Ester

Ester 1:1-9

La historia de Ester constituye un relato muy distinto que se coloca cronológicamente entre los capítulos 6 y 7 del libro de Esdras. Pone en escena, por una parte, a los judíos que habían quedado en el imperio persa después del primer retorno a Jerusalén, y, por otra, al soberano de ese imperio: el poderoso Asuero con los que le rodean. En la historia se conoce a ese rey bajo el nombre de Jerjes, hijo de Darío. Es célebre por su campaña contra los griegos, marcada por la resonante derrota de su flota en Salamina. Daniel 11:2 alude a ese monarca y a sus riquezas.

La fastuosa recepción que le vemos dar aquí se sitúa antes de esa guerra, probablemente con vistas a prepararla. Todo en este capítulo es para gloria del hombre, cuyo orgullo no tiene límites. Sin alcanzar ese lujo y esa amplitud, en nuestra época no faltan fiestas y manifestaciones grandiosas en las cuales una persona (o una nación) procura deslumbrar y eclipsar a sus vecinos. Un fiel hijo de Dios no se asocia a esas cosas. ¿Por qué? Justamente porque el poder, la inteligencia y la tolerancia (Ester 1:8) del hombre se ven exaltadas en ellas.

Ester 1:10-22

El rechazo de Vasti, quien había sido invitada a mostrar su belleza, excita el furor del rey, su esposo. Asuero es un hombre violento. Mas la cólera de ningún modo es señal de fuerza y autoridad. En general denota lo inverso: la debilidad de carácter y la incapacidad de dominarse. Por experiencia sabemos cuán difícil es controlar nuestras reacciones cuando se presentan y a veces se acumulan las contrariedades. Pidámosle al Señor la fuerza para dominarnos.

Aquí la reina Vasti es la imagen de la cristiandad responsable, sacada de en medio de las naciones. Cristo aguardaba de su Iglesia que mostrara su hermosura al mundo, realzando así Su propia gloria. ¡Ay! ¿cómo contestó ella a ese deseo? ¡Mediante un total desprecio de la voluntad de su Señor! Por eso viene el día en que ella oirá estas terribles palabras: “Te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:16). Cristianos, si en su conjunto la Iglesia perdió de vista el testimonio que debía dar, en lo que nos concierne nunca nos olvidemos de éste. Dios aguarda de cada uno de sus hijos que presente al mundo algo de la belleza moral de Jesús.

Ester 2:1-11

El capítulo 2 nos hace salir del palacio de Asuero. Y es para enterarnos de la existencia, en Susa y en el imperio, de un pueblo sufrido, cuya humillación contrasta con la pompa de la corte, un poco como la del pobre Lázaro era subrayada por la mesa del rico (Lucas 16:19-21). Son los judíos de la transportación. Ahí están, lejos de su patria, no teniendo más ni templo, ni sacrificios, ni rey, ni unidad nacional. No habían sentido el deseo de unirse a la subida a la tierra de sus padres (Esdras 1:3). De manera que parecen totalmente abandonados por Jehová, cuyo nombre —detalle notable— no es mencionado ni una sola vez en todo este libro.

En nuestra vida puede haber períodos en que —por nuestra culpa— perdemos el goce de Cristo. Dejamos de apreciar el valor de su sacrificio. No es el Señor sino el mundo el que predomina en nuestro corazón. ¡Triste estado! ¿Nos olvidó el Señor por eso? Por analogía este libro de Ester va a mostrarnos que no hay nada de eso.

Mardoqueo, un israelita de la tribu de Benjamín, pasa cada día delante de la puerta del palacio. Había recogido a su joven prima Ester, quien era huérfana, y aun después de haber sido ella escogida entre las candidatas a la sucesión de Vasti, vela sobre ella con abnegación (v. 11).

Ester 2:12-23

La invisible mano de Dios condujo los acontecimientos y dispuso los corazones. Sin que ni Mardoqueo ni ella misma hubieran hecho nada para lograrlo, Ester, la joven judía, llega a ser la reina del poderoso imperio medo-persa. Se nos presenta una joven reservada, modesta, respetuosa de la autoridad (en contraste con Vasti), y lista para el extraordinario papel que va a ser llamada a desempeñar. Esas cualidades poco corrientes contribuyeron a hacerla notar en medio de las demás candidatas al trono. No piensen, jóvenes hijas de familias cristianas, que, al imitar las maneras, la ropa y la desenvoltura de las jóvenes del mundo, ustedes preparan su porvenir y su felicidad en la tierra. ¡Muy al contrario! Toda la cuestión consiste en saber a quién desean ustedes agradar.

