Salmos

Salmo 1

A los salmos o «alabanzas» a veces se les llama «el corazón de las Escrituras» porque, bajo su forma poética, expresan ante todo sentimientos: los sentimientos de los israelitas fieles durante y después del reinado del Anticristo: sufrimiento, angustia, terror… pero también confianza, gozo, reconocimiento; asimismo los sentimientos y el afecto del Señor Jesús, quien se compadece por adelantado de las aflicciones de ese «remanente» judío; y, por fin, los sentimientos que los creyentes de todos los tiempos pueden experimentar en las circunstancias de la vida.

Los primeros versículos del salmo 1 definen las condiciones de los bienaventurados que pueden cantar esos salmos. Y, cosa notable, antes que cualquier otra condición, Dios reclama la de estar apartado del mal. ¡Cuántas aplicaciones tiene ese versículo 1 en nuestra vida de todos los días! Es la condición indispensable para gozar de la Palabra y para llevar «fruto» (v. 3; compárese Jeremías 17:7-8; véase también Juan 15:5). El árbol plantado cerca de corrientes de aguas representa al creyente arraigado en Cristo y recibiendo de él su vigor. Jesús, como Hombre, realizó perfectamente ese apartamiento, ese placer en la ley de Jehová y, al final, esa plenitud del fruto producido para gloria de Dios.

Salmo 2

Los dos primeros salmos son complementarios y sirven de introducción al conjunto del libro. Ponen en evidencia los dos grandes pecados de Israel, el cual rechazó el doble testimonio dado por Dios a la nación: Desobedeció Su ley (Salmo 1) y renegó de su Hijo (Salmo 2).

Encontramos en este segundo salmo los pensamientos de Dios respecto de Aquel que es “su Ungido” (v. 2), “su Rey” (v. 6), “su Hijo” (v. 7 y 12, aquél citado en Hechos 13:33). Dios cuidará que Jesús sea honrado en esta tierra en la cual fue menospreciado. Otrora Herodes y Poncio Pilato, juntamente con las naciones y el pueblo de Israel se unieron contra Él (ver Hechos 4:25-28). Su cruz llevó esa inscripción ultrajante: “Jesús Nazareno, rey de los judíos” como para decir a Dios: He aquí lo que hacemos de tu Rey. Mas en un tiempo futuro, cuando se desencadene la sublevación de las naciones, entonces aparecerá el Rey justo que Dios reserva para la tierra (Salmo 89:27-28). Por eso, desde el principio de los salmos, para animar al fiel en su angustia, Dios se presenta (v. 6) dominando la situación y conduciendo todas las cosas hacia ese glorioso propósito final.

Retengamos también para nosotros la exhortación del versículo 11: “Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor”. “Con alegría” dice también el salmo 100:2. “Con todo vuestro corazón”, completa 1 Samuel 12:20.

Salmo 3

Muchos salmos fueron compuestos en circunstancias especiales que los inspiraron parcialmente. David, fugitivo de Absalón, fue la ocasión de la que se sirvió Dios para darnos este salmo (2 Samuel 15 a 18). Mientras el hijo indigno maquina las conspiraciones contra su padre, “el dulce cantor de Israel” (2 Samuel 23:1), en vez de preparar su defensa expresa en un cántico su confianza en su Dios. ¡Qué importa el número de enemigos, desde el momento en que se coloca Jehová como un “escudo” protector entre esos “millares de gentes” y su muy amado! (compárese Génesis 15:1; Deuteronomio 33:29). Por eso este último puede gozar de un dulce sueño en medio de los peligros más grandes, sabiendo que Jehová vela sobre él (v. 5). Un episodio de la vida del Señor Jesús ilustra esta perfecta tranquilidad. Durante la tormenta, mientras las olas furiosas ya anegaban la barca, “él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal” (Marcos 4:37-38; ver también el ejemplo de Pedro en Hechos 12:6). ¡Preciosa confianza! ¡Que Dios nos ayude a tenerla!

El versículo 8 muestra que para David la bendición del pueblo tiene más valor que su propia seguridad. Israel es siempre el pueblo de Dios, aunque se subleve contra Su ungido.

Salmo 4

En el salmo 3, Jehová era la protección del fiel; en el salmo 4, Él es su porción. El hombre piadoso posee la seguridad de que Dios lo ha escogido (v. 3: literalmente introducido en su favor). Pero se encuentra aún en medio de un mundo en el que reina la vanidad y la mentira (v. 2), y no puede sino sufrir allí. “¿Quién nos mostrará el bien?” es la pregunta que él se hace en ese mundo. Ese bien no lo encontraremos a nuestro alrededor, ni tampoco en nosotros mismos. El único verdadero bien es el que Dios produce. Él nos lo muestra en su perfecta expresión en la vida de su Hijo, “el hombre piadoso” por excelencia, el único del que se podía decir: “Bien lo ha hecho todo” (Marcos 7:37).

Dios es la fuente de todo bien, y asimismo de toda verdadera alegría. “Tú diste alegría a mi corazón” declara el salmista (v. 7). Esa alegría no depende de la abundancia de bienes materiales, como lo demuestra el final del versículo (comparar con Habacuc 3:17-18). El capítulo 4 de Filipenses que nos exhorta a gozarnos siempre en el Señor, nos recuerda que un creyente puede ser tan feliz en las privaciones como en la abundancia (Filipenses 4:4, 12). La alegría divina puede llenar el alma en medio de la angustia. Las circunstancias no la afectan, precisamente porque ella tiene su fuente en Aquel que no cambia (Hebreos 13:8).

Salmo 5

Al final del salmo 4 hemos visto al creyente acostarse y dormirse en paz. Aquí lo consideramos al despertar. La piedad debe marcar todos los momentos de nuestra vida, incluso de aquellos que pasamos solos en nuestra alcoba. Al amanecer, como primerísima ocupación del día, la oración del salmista subía a su Rey, a su Dios (Salmo 63:1). Imitémosle, queridos amigos creyentes, con tanto más diligencia y libertad cuanto el Dios al cual nosotros nos dirigimos es, en Jesús, nuestro Padre.

En el salmo 4, la oración tenía un carácter de urgencia y consistía en un simple grito (v. 1, 3). Es suficiente para que Dios la escuche. Pero aquí la petición es presentada, formulada de manera precisa, después de lo cual el fiel puede esperar apaciblemente una respuesta… sin tratar de obtenerla de otro modo.

Se sigue con el tema de la confianza frente a los artificios de los malvados. Es notable que el versículo 9, el que se aplica a los enemigos, es citado en Romanos 3:13 para calificar a todos los hombres. Eso está explicado en el capítulo 5 v. 10 de la misma epístola: Todos éramos enemigos de Dios en cuanto a nuestro entendimiento, en las malas obras (ver también Colosenses 1:21).

Salmo 6

A veces las desgracias del creyente son la consecuencia directa de sus faltas. Cae entonces bajo una de las manifestaciones del gobierno de Dios, quien lo reprendre y lo castiga (v. 1; comparar Jeremías 31:18). Ése fue el caso de David después del terrible asunto de Urías heteo, lo mismo que después del censo. Ya no es posible tener alegría o paz, como en el Salmo 4 (v. 7, 8). En vez de meditar en su corazón estando en su cama (Salmo 4:4), el culpable inunda su lecho de amargas lágrimas (v. 6). Como se sabe merecedor de lo que le sucede, es perseguido por los remordimientos y el sentimiento de haber ofendido a Dios. El temor a la muerte puede también apoderarse de su alma (v. 5). No tiene más la feliz libertad que da una buena conciencia. No obstante, incluso en ese caso, Dios puede ser hallado, pues Él ama demasiado a su rescatado como para dejarlo en la desesperación. Entonces Dios escucha su ruego y recibe su oración (v. 9).

Como a Ezequías, atormentado sobre su lecho por la perspectiva de la muerte, Él le dirige estas palabra consoladoras: “He oído tu oración, y visto tus lágrimas… te libraré…” (Isaías 38:5; compárese v. 5 con Isaías 38:18). Sí, de pronto David recibe la seguridad de que su oración es atendida. Las circunstancias no han cambiado, pero ya su fe triunfa en la esperanza.

Salmo 7

Para comprender los salmos —y en particular para no asombrarnos de ciertas palabras severas en cuanto a los malvados— hay una cosa que nunca debemos perder de vista: los creyentes que se expresan así no forman parte de la Iglesia. Los salmos se aplican expresamente al período que seguirá al arrebatamiento de aquélla. Ciertamente podemos apropiarnos de muchos preciosos versículos; por ejemplo: de todos aquellos que expresan la confianza (v. 1), el sufrimiento ante la injusticia (v. 9), la alabanza (v. 17) y muchos otros sentimientos más. Pero no estamos en el tiempo de apelar al juicio de Dios, como sucede en los salmos (v. 6). Nuestra oración de cristianos no es: “¡Castígalos, oh Dios!” (Salmo 5:10); sino que en la escuela de nuestro divino Modelo aprendamos a decir: “Padre, perdónalos…” (Lucas 23:34). En cambio, cuando el tiempo de la gracia haya terminado y el Anticristo oprima al débil remanente fiel, orar por la destrucción de los malvados será según el pensamiento de Dios (Lucas 18:7), pues sólo así, y después del juicio de los impíos, se establecerá el reino terrenal del Hijo del hombre, del cual nos va a hablar el salmo 8.

Salmo 8

Este salmo comienza por establecer la pequeñez del hombre frente a la creación, sensación que cada uno de nosotros ha podido experimentar al contemplar, por ejemplo, ¡la prodigiosa inmensidad de un cielo estrellado! “¿Qué es el hombre?”. Enseguida, restablecidos en nuestra humilde posición, aprendemos que, no obstante, Dios tiene dispuestas cosas magníficas y gloriosas para el hombre y por medio del hombre. Pero ¿cómo realizarlas con un ser pecador y mortal? Es imposible coronar de gloria y de honra a una criatura hundida en la miseria y en la corrupción. Entonces, lo que Dios no pudo hacer para el primer Adán ni por medio de él, lo cumplió en Cristo, el segundo hombre. Así el mismo Creador revistió el cuerpo que él había creado.

“Le hiciste un poco menor que los ángeles”. El pasaje de Hebreos 2:6-9 que cita y complementa nuestros versículos 4 a 6, da el motivo insondable de ese acto: la muerte que Él debió padecer. Y bajo esta humana condición el Hijo ha recibido la dominación universal. En Él el hombre encuentra más de lo que Adán había perdido (v. 5-8; 1 Corintios 15:27…). Coronado de gloria y de honra, Cristo, hombre resucitado, introducirá con Él otros hombres en el cielo y les hará participar de su gloria.

Salmo 9

Bajo su aspecto profético, los salmos 9 y 10 están estrechamente unidos. El salmo 9 pone en escena al enemigo de fuera: las naciones coligadas contra Israel; el salmo 10 introduce al enemigo interior: los opresores impíos persiguiendo al remanente fiel. Las astucias de los malos existen durante un tiempo limitado. El nombre de ellos será borrado para siempre (v. 5); el asolamiento que ellos producían se terminará para siempre (v. 6) y la esperanza de los menesterosos no perecerá para siempre (v. 18). Efectivamente, también para siempre Jehová está sentado; “ha dispuesto su trono para juicio” (v. 7; Salmo 58:11). Entonces pedirá cuenta de la sangre y de las lágrimas de los fieles, derramadas en todas las dispensaciones. Vengará al oprimido (v. 9) y a los afligidos cuyo grito no habrá olvidado (v. 12). Pero el principal cargo de acusación levantado contra la humanidad e indicado en el título del Salmo, es la muerte del Hijo de Dios (Mut-labén): ultraje hecho a Dios por el mundo al crucificar a su Amado. Un castigo terrible espera a la raza de esos homicidas.

En la parábola de las ovejas y los cabritos (Mateo 25:31) el Señor Jesús describe el juicio de las naciones al amanecer de su Reinado y anuncia que cada uno será juzgado respecto a su actitud hacia Él.

Salmo 10

Los “tiempos de tribulación” descritos en el salmo 9 (v. 9) y en el 10 (v. 1) serán aterradores. Codicias, orgullo, incredulidad, perfidia, violencia…, estos caracteres que existen en el mundo actual alcanzarán su plena medida cuando “Aquel que detiene” (el Espíritu Santo) esté lejos, en los días del Anticristo acerca del cual esos versículos nos ofrecen un siniestro cuadro (ver 2 Tesalonicenses 2:7-8). Pero, contrariamente a los pensamientos del malo, quien estima que Dios no “inquirirá” nada (v. 4, 13) de todo lo que él hace en secreto con astucia y malicia es descubierto. Y todo lo que él dice “en su corazón” (v. 6, 11, 13) es publicado por Aquel que sondea los corazones (Lucas 12:3). “No seré movido jamás” aquí es el lenguaje de la locura (v. 6), pero también puede ser el de la fe (Salmo 62:6). El pensamiento acerca de que Dios lo ve todo estimula al fiel puesto a prueba; el desdichado puede confiarse en Él (v. 14). Y el versículo 2 contiene otra verdad tranquilizadora: el malo será siempre atrapado en su propia red (comparar Salmo 7:15; 9:16).

El salmo 9 finaliza expresando el pensamiento de que las naciones “no son sino hombres”; el salmo 10 termina llamando al perseguidor: “el hombre de la tierra”. Creyentes, jamás olvidemos que nosotros somos del cielo y que, como consecuencia, estamos fuera del alcance del mundo y de su príncipe.

Salmo 11

Dios mantiene hoy autoridades en el mundo (gobiernos, magistrados, policía) las cuales están encargadas de asegurar el orden, la justicia y la paz. Pero, en el momento de “la gran tribulación”, todo lo que contribuye a la seguridad de los hombres (“los fundamentos”) será derribado. La pregunta del versículo 3 pondrá entonces a prueba a los justos. ¿Cederán a la tentación de huir, como el ave asustada vuela para escapar del peligro? No; su confianza no está puesta en un refugio terrenal (la montaña), sino en Aquel que es inmutable porque su trono está en los cielos (v. 4). Amigos ¿qué es de nuestra fe? Si el Señor tuviese que quitarnos nuestros principales puntos de apoyo aquí abajo —familia, amigos, salud, bienes materiales— ¿podría advertirse en quién hemos confiado?

Y si pensamos en los fundamentos de la verdad, comprobamos que están minados por todas partes en la cristiandad. ¿Qué debe hacer el justo? Separarse de todo lo que ataca y busca destruir los pilares de la verdad divina. La mirada de Dios sondea a los hijos de los hombres (v. 5; Salmo 7:9; ver por ejemplo: Lucas 7:39-40; 11:17; 22:61). Realidad turbadora e insoportable para «el malo» pero preciosa para «el justo», pues para su bien es así examinado (Salmo 139:23-24).

Salmo 12

Este salmo expresa el sufrimiento de una alma agobiada por el sentimiento de la injusticia que la rodea. David, quien lo compuso, pudo experimentar personalmente ese pesar en muchas oportunidades. El doblez y el rencoroso odio de Saúl (1 Samuel 18:17… ), las cobardes intenciones de los habitantes de Keila (cap. 23:12), la doble traición de los de Zif (cap. 23:19; 26:1) y la más pérfida aún del edomita Doeg (cap. 22:9-10), la despreciativa ingratitud de Nabal (cap. 25:10-11), todo esto no podía dejar a David indiferente. Por cierto que cada vez pudo hacer también la experiencia de la preciosa previsión divina: “Pondré en salvo al que por ello suspira” (v.5; comparar Salmo 10:5).

Pero su propia medida de la verdad tampoco era perfecta (véase 1 Samuel 20:6; 21:2… ). En cambio, la santidad del Señor Jesús lo hacía enteramente sensible a la falsedad y al engaño de sus adversarios (de lo que Lucas 20:20 nos da un ejemplo). Un creyente, cuanto más se mantenga en la divina luz, tanto más sufrirá la corrupta atmósfera de este mundo. Entonces su penosa experiencia de la lengua mentirosa, lisonjera y jactanciosa de los hombres (v. 2, 3) le hará gustar, por contraste, la pureza y el valor práctico de las palabras de Dios (v. 6). “Tu palabra es verdad” (Juan 17:17; Salmo 119:140).

Salmo 13

Acerca de la tribulación que atravesará el remanente de Judá durante los tiempos apocalípticos, el Señor declara que no hubo ninguna semejante desde el principio de la creación… y que no la habrá jamás. Podemos entonces comprender ese angustioso grito: “¿Hasta cuándo?” repetido cuatro veces en este salmo y varias veces más en otros. Además agrega que, por causa de los escogidos, Dios “acortó aquellos días” (Marcos 13:20; Romanos 9:28).

Aunque el creyente nunca llegue a conocer semejante angustia según la promesa del Señor (Apocalipsis 3:10), durante un tiempo más o menos largo puede sentirse desalentado y pensar que Dios le olvida o que deliberadamente esconde su faz de él (v. 1). Tal vez lo hemos experimentado. ¿Cómo salir entonces de ese oscuro túnel? Primeramente, dejemos de atormentarnos y de consultar con tristeza a nuestro propio corazón (v. 2); no nos dará ninguna respuesta, sino más bien fatiga y angustia (1Samuel 27:1). Luego apresurémonos a recordar esa triunfante exclamación: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución?… ” (Romanos 8:35). El recuerdo de su misericordia y de su salvación es el secreto que volverá a alentar nuestra confianza y nuestro gozo (v.5).

Salmo 14, Salmo 15

Verdaderamente insensato es el que, pese a todos los testimonios que Dios ha dado acerca de su poder y de su amor, cierra los ojos, endurece su corazón y declara: “No hay Dios” (v. 1; Salmo 10:4; Jeremías 5:12). Pero, si bien no todos los hombres son ateos, a todos, sin excepción, les falta la verdadera inteligencia, pues ninguno busca a ese Dios cuya existencia reconoce, salvo si deja que Él mismo obre en su corazón. No es brillante ese cuadro de la humanidad tal como Dios puede verla desde los cielos. Pero, no lo olvidemos, esa raza, rebelde y corrompida por naturaleza, es la mía y la suya.

Después de la triste comprobación del Salmo 14: “No hay quien haga lo bueno”, el Salmo 15 puede con razón hacer la pregunta: “¿Quién habitará en tu tabernáculo?”. El capítulo 3 de la epístola a los Romanos, el cual cita los versículos 1 a 3 del salmo 14, revela luego la maravillosa verdad que nos concierne: de entre estos hombres, a todos los cuales se los presenta como pecadores (v. 10-12), Dios justifica gratuitamente a todos los que creen en Él (v.22-26).

Los caracteres del israelita fiel son también los que la gracia debe producir en el cristiano: justicia y verdad en el andar, en los hechos y en las palabras; benevolencia para con el prójimo; apreciación del bien y del mal según la divina medida (leer Isaías 33:15-16).

Salmo 16

Como lo demuestran las citas de los apóstoles en el libro de los Hechos (2:25 a 28 y 13:35), este salmo se aplica directamente al Hombre Cristo Jesús. De todos modos, ¿quién sino Él osaría declarar: “A Jehová he puesto siempre delante de mí”? (v. 8). Aquí le contemplamos no como Salvador (lo encontraremos como tal en el Salmo 22) sino como Modelo, no como el Hijo de Dios, sino como el Hombre de fe por excelencia. Como Hijo de Dios, no necesita ser guardado (v. 1) y su bondad se confunde con la de Dios mismo (v. 2; véase Marcos 10:18).

Pero la confianza, la dependencia, la paciencia, la fe, en fin, todos los sentimientos que vemos brillar en ese salmo respecto de un Dios conocido y honrado, son sentimientos humanos. Para manifestarlos con perfección, Cristo vino a vivir a la tierra (y ¡en qué condiciones!) la vida de un hombre… pero ¡de un hombre sin pecado! Le vemos sumiso a Dios su Señor (v. 2); gozándose en los creyentes (v. 3); en la posición que el Padre le ha reservado (v. 5; Hebreos 12:2); y finalmente en Jehová, el Eterno (v. 8, 9, 11). Muestra su confianza hasta cuando llega la misma muerte (v. 10). ¡Maravillosa senda que hizo las delicias de su Dios! Senda que Él trazó para que sigamos sus huellas.

Salmo 17

En el salmo 16 hemos admirado la confianza del Hombre perfecto. En el 17 tenemos su justicia ante nosotros. Pero está también, y primeramente, ante Dios, quien encuentra en ella entera satisfacción. Los hombres sólo pueden ver el andar de una persona; Dios ve más lejos y mira los motivos que rigen ese andar. El Salmo 11 (v. 5) nos enseñó que “Jehová prueba al justo”. Y éste es el resultado de ese exhaustivo examen del corazón de Jesús: “Tú has probado mi corazón… me has puesto a prueba y nada inicuo hallaste. He resuelto que mi boca no haga transgresión” (v. 3; comparar Juan 8:25). ¡Qué maravilloso modelo! Procuremos que nuestros pensamientos estén siempre en perfecto acuerdo con nuestras palabras y recíprocamente.

Por otra parte, aprendamos a conocer y a emplear la Palabra de Dios como Jesús lo hizo. Se sirvió de ella para defenderse del hombre violento, del mismo Satanás cuando éste le tentó en el desierto (v. 4; Mateo 4:1-10).

Los versículos 14 y 15 subrayan el contraste entre los hombres de este mundo —“cuya porción la tienen en esta vida”— y el justo (Cristo, pero también el creyente) cuya porción es celestial (Salmo 16:5). Mientras padece ahora por la justicia, piensa en la resurrección y en el Objeto de sus afectos: “Veré tu rostro” (v. 15; comparar Salmo 16:11).

Salmo 18:1-29

Este salmo constituye una gran profecía que abarca la muerte, la resurrección, la exaltación, la victoria final y la realeza del Mesías. Los tres primeros versículos proporcionan el tema que a continuación será desarrollado largamente, a saber, cómo ha sido liberado “el siervo de Jehová”. El Señor Jesús nos enseña, por su propia experiencia, lo que es Dios para aquel que confía en Él. “La supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos” ha sido demostrada en la resurrección de Cristo, su ascensión, el lugar que le es dado por encima de todos sus enemigos (leer Efesios 1:19-21).

Lo que Dios ha sido para Jesús en la hora de su desamparo (v. 6), de su calamidad (v. 18), lo es también para nosotros; y las pruebas que atravesamos son otras tantas ocasiones de conocerlo de una nueva manera. ¿Estoy cansado, languideciente? Él es mi fuerza. ¿Mi fe está vacilante? Él es mi roca. ¿Aparece un peligro? Él es mi fortaleza, el alto refugio donde encuentro segura protección (Salmo 9:9). ¿Estoy combatiendo contra el enemigo? Él es el escudo que me protege de los golpes de este último. Para Jesús, esta liberación era la consecuencia de su justicia (v. 19, 24), mientras que para nosotros ella nos está asegurada a causa de nuestra relación con Él.

Salmo 18:30-50

El Señor Jesús se complace en hacernos conocer a su Dios, cuyo camino es perfecto y cuya palabra es acrisolada (v. 30; Proverbios 30:5). En la primera parte del Salmo nos enseña a invocarle en nuestras aflicciones. Aquí nos enseña a apoyarnos en Él para andar (v. 33, 36) y para combatir (v. 34, 35, 39).

¿Sabemos por experiencia lo que es “estar firmes sobre nuestras alturas”? (Habacuc 3:19). Desde un punto dominante se goza de un panorama vasto y lejano (véase Isaías 33:17). Consideremos el que se nos ofrece al terminar este salmo. Las miradas se dirigen hacia el porvenir, hacia el momento en que Dios destruirá a todos los enemigos de su Hijo. En el horizonte vemos despuntar la aurora de su reinado. Será establecido no sólo como Rey sobre su pueblo Israel sino también como jefe de las naciones. Con los ojos de nuestra alma contemplamos a ese gran Rey de reyes reinando con poder sobre todo el universo y quebrando con su sola presencia todas las cadenas. Era necesario para la gloria de Dios que las naciones lo alabasen, y todas lo harán durante el reinado. En verdad, desde ahora podemos cantar himnos a la gloria de su nombre (v. 49 citado en Romanos 15:9). ¡No lo frustremos!

Salmo 19

Dios se ha revelado sucesivamente a través de un doble testimonio: el primero es el de su creación (v. 1-6), lenguaje silencioso pero sumamente elocuente que da a conocer hasta los términos de la tierra su poder y su sabiduría (Hechos 14:17). Pensemos en la necesaria alternancia de los días y las noches. El regular y bienhechor curso del sol que reparte a todos su luz y su calor es una constante prueba de la bondad de Dios hacia todas sus criaturas (Salmo 136:8; Mateo 5:45).

El segundo testimonio es el de la Palabra (v. 7-11). Santa, justa, buena y espiritual, aun cuando sólo se trataba de la ley dada a Israel (Romanos 7:12, 14). ¡Cuánto más preciosa lo es ahora que la tenemos completa! Esta excelente Palabra instruye al siervo (v. 11) y alcanza su conciencia (la cual constituye en el interior de todo hombre un tercer testimonio). Saca a la luz tanto sus ocultas faltas (cometidas por error: v. 12) como sus pecados voluntarios: la propia voluntad, fruto de la altivez y del orgullo (ver esta distinción en el libro de los Números 15:27-30). Al principio de la epístola a los Romanos, el mismo triple testimonio de la creación (cap. 1:20), de la conciencia (cap. 2:15) y de la ley (cap. 2:17) está puesto ante el hombre para poner en evidencia su estado y conducirlo a la salvación.

Salmo 20

Dios ha dado al mundo más que los testimonios mencionados en el salmo 19: un Testigo vivo, Jesucristo. El versículo 3 del salmo 16 nos mostró el Hombre perfecto que hallaba sus delicias en los creyentes, esos “santos” e “íntegros” de la tierra. En cambio, en este salmo 20 vemos a Cristo como centro de los intereses y de los afectos de sus redimidos.

A Éste que deberá proclamar en la cruz: “Clamo de día, y no respondes” (Salmo 22:2), le dicen: “Jehová te oiga… Conceda Jehová todas tus peticiones” (v. 1-5). Además, viene la certidumbre de la fe: “Lo oirá…” (v. 6), a la cual corresponde el grito de liberación del salmo 22:21: “Ya me has oído…” (V.M.). Solamente después los fieles interceden por ellos mismos: “Que el Rey nos oiga” (v. 9). Ojalá pudiésemos también nosotros experimentar mejor lo que fue para Jesús su abandono y su liberación y las gloriosas consecuencias que resultaron para nosotros.

“Éstos confían en carros, y aquéllos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová nuestro Dios tendremos memoria” (v. 7). El hombre moderno pone más que nunca su vanidad en los potentes y rápidos medios de locomoción como también en otras muchas cosas. Pero la gloria del cristiano es pertenecer a Cristo y llevar su bello nombre (Santiago 2:7).

Salmo 21

En el salmo 20 los fieles se habían dirigido a su Rey. Ahora hablan al Dios de ese Rey (v. 1-7). ¡Tema que agrada al corazón de Dios! No olvidemos que el objeto principal del culto cristiano es presentar al Padre a Éste que le es infinitamente agradable: su Hijo Jesucristo.

