bebemos la copa en memoria de él (1 Corintios 11:25-26).

Jeremías 12:1-17

Este capítulo 12 nos relata una conversación que mantiene Jehová con Jeremías. Esta vez no se trata de una oración del profeta en favor de Israel, sino de dolorosas preguntas que le oprimen el corazón y que él expone a Dios debido a la amargura de su alma. Los hombres de la ciudad de Anatot, sus conciudadanos, hasta le habían amenazado de muerte si no se callaba (cap. 11:21). Por el versículo 6 nos enteramos de que aun su propia familia había obrado pérfidamente y había dado “gritos” en pos de él (comp. Lucas 4:24-26). Había motivo para hacerle perder el ánimo, pero Jehová comprende la turbación de su siervo (¿no lo había traicionado su propio pueblo?) y le explica lo que Él está obligado a hacer: abandonar el templo contaminado, desamparar a Israel —su herencia— y entregarlo a sus enemigos (v. 7). Se puede pensar cuáles son los sentimientos de Dios al tomar semejantes decisiones. Para que los podamos sopesar, emplea la más conmovedora expresión para referirse a su pueblo: “lo que amaba mi alma”.

Las naciones obraban como malos vecinos; tendrán que soportar las consecuencias. Sin embargo, Dios todavía tenía en reserva bendiciones para Israel y también para esas naciones con tal que aprendieran Sus caminos.

Jeremías 13:1-27

Jehová da una señal a Jerusalén. Se trata de un cinto con el cual Jeremías debe hacer lo siguiente: primero, ceñírselo sin lavarlo jamás; luego, esconderlo junto al Eufrates —a más de 400 kilómetros de distancia—; y finalmente, volver allí a recuperarlo para comprobar entonces que ya no sirve para nada. Luego le explica su significado espiritual. El cinto es un adorno; tiene su lugar cerca del corazón; además, formaba parte de la vestimenta de los sacerdotes (Éxodo 28:40); y Jeremías era uno de ellos. De ese modo, Dios había adherido estrechamente a sí mismo a ese pueblo que debía realzar Su gloria y servirle. Pero el orgullo y el culto de los ídolos habían vuelto a Jerusalén y a Judá tan inmundos e inútiles como un cinto podrido. Como éste serían transportados a las orillas del Eufrates, a Babilonia (final del v. 19), a menos que se humillasen, tal como los más prominentes —el rey y la reina— son invitados a hacerlo como ejemplo. El versículo 23 nos recuerda que el pecado marca al hombre de manera indeleble. No podemos deshacernos de él así como un etíope no está en condiciones de aclarar su piel o un leopardo de borrar sus manchas. Pero, por la virtud de la sangre de Cristo, Dios puede quitar los pecados y dar un corazón nuevo. Es precisamente lo que le ocurrió a un etíope cuya conversión nos cuenta el capítulo 8 de los Hechos.

Jeremías 14:1-22

Dios habla a Israel no sólo mediante la voz del profeta, sino también al enviar la sequía y el hambre. El profeta confiesa las iniquidades de su pueblo —por desgracia es el único en hacerlo— y suplica a Jehová por él. A causa de su amor por ese pueblo no puede dejar de orar por él. No tiene ningún argumento en que apoyar su ruego. Entonces le pide a Dios: “Actúa por amor de tu nombre” (v. 7 y 20-21; Ezequiel 20:9; Daniel 9:19). Ese es el más elevado motivo para pedir a Dios que intervenga. En su tiempo también Josué apeló a ese mismo argumento: “¿Qué harás tú a tu grande nombre?” (Josué 7:9). De nuestro lado todo es miseria. ¿Qué podemos invocar para hacer actuar el brazo de Dios? Sólo una cosa: el nombre de Jesús. Él mismo nos reveló el maravilloso poder de ese nombre (Juan 15:16). El Padre no puede dejar de responder a las oraciones que se le dirigen en ese nombre al que ama. Y, “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Los versículos 13 a 19 hablan de falsos profetas que tranquilizan al pueblo por medio de mentiras. Ellos mismos soportarán, con los que los escuchan, el castigo en el cual se rehusaron a creer.

Jeremías 15:1-21

Una vez más Jehová advierte a Jeremías que Él no puede aceptar su intercesión. Tampoco Moisés ni Samuel, cuyas vidas de oración y cuyo amor por Israel conocemos, podrían haber hecho nada en el estado en que se encontraba ese pobre pueblo (véase Salmo 99:6). Jeremías está al borde de la desesperación (v. 10). Apela a Dios como testigo de su fidelidad: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí” (comp. Salmo 119:103). Efectivamente, el libro de la ley había sido hallado en el templo y el joven sacerdote había encontrado delicias en él. Hijos de Dios, es de desear que, como Jeremías, podamos hallar todos los días en la Biblia el alimento para nuestra alma y, al mismo tiempo, el gozo de nuestro corazón. Pablo recordaba a Timoteo que un siervo de Jesucristo debe estar nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina (1 Timoteo 4:6).

Jehová anima a su fiel pero temeroso testigo, quien, por él, sufre “afrenta” (v. 15; Salmo 69:7) y le promete librarle. Le invita a separar lo precioso de lo vil. Un discípulo de Jesucristo debe tener una conciencia delicada para discernir el bien y practicarlo y para juzgar el mal y separarse de él (comp. 1 Pedro 3:10-12). Solamente con esta condición podrá hablar como la boca y el oráculo de Dios (v. 19).

Jeremías 16:1-21

Jeremías, por ser él mismo precioso a los ojos de Jehová, ha sido invitado a mantenerse separado de lo que es vil (cap. 15:19), es decir, de ese pueblo malvado. Es imposible participar del mal y al mismo tiempo dar testimonio contra los que lo practican. Dios ni siquiera permite a ese joven que funde una familia en semejante lugar. Todo esto tiene por objeto mostrar claramente que no puede haber una duradera instalación en Jerusalén en vísperas del juicio que la amenaza. Además —y esto nos habla a todos—, Jeremías, al igual que un verdadero nazareo, debe abstenerse de toda comunión con los banquetes y festejos de un pueblo condenado. Pero, por cierto, no es una gran privación para alguien que halla su gozo en la Palabra de Dios (cap. 15:16). Cuanto más el Señor y su Palabra sean nuestra dicha, menos ganas tendremos de gustar los engañosos placeres que el mundo puede ofrecernos.

Los versículos 10 a 21 mencionan: el castigo de Jehová que cae sobre su pueblo; el motivo de ese castigo; pero también la promesa de una futura restauración (v. 15).

La poderosa intervención de Jehová por medio de “pescadores” y “cazadores” para volver a traer a los hijos de Israel tendrá por efecto el hecho de que él también sea reconocido por las naciones (v. 19).

Jeremías 17:1-11

Para que el hombre tome conciencia de su condición de pecador inveterado, Dios emplea en su Palabra diferentes lenguajes: el ejemplo del pueblo de Israel y de su quiebra moral; el don de su santa ley; la perfecta vida de Cristo aquí abajo (la que, por contraste, hace resaltar la maldad del hombre), y finalmente, como aquí, declaraciones directas e irrefutables. El versículo 9 afirma que el corazón humano es fundamentalmente perverso e incorregible: “Engañosomás que todas las cosas, y perverso”. Ésta es una sentencia que debemos grabar definitivamente en nuestro pensamiento; así seremos guardados de otorgar la menor confianza a ese pobre corazón —tanto al nuestro como al de los demás— y nos ahorraremos muchas decepciones. Más bien realicemos el versículo 7: “Bendito el varón que confía en Jehová”, con la feliz porción que resulta de ello (comp. el v. 8 con el Salmo 1:3). Al apagar su sed en la fuente inagotable, tal hombre no teme calor ni sequía; ni siquiera se da cuenta de ellos. Arraigado en Él (Colosenses 2:7), no teme y no cesa de llevar fruto para Dios. En efecto, hace realidad la condición enunciada por el Señor Jesús: “El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5).

Jeremías 17:12-27

Tratemos de escribir nuestro nombre en el suelo (v. 13); pronto será ilegible. ¡Cuántos insensatos procuran, sin pensar en el porvenir, hacerse un nombre en una tierra que va a pasar! Querido amigo, su nombre debe estar escrito en el libro de la vida.

Y volvemos a hallar la triste declaración del capítulo 2:13: “Dejaron a Jehová, manantial de aguas vivas”. En Juan 6:66 varios discípulos se alejan de Jesús, quien, precisamente en el capítulo siguiente, va a revelarse como esa fuente de aguas vivas (cap. 7:37).

La oración del versículo 14 reconoce que sólo Dios puede cambiar el malvado corazón del hombre. “Sáname… y seré sano; sálvame, y seré salvo”. En el capítulo 31:18, Efraín pedirá a su turno: “Conviérteme, y seré convertido”.

“Porque tú eres mi alabanza” agrega el profeta. En la obra de la salvación todo es para gloria de Dios.

En el resto del capítulo, Jehová recuerda sus instrucciones respecto del “día de reposo” (sábado). La ley había sido violada en este punto como en todos los demás (cap. 7:9). Un siglo más tarde, después del regreso de Babilonia, el fiel Nehemías tomará a pechos esa enseñanza de los versículos 21 y 22 (Nehemías 13:15). Recordará a los nobles de Judá que los infortunios del pueblo habían sido consecuencia de la infidelidad de sus padres a ese respecto.

