El Señor Está Cerca

Lunes
15
Abril

Naamán, general del ejército del rey de Siria, era varón grande delante de su señor, y lo tenía en alta estima, porque por medio de él había dado Jehová salvación a Siria. Era este hombre valeroso en extremo, pero leproso.

(2 Reyes 5:1)

La cura del pecado

Naamán poseía grandes cualidades, pero estas quedaban empañadas por una cosa: tenía lepra. ¡Qué figura tan viva de muchas personas en este mundo! ¡Tienen grandes habilidades y han hecho grandes cosas, pero son pecadores! En la Biblia, Dios utiliza esta terrible enfermedad para hablarnos de los estragos del pecado que ha infectado a toda la humanidad. La lepra frecuentemente se manifiesta en las extremidades del cuerpo, y a partir de ahí se extiende a otras partes del cuerpo. Es lo mismo que la naturaleza pecaminosa que hay en nosotros, pues esta quizás no la vemos en un niño, pero pronto se manifestará de diversas maneras en su vida. En la Biblia, todas las enfermedades simbolizan de alguna manera los estragos causados por el pecado, pero la lepra es una de sus ilustraciones más llamativas.

Nadie podía curar la lepra. Fue necesario un milagro de Dios para curar la lepra de Naamán. Eliseo envió un mensajero para decirle a Naamán que se lavara siete veces en el río Jordán (v. 10). Al recibir este mensaje, Naamán, al principio, se enfadó. Esperaba que la cura de su lepra fuera de otra forma. Pero solo hay una forma de liberarse del pecado: hacer lo que Dios dice. Así que, después de obedecer y sumergirse siete veces en el Jordán, Naamán quedó completamente curado de su lepra (v. 14). Del mismo modo, se requiere un milagro de la gracia de Dios para quitar la culpa de nuestro pecado. El Jordán habla de la muerte -la muerte de Cristo- y esto proporciona la curación de los pecadores que reciben a Cristo como Salvador.

Hay otras historias en la Biblia acerca de la lepra. En los Evangelios leemos cómo el Señor Jesús sanó a muchos leprosos. Esto nos muestra su gran poder sobre el pecado y sus resultados a favor de los pecadores que confiesan su culpa y confían en él como su Señor y Salvador.

L. M. Grant

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