Mateo

Mateo 1:1-17

La voz de Dios para Israel, a través de los profetas, se había silenciado durante cuatrocientos años. Para Dios, “vino el cumplimiento del tiempo” (Gálatas 4:4). Entonces habla “por el Hijo” y hace conocer a su pueblo, al mundo, y a usted personalmente, la buena nueva del Evangelio (Hebreos 1:1-2). Ésta se resume en pocas palabras: el don de su amado Hijo, Jesús. Pero, ¿cómo llegar al conocimiento de tal persona con nuestros espíritus limitados? Dios proveyó para ello dándonos cuatro evangelios a fin de permitirnos considerar la gloria de su Hijo bajo diferentes aspectos, tal como se pone de relieve un objeto de gran precio bajo distintas luces. Mateo es el evangelio del Rey. Es necesaria una genealogía para ubicar al Mesías en el marco de las promesas hechas a Abraham y para comprobar de manera irrefutable su título de heredero al trono de David (Gálatas 3:16 y Juan 7:42). De esa larga lista ciertos nombres, tristemente célebres (Acaz, Manasés, Amón), no fueron borrados. Otros nombres como Rahab, Rut, la mujer de Urías, recuerdan la gracia divina hacia aquellos que no tenían ningún derecho. Antes de revelar al Salvador, Dios atestigua una vez más que en todas las generaciones, trátese de un patriarca, de un rey, de una mujer de mala reputación, etc., todos necesitamos la misma salvación y el mismo Evangelio.

Mateo 1:18-25; Mateo 2:1-6

Jesús entró en este mundo como todos los hombres, es decir, por el nacimiento. A José y María se les concedió un honor especial: fueron elegidos para acoger y criar al Hijo de Dios en su infancia.

Los designios de Dios se cumplen; según las profecías, el nacimiento del heredero al trono de David tendría lugar en la ciudad real de Belén. Nótese que en este evangelio no se habla del pesebre que le sirvió de cuna, y tampoco de nada que recuerde su pobreza. Al contrario, Dios hizo que su Hijo fuera honrado por nobles visitantes: los magos venidos del Oriente. En cuanto a los principales de entre los judíos, ninguno estaba moralmente capacitado para ir a postrarse delante del Mesías de Israel. Además, no deseaban su venida. Esta época fue una de las más tenebrosas en la historia de dicho pueblo. El cruel Herodes, un edomita, reinaba en Jerusalén, violando la ley según la cual ningún extranjero debía ser rey en Israel (Deuteronomio 17:15). A excepción de un pequeño número de almas piadosas, las cuales muestra el evangelio de Lucas, nadie en Israel esperaba al Cristo. Y hoy, entre los que se dicen cristianos, ¿cuántos esperan verdaderamente su retorno?

Mateo 2:7-23

Después de un largo viaje, que prefigura lo anunciado en el Salmo 72:10, los magos fueron conducidos hacia el niño por medio de una estrella. ¡Qué motivo de gran gozo para ellos! Lo encontraron, le rindieron homenaje y regresaron a su tierra “por otro camino”. ¿No es esa la historia de todo aquel que viene al Salvador?

Los designios homicidas de Herodes fueron frustrados, así como los de Satanás quien buscaba desembarazarse, desde su entrada en el mundo, de Aquel que sería su vencedor. El viaje a Egipto, ordenado por Dios para librar al niño de esos planes criminales, también ilustra la gracia de Aquel que quiso seguir el mismo camino que su pueblo antiguamente. Dos nombres fueron dados al Hijo de Dios en el capítulo precedente (1:21): Jesús (Jehová salva), tan precioso al corazón de cada creyente, y (1:23): Emanuel (Dios con nosotros). Ahora se agrega el de Nazareno (v. 23), con un triple significado: Jesús fue moralmente separado y consagrado a Dios (según Números capítulo 6). También fue el retoño que brotó del tronco de Isaí, padre de David (véase Isaías 11:1). Por último, durante treinta años, fue un ciudadano desconocido de Nazaret, la ciudad menospreciada (véase Juan 1:46).

Mateo 3:1-17

Como un embajador que precede a un alto personaje, Juan el Bautista proclamaba la inminente venida del Rey. Pero éste no podía gobernar en medio de un pueblo indiferente a su estado pecaminoso. La predicación de Juan era, pues, un llamado al arrepentimiento. En cambio, a los fariseos y a los saduceos que venían a su bautismo con su propia justicia les anunciaba el juicio.

Podemos comprender que Juan se haya desconcertado cuando Aquel cuyo calzado no se estimaba digno de llevar (v. 11) se presentó para ser bautizado por él. Pero en el versículo 15 oímos la primera palabra pronunciada por Jesús en este evangelio: “Deja ahora, porque así conviene”. El hombre sólo supo hacer el mal; desde entonces convenía dejar que Dios actuara en Cristo para que se cumpliese “toda justicia”. “Entonces le dejó”, se dice de Juan, aunque fue él quien lo bautizó. A nosotros también nos conviene dejar actuar al Señor. Luego Jesús subió del agua; no tuvo ninguna confesión que hacer, pues “no hizo pecado”. Los cielos se abrieron para dar un doble testimonio: el Santo Espíritu descendió sobre Él, como el aceite de la unción que antiguamente designaba al rey (1 Samuel 16:13). Al mismo tiempo Jesús recibió de su Padre una maravillosa palabra de amor y aprobación.

