Rut

Rut 1:1-14

Como un rayo de luz después de las sombrías páginas del libro de los Jueces, Dios nos presenta la historia de Rut. Este hermoso relato nos enseña que la fe personal puede existir en todos los tiempos y en todos los pueblos, y que Dios siempre está pronto a hacer grandes cosas para responder a esa fe.

En el tiempo en que los jueces ejercían sus funciones, un hombre, Elimelec, hizo como cada uno de los israelitas “lo que bien le parecía”. Dejó la herencia del Señor y fue a establecerse con los suyos en los campos de Moab, es decir, en medio de los enemigos de su pueblo. No se gana nada con alejarse de Dios. ¿Qué resultó de aquella decisión para esa familia? ¡La muerte, las lágrimas, la miseria y la amargura!

Y ahora Noemi, viuda, y sus dos nueras, viudas también, se hallan camino de vuelta. ¿Triste regreso? Sí, pero feliz retorno para quien, habiendo agotado sus recursos, vuelve hacia Dios sus pensamientos y sus pasos. Así, el hijo pródigo, en el país lejano, al acordarse del lugar donde puede hallar pan en abundancia, se levanta y vuelve a la casa paterna (comp. el v. 6 con Lucas 15:17). Esto se llama conversión; lo sabe el lector. Pero, ¿ha hecho de ello su experiencia personal?

Rut 1:15-22; Rut 2:1-3

Orfa no vacila mucho tiempo. De un lado: la viudez, la pobreza en compañía de una mujer vieja y triste, en medio de un pueblo y un Dios desconocidos. Del otro: su propio pueblo, el afecto de los suyos, sus ídolos familiares. Sus lágrimas pronto secadas nos recuerdan a aquel joven rico que “se fue triste”, porque prefería sus riquezas, en lugar de seguir al Señor (Mateo 19:22). “Te seguiré adondequiera que vayas” dijo otro hombre a Jesús. Pero el Señor le previno: “El Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mateo 8:20; véase también Lucas 14:25 y siguientes).

Rut, en cambio, lo ha pesado todo; ha calculado los gastos. Su decisión es irrevocable, pues es la elección de la fe. Se ha apegado a Noemí, y ante todo, a su pueblo y a su Dios. Sin mirar atrás, ni dejarse detener por los temores en cuanto al porvenir, resuelve ir con su suegra y llega a Belén. Este nombre significa «casa del pan», el refugio por excelencia contra el hambre espiritual. Allí, con el permiso de Noemí, sale a buscar su sustento y Dios, con mano segura, la conduce a los campos de Booz, el hombre preparado por Él mismo para darle consuelo y reposo.

Rut 2:4-16

Rut sólo había tenido que ver con los criados de Booz. Ahora encuentra a ese “amigo… hombre poderoso en riquezas” (v. 1, V.M.), figura particularmente hermosa del Señor Jesús. Booz evoca para nosotros al Amigo supremo, bondadoso y compasivo, Aquel de quien Dios pudo decir en el Salmo 89:19: “He puesto el socorro sobre uno que es poderoso”.

Lo vemos en la ciudad de Belén, (la misma en que el Salvador debía nacer) bendiciendo y dirigiendo a sus segadores, cuidando de todo, notando a la pobre espigadora y usando de una gracia llena de delicadeza que da confianza a la temerosa joven. La invita a acercarse, habla a su corazón y la consuela.

La experiencia que Rut vivió, es necesario que cada uno de nosotros la viva también. No basta conocer a los siervos del señor (pastores, doctores (o maestros) evangelistas) y obtener de ellos algunas enseñanzas sacadas de la Palabra. Es menester estar en directa relación con Jesús. Entonces él mismo hablará a nuestro corazón. Él nos dará a conocer lo que soportó cuando vino a la tierra para sufrir y morir. En el versículo 14, Booz da a la joven “grano tostado” (V.M.), símbolo de los sufrimientos de Cristo. Él nos saciará con los tesoros de su amor.

Hay un amigo celestial,

Mejor que todo terrenal;

De Dios es Hijo, y a la vez

Es mi Señor, sí, mío es.