Bajo el ángulo profético, este relato nos enseña que Cristo, después de haber negado toda relación con la cristiandad que lo es sólo de nombre (Vasti, la esposa de entre los gentiles), elevará en su lugar a Israel (Ester) a la cabeza de las naciones. Pero, esto no tendrá lugar sin que primeramente el pueblo judío pase por profundas aflicciones, cuya aterradora prefiguración van a darnos los próximos capítulos.

Ester 3:1-15

Un nuevo personaje aparece en escena: Amán agagueo. El ascendiente de ese hombre seductor sobre el débil Asuero pronto lo eleva a la cumbre del poder. Pero, ¡que Amán se quite su máscara! Se trata de un miembro de la familia real de Amalec. Ante tal hombre, Mardoqueo no podría inclinarse. Ya al principio del desierto, ¿no había declarado Dios solemnemente: “Jehová tendrá guerra con Amalec de generación en generación”? (Éxodo 17:16). Y más tarde: “Acuérdate de lo que hizo Amalec... no lo olvides” (Deuteronomio 25:17-19). Esto basta para impedir que el israelita fiel le dé al enemigo de Jehová la menor señal de deferencia. Los siglos que habían transcurrido desde esas divinas declaraciones de ningún modo habían disminuido su alcance. En cuanto a nosotros, no seamos más tolerantes de lo que lo eran los primeros cristianos respecto del mundo y de su príncipe.

A vista humana la actitud de Mardoqueo parece insensata. Y las consecuencias no sólo para él sino para todo su pueblo son propiamente terribles, sin proporción con la falta que se le reprocha. Pero Mardoqueo obedece a la Palabra sin preocuparse por las consecuencias, y es lo que siempre deberíamos hacer.

Ester 4:1-17

Mientras el rey y Amán se sientan a beber, los desdichados judíos conocen la peor de las angustias.

Proféticamente nos hallamos en el futuro período llamado “la gran tribulación” que seguirá poco después del arrebatamiento de la Iglesia. Entonces, dos principales actores dominarán la escena: el Rey llamado “la Bestia”, jefe del imperio romano, y “el Anticristo”, personaje maléfico, cuyo encarnizamiento contra Israel se apoyará en el poder civil del primero. En el momento en que el remanente de Israel podrá dirigirse a Jehová según el salmo 83: “He aquí que rugen tus enemigos... Contra tu pueblo han consultado astuta y secretamente, y han entrado en consejo contra tus protegidos. Han dicho: Venid, y destruyámoslos para que... no haya más memoria del nombre de Israel” (Salmo 83:2-4). ¿Cómo explicar el odio secular del cual ese pueblo ha sido, es y será el objeto, más que nunca en el tiempo del cual hablamos? Es la consecuencia de los inauditos esfuerzos desplegados por Satanás para deshacerse de Cristo, el Mesías, cuyo advenimiento será su propia perdición. Y comprendemos que, si detrás de Amán finalmente vemos perfilarse al gran Adversario, en cambio en Mardoqueo tenemos una notable figura del Señor Jesucristo.

Ester 5:1-14

¡Es hora de tinieblas y espanto para el pueblo de Mardoqueo! Una sola y pequeña esperanza subsiste: la intercesión de Ester ante su real esposo. ¡Pero el riesgo es grande! El acceso al patio del palacio está prohibido y, por otra parte, ¿cómo esperar que el orgulloso monarca se echase atrás acerca de lo que había decidido? Sin embargo, el milagro se produce: Dios inclina su corazón y él acoge favorablemente a la reina.

Pero, qué contraste entre Asuero y aquel de quien la epístola a los Hebreos, luego de asegurarnos que es plenamente capaz de simpatizar con nuestras debilidades, agrega: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:15-16).

