Ezequiel

Ezequiel 1:1-14

Abordamos ahora el libro de Ezequiel, a veces descuidado por ser difícil de entender. Pidámosle al Señor su socorro especialmente para hallar edificación en esta profecía.

Este profeta era sacerdote, como Jeremías su contemporáneo. Pero mientras este último permanecía en Jerusalén, Ezequiel había formado parte de un primer convoy de cautivos llevados “a la tierra de los caldeos” durante el reinado de Joaquín (v. 2-3). Allí, junto al río Quebar, le fue dirigida palabra de Dios y fue testigo de una extraordinaria visión. En medio del fuego y del bronce refulgente —imagen de la justicia divina que ejerce sus derechos— el profeta ve cuatro seres fantásticos; eran querubines, guardianes y defensores de la santidad de Dios (cap. 10). Sus atributos (caras, alas, pies y manos) son otros tantos símbolos mediante los cuales Dios quiere hacer comprender cuáles son sus caracteres en justicia y en juicio: la inteligencia, la fuerza, la paciencia y la rapidez, representadas respectivamente por la cara del hombre, del león, del buey y del águila. Estos símbolos, con muchos otros, se encuentran de nuevo en el Apocalipsis, el cual es también un libro de juicios (véase Apocalipsis 4:6-7).

Ezequiel 1:15-28

El conjunto de la visión del profeta se presentaba como un aterrador carro constituido por varios pisos. Sus ruedas, particularmente espantosas, iban y venían sobre la tierra de una manera que podía parecer arbitraria. Pero su movimiento dependía de los seres vivientes y éstos iban “donde el espíritu les movía que anduviesen” (v. 20).

Esas ruedas son un símbolo del gobierno de Dios, o de su providencia. Los acontecimientos del mundo son dirigidos por su Espíritu —el que sopla de donde quiere (Juan 3:8)— y no por casualidad, como lo pretenden muchas personas que se rehúsan a mirar a lo alto. Ven “las ruedas”, pero no a Aquel que las anima. El profeta, conducido por el Espíritu, levanta los ojos y va a contemplar la parte más maravillosa de la visión (v. 26 y sig.) Encima de las ruedas, de los querubines y de la expansión, descubre la semejanza de un trono y también “una semejanza que parecía de hombre sentado sobre él”. Así nos enteramos con el profeta de que el mundo está gobernado según la voluntad y el propósito de un hombre en la gloria: Cristo mismo, irradiando divino esplendor. Ante esa extraordinaria visión, Ezequiel se postra sobre su rostro (comp. Apocalipsis 1:12-17).

Ezequiel 2:1-10; Ezequiel 3:1-11

La gran visión de Ezequiel va a ser —como lo fue para Isaías en su capítulo 6— el punto de partida de su llamado y de su misión. El Espíritu de Dios entra en él, le permite mantenerse en pie y abre su inteligencia a la Palabra divina, de la cual debe empezar por alimentarse antes de poder comunicarla (comp. Apocalipsis 10:8-11). Así, sentirá el efecto de ella sobre su propia alma, porque es imposible aplicar eficazmente la Palabra a los demás sin que uno mismo haya experimentado su dulzura… o su filo (cap. 3:1-3; Jeremías 15:16). Por lo general, alimentarse de las sagradas Escrituras desde la juventud es el secreto de todo servicio útil para el Señor.

Israel rehusará escucharte —le dice Jehová a su mensajero—, pero, de hecho, es a mí a quien rehúsan oír (cap. 3:7). Las palabras que deben estar en la boca del creyente no han de ser las suyas, sino las del Señor. Tal mensaje no dará lugar a discusiones inútiles. Y debe ser recibido en el corazón (cap. 3:10).

La frente de los hijos de Israel era dura, pero Jehová daba una energía mucho más grande a su siervo (comp. cap. 3:8-9 con Isaías 50:7 y Lucas 9:51). Por otra parte, su nombre era una promesa, ya que Ezequiel significa Dios fortalecerá.

Ezequiel 3:12-27

Ezequiel es llevado por el Espíritu de Dios a Tel-abib, en medio de los cautivos de su pueblo. Por boca de Jehová se entera de su afectación al puesto de centinela y de las consignas correspondientes a esa responsabilidad. Esas funciones exigirán una continua vigilancia y una rigurosa fidelidad en la transmisión de las advertencias divinas. Un centinela debe ser capaz de decir a todos cómo está la noche moral de este mundo (Isaías 21:11). Pero vemos que ya no se trata de provocar el despertar de la nación en su conjunto. El malo debe ser advertido; la responsabilidad de escuchar es individual. En cuanto a la responsabilidad del siervo, consiste en presentar la Palabra a todos, así “escuchen, o dejen de escuchar” (cap. 2:5 y 7; 3:11 y 27). A quienes Dios emplea, él no los juzga en función de los resultados que obtienen, como lo hacen los hombres, sino según la fidelidad de ellos (1 Corintios 4:2). No debemos desalentarnos, pues, si algunos «dejan de escuchar» la Palabra de vida que hemos podido presentarles. Queridos amigos, es muy solemne, en efecto, pensar que también cada creyente es puesto como centinela y que aquí abajo tiene el deber de dar testimonio acerca de su Señor. ¿Cómo lo cumplimos?

Ezequiel 5:1-17

A partir del capítulo 4, Jehová hace entrar a Ezequiel, mediante diversas señales, en las dolorosas circunstancias que atravesará su pueblo. Un siervo de Dios, que haya pasado personalmente por la escuela de la humillación y el padecimiento, está en condiciones de comprender mucho mejor a los que lo atraviesan y de exhortarlos con más autoridad. Conoce la situación de ellos por su propia experiencia y así puede ponerlos útilmente en guardia. Al acostarse sobre su costado y cocinando su pan al fuego alimentado con basura, Ezequiel llevaba, figuradamente, las consecuencias de la iniquidad de su pueblo (cap. 4:4). Ahora Dios le prescribe que afeite sus cabellos y su barba, hecho deshonroso para un sacerdote y prohibido por la ley (Levítico 21:5). Los versículos 11 y 12 nos explican el alcance simbólico de tal acto. Israel, adorno de Jehová, es puesto a un lado y varios juicios van a caer sobre él, escogidos por aquel que pesa (v. 1) la culpabilidad de cada uno. Algunos serán presa de la peste y del hambre durante el sitio de la ciudad, otros caerán a espada y, finalmente, otros serán esparcidos y perseguidos. Moisés ya había anunciado esos castigos (Levítico 26:14 y sig.; Deuteronomio 28:15 y sig.) y desde entonces la historia de Israel confirmó que Dios no puede sino cumplir su Palabra (cap. 12:28).

Ezequiel 7:1-19

Notemos el nombre que Jehová da a su siervo: “hijo de hombre” (o hijo del hombre: uno de los títulos del Señor Jesús, de quien Ezequiel es figura). Ese nombre sugiere que se trata de un elegido entre los hombres, de un representante calificado para hablar en nombre de la desfalleciente raza humana (véase Eclesiastés 7:28).

Jehová, después de haber anunciado la devastación en el capítulo 6, declara solemnemente en el capítulo 7 que ha llegado el día fatal, el día de su furor. Su gran paciencia para con el pueblo culpable duró muchos siglos. Se acaba después de innumerables advertencias. Y pensamos en esta paciencia de Dios que todavía hoy se ejercita para con un mundo que crucificó a su Hijo. Pero también ella cesará en el “día de la ira”, incomparablemente más terrible (Romanos 2:5). Este capítulo sólo nos da una débil imagen de él. Los hombres están sobrecogidos de terror (v. 17-18). La plata y el oro, todopoderosos hasta entonces, dejan de tener curso. Se los arroja como una impureza a las calles; por fin se percibe que no pueden saciar a las almas. Y ante todo, no podrán liberar a nadie en ese día, porque Dios sólo acepta como rescate del hombre perdido la preciosa sangre de Cristo (v. 19; comp. Proverbios 11:4 y 1 Pedro 1:18-19).

Ezequiel 8:1-18

En una nueva visión, Ezequiel es transportado a Jerusalén, donde Dios le revela las horribles cosas que se hacían secretamente en su santuario. “La imagen del celo” (o ídolo del celo), primer objeto que ve, recuerda aquella que Manasés ya había colocado en el templo (2 Reyes 21:7; 23:6; comp. Mateo 24:15). Luego, cavando en la pared, sorprende, no al desecho del pueblo, sino a sus ancianos en las tinieblas, ocupados en venerar toda clase de “bestias abominables”. Se las ha comparado con los impuros frutos de nuestra imaginación, cultivados en los más oscuros rincones de nuestros pobres corazones, los que pueden ser así verdaderas “cámaras pintadas de imágenes”. En medio de esos idólatras oficiaba cierto Jaazanías… ¡hijo del fiel Safán! (véase 2 Crónicas 34:8 y 15 y sig.)

