Nehemías

Nehemías 1:1-11

Históricamente, el libro de Nehemías es el último vistazo que el Antiguo Testamento nos permite echar sobre el pueblo de Israel. Los acontecimientos que relata comienzan unos treinta años después de aquellos a que se refiere el libro de Ester y trece años después del retorno de Esdras. Sus enseñanzas son, pues, particularmente apropiadas para nosotros, los cristianos, “a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Corintios 10:11). ¡Pobre pueblo! Está “en gran mal y afrenta”, según el relato que hacen algunos viajeros (Nehemías 1:3). Pero Dios preparó a alguien que va a preocuparse por ese estado. ¡Es Nehemías! Ese hombre es sensible a los sufrimientos y a la humillación de los que habían escapado de la cautividad y permanecido en Jerusalén. Ante Jehová confiesa los pecados que son la causa de ello. Así lo había hecho Esdras (Esdras 9). Dios siempre escoge a los instrumentos de sus liberaciones de entre los que aman a su pueblo.

Pero dirijamos nuestras miradas a uno más grande que Nehemías. ¿Quién se preocupó por la desesperada condición de Israel y del hombre en general, si no el mismo Hijo de Dios? Él sondeó a fondo nuestro miserable estado, ese abismo de mal en el cual estábamos hundidos. Y él vino para arrancarnos de allí.

Nehemías 2:1-8

Mientras los hijos de Judá estaban en la miseria y el oprobio, Nehemías ocupaba en la corte uno de los más honorables puestos: el de copero del rey. Habría podido conservar egoístamente esa ventajosa colocación. O aun justificarla, diciéndose: «Ya que tengo la confianza del rey, junto a él seré más útil a mi pueblo. Dios me colocó aquí con este fin».

Pero Nehemías no razona así. Su corazón, como el de Moisés en otros tiempos, le lleva a visitar a sus hermanos, los hijos de Israel (Hechos 7:23). Y antes que gozar de los deleites temporales del palacio real, él escoge “ser maltratado con el pueblo de Dios” (Hebreos 11:25).

Note que su conversación con Artajerjes no sólo es precedida sino también acompañada por la oración (Nehemías 1:1; 2:5). Entre la pregunta del rey y su propia respuesta, Nehemías halla el tiempo de dirigirse a Dios en su corazón. Se ha llamado a esto una «oración flecha». ¡Imitemos a menudo ese ejemplo! Y como ese servidor (de Jehová antes que del rey) veremos la buena mano de Dios descansar sobre nosotros y sobre lo que hagamos.

Nehemías 2:9-20

Nehemías llega a Jerusalén provisto de las cartas del rey. Empieza por hacer la inspección de los muros, o más bien de lo que queda de ellos. Su hermano le había hablado de esto (cap. 1:2-3), pero él desea darse cuenta por sí mismo de la amplitud de los daños. ¡Grande es su consternación ante ese espectáculo, al cual los habitantes de Jerusalén, por su parte, se habían acostumbrado! Creyentes, ciertamente también corremos el peligro de volvernos indiferentes acerca del estado de ruina en el cual se halla hoy la Iglesia responsable. Ningún muro la protege ya contra la invasión del mundo. Y tal estado le conviene perfectamente a sus enemigos.

En tiempos de Zorobabel y Esdras, para Israel esos enemigos se llamaban: Bislam, Tabeel... luego Tatnai, Setar-boznai y sus colegas. En el de Nehemías se trata de Sanbalat, Tobías y Gesem. El diablo se sirve de diversos instrumentos. Renueva su «personal». Pero su meta siempre es la misma: mantener al pueblo de Dios en la humillación y la servidumbre.

Nehemías sabe arreglárselas para exhortar a los hombres de Jerusalén. Su nombre significa: Jehová consoló. Obtiene esta alegre y alentadora respuesta: “Levantémonos y edifiquemos” (v. 18).