Las “bendiciones de bien” que son ahora suyas se ponen de relieve en contraste con los sufrimientos y los ultrajes que fueron su parte. Así es cómo a la corona de espinas le corresponde una corona de oro fino; al reparto de sus vestidos, la majestad y la honra con que Dios le viste (Salmo 45:6-8); al oprobio de la cruz, le sucede la gloria de su resurrección (v. 4). El que fue hecho maldición por nosotros, está puesto para bendición por los siglos. Aquel de quien Dios escondió su rostro durante un momento, lleno de alegría está en Su presencia (v. 6). Entonces surge la pregunta de por qué el Espíritu no invirtió el orden de los salmos 21 y 22. ¿No es precisamente porque Dios “ha salido al encuentro” de su Hijo con esas bendiciones ya preparadas para él y se las dio de antemano? (comparar Juan 17:4-5). Y también porque no quiere que nos acerquemos al solemne tema del desamparo de su Amado en el salmo 22 sin previamente habernos dado a conocer sus glorias.

Salmo 22:1-21

Más que ante ninguna otra porción de las Escrituras, es menester acercarse a ésta con “los pies descalzos”, pues contiene el más insondable de los temas: los sentimientos y las oraciones de Cristo durante las horas de la cruz. Primeramente expuesto a la maldad de los hombres, sufriendo por la justicia, Él conoce luego, durante tres horas de impenetrables tinieblas, el desamparo de su Dios Fuerte. Completamente solo, el Hombre perfecto atraviesa esa sin igual prueba con el único sostén interior de su maravilloso amor. No cesa, ni por un instante, de confiar en Aquel que por un momento no le puede dar ninguna respuesta. Proclama públicamente su oprobio y su flaqueza (v. 1, 2, 6), pero sin nada que se parezca a la impaciencia, a la desesperación, ni a una reacción defensiva.

En la cruz el hombre se reveló por entero, mostró hasta dónde era capaz de llegar en su odio, su violencia, su cinismo, su bajeza moral (v. 6-8; 12, 13; 16-18). Pero, en el mismo momento, también Dios reveló todo lo que él es como expresión de justicia perfecta contra el pecado y de amor perfecto hacia el pecador. La cruz lo magnificó todo. ¡Ojalá que esta contemplación de Jesús muriendo por nosotros produzca en nuestras almas humillación y agradecimiento, amor y santo recogimiento!

Salmo 22:22-31

Desde el versículo 22, la respuesta llega al que está entre “los cuernos de los búfalos”. Es la resurrección y, al mismo tiempo, el gozo de la comunión reanudada. En su amor, Cristo tiene prisa por compartir ese gozo; su primer pensamiento es el de dar a conocer a “sus hermanos” la nueva relación en que su obra los ha colocado y, para ello, hablarles de su Padre, quien viene a ser el Padre de ellos, y de su Dios quien viene a ser el Dios de ellos (v. 22; Juan 20:17).

En contraste con los otros salmos que hablan de los sufrimientos de Cristo, en éste no es cuestión de juicio. Jesús lleva los pecados y, en consecuencia, todo es gracia y bendición. Bendición para la Asamblea (constituida al principio por los discípulos judíos; razón por la cual el versículo 22 está citado en la epístola a los Hebreos 2:12); para el Israel restaurado, llamado en el versículo 25: “la gran congregación”; para “todas las familias de las naciones” durante el reinado milenial (v. 27-28); finalmente para todos los que nazcan durante ese glorioso reinado.

Como las ondas que van haciéndose más grandes a medida que se alejan del centro en que se han originado, así las maravillosas consecuencias de la obra de la cruz se extienden a toda la creación. Y comprendemos un poquito por qué Jesús fue desamparado (compárese v. 1).

Salmo 23

El buen Pastor ha dado su vida por las ovejas (Salmo 22; Juan 10:11). Ahora, él va delante de ellas. Las apacienta con ternura; nada les falta, puesto que él está ahí, responsabilizándose por ellas. Las ovejas, esas criaturas débiles y dependientes que nos representan, experimentan cada día los cuidados del pastor (Isaías 40:11; 49:10). Lo demuestra el simple reconocimiento: nada me ha faltado (Lucas 22:35), pero la fe afirma: nada me faltará (al menos nada necesario para mi alma, pues ella es confortada —v. 3).

El Señor Jesús me pastorea junto a aguas de reposo, pero también me guía por sendas de justicia; lo debe hacer por amor de su nombre.

A partir del versículo 4, la oveja se dirige a él directamente: “Tú estarás conmigo”. Con esta compañía, incluso el valle de sombra de muerte ya no es temible. La vara y el cayado de ese buen Pastor me tranquiliza; él me protegerá, incluso de mis propios extravíos. Puedo, sin estar aterrorizado por la presencia de enemigos poderosos, sentarme a la mesa real donde mi lugar ha sido preparado. No para una invitación ocasional, sino todos los días de mi vida (comparar 2 Samuel 9:13). Y eso en la casa del Dios de bondad y de misericordia —mi Padre— donde yo habito por fe, esperando el momento de morar en realidad para siempre.

Salmo 24

En el salmo 22 hallamos un Salvador. Es el pasado, la cruz en la que todo empieza. El salmo 23 corresponde al presente: hacemos la experiencia de lo que es un Pastor. Finalmente, el salmo 24 nos abre el porvenir: contemplamos ahí al Rey de gloria.

Todos estos salmos son de David, hombre que conoció el rechazo y el sufrimiento, pero que fue también pastor de Israel (2 Samuel 5:2) y glorioso rey en Sion. El salmo 24 empieza por la afirmación de los derechos de Jehová sobre la tierra. En ella fue erigida la cruz (Salmo 22). Actualmente es un valle sombrío (Salmo 23). Pero pronto Jehová establecerá su trono sobre ella. “El mundo y los que en él habitan” tendrán que reconocer a Éste a quien pertenecen y someterse a su dominación.

Algunos se decidirán bajo obligación, pero sometiéndose “con lisonjas serviles” (Hebreo: me mentirán; ver Salmo 66:3, V.M.), como lo anuncia el salmo 18:44. En lo que nos concierne, demos desde hoy al Señor Jesús la obediencia del amor. Para participar del Reino, los súbditos deben poseer determinados caracteres (v. 3-6). Jesús los promulgó desde el principio de su ministerio (comparar v. 4 con Mateo 5:8). Él era el Rey, el Mesías de Israel, pero su pueblo lo rechazó; por eso salió, llevando su cruz (Juan 19:5, 17). Contemplémoslo ahora entrando como el mismo Jehová, el Rey de gloria, en su reinado de bendición.

Salmo 25

Desde el salmo 16 hasta el 24 nos hemos dedicado especialmente a considerar a Cristo, el Mesías. El salmo 25 encabeza una nueva serie (la que se extiende hasta el salmo 39) en la que se trata del “remanente” o resto de Israel y del fiel en general. Este salmo contiene dos notables oraciones: la de los versículos 4 a 7 y la de los versículos 16 a 22. Tomemos especialmente en cuenta para nosotros los ruegos de los versículos 4 y 5: “Muéstrame … tus caminos; enséñame tus sendas. Encamíname en tu verdad” (comparar Salmo 43:3). Para el apóstol Juan había sido un objeto de gran gozo haber visto que los hijos de “la señora elegida” andaban en la verdad (2 Juan 4). Pero ¿cómo andar sin conocer el camino y las sendas? Dios los enseña; y en los versículos 8-10 y 12 se ve cómo el alma progresa en ellos. Sin embargo, se requiere una condición: el temor de Dios. Entonces “la comunión íntima de Jehová es con los que le temen” (v. 12, 14). Dicho de otro modo, Dios revela sus pensamientos y da a comprender su Palabra sólo a los que están dispuestos a someterse a ella. Sin duda, ésta es la razón por la cual hay mucha ignorancia en la cristiandad… y a menudo en nuestros propios espíritus.

Salmo 26

En el salmo 25 el fiel tenía pecados que confesar (v. 7, 11, 18). Y su oración era: “Encamíname en tu verdad”. Aquí el tono cambia. El creyente se presenta ante Dios con una buena conciencia (v. 1-2) y puede declarar: “Ando en tu verdad” (v. 3). Es uno de aquellos bienaventurados que, según el primer versículo del salmo 1, no se han asociado con los que obran mal (v. 4, 5). Una santa ocupación absorbe todos sus pensamientos: la de los versículos 6 y 7. Después de haberse lavado las manos en la fuente de bronce —dicho de otra manera, después de haberse juzgado— da la vuelta al altar, considerando bajo todos sus aspectos la obra de la cruz y a Aquel que fue el perfecto sacrificio. Abre entonces su boca en alabanza y cuenta “todas las maravillas” hechas por medio de la gracia (v. 7).

La vida cristiana no sólo consiste en apartarse de la iniquidad. El hijo de Dios que se ha purificado de vasos para deshonra encuentra a aquellos que, como él, invocan al Señor con corazón puro (2 Timoteo 2:21-22; V.M.). En este salmo, el fiel que aborreció “la reunión de los malignos” (v. 5) goza de la morada de la gloria de su Dios y bendice a Jehová “en las congregaciones” (v. 12). La presencia del Señor “donde están dos o tres congregados en su nombre” ¿no es un gozo para nuestro corazón? (Mateo 18:20).

Salmo 27

En este salmo brilla toda la confianza que el creyente deposita en Aquel que es su salvación, su luz, la fortaleza de su vida (v. 1; comparar Salmo 18:27-29). La epístola a los Efesios lo confirma: Cristo es, a la vez, la luz y la fortaleza del creyente (cap. 5:14; 6:10). ¿Quién como el Señor Jesús tuvo esa confianza en Dios? Así como el salmo 22 es el de la cruz, a éste se le ha llamado «el salmo de Getsemaní». El versículo 2 evoca de un modo asombroso esa turba armada con espadas y palos que avanza, conducida por Judas, para prender al Señor de gloria. Al oír tan sólo sus palabras: “Yo soy” retroceden y caen a tierra (Juan 18:6).

El salmista busca refugio en la casa de Jehová (v. 3-5; 2 Reyes 19:1, 14). Aquí vemos, además, una preciosa figura de la comunión, esta “cosa” que debemos pedir y buscar por sobre toda otra. Pero esta comunión no es sólo para las horas de pruebas, sino para “todos los días de mi vida”. Ella es, por así decirlo, el ambiente necesario para discernir la belleza del Señor y progresar en el conocimiento de Él.

El último versículo, como una divina respuesta, viene a apaciguar toda la ansiedad del creyente: “Sí, espera a Jehová”.

Salmo 28

Las súplicas que escuchamos en este salmo no son comparables con las confiadas oraciones que un creyente puede dirigir a su Dios y Padre hoy día. El temor de no obtener una contestación, el terror de la muerte, el miedo a ser arrebatado con los malos y, finalmente, el deseo de que ellos sean castigados, son aquí los sentimientos del fiel israelita de los últimos tiempos. Pero esa gran angustia hace resaltar aun más la respuesta que obtiene y el gozo que siente (v. 6-9). “Jehová es mi fortaleza”, declara él en el versículo 7. Y en el versículo 8: “Jehová es la fortaleza de su pueblo”. La experiencia es individual antes de ser colectiva.

Recordamos un episodio de la historia de David, el autor de este salmo. De vuelta de Siclag, halla la ciudad incendiada y ve que todos los habitantes han sido llevados en cautiverio; sus compañeros hablan de lapidarlo; se angustia mucho. Entonces se “fortalece en Jehová su Dios” (1 Samuel 30:6). A veces es necesario hacer, como él, la experiencia de nuestra completa debilidad para entonces comprobar que toda nuestra fortaleza está en el Señor (2 Corintios 12:10). Notemos también que la respuesta divina produce alabanza en el corazón del creyente. ¡Jamás nos olvidemos de expresarla! (Isaías 25:1).

Salmo 29

Bajo su forma profética, este salmo anuncia el momento en que los poderosos de la tierra tendrán que someterse a Jehová. La gloria y la fuerza que tan voluntariosamente se atribuye el hombre sólo pertenecen a Dios. Éstas le serán efectivamente devueltas cuando Él juzgue oportuno elevar la voz para reivindicar sus derechos (la voz de Jehová es mencionada siete veces en este salmo). Acabará el dominio de las naciones (esos “hijos de poderosos”) sobre Israel, pues el Señor dará poder a su pueblo cuando se siente como Rey para siempre (v. 10-11).

¿No es poderosa y magnífica esa voz del Creador que todos los hombres tienen oportunidad de oír? Dios les habla a través de los fenómenos naturales: viento, trueno, aludes o terremotos que impresionan a las almas por su grandeza al mismo tiempo que les infunden espanto y terror… aunque generalmente ¡muy pasajero! Mas ante todo Dios se ha dirigido al mundo por Jesucristo, el Verbo hecho carne (Juan 1:14; 18:37). Fue la voz de la potestad divina “sobre las muchas aguas” (v. 3), cuando Él detenía la tempestad con una palabra (Marcos 4:39). Pero también es “la voz callada y suave” (1 Reyes 19:12-13; V.M.) del amor, la voz del buen Pastor. Ésta todavía se oye hoy en su Palabra. ¡Sepamos escucharla!

Salmo 30

Los cinco primeros versículos de este salmo son certeros en cuanto al remanente de Israel y aptos para alentar a todos los redimidos al recordarles que, si tienen que pasar por una “leve tribulación momentánea”, ésta produce en ellos un “eterno peso de gloria” (2 Corintios 4:17).

A las lágrimas, de las que muchos participan, pronto les sucederán los cánticos de gozo, en la mañana del día eternal. Pero incluso en la misma noche, en medio de pruebas, aquel que conoce al Señor posee un gozo interior que le permite cantar (Salmo 42:8; Job 35:10). Así él da a su alrededor el más poderoso de los testimonios (Hechos 16:24-25).

¡Desanimarse en la prueba es un peligro! Pero, inversamente, un creyente que goza de prosperidad corre el riesgo de apoyarse sobre ella (el salmista la compara a un “monte fuerte” o “mi montaña”, en otras versiones), lo que, a veces, obliga a Dios a esconder su rostro por un tiempo para inducir al fiel a buscarle (v. 6-8). La prosperidad en el mundo fácilmente viene a ser un obstáculo para mantener la comunión con el Señor; es, pues, ventajoso que estemos despojados de ella. ¿Cuál es el medio de escapar de esos peligros? Mirar más allá de la presente oscuridad y por encima de “nuestro monte”, considerar todas las cosas en la perspectiva de la bienaventurada eternidad.

Salmo 31:1-14

“En ti, oh Jehová, he confiado”, tal es la firme declaración del creyente (v. 1). Luego la hallamos en el versículo 6: “Mas yo en Jehová he esperado” y aun al final de nuestra lectura: “Mas yo en ti confío”. En medio de la tempestad desencadenada por los hombres, él se aferra a esa certeza. Encuentra su refugio, no en su propio monte (véase Salmo 30:7) sino en Jehová, su inamovible Roca (v. 3). En el segundo versículo pide: “Sé tú mi roca”, pero en el tercero afirma: “Tú eres mi roca”. Nada podrá derrumbar jamás lo que se ha establecido sobre semejante fundamento (Mateo 7:24-25). Querido amigo ¿ha edificado su vida sobre esa roca?

Hay un momento de la existencia en que esta confianza es más necesaria que en cualquier otro. Es el último, en el que se debe dejar todo para pasar por la muerte. En ese oscuro pasaje no existe ningún apoyo para el alma sino el Dios en quien, ahora y para siempre, hayamos puesto nuestra fe (Proverbios 14:32). Consideremos a nuestro incomparable Modelo: en el momento de su muerte, Cristo expresa esa maravillosa confianza por medio de sus últimas palabras en la cruz, las que reconocemos en el versículo 5: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46; véase también v. 15).

Salmo 31:15-24

“Todo tiene su tiempo… tiempo de nacer y tiempo de morir… tiempo de llorar, tiempo de reír…” (Eclesiastés 3:1-8). Pero todos nuestros tiempos están en las manos de nuestro Dios. Con anticipación, él determinó su sucesión y particularmente lo que concierne al tiempo de la prueba. Y no olvidemos, cada vez que hagamos proyectos, ese versículo 15.

Además de la protección y la liberación, el alma halla cerca de Dios algo más precioso aun: una bondad grande (v. 19), maravillosa (v. 21), una bondad que Dios “ha guardado” para los que le temen y confían en él (Salmo 34:9). No temamos agotar la divina reserva. Pero también ¿cómo responder a semejante bondad? El versículo 23 nos lo enseña: “Amad a Jehová, todos vosotros sus santos”. Éste es “el primero y grande mandamiento de la ley” (Mateo 22:37-38). Pero no es gravoso (1 Juan 5:2-3). Porque comprender la bondad del Señor ¡ya es amarle! Sí, para que el amor hacia él sea producido y mantenido en nuestro corazón, ocupémonos mucho en Su amor para con nosotros. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19).

Salmo 32

Cuanto más ha gemido otrora el alma bajo el peso de sus pecados, tanto más gusta de la felicidad de la que nos hablan los versículos 1 y 2. ¿Es usted uno de esos bienaventurados? Si no lo es, el versículo 5 le indica el camino para llegar a serlo: el del arrepentimiento y la confesión (compárese Lucas 15:18). “No encubrí…”, dicho de otro modo, confesarlo todo es siempre el medio adecuado para que Dios cubra mi pecado (v. 1). En cambio, si busco encubrirlo, tarde o temprano Dios tendrá que sacarlo a la luz (Mateo 10:26).

El trabajo de Dios empieza sacudiendo la conciencia. Su mano se hace gravosa hasta que el pecador sea llevado al arrepentimiento; entonces éste es seguido al instante por el perdón. Este último nos es presentado en estos versículos bajo tres aspectos: transgresión perdonada, pecado cubierto e iniquidad no culpada.

Enseguida viene el andar. No nos parezcamos a bestias de carga sin inteligencia, las que por ese motivo deben ser contenidas y dirigidas por la fuerza. La rienda y el freno son las imágenes de los penosos medios que Dios debe emplear cuando no queremos acercarnos a él (v. 9; Proverbios 26:3). Cuánto mejor es dejarnos instruir, enseñar y aconsejar directamente por la Palabra y en la comunión con el Señor.

Salmo 33

El primer versículo continúa con el pensamiento final del salmo 32. Aquel que ha llegado a ser un justo mediante el perdón de sus pecados es invitado a alegrarse y a alabar a Jehová. Es la parte y el deber de todo creyente. Sin embargo, este salmo se aplica directa y colectivamente al Israel futuro, cuando se le haya perdonado por haber rechazado a su Mesías. Su alabanza abarcará tres grandes temas: la fidelidad de Dios (v. 4-9), quien es el Creador de todas las cosas; la sabiduría de Dios (v. 10-17), quien todo lo conoce y quien gobierna a las naciones; la bondad de Dios (v. 18-22), la que se ejerce para con todos aquellos que se confían en él.

Aquí el cántico nuevo (v. 3) está en relación con una tierra nueva de la que Dios habrá barrido la injusticia y a la que habrá llenado con su bondad. El consejo de las naciones y las maquinaciones de los pueblos habrán sido anulados para que puedan cumplirse los eternos consejos de Dios y los pensamientos de su corazón (v. 10-11). Por su Palabra fueron creados los cielos (comparar v. 6 y Hebreos 11:3). Ahora, ella nos da una nueva vida y opera en nosotros, mientras aguarda su completa realización en un mundo restaurado. Dios mira desde los cielos y considera a todos los habitantes de la tierra (v. 13-14). Pero, según su promesa del salmo 32:8, él sigue muy particularmente con su ojo vigilante a los que le obedecen y esperan en su amor (v. 18; véase también Salmo 34:15).

Salmo 34

Para mostrarnos que todas nuestras circunstancias, incluso las más humillantes, pueden conducirnos a bendecir a Dios, el Espíritu de Dios se sirvió de un episodio de la historia de David para dictarle las palabras de este salmo (véase 1 Samuel 21:10-15). Pero ¡cómo superan su propia experiencia! Imitemos a “este pobre”: sepamos, como él, magnificar siempre y en todo lugar el nombre de nuestro Dios. En el versículo 11, él es como si nos reuniera a su alrededor para dirigirse a nosotros con amor: “Venid, hijos, oídme”.

Hay una palabra de aliento para cada uno. Al que está en peligro, lo tranquiliza con los versículos 7, 15 y 17 (véase Isaías 63:9). A otro que conoce dificultades materiales, contesta a sus preocupaciones con los versículos 9 y 10. ¿Atraviesa alguno el duelo o las penas?: le muestra dónde encontrar el consuelo (v. 18). Por encima de todo, su deseo es el de darnos confianza en su Padre para que le alabemos con él. “Gustad” —nos dice Él— “y ved que es bueno Jehová” (comparar 1 Pedro 2:3). Pero el Señor sabe también que necesitamos su exhortación: “Guarda tu lengua del mal… Apártate del mal, y haz el bien; busca la paz, y síguela” (v. 13-14; ver 1 Pedro 3:10-12). Pedro no termina la citación del pasaje, pues hoy es día de gracia. El juicio anunciado al final del salmo está por venir.

Salmo 35:1-16

El Ángel de Jehová, que “acampa alrededor de los que le temen, y los defiende” (Salmo 34:7), está llamado aquí a acosar y perseguir a los enemigos del justo (v. 5-6). «Después de un tiempo de paciencia y de gracia infatigable, de una gracia que permaneció sin resultado, en lugar de vengarse por sí mismo, el residuo se confiará en Dios para obtener su liberación» (J. N. Darby). La liberación del creyente judío infaliblemente estará acompañada del juicio de los malos. En cambio, en lo que concierne a los cristianos, su liberación no se efectuará por medio de la destrucción de los injustos, sino por su arrebatamiento para ir al encuentro del Señor. Creyentes e inconversos no permanecerán siempre juntos. Cuando el Señor venga en las nubes, los primeros serán arrebatados de la tierra y los demás quedarán para la terrible “hora de la prueba” (Apocalipsis 3:10). En cambio, el día en que el Hijo del Hombre se manifieste y aparezca en gloria, los creyentes de ese tiempo serán dejados para el reino de Cristo y los malos serán quitados (Lucas 17:34-36).

¡Qué ingratitud la del hombre natural! David habla de ella por experiencia, ya que la comprobó tan a menudo (v. 12-15). Pero Cristo conoció y experimentó esa ingratitud mucho más profundamente: “Me devuelven mal por bien y odio por amor” (v. 12; Salmo 109:5).

Salmo 35:17-28

En lo que nos concierne tal vez no tenemos que enfrentar, como el fiel de este salmo, la maldad de los hombres. Pero, sin hablar de las tribulaciones futuras de Israel, no olvidemos que las persecuciones han sido la parte de muchos cristianos y lo son aun hoy. Podemos estar muy agradecidos si la libertad de conciencia y de reunión sigue siéndonos otorgada en nuestros países. Alabar al Señor entre el pueblo de sus redimidos es el justo deseo del creyente (v. 18). ¿Apreciamos este privilegio los que lo poseemos aún?

En el evangelio de Juan (cap. 15:25) Jesús se refiere a ese odio “sin causa” del que fue objeto (v.19). Sin causa ¡por cierto!… y, sin embargo, el odio del mundo hacia Cristo y los suyos no debe extrañarnos (1 Juan 3:13). Es el que Satanás inspira a los hombres contra Aquel que lo venció. ¿Pueden imaginarse sentimientos más viles que los de los versículos 21, 25 y 26? Pocas expresiones ponen tan al desnudo, en todo su horror, las profundidades de la maldad del corazón humano: el perverso gozo de ver sufrir a un inocente, quien era el Hijo de Dios que había venido al mundo para salvar a los hombres. “Ea, ea, nuestros ojos lo han visto” — gritan los burlones (v. 21). “Todo ojo lo verá, y los que le traspasaron” anuncia Apocalipsis 1:7. Ya no más en la cruz, sino en toda su gloria judicial.

Salmo 36

Comparemos el final del versículo 4 con la exhortación de Romanos 12:9: “Aborreced lo malo”. No sólo el hombre del mundo es indiferente al pecado (ya que juzgarlo sería condenarse a sí mismo) sino que se divierte con él y hace de él el tema favorito de su literatura y de sus espectáculos. Al mismo tiempo, esa insensibilidad respecto del mal lleva al hombre a vanagloriarse y a lisonjearse “en sus propios ojos” incluso en presencia de la más escandalosa iniquidad (v. 2; Deuteronomio 29:19). Como nos vemos obligados a vivir en semejante atmósfera, nuestra conciencia de creyentes corre el riesgo de embotarse a la larga. Pero siempre aborreceremos el pecado si recordamos la cruz y el terrible precio que tuvo que ser pagado en ella para que ese pecado fuese abolido. La bondad de Dios está en los cielos, fuera del alcance de los designios de los malos (v. 5, 7). Y, al mismo tiempo, se extiende como alas protectoras para amparar a los hijos de los hombres (véase Salmo 17:8). Desgraciadamente, a semejanza de los habitantes de Jerusalén en el tiempo del Señor, muchos hoy día no quieren saber nada del refugio que se les ofrece (véase Mateo 23:37).

El manantial de la vida y la luz divinas, asociadas en el versículo 9, nos recuerdan a Cristo, el Verbo, del que está escrito: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Juan 1:4).

Salmo 37:1-22

El salmo 37 no es, como la mayoría de los precedentes, una oración del fiel a propósito de los malos que le atormentan. Por el contrario, aquí le llega la contestación divina. No le trae todavía la liberación esperada sino los preciosos recursos y las instrucciones para hacer frente al mal que le rodea. ¡Cuántas veces hacemos esta experiencia! En contestación a nuestra oración, el Señor, en lugar de quitarnos la prueba, nos da la fuerza para atravesarla. Según la promesa del salmo 32:8: “Te haré entender… te enseñaré…” reconocemos la voz del afectuoso Maestro.

Él mismo puso en práctica las intrucciones que aquí da. Y, conociéndonos, sabe bien que la visión del mal a nuestro alrededor puede producir en nuestros pobres corazones dos enojosos sentimientos: la irritación y el celo (v. 1, 7 y 8; Proverbios 24:1, 19). De ahí estas exhortaciones que deberíamos leer a menudo: no te impacientes, no te alteres, no te excites; no tengas envidia; haz el bien; encomienda a Jehová tu camino; confía en Él. También se hallan preciosas promesas ligadas a esas exhortaciones: “Él te concederá las peticiones de tu corazón… él hará… ”. ¡Dejémosle obrar! El Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo nuestros pies (compárense los versículos 10, 17 y 20 con Romanos 16:20).

Salmo 37:23-40

“Por Jehová son ordenados los pasos del hombre” (v. 23). La independencia es característica de nuestra naturaleza. Reconocer que necesitamos a Dios para cada paso de nuestra vida cotidiana, es una verdad que no admitimos gustosos. ¡No aguardemos haber caído a menudo para convencernos de ello y aceptar la ayuda del Señor!

En este salmo se trata del justo (o de los justos). Se le da este nombre al fiel remanente judío; éste poseerá el país (v. 9, 11, 22, 29, 34) después de la destrucción de los impíos, afirmación repetida cinco veces (v. 9, 22, 28, 34, 38). Hoy día, el hijo de Dios tiene el derecho de llevar el mismo título (Romanos 5:19). ¿Cómo se reconoce al justo? Él “tiene misericordia y da” (v. 21). Su boca habla sabiduría, y su lengua, justicia, “la ley de Dios está en su corazón” (v. 30-31). Amor, sabiduría, verdad, apego a la Palabra… ¿pueden todas estas cosas notarse en nuestro andar de cada día? Por nuestra parte podemos contar con la fuerza, la ayuda y la liberación de Dios (v. 39-40). Ver a un justo abandonado es una cosa inconcebible (v. 25; 2 Corintios 4:9). Y, no obstante, sabemos que el «Justo por excelencia» tuvo que serlo (Salmo 22:1; Job 34:17).

