Habacuc

Habacuc 1:1-17

Este libro, que nos recuerda el de Jeremías, se presenta como un diálogo entre el profeta y su Dios. En presencia de la creciente marea del mal, Habacuc, angustiado, derrama su corazón ante Jehová. Jerusalén no está lejos de caer bajo los golpes del ejército caldeo. Una espantosa visión muestra de antemano al profeta esos rudos y crueles guerreros, instrumentos de Jehová para castigar a las naciones rebeldes. Entonces, ¡de qué estupefacción serán presa todos los pecadores incrédulos y despreocupados! (v. 5, citado en Hechos 13:41). ¡Pero el hombre de Dios también está consternado! ¿Cómo puede Jehová dar libre curso a tal despliegue de iniquidad? (Salmo 83; Apocalipsis 10:7 llama a esta pregunta el misterio de Dios). Incluso ¿cómo puede soportar verla? “Dios mío, Santo mío” exclama el profeta, consciente de sus relaciones con Aquel que es “muy limpio… de ojos par ver el mal”. Sí, ¡qué permanente ofensa es para él el espectáculo de esta tierra en la que la corrupción y la violencia se despliegan sin reservas! Las miradas de Dios en lo absoluto de su pureza sólo pudieron detenerse con satisfacción en un solo Hombre. Pero, por ese mimo motivo, se apartaron de él cuando fue hecho pecado por nosotros.

Habacuc 2:1-20

En presencia de una prueba, cualquiera sea, hagamos como Habacuc: subamos sobre esa “fortaleza” (o torre; comp. Proverbios 18:10) que nos protege, nos mantiene apartados del tumulto y así nos permite considerar todo desde lo alto con la perspectiva de Dios mismo (Isaías 55:8-9).

El siervo de Dios recibe en ella la respuesta a su ansiedad: el justo —se le dice— “por su fe vivirá”. Ésta es la llave de la presente situación. Alrededor de él nada cambió: los enemigos siguen allí y todas las formas de iniquidad continúan desplegándose. Pero la fe del justo puede apoyarse en las certidumbres de la Palabra de su Dios. Cesan sus ansiosas preguntas. Él cree y sabe que esta misma tierra, hoy llena de la vanidad del hombre, pronto será “llena del conocimiento de la gloria de Jehová” (v. 14; Isaías 11:9). Se le enseña acerca de la suerte de los malvados, aunque su juicio todavía esté en suspenso (v. 6-20). Y fijémonos cómo los actos de los incrédulos contrastan con la justicia y la vida de la fe, esa fe necesaria tanto para ser salvo como para atravesar el mundo. Este versículo 4 está citado tres veces en las epístolas (Romanos 1:17; Gálatas 3:11; Hebreos 10:38). En ellas toma una capital importancia al establecer que la fe es el único medio para obtener la justicia y la vida eterna.

Habacuc 3:1-19

Jehová impuso silencio a las voces de la tierra (cap. 2:20), pero el fiel puede hacer subir su oración ante él. Declara lo que vio (v. 3 y 7), y lo que oyó (v. 2 y 16). La visión de los enemigos caldeos se borró. En su lugar, el profeta contempla la majestad del Dios vengador. Acompañado de espantosas señales, ese Dios avanza para juzgar a las naciones y salvar a su pueblo (v. 12-13). Ante esa solemne aparición, ¿cuáles son los sentimientos del profeta? Primero el miedo; no lo oculta. Pero sabe que puede apelar a la misericordia de Jehová, aun en Su justa ira (v. 2; Salmo 78:38). Dios siempre oye los S.O.S. del alma. ¡Luego viene el gozo! Aunque falten las bendiciones materiales (v. 17), el hombre de Dios puede regocijarse, porque no halla ese gozo en las circunstancias sino en el Dios de su salvación (comp. Filipenses 4:4). “El Señor es mi fortaleza… y en mis alturas me hace andar” (v. 19; Salmo 18:32-33). ¡El Señor nos otorgue la energía espiritual para trepar por esas alturas de donde la fe domina al mundo! Cercano está el juicio de éste; ya que nuestro tiempo se parece al de Habacuc, ¡deseemos por nuestra parte asemejarnos a ese hombre de Dios!

navigate_before Nahúm Sofonías navigate_next

vertical_align_top Arriba