El Señor Está Cerca

Miércoles
19
Mayo

Pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma.

(Romanos 1:15)

Pablo y Roma

Pablo estaba ansioso de poder predicar las buenas nuevas a los que estaban en Roma. ¡Qué actitud tan preciosa! ¡El apóstol, con­sagrado al Señor, deseaba pagar su deuda de anunciar el evangelio también en Roma! En aquella ciudad se despreciaba a los judíos, y Pablo, además, poseía una apariencia corporal débil; y su forma de predicar, o como leemos en una de sus cartas, su “palabra”, era menospreciable para la opinión orgullosa y carnal de los hombres (2 Co. 10:10). Por otro lado, los judíos ricos e influyentes de Roma estaban dispuestos a oponérsele. Además, Roma era el centro del mundo gentil; sus emperadores demandaban y recibían adoración; estaba plagada de filósofos y cultos de todo tipo; cada tanto había procesiones triunfales que colapsaban sus calles.

Sin embargo, Pablo, absolutamente débil en sí mismo, ¡estaba completamente dispuesto a ir a Roma! ¿Y a quién iba a predicar? ¡A un Cristo despreciado y crucificado por un gobernador romano por petición del pueblo judío! Iría a predicar un Camino que los judíos en Roma le habían dicho a Pablo que era una secta y que “en todas partes se habla contra ella” (Hch. 28:22).

¡Oh, mundo! ¡Habla de tus hombres valientes y eminentes! Pero ¿en qué parte de la historia encontrarás a alguien semejante a Pablo? Alejandro, Cesar y Napoleón marcharon protegidos por sus ejércitos para imponer su voluntad sobre otros hombres. Pablo que­ría marchar solamente con Cristo e ir al centro de la pompa de este mundo sometido bajo el poder de Satanás, simplemente con “la Palabra de la cruz”—la cual el mismo dijo que era tropezadero para los judíos y locura para los gentiles. Sí, y cuando fue a Roma, lo hizo como un prisionero que había naufragado. ¡Oh, qué historia! Allí, por dos años completos, en una casa alquilada, él recibió a todos los que venían a él (pues él no podía ir a ellos); y el mensaje continuó difundiéndose sin cesar a lo largo de todo el imperio romano, ¡e incluso hasta la misma casa del César!

W. R. Newell

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