Jeremías 18:1-23

Una nueva enseñanza aguarda a Jeremías en casa del alfarero. La primera vasija que ve fabricar es una imagen del pueblo. Como el cinto del capítulo 13, esa vasija también fue echada a perder, no servía para nada (v. 4; 13:7). Sí, Israel —y en realidad la humanidad entera— se halla así representado. Nada pudo hacer el divino Artesano con el primer hombre que formó del polvo de la tierra. “A una se hicieron inútiles…” (Romanos 3:12 y 23). El pecado arruinó y corrompió toda la raza humana. Pero he aquí que se recomienza el trabajo en el torno del alfarero: él hace una vasija, “según le pareció mejor hacerla”. Esa vasija sin defecto lleva nuestros pensamientos hacia el segundo Hombre, en quien Dios halló su contentamiento. Según los consejos de Dios, Cristo vino a reemplazar a la desfalleciente raza de Adán. Pero desde entonces no está más solo. “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2 Corintios 5:17). Por la gracia de Dios, el rescatado puede ser hecho a su vez un utensilio “para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (2 Timoteo 2:21; léase también 2:10).

El diálogo de los versículos 11 y 12 confirma el desesperante estado del pueblo y justifica su rechazo al igual que el de la vasija echada a perder.

Jeremías 19:1-15

Jehová invita a Jeremías a volver a la casa del alfarero. Esta vez no se trata de mirarlo trabajar sino de comprarle una vasija. Después de eso, tomando consigo a algunos de los ancianos del pueblo, debe llevar esa vasija al valle del hijo de Hinom.

Ese vado de Hinom (del cual deriva la palabra «gehena»), llamado también Tofet (v. 6), era un lugar siniestro. En tiempos del rey Manasés se habían ofrecido allí sacrificios humanos a Baal (2 Crónicas 33:6; Jeremías 7:31). Por eso lo había profanado Josías (2 Reyes 23:10).

En ese lugar, testigo de sus horrorosos pecados, el pueblo debe oír terribles palabras al mismo tiempo que se quiebra esa vasija que lo representa. Luego, Jeremías va al templo y confirma la palabra de Jehová a oídos de toda Jerusalén. Pensemos en el valor que necesitó para condenar así públicamente la conducta del pueblo y anunciarle la irrevocable decisión divina respecto de él. Puede ocurrir que nos hallemos aislados en un ambiente hostil y que tengamos que dar testimonio mediante nuestros hechos y nuestras palabras. Pidámosle al Señor que nos dé el mismo denuedo.

Jeremías 20:1-18

Decir la verdad al mundo acerca de su estado expone en seguida a su odio. El profeta hace duramente esa experiencia. Las conspiraciones que hemos visto tramarse contra él en los capítulos 11:19 y 18:18 esta vez consiguen su propósito. Por disposición de Pasur se azota a Jeremías y se le tortura. ¿Quién era ese hombre? Uno de los príncipes de los sacerdotes (v. 1) y además, uno de esos profetas que profetizaban con mentira (v. 6; cap. 14:14), quien, a diferencia de Jeremías, gozaba de todo el favor del pueblo. A su turno, es necesario que ese hombre oiga una profecía con verdad pronunciada contra él.

Jeremías nos recuerda la exhortación de Santiago 5:10. Él es una figura del Señor Jesús. Está solo para proclamar la verdad, es odiado y azotado a causa de ella (y esto por uno de los sacerdotes), es objeto de escarnio y de oprobio, pero la Palabra de Dios está en él “como un fuego ardiente” (v. 9). Le constriñe el amor que siente por Jehová y por su pueblo. Pese a eso, ¡Jeremías queda lejos del perfecto Modelo! Expresa su amargura y, como Job (cap. 3), maldice el día de su nacimiento. La gracia para con sus enemigos no se ve en él.

Lector, permítanos una pregunta: ¿Ha sido usted realmente cautivado por el Señor? ¿Ha sido él el más fuerte? (v. 7; comp. Filipenses 3:12).

Jeremías 21:1-14

Las profecías de Jeremías no nos son contadas en el orden en que fueron pronunciadas. Ésta nos traslada al tiempo del último rey de Judá. El rey Sedequías, al ser atacado por su temible vecino, Nabucodonosor, envió dos delegados al profeta para rogarle que consultara a Jehová. Verdaderamente, era lo mejor que podía hacer. Pero en realidad él y su pueblo buscaban la liberación sin previo arrepentimiento, fingiendo ignorar esa condición indispensable, porque Dios no da la una sin el otro. Después de todo lo que había dicho Jeremías en los capítulos precedentes, tal pedido era casi una insolencia. Por eso Jehová responde de la manera más severa. No sólo el rey de Babilonia sino Él mismo peleará contra Judá. Va a herir con una gran pestilencia a los hombres y las bestias, como en otro tiempo a los ganados de los egipcios (Éxodo 9:1-7). Sin embargo, al lado de semejante camino de muerte para ese pueblo, todavía quedaba un camino de vida… pero que necesariamente pasaba por la confesión de sus pecados y la sumisión a la voluntad de Dios. Ese camino todavía está abierto; ¿cada uno de nosotros lo emprendió?

Jeremías 22:1-12

A la orden de Jehová, Jeremías está dispuesto a ir al palacio real como había ido a la humilde casa del alfarero. De nuevo su tarea es difícil, porque se trata de advertir y exhortar personalmente al propio rey de Judá. Dar testimonio ante un superior es una prueba particularmente difícil para un joven creyente; pero, si cuenta con el Señor, siempre será fortalecido y bendecido al hacerlo (léase Hechos 26:22).

Antiguamente, Dios había prometido a David que si sus descendientes pusieran cuidado en sus caminos para andar delante de Él con verdad, de todo corazón, no faltaría varón en el trono de Israel (1 Reyes 2:4). ¡Ay! ni Salum (o Joacaz, véase 2 Reyes 23:31-32), ni sus hermanos Joacim y Sedequías, ni Conías (Joaquín) cumplieron ese requisito. Por eso serán los últimos cuatro reyes de la dinastía de David antes de la dispersión del pueblo. En esos capítulos 21 y 22, cada uno de ellos es señalado por su nombre y condenado por sus propias faltas. Ninguno podrá decir que soporta las consecuencias de los pecados de sus predecesores (comp. cap. 31:29), ninguno podrá alegar que no fue advertido, pues el ministerio del profeta se prolongó durante todos esos reinados (cap. 21:7; 22:11, 18, 24).

Jeremías 22:13-30

“Oye palabra de Jehová, oh rey de Judá… tú, y tus siervos, y tu pueblo…” (v. 2). Pero en vano Jeremías dirigió esa apremiante invitación a Joacim. Desde su juventud, cuando todo iba bien, éste había decidido no escuchar la voz de Jehová (según el v. 21, el que también se aplica a todo su pueblo). Por eso, podemos ver los malos frutos que ello le acarreó cuando, llegado a la edad adulta, sus responsabilidades se vieron caracterizadas por la injusticia, la falta de rectitud, la soberbia, la falta de honradez, la tiranía y la violencia (v. 13 y 17, en el último de los cuales Jeremías no vacila en decirle al rey que es un asesino). Sin embargo, Joacim había tenido ante sus ojos el buen ejemplo de su padre Josías y las felices consecuencias de su fiel andar (v. 15-16). ¡Hijos de padres creyentes, acordaos de la historia de ese rey!

El versículo 14 también merece toda nuestra atención. La búsqueda del lujo por parte de un creyente ¿no contradice su carácter de extranjero y su vocación celestial?

Luego se trata de Conías, joven de 18 años, quien sólo reinó tres meses antes de ser transportado con su madre a Babilonia (2 Reyes 24:8 y sig.) Por medio de tales acontecimientos Dios se dirigía al mundo entero (v. 29). Ese castigo público mostraba que no se desafía impunemente su voluntad.

Jeremías 23:1-15

En los capítulos 21 y 22 la palabra de Jehová condenó a los últimos reyes. En realidad, todos los responsables de Judá, “tanto el profeta como el sacerdote” (v. 11) faltaron a sus deberes. En lugar de apacentar al pueblo “siendo ejemplos de la grey” (1 Pedro 5:3), fueron malos pastores. A causa de su deplorable conducta el rebaño fue descuidado, destruido y dispersado (comp. Ezequiel 34:4-6). Por eso Dios se encargará de juntar él mismo el remanente de ese rebaño, dándole otro Pastor (Juan 10:14). La familia real de Israel falló por completo. Pero, en esa misma casa de David, Dios suscitará un Renuevo justo, un Rey divino: “Jehová, justicia nuestra” (comp. 1 Corintios 1:30). Esa expresión “el Renuevo” es empleada cinco veces en los Profetas para designar al Señor Jesús. Aquí y en el capítulo 33:15 como el Rey, carácter que tiene en el evangelio de Mateo. En Zacarías (cap. 3:8) como “mi siervo el Renuevo” y en el capítulo 6:12 como “el varón cuyo nombre es el Renuevo”, respectivamente Cristo en los evangelios de Marcos y Lucas. Finalmente, en Isaías 4:2 como “el renuevo de Jehová… para hermosura y gloria”, en quien reconocemos al Hijo de Dios presentado por el evangelio de Juan.

Jeremías 23:16-40

Entre los malos pastores de Israel, los profetas eran particularmente culpables. Habían hecho concebir al pueblo la loca ilusión de que, pese a sus pecados, todo iría a pedir de boca. Eran mentirosos. Habían corrido… sin que Jehová los hubiera enviado; habían hablado, pero no como oráculos de Dios (v. 21 y 38; 1 Pedro 4:11). Una gran actividad religiosa está lejos de ser siempre la prueba y el resultado de un buen estado espiritual. Para el creyente actual, como para el profeta de otros tiempos, sólo existe una regla para correr y hablar: primeramente, quedarse “en el secreto de Jehová” (v. 18 y 22), dicho de otro modo, en la comunión con el Señor para conocer y hacer su voluntad.

