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Primera Epístola a Timoteo


person Autor: Hamilton SMITH 4


1 - Introducción

La lectura concienzuda de la Escritura muestra que muchas de las epístolas del apóstol Pablo son principalmente correctivas, siendo escritas para hacer frente a graves desordenes y enseñanzas erróneas que atribulaban a las primeras asambleas. Hay, sin embargo, epístolas, como por ejemplo la Epístola a los Efesios y la Primera Epístola a Timoteo, las cuales son principalmente instructivas, por cuanto ellas presentan a la Iglesia en su orden divino conforme a la mente de Dios.

Cada una de estas epístolas presenta un aspecto especial de la Iglesia. En la Epístola a los Efesios la Iglesia es vista como compuesta de creyentes unidos por el Espíritu Santo para formar el cuerpo místico del cual Cristo en el cielo es la Cabeza, presentando así a la Iglesia en sus relaciones celestiales conforme a los consejos de Dios.

En la Primera Epístola a Timoteo, la Iglesia es vista como compuesta de creyentes «juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu» (Efesios 2:22). En conexión con esta gran verdad, la enseñanza de la epístola tiene a la vista un doble propósito. Primeramente, el apóstol escribe para mandar a los creyentes que vivan la vida práctica de piedad consistente con la casa de Dios, tal como leemos, «para que sepas cómo debe conducirse uno en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo» (1 Timoteo 3:15 – LBLA). En segundo lugar, el apóstol escribe para enseñarnos que el gran propósito de la casa de Dios es ser un testigo en el mundo de que Dios es un Dios Salvador, «el cual quiere que todos los hombres sean salvos» (1 Timoteo 2:4).

El deseo de Dios es que, por medio de la iglesia, haya en el mundo un testimonio colectivo a Él mismo en toda Su santidad y gracia como un Dios Salvador. Para presentar este testimonio tenemos que conocer el orden de la casa de Dios y la conducta apropiada a Su casa.

La Epístola presenta, de este modo, el propósito y el orden de la casa de Dios conforme a la mente de Dios. Muestra que el orden piadoso no es solamente para gobernar la asamblea, sino para que tenga un efecto sobre cada detalle de las vidas de aquellos que componen la casa de Dios, ya sean hombres o mujeres, casados o solteros, siervos o amos, ricos o pobres.

En la arruinada condición de la cristiandad la verdad de la epístola está en gran parte obscurecida, o ignorada, sea por «el individualismo» o por «el sectarismo». Muchas almas honestas, viendo poco más allá de su salvación individual, son indiferentes al hecho de que, siendo salvos, los creyentes forman la casa de Dios con todos sus privilegios y responsabilidades. Otros, sintiendo la necesidad de la comunión cristiana, pero dejando de ver lo que Dios ha establecido, se han impuesto la obra de formar sistemas religiosos conforme a sus propias ideas de orden.

Así, de diferentes formas, la gran verdad de que Dios ha formado Su casa compuesta de creyentes «juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu» es ignorada. La verdad nos conduciría, no a vernos meramente como individuos salvados, no a esforzarnos por reunir cristianos en sistemas inventados por hombres, sino a reconocer nuestra parte en la casa que Dios ya ha formado, y actuar a la luz de ello, al mismo tiempo que rechazamos todo lo que es una negación de esa casa en principio y práctica.

Deseando andar en la sencilla obediencia a la Palabra de Dios, apreciaremos la misericordia que nos ha preservado, en esta epístola, el pensamiento de Dios para Su Iglesia contemplada como la casa de Dios. Es solamente en la medida que tenemos ante nosotros el estándar de Dios que podemos procurar inteligentemente responder a Su pensamiento. Debemos conocer la verdad para actuar conforme a ella; y solamente en la medida en que estemos cimentados en la verdad, nosotros seremos capaces de detectar y rechazar el error.

Presentando la conducta consistente con la casa de Dios, da como resultado que la práctica, más bien que la doctrina, pasa ante nosotros en la epístola.

En 1 Timoteo 1, el evangelio de la gracia de Dios es presentado como el gran testimonio que ha de fluir al mundo desde la casa de Dios.

En 1 Timoteo 2 y 1 Timoteo 3, se nos enseña en cuanto al orden práctico que conviene a la casa de Dios, de modo que todos quienes componen la casa, tanto hombres como mujeres, puedan vivir en consistencia con la morada de Dios, y que no se debe permitir nada que estropee el testimonio que fluye de la casa.

En 1 Timoteo 4 a 1 Timoteo 6 se nos advierte contra las diferentes formas en que la carne se manifiesta, y se nos enseña la forma «piadosa», o la «piedad», como la gran salvaguardia contra todo principio maligno contrario al orden de la casa de Dios.

2 - Capítulo 1 — El mandamiento y su propósito

La Epístola comienza con la insistencia en las doctrinas de la gracia (v. 3), así como en una condición espiritual correcta (v. 5), para que el pueblo de Dios pueda ser testigo de Dios como el Salvador.

2.1 - El saludo (v. 1-2)

(V. 1). Teniendo en mente la casa de Dios como un testigo del Dios Salvador, el apóstol se presenta como un apóstol de Jesucristo, por el mandato de Dios nuestro Salvador, y del Señor Jesucristo nuestra esperanza. De este modo él presenta a Dios como el Salvador del mundo y a Cristo como la única esperanza del alma. Separados de Cristo estamos sin esperanza (Efesios 2:12; Romanos 15:13).

(V. 2). Dirigiéndose a Timoteo, como su hijo en la fe, el apóstol le desea gracia, misericordia y paz; pero, pensando en él como un creyente, él dice ahora, «de Dios nuestro Padre» y Cristo Jesús «nuestro Señor».

2.2 - El mandamiento y su propósito (v. 3-5)

A continuación del saludo, el apóstol presenta inmediatamente el propósito especial para el cual él escribe a Timoteo. En primer lugar escribe para insistir sobre la presentación de las doctrinas de la gracia; en segundo lugar, exhorta a una correcta condición espiritual para ser un buen testigo de la gracia.

(V. 3). Con respecto a la doctrina, habiendo trabajado el apóstol en Éfeso durante dos años y tres meses, declarando a los santos todo el consejo de Dios, se podría pensar que habría poco peligro de que una falsa doctrina fuese enseñada en medio de ellos. Sin embargo, no era así, pues el apóstol se dio cuenta de que había «algunos» que estaban dispuestos a enseñar «diferente doctrina» incluso entre aquellos que tenían mayor luz. El orgullo natural del corazón puede pensar que mucha luz es una salvaguardia contra el error. Es bueno que nosotros aprendamos, mediante el ejemplo de la asamblea de Éfeso, que el hecho de que una compañía sea enriquecida por la verdad, y disfrute del más alto ministerio, no es garantía contra la falsa doctrina. Timoteo, entonces, debía mandar a algunos que no enseñaran ninguna otra doctrina más que la gran doctrina de la gracia de Dios.

(V. 4). Abandonando la verdad, llegamos a ocuparnos de fábulas y genealogías interminables que pueden apelar a la razón, pero que solo ocupan la mente con discusiones inútiles y no conducen a la edificación divina que es por fe. Las «genealogías interminables» complacen tanto a la mente natural como a la carne religiosa, pues excluyen a Dios y ensalzan al hombre. Las «genealogías interminables» dan por supuesto que toda bendición es un proceso de desarrollo que va pasando de generación en generación. Por esta razón, el Judío religioso le daba gran importancia a su genealogía. Del mismo modo, también, el hombre del mundo, con su falsamente llamada ciencia, procura excluir la fe en un Creador mediante teorías especulativas que ven todo lo que hay en la creación como un desarrollo gradual y genealógico de una cosa a partir de otra. Las especulaciones humanas, apelando a la razón, solo pueden hacer surgir «disputas» que dejan el alma en tinieblas y duda. La verdad divina sola, al apelar a la conciencia y a la fe, puede dar certeza y edificación divina.

(V. 5). Habiendo advertido contra la falsa doctrina, el apóstol pasa a hablar del propósito del mandamiento. El propósito que él tiene en mente es una condición espiritual correcta, la cual solamente nos permitirá mantener la verdad y escapar del error. Solamente seremos guardados mientras sostengamos la verdad en conjunto con «el amor, procedente de un corazón puro, y de una buena conciencia, y de fe no fingida» (Versión Moderna). La sana doctrina solo puede ser mantenida con una correcta condición moral.

La mente humana puede plantear y discutir cuestionamientos especulativos aparte de una condición moral correcta del alma, pues ellos dejan la conciencia y los afectos intactos, y, por lo tanto, no llevan el alma a la presencia de Dios. En contraste a las especulaciones del hombre, solo se puede llegar a conocer la verdad de Dios por medio de la fe. Al actuar sobre la conciencia y el corazón, la verdad conduce al fortalecimiento de las relaciones morales del alma con Dios. Así, la verdad edifica conduciendo al amor procedente de un corazón puro, de una buena conciencia y de fe no fingida. Exhortar a estos resultados prácticos fue el gran propósito del mandamiento a los creyentes efesios. El mandamiento no fue llevar a cabo algún gran servicio o hacer algún gran sacrificio. No se trataba de hacer grandes cosas ante los hombres, sino estar es una condición correcta ante Dios. Amor en el corazón, «una buena conciencia», y, «fe no fingida» son cualidades que Dios solo puede ver, aunque los demás pueden ver los efectos que ellos producen en la vida.

Así, en estos versículos iniciales, el apóstol pone ante nosotros el mandamiento de no enseñar otra doctrina sino solo las doctrinas de la gracia, y la necesidad de una correcta condición espiritual para mantener la verdad y ser guardados del error.

2.3 - Advertencias contra descuidar el mandamiento (v. 6-7)

(V. 6-7). Habiéndonos apremiado acerca de la profunda importancia de una condición espiritual correcta, el apóstol, antes de continuar su enseñanza, nos alerta contra los solemnes resultados de carecer de estas cualidades morales.

Había algunos en el círculo cristiano que habían perdido estas grandes cualidades espirituales del cristianismo. Careciendo de ellas, se apartaron de la verdad a una vana palabrería. El cristianismo, basado en la gracia de Dios, trae al alma en corazón y conciencia a la presencia de Dios. Cuando existe «desviación» de esta gracia, la carne religiosa se aparta a palabras vanas, conduciendo a los hombres a convertirse en «doctores de la ley». Los tales no se percatan del significado de su falsa enseñanza, ni tampoco entienden el verdadero uso de la ley que ellos afirman tan enérgicamente.

Qué condena tan solemne es la advertencia del apóstol de la mayor parte de la enseñanza que fluye de los púlpitos de la cristiandad. Habiendo perdido la verdadera gracia del cristianismo y sus efectos, la profesión cristiana se ha apartado a vana palabrería y a la enseñanza de la ley, con la consecuencia de que el evangelio puro de la gracia de Dios es rara vez predicado.

2.4 - El correcto uso de la ley y la superioridad de la gracia (v. 8-17)

(V. 8). El apóstol condena por igual a los que se apartan a fábulas de la imaginación humana y a los que desean ser doctores de la ley. Sin embargo, existe una gran diferencia entre las fábulas humanas y la ley dada divinamente. Por lo tanto, aunque condena a los doctores de la ley, el apóstol es cuidadoso en mantener la santidad de la ley. Las fábulas son totalmente malas, pero la ley es buena si es usada legítimamente.

(V. 9-11). El apóstol pasa a explicar el correcto uso de la ley. Él afirma que la ley no fue dada para un hombre justo. Tampoco es un medio de bendición para un pecador, ni una regla de vida para el creyente. Su uso legítimo es convencer a los pecadores de sus pecados, mediante el testimonio del juicio santo de Dios contra toda clase de pecado.

