La grandeza de Cristo


person Autor: Brian REYNOLDS 1


1 - Un gran Rey

«Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.» (Lucas 1:32-33)

El ángel Gabriel enviado a Nazaret, fue el portador de un mensaje a una joven virgen, María: ella concebiría un hijo que sería llamado Jesús. Después de este primer anuncio, Gabriel dice a María que Aquel a quien ella daría a luz será «grande» –será el «Hijo del Altísimo». Él «será grande» porque será a la vez Hijo de Dios e hijo de David.

No debemos perder de vista la importancia del hecho que el Señor Jesús es un rey. No es precisamente el Rey de los cristianos o de la Iglesia –Él es nuestro Señor y la Cabeza de la Iglesia. Es con relación a los judíos, con la «casa de Jacob», que él es Rey. Cinco siglos antes de su visita a María, el ángel Gabriel había sido enviado al profeta Daniel, a quien dijo que el «Mesías», el «Príncipe», vendría para «sellar la visión y la profecía». Expresaba así, que él iba a cumplir todo aquello que habían anunciado los profetas en relación con el reino. Pero antes de que eso sucediera, esto debía ser cumplido: «se quitará la vida al Mesías» (Daniel 9:24-26). Sí, el Rey deberá morir.

Cuando los romanos crucificaban a los criminales, tenían la costumbre de poner un título sobre la cruz para indicar el crimen que había sido cometido. La cruz de Cristo llevaba esta inscripción: «Jesús Nazareno, rey de los judíos» (Juan 19:19). Los jefes religiosos pidieron a Pilato que cambiara esas palabras y que escribiera: «Él dijo: Soy Rey de los judíos. Respondió Pilato: lo que he escrito, he escrito» (v. 21, 22).

Jesús era verdaderamente el rey de los judíos, «el León de la tribu de Judá» (Apocalipsis 5:5), y esa fue la razón de su crucifixión. En un día por venir, será «rey sobre toda la tierra» (Zacarias 14:9). «Que cada «primer día de la semana», recordemos que ese gran Rey es nuestro Señor y Salvador que nos ha amado y ha muerto por nosotros!

2 - Una gran luz

«El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; y a los asentados en región de sombra de muerte, luz les resplandeció.» (Mateo 4:16)

Después de haber sido tentado en el desierto en Judea, el Señor Jesús se retiró a Galilea. Se fue de Nazaret a Capernaúm, un pueblo de pescadores. Capernaúm se convertiría en el punto central de las actividades del Señor durante todo su ministerio.

Mateo informa de su llegada a este pueblo mediante una cita del profeta Isaías (9:1, 2). Esa parte de Galilea se encontraba en el interior de las fronteras del antiguo Israel, pero, en los tiempos de Jesucristo, su población estaba constituida por gente de las naciones y por judíos. A causa de esta mezcla y de la pobreza general de la región, estos judíos de Galilea eran particularmente despreciados por la élite religiosa de Jerusalén y de Judea. ¡Esta era, sin embargo, la Galilea que el Señor Jesús tenía en vista para su ministerio!

Es interesante ver como Isaías describía al pueblo galileo, como un pueblo que «andaba» en tinieblas (v. 2), pero, en lo que Mateo indica, leemos que el pueblo «estaba asentado» en las tinieblas. Las cosas se fueron degradando desde los días de Isaías y el pueblo se había resignado a esta triste situación. Pero fue sobre este pueblo, que una «gran luz» se había levantado. Aquel que es el resplandor de la gloria de Dios (Hebreos 1:3), brilló sobre una región oscura y hundida en la ignorancia. Y allí, proclamó el evangelio, sanó enfermedades, echó fuera demonios y sació a los pobres (Mateo 4:23). Él es «la luz verdadera» y «la luz del mundo» (Juan 1:9; 8:12).

Solo Mateo presenta a Cristo como una gran luz. Cuando la transfiguración, es sorprendente ver que solo en el Evangelio de Mateo podemos leer: «y resplandeció su rostro como el sol» (17:2). ¿Hemos dejado brillar esta luz en todos los rincones de nuestro corazón? ¿Quedan en él rincones donde no queremos que la luz penetre? Es muy triste leer lo que Jesús dijo a Nicodemo: «… que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Juan 3:19).

3 - Un gran profeta

«Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo.» (Lucas 7:16)

Los habitantes de la ciudad de Naín estaban asombrados y glorificaban a Dios, porque acababan de ser testigos de un extraordinario milagro. El Señor Jesús había resucitado de entre los muertos a un joven y se lo había entregado a su madre, viuda y agobiada de dolor. Todas esas gentes habían tenido la impresión que Dios se había acercado a ellos –y tenían razón. Estaban seguros que un «gran profeta se había levantado» entre ellos –¡también tenían razón en cuanto a esto!

Durante mucho tiempo se había esperado que un gran profeta fuera enviado por Dios para visitar a Israel. Justo antes de la venida de Cristo, esta esperanza estaba en su apogeo. De hecho, mucha gente pensaba que Juan Bautista era el profeta esperado, lo que el mismo Juan negó con vehemencia diciendo: «Yo no soy el Cristo» (Juan 1:20). Este pensamiento tenía su origen en la profecía de Moisés: «Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis» (Deuteronomio 18:15). Además, Moisés les había especificado que si alguno no prestaba atención a las palabras de este profeta, Dios le pediría cuentas (v. 19) – ¡solemne advertencia!