Jehová muestra aún a Ezequiel mujeres que endechan a Tamuz, un ídolo repugnante, y finalmente a veinticinco hombres, que representan a las veinticuatro clases del sacerdocio con el sumo sacerdote mismo, postrados ante el sol (comp. Deuteronomio 4:19 y 32:16).

Notemos que es Dios quien descubre el mal ante las miradas de los suyos. Sólo él, esclareciendo nuestra conciencia, puede darnos la justa apreciación del mal al mostrarnos cómo ese mal menoscaba su propia gloria.

Ezequiel 9:1-11

Ezequiel pudo comprobar con sus propios ojos de qué vil manera había sido pisoteada la gloria de Jehová. ¡Por eso, ahora puede entender cuán justificado es el castigo! Y este castigo está ante la puerta (v. 2). Pero a Dios no se le ocurre hacer perecer al justo con el impío (Génesis 18:25). En medio de los seis hombres armados con instrumentos de destrucción se halla un séptimo que tiene en su mano un instrumento de gracia: el tintero de escribano, el que, por orden de Jehová, va a servir para marcar la frente de todos aquellos a quienes el pecado les hace clamar y gemir (comp. Apocalipsis 9:4. La T —última letra del alfabeto hebreo— servía como señal y firma: Job 31:35, V.M.) El varón vestido de lino nos hace pensar en el Señor Jesús. En la gran cristiandad invadida por el mal y a punto de ser juzgada, él puso su sello, el Espíritu Santo, sobre todos los que le pertenecen: divina señal mediante la cual Dios reconoce a sus hijos. Cuando todos los fieles han recibido la señal protectora, se puede dar la orden de destrucción a los vengadores. Y el juicio debe caer primeramente sobre el elemento más responsable: el santuario contaminado que Ezequiel había visitado (v. 6; comp. 1 Pedro 4:17).

Ezequiel 10:1-22

¡Es una solemne página de la historia de Israel! En otro tiempo Jehová había escogido para sí una morada en medio de su pueblo (Deuteronomio 12:5). Había venido a ocuparla en gracia para felicidad de los suyos, pero ellos eran responsables de mantener en ella la santidad que conviene a su casa (Salmo 93:5). Mas en ese santo templo —como suprema provocación— se habían dado cita las peores abominaciones. Sí, Israel había hecho todo lo necesario para alejar a Jehová de su santuario (cap. 8:6). Por eso ¡ahora Dios se va!, pero véase con qué conmovedora lentitud lo hace, por etapas, para hacernos sentir toda la tristeza que le produce esa partida y como para decirle a Israel: ¿No me retendrás?

En primer lugar, la gloria se queda en el umbral del santuario (v. 4 y cap. 9:3). Luego se eleva y se detiene todavía en la puerta oriental de la casa de Jehová, como si no pudiese decidirse a dejarla (v. 19).

Creyentes, no olvidemos que somos el templo de Dios y que su Espíritu habita en nosotros (1 Corintios 3:16-17). Si ese templo (nuestro corazón) llega a estar lleno de ídolos, el Espíritu, entristecido, no obrará más, la comunión con Dios se interrumpirá. Él es un “Dios celoso” que no puede soportar que se le quiera hacer compartir nuestro afecto (2 Corintios 6:15).

Ezequiel 11:1-25

Después de la iniquidad religiosa del pueblo de Jerusalén, revelada en el capítulo 8, los versículos 1 a 12 denuncian el pecado de sus jefes políticos. Jehová se dispone a confundir sus consejos y su prudencia y da la prueba de ello hiriendo de muerte a uno de esos hombres, mientras Ezequiel se dirige a ellos.

“¿Destruirás del todo?” —pregunta el profeta angustiado. No, porque aun sin aguardar la completa dispersión del pueblo, Jehová ya habla de su restauración y de su congregación; él le dará “un (solo) corazón… un espíritu nuevo… un corazón de carne” (v. 19). Y antes de retirar por completo su gloria de ese santuario contaminado que ha de ser destruido, les promete que él mismo será “por pequeño santuario” a cada uno de aquellos que guarden la fe en él. ¡Maravillosa gracia de Dios! El recurso de 1 Reyes 8:48 va a faltar, pero, por más lejos que estén de Jerusalén por su culpa, lo mismo podrán hallarle y adorarle. Desde entonces, este pensamiento y esta experiencia ¡qué consuelo han proporcionado a innumerables creyentes aislados! La visión de Ezequiel en Jerusalén se acaba con la partida de la gloria, del mismo lugar en que los discípulos contemplarán la ascensión del Señor Jesús (v. 23; Hechos 1:12). Luego, el espíritu del profeta es llevado de vuelta a Caldea.

Ezequiel 12:1-28

Así como Jeremías llevaba un yugo sobre sus hombros (Jeremías 28:10), aquí Ezequiel es invitado a cargar con “enseres de cautiverio”, lo que tiene el mismo significado. De modo que esos profetas eran verdadera “señal” de lo que Jehová iba a cumplir (v. 11). Hijos de Dios, todo en nuestro comportamiento debería mostrar nuestra obediencia a Dios, nuestro carácter de extranjeros aquí abajo y asimismo nuestra próxima partida… no hacia el cautiverio sino, por el contrario, hacia nuestra patria eterna. Ezequiel es interrogado acerca de su insólita actitud (v. 9), como lo seríamos ciertamente a menudo si fuésemos más fieles. Al temer singularizarnos, hacernos distinguir mediante una firme separación del mundo, perdemos muchas oportunidades de dar testimonio acerca de la esperanza que hay en nosotros (1 Pedro 3:15).

La extraña profecía del versículo 13 se cumplió al pie de la letra. Sedequías, ciego, no pudo ver el país de su cautiverio (comp. Jeremías 39:7).

Los versículos 26 a 28 nos dan a conocer las objeciones de “los de la casa de Israel”. Como no se atreven a negar la profecía que los condena, difieren su cumplimiento a tiempos lejanos.

Hoy también “siervos malos” parecen decirle al Señor: ¡Vuelve lo más tarde posible!

Ezequiel 13:1-23

La duración de un edificio no depende tanto de la calidad de sus piedras o de sus ladrillos como de la mezcla empleada para unirlos. Muchas obras de albañilería construidas por los romanos han subsistido hasta nuestros días a causa de la extraordinaria solidez de su cemento, mientras que buen número de monumentos construidos mucho más tarde no han resistido la acción de agentes destructores. Para disimular las crecientes grietas de la unidad de Israel, sus falsos profetas habían empleado la mala mezcla de una “paz” que no era tal (v. 10). Sus tranquilizadores discursos no podían impedir que la “pared” cayera en el día de la tempestad (comp. Mateo 7:26-27).

¡No olvidemos que todo creyente es un obrero del Señor! El único fundamento, Jesucristo, ha sido puesto; cada uno debe considerar cómo y con qué material edifica encima (1 Corintios 3:10-15).

Los versículos 17 a 21 nos muestran que las almas mal afirmadas pueden literalmente caer en la trampa mediante futilidades, en particular las de la moda y de las comodidades (2 Pedro 2:14). Velemos por nuestras almas.

Una última condenación es pronunciada en el versículo 22 contra los que entristecieron “con mentiras el corazón del justo”. ¡Cuánto sufrió Cristo aquí abajo a causa de esa misma hipocresía!

Ezequiel 14:1-11

Algunos de los ancianos de Israel visitan a Ezequiel con una intención que parece buena: la de consultar a Jehová. Pero Dios advierte a su profeta que no se deje engañar por las apariencias. El corazón de esos hombres estaba lleno de ídolos que constituían un verdadero muro de separación entre él y ellos: “se han apartado de mí todos ellos por sus ídolos” (v. 5; comp. Lucas 16:15).

Retengamos esta importante lección: para conocer y comprender el pensamiento del Señor, la condición primordial no es nuestro grado de inteligencia, nuestra experiencia cristiana o nuestro conocimiento de la Biblia, sino el estado de nuestro corazón. ¿Es recto ante Dios o esconde cosas inconfesables, ídolos muy arraigados? Quizás ésa sea la razón por la cual a veces Dios no responde a nuestras oraciones. Grabemos bien en nuestra memoria estas palabras del Señor: “Separados de mí nada podéis hacer” (comp. v. 5); con su preciosa contrapartida: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:5 y 7).

Ezequiel 14:12-23; Ezequiel 15:1-8

Jehová da a conocer a su siervo los “juicios terribles” que tiene en reserva: espada, hambre, fieras y pestilencia (v. 21). Y declara que incluso la presencia de tres hombres de Dios tan notables como Noé, Daniel y Job no bastaría para liberar al país culpable. Jehová asocia los nombres de esos tres testigos excepcionales, quienes vivieron en épocas muy diferentes (Daniel vivía todavía en Babilonia), para recordar que el temor de Dios y la justicia pueden ser practicados en todos los tiempos —aunque éstos fueran tan sombríos como los que precedieron al diluvio— y que él respondería mediante una liberación individual (comp. Proverbios 11:8). De manera que nadie tiene el derecho de disculpar su conducta invocando el medio en que vive y las influencias que sufre.

