Hebreos

Hebreos 1:1-14

El autor de la epístola a los Hebreos probablemente es el apóstol Pablo. Pero él no se nombra para dejar todo el lugar al Señor Jesús, el gran “apóstol… de nuestra profesión” (3:1). Después de haber hablado por medio de tan diversos instrumentos (Jeremías 7:25), Dios acabó por dirigirse directamente a Israel y a los hombres por medio de su propio Hijo (Marcos 12:6).

Él es “la Palabra”, la plena y definitiva revelación de Dios. Y, para darnos una idea más elevada, nos enseña quién es este Hijo: el heredero de todo, el creador del mundo, el resplandor de su gloria, la imagen misma de su sustancia, el que sustenta todas las cosas (Juan 1:1 y 18). Pues bien, el que hizo el mundo, ¡también efectuó la purificación de nuestros pecados! Mas si para crear le bastó una palabra, para esa última obra tuvo que pagar el supremo precio: su propia vida.

Una sucesión de salmos llamados mesiánicos (2, 45, 102, 110…) establece la exaltación y la supremacía del Hijo de Dios. Los ángeles son criaturas, Jesús es el Creador; ellos son servidores y él es el Señor.

Los ángeles, de un modo invisible, ministran a nuestro favor; Jesús solo cumplió la purificación de los pecados: los míos y los suyos. Y lo que él es realza incomparablemente lo que él ha hecho.

Hebreos 2:1-9

“Dios… nos ha hablado por el Hijo… Por tanto,” –prosigue el capítulo 2– “es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído”. Ya sobre el santo monte, una voz del cielo había mandado solemnemente a los tres discípulos que ya no escucharan a Moisés o a Elías, sino al Hijo amado. “Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo” (Mateo 17:5-8).

Nosotros también, por la fe, “vemos… a Jesús” (v. 9). El capítulo 1 nos lo presenta bajo sus títulos divinos de Creador y Primogénito. Aquí aparece como el Hombre glorificado y vencedor de la muerte. En el capítulo 1 todos los ángeles le rinden culto; en el capítulo 2 Jesús ha sido hecho un poco menor que ellos a causa de esa muerte cuyo sabor infinitamente amargo tuvo que conocer (v. 9). Pero el Salmo 8, citado aquí, nos revela en su conjunto el propósito de Dios respecto de “Jesucristo hombre”. Una corona de gloria y de honra ciñe su frente; el dominio universal le pertenece por derecho y pronto todo se doblegará bajo su ley. Pero el lugar ocupado por “el autor de nuestra salvación” proclama ya la excelencia de esa salvación. ¿Cómo escaparemos nosotros si la “descuidamos”? (10:29). Fijémonos bien que basta ser descuidado y postergar para más tarde… Sí, apresurémonos a asir “una salvación tan grande”.

Hebreos 2:10-18

A Dios le convenía perfeccionar “por aflicciones” al autor de nuestra salvación (v. 10). “Quiso quebrantarlo, sujetándolo a padecimiento”, dice también Isaías (53:10). ¿Y con qué objetivo? Para llevar a “muchos hijos a la gloria”. “Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje”, agrega el profeta. Esos hijos que Dios ha dado a Cristo para que sean sus compañeros en la gloria son sus amados redimidos. “No se avergüenza de llamarlos hermanos” (v. 11). Pero, para poder tomar su causa, debía ser hecho semejante a ellos y llegar a ser verdaderamente hombre (v. 14). Este capítulo nos da varios motivos infinitamente preciosos de ese gran misterio:

–Jesús vino con nuestra naturaleza para glorificar a Dios como hombre y permitirle realizar sus propósitos respecto al hombre.

–Tomó un cuerpo para poder morir y así obtener la victoria sobre el que tenía el imperio de la muerte, y eso en su propia fortaleza.

–Finalmente, Jesús se vistió de nuestra humanidad para entrar perfectamente en nuestras aflicciones y comprenderlas con un corazón humano. Su propia experiencia del sufrimiento le permite simpatizar plenamente con nuestras pruebas como un sacerdote fiel y misericordioso. ¡Qué consuelo para todos los afligidos!

