Romanos

Romanos 1:1-17

Las epístolas son cartas dirigidas por los apóstoles a iglesias locales o a creyentes en particular. En ellas hallamos expuestas las verdades cristianas. Aunque fue escrita después de otras, la epístola a los Romanos ha sido colocada en primer lugar con mucha razón, pues su tema es el Evangelio. Antes de recibir una enseñanza cristiana, hay que empezar por llegar a ser cristiano. Amigo lector, si no lo ha hecho aún, hoy se le presenta esta oportunidad.

Cierto predicador del Evangelio, que tenía a su cargo una serie de reuniones en una ciudad, se limitó a leer, cada noche, los seis primeros capítulos de esta epístola, sin agregarle una sola palabra. Y cada noche hubo varias conversiones. Tal es el poder de la Palabra de Dios y la autoridad del Evangelio, “poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (v. 16).

Esta carta fue escrita mucho antes del dramático viaje relatado al final del libro de los Hechos. Por lo tanto, Pablo todavía no había visto a los romanos. Pero –he aquí la condición de un ministerio útil– estaba lleno de amor hacia ellos y ante todo hacia Aquel a quien iba a anunciarles: Jesucristo. Su nombre llena los primeros versículos. Sí, Cristo es la sustancia del Evangelio, el fundamento de toda relación entre Dios y el hombre. Además, la buena nueva del Evangelio no se limita al perdón de los pecados, sino que contiene toda la verdad de Cristo.

Romanos 1:18-32

Antes de explicar cómo Dios justifica al pecador es necesario convencer a cada uno de que es pecador. Dios va, por así decirlo, a poner toda la humanidad en el banquillo. Quizás se pensará que los paganos son excusables porque no poseen la Palabra escrita. Pero tienen a la vista otro libro siempre abierto: el de la Creación (Salmo 19:1). Sin embargo, no reconocieron ni honraron a su Autor y omitieron darle gracias (lo que es un deber universal). Todo ser humano recibió una inteligencia que le permite discernir hechos evidentes y sacar la conclusión de que hay un Dios. Pero los hombres emplearon esta facultad para imaginar ídolos y desde entonces, esclavos de los poderes del mal, se entregaron a las peores codicias.

Por cierto, no es hermoso el retrato que Dios hace aquí del hombre natural. Y… ¡ese retrato es el suyo y el mío! Pero –dirá usted, indignado– no he cometido los horribles pecados mencionados en estos versículos. ¡Veamos! Vuelva a leer los versículos 29 a 31 y examínese. Además, Dios no sólo declara culpables a los que se entregan a tales vicios, sino también a los que se complacen con los que los practican. Leer una novela que cuenta cosas inmorales, complacerse en descripciones turbias y malsanas es colocarse bajo el mismo “justo juicio de Dios” (v. 32; 2:5; Salmo 50:18).

Romanos 2:1-16

No importa lo bajo que haya caído un hombre; siempre hallará a uno más miserable que él, con quien podrá compararse ventajosamente. El adicto al juego menospreciará al bebedor y éste mirará a un malhechor con condescendencia. En realidad, todos los vicios están latentes en nuestro propio corazón. Cuando juzgamos a otros (v. 1), damos prueba de que sabemos reconocer muy bien el mal; comprobamos así que tenemos una conciencia. Y esto nos condena a nosotros mismos cuando, a su vez, practicamos semejantes cosas. Todos los hombres tienen una conciencia. “Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal” (Génesis 3:22). En su bondad, Dios se sirve de ella para guiarnos al arrepentimiento (v. 4), pero no nos autoriza en absoluto a emplearla para juzgar a nuestro prójimo. Sólo uno tiene el derecho de juzgar: Jesucristo (v. 16; Juan 5:22; Hechos 10:42). Un día manifestará a la luz todos “los secretos de los hombres”, todos sus hechos e intenciones inconfesables, ocultados con tanto cuidado (véase Mateo 10:26). Confiésele sin tardanza sus secretos, por más vergonzosos que sean. La conciencia no es una voz hostil, sino una amiga que le dice: «Habla de esto al Señor Jesús; Él se encargará de ello».

Romanos 2:17-29

Estos primeros capítulos nos hacen pensar en la sesión de un tribunal. Uno tras otro, los distintos acusados comparecen ante el Juez supremo.

Luego de la condenación del no griego –o sea el pagano (cap. 1)– y de la del hombre moral y civilizado (comienzo del cap. 2), el judío está llamado a oír los cargos que se le formulan. Se presenta con la cabeza erguida. Su nombre de judío, la ley en que se apoya, el verdadero Dios a quien dicen conocer y servir (v. 17…), todo parece indicar que su superioridad se establecerá sobre los otros procesados y logrará absolverlo... Pero ¿qué le responde el supremo Magistrado? «Yo no te juzgaré por tus títulos (v. 17), ni por tus conocimientos (v. 18), ni por tus palabras (v. 21), sino por tus actos. “Tú, pues, que enseñas a otro… tú que predicas… tú que dices…” Lo que me interesa es lo que tú haces… y también lo que no haces (Mateo 23:3). Lejos de excusarte, tus privilegios agravan tu culpabilidad».

El pecado de los paganos es llamado impiedad o iniquidad (1:18): una marcha sin ley y sin freno según los caprichos de la voluntad propia (1 Juan 3:4). El pecado de los judíos se llama transgresión o infracción (v. 23), es decir, la desobediencia a los mandamientos divinos conocidos. Y hoy, ¡cuánto más responsables son los cristianos! ¡Ellos poseen toda la Palabra de Dios!

