Cantar de los Cantares

Cantares 1:1-17

No abordemos este libro sin primeramente pedirle al Señor que nos guarde de todo pensamiento profano. El Eclesiastés nos enseñó que el mundo no podía colmar el vacío del corazón humano. El Cantar nos presenta el amor divino, el único que lo puede llenar. Precisemos que ante todo se trata, en figura, de las futuras relaciones del Rey, Cristo, con Israel, su Esposa terrenal. En el momento en que empiece su reino, se reanimarán los afectos de ese pueblo, los que, por fin, responderán a los del verdadero Salomón. Pero, sobre todo, en nuestra lectura subrayaremos lo que puede aplicarse prácticamente a las actuales necesidades del creyente. El amor es el vital vínculo que une a cada redimido con su Salvador. ¡El de Cristo hacia nosotros es infinito e inmutable; el de nosotros hacia Él, cuán débil e inconsecuente es! Pidámosle que nos atraiga para que podamos correr en pos de Él (v. 4).

Los versículos 5 y 6 son la confesión del culpable pasado. La que habla aquí lo sabe bien: si ella es agradable, no es a causa de sus propios méritos (léase Efesios 1:6 fin). Pero ahora busca la presencia del Pastor (v. 7-8) y del Rey (v. 12). Le ama; Él está continuamente sobre su corazón como una bolsita de mirra perfumada que impregna sus vestidos y la acompaña a todas partes (v. 13; 2 Corintios 2:14-16).

Cantares 2:1-17

Un manzano se distingue de los árboles del bosque por sus frutos (v. 3). En medio de los hombres sólo Cristo produjo para Dios ese fruto, cuya dulzura pueden saborear ahora los redimidos (v. 5; Números 18:13). Como María a los pies de su Señor, somos llamados a alimentarnos escuchando su Palabra.

“Su bandera sobre mí fue amor” (v. 4). Soldados de Jesucristo, no seguimos a nuestro Jefe por obligación, sino por apego a su persona.

La Biblia acaba expresando su promesa: “He aquí, vengo pronto” (Apocalipsis 22:7, 12 y 20). ¡Qué eco tienen estas palabras en el corazón de los que le aman! “¡La voz de mi amado! He aquí él viene” (v. 8). “Hasta que apunte el día”, sepamos mantenernos como la temerosa paloma en los agujeros de la peña, a cubierto de las suciedades y de los peligros (v. 14 y 17). Y desconfiemos de las zorras pequeñas que echan a perder las viñas en cierne (v. 15). Al crecer, esas pequeñas zorras se harán cada vez más tiránicas (Romanos 6:14). Además, si se hace daño a la flor, desaparece toda promesa de fruto. Hoy no toleremos tal pequeño fraude, tal pecado de insignificante apariencia, el que más tarde podría dominar en nosotros y frustrar al Señor en cuanto al logro del fruto que le pertenece.

Cantares 3:1-11

No nos extrañemos si tenemos dificultad para hallar la presencia del Señor en nuestra cama (v. 1; imagen de la pereza) o, al contrario, en la algarabía de la ciudad (v. 2). En cambio, de rodillas y en el recogimiento de nuestra habitación siempre podremos encontrar a aquel a quien ama nuestra alma (comp. v. 4). Pero que tampoco allí nada venga a distraernos y a turbar nuestra comunión (v. 5).

Desde el desierto, figura de un árido mundo, un perfume puede elevarse hasta Dios (v. 6). En otros tiempos, Jesús atravesó este mismo mundo y toda su vida sólo fue un grato olor para el Padre. La mirra habla de sus sufrimientos (del pesebre a la tumba; Mateo 2:11 fin; Juan 19:39), y el incienso de sus diversas perfecciones morales. Finalmente “todo polvo aromático” sugiere las experiencias cotidianas en las cuales Dios es glorificado. También somos llamados a hacer subir hacia Dios tal perfume, el de Jesús.

Para Israel, así como para la Iglesia, pronto llegará el fin del desierto (v. 6; comp. Números 21:19-20). El verdadero Salomón lo habrá preparado todo en vista del reposo milenario (v. 7-10). “Sobre Él florecerá su corona” y ese día será el del gozo de su corazón (v. 11; Salmo 132:18).

Cantares 4:1-16; Cantares 5:1

Mientras el Señor considera con encanto la belleza de su Esposa, ¿a dónde se dirigen las miradas de ella? ¡Demasiado a menudo nos dejamos deslumbrar por los brillantes y exaltantes atractivos del mundo! (el Líbano). Qué inconscientes somos; no discernimos en él “las guaridas de los leones” ni los solapados leopardos (v. 8). Pero el Señor ve los peligros a los cuales estamos expuestos en ese fascinante ambiente y con dulzura busca despegarnos de él. “Ven conmigo desde el Líbano…” (v. 8). Lo que debe alejarnos del mundo es el amor por el Señor antes que el temor al peligro. “Hermana, esposa mía”: estos nombres son el tierno recuerdo de los vínculos con Él. El Señor tiene derechos exclusivos sobre el alma a la cual ama. Ella es una fuente sellada de la cual sólo Él tiene el derecho de beber, un huerto cerrado en el cual nada extraño ha de introducirse y cuyas floresfrutos y perfumes le están reservados. Pero, para que se “desprendan” sus aromas, a veces es necesario que sople el viento de la prueba o las brisas del mediodía (v. 16). Así los afectos por Él serán reanimados, su presencia será deseada y Él mismo, respondiendo a esa invitación, se agradará en recoger, gustar y compartir lo que nuestro débil amor habrá sabido prepararle (cap. 5:1).