Hebreos 3:1-15

La epístola a los Hebreos ha sido llamada “la epístola de los cielos abiertos”. ¿Y a quién contemplamos en los cielos? A Jesús, a la vez apóstol, es decir, portavoz de Dios ante los hombres y sumo sacerdote, el portavoz de los hombres ante Dios.

Al escribir a los cristianos hebreos, el autor muestra, apoyándose en la historia del pueblo, cómo Jesús reúne y supera en su persona las glorias que veneraban los judíos: la de Moisés (cap. 3), la de Josué (cap. 4), la de Aarón (cap. 5)… Pero no podemos aprender a conocer al Señor sin descubrir al mismo tiempo la perversidad del corazón natural. Dios lo llama un “corazón malo de incredulidad” y nos recuerda que en él está el origen de nuestras miserias. “Siempre andan vagando en su corazón”, declara el versículo 10 (comp. con Marcos 7:21).

Por esa razón, quienquiera que oiga la voz del Señor (¿y quién se atrevería a decir que nunca la ha oído?) está solemne y triplemente invitado a no endurecer su corazón: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (v. 7, 15; 4:7). Generalmente limitamos esta exhortación al Evangelio de la cruz. Pero nosotros, que somos creyentes, ¿no tenemos cada día la oportunidad de oír la voz del Señor en su Palabra? ¡Que seamos guardados de toda forma de endurecimiento, cualesquiera sean las exigencias de su Palabra para con nosotros hoy!

Hebreos 3:16-19; Hebreos 4:1-7

El reposo de Dios en el séptimo día, después de la obra de la creación, pronto fue turbado por el pecado del hombre. Y desde entonces, “hasta ahora” (Juan 5:17), no ha cesado el trabajo que el Padre y el Hijo realizan conjuntamente para la redención. Mas aquí aprendemos esto:

1° Dios siempre tiene en vista Su reposo.

2° Éste está por venir y no se confunde con el establecimiento del pueblo en Canaán bajo la conducción de Josué. Israel gozará del reposo terrenal en el milenio, y la Iglesia en la gloria celestial.

3° Si bien Dios quiere compartir su reposo con su criatura, no todos entrarán en él.

Como otrora en el desierto, la “incredulidad” (3:19) y la “desobediencia” (4:6) cierran el acceso a la promesa. Juan 3:36 nos muestra, además, que el que desobedece está en la misma situación que el que no cree, porque hacer la obra de Dios es creer “en el que él ha enviado” (Juan 6:29). Por desdicha, esto ocurrió con Israel como con las multitudes de hoy: “No les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron” (v. 2; leer Romanos 10:17).

De modo que la obediencia al Señor es la que nos permite entrar ahora en el trabajo de su gracia y nos prepara para compartir mañana el reposo de su amor (véase Sofonías 3:17).

Hebreos 4:8-16

Hasta nuestra futura entrada en el divino reposo, para nosotros, hijos de Dios, perdurará el tiempo del cansancio inherente al andar, al servicio y al combate.

Pero no somos dejados sin recursos. De los tres que menciona este capítulo, el primero es la Palabra de Dios. Hoy oímos Su voz… Esta Palabra vigila sobre nuestro estado interior. Es viva: nos trae la vida; es eficaz: hace su trabajo en nosotros (Efesios 6:7 nos la presenta, al contrario, como un arma ofensiva). Es penetrante: dejemos que ella nos revele nuestro interior y examine nuestra vida.

Pero, al lado del pecado que la Palabra evidencia y condena, en nosotros hay flaqueza y debilidades. Para contrarrestarlas, Dios proveyó otros dos recursos. Nos ha dado un gran sumo sacerdote, lleno de comprensión y simpatía. Como hombre aquí abajo, Cristo conoció todas las formas del sufrimiento humano para poder desplegar, en el momento “oportuno”, todas las formas de su amor en favor de sus débiles redimidos.