Romanos 3:1-18

¿Quién tiene razón? ¿Dios –que condena– o el acusado que se defiende? “Antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso”, exclama el apóstol (v. 4). La Palabra de Dios no está anulada por el hecho de que ella no haya sido creída por los judíos, sus depositarios (v. 3; Hebreos 4:2). Con la más grande inconsecuencia, estos últimos se vanagloriaban de poseer la ley (2:17) pese a que ella atestiguaba en su contra. Es como si un criminal que, deseando proclamar su inocencia, entregara él mismo a la policía la prueba del delito, estableciendo así su culpabilidad. Por eso el Espíritu de Dios, como el procurador en un tribunal, hace leer delante del acusado judío toda una serie de versículos irrefutables sacados de sus propias Escrituras (v. 10-18). Pero el acusado podía sostener otro argumento: «Yo no niego mi injusticia, pero de hecho ella resalta la justicia de Dios; así que en el fondo aquélla le es útil». ¡Horrible mala fe! Si fuera así, Dios tendría que renunciar al enjuiciamiento del mundo (v. 6) y estarle agradecido porque la maldad de éste resaltaría la fidelidad divina.

Pero entonces Dios dejaría de ser justo y se negaría a sí mismo (2 Timoteo 2:13). Antes del veredicto final, Dios aparta los últimos razonamientos tras los cuales su criatura siempre busca escudarse.

Romanos 3:19-31

Delante del tribunal de Dios, ahora toda boca permanece cerrada. Los acusados, sin excepción, han sido hallados culpables (v. 19). “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (v. 23). Y la sentencia terrible: “Ciertamente morirás”, anunciada por Dios desde antes de la caída del hombre (Génesis 2:17), va a ser confirmada: “La paga del pecado es muerte” (6:23). Para el incrédulo, sea pagano (gentil) o judío, ese juicio es definitivo; y el tribunal delante del cual comparecerá un día es una pavorosa realidad (Apocalipsis 20:11- 15). Pero he aquí el abogado que interviene a favor de los que, tanto judíos como paganos (gentiles), lo han elegido por la fe. Él no trata de minimizar las faltas cometidas, como lo hacen los abogados ante los tribunales humanos. Al contrario, asume la defensa diciendo: «La sentencia es justa, pero ya ha sido ejecutada; la deuda está pagada; una muerte –la mía– ha pagado la espantosa pena por sus pecados».

Sí, la justicia de Dios está satisfecha, pues un crimen expiado no puede ser tenido en cuenta por segunda vez. Y si Dios es justo condenando el pecado, es igualmente justo eximiendo de culpa al pecador “que es de la fe de Jesús” (v. 26).

Romanos 4:1-12

Si una escalera es demasiado corta para llegar hasta un objeto ubicado muy alto, un hombre subido sobre el peldaño más elevado de la escalera no tiene más facilidad para alcanzar dicho objeto que los que se encuentran por debajo de él. En el capítulo anterior leímos: “no hay diferencia” (3:22); el judío no alcanza la gloria de Dios más que el griego. Nadie tiene acceso por la escalera de su propia justicia, pues ella siempre será insuficiente. Una prueba de ello nos lo da el hecho de que aun Abraham (v. 3) y David (v. 6), quienes hubiesen tenido el derecho a estar en lo más alto de esta escalera de obras, no se sirvieron de ellas para ser justificados ante Dios. Y si ellos no lo hicieron, ¿quién podría pretender hacerlo? Para demostrar mejor que la salvación por gracia no tiene ninguna relación con las pretensiones carnales y “la jactancia” del pueblo judío (3:27), los versículos 9 y 10 recuerdan que el patriarca Abraham recibió la justicia por la fe antes de la señal de la circuncisión (véase Génesis 15:6; 17:24). En el momento en que Dios lo justificó, él se parecía a los paganos.

Para ser salvo hay que comenzar por reconocerse culpable, es decir, declarar estar de acuerdo con la sentencia divina señalada en el capítulo precedente. Dios justifica “al impío”, y solamente a él (v. 5; compárese con Mateo 9:12).

Romanos 4:13-25

Si Dios es poderoso para cumplir lo que prometió (v. 21), el hombre, por su parte, es totalmente impotente para cumplir con sus propias obligaciones. Por ello las promesas hechas a Abraham (y al cristiano) no implican ninguna condición. Basta creer. En apariencia, todo contradecía lo que Dios había asegurado a Abraham. Pero éste “tampoco dudó… plenamente convencido…” (v. 20-21). ¿De dónde sacaba esta fe inconmovible? Del hecho de que conocía al que le había formulado la promesa y sabía que podía depositar toda su confianza en Él. La firma (como garantía de una promesa) de alguien a quien respetamos tiene más valor para nosotros que la de un desconocido. La fe cree en las promesas porque cree en Dios que las ha hecho (v. 17 y 3; compárese con 2 Timoteo 1:12). Ella se aferra a las grandes verdades afirmadas por Su Palabra: la muerte del Señor Jesús para expiar nuestras faltas y su resurrección para justificarnos ante Dios (v. 25).

Querido amigo: habiendo llegado a este punto de su lectura, ¿puede decir con todos los creyentes: Poseo esta fe que da la salvación? ¿Puede usted afirmar: Jesús se entregó por mis pecados? ¿Y también: Dios lo resucitó para mi justificación?

