Proverbios

Proverbios 1:1-19

Dios se sirvió de Salomón, el más sabio entre los sabios (1 Reyes 4:29...), para darnos “los Proverbios”, el libro de la Sabiduría. Aunque se dirige a todos, está expresamente dedicado al joven (v. 4). Sí, ese libro fue especialmente escrito para ti, joven amigo creyente, llegado a la edad de la reflexión y del juicio personal. Es el momento de tu orientación y de las elecciones decisivas. En la escuela de Dios, en la que se desarrolla tu educación cristiana bajo la autoridad y el ejemplo de tus padres (v. 7-9), los Proverbios constituyen uno de tus principales «libros de texto». Contiene definiciones, reglas con sus aplicaciones, ejercicios, ejemplos para seguir y otros que no deben ser seguidos. Pero la Sabiduría (como la Palabra con la cual se identifica) es al mismo tiempo una persona viviente que enseña y guía en su andar a los que llama sus hijos.

Los Salmos empiezan con la misma puesta aparte del fiel (Salmo 1:1). Aquí es lo mismo, pues la primera instrucción dada al hijo le manda evitar “el camino de los pecadores” que buscarán seducirle diciéndole: “Ven con nosotros” (v. 11). Ella le muestra adónde conduce ese camino y lo pone en guardia: “Hijo mío, no andes en camino con ellos” (v. 15; léase Efesios 5:11).

Proverbios 1:20-33

La Sabiduría asumió la tarea de educar a sus hijos o, dicho de otro modo, a sus discípulos. Pero igualmente se vuelve hacia afuera para invitar a otros a llegar a serlo. Dios no dio su Palabra solamente para instrucción de los creyentes; también ella es el Evangelio de la gracia que muestra a los inconversos el camino de la salvación. Vea a la Sabiduría —y a través de ella al Señor Jesús— buscar diligentemente a las almas por doquier se extraviaron. Quizás conozcamos —por haberlos frecuentado antes de nuestra conversión— esos lugares ruidosos en los que el mundo se aturde. La sabiduría clama para hacer oír su voz por encima de toda esa algarabía (comp. Juan 7:37 y 12:44). Y esa Palabra que Dios hace anunciar en todas partes tiene un doble efecto: salvación para unos, condenación para otros (comp. Hechos 17:32-34). Para los desdichadamente numerosos que rehúsan escuchar, la misma voz que hoy hace resonar los apremiantes llamados de la gracia un día se tornará irónica y terrible (v. 26). Entonces será demasiado tarde (comp. v. 28 con Amós 8:12). Mas todos aquellos que escuchan habitarán en seguridad, sin temor del juicio (v. 33). Aprovecharán la promesa del versículo 23: “He aquí yo derramaré mi Espíritu sobre vosotros, y os haré saber mis palabras”.

Proverbios 2:1-22

Antes de volver a ocuparse en la educación de su hijo, la Sabiduría escudriña sus disposiciones. ¿Está decidido a dejarse instruir para hallar el conocimiento de Dios? (v. 5). ¿De buena voluntad se incorpora a esa «escuela»? En efecto, ninguna enseñanza es verdaderamente provechosa si no está acompañada del deseo de adquirir ese conocimiento y del sentimiento de su importancia. Ocurre que un mal escolar llega a ser un buen alumno a partir del momento en que comprende que su porvenir depende de su trabajo.

He aquí, pues, se nos ofrecen la sabiduría y la inteligencia. Dios no limita los dones de su Espíritu (Juan 3:34). Pero, al mismo tiempo, hemos de procurarlos, de buscarlos activamente mediante la oración (v. 3; comp. 1 Corintios 14:1). Los versículos 1 a 4 invitan al creyente a realizar siete esfuerzos. En efecto, si nuestro corazón no está firme y personalmente comprometido, la mejor de las educaciones no podrá resguardarnos mucho tiempo (comp v. 10-11; véase Daniel 1:8). Propenderemos a alinearnos en el ambiente en el cual nos hallemos; estaremos, pues, a merced de malas influencias (v. 12-22). Y el día que haya que partir de la casa paterna podría ser un viraje fatal (léase 1 Corintios 15:33).

Proverbios 3:1-20

Son para ti, joven amigo creyente, estas palabras llenas de amor de tu Padre celestial: “Hijo mío, no te olvides...”. Esta expresión “mi hijo” se halla repetida catorce veces en los capítulos 1 a 7. El apóstol, al citarles a los hebreos los versículos 11 y 12, se verá obligado a decirles: “Habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige”. Pesemos bien, pues, las advertencias de estos capítulos recordando quién nos las dirige (Hebreos 12:5 y 25).

La bondad y la verdad son inseparables. Corresponden a la naturaleza de ese Dios de amor y de luz del cual somos hijos. Guardémoslas en nuestros corazones (v. 3).

Así como nos lo mostró el capítulo 2, mediante la oración ha de buscarse una inteligencia, aquella mediante la cual el Espíritu Santo nos hace entrar en los pensamientos de Dios. Bienaventurado el que la obtiene (v. 13). En cambio, existe otra de la cual tengo que desconfiar: mi propia inteligencia (v.5). No puedo, al mismo tiempo, apoyarme en ella y confiarme a Dios de todo corazón ni seguir a la vez mis razonamientos... y las directivas de lo alto. “No seáis sabios en vuestra propia opinión” recomienda Romanos 12:16 al retomar nuestro versículo 7.

Proverbios 3:21-35

Retener las instrucciones de la Sabiduría es, en primer lugar, necesario para la vida de mi alma. “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios” (Lucas 4:4). Al mismo tiempo, aquello será ante los demás un adorno que me concede la gracia de Dios (v. 22; 1:9; 4:9). De día mi andar se hallará fortalecido por ello y durante la noche descansaré con seguridad. Mi sueño será grato (v. 24). ¿De dónde me vienen las vacilaciones y los errores de juicio que, a menudo, me hacen tropezar durante el día? ¿De dónde los temores y los tormentos de espíritu que a veces me asaltan aun durante la noche? De haber perdido de vista las enseñanzas del Señor, así como la simple confianza en Él (v. 26), por haber razonado según mis propios pensamientos.

Dios, quien conoce mi egoísta corazón, me recuerda luego lo que le debo a mi prójimo (v. 27; Lucas 6:30). Y, como soy su hijo, Él aguarda de mí una entera rectitud y ausencia de segundas intenciones en mis hechos y palabras. Dulzura y mansedumbre son virtudes de las cuales el mundo podría aprovecharse para despojar al creyente que las manifiesta, pero éste nunca es perdedor. Dios da “mayor gracia”, como nos lo promete Santiago al citar el versículo 34 (Santiago 4:6).

Proverbios 4:1-19

El hijo de padres creyentes empieza a adquirir en su familia los rudimentos de la sabiduría según Dios. Discutir, menospreciar o abandonar “la buena enseñanza” oída en casa son actitudes que no pueden ser bendecidas y constituyen el demasiado frecuente punto de partida de vidas perdidas para el testimonio (comp. v. 10 con Éxodo 20:12).

“El padre hará notoria tu verdad a los hijos” (Isaías 38:19). La enseñanza cristiana es la responsabilidad del jefe de familia, quien transmite a sus hijos lo que, a menudo, él mismo recibió de sus propios padres (Salmo 78:4-6). Salomón, el inspirado escritor de los Proverbios, sin duda recuerda las últimas palabras de su padre David (v. 3; 1 Reyes 2:1-3).

Los versículos 11 a 13 nos instruyen en cuanto al andar y los versículos 14 a 19 en cuanto al camino. Se nos describe el camino de los malos para que sepamos evitarlo y emprender firmemente esa “senda de los justos”, la cual es “como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto”. La sabiduría es un dominio en el cual se progresa poco a poco (comp. Lucas 2:52). Lo que no es normal es detenerse en este crecimiento, lo que es debido a un mal estado de la conciencia. ¡Es de desear que este versículo 18 resuma la vida de cada uno de nosotros!

Proverbios 4:20-27; Proverbios 5:1-23

Todos los sentidos, todos los vitales órganos del creyente deben quedar bajo el control de la sabiduría. Querido amigo creyente, Dios ha puesto esa sabiduría a tu disposición (Santiago 1:5). Mediante ella eres responsable de vigilar tu oído (v. 20), tus ojos (v. 21 y 25), tus pies (v. 26-27; véase Salmo 119:101), tus pensamientos, tus labios (cap. 5:2). Y sobre todo tu corazón, ese centro motor que gobierna a todo el ser (v. 23). Si es atrapado, estás perdido. ¡Cuántos han malogrado su vida y derramado amargas lágrimas por haber dejado que en el tiempo de su juventud se desarrollara una inclinación que no era según el Señor!

Así como los labios son la puerta de salida del corazón, los ojos son su principal puerta de entrada. Cuidemos, pues, que nuestros ojos miren rectamente hacia adelante, puestos en Jesús, meta de la carrera de la fe (Hebreos 12:2). De esta manera ninguna codicia podrá hallar un complaciente acceso al corazón.

Los versículos 8 y siguientes describen la miseria de aquel que se ha dejado apartar por la “mujer extraña”; da sus años “al cruel” (v. 9). Demasiados años hemos dado a Satanás antes de nuestra conversión. ¿Querríamos volver a estar bajo su dominio?