Cantares 5:2-16

¡Cuántas veces podemos reconocernos en el egoísmo y la culpable indolencia de la amada! Jesús golpea a la puerta de nuestro corazón. Pero la tibieza espiritual, el apego a nuestras comodidades, la negligencia para juzgarnos nos hacen hallar muchas excusas para no escuchar la voz de su Espíritu. Con tristeza el Señor pasa más allá. Entonces, para volver a hallar su comunión, sepamos desplegar el ardor de la joven esposa. Para describir a su amado, no encuentra términos bastante ardientes ni comparaciones bastante elocuentes. Y nosotros, queridos amigos, ¿qué tendríamos que decir si alguien nos preguntara respecto del Señor Jesús? (comp. Mateo 16:15-16). ¿Qué es Él para nosotros más que esto o aquello? (v. 9). ¿Sabríamos hablar de su amor y de su poder, de su humillación y de su obediencia hasta la muerte de la cruz? ¿Tendríamos algo que decir de su gracia y de su sabiduría, de las perfecciones de su andar y de su servicio? “No hay parecer en Él... para que le deseemos” decía Israel por boca del profeta (Isaías 53:2). Pero la hermosura de las glorias morales del Mesías (ocultas al pueblo incrédulo) aquí llevan a la esposa a exclamar: “Todo Él (es) codiciable”. Esta persona ¿es verdaderamente el objeto de todos nuestros deseos?

Cantares 6:1-13

La ardiente descripción que la sulamita hizo de su amado lleva a otros a buscarle. Tal debe ser el resultado de nuestro testimonio. Los que nos rodean no se confundirán a ese respecto. Sólo los acentos que surjan de la abundancia de nuestros corazones podrán conducirlos a Jesús. Las “doncellas de Jerusalén” sólo oyeron hablar del esplendor del Esposo, pero ya les es visible el de la Esposa. Ella es “la más hermosa de todas las mujeres” (v. 1, 13). La hermosura moral de la Iglesia (o Asamblea), reflejo de la de Jesús, preparará a los inconversos a recibir el Evangelio.

Pero, ante todo, esa hermosura es apreciada por el Señor (v. 4). También Él tiene los ojos puestos en aquella a quien amó hasta dar su vida por ella. ¿Y qué ve en su amada? Las perfecciones con las cuales Él mismo la vistió (comp. Ezequiel 16:7-14). Además puede llamarla “perfecta mía” (v. 9), ya que le perdonó su indiferencia y recuerda sólo una cosa: ella no tuvo vergüenza de Él; públicamente confesó su Nombre. A su turno Él la reconoce como aquella que es suya ante Dios (Mateo 10:32). Y pensamos en el próximo instante en que el divino Esposo se presentará a su Iglesia (o Asamblea) a sí mismo sin mancha ni arruga ni cosa semejante, santa e irreprochable para la eternidad (Efesios 5:27; 1:4).

Cantares 7:1-13

El salmo 45 declaraba a la Esposa terrenal: “Deseará el rey tu hermosura; e inclínate a él, porque él es tu señor”. De algún modo, el Cantar contiene la respuesta a esa invitación: “Yo soy de mi amado” dice la desposada del Rey (v. 10). Tiene conciencia de los vínculos que la unen a Él: Él es su Señor. Se gloría, no de su posición de reina, sino del amor del Esposo. Ya no es sólo su hermosura (descrita en los v. 1-9) lo que el rey desea. Ella declara con seguridad: “Conmigo tiene su contentamiento”. Se ha dicho que ahí está la nota más elevada del Cantar... y al mismo tiempo la más humilde. Estar seguro de que el Señor nos ama no es pretensión, ya que ese amor de ninguna manera está fundado en nuestros méritos. El alma está establecida en la gracia. Y esperamos que cada uno de nuestros lectores posea esa seguridad de ser amado personalmente por el Señor Jesús.

En la viña de Israel, que no ha sido guardada y lleva tanto tiempo de estéril, por fin se verán brotes y flores, promesa de una magnífica cosecha (v. 12). También ahora cada redimido es llamado a rendir culto a Dios por medio de Jesucristo, ofreciendo esos exquisitos frutos de la alabanza guardados para el Amado (v. 13; Hebreos 13:15; Deuteronomio 26).

Cantares 8:1-14

Después de todas las pruebas que habrán purificado los afectos de la Esposa judía, éstos no tendrán la feliz serenidad de los que siente hoy la Iglesia. Ésta goza de relaciones ya firmemente establecidas con Cristo. Bendito sea Dios, para nosotros ya no hay “si” ni verbo en modo potencial (v. 1 y 2). Nuestros nombres son grabados “como grabaduras de sello” sobre los hombros y el corazón de nuestro Sumo Sacerdote (v. 6; Éxodo 28:11-12 y 29). Participamos de ese perfecto amor que echa fuera el temor (1Juan 4:18). En la cruz aprendimos a conocerlo en su suprema expresión. Allí, el amor fue más grande que nuestro pecado y más fuerte que su castigo: la muerte. Aun las terribles aguas del juicio no pudieron apagarlo en el bendito corazón del Salvador (v. 7; Salmo 42:7).

En la “pequeña hermana” de Judá reconocemos a las diez tribus que sólo después de ella alcanzarán su pleno desarrollo espiritual (v. 8). Entonces reinará la paz (v. 10) y la viña entera de Israel llevará su fruto (v. 11-12). Para el verdadero Salomón habrá a la vez testimonio y alabanza (v. 13). Pero hoy el Señor desea oír nuestra voz, la de nuestros corazones. Con el Espíritu la Esposa dice: “Amén; sí, ven, Señor Jesús” (v. 14; Apocalipsis 22:17 y 20).

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