En el capítulo 15 se vuelve a tomar la imagen de la vid de Israel (véase también cap. 17:6; 19:10). Si bien no dio fruto, por lo menos ¿podrá ser utilizada su madera? (v. 3). ¡De ninguna manera! Carece de valor, apenas es buena para ser quemada. ¡Terrible suerte la de los estériles pámpanos de la vid de Israel… y la de los que el Padre se verá obligado a quitar de la verdadera vid! (Juan 15:1-2).

Ezequiel 16:1-22

Este pasmoso capítulo describe la odiosa conducta de Jerusalén para con Jehová, a quien todo lo debía. El origen impuro y el total desamparo de la niña menospreciada y abandonada en el campo al nacer (lo que practican todavía ciertas tribus paganas) hacen resaltar la abominable ingratitud de aquella que se entregó a la peor idolatría y utilizó los preciosos dones de su Bienhechor para sus infames pasiones.

De hecho, esta dolorosa historia es la de todo hombre. Dios halló a su criatura en el más horrendo estado de impotencia y degradación moral (comp. Lucas 10:30-35). Él hizo todo por arrancarla de ese estado y darle una nueva vida. ¿Cómo respondió el hombre a tanta gracia?

Queridos amigos, es muy serio pensar en ello: esa incalificable conducta es también la nuestra cada vez que desviamos, para nuestras codicias, lo que pertenece al Señor y debe servir para su gloria, sean nuestros bienes o nuestros cuerpos (1 Corintios 6:19-20).

Ezequiel 16:44-63

La relación de Jerusalén con Jehová agravaba terriblemente sus pecados. A ese respecto, Sodoma era menos culpable que ella, y aun Samaria, la que, sin embargo, era objeto del más profundo desprecio de parte de los judíos (v. 52; Juan 4:9). Además, sabemos que a veces Satanás hace que los que están en relación con Dios caigan más bajo que los otros hombres, porque a través de ellos busca empañar la gloria del Señor. El estado de pecado descrito en el versículo 49 debe hacernos reflexionar: “soberbia, saciedad de pan y abundancia de ocio” con el inevitable egoísmo como consecuencia. Desde tal punto de partida, Sodoma llegó a los horrorosos pecados que trajeron su “destrucción” (2 Pedro 2:6). Pero, contrariamente a toda esperanza, los versículos 60 a 63 nos hacen saber que tal no es la suerte final que aguarda a la ingrata Jerusalén. Su infidelidad no pudo cambiar la fidelidad de su divino Esposo. Una vez más, la culpable ciudad será el objeto de una misericordia aún más grande que la del principio. Sí, las últimas palabras de este capítulo, lleno de tantos crímenes y abominaciones, nos confunden: “Cuando yo perdone todo lo que hiciste, dice Jehová el Señor” (v. 63; Romanos 11:33).

Ezequiel 17:1-21

La parábola de las dos grandes águilas y de la vid, explicada en los versículos 11 a 21, describe figuradamente los acontecimientos que se desarrollaban entonces. El rey de Babilonia, primera gran águila, deporta a Joaquín, débil renuevo del cedro real, y toma bajo su tutela a la vid de Judá. Pone a su cabeza a Sedequías, a quien hace prestar juramento en nombre de Jehová. Pero el rey de Judá no vacila en traicionar ese juramento. Por eso, el rey de Babilonia, instrumento en manos de Jehová, castiga al príncipe felón y lo lleva en cautiverio.

La particular gravedad del crimen de Sedequías era que deshonraba el nombre de Jehová ante las naciones. Mostraba cuán poco estimaban ese nombre aquellos sobre quienes el mismo había sido puesto (Éxodo 23:21). Como redimidos por el Señor Jesús, somos responsables, ante el mundo, de honrar “el buen nombre que fue invocado sobre nosotros” (Santiago 2:7). Los que nos rodean nos observan mucho más cerca de lo que pensamos; sin piedad subrayarán nuestras inconsecuencias, porque se sirven de ellas para disculparse a sí mismos. Y ¿cómo podremos conducirlos a un Salvador acerca del cual habremos mostrado tan poco apego?

Ezequiel 17:22-24; Ezequiel 18:1-9

El enigma del capítulo 17 se acaba de manera divina. Jehová habla en él del renuevo que él mismo —y no ya esta vez la gran águila— tomará del mismo cedro real de David y lo establecerá en un monte alto y sublime como árbol poderoso y lleno de frutos. Comprendemos que se trata del Señor Jesús y de su futuro reinado (comp. Isaías 11:1 y Salmo 2:6).

En el capítulo 18, Jehová discute con los hombres de Israel. Éstos, en lugar de humillarse al ver cómo se cumplen los castigos, intentan justificarse con un insolente proverbio de su invención (v. 2): “Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera”; dicho de otro modo: nuestra generación paga por las precedentes; nuestros padres pecaron y nosotros sufrimos las consecuencias (véase Jeremías 31:29-30). ¡Esto equivale a acusar a Dios de injusticia! Pero este capítulo destruye su perverso razonamiento; cosechan lo que ellos mismos sembraron (Gálatas 6:7).

¿No reconocemos en esos hombres una triste disposición de nuestro corazón: la de echar sobre los demás la responsabilidad de nuestras faltas? Esto traiciona nuestra ceguera y nuestro orgullo y también nos hace malograr las saludables lecciones del Señor (véase Génesis 3:12 y Romanos 2:1).

Ezequiel 18:19-32

Todo este capítulo subraya el principio de la responsabilidad individual de cada alma (dicho de otro modo, de cada persona) ante Dios. Y lo repetimos una vez más: usted no es salvo por la piedad de sus padres o abuelos, ni porque usted frecuente una reunión de hijos de Dios. “El alma que pecare, esa morirá” (v. 20). “Porque la paga del pecado es muerte” (aunque en Ezequiel sólo es cuestión de la muerte del cuerpo); “mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).

Al igual que muchos incrédulos hoy en día, ese pueblo ciego y culpable acusó a Dios de injusticia. Hasta llegó a decir: “No es recto el camino del Señor” (v. 25 y 29; 33:17 y 20). “¿Quiero yo la muerte del impío?” está obligado a preguntar Jehová. ¡Qué pregunta! En su inmenso amor, “Dios nuestro Salvador… quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4; 2 Pedro 3:9). Por eso las últimas palabras de este capítulo todavía son un llamado de gracia dirigido a su pueblo… y quizás a usted: “Convertíos, pues, y viviréis”.

Ezequiel 19:1-14

Al igual que la parábola de las dos grandes águilas (cap. 17), la de la leona y los leoncillos pone en escena a los últimos reyes de Judá y su trágica historia, tal como nos la cuenta el final de los libros de los Reyes y las Crónicas. Joacaz y Joacim, como hijos del fiel Josías confirmaban por completo lo que Jehová había declarado en el capítulo precedente. Esos malos príncipes sufrían el castigo correspondiente a sus propios pecados, y la justicia de su padre no tenía el poder de liberarlos (véase el cap. 18:5-13).

El profeta se refiere de nuevo al cautiverio del último rey de Judá y de la destrucción de la vid de Israel por medio del fuego. Quizás algunos se pregunten por qué esos acontecimientos ocupan semejante lugar en el Libro divino, mientras que prácticamente no tienen ninguno en los manuales de Historia. Pero a los ojos de Dios se trata de uno de los momentos cruciales de la Historia de la humanidad. La sede de Su gobierno abandonaba a Israel por largos siglos. Jerusalén dejaba de ser el lugar en que Jehová había puesto su morada en la tierra. Empezaba el tiempo de las naciones. Éste todavía dura y sólo llegará a su fin con el reinado de Cristo y la restauración de Israel.

Ezequiel 20:1-14

Los ancianos, a quienes la primera visita hecha a Ezequiel no parece haberles enseñado nada (cap. 14), vuelven a visitar al profeta. Por medio de su siervo, Dios les prepara —esta vez no en lenguaje simbólico— una lista de las abominaciones de Israel, lista tan antigua como la historia de ese pueblo. Desde los tiempos de Egipto se rebeló; rehusó abandonar sus ídolos y no quiso escuchar a aquel que se revelaba (v. 8). Entonces, para hacerse oír, Jehová condujo a su pueblo al desierto. Nada es más impresionante que el silencio del desierto. Por eso es un lugar particularmente favorable para escuchar a Dios; en él no distraen los ruidos exteriores. En Sinaí, Israel recibió los estatutos y las ordenanzas de Jehová (v. 10-11). Más tarde, Juan predicó en el desierto el arrepentimiento y la venida del Mesías (Juan 1:23). Finalmente, allí será llevado el pueblo una vez más, antes del advenimiento del Señor, a fin de que Dios hable a su corazón (Oseas 2:14). Allí Moisés, Pablo y otros muchos siervos fueron preparados largamente para su ministerio (Éxodo 3; Gálatas 1:17-18).