Proverbios 6:1-19

Ser fiador es recomendar a alguien y garantizar los compromisos que él contrajo. En apariencia, esto nace de un buen sentimiento. Pero Dios aborrece la fianza, primeramente porque traduce la confianza en el hombre, luego porque dispone inconsideradamente del porvenir, el que le pertenece sólo a Dios (Jeremías 17:5; Santiago 4:13-14).

Al perezoso, los versículos 6 a 8 le aconsejan que visite un hormiguero. ¡Cuántas provechosas lecciones se pueden aprender junto a ese pequeño y laborioso pueblo!: diligencia, perseverancia, prudencia, orden, ayuda mutua, libre disciplina. Ni una hormiga queda inactiva, y, si la carga es demasiado pesada, una compañera acude en su ayuda. Sepamos observar las vivientes instrucciones que Dios dispuso para nosotros aquí y allá en su creación.

Ya vimos que todos los miembros del creyente deben ser guardados y santificados para Dios (4:21-27; 5:1-2). Los versículos 12 a 19 nos muestran cómo esos mismos miembros están puestos al servicio del mal por el hombre natural. Tal era también nuestra condición cuando éramos esclavos del pecado. Pero Romanos 6:18-19 nos recuerda que fuimos libertados y nos exhorta firmemente a entregar ahora nuestros miembros para servir a la justicia.

Proverbios 6:20-35

Desde el principio del libro, inmediatamente después del temor de Jehová se le recuerda al joven creyente un primerísimo deber: escuchar a sus padres y obedecerles (1:8-9). Los versículos 20 a 22 vuelven sobre este importante tema para dar a la enseñanza del padre y de la madre el mismo lugar que el que Deuteronomio 11:18-19 atribuye a las palabras de Dios mismo (véase también Proverbios 23:22). Obedecer a sus padres es, pues, obedecer a Dios, cosa no sólo “justa” (Efesios 6:1) sino también que “agrada al Señor” (Colosenses 3:20). ¡Es de desear que esa obediencia sea visible en las casas cristianas, tanto más cuanto que ella declina mucho en el mundo actual! (2 Timoteo 3:2). A la influencia del hogar familiar se opone una vez más la de la mujer extraña, la que personifica al pecado (2:16; 5:3 y 20; luego 7:5). No nos extrañemos de esas repetidas exhortaciones a estar alerta. Por experiencia sabemos que las tentaciones se renuevan. Serán más apremiantes en la medida en que encuentren en nuestros pensamientos o en nuestras costumbres una impureza no juzgada.

También la pereza abre mucho las puertas de la codicia carnal, como nos lo enseña la historia de David y su horrible pecado (2 Samuel 11).

Proverbios 7:1-27

Este capítulo ilustra, de la manera más solemne, el peligro que la mujer ajena hace correr al joven hijo de la Sabiduría. Se trata de una verdadera caza del alma (comp. 6:26). Esa mujer impura, alborotadora y sin discreción está al acecho. Encubre sus perversas intenciones bajo apariencias religiosas (v. 14). Va, viene y acecha su presa con la complicidad de la noche. Sus armas: palabras melifluas y parpadeos (2:16; 5:3; 6:25). Su víctima: un joven liviano, entregado al ocio, vencido de antemano porque no tiene voluntad y es dominado por sus sentidos.

La escena se nos representa fácilmente: inconsciente, necio, “al punto se marchó tras ella”. La trampa del cazador de pájaros —es decir, Satanás— en seguida se cerró (v. 23; Salmo 91:3). Demasiado tarde: ¡a qué precio fueron pagados los placeres de un momento! Porque “es contra su vida” y él no lo sabía. Jóvenes creyentes que fueron advertidos, ustedes son más responsables todavía. Pero también saben dónde hallar el recurso en la tentación: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra” (Salmo 119:9). Mediten ustedes el ejemplo de José y su firme respuesta en Génesis 39:9. Y, en la hora del peligro, clamen a aquel que siempre “es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:18).

Proverbios 8:1-21

Como en el capítulo 1, la Sabiduría se vuelve hacia los perdidos y hace resonar sus llamados de gracia. Esta vez se detiene en las alturas, en los caminos y a las puertas de la ciudad, en todas partes donde pasa la gente. La encrucijada (v. 2) es un lugar de la ruta en el que se presenta la ocasión de cambiar de dirección. En la parábola, allí son enviados los siervos del rey a fin de buscar y convidar a cuantos hallen (Mateo 22:9). El capítulo 9 nos mostrará que también la Sabiduría tiene preparado un festín y que envía a sus criadas para confirmar su invitación. Quizás usted ande todavía por el camino ancho; responda ahora a la insistente voz que le llama en la encrucijada. Esa voz es la de Jesús, quien quiere su felicidad. Hace oír cosas excelentes a todos los que le escuchan, palabras rectas, claras y verdaderas (v. 6 y 9). Tiene en reserva tesoros que no son comparables con el oro y la plata de este mundo. Hace heredar “riquezas duraderas” (v. 18), “bienes venideros”, “mejor y perdurable herencia”, como los llama también Hebreos 10:1 y 34. En verdad, cuán gloriosas son las cosas “que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9; comp. v. 17-21).

Proverbios 8:22-36

Lo “que Dios ha preparado para los que le aman” tiene su fuente en Cristo. Él es “sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria” (1 Corintios 2:7 y 9; véase también 1 Corintios 1:30). Los versículos 22 a 31 nos hacen remontar el curso del tiempo más allá del principio de las cosas creadas, tan lejos como puede ir nuestro pensamiento. Ya estaba la Sabiduría, una Persona, al lado de Dios: el Hijo con el Padre, en una recíproca plenitud de amor y de gozo para concebir y luego efectuar juntos la obra de la creación. Pero, además, nos enteramos aquí de algo extraordinario: antes que existiera un solo hombre, antes que ni siquiera hubiera una tierra para llevarlo, aun antes del “principio del polvo del mundo”, fuimos, usted y yo, conocidos y amados. “Mis delicias son con los hijos de los hombres”, tal es la maravillosa declaración del Amado de Dios antes de que empezara el tiempo. No quería gozar solo del amor de su Padre. Y toda la obra que iba a emprender tenía ese gran propósito final: introducir hombres salvados y perfectos en su propia felicidad para gloria de Dios, su Padre.

Proverbios 9:1-18

El Verbo, quien era en el principio “con Dios”, quien “era Dios”, descendió para hablar a los hombres y traerles la revelación del Padre (tema del evangelio de Juan). Así ocurrió con la Sabiduría. No se quedó al lado de Jehová. Edificó su casa entre los hombres (Juan 1:14) y los invita: “Venid, comed... bebed...” (comp. Juan 6:5). Primero sacia, luego instruye. Jesús llena el corazón antes de surtir la mente y la memoria. Si el amor por Él no precede al conocimiento de “sus mandamientos”, no seremos capaces de guardarlos.

Además, la instrucción de la sabiduría debe empezar por su principio, el cual es el temor de Jehová (v. 10): es el sentimiento de la autoridad de aquel que dispensa la enseñanza. Uno se mantiene con respeto ante Dios al medir la importancia de cada una de sus palabras. No deberíamos leer la Biblia de otra manera.

En el mundo, otra voz procura apartar a los hombres: ¡la de la locura (y del pecado)! Ella toma la apariencia de la Sabiduría (comp. v. 4 y 16) y nos ofrece “gozar de los deleites temporales del pecado” (Hebreos 11:25). Pero miremos más de cerca el rostro de sus invitados: están muertos. En su siniestro festín, los difuntos están sentados a la mesa. (v. 18; 2:18-19).

Proverbios 10:1-15

A partir de este capítulo, los Proverbios se presentan como una serie de sentencias inspiradas por la Sabiduría. No siempre es fácil captar su orden ni extraer de ellas los principales pensamientos. Por falta de lugar, aquí sólo podremos detenernos cada día en un pequeño número de versículos.

El primero sirve de introducción general: “El hijo sabio alegra al padre”. Se completa con el versículo 24 del capítulo 23: “Mucho se alegrará el padre del justo” (véase también 15:20; 17:21 y 25; 29:3). Pensemos en la satisfacción de nuestros padres cuando mostramos estos caracteres de justicia y de sabiduría según Dios. Pero, al mismo tiempo, elevémonos más alto para admirar al Hijo, cuya excelente sabiduría hacía las continuas delicias de su Padre. No sólo en la eternidad pasada sino también durante su camino en la tierra (cap. 4:3; Mateo 3:17; 17:5).

Los versículos que siguen nos muestran en detalle de qué manera un hijo sabio honra y regocija a su padre: justicia práctica en la actividad (v. 4-5), en el andar (v. 9), en las palabras (v. 11, 13-14), esto es lo que manifestó Jesús y lo que regocijó infinitamente el corazón del Padre (véase Juan 8:29).