En el versículo 23 se formula una pregunta: “¿Soy yo Dios de cerca solamente, dice Jehová, y no Dios desde muy lejos?”. “El Señor está cerca” puede contestar el apóstol (Filipenses 4:5). Cada uno de nosotros ¿lo experimentó? La Palabra de Dios es como fuego (v. 29). Del mismo modo que la llama de un soplete permite quitar las escorias del metal, ella se dedica a purificar nuestra alma consumiendo las impurezas que la contaminan y la ahogan (Proverbios 25:4). Es la fuerza motriz del creyente, como asimismo el fogón bajo la caldera (cap. 20:9). Pero también es el martillo capaz de quebrantar una voluntad rebelde.

Jeremías 24:1-10

La visión del capítulo 24 se sitúa en el momento en que Nabucodonosor ya transportó a Babilonia una parte de Judá con su rey Jeconías (o Conías; cap. 22:24). Dos cestas de higos le aparecen al profeta. Los primeros son espléndidos, excelentes; los otros, horribles e incomibles. Contrariamente a lo que se podría pensar, los higos malos son la imagen de los habitantes de Judá que permanecieron en el país, mientras que los muy buenos representan a los “transportados”. Jehová hará prosperar a estos últimos y los traerá de vuelta en el tiempo determinado. Aunque penoso, ese desarraigo de su país y de sus costumbres es conforme a la voluntad de Dios y les será provechoso.

Entre las promesas que se les hace, ciertamente la más preciosa es la del versículo 7: “Les daré corazón para que me conozcan”. Por medio del corazón —y no por la inteligencia— aprende el hombre a conocer a Dios.

Notemos que no hay una tercera cesta. Generalmente no existe posición intermedia ante Dios. Es igual entre los hombres de hoy, él sólo puede reconocer vivos y muertos, “hijos de luz” e “hijos de ira” (Efesios 2:3; 5:8). ¿De qué lado nos hallamos?

Jeremías 25:1-38

El capítulo 25 vuelve atrás, al reinado de Joacim. Ya hacía veintitrés años que Jeremías profetizaba. En su celo y su amor por el pueblo se levantaba temprano para dirigirle sus llamados (v. 3). La paciencia de Dios iba a acabarse pronto. Cada día podía ser el último. Por eso el hombre de Dios se sentía urgido para entregar su mensaje. Y, notable detalle, a menudo la misma expresión se emplea con respecto a Jehová (aquí en el v. 4). Él también se levanta temprano para enviar a sus siervos. ¿Estamos preparados a esa hora matinal en que las tareas son distribuidas? Imitemos al Siervo perfecto, cuya incansable actividad empezaba muy de mañana (Juan 8:2, V.M.) o aún antes (Marcos 1:35).

En su gracia, Dios fija una duración limitada a la transportación a Babilonia: setenta años. Cuando ese tiempo esté casi terminado, Daniel leerá esta profecía y la tomará en cuenta para dar a Israel en el cautiverio la señal y el ejemplo de la humillación (Daniel 9:2-3).

Luego, hasta el final del capítulo, Dios desarrolla la declaración del versículo 14, mostrando de qué manera se dispone a castigar a las naciones que no temieron sojuzgar y oprimir a su pueblo.

Jeremías 26:1-11

Este capítulo nos retrotrae cuatro años respecto del capítulo anterior (25:1). Por orden de Jehová, esta vez Jeremías va al templo para profetizar. Sin duda lo hace en ocasión de una de las tres fiestas anuales en que los israelitas subían a Jerusalén. El versículo 2 permite pensarlo así. Sea como fuere, el llamado se dirige a todo Judá y no sólo a sus jefes. Y ni una palabra ha de ser retenida (comp. Hechos 20:27).

¡Cuán conmovedor es el versículo 3! Nos hace penetrar en los pensamientos de la gracia de Dios. Aunque lo sabía todo de antemano, expresa su más caro deseo: “Quizá oigan…” (véase también cap. 36:3 y 7).

Ese mismo quizá traduce la esperanza del señor de la viña, de quien habla la parábola: “Enviaré a mi hijo amado; quizás cuando le vean a él, le tendrán respeto” (Lucas 20:13). Pero no respetaron al Hijo más que a los profetas que le precedieron. Veamos qué acogida le es dispensada a Jeremías y, por consiguiente, a Aquel que le envía. ¡Qué ceguera! ¡Pese a que esa gente había venido a prosternarse en la casa de Jehová (v. 2), rechaza su palabra, se apodera de su mensajero y le condena a muerte en esa misma casa!

Jeremías 26:12-24

El fiel testigo de Jehová no se turba por su condena a muerte ni por la presencia de toda esa gente hostil que se une contra él. Una vez más, los exhorta firmemente a arrepentirse. Después, sin temor, se entrega en sus manos. En lugar de compadecerse de su propia suerte, sigue pensando en el pueblo y en la terrible responsabilidad que ese crimen hará pesar sobre él. En ese aspecto Jeremías nos hace pensar en Esteban, cuando intercedió por los que le apedreaban (Hechos 7:60) y ambos nos recuerdan al Señor Jesús (Lucas 23:28 y 34).

La intervención de los príncipes y de los ancianos libera aquí al hombre de Dios, pero habrían tenido que dar un paso más: temer e implorar a Jehová, precisamente como Ezequías (v. 19). No basta saber citar un hermoso ejemplo, también es necesario imitarlo.

Veamos qué influenciable y versátil es la multitud. En el versículo 8 “todo el pueblo” había seguido a los sacerdotes para exclamar: “De cierto morirás”. Pero, en el versículo 16, ese mismo pueblo comparte el parecer de los príncipes y dice: “No ha incurrido este hombre en pena de muerte”.

La historia de Urías, perseguido y asesinado por Joacim, confirma el triste cuadro que nos había sido hecho de este rey. Es rápido para derramar la sangre inocente (cap. 22:17).

Jeremías 27:1-11

Este capítulo y los siguientes nos llevan al reinado final de Sedequías, quien parece haberse complotado con sus cinco vecinos —los reyes de Edom, Moab, Amón, Tiro y Sidón— para resistir a Nabucodonosor. Y no cabe duda de que los delegados de esas naciones se reúnen en Jerusalén para organizar esa alianza. Jehová encarga a Jeremías que entregue a cada uno de esos diplomáticos un regalo para nada original, fabricado ex profeso: coyundas y yugos que precisamente simbolizan la dominación del rey de Babilonia, de quien esos pueblos pensaban liberarse. Podemos imaginar con qué sentimientos deben de haber acogido ese humillante presente los cinco negociadores.

Todavía en nuestros días el orgullo, en sus diferentes formas, es el gran principio que gobierna a los Estados modernos (como así también a los individuos). Pero, por encima de sus intrigas ambiciosas, Dios conduce los destinos del mundo. El creyente espera en Él y no en las incertidumbres de la política de los hombres (Daniel 4:17).

Dios, quien ponía a Israel a un lado, de ahí en adelante confió el poder universal a Nabucodonosor, a quien llama su siervo. Romanos 13:4 recuerda, a los cristianos que tuvieran tendencia a olvidarlo, que aquel que detenta la autoridad es “servidor de Dios” y que lo es para el bien de ellos.

Jeremías 27:12-22

Ahora Jeremías se dirige al rey de Judá y luego a los sacerdotes. Ya en dos ocasiones Nabucodonosor se había llevado una parte de los utensilios del templo. Lejos de restituirlos, organizará un tercer y definitivo pillaje en el momento de la transportación del mismo Sedequías y del resto del pueblo (2 Crónicas 36:7, 10 y 18). Se puede pensar que tenían interés por esos objetos más bien por orgullo nacional que como medio para rendir culto a Jehová. Ocurre lo mismo en nuestros días. Muchas personas son muy apegadas a las formas de una religión llamada cristiana, preocupándose muy poco por servir a Dios al observarlas.

Lo que Jeremías predica sin cesar es la sumisión debida a la autoridad que Jehová estableció, en este caso la del rey de Babilonia. “No hay autoridad sino de parte de Dios… quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste” (Romanos 13:1-2). Trátese de gobernantes o magistrados, de padres o de jefes (aun de los que son duros e injustos: 1 Pedro 2:18), esa exhortación es siempre oportuna para nosotros.

La profecía de este capítulo no termina sin que Dios anuncie que un día él se preocupará personalmente por los utensilios del templo y los hará traer de nuevo. Estas palabras se cumplirán en Esdras 1:7 y 7:19.

Jeremías 28:1-17

Una nueva escena se desarrolla en el templo en presencia de los sacerdotes y de todo el pueblo. Jeremías se encuentra allí, teniendo en su cuello uno de los yugos que él había fabricado. Los lleva, al igual que el cinto del capítulo 13, como testimonio para toda Jerusalén. Y he aquí que el profeta Hananías, cuyas palabras arrogantes y mentirosas contradicen absolutamente lo que Jeremías no deja de anunciar, arremete contra el varón de Dios. La hermosa respuesta de Jeremías está impregnada a la vez de amor, de verdad y de sabiduría. Por cierto que él no anuncia con agrado los desastres que van a caer sobre el pueblo al que ama. Su deseo más ferviente sería que Hananías tuviese razón (v. 6), pero no puede cambiar en nada la palabra de Jehová. Dice la verdad, por más penosa que sea. Admiremos la sabiduría del versículo 9. Lo que prueba la veracidad de una profecía es su cumplimiento. A su debido tiempo Dios se encargará de mostrar quién tenía razón. Mientras tanto, Jeremías no se irrita ni se obstina en convencerlos. Los deja y se va (comp. Juan 8:59 y 12:36). Esa es siempre la manera más sabia de poner fin a una vana discusión (Proverbios 17:14).

El juicio anunciado no tarda en caer sobre Hananías (v. 15-17; léase Deuteronomio 18:20-22).