Queridos amigos, no rehusemos, pues, ser llevados aparte, cualquiera sea la forma (forzosa soledad, larga enfermedad, etc.) en que a veces el Señor juzga conveniente hacerlo.

Ezequiel 20:30-44

Dios conduce a los suyos al desierto no sólo para hablarles sino también cuando quiere disciplinarlos. Y sabemos por qué. Así como los padres no deben corregir a sus hijos delante de extraños, sino que deben llevarlos aparte, igualmente esa disciplina es un asunto entre Dios y sus redimidos, lo cual al mundo no le incumbe. Lamentablemente, a menudo tememos permanecer a solas con el Señor a causa del mal estado de nuestra conciencia y tratamos de eludirle en el torbellino de la vida cotidiana. Sin embargo, es indispensable que los creyentes sean «depurados». Dios no puede soportar en ellos ni términos medios ni mezcla. En cuanto a aquellos que rehúsan escucharle, ¡les deja que sirvan a sus ídolos (v. 39; comp. Oseas 4:17 y Apocalipsis 22:11) con tal que no aparenten servirle a él también!

Sabemos que toda la generación de los hombres de guerra de Israel cayó en el desierto y sólo sus descendientes entraron en Canaán (Deuteronomio 2:14). De nuevo, cuando llegue el momento de juntar a las diez tribus actualmente esparcidas en el “desierto de los pueblos”, Dios castigará a los rebeldes, los que no entrarán en Su tierra. Solamente después podrá aceptar las ofrendas de su pueblo y hallar su placer en él (v. 40-41; Malaquías 3:4).

Ezequiel 20:45-49; Ezequiel 21:1-32

“¿No profiere éste parábolas?” se decía de Ezequiel con cierto desprecio. Su lenguaje le parecía difícil al pueblo únicamente porque éste no quería comprender. Así es cómo los incrédulos de buena gana invocan las dificultades de la Palabra y las usan como pretexto para evitar someterse a ella.

En este terrible capítulo la espada, primero de los cuatro desastrosos juicios (véase cap. 14:21) sale de su vaina para ejecutar el castigo. Para manejarla, Jehová se servirá del rey de Babilonia, a quien vemos en una encrucijada, ocupado en consultar a sus dioses (v. 21).

¿Empezará su ataque por Jerusalén o por Rabá de los hijos de Amón? A los ojos del pueblo de Judá esta adivinación era falsa y sin valor (v. 23). Y ¡por cierto que lo era! Pero, por encima de estas cosas, Jehová decidió la ruina de Jerusalén (v. 27) y el fin de la realeza. La corona le será quitada al “profano e impío príncipe de Israel” (el profano es aquel que pisotea las bendiciones de Dios: comp. cap. 22:26 y, en Hebreos 12:16, el ejemplo de Esaú).

Desde entonces no habrá más descendiente de David en el trono hasta la venida de Cristo, “aquel cuyo es el derecho”.

Ezequiel 22:1-7; Ezequiel 22:23-31

Aquí se llama a Jerusalén “la ciudad derramadora de sangre”. Todas las clases eran culpables. Los príncipes, como lobos, habían derramado sangre, transgredido la ley de todas las maneras y destruido las almas (v. 6 y 27). Los sacerdotes habían violado la ley (v. 26); los profetas mentirosos habían saqueado las cosas preciosas y devorado las almas (v. 25 y 28); finalmente, el pueblo cometía robo y oprimía al afligido y al pobre (v. 29). En vano Jehová había buscado a alguien “que hiciese vallado”, y que, como Moisés, “se pusiese en la brecha” delante de él a favor de la tierra (v. 30; Salmo 106:23).

Esa doble función corresponde a las consignas del creyente: velar y orar. Velar para impedir la penetración del mal y del mundo en la asamblea y en nuestro corazón. Interceder por el testimonio del Señor.

La importancia que Dios atribuye a la separación de los suyos todavía es subrayada en el capítulo 23. Bajo la figura de los crímenes de Ahola (Samaria o las diez tribus) y Aholiba (Jerusalén y Judá), Dios nos habla de alianzas culpables de Israel con países vecinos: Egipto, Asiria, Babilonia y de su castigo por medio de ellos. Cuando un creyente establece vínculos con el mundo, a menudo recibe su castigo por mano de este último.

Ezequiel 24:1-27

Aquí empieza una nueva división de la profecía. Está fechada en un solemne día que marca el comienzo del sitio final de Jerusalén (comp. 2 Reyes 25:1). Jehová vuelve a tomar la comparación de la olla (cap. 11:3) y anuncia que no sólo su contenido (los habitantes de la ciudad) será consumido sino que también la olla (Jerusalén con su herrumbre inveterada) se fundirá en el fuego que se enciende.

Sabemos en qué estado saldrá la ciudad de ese espantoso sitio (2 Crónicas 36:19). Pero ese mismo día trae también a Ezequiel personalmente el duelo y el sufrimiento: súbitamente le es quitada su mujer. Así, por sus propias circunstancias, el profeta enseña a los hijos de su pueblo qué dolores van a caer sobre ellos cuando Jehová les quite lo que más quieren su capital y su santuario.

Se comprueba que un siervo de Dios no deja de compartir las pruebas de aquellos entre los que vive. ¡Cuántas aflicciones han sido las de ese hombre de Dios! A fin de ser una “señal” para su pueblo (v. 27), le vemos someterse a todo lo que Jehová le pide (comp. Salmo 131:2).

¡Sin que el Señor necesariamente nos pida grandes sacrificios, es de desear que halle en nosotros instrumentos dóciles y discípulos obedientes!

Ezequiel 25:1-17

Como en otros libros de profetas, el anuncio de los juicios sobre Israel es seguido ahora por profecías contra las naciones (véase Isaías 13 a 23; Jeremías 46 a 51). Ya el capítulo 21 nos mostró al rey de Babilonia vacilando en cuanto a si era mejor atacar a Rabá de los hijos de Amón antes que a Jerusalén y en esa ocasión los versículos 33 a 37 del mismo capítulo anunciaban el castigo de esos descendientes de Lot, perpetuos enemigos de Israel. Amón, dejado indemne momentáneamente, en lugar de sacar una enseñanza de ello se había alegrado cobardemente de los golpes caídos sobre el santuario, la tierra menospreciada de Israel y la realeza de Judá (v. 3 y 6). Se burló de Israel en su desgracia (Proverbios 17:5). Pero “Jehová escarnecerá a los escarnecedores” declara también Proverbios 3:34, citado en el Nuevo Testamento: “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes’’ (Santiago 4:6; 1 Pedro 5:5). Por cierto, la soberbia caracteriza a Amón y a su hermano Moab (Sofonías 2:8; Isaías 16:6). Jehová va a humillarlos y dará sus países en posesión a nómadas saqueadores (v. 4 y 10).

Edom y Filistea son igualmente muy culpables. El uno y la otra aprovecharon la ruina de Israel para vengarse “con despecho de ánimo” de sus antiguas amistades (v. 12 y 15). A su turno tendrán que soportar la venganza de Jehová.

Ezequiel 26:1-6; Ezequiel 27:1-11

Los capítulos 26 a 28 se consagran a Tiro, la opulenta ciudad fenicia, señora de los mares y principal centro comercial de la antigüedad. Lo mismo que un comerciante puede felicitarse de la desaparición de un competidor vecino, Tiro se alegró de las calamidades de Jerusalén. Precisamente, esa malsana alegría llegará a ser el motivo de su propia ruina.

El capítulo 27 enumera sus clientes y proveedores y hace la inmensa lista de los productos de su comercio. Tiro es una imagen del mundo y sus riquezas. Los hombres siempre han pensado que el crecimiento del nivel de vida de los pueblos era el medio para liberar a la humanidad de sus penas y miserias. No han cesado de trabajar en procura de esa prosperidad material, tendiendo todos sus esfuerzos a embellecer el mundo y hacer la vida más agradable en él. Pero, lejos de conducir las almas a Dios, esa carrera en pos del progreso no hizo sino desarrollar la autosatisfacción (cap. 27, final del v. 3), la pretensión laodiceana de ser rico y no tener necesidad de nada.

Entre las preciosas mercancías de Tiro se buscaría en vano el “oro refinado en fuego” de la justicia divina, las “vestiduras blancas” del andar práctico y el “colirio” para los ojos de la fe, que es el Espíritu Santo. Porque sólo se los puede “comprar” al Señor Jesús (Apocalipsis 3:17-18).