Como Mardoqueo lo había vislumbrado (Ester 4:14), la divina providencia había colocado a Ester sobre el trono para cumplir ese servicio especial. Cada joven cristiana ¿no tiene igualmente un servicio muy preciso para cumplir allí donde el Señor la ha colocado?

Al final del capítulo vemos que ninguno de los honores concedidos a Amán pudo apagar el implacable odio que incuba en su corazón.

Ester 6:1-14

En una corta parábola, el Señor Jesús presenta el reino de Dios de la siguiente manera: “Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra, y duerme...”. Así aparece en el libro de Ester, Jehová, quien no está nombrado allí ni una sola vez, parece dormir. Pero, leamos lo que sigue: “...y se levanta, de noche y de día...”. Algunos versículos más adelante el Señor de los vientos y de las olas duerme en el fondo de la barca... sin cesar —estemos seguros de ello— de velar sobre sus queridos discípulos (Marcos 4:26-27 y 38). Vemos en nuestro capítulo mediante qué admirable eslabonamiento todo se halla conducido por un Dios que no se muestra. El insomnio del rey, la lectura que se le hace, la pregunta que formula, el preciso momento en que Amán penetra en el patio, todo está dirigido, regulado como un minucioso mecanismo por su soberana mano. Los incrédulos consideran inverosímil tal cúmulo de circunstancias. Pero a nosotros, los creyentes, no nos extraña de ningún modo. Por haber hecho muchas veces la experiencia de ello, conocemos esa todopoderosa intervención que hace que todas las cosas ayuden a bien a los que aman a Dios (Romanos 8:28).

Los salmos 7:13-16 y 37:32-33 reciben en nuestro relato una magistral confirmación.

Ester 7:1-10

La acción se ha desarrollado a un ritmo rápido. Ahora llega el desenlace. Amán, designado por el dedo de la reina, se derrumba. Él es el adversario, el enemigo, el malvado, ¡tres nombres que lleva el diablo mismo en la Palabra de Dios! Y, sobre la marcha, a la orden del rey, se cuelga a Amán en el mismo madero que él había preparado para Mardoqueo (comp. Salmo 7:14-15). Esta escena evoca para nosotros un conjunto de hechos incomparablemente más grandes. Como Mardoqueo ante el favorito del rey, Cristo, entre los hijos de los hombres, fue el único que no se inclinó ante Satanás. Conocemos su respuesta en el momento de la tentación: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás” (Mateo 4:9-10).

De manera que, no pudiendo hacer ceder a ese hombre perfecto, el Enemigo no descansó hasta deshacerse de él. Con esta finalidad alzó a los hombres contra Jesús, incitándolos a preparar su cruz, como Amán preparaba la horca para Mardoqueo (aunque este último no fue colgado en ella). Pero, precisamente esa cruz en la que Satanás pensaba triunfar y acabar con Cristo significó su definitiva derrota (léase Colosenses 2:15; Hebreos 2:14). Todo el esfuerzo de su odio sólo sirvió para su propia destrucción... y, al mismo tiempo, para nuestra salvación.

Ester 8:1-14

Ahora el curso de las cosas está invertido. Sólo Dios puede dar vuelta así una situación. Pero la muerte de Amán está lejos de haberlo arreglado todo. El rey, atado por su propio sello, no tiene el poder de anular simplemente su funesto decreto. Lo que hace —y es todavía Dios quien le inclina hacia esta sabiduría— es confiar a Ester y Mardoqueo el cuidado de deshacer la conspiración de Amán. Los enemigos no serán desarmados. En cambio, los judíos van a ser autorizados y hasta alentados a defenderse y a destruirlos. El creyente tiene enemigos que procuran oprimirle. Aunque su jefe, Satanás, fue vencido por la obra de Cristo en la cruz (lo mismo que Amán fue colgado en la horca que él había preparado), el poder de obrar contra los hijos de Dios todavía no les ha sido quitado. Pero ahora estos últimos reciben la posibilidad de combatirlos eficazmente.

Cada uno de nosotros conoce por demás a esos enemigos. Si los tratamos con miramientos, ellos no andarán con contemplaciones con nosotros. Usemos, pues, los medios de la fe para anular sus esfuerzos, inclusive reuniéndonos para la oración en común (véase v. 11). Fortalezcámonos en el Señor y en el poder de su fuerza (Efesios 6:10).