Jeremías 29:1-14

Jeremías confió a dos viajeros una carta para Babilonia. Estaba destinada a aquellos de todas las clases del pueblo que ya habían sido transportados bajo el reinado precedente. El tono de esta carta es muy distinto del que usa el profeta cuando se dirige al pueblo que quedó en Jerusalén. A aquéllos les puede expresar, de parte de Jehová, “pensamientos de paz y no de mal”, consuelo, aliento y conmovedoras promesas.

Lo mismo que Israel en Babilonia, el creyente es un extranjero en la tierra. Su ciudadanía está en los cielos (Filipenses 3:20). Espera el cumplimiento de la promesa que lo introducirá en su verdadera Patria. La “buena palabra” de Dios le garantiza el fin que espera (v. 10 y 11). Empero no le fija, como a esos transportados, el exacto momento en que esa bienaventurada esperanza se realizará. En efecto, el Señor desea que le esperemos continuamente. Y, hasta el feliz momento de su retorno, acordémonos de que también nosotros tenemos deberes para con nuestra ciudad o nuestra aldea (v. 7): procurar la paz (comp. Mateo 5:9), pensar en el verdadero bien de las almas y orar por aquellos con quienes vivimos.

Jeremías 29:15-32

La funesta actividad de los falsos profetas no se limitaba a Jerusalén y Judá. En la misma Babilonia, algunos de los del pueblo transportado propagaban palabras mentirosas. En su carta, Jeremías pone en guardia contra ellos a “los cautivos” y anuncia el horrible fin de dos de esos hombres malvados: Sedequías y Acab. Un tercero, Semaías, había escrito desde Babilonia al pueblo que había quedado en Jerusalén para impelerle a la rebelión contra Jehová (final del v. 32). En una de sus cartas, ese hombre ni siquiera había vacilado en designar a un nuevo sacerdote con el cual contaba para apoderarse de Jeremías. Pero, como este último lo escribió en otra parte: “¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó?” (Lamentaciones 3:37). Semaías también debe oír la sentencia de Jehová contra él.

Cuántas veces, en sus epístolas inspiradas, otros siervos de Dios se verán obligados a denunciar a falsos maestros y malos obreros (por ejemplo, véase Gálatas 1:7; Filipenses 3:2; 2 Pedro 2:1; 1 Juan 2:18; Judas 3-4 y sig.) Hijos de Dios, nuestra seguridad consiste en conocer bien la voz del buen Pastor (Juan 10:4-5). Entonces no correremos el riesgo de confundirla con otra.

Jeremías 30:1-24

Jehová invita a Jeremías a consignar todas Sus palabras en un libro. Las siguientes generaciones podrán remitirse a él, lo que aún es nuestro privilegio. Ya no tenemos entre nosotros profetas ni apóstoles que nos enseñen, pero Dios tuvo el cuidado de conservar para nosotros su Palabra escrita, única fuente de verdad para nuestras almas.

Mediante las Escrituras, Israel recibirá promesas y consuelo en medio de su peor angustia.

En el versículo 11 brillan a la vez la santidad y la bondad de Dios. No te dejaré sin castigo, dice él. De ninguna manera el Dios santo puede pasar por encima del mal. Por consideración a sí mismo debe corregir a los suyos. Pero el Dios de amor lo hace “con moderación” (V.M.), sin dar un solo golpe más de lo necesario (véase también cap. 10:24 y 46:28). Los versículos 18 y 19 del capítulo 31 nos mostrarán el efecto de esa saludable corrección (1 Corintios 11:32). Al mismo tiempo, al leer los versículos 18 a 22, se siente cómo Dios se regocija al pensar en sanar y restablecer a su pueblo.

“¿Quién es aquel que se atreve (o se compromete) a acercarse a mí?”, pregunta Jehová (v. 21). Y nosotros ¿somos cristianos por conformismo y costumbre, o bien tenemos nuestro corazón verdaderamente comprometido con el Señor?

Jeremías 31:1-14

Pocas porciones del Antiguo Testamento traducen el amor de Dios de manera más conmovedora que estos versículos 1 a 14. La grandeza de ese amor incondicional, que se expresa para con seres que no tenían nada de amables, es puesta en evidencia por medio de nuestro alejamiento. “Desde lejos Jehová me apareció” (v. 3, V.M.) Pensemos en todo el camino que recorrió el Hijo de Dios para venir hasta nosotros. El amor del Dios eterno es un amor eterno. Es su misma naturaleza (1 Juan 4:8 y 16). Y cada creyente es personalmente el objeto de ese amor desde la eternidad pasada.

Al patético llamado del capítulo 3:4: “Padre mío, guiador de mi juventud”, ahora Jehová puede responder: “Soy a Israel por padre” (v. 9). Será sensible a las lágrimas de su pueblo, al que en otro tiempo “redimió de mano del más fuerte que él” y lo juntará “como el pastor a su rebaño”.

Estos versículos nos recuerdan a cada uno de nosotros, una bendita verdad. Dios nos ama no sólo cuando nos colma de gracias visibles (como lo hará con su pueblo terrenal según las magníficas declaraciones de los v. 7 a 14). En nuestros más sombríos momentos, aun cuando por nuestra culpa hayamos perdido el gozo de su comunión, él nunca deja de pensar en nosotros.

Jeremías 31:15-26

La hermosa restauración de Israel, anunciada en la primera parte del capítulo, será precedida por amargas lágrimas. Se ve al afligido pueblo bajo la figura de Raquel, la mujer de Jacob, llorando a sus desaparecidos hijos. (Como ocurre a menudo en la Escritura, este v. 15 se vio parcialmente cumplido con motivo de la masacre de los niños de Belén: Mateo 2:18). Pero para ese pueblo se tratará de una tristeza “según Dios”, la que “produce arrepentimiento para salvación” (2 Corintios 7:10). Los versículos 18 a 20 nos muestran que Dios entiende muy bien la expresión de semejante tristeza. Escuchemos cómo Efraín cuenta su historia. La divina corrección fue saludable; produjo su conversión, acompañada por un verdadero arrepentimiento. El conocimiento de sí mismo lo cubrió de vergüenza y confusión. Condena su juventud culpable e indómita. ¿Cada uno de nosotros puede hacer el mismo relato? Entonces, escuchemos igualmente cómo Dios se complace en llamarnos “hijo precioso… niño en quien me deleito”. En seguida nuestra confesión encuentra un testimonio personal e íntimo del amor eterno, así como los recursos que lo acompañan: “Satisfaré al alma cansada, y saciaré a toda alma entristecida” (v. 25).

Jeremías 31:27-40

Jeremías no anuncia solamente acontecimientos enojosos. También tiene buenas noticias para el pueblo. “He aquí vienen días”, dice él, en que Jehová restablecerá la casa de Israel y la de Judá en virtud de un nuevo pacto. El antiguo había sido quebrantado por el pueblo. Éste se había mostrado incapaz de hacer frente a sus obligaciones resumidas en la ley. Por eso Dios no dará más esa ley a los suyos en tablas de piedra. La pondrá en sus corazones (así serán a imagen del Siervo obediente; véase Salmo 40:8). Va a escribirla directamente en sus corazones regenerados (v. 33; 2 Corintios 3:3). Dicho de otro modo, ellos cumplirán la voluntad de Jehová por amor y no ya por temor. Con más razón ¿no es el gran motivo que debe llevar a los hijos de Dios a obedecer a su Padre celestial? Sí, dejemos que él grabe en cada uno de nuestros corazones las enseñanzas de su Palabra.

“Todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande”. El Señor desea que así sea en cada una de nuestras familias.

Los versículos 31 a 34 son citados en Hebreos 8:10 a 12. Terminan con la promesa que también nos concierne: “Perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (comp. Hechos 10:43). Porque “la sangre del nuevo pacto” también fue derramada por nosotros (Mateo 26:28).

Jeremías 32:1-15

Este capítulo 32 se abre sobre acontecimientos particularmente críticos. Jerusalén, sitiada por el ejército babilónico, está viviendo los últimos días de su independencia. Para hacer callar a Jeremías, acusado de socavar el ánimo de los asediados, el rey tuvo la precaución de encerrarlo en la cárcel del palacio. Pero el cautiverio del profeta no impide que la palabra de Jehová llegue hasta él. Tampoco le impide que, conforme a las instrucciones que recibe, compre el campo de su primo Hanameel por medio de su fiel Baruc, mencionado aquí por primera vez. En semejante momento ese acto tiene un significado evidente y público. Pese a saber por medio de la palabra de Jehová que la ruina es inminente e inevitable, Jeremías muestra su fe en la misma Palabra divina, según la cual la restauración de Israel se cumplirá más tarde con toda seguridad (cap. 31). La situación personal del profeta no tiene solución (¿para qué puede servirle un campo a un prisionero?), la del pueblo es desesperada; humanamente hablando, Jeremías no tiene nada que esperar de sus compatriotas ni de los enemigos caldeos. Pero, contra toda esperanza, él cree con esperanza (véase Romanos 4:18). Y ese campo que él compra da testimonio de ello ante todos.

Jeremías 32:16-28; Jeremías 32:36-44

Aún hoy, cuando alguien compra un terreno o una casa, se debe cumplir cierto número de formalidades ante un escribano y las autoridades. Después de eso, el nuevo adquirente recibe un documento oficial que prueba su calidad de propietario. Jeremías conservará cuidadosamente las cartas que acreditan que el campo le pertenece (v. 14). Dios, por la Palabra de su gracia, garantiza a todos sus hijos “herencia con todos los santificados” (Hechos 20:32). Y podemos afirmar como Pablo: “Estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Timoteo 1:12). Además, ese final del reino de Judá por diversos motivos se parece a los días de la segunda epístola a Timoteo. En medio de la ruina, Jeremías, solo y prisionero como el apóstol, sabe a quién creyó. Su oración sube hacia Jehová (v. 16-25). Pone en contraste la actual angustia con las bendiciones de otros tiempos. Pero conoce el gran poder del Señor (v. 17), su bondad (v. 18) y la grandeza de su consejo (v. 19; comp. 2 Timoteo 1:7). “Ni hay nada que sea difícil para ti” puede decir él. Es lo que Dios le confirma en su hermosa respuesta… y lo que nos confirma (v. 27; comp. Mateo 19:26).