Romanos 5:1-11

Una vez redimido y justificado, el cristiano resplandece de alegría (v. 1). De ahí en adelante, la paz con Dios es su parte inestimable. Está reconciliado con el Juez soberano por el mismo acto que hubiera debido atraer sobre él la cólera divina para siempre: ¡la muerte de Su Hijo! (v. 10). En realidad, el amor de Dios no se parece a ningún otro amor. Se trata de su propio amor y todos sus motivos están en él mismo. Dios amó a pobres seres –que no eran dignos de amor– antes de que ellos dieran el menor paso hacia él, cuando todavía estaban sin fuerza y eran impíos (v. 6), pecadores (v. 8) y enemigos (v. 10; 1 Juan 4:10 y 19). Este amor ahora ha sido vertido en nuestro corazón por el Espíritu Santo (v. 5).

Frente al mundo que se gloría de beneficios presentes y pasajeros, el creyente, lejos de sentirse avergonzado (v. 5), puede prevalerse de su inefable porvenir: la gloria de Dios (v. 2). Y más aun, cosa paradójica, puede encontrar gozo en sus tribulaciones presentes, porque ellas producen frutos preciosos (v. 3-4) que vuelven su esperanza más viva y ferviente. “Y no sólo esto…” (v. 11): tenemos el derecho de gloriarnos en los dones, pero más aun en aquel que nos los dispensa: Dios mismo, quien llegó a ser nuestro Dios por el Señor Jesucristo.

Romanos 5:12-21

Para una persona que se haya convertido estando en su lecho de muerte, la epístola hubiese podido terminar con el versículo 11. La cuestión de sus pecados ha sido resuelta; por ello es apta para la gloria de Dios. Pero al que sigue viviendo sobre la tierra, en adelante se le plantea un problema doloroso: lleva en él su vieja naturaleza, “el pecado”, la cual sólo es capaz de producir, como antes, frutos corrompidos. ¿Corre el peligro de perder, pues, su salvación? Lo que sigue, del capítulo 5:12 al capítulo 8, nos enseña cómo Dios proveyó: Él condenó no sólo mis actos, sino aun la voluntad perversa que los hizo nacer, es decir, el “viejo hombre” (6:6), estrictamente conforme a Adán, su antepasado. Imaginemos que un impresor poco cuidadoso, al componer el cliché de un libro, haya dejado pasar errores graves que falseen completamente el pensamiento del autor. Estas faltas se reproducirán en todo el tiraje tantas veces como ejemplares se impriman. La encuadernación más bella no cambiará nada. Para tener un texto fiel, el escritor tendrá que mandar imprimir una nueva edición a partir de otro cliché. El primer Adán es como ese mal cliché, de manera que existen tantos pecadores como hombres. Pero Dios no ha buscado mejorar la raza adámica. Él ha suscitado un nuevo hombre, Cristo, y nos ha dado su vida.

Romanos 6:1-14

¡Es muy fácil!, dicen algunos. Si la gracia sobreabunda y nuestras injusticias sirven para hacerla brillar aun más, aprovechemos para dejarnos llevar por todos los caprichos de nuestra voluntad carnal (v. 1 y 15). Pero ¿puede uno imaginarse al hijo pródigo (Lucas 15:11-32), luego de haber visto la acogida que el padre le dio, deseando volver al país lejano y diciéndose: «Ahora sé que siempre seré recibido en mi casa cada vez que tenga ganas de volver»? No, tal razonamiento no es el de un verdadero hijo de Dios. Primero, porque él sabe lo que la gracia costó a su Salvador y teme entristecerle y, luego, porque el pecado debe haber perdido todo su atractivo para él. En efecto, un cadáver ya no puede ser seducido por los placeres y las tentaciones. Mi muerte con Cristo (v. 6) quita al pecado toda fuerza y autoridad sobre mí. ¡Qué maravillosa redención!

Los versículos 13 a 18 del capítulo 3 muestran que todos los miembros del hombre (lengua, pies, ojos…) son “instrumentos de iniquidad” al servicio del pecado (v. 13). Sin embargo, en el momento de mi conversión, esos mismos miembros cambian de propietario y se convierten en “instrumentos de justicia” a disposición de Aquel que tiene todos los derechos sobre mí.

Romanos 6:15-23

Por encima de todo, el hombre se preocupa por su libertad. Sin embargo, ésta es una completa ilusión. Alguien escribió: «La libre voluntad no es más que la esclavitud del diablo». Sin embargo, el hombre no lo advierte sino después de su conversión. Sólo al tratar de retomar el vuelo, el pájaro cautivo siente que le han cortado las alas. “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado…”, enseña el Señor Jesús. Pero agrega: “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:34, 36). ¡Libres… no de hacer nuestra propia voluntad, pues eso sería colocarnos bajo la misma esclavitud! Que nos baste el haber cumplido en “el tiempo pasado” (v. 21; 1 Pedro 4:3) la voluntad del hombre pecador y saber que la consecuencia de ese trabajo hecho para Satanás, el impostor, requirió un trágico salario: la muerte que Cristo padeció en nuestro lugar (v. 23). Si somos libres, es para servir a Dios y obedecerle de corazón (v. 17; 2 Corintios 10:5). Tal fue el ejemplo de un joven africano, esclavo de un amo cruel, a quien un viajero compasivo rescató y le dio la libertad. En vez de ir a vivir su vida, pidió que se le permitiera permanecer junto a su benefactor. Su deseo máximo era servirle en adelante.