Nehemías 3:1-15

A la inversa del orden normal, la reconstrucción de Jerusalén empezó por el altar, luego por el templo (Esdras 3), y solamente ahora se reedifica el muro de la ciudad. El altar y el santuario nos hablan del culto, el cual es evidentemente la primera responsabilidad del pueblo de Dios. No sólo somos cristianos del domingo. El resto de la ciudad, que sugiere la vida cotidiana en nuestras casas y nuestras circunstancias de todos los días, debe igualmente ser protegido de los enemigos y francamente separado. Cada uno ha de velar por ello y, en particular, construir el muro frente a su propia casa (v. 10, 28 y 30).

Bajo el impulso dado por Nehemías, todo Judá se pone a la obra. Y este capítulo nos hace dar la vuelta a la ciudad para presentarnos en acción a los diferentes grupos de trabajadores. La mayoría colabora en la restauración, ya sea de su puerta, de su torre, de su parte del muro, en proporción a sus fuerzas y, sobre todo, según su abnegación. Pero, mientras algunos tienen bastante celo para reparar una doble porción (v. 11, 19, 24, 27 y 30), otros —entre ellos los principales— rehúsan doblegar su cerviz al servicio de su Señor (comp. Mateo 20:27-28; 2 Corintios 5:15). ¡Triste testimonio consignado en el libro de Dios!

Nehemías 3:16-32

A partir del versículo 16 se trata de la porción del muro que protege a la ciudad de David y al atrio del templo.

Nos sorprende enterarnos de que Eliasib, el sumo sacerdote, no reparó el muro delante de su propia casa (comp. con 1 Timoteo 3:5). Otros tuvieron que hacerlo en su lugar (Nehemías 3:20-21). Segunda culpable negligencia: al construir la puerta de las ovejas, él y sus hermanos, esos malos pastores, habían omitido proveerla de cerraduras y cerrojos (v. 1). Era brindar a los ladrones la facilidad para introducirse a fin de apoderarse de las «ovejas» de Israel (véase Juan 10:8 y 10).

Improvisadamente los plateros, perfumeros y comerciantes se hicieron albañiles (Nehemías 3:8 y 32). Uno de los jefes, Salum (v. 12) edificó con sus hijas. Mediante esos ejemplos Dios nos enseña que podemos trabajar en su obra, cualquiera sea nuestra edad, nuestro sexo o nuestra profesión. Notemos todavía que varios de esos hombres o sus padres se habían visto comprometidos, en tiempos de Esdras, en la alianza impía con mujeres extranjeras. Tal era el caso de Baruc, hijo de Zabai, de Malquías y Pedaías, hijos de Paros (Esdras 10:25 y 28). Es hermoso ver ahora su diligencia para proteger a Jerusalén precisamente contra influencias extranjeras.

Nehemías 4:1-14

Mientras se reparaban los muros, los enemigos montaban en cólera contra Judá. Sanbalat, su portavoz, se irrita y se burla al mismo tiempo. Somos especialmente sensibles a la burla. El mundo no deja de poner en ridículo la separación de los creyentes, la debilidad de sus reuniones... No nos dejemos turbar por sus reflexiones. En lugar de responder, Nehemías se dirige a su Dios: “Oye, oh Dios nuestro, que somos objeto de su menosprecio...” (v. 4); y no toma en cuenta sus amenazas. “Edificamos, pues...” concluye el hombre de Dios (v. 6).

Entonces el enemigo se prepara para la guerra abierta y el desaliento amenaza a los hombres de Judá. Miran su propia debilidad (v. 10). Eso es estar de acuerdo con el enemigo, quien había menospreciado a “estos débiles judíos” (v. 2). Consideran el peso de las cargas, el volumen de los escombros... Sin embargo, hay quienes, con Nehemías, conocen el doble recurso (v. 9). Éste es, al mismo tiempo, una orden del Señor: “Velad y orad...” (Mateo 26:41; 1 Pedro 4:7). La oración ha de ser nuestra primera respuesta a los esfuerzos del adversario. No obstante, no nos exime de la vigilancia. Por eso Nehemías toma diversas disposiciones para asegurar la vigilancia y la custodia del pueblo durante el fin del trabajo.