Mateo 4:1-11

Investido con el poder del Espíritu Santo, Jesús estaba preparado para cumplir su ministerio. Pero, como todo siervo de Dios, era necesario que primeramente fuera puesto a prueba. Para ello tuvo que enfrentarse con su enemigo. A fin de desviar del camino de la obediencia a un hombre de Dios, Satanás utiliza principalmente dos tácticas: presenta las cosas temibles del camino (Cristo lo viviría muy especialmente en Getsemaní), o, al contrario, ofrece objetos deseables al lado del camino. Fue lo que el diablo hizo en este caso. Hasta supo disfrazar su tentación bajo una apariencia de piedad: la acompañó con un versículo de la Palabra de Dios. Pero al citar el Salmo 91, versículos 11 y 12, se cuidó bien de no agregar el versículo siguiente que hace alusión a su propia derrota: “Sobre el león y el áspid pisarás; hollarás al cachorro del león y al dragón”. El áspid es la serpiente a la cual le fue anunciado que Cristo, la “simiente” de la mujer, le heriría en la cabeza (Génesis 3:15). Mientras que en el Edén el primer Adán sufrió una triple derrota a causa de “los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida” (1 Juan 2:16), en el desierto el Hombre perfecto triunfó sobre la serpiente antigua por la soberana Palabra de Dios (Salmo 17:4). Y porque “el mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:18).

Mateo 4:12-25

En el versículo 16 la cita de Isaías 9:1-2 sufre un ligero cambio. En los tiempos de este profeta, el pueblo todavía “andaba” en las tinieblas. Ahora ya está “asentado”, ha tomado lugar lejos de la luz de Dios, ha perdido el ánimo y toda esperanza. Es precisamente el momento en que Dios puede intervenir. Aquel que es “la luz” aparece trayendo la liberación. A su llamado, atraídos por su amor, algunos discípulos se unieron a Él y lo siguieron. Dos aquí, dos allá, Simón y Andrés, Jacobo y Juan. Para esos hombres era el momento decisivo, el que súbitamente cambiaba sus vidas y del cual no se olvidarían jamás (19:27). Sí, al instante dejaron a su padre, la barca y las redes, para hallar un Maestro como nunca hubo otro igual y la promesa de una nueva tarea: serían pescadores de hombres. Llegado el momento, Jesús haría de ellos evangelistas y apóstoles.

No todos los cristianos están llamados a abandonar su trabajo o a renunciar a los lazos familiares, pero todos han oído alguna vez la voz conocida que les dice: “Sígueme”. ¿Ha respondido usted a esta voz?

Los versículos 23 y 24 resumen admirablemente toda la actividad de amor del Señor Jesús.

Seguid al Maestro por todo lugar,

En días de lucha o días de paz.

Mateo 5:1-16

Seguir a Jesús primero significa obedecerle (Juan 12:26). Luego se manifestarán en nosotros los mismos caracteres que en él. El Señor enseña esas cualidades a sus discípulos, así como a todos los que quieran seguirlo, en el incomparable sermón del monte. Bienaventurados los que tienen una fe simple: los que se afligen a causa de la maldad del mundo y no se cansan de practicar la bondad y la compasión, los que por el nombre del Señor soportan toda clase de injusticias y persecuciones… Ese no es el tipo de felicidad que desea la mayoría de la gente, sino todo lo contrario. Pero para ser felices, bienaventurados, a los creyentes les basta tener la aprobación del Señor.

Los versículos 13 y 14 hablan de su estado actual. “Sois (no dice tendríais que ser) la sal de la tierra… la luz del mundo”. El cristiano representa a su Maestro ausente. Al estar apartado del mal, cumple en este mundo el papel de la “sal” que preserva de la corrupción. En segundo lugar, es la “luz” responsable de hacer brillar los caracteres morales de Dios ante los hombres y primeramente ante “todos los que están en casa”: su propia familia.

El almud, recipiente que servía de medida, simboliza la actividad, mientras que la cama (véase Lucas 8:16) es figura de la pereza. Tanto uno como otro son capaces de apagar el resplandor que debería tener todo hijo de Dios.

Mateo 5:17-30

Estos versículos no se pueden leer sin sentir temor. El Señor no sólo declara que no ha venido para abrogar la terrible ley de Dios que condenaba a todos, sino que da una interpretación aún mucho más estricta de la voluntad divina. Hasta entonces, un judío piadoso podía esperar merecer la vida eterna cuando más o menos había guardado estas cosas desde su juventud (Marcos 10:20). Ahora las palabras de Jesús acaban con sus ilusiones al respecto. ¿Si tales son las exigencias de la santidad de Dios, quién, pues, puede ser salvo? Sí, en este hombre incomparable estaba la plena medida de la justicia divina. Pero la misma persona que había venido para hacerla conocer, también había venido para cumplirla en nuestro lugar (v. 17; Salmo 48:8-10).

El antiguo judaísmo no se preocupaba por lo que Dios pensaba de la ira y de las miradas impuras; condenaba sólo sus frutos extremos: el homicidio y el adulterio. Los mandamientos del Señor, al contrario, se remontan a la fuente de esos hechos culpables y nos hacen tomar conciencia de que ella está en nuestro corazón y es capaz de producir los mismos efectos (15:19). Antes de apropiarnos de la gracia es necesario que comprendamos cuánto la necesitamos.

Mateo 5:31-48

No nos olvidemos de que quien habla aquí es el Mesías, el Rey de Israel. Su enseñanza ha sido llamada la carta del reino, pues expone los requisitos que tendrán que satisfacer sus súbditos. Pero qué diferencia con las constituciones y los códigos de este mundo, los cuales están basados en la defensa de los derechos de las personas y en la regla egoísta: «Cada uno por su lado», mientras que la enseñanza de Jesús no sólo establece principios de no-violencia, sino de amor, humildad y renunciamiento, absolutamente extraños al espíritu de este mundo. Algunos piensan que tales preceptos son inaplicables en la tierra, y que los cristianos que los realicen fielmente podrían ser víctimas indefensas a merced de cualquier abuso. Estemos seguros de que Dios sabría protegerlos. Además, tal comportamiento sería un poderoso testimonio capaz de confundir y hasta convertir a los que quisieran perjudicar al creyente. Los versículos 38 a 48 nos humillan y nos juzgan. ¡Qué distancia nos separa de Aquel que “padeció por nosotros, dejándonos ejemplo… quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente”! (1 Pedro 2:21-23; véase también Santiago 5:6; Isaías 50:6). Lo que daba autoridad a las enseñanzas del Señor era que Él ponía en práctica lo que enseñaba (7:29).