Además, los pecados enumerados por el apóstol, como en efecto todos los demás pecados, no solamente son condenados por la ley sino que se oponen a la «sana doctrina» del evangelio de la gloria de Dios. La ley está, con respecto a esto, completamente de acuerdo con el evangelio. Ambos dan testimonio de la santidad de Dios, y por esta razón ambos son intolerantes con el pecado.

No obstante, el glorioso evangelio de Dios, en la bendición que es proclamada al hombre, sobrepasa en alto grado cualquier bien que la ley podía llevar a cabo. Porque el evangelio, encomendado al apóstol, revela la gracia de Dios que puede bendecir al mas grande de los pecadores.

(V. 12). Esto conduce al apóstol a declarar la gracia de Dios del evangelio ilustrada en su propia historia. La gracia soberana no solamente había salvado al apóstol, sino que, habiéndolo hecho, lo tuvo por fiel poniéndolo en el ministerio de la verdad.

(V. 13). Para mostrar la gloria eminente de esta gracia, el apóstol se refiere a su carácter como hombre no convertido. En aquellos días él era un «blasfemo, perseguidor e injuriador». Él no solo estaba unido con los sumos sacerdotes judíos resistiendo al Espíritu Santo en Jerusalén, sino que era agente activo de ellos, al llevar esta oposición a ciudades extranjeras. Blasfemaba el nombre de Cristo, perseguía a los santos de Cristo, y, siendo celoso por la ley, era insolentemente injuriador en su actitud hacia la gracia.

Tal era el hombre en quien Dios manifestó Su misericordia (v. 13), Su gracia (v. 14) y Su clemencia (v. 16). Como un individuo, él fue objeto de la misericordia de Dios porque, no obstante la intensidad de su oposición a Cristo, había actuado en ignorancia e incredulidad. Era tan ignorante en cuanto a la verdad y a Cristo, que pensaba honestamente que estaba sirviendo a Dios procurando acabar con el nombre de Cristo. Él no era como uno que, habiendo conocido la verdad del evangelio, se opone y lo rechaza voluntaria y deliberadamente.

(V. 14). De este modo, en la misericordia de Dios, la gracia de nuestro Señor se le reveló como aquella que «fue más abundante» (o «sobreabundó» – Versión Moderna), por sobre todo su pecado. El descubrimiento del pecado de su corazón, y la gracia del corazón de Cristo para un pecador tal, fueron acompañados con «la fe y el amor» que tenían su objeto en Cristo.

(V. 15, 16). Habiendo sido bendecido, el apóstol se convierte en un heraldo (o mensajero) de la gracia de Dios a un mundo de pecadores, y en un ejemplo para los que después hubiesen de creer en Cristo para vida eterna.

(V. 17). El recuento de esta gracia sobreabundante conduce al apóstol a prorrumpir en alabanza al «Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios». A Él le rendiría «honor y gloria por los siglos de los siglos». Pablo, cuando era celoso de la ley, era simplemente un hombre del siglo (de la edad) entonces presente, procurando mantener el siglo (la edad) de la ley. Dios es el «Rey de los siglos», Aquel que está actuando en gracia soberana para Su propia gloria a través de los siglos de los siglos.

2.5 - El mandamiento especial a Timoteo (v. 18-20)

Habiendo mostrado el uso correcto de la ley, y el carácter sobreabundante de la gracia, el apóstol retoma el hilo de su discurso desde el versículo 5.

(V. 18-20). A Timoteo su hijo, encomienda este mandamiento del cual él ya había hablado en los versículos 3 y 5. Timoteo tenía que actuar con toda la autoridad conferida por el apóstol, conforme a las profecías en cuanto al servicio que había sido demarcado para él. Llevar a cabo este servicio implicaría la milicia. Para que este conflicto tuviese éxito se requeriría que la fe fuese mantenida tenazmente. La fe en este pasaje es, como uno ha dicho, «la doctrina del cristianismo… aquello que Dios había revelado, recibido con certidumbre como tal — como la verdad» (J. N. Darby).

Además, la verdad debe ser mantenida con una buena conciencia, de modo que el alma se mantenga en comunión con Dios. Cuán a menudo las herejías en las que caen los creyentes tienen su raíz secreta en un pecado consentido o sin juzgar que corrompe la conciencia, priva al alma de la comunión con Dios, y la deja presa de las influencias de Satanás.

Algunos, en efecto, en la época del apóstol, habían desechado una buena conciencia y caído de tal modo en el error que habían naufragado en cuanto a la fe. Se nombra a dos hombres, Himeneo y Alejandro, quienes habían escuchado a Satanás y hecho declaraciones blasfemas. Mediante el poder apostólico ellos habían sido entregados a Satanás. Dentro de la casa de Dios estaba la protección del Espíritu Santo. Fuera de la asamblea está el mundo bajo el poder de Satanás. Se permitió que estos hombres quedaran bajo el poder de Satanás, para que, a través del padecimiento y de la angustia del alma, ellos pudiesen aprender el verdadero carácter de la carne y volver a Dios en humildad y quebrantamiento de espíritu.

3 - Capítulos 2 y 3 — El orden de la casa de Dios

En esta división de la epístola, el apóstol presenta el carácter de la casa de Dios (1 Timoteo 2:1-4); el testimonio de la gracia de Dios que ha de fluir desde la casa (1 Timoteo 2:5-7); la conducta apropiada para los hombres y mujeres que forman la casa (1 Timoteo 2:8-15); los requisitos necesarios para aquellos que ejercen un cargo en la casa (1 Timoteo 3:1-13); y, finalmente, el misterio de la piedad (1 Timoteo 3:14-16).

3.1 - La casa de Dios, una casa de oración para todas las naciones (1 Timoteo 1:1-4) (Isaías 56:7; Marcos 11:17)

(V. 1). «Exhorto pues, ante todo, que se hagan peticiones, oraciones, intercesiones y acciones de gracias, por todos los hombres» (Versión Moderna). La casa de Dios es caracterizada como el lugar de oración. Las demandas que ascienden a Dios desde Su casa deben estar marcadas por «peticiones», o ruegos sinceros, para necesidades especiales que surgen en circunstancias particulares; por «oraciones», las cuales expresan deseos generales apropiados para todo tiempo; por «intercesiones», implicando que los creyentes están en esa cercanía a Dios en la cual pueden rogar a favor de otros; y, por último, por «acciones de gracias», las cuales hablan de un corazón consciente de la bondad de Dios que se deleita en responder las oraciones de Su pueblo.

En la Epístola a los Efesios, la cual presenta la verdad de la iglesia en su llamamiento celestial, somos exhortados a orar con súplica «por todos los santos» (Efesios 6:18). Aquí, cuando la iglesia es contemplada como el instrumento para el testimonio de la gracia de Dios, debemos orar con súplica «por todos los hombres».

(V. 2). Somos llamados especialmente a orar por los reyes y por todos los que están en autoridad (eminencia) –por aquellos que están en posición de influenciar al mundo para bien o para mal. No es simplemente por «el rey» o por «nuestro rey» por quien debemos orar, sino «por los reyes». Esto supone que nosotros somos conscientes de nuestro vínculo con el pueblo del Señor que está en todo el mundo formando parte de la casa de Dios, y la verdadera posición de la Iglesia estando en santa separación del mundo, no tomando parte alguna en su política y gobierno. En el mundo, pero no del mundo, la Iglesia tiene el alto privilegio de orar, interceder y dar gracias a favor de aquellos que no oran.

El apóstol da dos razones para orar por todos los hombres. Primeramente, se llama a orar por los reyes y por todos los que están en autoridad (eminencia) teniendo en mente al pueblo del Señor a través de todo el mundo. Hemos de procurar que la bondad soberana de Dios controle de tal forma a los gobernantes de este mundo que Su pueblo pueda vivir «una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad» (RVR77). Es evidentemente el pensamiento de Dios que Su pueblo pueda, pasando a través de este mundo hostil, llevar una vida tranquila, no haciéndose valer como si fuesen ciudadanos de este mundo, en la tranquilidad que refrena de participar en las disputas del mundo, en la piedad que reconoce a Dios en cada circunstancia de la vida, y en una dignidad práctica ante los hombres. Antiguamente el profeta Jeremías envió una carta al pueblo de Dios cautivo en Babilonia, exhortándoles a procurar la paz de la ciudad en la cual ellos eran mantenidos en esclavitud, orando al Señor por ella: «porque», dice el profeta, «en su paz tendréis vosotros paz» (Jeremías 29:7). En el mismo espíritu, nosotros hemos de procurar la paz del mundo, para que el pueblo de Dios pueda tener paz.

(V. 3-4). Luego se da una segunda razón para las oraciones del pueblo de Dios a favor de todos los hombres. Orar por todos los hombres es «bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos». Hemos de orar, no solo teniendo en mente el bien de todos los santos, sino teniendo en mente también la bendición de todos los hombres.

El mundo puede perseguir a veces al pueblo de Dios y procurar descargar sobre ellos todo el odio de sus corazones hacia Dios. A menos que andemos en juicio propio, tal trato hará que la carne se levante en resentimiento y represalia. Aprendemos aquí que es «bueno y agradable delante de Dios» actuar y sentir hacia todos los hombres, tal como Dios mismo lo hace, amor y gracia. Así, hemos de orar por «todos los hombres», no simplemente por los que gobiernan bien, sino también por aquellos que maltratan al pueblo de Dios (Lucas 6:28 –RVR77). Hemos de orar, no para que el juicio retributivo alcance a los perseguidores del pueblo de Dios, sino para que en gracia soberana ellos puedan ser salvos.

La casa de Dios no ha de ser solamente el lugar desde el cual la oración asciende a Dios, sino también el lugar desde el cual un testimonio fluye hacia el hombre. A su debido tiempo Dios tratará en juicio con los impíos, e incluso ahora puede a veces tratar gubernamentalmente con aquellos que se dan a la tarea de oponerse a la gracia de Dios y a los ministros de Su gracia, como cuando Herodes fue herido, y Elimas fue cegado (Hechos 12:23; 16:6-11). Además, Dios puede, en ocasiones solemnes, tratar en juicio gubernamental con los que forman la casa de Dios para el mantenimiento de la santidad de Su casa, como se presenta en el terrible juicio que alcanzó a Ananías y Safira; y más tarde, el trato gubernamental mediante el cual algunos en la asamblea de Corinto fueron quitados en juicio (Hechos 5:1-10; 1 Corintios 11:32-32). Tales casos, sin embargo, son el resultado del trato directo de Dios. La casa de Dios, como tal, ha de ser un testimonio de Dios como un Dios Salvador, el cual desea que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.

La «voluntad» de Dios (en el caso del versículo 4: «el cual quiere»), no tiene referencia alguna con los consejos de Dios los cuales, muy ciertamente, se cumplirán. Estas palabras expresan la disposición hacia todos. Dios se presenta a Sí mismo como un Dios Salvador que «quiere» que todos puedan salvarse. Pero, si los hombres han de ser salvos, esto puede ser solo por medio de la fe que viene al conocimiento de «la verdad». De esta verdad la casa de Dios es «columna y baluarte» (1 Timoteo 3:15). Mientras la Asamblea está en la tierra, ella es el testigo y el sostén de la verdad. Cuando la Iglesia sea arrebatada, inmediatamente los hombres caerán en la apostasía y serán entregados a un poder engañoso.