En segundo lugar, nos abrió el acceso al trono de la gracia. Estamos invitados a acercarnos a ese trono por medio de la oración con la libertad y confianza que debe inspirarnos el saber que allí encontramos a nuestro amado Salvador. ¿Buscamos el socorro allí, y solamente allí? (Salmo 60:11).

Hebreos 5:1-14

¡Qué contraste entre el santo Hijo de Dios y el sacerdote tomado de entre los hombres, obligado a ser indulgente a causa de su propia debilidad! El versículo 8 resalta otro contraste. En lo que nos concierne, necesitamos aprender la obediencia porque por naturaleza somos desobedientes. El Hijo de Dios tuvo que aprenderla por una razón muy distinta. Por ser soberano Creador no está sujeto a nadie. Obedecer era algo completamente nuevo para Él. Pero de este modo dio el ejemplo y, de ahí en adelante, se impuso como modelo a los que le obedecen (v. 9).

En una colectividad, ¿cuál es el jefe que tiene más autoridad? El que empezó por ejecutar personalmente, en las más difíciles condiciones, las tareas que luego encomienda a sus subordinados. Aprendamos la obediencia en la escuela del Señor Jesús. Pero, ¿qué clase de alumnos somos nosotros? ¿No merecemos a menudo el reproche del versículo 11: “tardos para oír”? Aquí la Palabra de Dios no es, como en el capítulo 4, la espada que desentraña las intenciones del corazón, sino el alimento sólido que fortalece al hijo de Dios y lo vuelve capaz de discernir por sí mismo el bien y el mal. Tal es el gran progreso del creyente: llegar a ser más y más sensible a lo que agrada y a lo que no le agrada al Señor…

Hebreos 6:1-20

Sí, avancemos espiritualmente hacia el estado de madurez. No nos contentemos, como aquellos cristianos salidos del judaísmo, con conocer algunas verdades elementales. Jesús quiere ser para nosotros más que un Salvador de obras muertas. Él quiere ser nuestro Señor, Modelo, supremo Amigo…

Los versículos 4, 5 y 6 a menudo han sido empleados por el diablo para turbar a los hijos de Dios. En realidad, no se trata de ellos, sino de los que llevan el nombre de cristianos sin serlo. En el estado moral así descrito, vanamente se buscaría la vida divina comunicada al alma de un verdadero creyente. ¡Pero es posible, por desdicha, vivir en medio de los privilegios del cristianismo sin haber sido realmente convertido! Así era para ciertos judíos, y así sea tal vez hoy para algunos hijos de padres creyentes. Los verdaderos cristianos no pueden perder su salvación, pero lo que sí puede ocurrir es que se alejen del Señor.

Al lado del “trabajo de amor” que Dios no olvida, la fe y la esperanza no deben ser descuidadas (v. 10- 12). Se nutren de las promesas divinas. El creyente conoce su puerto de amarre aún invisible; allí echó su ancla. Por más agitado que esté el mar de este mundo, la fe es el ancla que une firmemente al redimido con el lugar celestial e inmutable donde se halla el objeto de su esperanza: Jesús.

Hebreos 7:1-17

El autor de la epístola tenía “mucho que decir” acerca de Melquisedec (5:10-11); ese personaje misterioso que se cruza en la historia de Abraham (Génesis 14) obrando como mediador, bendiciendo a Abraham de parte del Dios Altísimo y luego bendiciendo a ese Dios Altísimo de parte de Abraham. En cambio, todo lo que concierne su persona y sus orígenes no nos ha sido revelado, y comprendemos el porqué. Lo que interesa al Espíritu de Dios aquí no es el hombre, sino el oficio. Rey y sacerdote, Melquisedec es una figura del Señor Jesús cuando reine en justicia y sea sacerdote sobre su trono. El sacerdocio según el orden de Melquisedec, desde todos los puntos de vista es superior al de Aarón:

1) Su titular es más excelente que Abraham, ya que ese patriarca dio el diezmo a Melquisedec y fue bendecido por él.