Mateo 6:1-18

Las limosnas (v. 1-4), las oraciones (v. 5-15) y los ayunos (v. 16-18) son tres de las principales maneras por las cuales los hombres creen cumplir con sus «obligaciones religiosas». Cuando estas acciones se hacen para ser reconocidos por los demás, la consideración que uno saca de ello, ya le sirve de recompensa (Juan 5:44). Pero ¡ay!, el corazón humano es tan malo que se sirve de las mejores cosas para darse importancia. Las más generosas donaciones… con tal que se vean, pueden ir a la par con el peor egoísmo: la contrición puede estar en el rostro… y el contentamiento de sí mismo en el fondo del corazón.

El Señor nos enseña cómo orar. No se trata de un acto meritorio, sino de la humilde presentación de nuestras necesidades a nuestro Padre celestial, en lo secreto de nuestro aposento. ¿A menudo nuestras oraciones no son frases maquinales o vanas repeticiones? (Eclesiastés 5:2). Sí, hasta la hermosa oración enseñada por nuestro Señor a sus discípulos (v. 9-13), la que estaba perfectamente adaptada a las necesidades de aquel momento, ha venido a ser una vana repetición para muchos. El hijo de Dios tiene privilegios que el israelita no poseía; puede acercarse en todo tiempo, por el Espíritu, al trono de la gracia en el nombre del Señor Jesús. ¿Aprovechamos este privilegio?

Mateo 6:19-34

El ojo bueno (sencillo, v. 22, V. M.) es el que se fija sólo en un objeto. Ese objeto, ese “tesoro” para el creyente, es Cristo. Lo contemplamos “a cara descubierta” en la Palabra, y esa visión ilumina todo nuestro ser interior (2 Corintios 3:18; 4:6-7). Nuestro corazón no puede estar en el cielo y en la tierra a la vez. Querer un tesoro celestial y, al mismo tiempo, atesorar riquezas en este mundo son dos cosas absolutamente incompatibles, como tampoco es posible servir a más de un señor a la vez (v. 24). Las órdenes a menudo serían contradictorias. Pero, renunciando a las riquezas, ¿no corremos el riesgo de carecer de lo necesario para nuestro sustento en el tiempo presente? El Señor se anticipa a esa mala excusa: “Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida…” (v. 25). Abramos los ojos como nos lo pide Jesús. Observemos en la creación los innumerables testigos de la conmovedora solicitud y bondad del Padre celestial: las flores, los pájaros… (comp. Salmo 147:9). Por cierto, Dios nunca será deudor de los que buscan “primeramente” Sus intereses antes que los suyos propios; no será deudor de los que lo escogen (Lucas 10:42). Sí, Dios “es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6), pero hay que empezar por ahí.

Mateo 7:1-14

Los versículos 1 a 6 y el maravilloso versículo 12 nos muestran las normas que deben regular todas nuestras relaciones con los hombres, con nuestros hermanos. Para tratar de solucionar ese problema, grandes pensadores de todas las civilizaciones han llenado inmensas bibliotecas con sus doctrinas sociales, políticas, morales o religiosas. Al Señor le basta un pequeño versículo para expresar su solución divinamente sabia, perfecta y definitiva. “Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas” (compárese con Romanos 13:10). Esta regla de oro tenemos la oportunidad de ponerla en práctica cada día. Aprendamos, pues, a colocarnos siempre en el lugar de los que nos rodean.

Los versículos 13 y 14 nos recuerdan que si hay dos señores, también hay dos puertas, dos caminos. La mayor parte de los hombres sigue el camino ancho, y eso a pesar del letrero estremecedor: “Lleva a la perdición” (v. 13). En cambio, pocos son los que hallan la vida, porque pocos son los que buscan el camino que conduce a ella. “Estrecha es la puerta”. Se pasa por ella sólo después de haber abandonado el equipaje de la propia justicia y del peso que tan a menudo carga nuestra vida. Amigo, ¿por cuál camino anda?

Mateo 7:15-29

Puesto que los buenos árboles se reconocen por sus buenos frutos, ¿no serán excelentes las personas del versículo 22? Se presentan con las manos llenas de obras aparentemente meritorias: profecías, milagros, demonios expulsados… pronuncian el nombre del Señor a cada instante. “Nunca os conocí”, les contestará solemnemente el Señor Jesús. Sus frutos no son los de la obediencia a Dios.

Todas esas enseñanzas no son difíciles de entender. De hecho, lo que nos falta no es comprenderlas, sino ponerlas en práctica. Por eso, al acabar sus discursos, con una corta parábola el Señor muestra la diferencia entre poner en práctica y escuchar solamente. He aquí dos casas parecidas a primera vista; ahora veamos el fundamento. Una casa es edificada sobre la roca de la fe en Jesucristo (1 Corintios 3:11); su constructor “cavó y ahondó” (Lucas 6:48). La otra casa únicamente descansa en la arena movediza e incierta de los sentimientos humanos. Hasta el día de la prueba –la prueba necesaria– podríamos confundirlas. Pero… observemos lo que le sucedió a la segunda casa. Prudente e insensato, tales son los respectivos calificativos que reciben los dos constructores. ¿A cuál de estos dos tipos de constructores pertenece usted?

Mateo 8:1-17

El servicio de amor y de justicia del Señor siguió a su enseñanza. Asistimos primeramente a tres curaciones. El leproso conocía el poder de Jesús, pero dudaba de su amor: “Si quieres, puedes…”. Jesús quiso y lo sanó (Oseas 11:3, fin).