Salmo 38

La enseñanza dada en el salmo 37 parece haber sido comprendida. El fiel no reclama más la destrucción de los pecadores que le fue prometida expresamente. En lugar de irritarse a causa de los que hacen el mal, siente profundamente su propio pecado (v. 3-5). Al mismo tiempo se da cuenta de que está en la mano de Dios, quien le reprende y castiga; y en él espera (v. 15).

No le corresponde a él mismo responder a aquellos que le persiguen; menos aún vengarse. “Tú responderás, Jehová Dios mío”. Ahí reconocemos las enseñanzas del Nuevo Testamento: “No paguéis a nadie mal por mal… no os venguéis vosotros mismos, amados míos… yo pagaré, dice el Señor” (Romanos 12:17, 19). La única respuesta que tenemos derecho de dar al mal que se nos hace, es… el bien; es lo contrario de estos “enemigos” (v. 19), de estos “contrarios” que “pagan mal por bien” (v. 20). Y el sorprendente motivo nos está aquí revelado: “…por seguir yo lo bueno”. El celo, el deseo perverso de suprimir lo que ponía en evidencia, por oposición, su propia maldad, tales son los horrorosos sentimientos que condujeron a los hombres a matar al Santo y al Justo (Juan 10:32; 1 Juan 3:12; Hechos 3:14-15).

Salmo 39

Para refrenar la voluntad propia del creyente, a veces Dios debe utilizar el cabestro y el freno (Salmo 32:9). Y para refrenar la lengua, ese pequeño miembro indómito, la “mordaza” puede ser necesaria (v. 1; Santiago 3:2).

Nosotros, quienes tenemos tanta dificultad para callar, particularmente cuando se nos perjudica, pensemos en el perfecto ejemplo del Cordero que no abrió su boca (v. 9; Salmo 38:13; Isaías 53:7; 1 Pedro 2:23).

“Diste a mis días término corto” (v. 5). Breve es la existencia… y, sin embargo, es desperdiciada insensatamente por muchos en su vana agitación por amontonar bienes terrenales (v. 6; Eclesiastés 2:21, 23). Consideremos con atención los cuatro “ciertamente” de los versículos 5, 6 y 11. No sólo el hombre es “completa vanidad” (v. 5, 11), sino que “solamente en una semejanza de realidad anda…” (v.6 –V.M.). Sobre la escena de este mundo, donde el drama humano está por acabar, los personajes y el decorado pronto serán puestos de lado. “La apariencia de este mundo se pasa” (1 Corintios 7:31). Lo verdadero, firme, imperecedero, es lo que pertenece al dominio invisible y celestial (1 Pedro 1:4). Al comprender que nada puede esperar de un mundo tal, el fiel se pregunta: “Y ahora, Señor, ¿qué esperaré?”, y se da la respuesta a sí mismo: “Mi esperanza está en ti” (v. 7).

Salmo 40

¡Glorioso salmo! En él, Cristo, Hombre resucitado, toma la palabra para desplegar “las maravillas” y “los pensamientos” de Dios (hacia nosotros, pues él se asocia a los suyos —v. 5) como en cuatro cuadros sucesivos. El primero nos transporta a la eternidad pasada (v. 6-7, citados en Hebreos 10:5-9). El Hijo, el único capaz de poner en regla la cuestión del pecado, se presenta para ser el siervo obediente: “He aquí, vengo”. “Y vino…” confirma Efesios 2:17.

El cuadro siguiente nos muestra a Jesús en la tierra, anunciando y cumpliendo “toda justicia” (Mateo 3:15), dando un perfecto testimonio acerca del Dios de bondad y de verdad, hablando de su fidelidad y de su salvación. Toda la vida de Cristo se halla resumida en estos versículos 8-10.

Luego el Salvador está ante nosotros en la solemne hora en que debe exclamar: “Me han alcanzado mis maldades…” (v. 12). ¿Mis iniquidades…? Pero ¡eran las nuestras! Éstas son sin número. En el salmo 38, versículo 4, eran como “carga pesada”.

Finalmente, el último cuadro, para el cual volvemos a los versículos 1 a 3: “el pozo de la desesperación” y “el lodo cenagoso” ceden el sitio a “la peña” de la resurrección. Cristo, liberado de la muerte por el poder de Dios, a quien esperó pacientemente, canta su alabanza y, al final del salmo, invita a los hombres a celebrarle también (v. 3).

Salmo 41

Por el Espíritu profético, Cristo declaró al final del salmo 40: “Afligido yo y necesitado”. Voluntaria pobreza destinada a enriquecernos (2 Corintios 8:9). ¡Bienaventurado, pues, el que piensa en ese “Pobre”! Pero también el que sabe ponerse en el lugar de los pobres, los humildes, los que sufren… Y, ¡bienaventurado el que en espíritu —ya que no en realidad— toma como su Señor esa posición de pobre! (Mateo 5:3).

¡Qué aliento trae el versículo 3 a los enfermos! Primeramente trae la promesa del socorro divino. Aunque “nuestro hombre exterior” se va desgastando, el ser interior se renueva de día en día por medio de los cuidados del gran Médico de las almas (2 Corintios 4:16). Y, además, “toda la cama” del enfermo se verá milagrosamente transformada. Porque la presencia del Señor a su cabecera tiene el poder de cambiar su postración en gozo. ¡Preciosa visita, capaz de hacer olvidar la incomprensión o la indiferencia de la que el enfermo haya sido objeto! (v. 8).

Sabemos cuándo se cumplió el versículo 9. Con qué tristeza debió citarlo el Señor, antes de dar al traidor Judas “el pan mojado” que lo señalaba (Juan 13:18, 26).

Finalmente, el primer libro de los salmos termina con una alabanza eterna, a la cual, amigos creyentes, podemos unir nuestro amén.

Salmo 42

Con este salmo empezamos el segundo Libro de los salmos. Se aplica proféticamente al período en que el fiel remanente judío, perseguido por el Anticristo, habrá tenido que huir de Jerusalén; los versículos 2, 4 y 6 expresan especialmente el dolor de ese exilio. Sin embargo, como en el primer Libro, muchas expresiones pueden ser colocadas en la boca del Señor Jesús, quien padeció más que nadie a causa de la maldad de su pueblo (por ejemplo: v. 7 y 10).

¿Existe una imagen más patente que la del primer versículo para interpretar los suspiros de un alma sedienta de la presencia de Dios? ¡Ojalá podamos buscar así esa presencia cada vez que una falta haya interrumpido nuestra comunión con el Señor! Es de desear que cada uno Le conozca bajo ese precioso Nombre personal: el “Dios de mi vida” (v. 8), el cual corresponde a la divisa del apóstol: “Para mí el vivir es Cristo” (Filipenses 1:21). Él quiere dirigir mi vida, día a día, llenarla para ser el precioso Objeto de mi corazón. “¿Dónde está tu Dios?” — preguntan irónicamente los incrédulos (v. 3, 10; compárese Mateo 27:43). Pero si ellos no Le disciernen, quiera Dios que por mi parte sepa yo siempre dónde hallarle, de día o de noche, para elevar hacia él, con amor, mi cántico y mi oración (v. 8).

Salmo 43

Este salmo se relaciona con el precedente, como lo señala la repetición final de los versículos 5 y 11 del Salmo 42. Frecuentemente mi alma necesita ser exhortada a no estar abatida, a esperar en Dios y a alabarle ahora y siempre. No sólo ha sido mi salvación, él es también “el Dios mío”, de quien dependo sin cesar y quien es la fuente de mi fortaleza (v. 2).

Su luz y su verdad me conducirán a una adoración inteligente si se lo pido como lo hace aquí el salmista (v. 3-4).

La expresión subrayada en el salmo 42: “el Dios de mi vida” se completa en el versículo 4 con otra muy notable: “el Dios de mi alegría”. Queridos amigos creyentes: ¿nos basta Dios para ser felices? ¿Es Él el objeto de nuestro gozo como lo era para Jesús? (Lucas 10:21). Conociendo a semejante Dios, ¿se turbará o se abatirá nuestra alma? “No se turbe vuestro corazón” —decía el Señor a sus discípulos— “creéis en Dios, creed también en ” (Juan 14:1). Y en otro lugar: “Tened fe en Dios” (Marcos 11:22). La fe, éste es el gran remedio para todo lo que el mundo pueda hacernos para causarnos tristeza o agitación.

Salmo 44:1-8

Mientras que los salmos del primer Libro son casi todos de David, los que nos ocupan (Salmos 42-49) fueron compuestos por los hijos de Coré, esos objetos de la gracia que habían sido preservados cuando su padre fue castigado (Números 26:11). Por eso, es notable oír a esos hombres recordar las maravillas cumplidas por Dios “en los tiempos antiguos”. Pues, mejor que nadie, están en condiciones de apreciar y de celebrar la divina misericordia. No, no es la espada de los hijos de Israel la que pudo salvarles y darles la posesión del país (basta pensar en el cruce del mar Rojo y la toma de Jericó). El recuerdo de las grandes liberaciones del pasado es una lección para estos fieles. Como sus padres, ellos no pueden confiar en sus propias armas para vencer (v. 6). “Por medio de ti” y “en tu nombre”: éstos son los únicos recursos del creyente (v. 5; Oseas 1:7).

Otra diferencia que encontramos aquí con respecto al primer Libro es el empleo casi exclusivo del nombre de Dios (en hebreo Elohim), mientras que hasta el salmo 41 se trataba de Jehová. Es la triste prueba de que los fieles israelitas ya no tienen relaciones con el culto oficial que ha llegado a ser apóstata. El pacto garantizado por el nombre de Jehová está quebrantado (Éxodo 6:3, 6-8), pero el creyente apela aún al Dios supremo.

Salmo 44:9-26

El tono del salmo cambia desde el versículo 9. En lugar de seguir mirando a Dios, a la luz de su faz y al poder de su Nombre (v. 3, 5), los fieles consideran las pruebas que les han alcanzado. El alma del redimido no está siempre en las alturas ¡todos lo sabemos por experiencia!

Sin embargo, la fe de esos creyentes no está derrumbada; saben atribuir a Dios todo lo que les acontece y reciben los golpes como provenientes de su mano (Job 1:21). Su conciencia es recta; sus pasos no sólo no se han desviado del sendero de la obediencia, sino que su corazón “no se ha vuelto atrás” (v. 18). Dios, quien “conoce los secretos del corazón”, es testigo de ello. No olvidemos esa importante verdad (v. 21).

¿A qué corresponde la extraña expresión del versículo 22: “nos matan cada día”? Su citación en la epístola a los Romanos (8:35-36) nos permite comprender que, por medio de las pruebas, se nos recuerda nuestra insignificancia y nuestra total incapacidad. Aunque después este pasaje nos invita a comprender también la triunfal contrapartida: “Antes en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8:37).

Salmo 45

Bajo la acción del Espíritu Santo, “escribiente muy ligero”, este salmo nos invita a alabar a Cristo, el Amado, quien supera en hermosura y en gracia a todos los hijos de los hombres. Pero antes de brotar de los labios, la alabanza ha sido preparada y meditada en un corazón que rebosa (Mateo 12:34); ella celebra su persona, sus palabras, sus obras.

Se ha podido decir que el culto del domingo es el cántico que reúne todas las estrofas que el Espíritu ha enseñado al redimido durante los días de la semana sobre los inagotables temas de las glorias y de las gracias del Señor Jesús. Él es “el rey”, pero los versículos 6 y 7, citados en la epístola a los Hebreos (cap. 1:8-9), lo llaman “Dios”. Cuando aparece en su majestad y su magnificencia, es objeto de una universal admiración. Su poder se afirma con el terrible juicio que él cumple (v. 3-5). Hay perfumes que impregnan sus vestidos: la mirra recuerda sus sufrimientos, el áloe su muerte (Juan 19:39) y la casia su elevación. Pero lo que para Cristo tendrá más valor que todas estas glorias será la hermosura de la Esposa que le será presentada (aquí Jerusalén) y el amor que ella le retribuirá. Amigo creyente, es tu privilegio expresarle desde ahora ese amor agradecido. “Inclínate” —o prostérnate— “a él porque él es tu Señor” (v. 11).

Salmo 46

¡Cuántos creyentes angustiados han hecho la preciosa experiencia del primer versículo de este salmo! En la hora de la prueba, y muy especialmente en el momento de la tentación, el creyente no debe olvidar que tiene a su disposición ese amparo, esa fortaleza y ese pronto auxilio. Tales recursos no los halla en sí mismo, sino en Dios, es decir ¡en su comunión!

Coré fue sepultado vivo por un cataclismo terrestre dispuesto por Dios, análogo a los que son mencionados en el versículo 2. Pero sus hijos fueron preservados y lo mismo ocurrirá con los creyentes del remanente judío. Estarán seguros, pues su refugio no será otro que Jehová (Salmo 91:9-10). ¡Qué contraste habrá con los hombres de la tierra durante ese mismo período apocalíptico! (compárese Lucas 21:26 y Apocalipsis 6:14-17). Frente a las rugientes y turbulentas aguas del juicio (v. 3), Dios nos recuerda que existe un río de la gracia que se derrama en generosas corrientes, es decir, en múltiples manifestaciones que “alegran la ciudad de Dios” y a los que hallan refugio en ella.

El final del salmo nos muestra a los fieles presenciando tranquilamente desde su refugio el cumplimiento de los últimos juicios de Dios.

Salmo 47

Este salmo expresa el gozo que llenará el corazón de los fieles cuando, después de los juicios mencionados en el salmo 46, Cristo establezca su reinado. Israel tendrá una posición preeminente sobre todos los pueblos y les enseñará a cantar a Dios, a cantar sus glorias y su supremacía (v. 3, 6; Isaías 2:2-3). Una vez restablecidas las relaciones del pueblo de Dios, notamos que el nombre de Jehová reaparece, como ya ocurre en los versículos 7 y 11 del salmo 46. Es Cristo quien, finalmente reconocido, toma su título de “Rey grande sobre la tierra” (Zacarías 14:9). Con esto comprendemos por qué nosotros, los cristianos, no llamamos a Jesús nuestro rey. Somos ciudadanos del cielo y no súbditos del reino terrenal. Cristo no reinará sobre la Asamblea, sino con ella; ésta estará en la misma posición que una reina al lado del rey su esposo.

¿Cómo no cantaremos nosotros, quienes no sólo tenemos que celebrar “al soberano de los reyes de la tierra” (Apocalipsis 1:5), sino a nuestro divino Salvador, un Señor resucitado, al celestial Esposo que ama a su Asamblea y la viene a buscar? ¡Cuántas glorias reunidas en la misma Persona, maravillosas glorias que actualmente deberían llenar nuestras bocas y nuestros corazones del eterno cántico de los verdaderos adoradores!

Salmo 48

Con el salmo 48 termina la sumaria exposición profética que empezó en el salmo 42. En síntesis, asistimos al ataque final de los reyes de la tierra contra Jerusalén y a la completa derrota de aquéllos (v. 4-7). Los piadosos judíos comprueban entonces que lo que habían oído se cumple en provecho de ellos (v. 8; Salmo 44:1). Por cierto, no en vano habían puesto su confianza en Dios. Después de haber padecido tanto a causa del exilio, ¡qué valor tiene para ellos cada piedra de la ciudad amada! Vuelven a encontrarse en medio de ese templo que tanto habían añorado (Salmo 42:4; 43:3-4), llenos del sentimiento de la misericordia de Dios (v. 9). ¿No es igualmente nuestra santa ocupación meditar sobre la grandeza de su amor cuando nos hallamos allí donde el Señor ha prometido su presencia?

Pero, para entonces, la alabanza no sólo llenará el corazón de los creyentes diseminados aquí y allá, como hoy día, sino que ésta se extenderá hasta los fines de la tierra y será por fin digna del nombre del gran Dios al que ella celebrará (v. 10).

Querido amigo: ese Dios, que preside el destino del mundo y que cumplirá lo que su boca ha dicho, ¿es tu Dios para siempre y tu guía hasta la última hora aquí abajo? (v. 14).

Salmo 49

Frente al porvenir que ha esbozado en los salmos precedentes, el Espíritu de Dios se dirige ahora a todos los habitantes del mundo, cualquiera sea su rango en la sociedad (v. 1, 2). ¿De qué sirven las riquezas de las cuales se vanaglorian y en las que ponen su confianza si el tesoro más grande de la tierra no puede alcanzar a redimir una sola alma? (v. 7-8). ¡Inestimable rescate al que debemos renunciar para siempre por no poderlo pagar nosotros mismos! Pero “Dios redimirá mi vida…”, declara el versículo 15. Y sabemos qué precio tuvo que pagar por ella: “la sangre preciosa de Cristo” (1 Pedro 1:18-19).

Si alguien busca los honores de este mundo, que medite en el versículo 12 y en el 20 que lo completa. ¿Adónde conduce esa carrera hacia los honores, ese “camino de locura” (v. 13) en el que se hallan comprometidos innumerables competidores, ricos o pobres, plebeyos o nobles? ¡Hacia la muerte, en la que nada nos podemos llevar! (v. 17). La muerte despista la previsión humana, amenaza las más prudentes disposiciones, ensombrece las alegrías y marca todos los proyectos con una terrible incertidumbre (Lucas 12:20). Por eso los hombres cierran los ojos a causa del temor a mirarla de frente. Pero, para el redimido, la muerte sólo es el último paso hacia la casa de su Padre… pues Él lo tomará consigo (v. 15).

Salmo 50

El Salmo 49 recordaba a todos los habitantes del mundo la fragilidad y la vanidad de las riquezas y de los honores, los dos polos de atracción para los hombres de todos los tiempos. En el salmo 50, Dios se dirige a Israel, su pueblo (v. 7), para mostrarle la inutilidad de los sacrificios. Tampoco éstos pueden rescatar el alma ni “hacer perfectos a los que se acercan”. Por un sacrificio único, Dios ha sellado su pacto con Israel (v. 5; Hebreos 10:1, 10, 12). En pago de esto, lo que Él espera ahora de todos los suyos es la alabanza (v. 14, 23; Hebreos 13:15).

El corto versículo 15 resume la historia de nuestras liberaciones: “Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás”. Primeramente la oración; luego se nos asegura la respuesta divina; finalmente la acción de gracias… que, desgraciadamente, tan a menudo olvidamos. Pongamos nuestra confianza en Dios: invoquémosle y Él cumplirá su promesa.

En los versículos 16 a 22, Dios advierte al malo; éste, aunque tiene la boca llena de palabras piadosas, las niega en la práctica y aborrece la corrección. ¡Procuremos no asemejarnos a él!

Notemos aun la magnífica introducción (v. 1, 2) que nos da, como ocurre a menudo, el tema del salmo: Dios hablando a la tierra para revelarle Su resplandor en la Persona de Cristo, soberano juez y glorioso rey de Sion.

Salmo 51

El salmo 51 fue escrito por David en una muy dolorosa circunstancia (2 Samuel 12). Nos revela los sentimientos producidos en el alma por una verdadera convicción de pecado, así como la senda trazada por el Espíritu Santo para volver a encontrar la comunión con Dios. Consideremos las penosas etapas de ese camino: la confesión de la falta cometida (v. 3); el pensamiento de que el ofendido ha sido Dios y no tal o cual persona (v. 4); el recuerdo de nuestra pecaminosa naturaleza (v. 5); el sentimiento de las exigencias de Dios en cuanto a “la verdad en lo íntimo” (no olvidemos jamás este versículo 6); el deseo de tener una conciencia limpia y recta (v. 10); finalmente, la necesidad de un retorno a la santidad práctica (v. 11), al gozo y a un abnegado servicio (v. 8, 12). Una vez restaurado, el creyente estará en condiciones de dar a conocer a otros la gracia que le ha perdonado (v. 13; comparar Lucas 22:32).

Todo este trabajo del alma no requiere la ofrenda de ningún sacrificio (v. 16), ni obra alguna de «penitencia». Un “espíritu quebrantado”, un corazón verdaderamente humillado, esto es lo que Dios puede recibir por medio de la eficacia de la obra de Cristo (v. 16-17).

Amigos, si nos hemos dejado sorprender por alguna falta, volvamos a leer ese salmo en la presencia de Dios, no como la confesión de David sino como nuestra propia oración.

Salmo 52

Hasta el final del segundo Libro de los salmos (Salmo 72) hallaremos algunos de David, varios de los cuales fueron compuestos en circunstancias especiales, como el 51. El capítulo 22 (v. 9 y siguientes) del primer libro de Samuel relata cómo Doeg el edomita refirió a Saúl el paso de David por la casa de Ahimelec el sacerdote y la matanza que resultó de tal hecho. Ese Doeg es una figura del Anticristo, personaje profético que encarnará al mal y se jactará de ello (v. 1). ¡Qué contraste entre el versículo 7 del salmo 45, dirigido al Señor Jesús y los versículos 1 y 3 de este salmo que interpela “al poderoso”: “Amaste el mal más que el bien, la mentira más que la verdad”. Para el consuelo de los fieles, la profecía del versículo 5 (“Por tanto Dios… te desarraigará de la tierra de los vivientes”) se cumplirá según lo dicho acerca del falso profeta en el Apocalipsis (19:20).

Frente a este poder del mal, el salmista se refugia en Dios (v. 8) y aun le alaba (v. 9). El Espíritu de Dios sabe servirse de las mayores pruebas para producir acentos de alabanza en el corazón de los redimidos. En cuanto al incrédulo, nunca tendrá paz y sus precarios apoyos no merecen la confianza que pone en ellos (v. 7). No, aquel hombre fuerte “no puso a Dios por su fortaleza, sino que confió en la multitud de sus riquezas”. Pero sus riquezas están podridas… su oro y su plata están enmohecidos, como lo declara el apóstol Santiago (cap. 5:2-3).

Salmo 53

Con excepción del versículo 5 y de la sustitución del nombre de Dios por el de Jehová, el salmo 53 es la reproducción casi textual del salmo 14. Los tres primeros versículos están citados en el capítulo 3 de la epístola a los Romanos (v. 10-12) para demostrar la quiebra general de toda la raza humana que nunca nadie ha podido contradecir. “No hay quien haga bien”, dice el versículo 1; “ni aun uno”, agrega el versículo 3. Sin embargo, sabemos que hubo un Hombre, el que vino del cielo, santa excepción entre los hijos de los hombres, a quien “Dios, desde los cielos miró” (v. 2; compárese Mateo 3:16-17).

“No hay Dios”, pretende el necio en su corazón, aunque su conciencia le diga lo contrario; aunque se mueva con Su permiso, viva de Sus beneficios y respire por Su aliento, “porque en él vivimos y nos movemos y somos” (Hechos 17:28). Pero Dios le molesta; por ello se esfuerza para persuadirse de que no existe y pone en su lugar la ciencia «todopoderosa» o la filosofía. Y cuando, pese a todo, está obligado a admitir que las cosas que lo superan tienen una causa, el incrédulo habla vagamente de la Naturaleza o de la Providencia para no tener que pronunciar ese nombre de Dios que le da miedo… porque Dios es luz. Él confundirá a todos los que “hacen iniquidad”.

Salmo 54

Después de Doeg edomita, también los zifeos informaron alevosamente a Saúl de las idas y venidas de David, su rival, lo que le permitió volver a hallar sus huellas. Encontramos este relato en el capítulo 23 (v. 19 y siguientes) del primer libro de Samuel; pero una cosa primordial no está mencionada en él: esa oración llena de confianza que el rey rechazado hizo subir hacia Dios a la hora del peligro.

Del mismo modo, a través de las circunstancias de todos los días, tendría que haber en la vida del creyente una «trama» de oraciones tejida en el secreto entre el Señor y él. Es lo que ampliamente encontramos como ejemplo en el libro de Nehemías (cap. 1:11; 2:4; 4:4; 5:19; 6:14 y siguientes). El mundo que no ha puesto a Dios delante de sí (v. 3) y no entiende nada acerca del poder de la oración, atribuirá a una «feliz casualidad» la manera en que el creyente escapa de los peligros que le amenazan (vea precisamente cómo en 1 Samuel 23:26 Saúl busca siempre a David por el lado opuesto a aquel en que éste se halla en el monte). Pero el rescatado conoce el nombre de Aquel que lo libera de toda angustia y es este nombre el que celebra (v. 1, 6, 7). Dios es su ayuda y, además, a lo largo de la prueba, Él sostiene el alma que podría desalentarse (v. 4).

Salmo 55:1-11

Apremiado por los impíos que le persiguen con furor, presa de angustias y de “terrores de muerte” (v. 3, 4), el fiel no responde por sí mismo a “la voz del enemigo”, sino que se vuelve hacia Dios. Es lo que siempre tenemos que hacer, en lugar de replicar a palabras envenenadas… pero no para pedir venganza, como David en estos versículos. Proféticamente, los salmos nos transportan más allá del actual tiempo de la gracia, a los días en que el reino será establecido a través del juicio de los inicuos. La maldad del mundo no alcanza hoy la intensidad que conocerá en aquel terrible período. Está aún detenida, frenada por la presencia del Espíritu Santo en la tierra (2 Tesalonicenses 2:6-7).

Sin embargo, los caracteres descritos en este salmo ya se manifiestan: violencia y rencilla (v. 9), iniquidad y pena (v. 10), maldad, fraude y engaño (v. 11). El redimido no puede sentirse a sus anchas en semejante mundo. Como el fiel del residuo de Israel, suspira por el lugar del tranquilo reposo (v. 6), por la casa del Padre que es su esperanza y el tema de su cántico:

Pronto, ¡adiós, cosas terrenas!

Lejos de aquí, alas tomaré

hacia las mansiones eternas,

hacia Jesucristo, mi Señor, iré.

Salmo 55:12-23

Aquel de quien habla David en los versículos 12 a 14 probablemente sea Ahitofel gilonita, cuya traición y suicidio nos cuenta el segundo libro de Samuel en los capítulos 15 a 17. Pero, proféticamente, estas palabras se aplican al desdichado Judas. ¿Existe una expresión más fuerte que la del versículo 13 para designar vínculos de afecto como “íntimo mío, mi guía y mi familiar”? Ésta es la evidencia de que las más grandes pruebas de confianza y de amor son incapaces de ganar el corazón natural del hombre en el que mora la guerra contra Dios (compárese el v. 21 con Marcos 14:15).

Pensemos entonces en lo que habrán sido aquí abajo los sentimientos del Señor. No podía contar con nada ni fiarse de nadie (Juan 2:24). Pero ante semejante despliegue del mal, el salmista nos invita: “Echa sobre Jehová tu carga…” (v. 22). Una carga molesta a un hombre que corre; por eso Hebreos 12:1 nos dice también: “despojémonos de todo peso… y corramos con paciencia”. Esto no quiere decir que la prueba nos sea quitada inmediatamente. Pero ella deja de ser una carga desde el momento en que la echamos sobre Dios, dejándole a Él el cuidado de arreglar lo que nos inquieta.