Romanos 7:1-11

La ley no solamente reprime los pecados que he cometido, sino que juzga mi naturaleza pecadora, por ejemplo, mi incapacidad para amar a Dios y a mi prójimo como ella lo prescribe. El pecado me coloca, pues, inexorablemente bajo la condenación de la ley de Dios… Pero de ella estoy liberado de la misma forma en que he sido liberado del pecado: por la muerte (es decir, mi muerte con Cristo, v. 4). Cuando un culpable muere, la justicia humana no puede hacer nada más contra él.

Entonces, ¿la ley es algo malo, ya que Dios ha debido protegerme contra su rigor? “En ninguna manera”, exclama nuevamente el apóstol (v. 7). Si en un museo tomo en mi mano un objeto expuesto, seguramente no tengo conciencia de cometer una infracción, pues no hay ninguna indicación que me lo prohíba. En cambio, soy plenamente culpable si existe un cartel que prohíba tocar ese objeto. Pero al mismo tiempo esta inscripción despertará en muchos visitantes el deseo de tocar los objetos expuestos. La naturaleza orgullosa del hombre lo lleva a infringir todo reglamento para afirmar su independencia. Así, por la ley, Dios me sorprende en flagrante delito de desobediencia y pone en evidencia la codicia que está en mí, para darme una mayor conciencia de mi pecado.

Romanos 7:12-25

Estos versículos se han comparado con los vanos esfuerzos de un hombre atrapado en arenas movedizas. Cada movimiento que hace para liberarse lo hunde aún más. Al verse perdido, grita pidiendo socorro. Moralmente, este drama ilustra la historia de muchos hijos de Dios durante un período que sigue a su conversión. El apóstol se pone en el lugar de tal creyente y nos describe su desesperación (si no fuera salvo, por un lado no tendría estas luchas, y por otro no encontraría su felicidad en la ley de Dios; v. 22). «¡Ay!, exclama este hombre. En lugar de ir de progreso en progreso, me siento cada día más malo. He descubierto sucesivamente que estaba “bajo pecado” (3:9), que éste reinaba sobre mí (5:21), que me dominaba (6:14), que me tenía cautivo (7:23) y que “mora en mí” (7:17, 20), tal como una enfermedad insidiosa que hubiera tomado posesión de mis centros vitales. Cuerpo de muerte, ¿quién me liberará de él? Yo me reconozco incapaz, sin fuerzas; entonces estoy dispuesto a recurrir a Otro. Y Jesús me toma de la mano».

¡Dolorosa pero necesaria experiencia! Desde el momento en que no espero más nada de mí, puedo esperarlo todo de Cristo.

Romanos 8:1-11

Una paz maravillosa sigue a los tormentos del capítulo 7. Como culpable, he aprendido que no hay más condena para mí, pues estoy en Cristo Jesús, lugar de perfecta seguridad. Como hombre miserable (7:24), sin fuerzas para hacer el bien, he descubierto un poder llamado “la ley del Espíritu de vida”, el que al fin me libera de “la ley del pecado”, es decir, de su dominio. Tales son las dos grandes verdades que comprendo por la fe.

El más hábil escultor, aunque disponga de la mejor herramienta, no podrá cincelar nada en madera apolillada. Dios es ese hábil obrero, y la ley es esa buena herramienta (7:12). Pero, por buena que sea la ley (7:12), ha sido hecha “débil” e ineficaz por una “carne” rebelde, corrompida y roída por el gusano del pecado (v. 3, 7). Nosotros estábamos en “la carne” (v. 9), obligados a actuar según su voluntad. En lo sucesivo estamos en Cristo Jesús, andando “conforme al Espíritu” (v. 4). Es cierto que, aunque ya no estamos más “en la carne”, la carne está todavía en nosotros. Pero al creer, el mismo Espíritu de Dios vino a habitar en nosotros como el verdadero amo. La carne, “el viejo hombre”, antiguo propietario, no es más que un inquilino indeseable, encerrado en un cuarto. Ya no tiene ningún derecho… pero es necesario que yo vele para no abrirle la puerta.

Romanos 8:12-21

Así que ya no somos deudores de la carne, acreedor insaciable y cruel (v. 12), pues nos convertimos en hijos de Dios, y nuestro Padre no admite que seamos esclavos. Él mismo pagó todo lo que debíamos, a fin de que fuéramos libres y sólo dependiésemos de él.

Antiguamente, el esclavo romano podía ser liberado y aun excepcionalmente adoptado por su amo con todos los derechos hereditarios; débil imagen de lo que Dios ha hecho con pobres seres caídos, manchados y sublevados contra Él. No solamente les ha otorgado perdón, justicia y plena liberación, sino que los ha hecho miembros de su propia familia. Y ellos están sellados con su Espíritu, merced al cual también los hijos conocen su relación con el Padre. “Papá” (Abba, en hebreo) es a menudo la primera palabra inteligible que articula un niño (v. 15-16; véase también 1 Juan 2:13 fin).

Además de esta convicción que él nos da, el Espíritu nos enseña a hacer morir las obras de la carne, es decir, a no dejar que se manifiesten (v. 13). Y al dejarnos conducir por Él, la gente verá en nosotros que somos hijos de Dios (v. 14; véase Mateo 5:44-45) mientras esperamos ser manifestados como tales a toda la creación (v. 19).

