Colosenses

Colosenses 1:1-11

Esta carta se dirige a una iglesia que Pablo nunca había visitado (2:1). Colosas parece haber recibido el Evangelio por medio de Epafras, siervo de Dios al que aquí (v. 7-8) y en el capítulo 4:12-13 se da un notable testimonio. Según su costumbre, el apóstol destaca primeramente todo lo bueno que se distingue en los creyentes a quienes escribe. Inspirémonos en su ejemplo. La fe, la esperanza y el amor eran el triple y completo fruto producido por el Evangelio en Colosas (v. 4-5). Pero lo que alimenta a la fe, sostiene a la esperanza y renueva el amor es el conocimiento de Dios (v. 10). Por eso en su oración el apóstol pidió que los colosenses fuesen llenos de ese conocimiento. Era menester que su andar –y el nuestro– obedeciera a un doble motivo: frente a los demás, mostrarnos dignos de Aquel a quien confesamos pertenecer; y sobre todo frente al Señor, si le amamos, buscar agradarle en todo. Veamos finalmente en el versículo 11 para qué se requiere toda la fortaleza del Señor. No para tal o cual combate espectacular, ni aun para anunciar el Evangelio, sino simplemente para tener la paciencia y la longanimidad… con gozo. Son victorias que tenemos la oportunidad de lograr todos los días.

Colosenses 1:12-23

El verdadero cristianismo no es una religión o un conjunto de verdades a las que se adhiere, sino el conocimiento experimental de Alguien. El cristianismo es Cristo conocido y vivido. Hemos sido puestos en relación con una persona incomparable: el amado Hijo del Padre. Dios el Padre nos hizo aptos para participar de la herencia en luz, nos dio un lugar en el reino, la redención o perdón de pecados, la paz que Cristo hizo mediante su propia sangre (v. 20). Pero lo que determina la grandeza de semejante obra es la grandeza de Aquel que la efectuó. Y el apóstol enumera las glorias más importantes de ese Amado: lo que es, lo que llegó a ser y lo que ha hecho de nosotros. Afirma su doble primacía: sobre el universo creado y sobre la Iglesia, e igualmente su doble título de Primogénito de toda la creación, es decir, de heredero universal, y de Primogénito de entre los muertos. Por medio de él, la vida salió de la nada como creación y de la tumba como redención. Él es el Creador de todas las cosas en los cielos y en la tierra (v. 16). Él es el Reconciliador de todas las cosas en la tierra y en los cielos (v. 20). Finalmente, él es el Dominador, quien debe tener la preeminencia en todas las cosas: en los cielos, en la tierra y en nuestro corazón (v. 18).

Colosenses 1:24-29; Colosenses 2:1-5

Pablo, ministro del Evangelio (v. 23 final), lo era también de la Iglesia (v. 25). A costa de muchos sufrimientos, trabajaba y combatía por ella (v. 28-29). Anunciaba los divinos misterios, escondidos “de los sabios y de los entendidos” pero revelados incluso al más joven creyente (v. 26; 2:2 final; comparar con Efesios 3).

En esta ocasión, notemos las numerosas semejanzas entre la epístola remitida a los colosenses y la escrita a los efesios. Pero, mientras que esta última muestra al creyente sentado en los lugares celestiales en Cristo (Efesios 2:6), la epístola a los Colosenses lo considera en la tierra, teniendo a Cristo en él: la esperanza de gloria (v. 27). ¡Maravilloso pensamiento! Él, en quien “agradó al Padre que habitase toda plenitud”, habita ahora en el corazón de los suyos. Comprendemos que antes de mencionar las “palabras persuasivas” (v. 4) y los ensueños del espíritu humano, el apóstol empiece por presentar las excelentes realidades cristianas como para hacer notar el contraste. Sí, en Cristo tenemos verdaderamente “todas las riquezas de pleno entendimiento” y “todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (v. 2-3). ¿Qué podríamos buscar fuera de él?

Colosenses 2:6-19

Ocuparse en las glorias del Señor Jesús es el medio para ser “arraigados y sobreedificados en él” (v. 7). Las raíces de un árbol le aseguran alimento y estabilidad a la vez (Proverbios 12:3). Si el cristiano no está fundado y firme en la fe (1:23), corre el riesgo de ser removido o aun llevado “de todo viento de doctrina” (Efesios 4:14; comparar con Mateo 13:21). Precisamente, en Colosas soplaban vientos peligrosos: la filosofía, la tradición (v. 8), el culto a los ángeles (v. 18), los mandamientos religiosos (v. 21), en una palabra, todo lo que el versículo 8 llama huecas sutilezas. Con no menos imaginación, actualmente se inventan doctrinas y teorías. Temamos prestar oídos a toda enseñanza que se aparte de la Palabra de Dios. El enemigo de nuestras almas, mediante los agentes que emplea, quiere seducirnos (v. 4), engañarnos (o despojarnos), hacernos su presa (v. 8) y privarnos del premio del combate (v. 18). Mas la gran batalla ha sido librada y la victoria ha sido lograda por Otro. La cruz, donde por un momento Satanás creyó triunfar, señaló su derrota total y pública (v. 15). Él mismo fue despojado de su armadura y de sus bienes (leer Lucas 11:21-22). No toleremos que nos despojen o, más bien, que despojen al Señor Jesús de aquello que le pertenece.

Colosenses 2:20-23; Colosenses 3:1-7

Lo que debemos hacer o dejar de hacer procede de lo que somos. Nuestra doble posición acaba de ser señalada en los versículos 12 y 13.