3.2 - La casa de Dios, un testimonio de la gracia de Dios (v. 5-7)

(V. 5). Dos grandes verdades son expuestas ante nosotros como el terreno en el cual Dios trata con los hombres en gracia soberana. En primer lugar, hay un solo Dios; en segundo lugar, hay un solo Mediador.

El hecho de que hay un solo Dios había sido declarado antes de que Cristo viniera. La unidad de Dios es la gran verdad fundamental del Antiguo Testamento. Fue el gran testimonio de Israel, como leemos, «Oye, Israel: JEHOVÁ nuestro Dios, JEHOVÁ, uno solo es» (Deuteronomio 6:4 –Versión Moderna). Era el gran testimonio que debía fluir a las naciones desde Israel, como leemos, «¡Todas las naciones júntense a una… escuchen a mis testigos, y digan: Es verdad. Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi Siervo, a quien he escogido; para que sepáis, y me creáis, y entendáis que yo soy. Antes de mí no fue formado dios alguno, ni después de mí habrá otro. ¡Yo, yo soy Jehová, y fuera de mí no hay Salvador!» (Isaías 43:9 –Versión Moderna).

El cristianismo, al mismo tiempo que mantiene la gran verdad de que hay un solo Dios, presenta además la verdad igualmente importante de que hay un solo Mediador entre Dios y los hombres. Esta última verdad es la verdad distintiva del cristianismo.

Tres grandes verdades son presentadas caracterizando al Mediador. Primero, Él es uno. Si Dios es uno, es igualmente importante recordar la unidad del Mediador. Hay un solo Mediador y ningún otro. El papado, y otros sistemas religiosos corruptos de la cristiandad, han negado esta gran verdad, y han restado valor a la gloria del único Mediador, instalando a María, la madre del Señor, y a otros hombres y mujeres canonizados como mediadores.

En segundo lugar, el Único Mediador es un Hombre para que Dios pueda ser conocido por los hombres. El hombre no puede elevarse a Dios; pero Dios, en Su amor, puede descender al hombre. Uno ha dicho, «Él descendió a las profundidades más bajas para que no hubiese nadie, incluso el más inicuo, que no pudiese sentir que Dios en Su bondad estaba cerca de él –que había descendido hasta él–, Su amor hallando su ocasión en la miseria; y que no había ninguna necesidad para la cual Él no estaba presente, que Él no podía satisfacer» (J. N. Darby).

(V. 6-7). En tercer lugar, este Mediador se dio a Sí mismo en rescate por todos. Si Dios ha de ser proclamado como un Dios Salvador, que quiere que todos los hombres sean salvos, Su santidad debe ser vindicada y Su gloria mantenida. Esto ha sido cumplido perfectamente por la obra propiciatoria de Cristo. La majestad de Dios, la justicia, el amor, la verdad, y todo lo que Él es, ha sido glorificado en la obra llevada a cabo por Cristo. Él es una propiciación por todo el mundo. Se ha hecho todo lo que se necesitaba. Su sangre está disponible para el más vil, quienquiera que él sea. De ahí que el evangelio dice al mundo, «el que quiera, venga». En este aspecto podemos decir que Cristo murió por todos, que se dio a Sí mismo en rescate por todos, un sacrificio disponible por el pecado, para quienquiera que venga. Estas son las grandes verdades que deben ser testificadas a su debido tiempo –la gracia de Dios proclamando a todos el perdón y la salvación sobre el terreno de la obra de Cristo, quien se dio a Sí mismo en rescate por todos. Cuando Cristo hubo ascendido a la gloria, y el Espíritu Santo hubo descendido a la tierra a morar en medio de los creyentes, formándolos así en la casa de Dios, el debido tiempo había llegado. Desde esa casa el testimonio debía fluir, siendo el apóstol usado por Dios para predicar la gracia, y abrir de este modo la puerta de la fe a los Gentiles (Hechos 14:27). De esta forma él puede hablar de sí mismo como de un predicador, un apóstol y un maestro de los Gentiles en la fe y en la verdad.

3.3 - La conducta apropiada para los hombres y mujeres que forman la casa (v. 8-15)

Hemos visto en la primera parte del capítulo que la casa de Dios es el lugar de oración «por todos los hombres» (v. 1), es testigo de la disposición de Dios en gracia hacia «todos los hombres» (v. 4), y es testigo de Aquel que se dio a Sí mismo en rescate «por todos» (v. 6).

Si tal es el gran propósito de la casa de Dios, se concluye que no se debe permitir nada en la casa de Dios que pueda estropear este testimonio ya sea de parte tanto de los hombres como de las mujeres que forman la casa. Así el apóstol procede a dar instrucciones detalladas en cuanto a la conducta de cada clase. Este testimonio de la gracia de Dios no contempla a un grupo de creyentes, participantes de un testimonio particular, uniéndose para el servicio. No se trata de un grupo de evangelistas entregándose a la obra evangelizadora o al servicio misionero. Este presenta a todos los santos compartiendo un interés común en el testimonio que fluye desde la casa de Dios.

(V. 8). Primeramente, el apóstol habla de hombres en contraste a las mujeres. Los hombres en la casa de Dios deben caracterizarse por la oración. El apóstol está hablando de la oración pública, y en tales ocasiones el derecho a orar está restringido a los hombres. Además, la enseñanza no contiene ningún pensamiento de una clase oficial que guíe en oración. Orar en público no está limitado a los ancianos, o a hombres dotados, pues la oración nunca es tratada en la Escritura como un asunto de un don. Son los hombres los que deben orar y la única restricción es que una correcta condición moral debe ser mantenida. Aquellos que guían en la oración pública deben caracterizarse por la santidad, y sus oraciones deben ser sin ira ni contienda. El hombre que está consciente de un mal no juzgado en su vida no está en condición de orar. Además, la oración debe ser sin ira. Esta es una exhortación que condena completamente en uso de la oración para atacar veladamente a otros. Detrás de tales oraciones hay siempre ira o maldad. Además, la oración debe ser en la simplicidad de la fe y no con vano razonamiento humano.

(V. 9). Las mujeres deben caracterizarse por vestirse con «una conducta y ropa decentes» (N. del T.: traducción literal de la Versión Inglesa del Nuevo Testamento J. N. Darby). Esta mejor traducción indica claramente que no solamente en ropa sino en su actitud general las mujeres deberían caracterizarse por la «modestia» que rehúye toda impropiedad, y por el «pudor» que las conduce a cuidar sus palabras y modos de actuar. Ellas deben tener el cuidado de no usar el cabello, que Dios les ha dado como la gloria de la mujer, como una expresión de la vanidad natural del corazón humano. No deben procurar llamar la atención hacia ellas mismas adornándose con «oro, ni perlas, ni vestidos costosos». Además, las mujeres hacen bien en recordar que ellas pueden obedecer la letra de esta Escritura y, con todo, pueden perder el espíritu de esta fingiendo alguna apariencia exterior peculiar, atrayendo así la atención hacia ellas mismas.

La mujer que profesa el temor de Dios se caracterizará, no por fingir una espiritualidad superior, sino por «buenas obras». El lugar de ellas en el cristianismo es conveniente y hermoso: se halla en esas «buenas obras», muchas de las cuales solo pueden ser llevadas a cabo por una mujer.

Nosotros vemos, en los Evangelios, cómo las mujeres servían al Señor de sus bienes (Lucas 8:3). María llevó a cabo una buena obra para el Señor cuando ungió Su cabeza con el perfume de gran precio (Mateo 26:7-10). Dorcas hizo una buena obra al hacer vestidos para los pobres (Hechos 9:39). María, la madre de Juan Marcos, abrió su casa para que muchos se reunieran en oración (Hechos 12:12). Lidia, cuyo corazón el Señor abrió, hizo una buena obra cuando abrió su casa a los siervos del Señor (Hechos 16:14, 15). Priscila hizo una buena obra cuando, con su esposo, ayudó a Apolos a conocer «más exactamente el camino de Dios» (Hechos 18:26). Febe, de Cencrea, ayudó «a muchos» (Romanos 16:2). Otras Escrituras nos dicen que mujeres piadosas pueden lavar los pies de los santos, aliviar al afligido, criar hijos y conducir el hogar. Leemos aquí que en público la mujer debe aprender en silencio. Ella no debe ejercer dominio sobre el hombre.

El apóstol da dos razones para la sujeción de la mujer al hombre. En primer lugar, Adán tiene el lugar preeminente, puesto que él fue formado primero, después Eva. Una segunda razón es que Adán no fue engañado; la mujer lo fue. En un cierto sentido, Adán fue peor que la mujer, ya que él pecó a sabiendas. No obstante, la verdad recalcada por el apóstol es que la mujer mostró su debilidad en que ella fue engañada. Adán, en efecto, debería haber mantenido su autoridad y haber conducido a su mujer a la obediencia. Ella, en debilidad, fue engañada, usurpó el lugar de autoridad, y condujo al hombre a la desobediencia. La mujer cristiana reconoce esto y cuida de mantenerse en el lugar de sujeción y silencio.

(V. 15). Eva sufrió por su transgresión, pero la mujer cristiana hallará la misericordia de Dios que abunda sobre el juicio gubernamental, si el hombre y la mujer casados prosiguen en fe, amor y santidad, con modestia. Como vimos antes que la perseverancia en la sana doctrina depende tan ampliamente de una correcta condición moral (1 Timoteo 1:5-6), así vemos ahora que la misericordia temporal está conectada con un correcto estado espiritual.

3.4 - La supervisión (obispado) en la Iglesia de Dios (Capítulo 3:1-13)

(V. 1). El apóstol ha hablado de la posición relativa de hombres y mujeres, y de la conducta conveniente a los tales en la casa de Dios. Esto prepara el camino para la enseñanza en cuanto a la supervisión (obispado) en la casa de Dios. El apóstol dice, «Si alguno aspira ejercer supervisión, buena obra desea». (N. del T.: traducción de la Versión Inglesa del Nuevo Testamento de J. N. Darby; la versión RVR60 traduce: «Si alguno anhela obispado, buena obra desea»).

En el discurso del apóstol a los ancianos en Éfeso, tres cosas se nos exponen caracterizando la supervisión (obispado). Primeramente, los supervisores (obispos) deben mirar por sí mismos y «por todo el rebaño». Ellos deben procurar que su propio andar, y el andar del pueblo de Dios, pueda ser digno del Señor. En segundo lugar, ellos han de «apacentar la iglesia del Señor». Ellos piensan, no solamente en el andar práctico del pueblo de Dios, sino que procuran el bienestar de sus almas, para que ellos puedan entrar en sus privilegios cristianos y hacer que sus almas progresen en la verdad. En tercer lugar, ellos han de «velar» sobre el rebaño para que pueda ser guardado de los ataques del enemigo exterior, así como de las corrupciones que puedan surgir dentro del círculo cristiano por medio de hombres perversos que desvían las almas del Señor tras sí (Hechos 20:28-31).

Tal era la obra de supervisión (obispado), y el apóstol habla de ella como de una «buena obra». Hay el testimonio de la gracia de Dios que ha de fluir desde la casa de Dios, y el apóstol ha hablado ya de esto como «bueno y agradable delante de Dios». Hay también el cuidado de aquellos que componen la casa de Dios, para que su conducta sea la que conviene a la casa. Y su cuidado por las almas también es una «buena obra».

Es importante recordar que el apóstol no está hablando de «dones», sino de un cargo local para el cuidado de la asamblea. La cristiandad ha confundido los dones con los oficios o cargos. En la Escritura ellos son muy distintos. Los dones son dados por la Cabeza ascendida y son «puestos» en la Iglesia (Efesios 4:8-11; 1 Corintios 12:28). Siendo así, el ejercicio del don no puede estar limitado a una asamblea local. El cargo de supervisor (obispo) es puramente local.