Nehemías 4:15-23; Nehemías 5:1-5

Al final del capítulo 4 vienen a agregarse, a las dificultades y al cansancio de la construcción, las del combate. Y, en efecto, el creyente no sólo es obrero sino también soldado. Se parece al miliciano de Nehemías, quien tenía su herramienta en una mano y en la otra su arma (la cual es la Palabra de Dios: Efesios 6:17). No tiene el derecho de dejar la una ni de deponer la otra.

Después del hermoso celo al que hemos asistido, el capítulo 5 nos trae una penosa sorpresa. Esos judíos que habían «escapado», quienes antes de la venida de Nehemías estaban en una gran miseria (cap. 1:3), ahora se hallan en una situación peor todavía. Tuvieron que empeñar lo que poseían y, a veces, entregar sus hijos en servidumbre para poder pagar sus impuestos y no morirse de hambre. Además, los que los redujeron a ese estado no son enemigos. Son sus propios hermanos, quienes transgredieron la ley: (Éxodo 22:25; Levítico 25:39-43; Deuteronomio 15:11; 23:19-20).

¿Dónde estamos en el plano del amor fraterno? Sin él el más hermoso servicio cristiano no tiene valor (1 Corintios 13:1-3). Llevemos a cabo lo que dice el apóstol Santiago (cap. 2:15-16). Sí, examinemos bien nuestro corazón a ese respecto. ¡Y también nuestro comportamiento!

Nehemías 5:6-19

Nehemías, “enojado en gran manera”, ha reunido a los nobles y a los oficiales ante el resto del pueblo para dirigirles los reproches que merecen. Los culpables se someten, no sencillamente porque Nehemías es el gobernador, sino porque él mismo da ejemplo de un amor desinteresado. Ha renunciado a los derechos personales que le daba su posición y esto le permite pedir a esos jefes que obren de la misma manera. El ejemplo es la regla de oro para obtener lo que sea del prójimo. El apóstol Pablo siempre se dedicó a servir de ejemplo a los creyentes a quienes enseñaba (Hechos 20:35; 1 Corintios 4:16; 10:32-33...). Por encima de todo consideremos al divino Maestro. Él decía a sus discípulos: “Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13:15). Pero, al mismo tiempo, los ponía en guardia contra los escribas y los fariseos: “Todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen” (Mateo 23:3). Las multitudes notaban la diferencia: Jesús les enseñaba “como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Mateo 7:29).

Nehemías 6:1-14

Sus precedentes fracasos no desalentaron a Sanbalat, Tobías y Gesem. Hacen una proposición hipócrita a Nehemías: “Ven y reunámonos...”. El valle de Ono (o de los artífices: cap. 11:35), fijado como lugar de encuentro, sugiere una colaboración con los enemigos del pueblo de Dios. Pero el ofrecimiento es rechazado, pese a las amenazas que lo acompañan la quinta vez. Entonces se arma otra trampa por intermedio de un judío, Semaías. Por una falsa profecía ese agente del enemigo procura llevar a Nehemías (quien no era sacerdote) a desobedecer a Jehová, buscando asilo en el templo (véase 2 Corintios 11:13 y 1 Juan 4:11). Así actuaron los fariseos con el Señor Jesús. “Sal, y vete de aquí” —le dicen— “porque Herodes te quiere matar” (Lucas 13:31). Procuraban (y Satanás estaba detrás de ellos) espantar y hacer salir del camino de la fe a aquel que había afirmado su rostro para ir a Jerusalén (Lucas 9:51).

La doble ofensiva, frustrada por el fiel Nehemías, pone al creyente en guardia contra dos peligros opuestos: 1) Ensanchar el camino, al trabajar hombro a hombro con los que no se someten a la Palabra. 2) «Encerrarse» en un sectarismo pretencioso y egoísta.