El centurión de Capernaum, consciente de su propia indignidad así como de la autoridad todopoderosa de Jesús, se dirigió a Él: “Señor… solamente di la palabra…”. Esa fe excepcional maravilló y alegró al Señor, por eso la dio como ejemplo a los que lo seguían; y ella también nos humilla, ¿verdad? Asimismo era necesario que el Maestro actuara en las familias de los suyos. Sanó a la suegra de su discípulo Pedro. Jesús no se ocupaba de los enfermos como los médicos convencionales, que examinan, hacen un diagnóstico, ordenan un medicamento, cobran y se van. A Él no le bastó con curar. Él mismo llevó “nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (Isaías 53:4) yendo a su fuente que es el pecado. Sintió todo el peso del pecado, toda su amargura y lloró ante la tumba de Lázaro (Juan 11:35). Tal simpatía, ¿no es más preciosa que la curación en sí? Esa ha sido la experiencia de muchos cristianos enfermos.

Mateo 8:18-34

Al escriba que deseaba seguirle adondequiera que fuera, el Señor no le ocultó que su camino era el de un completo renunciamiento. Hasta las aves del cielo, de las cuales el Padre celestial cuida (6:26), tienen más abrigo en este mundo que su Creador. ¡Qué humillación la suya! En esta tierra no tuvo donde recostar (o bajar) su cabeza (en Juan 19:30 aparece el mismo verbo griego). En el versículo 21 otro discípulo contestó a su invitación con una excusa aparentemente justificada. ¿Qué más legítimo que asistir al entierro de su padre? Sin embargo, por más urgente que parezca un deber, ningún “primeramente” puede tomar el lugar de lo que Jesús ha ordenado (6:33). No se nos dice lo que esos dos hombres decidieron hacer a continuación. Lo que nos importa saber es si nosotros hemos contestado al llamado del Señor Jesús.

La tan conocida y hermosa escena de la travesía del mar durante la tempestad ilustra el viaje terrenal del creyente. Éste encuentra muchas tormentas, pero su Salvador es también el Señor de los elementos y lo acompaña (Salmo 23:4). Él gobierna al viento y al mar, la enfermedad, la muerte y los poderes satánicos, como lo demuestra la liberación de los dos endemoniados en la tierra de los gadarenos.

Mateo 9:1-17

Las distintas enfermedades que el Señor encontró y sanó son otros tantos aspectos de la triste condición en la cual halló a su criatura. La lepra hace énfasis en la mancha del pecado, la fiebre señala la agitación incesante del hombre de este mundo. El endemoniado está bajo el poder de Satanás, mientras que el mudo, el ciego y el sordo tienen los sentidos cerrados a los llamados del Señor y no saben pedirle. Por último, el paralítico demuestra la incapacidad total del hombre para ir hacia Dios (Juan 5:7). El enfermo no dice nada… sólo espera. El divino Médico (v. 12) sabe que una enfermedad mucho más grave roe el alma de ese paralítico y empieza por curarlo de aquélla: “Tus pecados te son perdonados”. ¿De qué tendríamos que preocuparnos más en nosotros y en los demás: de una enfermedad o del pecado?

Después tenemos el llamamiento de Mateo, que es contado por él mismo. Él también formaba parte de esos pecadores por los cuales Cristo vino. Por último, la pregunta de los discípulos de Juan brinda la oportunidad para presentar una nueva enseñanza: los odres viejos de la religión judaica ya no servían para contener el vino nuevo del Evangelio.

Mateo 9:18-38

Los evangelios están lejos de relatar todos los milagros hechos por Jesús, según dice el apóstol Juan en el capítulo 21 de su evangelio. En su Palabra Dios sólo hizo constar por escrito los que corresponden a una enseñanza útil para nosotros. Tal es el caso de la resurrección de la hija de Jairo. Este hecho tiene, entre otras, una aplicación profética. Se ve al Señor como estando de camino para volver a dar la vida a su pueblo Israel. Mientras tanto (en lo que viene a ser el tiempo actual) está a disposición de todos los que lo buscan por la fe, como lo hizo la mujer del versículo 20 que tocó el borde de su manto con la esperanza de ser curada. En efecto, Jesús tenía todo el poder para sanar cualquier enfermedad y dolencia. Tenía bastante amor en su corazón para sentir compasión por su pueblo, como el verdadero pastor de Israel. Si de vez en cuando hallaba fe, como en los dos ciegos, desgraciadamente, también a menudo chocaba con la más terrible incredulidad de los fariseos.

Nosotros que atravesamos el mismo mundo y padecemos las mismas necesidades, pero con corazones a menudo insensibles (Santiago 2:15-16), pidamos a Dios que nos dé una visión más amplia y clara de Su gran mies (Juan 4:35) y supliquemos al Señor de la mies que envíe nuevos obreros.

Mateo 10:1-23

Los doce discípulos han pasado a ser apóstoles. Al citarlos, Mateo el publicano recuerda su origen (véase 21:31). Después de haber sido instruidos por las palabras y el ejemplo del divino Maestro, son enviados (ese es el sentido de la palabra apóstol) como obreros a la mies. Un niño no seguirá siendo niño y yendo a la escuela toda la vida, es evidente, pero en cierto sentido el creyente siempre está en la escuela de Dios. Pero tarde o temprano tendremos que haber aprendido lo esencial de nuestras lecciones, en particular la de nuestra incapacidad. Sólo entonces el Señor podrá utilizarnos.

Notemos algunos puntos importantes: es el Señor quien llama, califica, envía, dirige, sostiene, alienta y recompensa a sus siervos. Ellos no van por su propia voluntad ni mandados por los hombres. No esperan de éstos ningún salario, sino que dan gratuitamente lo que han recibido por gracia. ¡Cómo esas simples verdades han sido perdidas de vista en la cristiandad! Bajo la forma de comités, jerarquías y diversas organizaciones, personas a menudo bien intencionadas se han interpuesto entre el Señor y sus obreros para el más grave perjuicio de estos últimos, y sobre todo, del trabajo que les había sido confiado.

Mateo 10:24-42

“El discípulo no es más que su maestro” (v. 24): no puede pretender ser tratado mejor que Él. Que sea cristiano o judío del tiempo de la tribulación venidera, el verdadero discípulo tendrá que contar con una oposición semejante a la que Jesús encontró por parte de un mundo injusto y cruel. Pero será la oportunidad de gustar todos los recursos de la gracia, esa gracia maravillosa que conoce y cuida al rescatado (v. 30; véase 2 Corintios 12:9-10).