Además, no hay nada en esta enseñanza en cuanto a la ordenación de individuos para estos cargos. Timoteo y Tito pueden ser autorizados por el apóstol para ordenar (o «establecer») ancianos (Tito 1:5), pero no hay instrucción para que ancianos designen ancianos, o para que la asamblea elija ancianos.

El hecho de que estos siervos fueran autorizados por el apóstol para establecer ancianos prueba claramente que, en la época del apóstol, había asambleas en las cuales no había supervisores designados. Ellos carecían de ancianos debidamente designados a causa de la falta de autoridad apostólica (directa o indirecta) para designarlos. Es claro, entonces, por la Escritura, que no puede haber ancianos designados oficialmente excepto por un apóstol o sus delegados. El hecho de que el hombre designe ancianos u ordene ministros sería mostrar que se actúa sin la autorización de la Escritura.

Esto no implica que la obra del supervisor no pueda ser hecha, o que no existan aquellos que son aptos para la obra en un día de crisis. La obra de los supervisores nunca fue más necesaria que hoy en día, y aquellos que están calificados de manera escrituraria para la obra pueden, en sencillez, servir al pueblo del Señor en su propia localidad; y es bueno que nosotros reconozcamos a los tales, teniendo siempre en mente la fuerza exacta de las palabras del apóstol, cuando dice, «Si alguno aspira ejercer supervisión, buena obra desea» (N. del T.: traducción de la Versión Inglesa del Nuevo Testamento de J. N. Darby). El apóstol no habla de un hombre deseando el «cargo» a fin de sostener una posición o para ejercer autoridad, sino del deseo de ejercer esta «buena obra». A la carne le agrada el cargo, la posición y la autoridad, pero rehuirá la «obra». Cuando esto se ve, tendríamos que admitir que existen pocos que tienen el deseo que el apóstol contempla.

(V. 2-3). Las cualidades que deberían caracterizar a los tales son claramente expuestas ante nosotros; y, como uno ha dicho, «Las instrucciones incluso en cuanto a los ancianos y diáconos no son, por decirlo así, meramente para su propio bien; ellas nos muestran el carácter que Dios valora y busca en Su pueblo» (F. W. Grant).

El carácter moral del anciano debe ser irreprensible. Debe ser marido de una sola mujer, un requisito que tendría especial aplicación a aquellos surgiendo del paganismo con su poligamia. Un hombre convertido, aunque no debía ser rechazado porque tenía más de una mujer, sería inepto para la supervisión (obispado). Además, un tal (el supervisor) tenía que ser sobrio en el juicio, prudente en sus palabras, decoroso en conducta, hospitalario. Él debía ser apto para enseñar, sin implicar necesariamente que tuviera el don de maestro, sino que tuviese aptitud para ayudar a otros en sus ejercicios espirituales. No debía ser una persona dada a exceso en el vino o en la violencia al actuar; por el contrario, él debía ser amable, no contencioso y libre de avaricia.

(V. 4-5). Además, tenía que ser uno que gobernara bien su casa, teniendo a sus hijos en sujeción –exhortaciones que indican claramente que el supervisor (obispo) tenía que ser un anciano, no solamente casado y poseyendo un hogar, sino que teniendo hijos.

(V. 6). No debía ser un neófito (N. del T.: palabra vernácula empleada en la literatura desde Aristófanes en adelante, en la LXX y en papiros, en el sentido original de «recién plantado» (en griego: neos, phuö), de Comentario al Texto Griego del Nuevo Testamento de A. T. Robertson, Editorial Clie –otra traducción: «recién convertido – LBLA). Un cristiano joven puede ser usado por el Señor para predicar a los demás tan pronto como se convierte, pero que un tal tome el lugar de un supervisor (obispo) obviamente sería incorrecto, y conduciría probablemente a su caída «en la condenación en que cayó el diablo» (LBLA). Uno dijo verdaderamente que la condenación en que cayó el diablo fue que «se exaltó a sí mismo pensando en su propia importancia» (J. N. Darby).

(V. 7). Finalmente, el supervisor debe tener un buen testimonio de los de afuera, de lo contrario él caerá en descrédito y en lazo del diablo. El lazo del enemigo es entrampar al creyente en alguna conducta delante del mundo, de modo que ya no pueda más lidiar con una conducta cuestionable entre los santos.

(V. 8). El apóstol nos da además los requisitos necesarios para los diáconos. El diácono es un ministro, o uno que sirve. Del capítulo 6 de los Hechos de los Apóstoles aprendemos que su obra especial es descrita como «servir las mesas» y, tal como muestra la relación, esto se refiere a la satisfacción de las necesidades corporales y temporales de la asamblea, en contraste a la obra del supervisor (obispo) el cual está más especialmente preocupado en satisfacer las necesidades espirituales. No obstante, no es menos necesario que el diácono tenga requisitos espirituales. Los escogidos para la obra de diácono, en la iglesia primitiva en Jerusalén, debían ser hombres «de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría» (Hechos 6:3 –Versión Moderna). Aquí aprendemos que, al igual que los supervisores, ellos tenían que ser «honestos» («serios» –Versión Moderna), «sin doblez» («de una sola palabra» –LBLA; «no de dos lenguas» –Versión Moderna), no dados a mucho vino o a codicia.

(V. 9). Además, ellos debían caracterizarse por guardar «el misterio de la fe con limpia conciencia». Guardar la doctrina correcta no es suficiente. La ortodoxia sin una conciencia pura indicaría cuán poco la verdad tiene poder sobre aquel que la posee; por eso cuán impotente es una persona tal para afectar a los demás.

(V. 10). Asimismo, los diáconos deben ser aquellos que han sido probados y han demostrado, mediante la experiencia, ser irreprensibles en su propia conducta y, de este modo, ser capaces de lidiar con asuntos que necesariamente tendrían que encarar en su servicio.

(V. 11-12). Sus mujeres también debían ser «honestas» («serias» –Versión Moderna), no calumniadoras, y fieles en todo. El carácter de ellas es mencionado especialmente, en vista de que el servicio de los diáconos, al tener que ver con las necesidades temporales, podía dar ocasión para que las esposas hicieran alguna maldad a menos que fuesen «fieles en todo». Al igual que los supervisores (obispos), los diáconos han de ser maridos de una sola mujer, gobernando bien sus hijos y sus casas, se reitera. Estas exhortaciones implican que el diácono no es un hombre joven, sino uno que está casado y tiene hijos, y de este modo es un hombre con experiencia.

(V. 13). En caso de que se pudiera pensar que el cargo de un diácono era inferior al de un supervisor (obispo), el apóstol declara especialmente que los que ejercen bien el cargo de diácono ganan para sí un grado honroso, y mucho denuedo en la fe que es en Cristo Jesús –una verdad, tal como se ha señalado a menudo, ilustrada notablemente en la historia de Esteban (Hechos 6:1-5, 8-15).

3.5 - El misterio de la piedad (v. 14-16)

(V. 14-15). «Estas cosas te escribo, esperando ir en breve a verte, por si tardare más largo tiempo, para que sepas cómo debes portarte en la casa de Dios (la cual es la iglesia del Dios vivo) columna y apoyo de la verdad» (Versión Moderna).

El apóstol cierra esta porción de su epístola declarando decididamente que su razón para escribir «estas cosas» es que Timoteo pudiera saber como uno debe portarse en la casa de Dios.

Se nos dice que la casa de Dios es «la iglesia del Dios viviente» (RVR60). Ya no es más un edificio de piedras materiales, como en el Antiguo Testamento, sino una compañía de piedras vivas –de creyentes. Está formada por todos los creyentes viviendo en la tierra en cualquier momento dado. Ninguna asamblea local jamás es llamada la casa de Dios.

Asimismo, es la Iglesia (Asamblea) del Dios viviente. El Dios que mora en medio de Su pueblo no es como los ídolos muertos que los hombres adoran, que no pueden ver ni oír. Que nuestro Dios es un Dios vivo es una verdad de importancia bendita pero solemne, pero es una verdad que nosotros podemos olvidar fácilmente. Más adelante el apóstol nos puede decir que nosotros podemos trabajar y sufrir oprobios, «porque esperamos en el Dios viviente» (1 Timoteo 4:10). El Dios viviente es un Dios que se deleita en sustentar y bendecir a Su pueblo; sin embargo, si la santidad que conviene a Su casa no es mantenida, Dios puede poner de manifiesto que Él es el Dios vivio en solemnes tratos gubernamentales tales como con Ananías y Safira, quienes experimentaron la verdad de las palabras, «¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!» (Hebreos 10:31).

Además, aprendemos que la casa de Dios es «columna y sostén de la verdad» (LBLA). La «columna» nos habla de ser testigo; el «sostén» es aquello que mantiene firme. No se dice que la casa de Dios es la verdad, sino que es la «columna» o testigo de la verdad. Cristo en la tierra era «la verdad» (Juan 14:6), y leemos nuevamente, «tu palabra es verdad» (Juan 17:17). Por mucho que la Iglesia haya fracasado en sus responsabilidades permanece el hecho de que, establecida por Dios en la tierra, ella es testigo y sostén de la verdad. Dios no tiene a ningún otro testigo en la tierra. En un día de ruina pueden ser unos pocos débiles quienes mantienen la verdad, mientras la gran masa profesante, dejando de ser un testigo, será vomitada de la boca de Cristo.

Es importante recordar que no se dice que la Iglesia (o Asamblea) enseña la verdad, sino que testifica la verdad que ya se halla en la Palabra de Dios. La Iglesia tampoco puede alegar autoridad para decidir lo que es verdad. La Palabra es la verdad y contiene su propia autoridad.

(V. 16). En vista de que la iglesia es la casa de Dios ­–el Dios viviente – y testigo y sostén (o baluarte) de la verdad, cuán importante es que sepamos cómo conducirnos en la casa de Dios. Teniendo en mente la conducta piadosa, el apóstol habla del «misterio de la piedad» o del secreto de la conducta correcta. Uno ha escrito de este pasaje, «Esto es citado e interpretado a menudo como si hablase del misterio de la Deidad, o del misterio de la Persona de Cristo. Pero se trata del misterio de la piedad, o del secreto mediante el cual toda piedad verdadera es producida ­–el manantial divino de todo lo que puede ser llamado piedad en el hombre» (J. N. Darby). Este misterio de la piedad es lo que la piedad conoce, pero no es manifestado aún al mundo. El secreto de la piedad reside en el conocimiento de Dios manifestado en y por medio de la Persona de Cristo. Así, en este hermoso pasaje, tenemos a Cristo presentado dando a conocer a Dios a los hombres y a los ángeles. En Cristo, Dios fue manifestado en carne. La santidad absoluta de Cristo fue vista en que Él fue justificado en el Espíritu. Nosotros somos justificados en la muerte de Cristo: Él fue sellado y ungido completamente aparte de la muerte ­–la prueba de Su santidad intrínseca. Luego, en Cristo, como hombre, Dios fue «visto por ángeles» (Versión Moderna). En Cristo, Él fue dado a conocer al mundo, y fue creído en el mundo. Finalmente, el corazón de Dios se da a conocer por la presente posición de Cristo en la gloria.

Se habla de todo esto como del «misterio de la piedad», porque estas cosas no son conocidas por el incrédulo. Una persona tal, en efecto, puede apreciar la conducta externa que mana de la piedad; pero el incrédulo no puede conocer el manantial secreto de la piedad. Ese secreto es conocido solo por los piadosos; y el secreto yace en el conocimiento de Dios; y el conocimiento de Dios les ha sido revelado en Cristo.