Romanos 8:22-30

En esta tierra, manchada por el pecado, reinan la injusticia, el sufrimiento y el temor. El hombre ha sojuzgado toda la creación, inclusive el cosmos, poniéndola al servicio de su vanidad, de su corrupción... (v. 20-21). Los suspiros de todos los oprimidos suben hacia el gran Juez (Lamentaciones 3:34-36). Nosotros mismos también suspiramos en “el cuerpo de la humillación nuestra” (Filipenses 3:21). Sentimos la fatiga del pecado que nos rodea y al que, además, nos es necesario juzgar continuamente en nosotros mismos. Nuestra flaqueza es grande: no sabemos cómo orar ni qué pedir. Por eso una función del Espíritu es interceder a nuestro favor en un lenguaje que Dios comprende (v. 27). No sabemos lo que es bueno para nosotros, pero el versículo 28 nos revela que todo lo que nos sucede ha sido preparado por Dios, y finalmente se inscribe en “su propósito” o plan, cuyo centro es Cristo. Porque para dar a su Hijo compañeros en la gloria, Dios conoció de antemano, predestinó, llamó, justificó y glorificó a estos seres, anteriormente miserables y perdidos, a quienes actualmente prepara para su destino celestial (v. 29). Sublime cadena de los consejos divinos, la cual liga la eternidad pasada a la eternidad futura y da su sentido al momento presente.

Romanos 8:31-39

Tal despliegue de los propósitos eternos de Dios deja al redimido sin palabras. ¡Toda pregunta que pudiera formularse ha encontrado su perfecta respuesta! Dios está con él; luego, ¿qué enemigo se arriesgaría siquiera a tocarlo? Dios lo justifica; entonces, ¿quién osaría acusarlo en lo sucesivo? El único que podría condenarlo –Cristo– ha llegado a ser su soberano intercesor. Y ¿qué podría rehusar un Dios que en la persona de su Hijo nos ha hecho el más grande de todos los dones? Dará también “con él todas las cosas” (v. 32). Sí, aun las pruebas dolorosas que él considere necesarias (v. 28). Parece que éstas tendieran más bien a separarnos del amor de Cristo al producir en nosotros el desagrado o el desaliento. ¡Al contrario! “Todas estas cosas” nos permiten probar la excelencia de este amor como no hubiésemos podido conocerlo de otra manera. Cualquiera sea la forma de la prueba: tribulación, angustia, persecución, en cada una la gracia variada del Señor se manifiesta de una manera particular: apoyo, consuelo, ternura, perfecta simpatía… A cada sufrimiento le responde una forma personal de su amor. Y cuando la tierra y los sufrimientos acaben para siempre, permaneceremos por la eternidad como objetos del amor de Dios.

Romanos 9:1-18

Los capítulos 1 a 8 nos recuerdan la historia del hijo pródigo: su pecado había abundado, pero la gracia sobreabundó. Luego de ser revestido con el manto de justicia, no permaneció como un asalariado en la casa de su padre, sino que en adelante gozó con él de una plena y libre relación (véase Lucas 15:11-32).

Del capítulo 9 al 11 se trata del hijo mayor, es decir, del pueblo judío, de sus privilegios naturales y también de su envidia. Como el padre de la parábola, el apóstol deseaba que Israel comprendiera qué es la gracia soberana. Ella no está ligada a ventajas hereditarias. No todos los descendientes de Abraham eran hijos de la promesa. Esaú, por ejemplo, ese profano que a pesar de ser hermano gemelo de Jacob, no pudo heredar su parte en la bendición, y respecto de quien Dios expresó este terrible sentimiento: “A Esaú aborrecí” (v. 13). Sin duda alguna, antes de esto Su amor había agotado todos sus recursos. Basta pensar en las lágrimas del Señor Jesús sobre Jerusalén culpable (Lucas 19:41), dolor del cual el apóstol hace un eco punzante en los versículos 2 y 3. Repitámoslo: los derechos de nacimiento no aseguran a nadie los beneficios de la salvación por gracia. Hijos de padres cristianos: esto se dirige a ustedes de la manera más solemne.

Romanos 9:19-33

En su audaz incredulidad los hombres se permiten juzgar a Dios según su propia medida. «Ya que en definitiva, dicen algunos, él hará sólo lo que haya querido; ¿de qué puede hacernos responsables? (v. 19). A pesar de lo que un individuo haga –agregan– si está predestinado, tarde o temprano será salvo. Pero si no es elegido, todos sus esfuerzos para cambiar su suerte final serán vanos». De ese falso punto de partida derivan otras preguntas como éstas: ¿No es Dios injusto por haber elegido a unos y no a otros? Conociendo de antemano el destino de los perdidos, ¿por qué haberlos creado? ¿Cómo un Dios bueno puede condenar a su criatura al infortunio?… Este capítulo nos enseña que Dios no preparó ningún vaso para deshonra (o de ira). Al contrario, los soportó –y los soporta aún– “con mucha paciencia” (v. 22). Son los propios pecadores quienes se preparan continuamente para la perdición eterna. A todos los razonadores podemos responder que una cosa es segura: Dios los ha llamado a ustedes que tienen su Palabra en las manos. Él ha querido también hacer de ustedes vasos de misericordia. Solamente su rechazo puede impedirle realizar su plan de amor (léase 1 Timoteo 2:3-4).