Jeremías 33:1-26

De nuevo Jehová se dirige a su siervo en la cárcel. Todavía tiene que hacerle preciosas revelaciones y le exhorta a orar para obtenerlas (v. 3; Amós 3:7). Dios está siempre dispuesto a instruirnos en cosas grandes y ocultas que no sabemos. Pero nos invita a pedírselas primeramente.

Jeremías va a oír hablar de lo que más le preocupa: la restauración de su pueblo después del desastre que va a caer sobre él. Hoy día, en ciertas regiones cuyo suelo es estéril existen aldeas enteras que fueron abandonadas como consecuencia del despoblamiento del campo. Pocos espectáculos son tan lúgubres. Cuánto peor debía ser la desolación de una ciudad como Jerusalén devastada y quemada después del exilio de sus habitantes (v. 10; véase Nehemías 2:13-14). Pero las promesas de Dios son formales: la alegría y la animación llenarán de nuevo la ciudad. Se le dará un nombre nuevo: “Jehová, justicia nuestra” (v. 16); él nos recuerda que nadie entrará en la ciudad celestial en virtud de su propia justicia. Allí todo estará exclusivamente fundado en la de Cristo. Y las dos familias por medio de las cuales se aseguraban las relaciones del pueblo con Dios —la de los reyes y la de los sacerdotes— volverán a verse representadas (v. 17-18).

Jeremías 34:1-22

Mientras se desarrolla el sitio de Jerusalén, Jehová encarga a Jeremías un mensaje personal para el rey Sedequías (v. 2-6), sin duda aquel al que alude el capítulo 32 versículo 3. Dios promete al rey indulgencia y una muerte apacible. En efecto, por los versículos 8 y 9 nos enteramos de que las intenciones de ese hombre no eran malas. Hasta estaba animado de cierta benevolencia hacia Jeremías (38:10 y 16). Pero le faltaba totalmente fortaleza de carácter. No tenía la energía que la fe dará a Nehemías en una ocasión parecida (véase Nehemías 5). Después de haber decretado la libertad de todos los siervos hebreos, Sedequías no es capaz de hacer respetar esa decisión por mucho tiempo. Entonces, Jehová recuerda a ese respecto cuáles son las precisas instrucciones de la ley, que ya los padres no habían tenido en cuenta. Y nosotros recordamos las enseñanzas referentes al siervo, quien por amor no quiere salir libre, hermosa figura del Señor Jesús (Éxodo 21:2-6).

Dios va a servirse de la malvada acción de esos hombres para ilustrar el castigo que él les reserva. Va a actuar como ellos, es decir, quitándoles la libertad que les había otorgado en otros tiempos y sometiéndolos al rey de Babilonia (Lucas 6:38).

Jeremías 35:1-11

Esta vez Jeremías tiene ante sí un servicio que se revelará como alentador. Dios le encargó que invitara a los miembros de la familia de los recabitas a la casa de Jehová a fin de ponerlos a prueba. ¿Tomarán el vino que el profeta les servirá? Esos hombres rehúsan con firmeza las copas que se les ofrece y dan a conocer el motivo de esa actitud. Como verdaderos nazareos están consagrados a abstenerse de lo que representa los goces del mundo (Números 6:1-3). Además, manifestando el carácter de extranjeros en una tierra donde sólo residen temporalmente (fin del v. 7), no siembran ni edifican, sino que viven en tiendas. Toda esa conducta —aclaran ellos— les fue dictada por su antepasado Jonadab, ese hombre fiel que 2 Reyes 10:15 y 16 nos muestra tomando firme partido por Jehová.

Algunos de nosotros hemos tenido padres o abuelos que nos enseñaron —sin que siempre fuera comprendida— la separación respecto de un mundo en el cual el creyente es extranjero como lo fue su Señor. Más que nunca debe ser realizada en vísperas de su retorno (Apocalipsis 22:11-12). Y él, por cuanto nos ha dado en sí mismo un “gozo inefable y glorioso” (1 Pedro 1:8), nos invita a abstenernos de los goces del mundo.

Jeremías 35:12-19

Los hijos de Recab fácilmente habrían podido alegar que, como habían transcurrido más de 250 años desde las instrucciones de su antepasado, era necesario vivir de modo acorde a la época, o que un comportamiento exterior carecía de valor frente a las disposiciones del corazón. Hoy en día, algunos invocan tales pretextos para ensanchar el camino. ¡Pero no! y Dios se complace en reconocer que “los hijos de Jonadab, hijo de Recab, tuvieron por firme el mandamiento que les dio su padre” (v. 16). De una generación a otra habían mantenido firmemente, sin ruido (pero ciertamente no sin oprobio ni sufrimientos) la piadosa línea de conducta trazada por su antecesor. Bajo los tan odiosos reinados de Acaz, de Manasés y de Amón, habían formado parte de los fieles ocultos que Jehová conocía, como los siete mil en tiempos de Elías (1 Reyes 19:18). Y no habríamos sabido nada de toda esa familia si Dios no hubiese querido servirse de ella para dar testimonio público a todo Judá. Sí, el ejemplo de los recabitas subrayaba la desobediencia del pueblo de Jerusalén… de igual modo que hoy la manera de vivir de los cristianos debería, por contraste, condenar a un mundo rebelado contra Dios y hablar a su conciencia.

Jeremías 36:1-15

Ya conocemos a Baruc, secretario y fiel amigo de Jeremías (cap. 32:12). Su nombre significa «bendecido». Aunque pertenecía a una familia noble (su hermano Seraías era principal camarero del rey; cap. 51:59), ese hombre había escogido la compañía del profeta cautivo, odiado y menospreciado, antes que la de los príncipes, a la cual su nacimiento le daba derecho a frecuentar. Nos hace pensar en Onesíforo, ese abnegado hermano que visitaba a Pablo en su prisión de Roma, respecto de quien este último pudo escribir a Timoteo: “Muchas veces me confortó, y no se avergonzó de mis cadenas… Y cuánto nos ayudó en Éfeso, tú lo sabes mejor” (2 Timoteo 1:16-18). Baruc también está siempre dispuesto a servir, pese a los riesgos que ello implica. Sí, admiremos —y deseemos poseer— ese hermoso celo dictado por el amor a Dios y, a la vez, a su siervo y a su pueblo. Aquí se trata de escribir las palabras de Dios mismo bajo el dictado de Jeremías, prisionero (comp. también Romanos 16:22), y luego de leerlas, el día del ayuno, a oídos de todos los de Judá. Un oyente especialmente atento, llamado Micaías, se apresura a informar a los príncipes y éstos convocan a Baruc para que les haga oír de modo particular el contenido de ese rollo.

Jeremías 36:16-32

Hemos dejado a Baruc sentado en medio de los príncipes de Judá, ocupado en leerles las palabras de Jehová. Espantados, esos hombres se miran unos a otros. El asunto les parece demasiado serio como para no hablar de ello al rey. Este último, puesto al tanto, ordena que también a él se le haga oír el contenido de ese temible rollo. Señalemos que su contenido no nos fue dado a conocer ni en el momento de su redacción ni con motivo de sus tres lecturas. Pero cabe pensar que el capítulo 25 de nuestro libro formaba parte de él (comp. respectivamente v. 1 y 29 con cap. 25:1 y 9).

Después de haber escuchado un rato con creciente irritación, el rey se apodera del rollo, lo acuchilla y lo echa al fuego. Era su insensata manera de querer deshacerse del juicio. Pero no sólo no podía destruir con el rollo una sola de las palabras escritas en él (al contrario, por orden de Jehová otro viene a reemplazarlo, al cual se le añaden todavía “otras palabras semejantes”), sino que el rey atraía sobre sí un castigo suplementario (v. 30-31; Proverbios 13:13).

¡Cuántas personas desprecian la Palabra de Dios, sin que ello necesariamente sea hecho por una imitación del temerario gesto de Joacim (Salmo 50:17; 1 Juan 4:6).

Jeremías 37:1-21

El capítulo 37 nos traslada de nuevo al tiempo de Sedequías. Mejor intencionado pero más débil que su antecesor, ese rey igualmente permanece sordo a todas las palabras de Jehová. Ello no le impide, como en el capítulo 21, consultar a Jeremías y reclamar su intercesión. Muy a menudo, nos sentimos más inclinados a hacer peticiones al Señor que a escuchar lo que él quiere decirnos. Pero si deseamos que él conteste a nuestras oraciones, empecemos, pues, por obedecerle (Juan 15:7).

Por un momento los acontecimientos parecen contradecir lo que el profeta había anunciado. En lugar de tomar a Jerusalén, los caldeos —amenazados por el ejército egipcio— levantan el sitio y se van. La ciudad parece liberada. ¡Jehová le recuerda a Jeremías que ésta es una situación provisional! Jeremías piensa aprovecharla para abandonar la ciudad condenada, pero es reconocido y es llevado a los príncipes bajo el cargo de traición. En tiempos de Joacim, los príncipes parecen haber tenido mejores disposiciones que el rey (cap. 36:19). Bajo el gobierno de Sedequías ocurre lo contrario. En tanto que Jeremías ha sido azotado y encarcelado por esos príncipes, el rey arregla una entrevista secreta con él y luego mejora las condiciones de su cautiverio.