4 - Capítulo 4 — Advertencias contra la carne religiosa y enseñanza en la piedad

Habiéndonos enseñado el orden de la casa de Dios y el secreto de toda conducta correcta por parte de los que forman la casa, el apóstol, en el resto de la Epístola, nos advierte contra ciertas actividades carnales que destruyen una conducta correcta, y nos instruye en cuanto a la piedad verdadera que es lo único que guardará a los fieles de esos diferentes males.

En 1 Timoteo 4 el apóstol advierte más especialmente contra la apostasía, y la carne religiosa manifestándose en el falso principio del ascetismo(*). En 1 Timoteo 5 se nos advierte contra la carne mundana, que se muestra a sí misma en voluntariedad y auto-gratificación. En 1 Timoteo 6 se nos advierte contra la carne codiciosa con su amor al dinero.

(*) N. del T.: El ascetismo considera que el hombre está escindido en dos partes distintas, opuestas, y que mantienen una relación hostil: el cuerpo y el alma. Considera el alma como lo más propio del hombre, dado su origen y destino sobrenatural. El cuerpo, sus pasiones, necesidades y deseos, perturba y ensucia el alma, por lo que el alma precisa de una purificación. Generalmente el ascetismo propone una vida de rigor moral que busca controlar dichos deseos y pasiones (renuncia a la práctica sexual, moderación en la comida, dietas y prohibiciones varias en la alimentación, renuncia a la ostentación de la belleza corporal…). La vida en el mundo del espíritu se puede completar también con la práctica religiosa y el desarrollo del conocimiento. Este último punto lo encontramos por ejemplo en Platón, para el cual la práctica de la filosofía es una forma de ascesis, de separación del alma del cuerpo escindido – uente: Historia de la Filosofía. Volumen 1: Filosofía Griega. Javier Echegoyen Olleta. Editorial Edinumen.

La salvaguardia contra esos males se encuentra en la «piedad». La verdad de la piedad tiene un lugar muy prominente en esta Primera Epístola a Timoteo. La palabra es usada quince veces en el Nuevo Testamento (versión RVR60), encontrándose nueve de estas ocasiones en esta epístola (1 Timoteo 2:2, 10; 1 Timoteo 3:16; 1 Timoteo 4:7, 8; 1 Timoteo 6:3, 5-6, 11 –versión RVR60). La piedad es la confianza en el Dios conocido y viviente que conduce al creyente a andar en el santo temor de Dios en medio de todas las circunstancias de la vida. La piedad reconoce y honra a Dios y es, por lo tanto, exactamente lo opuesto a la santurronería que busca exaltar el yo.

En el capítulo 4 el apóstol nos advierte, en primer lugar, contra la apostasía de algunos que se vuelven del cristianismo a una religión de la carne (v. 1-5); luego él nos presenta la vida de piedad como aquella que guardará al alma de los males de la carne (v. 6-10); finalmente, el apóstol entrega exhortaciones personales a Timoteo, que contienen enseñanza y guía para todos los siervos del Señor (v. 11-16).

4.1 - Advertencias contra la carne religiosa o el ascetismo (v. 1-5)

El apóstol ha finalizado la porción anterior de la Epístola con una hermosa exposición de «la fe» manifestando la gran verdad del cristianismo como la manifestación de Dios en Cristo. Ahora el Espíritu advierte que, en los últimos tiempos de la profesión cristiana, algunos se apartarán, o apostatarán, de la fe. Posteriormente, el apóstol nos advierte que algunos, mediante sus prácticas, negarán la fe (1 Timoteo 5:8 –o, renegarán de la fe, como reza el mismo versículo en la Versión Moderna); algunos, por codicia, se extraviarán de la fe (1 Timoteo 6:10); y algunos, por especulación, se desviarán de la fe (1 Timoteo 6:21 – o, errarán acerca de la fe como reza el mismo versículo en la Versión Moderna).

(V. 1-2). Él habla aquí de apostatar de la fe. Claramente, el apóstol no está hablando de la gran apostasía predicha en la Segunda Epístola a los Tesalonicenses, que se refiere a la apostasía de la cristiandad como un todo después del arrebatamiento de la Iglesia. En este pasaje el apóstol dice «algunos apostatarán», refiriéndose, evidentemente, a la apostasía de individuos que tiene lugar en los postreros días antes de la venida del Señor.

Mientras la Asamblea de Dios está aún en la tierra, se levantarán aquellos que una vez hicieron profesión del cristianismo pero que renuncian a las verdades fundamentales de la fe cristiana con respecto a la Persona de Cristo.

(V. 3). Detrás de esta apostasía está la influencia directa de espíritus engañadores que conducen a doctrinas de demonios en oposición a la verdad. El apóstata no es simplemente uno que descuida la verdad, ni que rechaza la verdad. El apóstata es uno que, habiendo hecho profesión de la fe, renuncia deliberadamente a la verdad y adopta algún otro credo religioso como siendo superior al cristianismo. Los demonios hablan mentira aunque profesan mantener la verdad. Nosotros sabemos que el diablo es «mentiroso» (Juan 8:44) y que sedujo a nuestros primeros padres diciendo mentiras en hipocresía. El hecho de que la verdad no tiene poder sobre sus almas y que presten oídos a doctrinas de demonios demuestra claramente que sus conciencias están tan cauterizadas que ellos ya no son capaces de distinguir entre el bien y el mal. La apostasía, entonces, comprende no solamente el hecho de renunciar o abandonar la verdad sino también la adopción del error –la doctrina de demonios.

En lugar de la verdad el apóstata finge una religión de la carne que profesa ser de la más elevada santidad. Ellos presumen de una pureza extraordinaria mediante la prohibición de casarse, y de una gran negación de sí mismos mediante la abstinencia de alimentos. En realidad, habiéndose apartado de la fe, ellos niegan a Dios como nuestro Salvador y, al rechazar casarse y al abstenerse de alimentos, niegan a Dios como el Creador. Esto significa la pérdida de toda piedad verdadera la cual teme a Dios y, como resultado, abre la puerta al libertinaje y al desenfreno. Estos espíritus engañadores, complaciendo al orgullo de la carne, ofrecen a los hombres la promesa de la mayor santidad para conducirles a la corrupción más profunda.

(V. 4). La verdadera piedad se beneficia de toda misericordia que Dios pone a nuestro alcance. Las misericordias del matrimonio o de los alimentos, las cuales son rechazadas por aquellos que apostatan de la fe, han de ser recibidas con agradecimiento por los creyentes y los que conocen la verdad.

(V. 5). La Palabra de Dios no aprueba el mundo y sus costumbres para el creyente; pero estas misericordias naturales, las cuales están disponibles para todo el mundo, son puestas aparte para que seamos confortados mientras pasamos por el mundo. Sin embargo, su uso es guardado para el creyente por la Palabra de Dios y la oración. La Palabra de Dios regula su uso, y mediante la oración el creyente las toma en dependencia de Dios.

4.2 - La piedad o confianza en el Dios vivo (v. 6-10)

(V. 6). El apóstol nos ha presentado ciertos peligros contra los cuales el Espíritu nos advierte expresamente. Timoteo tenía que enseñar estas cosas a los hermanos, y al hacer esto demostraría ser un buen siervo de Jesucristo, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina de la cual él estaba plenamente enterado. Los espíritus engañadores, de los que el Espíritu Santo habla, buscaban exaltar al hombre con un sentido de importancia y santidad religiosas. El siervo verdadero busca exaltar a Cristo ministrando la verdad.

Ser un buen siervo de Jesucristo no es suficiente para conocer la verdad, y mantener la verdad; necesitamos nutrirnos con la verdad y, en la práctica, seguir plenamente la verdad. Nuestras almas deben ser alimentadas si hemos de alimentar a otros. Debemos nutrirnos, no simplemente con las palabras de los maestros, por verdaderas que ellas sean, sino «con las palabras de la fe» que nos comunican «la buena doctrina» del cristianismo y, si se siguen, producirán un efecto práctico en nuestras vidas, preservándonos de los males de los últimos tiempos.

(V. 7). Habiéndonos exhortado a seguir la verdad, el apóstol nos advierte que rechacemos todo lo que está fuera de «las palabras de la fe». «Las imaginaciones de los hombres tenderán siempre a lo profano y a la insensatez, los cuales el apóstol caracteriza con desprecio como «fábulas… de viejas». Nuestro gran «ejercicio» debería ser que se nos hallara caminando en la piedad. Podemos poner el servicio en primer lugar; pero existe siempre el grave peligro de estar activos en el servicio, descuidando la piedad personal. El buen siervo se ejercitará en la piedad para que él pueda ser «útil para el Señor, preparado para toda buena obra» (2 Timoteo 2:21 –LBLA). Nosotros podemos, a veces, como los santos corintios, estar muy activos en el servicio y jactarnos en nuestros dones y, al igual que ellos, ser muy poco espirituales por no ejercitarnos en la piedad.

(V. 8). Para enfatizar la importancia del ejercicio espiritual en cuanto a la piedad, el apóstol lo contrasta con el «ejercicio corporal». La alusión es, probablemente, a los juegos públicos, como en 1 Corintios 9:24, 25, donde, al hablar de las carreras públicas, él dice, «todo el que compite en los juegos se abstiene de todo» (1 Corintios 9:25 –LBLA), o, «Todo aquel que lucha, en todo ejercita el dominio propio» (1 Corintios 9:25 –RVR77). Él continua advirtiéndonos en ese pasaje que tal ejercicio de dominio propio tiene solamente una ventaja pasajera; a lo más obtiene solo una «corona corruptible», en contraste con la «incorruptible» que el cristiano tiene en mente. De igual modo aquí, él dice, que el ejercicio corporal solo es provechoso para muy pocas cosas; pero el ejercicio espiritual de la piedad es provechoso para todo, siendo rico en bendiciones en esta vida así como en la venidera.

(V. 9-10). El apóstol insiste acerca de la importancia de este ejercicio en cuanto a la piedad declarando, «Palabra fiel es esta, y digna de ser recibida por todos». Fue debido a su piedad que el apóstol pudo decir, «por esto mismo trabajamos y sufrimos oprobio». Nosotros podemos estar preparados para trabajar y ser prominentes ante los hombres, y de este modo trabajar y ganar el aplauso, o trabajar para exaltar el yo. Pero si la piedad está detrás de nuestro trabajo, significará inevitablemente trabajo y oprobio.

El apóstol procede a demostrar que la fuente de la piedad es la confianza en Dios. Nosotros confiamos en el Dios vivo, que es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los que creen. La piedad es esa confianza individual en Dios que toma cada circunstancia de la vida como estando relacionada con Dios. El hombre no regenerado deja a Dios fuera de su vida; el creyente Le reconoce en todos los detalles de la vida y recibe y usa agradecidamente cada misericordia que Él pone a su alcance sin abusar de las misericordias. De este modo, la piedad es el antídoto contra todas las malas influencias de los postreros días, ya sea que el mal tome la forma de ascetismo, de celibato, de abstinencia de alimentos (1 Timoteo 4:3), de abandono del hogar propio y de vivir en hábitos de auto-indulgencia (1 Timoteo 5:4-6), o de dar importancia a la ventaja mundana y al dinero (1 Timoteo 6:3-10).