Nehemías 6:15-19; Nehemías 7:1-7

A los hombres de Judá les bastaron cincuenta y dos días para tapar las brechas y reedificar el muro. La mayoría de ellos eran inexpertos en el manejo de la llana y la piqueta. Pero lo hacían con fervor y de todo corazón (cap. 3:20 y 4:6). Y, a los ojos del Señor, la abnegación de sus obreros tiene más valor que su capacidad. Además, precisamente él da esa capacidad a los que son abnegados y todo lo esperan de él.

Los esfuerzos de Tobías para intimidar a Nehemías y el apoyo que ese malvado personaje halla en algunos nobles de Judá son las últimas manifestaciones de la hostilidad de los enemigos. De ahí en adelante, con sus muros reconstituidos, Jerusalén aparece a las naciones circundantes “como una ciudad que está bien unida entre sí” (Salmo 122:3). Pero todavía es necesario asegurar la vigilancia de ella. Nehemías se preocupa por las puertas y por el establecimiento de guardas (véase Isaías 62:6-7). Otras funciones son atribuidas, inclusive las de dos gobernadores de la ciudad (Nehemías 7:1-2). El uno y el otro merecieron ese cargo: Hanani por su interés por el pueblo (cap. 1:2) y Hananías por su fidelidad y su temor de Dios (v. 2).

Nehemías 7:61-73

Nehemías sintió en el corazón el deseo de hacer el censo del pueblo. Se sirvió del registro genealógico establecido cuando tuvo lugar el primer retorno a Jerusalén. Los versículos 6 a 73 reproducen más o menos el capítulo 2 del libro de Esdras. Por ejemplo, volvemos a hallar la descendencia de aquel hombre que “tomó mujer de las hijas de Barzilai galaadita, y se llamó del nombre de ellas” (Nehemías 7:63). Barzilai era ese anciano rico y considerado, quien había mantenido a David y su séquito en Mahanaim (2 Samuel 19:32). Aquí nos enteramos de que su yerno, aunque sacerdote, había renunciado a su propio nombre en otros tiempos. Se había hecho llamar por el de su suegro, lo que lo ponía más en evidencia. ¿Cuáles fueron las enojosas consecuencias? Sus descendientes, considerados como profanos ¡fueron excluidos de los cargos del sacerdocio! ¡Cuidémonos de abandonar nuestros privilegios cristianos por afán de consideración! ¿Existe más grande dignidad y nobleza que la de pertenecer a la familia de Dios, al «real sacerdocio»?

Ese empadronamiento del pueblo subraya el contraste con los días de David. Allá sólo la tribu de Judá contaba 470.000 hombres de espada: diez veces más que ahora. Pero no es el número lo que importa: ¡es la fidelidad!

Nehemías 8:1-12

Para la hermosa escena que ocupa este capítulo, Nehemías cedió el lugar principal a Esdras, el sacerdote. Sabemos que éste era “escriba diligente en la ley de Moisés” y que hacía mucho que “había preparado su corazón... para enseñar en Israel sus estatutos y decretos” (Esdras 7:6 y 10). ¡Feliz deseo que halla la ocasión de cumplirse cuando el pueblo se lo pide! Se trata de la lectura clara y de la explicación de la Palabra de Dios. Al abrirla, Esdras no deja de bendecir a Jehová, quien dio esta Palabra, lo mismo que hoy se empieza por dar gracias cuando la Biblia va a ser leída y meditada en una asamblea. En cuanto a los asistentes, no basta que tengan inteligencia (Nehemías 8:3); también es necesario que estén atentos. ¿Lo estamos siempre durante las reuniones o la lectura en familia? Comprender la Palabra es el medio para que uno mismo sea alimentado y se vea regocijado por la comunión con el Señor (v. 12). Pero pensemos también en “obsequiar porciones”, es decir, hagamos participar a tal o cual ausente de lo que nos fue provechoso.