Proverbios 10:16-32

Un justo se da a conocer en particular por su lenguaje (comp. Mateo 26:73). ¿Le prestamos bastante atención? Ausencia de vocablos groseros, de palabra inconveniente o loca (Efesios 4:29; 5:4). Si tenemos la costumbre de decir todo lo que nos pasa por la mente, los versículos 19 y 20 se dirigen a nosotros. Pero, “plata escogida es la lengua del justo”. Ella filtra las impurezas y sólo deja pasar lo que tiene valor. El corazón del creyente contiene dos fuentes que fluyen por la misma salida de nuestros labios (Santiago 3:9-11): el manantial de vida (v. 11; comp. Juan 4:14), capaz de apacentar a muchos (v. 21), y la fuente impura de nuestra carne, la que deja brotar todo mal pensamiento (Mateo 15:18-19; véase también Proverbios 12:18). La instrucción de la Sabiduría nos enseñará tanto a hablar como a callar (léase la oración del salmo 141:-3).

En los versículos 24 a 30 se compara la suerte del justo y la del impío. El malo teme (v. 24); no es el temor de Jehová, sino un vago y supersticioso terror que tiene como telón de fondo la muerte, para la cual no está preparado (Job 15:20-21). ¡Cuán diferente es la parte del creyente! Para la vida presente Dios le otorga sus justos deseos (v. 24). Y, en cuanto al porvenir, su corazón se alegra con una bienaventurada esperanza (v. 28).

Proverbios 11:1-17

Hemos notado cómo la parte y el carácter del justo y del malo están puestos en contraste casi en cada versículo de estos capítulos. Ocurre así en la vida diaria del hijo de Dios: colocado al lado de los incrédulos de este mundo, su fidelidad está llamada a hacer resaltar la iniquidad de ellos y a la inversa. Él es recto e íntegro en medio de los perversos e impíos. Los versículos 9 a 14 presentan más particularmente el lado de la vida en sociedad. El justo no está llamado a vivir solo. Su presencia en medio de este mundo que le observa es un testimonio dado a éste. La epístola a Tito nos advierte que hemos de vivir justamente... en el presente siglo a fin de adornar, como lo hacen las ilustraciones de un libro, “la doctrina de Dios nuestro Salvador” (Tito 2:10-12).

“Con los humildes está la sabiduría” (v. 2). El creyente que permanece ante Dios nunca tiene una alta opinión de sí mismo. El mejor remedio para la soberbia es pensar en la grandeza del Señor Jesús. Esa soberbia que va acompañada de menosprecio hacia el prójimo es lo contrario de la inteligencia (v. 12). Porque esta última siempre me hará hallar motivos para estimar al otro como superior a mí mismo (Filipenses 2:3).

Proverbios 11:18-31

La tendencia de nuestro egoísta corazón es acaparar y retener más de lo necesario (v. 24 y 26). Pero, leamos en Lucas 6:38 lo que recomienda el Señor Jesús. El verdadero medio de ser bendecido uno mismo es ocuparse en el bien de los demás. A veces esto desafía la prudencia y la sabiduría humana, pero Dios no tiene la misma aritmética que el hombre. Derriba sus cálculos y sus precauciones. Y las riquezas siempre son una trampa para los que confían en ellas (v. 28; comp. Marcos 10:24 y 1 Timoteo 6:17-18). “Ricos en buenas obras”: tal debe ser nuestra ambición, según este último pasaje.

Sin embargo, existe en el mundo una cosa del más alto valor, la que somos invitados a buscar y a ganar. ¿Qué hay de más precioso que una alma. Para adquirir la nuestra, el Señor “vendió todo lo que tenía” (Mateo 13:44-46). Sí, “el que gana almas es sabio” (v. 30). Dichoso servicio, ¿lo sabemos? Era el del discípulo Andrés (Juan 1:41-43); y puede ser el nuestro también, cualquiera sea nuestra edad y nuestro grado de conocimiento. ¿Qué necesita especialmente el que quiere ganar una alma para el Señor? Precisamente esta sabiduría pronta a aprovechar bien el tiempo (Efesios 5:15-16). Y también el amor, hábil para hallar el camino del corazón (1 Corintios 9:19 y 22).

Proverbios 12:1-16

Ahora se considera al justo en su vida familiar: su mujer (v. 4), su casa (v. 7), su servidor (v. 9), su bestia (v. 10), su trabajo (v. 11...). ¿Dónde debe mostrarse la fidelidad del creyente, si no es primeramente en sus relaciones domésticas y en su trabajo de todos los días?

No deben confundirse estas enseñanzas de la Sabiduría con lo que en el mundo se llama la moral. Ésta es el conjunto de reglas de buena conducta que los hombres se dan a sí mismos; también a menudo se expresan bajo forma de máximas. Algunas de ellas fueron tomadas del cristianismo; otras son inspiradas por el buen sentido o por la experiencia de la vida en sociedad. Pero la moral humana no hace intervenir a Dios. Mientras que aquí tenemos principios divinos comunicados por Dios. Santiago 3:15 distingue entre la sabiduría de lo alto y la sabiduría de este siglo, terrenal, animal, diabólica, (por ejemplo, la que hizo hablar a Pedro en Mateo 16:22 y obligó al Señor a llamarle “Satanás”).

El versículo 15 nos muestra que el hombre es incapaz de juzgar si su camino es recto o no. El mundo está lleno de esos necios que regulan sus pasos según la moral humana antes que escuchar el consejo de Dios.

Proverbios 12:17-28; Proverbios 13:1-6

“El que guarda su boca guarda su alma” (cap. 13:3). Entonces no nos extrañemos de hallar en los Proverbios tantas recomendaciones a propósito del empleo de la lengua. En el versículo 17 se trata de la verdad. Un hijo de Dios debería ser conocido por decirla siempre, cueste lo que le costare (Efesios 4:25). El labio veraz (v. 19) es lo contrario de los labios mentirosos, los que “son abominación a Jehová” (v. 22).

El versículo 25 nos sugiere otro uso para nuestra lengua: alegrar por medio de una buena palabra a aquellos cuyo corazón está abatido. La buena palabra por excelencia, ¿no es la buena nueva, el Evangelio? Por ella podré mostrar el camino a mi prójimo (v. 26).

¡Mostrar el camino es mostrar a Jesús (Juan 14:6) mediante mis palabras y sobre todo mediante mis obras! Él era ese Hijo sabio, quien escuchaba la instrucción del Padre (cap. 13:1; Juan 8:49).

Aquí volvemos a encontrar al perezoso con su opuesto: el diligente (v. 24, 27 y cap. 13:4). Al dejar de asar “lo que ha cazado” (v. 27), el perezoso se priva de alimento. Acordémonos que un esfuerzo personal es indispensable para retener y asimilar las verdades bíblicas que hemos podido leer u oír (tomar notas y volver a leerlas, memorizar versículos, etc...). No seamos “tardos para oír” (Hebreos 5:11).

Proverbios 13:7-25

La luz de los justos es alegre (v. 9; comp. Salmo 97:11). La alegría según Dios forma parte del testimonio de los hijos de luz. Un cristiano triste a menudo es un triste cristiano. El humor áspero es como una pantalla que vela todo el resplandor (ver Filipenses 2:15) que un creyente podría despedir.

En contraste, “se apagará la lámpara de los impíos” (v. 9; cap. 24:20). Les falta el aceite, como a las vírgenes insensatas de la parábola (Mateo 25:8), porque la vida del Espíritu para mantener la luz está ausente.

“Por la soberbia no viene más que contienda” (v. 10 V. M.). En general explicamos nuestras disputas por otros motivos. A lo sumo, cada uno sabrá discernir la soberbia en su adversario. Sin embargo, este versículo me abre los ojos. Una contienda manifiesta mi propio orgullo: quiero tener razón; me humilla ceder. Bastará, pues, que yo muestre el espíritu de Cristo para que cese inmediatamente el conflicto y... en el fondo para que consiga la victoria (Mateo 5:39-40; Génesis 13:8-9).

“La enseñanza del sabio es manantial de vida” (v. 14 V. M.). Escuchemos, pues, a aquellos en quienes podemos reconocer esa sabiduría de lo alto. Pero más provechoso aun es andar con ellos (v. 20). ¿A quiénes frecuentamos?

Proverbios 14:1-16

La sabiduría de las mujeres está en relación con “su casa” (v. 1). En nuestro siglo, en el que la mujer casada a menudo busca desempeñar un papel en todos los campos, salvo en el de su propio hogar, es oportuno subrayar esta enseñanza bíblica (Tito 2:5). ¿No es necesaria toda la sabiduría divina para la educación cristiana de los hijos? Aun las cotidianas tareas de la casa, que les parecen demasiado humildes y monótonas a algunas, tienen un gran precio para el Señor.

Varios versículos establecen lo que Dios llama la locura. Él no la aprecia según los mismos puntos de vista que el mundo (1 Corintios 1:19-20). Uno de los caracteres del necio es que se mofa del pecado (v.9). Es al mismo tiempo menospreciar la cruz que fue necesaria para quitar el pecado; y no hay más grande ultraje para Dios.

El versículo 13 define la alegría del incrédulo en contraste con la del creyente (cap. 13:9). La esperanza del cristiano mantiene la alegría en su corazón aun a través de sus penas. Puede ser a la vez “entristecido, mas siempre gozoso” (2 Corintios 6:10). Mientras que para el mundo es a la inversa: “Aun en la risa tendrá dolor el corazón” (v. 13). Pobre y siniestra alegría la que por un corto momento sólo oculta la perspectiva del terrible juicio venidero.