4.3 - Preceptos (mandamientos) personales para el siervo del Señor (v. 11-16)

(V. 11-12). Estas cosas Timoteo tenía que mandar y enseñar. Siendo un hombre joven él tenía que estar especialmente en guardia contra cualquier presunción o soberbia juvenil que estropearía su testimonio conduciéndole a ser menospreciado a causa de su juventud. Si sus exhortaciones y enseñanzas a los demás iban a ser eficaces, el tendría que ser, en su vida, un «ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza». ¡Es lamentable! Cuán a menudo nosotros estropeamos nuestro testimonio por no lograr exhibir estas hermosas cualidades de Cristo. Si las verdades que enseñamos no afectan nuestras propias vidas, ¿podemos esperar que nuestra enseñanza afecte a los demás?

(V. 13). Al ser su vida pura, el siervo tendría libertad para procurar ayudar a otros mediante la lectura, la exhortación y la enseñanza. La conexión de la lectura con la exhortación parecería demostrar que la «lectura» no se refiere a su estudio personal, sino más bien a la lectura pública de las Escrituras, que en esos días tenía un lugar de especial importancia.

(V. 14). Además, en el caso de Timoteo, un don para el ministerio se le había impartido, y para el cual se le había señalado especialmente por una palabra profética de Dios, y con quien el presbiterio(*) había expresado su comunión mediante la imposición de manos. Semejante profecía e imposición de manos habían sido plenamente presentadas en el caso de Bernabé y Saulo (Hechos 13:2, 3). No obstante, lo correcto y hermoso de la vida cristiana, no habilitaría al siervo a tomar el lugar determinado de un maestro. Para esto era necesario un don dado por el Señor. En el caso de Timoteo él pudo seguir adelante en la confianza de que este don había sido impartido por una palabra directa de Dios, y pudo ser ejercitado en la conciencia de que él tenía la plena comunión de los ancianos del pueblo de Dios. El don había sido dado mediante profecía, y por la imposición de las manos de Pablo (2 Timoteo 1:6). No había sido dado por la imposición de manos de los ancianos: ellos impusieron sus manos sobre Timoteo como una expresión de su comunión con él. Animado de este modo, él debía guardarse de descuidar el don por medio de cualquier timidez natural.

(*) N. del T.: gr. presbuterion (πρεσβυτέριον, Strong 4244), un conjunto de hombres entrados en años, ancianos. En 1 Timoteo 4:14 = los ancianos o supervisores (obispos) en una iglesia local.

(V. 15). Fortalecido y animado de esta forma, Timoteo debía consagrarse a las cosas del Señor, como el apóstol dice, «Ocúpate en estas cosas» (1 Timoteo 4:15 –RVR77). Demasiado a menudo permitimos ser distraídos por otros objetos aparte del Señor y Sus intereses. Es bueno que nosotros abracemos de corazón el cristianismo y hagamos de las cosas del Señor nuestros intereses –para ocuparnos «enteramente de ellas» (Versión Moderna). Entonces, en efecto, nuestro progreso espiritual sería manifiesto a todos.

(V. 16). El apóstol resume su exhortación a Timoteo diciendo, «Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina». Insistir en la doctrina mientras descuidamos nuestro propio andar, o dar mucha importancia a la piedad personal mientras afirmamos que es de poca importancia lo que sostenemos, son dos trampas en las cuales muchos han caído. Ambas son fatales por igual para todo testimonio verdadero. Es solo cuando cuidamos de nosotros mismos y de la doctrina que nos salvaremos nosotros y los que nos oyen de los males de los últimos tiempos.

5 - Capítulo 5 — Advertencias contra la mundanalidad y enseñanzas en la piedad

Habiendo advertido contra el mal de algunos que apostatarán del cristianismo y adoptarán una religión carnal falsa, el apóstol nos advierte ahora contra males que pueden surgir de la mundanalidad dentro del círculo cristiano, y nos enseña cómo tratar con las necesidades del pueblo de Dios de modo que no se pueda permitir nada que brinde ocasión para la maledicencia y entorpezca así el testimonio de la gracia de Dios ante el mundo.

5.1 - El espíritu en el cual los males deben ser tratados (v. 1-2)

Pueden surgir ocasiones cuando los males que se manifiestan en el círculo cristiano pueden llamar, en forma justa, a la reprensión. No obstante, al administrar la reprensión debemos reconocer lo que es adecuado a la edad y al sexo, y cuidar así que la reprensión sea dada en un espíritu correcto. La reprensión puede ser correcta y sin embargo puede que no tenga efecto, o incluso herir, debido al espíritu equivocado en la que se da. Una reprensión correcta en un espíritu equivocado es simplemente enfrentar la carne con la carne.

Se debe respetar la edad, incluso si se precisa reprensión. Un hermano anciano no debe ser reprendido con dureza, sino con toda la deferencia que un hijo tendría para con su padre («No reprendas con dureza al anciano, sino, más bien, exhórtalo como a padre» – LBLA). Los jóvenes no deben ser tenidos en poco, sino reprendidos con amor como a hermanos, a las ancianas con la deferencia debida a una madre. Se debe tratar con las mujeres más jóvenes «con toda pureza», evitando así la descuidada familiaridad que la naturaleza podría adoptar.

De esta forma, en todos nuestros tratos los unos con los otros, el modo debe ser tal que nada se haga que pudiera ultrajar el decoro y dar ocasión para el escándalo.

5.2 - Enseñanza para satisfacer las necesidades del pueblo de Dios y advertencias contra la auto-indulgencia en las cosas temporales (v. 3-16)

(V. 3). En primer lugar, se nos enseña a mostrar el debido respeto por las «viudas que en verdad lo son». Una viuda que «en verdad lo es», no es simplemente una mujer privada de su marido, sino una que se caracteriza por ciertas cualidades morales. Ya sea que esté en necesidad o no, las tales han de ser tenidas en honor.

(V. 4). No obstante, si tales mujeres tienen necesidad temporal, que los descendientes demuestren su piedad práctica y recompensen a sus padres, porque esto es bueno y agradable delante de Dios. Aquí vemos nuevamente que la piedad deja entrar a Dios en todos los detalles de la vida, y procura actuar en un modo que complazca a Dios.

(V. 5). El apóstol nos da entonces las hermosas señales de una viuda que en verdad lo es. Ella ha quedado sola («desamparada» –Versión Moderna), estando sin recursos humanos; su confianza está en Dios –ella «espera en Dios»– y depende de Dios, pues «persevera en peticiones y en oraciones noche y día» (Versión Moderna).

(V. 6). En oposición a la viuda que en verdad lo es, el apóstol nos advierte contra todas las que, en la casa de Dios, se entreguen a «los placeres desenfrenados» (LBLA). Las tales aún viviendo, están muertas. Somos exhortados a considerarnos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús (Romanos 6:11). No podemos vivir para nosotros mismos y para Dios al mismo tiempo. Si vivimos para nosotros estamos viviendo para el pecado, lo cual es estar sin ley, o es la indulgencia de nuestras propias voluntades. Los hábitos de auto-indulgencia han de introducir la muerte espiritual entre el alma y Dios.

(V. 7). Semejantes advertencias son necesarias para que, andando en piedad, cada uno en la casa de Dios no solo sea aceptable y agradable a Dios sino también irreprensible delante de los hombres.

(V. 8) Para el cristiano, el hecho de no proveer para los suyos, y especialmente para los de su casa, es hundirse por debajo de lo que es natural, y negar así la fe del cristianismo que aprueba estas relaciones naturales y nos enseña a respetarlas. Es posible para un cristiano, si actúa en la carne, comportarse de un modo que es «peor que un incrédulo».

(V. 9-10). Sin embargo, pueden haber casos individuales en el círculo cristiano, que no tienen parientes que provean para ellas. Tales personas deberían ser puestas en la lista de aquellas que pueden ser debidamente cuidadas por la asamblea. No obstante, uno debe tener cuidado de no utilizar la casa de Dios como si fuera meramente una institución para sostener a personas necesitadas.

En ocasiones, en efecto, la gracia puede ayudar a las más abandonadas. Aquí se trata de un asunto de idoneidad para la inclusión en una lista de aquellas que reciben la ayuda regular del pueblo del Señor. Tales personas deben, mediante su vida, haber demostrado su aptitud para tal ayuda. En personas de salud normal, la que es apta para la lista debe ser de una edad que, bajo circunstancias comunes, ya no pueda trabajar para su subsistencia; debe haber sido esposa de un solo marido, y una de quien se de testimonio a causa de sus buenas obras al haber criado hijos, al haber mostrado amabilidad a los extranjeros, al haber lavado los pies de los santos, socorrido a los afligidos, y, de hecho, «si hubiere seguido estrictamente toda buena obra». (v. 10 –Versión Moderna).

De manera muy bienaventurada esta Escritura muestra cuánto puede hacer una mujer piadosa que es agradable a Dios y cuánto puede hacer para ayudar al pueblo del Señor. Las omisiones, sin embargo, son tan asombrosas como las buenas obras que se enumeran. No se dice nada acerca de la enseñanza o la predicación o, de hecho, de nada que pueda llevar a la mujer a un lugar de prominencia en una manera pública contraria al orden de la casa de Dios.

(V. 11-13). «Pero rehúsa poner en la lista a viudas más jóvenes, porque cuando sienten deseos sensuales, contrarios a Cristo, se quieren casar, incurriendo así en condenación, por haber abandonado su promesa anterior (Gr. Su primera fe). Y además, aprenden a estar ociosas, yendo de casa en casa; y no solo ociosas, sino también charlatanas y entremetidas, hablando de cosas que no son dignas» (LBLA). Las viudas más jóvenes no deben ser puestas en la lista. Proveer para tales personas, como en el caso de las viudas, de hecho, las conduciría a olvidar a Cristo como su único Objeto y, en cambio, a tener ante ellas simplemente el deseo de volver a casarse, y llegar a ser así culpables de haber quebrantado su primera fe. Es posible de este modo, no solo perder nuestro primer amor, sino quebrantar nuestra primera fe, la cual, al comienzo de nuestra vida cristiana, hizo que Cristo fuese el gran Objeto.

Además, poner a las viudas más jóvenes en la lista solamente las animaría a la ociosidad y a convertirse de este modo en un tropiezo, pues su ociosidad las conduciría a andar de casa en casa como «chismosas y entremetidas» (RVR60). Un chismoso repite historias y chismorrea a costa de los demás; un entremetido interfiere en los asuntos de los demás, expresando libremente opiniones sobre asuntos que no son de su incumbencia. En ninguno de los casos existe un solo pensamiento acerca de ayudar al necesitado, o de procurar corregir algo que está mal, sino más bien es la indulgencia de la carne en su amor por la difamación. Chismosos y entremetidos, ya sea que repitan lo que es falso o verdadero, hablan en ambos casos de «lo que no debieran». El predicador dice, «Revela los secretos aquel que anda en chismes» (Proverbios 20:19 –Versión Moderna); y, otra vez, «todos los necios se meten en pendencias» (Proverbios 20:3 –Versión Moderna). La ley dice, «No andarás como chismoso entre tu pueblo» (Levítico 19:16 –Versión Moderna). El cristianismo nos advierte en contra de andar «de casa en casa» como «chismosos y entremetidos».

¡Qué cantidad de nombres han sido estropeados y quebrantados

Qué sentinas pestilentes han sido removidas

Por una palabra pronunciada en liviandad

–Por solo una palabra ociosa!

(V. 14). La opinión del apóstol es que las más jóvenes se casen y encuentren su esfera adecuada de actividad en la vida hogareña, criando hijos y gobernando la casa. Ya sea que se hable a los ancianos, a las viudas o a las más jóvenes, todos deben recordar que ellos forman parte de la casa de Dios, y en la casa de Dios no se debe permitir nada que de al adversario ocasión de maledicencia.