Salmo 56

Como el salmo 34, este salmo se sitúa en el momento de la triste experiencia de David en Gat (1Samuel 21:11-15).

Los versículos 5 y 6 evocan al Señor en sus relaciones con los que se reunían para observarle y sorprenderle, y que torcían sus palabras (Mateo 22:34; Lucas 11:53; 20:20). A tal maldad Jesús respondía mediante la confianza en su Padre. ¡Imitémosle! No obstante, para confiarse en Dios, es menester conocerle primeramente. Generalmente un niño pequeño no pone su mano en la de un desconocido. Ahora bien, es la Palabra la que nos revela a Aquel en quien podemos apoyarnos; por esa razón el fiel exclama dos veces: “En Dios alabaré su palabra; en Dios he confiado” (v. 4, 10, 11).

Los malos observan los pasos de los creyentes (v. 6), pero Dios cuenta esos mismos pasos (v. 8). Sabemos que Él conoce el número de los cabellos de sus cabezas (Mateo 10:30); y aquí le vemos preocuparse por cada una de las lágrimas de sus hijos, incluso las más secretas. Así, pues, si en mis idas y venidas tuviera que encontrar una trampa armada por el enemigo, Aquel que libró mi alma de la muerte eterna guardará también mis pies de caída (v. 13; Salmo 94:18; 116:8; Judas 24).

Salmo 57

Este salmo empieza casi con las mismas palabras de los salmos 51 y 56: “Ten misericordia de mí, oh Dios…”. Porque la gracia divina es mi recurso tanto contra el mal que me rodea como respecto del pecado que está en mí (Salmo 51). Así los enemigos se llamen Absalón, filisteos o Saúl… Satanás o el mundo, el seguro refugio de mi alma está “en ti”, Señor Jesús, “en la sombra de tus alas” (v. 1). En semejante abrigo no temo lo que sale de la boca de los hombres ni la red armada a mis pasos (v. 4, 6; comparar Salmo 91:3-4). La afirmación del versículo 2: “Dios… me favorece” es el equivalente del versículo 28 del capítulo 8 de la epístola a los Romanos: “Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan (obran o trabajan) a bien”. La fe nos lleva a creer, luego a hacer la experiencia de que “todas las cosas”, incluso las más contrarias a nuestros propios pensamientos, son dirigidas por Dios con miras a nuestra bendición.

Pero, en este salmo, el creyente está más preocupado por la gloria de Dios que por su propia liberación (v. 5 repetido en el v. 11 y Salmo 108:5). Ésta fue la oración del Señor a propósito de la cruz que tenía ante sí: “Padre, glorifica tu nombre” (Juan 12:28). Esto también debe ser nuestro primer objetivo en cada circunstancia de nuestra vida.

Salmo 58

Los versículos 1-5 no nos permiten alentar ninguna ilusión sobre lo que es la justicia humana. Si este relato nos parece demasiado severo, basta evocar la cruz. Las relaciones de los hombres entre sí están frecuentemente regidas por la ley del más fuerte. Y la mentira y el veneno de la calumnia son armas corrientemente empleadas (v. 3, 4; Salmo 140:3). Sí, el mundo que nos rodea está lleno de injusticia, como lo estaba en el tiempo de David. Pero nuestra actitud de cristianos debe ser muy distinta de la del israelita piadoso, tal como resalta de los versículos 6 a 10. En la hora de la gran tribulación, éste sólo podrá dirigirse al Dios de la venganza para apresurar la venida del día en que la justicia reinará en la tierra.

Efectivamente, este día vendrá, pero, mientras tanto, es aún “ahora el día de la salvación” (2 Corintios 6:2). Por eso, objetos de la misericordia divina, debemos interceder por los hombres ante el Dios Salvador. La injusticia que nos rodea es para nosotros la oportunidad de hacer el bien y de sembrar “el fruto de la justicia” (Santiago 3:18). No debemos intentar mejorar el mundo —lo que no es posible— sino manifestar en él los caracteres del Salvador.

Salmo 59

Entre los salmos relacionados con las circunstancias de la vida de David, éste es el más antiguo (véase 1 Samuel 19:11-18). Fue compuesto en el curso de aquella dramática noche en que, por tres veces, Saúl había mandado sus criminales agentes para vigilar (v. 11), prender (v. 14) y matar a quien odiaba (v. 15; vea su obstinación en obrar mal en los versículos 6 y 14 de nuestro salmo). Durante esa noche de angustia, el afligido se vuelve hacia su Dios: “Despierta para venir a mi encuentro… Dios de Israel, despierta…” (v. 4, 5; compárese Salmo 44:23 y Marcos 4:38). El afligido conoce el poder de Dios; sabe que él puede liberarle si lo desea, pero conoce mal Su fidelidad, Su vigilancia y Su compasión para con los suyos (compárese Mateo 8:2-3). Los versículos 3 a 8 del Salmo 121 responden a la inquietud del creyente: “Ni se dormirá el que te guarda…”. En el último versículo vemos cómo David experimentó no sólo la fortaleza sino también la misericordia de su Dios; y le celebra bajo esos dos caracteres.

El proyecto de Saúl era hacer morir a su enemigo a la mañana (1 Samuel 19:11). Pero, para David, como para nosotros, esa mañana llega a ser la de la liberación, la del gozo, la de la alabanza (v. 16; 2Samuel 23:4).

Salmo 60

Al leer la gloriosa página de las victorias de David sobre los sirios y los edomitas en 2 Samuel 8 y 1 Crónicas 18, ¿quién habría pensado que en esa oportunidad Israel y su rey hubiesen pasado por angustia tan grande como la descrita en los versículos 1-3 y 10-11? La victoria del creyente a menudo es precedida de penosas luchas interiores que sólo el Señor conoce. Y una parte del botín conquistado en esas luchas consiste en las lecciones que, al mismo tiempo, Dios nos da a entender en lo secreto del corazón. Éste es el sentido en que podemos comprender la expresión: “somos más que vencedores” de la epístola a los Romanos (8:37). Como lo vemos en el título, este salmo fue escrito especialmente “para enseñar”. David ha aprendido —y nos lo recuerda— que “vana es la ayuda de los hombres” (comparar Salmo 146:3) y que “en Dios haremos proezas”.

“Has dado a los que te temen bandera que alcen por causa de la verdad”. Mantengamos en alto y con mano firme esa bandera de la verdad. Los precedentes salmos nos presentaban las relaciones individuales del alma con Dios; aquí se trata de ejercicios comunes a todo el pueblo. Jamás perdamos de vista la unidad de los redimidos del Señor, su carácter de “amados” (v. 5) y el testimonio colectivo que están llamados a dar.

Salmo 61

Cuando el creyente encuentra la maldad bajo todas sus formas, cuando es perseguido por los hombres y desmaya su corazón, entonces halla su refugio en Dios (v. 2, 3). Ésta fue la experiencia de David cuando era perseguido sin tregua por Saúl primeramente, y más tarde por Absalón; será también la del remanente de Israel cuando huya de la dominación del Anticristo.

“Llévame a la roca que es más alta que yo”. El Espíritu de Dios transporta la fe a alturas a las que la inteligencia natural no tiene acceso y de las que uno se siente indigno. Y, de lo alto de esa roca, el creyente exalta todo lo que el Señor es para él; todos los aspectos del socorro y de la protección que halla en Él: “una torre fuerte delante del enemigo” (comparar Proverbios 18:10), un “tabernáculo” para quedar al abrigo de la tormenta o del calor del sol; “la cubierta de sus alas” que hablan de ternura y seguridad.

Como en el salmo 56:12, el fiel recuerda los votos que hizo, es decir, los compromisos tomados para con Dios (v. 5, 8). Para nosotros, cristianos, estos votos corresponden al sentimiento de los derechos del Señor sobre nosotros, al hecho de tener conciencia de que hemos sido entregados a Dios, que no nos pertenecemos más a nosotros sino al que nos ha rescatado (2 Corintios 5:15; léase también Romanos 12:1).

Salmo 62

Este hermoso salmo no se considera como resultado de una circunstancia especial de la vida de David. Eso nos confirma que “en todo tiempo” (v.8) el alma debe descansar apaciblemente en Dios (quien es nombrado siete veces) y ¡en Él solamente! Preciosas expresiones de confianza (v. 1, 2, 5-8), pero, sobre todo, precioso objeto de mi confianza: Cristo, la Roca de los siglos, sobre quien descansan a la vez mi salvación y mi gloria (v. 7). Si lo experimento, puedo invitar a otros a confiarse en Él (v. 8) y, al mismo tiempo, prevenirlos contra todo apoyo engañoso. Efectivamente, así estén en lo alto como en lo bajo de la escala social, los hombres se hinchan con el viento de su vanidad y de sus pretensiones engañadoras. En la balanza divina todos serán hallados faltos de peso (v. 9; compárese Daniel 5:27).

En cuanto a nosotros, creyentes, retengamos con cuidado el final del versículo 10: “Si se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas”. Muchos hijos de Dios, fieles mientras tenían solamente a Dios como apoyo (v. 1), no han resistido la prueba de… la prosperidad (comparar Salmo 69:22). “El engaño de las riquezas” (Mateo 13:22) ahogó la palabra viva, la que entonces quedó sin fruto.

Salmo 63

¿Podemos apropiarnos esa ardiente oración matinal del salmista? Al experimentar la aridez de este triste mundo, todo su deseo, toda su esperanza, todo su gozo es su Dios, objeto de su ferviente meditación, día y noche. La vida es lo más preciado que tiene un hombre, pero el creyente ha hallado un tesoro más grande aún: la misericordia de su Dios. Guarda en su corazón todas las pruebas de ella (v. 3, 7). Note la magnífica progresión: “Mi alma tiene sed de ti” (v. 1); “será saciada mi alma” (v. 5; Jeremías 31:25); y mi alma “está… apegada a ti” (v. 8). Al mirar al mundo experimento esa sed y ese abatimiento, pero, al pensar en el Señor, mi alma está satisfecha; adoro y, así fortalecido, unido a Cristo, quien me colma de bendiciones y me basta por sí solo, puedo seguirle a través de este mundo árido, sostenido por su poderosa mano.

Pero el camino del desierto pronto se va a acabar. Mañana, la meta del peregrino aparecerá sin velo. ¿Cuál es la meta?: el Señor en su gloria, al fin visto con nuestros propios ojos. ¿No lo pidió él mismo cuando dijo: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado”? (Juan 17:24; comparar con el versículo 2 de este salmo). ¡Ojalá pueda el Señor encontrar en cada uno de nuestros corazones un deseo que corresponda al suyo!

Salmo 64

En este salmo, el creyente no sólo experimenta la aridez de un mundo que no puede apagar la sed de su alma, como en el salmo 63:11, sino también la adversidad de los hombres que afilan su lengua “como espada” contra él (compárense Salmos 55:21 y 57:4). La fidelidad siempre excitó la animosidad de los incrédulos. No es de extrañar, pero cuidémonos de que nuestra conducta no dé asidero a acusaciones justificadas. Contra esa espada y esas saetas, vistámonos de “la coraza de justicia” (es decir, una conducta irreprochable; Efesios 6:14; léase 1 Pedro 2:12) y opongamos a todas esas manifestaciones de maldad una “sabia mansedumbre” (Santiago 3:13). Entonces Dios tomará nuestra causa en mano, “porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Romanos 12:17-19).

¿Quién los ha de ver?” habían dicho los enemigos del justo (v. 5; ver también Salmos 10:11 y 59:7). Pues bien, ¡Dios lo ve! Su mirada descubre en lo más profundo del corazón la malevolencia y los inicuos designios (v. 6). Y como respuesta a la flecha (esa “palabra amarga”) disparada “de repente” contra el hombre íntegro (v. 4), Dios prepara su propia saeta, la que liberará a su redimido de modo igualmente repentino cuando haya llegado el momento (v. 7).

Salmo 65

Antes que, al alba del día milenario (Salmo 66), la alabanza sea universal, ella se prepara en silencio en el corazón de los rescatados. Tendría que sernos familiar esa adoración silenciosa que no aguarda hasta el domingo a la mañana para elevarse ante Dios y que es tanto más real cuanto no necesita palabras. Ejercitémosla durante nuestros trayectos, durante los intervalos de nuestro trabajo o sobre nuestro lecho durante las vigilias de la noche… (Salmo 63:6). Siempre será oída y comprendida por Aquel que oye la oración (v. 2).

Después de haber experimentado en el versículo 3 que los pecados son perdonados, Israel (y el cristiano igualmente) podrá gozar de la presencia de Dios y de las bendiciones de su comunión (v. 4).

El salmo termina con un magnífico cuadro de las futuras bendiciones terrenales, figuras de las riquezas espirituales que el creyente posee desde ahora. Si éste se marchita “en tierra seca y árida donde no hay aguas” (Salmo 63:1), debe recordar que “el río de Dios (está) lleno de agua” (v. 9). Queridos amigos: ¿no es culpa nuestra, entonces, si nuestra alma está a veces reseca? (Juan 4:14-15).

El versículo 8 nos dice aun: “Tú haces alegrar las salidas de la mañana y de la tarde”. Sí, ojalá nuestras jornadas empiecen, se desarrollen y acaben en un cántico de dicha y de amor.

Salmo 66

En los tiempos felices de los que habla el salmo 65, el papel de Israel será invitar a las naciones a participar de la alegría y de la alabanza. Primeramente, porque las obras de Dios son “asombrosas” y “temibles” (v. 3, 5), luego por su bondad para con su pueblo. La salida de Egipto y la entrada en Canaán (v. 6) son los primeros grandes actos de poder que deberán ser exaltados. Asimismo nosotros, los cristianos, no dejemos de celebrar la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Él nos liberó del yugo de este mundo (Egipto) y de su príncipe (Faraón = Satanás) y nos hizo entrar en las bendiciones celestiales.

Luego, los largos sufrimientos de Israel también serán rememorados (v. 10-12). Los judíos fueron probados y lo son aún de muchas maneras, abrumados y hollados (v. 12) por las naciones en medio de las cuales han sido dispersos. Pero pronto podrán bendecir a Dios, quien preservó la vida de sus almas y los refinó como oro en el crisol de la prueba. No olvidemos tampoco ese precioso propósito divino. El versículo 18 nos recuerda una verdad muy importante: Dios no puede escuchar nuestras oraciones mientras tengamos sobre la conciencia un pecado que no ha sido juzgado. ¡Apresurémonos a confesárselo a fin de gozar de nuevo de Su comunión! (Isaías 1:15; Salmo 32:5, 6).

Salmo 67

Israel pide ser bendecido a fin de que la voluntad de Dios y Su salvación sean conocidos en toda la tierra (v. 1, 2). Habitualmente ¿no estamos demasiado preocupados por nosotros mismos en nuestras oraciones? Roguemos para que la gracia de la que somos objeto y las bendiciones que gozamos puedan ser observadas por los que nos rodean y que por ellas sean atraídos a Jesús.

Los capítulos 9 a 11 de la epístola a los Romanos nos explican cómo Israel fue puesto a un lado para permitir que Dios, a partir de ese momento, extendiese su gracia a las naciones. Nos muestran también cómo el hecho de que “los gentiles” participaran de las promesas hechas a Abraham debía excitar el celo de los judíos (leer Romanos 11:11, 12). Pero, bajo el cetro del Mesías, habrá lugar tanto para unos como para otros (Salmo 22:27). Todas las naciones del mundo serán bendecidas juntamente con el pueblo judío. No será más una cuestión de celo ni de orgullo nacional; Israel tendrá un solo deseo, a saber, que todos los pueblos se regocijen en Dios y le celebren (v. 3, 5). Entonces el Cordero será exaltado en los cielos y en la tierra como él es digno de serlo: “Digno eres… porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apocalipsis 5:9).

Salmo 68:1-14

Dios, terrible en sus juicios contra los impíos, se muestra lleno de ternura para con los que le pertenecen, a quienes Él llama “los justos” (v. 3). Él mismo toma los hermosos nombres de “Padre de huérfanos” y “defensor de viudas” (v. 5; Salmo 146:9; Jeremías 49:11). Demuestra así que atiende de un modo especial a los que han perdido su sostén natural. Los aislados son objeto de sus particulares cuidados: “Dios hace habitar en familia a los desamparados” nos dice el versículo 6 (V.M. “los solitarios”). ¡Cuántos han hecho esta preciosa experiencia! Cuando se convirtieron, se les cerraron muchas puertas; ciertos miembros de su familia no quisieron recibirlos más. Por amor al Señor tuvieron que dejar “casa, o hermanos, o hermanas…”. Pero “el Padre de huérfanos” los recogió en su propia familia, en la que hallaron otros hermanos y otras hermanas (leer Marcos 10:29-30).

Hasta el versículo 14 son recordados los cuidados de Dios para con su pueblo desde el camino en el desierto (comparar los v.1 y 7 con Números 10:33-36). Dios no dejó de velar sobre Israel, “su grey” (v. 10). Pero hoy el Señor tiene “otras ovejas que no son de este redil” judío (Juan 10:16). ¿Es el lector una de ellas? ¿Puede hablar del amor de ese buen Pastor?

Salmo 68:15-23

Llegará el momento en que todas las pretensiones de los hombres que detentan el poder (esos montes altos del versículo 16) tendrán que dejar el lugar al solo poder divino. La más grande prueba de éste no fue su victoria sobre los enemigos de Israel, sino la que Cristo logró sobre Satanás (el hombre fuerte que nos mantenía cautivos) y la de su triunfante resurrección (v. 18; Romanos 1:4). Elevado “sobre los cielos”, el Señor es aquí Aquel que recibe los dones. En la mención de Efesios 4:8-10, Él es quien los distribuye.

Su Asamblea dispone hoy, para su edificación, de esos dones derramados sobre ella por medio del Espíritu Santo (Hechos 2:33). De todos modos, podemos decir con el versículo 19: “Bendito el Señor: cada día nos colma de beneficios el Dios de nuestra salvación”. En verdad, nuestro Dios es un Dios de salvación. A Él le pertenece liberar de la muerte (aunque ese versículo 20 se aplica en primer lugar a la resurrección nacional de Israel) y dar a los que estaban sujetos al poder de la muerte una participación celestial y eterna con el Primogénito de entre los muertos, con el Hombre resucitado.

Salmo 68:24-35

Esta última parte del salmo nos presenta otro lado del establecimiento del Reinado. La marcha de Dios con su pueblo, empezada en el desierto (v. 7), termina ahora en el santuario, figura de un glorioso reposo (v. 24; compárese 2 Samuel 6:17 y 7:6). Las tribus de Israel, finalmente reunidas, comparten ese reposo. El versículo 27 menciona a Judá, ahora reunido con Zabulón y Neftalí, así como “el joven” Benjamín, el pequeño. Otrora, esta última tribu fue casi aniquilada por el juicio (véase Jueces 21); ella es, pues, la figura de todo el pueblo de Israel que acaba de atravesar las tribulaciones. Pero ahora “es señoreador de ellos” porque Dios ha ordenado la fuerza de su pueblo (v. 28). Y el mundo entero se somete: “los reyes” (v. 29), “los príncipes” (v. 31), “los reinos de la tierra” (v. 32), todos son invitados a atribuir a Dios la fuerza y la magnificencia que son visibles en Israel.

“Vieron tus caminos, oh Dios” (v. 24). Pensamos también en aquellos discípulos de Juan el Bautista “mirando a Jesús que andaba por allí” (Juan 1:36) y que le siguieron luego. Al leer la Palabra, consideremos ese andar perfecto del Señor en el desierto de este mundo, mientras aguardamos contemplarle faz a faz en el descanso y la gloria.

Salmo 69:1-19

El salmo 68 nos mostró a Cristo elevado al cielo como vencedor, recibiendo dones gloriosos (v. 18). El salmo 69 nos lo presenta ahora humillado, en la vergüenza y el indecible dolor, debiendo pagar lo que no había robado (v. 4). Ya habíamos visto el mismo orden con el salmo 21 precediendo al 22 para que nadie se engañe en cuanto a la persona que consideramos luego en medio de semejantes sufrimientos. Aquí, como el arca que abrió al pueblo un camino a través del río Jordán (el río de la muerte), Cristo avanza tomando sobre sí mismo la carga de las faltas, “la insensatez” de su pueblo (v. 5). Se hunde en el lodo profundo del pecado, en la hondura de las aguas del juicio (v. 2); ve el terrible pozo de la muerte que amenaza tragarle (v. 15); pero, pese a todo esto, no cesa de elevar su oración a su Dios (v.13).

La mención del versículo 9 de este salmo en el capítulo 15:3 de la epístola a los Romanos nos invita a imitar a ese gran Modelo que nunca procuró agradarse a Sí mismo ni sustraerse a los vituperios que concernían a su Padre (Mateo 27:43).

También pide Él en el versículo 6 que su prueba no sea un escollo para los creyentes cuando vean en qué angustia fue sumergido semejante fiel.

Salmo 69:20-36

Los salmos 22 y 69, que tratan de los sufrimientos del Señor, presentan entre sí una diferencia esencial: en el salmo 22 se ve a Cristo cumpliendo la expiación de nuestros pecados; es presentado allí como Aquel a quien Dios hirió por nosotros. Aquí, al contrario, vemos cómo Jesús sufre por parte de los hombres. ¡Cuántos medios encontraron éstos para perseguirle! Una palabra se repite cuatro veces en este salmo para dar a comprender la deshonra pública que el Señor soportó: el oprobio (v. 7, 10, 19, 20). El corazón infinitamente sensible del Señor fue quebrantado por ella (v. 20). En su Persona, la gloria de Dios, su amor, su santidad fueron hollados delante de todos por hombres inicuos. El versículo 21: “Me pusieron además hiel por comida y en mi sed me dieron a beber vinagre” fue literalmente realizado en la cruz (Mateo 27:34, 48).

Otra causa de profundo dolor para el Salvador fue la incomprensión y la indiferencia de sus discípulos: “Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo…”.

Con razón los representantes de la raza humana, culpable de semejante crimen, sufrirán, si no se han arrepentido, la indignación y la ira reclamadas por el remanente de Israel en el versículo 24. Pero es de desear que el Señor pueda encontrar a cada uno de nuestros lectores entre “los que aman su nombre” (v. 36).

Salmo 70

Muy frecuentemente los sufrimientos de los otros nos dejan insensibles (comparar Salmo 69:20). Ello es aun más cierto cuando nosotros mismos somos los que pasamos por las pruebas. Generalmente, en esos momentos, pensamos sólo en nuestra propia carga y hasta hallamos cierto alivio al comprobar que no somos los únicos que sufrimos. No era éste el caso de Jesús. Pese a que él mismo fue “afligido y menesteroso”, su ruego fue que todos los que buscan a Dios se gocen y se alegren en Él… (v. 4). Ya en el salmo 69:6 había intercedido: “No sean confundidos por mí los que te buscan, oh Dios de Israel”. Todo su anhelo era que Dios fuese engrandecido y que los suyos se alegrasen en Él (v. 4).

En cambio, la vergüenza y la confusión alcanzarán a los que han buscado su vida; quienes se complacieron con insolencia en su desdicha (v. 2). Pero sabemos que ningún deseo de venganza, como los de los versículos 2 y 3, emanó del corazón lleno de amor del Salvador. Al contrario, en lo más profundo de su dolor, se preocupaba, en su gracia, por los que le atormentaban y pedía a Dios que los perdonara, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Salmo 71:1-16

Tú eres “seguridad mía desde mi juventud…” dice el salmista en el versículo 5, y en el 17 agrega todavía: “Oh Dios, me enseñaste desde mi juventud, y hasta ahora he manifestado tus maravillas”. Dichoso el creyente que entra muy joven en la escuela de Dios y aprende a confiar en Él. También dice el salmista: “En ti he sido sustentado” (v. 6). El Señor es su fuerte refugio (v. 7), su roca y su fortaleza (v. 3), expresiones que encontramos frecuentemente en los salmos (por ejemplo: Salmo 31:2, 3). En lo que nos concierne, en general no estamos expuestos a persecuciones en nuestros países. Mas nunca lo repetiremos demasiado: los enemigos que “acechan” nuestras almas no son menos temibles que los mencionados en los versículos 10 y 13. En el capítulo 2:11 de su primera epístola, el apóstol Pedro nos pone en guardia contra “los deseos carnales que batallan contra el alma”. Cuando surgen, apresurémonos a buscar nuestro refugio en Dios, con la seguridad de hallar en él una completa liberación.

Sin embargo, el Señor es aun más que “un refugio fuerte” para el redimido: “De ti será siempre mi alabanza… Sea llena mi boca de tu alabanza, de tu gloria todo el día” (v. 6, 8, 14, 22, 23). Sólo Jesús podía hablar así (compárense los versículos 6, 11 y 12 respectivamente con los versículos 9, 11 y 8 del salmo 22). Pero, amigos creyentes, procuremos realizar esto en alguna medida.

Salmo 71:17-24

Este salmo fue probablemente redactado por David cuando huía de su hijo Absalón. Ya anciano (v. 9, 18), el hombre de Dios atraviesa una vez más “muchas angustias y males” (v. 20). Se dirige a Jehová, diciéndole: “Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares…”. El versículo 4 del capítulo 46 de Isaías da la respuesta divina a este ruego: “Hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo…”. No, Dios no abandonó a su siervo y no desamparará nunca a aquellos cuyas almas Él redimió (v. 23; leer Salmo 37:25), precisamente porque Él desamparó a su Hijo en la cruz para cumplir ese rescate. Si Él es el Dios de nuestra juventud —y deseamos que sea el caso de todos nuestros jóvenes lectores— Él será el Dios de toda nuestra vida.

Notemos cuántas veces el autor del salmo recuerda y celebra la justicia de Dios (v. 2, 15, 16, 19, 24). Pese a habitar en un mundo en el que reina la injusticia (y que no ha cambiado desde entonces), él valora todo el precio de esa divina justicia. Ésta triunfará en la tierra cuando sea dada al glorioso Rey del que nos hablará el salmo 72.

Salmo 72

Este salmo tiene por tema a Salomón (según lo indica el título), figura de Cristo, rey de justicia y de paz. A los tiempos de sufrimientos y de luchas de que hablaban los salmos precedentes les sucede el reino justo y bendito del Mesías, Hijo de David. Junto a él, el menesteroso y el afligido, todos los desdichados de la tierra hallarán compasión y socorro. La violencia y la opresión, la explotación de los más débiles por los más fuertes, todas estas injusticias acabarán al mismo tiempo que la miseria material y la subalimentación que aflige hoy por lo menos a la mitad de la población del globo.

En distintas versiones, los versículos 7 y 16 hablan de “abundancia de paz” y “abundancia de trigo”. ¿No se trata precisamente de los bienes que la humanidad más desea? Y todas estas bendiciones despertarán al fin un eco de gratitud en el corazón de esos hombres hoy tan ingratos respecto a los beneficios de Dios. Como lo expresa el profeta Oseas en el capítulo 2:21-22: “En aquel tiempo responderé, dice Jehová, yo responderé a los cielos, y ellos responderán a la tierra”. Entonces la gloria de Jehová llenará la tierra (v. 19; Números 14:21). Con esta alabanza y la contemplación del verdadero Salomón se termina el segundo Libro de los salmos.