Proverbios 14:17-35

“El que fácilmente se enoja hará locuras” (v. 17; comp. Eclesiastés 7:9). Al contrario “el que tarda en airarse es grande de entendimiento” (v. 29; véase también Santiago 1:19); y es un carácter a menudo atribuido a Dios mismo (Éxodo 34:6; Números 14:18 etc...). ¡Cuántos hechos o palabras pronunciadas en un momento de irritación luego se deploran amargamente! Antes que un espíritu impaciente mostremos más bien ese gran entendimiento: hagamos preceder la explosión de nuestra ira por un momento de reflexión (o mejor aun de oración). Más de una vez comprobaremos que después no subsiste ningún valedero motivo para nuestra irritación. El que sabe que tiene la aprobación de Dios es capaz de contar apaciblemente con Él (comp. 1 Reyes 22:24-25). “El que tiene misericordia de los pobres es bienaventurado” (v. 21). Con el pretexto de que las buenas obras son sin valor para efectuar nuestra salvación, podríamos sentirnos inclinados a descuidarlas. Pero justamente los hijos de Dios son invitados a “ocuparse en buenas obras” (Tito 3:14), sin perder de vista, no obstante, que el estado de las almas es más importante que las necesidades materiales. El versículo 25 nos recuerda al Testigo por excelencia... pero igualmente lo que debe caracterizar todo testimonio fiel: mostrar a las alas el camino de la liberación.

Proverbios 15:1-15

Ayer aprendimos que el medio de aplacar nuestra propia cólera es la paciencia y la oración. Ahora, he aquí un remedio para la ira de los demás: este soberano bálsamo se llama “la blanda respuesta”. La humilde y apacible respuesta de Gedeón a los hombres de Efraín en Jueces 8:1-3 pudo más que la irritación de ellos. Y no es la menor de las victorias de ese hombre de fe. Al contrario, “la palabra áspera” abre una herida que luego es muy difícil de curar.

Comparemos los versículos 5, 10 y 12 (así como los v. 31 y 32). Atender “a la reprensión” (v. 5 V. M.) o a la corrección permite que uno se haga prudente. Es tomarlas en cuenta para no volver a obrar mal. El capítulo 13:24 (y Hebreos 12:6 en relación con Dios) nos hizo notar que, contrariamente a las aparencias, los padres muestran su amor al disciplinar a sus hijos. El secreto para aceptar la reprensión, por consiguiente, está en comprender que es dictada por el verdadero amor y que tiene en vista «nuestro provecho». No seamos como el escarnecedor, quien no ama al que le reprende (v. 12).

“La oración de los rectos” es el gozo de Jehová, afirma el versículo 8. En efecto, la rectitud es la ausencia de voluntad propia, la plena sumisión al pensamiento de Dios, quien, entonces, podrá satisfacer tal oración (1 Juan 5:14-15).

Proverbios 15:16-33

Los versículos 16 y 17 nos enseñan cuáles son los verdaderos valores aquí abajo: el temor de Dios con el amor que viene de él. “Gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento”, atesta el apóstol. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1 Timoteo 6:6-8).

Subrayemos el versículo 23: “La palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!” ¡Cuántas veces guardamos silencio cuando habría que decir una palabra! Y, en general, ello se debe a una falta de ánimo o de dependencia del Espíritu Santo (Mateo 10:19-20). Pero cuando, con el socorro del Señor, hemos aprovechado la ocasión para hablar de Él, experimentamos la primera parte de este versículo: el gozo viene a llenar nuestro propio corazón.

Nuestro capítulo se termina con este proverbio tan a menudo comentado por el Señor Jesús: “A la honra precede la humildad” (véase Mateo 18:4; 19:30; 20:27-28; 23:11-12...). Pero Él no se contentó con enseñarlo con sus palabras. ¿Quién jamás se humilló como Él? Por eso, nadie será más exaltado.

Proverbios 16:1-15

Recordemos que la mayoría de los pensamientos y de las máximas contenidas en este libro de los Proverbios tienen entre sí vínculos que es importante establecer para extraer sus enseñanzas.

Del hombre son las disposiciones del corazón” declara el versículo 1. “El corazón del hombre piensa su camino” prosigue el versículo 9. Y estos proyectos, estos designios pueden parecer limpios (v. 2) y rectos (v. 25) a todo aquel que no conoce su corazón ni juzga sus motivos. Por ejemplo una limosna, cosa buena en sí, puede ser hecha para ser vista de los demás (Mateo 6:1). Pero Dios, quien pesa los espíritus y los corazones (cap. 21:2) discierne en nuestras intenciones tal camino de perversidad o de muerte (v. 25; Salmo 139:24). Sigamos el consejo del versículo 3 y encomendémosle nuestros asuntos, pequeños o grandes (Job 5:8). Dejarle obrar, trazar nuestros caminos, dictar nuestras palabras, esto es dependencia, actitud que le agrada al Señor y garantiza nuestra seguridad.

Los versículos 10 a 15 nos enseñan lo que conviene a los reyes. A propósito de esto, recordemos la dignidad a la cual la gracia del Señor nos ha hecho acceder (Apocalipsis 5:10). Nobleza obliga, se dice a veces (comp. Isaías 32:8). La justicia y la rectitud deben caracterizar a los coherederos del reino.

Proverbios 16:16-33

Si se anuncia el descubrimiento de yacimientos de oro en algún punto del globo, en pocas semanas se verá construir allí ciudades enteras. Una publicidad que señale un fácil medio de ganar dinero recibirá innumerables respuestas. En cambio, adquirir la sabiduría no suscita competición alguna (comp. v. 16). Sólo el discípulo de Jesús que tiene cuidado de su Palabra conoce el valor de ella (v. 20; Salmo 119:127). Los despojos compartidos con los soberbios no tienen atracción para él. Se complace con los humildes y benévolos (v. 19).

El corazón del sabio hace prudente su boca (v. 23). El amor le dicta “los dichos suaves” que serán como un bálsamo para las almas enfermas.

En contraste con el hombre recto (v. 17) y “sabio de corazón” (v. 21), los versículos 27 a 30 nos ofrecen el retrato del “hombre de Belial” (v. 27 V. M.), “perverso”, “violento”. “Cava en busca del mal”, divulga lo que ha descubierto, siembra contiendas, divide y lleva a hacer el mal. Guardémonos de ese peligroso compañero y sigamos en este mundo el camino de los hombres rectos, el que nos obliga a tener mucha prudencia para evitar el mal (v. 17; 2 Timoteo 2:22). Finalmente, meditemos el versículo 32. La más hermosa victoria que un hombre pueda lograr consiste en dominar su propio espíritu (en contraste con cap. 25:28).

Proverbios 17:1-14

La paz en una casa tiene más importancia que toda forma de riqueza y de prosperidad (v. 1). El versículo 14 nos enseña cómo empiezan las querellas. Se dejan escapar desdichadas palabras, “como quien suelta las aguas” (v. 14). ¡Trate, luego, de volver a agarrarlas! Pero, cuando la disputa empezó y amenaza enardecerse, la sabia actitud —recordémoslo— es la de irse. También ocurre que, sin formar parte de los reñidores, uno sea el causante de una desavenencia. Por ejemplo, al repetir una cosa en lugar de taparla (v. 9). “El amor cubrirá todas las faltas” (cap. 10:12; 1 Pedro 4:8). Callar las faltas de otro no es disculparlas, al contrario, es sufrir a causa de ellas al punto de tener vergüenza de repetirlas.

El entendido es aquel que, para hacer progresos, sabe sacar partido de toda enseñanza, inclusive de la reprensión.

La fe en el corazón del creyente es mucho más preciosa que el oro. No puede perecer. Pero es necesario que la prueba la purifique de toda aleación. Dios se dedica a ello como el afinador de Malaquías 3:3. Su trabajo limpia a los suyos de todo lo que no es compatible con su santidad y nuestro más grande interés consiste en dejarle obrar (Job 23:10).

Proverbios 17:15-28

«Verdaderamente es una gran gracia de parte de Dios aplicar la sabiduría divina a todos los detalles de la vida del hombre en medio de la confusión que produjo el pecado» (J. N. Darby). ¡De ahí nuestra responsabilidad de poner en práctica esta sabiduría en nuestra vida cotidiana! Nos es dada para ser vivida y el hombre entendido la guarda “ante el rostro” (v. 24 V. M.; Eclesiastés 2:14). Al contrario, el insensato dispersa su imaginación en quimeras y vanas codicias hasta el extremo de la tierra. Pensamos en el hijo pródigo disipando locamente los bienes de su padre en una provincia apartada. ¡Y qué pena causa un hijo insensato a sus padres! (v. 21 y 25). Imitemos a Salomón, el autor de este libro, quien había sabido pedir para sí mismo “un corazón entendido” (1 Reyes 3:9).

El que sale fiador es un falso amigo. Confía inconsideradamente en su prójimo e incita a este último a contar con él (v. 18; Jeremías 17:5). En cambio, el versículo 17 nos da el medio de reconocer a un verdadero amigo. Él se revela en las dificultades y descubrimos lo que es un hermano. “En todo tiempo ama el amigo...”. ¿Quién mejor que el Señor Jesús merece este nombre? (Juan 15:13). «Él es nuestro supremo Amigo» —dice un cántico— «Su corazón nunca se cansa». ¡Qué inmenso amor!