(V. 15). De hecho algunas, a través del descuido de estas enseñanzas, ya se habían apartado en pos de Satanás. Ellas podrían no admitir o no darse cuenta de la seriedad del curso que estaban siguiendo; pero, evidentemente, en relación a Cristo, el hecho de descuidarse y dejarse impulsar por el deseo conducirá a que el alma sea seducida por Satanás y se desvíe a las tentaciones del diablo.

(V. 16). Las viudas en las familias de cristianos han de ser mantenidas por la familia, dejando libre a la asamblea para que ayude a las que en verdad son viudas.

5.3 - Las necesidades de los ancianos (v. 17-21)

El apóstol pasa a instruirnos en lo que respeta a la satisfacción de las necesidades de aquellos que sostienen una posición como ancianos oficiales, y el espíritu en el cual se debe enfrentar cualquier acusación contra los tales.

(V. 17-18). «Los ancianos que dirigen bien sean tenidos por dignos de doble honor(*), especialmente los que trabajan en la palabra y en la enseñanza. Porque dice la Escritura: Al buey que trilla no pondrás bozal, y: Digno es el obrero del salario de él». (Nuevo Testamento Interlineal Griego-Español, por Francisco Lacueva, Editorial Clie).

(*) De doble honor. Esto es, como ancianos y como buenos dirigentes.

El trabajo de los ancianos era gobernar (dirigir) en las asambleas del pueblo de Dios. Ellos son responsables de ver que el orden piadoso sea mantenido en público y en privado. Se debía honrar a un anciano tal; aquellos que hacían bien su trabajo debían ser tenidos por dignos de doble honor, especialmente los que, además de cuidar a los santos, trabajaban en la palabra y en la enseñanza. Además, sus necesidades temporales no debían ser olvidadas. Tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo son citados, como teniendo igual autoridad como Escritura, para insistir en nuestra responsabilidad de ayudar al obrero. (Deuteronomio 25:4; Lucas 10:7).

(V. 19). El anciano, a causa de su servicio, estaría más sujeto que los demás al malentendido y a la detracción. El tener que tratar a veces con las faltas en otros podría conducir al resentimiento y a un mal sentimiento que podrían manifestarse en una acusación maliciosa. Podría, de hecho, haber una causa justa para una acusación, pero no debía ser recibida excepto de testigos.

(V. 20-21). Los culpables, sean ancianos o no, cuyas faltas han sido totalmente probadas por testigos adecuados, han de ser reprendidos delante de todos, para que los demás también tengan temor. No obstante, todo lo que tiene forma de reprensión debe ser hecho, no simplemente en presencia de todos, sino «delante de Dios» cuya casa somos nosotros, delante del Señor Jesucristo, quien es Hijo sobre la casa de Dios, y delante de los ángeles escogidos quienes son ministros de los que forman la casa. De este modo la reprensión sería sin «prejuicios» que formarían una opinión sin considerar debidamente todo el asunto, y sin parcialidad que preferiría a uno antes que a otro.

5.4 - Cuidado en la expresión de comunión (v. 22)

(V. 22). En la Escritura, imponer las manos sobre otro es señal de comunión, más bien que la comunicación de autoridad como la cristiandad enseña. La falsa liberalidad puede fingir una grandeza de corazón extendiendo descuidadamente la comunión a aquellos que están siguiendo un curso equivocado. Podemos dar así nuestra aprobación al mal y participar en los pecados ajenos. Debemos conservarnos puros, una prescripción que demuestra claramente que nosotros podemos ser contaminados por nuestras asociaciones.

5.5 - Enseñanza con respecto a necesidades corporales (v. 23)

(V. 23). Las necesidades de un cuerpo débil y que sufre no deben ser descuidadas. Timoteo debía usar «de un poco de vino» a causa de su estómago y de sus «frecuentes enfermedades». Timoteo no es culpado por sus enfermedades, ni se sugiere que la continua ocurrencia de ellas demuestra alguna falta de fe de parte de él; tampoco se le exhorta a procurar que los ancianos impongan sus manos sobre él o incluso que oren por su curación. Se le manda usar un remedio común. Sin embargo, se trata «de un poco de vino» y a ser usado a causa de un estómago débil. Así que no hay excusa, en el consejo del apóstol, para beber vino en exceso o utilizarlo por simple auto-indulgencia.

5.6 - Advertencia contra el juzgar por las apariencias (v. 24-25)

(V. 24). Al juzgar nuestras asociaciones con los demás debemos guardarnos de ser engañados por las apariencias. Los pecados de algunos son tan evidentes que no puede haber dudas en cuanto al carácter y condenación de los tales. Otros pueden ser igualmente malvados y aún así engañar por medio de una buena apariencia en la carne. No obstante, sus pecados los perseguirán hasta el juicio.

(V. 25). Esto puede ser verdadero de aquellos en quienes la gracia ha obrado. Con algunos es obvio que sus buenas obras proclaman su verdadero carácter. Otros pueden ser igualmente sujetos de la gracia y, con todo, sus obras pueden ser menos públicas. Todo saldrá a luz a su debido tiempo.

Mientras leemos las enseñanzas y advertencias del apóstol nosotros bien podríamos considerar la palabra, «el que piensa que está firme, mire que no caiga» (1 Corintios 10:12 –Versión Moderna). A partir de las exhortaciones del capítulo es evidente que el creyente puede caer en una condición en la cual él se deja estar en hábitos de auto-indulgencia (v. 6); puede actuar de un modo que es peor que el de un incrédulo y negar así la fe (v. 8); puede rebelarse contra Cristo y quebrantar así su primera fe (v. 11); puede convertirse en un vagabundo ocioso yendo de casa en casa, chismorreando y entremetiéndose en los asuntos de los demás (v. 13); y se puede apartar para ir en pos de Satanás (v. 15).

Además, mientras leemos las enseñanzas, aprendemos que los que componen la casa de Dios deberían procurar vivir de una manera que sea buena y agradable delante de Dios (v. 4); irreprensibles delante de los hombres (versículo 7); no dando ocasión para la maledicencia (v. 14).

6 - Capítulo 6 — Advertencias contra el orgullo de la carne y enseñanzas en la piedad

El apóstol nos ha advertido contra la carne religiosa que apostata de la verdad y adopta el ascetismo (1 Timoteo 4); y contra la carne mundana, que conduce a la rebelión y a la auto-indulgencia (1 Timoteo 5); ahora, en el capítulo final, se nos advierte contra el orgullo de la carne que codicia dinero y ventajas mundanas. Para enfrentar estos males el apóstol nos insiste nuevamente sobre la piedad práctica (v. 3, 5-6, 11).

En el curso de su exhortación el apóstol nos presenta el esclavo cristiano (v. 1-2); el soberbio e ignorante profesante del cristianismo (v. 3-8); el reincidente, atraído por las riquezas del mundo (v. 9-10); el hombre de Dios (v. 11-12); Cristo, el Ejemplo perfecto (v. 13-16); el creyente que es rico en este mundo (v. 17-19); y el que profesa ser científico (v. 20-21).

6.1 - Esclavos cristianos (v. 1-2)

(V. 1). El capítulo comienza adecuadamente con enseñanza para el esclavo cristiano. Un tal podría intentar utilizar el cristianismo como un medio de mejorar su posición social. La institución de la esclavitud puede ser, en efecto, completamente contraria al espíritu del cristianismo. Sin embargo, el gran objetivo de la casa de Dios no es corregir el mundo, ni hacer progresar los intereses mundanos de aquellos que forman la casa, sino mantener la gloria del nombre de Dios y dar testimonio y ser baluarte de la verdad. El esclavo cristiano, entonces, debía mostrar todo honor a sus amos incrédulos, para que no hubiese nada en su conducta que pudiese echar, justamente, una mancha sobre el nombre de Aquel que habita en la casa, o que negase la verdad que la casa de Dios debe mantener.

(V. 2). El apóstol da una advertencia especial al esclavo cristiano con un amo creyente. El hecho de que su amo era un hermano en el Señor no debía ser utilizado para invalidar el respeto que el siervo debía a su amo. Cualquier carencia en este apropiado aspecto sería un intento por parte del esclavo de utilizar el cristianismo para elevar su posición social, buscando así su propia ventaja mundana.

En la asamblea, el esclavo y el amo estaban en un terreno común, iguales delante del Señor. Allí el esclavo podía, efectivamente, a causa de su espiritualidad, o don, ser más prominente que su amo terrenal. Que los esclavos creyentes, sin embargo, se cuiden de ser tentados a abusar de los privilegios de la asamblea haciendo de ellos un terreno para una familiaridad indebida hacia sus amos en los asuntos diarios de la vida. Lejos de volverse negligentes en sus deberes para con sus amos que eran creyentes, ellos debían rendirles servicio debido a que eran creyentes y amados y partícipes de los beneficios cristianos.

6.2 - El profesante ignorante, destituido de la verdad (v. 3-8)

(V. 3). Claramente, entonces, el cristianismo no es un sistema para el progreso de nuestra posición social en este mundo. Es verdad que el creyente, mientras pasa por este mundo, debe hacer lo bueno, y que la presencia del cristiano y de la correcta conducta cristiana han de tener un efecto beneficioso. No obstante, el gran objetivo de la casa de Dios no es mejorar el mundo, sino dar testimonio de la gracia de Dios para que los hombres puedan ser salvos del mundo que, a pesar de la civilización y cualquier mejora social, continua hacia el juicio.

Aparentemente, en esos días tempranos existían los que enseñaban otra cosa. Ellos veían el cristianismo meramente como un medio de mejorar la condición social de hombres y mujeres, haciendo así que este mundo fuera un lugar mejor y más resplandeciente. Probablemente ellos estaban enseñando que el esclavo convertido, habiendo llegado a estar bajo el Señorío de Cristo, podía considerarse a sí mismo libre de su amo terrenal. Tales opiniones, sin embargo, eran contrarias a las sanas palabras, las de nuestro Señor Jesucristo, y a la enseñanza que es conforme a la piedad.

De este modo, nuevamente, el apóstol introduce la piedad como la salvaguardia contra el abuso de nuestros privilegios cristianos. La piedad camina en el temor de Dios, confiando en el Dios vivo, que es el Salvador de todos los hombres. Caminando así deberíamos ser preservados de procurar utilizar el cristianismo simplemente como un medio de mejorar nuestra posición mundana.

(V. 4-5). Habiendo mostrado que la piedad es la salvaguardia contra el abuso del cristianismo, el apóstol declara que aquel que enseña otra cosa es movido por el orgullo de la carne. («El tal es hinchado de orgullo, no sabiendo nada…», v. 4 –Versión Moderna). El orgullo que confía en el yo, y procura mantener la presunción propia, es totalmente opuesto a la piedad que confía en Dios y procura Su gloria.

Detrás de este orgullo está la ignorancia de la mente del Señor tal como está comunicada en Sus palabras. Esta ignorancia de la mente del Señor surge del hecho de permitir que la mente humana se ocupe de cuestiones interminables planteadas por los hombres y de contiendas de palabras. Completamente indiferentes al poder moral de la fe cristiana que obra en el alma y conduce a la vida de piedad, los hombres tratan el cristianismo como si fuera un asunto de «cuestiones y contiendas de palabras».