Salmo 73:1-14

El tercer Libro de los salmos empieza con una serie de once salmos de Asaf. Era él quien, en tiempos de David, dirigía el canto y lo acompañaba con címbalos (1 Crónicas 16:5). El salmo 73 nos cuenta su penosa experiencia. Al comparar su suerte con la de hombres impíos, Asaf se siente muy desalentado. Le parece que, bajo forma de disciplina, Dios reserva penas y tormentos a los que le temen, mientras los ahorra a los arrogantes y a los impíos cuyo odioso retrato nos presentan los versículos 3 y siguientes. El fiel se amarga y se atormenta (v. 21). No está lejos de acusar a Dios de injusticia e indiferencia. Si las cosas son así —piensa él— ¿de qué sirve limpiar mi corazón?

De un modo general, a cada uno de nosotros nos ha ocurrido envidiar a los que pueden gozar, sin contrariedad, de todo lo que ofrece la existencia, sin dejarse detener por el temor de Dios. Todos los jóvenes creyentes que estudian, conocen compañeros que tienen a la vez mucho dinero y principios relajados. Dios quiera que no olviden sus propias riquezas (las que no se miden con la escala de los valores humanos) y que recuerden que la esperanza que les pertenece hace de ellos, no los más miserables (1 Corintios 15:19) sino los más felices de todos los hombres.

Salmo 73:15-28

El salmista prosigue su penosa meditación (v. 16). Y de repente ¡se hace la luz! Introduciéndolo en el santuario de Su comunión, Dios le da a entender dónde termina el camino de los malos (compárese Salmo 37:38). La pendiente que siguen es resbaladiza y los conduce a una ruina certera; su paso por aquí abajo habrá sido un vano sueño (v. 18, 20). El pasaje de Proverbios (cap. 23:17-18), que también exhorta a no envidiar a los malos, nos enseña que, para aquel que teme a Jehová, “ciertamente hay fin”… pero, ¡cuán diferente! (Romanos 6:22).

¡Sí, efectivamente! ¿Cómo pudo haberlo olvidado el creyente? Se acusa de haber sido torpe y sin entendimiento. ¡Qué contraste entre el destino de aquellos impíos y lo que él posee, aunque pase por las pruebas! ¿No tiene el honor de la compañía del Señor?: “Yo siempre estuve contigo” (v. 23). Le conoce según las preciosas expresiones del versículo 26. Y su porción (Cristo mismo; v. 25) la tiene en el cielo. Se cita la siguiente reflexión hecha por gente del mundo a cristianos que se ocupaban de la política: «Ustedes tienen el cielo, déjennos la tierra». ¡Irónica llamada al orden, pero muy digna de ser tenida en cuenta!

Ojalá nuestra vida pueda resumirse con estas palabras que sólo en Jesús tuvieron su valor: “Fuera de ti nada deseo en la tierra” (v. 25).

Salmo 74

El “por qué” con que empieza este salmo se parece a la gran pregunta con la que se abre el salmo 22. Pero el hecho de que Israel fuera rechazado —por un tiempo— tiene un motivo que este pueblo terminará por comprender: sus propios pecados (Zacarías 12:10); el desamparo de Cristo, en cambio, fue causado por nuestras transgresiones.

En este tercer Libro de los salmos no se trata sólo del remanente de Judá sino también de los fieles de las doce tribus. También contra éstos se encenderá su furor, el que, no obstante, no será “para siempre” (v. 1; Salmo 30:5). Estos afligidos creyentes consideran las ruinas del santuario, la cesación del culto público… y miden el poder de los adversarios. No reciben ninguna señal por parte de Dios para alentarlos; comprenden que, al contrario, él permitió semejante desolación. Sin embargo, confían en Él, quien es su “Dios… desde tiempos antiguos”, y recuerdan todo lo que Él hizo en otros tiempos para liberar a su pueblo. “Acuérdate…” repiten los versículos 2, 18 y 22. Saben que ellos son sus redimidos y, por consiguiente, el enemigo que atacó a Israel y a su culto en realidad afrentó e injurió a Dios mismo (v. 10, 18). Este asunto Le concierne y no dejará de defender Su propia causa (v. 22).

Salmo 75

Este cántico de Asaf viene a continuación de su experiencia del salmo 73. No sólo dejó de envidiar a los arrogantes y los impíos sino que, al conocer el terrible fin que les aguarda (Salmo 73:17), les advierte de parte de Dios (v. 4 y siguientes). Este servicio nos incumbe también: recordar a los pecadores la soberanía y la justicia de Dios, sin olvidar su amor.

Proféticamente es Cristo quien habla del momento en que recibirá a la asamblea de Israel (v. 2; Salmo 73:24). Entonces cada uno ocupará el lugar que el Señor le asigne. Muchos que fueron los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros (Marcos 10:31; 1 Samuel 2:7). En este mundo cada uno busca elevarse al tiempo que rebaja a los demás. Nosotros, los creyentes, no olvidemos que el Señor mismo fijó el lugar de nuestro testimonio… como también preparó el que ocuparemos en la casa del Padre.

“Cercano está tu nombre”, declara el fiel en el versículo 1. Y para nosotros es precisamente ese nombre de Padre el que nos garantiza por el momento los más tiernos cuidados, así como una entrada libre y constante cerca de Él (Efesios 2:18).

En otras versiones, los versículos 4, 5 y 10 mencionan la palabra “cuerno”, a menudo empleada en los salmos y por los profetas; es el símbolo del poder y de la dignidad, lo que ha sido traducido por poder y poderío en este salmo.

Salmo 76

Llegará el momento en que Dios establezca su morada en medio de su pueblo Israel a fin de darse a conocer a él y por medio de él (v. 1, 2). Pero, en el tiempo actual, Dios no se ha quedado sin testimonio. Por medio de la Asamblea, “morada de Dios en el Espíritu”, su “multiforme sabiduría es ahora dada a conocer” (Efesios 2:22; 3:10). Y ¿qué espera Él de nuestra parte, sino que Jesús sea hecho verdaderamente visible en derredor nuestro por medio de nosotros?

El residuo de Israel considera y exalta el poder que le habrá liberado. Dios es “glorioso”, “poderoso”… “temible” también a causa del juicio que ejecutará y mediante el cual salvará “a todos los mansos de la tierra”. Éstos habrán manifestado los caracteres de su gran Modelo, “manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29) en contraste con “los fuertes de corazón” (v. 5), es decir, los orgullosos por parte de quienes esos mansos habían sufrido a causa de su fe.

El creyente fiel no ha cesado de ser pisoteado en un mundo egoísta y duro; pero no será siempre así. El versículo 10 nos da a entender de qué manera intervendrá Dios. Se servirá de la ira de los hombres que se destruirán mutuamente.

Salmo 77

Como el salmo 73, éste se divide en dos partes: la primera nos expone la amargura de espíritu del salmista Asaf; la segunda nos le muestra entendiendo el camino de Dios que está “en el santuario” (v. 13; comparar Salmo 73:17). Esta vez no es la prosperidad de los impíos la que lo atormenta, sino la añoranza de las bendiciones del pasado: “Consideraba los días desde el principio… ¿Ha cesado para siempre su misericordia?” (v. 5, 8).

Por desdicha, a menudo una prueba da pie para semejantes murmuraciones y para una vana evocación del pasado. Se juzga el amor del Señor en función de las circunstancias que Él permite para nosotros. Si deja de sernos propicio (v. 7), nos ponemos a dudar de Él. Sin embargo, tal razonamiento no cambia en nada la fidelidad de ese amor, aunque nos impide saborearlo con la consolación que Él nos había preparado: “Mi alma rehusaba consuelo” (v.2).

“Enfermedad mía es ésta” (v. 10), dice aun Asaf, quien se mira a sí mismo y se compara con otros. Pero Dios le muestra la inutilidad de sus lamentaciones. Entonces sus pensamientos toman otra dirección. No es que haya dejado de mirar el camino recorrido. Pero ahora son las maravillas de Dios las que él considera y de las que se acuerda para celebrarle.

Salmo 78:1-16

El largo salmo 78 recuerda esas maravillas (v. 4, 12) ejecutadas a favor de los suyos por “el Dios que hace maravillas” (Salmo 77:14). El pueblo es invitado a prestar oídos a ese relato que le es dado para instruirlo (la palabra “Masquil” que está en el título significa: para instruir). En cuanto a nosotros, los creyentes, sabemos que esta historia de Israel también fue escrita “para amonestarnos a nosotros” (1 Corintios 10:11); es una clase de vasta parábola (relatando hechos acontecidos realmente) según el versículo 2 de este salmo, al que el evangelista Mateo coloca en la boca del Señor (cap. 13:35).

Finalmente, los versículos 4 y 6 nos muestran que el recuerdo de esas maravillas del pasado, enumeradas en los versículos 12 a 16, se dirigen muy particularmente a la nueva generación con un triple propósito bien definido por el versículo 7: llevar a esos “hijos” a que pongan en Dios su confianza, para que no se olviden de Sus obras y para que guarden Sus mandamientos. ¿No es lo que Él esperaba también de nosotros? Pidámosle al Señor que nos guarde de ser, como Israel en el desierto, “una generación contumaz y rebelde…” y cuyo espíritu no fue fiel para con Dios (v. 8; Ezequiel 20:18). Sepamos dejarnos enseñar por las experiencias del pasado: estas cosas que “hemos oído y entendido; que nuestros padres nos las contaron” (v. 3).

Salmo 78:17-39

¿Cómo respondió el pueblo de Israel a las maravillosas obras de Dios? (v. 11). Mediante el olvido y “las obras de la carne”, de las que la epístola a los Gálatas nos hace una triste enumeración en el capítulo 5:19-21. Este capítulo 5 nos recuerda que los creyentes fueron liberados de la servidumbre como Israel fue liberado de la esclavitud de Egipto. Pero la libertad en la que ahora estamos colocados no debe ser una ocasión para que la carne obre a su antojo. Por eso, el apóstol agrega: “Andad en el Espíritu y no satisfagáis los deseos de la carne” (Gálatas 5:1, 13, 16, 25).

Los versículos 17 y siguientes de este salmo nos muestran cómo estos deseos se han despertado en el corazón del pueblo. El maná (figura del Señor y de su Palabra) dejó de bastarle (v. 23, 24; ver Números 11:4…). Al mismo tiempo se manifestó la incredulidad (v. 22). Pese a haber sido testigo del poder de Dios, Israel no temió tentarle al decir: “Dios… ¿podrá poner mesa en el desierto?” (v. 19; compárese 2Reyes 7:2). A nosotros también, queridos amigos, el Señor nos ha abierto ampliamente “las puertas de los cielos” para bendecirnos (v.23). Respondámosle siempre con más confianza y gratitud.

Salmo 78:40-72

La falta de memoria del pueblo y su ingratitud llevan a Dios a repetir desde un principio el relato de lo que hizo por Israel. Son recordadas las plagas de Egipto hasta el versículo 51, luego la salida de aquel país (v. 52), el viaje (v. 53) y la entrada del pueblo en Canaán (v. 54). El versículo 55 resume el libro de Josué, mientras que los versículos siguientes nos remontan al tiempo de los Jueces y del primer libro de Samuel. Los versículos 60 y 61 aluden a la conquista del arca por los filisteos (1Samuel 4). Entonces vemos cómo el Señor interviene de nuevo de una triple manera: hiere a sus enemigos (v. 66); pone a un lado las diez tribus infieles, personificadas por José y Efraín (v. 67; históricamente se trata de la realeza de Saúl y de los que le siguieron: 2 Samuel 2:8-11); y finalmente Éxodo 15:17 se cumple (v. 69) y Judá es enaltecida porque es la tribu real de David.

Con esto, la libre elección de Dios y su gracia son exaltadas (compárese Juan 15:16 y Romanos 9:15), porque en ninguna parte se menciona que esta tribu sea menos culpable que las demás. Pero está unida indisolublemente al Ungido de Dios y es también por esta razón que Dios nos escoge y nos ama (v. 68: pertenecemos a Cristo, su Amado; compárese Juan 17:6, 9, 10).

Salmo 79

Este salmo traduce los sentimientos y las oraciones del residuo de Israel cuando las naciones hayan invadido a Palestina y profanado el templo. Los fieles se lamentan: son objeto de burla y escarnio por parte de sus vecinos (v. 4; comparar Salmo 80:6; 44:13). En nuestros países, en los que la opresión de otrora hizo lugar a la tolerancia religiosa, la burla queda como una de las armas modernas de la persecución. El creyente fiel será tildado de fanático, de orgulloso o de iluminado. No escaparemos de ella si queremos permanecer separados del mundo. Sin embargo, además de los enemigos de fuera, el creyente que no está liberado de sí mismo puede tener que habérselas con acusadores internos. Éstos son los antiguos pecados que vuelven a la memoria, pues la prueba es frecuentemente la ocasión para un penoso examen de conciencia. Entonces el alma que siente su miseria (final del v. 8) implora las compasiones de lo alto: “Ayúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre… y perdona nuestros pecados por amor de tu nombre” (v.9).

Nuestra posición cristiana de redimidos es muy distinta, pero, como Él es fiel y justo para con su Hijo Jesucristo, también por causa de su nombre Dios perdona nuestros pecados y nos limpia de toda maldad (1 Juan 1:9).

Salmo 80

Al final del salmo 79, Israel le recuerda a Dios que era pueblo suyo y ovejas de su prado. El salmo 80 empieza invocando al Pastor de Israel. Como ovejas dispersas, incapaces de hallar el camino de vuelta, los fieles exclaman: “Oh Dios, restáuranos” (v. 3, 7, 19). Este trabajo de restauración, después de un tiempo de extravío, forma parte de los cuidados de nuestro buen Pastor (Salmo 23:1, 3).

“Oh, Pastor de Israel… resplandece” (v. 1) ruega el remanente en su angustia. Efraín, Benjamín y Manasés eran las tribus que bajo sus respectivas banderas seguían de inmediato al arca, figura de Cristo (Números 10:22-24).

A partir del versículo 12, los fieles se extrañan y preguntan: ¿Por qué Dios dejó librada al pillaje y al fuego a esa vid, Israel, a la que había traído de Egipto y plantado con tantos cuidados? El Señor da la respuesta por medio de Isaías bajo la forma de otra pregunta: “¿Qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella? ¿Cómo, esperando yo que diese uvas, ha dado uvas silvestres?” (cap. 5:4).

En contraste con esa vid —Israel— improductiva pese a todo el trabajo del divino Labrador, el capítulo 15 de Juan señala a la “vid verdadera”: Cristo. Éste está introducido en el versículo 17 de nuestro salmo como “el varón de la diestra” de Dios y “el hijo de hombre”, ese nombre que tan frecuentemente Él se da en los evangelios.

Salmo 81

Israel está invitado a cantar, como lo había hecho otrora a orillas del mar Rojo, al sonido del pandero (v. 2; Éxodo 15:20). Pero, después de la liberación de Egipto evocada en el versículo 6, Jehová aún tenía muchas grandes cosas que ejecutar a favor de su pueblo… si éste hubiera querido escucharle. Estaba particularmente preparado a sustentarlo con “lo mejor del trigo” (la flor de harina nos habla siempre de Cristo) así como con “la miel de la peña”, figura de la dulzura de la gracia divina. Pero Dios está obligado a comprobar tristemente: “Israel no me quiso a mí” (v. 11). ¡Cuán conmovedora es Su exclamación: “Israel ¡si me oyeres!” (v. 8) y más lejos: “Oh, si me hubiera oído mi pueblo”! (v. 13; comparar Deuteronomio 5:29).

Queridos amigos creyentes: Dios también apartó de nuestro hombro la más pesada de las cargas: la del pecado. Pero, ¿sabe usted que Él tiene aún muchas más bendiciones para nosotros… con la condición de que tengamos el deseo de recibirlas y que escuchemos su Palabra? Él nos ha preparado victorias (v. 14); y quiere sustentarnos con Cristo y su amor. Abrámosle nuestros corazones; él los llenará y nuestras bocas proclamarán su alabanza (comparar v.10).

Salmo 82

El soberano Juez ha colocado al hombre en la tierra con el encargo de ejercer la justicia en ella (leer Deuteronomio 1:17). ¡Ay! Basta abrir los ojos para ver de qué manera este último asume esa responsabilidad. Sin duda, nosotros, los creyentes, sufrimos a causa de la injusticia que reina a nuestro alrededor, especialmente cuando somos sus víctimas y ella exige de nuestra parte mucha paciencia (Santiago 5:10-11). ¡Comprendamos entonces cuáles pueden ser los sentimientos del Dios justo por excelencia y cuán grande es Su paciencia para con este mundo! Ésta brilló particularmente cuando su santo Hijo fue el objeto de la suprema injusticia por parte de los hombres.

Y hoy día, ¿quién manifestará la justicia de Dios en el mundo, a no ser Sus propios hijos? (Pero no olvidemos que la injusticia puede tomar la forma de un juicio desfavorable o malevolente que emitimos acerca de alguien). Todos los días, detrás de rostros que tal vez nos dejan indiferentes, encontramos al débil, al huérfano, al afligido o al menesteroso (v. 3). Preguntémonos si no es nuestro servicio buscarlos y traerles, con compasión, y además con la ayuda material que esté a nuestro alcance, el testimonio del amor del Señor Jesús.

Salmo 83

En el tiempo de la gran tribulación, las naciones coaligadas que se enumeran en los versículos 6 a 8 consultarán juntas para borrar de la tierra el nombre de Israel (Isaías 10:24). Entre esos enemigos, el asirio, el rey del norte, ocupará un lugar preponderante. Ante esa amenaza de exterminio, la más terrible que jamás haya conocido ese desdichado pueblo, los fieles del remanente se volverán hacia Dios. Sus enemigos también son los de Dios (v. 2); esa alianza ha sido concertada contra él (v. 5). Por otra parte, los creyentes tienen conciencia de pertenecerle. Ellos son sus “protegidos” (v. 3), como los siete mil hombres “cuyas rodillas no se doblaron ante Baal” (1 Reyes 19:18), pese a la persecución en el tiempo del rey Acab. Sí, Dios no puede dejar de intervenir, ya que todos esos pueblos, en su ciega locura, estarán haciéndole la guerra (v. 5; compárese con el Salmo 2:2 y Apocalipsis 19:19). Los fieles se refieren a las liberaciones del pasado y a las grandes fechas de la historia de Israel (v. 9: véase Jueces 4; v. 11: véase Jueces 7 y 8).

Nosotros, los creyentes, quienes no tendremos que atravesar esos terribles tiempos, ¿manifestaremos ahora menos paciencia y confianza? La oposición del mundo debe tener para nosotros, como único efecto, el sentimiento de confianza en el Señor.

Salmo 84

En la creación, cada ser viviente ha hallado un albergue o un nido. Pero el creyente, al igual que su Señor, no conoce aquí abajo el verdadero reposo (v. 3; Mateo 8:20). Los afectos del creyente están en otra parte: en esas moradas celestiales donde su lugar está preparado (Juan 14:2; comparar con v. 2, 10). De lo que está lleno, el corazón del fiel rebosa: “…tus altares, oh Jehová de los ejércitos” (v. 3). El altar de bronce y el altar de oro nos hablan de Cristo, su sacrificio y su intercesión, de aquel cuya presencia da a la Casa del Padre todo su valor para nosotros. Pero el camino que lleva allá atraviesa un mundo que es un valle de lágrimas. Los hijos de Coré, autores de este salmo, lo habían experimentado (Salmo 42:3).

Pero ¡qué importa! Si “los caminos” de Dios están en nuestro corazón, —dicho de otro modo, si nada nos separa de Aquel hacia quien vamos,— entonces incluso las lágrimas se cambiarán en experiencias bienhechoras; andaremos “de poder en poder” y no de caída en caída. Finalmente, las excelentes promesas de “gracia y gloria” del versículo 11 serán nuestra porción y experimentaremos, nosotros también, la triple bendición contenida en este magnífico salmo (v. 4, 5, 12).

Salmo 85

El tema de este salmo es el perdón que Dios otorgará a su pueblo Israel. Los fieles no dudan de su bondad, pero, al mismo tiempo, sienten el peso de su justa cólera contra su pueblo culpable. Sí, Dios es bueno, ¿no perdonará, pues? Pero también es santo, justo y verdadero; ¿cómo pasaría por alto un solo pecado? Sin embargo, bondad y verdad, justicia y paz, estos caracteres divinos, inconciliables a vista humana se han encontrado (v. 10). En la cruz veo el pecado condenado, la justicia satisfecha y la gracia dándose libre curso (Romanos 5:21). ¡Gloriosa armonía! Empero, ¡cuántas personas que no conocen ese maravilloso lugar de encuentro de la cruz se hacen una idea totalmente equivocada de Dios! Pretenden ver en él un Juez severo, el que, por gusto, hace sufrir a su criatura. O se imaginan, por el contrario, a «un buen Dios» indulgente para los «pequeños» pecados y que se contenta fácilmente con las buenas intenciones y los esfuerzos del ser humano para obrar bien.

¡Fatales pensamientos! El Dios justo condena el pecado, cada pecado, pero el Dios de amor perdona al pecador. Y en la cruz, donde fue cumplida esa obra, aprendo a conocerle.

Salmo 86

En este salmo de David (el único en este tercer Libro) el salmista se dirige al Señor por varias razones: él es afligido y menesteroso; es un hombre piadoso; en fin, es su siervo. Se vale de esos motivos para pedir la salvación (v. 2), el gozo (v. 4) y la fortaleza (v. 16). Luego, este siervo conoce a su Señor; sabe que sólo Él es Dios (v. 10), que Él es “bueno y perdonador” (v. 5), “misericordioso y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y verdad” (v. 15; ver también Jonás 4:2). En estos términos Jehová se reveló otrora a Moisés sobre el monte Sinaí (Éxodo 34:6).

Pero el salmista siente toda su debilidad e incapacidad para conducirse. “Enséñame tu camino”, ruega él y luego añade: “Afirma mi corazón para que tema tu nombre” (v. 11). Comentando este pasaje, un creyente escribió: «El corazón tiene tendencia a ser distraído por mil objetos, por mil pensamientos fugaces; por eso el salmista pide al Señor que le dé un único propósito. Cuán necesario es que tengamos un corazón enteramente concentrado en Cristo. Allí se encuentra el poder… Nuestra pequeñez ha hallado en Su grandeza nuestro lugar y nuestra fortaleza». ¡Ojalá sea esta oración de David, especialmente la del versículo 11, también la de cada uno de nosotros!

Salmo 87

Es completo el contraste entre Sion, la santa ciudad fundada por Dios mismo, y las poderosas naciones de la tierra: Egipto, Babilonia, Tiro…, imperios levantados por el hombre para su propia gloria. Está cercano el momento en que Jehová “inscribirá a los pueblos” y dará a cada uno su derecho de ciudadanía.

De algún modo se les reconoce a los hombres dos orígenes, dos ciudadanías, según hayan pasado o no por el nuevo nacimiento. La del creyente está “en los cielos” (Filipenses 3:20). Por la eternidad es ciudadano de la Jerusalén celestial, y Dios lo considera como nacido en ella (v. 5). La otra ciudadanía es la del mundo. Es pasajera, pues “la apariencia de este mundo se pasa” (1 Corintios 7:31); mientras que “el fundamento de Dios está firme” (2 Timoteo 2:19). Por eso se dirá de los hombres de la tierra, incluidos los más ilustres: “éste nació allá” (v. 4).

“Todas mis fuentes están en ti”, cantan los rescatados (v. 7). Nosotros, que por gracia somos ciudadanos del cielo ¿iremos a beber de las fuentes del mundo? Más bien cantemos al Señor con toda verdad:

Fuente de vida, de gozo y luz pura,

fuente de amor constante y profunda,

fuente de Dios, dulce, en saber fecunda…

Dichoso aquel que en el erial bebiera

de ti, Jesús, ¡fuente de amor!

Salmo 88

Este salmo constituye una de las más sombrías páginas de toda la Palabra de Dios. En él se trata sólo de tinieblas y de muerte. No brilla ni un rayo de luz; el alma angustiada no halla en él ninguna perspectiva de liberación. Y, sin embargo, un siervo de Dios pudo decir que este salmo había sido, durante un tiempo, el único que lo consolaba. Como este salmo expresa los pensamientos de un creyente, le probaba que también él podía ser un creyente, aun cuando pasase por terribles angustias del alma, durante las cuales el cielo le parecía cerrado. Tal vez un lector esté turbado también y aguarde que Dios le esclarezca acerca de su estado y le dé —o le haga encontrar de nuevo— la certeza de la salvación. ¡Pues bien!, sus mismos tormentos y sus suspiros dirigidos hacia Dios son la prueba de que la vida divina se halla en él; un incrédulo jamás elevaría suspiros hacia Dios.

“De mañana mi oración se presentará delante de ti”, dice el salmista (v. 13). Imitémosle; expongamos al Señor, al despertarnos, las circunstancias del día que empieza y no sólo las que nos inquietan (Salmo 5:3).

Finalmente, en ciertos versículos, la profundidad de las angustias, de los dolores y de la soledad llevan al creyente a pensar en Aquel que fue el supremo Afligido (por ejemplo: v. 6-8 y 16-18).

Salmo 89:1-14

Hallamos a Etán ezraíta, como a Hemán —autor del salmo precedente—, entre los sabios a quienes sólo Salomón superaba (1 Reyes 4:31). Ambos pertenecían a la familia de Zara, hijo de Judá. Pero sus disposiciones de espíritu eran muy distintas. Mientras que Hemán sólo hablaba de hoyos profundos y de lugares tenebrosos, de ira y de terrores, las palabras que se repiten sin cesar en el salmo de Etán son las de misericordia y fidelidad. Estos caracteres divinos son recordados y celebrados como para responder precisamente a la angustia que llenaba el salmo precedente. Es como si Etán hubiera escrito este “masquil” (o “instrucción”) a fin de reanimar la fe de su hermano. Así, dos amigos creyentes tienen el privilegio de alentarse uno a otro a tener confianza (Proverbios 27:17 y 1 Samuel 23:16). Dios es bueno; Dios es fiel; así es cómo le conocemos y nuestra fe se apega a este Dios incluso cuando los acontecimientos parecen, a veces, contradecir esa bondad y esa fidelidad (leer 1 Corintios 1:9; 10:13). Si miramos a las circunstancias, a menudo tendremos miedo, pero si pensamos en el Señor y en su fiel amor, nunca nos desalentaremos.

Los versículos 3 y 4 aluden a las promesas aseguradas a David y a su descendencia, es decir, a Cristo (2 Samuel 7:16).

Salmo 89:15-29

Para confirmar las promesas que se hacen recíprocamente, los hombres intercambian firmas o prendas. Pero Dios, para garantizar el cumplimiento de las suyas, dio su propio Hijo. “Todas las promesas de Dios son en él Sí y en él Amén” (2 Corintios 1:20). ¿Quién podría dudar de los compromisos asegurados por semejante Persona? “He puesto el socorro sobre uno que es poderoso” (v. 19). ¿Conocemos este socorro, queridos amigos? ¿Lo solicitamos a veces a ese Poderoso? Él está siempre preparado a desplegar su poder a favor de aquellos a quienes condesciende en llamar sus “hermanos”. Si se hizo hombre fue a fin de salvarlos, pero también para ser capaz de simpatizar con sus debilidades humanas (Hebreos 2:17; 4:15).