Al creyente fiel no sólo lo alcanza el odio del mundo, sino también frecuentemente la hostilidad de su propia familia (v. 36). ¡Pero no se desanime! El Señor lo ha anunciado de antemano y tiene recursos para ello.

Tomar su cruz es llevar la señal de los condenados a muerte. Dicho de otro modo, es demostrar que se han abandonado los placeres mundanos, que se ha dejado de lado la propia voluntad. Desde el punto de vista humano, esto significa perder su vida. Mas desde el punto de vista divino, el Maestro declara que es la única manera de ganarla. Pero tiene que ser por un motivo esencial: por amor a Él (2 Corintios 5:14-15).

Mateo 11:1-19

El Señor no se contentó con mandar a sus discípulos, sino que siguió su propio ministerio. En cambio, Juan el Bautista, desde el capítulo 4:12, terminó el suyo en la cárcel de Herodes. La pregunta que mandó hacer a Jesús por medio de sus discípulos nos deja ver su desaliento y perplejidad. Jesús, del que había sido su ferviente precursor, no establecía su reino ni hacía nada para liberarlo. ¿No era Él el Mesías prometido? El Señor contestó con un mensaje por medio del cual le hizo sentir tiernamente su falta de confianza, al decirle: “Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí”. Pero ante la muchedumbre, Jesús dio un amplio testimonio del más grande de todos los profetas (v. 7-15).

Cuando se trata de la entrada en el reino, la violencia pasa a ser una cualidad, y hasta una cualidad indispensable (v. 12). Dios nos abre todos sus tesoros, pero por nuestra parte debemos tener el ardiente deseo de poseer lo que Él nos ofrece y el santo celo de la fe que se apodera osadamente de todas las promesas divinas. ¡Ay, cuántos jóvenes se han quedado detrás de la puerta por falta de decisión y energía, por temor a las luchas y a los renunciamientos! No olvidemos que los cobardes se hallarán en compañía de los incrédulos, los homicidas y todos los demás pecadores que no se hayan arrepentido (Apocalipsis 21:8).

Mateo 11:20-30

Jesús hizo la mayoría de sus milagros en las ciudades de Galilea. Pero los corazones permanecieron cerrados, como lo había profetizado Isaías: “¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová?” (Isaías 53:1). Sin embargo, a esta pregunta Jesús pudo responder “en aquel tiempo” (v. 25) y dar gracias al Padre: “Escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños”. Y volviéndose a los hombres, los invitaba: “Venid a mí”; venid con esta fe infantil “y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Nadie, excepto Jesús, puede revelar al Padre. Aprendamos no sólo por Sus palabras, sino también por Su ejemplo (Efesios 4:20-21).

Cerca de Jesús hallamos dos cosas en apariencia contradictorias: el descanso y el yugo. El yugo es una pieza de madera pesada que sirve para uncir a los bueyes; es símbolo de obediencia y servicio. Pero el yugo del Señor es fácil. El rescatado cambia su cansancio y la carga del pecado (v. 28) por la gozosa abnegación del amor. El apóstol Pablo dice de las iglesias de Macedonia: “Doy testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas… pidiéndonos con muchos ruegos que les concediésemos el privilegio de participar en este servicio para los santos. Y no como lo esperábamos, sino que a sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros” (2 Corintios 8:3-5).

Mateo 12:1-21

Después de haber ofrecido el verdadero reposo del alma (11:28-29), el Señor Jesús hizo comprender que el reposo legal del sábado no tenía más razón de ser. Sobre esta cuestión del sábado, los fariseos trataban de sorprender en una falta, primero a los discípulos y luego al Maestro mismo. Pero cuando esto ocurrió, el Señor se sirvió de esa oportunidad para explicarles que todo el sistema basado en la ley y los sacrificios había sido dejado de lado por su venida en gracia, y les citó por segunda vez las palabras del profeta Oseas 6:6: “Porque misericordia quiero, y no sacrificio” (v. 7; véase 9:13 y Miqueas 6:6-8). ¿De qué servía la observancia del cuarto mandamiento de la ley, cuando todos los demás eran transgredidos? Pretender respetar el sábado era dar la impresión de que todo iba bien en Israel, era estimarse más justo que Dios. Mientras reinaba el pecado, nadie podía descansar: Ni el hombre, cargado con el pecado, ni Dios, pues el Padre y el Hijo trabajaban juntos para quitar el mal y sus consecuencias (Juan 5:16-17). Así, sin dejarse detener por los consejos de los malos, el perfecto Siervo seguía con su obra. La cumplió en el espíritu de humildad, de gracia y de mansedumbre que, según el profeta Isaías (42:1-4), debían permitir reconocerlo.

Estas cualidades siguen siendo de gran precio para el corazón de Dios (comp. 1 Pedro 3:4).

Mateo 12:22-37

Los fariseos odiaban al Señor Jesús porque estaban celosos de su poder, así como de su autoridad sobre la muchedumbre. Negaban el origen de ese poder porque no podían negar los milagros mismos. Como ya lo habían hecho antes (9:34; 10:25), atribuyeron al príncipe de los demonios el poder del Santo Espíritu que Dios había dado a su muy amado Hijo (v. 18; comp. Marcos 3:29-30). Esta es la blasfemia contra el Espíritu Santo, el pecado que no puede ser perdonado. Por el contrario, la obra del Señor era la prueba de su victoria sobre Satanás, el hombre fuerte, a quien Él había “atado” en el desierto (4:3-10) por medio de la Palabra, y a quien ahora quitaba sus cautivos (Isaías 49:24-25). Luego, Jesús les mostró a esos fariseos que ellos mismos estaban bajo el imperio de Satanás: eran malos árboles produciendo malos frutos.

“De la abundancia del corazón habla la boca”. Si nuestro corazón está lleno de Cristo, será imposible no hablar de Él (Salmo 45:1); de manera inversa, los malos pensamientos, escondidos en lo más profundo de nosotros mismos, tarde o temprano subirán a nuestros labios. Y de toda palabra ociosa, es decir, simplemente inútil, cada uno tendrá que rendir cuenta un día.