Proverbios 18:1-24

Mantenerse aparte, vivir para sí mismo, es prueba de egoísmo y a menudo de soberbia. Romanos 15:1-3, al citar el ejemplo del Señor Jesús, nos exhorta a no buscar lo que nos agrada a nosotros mismos (comp. v. 1), sino lo que agrada a nuestro prójimo “en lo que es bueno, para edificación”. Y la lengua constituye el medio de comunicarnos con ese prójimo para su bien o para su mal. La boca puede ser “la fuente de la sabiduría” (v. 4). Pero también puede hacer surgir contiendas (v. 6), chismes (v. 8), jactancia (v. 12; Santiago 3:5), respuestas precipitadas (v. 13), cosas duras (v. 23)... Mas esos tristes frutos de la carne serán comidos por aquel mismo que los produjo (v.20-21 y fin de Lucas 6:38). Le valdrán azotes (v. 6), la ruina, lazo para su alma (v. 7), oprobio (v. 13), muerte... (v. 21). ¡Qué veneno, qué amargo regusto se esconde en esos “bocados suaves”! (v. 8).

Los versículos 11 y 12 nos muestran otro género de locura: la del hombre altanero que pone su confianza en la incertidumbre de las riquezas y se imagina que es protegido por ellas (léase Marcos 10:24). El justo no tiene otra fortaleza sino el nombre de Jehová, más poderoso que la más fuerte torre (v. 10; comp. Salmo 91:2).

Proverbios 19:1-14

“El alma sin ciencia no es buena” (v. 2), porque, evidentemente, esa alma se halla expuesta a todos los peligros que ignora. Además, aquel a quien no le contienen las advertencias de la Palabra corre el riesgo de obrar o de hablar apresuradamente y tropezar (es decir, pecar; v. 2). Si amamos a nuestra alma —y no tenemos nada más precioso— hagamos de manera que sea instruida para adquirir entendimiento (v. 8).

Varios versículos nos hablan del pobre. La consideración de la cual gozan los hombres en el mundo a menudo es proporcional a su fortuna. Los pobres, aun cuando se les ayude, fácilmente son menospreciados (Santiago 2:6). Pero Dios se acuerda de que su Hijo fue “el Pobre” aquí abajo. Se hace cargo de aquellos pobres que caminan en integridad (v. 1; cap. 22:23) y les abrirá su cielo (Lucas 14:21... y 16:22). “Las riquezas traen muchos amigos” (v. 4; cap. 14:20). Extraños amigos —más bien enemigos— son esos compañeros aduladores que contribuyen a la ruina de su “víctima” (cap. 18:24). No obstante, el hombre despojado y abandonado entonces puede descubrir al Amigo que siempre le queda. Jesús es aquel “más unido que un hermano”.

Proverbios 19:15-29

La pereza, especialmente la pereza para escuchar (Hebreos 5:11), para el “alma negligente” tiene todavía muchas consecuencias desastrosas (v. 15). “Hace caer en profundo sueño” a aquel que debería velar para esperar al Señor (comp. Mateo 25:5). Produce el hambre del alma y la penuria espiritual (cap. 20:13). Y, querido amigo, si su alma tiene hambre, no busque engañarla con “lo que no sacia” (Isaías 55:2). Sólo un alimento le conviene: la palabra de Dios. Ser nutrido de Cristo, verdadero pan del cielo, según el versículo 23, da la seguridad de no ser visitado por el mal. Al lado de las palabras del conocimiento existe una instrucción que hace divagar (v.27; 1 Timoteo 6:20-21), fruto de los numerosos pensamientos del corazón del hombre (v. 21). Escucharla es desviarse del camino de la desobediencia; es, pues, necesitar la corrección (v. 18 y 25). No demos a este vocablo solamente el sentido de castigo, sino pensemos en el piloto que corrige su ruta y rectifica el rumbo de su aparato según las indicaciones de la torre de control. Tal debe ser sobre nosotros el efecto de la corrección del Señor: volver a hacernos tomar la buena dirección. Es el privilegio del hijo (v.18; cap. 13:24), y el ententido sabe aprovecharla (v. 25; cap. 9:8).

Proverbios 20:1-14

El vino, el que representa en la Palabra la comunión con las alegrías del mundo, conduce a la burla (v. 1; léase Isaías 28:7 y 14).

Muchas personas que no vacilan en proclamar su propia bondad (v. 6), su moralidad (v. 9; comp. 1 Juan 1:8 y 10), prueban que conocen muy mal su corazón natural. Sólo el nuevo hombre (el justo) puede agradar a Dios al caminar en la fidelidad y la integridad (v. 7). Comparemos nuestro versículo 10 con Deuteronomio 25:13-16: “No tendrás en tu bolsa pesa grande y pesa chica... Pesa exacta y justa tendrás...”. En la práctica esto quiere decir, por ejemplo, que no debemos juzgar nuestras propias faltas con indulgencia y las de los demás con severidad.

Esto nos lleva al versículo 11. Por más joven que sea un creyente, es exhortado a darse a conocer por lo que él es. Menos por sus palabras que por su conducta; ésta debe ser a la vez limpia y recta, proscribir toda actitud turbia y malsana y toda clase de trampa. Tal conducta se notará porque contrastará con el comportamiento equívoco o deshonesto de muchos de sus compañeros. ¡El Señor nos ayude a todos a darle un valiente testimonio, tomando como modelo la fidelidad que sólo Él realizó perfectamente! (fin del v. 6).

Proverbios 20:15-30

Se comparó este libro de los Proverbios a un hilo conductor que, «en el laberinto de este mundo en que un paso en falso puede traer tan amargos resultados, nos muestra el camino de la prudencia y de la vida». En medio del aparente desorden de las sentencias, cada uno puede hallar las prácticas instrucciones que necesita para evitar muchos lazos (v. 25). Mentira, chismes, espíritu de venganza, fraude, compromisos no cumplidos...: para ser guardado de esos peligros, es prudente rehuir la compañía de ciertas personas. “No te entremetas, pues, con el suelto de lengua” recomienda el versículo 19. Al frecuentarlo, sólo cosecharemos maledicencias y calumnias, mas ninguna edificación. Y nuestras propias confidencias serán propaladas por todas partes. En contraste, los labios del conocimiento son como un hermoso florero que resalta la belleza del ramo de verdades presentadas (v. 15; Efesios 4:29). Busquemos, pues, la compañía de los que pueden comunicarnos las enseñanzas de la Sabiduría (comp. 8:11 y 19); ésta tiene más precio que el oro perecedero o que muchas piedras preciosas. “La gloria de los jóvenes es su fuerza” (v. 29): una fuerza que tiene su fuente en el Señor y que los hace capaces de vencer al maligno (Efesios 6:10; 1 Juan 2:14).

Proverbios 21:1-14

Muchas personas piensan quedar libres para con Dios ofreciéndole de vez en cuando “el sacrificio” de algunas buenas obras. Pretenden redimirse de una vida de pecado observando ciertas formas religiosas. ¡Fatal ilusión! Una sola cosa es agradable a Jehová: la habitual costumbre de practicar lo que es justo y recto (v. 3), pero ello sólo está al alcance del justo, es decir, de aquel a quien Dios hizo tal al justificarle. Hasta su conversión todo hombre se caracteriza por su corazón malo. Sus íntimos deseos se vuelven hacia el mal; él es su propio centro y no tiene un real amor por el prójimo (v. 10) ni verdadera compasión por el desdichado (v. 13). A veces esos sentimientos pueden ser imitados por la amabilidad carnal, o confundidos con cierta sensibilidad natural (un incrédulo puede tener un «buen corazón» o destacarse por su rectitud: v. 2). De hecho, el verdadero bien sólo tiene su fuente en Dios y sólo su perfecto cumplimiento en Cristo. A Él nos trae de vuelta el versículo 12. Él fue el justo por excelencia (comp. Job 34:17) y por tal razón sólo Él tiene derecho a juzgar (Juan 5:27-30). Él considera atentamente la casa del impío y, si verdaderamente no ve ningún arrepentimiento, la derribará en la desdicha (v. 12; Salmo 37:35-36).

Proverbios 21:15-31

Practicar lo que es justo y recto no sólo es cosa agradable a Jehová (v. 3); es también una alegría para el que la hace (v. 15). Mucha gente se imagina que ser creyente es una penosa obligación. ¡Muy al contrario! El creyente en buen estado espiritual halla su felicidad en la obediencia al Señor y, a la inversa, lo que el mundo llama alegría no tiene ninguna atracción para su corazón (v. 17). La casa del sabio contiene “un tesoro precioso” (la Palabra de Dios, a la que se honra) “y aceite” (el poder del Espíritu Santo: v. 20; comp. 1 Reyes 17:16). Para andar en su camino de justicia y de misericordia (v. 21), el sabio tiene necesidad de ese alimento. Saca de ello la fuerza espiritual necesaria para vencer y abatir la del Adversario (v. 22; Eclesiastés 7:19). Pero, al igual que su fuerza, su sabiduría no tiene nada en común con la del hombre, la cual no puede subsistir ante Dios (v. 30; 1 Corintios 1:19). Seamos de esos verdaderos sabios. ¡Es de desear que las provisiones de la Palabra y los gozos del Espíritu no falten en nuestras casas y que saquemos nuestra fuerza de allí! ¡Sí, nadie se parezca a las vírgenes insensatas de la parábola que no tenían aceite en sus lámparas! (Mateo 25).