Ester 8:15-17; Ester 9:1-10

El tiempo de quedarse humildemente a la puerta del rey pasó para Mardoqueo. Asuero, poseedor del poder supremo, le confirió gloria, majestad, honor y poder. Es una figura de la elevación del Señor Jesucristo cuando, como lo dijo un poeta: «Le veremos surgir deslumbrante de gloria, Hijo del hombre nimbado con aureola de oro» (comp. Ester 8:15). Repasemos brevemente el curso de la vida de Mardoqueo y sus semejanzas con el camino de Jesús: cuidó de la joven de Israel, así como Cristo constantemente veló por su pueblo; fue fiel servidor del rey y, sin embargo, rehusó inclinarse ante el amalecita, así como Jesús no reconoció el menor derecho al Tentador. Pero Cristo, a causa de esa perfección y de su amor por su pueblo, tuvo que conocer en realidad el infame madero, cuya sombra sólo pasó sobre Mardoqueo.

Después de los sufrimientos vienen las glorias. Sí, a través del versículo 15 del capítulo 8 y de los versículos 3-4 del capítulo 9 contemplamos con adoración el triunfo de Jesús, al que acompañará la destrucción o la sumisión de todos sus enemigos (véase Salmo 66:3-4).

Los diez hijos de Amán, de quienes el padre se sentía tan orgulloso (Ester 5:11) perecen a su turno. “No será nombrada para siempre la descendencia de los malignos” (Isaías 14:20).

Ester 9:11-22

El día 13 del mes de Adar, el que debía marcar para siempre la masacre y la desaparición de Israel, llegó a ser, al contrario, el de su triunfo y el del aniquilamiento de sus enemigos. Estos últimos hicieron la trágica experiencia de ello: no se ataca impunemente al pueblo de Dios. El que lo toca, “toca a la niña de su ojo” (Zacarías 2:8; véase Salmo 105:12-15).

¿Seremos en menor grado los objetos de su ternura, nosotros, quienes formamos parte del pueblo celestial, de la Esposa de Cristo? Israel en el cautiverio tiene, por cierto, los caracteres de una nación “tirada y despojada... un pueblo terrible... una nación medida y hollada” (Isaías 18:2 V.M.). Dios, para quien ese pueblo es maravilloso porque de él nació el Salvador del mundo, pondrá en actividad sus poderosos medios para liberar a esa nación a la que el mundo hollaba.

¡Cuán rico es este libro de Ester, del cual habríamos podido pensar, al abordarlo, que contenía poca edificación! En figura, ¡qué lugar le da a Jesús humillado y exaltado! ¡Qué horizonte descubre acerca del porvenir de Israel, su descanso y su alegría (Ester 9:17), ese gozo del reino que lo espera al fin de todos sus sufrimientos!

Ester 9:23-32; Ester 10:1-3

Así de año en año deberá conmemorarse, por esa fiesta de Purim, la gran liberación de la cual fue objeto el pueblo.

La cristiandad, con sentimientos lamentablemente muy mezclados, celebra cada año el nacimiento y la muerte del Salvador. Por cierto, alegrémonos de que, de esa manera, muchos son llevados a pensar por lo menos una vez o dos por año en esos maravillosos acontecimientos. Y cada fin de año es también para nosotros una ocasión para bendecir a Dios por todas las gracias otorgadas. Pero es de desear que, no una vez por año sino cada primer día de la semana y, en verdad, cada día de nuestra vida, podamos acordarnos de nuestra gloriosa redención y de nuestro glorioso Redentor.

Éste se nos presenta todavía una vez más en el capítulo 10 bajo los rasgos de Mardoqueo: “Grande... estimado por la multitud de sus hermanos... procuró el bienestar... y habló paz...” (v. 3). En todo esto contemplamos a Jesús, quien, como siervo (Isaías 52:13), obró sabiamente y, por consiguiente, debe ser engrandecido y exaltado, y puesto muy en alto (véase también Salmo 45:6-8 y Filipenses 2:9-11). Pero, Él es igualmente digno de ocupar el primer lugar en nuestros pensamientos y afectos (Colosenses 1, fin del v. 18). ¡Cada uno de nosotros debe darle ese lugar desde ahora!

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