Jeremías 38:1-13

Los príncipes se exasperan contra Jeremías, a quien acusan de decir palabras derrotistas. Obtienen del rey la autorización que necesitan para echarlo en la cisterna y dejarlo morir allí. Grande es el infortunio del varón de Dios en ese pozo inmundo y cenagoso. Pero él invoca a Jehová y recibe esta preciosa respuesta: “No temas” (léase Lamentaciones 3:52-57). La liberación está lista. Dios preparó el instrumento necesario: alguien que ni siquiera formaba parte del pueblo, un siervo negro que pertenecía al palacio, llamado Ebed-melec (nos hace pensar en el joven de quien Dios se sirvió para la liberación de Pablo en Hechos 23:16). Sedequías es influenciable tanto para el bien como para el mal, de modo que se deja ablandar. Entonces asistimos a la laboriosa operación de salida del oscuro pozo, la que denota la abnegación de Ebed-melec.

Jeremías, falsamente acusado, azotado y arrojado a esa horrible cisterna, es, especialmente aquí, una figura del Señor Jesús. El final del versículo 6 nos hace pensar en el Salmo 69:2 : “Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie”. Es una imagen de los sufrimientos y de la muerte de Cristo. Y el versículo 13 puede compararse con el comienzo del Salmo 40, referente a su resurrección: “Me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso”.

Jeremías 38:14-28

El pobre Sedequías, atormentado por las preocupaciones e incertidumbres, vuelve a convocar secretamente a Jeremías. Éste lo exhorta a salir “en seguida” al encuentro de los jefes caldeos y rendirse. Lo advierte de lo que le aguarda si no lo hace: es amenazado de que sus pies sean hundidos “en el cieno” (v. 22). El profeta sin duda dice esto pensando en su reciente experiencia, pero ¡qué diferencia hay entre los dos hombres! Sedequías, aunque sabe cuál es la voluntad de Dios, se siente sin fuerzas para cumplirla porque es dominado por el temor a los hombres: teme a los caldeos, teme a los príncipes (v. 5 y 25), teme a los judíos ya transportados (v. 19; véase Proverbios 29:25). Sólo el verdadero temor de Dios parece ausente de su pensamiento. Sí, ¡qué contraste con la seguridad que la fe da a Jeremías! Este encuentro nos hace pensar en la escena del capítulo 26 de los Hechos, en la que vemos a Pablo prisionero compareciendo ante el rey Agripa. Puede hablarle “con toda confianza” (v. 26) y termina diciendo: “¡Quisiera Dios que… fueseis hechos tales cual yo soy, excepto estas cadenas!” (v. 29). Es de desear que nosotros también podamos ser como Pablo y Jeremías, siempre llenos de ánimo ante los hombres porque el Señor está con nosotros (Hebreos 13:6).

Jeremías 39:1-18

¡Y ocurre la trágica toma de Jerusalén!

Sedequías y sus guerreros huyen a través de los huertos. ¡Demasiado tarde! Son alcanzados, encadenados y conducidos ante el rey de Babilonia. Once años antes, este último había colocado a Sedequías en el trono de Judá y le había hecho prometer fidelidad jurando por Dios (2 Crónicas 36:13; Ezequiel 17:18-20). Al rebelarse con el apoyo de Egipto (cap. 37:7), Sedequías había faltado a su palabra y mostrado a los enemigos de Israel el poco caso que hacía del nombre de Jehová, al cual, en cambio, Nabucodonosor le había concedido valor. De ahí el cruel castigo que soporta el rey cobarde y perjuro.

Los versículos 15 a 18 contienen palabras dirigidas personalmente a Ebed-melec. Dios conocía sus temores (v. 17) —así como conoce todas nuestras inquietudes— y no lo condena. Pero, en tanto que los temores de Sedequías lo habían conducido a apoyarse en los hombres para escapar de otros hombres, el temor experimentado por Ebed-melec le hacía recurrir a Jehová. “Tuviste confianza en mí” dijo Jehová. Ese hermoso testimonio abre a ese humilde esclavo extranjero el acceso a las promesas de gracia del cap. 17:7 y 8 (comp. Salmo 37:3, 39-40; Rut 2:12).

Jeremías 40:1-10

¿Qué fue de Jeremías en medio de todos esos acontecimientos? Quedó en el patio de la cárcel “hasta el día que fue tomada Jerusalén” (cap. 38:28), fue encadenado en medio de los demás cautivos y formó parte hasta Ramá del lúgubre cortejo de los deportados al exilio. Sin embargo, Nabuzaradán, capitán de la guardia encargado de los prisioneros, recibió del mismo rey de Babilonia benévolas instrucciones respecto de Jeremías. No sólo no se le debe hacer ningún mal, sino que el profeta es invitado a decidir por sí mismo acerca de su suerte. ¿Irá a Babilonia, donde se hallan los “buenos higos” del capítulo 24, esos transportados a quienes Jehová prometió proteger y hacer prosperar, o permanecerá con esos pobres del país que son dejados en Judá? Pese a la libertad que se le da, el profeta se abstiene de escoger él mismo (v. 5, V.M.), dándonos así una nueva lección de dependencia. No se trata de su bienestar sino del deseo de hallarse en el lugar en que Dios quiere colocarlo para que le sirva. Sin especial dirección de lo alto, él deja que el capitán de la guardia escoja en su lugar y reconoce la voluntad de Jehová en el consejo que se le da. Éste es un ejemplo digno de imitar cada vez que no veamos claramente el camino a seguir (Génesis 13:9).

Jeremías 40:11-16; Jeremías 41:1-10

Con la destrucción de Jerusalén y el cautiverio de su último rey, Nabucodonosor suprimió toda posibilidad de rebeldía en el reino de Judá. Sin embargo, mantuvo allí cierto número de habitantes, de los más pobres, para no dejar el país en estado de abandono y colocó a su cabeza a Gedalías, un gobernador que gozaba del beneplácito de todos. Durante ese tiempo vemos a Jehová velar en gracia por esos habitantes salvados de la transportación, haciendo prosperar sus cosechas (v. 12; comp. Proverbios 30:25).

Lamentablemente, ese período favorable no dura. Dios, que conoce los corazones, permite nuevos y trágicos acontecimientos a fin de manifestar su estado. Bajo la figura del rey de los hijos de Amón (v. 14) reaparece un viejo enemigo de Israel, que parecía estar aniquilado. Pero aún existe y su mala disposición no ha cambiado; la debilidad del pueblo es propicia en ese momento para que él las manifieste. Así ocurre con Satanás, nuestro gran adversario. No cede jamás y siempre procura aprovechar lo que debilita nuestra resistencia (cansancio, pereza, falta de vigilancia…)

Con el apoyo de Baalis, Ismael —sin duda celoso de la autoridad de Gedalías— organiza una conspiración para asesinarlo cobardemente, así como a los judíos que están con él en Mizpa.

Jeremías 41:11-18; Jeremías 42:1-6

La noticia de la horrenda masacre de Mizpa llega a oídos de Johanán. Rápidamente se dirige hacia la tropa de Ismael y, a su llegada, todo el pueblo al que este último conducía en cautiverio, para entregarlo a los hijos de Amón, se apresura a cambiar de campamento. Ismael mismo, al darse cuenta de que tenía que vérselas con alguien más fuerte que él, escapa con ocho hombres y halla refugio junto a Baalis, su protector. Por su lado, Johanán y el pueblo liberado van a habitar a Gerut-quimam (mesón de Quimam), cerca de Belén (quizás el mismo en que, más tarde, no habrá lugar para el Hijo de Dios; Lucas 2:7).

Pero el peligro para esa pobre gente está lejos de haber sido ahuyentado. El asesinato del gobernador establecido por el rey de Babilonia expone ahora a los judíos a la ira de este último, tan pronto como sea informado. Temen que Nabucodonosor, perdiendo la paciencia a causa de las sucesivas rebeliones del pueblo de Judá, intervenga con suma severidad, y esta vez los inocentes paguen por los culpables. En su temor y perplejidad, Johanán y sus compañeros se vuelven con aparente humildad hacia Jeremías, a quien hallamos de nuevo entre ellos. Él es el portador de la Palabra de Dios, y, repitámoslo, ésta es la única fuente de luz, tanto para nosotros como para ese pueblo (Salmo 119:105).

Jeremías 42:7-22

En Isaías 30:2 (léase todo el párrafo) Jehová declara: “se apartan para descender a Egipto, y no han preguntado de mi boca”. Aquí Dios fue consultado por intermedio de su profeta, pero el pueblo obedecerá solamente si la respuesta corresponde a sus intenciones.

Transcurren diez días. El profeta no se da prisa para contestar, esperando él mismo la revelación del pensamiento divino.

¿Por qué a menudo el Señor tarda en responder a nuestras oraciones? Quiere poner a prueba nuestra confianza en él. Y la fe es siempre paciente. Por lo tanto, sólo el tiempo permitirá reconocer si nuestra oración fue la de la fe o si, por el contrario, cansados de esperar, terminamos por buscar nosotros mismos una solución a nuestra dificultad.

La pregunta formulada era la siguiente: ¿Debemos descender a Egipto o permanecer en el país?

Por boca de Jeremías, Jehová da a conocer su respuesta llena de gracia pero perentoria: ¡Quedaos en el país! En él seréis bendecidos. El rey de Babilonia será inclinado a la benevolencia y a la misericordia. Sería vuestra perdición ir a Egipto.

Amigos creyentes, cualquiera sea el camino que se abra ante nosotros, guardémonos de emprenderlo antes de conocer la voluntad del Señor.

Jeremías 43:1-13

Al dirigirse a Jeremías, el pueblo solemnemente se había comprometido a escuchar la voz de Jehová “sea bueno, sea malo” (cap. 42:6). La respuesta era por demás clara: no debían partir. Pero esa prohibición no concordaba con las secretas intenciones de Johanán y sus compañeros. Se habían engañado a sí mismos en sus almas (cap. 42:20), ya que estaban decididos a ir a Egipto. Y el capítulo 41:17 nos muestra que ya habían hecho ese proyecto al llegar a Quimam, aun antes de consultar a Jeremías. ¿No es una burla para Dios el hecho de preguntarle cuál es su voluntad, sabiendo muy bien de antemano lo que se tiene la intención de hacer? Por desgracia, semejante falta de rectitud quizás es más frecuente de lo que pensamos y todos necesitamos tener cuidado con nuestros corazones engañosos (cap. 17:9).