Proverbios 22:1-16

Del mismo polvo Jehová hizo al rico y al pobre (cap. 29:13; Job 31:15). El alma de ellos tiene el mismo valor a sus ojos. La prosperidad —al igual que el poder que resulta de ella— es, pues, cosa efímera, sin común medida con las que tienen consecuencias eternas: “el buen nombre”, “la buena fama” (v. 1). La única riqueza que es de desear es la que Dios dará a los humildes y a los que le temen (v. 4; Mateo 5:5). Las diferencias de fortuna en la tierra sólo deberían ser ocasión para que los más favorecidos ejercitaran sus ojos, su corazón y sus manos (reléase v. 9). Empezar por ver las necesidades que nos rodean, sentirnos conmovidos por ellas y finalmente corresponder a ellas según nuestro poder es obrar como nuestro querido Salvador. “Jesús vio... tuvo compasión... partió los panes y dio...” (Marcos 6:34-41).

Ciertos filósofos incrédulos sostuvieron que el niño nace inocente y que su ambiente lo corrompe. El versículo 15 afirma lo contrario (comp. Génesis 8:21; Salmo 51:5). Pero el muchacho que haya sido educado según la regla de la Palabra (v. 6), después de su conversión dará durante toda su vida los frutos de esa educación.

Proverbios 22:17-29

En esta nueva división de los Proverbios, la Sabiduría deja de expresarse en máximas balanceadas y vuelve a tomar las exhortaciones directas como en los capítulos 1 a 9. Pero no vale la pena hablar a alguien que no esté atento. Antes de que se le imparta cualquier enseñanza, el joven discípulo es invitado, pues, a inclinar su oído y aplicar su corazón a las “cosas excelentes” (v. 20 V. M.; comp. Filipenses 1:10 V. M.), a tomarlas como temas de meditación y de conversación. ¿Y cuál es la meta de esa instrucción? En primer lugar, llevar al discípulo a colocar su confianza en un Dios conocido. Luego, poner a su disposición una “certidumbre” que le sirva para comparar y juzgar todo otro conocimiento. Finalmente, incitarle a que él mismo propague “las palabras de verdad” (v. 17-21).

Las advertencias que siguen tienen un carácter negativo. Detengámonos en el versículo 28: “No traspases los linderos antiguos que pusieron tus padres” (comp. cap. 23:10). Muchos hallan demasiado estrechas las bases espirituales sobre las cuales los creyentes de generaciones anteriores vivieron felices y aprobados por Dios. «Cuidado, ¡peligro!» les grita este versículo. Además, invadir los diversos dominios de este mundo es descuidar fatalmente el que nos está reservado, y que es aquel donde se halla el Señor (comp. Salmo 16:6).

Proverbios 23:1-14

Los versículos 1 a 6 ponen en guardia contra las codicias. Es tan peligroso desear los manjares delicados de los grandes de este mundo (v. 3) como las del hombre que tiene ojo maligno (v. 6 V. M.; Salmo 141: fin del v. 4). Luego, uno queda ligado a aquellos cuyo favor buscó. El pan de ellos es engañoso. El provecho que se saca en el momento resulta ser más tarde la fuente de muchas miserias. Las preocupaciones son inevitables cuando se persigue el logro de bienes terrenales. La prudencia, tal como los hombres la entienden, los impele a cansarse para adquirirlos. Así se imaginan que aseguran su porvenir y el de sus hijos. Pero, ¡es un cálculo equivocado! Esas riquezas son fugitivas; “...porque se harán alas” (v. 5; comp. Santiago 5:2); por eso la Sabiduría manda que se desista de la intención de hacerse rico (v. 4). La verdadera prudencia consiste no en adquirir riquezas sino en emplear para los demás las de nuestro Señor (Lucas 16:8).

El versículo 13 nos recuerda la negligencia de David en la educación de sus hijos (véase 1 Reyes 1:6). Una corrección corporal no acarrea la muerte. Al contrario, el hecho de no recurrir a ella puede tener un resultado fatal (2 Samuel 18:33). Liberar a nuestra alma del Seol: ¡a la verdad, lo que se juega es capital! Sí, apliquemos nuestro corazón a esa instrucción (v. 12; comp. cap. 22:15).

Proverbios 23:15-35

Cuando se llega a adulto, ¿todavía debe tenerse en cuenta la opinión de los padres? Ciertamente, según el versículo 22. Eso forma parte del honor que se les debe y que no depende de la edad. Para padres creyentes, qué gozo resulta poder ver, cuando los hijos han crecido, los frutos de su educación (v. 15, 16 y 24; y qué relieve toma este versículo 24 si lo aplicamos al gozo que el Padre halló en el Hijo amado, el Justo y Sabio por excelencia, como lo vemos en Mateo 3:17). Pero sobre todo, y aun antes que nuestros padres, el Señor tiene derechos sobre nosotros. “Dame, hijo mío, tu corazón” nos dice Él a cada uno de nosotros (v. 26). No te pido primero tal parte de tus recursos o de tu tiempo, sino tus afectos. El resto vendrá luego. Al darme tu corazón por entero —dice Jesús— no haces sino devolverme lo que me pertenece, porque él es mi salario, tan caramente adquirido en las horas de la cruz. Los macedonios mencionados por Pablo en 2 Corintios 8 se habían dado ellos mismos al Señor.

El fin del capítulo describe la trágica inconsciencia de aquel a quien embrutece el alcohol. Está vencido por el vino (Isaías 28:1 fin), incapaz de resistir a las tentaciones carnales (v. 33) y se arruina completamente (v. 21).

Querido amigo, ¿qué vas a hacer de tu corazón?

Proverbios 24:1-22

Para nosotros, los cristianos, aquellos que hacen el mal pueden ser objeto de envidia (v. 1) o de enojo (v. 19 V. M.; Salmo 37:1). Tales sentimientos solamente prueban nuestro mal estado espiritual. ¡Ver a pobres pecadores debería más bien suscitar en nosotros la compasión y el celo evangélico para advertirlos y librarlos de la muerte! (Ezequiel 3:18; Hechos 20:26). No invoquemos la ignorancia para disculparnos por no hacer nada. “El que pesa los corazones” (v. 12; comp. cap. 21:2) conoce nuestros verdaderos motivos: falta de amor, temor al oprobio o debilidad de nuestras propias convicciones.

Pero, ¿por qué tan a menudo los malos tienen una vida fácil mientras que a veces los fieles son penosamente probados? La llave de ese enigma nos es dada por un vocablo: el porvenir. “No habrá porvenir para el hombre malo” (v. 20 V. M.), su fin es la perdición hacia la cual es llevado sin resistencia (comp. Salmo 73:17). Tropieza para caer en el mal (v. 16). En cambio, hay “un porvenir” (v. 14 V. M.) para aquel que halló la Sabiduría, esa divina Sabiduría, quien es Cristo mismo (cap. 8:22). Y la esperanza del creyente no será reducida a la nada, porque el objeto de esa esperanza es incluso la misma persona: el Señor Jesús que viene.

Proverbios 24:23-34

Esta corta división termina lo que se llama “las palabras de los sabios” (cap. 22:17).

Cuando los hombres procuran agradar a sus semejantes, a menudo es en detrimento de la justicia y de la verdad. El hombre de Dios debe ser irreprochable desde ese punto de vista (v. 23-25).

El versículo 27 recuerda al joven creyente que, antes de pensar en fundar un hogar, debe tratar de asegurarse los recursos, de estar en condiciones para atender las necesidades de los suyos. “Después edificarás tu casa”. Pero un novato corre el riesgo de un desastre si se lanza solo a realizar una construcción. El versículo 3 de este capítulo nos designa en este caso un arquitecto en el cual podemos confiar enteramente: la Sabiduría, es decir, el Señor (comp. Salmo 127:1). La vida del creyente fiel está hecha de equilibrio. Dejar obrar al Señor no le impide ser activo y diligente, porque tuvo la oportunidad de observar a qué decadencia conduce la pereza en todos los aspectos (v. 30-34). Querido amigo, para evitar la escasez espiritual en su futuro hogar, el versículo 4 le invita a llenar de antemano, mediante el conocimiento, los compartimentos de su memoria. Y Dios hará llegar a su corazón todos los preciosos y agradables bienes que usted haya hallado en la Palabra (Mateo 13:52).

Proverbios 25:1-15

Aquí empieza la tercera parte del libro. Los servidores de Ezequías —ese rey que “ejecutó lo bueno, recto y verdadero... de acuerdo con la ley y los mandamientos... lo hizo de todo corazón” (2 Crónicas 31:20-21)— colocaron a la cabeza lo que concierne a los reyes: su gloria (v. 2, la cual no es la de 2 Crónicas 32:27), su corazón (v. 3), su trono (v. 5), lo que conviene a su presencia (v. 6). La mayoría de esos proverbios apelan a comparaciones poéticas que nos ayudan a comprenderlos y retenerlos. Los versículos 8 a 10 nos invitan a obrar con prudencia y discreción para con nuestro prójimo, por temor a que quedemos confundidos luego. Los versículos 11 a 15 tratan de las palabras. Una palabra “dicha como conviene” es un fruto de la justicia divina (el oro), pero siempre asociada a la gracia (la plata). Aun cuando se trate de una reprimenda, tendrá precio para el oído que sepa escucharla (v. 12).