Rut 2:17-23; Rut 3:1-13

En Israel, cuando se segaba, los rincones del campo debían ser dejados al pobre, al extranjero o a la viuda que llegaran a espigar (Levítico 23:22; Deuteronomio 24:19). Rut tiene, por consiguiente, un triple título para aprovechar esa disposición de la gracia.

Espigar nos habla de la actividad necesaria para que nuestra alma sea alimentada de lo que el Señor nos da. A menudo esto ocurre por medio de siervos de Dios que nos ayudan a comprender mejor sus pensamientos. Esto exige cierto esfuerzo, pero el Señor, el verdadero Booz, es dadivoso y dará “medida buena, apretada, remecida y rebosando…” (Lucas 6:38). Rut desgrana su cosecha y la trae a casa. Dejemos que los nuestros aprovechen lo que el Señor nos ha hecho gozar en su Palabra.

Hemos notado la abnegación de Rut con respecto a Noemí. ¡Admiremos ahora su sumisión a ella! Jóvenes cristianas, ¡qué ejemplo les da Rut! Ella hace todo lo que le aconseja Noemí, quien, por su lado, piensa en el descanso y la dicha de su “hija” (cap. 3:1). ¿Dónde hallar ese reposo y esa felicidad sino a los pies de Booz, figura de uno más grande que él? ¡Cuántos han venido a Jesús, cansados y cargados y han hallado “descanso para sus almas”! (Mateo 11:28-29).

Rut 3:14-18; Rut 4:1-6

“No hay ninguno —afirma Jesús a sus discípulos— que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o tierras, por causa de mí… que no reciba cien veces más ahora en este tiempo…” (Marcos 10:29-30; véase también Hebreos 6:10). Rut no se había equivocado al hacer su elección. Por eso, no perdió su recompensa. Booz, quien había pedido para ella la bendición del Señor, diciendo: “Jehová recompense tu obra y tu remuneración sea cumplida” (cap. 2:12), va a ser él mismo el premio que recompensará su fe.

Ocurre lo mismo con el Señor Jesús respecto a los suyos. “Lo he perdido todo —escribe el apóstol— para ganar…” ¿qué? ¿una recompensa? No; “para ganar a Cristo” (Filipenses 3:8).

Pero primeramente es necesaria una cosa. Rut debe ser redimida. Sin demora, Booz se ocupa del asunto ya que el más cercano pariente, pese a su deseo, no lo podía hacer (v. 6). Éste nos hace pensar en la ley y en su incapacidad para salvar a los hombres o introducirlos en las bendiciones de Dios. En Booz, por el contrario, tenemos la divina gracia. Cuando ya no queda otro recurso, ella se revela en la persona de Jesús el Redentor, es decir, el que redime mediante pago.

“Con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apocalipsis 5:9).

Rut 4:7-22

Los nombres en la Biblia a veces tienen un interesante significado. Así ocurre en este libro de Rut. Tenemos a Noemí: placentera, quien llegó a ser Mara: amarga (cap. 1:20). Mahlón, primer marido de Rut, significa: desfallecimiento, gran flaqueza; en tanto que Booz, su segundo esposo, quiere decir: en él está la fuerza (1 Reyes 7:21). Finalmente, Rut puede traducirse (entre otras) por satisfecha. ¡Qué magnífico nombre!

Sujeto, por naturaleza, a un estado de miseria y de total debilidad, el pecador es introducido, por gracia, en una relación con Cristo, el Hombre celestial, en quien está la fuerza y el único capaz de satisfacerlo plenamente. Y esta gracia está aún subrayada por el hecho de que el moabita no tenía derecho a entrar “en la congregación de Jehová” (Deuteronomio 23:3). Rut no sólo es introducida en Israel, sino que formará parte de la familia de los príncipes de Judá. Siendo la madre de Obed, que significa el que sirve, llegará a ser la bisabuela de David y tomará su lugar en la genealogía del Señor Jesús. Hoy, esta misma gracia hace que un pecador, sin derecho alguno, entre en la familia de Dios a través del Redentor.

Cristo, tu gracia ilimitada,

Tan pura y grata ya para mí,

Hace que mi alma quede extasiada

Cuando a tus pies te adora a Ti.

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