Ezequiel 28:1-19

El brillante príncipe de Tiro, quien se enalteció como un dios, es objeto de una profecía personal. Su castigo nos recuerda el que hirió a Herodes por haber aceptado los halagos de los de Tiro y Sidón, cuando dijeron: “Voz de Dios, y no de hombre” (Hechos 12:20-23). Pero, bajo esa figura del rey de Tiro, Dios quiere hablarnos de un ser misterioso y terrible: Satanás mismo. Príncipe de este mundo —del cual Tiro es imagen—, él utiliza sus riquezas para satisfacer las codicias de los hombres, a fin de mantenerlos sujetos a esclavitud. Y por los versículos 12-15 nos enteramos de que Satanás no fue siempre el Maligno, el enemigo de Dios y de los creyentes. Resplandeciente querubín, “lleno de sabiduría, y acabado en hermosura”, también fue perfecto en sus caminos hasta el día en que se halló iniquidad en él (v. 15). Su corazón se enalteció hasta querer dejar su posición de criatura y ser como Dios (v. 2; Isaías 14:13). La soberbia es llamada “la condenación del diablo” (1 Timoteo 3:6) y por esa misma tentación —“seréis como Dios”— él arrastró al hombre consigo en su caída. Pero Satanás fue vencido por Cristo en la cruz y la Biblia nos revela la terrible suerte que le está reservada (Apocalipsis 20:10).

Ezequiel 28:20-26; Ezequiel 29:1-7

Después de Tiro, su vecina y aliada Sidón es objeto de una corta profecía. Formaba parte de los que menospreciaban a la casa de Israel (v. 24 y 26) y aprendería a conocerle por los juicios de Jehová.

Cuatro capítulos (29 a 32) son consagrados casi enteramente a Egipto. Esta nación, rival de Asiria y luego de Babilonia, desempeñó un considerable papel en la historia de Israel. Ella también aspiraba a tener el dominio universal. Pero Dios lo dio a Nabucodonosor, y a su turno, Egipto iba a ser una de las provincias del gran imperio babilónico. Uno puede preguntarse por qué Jehová escogió una de esas naciones paganas en vez de otra para que dominase al mundo. Entre otras, una de las razones por las cuales Egipto debía ser humillado era la falsa confianza que Israel había puesto en él (cap. 29:6 y 16). Era necesario que Judá y sus reyes no parecieran haber tenido razón al confiar en Egipto.

Éste era un báculo de caña frágil y quebrada que hería la mano de los que se apoyaban en él (v. 6-7; Isaías 36:6). El Señor, en su fidelidad, seguramente muchas veces se complació en quebrar nuestros apoyos humanos para mostrarnos la vanidad de ellos y enseñarnos a descansar sólo en él.

Ezequiel 30:1-19

Jehová no había olvidado que Egipto seguía siendo una trampa para su pueblo. ¡E iba a demostrarlo! Además, daba ese país a Nabucodonosor como recompensa por su trabajo contra Tiro (cap. 29:19-20). Los golpes que iban a herir a Egipto nos recuerdan las plagas que, en los tiempos del Éxodo, habían asolado a ese país, su río y sus canales, sus ídolos y sus habitantes. La más terrible había sido la muerte de sus primogénitos, cuando Jehová ejecutó sus juicios “en todos los dioses de Egipto” (v. 13; Éxodo 12:12). Y, lo mismo que en otros tiempos, esos grandes juicios tenían como fin hacer saber a los egipcios quién era Jehová (comp. v. 19 y Éxodo 7:5). En efecto, el cumplimiento de todos esos castigos contra las naciones debía tener un resultado, repetido como un refrán al final de cada profecía: “Y sabrán que yo soy Jehová” (23:49; 24:27; 25:5, 7, 11, 17; 26:6; 28:24 y 26; 29:21; 30:19 y 26).

No es posible escapar al conocimiento del Dios santo y a sus exigencias con respecto al pecado. Pero hoy, él se revela todavía como el Dios Salvador en Jesucristo. ¿Le conoce usted así? Porque todos aquellos que no quieren conocerle ahora como Dios de gracia más tarde tendrán que comparecer ante él en juicio (Amós 4:12).

Ezequiel 32:17-32

Este capítulo y los siguientes parecen difíciles de comprender. Pero las profecías que contienen se esclarecen cuando las colocamos en el marco de los acontecimientos del fin de los tiempos, cuando todas las potencias humanas y nacionales que hayan combatido contra Israel serán abatidas para dar lugar al reinado de Cristo.

En esa endecha (v. 16), la suerte de las naciones nos es presentada de manera simbólica. Se encuentran en el Seol en medio de los “muertos a espada” (v. 21; la expresión se halla tres veces en el cap. 32). La primera nación es Asiria, el asirio de los últimos días, poderoso árbol cuya caída fue contada en el capítulo 31. Se nombra luego al Elam (Persia) con Mesec y Tubal (Rusia). También allí están Edom, los príncipes del norte, los sidonios, lo mismo que Faraón y “toda su multitud”. Pueblos grandes y pequeños, después de haber estado más o menos tiempo en la actualidad de la escena mundial, vuelven a encontrarse en ese siniestro lugar de cita. ¿Qué se hizo de su magnificencia? ¿De qué les sirvió su poderío? El terror que inspiraban ya no asusta a nadie y llega a ser su vergüenza (v. 30). Todo lo que tanto importa en la “tierra de los vivientes” no tiene más valor en el umbral de la eternidad. Entonces, una sola pregunta se formulará a cada uno: ¿Está su nombre en el libro de la vida? (Apocalipsis 20:15).

Ezequiel 33:1-20

En el comienzo de esta nueva división, Jehová recuerda al profeta sus consignas como atalaya (véase cap. 3:16 y sig.): advertir al malo, exhortarle a apartarse de su camino de iniquidad. Ése es también el servicio de cada redimido del Señor, porque conoce por medio de la Palabra lo solemne del tiempo actual. Si mi trompeta diere un sonido incierto (1 Corintios 14:8) o quedare callada, Dios se proveerá de otro atalaya, pero habré faltado a mi responsabilidad y se me pedirá cuenta de ello. El apóstol Pablo había cumplido fielmente ese servicio en Éfeso y pudo decir a los ancianos de esa ciudad: “Estoy limpio de la sangre de todos… no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno” (Hechos 20:26-27 y 31).

El versículo 10 puede aplicarse a todos aquellos que son conscientes del peso de sus pecados, sin conocer todavía al Dios que perdona. En respuesta a esos ejercicios, Jehová repite su preciosa declaración del capítulo 18:23: “Vivo yo… que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva” (v. 11). “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Ezequiel 33:21-33

Ezequiel recibe las noticias de la conquista de Jerusalén. Desde el primer día del sitio, Jehová le había indicado de qué manera sería avisado (comp. v. 21-22 con cap. 24:25-27). Ahora, va a reducir al país a desierto a causa de la soberbia de los que permanecen en Judea.

El final del capítulo (v. 30-33) es muy solemne. Nos muestra que las palabras de Ezequiel eran apreciadas como agradable canto y hermosa voz. Por desgracia no se las practicaba. Sin duda, por ese motivo el profeta había permanecido callado por un tiempo (v. 22); era un juicio para el pueblo y no para él. Porque la trompeta de un atalaya no resuena para que se disfrute su melodía. Se trata de una señal de alerta. ¡Desdichados aquellos que no la tomen en cuenta!

¿No ocurre lo mismo hoy en día? Algunos pretendidos cristianos parecen oír con placer las predicaciones… pero de ninguna manera están dispuestos a poner en práctica lo que se les enseña. ¿A qué se debe? ¡A falta de rectitud! Lo que se aparenta no corresponde al verdadero estado del corazón (final del v. 31). El Señor dirá de Israel: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí” (Marcos 7:6; Isaías 29:13).

Ezequiel 34:1-16

Este capítulo condena muy severamente a los malos pastores (reyes, príncipes y jefes del pueblo). No sólo no cuidaron a las ovejas débiles, enfermas, heridas o descarriadas, sino que ellos mismos engordaron a expensas del rebaño de Israel. Sin temor de Dios y sin amor por el pueblo, obraron como si este último les perteneciera y tuvieran “señorío” sobre él en lugar de ser “ejemplos de la grey” (léase 1 Pedro 5:2-4). Ante ese completo in-cumplimiento, Jehová decide cuidar él mismo a sus ovejas. “He aquí yo” declara él. Y reconocemos el maravilloso amor del “Pastor de Israel» (Salmo 80:1), subrayado por el contraste con los malos pastores. Él promete quedarse en medio de sus ovejas, librarlas, juntarlas, traerlas por “las riberas” y a “buenos pastos” y hacerlas descansar en buen redil (comp. Salmo 23). La perdida será buscada, la descarriada traída al redil; la perniquebrada será vendada y la débil fortalecida. Se trata de la reunión final y de la bendición de Israel. Pero ¡qué preciosa imagen de los tiernos cuidados que el Señor dispensa a cada uno de sus redimidos! (léase 1 Pedro 5:7).