Mateo 12:38-50

En el capítulo 12 se acaba la primera parte de este evangelio. El Mesías, después de haber sido rechazado por quienes debieron ser los primeros en recibirlo, empezó a hablar de su muerte y de su resurrección. Era el gran milagro que quedaba por cumplir, del cual los judíos poseían una señal: la historia de Jonás, que fue tragado por el gran pez. Al mismo tiempo, el Señor mostró a los escribas y a los fariseos su aplastante responsabilidad, ya que ellos eran mucho más conocedores de la Palabra de Dios que los paganos de Nínive o que la reina de Saba. ¡Y cuánto sobrepasaba Él mismo a Jonás o a Salomón! Él había venido para habitar en la casa de Israel, echando al demonio y barriendo la idolatría (comparar 8:31 y 12:22-23). Pero como no había sido recibido, la casa quedaba vacía, pronta para abrigar un poder maligno mucho más terrible que el primero. Eso es lo que sucederá a Israel bajo el reinado del anticristo.

A la pregunta: “¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?”, Jesús contestó extendiendo la mano hacia sus discípulos: “He aquí mi madre y mis hermanos”. Con eso mostraba que tenía que romper las relaciones terrenales y naturales con su pueblo. En contraste, desde el capítulo 13, explicó qué es el reino de los cielos y quién puede ser recibido en Él.

Mateo 13:1-17

El corazón del pueblo judío se había endurecido. Voluntariamente habían cerrado sus ojos y sus oídos (v. 15). Por eso, de ahora en adelante, Jesús les hablaría en parábolas, de una manera oculta. Sus enseñanzas estarían reservadas sólo a sus discípulos. Los versículos 18 y 36 comprueban que el Señor siempre está dispuesto a explicar a los suyos lo que desean comprender. La Biblia contiene muchas cosas difíciles y oscuras para nuestra inteligencia natural limitada (Deuteronomio 29:29). Pero la explicación nos será dada en el momento oportuno, si tal es nuestro verdadero deseo (Proverbios 28:5). No nos dejemos, pues, desanimar por los pasajes o las expresiones que no entendemos inmediatamente. Pidamos al Señor que nos explique su Palabra.

El rechazo del Mesías por parte de Israel tuvo aún otra consecuencia: no habiendo hallado fruto para recoger en medio de su pueblo, el Señor sembró el mundo con la palabra del Evangelio. En Santiago 1:21 es llamada “la palabra implantada”, la que tiene el poder de salvar a las almas. Pero aunque haya una sola clase de semilla, no todos reciben la Palabra de la misma manera. ¿Con qué disposición de corazón la recibe usted?

Mateo 13:18-30

En su perfecto conocimiento del corazón humano, el Señor distingue cuatro clases de personas entre los que oyen su Palabra. La primera es comparada a la tierra del camino, endurecida a base de ser pisoteada por el mundo. ¿Nuestro corazón se parecería a este camino sobre el cual el mundo pasa y vuelve a pasar de manera que la Palabra no puede penetrar más en Él?

Otros, como esos pedregales, son espíritus superficiales. Su conciencia no ha sido profundamente labrada por la convicción del pecado. Por eso la pasajera emoción experimentada al oír el Evangelio no es más que apariencia de fe. La verdadera fe tiene, necesariamente, raíces invisibles, pero se reconoce gracias a su fruto visible. Sin obras, la fe está muerta, ahogada como esos granos entre los espinos (Santiago 2:17). Pero la semilla también cae en buena tierra, en donde la espiga puede madurar a su tiempo.

La parábola de la cizaña nos enseña que el enemigo no sólo arrebató la buena semilla cada vez que lo lograba (v. 19), sino que sembró mala semilla mientras los hombres dormían. El sueño espiritual nos expone a todas las malas influencias, por lo que somos exhortados continuamente a ser vigilantes (Marcos 13:37, 1 Pedro 5:8).

Mateo 13:31-43

En las seis parábolas del reino que siguen a la del sembrador, el Señor expone cuál va a ser el resultado de la siembra en este mundo. La parábola del grano de mostaza que llega a ser un gran árbol describe la forma exterior que tomó el reino de los cielos después de que el Rey fuese rechazado, mientras la de la levadura escondida en la masa, destaca una obra secreta que altera su carácter. Es el tiempo de la Iglesia responsable. Después de haber empezado con un pequeño número de personas (algunos discípulos), el cristianismo tuvo el gran desarrollo que conocemos. Pero su éxito y extensión en el mundo no son la prueba de la bendición y de la aprobación de Dios, ni lo protegen de los ataques de Satanás. Muy temprano fue invadido por el mal: los pájaros (v. 4 y 19) y la levadura.

La mezcla que caracteriza a la cristiandad profesante también es ilustrada por la parábola de la cizaña en el campo. Se sabe que el nombre de cristiano es llevado hoy en día por todos los que han sido bautizados, sean o no verdaderos hijos de Dios. El Señor soporta este estado de cosas hasta el día de la siega (Apocalipsis 14:15-16). La suerte final de los unos y de los otros mostrará lo que había en el corazón de cada uno de ellos.

Mateo 13:44-58

Las cortas parábolas del tesoro y de la perla subrayan dos verdades maravillosas: una, el gran precio que la Iglesia tiene para Cristo y que Él pagó para adquirirla –vendió todo lo que tenía; dio hasta su vida– y otra, el gozo que encuentra en ella. En el versículo 47, la red del Evangelio está echada en el mar de las naciones. El Señor había anunciado a sus discípulos que haría de ellos pescadores de hombres. He aquí, pues, los siervos trabajando. Pero no todos los peces son buenos, como tampoco son verdaderos creyentes todos los cristianos de nombre. Mas la Palabra permite conocerlos. El buen pez se reconoce por sus escamas y sus aletas (Levítico 11:9-11) y el verdadero creyente por su armadura moral, por su capacidad para resistir la penetración del mal y por no dejarse arrastrar por la corriente del mundo.