Todo el amor de Dios hacia el verdadero David se discierne en las expresiones que emplea para hablar del que es su escogido, su santo (v. 3, 19), el siervo a quien halló y ungió. Sólo Cristo puede ser llamado “el más excelso de los reyes de la tierra” (v. 27). Los creyentes ya tienen el privilegio de conocerle y de esperar su venida con fervor (2 Timoteo 4:8).

Salmo 89:30-52

La promesa hecha a David en 2 Samuel 7:13, y recordada en nuestros versículos 4 y 28, se complementaba con una condición: si sus descendientes cometieran iniquidades, Dios no dejaría de castigarlos (v. 30-32; 2 Samuel 7:14). ¡Ay!, conocemos la triste historia de esa realeza de Judá y nuestros versículos 38 y siguientes muestran que, en lo que concierne al castigo, Dios cumplió su palabra. Todas las pruebas de Israel, incluida la tribulación que le aguarda aún, son la consecuencia de esa infidelidad.

El peor de los padecimientos para los creyentes es la vergüenza y el oprobio que recae sobre su Dios (v. 41, 45, 50, 51). “¿Hasta cuándo…?” (v. 46). ¿Cuántas veces hemos oído ya en los salmos esta angustiada pregunta? (por ejemplo: cap. 74:10; 79:5; 80:4…). El tiempo parece largo cuando se sufre (Job 7:3-4). En contestación a ese grito, Jehová acortará su juicio sobre la tierra (Romanos 9:28 y Marcos 13:20). Porque su última palabra no es el castigo, al que el profeta Isaías llama “su extraña obra” y “su extraña operación” (cap. 28:21). Según su misma promesa, Dios hará que su pueblo goce para siempre de sus misericordias en Cristo, el Hijo de David (v. 49; 2 Samuel 7:15 y siguientes).

Ezequiel

Salmo 90

El comienzo de un año o de una nueva etapa en nuestra vida es el momento favorable para hacer «un balance» de nuestra situación. Al mirar atrás, el creyente puede exclamar con gratitud: “Señor, tú nos has sido refugio…” (v. 1). Tener a Dios mismo como “roca de refugio”, ¡qué dicha y qué seguridad para el fiel”! (Salmo 71:3). En cuanto al presente, él mide su corta existencia aquí abajo, antes de que para cada uno se haga oír la orden de volver al polvo y pide a Dios que le enseñe a contar sus días con miras a adquirir un corazón sabio (v. 12). Esta sabiduría, según Efesios 5:15-16, nos llevará a aprovechar bien el tiempo (o a redimir el tiempo, según la expresión de la carta a los Colosenses 4:5). Sí, estos años que se acaban “como un pensamiento”, empleémoslos para el Señor (v. 9).

Y a usted, lector inconverso, tal vez sea la última oportunidad de aceptar a Jesús como su Salvador: aprovéchela sin tardar.

Este salmo, “oración de Moisés, varón de Dios”, estará en la boca del arrepentido Israel en los últimos tiempos. Pero los redimidos del Señor que conocen su inmenso amor, pueden decir desde ahora: “De mañana” —es decir, desde nuestra juventud— “sácianos de tu misericordia, y cantaremos y nos alegraremos todos nuestros días” (v. 14).

Salmo 91

Si la gratitud es el sentimiento que nos conviene en cuanto al tiempo pasado (Salmo 90), el que debe dominar en nosotros para el porvernir es la confianza en Dios. Grandes son, en efecto, los peligros de orden moral que amenazan al creyente. ¿Quién es el cazador (v. 3), el león, el áspid, el dragón… (v. 13), sino el mismo Satanás? “La pestilencia que anda en oscuridad” (v. 3, 6), ¿no nos habla del pecado, cosa mucho más grave que una enfermedad? “La saeta que vuela de día” (v. 5) sugiere algún mal pensamiento que surge de improviso por medio de una imagen vista en la calle, de una lectura o de una conversación de dudosa rectitud. “Los terrores nocturnos” son las inquietudes que impiden, a menudo, que gocemos del sueño apacible que el Señor nos ha preparado (Salmo 4:8).

Cualquiera que sea la trampa o la amenaza, tenemos un refugio: el Altísimo y Omnipotente (v. 1, 2, 9). Imitemos a Aquel que en medio de los mismos peligros experimentó perfectamente esa confianza. En el desierto, Cristo supo confundir y atar al Tentador que se había atrevido a citar este salmo. Desde el versículo 9, las promesas de Dios vienen a contestar la oración del Hombre perfecto. También gozaremos de ellas en la medida en que pongamos, como Jesús, nuestra fe y nuestro afecto en Dios (v. 14).

Salmo 92, Salmo 93

Las grandes obras de Dios y sus muy profundos pensamientos son los inagotables temas de la oración del rescatado (v. 5; comparar Salmo 40:5). Pero el hombre que no reconoce al Creador en Sus obras es necio e insensato (v. 6) a los ojos de Dios, aunque fuese el más genial científico. El impío y el justo, los dos florecen (v. 7 y 13). Pero únicamente el segundo dará fruto (v. 14). La hierba crece y florece en determinada estación, luego es cortada (v. 7). Tal es el destino de los impíos; ellos perecen (v. 9; comparar 2 Corintios 4:3-4). Mientras que el justo se parece a la palmera o al cedro del Líbano (v. 12, 13). ¡Cuánto tiempo hace falta para que esos hermosos árboles alcancen su pleno desarrollo! Pero los justos tienen su lugar en los atrios del templo de Dios y prosperan allí para Su gloria.

El Salmo 93 nos recuerda que el poder de Dios es más antiguo (“Tú eres eternamente” v. 2) y más grande que el poder del enemigo (v. 3, 4). Las ondas nos hablan de la agitación del mundo (Isaías 57:20; comparar Salmo 89:9). Podemos fiarnos en la Palabra de Dios: “Tus testimonios son muy firmes” (v. 5).

Finalmente, dice el salmista, “la santidad conviene a tu casa”. No soportamos en nuestra casa ni suciedad ni desorden. Comprendemos que, con mayor motivo, el Dios santo no pueda tolerar el pecado en su casa, la que es hoy día la Asamblea (léase 2 Corintios 6:16…).

Salmo 94

A diferencia del israelita de los postreros tiempos, el cristiano debe guardarse de todo deseo de venganza (Romanos 12:17 y siguientes). No por eso deja de sufrir a causa del mal y de la injusticia que reinan en este mundo, en el que la soberbia (v. 2), la impiedad (v. 3), la arrogancia, la vanagloria (v. 4), la opresión y la violencia (v. 5, 6) tienen libre curso. El creyente no puede atravesar esta tierra y permanecer insensible a lo que ve todos los días. Cuanto más conciencia tenga de la santidad de Dios, tanto más aborrecerá el mal (Salmo 97:10). Por esa razón, Cristo, el hombre perfecto, sufrió más que nadie. Véale en Marcos 3:5 “entristecido por la dureza de sus corazones”. Y él mismo fue el objeto de la suprema injusticia (v. 21).

A menudo la comprobación de ese mal que nos rodea produce en nosotros una multitud de pensamientos penosos: ¿No ve Dios estas cosas? ¿Por qué no interviene?… En respuesta a esas preguntas, generalmente el Señor no nos da explicaciones, pero sí nos da siempre “consolaciones” (v. 19). Al abrirnos los ojos para que apreciemos la maldad del mundo, Dios nos ayuda a separarnos de éste. Es para unirnos más a él y para que nuestra esperanza se vuelva más ferviente. ¡Ojalá las consolaciones de lo alto puedan hacer siempre las delicias de nuestra alma!

Salmo 95

El poder de Dios despierta aclamaciones de alegría en aquellos que son objeto de su salvación. Otrora, a orillas del mar Rojo, un pueblo redimido había hecho subir hacia Dios el cántico de la liberación. Pero ¡ay!, la historia de Israel desde sus primeros pasos en el desierto nos enseña que se puede ser testigo de las obras de Dios (v. 9) y no conocer sus caminos (v. 10). Nos muestra también que no sólo el impío Faraón había endurecido su corazón (Éxodo 8:15, 32 y siguientes) sino que incluso Israel no había tardado en hacer lo mismo (v. 8). Los propios nombres de “Masah” (tentación o prueba; véase Éxodo 17:7) y “Meriba” (rencilla) son grabados para siempre en su historia (compárese Números 11:3, 34). Estos pasos en falso jalonaron sus tristes etapas a través del desierto y sirvieron para designarlas. Procuremos que estos nombres, queridos amigos, estén también en nuestro camino como postes indicadores que nos sirvan de solemne advertencia.

La epístola a los Hebreos cita y comenta este salmo para nuestro provecho: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (cap. 3:7). Al Señor se le debe oír con el corazón. Ojalá que el nuestro sea, hoy, sensible a “su voz” y Él podrá hacernos entrar, mañana, en su glorioso descanso.

Salmo 96

Después de exhortarse a sí mismos: “Cantemos…, adoremos…, postrémonos” en el Salmo 95, los fieles de Israel invitan ahora a toda la tierra, incluso a la naturaleza, a imitarlos: “cantad…, bendecid…, adorad” (v. 1, 2, 9). El día vendrá en que los pueblos paganos arrojen sus ídolos y las familias de las naciones den al Señor “la gloria y el poder” (v. 7). Para expresar este homenaje, los redimidos no aguardan el reino del Señor. “A él sea gloria e imperio…”, pueden exclamar desde ahora (Apocalipsis 1:6). Porque no es sólo la manifestación de las glorias de Cristo la que puede hacer surgir en ellos esa alabanza. La majestad, la magnificencia, el poder y la hermosura del Rey de toda la tierra son todavía invisibles, se hallan ocultas en el santuario celestial (v. 6). Pero el grande y continuo motivo de adoración del creyente es el amor de su Salvador: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre…” (Apocalipsis 1:5).

Este salmo fue compuesto y cantado en ocasión de la vuelta del arca —figura de Cristo— en medio del pueblo de Israel (1Crónicas 16:23-30). Mas el Señor volverá no ya para salvar sino para juzgar al mundo (v. 13; comparar Juan 3:17; 5:22). “Él juzgará a los pueblos en justicia…” (o rectitud; v. 10); “al mundo con justicia y a los pueblos con su verdad” (o fidelidad; v. 13; Salmo 45:3-4).

Salmo 97

Este salmo describe el establecimiento del Reinado con poder; corresponde a Isaías 11:4-5 y Apocalipsis 19:6. Todo lo que se opone a la dominación del Señor será destruido (v. 3-5) mientras que los corazones de todos los fieles se llenarán de alegría (v. 8…). Entonces la gloria del Señor no sólo será proclamada como en el Salmo 96:3, sino que también será vista (v. 6), y los habitantes del mundo estarán en condiciones de notar la diferencia entre el gobierno ejercido por los hombres y la justicia establecida por Dios. Los ángeles, también llamados dioses en el versículo 7, tanto tiempo testigos de la iniquidad que ha cubierto a la tierra, asistirán finalmente al triunfo de la justicia. Verán al Primogénito, Cristo, introducido por Dios en el mundo habitado y, unidos en un mismo pensamiento con los santos que estén en la tierra, le tributarán su homenaje (Hebreos 1:6).

Los tres últimos versículos son para todos los tiempos, porque Dios tiene constantemente los ojos puestos en los que le aman, en los que son “rectos de corazón”. En Su gracia los llama “santos” y “justos”. ¡Espera de ellos que aborrezcan el mal y se alegren en Él! (v. 10, 12; compárese Romanos 12: 9; Filipenses 4:4 y siguientes). Él no dejará de guardar sus almas y alumbrar sus pasos (v. 10, 11).

Salmo 98, Salmo 99

Los salmos 98 y 99 empiezan respectivamente de la misma manera que los salmos 96 y 97. “Cantad al Señor cántico nuevo” (98:1). El cántico nuevo es el que considera a Cristo en las nuevas manifestaciones de su gloria. Al alba de su Reinado, cuando Dios haya dado a conocer su salvación y revelado su justicia (v. 2; Salmo 97), ese himno será entonado en el cielo y todas las criaturas le harán eco (leer Apocalipsis 5:9… 13…). El cielo y la tierra cantarán al unísono; una alegría universal responderá finalmente a la misericordia y fidelidad de Dios (v. 3).

Jehová reina”, repite el salmo 99. Ejecutado ya su juicio, su gloria vuelve a tomar “entre los querubines” (Éxodo 25:22) el lugar que dejó otrora a causa de la iniquidad del pueblo (Ezequiel 10). Su santidad es proclamada tres veces: “Él es santo…; Él es santo…; el Señor nuestro Dios es santo” (v. 3, 5, 9; comparar Isaías 6:2-3). Pero ese Dios, de quien se dice por tres veces que es santo, es también el que perdona (v. 8) y sabemos que lo puede hacer sin negarse a sí mismo a causa de la obra de la cruz. Sólo entonces la intercesión de Moisés, Aarón y Samuel tendrá la plena respuesta en ese perdón, el que es ya nuestra porción por gracia (Éxodo 32:11, 32; Números 16:47; 1 Samuel 7:5; 12:23).

Salmo 100, Salmo 101

El salmo 100 es un salmo de acción de gracias en el que se invita a “toda la tierra” a cantar a Dios y a servirle con alegría.

Con más razón tenemos esos privilegios, nosotros, quienes conocemos a Dios como a un buen Padre y a Jesús como a un tierno Pastor (comparar final v. 3). ¿Es para nosotros una alegría servir al Señor? O, por el contrario ¿nos comportamos como si fuese un Amo duro cuyo yugo es pesado? (Mateo 25:24…). Queridos amigos, gustemos la alegría actual que acompaña siempre a un siervo obediente (Juan 15:10, 11), para que podamos también oír más tarde estas tan dulces palabras: “Entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:21, 23).

Una nueva serie empieza con el salmo 101. Éste es, por decirlo así, el texto de la declaración pública del Rey en ocasión de inaugurar su reinado. Expone sobre qué bases descansará el gobierno de su país: sabiduría, integridad, justicia, separación del mal. ¡Qué contraste entre estos simples y firmes principios y los códigos complicados y abarrotados de detalles de la justicia humana! Todos los súbditos del reino habrán sido prevenidos: no se tolerará la perversidad, la calumnia, el orgullo, el fraude y la mentira. Llamados a reinar con el Señor, nos conviene, a los creyentes, ilustrar actualmente los principios de su Reino mediante nuestro andar.

Salmo 102:1-15

El título de este salmo dirige nuestras miradas hacia el supremo Angustiado: Jesús en sus sufrimientos. “Está angustiado y derrama su lamento”. Pero es un lamento sin impaciencia ni murmuraciones; todo en él es perfecta sumisión. ¡Un lamento que se derrama delante de Dios y no ante los hombres! Por lo demás, ¿quién hubiera podido comprender al Señor, incluso entre sus discípulos? Los versículos 6 y 7 traducen su completa soledad moral aquí abajo. Un hombre se siente mucho más solo cuando es distinto de los demás. Y Cristo fue aislado a causa de su perfección. No estuvo solo durante la hora de la cruz únicamente, sino que durante toda su vida experimentó esa soledad.

Las lágrimas fueron su bebida, su porción cotidiana (v. 9). No sólo fue ultrajado en aquellas circunstancias relatadas en los evangelios. “Cada día” fue el objeto del odio de sus enemigos (v. 8). Conoció el furor del hombre contra Él y, más terrible aun, la ira de Dios cuando fue hecho nuestro sustituto para soportarla (v. 10). Pero ese mismo momento llegó a ser para Dios “el tiempo de tener misericordia” (v. 13). De la Sion de Israel y también de todos los que creen en Él desde ahora.

Salmo 102:16-28

Desde el cielo Dios consideró a los presos de Satanás, destinados a la muerte eterna. Oyó sus gemidos (v. 19, 20). Quiso soltarlos para que pudieran alabarle (v. 21). Con este fin envió a su Hijo aquí abajo.

Verdadero hombre, Cristo suplicó “al que le podía librar de la muerte” (v. 24; Hebreos 5:7-10). Pero, en ese mismo versículo 24, una extraordinaria consolación responde a “la oración de los desvalidos” (v. 17). Como hombre oró Cristo, como Dios obtuvo la contestación. Nos es permitido escuchar el maravilloso diálogo entre Dios el Padre y Dios el Hijo. ¡Es el inescrutable misterio! ¿Quién es, pues, ese angustiado, ese hombre solitario abrumado de ultrajes y que medía su debilidad? ¡Aquel que desde el principio fundó la tierra y extendió los cielos! (Miqueas 5:2). ¿Habla de la mitad de sus días? ¡Pero sus años no se acabarán! La creación envejecerá y pasará; el Creador subsiste para siempre. Él es el Mismo eternamente. Y la epístola a los Hebreos, la cual cita estos versículos, agrega que el Hijo, en quien resplandece toda la gloria de Dios, es también aquel que efectuó “la purificación de nuestros pecados” (Hebreos 1:2, 3, 10-12). ¡Valor infinito es el de semejante obra hecha por semejante Persona!

Salmo 103

Como David, invitemos a nuestra alma a bendecir a Dios y a discernir sus innumerables beneficios. Por desdicha, generalmente tenemos más ganas de acordarnos de lo que nos falta que de lo que hemos recibido. ¡Cuán ingratos e inconsecuentes somos! Por ejemplo: ¿no se nos ocurrió en el momento de la comida quejarnos de los alimentos… por los cuales acabamos de dar gracias al Señor?

Por encima de todos sus dones, nuestras almas tienen motivo para agradecer a Dios continuamente por el perdón de nuestros pecados (v. 3). Si nos hubiera pagado conforme a lo que éstos merecían, un castigo eterno habría sido nuestra parte (v. 10). Pero ahora él alejó esos pecados hasta el infinito (v. 12), los echó “tras sus espaldas” (Isaías 38:17), los emblanqueció “como la nieve” (Isaías 1:18), los deshizo “como una nube” (Isaías 44:22), los echó “en lo profundo del mar” (Miqueas 7:19) y “nunca más” se acordará de ellos (Isaías 43:25; Hebreos 10:17).

Para “los que le temen”, la misericordia de Dios no tiene límite (v. 11, 13, 17; comparar Isaías 55:7-9). Temerle no significa, pues, tener miedo de su ira. Es la disposición de espíritu de los que han aprendido a conocer su compasión y su misericordia (v. 8; leer Salmo 130:4) y hallan siempre nuevos motivos para bendecirle.

Salmo 104:1-18

Los salmos 104 a 106 resumen los primeros libros de la Biblia. El salmo 104 celebra la creación, en tanto que los salmos 105 y 106 recuerdan la historia de los patriarcas y del pueblo de Israel.

La creación descrita por el Creador: ¡qué tema y qué escritor para tratarlo! Aquí volvemos a hallar la obra de los seis días del primer capítulo de Génesis. En el primer día: la luz (v. 2); en el segundo: la extensión de los cielos separada de las aguas (v. 2, 3); en el tercero: la fundación de la tierra con la aglomeración de las masas líquidas y la aparición del reino vegetal (v. 5-9, 14 y siguientes); en el cuarto: el establecimiento de las grandes lumbreras (v. 19, 22); en el quinto: la proliferación de animales en los mares y en el aire (v. 25, 26, 12, 17); en el sexto: finalmente, la creación de seres vivientes sobre la tierra (v. 11, 21…), coronada por la del hombre (v. 15, 23). Pero observe cómo, al lado del poder y de la sabiduría de Dios, se pone aun aquí el acento sobre su bondad. Todo fue concebido y ejecutado para el bien y el gozo de su criatura.

Al comparar el versículo 5 con el versículo 25 del salmo 102 podemos reconocer y adorar al Hijo en ese Dios maravillosamente grande (v. 1; Salmo 145:3), autor de todas las cosas. Era Él uno con el Padre en todos sus consejos y en todo su amor.

Salmo 104:19-35

Somos propensos a dar mucha importancia a las obras y a las labores del hombre (v. 23). Pero, ¡cuán poca cosa es ésa al lado de las obras de Dios, testimonios innumerables de su sabiduría! (v. 24). De Él primeramente, y no del trabajo humano, depende toda criatura para su sustento (v. 27, 28; Mateo 7:11). No atribuyamos nuestra ganancia a nuestros esfuerzos, sino a su gracia. Sí, “la tierra está llena de sus beneficios”; sepamos notarlos y observarlos. Sin embargo, se puede admirar la creación y gozar de ella sin conocer a quien la hizo.

Cuántos artistas y filósofos han confundido la Verdad con la naturaleza, sobre la que, por otra parte, el pecado ha dejado su impura huella. Contemplar la naturaleza no instruye al pecador acerca de lo que Dios es en santidad, justicia y gracia. Del mismo modo que para conocer íntimamente la personalidad de un arquitecto no basta visitar los edificios que construyó (y que unos inquilinos sin vergüenza tal vez arruinaron); es necesario tratarle, estar informado acerca de su carácter, su familia, sus costumbres…

Así que no lo olvidemos: no somos nosotros quienes descubrimos a Dios, es él mismo quien se revela, no a nuestros sentidos, pues “Dios es Espíritu” (Juan 4:24), sino a nuestra alma. No sólo en la naturaleza sino en su Palabra (Salmo 19).

Salmo 105:1-22

Los versículos 1 a 15 de este salmo forman parte (con el Salmo 96) del que se ha llamado el primero entregado por el rey David a Asaf después del regreso “del arca del pacto de Dios” (1 Crónicas 16:6-22). Hay sólo una diferencia muy notable. En la versión Moderna y otras el versículo 15 del capítulo 16 de 1 Crónicas habla de exhortación: “Acordaos para siempre de su pacto”. En cambio, nuestro versículo 8 declara: “Se acordó (Dios)…”. Si bien el pueblo falló y olvidó el pacto con su Dios, Él se acordó de sus promesas hechas a Abraham, Isaac y Jacob (2 Timoteo 2:13). Era todo lo que poseían esos hombres de fe. A los ojos de sus contemporáneos tenían poca importancia; “eran pocos en número, y forasteros” como lo somos hoy los cristianos. Pero Dios velaba sobre ellos como vela ahora sobre nosotros (v. 14, 15; por ejemplo: Génesis 31:24).

Luego “envió un varón”, el que, en figura, cumplió Sus propósitos: José, preciosa figura del Señor Jesús. Siervo primeramente, preso luego, fue liberado por “el Señor de los pueblos”, quien lo puso “por Señor de su casa, y por gobernador de todas sus posesiones” (v. 17-21). Cristo, quien murió y luego resucitó por el poder de Dios, será restablecido como Señor de toda la tierra y en él todas las promesas de Dios se realizarán (Hechos 2:36).

Salmo 105:23-45

El poder de Jehová se despliega a todo lo largo del libro del Éxodo. Se hallan en él primeramente sus milagros en juicio contra los egipcios (v. 27-36), luego sus milagros en gracia a favor de Israel (v. 37-41). Sin embargo, las terribles plagas que azotaron a Egipto no sólo estaban destinadas a espantar y castigar a Faraón. Ante todo, Dios quería revelarse a su propio pueblo mediante señales y prodigios (v. 27; Éxodo 14:31).

“Habló”, nos dicen los versículos 31 y 34, y la cosa ocurrió. Como en el día de la creación, le bastó a Dios una palabra para suscitar los innumerables pequeños agentes de su ira: moscas venenosas, mosquitos, langostas (comparar Hebreos 11:3). Y qué humillación para el hombre constituye ser vencido… por viles insectos.

Israel sale de Egipto después de la Pascua, cambiando su miseria por grandes riquezas (v. 37). Gimió bajo la opresión; Dios lo hace salir con gozo y cántico de triunfo (v. 43). Israel, que trabajó tan duramente, va a poseer “las labores de los pueblos” (v. 44). Y toda esa obra redentora resulta del compromiso que Jehová había contraído con Abraham (v. 42; Génesis 15:13-14). Nada puede impedir al Dios fiel que cumpla con “su santa palabra” (v. 42; Lucas 1:72-73).

Salmo 106:1-23

Sólo la obra de Dios está expuesta en el salmo 105; no era cuestión de los pecados de Israel. El salmo 106 vuelve a tomar el mismo relato a partir de la salida de Egipto, pero subrayando la responsabilidad del pueblo (compárese, por ejemplo, el episodio de las codornices en el salmo 105:40 con el salmo 106:14-15). Nuestra historia implica también un doble aspecto. Por un lado, la perfecta obra de la gracia que nos salva y que luego nos toma a su cargo para conducirnos seguramente a la meta, pese a los obstáculos y las dificultades (Filipenses 1:6); por otra parte, nuestra marcha, demasiado a menudo aminorada por rodeos o pasos en falso. Cuánto necesitamos al que, más que Moisés, permanece sin cesar en la brecha, intercediendo por los suyos (v. 23; Romanos 8:34).

“No olvides ninguno de sus beneficios” recomendaba el salmo 103. En efecto, el olvido es una puerta abierta a la codicia y ésta lleva a la rebelión (v. 7, 13, 14, 21). En un corazón ingrato, Satanás dispone de buenos elementos para sembrar deseos culpables. Para el que ha dejado de valorar los dones de Dios, él sabe volver atrayentes las cosas del mundo y, por medio de ellas, atraer poco a poco a su víctima al camino de la rebelión abierta contra Dios. Ojalá que el Señor nos conceda, pues, poder estar siempre atentos a sus maravillas” (v.7).

Salmo 106:24-48

En el Salmo 105, los verbos señalaban la intervención soberana de Dios: “Envió (v. 17, 26, 28), habló (v. 31, 34), dio (v. 32), hirió de muerte (v. 36), sacó (v. 37, 43)…”. Aquí, como lo hemos visto, son puestos en evidencia los pensamientos y los hechos del hombre (¡y qué hechos!): “No creyeron… murmuraron… no oyeron… se mezclaron con las naciones… sirvieron a sus ídolos… sacrificaron sus hijos y sus hijas a los demonios… derramaron la sangre inocente… se contaminaron así con sus obras…” (v. 24-39). Desoladora historia de ese pueblo que se hundió más y más en el mal e hizo todo lo necesario para encender el furor de Jehová (v. 40). En conclusión, uno aguardaría su rechazo definitivo. Sin embargo, esa terrible requisitoria termina con la victoria de la gracia. De nuevo es Dios quien obra: “Con todo, él miraba cuando estaban en angustia, y oía su clamor… se acordaba… se arrepentía… Hizo asimismo que tuviesen de ellos misericordia…” (v. 44-46). A esa insondable misericordia responderá una eterna alabanza.

El pecado mencionado en el versículo 24 era particularmente apto para entristecer el corazón de Dios: “Aborrecieron la tierra deseable”. Queridos amigos creyentes: estamos en camino hacia una patria infinitamente más deseable aun que la Canaán terrenal: la Ciudad celestial, la Casa del Padre. ¿Es ella deseable… o despreciable a nuestros ojos? La respuesta se manifestará en nuestro andar.

Salmo 107:1-22

El quinto Libro de los Salmos considera proféticamente a los redimidos de Israel (Judá y las diez tribus) congregados en su tierra (v. 3), “al alba” (Salmo 108:2) del día milenario. Recuerdan en el Salmo 107 las aflicciones encontradas en el camino de regreso, sus clamores de angustia, las liberaciones de Jehová y, finalmente, la alabanza que le corresponde.