Romanos 10:1-13

El afecto del apóstol por su pueblo se manifestaba en gran manera por las oraciones (v. 1). Este es igualmente nuestro primer deber para con los inconversos que se hallan entre nuestros allegados. Por experiencia propia, Pablo sabía que se puede ser “celoso de Dios” y, sin embargo, andar por un camino equivocado. ¡Cuántas obras, a menudo generosas y sinceras, están destinadas a fracasar porque no son “conforme a ciencia” (es decir, no concuerdan con el divino pensamiento; v. 2). Y esto, máximo cuando se trata de los vanos esfuerzos desplegados por muchas personas que quieren ganarse el cielo, mientras que sólo basta asirse de la palabra que está “cerca de ti” (v. 8). Hacen pensar en un hombre que ha caído a un precipicio y persiste en intentar subir por sus propios medios en lugar de confiar en la cuerda de salvamento que le ha sido arrojada.

Los versículos 9 y 10 nos recuerdan que la fe del corazón y la confesión de la boca son inseparables. Se puede dudar de la realidad de la conversión de quien no tiene el ánimo de confesarla.

En el versículo 22 del capítulo 3 “no hay diferencia” frente al pecado. Aquí, en el versículo 12, “no hay diferencia” en cuanto a la salvación. Todos pueden obtenerla. El Señor es suficientemente rico para satisfacer las necesidades de todos los que le invocan.

Romanos 10:14-21

“La fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios” (v. 17). Es, pues, indispensable que esta palabra eficaz sea proclamada a través del mundo. “Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación”, escribía el profeta Isaías (52:7). Entonces se trataba de Cristo solamente. En adelante es cuestión de “los que anuncian la paz”, pues los redimidos a su vez se vuelven predicadores. En efecto, si cada uno de ellos quisiera ser, allí donde el Señor lo envía, un mensajero lleno de fervor, los llamados del Evangelio resonarían hasta los extremos de la tierra (v. 18). El versículo 15 nos muestra de qué manera deben predicar los creyentes: no solamente con sus palabras, sino también por la hermosura moral de su andar, sus pies calzados con “el apresto del evangelio de la paz” (Efesios 6:15). La entristecida pregunta: “¿Quién ha creído?” (Isaías 53:1), subraya que muchos corazones permanecerán cerrados. Era el caso de Israel, a pesar de las advertencias de todo el Antiguo Testamento: Moisés (Romanos 10:19), David (v. 18), Isaías (v. 15-16, 20-21), es decir, la Ley, los Salmos y los Profetas. Pero tengamos cuidado de no ser nosotros también desobedientes y contradictores (v. 21).

Romanos 11:1-15

A pesar de su incredulidad, Israel no había sido definitivamente rechazado. El apóstol mismo era un testigo de lo que la gracia aún podía realizar en favor del judío rebelde (v. 1). Ya en su época, Elías creía erróneamente que todo el pueblo había abandonado a Dios. Presa del desánimo, incluso había llegado a invocar “a Dios contra Israel” (v. 2). ¡Pero qué gracia hubo en la respuesta divina!: “Me he reservado siete mil hombres, que no han doblado la rodilla delante de Baal” (v. 4). En todos los tiempos el Señor se ha reservado un remanente fiel que se niega a inclinarse ante los ídolos del mundo. Nosotros, ¿formamos parte de él actualmente (v. 5)? El versículo 9 nos da un ejemplo de lo que puede ser un ídolo: los placeres de la mesa (o del buen comer) se convierten en una trampa para los incrédulos, y el Salmo 69:22 agrega: “… lo que es para bien…” (o sea, su prosperidad) les es una trampa.

Luego de múltiples llamados, Israel finalmente fue enceguecido en provecho de las naciones. Pero el ardiente deseo del apóstol seguía siendo éste: que los celos del pueblo judío hacia los nuevos beneficiarios de la salvación (envidia de la cual él mismo había sufrido tanto: Hechos 13:45; 17:5; 22:21-22), lo incitara a buscar la gracia que había despreciado hasta ese momento (Romanos 11:14; 10:19).

¡Que al ver nuestras bendiciones cristianas, los que nos rodean deseen poseerlas también!

Romanos 11:16-36

Para ilustrar la posición de Israel y la de las naciones respectivamente, el apóstol toma como ejemplo un buen olivo que representa al pueblo judío. “Por su incredulidad” (v. 20), una parte de sus ramas ha sido arrancada y en su lugar han sido injertadas ramas provenientes del olivo silvestre de las naciones. Ahora bien, todos sabemos que un jardinero siempre hace lo contrario: injerta en el árbol silvestre el retoño de la especie que espera cosechar. Esta introducción “contra naturaleza” (v. 24) de los gentiles en el tronco de Israel subraya, pues, la inmensa gracia que nos ha hecho, a nosotros que no somos judíos, los beneficiarios de las promesas hechas a Abraham. ¡Enorgullecerse de ello sería la más grande de las inconsecuencias! (v. 20).

Llegará el momento, luego del arrebatamiento de los creyentes, en que la cristiandad infiel será juzgada a su vez. Después, todo el remanente de Israel será salvado por su gran Libertador (v. 26).

Las naciones no tenían ningún derecho de origen, e Israel había perdido los suyos. Todos estaban, pues, en el mismo estado irremediable, sin otro recurso que la misericordia divina. El apóstol se detiene con adoración frente a esos consejos insondables, esas profundidades “de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios” (v. 33).