1) Hemos muerto con Cristo (v. 20), así que hemos muerto en cuanto a los rudimentos del mundo. No podemos tomar más, como regla de vida, los principios que rigen a este mundo con sus pretensiones morales o religiosas, y su medida del bien y del mal, frecuentemente equivocada.

2) Hemos “resucitado con Cristo” (3:1). Como ciudadanos de los cielos, pensemos en las cosas de arriba y apliquemos los principios de lo alto a nuestras circunstancias más comunes.

Sí, “habéis muerto”, confirma el versículo 3, y la imperecedera vida –que es la nuestra ahora– “está escondida con Cristo en Dios”. “Por esto el mundo no nos conoce” –es decir, no puede comprendernos– “porque no le conoció a él” (1 Juan 3:1). Pero cuando Cristo sea manifestado, entonces todos sabrán cuál era nuestro secreto.

Aunque nuestra vida está en el cielo, en la tierra nos quedan peligrosos “miembros” morales, dicho de otro modo: nuestras codicias. Apliquemos la muerte a todas esas culpables manifestaciones del viejo hombre. A causa de ellas, “la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia”. También a causa de ellas, esa ira cayó sobre nuestro perfecto Sustituto.

Colosenses 3:8-17

Los tristes harapos del viejo hombre son señalados en los versículos 8 y 9: ira, malicia, blasfemia… Tengamos vergüenza de presentarnos así. En cambio, vistámonos el luminoso vestido del nuevo hombre, cuyo perfecto modelo es Cristo (v. 10). Estos son sus adornos: misericordia, humildad, mansedumbre, paciencia, perdón… Sobre todo recubrámonos de amor, que es la naturaleza misma de ese nuevo hombre. Ese amor nos dará a conocer como discípulos de Jesús (Juan 13:35).

Nuestro estado interior no es menos esencial. En nosotros deben morar: Cristo, quien lo es todo (v. 11, al final), su paz (v. 15) y su Palabra (v. 16). El solo hecho de tener la Biblia en casa o sobre la mesilla de noche no nos hará el menor bien. El alimento más completo no hace su efecto mientras permanezca en el plato. Es menester que la Palabra more en nosotros abundantemente (Romanos 10:8). Otro medio en el que pensamos poco para ser enseñados y edificados es el de los “cánticos espirituales” que cantamos a Dios en nuestros corazones (Salmo 119:54). No privemos de esta alabanza a Dios, ni nos privemos nosotros de esta edificación. Finalmente, una doble pregunta nos servirá para probar la calidad de cada una de nuestras palabras o acciones: ¿Puedo decir o hacer esto en el nombre del Señor Jesús? ¿Puedo dar gracias a Dios Padre por esto?

Colosenses 3:18-25; Colosenses 4:1-6

Los versículos 10-11 del capítulo 3, así como el pasaje de Gálatas 3:27-28, anulan toda diferencia entre los seres humanos para mantener sólo la distinción fundamental entre el viejo y el nuevo hombre. Pero aquí el creyente, en quien coexisten estas dos naturalezas, es considerado en su relación con los demás y con el Señor. A diferencia del resto de la epístola, cuyo punto central es Cristo (nuestra vida), aquí él es llamado “el Señor”, para subrayar sus derechos y autoridad. Padres, hijos, mujeres, maridos, empleados o amos, cada uno en su lugar y desde su condición, sirve a “Cristo el Señor”. Y frente a “los de afuera”, ¿cuál debe ser nuestra actitud? Primero, un sabio andar que ilustre la verdad. Luego, un lenguaje lleno de gracia y de firmeza, adaptado a las oportunidades y al estado de cada cual. Por último, las oraciones (v. 3). Pablo las solicitaba incluso para sí mismo. Notemos que no era la puerta de la cárcel la que él quería que se abriese, sino la del Evangelio.

Los versículos mencionados arriba coinciden con la porción comprendida entre el capítulo 5:22 y el capítulo 6:9 de la epístola a los Efesios. En estos dos pasajes es muy hermoso ver de qué manera la divina doctrina entra en todos los detalles de la vida y esparce el perfume de su perfección sobre todos los deberes y todas las relaciones.

Colosenses 4:7-18

Pablo, prisionero en Roma, se sirvió del mismo fiel mensajero, Tíquico, para llevar sendas cartas a los efesios y a los colosenses (Efesios 6:21-22). Otros hermanos y siervos de Dios participaban de sus trabajos y ejercicios de corazón: Epafras, quien después de haber hablado del Señor a los colosenses (1:7), hablaba de ellos al Señor (v. 12); Onésimo, Aristarco, Marcos, Lucas… y también Demas, en un principio íntimamente asociado a la obra, pero aquí solamente nombrado. Uno puede imaginarse la sorpresa de Arquipo al oír su nombre en la carta leída ante la iglesia. ¿Cuál era ese servicio particular que había recibido del Señor? Bastaba que él lo supiera. Y si el Espíritu de Dios no lo ha determinado, bien puede ser para que cada creyente coloque su nombre en lugar del de Arquipo.

Esta carta debía transmitirse luego a la iglesia de Laodicea. Sin embargo, el trágico estado de esa iglesia descrito en Apocalipsis 3:17, muestra que no sacó ningún provecho de esta carta (v. 16). Permaneció pobre por haber acumulado otras riquezas que no eran “las riquezas de la gloria” (1:27) y otros tesoros distintos de “los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (2:2-3). Permaneció desnuda por no haber sabido revestirse del nuevo hombre (3:10, 12, 14). ¡Tengamos en cuenta las advertencias de su Palabra y que ella habite en nosotros “en abundancia”! (3:16).

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