De un modo general, estos cuatro cuadros —versículos 4 a 9; 10 a 16; 17 a 22; 23 a 32— ilustran las distintas sendas de Dios para la salvación de una alma (v. 9). Ésta, tal vez, haya errado mucho tiempo sin meta y sin descanso en el árido desierto de este mundo (v. 4-5; compárese Génesis 21:14 y siguientes). Con el sentimiento de su necesidad, ella clamó a Dios, quien entonces la sació, la satisfizo y la condujo al divino descanso (v. 9, 7).

El alma pudo haber gemido bajo la esclavitud de Satanás, el opresor, aprisionada en las tinieblas y en los grilletes del pecado… (v. 2, 10). Pero Dios oyó sus gritos de auxilio. La “sacó de las tinieblas y de la sombra de muerte, y rompió sus prisiones” (v. 14, 16). Pudo haber conocido la desesperación, y llegado, a causa de una enfermedad o de un accidente, a las puertas de la muerte, término de la senda del hombre (v. 17, 18). Hasta que Dios le hubo enviado Su palabra y conferido la salud (v. 20)

¿Puede cada lector decir dónde y cómo el Señor halló y salvó su alma?

Salmo 107:23-43

Muchas personas sólo piensan en Dios en el momento en que encuentran dificultades. ¿Deben extrañarse, pues, si Él se las manda? Como esos marineros sorprendidos por la tempestad (v. 23-30), los hombres están colocados, a veces, en situaciones desesperadas (Lucas 8:23). De ese modo, Dios quiere hacerles entender su total impotencia y la nada de toda su sabiduría (v. 27; Salmo 108:12). ¿Por qué obra Dios así? Para llevarlos a clamar a Él. Aguarda sólo esto para intervenir. A su voz, las ondas se sosiegan, (v. 29). Y al mismo tiempo se calma el espíritu del hombre cuando consiente en confiar el timón al Señor para dejarse conducir al puerto deseado (v. 30).

Esas sendas de Dios para la salvación del alma tienen su equivalencia en la vida del creyente. Los manantiales terrenales en los que bebía pueden secarse (v. 33; compárese 1 Reyes 17:7). Pero, al mismo tiempo, el Señor le hará hallar agua viva en el lugar donde no la buscaba (v. 35; Éxodo 15:22-25). Lo que parecía árido y amargo, precisamente llegará a ser para el alma un manantial de gozo y fuerza. “¡Quien sea sabio, observe estas cosas…!” y entenderá las misericordias de Jehová (v. 43; V.M.). Sí, podemos estar seguros de ello: todas nuestras circunstancias, agradables o penosas, son dispuestas por Aquel cuya misericordia es para siempre (v. 1).

Salmo 108

“Despertaré al alba…” (v. 2). Como David, apreciemos el valor de esos primeros momentos de la mañana pasados en la comunión con el Señor (Salmo 63:1). La experiencia muestra que, si no sabemos aprovecharlos, por lo general la oportunidad no volverá a presentarse durante el resto de la jornada.

Los versículos 5 y 6 nos recuerdan dos verdades que no debemos perder de vista en nuestras oraciones: primeramente, que la liberación y la bendición del creyente son inseparables de la gloria de Dios. Demasiado a menudo nos olvidamos de ello en el momento de orar; sólo nos preocupamos egoístamente de lo que nos concierne. Mas busquemos “primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas nos serán añadidas” (Mateo 6:33). En segundo lugar, ya que conocemos el amor del Señor por los suyos, no dejemos de solicitarlo: “Para que sean librados tus amados”, dice el salmista (compárese con Juan 11:3).

A partir del versículo 6, el salmo reproduce los versículos 5 a 12 del salmo 60. Se sitúan en el momento en que Dios habrá vuelto a tomar posesión de los límites de Israel. Él ha hablado en su santidad (v. 7). Y sus primeras palabras fueron: “Yo me alegraré…”. El gozo del Señor es bendecir a los suyos y hacerlos partícipes de su herencia.

Salmo 109:1-20

Este terrible salmo empieza invocando al “Dios de mi alabanza” (v. 1). Ninguna amenaza, ningún motivo de abatimiento impedía que Jesús levantara los ojos hacia su Padre y le alabara. Al contrario, esas circunstancias constituían más razones para hacerlo. ¿Cómo se defendía cuando estaba rodeado “con palabras de odio”? (v. 3). “Mas yo oraba”, dice él (v. 4). Tal debería ser, queridos amigos creyentes, nuestra única réplica cuando encontremos una injusta hostilidad. Si callamos —o más bien si hablamos sólo a Dios— Él no callará y se encargará de contestar por nosotros (v. 1; Romanos 12:19).

Sin embargo, sólo Cristo “sufrió tal contradicción…” (Hebreos 12:3). Sus adversarios (a quienes, en el original hebreo, se les designa con el mismo nombre que a su maestro Satanás) no sólo “pelearon contra Él sin causa”, sino que —exclama Jesús— “me devuelven mal por bien, y odio por amor” (v. 5). Y entre ellos se había colocado Judas, culpable de una ingratitud tanto más espantosa cuanto había sido el objeto de un más íntimo afecto. El libro de los Hechos de los apóstoles 1:20 le aplica el versículo 8 (y para el porvenir, este pasaje se refiere al Anticristo). Por cierto, había aquí motivos para quebrantar el corazón del Señor (v. 16).

Salmo 109:21-31; Salmo 110

“Favoréceme por amor de tu nombre”, pide el Afligido y Necesitado (es decir, Cristo; v. 21, 22; comparar Juan 12:28). “Y entiendan que ésta es tu mano; que tú, Jehová, has hecho esto” (v. 27). Para su propia gloria, Dios debía liberar al que le invocaba. Y, como consecuencia, viene a continuación el salmo 110. Cómo resalta después del cuadro de la humillación del “Varón de dolores”. Dios se había puesto a la diestra del “Pobre” para salvarle (Salmo 109:31); era el pasado. En la gloria, donde está actualmente, lo hizo sentar a su diestra (v. 1; Efesios 1:20). Y, para más adelante, promete el versículo 5: “El Señor está a tu diestra; quebrantará a los reyes en el día de su ira”. A sus adversarios del salmo 109 se los pondrá por estrado de sus pies: el sometimiento de ellos formará parte de Su gloria.

Este salmo 110 está citado ocho veces en el Nuevo Testamento. Prácticamente, sirve de hilo conductor a toda la epístola a los Hebreos (véase cap. 1:13; 7:17; 10:13…).

Finalmente, a esas promesas hechas al Mesías se les agrega una en relación con su andar en la tierra (v. 7). Cristo, como hombre, debía hallar aquí abajo algunos escasos instantes de aliento, apropiados para animarle y fortalecer su alma (por ejemplo: Lucas 7:9, 44; 9:20; 10:21, 39; 23:42…).

Salmo 111

Grandes son “las obras” del Dios de la creación (v. 2). Mas ¿qué decir de “su obra” única (v. 3), la de la redención? (v. 9). ¡Cuán gloriosa y hermosa es! Adoramos al que la realizó y concluimos como el apóstol: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32). ¿No asegura él diariamente nuestro sustento? (v. 5). Sí, lo que Dios hace confirma lo que él es: “clemente y misericordioso” (v. 4). Considerar sus obras fortalece nuestra fe en su Palabra; nunca contradijeron sus mandamientos. Tanto las unas como las otras son verdad. “Fieles son todos sus mandamientos” (v. 7) y practicarlos constituye el medio para adquirir “buen entendimiento” (v. 10).

El primer paso de un hombre en el camino de la sabiduría es el temor de Dios. Según el versículo 5, es igualmente la única manera de resolver el doloroso problema del hambre en el mundo… pero también la única en la que los pueblos ni piensan.

El loor del Señor permanece para siempre (v. 10; lo mismo que su justicia: v. 3; y sus mandamientos: v. 8). Sepamos entonar ese loor desde ahora.

Salmo 112

Este salmo se relaciona con el precedente, como lo muestra una misma disposición alfabética de los versículos en el original hebreo. En el salmo 111 la justicia de Jehová permanece para siempre (v. 3). En el 112, es la justicia del que teme a Jehová la que permanece para siempre (v. 3, 9). Nuestro versículo 1 continúa y supera al versículo 10 del salmo 111. El temor de Dios, camino de la sabiduría, es también el de la bendición. No se trata sólo de practicar los mandamientos de Jehová sino de deleitarse en ellos “en gran manera”. Fue la porción de Jesús, quien podía decir: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado” (Salmo 40:8; Juan 4:34).

Ciertas personas siempre temen oír una mala noticia. ¡Pues bien!, el temor de Dios aleja ese miedo causado por los hombres (v. 8) o por enojosos acontecimientos (v. 7). El corazón del que confía en Dios no es turbado por lo que acontece (Proverbios 1:33); está firme (v. 7), porque el Señor lo sostiene (v. 8; Comparar Juan 14:1, 27 final).

Pero un corazón firme puede ser al mismo tiempo sensible y estar lleno de amor. “El hombre de bien tiene misericordia” (v. 5), reparte y da a los pobres (v. 9), es clemente y misericordioso como Dios mismo (compárese el versículo 4 con el salmo 111:4 final y Santiago 5:11 final).

Salmo 113, Salmo 114

¡Cuántos motivos tienen los “siervos de Jehová” para alabar “el nombre de Jehová”! (v. 1). Otrora yacían en el polvo de la muerte, sí, en el muladar del pecado (v. 7). Pero Dios se rebajó a mirar en la tierra (v. 6). Jamás olvidemos que, por grande que Él sea, toma conocimiento de todo lo que concierne a cada una de sus criaturas. Él vio su estado de completa indigencia. Y, como el padre de familia de la parábola, se complació en invitar a los pobres y miserables para hacerlos sentar a la cena de su gracia (Mateo 22:10; comparar también 1 Samuel 2:8 y Lucas 1:52, 53).

Jehová había visto la aflicción de su pueblo, oído su clamor, conocido sus angustias. Y entonces descendió “para liberarlos” (Salmo 113:6; Éxodo 3:7). Lo hizo salir de Egipto con poder. A su orden, el mar Rojo se replegó para dejar atravesar al pueblo de Dios; “el Jordán se volvió atrás” para facilitarle el paso; la Roca hizo correr sus aguas para quitarle la sed. Dios sabe cómo y dónde hacer surgir el refrigerio y la vida para responder a las necesidades de los suyos. Pero hará todavía un milagro más grande a favor de su pueblo cuando cambie la dureza de su corazón en una fuente de aguas para bendición de toda la tierra.

Salmo 115

Como Moisés y Josué otrora, el remanente de Israel pedirá más tarde a Dios que intervenga a causa de Su gloria, para que Su nombre sea conocido en todas las naciones (v. 12; Éxodo 32:12; Josué 7:9). Sí, Jehová aceptará el desafío que tanto ha entristecido a los suyos: “¿Dónde está ahora su Dios?” (v. 2; Salmo 42:3; Joel 2:17; Mateo 27:43).

“Nuestro Dios está en los cielos”, responden los fieles, y cerca de él está nuestro corazón. En cuanto a la gente del mundo, en general, no hace falta mucho tiempo para descubrir a qué tiene afecto. La mayoría no tiene vergüenza de sus ídolos: son la plata, el oro (v. 4), los productos del arte y de la técnica; son igualmente los cantantes, los artistas del espectáculo u otras personalidades del momento. Proclamemos nosotros también quién es nuestro Dios. Actuemos de modo que su Nombre sea conocido desde ahora a nuestro alrededor. Lo será en la medida en que busquemos Su gloria y no la nuestra (v. 1). En la medida en que cada cual pueda ver que sólo en Él ponemos nuestra confianza (v. 11).

En contraste con la alabanza y la bendición terrenales del reino mesiánico (v. 16, 17), como creyentes nos gozamos de haber muerto con Cristo y resucitado con Él para tener ya a su lado nuestro lugar en el cielo.

Salmo 116

Este cántico del israelita traído de vuelta a su país, cuánto más puede cantarlo hoy el redimido del Señor: “Estaba yo postrado, y me salvó… tú has librado mi alma de la muerte…” (v. 6, 8). Pero el recuerdo de una salvación tan grande hace que el creyente tenga conciencia de los derechos que su Salvador tiene sobre él. El versículo 8 evoca una liberación triple: Dios salva a nuestras almas; sostiene nuestros corazones agobiados por la prueba; finalmente, nos preserva de las trampas y de las tentaciones en las que, débiles como somos, podríamos tropezar.

Por eso cada uno puede hacerse la pregunta del versículo 12: “¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?”. “Amo a Jehová…” contesta el salmista; éstas son las primeras palabras del salmo y el primer efecto del Evangelio, aquel que es la base de todos los demás. Entonces, de la abundancia del corazón, la boca puede confesar el nombre del Señor (v. 10; 2 Corintios 4:13). Pero se puede dar testimonio de más de una manera: “Tomaré la copa de salvación… Te ofreceré sacrificio de alabanza… delante de todo tu pueblo” (v. 13, 17, 14). Adorémosle, pues, de todo corazón, con sacrificios de alabanza, “frutos de labios que confiesan su nombre” (Hebreos 13:15).

Salmo 117; Salmo 118:1-14

Si gozamos personalmente del Señor (Salmo 116), invitaremos a otros a adorarle con nosotros. Así ocurrirá con Israel. Otrora tan celoso de sus privilegios, lleno de desprecio hacia las naciones, él mismo las invitará a la alabanza universal (v. 1; Romanos 10:19; 15:11).

La misericordia y la verdad de Dios de nuevo son nombradas juntas (v. 2; Salmo 108:4; 115:1). Son la doble manifestación de los esenciales caracteres de Dios para con los hombres: amor y luz. ¡Qué inagotable tema de adoración contiene, pues, ese precioso pequeño salmo (que viene a ser el capítulo central de la Biblia)!

En el salmo 118, la misericordia de Jehová es el tema de la alabanza. Rodeado y amenazado por el mundo entero, Israel hará la experiencia de que el socorro del hombre y de dignatarios es vano (v. 8, 9; Salmo 108:12). El nombre de Jehová será su única salvaguardia. En cuanto a nosotros, lo que nos amenaza, por desdicha, son esencialmente las concupiscencias de nuestros pobres corazones (Santiago 1:14). Muchas veces hemos estado a punto de caer, pero Dios nos ha ayudado; libró nuestros “pies de resbalar” (v. 13; Salmo 116:8). Y el hombre no podrá hacer nada contra nosotros (v. 6) ni por nosotros (v. 8), pues el Señor es nuestra fortaleza (v. 14).

Salmo 118:15-29

Este salmo ocupa un lugar importante en las profecías concernientes al Señor. El versículo 22, que es citado en los evangelios, como también en 1 Pedro 2:7, anuncia a la vez el rechazo de Jesús y el lugar que le corresponderá. Quiera Dios que sus designios, concretados en Cristo, sean siempre “cosa maravillosa a nuestros ojos” (v. 23). Los versículos 25 y 26 nos recuerdan la entrada del Mesías a Jerusalén y las aclamaciones de la muchedumbre: “¡Salva, te ruego! (Hosanna en hebreo) ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” (Mateo 21:9). A pesar suyo, el pueblo judío le invocó y adoró en aquel día como lo anunciaban las Escrituras. Y ellas deberían hoy abrir los ojos a este pueblo. No obstante, está cercano el momento en que ese pasaje tendrá su verdadero cumplimiento. El Mesías, triunfante entonces, será recibido y saludado por el remanente fiel.

Para los judíos, este salmo formaba parte del ritual de la Pascua. ¿Tal vez haya sido el himno cantado por el Señor con sus discípulos después de la cena? (Marcos 14:26). Si hubiese sido así ¡con qué sentimientos debe de haber pronunciado en tal momento los versículos 6, 21, 22 y el final del 27: “Atad víctimas… a los cuernos del altar”!

El salmo termina como había empezado: celebrando la inmutable misericordia de Jehová (v. 1, 29).

Salmo 119:1-16

“Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan”, decía el Señor Jesús a las multitudes (Lucas 11:28). De esta dicha y de este privilegio va a hablarnos este magnífico salmo. Efectivamente, bienaventurados los perfectos en el camino (V.M.; los de limpio corazón de Mateo 5:8), que se complacen en los testimonios del Señor y se regocijan en sus estatutos (v. 16). Pero doblemente dichosos los que “guardan” esos estatutos (v. 2, 4, 5, 8) y andan en ellos (v. 1).

Una seria pregunta se hace en el versículo 9. Ella no tiene ningún sentido para los jóvenes del mundo que se burlan abiertamente de los «escrúpulos» del joven creyente. Pero, para este último, ella es capital: “¿Con qué limpiará el joven su camino?”. La respuesta sigue inmediatamente: “Con guardar tu palabra”. Mantengamos ese secreto de un andar puro a resguardo del pecado contra Dios (v. 11) y también contra nuestro “propio cuerpo” (1 Corintios 6:18). Si conservamos la Palabra de Dios en nuestro corazón, y grabamos en él pasajes esenciales como ese versículo 9, estaremos armados para “el día malo” (Efesios 6:13, 17) en que surgirá la tentación. Porque si guardamos cuidadosamente sus preceptos, el Dios fiel nos cuidará con el mismo esmero. ¡Ojalá “la palabra de Cristo more en abundancia en nosotros”! (Colosenses 3:16).

Salmo 119:17-40

Cuando abramos nuestra Biblia, empecemos siempre por pedir al Señor que abra nuestros ojos para discernir “las maravillas” que hay en ella (v. 18). Pero que, al mismo tiempo, aparte nuestras miradas de “la vanidad” (v. 37), y ¡cuántas cosas oculta este vocablo! Porque no nos es posible hallar a la vez nuestro deleite en la Palabra y en las cosas de este mundo, como por ejemplo: el amor a las riquezas (v. 36; leer Lucas 16:13). Otro obstáculo que, frecuentemente, nos cierra las Escrituras es una mala conciencia. ¿Cómo gozar de lo que nos reprende? Primeramente debemos confesar nuestra falta o nuestro estado. “Te he manifestado mis caminos” dice el salmista; entonces puede agregar: “Enséñame… (v. 26, 33; Salmo 32:5, 8); hazme entender… (v. 27); dame entendimiento… (v. 34), todas oraciones que agradan al Señor. Sus testimonios son “mis consejeros” (v. 24). ¡Pero hace falta que yo me deje aconsejar por ellos!

Notemos también la progresión entre los versículos 30, 32 y 36. El creyente escogió el camino de la fidelidad; se propone correr por él y pide a Dios, no que ensanche ese camino sino que le ensanche su corazón para que el objeto de sus afectos le atraiga con más poder (Filipenses 3:14). Finalmente, él cuenta con Dios para que le guíe por esa senda (v.35).

Salmo 119:41-64

La Palabra de Dios regula toda la vida del creyente. Le permite contestar, cuando se le ha perjudicado, no necesariamente con el lenguaje sino con la paciencia y la confianza que ella le enseña (v. 42). Porque es “la palabra de verdad” (v. 43), ella da al hombre de Dios verdadera seguridad y autoridad cuando habla y le confiere una santa libertad en su andar. ¿Por qué somos a menudo tan tímidos en nuestro pequeño testimonio personal? Justamente porque nos falta esa fuerza y esa convicción interior que comunica la Palabra de verdad cuando es creída, amada y meditada.

“Cánticos fueron para mí tus estatutos” (v. 54). ¡Qué Señor el nuestro! ¿De qué jefe de Estado, aunque fuese el mejor, podría decirse que sus órdenes son un motivo de gozo para el que debe someterse a ellas?

Los versículos 57 a 64 nos muestran el corazón del creyente preocupado por conformar su andar a la voluntad del Señor: “Consideré mis caminos” (v. 59), dice el fiel; y sólo luego: “Volví mis pies a tus testimonios”. ¡Cuántas veces, por desdicha, nuestra conducta es contraria! Retengamos también el versículo 63: “Compañero soy yo de todos los que te temen y guardan tus mandamientos” (véase v. 79 y 115) y preguntémonos a quién frecuentamos (Proverbios 13:20).

Salmo 119:65-88

El pedido del versículo 17 fue otorgado: “Bien has hecho con tu siervo” (v. 65). Pero de una manera que el salmista no esperaba: por medio de la aflicción. “Bueno es para mí haber sido afligido” reconoce él (v. 71; V.M.). ¿Por qué? Porque “antes de ser afligido yo me extraviaba” (v. 67; V.M.). El buen Pastor se vio obligado a usar ese penoso medio para volver al camino a su oveja descarriada. Pero el alma, de ese modo, hizo una experiencia más importante todavía: aprendió a conocer a su Dios y ya no tiene más necesidad de comprender para saber que Su amor no ha variado. “Conozco” —dice ella— “que conforme a tu fidelidad me afligiste” (v. 75).

Entre los nómadas, la confección de un odre de cuero exige una paciente preparación. Se lo expone al humo para hacer perder al cuero el gusto acre y el olor de origen que no dejarían de alterar la pureza del agua. Así ocurre con el creyente (v. 83). El fuego de la prueba debe pasar por él a fin de quitarle su acritud o su dureza natural y volverlo apto para el servicio. “Tus manos me hicieron y me formaron; hazme entender…” (v. 73). ¡Feliz oración del redimido¡ Sí, Señor, forma también mi espíritu por los medios que Tú escojas; hazme flexible y dócil a tu voluntad!

Salmo 119:89-112

Por más firmemente que haya sido establecida la tierra (v. 90), la Palabra del Señor lo ha sido más aún. ¡Qué dicha —en un mundo en el que todo es incierto, en el cual la febril actividad del hombre caído se despliega en pensamientos que perecerán sin excepción— poder conocer los eternos pensamientos de Dios y confiarnos en sus inmutables promesas! El cielo y la tierra pasarán, pero sus “palabras no pasarán” (Mateo 24:35). Por otra parte, la creación tiene un único propósito: “todas las cosas… te sirven” (v. 91). Tal es también nuestro privilegio, pero sirvamos al Señor con inteligencia y con todo nuestro corazón.

Sólo Cristo realizó verdaderamente los versículos 97 a 112. Entendió “más que los ancianos” porque él cumplía los divinos preceptos, en tanto que ellos se contentaban con enseñarlos (v. 100; V.M.). Era más sabio que todos sus enemigos que le armaron trampas (v. 110; Mateo 22:15 a 34).

¿Quién se arriesgaría a caminar de noche sin una lámpara sobre un terreno sembrado de obstáculos? En las tinieblas de este mundo, en medio de “lazos” puestos por los impíos emboscados (v. 110, 95), la Palabra es esa lámpara, esa luz indispensable en nuestro camino (v. 105). ¡No temamos hacer demasiado uso de ella para mirar dónde ponemos los pies! (v. 101).

Salmo 119:113-136

La Palabra, que es “lumbrera en mi camino”, me muestra también cuán espesas son las tinieblas a mi alrededor. Hace que me inspire horror la maldad y la falsedad. En efecto, sin esta medida divina, puedo equivocarme y llamar bueno a lo que es malo y verdad a lo que es mentira. Mientras que el Libro de los pensamientos de Dios me enseña a ver al mundo y lo que lo llena como Él mismo lo ve.

“Dame entendimiento” repite el fiel (v. 34, 125, 144, 169). La inteligencia es considerada, generalmente, como un don natural. ¡Pues bien! este ruego nos muestra que es posible adquirirla. Porque la Palabra es la que da la verdadera inteligencia (v. 130). “Tu siervo soy yo…” declara el salmista decidido a observar la voluntad de Dios (v. 125). Ésta se expresa bajo distintas formas en la Palabra: ley, mandamientos, estatutos, preceptos, testimonios, ordenanzas, juicios… vocablos que difieren un poco en su sentido. En cuanto al cristiano, la Palabra no se impone más a él bajo forma legal. Su obediencia emana del amor que él siente, no sólo por los maravillosos testimonios del Señor (v. 113, 127) sino por su nombre (v. 132).

Salmo 119:137-160

La justicia de Dios es la nota predominante de los versículos 137 a 144. Ella no es un motivo de espanto para quien teme a Jehová, anda a su luz y conoce también su misericordia (v. 149, 159). En medio de un mundo injusto, el fiel se complace en celebrar esta justicia de Dios, la que, como su misericordia, permanece para siempre (v. 142, 144).

“Sumamente pura es tu palabra” (v. 140). Más se la pone a prueba (como el oro en el crisol), más demuestra que es la pureza misma.

Los versículos 145 y siguientes traducen la extrema dependencia del fiel: “Vivifícame…” ruega él aquí cuatro veces (v. 149, 154, 156, 159; ver v. 25, 40, 88, 107). Es Dios quien da la vida; también es él quien la conserva y la sustenta. Pero esta oración concierne en primer lugar al alma del redimido. “Vivifícame con tu palabra”. Porque: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4; Deuteronomio 8:3).

Retengamos bien el versículo 160: “La suma de tu palabra es verdad”. La Biblia no se compone de un conjunto de verdades entre las que cada uno escoge la que le conviene. Ella forma un todo inseparable que se recibe o se rechaza; toda ella es la Verdad (Juan 17:17).

Salmo 119:161-176

El fiel, perseguido sin causa por príncipes, tiene temor, no de éstos, sino de la Palabra, pues teme desobedecerle (v. 161). No obstante, ¡ella es su gozo! (v. 162). ¡Ojalá la Palabra de nuestro Dios sea un tesoro para nuestros corazones! Inagotables riquezas se hallan ocultas en ella, pero sólo las descubre el que hace de esa Palabra su regla de vida. Empezar por recibir permite luego llevar: el versículo 171 nos recuerda que la alabanza es el fruto de un corazón enseñado por los estatutos divinos. Bien alimentados de éstos, sabremos hablar al Señor, adorarlo con inteligencia, pero también hablar alto, sin timidez, a nuestro alrededor, de todo el tema de nuestra meditación (v. 172; Efesios 5:11).

Los últimos versículos que resumen el salmo permiten ahora desentrañar el pensamiento directivo. Por medio de la tribulación, Israel será llevado a reconocer su extravío (v. 176). Aprenderá en la aflicción a amar la ley de Jehová (v. 163, 167, 174), a conformar su conducta a ella (v. 165-167), a aborrecer el mal (v. 163), a buscar su salvación sólo en Dios (v. 166). Antes que intervenga la liberación final (v. 174), la restauración interior ya se habrá producido. Lo que permitirá que Dios obre a favor de los suyos y los introduzca en la bendición del Reinado.

Salmo 120, Salmo 121

Los quince cánticos graduales (Salmos 120 a 134) exponen, de modo ascendente, la liberación y la restauración del remanente de Israel.

El salmo 120 halla a esos fieles en su cautiverio en medio de las naciones y nos hace oír sus suspiros. Sufren por tener que habitar en medio de los “que aborrecen la paz”. Creyentes: quiera Dios que podamos darnos mejor cuenta de cuán intensamente el mundo se opone a Dios y, por consiguiente, a Sus hijos. El mundo ignora la paz; por tanto, mucho menos puede darla. Pero ¿qué dice el Señor a los suyos?: “…mi paz os doy; no según da el mundo, yo os la doy” (Juan 14:27 – V.M.).