Romanos 12:1-8

Hasta aquí hemos visto lo que Dios hizo por nosotros. Los capítulos 12 a 15 nos enseñan lo que él ahora espera de nosotros. El Señor ha adquirido todos los derechos sobre nuestras vidas. Presentémosle lo que le pertenece: nuestros cuerpos, como sacrificio vivo (en contraste con las víctimas muertas del culto judaico) a fin de que él actúe a través de ellos. Pero, antes de servir, es necesario que nuestra inteligencia renovada discierna la voluntad del Señor (Colosenses 1:9-10). Cualesquiera sean las apariencias, tal voluntad siempre es buena, agradable y perfecta (pesemos estas palabras) por el solo hecho de que es Su voluntad (Romanos 12:2; Juan 4:34). También es importante controlar nuestros pensamientos y juzgarlos, de manera que sean pensamientos de humildad y no de satisfacción propia, sino puros y no manchados.

Los versículos 6 a 8 enumeran algunos dones de gracia: el de profecía, el de servicio, el de enseñanza, el de exhortación, el de administración, el de guía del rebaño… «Ninguna de estas actividades me conciernen, dirá un joven, pues son para cristianos de edad y experiencia». De todos modos, la última de ellas, la misericordia, mencionada en el versículo 8 es para usted –quienquiera que sea e independientemente de su edad– e igualmente lo es la generosidad, porque “Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7).

Romanos 12:9-21

En los versículos 1 a 8 se trata de nuestro servicio delante de Dios; los versículos 9 a 16 enumeran principalmente nuestros deberes hacia nuestros hermanos, en tanto que desde el versículo 17 a 21 se trata de nuestra responsabilidad con respecto a todos los hombres. Cada una de estas exhortaciones, que debe ser meditada, encuentra su aplicación en nuestra vida diaria, pues la autoridad de la Palabra se extiende tanto a nuestra vida familiar como a nuestro trabajo, tanto a los días de semana como al domingo, tanto a los días de alegría como a los de tristeza (v. 15)… No hay ninguna circunstancia en la que no podamos o no debamos comportarnos como cristianos.

El versículo 11 nos alienta a la actividad. Sin embargo, los diversos servicios puestos ante nosotros: beneficencia, hospitalidad (v. 13)… deben reunirse en la expresión “sirviendo al Señor” (y no a nuestra reputación).

Gozarse en lo que es humilde y con los humildes (v. 16), soportar con paciencia injusticias o ultrajes (v. 17-20) son cosas contrarias a nuestra vieja naturaleza, pero así se manifestará la vida de Cristo en nosotros, tal como se manifestó en él (1 Pedro 2:21-23). Hacer el bien es la única réplica al mal que nos es permitida y es también la única manera de superarlo.

Romanos 13:1-14

Estar sometido a las autoridades es estarlo a Dios mismo quien las ha establecido, salvo que lo que se nos exija esté en contradicción evidente con la voluntad del Señor (Hechos 4:19; 5:29). El cristiano, que aprovecha la seguridad y los servicios públicos prestados por el Estado, debe comportarse como buen ciudadano, pagar escrupulosamente sus impuestos (v. 7), respetar las leyes y los reglamentos: policía, aduana, etc. “No debáis a nadie nada” (v. 8) es una exhortación que siempre debemos recordar en nuestra época, en la que es habitual comprar mediante préstamo. Las deudas pueden volverse una trampa bajo tres aspectos diferentes: 1° Empeñando un futuro que no nos pertenece. 2° Ligándonos a los hombres en vez de a Dios (Jeremías 17:7). 3° Traduciendo un espíritu de impaciencia y de propia voluntad. Sólo una deuda debe ligarnos: el amor que resume todas las instrucciones de este capítulo: amor para con el Señor (1 Pedro 2:13), amor para con nuestros hermanos, amor para con todos los hombres.

Un motivo esencial para permanecer fieles es que “la mañana viene” (Isaías 21:12). Mientras dure la noche moral de este mundo, los creyentes somos invitados a vestirnos con “las armas de la luz” (v. 12; Efesios 6:13). Sí, revestirnos del propio Señor Jesucristo: hacerlo visible en nosotros como se luce una vestimenta sin mancha. Despertémonos, amigos, no es el momento de flaquear. ¡El Señor viene!

Romanos 14:1-18

El libro de los Hechos muestra cómo los cristianos salidos del judaísmo tenían dificultad para desprenderse de las formas de su religión. Aún son numerosos en la cristiandad actual los creyentes que atribuyen suma importancia a las prácticas exteriores: La abstención de ciertos alimentos, la observancia de las fiestas… ¡Cuidémonos de criticarlos! No tengo derecho a dudar de que un cristiano no actúe “para el Señor” (v. 6) del cual es un servidor responsable. De manera general, el estar dispuesto a juzgar a los otros siempre es la prueba de que conozco mal mi propio corazón. Porque si estoy verdadera y simultáneamente embargado por el horror de mí mismo y por el sentimiento de la gracia de Dios que me sostiene, todo espíritu de superioridad desaparece de mi pensamiento. Además, ¿podría erigirme en juez cuando yo mismo voy a comparecer pronto para responder por mis actos ante el tribunal de Cristo (v. 10), aunque desde ya esté justificado? No solamente debo abstenerme de juzgar los motivos del comportamiento de mi hermano, sino que debo velar para no escandalizarlo con el mío. Soy exhortado a abstenerme de lo que podría destruir (lo contrario de edificar) a otro creyente. Para esto el versículo 15 me da el argumento decisivo, a saber: ese hermano es aquel “por quien Cristo murió”.