2) Siendo anterior a la historia de Israel, este sacerdocio no sólo se ejerce en beneficio de ese pueblo sino de todo creyente.

3) Finalmente, es intransmisible, ya que el que está a cargo de ese oficio permanece siempre vivo (véase Romanos 8:34).

En la cristiandad muchas personas creen que es necesario recurrir a intermediarios, sacerdotes o “santos”. Esta epístola les enseña que Dios nos ha dado un único sumo sacerdote, perfecto y suficiente para siempre (10:21-22).

Hebreos 7:18-28

Hasta que no hubiera sido hecho “más sublime que los cielos”, Jesús no podía ser nuestro sumo Sacerdote. Para poder representarnos ante Dios era necesario que primeramente se ofreciera a sí mismo por nosotros. Ante todo, necesitábamos un Redentor. Pero ahora, el Salvador de nuestras almas también es el que nos salva por completo, es decir, quien se encarga de nosotros hasta nuestra entrada en la gloria. Y, como vive para siempre, tenemos la seguridad de que en ningún momento nos faltará. A la verdad, tal sumo sacerdote nos convenía. Su perfección moral, expresada de muchas maneras, y su posición gloriosa ante Dios nos llevan a exclamar: “Mira, oh Dios… Y pon los ojos en el rostro de tu ungido” (Salmo 84:9).

Pronto no necesitaremos más su intercesión. Ésta terminará cuando todos los redimidos hayan acabado su peregrinaje. ¿Por qué, entonces, se repite: “Tú eres sacerdote para siempre”? (5:6; 6:20; 7:17 y 21). Porque el sacerdote también es el que conduce la alabanza, ese servicio eterno que nuestro amado Salvador no será más el único en cumplir. Lo realizará juntamente con los que haya salvado enteramente, quienes serán para siempre sus compañeros en la gloria (2:12).

Hebreos 8:1-13

Por culpa de Israel, otrora se rompió el antiguo pacto del Sinaí. Un nuevo pacto (anunciado en Jeremías 31:31…) será concertado con ese pueblo. Como ha sido hecha la prueba de que el hombre es incapaz de cumplir sus compromisos para con Dios, ese nuevo pacto no le impondrá ningún requisito que satisfacer (Romanos 11:27). Su única base será la sangre de Cristo, llamada la “sangre del nuevo pacto” (Mateo 26:28). Cuatro puntos lo caracterizan:

1° Los mandamientos del Señor estarán escritos en sus corazones, es decir, harán un llamamiento al amor.

2° Israel volverá a gozar de su relación de pueblo del Señor (v. 10; Zacarías 8:8).

3° El conocimiento del Señor será común a todos (v. 11; Isaías 54:13).

4° Dios no se acordará más de “sus pecados y de sus iniquidades” (v. 12).

Los cristianos, en lo que les concierne, no están bajo un pacto (¿hace falta un pacto entre un padre y un hijo?). Pero ellos gozan ya, y más allá, de todas esas bendiciones prometidas a Israel. La divina Palabra está implantada en ellos (comp. con 2 Corintios 3:3). Ahora son hijos de Dios. Conocen al Señor por medio del Espíritu Santo que habita en ellos. Tienen la seguridad de que sus pecados han sido borrados para siempre.

¿El lector también posee esos privilegios?

Hebreos 9:1-15

Los capítulos 35 a 40 de Éxodo relatan cómo fue construido el tabernáculo. Levítico da instrucciones concernientes a los sacrificios (1:7) y a los sacerdotes (8:10). Pero todas esas ordenanzas de un culto terrenal habían demostrado su trágica impotencia. El tabernáculo estaba dividido en dos mediante un velo infranqueable. El sacerdote, como pecador, estaba obligado a “ofrecer por los pecados” de sí mismo (v. 7; 5:3). Finalmente, los sacrificios de machos cabríos y de becerros no podían “hacer perfecto, en cuanto a la conciencia”.