Una vez más, Jeremías sufre injustamente. Esos “varones soberbios” le acusan de mentir y buscar la esclavitud y la muerte del pueblo. El profeta, al contrario, va a dar la medida de su amor al acompañar todavía a ese pueblo en su desastroso viaje.

Los judíos creyeron ponerse a cubierto, pero justamente allí Nabucodonosor los alcanzará (v. 11). Las decisiones que se toman por falta de fe a menudo atraen sobre nosotros la prueba misma que queríamos evitar.

Jeremías 44:1-10

“¿Qué tienes tú en el camino de Egipto, para que bebas agua del Nilo?” (cap. 2:18) preguntó Jehová al comienzo de este libro. Sabía bien por qué razón no quería ese viaje a Egipto (comp. Deuteronomio 17:16). La horrorosa idolatría de Judá, en particular desde el tiempo de su rey Manasés, fue la causa de los juicios que acababan de caer sobre él. Pero Egipto también estaba consagrado a los ídolos (qué importa que llevaran nombres diferentes) y el pueblo corría allí el riesgo de corromperse todavía más. ¡Lo que no dejó de producirse! Podemos estar seguros de que, al cerrarnos un camino, Dios quiere protegernos de los peligros que él conoce, aun cuando en el momento no entendamos sus motivos. Al insistir, al obrar según nuestra propia sabiduría, solamente podemos perjudicarnos.

“¿Por qué hacéis vosotros tan grande mal contra vuestras mismas almas?” (v. 7, V.M.) pregunta aquí Jehová al pueblo. Sí, no perdamos de vista que perjudicamos nuestras almas al no cumplir la voluntad del Señor (Proverbios 8:36; Habacuc 2:10).

Esos judíos, gente de dura cerviz, pese a todas las penosas lecciones recibidas, no se humillaron hasta ese día; su soberbia no estaba quebrantada (v. 10; cap. 43:2).

Jeremías 44:11-23

Deliberadamente el pueblo escoge servir a los ídolos, así como lo habían hecho sus padres, y no se avergüenza de declararlo. Está en abierta rebelión contra Jehová. Moralmente, cuánto camino se recorrió desde Josué 24, cuando Israel, que había subido de Egipto a Canaán, seguía a su conductor para tomar este compromiso: “Nunca tal acontezca, que dejemos a Jehová para servir a otros dioses… serviremos a Jehová, porque él es nuestro Dios” (léase Josué 24:16 y 18). Y con una entera mala fe, esos judíos atribuyen su actual miseria al hecho de haber dejado de venerar “a la reina de los cielos” (comp. cap. 7:18). Aunque Jehová les había advertido que la espada, la peste y el hambre les aguardaban en Egipto, cuando esas desgracias les sobrevienen las toman como pretexto para renovar sus sacrificios a esos ídolos. ¡Cuántas personas razonan de la misma manera: Dios no me dio lo que yo deseaba! ¡Qué importa!, me vuelvo hacia el mundo (del cual Egipto siempre es su imagen); él no me rehusará nada.

¡Miserable corazón humano! Estos versículos nos enseñan también que él puede estar simultáneamente bajo el dominio de la orgullosa incredulidad y de la más tenebrosa superstición (2 Corintios 4:4).

Jeremías 44:24-30; Jeremías 45:1-5

Jeremías recordó los abominables pecados del pueblo. Tomó nota de la injuriosa respuesta de esa asamblea de rebeldes. Ahora saca sus conclusiones. ¡Son espantosas! Con excepción de muy pocos, ese pueblo va a perecer en Egipto bajo el peso de las calamidades que lo aguardan (y de las cuales “la reina de los cielos” será muy incapaz de protegerlos). Nunca más se hablará de ella.

Pero, en esos tiempos de ruina general, es consolador comprobar que “conoce el Señor a los que son suyos” (2 Timoteo 2:19). Todo un pequeño capítulo es consagrado a Baruc. Jehová tiene para él unas palabras personales, a la vez de reprensión y de consuelo. Junto con Jeremías, a quien no abandonó, ese hombre fue objeto de calumnias y acusaciones públicas (cap. 43:3). Empero, lo que importaba era lo que Dios pensaba de él (2 Timoteo 2:15). Baruc, descendiente de una familia principesca, quizás había esperado desempeñar algún papel preponderante, como ponerse a la cabeza de un pueblo humillado y restaurado. Por eso le alcanzó el desaliento (v. 3; Proverbios 24:10). Pero Jehová lo exhorta: “¿Y tú buscas para ti grandes cosas? No las busques” (v. 5). El Señor tampoco espera grandes cosas de nosotros… con excepción de una cosa muy grande a sus ojos: la fidelidad (comp. Apocalipsis 3:8).

Jeremías 46:1-19

Jeremías, lo mismo que Isaías en sus capítulos 13 y siguientes, es llevado ahora a profetizar respecto de las naciones. La primera es precisamente Egipto, donde el pueblo creyó hallar refugio. Es la imagen de un mundo idólatra y por ello van a caer terribles juicios sobre él. Y nos acordamos de las declaraciones del Nuevo Testamento respecto de este mundo que pasa (1 Juan 2:17) y de la apariencia de este mundo que se pasa (1 Corintios 7:31).

El rey de Egipto es objeto de una comparación irónica y severa: “Faraón… llamadle ruido a destiempo” (v. 17, otra versión). Un ruido puede asustar por un instante, pero ¿qué hay de más fugaz e inútil? ¡Cuántos grandes —y no tan grandes— personajes de este mundo no son nada más que un “ruido” pasajero! Los diarios de esta semana les consagran unas columnas; dentro de un mes o un año se habrán hundido en el olvido.

Otras tristes palabras se agregan respecto de Faraón: como su lejano predecesor del Éxodo, quien había endurecido su corazón, ese hombre “dejó pasar el tiempo señalado” (comp. Juan 12:35). Queridos jóvenes lectores, éste es un solemne pensamiento. ¡No dejen pasar el tiempo de convertirse, el tiempo de servir al Señor aquí abajo, el tiempo de responder a la invitación de Lucas 22:19!

Jeremías 46:20-28; Jeremías 47:1-7

En medio de esos juicios contra las naciones, Jehová cuida de intercalar unas palabras destinadas a tranquilizar al futuro remanente de Israel. De la misma manera, cuando el porvenir se ensombrece para el mundo, el hijo de Dios es invitado a no temer y a acordarse de su esperanza (2 Tesalonicenses 2:16-17).

En el capítulo 47 se condena a la Filistea. Sabemos que ese tradicional enemigo de Israel estaba ubicado dentro de sus fronteras, contrariamente a las otras naciones (Moab, Amón, Edom…) de las cuales se tratará en los capítulos siguientes. Si bien a veces ese pueblo fue tributario, en particular bajo el reinado de David (2 Samuel 8:1), Israel nunca pudo arrancarle ciudades como Gaza y Ascalón, las que formaban parte del territorio filisteo aun en tiempo de los más poderosos reyes de Israel. Como los filisteos tienen su origen en Egipto (Mizraim: Génesis 10:6, 13-14), nos hablan de los que dicen ser cristianos, los inconversos de este mundo, quienes toman lugar en el país de la bendición sin tener derecho a ello. Invocan privilegios cristianos sin tener la vida que da derecho a ellos; pretenden ser hijos de Dios pese a ser enemigos de su pueblo y de la verdad. Debemos tratarlos por lo que son en realidad y no hacerles ninguna concesión.

Jeremías 48:1-27

Después del corto capítulo dedicado a Filistea, Jehová, en cambio, tiene mucho que decir respecto de Moab. Ese pueblo había puesto su confianza en sus bienes, en sus tesoros (v. 7), en su dios Quemos (v. 13) y en sus hombres de guerra (v. 14). Pero esos socorros, con los cuales contaba, no solamente no lo liberan en absoluto sino que son la causa del juicio que cae sobre él (v. 7).

Algo esencial le había faltado a Moab. Por más sorprendente que pueda parecer, eran… las pruebas. El vino nuevo debe primeramente ser trasvasado de vasija en vasija hasta que se ponga claro, «despejado», después de depositarse poco a poco todo su sedimento. Pero Moab nunca había sufrido ese tratamiento. Estuvo quieto “desde su juventud” (v. 11; Zacarías 1:15); no había aprendido, mediante difíciles circunstancias, a conocerse para perder su mal sabor original (es el resultado que Jehová va a tratar de producir en Israel al enviarlo en cautiverio). Sí, el Señor sabe lo que hace cuando permite circunstancias que nos revuelven y nos arrancan de nuestra indolencia (Salmo 119:67). Esos desagradables «trasiegos» están destinados a hacernos perder, cada vez más, un poco de nuestra propia voluntad, un poco de nuestra pretensión y un poco de nuestra confianza en nosotros mismos.

Jeremías 49:1-22

Los hijos de Amón habían aprovechado cobardemente la transportación de las diez tribus para apropiarse del territorio de Gad, ubicado al otro lado del Jordán. Para volver a poner las cosas en su lugar, después de haber «heredado» indebidamente de Israel, vendrán a ser su heredad (final del v. 2). Ayer vimos que Moab, el burlador, llega a ser a su vez objeto de escarnio (cap. 48:26-27), y es notable observar que los juicios que Dios envía, a menudo están en relación con la falta cometida hacia los demás. Tales lecciones, si sabemos recibirlas, permitirán que comprendamos mejor el alcance de Mateo 7:2 y 12, versículos que nos exhortan a no hacer a los demás lo que no deseamos que nos sea hecho.