Reconocemos que Cristo es Sacerdote y Rey, sin embargo, con frecuencia olvidamos su título de Profeta. En ello perdemos bastante. Veámoslo cuando se ocupa de las personas en los evangelios. Una mujer que Jesús ha llevado a reconocer su culpable vida, dijo, «Señor me parece que tú eres profeta» (Juan 4:19). Él pone al desnudo los corazones y despierta las conciencias. Veámoslo en un nivel superior, revelando el futuro de Israel y del mundo, mientras que está sentado en el monte de los Olivos (Mateo 24:3).

¡Es maravilloso saber que nuestro Señor es el gran profeta venido para alcanzar nuestros corazones y llevarnos a Dios!

4 - Un gran sumo Sacerdote

«Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión.» (Hebreos 4:14)

La epístola a los Hebreos muestra que un sacerdote terrenal ha sido reemplazado por un sacerdote más grande e inmutable: este es uno de los mayores temas de esta epístola. Esta se puede subdividir en dos, según dos caracteres del sacerdocio de Cristo.

• Un sacerdocio para el desierto. Este aspecto del desierto está considerado en los capítulos 3 a 7 (ver 3:8, 17). En los tiempos del Antiguo Testamento, se menciona un gran número de sacerdotes, pero el Señor Jesús es llamado nuestro gran sumo sacerdote. En toda la Biblia, solo hay un sumo sacerdote que ha sido llamado «grande», este es el Señor Jesucristo. Su sacerdocio, en estos capítulos, nada tiene que ver con nuestros pecados (porque ya han sido quitados), sino con nuestras debilidades, y con las tentaciones que encontramos en la tierra, atravesando este mundo que es para nosotros como un desierto parecido a aquel que atravesaron los hijos de Israel. Él puede compadecerse de nuestras debilidades, habiéndolas conocido en esta tierra «en los días de su carne» (Hebreos 5:7).

Ahora, nos podemos acercar a Él con denuedo con el fin de «alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (4:16). Esta última expresión es interesante, porque contiene la idea de una ayuda que llega realmente en el momento propicio, justo a propósito. Nuestra debilidad necesita la misericordia de Dios, y en las pruebas de la vida, nuestro sacerdote nos ayuda en el momento que lo necesitamos. «Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos» (Hebreos 7:25).

• Un sacerdote para nuestra adoración. Esto lo vemos de una manera notable en Hebreos 8:2, donde Cristo nos es presentado como «ministro del santuario».

Desde el capítulo 8 hasta el final del 10, el tema es la adoración y se extiende sobre los aspectos relativos a la aptitud, al acceso y a el denuedo para rendir este culto. «Teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios» (Hebreos 10:21), somos invitados a rendir culto. También podemos acudir a la casa de Dios en toda ocasión. Cuando surgen dificultades, la tendencia es dejar de «congregarnos» (v. 25). Con un sumo sacerdote como Jesús, establecido sobre la casa de Dios, no hay ninguna razón para hacerlo.

5 - Un gran pastor

«El Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos.» (Hebreos 13:20, 21)

Los versículos del día expresan la bendición deseada a los hebreos al final de la carta que les es enviada. El Espíritu Santo les ha presentado a Cristo como el gran sumo Sacerdote (4:14); pero aquí, al final, los lectores son recomendados a los tiernos cuidados de Cristo como siendo el «gran Pastor». Como gran sumo Sacerdote que simpatiza con nosotros en nuestras debilidades, Cristo ruega por nosotros, pero como gran Pastor, nos alimenta y nos conduce. El Señor Jesús, el «buen Pastor», ha dado su vida por sus ovejas (Juan 10:11, 15). Pero como gran Pastor resucitado de entre los muertos, ahora vive para sus ovejas. Él nos hace «aptos en toda buena obra» para que hagamos su voluntad.

El apóstol Pedro habla mucho del Señor Jesús como el Pastor del rebaño: «Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas (1 Pedro 2:25). Como Pastor, el Señor hace descansar a los suyos en delicados pastos y junto a aguas de reposo los pastoreará (Salmo 23:2). Como sobreveedor, vela por el rebaño y lo protege. Pedro dice que Cristo, como Príncipe de los pastores, a su regreso en gloria, dará la «corona incorruptible de gloria» a los fieles pastores establecidos por el Espíritu Santo (1 Pedro 5:4).

El término «Príncipe de los pastores» es de hecho una sola palabra en la lengua original y puede ser traducida literalmente por gran pastor o archipastor. El mundo religioso, emplea con frecuencia una terminología tradicional, pero no bíblica, tal como arzobispo o archidiácono. Sin embargo, podemos declarar que verdaderamente solo hay un Príncipe de los pastores. La gente pregunta a veces: ¿quién es el pastor de vuestra iglesia? –yo siempre respondo: El Señor Jesucristo. –¡Qué bueno es poder dejarse guiar por un tal Pastor!


Traducido de “Le Seigneur est proche”

Méditations journalières 2019


vertical_align_top Arriba