Semejantes contiendas de palabras, en lugar de fortalecer la piedad, solo brindan la ocasión para la manifestación de las obras de la carne. El orgullo que procura exaltar el yo mediante estas cuestiones interminables conduce inevitablemente a las «envidias», pues el hombre orgulloso no puede tolerar a ningún rival. Naturalmente la carne contenderá contra aquel de quien está envidiosa. De este modo la envidia lleva a la contienda, y el contender contra otro conducirá a las «blasfemias» acerca de Él. El conocimiento de que las «blasfemias» están siendo pronunciadas hará surgir «malas sospechas» («sospechas siniestras» –Versión Moderna) y «disputas necias» («constantes rencillas» –LBLA). Tal es la mala cosecha que surge de la envidia. No hay poder más grande para el mal entre los santos de Dios que la permisión de la envidia en el corazón. «Cruel es la cólera, y diluvio destructor es la ira; mas», dice el predicador, «¿quién podrá estar en pie delante de la envidia?» (Proverbios 27:4 –Versión Moderna). Fue envidia lo que condujo al primer asesinato en este mundo; y fue envidia lo que condujo al mayor asesinato en este mundo. Pilato «sabía que por envidia Le habían entregado» (Mateo 27:18).

¡Es lamentable! Esta envidia puede mostrarse entre el pueblo verdadero del Señor. Aquí el apóstol le sigue el rastro a la envidia hasta el orgullo de un corazón que es corrupto y que está destituido de la verdad del cristianismo. El motivo subyacente de un corazón tal es la ganancia terrenal; de ahí que ellos supongan que la «ganancia» es el objetivo de la piedad. («Constantes rencillas de hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que suponen que la piedad es una fuente de ganancia; apártate de los tales» (v. 5 –RVR77). En otras palabras, ellos enseñan que el cristianismo es meramente un medio de mejorar nuestra condición y de añadir a nuestra ventaja mundanal. Sabemos que esto, y lo obtenemos de la historia de Job, es realmente una sugerencia del diablo. Job era un hombre piadoso y uno que temía a Dios, pero Satanás dice, «¿Acaso teme Job a Dios de balde?» La vil sugerencia de Satanás es que no existe una cosa tal como la piedad, y que si un hombre hace profesión de piedad, no es que él tema a Dios, o se preocupe de Dios, sino que es simplemente que él sabe que es rentable y que es para su ventaja terrenal. Satanás dice a Dios, «extiende ahora tu mano, y toca todo lo que tiene, y verás si no te blasfema en tu rostro» (Job 1:11 –LBLA). El Señor permite que esta terrible mentira del diablo sea totalmente expuesta. Se le permite a Satanás despojar a Job de todo lo que tiene, y, como resultado, Satanás es expuesto como un mentiroso. En lugar de blasfemar contra Dios, Job se postró en tierra y adoró, diciendo, «Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito». (Job 1:8-12, 20, 21).

(V. 6-8). «Mas en verdad es grande ganancia la piedad, unida con un espíritu contento; porque nada trajimos al mundo, ni tampoco podremos sacar cosa alguna. Teniendo pues con qué alimentarnos y con qué cubrirnos, estemos contentos con esto» (Versión Moderna). De este modo la verdad, así como la experiencia del pueblo de Dios, no solo demuestra que la piedad es ganancia sino que, cuando está acompañada de la satisfacción que confía en Dios, es una gran ganancia. No trajimos nada al mundo, y cualesquiera sean las posesiones que podamos adquirir mientras pasamos a través del mundo, es evidente que no nos podemos llevar nada. Teniendo «sustento y abrigo» (RVR60) –el esclavo tenía estas cosas– estemos contentos con ello.

6.3 - Aquellos que recaen atraídos por las riquezas del mundo (v. 9-10)

En oposición a la satisfacción piadosa existe el desasosiego de aquellos que desean ser ricos. La riqueza tiene sus trampas, como el apóstol muestra un poco más adelante, pero no es necesariamente la posesión de riqueza lo que arruina el alma, sino el querer enriquecerse o desear ser rico. Se ha indicado que esta palabra «desear» incluye la idea de un propósito. El peligro es que el creyente, en lugar de contentarse con ganarse la vida, se proponga en su corazón ser rico. Entonces las riquezas se convierten en un objeto al que nos aferramos, en lugar del Señor. Es mejor para nosotros que permanezcamos fieles al Señor «con propósito de corazón» (Hechos 11:23).

El apóstol nos advierte contra los males resultantes del deseo de adquirir riquezas. Todos son tentados, pero aquel que desea enriquecerse caerá en la tentación y se encontrará él mismo atrapado en algún lazo escondido del enemigo. Además, el querer enriquecerse abre el camino a las deseos necios y perniciosos, porque ello halaga la vanidad y el orgullo de la carne, sirviendo al egoísmo y a la ambición. Estas son las cosas que hunden a los hombres en la ruina y la perdición. Así que no es simplemente el dinero, sino «el amor al dinero» que es la raíz de todos los males. Cuán solemne es el hecho de que un creyente se deje atraer por las cosas mismas que traen perdición y ruina sobre los hombres de este mundo. Incluso en los días del apóstol algunos habían codiciado riquezas, solamente para extraviarse de la fe y ser traspasados de muchos dolores.

6.4 - El hombre de Dios (v. 11-12)

(V. 11). En contraste con aquel que se extravía de la fe, el apóstol nos presenta las características del «hombre de Dios». En el Nuevo Testamento la expresión «hombre de Dios» se encuentra solamente en las Epístolas a Timoteo. Aquí es aplicada ciertamente a Timoteo; en la Segunda Epístola se aplica a todos quienes, en un día malo, andan en fiel obediencia a la Palabra de Dios (2 Timoteo 3:17). Hay cosas de las cuales el hombre de Dios tiene que huir; cosas que es exhortado a seguir; cosas por las cuales es llamado a pelear; hay algo a lo que se debe echar mano; y algo que ha de ser profesado (confesado, según la Versión Moderna).

El hombre de Dios huirá de las codicias necias y dañosas de las que el apóstol ha estado hablando. Sin embargo, no es suficiente evitar el mal; se debe perseguir lo bueno. Por consiguiente, el hombre de Dios ha de seguir «la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre». Comoquiera que los demás actúen, el hombre de Dios procurará andar en consistencia con su relación con los demás como hermanos; esto es justicia. Pero esta justicia hacia los demás ha de ser adoptada en el santo temor que se percata de nuestras relaciones con Dios, y de lo que es debido a Dios; esto es piedad. Además, el hombre de Dios seguirá la fe que tiene a Cristo como Su objeto, y el «amor» que brota hacia sus hermanos, soportando males e insultos con tranquila paciencia y mansedumbre, en vez de impaciencia y resentimiento.

(V. 12). Aún más, el hombre de Dios no se contentará huyendo del mal y siguiendo ciertas grandes cualidades morales. Estas cosas, de hecho, son de primera importancia, pero el hombre de Dios no se contenta con la formación de un hermoso carácter individual, mientras se permanece indiferente al mantenimiento de la verdad del cristianismo. Él se da cuenta que las grandes verdades del cristianismo se encontrarán con la oposición incesante y mortal del diablo y no evitará pelear por la fe.

Además, al pelear por la fe, el hombre de Dios no olvidará la vida eterna que, aunque él la posee, en toda su plenitud, se presenta ante él. Él ha de echar mano de ella en el disfrute presente como su esperanza sustentadora.

Finalmente, si el hombre de Dios huye del mal, sigue el bien, pelea por la fe y echa mano de la vida eterna, él será uno que en su vida hace una buena profesión delante de los demás. Llega a ser un testimonio vivo de las verdades que profesa.

6.5 - El ejemplo perfecto (v. 13-16)

Para animarnos a guardar este mandato, el apóstol nos recuerda que nosotros vivimos en presencia de Aquel que da vida a todas las cosas. (N. del T.: «que preserva todas las cosas con vida», traducción del Nuevo Testamento de J. N. Darby en Inglés). ¿No puede preservar Él a los Suyos, a pesar del severo conflicto a través del cual ellos puedan tener que pasar? Además, si somos llamados a fidelidad, no olvidemos que estamos bajo la mirada de Aquel que ha estado antes que nosotros en el conflicto, y quien, en presencia de la contradicción (hostilidad, oposición) de pecadores, de la envidia y el insulto, actuó en absoluta fidelidad a Dios, manteniendo la verdad en paciencia y mansedumbre, y dio así testimonio de la buena profesión.

Además, la fidelidad tendrá su recompensa. El mandamiento es, por lo tanto, guardarse sin mancha, irreprensible, «hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo». La gloria de Su aparición traerá con ella una respuesta a toda pequeña fidelidad por parte nuestra, así como, efectivamente, será la gloriosa respuesta a la fidelidad perfecta de Cristo. Entonces, en efecto, cuando Aquel que los hombres ultrajaron, insultaron y crucificaron sea manifestado en gloria, no habrá solamente una respuesta plena a toda Su fidelidad, sino una manifestación plena de todo lo que Dios es. Se manifestará a todo el mundo lo que ya se ha revelado a la fe, a saber, que en la Persona de Cristo, Dios se revela como el bienaventurado y único Soberano, Rey de reyes, y Señor de los hombres, Aquel único que, en la majestad de Su Deidad, tiene inmortalidad esencial, y que habita en luz inaccesible.

Aquellos que forman la casa de Dios pueden dejar de testificar para Dios; el hombre de Dios solo puede manifestar a Dios con medida, pero en Cristo estará la manifestación plena de Dios para Su gloria eterna.

6.6 - Los ricos en este siglo (v. 17-19)

El apóstol tiene una exhortación especial para los creyentes que son ricos en este siglo. Los tales son asediados por dos peligros. En primer lugar, existe la tendencia de las riquezas a conducir a los poseedores a asumir un aire de altivez, pensando que ellos son superiores a los demás debido a sus riquezas. En segundo lugar, existe la tendencia natural a confiar en las riquezas que, en el mejor de los casos, son inciertas.

La salvaguardia contra estos lazos se encuentra en poner la esperanza en el Dios vivo, el cual nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos. Sin importar cuán rico pueda ser un hombre, él no puede comprar las cosas que Dios da. No obstante lo pobre que sea el hombre, él puede recibir y disfrutar lo que Dios da.

El poner la esperanza en el Dios vivo, que es el Dador de todo lo bueno, le permitirá al rico convertirse en un dador. Pero Dios ama a un dador alegre; de ahí que el rico es exhortado a ser liberal en el repartir (dadivoso, generoso) y pronto a compartir. Actuando así él estará atesorando para sí un buen fondo considerando futuras bendiciones, en lugar de atesorar riquezas para este presente siglo. El hombre que atesora para el tiempo venidero echará mano de aquello que es realmente la vida, en contraste con la vida de placer y auto indulgencia que las riquezas terrenales podrían asegurar.

6.7 - El que profesa ser científico (v. 20-21)

Finalmente, se nos advierte que guardemos lo que se nos ha encomendado. La verdad completa del cristianismo ha sido dada a los santos como un depósito que ha de ser mantenido frente a toda oposición. Aquí se nos advierte especialmente contra las teorías de los hombres, las cuales demuestran ser completamente falsas subordinando a Dios, a Su creación y a Su revelación, a la mente del hombre, en lugar de sujetarse a Dios y a Su Palabra. Ocupados presuntuosamente con sus teorías infieles ellos se han desviado de la fe.


Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles (« ») y estas han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RVR60) excepto en los lugares en que se indican otras versiones, tales como:

  • Versión Moderna (V.M.), traducción de 1893 de H.B.Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas – 1166 Perroy, Suiza)
  • Versión Reina-Valera 1909 Actualizada (RVA) (Publicada por Editorial Mundo Hispano)
  • LBLA (La Biblia de las Américas, Copyright 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, Usada con permiso)
  • Versión Reina-Valera Revisada en 1977 (RVR77), Editorial Clie

 

Título original en inglés: The First Epistle to Timothy.

Traducido con permiso. Traducido por: B.R.C.O. – Junio 2006.

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