Al desviar sus miradas de la escena de su aflicción, el fiel en el Salmo 121 la alza hacia los montes (Sion, objeto de su esperanza: ver Salmo 87:1-2). Pero su socorro viene de más arriba, viene del Creador, quien estableció estos montes. Jehová responde a esta confianza mediante conmovedoras promesas personales (v. 3-8). Cada creyente puede oír al Señor dirigírselas. Está en el mundo, pero él será guardado (verbo repetido seis veces) en todas partes y siempre en respuesta a esa oración de su Salvador: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (comparar v. 7 con Juan 17:15).

Salmo 122, Salmo 123

El amor que el israelita siente por Jerusalén es la imagen de los deseos y afectos del cristiano por la Asamblea, preciosa al corazón de Cristo. ¿Actualmente nos dirigimos con gozo (v. 1) al lugar en que Él prometió su presencia, para ir a celebrar su nombre? (comparar v. 4).

Retengamos la promesa del versículo 6: “Sean prosperados los que te aman”. El amor por la Asamblea es una fuente de prosperidad espiritual. ¿Cómo se manifiesta este amor? Orando por su paz, buscando su bien de todas maneras (v. 6-9).

El salmo 123 nos enseña la dependencia. El fiel alza sus ojos hacia su Dios con el sentimiento de que todos los recursos están en Él (compárese 2 Crónicas 20:12). No tiene ningún derecho; todo es gracia. Por parte de los hombres, ¿qué debe esperar el fiel? Puede estar sobremanera hastiado del menosprecio y del escarnio de los “que están en holgura” aquí abajo (v. 3, 4; 1 Corintios 4:13). Pero, si es capaz de soportar estas cosas, es porque dirige las miradas de su fe hacia su Salvador “en los cielos” (v. 1; Salmo 141:8). Pronto esta fe será cambiada en vista. Hoy está hastiado de menosprecio; mañana será saciado de Su imagen (Salmo 17:15).

Salmo 124, Salmo 125

Los salmos 120 a 123 nos han descrito al pueblo bajo la opresión. Los salmos 124 y 125 nos hacen asistir a su liberación. Ésta se debe —el fiel se complace en repetirlo— sólo a la intervención de Jehová. Sin ella, hubiera sido tragado (Salmo 124:3), sumergido (v. 4, 5) y devorado (v. 6). Pero si Dios está “por nosotros”, ¿qué podrán hacer los que se han levantado “contra nosotros”? (v. 2; Romanos 8:31). El Señor sabe arrancar a los suyos del terrible lazo de los cazadores (v. 7). Estos últimos corresponden proféticamente al Anticristo y al asirio, agentes de Satanás contra el remanente de Israel. Para nosotros evocan a los enemigos de nuestras almas. Si ponemos nuestra confianza en Cristo, Él nos hará escapar del lazo, es decir, “del pecado que nos asedia” (Hebreos 12:1; Salmo 91:3).

La confianza es precisamente la primera nota del salmo 125; confianza en el que tiene poder de guardarnos “sin caída” (Judas 24). Al apoyarnos en el Señor, no vacilaremos (v. 1). Pero, para andar bien, no basta que nuestros pies estén firmes, es también necesario que nuestro camino sea recto. No imitemos “a los que se apartan tras sus perversidades” (v. 5). Y no olvidemos que, antes de manifestarse en el andar, la rectitud debe morar en el corazón (v. 4).

Salmo 126, Salmo 127

Como alguien que se despierta de una horrible pesadilla, los fieles, en un primer momento, serán incapaces de comprender su súbita liberación. Pero pronto resonarán cánticos de alegría a los que las naciones harán eco, diciendo: “Grandes cosas ha hecho el Señor con éstos” (v. 2; Salmo 14:7). Por así decirlo, sus lágrimas habrán regado los surcos de una generosa cosecha (v. 5). Y tal fue el ministerio del Señor Jesús aquí abajo (v. 6). Con llanto siguió el camino de la cruz. “Pero si muere” —dice en Juan 12:24— “lleva mucho fruto”. Aparecerá triunfante, cargado con el fruto del trabajo de su alma: sus redimidos, cual preciosas gavillas, apretadas contra su corazón.

El salmo 127 nos recuerda que toda empresa está destinada a fracasar si no tiene desde el principio la aprobación del Señor. Cierto asunto puede parecer bueno, merecer que se le dedique mucho tiempo y mucho trabajo; pero no resultará si Él no trabajó en esa tarea (Juan 15:5). La actividad apacible y confiada del creyente, seguida por un sueño tranquilo, contrasta con la febril y ambiciosa agitación de los hombres de este mundo (Eclesiastés 2:23). Y vosotros, jóvenes que pensáis en «edificar vuestra casa», el matrimonio es una cosa demasiado seria para ocuparos de él solos. ¡Dejaos conducir por el Señor!

Salmo 128, Salmo 129

“Bienaventurado todo aquel que teme a Jehová… bienaventurado serás, y te irá bien” (Salmo 128:1-2). El hombre quisiera invertir las cosas. Se imagina que consigue la felicidad al mejorar sus condiciones materiales. Pero su miseria es primeramente de orden moral. El hombre es desdichado porque es pecador. Debe empezar por volverse hacia Dios para temerle y andar en sus caminos (v. 1). Entonces verá la bendición extenderse sobre todo lo que le concierne: “La piedad para todo aprovecha” (1 Timoteo 4:8). «Esto no significa —escribió un creyente— que tendremos una prosperidad que consista en satisfacer nuestras codicias, sino el apacible gozo del favor divino aquí abajo» (ver Salmo 37:4).

Salmo 129. Desde “su juventud” en Egipto, Israel sufrió una dura opresión, pero nada igualará la que será su parte bajo el yugo del Anticristo. Al tomar forma de siervo, Cristo se identificó de antemano con los sufrimientos de su pueblo (comparar v. 3 y Mateo 27:26).

Pero Jehová es justo (v. 4). Los malos serán arrancados (v. 6); no formarán parte de las gavillas juntadas con regocijo por el gran Segador (v. 7; Salmo 126:5-6); no tendrán parte alguna en la bendición del Reinado (v. 8).

Salmo 130, Salmo 131

No fue la opresión del salmo 129 sino el sentimiento del pecado el que colocó al alma del justo en lo “profundo” (Salmo 130:1). Sin embargo, por más bajo que se sienta, siempre puede invocar a Dios. “Hay… abundante redención en él” (v. 7).

El versículo 4 nos extraña tal vez. Nos parecería que el perdón tiene más bien el efecto de disipar el temor. Pero ¡es a la inversa! «El conocimiento de la gracia —escribió alguien— da al trabajo de conciencia su verdadera profundidad. Porque nos damos cuenta del horror de nuestra situación solamente al medirla con el esfuerzo desplegado por nuestro Salvador para sacarnos de ella» (leer Romanos 6:14 y 1 Pedro 1:17-19).

Salmo 131. Las pruebas de un creyente contribuyen útilmente a humillarle y a quebrantar su voluntad propia (v. 1). Dios las permite, y él debe someterse. Cuando lo que él amaba le ha sido quitado, su alma se halla como “destetada” (v. 2). Se parece a un niño bruscamente privado de la leche materna, pero que permanece cerca de su madre. En el momento no puede comprender que esto condiciona su crecimiento. Así el Señor, a veces, juzga necesario quitarnos lo que nos parecía precioso e indispensable, para obligarnos a esperar sólo en Él (v. 3; volver a leer los v. 5-7 del salmo 130).

Salmo 132

Este hermoso cántico evoca el día en que el rey David hizo subir el arca a Jerusalén (2 Samuel 6:17). Más tarde, cuando tuvo lugar la dedicación del templo, Salomón terminó su oración con los versículos 8 a 10 (véase 2 Crónicas 6:41-42). Proféticamente, este salmo corresponde a la introducción del reinado milenario. Dios entrará en su reposo (v. 14); el mundo entero será bendecido y se regocijará (v. 15, 16); Cristo, el verdadero Hijo de David, recibirá la corona universal (v. 17, 18). Las incondicionales promesas de Dios se cumplirán en Él, por medio de Él y para Él.

Pero, notémoslo bien, ellas son la consecuencia de “toda su aflicción” (v. 1; comparar 1 Crónicas 22:14; David es una figura de Cristo, Rey rechazado, en tanto que Salomón representa al Mesías en su gloria). Cristo será así exaltado porque padeció, y la tierra gozará del reposo de Dios porque Cristo experimentó aquí abajo el doloroso trabajo de su alma.

Acerquemos respectivamente los versículos 2 y 11; 5 y 13; 8 y 14; 9 y 16; 10 y 17-18. Comprobaremos que ese fiel que se preocupó por la gloria de Dios obtiene, punto por punto, contestaciones que superan todas sus esperanzas. Tiene relación con “Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Efesios 3:20).

Salmo 133, Salmo 134

El primer versículo del salmo 133 siempre tendría que hallar su aplicación en la Asamblea y en nuestras familias. ¿Es así en nuestro caso? Cuando los hermanos habitan juntos en armonía, es una cosa buena y deliciosa para ellos mismos, pero ante todo para el corazón del Padre. Los miembros de la familia de Dios están unidos entre sí porque están ligados a una misma Persona: Cristo; forman como el borde de su vestido, a saber, lo que es visible de Él aquí abajo (compárese con Éxodo 28:33-34). Él está arriba, verdadero Aarón, Sumo Sacerdote; pero dio su Espíritu, el que, “como el buen óleo”, desciende sobre los hermanos reunidos allí donde Dios ordenó la bendición eterna (v. 3; Hechos 2:33; Efesios 4:2-4).

Con el salmo 134, último cántico gradual, los redimidos del pueblo terrenal han llegado a la más elevada de las quince gradas figuradas por otros tantos cánticos. Han alcanzado la meta ardientemente deseada; han franqueado las puertas de Jerusalén (Salmo 122:1, 2); se hallan en la casa de Jehová.

Pronto los rescatados del Señor alcanzarán su celestial meta: la casa del Padre. Pero “allí no habrá noche” (Apocalipsis 21:25) y ninguna exhortación a la alabanza será necesaria entonces. Ésta surgirá espontáneamente de todos nuestros corazones cuando veamos a Jesús cara a cara.

Salmo 135

El salmo 134 nos mostraba a los siervos de Jehová que estaban en su Casa para alabarle. El salmo 135 nos enseña cuál es el tema de la alabanza: el gran nombre de Jehová.

En el salmo 133, lo bueno y delicioso era que los hermanos habitaran juntos en armonía. Aquí, en el versículo 3, es Jehová quien es hallado bueno y benigno. El adorador ha gustado “la benignidad del Señor” (1 Pedro 2:3). Por más preciosa que sea la comunión fraterna, nada reemplaza para el alma el sabor del amor del Señor. ¿Nos reunimos en la congregación sólo para encontrar a otros creyentes, o porque gozamos allí de la bendita presencia del Señor?

Dios escogió a Israel —como asimismo a cada redimido— “por posesión suya” (v. 4; compárese con Mateo 13:44); apeló a los más poderosos medios para adquirirlo (v. 5-12). Al ser mencionados después de semejante Dios, ¡cuán vanos y ridículos parecen los ídolos del mundo! ¡Y cuán dignos de lástima son “todos los que en ellos confían”! (v. 18). Bendecir a Jehová, quien ha llegado a ser para nosotros “el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Efesios 1:3), es el privilegio de todos los que le temen.

Salmo 136

Todas las intenciones de Dios para con su criatura tienen un único y mismo motivo: su misericordia que permanece para siempre. Primeramente aparece en “las grandes maravillas” cumplidas a favor del hombre aun antes de su existencia, cuando Dios componía un medio ambiente favorable a la vida y la subsistencia de su criatura (v. 4-9). Así es cómo una madre prepara con ternura, antes del nacimiento de su niño, el ambiente en el cual el bebé será acogido juntamente con todos los objetos que le sean necesarios.

A partir del versículo 10 podemos ver brillar el amor de Dios en la obra de la redención. Ésta se halla ilustrada por medio de la salida de Egipto y la entrada de Israel en Canaán. “En nuestro abatimiento se acordó de nosotros”, pueden cantar todos los redimidos agradecidos (v. 23). La expresión “para siempre es su misericordia” puede sorprender al final de los versículos 10, 15 y 17-20. Pero no olvidemos que incluso el castigo de los malos tiene su fundamento en los propósitos del amor de Dios por los suyos, como asimismo para bendición del mundo futuro.

Así se explican también los terribles versículos 8 y 9 del salmo 137. Los hombres hablan del «buen Dios» con la mayor ligereza. ¡Es de desear que puedan reflexionar en el alcance de ese adjetivo, confirmado por tan evidentes testimonios… y corresponder luego a semejante amor!

Salmo 137, Salmo 138

Aquí empieza la última serie de salmos, en su mayoría de David. Vuelven a relatar la restauración final de Israel desde su servidumbre en medio de las naciones (Salmo 137), a través de su tribulación, hasta la liberación y la alabanza general.

El comienzo del salmo 137 evoca el cautiverio de Babilonia. ¿Cómo los desdichados deportados habrían podido cantar a pedido del opresor y regocijarse bajo su yugo? No hay alegría para ellos lejos de Jerusalén. Los que les quitaron todo no pueden quitarles el recuerdo. Así, amigos creyentes, extranjeros en un mundo hostil, no hallamos nada en él para nuestros corazones, pero poseemos en Cristo un gozo que nadie nos quita (Juan 16:22). ¡Jamás olvidemos la ciudad celestial!

En el salmo 138, el fiel, pese a su “humilde condición” (v. 6), canta “con todo su corazón” y se prosterna hacia Jerusalén (v.1 y 2; compárese con 1Reyes 8:47…). “Me respondiste” puede decir luego, aunque nada haya cambiado todavía en sus circunstancias. Pero Dios ha aumentado el vigor de su alma (v. 3). Y es esta fuerza la que cuenta para el creyente (Efesios 3:16).

Dios “cumplirá su propósito” en lo que nos concierne (v. 8), no mediante la destrucción de la raza de los malos (final del salmo 137) sino con el retorno del Señor.

Salmo 139

“Dios es luz” (1 Juan 1:5). “Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia…” (leer Hebreos 4:13). ¡Qué cosa aterradora para un pecador es sentir esa santa mirada constantemente puesta en él, poniendo al desnudo sus más íntimos pensamientos y descubriendo sus más secretos motivos! Tiene una sola idea: huir de ese terrible haz de luz. Mas éste hurga en las tinieblas en las cuales el pecador busca esconderse (v. 11), le alcanza al extremo del mundo, remonta su lejano pasado… (Génesis 3:8; Juan 3:19).

Por lo tanto, es una locura pensar que se puede escapar de Dios. Y es otra más intentar sustraerse… a Aquel que quiere asegurar nuestra felicidad. Cuando usted está enfermo, no se le ocurre ocultarle al médico el menor de los síntomas de su mal. Usted sabe bien que, para curarse, es de su interés decirle todo lo que siente. ¿Por qué obrar de otro modo cuando Dios quiere salvar su alma o liberarle de su pecado? Confiésele todos los aspectos del mal que le socava. Deje que Su luz escudriñe su conciencia. Que su oración sea la de los versículos 23 y 24: ¡”Examíname, oh Dios” y examíname más todavía! Pon todo en orden en mi vida. No me dejes meterme en un “camino de perversidad”. Mas “guíame en el camino eterno”.

Salmo 140

Este salmo nos hace entrever cuánto sufrirán los creyentes del remanente judío durante los terribles tiempos de la gran tribulación. La gracia de Dios nos ha preservado hasta ahora de persecuciones en nuestros países. Pero es bueno hacerse a veces esta pregunta: Si mañana se debiera de nuevo sufrir como cristiano, ¿querría yo aún llevar ese nombre?

Por otra parte, no olvidemos que tenemos que habérnosla continuamente con enemigos tanto más terribles cuanto nos son familiares. De ese hombre malo, violento (v. 1), que maquina el mal (v. 2), que “aguza su lengua como la serpiente” (v. 3) y que se esfuerza en hacer resbalar mis pasos (v. 4), la epístola a los Romanos me revela una cosa espantosa: él mora en mi propio corazón (Romanos 3:13; 7:17). Pero la misma epístola contiene, si así puede decirse, su esquela de fallecimiento (6:6). La muerte me liberó de ese “viejo hombre”; ya no tengo que combatirlo sino considerarlo crucificado con Cristo.

En cuanto al enemigo de fuera, también es Dios quien me protege de él. El Señor es “potente salvador mío” —dice el fiel— “tú pusiste a cubierto mi cabeza en el día de la batalla” (v. 7). El yelmo de la salvación es una pieza indispensable de la completa “armadura de Dios” (Efesios 6:17).

Salmo 141, Salmo 142

Nunca cansamos al Señor al dirigirnos a Él. Al contrario, la oración de un creyente es un perfume agradable para él (v. 2; compárese Apocalipsis 5:8 final). Por desdicha, nuestra boca es capaz de hacer brotar también palabras amargas. Sin el socorro de arriba, nadie es capaz de domar su lengua (Santiago 3:8, 9). Aquí el hombre de Dios le pide: “Pon guarda a mi boca”. Sin embargo, ésta no hace más que revelar lo que se agita en el corazón (Salmo 39:1-3). Este último también necesita una guardia vigilante para que no se incline a “cosa mala” (v. 4). En fin, sepamos considerar la reprensión no como una herida del amor propio sino como un favor, “un excelente bálsamo” reservado por el Señor para los suyos (v. 5; compárese con 2 Samuel 16:5, 10; Gálatas 6:1).

Salmo 142. Perseguido por Saúl, David se ha escondido en la cueva de Adulam (1 Samuel 22; Salmo 57). Anda errando con sus compañeros “por los desiertos, por los montes, por las cuevas y las cavernas de la tierra” (Hebreos 11:38). No hay refugio humano para él (v. 4). Pero su fe le permite exclamar a Jehová: “¡Tú eres mi refugio, mi porción en la tierra de los vivientes”! (v. 5; V.M.).

“Me rodearán los justos…” (v. 7). Cristo, el verdadero David, introducirá consigo en la gloria a los que Él haya vestido con su propia justicia.

Salmo 143

“Oye mi oración…” —exclama el fiel desde el fondo de su angustia— “no escondas de mí tu rostro… respóndeme…”. ¡Qué contraste entre esa inquietud y la apacible seguridad que puede ser hoy la porción del creyente! Este último está seguro de tener siempre entrada a la presencia del Padre por medio de Jesús (Hebreos 4:16). Sin embargo, el mismo intenso deseo de comunión debería animarle. “Mi alma, como la tierra sedienta”, clama a ti (v. 6; compárese Salmo 63:1). Sí, cada día, de mañana, necesito oír no sólo la Palabra de Dios, sino su misericordia, al abrir mi corazón para escucharle (v. 8).

Ese sentimiento del amor del Señor fortalecerá la confianza que he puesto en Él y le pediré, primeramente, que me haga conocer su camino y luego que me conduzca en él. Llamarle “mi Dios” y nombrarme a mí mismo “su siervo” (v. 12), me lleva a hacer lo que le agrada. Pero, en primer lugar, es necesario que Él me enseñe y luego que “su buen Espíritu me guíe a tierra de rectitud” para hacer su voluntad (v. 10). En realidad, esos ruegos están unidos los unos a los otros. Por una parte, el goce de la comunión del Señor es necesario para conocer su voluntad. Pero, por otra parte, sólo podemos gustarla en la obediencia a esa voluntad.

Salmo 144

“Enséñame a hacer tu voluntad” era la oración del Salmo 143 (v. 10). “Adiestra mis manos para la batalla…” pide David aquí. El combate cristiano tiene también sus leyes (2 Timoteo 2:5) y cada creyente que quiere agradar a “Aquel que lo tomó por soldado” debe cumplir, por decirlo así, su servicio militar. No obstante, no cuenta con la experiencia adquirida ni con su valentía para ser victorioso. Declara aquí: Dios mismo “es mi castillo, fortaleza mía y mi libertador, escudo mío en quien he confiado” (v. 2).

La liberación de arriba, que responderá al clamor del remanente, abrirá por fin la puerta a las bendiciones milenarias (v. 12-15). Pero no olvidemos que, a diferencia de Israel, pueblo terrestre, las actuales bendiciones del creyente son espirituales “en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3). Por consiguiente están —como Cristo— fuera del alcance de las pruebas terrenales y les es posible gozar de ellas en medio de las peores dificultades. A la inversa, si todo nos parece estar lo mejor posible en lo que acontece a nuestra salud, a nuestros negocios y a nuestra vida familiar, no concluyamos de ello que nuestra alma también prospera, ni que tenemos la aprobación del Señor. Por desdicha, las cosas podrían ser muy distintas…

Salmo 145

Cristo, de quien David es figura, entona aquí la alabanza (ver el título del salmo), la cual, en estos últimos salmos, se extenderá a toda la creación (compárese Salmo 22:25…). Y con él podemos cantar: “Te exaltaré, mi Dios… cada día te bendeciré… para siempre”. Grande es Jehová, de una grandeza inescrutable (v. 3). Sus hechos son poderosos (v. 4, 12), maravillosos (v. 5) y terribles (v. 6; V.M.). Grande (v. 7, 8) y universal (v, 9) es su bondad; se proclamará la memoria de ella. Se hablará de su poder y se cantará su justicia. Pero una de sus glorias que particularmente nos resulta preciosa es su gracia (v. 8).

La gracia nos trae la salvación. Los versículos 14 a 20 enumeran diversas manifestaciones. El Señor sostiene (Salmo 37:24)…, levanta (Salmo 146:8)…, da la comida y sacia (Salmo 107:9)…, está cercano a los que le invocan (Salmo 34:17, 18)…, cumple el deseo de los que le temen, oye su clamor, los guarda y salva a los que le aman. Sí, “de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Juan 1:16). Y todos los verbos conjugados en primera persona del futuro: “Te exaltaré…, bendeciré…, alabaré…, meditaré…, publicaré…” son la justa respuesta del redimido ante la propagación de esta gloria.

Salmo 146

No aguardemos a estar en el cielo para celebrar a nuestro Dios Salvador. “Alabaré a Jehová en mi vida. Cantaré salmos a mi Dios mientras viva”, declara el salmista (v. 2; Salmo 34:1). Sólo Él merece nuestro homenaje, como así también nuestra confianza. Los versículos 3 y 4 nos advierten seriamente acerca de no poner nuestra confianza en el hombre, porque es un constante peligro que puede tomar muchas formas (por ejemplo: la búsqueda de la influencia). No esperemos ningún apoyo de los «dignatarios», aun cuando ocasionalmente Dios mismo se sirve de ellos para nuestro bien. Pese a lo alto que estén colocados, no hay salvación en ellos (v. 3); se asemejan a la vanidad (Salmo 144:4) y, si son incrédulos, perecerán un día con sus pensamientos (v. 4).

¿Qué pensaríamos de un hijo de padres acomodados que fuera a mendigar a la puerta de vecinos pobres? Tenemos como Padre a un Dios infinitamente poderoso, infinitamente sabio y que nos ama; ¿qué más necesitamos? Liberta a los cautivos de Satanás (v. 7); abre los ojos de la fe (Efesios 1:18); levanta a los que andan doblados bajo cargas demasiado pesadas. Ama a los justos (v. 8). El extranjero, el huérfano y la viuda gozan de cuidados apropiados a sus necesidades (Lucas 4:18). Dice un cántico: «Contemos los beneficios de Dios; adorándole, veremos cuán grande es el número de ellos».

Salmo 147

Cada uno de los salmos 146 a 150 tiene como encabezamiento y conclusión “Alabad a Jah”, dicho de otro modo: “Aleluya”. Ese grito de alegría llenará la tierra cuando Israel sea recogido y Jerusalén vuelva a ser edificada (v. 2).

¿En quién se complace Jehová? En los que le temen y esperan humildemente en su misericordia. En cambio, no se complace en la fuerza de la que el hombre se gloría (v. 10, 11; Apocalipsis 3:8). Aun en nuestro siglo, caracterizado por la velocidad, ni “la agilidad del hombre” (v. 10), ni sus últimos descubrimientos técnicos son necesarios para que la Palabra del Señor corra velozmente (v. 15; 2 Tesalonicenses 3:1). Si cada creyente rindiera fielmente su testimonio allí donde está colocado, el Evangelio se difundiría rápidamente por su propio poder (Salmo 68:11).

La insondable actividad de Dios abarca dominios tan diferentes como el de sanar a los quebrantados de corazón… (v. 3) y enumerar las estrellas (v. 4). Hace alternar las estaciones para el bien de su criatura. “Él prepara la lluvia para la tierra” (v. 8; Deuteronomio 28:12), “da la nieve” (v. 16) y sopla “su viento” (v. 18). ¿Pensamos en ello cuando nos quejamos del tiempo que hace? Sí, “grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; y su entendimiento es infinito” (v. 5).

Salmo 148

Este salmo da impulso a la alabanza universal. Resonará en los cielos (v. 1-6) y en la tierra (v. 7-13). ¡Prodigioso concierto será éste en el que cada criatura tendrá una nota que hacer oír! Pero ¿cómo entender que las cosas materiales sean invitadas a unirse a esa sinfonía? (v. 3, 7…). El capítulo 8 de la epístola a los Romanos nos enseña que, desde la caída, “la creación fue sujetada a vanidad”; el hombre se sirvió de ella sólo para glorificarse a sí mismo. Pero está cercano el momento en que, por fin, “libertada de la esclavitud de corrupción”, la creación glorificará únicamente a Dios (Romanos 8:20, 21; Isaías 55:12, 13). Sus “gemidos” darán lugar a un pleno esplendor. Sí, a su manera, ella relatará la gloria de Dios y su voz será oída (Salmo 19:1-3). Exaltará a la vez a su Creador y a su Libertador, el que la hizo y el que habrá permitido, mediante su cruz, “la restauración de todas las cosas” (Hechos 3:21).

El versículo 12 nos recuerda la hermosa contestación de Moisés a Faraón: “Con nuestros jóvenes y con nuestros ancianos iremos; con nuestros hijos y con nuestras hijas… porque hemos de celebrar una fiesta solemne al Señor” (Éxodo 10:9; V.M.). Y el versículo 14 nos muestra el lugar que, en el mundo venidero, Dios dará a Israel, “el pueblo a él cercano”.

Salmo 149, Salmo 150

Hemos llegado a la conclusión de los salmos, ese «libro de la prueba» cuya última página será dada vuelta solamente al término de nuestra estancia terrenal. Y comprobamos que todos los sufrimientos que se hallan descritos en él han llegado a ese resultado final: la alabanza de Dios por medio de todo lo que respira. Ojalá pueda ser así con cada una de nuestras pruebas: que sea hallada “en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 Pedro 1:7).

El libro de los Salmos comenzó por la bendición que Dios da al hombre; termina por la bendición que el hombre da a Dios. Hemos oído el aleluya cantado sucesivamente por el remanente salvado (Salmo 146), por Jerusalén (salmo 147) y por la Creación (Salmo 148). El salmo 149 tiene por tema el cántico nuevo de Israel y los últimos juicios que precederán al Reino. Por último, el salmo 150 responde a todas las preguntas concernientes a la alabanza: quién debe ser adorado; dónde (v. 1), por qué (v. 2), cómo (v. 3-5), y por quién (v. 6) debe ser rendido el culto.

Todas las expresiones de esa alabanza universal se unen en una perfecta armonía. Porque el cántico es único: exalta los poderosos hechos y la infinita grandeza de Aquel que entonces habrá cumplido todos sus propósitos para su propia gloria y para la bendición universal.

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