Finalmente, subrayemos este magnífico versículo: “El gozo de Jehová es vuestra fuerza” (fin del v. 10; comp. Salmo 28:7). Y sobre todo, ¡sea ésta nuestra experiencia!

Nehemías 8:13-18; Nehemías 9:1-4

“Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía...” dice Jehová (Isaías 55:11). Esta promesa se cumple aquí. Según la divina instrucción, bajo la conducción de sus jefes, el pueblo celebra la fiesta de los tabernáculos con más brillo todavía que en los más hermosos días de Salomón. Demasiado ocupados con el presente reposo, los israelitas habían olvidado el que está por venir, y ese peligro nos asecha también. Ahora que la flaqueza y la ruina son tan evidentes, los ojos se dirigen más fácilmente hacia los gozos del reino futuro, y el carácter de extranjeros (la habitación en los tabernáculos o tiendas) es realizado mejor.

Al principio del capítulo 9, la escena cambia por completo. Los hijos de Israel vuelven a reunirse el día fijado. Esta vez, la finalidad de la reunión es la confesión de los pecados. ¿Hay también, en nuestra vida de creyentes, momentos particulares en que hemos de hacer el balance de nuestras faltas y humillarnos por ellos? Algunos piensan que hay motivos para practicar esa puesta en orden cada sábado a la noche; otros, al final de cada día. Ni los unos ni los otros tienen razón. El juicio de nosotros mismos es una acción continua. Hemos de practicarlo cada vez que el Espíritu Santo nos hace conscientes de un pecado.

Nehemías 9:5-15

Algunos levitas designados por sus nombres invitan al pueblo a levantarse para bendecir a Jehová. Y, en nombre de toda la asamblea, le dirigen la larga oración que ocupa el resto del capítulo. Las primeras palabras de ella son: “Tú solo eres Jehová...”. Luego, remontándose a la creación, los levitas celebran el cumplimiento de los consejos de Dios, el llamamiento de Abraham —cuyo corazón fue hallado fiel— la liberación de Egipto, el mar Rojo, los pacientes cuidados dispensados a Israel a todo lo largo del desierto con el don de la ley, finalmente la entrada en el país. Los pronombres de 2a persona y los verbos activos se hallan no menos de veinticinco veces en esos pocos versículos.

Primeramente celebrar lo que Dios es y luego lo que él ha hecho, ¿no es también nuestro privilegio, ya que pertenecemos al Señor? Repasemos a menudo en nuestros corazones lo que la gracia ha hecho por nosotros. Y ejercitémonos en descubrir los cada vez más numerosos motivos de agradecimiento que serán otros tantos nuevos vínculos de amor con nuestro Padre celestial y con el Señor Jesús. Como David, exhortemos a nuestra alma a bendecir a Jehová y a no olvidar “ninguno de sus beneficios” (Salmo 103:2). ¡Pero en verdad esos beneficios son innumerables!

Nehemías 9:16-27

Esteban, después de haber expuesto largamente la historia de la gracia de Dios hacia Israel en el capítulo 7 de los Hechos, prosigue su discurso de la misma manera que esos levitas: “¡Duros de cerviz...! resistís siempre al Espíritu Santo...” (Hechos 7:51). La dura cerviz, la nuca que no quiere doblegarse para someterse al yugo del Señor, no caracteriza únicamente al pueblo de Israel. ¡Ni tampoco sólo a los inconversos! Todos tenemos en nosotros esa naturaleza voluntariosa e insumisa. Cada creyente, sin excepción, la conoce demasiado bien. Y le es imposible acabar con ella por sus propios esfuerzos. Pero, al mismo tiempo, ¿conoce cada uno la liberación que Dios le concede? En la cruz, habiendo puesto en la muerte esa voluntad rebelde e irreductible, nos dio en su lugar la obediente naturaleza de Jesús. La vieja naturaleza está siempre en nosotros con sus deseos, pero no tiene más derecho a dirigirnos.