Entonces Dios nos habla de un santuario celestial “más amplio y más perfecto… no de esta creación” (v. 11; 8:2). ¿Pero de qué serviría si no hubiera un sacerdote capaz de asumir el oficio? ¿Y de qué nos serviría un sacerdote perfecto (5:8), si el sacrificio no fuese excelente? (9 y 10). Para nuestra entera seguridad, Jesús es a la vez lo uno y lo otro. Como sacrificio, nos da la paz de la conciencia. Como sacerdote, nos asegura la paz del corazón y nos mantiene en comunión con Dios. Bajo el antiguo pacto, todo era precario y condicional. Ahora todo es eterno, tanto la redención (v. 12 final; 5:9) como la herencia (v. 15 final). Nada podrá arrebatárnoslas ni cuestionarlas.

Hebreos 9:16-28

“Sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (v. 22; leer también Levítico 17:11). Lo que cada sacrificio del antiguo pacto proclamaba, lo que Abel ya había comprendido por la fe (11:4), está confirmado aquí de la manera más categórica. Porque “la paga del pecado es muerte”, y la sangre derramada sobre la tierra es la prueba de que esa paga fue efectuada (Deuteronomio 12:23-24). La sangre de Cristo fue derramada por muchos “para remisión de los pecados” (Mateo 26:28). ¿Quiénes son esos muchos? ¡Todos los que creen! La preciosa sangre de Jesús, continuamente bajo la mirada de Dios, los pone al abrigo de Su ira, porque “está establecido para los hombres que mueran una sola vez…”. No les será otorgada una segunda existencia.

Sin embargo, no todo se acaba con la extinción de la vida corporal, y la muerte es poca cosa al lado de lo que sigue. ¿Qué hay después de la muerte? Una palabra temible basta para revelarlo: “…y después de esto el juicio” (2 Timoteo 4:1; Apocalipsis 20:12). El hombre sin Dios tiene esas dos realidades terribles ante sí: la muerte y el juicio. Pero el redimido posee dos bienaventuradas certezas: el perdón de todos sus pecados y el retorno del Señor para su liberación final (v. 28). Que cada uno de nuestros lectores pueda formar parte de “los que le esperan”.

Hebreos 10:1-18

La necesidad de ofrecer una y otra vez los sacrificios del antiguo pacto mostraba que eran ineficaces. A decir verdad, constituían únicamente un recordatorio del pecado (v. 3). La justicia de Dios no estaba satisfecha con ellos, y menos aun podían agradarle. Entonces se presentó alguien que se encargó de nuestra causa. Sólo Jesús era el objeto de la complacencia del Padre, sólo él podía ser la ofrenda agradable, la santa víctima ofrecida una vez para siempre. En tanto que los sacerdotes se mantenían en pie porque nunca habían terminado su servicio, Cristo “se ha sentado a la diestra de Dios” porque su obra está acabada. Y el que se sentó para siempre nos hizo perfectos para siempre. Sí, perfectos, es así cómo Dios nos ve, porque hemos sido lavados de nuestros pecados. Y no se trata del futuro; es un hecho cumplido y definitivo.

Mas no olvidemos que a la obra hecha para nosotros se le une la obra hecha actualmente en nosotros. El Señor quiere poner su amor y sus mandamientos en cada uno de nuestros corazones (v. 16; 8:10). Al entrar en el mundo Jesucristo dijo al Padre: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón”. Ahora, Él desea que los suyos se le parezcan (v. 7, 9; Salmo 40:6-8).

Hebreos 10:19-31

La obra de la gracia se acabó. Aquel que la cumplió ha sido hecho más sublime que los cielos (7:26). Y nosotros somos invitados a acceder allí siguiendo sus pisadas, por el camino nuevo y vivo que desde entonces ha quedado abierto al adorador. La sangre de Jesús, el velo rasgado y la intervención de un gran sumo sacerdote a favor de nosotros dan a nuestra fe una completa seguridad. Acerquémonos, hermanos, con plena libertad. Que nada nos detenga para entrar en el Lugar Santísimo… ni para congregarnos con los hijos de Dios (v. 25). No nos hemos convertido para vivir solos, como egoístas. Alentémonos unos a otros a amar y a abnegarse.