Ezequiel 34:17-31

Jehová denuncia severamente el egoísmo de las ovejas fuertes y engordadas y promete que reparará los agravios hechos a las que son flacas y débiles. Luego designa —con comprensible satisfacción y amor— al pastor a quien él va a suscitar: su siervo David. A través de éste, fiel pastor del rebaño de su padre y más tarde del de Israel (1 Samuel 17:34-35; 2 Samuel 5:2), Dios quiere hablarnos de su Amado. “Yo soy el buen pastor” dirá Jesús, en contraste con todos los malos pastores de los cuales nos habló en el comienzo de este capítulo. Tuvo compasión de las multitudes de Israel, cansadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor (Mateo 9:36). Lo que caracteriza al buen Pastor es que da su vida por las ovejas (Juan 10:11). Tal es, por cierto, la suprema prueba de su bondad, la que supera todos los cuidados enumerados en este capítulo. “Conozco mis ovejas, y las mías me conocen” agrega el Señor; palabras que podemos comparar con los versículos 30 y 31. Escuchemos todavía esa conmovedora expresión: “ovejas mías, ovejas de mi pasto” (comp. Salmo 100:3). En el capítulo 36:38 hallaremos otras “ovejas consagradas… ovejas de Jerusalén… rebaños de hombres”.

Ezequiel 36:1-15

Entre los vecinos de Israel, Edom era particularmente culpable (v. 5). Todo el capítulo 35 es una profecía contra esos descendientes de Esaú. Con toda la fruición maligna de su corazón pensaban aprovechar la desolación de Israel para tomar posesión de su territorio (cap. 35:10). Pero Jehová estaba allí y velaba. ¿No había afirmado ya desde antes del nacimiento de Jacob y Esaú: “El un pueblo será más fuerte que el otro pueblo, y el mayor servirá al menor”? (Génesis 25:23). Nunca se retractará de su palabra.

Edom se había burlado de “las alturas (o collados) eternas”, nombradas así por Dios mismo en las dos bendiciones destinadas a José (v. 2; Génesis 49:26; Deuteronomio 33:15). Esos montes y esos collados habían “llevado el oprobio de las naciones” (v. 6), porque, según la costumbre pagana, el pueblo impío había edificado allí lugares altos desde los días de Salomón (1 Reyes 11:7). A Jehová le complacerá llenarlos de fruto (comp. Salmo 72:16). Como los incrédulos en otros tiempos, los enemigos decían de ese país que él devoraba a sus habitantes (v. 13; Números 13:33). Pero Dios no permitirá más a las naciones que insulten y cubran de oprobio a la heredad de su pueblo; éste no caerá más “en boca de habladores» (v. 3).

Ezequiel 36:16-38

Ahora Jehová habla de la obra que quiere cumplir mediante su Espíritu en el corazón de los hijos de Israel… y de todos los hombres. Comparemos el versículo 26 con las palabras que Jesús dijo a Nicodemo respecto del nuevo nacimiento. “El que no naciere de agua (v. 25) y del Espíritu (v. 27), no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). El agua que limpia, siempre es la Palabra que el Espíritu Santo aplica a la conciencia y al corazón a fin de que sea recibida y creída para salvación (comp. Juan 4:14).

La nueva vida dada gratuitamente a todos los que creen es la condición para entrar en el reino y en la familia de Dios. Pero no basta que un niño venga al mundo. Luego deberá aprender a andar; más tarde irá a la escuela. Así ocurre con el hijo de Dios (v. 27). Además, tarde o temprano debe pasar por la gran experiencia del versículo 31: “Os avergonzaréis de vosotros mismos…” (véase cap. 6:9; 20:43). El Espíritu de Dios conduce al alma regenerada a ese conocimiento de sí misma (comp. Job 42:6).

Nicodemo, maestro de Israel, habría tenido que conocer estas cosas (Juan 3:10). Estaban expresamente anunciadas en los profetas (véase también Ezequiel 11:19; Jeremías 24:7 y sig.) Y usted, querido amigo que quizás haya sido enseñado en ellas desde su niñez, ¿no debería conocerlas todavía mejor?

Ezequiel 37:1-14

Este extraordinario capítulo completa al precedente, mostrándonos esta vez cómo Jehová da una nueva vida a todo su pueblo restaurado. Como lo explican los versículos 11 a 14, esta asombrosa visión se aplica a la resurrección nacional de Israel (después del arrebatamiento de la Iglesia). El actual retorno de judíos a Palestina parece ser el preludio de ello. En respuesta a la palabra del profeta, los huesos se juntan, los nervios, la carne y la piel vienen a cubrirlos, pero su estado de muerte no ha cambiado. Es un despertar nacional nada comparable con el despertar espiritual que el pueblo conocerá luego, al alba del reinado de Cristo. En efecto, para dar la vida, el Espíritu de Dios debe obrar y entonces lo hará despertando la conciencia y los afectos de ese pueblo (Salmo 104:30).

La pregunta formulada al profeta subraya la completa impotencia humana (v. 3). En esos huesos no hay fuerza ni vida. Pero todo eso precisamente hace resaltar el poder de Dios, “el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen” (Romanos 4:17). ¡Cuánto más maravillosa aun es la obra que él cumplió en nosotros! Si bien estábamos muertos en nuestros pecados, él nos dio vida juntamente con Cristo (Efesios 2:5; Colosenses 2:13; Juan 5:21).

Ezequiel 37:15-28

Bajo el reinado de Roboam, las diez tribus —cuyo cabecilla era Efraín— se habían separado de Judá y de Benjamín como consecuencia de la infidelidad de Salomón. Desde entonces, esa brecha nunca fue reparada. Sin embargo, lo será cuando se establezca el reinado de Cristo, y Ezequiel lo anuncia así por medio de esos dos palos que forman sólo uno en su mano (comp. Jeremías 3:18). Jehová muestra que, sin aguardar ese momento, la unidad de su pueblo no deja de estar en su pensamiento. Los profetas y luego los apóstoles nunca perdieron de vista el conjunto de las doce tribus (1 Reyes 18:31; Hechos 26:7; Santiago 1:1).

Ocurre lo mismo con la Iglesia del Señor Jesús. Por culpa de sus hombres su unidad no es ya visible, pero ella existe para él y nunca deberíamos olvidarlo. En presencia de toda la confusión y las divisiones de la cristiandad, es consolador pensar que hay sólo una verdadera Iglesia compuesta por todos los creyentes. Hay “un cuerpo”, como también “un Señor”: Cristo, de quien David es aquí figura (Efesios 4:4-5;1 Corintios 12:5 y 12). “Un rey será a todos ellos por rey… nunca más serán divididos” (v. 22). “Mi siervo David será rey sobre ellos, y todos ellos tendrán un solo pastor” (comp. Juan 10:16).

Ezequiel 38:1-23

En los capítulos 38 y 39 entra en escena un personaje espantoso, ya encontrado en la profecía bajo el nombre de asirio. Aquí lleva el nombre de Gog y su dominación se extiende hasta Magog, el antiguo país de los escitas, ubicado al norte del mar Negro, pueblo considerado en otros tiempos como particularmente bárbaro (comp. Colosenses 3:11). Gog es el príncipe de “Ros, Mesec y Tubal” (v. 2, V.M.; véase Génesis 10:2), nombres en los cuales se pudo reconocer respectivamente a Rusia, Moscú y Tobolsk, esta última capital de Siberia. A la cabeza de una formidable coalición de pueblos asiáticos, ese jefe, más terrible que Atila y que cualquier otro conquistador de la Historia, vendrá “como tempestad” sobre la tierra de Israel para tomar posesión de ella. Pero Dios intervendrá directamente desde el cielo para aniquilarlos (v. 22) y además esas diferentes razas y naciones se destruirán recíprocamente (v. 21). A menudo hace falta muy poca cosa para convertir a los amigos de ayer en encarnizados adversarios. De esa manera fueron salvados en otro tiempo Josafat y el pueblo de Judá (2 Crónicas 20:23). Queridos amigos, aquel que puede cumplir semejantes liberaciones, ¿podría estar desprevenido acerca de los peligros que nos amenazan? Dejemos siempre que él mismo obre cada vez que enfrentemos los asaltos del Enemigo.