El versículo 13 nos recuerda lo que debemos ser: mensajeros fieles. «Cumplir fielmente el mensaje que Dios nos confió no sólo es un refrigerio para los que lo reciben, sino una satisfacción para el corazón de Aquel que nos envía. ¿Pensamos lo bastante en ello?» (H. R.).

Proverbios 25:16-28

La miel es buena, pero si quisiéramos hacerla nuestro único alimento, pronto nos sentiríamos hastiados de ella. Igualmente los afectos naturales: la amistad, las alegrías de la familia... son agradables y dulces, pero no deben tomar demasiado lugar, a riesgo de transformarse en egoísmo o de llevar a la saciedad (v. 16 y 27).

El Evangelio es la buena nueva por excelencia, agua viva para las almas sedientas (comp. v. 25). Y cada creyente es como un canal por el cual puede correr esa agua fresca de la gracia para dar de beber a otros (Juan 7:38). Pero ¡cuidado! un poco de barro en una fuente basta para que su agua sea imbebible. Una falta de firmeza ante el malo, un momento de flojedad y ahí está la fuente turbia y corrompida como cuando se revuelve con un palo el fondo de un arroyo límpido (v. 26).

No gobernar el espíritu es entregarlo sin defensa —cual ciudad sin muros— a todos los asaltos del enemigo (v. 28). Las impaciencias, los resentimientos, los celos, la soberbia, las dudas, las codicias... todos los batallones de malos pensamientos pronto se habrán dado cita en él. En este sentido 1 Pedro 1:13 nos invita a ceñir los lomos de nuestro entendimiento y a ser sobrios o, dicho de otro modo, a contener nuestra imaginación.

Proverbios 26:1-12

No es la honra sino la vara lo que conviene al necio para hacerle tomar el camino de la sabiduría (v. 1-8). De una manera general, la disciplina del Señor y la reprensión del justo nos hacen progresar más que los cumplidos y las honras. Pero no actuemos sin inteligencia, como esos animales domésticos a los que sólo el látigo y la rienda son capaces de hacer obedecer cuando “no se acercan a ti” (v. 3; Salmo 32:9). En efecto, ¡cuán preferible es adquirir sabiduría al dejarnos instruir por la Palabra antes que hacer penosas experiencias!

El ejemplo del profeta Micaías ante Acab nos muestra que los versículos 4 y 5 no se contradicen (1Reyes 22:13-28). Al contestar al rey insensato según su locura (v. 15), Micaías turbó su conciencia, haciéndole sentir a disgusto. Al contestarle luego según los divinos pensamientos y no según su locura, el varón de Dios mostró claramente que no tenía nada que ver con ésta (v. 17). También nosotros dejémonos conducir por el Espíritu de Dios para saber —según la oportunidad— cuál de las dos respuestas hemos de darle al necio.

Un andar cojo, trátese del justo (cap. 25:26) o del necio (cap. 26:7 y 9), quita toda la fuerza al testimonio verbal. Sí, cuidemos que nuestro andar prepare el Evangelio de la paz (Efesios 6:15).

Proverbios 26:13-28

Después del retrato del necio (v. 1-12), vemos aquí otros personajes igualmente detestables. El primero es el perezoso (v. 13-16), a quien ya encontramos a menudo. Toma como pretextos peligros o dificultades imaginarios para sustraerse a sus deberes (v. 13) y hasta descuida de alimentarse (v. 15). “La puerta gira sobre sus quicios” (v. 14); «efectúa un movimiento de vaivén, pero queda en el mismo lugar. ¡Preguntémonos si avanzamos más que ella, si hicimos algunos progresos en nuestra vida cristiana!» escribió un creyente. El perezoso se vuelve en su cama. Es posible moverse y agitarse sin llevar a cabo ninguna actividad útil.

También se describe al pendenciero (v. 17-21). El hábil para atizar el fuego de las disputas. Pero el versículo 17 tiene muchas aplicaciones. Tomar partido por conflictos sociales, sindicales, políticos... expone a un hijo de Dios a crueles «mordeduras». Vienen luego el chismoso —quien también contribuye a alimentar las querellas (v. 20-22)— y el falso, quien disfraza el odio de su corazón bajo amables palabras... (v. 23-25; ejemplo 2 Samuel 20:9-10; Jeremías 12:6). Jesús tuvo que ver con diferentes formas de maldad y de hipocresía denunciadas en estos versículos (Mateo 17:17; Salmo 38:12). ¡Cuánto sufrió a causa de ellas!

Proverbios 27:1-13

Jactarse del día de mañana (v. 1) es disponer de él como si nos perteneciera: hacer proyectos firmes, contraer compromisos a término o salir fiador de alguien (v. 13). Volvamos a leer lo que nos dice Santiago a ese respecto (cap. 4:13-16). Por otra parte, este versículo 1 se dirige muy especialmente a los que difieren para más tarde la cuestión de su salvación. 2 Corintios 6:2 les repite con insistencia: “He aquí el día de salvación”.

Es dulce poder contar con un amigo. Sus afectuosos consejos vienen de su corazón y alegran el nuestro (v. 9). Pero el verdadero amigo no es aquel que nos dice siempre palabras amables. Al contrario, sabrá dirigirnos una justa reprimenda, aun cuando nuestro orgullo se sintiera herido. Así es Jesús, el fiel Amigo. Nos ama demasiado para andarse con contemplaciones. A menudo los cirujanos están obligados a abrir profundas heridas para alcanzar los órganos internos y extirpar el mal. Ocurre lo mismo en el sentido espiritual. “Los azotes que hieren son medicina para el malo y el castigo purifica el corazón” (cap. 20:30). Sí, aceptemos sin murmurar esas necesarias heridas, reconociendo en ellas la dulce y segura mano de nuestro supremo Amigo.

Proverbios 27:14-27

Estos versículos tratan particularmente de la vida doméstica y de la amistad. Seamos cautelosos para escoger a un amigo. Tengamos la seguridad de que él comparte nuestra fe, que tendremos la libertad de arrodillarnos juntos y que él será capaz de aguzar (o animar) nuestro rostro (v. 17). Pero la amistad no tiene dirección única. Y cuando nos quejamos de la falta de amor de los demás, siempre es una prueba de que lo manifestamos poco nosotros mismos. Porque el amor responde al amor (v. 19).

El versículo 20 nos recuerda que el carácter de los ojos es el de insaciables (1 Juan 2:16) y el versículo 22 que la necedad está indisolublemente ligada a la naturaleza humana (véase también 22:15; Eclesiastés 9:3; Romanos 3:11). Ninguna presión puede alejarla de modo duradero. ¿Comprobación demasiado pesimista? ¡Por desgracia, no! El hombre se halla en permanente estado de rebeldía contra su Creador, rehúsa la gracia ofrecida, no deja de obrar en contra de sus eternos intereses... ¿y no llamaríamos a esto locura? Entonces, ¿cómo hacerse sabio? Al recibir por Cristo la vida divina.

Los versículos 23 a 27 nos hablan de previsión humana, de bienes terrenales y de una corona perecedera. Cristianos, seamos previsores, pero para asegurarnos bienes duraderos (cap. 8:18; Lucas 12:33) y una corona incorruptible (1 Corintios 9:25).

Proverbios 28:1-14

El versículo 1 nos recuerda los espantos anunciados como castigo sobre el Israel culpable (Levítico 26:36-38). En general, el comportamiento de un hombre depende del estado de su conciencia (v. 1). Si es mala, él se sentirá siempre inquieto y verá señales de peligro por todas partes. Al contrario, si es buena, tendrá seguridad ante Dios y los hombres (1 Juan 3:21; Génesis 3:8). El versículo 13 es capital. Le traza al pecador el camino del arrepentimiento y del perdón. También explica por qué ciertos cristianos no hacen progresos. Para volver a hallar el camino de la comunión con Dios es indispensable confesar las faltas propias. Pero, luego, todavía es necesario abandonarlas con la ayuda del Señor. Si no, la confesión no se hace con rectitud; casi se puede decir que es mofarse de Dios.

En suma, muchas más cosas de las que pensamos resultan de nuestro estado moral. Por ejemplo, la verdadera inteligencia es la parte de los que buscan a Jehová. Entienden todas las cosas (v. 5), mientras que hay personas que no dejan de formular las mismas preguntas, en el fondo porque la persona de Cristo tiene poco valor para ellas. El versículo 9 nos muestra que la obediencia a Dios y la respuesta a las oraciones están igualmente ligadas (comp. Juan 15:7).