Lo que caracteriza aquí a Edom es su extrema arrogancia. Este pueblo, anidado como el águila en sus peñas escarpadas y agrestes del monte de Seír (v. 16), se consideraba invulnerable. Pero Dios supo y sabrá hallarlo de nuevo para hacerlo descender de allí, reduciendo su guarida a perpetuo desierto (v. 13; Abdías v. 4). Contrariamente a lo hecho con Moab y Amón, Jehová, al terminar, no da a Edom ninguna promesa de hacer volver sus cautivos. “Ni aun resto quedará de la casa de Esaú” (Abdías 18; comp. cap. 48:47 y cap. 49:6).

Jeremías 49:23-39

Después de Edom, se trata primeramente de Damasco, con Hamat y Arfad, principales ciudades de Siria; luego, de Cedar y Hazor, donde habitaban tribus nómadas. Finalmente, se pronuncia la sentencia contra Elam (Persia), nación alejada de Israel, mientras que todas las demás eran vecinas.

Dios es justo. Midió exactamente el castigo de cada uno de esos pueblos y lo proporciona a los privilegios que recibieron (Romanos 2:6; Daniel 4:35). En el capítulo 2:10-11, Jehová precisamente había comparado a Israel con Cedar, pueblo primitivo e ignorante, pero que, por lo menos, había permanecido fiel a sus falsos dioses, mientras que Su pueblo se había alejado del verdadero Dios. ¡Cuánto más culpable era Israel, instruido por la ley! Recordemos —especialmente si somos hijos de padres creyentes— este importante versículo: “A todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará” (Lucas 12:48).

Todos esos pueblos debían caer, al igual que Judá, bajo el poder de Nabucodonosor (v. 30) y convertirse en otras tantas provincias del gran imperio babilónico. Era, pues, vano e insensato de parte de los judíos volverse hacia esos vecinos para buscar refugio y seguridad (Salmo 60:11). ¿Cómo podrían ayudarles esos pueblos, ya que ellos mismos no podían liberarse?

Jeremías 50:1-16

Babilonia, cuna de la mundanería y de la corrupción, es la última de las naciones en oír el juicio de Jehová. Como Jeremías predicaba la sumisión a Nabucodonosor, se le había acusado de ser favorable a los caldeos y de traicionar a su propio pueblo. Pero esos dos largos capítulos de la profecía nos muestran lo que Dios le había enseñado respecto de Babilonia. Por otra parte, ya había declarado que, si bien Jehová se servía de ella para disciplinar a Judá, llegaría el momento en que, a su vez, la gran ciudad sería «visitada» en juicio y reducida “en desiertos para siempre” (cap. 25:12-14). Bel, Merodac (el dios Marduk) y todos sus otros ídolos iban a desaparecer vergonzosamente con aquellos que los servían, mientras que Israel y Judá no serían privados “de su Dios, Jehová de los ejércitos” (véase el cap. 51:5). Esos juicios que iban a castigar a Babilonia contribuirán finalmente a abrir los ojos y el corazón de los cautivos del pueblo. Los versículos 4 y 5 de este capítulo 50 nos muestran las lágrimas y la humillación que acompañarán su vuelta a Jehová, preludio de su completa y final liberación. El mundo actual está lleno de vanos ídolos, los que pronto pasarán con él. Nosotros, que somos instruidos por la Palabra de Dios, ¿podríamos apegarnos a ellos? (1 Juan 5:21).

Jeremías 50:17-32

Por cierto que el castigo de Israel por medio de los caldeos respondía a la voluntad de Dios. Pero el encarnizamiento y la crueldad con los cuales estos últimos iban a ejecutarlo justificarían la “venganza” de que luego sería objeto Babilonia. Además, al atacar a Israel, Babilonia combatiría contra Jehová (final del v. 24; véase Zacarías 2:8). En particular, la destrucción y saqueo del templo serían un personal insulto hacia Aquel que había puesto su gloria en él. Por esa razón el castigo de Babilonia es llamado “la venganza de Su templo” (v. 28 y cap. 51:11).

Notemos cómo esos sombríos capítulos al mismo tiempo están llenos de aliento para los fieles del pueblo de Dios. Jehová, su Redentor, es fuerte; abogará por la causa de Israel, su “rebaño descarriado”, para salvarlo de la boca de los leones que lo devoran (v. 17 y 34). En aquel tiempo Su perdón habrá borrado todas sus faltas: “La maldad de Israel será buscada, y no aparecerá; y los pecados de Judá, y no se hallarán” (v. 20; comp. Números 23:21).

Jeremías 51:27-46

Muchas de las expresiones de estos capítulos se vuelven a emplear en el Apocalipsis a propósito de la futura Babilonia. Ésta no es más una ciudad sino un vasto sistema religioso, satánica imitación de la Iglesia de Cristo, la que se desarrollará plenamente después de que esta última haya sido arrebatada. En ese despliegue del mal, el divino llamado se hace oír varias veces: “Salid de en medio de ella, pueblo mío” (cap. 50:8; 51:6 y 45; Esdras 48:20; Zacarías 2:7; Apocalipsis 18:4). En efecto, permanecer en Babilonia después de la condena pronunciada por Dios era, por una parte, participar de sus pecados y, por otra, exponerse a compartir sus plagas. El Señor imparte hoy una orden semejante a todos los suyos que todavía están en los diferentes medios de la cristiandad nominal: “Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2 Timoteo 2:19). Pero, pese a comprobar esa iniquidad alrededor de ellos, ciertos creyentes estiman que deben permanecer en un medio reconocido como malo; esperan que su buena influencia contribuya a mejorar ese ámbito. Eso es forjarse una ilusión y, al mismo tiempo, estimarse más sabio que Aquel que les ordena salir de allí (2 Corintios 6:14-18).

Jeremías 51:47-64

“Acordaos por muchos días de Jehová, y acordaos de Jerusalén” (v. 50). El remanente fiel era invitado a salir del corrupto medio de Babilonia, no sin saber adónde ir. Para tomar esta valerosa decisión, primeramente era necesario ser atraído fuera mediante poderosos afectos (Salmo 137:5-6). Asimismo, hoy en día el creyente es invitado a salir fuera del campamento religioso de la profesión cristiana «hacia él», hacia Jesús, presente en medio de los “dos o tres” congregados en su nombre (Hebreos 13:13).

Al terminar la exposición de todos sus juicios, Jehová los firma con un temible nombre: “Dios de retribuciones” (v. 56). Pero, lo que es un notable detalle, esas palabras de juicio contra Babilonia preceden al relato de la destrucción del templo en el capítulo 52. Es necesario que la ruina de los ídolos babilónicos sea anunciada antes de que efectivamente tenga lugar la del Templo (v. 47 y 52). Así nadie podrá pensar que esos ídolos son realmente más poderosos que el Dios de Israel. Siete años antes de la toma de Jerusalén, todas esas palabras debían ser escritas en un libro. Y éste, después de haber sido leído, debía ser sumergido en medio del Eufrates por mano de Seraías, hermano de Baruc, como testimonio de que Babilonia sería tragada.

Jeremías 52:1-16

Este capítulo 52 ya no forma parte de “las palabras de Jeremías” (cap. 51:64). Al igual que el capítulo 39, expone los acontecimientos que pusieron fin al reino de Judá y aproximadamente reproduce el capítulo 25 del 2º libro de los Reyes.

Sonó la hora del juicio; éste hiere a la vez a Jerusalén, su templo (v. 17 a 23), su rey y sus habitantes. La ciudad es tomada. Sedequías y su ejército huyen tratando de escapar de la red que se cierra. Pero no es con los caldeos sino con Dios con quien se las tienen que ver. Una vez que el rey de Judá es conducido a Ribla, ante Nabucodonosor, se le sacan los ojos —castigo reservado a los vasallos traidores— y, atado con grillos, se dirige al exilio. Hasta el final de su miserable vida guardará como última visión el atroz espectáculo de sus hijos degollados. Un mes más tarde, el capitán de la guardia de Nabucodonosor vuelve a Jerusalén para desmantelar sistemáticamente la ciudad rebelde y hacer una selección entre la población. El versículo 15 menciona a los desertores. Algunos, pues, habían escuchado a Jeremías.

Estas cosas no están escritas (y repetidas) a causa de su interés histórico, sino para instrucción de nuestras almas, a fin de servirnos de advertencia (1 Corintios 10:11). “Así que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaos…” (léase 2 Pedro 3:17-18).

Jeremías 52:17-34

Al asistir al saqueo de la casa de Jehová y al mirar a los caldeos romper y llevarse sus hermosas y poderosas columnas, nos embarga la tristeza al pensar lo que llegó a ser el testimonio de Israel en medio de las naciones. Pero, en comparación, ¡cuánto más considerables serán los sentimientos de Jehová ante la destrucción de la casa en la cual había puesto su nombre y frente a la ruina de Jerusalén! (léase 1 Reyes 9:6-9). En contraste, ¡qué valor tienen las promesas que el Señor hace al vencedor de Filadelfia!: “Al que venciere, yo le haré columna en el templo de mi Dios… y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de… la nueva Jerusalén… y mi nombre nuevo” (Apocalipsis 3:12). Queridos amigos, al terminar la lectura de este libro de Jeremías pidámosle al Señor que podamos formar parte de esos vencedores, es decir, que nos ayude a guardar su Palabra y no negar su nombre hasta el momento de su retorno.

Dios no permitió que el libro terminara con un triste cuadro. La gracia otorgada a Joaquín por parte del sucesor de Nabucodonosor (v. 31-34) es un testimonio de los cuidados que Jehová no dejará de dispensar a un débil remanente de su pueblo.

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