Al lado del tesoro que el Señor ha encontrado en los suyos (v. 44), el versículo 52 nos muestra el que el discípulo halla en su Palabra. ¿Ésta es para usted el tesoro de donde sabe sacar “cosas nuevas y cosas viejas”? Este capítulo termina tristemente como el precedente, que habla sobre la incredulidad de la muchedumbre que no ve en Jesús más que “el hijo del carpintero”, de manera que su gracia no puede ejercerse para con ella.

Mateo 14:1-21

El capítulo 11 nos muestra a Juan el Bautista en la prisión. Aquí vemos que fue echado allí por orden de Herodes el tetrarca, hijo del rey Herodes que hallamos en el capítulo 2. ¿Y por qué motivo? Porque Juan no había tenido miedo de reprenderlo por haber tomado la mujer de su hermano. Ahora el fiel testigo pagaba con su vida la verdad que tuvo la valentía de decir al rey. Su muerte formó parte de las diversiones y festejos de la corte real; fue el terrible salario del placer con el que se gozó el malvado monarca (comparar Santiago 5:5-6). Herodes, aunque estuviese afligido en ese momento, en realidad acariciaba desde hacía mucho tiempo el secreto deseo de matar a Juan (v. 5). Porque al odiar la verdad, también odiaba a quien la anunciaba (Gálatas 4:16). Humanamente hablando, este final de Juan era trágico y horrible. ¿Quién de nosotros quisiera semejante destino con tal desenlace? Pero a los ojos de Dios, ese fue el glorioso fin de “su carrera” (Hechos 13:25).

Uno puede imaginarse lo que fue para Jesús la noticia de la muerte de su predecesor. Era ya como el anuncio de su propio rechazo y de su cruz. Parece que su tristeza le hizo sentir la necesidad de estar solo (v. 13). Pero la multitud lo alcanzó, y su corazón, pensando siempre en los demás, se compadeció de la gente y cumplió en su favor el gran milagro de la primera multiplicación de los panes.

Mateo 14:22-36

La escena de la barca en medio de la tempestad es una imagen de la posición actual de los redimidos del Señor. Mientras Él está en los cielos, orando e intercediendo por los suyos, ellos atraviesan a duras penas el mar agitado de este mundo. Es la noche moral: el enemigo, fomentando la oposición de los hombres, actúa como el viento y las olas que prácticamente anulaban los esfuerzos de los remeros. Pero Jesús vino al encuentro de los suyos.

Su voz familiar tranquilizó a los pobres discípulos: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis! Y la fe, apoyándose en su palabra (¡ven!), llevó a Pedro hacia aquel que amaba. Mas, de un momento a otro, esta fe flaqueó y Pedro comenzó a hundirse. ¿Qué sucedió? Dejó de mirar al Maestro para fijarse en la altura de las olas y en la violencia del temporal. ¡Como si fuese más difícil caminar con Dios sobre un mar tormentoso que sobre aguas tranquilas! Pero clamó al Señor quien al momento vino a socorrerlo.

Luego Jesús fue recibido en la comarca de Genesaret, donde anteriormente sólo había podido hacer pocos milagros, por motivo de la incredulidad de los habitantes (cap. 13:58). Esta acogida es una figura del momento en el cual su pueblo, que lo rechazó, lo reconocerá, le rendirá homenaje y será liberado por Él.

Mateo 15:1-20

El celo religioso de los fariseos se limitaba a observar estrictamente cierto número de formas exteriores y tradiciones. Bajo el manto de esta piadosa apariencia, que puede impresionar a los hombres pero que no puede engañar a Dios, seguían las inclinaciones de su corazón. Por avaricia habían llegado hasta faltar a los deberes más elementales, como el de proveer a las necesidades de sus padres (v. 5; comp. Proverbios 28:24). La pregunta del Señor (v. 3) responde a la vez a la de los fariseos (v. 2). Éstos, por sus tradiciones, anulaban los mandamientos de Dios. Entonces Jesús, cuyas delicias eran esos mandamientos, confundió a estos hipócritas por medio de las Escrituras. Luego, dirigiéndose a sus discípulos que también estaban desconcertados por sus palabras, puso de relieve la maldad del corazón humano y demostró su completa ruina. Sí, las manos pueden estar cuidadosamente lavadas mientras el corazón está lleno de suciedades.

Reconozcamos cuán verdadero es el inventario abrumador del contenido del corazón humano, de nuestro propio corazón (v. 19-20), aunque lo ocultemos bajo respetables y halagüeñas apariencias.

Mateo 15:21-39

Jesús visitaba la región de Tiro y de Sidón. Esas ciudades paganas, como Él mismo lo había declarado, eran menos culpables que las de Galilea, donde había efectuado la mayoría de sus milagros (11:21-22). Pero no tenían ninguna parte en las bendiciones del “Hijo de David”, pues eran ajenas a los pactos de la promesa (Efesios 2:12). Éste también era nuestro caso, no lo olvidemos. El Señor empezó por hacer notar esto, con una expresión inusual en Él, a la pobre cananea que le suplicaba por su hija. Esa mujer reconoció su completa indignidad. Entonces la “gracia” pudo brillar con todo su esplendor. En efecto, si de parte del hombre hubiera el más mínimo derecho o mérito, no se trataría de gracia, sino de algo merecido (Romanos 4:4). Para medir mejor la grandeza de esta gracia hacia nosotros, no olvidemos nunca nuestra miseria e indignidad delante de Dios.

Luego el Señor se vuelve nuevamente hacia su pueblo. Según la expresión del Salmo 132:15, Él bendice abundantemente su provisión y sacia de pan a sus pobres. Lo que lo hace obrar en este segundo milagro, así como en el primero, es su maravillosa compasión hacia la multitud (v. 32; 14:14).