Proverbios 28:15-28

Querer conciliar el camino ancho y fácil de nuestra propia voluntad y el camino estrecho de la obediencia al Señor es tener un andar tortuoso que terminará en una caída cierta (v. 18). La meta que un hombre persigue, sea la de enriquecerse (v. 20) o simplemente la de obtener un pedazo de pan (v. 21), es para él la ocasión (y la excusa) para cometer muchas transgresiones. Se oye decir: «El fin justifica los medios». ¡Qué contraste con el Hombre perfecto! En el desierto, Él rechazó la sugestión del Tentador de que se procurara pan de otro modo que no era recibiéndolo de su Padre.

Los versículos 22 a 27 muestran que la prudencia de los hombres acaban en cálculos equivocados en distintos campos: parece más hábil lisonjear al prójimo que reprenderle, si se quiere ganar su favor. Sin embargo, más tarde resultará lo inverso (v. 23). Antes de dar a los demás, el «buen sentido» manda asegurarse de que a uno mismo no le faltará nada. ¡Algunos llegarán hasta a hablar de «caridad bien entendida»! Pero la promesa del versículo 27 hace depender nuestro bienestar de nuestra generosidad. Dios se compromete a subvenir a las necesidades de los que así hayan dado una prueba a la vez de amor y de confianza en Él (Salmo 41:1-3).

Proverbios 29:1-14

En este libro el sabio y el necio, el justo y el malo, el pobre y el rico, el rey y el servidor son considerados según sus relaciones recíprocas y sus responsabilidades ante Dios.

Los versículos 1 y 2 se conectan con el capítulo 28. “El hombre que reprendido endurece la cerviz, de repente será quebrantado...”. Si el orgullo de un hombre no es quebrantado, él mismo lo será repentinamente y sin remedio junto con el inicuo (cap. 6:15). Tal fue la suerte de Faraón, de Saúl, de Absalón... Pero siempre es grave, aun para un creyente, menospreciar la disciplina del Señor (Hebreos 12:5). “El hombre que ama la sabiduría alegra a su padre...” (v. 3). Este versículo, veraz en lo que toca a nuestras familias, con más razón es aplicable a la familia de Dios. Es un gozo para el Padre ver cómo sus hijos aman la Sabiduría, la que es Jesucristo mismo (2 Juan 4; 3 Juan 4).

Varios versículos nos hablan de la justicia. Se la exige especialmente del gobernante o del rey (v. 4, 12 y 14), pero todos los que son justos (v. 7; es decir, justificados por la obra de Cristo) deben tomar conocimiento de la causa del pobre con simpatía, con interés.

Todas esas enseñanzas se refieren especialmente a la vida en sociedad.

Proverbios 29:15-27

“La vara y la corrección dan sabiduría...”. La vara puede ser empleada en un sentido estricto para con los niños o bien tomar todas las formas de la disciplina del Señor para con los suyos. No hay peor castigo que el de ser abandonado a sí mismo (v. 15; Salmo 81:12).

La precipitación en las palabras (v. 20), la ira (v.22), la soberbia (v. 23) están en el origen de muchas transgresiones. Pero, en contraste con el primer Adán, este versículo 23 dirige nuestras miradas hacia Jesús. Su camino de humildad sin par tiene por contrapartida la suprema gloria (comp. Filipenses 2:5-11).

El temor del hombre arma otra trampa; no puede ir a la par con el temor de Dios (v. 25). Al querer agradar a los hombres (o no desagradarles) se deja de agradar al Señor. ¡Cuántos fueron arrastrados al mal por malos compañeros, a los cuales no se atrevieron a decirles no! Si hemos de tomar una valiente posición y tememos sus consecuencias, confiemos en Dios; Él nos pondrá en un “alto refugio”.

Finalmente, el versículo 27 nos recuerda que no hay comunión alguna entre la justicia y la iniquidad (2 Corintios 6:14-15). ¡Dios nos guarde en su comunión!

Proverbios 30:1-14

Hasta aquí Dios habló por Salomón, el más sabio entre los sabios. Pero ahora, como para mostrar que su Libro no debe nada a la inteligencia humana, Él se sirve de Agur, un hombre que reconoce ser más rudo que ninguno.

Después de haberse presentado así (v. 2) y habiendo confesado su profunda ignorancia, Agur empieza por formular preguntas fundamentales: ¿Quién es el Creador? ¿Quién es su Hijo? ¿Cómo acceder al cielo? Para contestarlas, fue necesario que Dios se revelara, que bajara Él mismo de ese cielo al cual el hombre no podía subir y que comunicara sus gloriosos consejos en su limpia Palabra (v. 5; comp. las preguntas del v. 4 con Juan 3:13; Efesios 4:10; Marcos 4:41; Lucas 1:31-32).

Agur conoce su mente limitada, pero también sabe que su corazón es perverso y dirige a Dios una doble oración, pidiendo: 1) que la vanidad (la búsqueda de la propia estima, de la buena opinión de los hombres) y la palabra de mentira se alejen de él; 2) que permanezca dependiente porque mide los peligros tanto de la riqueza como de la pobreza. ¡Sabias peticiones en las cuales podemos inspirarnos!

Sin ilusión acerca de sí mismo, Agur también conoce los principios del mundo: rebeldía, propia justicia, altivez y opresión (v. 11-14). ¿Mejoró nuestra “generación” en relación con la suya?

Proverbios 30:15-33

Para nuestra instrucción Agur observó o reagrupó cosas peligrosas u odiosas y otras, al contrario, sabias o bellas. La codicia de los ojos y la de la carne reclaman ser satisfechas: “¡Dame! ¡dame!”. Tienen la misma madre insaciable: la sanguijuela, es decir, esa sed de goces que afecta a cada hombre hasta consumir su vida (v. 15-16). A esas codicias se agrega la soberbia (1 Juan 2:16). Se manifiesta de muchas maneras, pero el versículo 17 —al que los jóvenes deben considerar muy seriamente— pone especialmente el acento en el desprecio por la autoridad y el espíritu de independencia. Paralelamente con estos principios del mundo, los versículos 18 y 19 evocan los misteriosos caminos de Dios tanto en juicio como en amor. Los versículos 21 a 23 enumeran cuatro cosas detestables porque trastornan el orden establecido por Dios. Luego nos enteramos de que la sabiduría va a la par con el sentimiento de la propia debilidad, con la prudencia, la confianza, la comunión y la pequeñez (v. 24-28); mientras que la hermosura está ligada al andar (v. 29-31). ¡Cuántas lecciones podemos aprender en la compañía de un hombre que se declara rudo pero cuya humildad lo coloca precisamente en el rango de los sabios según Dios! (1 Corintios 1:26-29; 2:12-13; 8:2).

Proverbios 31:1-9

¿Quién era el rey Lemuel? No se le nombra en ninguna otra parte; todo lo que hemos de conocer de ese joven príncipe son las recomendaciones de su madre, así como su nombre, el que significa dedicado a Dios. “¿Qué, hijo de mis deseos?” exclamó esa piadosa mujer. Así como lo hizo Ana con su hijito Samuel, ella consagró ese niño a Jehová, quien tiene todos los derechos sobre él. Por esta razón, ella se sintió luego responsable de criarlo como un verdadero nazareno. La historia de Israel mostraba a qué podía ser arrastrado un rey por las mujeres o por la bebida (1 Reyes 11; 16:8-9). Se le pone a Lemuel en guardia contra esas malas inclinaciones (Eclesiastés 10:17; Oseas 4:11). Luego recibe exhortaciones positivas: ¡Debe ser el sostén de todos los desheredados y el portavoz de los mudos! Se puede pensar que éste es un papel sin importancia para un rey. Pero estas instrucciones contienen la sustancia del servicio religioso según Santiago 1:27: guardarse sin mancha del mundo (de su aturdimiento, de sus manchas) y preocuparse por los afligidos.

El joven Lemuel se acordó palabra por palabra de “la profecía con que le enseñó su madre”. Si, como él, usted tuvo el privilegio de ser educado por una madre piadosa, cuídese de nunca olvidar la enseñanza de su niñez (cap. 1:8; 6:20-22).

Proverbios 31:10-31

Este admirable retrato de la mujer virtuosa nos muestra cómo la Sabiduría (la vida misma de Cristo) puede y debe ser puesta en práctica en todos los detalles de la existencia cotidiana y familiar. Jóvenes cristianas, el Señor les dé el deseo de complacerle, pareciéndose a esa mujer “de acendrada virtud” (v.10 V. M.). ¿Qué es lo que la caracteriza? Ella es activa, alegre, enérgica, caritativa, sabia y afable. Su ámbito es la casa (léase Tito 2:4-5); su atavío, la fuerza y la dignidad (v. 17 y 25; comp. 1 Pedro 3:3...); su meta, honrar a su marido, objeto de su alegre abnegación (v. 23), y producir fruto para él (v. 16). Finalmente su secreto; sólo es revelado en el versículo 30: ella teme a Jehová. Sí, verdaderamente, “¿quién la hallará?”. “De Jehová es la mujer prudente” contesta el capítulo 19:14. Así que ustedes, muchachos, no se fíen de un juicio apresurado ni de las apariencias. “Engañosa es la gracia...” y engañó a muchos. El pasajero encanto de un rostro está lejos de ser siempre el reflejo de verdaderas cualidades cristianas. Y no olviden, al terminar este libro, la exhortación del capítulo 4:23: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón”. Porque pertenece primeramente al Señor.

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