Los versículos 26 a 31 son particularmente solemnes. Para los judíos que profesaban el cristianismo, pecaban voluntariamente al volver a la ley; de esa manera, pisoteaban al Hijo de Dios, envilecían su preciosa sangre y se burlaban de su gracia. Pecar voluntariamente también puede aplicarse a hijos de padres creyentes que rechacen la enseñanza recibida en la juventud y deliberadamente escojan el camino del mundo.

Amigos jóvenes que poseen privilegios tan grandes: el camino al cielo no siempre estará abierto para ustedes. ¡Acérquense ahora! (Juan 6:37).

Hebreos 10:32-39; Hebreos 11:1-7

Los cristianos hebreos habían aceptado, y aceptado con gozo, el despojo de sus bienes terrenales (comp. Mateo 5:12). ¿Cuál era su secreto? La fe que se apropiaba de bienes mejores y fuera del alcance de los perseguidores. Pero la fe es necesaria no sólo para la conversión y en los días malos, sino que ella es el principio vital del justo. Hace presente el porvenir y visible lo invisible. El que carece de ella no puede perseverar; retrocede y Dios no se agrada de él (v. 38; 4:2; 1 Corintios 10:5). Sin fe –repite el versículo 6 del capítulo 11– es imposible agradarle. Ahora Dios nos presenta a algunos de aquellos en quienes tiene su complacencia (Salmo 16:3).

En el capítulo 11, los distintos aspectos de la vida de la fe son ilustrados por testigos del Antiguo Testamento. En Abel vemos esa fe apropiarse de la redención mediante la ofrenda de un sacrificio agradable a Dios. En Enoc ella camina hacia su meta celestial. En Noé condena al mundo y predica la justicia divina.

Así la fe caracteriza toda la vida cristiana. Y cuando se llega a los últimos pasos de ese andar por la fe, no es el momento de perder nuestra confianza, pues, aún un poquito y el que “ha de venir vendrá, y no tardará” (10:37). Esta designación es suficiente. Jesús es “El que ha de venir”; nosotros somos “los que le esperan” (9:28).

Hebreos 11:8-16

Una vez más Abraham y los suyos son elegidos por Dios para enseñarnos lo que es la fe. “Abraham, siendo llamado, obedeció…”. Obedecer a alguien sin conocer sus intenciones muestra que se tiene plena confianza en él. Cuando Dios lo ordena, la fe sabe “salir” (v. 8), pero también sabe morar (v. 9).

Es verdad que una vez el patriarca decidió morar “en Harán” (Hechos 7:4) cuando debió haber ido a Canaán, y otra vez resolvió salir para Egipto cuando habría tenido que morar en el país (Génesis 12:10). Pero Dios se complace en disimular esos pasos dados en falso; asimismo hace caso omiso de la risa de Sara, del triste fin de la historia de Isaac y del desagradable principio de la de Jacob. De la vida de los suyos solamente recuerda lo que le glorifica y sólo la fe puede glorificarle.

En principio, no es posible poseer simultáneamente dos patrias. Por eso la promesa de una ciudad celestial había hecho de Abraham y los suyos unos extranjeros. No temieron confesarlo (v. 13; Génesis 23:4); pero también lo mostraron claramente al habitar en tiendas (2 Corintios 4:18; 5:1). No se avergonzaron de su Dios, y por eso él tampoco se avergüenza de ellos. Él reivindica ese nombre de “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”.

Lector, ¿tiene usted el derecho de llamarle “Dios mío”?

Hebreos 11:17-31

El sacrificio de Isaac es una prueba de que Abraham creía en la resurrección (véase Romanos 4:17) y que amaba a Dios más que a su único hijo. La larga historia de Jacob se vislumbra por su bordón, algunas veces instrumento de pastor de ovejas y otras de peregrino o de cojo y, finalmente sostén del adorador (v. 21). De Isaac se podría pensar que su discernimiento fue muy tardío y de José que hubiera habido otra cosa que recordar más que esa simple recomendación acerca de sus huesos.