Ezequiel 39:1-29

Gog, sus aliados, sus vasallos y sus innumerables hordas serán aniquilados “sobre los montes de Israel”. Para darnos una idea de la terrorífica amplitud de ese asalto final, el versículo 9 declara que el material de guerra abandonado proveerá de bastante combustible a los habitantes para calentarse durante siete años, y el versículo 14 agrega que serán necesarios siete meses para enterrar a los muertos. De modo que ese país que Gog habrá querido poseer llegará a ser su tumba. Y, además, Dios también enviará un juicio sobre Magog, el propio territorio del agresor.

Todo lo que concierne a esa destrucción del asirio y de sus ejércitos se halla consignado desde hace más de veinte siglos en el Libro de Dios (comp. cap. 38:17). Pero esto no impedirá que las multitudes enceguecidas por Satanás se precipiten por sí solas al lugar designado para su matanza. Si bien desde hace dos mil años el Evangelio declara adónde lleva el camino ancho (Mateo 7:13), cuán numerosos son los que lo siguen con los ojos cerrados para ir a la perdición. Tales serán los últimos acontecimientos que precederán al reinado de Cristo. De ahí en adelante Israel morará en paz; no habrá nadie que lo asuste y muchas naciones aprenderán a temer a Jehová.

Ezequiel 40:1-16

A partir del capítulo 40 y hasta el final del libro estamos ante una visión completamente nueva del profeta. Nos transporta a Palestina durante el milenio. Israel, restaurado y reunido, mora seguro; el Espíritu Santo se derrama sobre él (cap. 39:25-29). Ahora Dios se complace en describir el lugar de su propia habitación en la tierra, aquel en el cual su gloria podrá volver a morar. Así como en otro tiempo Jehová había mostrado a Moisés en el monte el modelo del primer tabernáculo (Éxodo 25:40; Hebreos 8:5), le revela a Ezequiel, por medio de una visión, todos los detalles del futuro templo en otro monte. Y cada uno de nosotros puede hacerse destinatario de la exhortación del versículo 4: “Oye con tus oídos, y pon tu corazón a todas las cosas que te muestro”. El profeta va a examinar sucesivamente las tres puertas que dan acceso al atrio exterior (o patio). Cada puerta tiene el aspecto de una pequeña casa atravesada por un corredor central al cual dan tres cámaras de cada lado.

Notemos que la caña de medir que utiliza el guía está dividida en seis unidades, cada una de las cuales tiene un codo y un palmo (es decir, siete palmos), dimensión que solamente Dios emplea. Esto debe enseñarnos a estimarlo todo según su medida, la del santuario.

Ezequiel 40:35-49

En la primera parte de este libro vimos que el templo de Salomón fue profanado; que, por decirlo así, Dios fue proscrito; que los sacerdotes llegaron a adorar ídolos allí; y que la realeza faltó por completo a su deber. Las consecuencias de ello fueron la destrucción del templo, la transportación del pueblo judío y su apartamiento como nación. Pero Dios nunca permite que las infidelidades de los hombres contrarresten Sus propósitos. Es necesario que en los mismos lugares en que fue deshonrado, él sea plenamente glorificado, que las promesas hechas a David se cumplan, que se construya un nuevo templo y que se instituya un nuevo sacerdocio bajo el reinado de un nuevo rey (Cristo) que domine en justicia sobre un pueblo arrepentido. Todo esto se efectuará durante el milenio, tiempo “de la restauración de todas las cosas”, del cual habla Pedro (Hechos 3:21). Éste es el tema de los capítulos 40 a 48, a través de los cuales deseamos dejarnos conducir por el Espíritu Santo, tal como aquí el profeta es guiado paso a paso por su maravilloso compañero. Con su ayuda también visitaremos este magnífico templo que será construido en Jerusalén para que Dios sea buscado y adorado en él.

Ezequiel 41:1-4; Ezequiel 41:15-26

El profeta y su guía han pasado por el pórtico y penetran en la casa. Al igual que el templo de Salomón, se divide en un lugar santo, de cuarenta codos, y en un lugar santísimo de forma cúbica que tiene veinte codos de lado. Pese a la considerable superficie ocupada por el santuario y sus anexos —lo que nos habla de la grandeza del reinado de Cristo— comprobamos que las dimensiones interiores son exactamente las mismas que las del primer templo (1 Reyes 6:17 y 20). El plan de Dios es inmutable: sus designios respecto de Cristo y de la bendición del mundo nunca cambiaron. Con tanto tiempo de antelación prevé que queden expuestos en su santo Libro como testimonio de su fiel bondad: él cumplirá lo que se propuso. La lectura de esas páginas debería hablar muy especialmente a la conciencia de Israel, al demostrarle que Dios nunca dejó de interesarse por él.

A partir del versículo 15 tenemos la descripción del edificio, luego la del altar y al final la de las puertas labradas del santuario. Su decoración expresa los caracteres del Reinado: poder para ejecutar juicio (los querubines, encargados de ello); paz y victoria (las palmeras).

Ezequiel 42:1-20

Además de las cámaras, las que, como en el primer templo, rodean la casa hasta una altura de tres pisos (cap. 41:6 y sig.; comp. 1 Reyes 6:5), los sacerdotes disponen de un gran número de cámaras (o celdas) que dan al atrio. Allí deben comer las cosas santas, almacenarlas y también cambiar sus vestiduras para ejercer sus funciones.

En contraste, pensamos de nuevo en la celestial posición de los redimidos del Señor Jesús, “siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:20-22).

El Señor podía revelar a sus discípulos que en la casa de su Padre había “muchas moradas” (es decir, lugar para todos; Juan 14:2). Al dejarlos, iba a prepararles lugar en ese celestial santuario en el que, pronto, todos los creyentes serán recibidos.

Notemos que las cámaras son santas (v. 13), que los sacerdotes son santos (v. 14) y que los sacrificios son santísimos (v. 13, V.M.) Jehová se acuerda de las abominaciones introducidas en otros tiempos en su templo por reyes impíos (cap. 43:8). En el porvenir, un vasto muro de quinientas cañas de lado circundará el santuario y sus dependencias “para hacer separación entre lo santo y lo común” (final del v. 20, V.M.)

Ezequiel 43:1-12

El futuro santuario ha sido visitado y medido en todas direcciones. Está terminado y separado de lo que es profano; sin embargo, le falta lo que es su razón de ser: la presencia de Jehová. Entonces, como en el día de la dedicación del templo de Salomón, el maravilloso acontecimiento se produce: la gloria de Dios, vista por el profeta en el momento en que ella se iba (cap. 11), vuelve para habitar en la casa. ¡He aquí que aparece viniendo del oriente, después de muchos siglos de ausencia! Y ese retorno es acompañado por una inapreciable promesa: “Habitaré entre los hijos de Israel para siempre” (v. 7 y 9).

El profeta, vigilante atalaya, no recibió esa visión sólo para sí. Dios le invita a “mostrar” la casa y su disposición general a los hijos de su pueblo (v. 10). Es cosa muy notable que el efecto producido sobre ellos no será de admiración ni de alegría, sino que primeramente consistirá en confusión. Y solamente después de que esa humillación se haya producido, Ezequiel podrá darles a conocer todos los detalles del nuevo templo (v. 11). Retengamos ese principio tan importante y verdadero para todos los tiempos: el Señor sólo puede darnos a conocer sus pensamientos cuando nuestros corazones han sido juzgados.

Ezequiel 43:13-27

El capítulo 41 mencionaba el altar de madera colocado en el interior de la casa. Ahora se trata del altar de los sacrificios en medio del atrio interior: su descripción, sus medidas y finalmente las instrucciones concernientes a su servicio.

Muchos se extrañan de volver a hallar sacrificios en el futuro templo, creyendo ver en eso una contradicción con la plena suficiencia de la obra de Cristo. En efecto, la epístola a los Hebreos afirma que es imposible que la sangre de toros y de machos cabríos quite los pecados. Por eso Jesús se presentó y ofreció “una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados” (Hebreos 10:1 y sig.) Pero aquí no se trata de volver atrás; la perfecta obra del Señor en la cruz será la base de la bendición de Israel, así como asegura la de la Iglesia (Salmo 22:23 y sig.) Se puede entender, pues, que en lugar de ser un acto por el cual se haga “memoria por los pecados” —como se hacía en otros tiempos—, los sacrificios quemados sobre este altar servirán para recordar el de Cristo en la cruz. Este recuerdo visible, necesario para el olvidadizo corazón del hombre, será en alguna medida para el Israel de Dios y el pueblo que nacerá durante el Reinado, lo que la Cena es hoy en día para los cristianos (Salmo 22:31).

Ezequiel 44:1-14

Con excepción del príncipe (que en la tierra sumisa y bendecida será como el virrey que representará al Cristo que estará en lo alto), nadie más deberá utilizar la puerta por la cual entró la gloria de Jehová. ¡Nuevo contraste con el creyente! Éste tiene libre acceso a los lugares celestiales en los que está su Salvador, por el mismo camino de la resurrección.