Romanos 14:19-23; Romanos 15:1-13

Estos versículos continúan el tema de nuestras relaciones con otros creyentes. Además de la advertencia a no escandalizarlos, encontramos otras recomendaciones claras: 1) Procurar las cosas que tienden a la paz y… a la mutua edificación (v. 19). Las críticas conducen al resultado inverso. 2) Llevar, principalmente en oración, las imperfecciones de los débiles (lo que no significa de ninguna manera ser indulgente en cuanto a los pecados), recordando que nosotros también tenemos la más grande necesidad de ser sostenidos por nuestros hermanos a causa de nuestras propias flaquezas. 3) No buscar lo que nos es agradable, sino lo que beneficie a nuestro prójimo. Así seguiremos las huellas del perfecto Modelo (Romanos 15:2-3). Muchos lectores de los evangelios han quedado impresionados por esta comprobación: Jesús nunca hizo nada para sí mismo. 4) Dedicarse a tener un mismo sentir para que la comunión en el culto no sea alterada, y “recibir” a los otros con la misma gracia con que él nos ha recibido (v. 7).

Señalemos los nombres dados aquí al “Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”: “Dios de la paciencia y de la consolación” (v. 5). Él nos dispensa estas dádivas por su Palabra (v. 4). También es “el Dios de esperanza” (v. 13) y quiere que abundemos en ella. Finalmente es “el Dios de paz”, quien desea estar con todos nosotros (v. 33).

Romanos 15:14-33

El apóstol tenía la mejor opinión de los cristianos de Roma (v. 14). Suponer el bien en nuestros hermanos es tener confianza en Cristo que está en ellos. También es estimularlos a mantenerse en ese nivel. Con conmovedora humildad Pablo anuncia su visita a los romanos, no como si sus exhortaciones les fueran necesarias, sino reconociéndoles la capacidad de exhortarse mutuamente. Tampoco se expresa como si ellos fueran a tener el honor de su presencia, sino como quien desea disfrutar de la presencia de ellos (v. 24). Finalmente, el gran apóstol dice a sus hermanos de Roma que tiene necesidad de sus oraciones (v. 30).

Impulsado por su celo por el Evangelio, Pablo había tratado a menudo de dirigirse a Roma. Pero Dios en su sabiduría se lo impidió. En los versículos 20 a 22 da la razón de su tardanza en visitar a los creyentes de esa ciudad. De hecho, esta capital del Mundo Antiguo no debía volverse el centro de su obra, para que la iglesia de Roma no pudiese alegar que había sido fundada por un apóstol y así hacerse superior a las demás asambleas… Un hermano dijo: «La Iglesia (entera) es la verdadera capital celestial y eterna de la gloria y de los caminos de Dios». El deseo del apóstol: “que sea recreado juntamente con vosotros”, fue cumplido: “Al verlos, Pablo dio gracias a Dios y cobró aliento” (Hechos 28:15).

Romanos 16:1-16

El capítulo 12 enseña lo que debe ser la consagración y el servicio cristianos. El capítulo 16, a su vez, nos muestra la práctica por parte de los creyentes de Roma a los cuales el apóstol dirige sus saludos. Aquí tenemos, escribió alguien, «una página típica del libro de la eternidad… No hay un solo acto de servicio que prestemos a nuestro Señor, que no sea sentado por escrito en su libro, y no solamente la sustancia del acto, sino también la manera en que es hecho…». Por eso, en el versículo 12, Trifena, Trifosa y Pérsida, la amada, no son nombradas juntamente, pues si bien las dos primeras trabajaban en el Señor, la tercera había “trabajado mucho”, y sus servicios no son confundidos. Aquel que no se equivoca lo considera y lo anota todo.

Pablo, por su parte, no olvidaba lo que había sido hecho para él (v. 2 y 4). Aquí encontramos a sus “compañeros de obra”, Priscila y Aquila (Hechos 18). La iglesia simplemente se reunía en su casa. ¡Qué contraste con las ricas basílicas construidas desde entonces! Los saludos en Cristo contribuyen a estrechar los lazos de comunión fraternal. Nosotros no deberíamos olvidar de transmitir aquellos que nos han sido confiados.

Romanos 16:17-27

Los motivos de alegría que Pablo encontraba en los creyentes de Roma (v. 19) no le hacían perder de vista los peligros a los que estaban expuestos. Antes de cerrar su epístola los previene contra los falsos maestros, reconocibles por el hecho de que buscan complacerse a sí mismos, sirviendo a sus propias ambiciones y codicias (“sus propios vientres”, v. 18; véase Filipenses 3:19). El remedio no consiste en discutir con esa clase de gente, ni en estudiar sus errores, sino en alejarse de ellos, siendo sencillos en cuanto al mal (Proverbios 19:27). Sin embargo, esas manifestaciones del mal no nos dejan insensibles. Por ello, para alentarnos, el Espíritu nos afirma que pronto el Dios de paz aplastará a Satanás bajo nuestros pies (v. 20). Numerosos parientes de Pablo se encontraban entre los primeros cristianos, fruto, sin duda, de sus oraciones (9:3 y 10:1). ¡Cuánto estimula esto nuestra intercesión por los nuestros que aún no se han convertido!

Lo que Dios espera de nuestra fe es la obediencia (v. 19 y 26 fin), y lo que nuestra fe puede esperar de él, mediante “nuestro Señor Jesucristo”, es el poder (v. 25), la sabiduría (v. 27) y la gracia (v. 20 y 24). Sumémonos al apóstol para darle gloria, expresándole nuestro agradecimiento y, sobre todo, viviendo para agradarle.

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