Pero cada uno de esos patriarcas proclama a su manera su segura esperanza de las cosas venideras. Moisés rehúsa… escoge… estima… porque tiene puesta la mirada en la remuneración (ver 10:35). Deja… no teme… se mantiene firme porque ve al Invisible.

La fe es el único instrumento de medida que permite apreciar el verdadero valor y la relativa duración de todas las cosas. Pero al mismo tiempo, ella es la energía interior que da la capacidad de triunfar, tanto sobre los obstáculos –la ira del rey, el mar Rojo, Jericó– como sobre las codicias: los deleites del pecado o las riquezas de Egipto.

Sí, la fe es enérgica y audaz. Y si el ejemplo de Moisés nos parece demasiado elevado, seamos alentados por el de Rahab. Cualesquiera sean nuestras circunstancias, Dios aguarda un fruto visible de nuestra fe.

Hebreos 11:32-40; Hebreos 12:1-3

A partir del versículo 32 estamos en el país de Canaán. En él hallamos a los jueces, los reyes, los profetas y la “grande nube de testigos” que nos rodea, que nos ha precedido y nos aguarda para entrar en posesión de lo prometido (v. 39- 40). A través de los más sombríos tiempos, la antorcha de la fe ha pasado de mano en mano y nunca se ha apagado. Sólo Dios conoce la lista de esos mártires olvidados y la tiene al día. «Cada uno tiene que integrar su propia página en el volumen de la fidelidad» escribió un creyente.

El ejército de la fe cuenta con exploradores (cap. 11) y con un Jefe prestigioso (cap. 12); nosotros somos la retaguardia. Nos llegó el turno de ingresar en esa «carrera de relevos». ¿Qué hace falta para correr bien? No tener carga ni estorbo. Empecemos por despojarnos de todo peso y bagaje inútil. Rechacemos el pecado, esa red que nos hace tropezar tan fácilmente. Pero además es necesario que un objeto nos atraiga hacia adelante como un irresistible imán. Pongamos nuestras miradas en Jesús, Guía y Modelo de la vida de la fe, su Autor y Consumador. Él también tenía un objeto delante de sí, más poderoso que la cruz, el oprobio y todo su sufrimiento: la “plenitud de gozo” que debía ser el broche final de la vida del hombre de fe según el Salmo 16:11.

Hebreos 12:4-17

En su familia, un niño está sujeto a la educación paterna. Ésta le hará derramar algunas lágrimas, pero cuando haya crecido, será para él un motivo de agradecimiento hacia sus padres. Si somos hijos e hijas de Dios, es imposible que no tengamos que habérnosla con su disciplina (v. 8), porque el Dios santo quiere formar sus hijos a su imagen (v. 10).

Sin embargo, esa disciplina podría llevarnos a dos reacciones opuestas: primero, a menospreciarla y a no hacerle caso. Pero hemos de ser “ejercitados” en ella, es decir, aprender a juzgarnos delante del Señor al indagar por qué motivo nos manda esa prueba (véase Job 5:17). El peligro contrario es que nos desalentemos (v. 5; Efesios 3:13). Entonces, acordémonos del nombre dado al creyente disciplinado: “al que (el Señor) ama” (v. 6). Sigamos “la paz con todos”, pero sin que sea a costa de la santidad (v. 14). No olvidemos que nosotros mismos somos objetos de la gracia y echemos de nuestro corazón las raíces de amargura (literalmente: gérmenes de veneno). Ocultas al principio, tarde o temprano se manifiestan si no son juzgadas enseguida (Deuteronomio 29:18).

Esaú, quien no pudo ser mencionado en el capítulo precedente con los miembros de su familia, lo es aquí para su eterna vergüenza. ¡Que ninguno de nosotros se le parezca!

Hebreos 12:18-29

Aquí todavía se establece un contraste entre lo que la ley ofrecía y lo que el creyente posee ahora en Cristo. Dios sustituirá el terrible Sinaí por la gracia en “Sion” en el próximo reinado del Mesías (Salmo 2:6).