¡Como resaltan más todos esos pecados de Israel cuando, como aquí, son puestos en contraste con la gracia divina! Por decirlo así, se duplican en ingratitud (véase Deuteronomio 32:5-6). ¿Y no es también el caso de tantos jóvenes educados por padres creyentes?

Nehemías 9:28-38

En el versículo 33 tenemos el resumen de todo este capítulo: “Tú eres justo en todo lo que ha venido sobre nosotros; porque rectamente has hecho, mas nosotros hemos hecho lo malo” (comp. Lamentaciones de Jeremías 1:18). El que recibió el testimonio de Jesús “ha puesto su sello a esto, que Dios es veraz” (Juan 3:33 V.M.; véase también Romanos 3:4). Sellar es formalmente aprobar una declaración, garantizarla y comprometerse a respetarla. Los príncipes, los levitas y los sacerdotes estampan así sus sellos (dicho de otro modo, sus firmas) para confirmar su acuerdo.

De esa larga confesión retengamos todavía dos enseñanzas muy importantes: en primer lugar, para juzgar un mal es necesario remontarse tanto como fuera posible a los orígenes de ese mal por medio de una completa vuelta hacia atrás. La violación de la ley empezó con el asunto del becerro de oro; ¡éste, pues, no puede pasar en silencio! (v. 18). Luego, es precisa una confesión: decirle a Dios de una manera general: «Soy un pecador, he cometido pecados», no cuesta nada y no tiene valor a sus ojos. Él aguarda que le digamos: «Señor, soy culpable de tal cosa. Esto es lo que hice o lo que omití hacer» (véase Levítico 5:5).

Nehemías 10:28-39

Los hombres cuyos nombres son dados al principio del capítulo son los que imprimieron su sello debajo del pacto de Jehová. Sabemos que igualmente Dios tiene su sello: el Espíritu Santo. Éste es en un redimido la marca de propiedad mediante la cual Dios le reconoce y declara: «He aquí alguien que me pertenece» (Efesios 1:13 y 4:30). «Es mío» (comp. Éxodo 13:2 e Isaías 43:1). ¿Puede reconocer de esta manera a cada lector de estas líneas?

Pero, en tanto que sus propios sellos no podían conferir a los compañeros de Nehemías la fuerza para cumplir aquello a lo que se comprometían (comp. cap. 10:39 y 13:10-11), el Espíritu Santo, al contrario, es, al mismo tiempo que el sello, el poder mediante el cual el creyente obra según la voluntad divina (Efesios 3:16).

De un solo corazón todo el pueblo se asocia a sus conductores. El conocimiento de la ley, nuevamente adquirido, no es teórico para ellos. Los conduce sucesivamente a la purificación, al respeto del sábado y del año de reposo; luego al servicio de la casa y a la observancia de las instrucciones referentes a las primicias y los diezmos. “Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” dijo el Señor Jesús (Juan 13:17).

Nehemías 11:1-2; Nehemías 12:22-30

Muy poco numerosos eran los repatriados de Babilonia con relación a los que habitaban en el país antes de la transportación. Jerusalén, con sus muros reconstruidos sobre sus antiguas bases, sólo contaba con un ínfimo número de ciudadanos: entre otros estaban los que habían reparado el muro frente a su casa. Se echa suertes para traer a los que vendrán a repoblar la ciudad y a ellos se agregan los que son voluntarios. Se dan sus nombres. En efecto, Dios honra a los que renuncian a sus campos y vienen a vivir cerca de su santuario por apego a éste. No sufrirán pérdida, como lo anuncia el salmo 122:6: “Jerusalén: sean prosperados los que te aman”.

Han sido hechas promesas respecto de la Jerusalén del reino de los mil años (Zacarías 2:4; Isaías 33:20; Isaías 60). Pero promesas más hermosas todavía conciernen a la santa ciudad, la Jerusalén celestial. Dios, quien la ha «dispuesto» para Cristo (Apocalipsis 21:2), también la ha «dispuesto» para los que le pertenecen y han renunciado a poseer aquí abajo una ciudad permanente (Hebreos 11:16). Esa maravillosa ciudad no está hecha para permanecer vacía. Dios mismo habitará en ella en medio de los suyos. Sin embargo, para penetrar en ella es indispensable una condición: haber lavado “sus ropas” por la fe en la sangre del Cordero (Apocalipsis 22:14). ¿Lo hizo usted?