Ezequiel contempla la gloria que llena el santuario y se postra sobre su rostro como al principio (cap. 1:28). Entonces Jehová le explica qué obligaciones de santidad resultan de su presencia. Ningún extranjero podrá penetrar en su templo. De ahí la necesidad de velar en las puertas. Jehová designa guardas (porteros) (v. 11). Permanecerán en las cámaras dispuestas en el interior de cada puerta y verificarán la identidad de todos aquellos que quieran entrar. Esas funciones recaen en los levitas. Éstos habían sido “tropezadero” para los hijos de su pueblo al servirles delante de sus ídolos (v. 12; Malaquías 2:8-9). La misericordia de Dios les confía de nuevo un cargo, pero menos importante que el de otrora. ¡Es una lección para nosotros! Nuestras infidelidades implican consecuencias inevitables, no para el servicio sino para nosotros mismos, y podrían privarnos de una parte de nuestro trabajo en provecho de otros obreros más fieles.

Ezequiel 44:15-31

Eleazar e Itamar habían compartido el sacerdocio después de la muerte de sus hermanos Nadab y Abiú (Números 3:4). Más tarde, la rama descendiente de Itamar perdió sus derechos a causa de la corrupción de los hijos de Elí y de la traición de Abiatar (1 Samuel 3:12-13; 1 Reyes 1:7-8; 2:27). Por eso es preciso que los sacerdotes sean hijos de Sadoc, de la familia de Eleazar (1 Crónicas 6:50-53). Así como fue en aquellos tiempos, en los últimos días, ese cargo tampoco se obtendrá como consecuencia de capacidades personales sino exclusivamente por derecho de nacimiento (Salmo 87:5). Hoy ocurre lo mismo con los redimidos del Señor. En virtud del nuevo nacimiento, todos ellos tienen derecho al hermoso título de sacerdote.

Pero, como todo privilegio, éste igualmente implica deberes. Las instrucciones dadas a los sacerdotes son muy precisas, tanto para el cumplimiento de su servicio como para su vida familiar (comp. Levítico 21). Especialmente deberán velar por la pureza, y es también nuestra responsabilidad mantenernos apartados de la contaminación, nosotros, quienes somos por gracia “sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2:5; véase también 1 Tesalonicenses 4:4).

Ezequiel 45:1-17

La ofrenda alzada (v. 1, V.M.) es una porción de territorio que quedará reservada a Jehová en la repartición del país. Los sacerdotes habitarán en ella (v. 4). Luego se delimitan las propiedades de los levitas, de la ciudad y del príncipe, porque Dios vigila para que no pueda haber más opresión ni injusticia en Israel (comp. v. 9 y cap. 46:18).

El mismo nombre de ofrenda elevada (v. 13, V.M.) se aplica a los dones que los israelitas harán a Jehová proporcionalmente a la renta de sus campos y de sus rebaños (comp. Levítico 27:30). Como cristianos bajo la gracia, no estamos obligados a entregar una parte de lo que poseemos. ¿Tendremos por eso menos diligencia y liberalidad para destinar algo al servicio del Señor?

Los diferentes sacrificios ordenados en el Levítico se hallan de nuevo en los versículos 15 y 17. El holocausto nos recuerda que Cristo se ofreció a Dios en olor fragante (Efesios 5:2). La ofrenda vegetal (V.M.) habla de su vida de sufrimiento y abnegación. Con la ofrenda de paz podemos alimentarnos de Cristo y aseguramos todas nuestras bendiciones, las que así llegan a ser la base del culto. Finalmente, el sacrificio para hacer expiación presenta la santa Víctima enviada por Dios para ser la propiciación por nuestros pecados (1 Juan 2:2; 4:10).

Ezequiel 45:21-25; Ezequiel 46:1-11

El capítulo 45 termina impartiendo las instrucciones concernientes a la Pascua, primera de las tres grandes fiestas anuales (Deuteronomio 16). En el porvenir cada israelita podrá comprender su precioso significado y pensar en el Cordero de Dios cuya sangre lo puso a cubierto del juicio. La segunda fiesta, la de Pentecostés, no es mencionada aquí, y comprendemos por qué: concierne a la Iglesia, cuya parte es celestial y no tiene motivo para figurar en ese cuadro del reinado terrenal. En cambio, en el versículo 25 se trata de la tercera solemnidad, simplemente llamada “la fiesta”. Se trata de la concerniente a los Tabernáculos, pero aquí se habla muy poco de ella, ya que prefigura al milenio, el cual entonces habrá llegado.

El capítulo 46 fija las ceremonias del día de reposo y de la luna nueva, así como las obligaciones del príncipe con respecto a aquéllas.

La importancia y la precisión de esta visión profética quizá nos hayan sorprendido. Pero, repitámoslo, después de haber sido tan deshonrado en Israel, es justo que Dios se extienda con satisfacción sobre ese futuro culto mediante el cual, por fin, será glorificado en la tierra. Y quiere que nos regocijemos con él, aquellos que desde ahora le ofrecemos la alabanza como su pueblo celestial.

Ezequiel 47:1-12

En ese templo del porvenir, al profeta le queda por considerar un maravilloso detalle. Por debajo del umbral, como del mismo trono de Dios, surge un manantial fresco, poderoso e inagotable. Corre ensanchándose (aunque no es cuestión de afluentes) y Ezequiel, yendo por la orilla de las aguas con su celestial compañero, es invitado a atravesarlo de mil en mil codos. Pronto deja de hacer pie: “el río no se podía pasar sino a nado”.

Ésta es una preciosa imagen de ese río de la gracia que por nosotros surge del santo Lugar. Como el profeta, aprendemos a apreciar su profundidad a medida que avanzamos en nuestra carrera cristiana, hasta advertir que esa gracia es insondable (2 Pedro 3:18).

Ese extraordinario río correrá hacia el oriente, trayendo vida y fertilidad a la región actualmente más desolada del globo: la del mar Muerto (v. 8; comp. Joel 3:18 y Zacarías 14:8). Este último será saneado y abundará en peces; el desierto se cambiará en manantiales surgentes (Isaías 41:18); nada recordará la maldición de Sodoma. Así la gracia divina y vivificante produce fruto para Dios por todos los lugares donde se extiende, como debe poder hacerlo en nuestro propio corazón (Juan 7:38).

Ezequiel 47:13-23; Ezequiel 48:1-7

Se delimitan las fronteras de Israel y, en ese marco, cada tribu recibe su heredad: una franja recta que se extiende desde el Mediterráneo hasta mucho más allá del Jordán (hasta el Eufrates, conforme a las divinas promesas por fin cumplidas: Éxodo 23:31; Josué 1:4). Al comparar esa repartición del país con el complicado trazado de las primitivas fronteras por parte de Josué y sus emisarios (véase Josué 18), admiramos cómo todo es sencillo cuando Dios lo establece. Como cada territorio será repartido de modo parejo, no habrá más celos ni discusiones (léase Josué 17:14). Y, como para adelantarse a estas últimas, Jehová mismo precisa que José tendrá dos partes (v. 13, cumplimiento de Génesis 48:5). En otro tiempo Rubén, Gad y la media tribu de Manasés habían elegido su territorio aparte de las otras tribus. Ahora habitan en medio de sus hermanos en los limites que Jehová fijó para ellos (cap. 48:4, 6 y 27). Tampoco hay división entre Judá y las diez tribus. Algunas de éstas habitan al norte y otras al sur, a cada lado de “la porción” (u “ofrenda alzada” - v. 8, V.M.), realizando en ese porvenir el versículo 1 del Salmo 133: “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!”

Ezequiel 48:20-35

A menudo se ha comparado este libro de Ezequiel con el del Apocalipsis. El uno y el otro empiezan con una gloriosa y solemne visión, siguen con los juicios venideros y terminan brindando un cuadro del bienaventurado reino por venir. Pero Ezequiel considera esos acontecimientos bajo su carácter terrenal, con relación a Israel. Por el contrario, en sus últimos capítulos el Apocalipsis presenta de manera simbólica lo que concierne a la Iglesia y su porvenir celestial. La santa Ciudad descrita y medida en Apocalipsis 21 es una figura de ella. Corresponde en el cielo a la Jerusalén terrenal de nuestros versículos 30 a 35; también tiene doce puertas que llevan los nombres de las doce tribus de Israel (Apocalipsis 21:12; comp. igualmente lo que se dice del río en el cap. 47:1 y 12 con Apocalipsis 22:1-2).

El hermoso nombre que la ciudad llevará en el porvenir: Jehová-sama (Jehová allí; v. 35) nos recuerda que la nueva Jerusalén será “el tabernáculo de Dios” (Apocalipsis 21:3); más aún: que el gran pensamiento de Dios en Cristo es el de ser finalmente “todo en todos” (1 Corintios 15:28). ¡Es de desear que tenga desde ahora su morada en cada uno de nuestros corazones!

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