El Señor Está Cerca

Lunes
22
Julio

¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre!

(Deuteronomio 5:29)

El deseo de Dios para los suyos

Momentos antes de esta declaración, el pueblo de Israel se había llenado de asombro y temor ante la gloria y la grandeza de Dios. Le dijeron a Moisés: “Acércate tú, y oye todas las cosas que dijere Jehová nuestro Dios; y tú nos dirás todo lo que Jehová nuestro Dios te dijere, y nosotros oiremos y haremos” (v. 27). Tuvieron la disposición de corazón apropiada y adecuada después de lo que habían contemplado.

A estas palabras, Dios respondió: “Bien está todo lo que han dicho” (v. 28). Manifestaron una buena y correcta actitud. Luego leemos lo que había en el corazón de Dios: “¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre!” Desde el principio, el deseo de Dios siempre ha sido bendecir a Israel (y a todas las naciones), pero él es un Dios justo y santo. Si obedecían, podrían disfrutar de la misma presencia de Dios. Pero si había pecado en medio de ellos, entonces sufrirían el castigo divino. La Ley fue dada para que pudieran conocer la santidad de Dios y la maldad de sus propios corazones. La Ley fue un tutor, “para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe” (Gá. 3:24).

Nosotros, que ahora conocemos a Jesús como nuestro Salvador y Señor, podemos disfrutar de la comunión práctica con el Padre y el Hijo por el Espíritu Santo, y disfrutar de nuestras bendiciones que tenemos en Cristo. Pero esto solo es posible cuando tenemos “tal corazón” para guardar Su palabra: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn. 14:23). El deseo de Dios es que nuestras almas prosperen, en Cristo, y esto sucede cuando “andamos en luz, como él está en luz” (1 Jn. 1:7).

Alexandre Leclerc

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