Pero el hijo de Dios ya se dirige hacia un orden de bendiciones más elevado. Está invitado a subir las pendientes de ese monte de la gracia, a penetrar por la fe en “la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial”, y a saludar a sus habitantes. Encuentra a los millares de ángeles, luego a “la congregación de los primogénitos”, es decir, a la Iglesia. En la cumbre está Dios mismo, “el Juez de todos”, quien lo recibe como redimido en su Hijo. Al bajar hacia el pie del monte, hacia la base de todas esas glorias, halla “a los espíritus de los justos hechos perfectos” (cap. 11) y a Jesús, mediador de un nuevo pacto sellado por su propia sangre.

«Allí está mi morada», dice un cántico. Todas las cosas pasajeras son llamadas a desaparecer pronto; en cambio yo recibo un reino inconmovible; mi nombre está escrito “en los cielos” (Lucas 10:20). La misma gracia que me da acceso a ellos me permite ya servir a ese Dios santo, no de una manera que a mí me sea agradable, sino que le sea agradable a él. La reverencia y el temor de desagradarle me guardarán en el camino de su voluntad.

Hebreos 13:1-16

El amor fraternal puede ejercerse bajo muchas formas: la hospitalidad que se vuelve provechosa para el que la practica (v. 2), la simpatía que se identifica con los que sufren (v. 3; 10:34) y la beneficencia de la que Dios mismo se agrada (v. 16).

La avaricia, por desdicha, también tiene varias caras. Se puede amar al dinero que uno posee, pero también al que se desea tener. Sepamos contentarnos con lo que tenemos actualmente. Y para las necesidades o los peligros de mañana, apoyémonos “confiadamente” en la fidelidad del Señor (v. 6; Mateo 6:31-34). El que es nuestro ayudador no podría cambiar. “Tú eres el mismo”, proclamaba el versículo 12 del capítulo 1. El versículo 8 de nuestro capítulo completa esa afirmación con otra de un insondable alcance: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”. Si él nos basta, las “doctrinas diversas y extrañas” no hallarán asidero en nosotros (v. 9). Así estaremos listos para salir del campamento religioso formalista (véase Éxodo 33:7) a fin de ir sólo hacia Jesús, al lugar en el que su presencia está prometida. Él ofreció el supremo sacrificio. Nuestro privilegio es ofrecer a Dios, en cambio, no sólo el culto del domingo, sino un incesante sacrificio de alabanza, ese fruto de nuestros labios que madura primero en nuestro corazón (Salmo 45:1).

Hebreos 13:17-25

En tiempos pasados tuvimos fieles conductores o “pastores” . Veneremos su memoria, imitemos su fe… y leamos sus escritos (v. 7). Pero Dios nos los da hoy también (v. 17, 24). ¿Cuál es nuestro deber hacia ellos? Obedecerles, orar por ellos (v. 18), actuar de modo que puedan cumplir su servicio con gozo –ya que velan por nuestras almas– e igualmente soportar “la palabra de exhortación” cuando nos es dirigida por su medio (v. 22). No obstante, que la personalidad de ningún obrero del Señor nos haga perder de vista al “gran Pastor de las ovejas”. Sólo él dio su vida por ellas y ahora las lleva con él fuera del campamento de la religión humana (Éxodo 33:7).

De ahí en adelante, todos los creyentes constituyen un único rebaño, a la cabeza del cual se halla un único “Pastor” (Juan 10:4, 16). A lo largo de esta epístola, los elementos del judaísmo han sido quitados uno tras otro y reemplazados por las gloriosas verdades cristianas. Todas se hallan resumidas en Jesucristo. Finalmente, ésta es la obra que Dios cumple en nosotros (v. 21): nos libera de toda atadura, nos despoja de las formas para apegarnos a su Hijo resucitado y glorificado. Mientras aguardamos su próxima aparición, que esta epístola nos haya enseñado a poner los ojos en él, ya ahora por la fe (véase 12:2).

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