Nehemías 12:31-47

La ceremonia de la dedicación del muro, la que empieza en el versículo 27, se desarrolla en medio de una gran alegría. Dos cortejos formados por cantores y acompañados por trompetas emprenden juntos la marcha por el camino de la ronda de guardia, sobre la muralla, cada uno por su lado. Uno es conducido por Esdras, mientras que Nehemías cierra la marcha del segundo. Las dos procesiones se encuentran en las proximidades del templo, después de haber efectuado cada una la mitad de la vuelta a la ciudad. Realizaron estas palabras del hermoso salmo 48: “Andad alrededor de Sion, y rodeadla; contad sus torres. Considerad atentamente su antemuro...” (Salmo 48:12-13).

Cuando llegan a la casa de Jehová, los dos coros reunidos hacen oír su voz y se ofrecen numerosos sacrificios en medio del regocijo general. El versículo 43 nos señala tres cosas respecto de ese gozo. Primeramente, que tiene su fuente en Dios: “Dios los había recreado con grande contentamiento”. Luego, que todos participan de él, inclusive los niños. Lo que alegra a sus padres, también los alegra a ellos. Finalmente, que ese gozo “fue oído desde lejos”. El mundo que nos rodea ¿puede ver y oír que somos gente feliz?

Nehemías 13:1-14

Nehemías había sido obligado a volver junto al rey. Tobías, el enemigo muy conocido, aprovechando su ausencia, había conseguido hacerse asignar una de las cámaras contiguas a la casa de Jehová, gracias a la complicidad de uno de los sacerdotes. Éste no era otro que Eliasib, quien ya se había mostrado tan negligente en el momento de la construcción del muro. Y los porteros, los varones que en el capítulo precedente habían sido “puestos... sobre las cámaras de los tesoros” (cap. 12:44), tampoco habían guardado lo que su Dios les había dado para guardar.

Al volver, Nehemías, presa de la indignación, arroja él mismo todos los muebles de Tobías fuera de la cámara. Luego hace limpiar las cámaras y volver allí los utensilios y las ofrendas (comp. Mateo 21:12-13). ¡A veces nuestros corazones son como esas cámaras en que el mundo pone sus cosas en el lugar de lo que pertenecía a Dios y servía como ofrendas!

Esa primera negligencia había acarreado otras, y Nehemías debe todavía preocuparse por las porciones de los levitas, así como por la vigilancia y la repartición de los diezmos traídos por el pueblo.

Nehemías 13:15-31

Pese al compromiso que el pueblo había contraído (cap. 10:31), el reposo del sábado ya no era respetado. Nehemías toma las más enérgicas medidas para remediar esa situación.

Queridos hijos de Dios, ¿no deberíamos darle por lo menos tanta importancia al día del Señor como Israel a su sábado? Por cierto, no estamos bajo la ley. Pero es triste que el domingo pueda ser considerado por algunos cristianos como un simple día de reposo o de ocio. ¡O que sea empleado para un trabajo escolar que se podría haber terminado en la víspera!

Por contraste, ¿en qué nos hacen pensar esas puertas que era necesario cerrar durante la noche para protegerse de los peligros del mundo exterior? ¿No nos dirigen una vez más hacia la santa ciudad de la cual está dicho: “Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche... No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira”? (Apocalipsis 21:25 y 27).

Ahora la cortina de la historia cae sobre Israel. Sólo se levantará cuatro siglos más tarde (exactamente cuatrocientos cuarenta años) para dar paso a su Libertador y Mesías en la primera página del Nuevo Testamento.

navigate_before Esdras Ester navigate_next

vertical_align_top Arriba