Mateo 16:1-12

Una vez más los fariseos pidieron una señal (12:38), y una vez más Jesús les recordó la señal de Jonás, figura de su próxima muerte. Los cristianos que hoy hemos llegado a la víspera del retorno del Señor Jesús tampoco tenemos que esperar más señales antes de su venida. Nuestra fe descansa en la promesa del Señor y no en signos visibles: de otra manera no sería fe. Y, sin embargo, ¡cuántos indicios nos muestran que estamos llegando al final de la historia de la Iglesia en la tierra! El orgullo del hombre crece más que nunca; el mundo cristianizado manifiesta los caracteres anunciados en 2 Timoteo 3:1-5. También hay señales exteriores: el pueblo judío vuelve a su país; las naciones europeas tratan de unirse en el marco del antiguo imperio romano… Abramos los ojos, levantémoslos hacia el cielo: Jesús viene.

El Señor dejó a los incrédulos y se fue (v. 4). Pero sus propios discípulos también lo entristecieron por su falta de confianza y de memoria, así como lo afligieron en el capítulo 15:16-17. Y nosotros, ¿no nos asemejamos a ellos muchas veces? Recordemos la exhortación que Dios nos hace por medio de Pedro: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5:7).

Mateo 16:13-28

La pregunta que Jesús hizo a sus discípulos nos muestra que las opiniones con respecto a Él estaban divididas, y esto se mantiene hasta hoy. Pero usted, ¿puede decir quién y qué es él para usted? El Padre inspiró una magnífica confesión a Simón: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (v. 16). Este es el firme fundamento sobre el cual el Señor ha edificado su Iglesia, de la cual cada creyente, al igual que Simón, ha venido a ser una piedra viva. ¿Cómo podrían las fuerzas del mal prevalecer en contra de lo que pertenece a Cristo y que fue por Él mismo construido? Y Jesús honró a su discípulo con una misión especial: la de abrir (por sus predicaciones) las puertas del reino a los judíos y a las naciones (Hechos 2:36; 8:14; 10:43). Desde entonces Jesús, refiriéndose a la Iglesia, hablaba al mismo tiempo del precio que pagaría para adquirirla: sus sufrimientos y su muerte. Pero el pobre Pedro que un instante antes había hablado “conforme a las palabras de Dios” (1 Pedro 4:11), aquí se volvió el instrumento de Satanás, quien buscaba desviar a Cristo de su camino de obediencia, pero enseguida fue descubierto y rechazado.

Jesús, quien fue el primero en avanzar por la vía del completo renunciamiento, no ocultó lo que significa seguir en pos de Él (comparar 10:37-40). ¿Estamos dispuestos para seguirle, cueste lo que cueste? (Filipenses 3:8).

Mateo 17:1-13

El capítulo 16 termina con el pensamiento acerca de los sufrimientos y de la muerte de Jesús. Éste comienza hablando sobre su aparición en gloria, que responde a la promesa hecha a los discípulos: “Hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino” (16:28). Después del menosprecio del cual su Hijo había sido objeto por parte de su pueblo Israel, y de las distintas formas de incredulidad que había encontrado, Dios deseaba dar a testigos escogidos de entre los hombres una primera impresión de lo que sería su majestad real. ¡Qué escena! Sin embargo, los tres discípulos fueron incapaces de soportarla. El temor se apoderó de ellos, después del sueño (Lucas 9:32). Finalmente fue necesario que Dios hablara para impedir que su Amado fuera confundido con los dos compañeros de su gloria. Más tarde solamente, después de la resurrección, los discípulos comprendieron el alcance de esta magnífica visión, y entonces fueron autorizados para contarla. Es lo que Pedro hizo en su segunda epístola (1:17-18). Pero mientras Moisés y Elías volvieron a su descanso, el Hijo de Dios se volvió a revestir con su humilde “forma de siervo” que había dejado sólo por un momento, y bajando de la montaña, emprendió nuevamente el camino solitario de la cruz.

Mateo 17:14-27

La adoración del cristiano tiene por efecto transportarlo en espíritu al “monte” junto al Señor glorificado. ¡Quiera Dios que podamos conocer más a menudo tales momentos! Pero también es necesario saber descender nuevamente con Él en medio de las circunstancias de la vida, en este mundo en el cual reina Satanás. Esta es la experiencia que hacen los discípulos en esta ocasión. La curación del niño lunático fue la oportunidad para que Jesús subrayara el poder de la fe.

La escena de los versículos 24 a 27 es instructiva y conmovedora a la vez. Pedro, acostumbrado a obrar sin reflexionar y olvidándose de la visión de la gloria y de la voz del Padre, se comprometió a pagar el impuesto del templo en nombre del Maestro. Jesús le preguntó con dulzura si alguna vez había visto que el hijo de un rey pagara impuestos a su propio padre. ¡Y eso que Simón lo había reconocido poco antes como el Hijo del Dios viviente! Después de esta aclaración, el Señor le ordenó que pagase la suma, a pesar de que Él estaba exento. Pero al mismo tiempo manifestó su poder: el Señor domina sobre toda la creación, incluso sobre los peces (Salmo 8:6-8). También manifestó su amor asociándose a su débil discípulo al pagar igualmente por Él.

Mateo 18:1-14

El mundo se complace en lo que es grande. Los discípulos no escapaban a este espíritu. Deseaban saber quién sería el más grande en el reino de los cielos. El Señor les contestó que primeramente era necesario entrar en él, y por el contrario, para ello era menester ser pequeño o humilde. Con el fin de grabar esta enseñanza en sus mentes, llamó a un niño y lo puso en medio de ellos. Seguramente que a nuestro alrededor hay niños. Ellos también están cerca de nosotros como ejemplos vivientes de confianza y simplicidad. Guardémonos de menospreciarlos a causa de su debilidad, ignorancia o ingenuidad. Y sobre todo cuidémonos de hacerlos tropezar en su fe. El mal ejemplo de un mayor es la peor de las trampas para los menores. Jesús repitió aquí lo que ya había dicho en cuanto a las ocasiones de caer (v. 8-9; comp. 5:29-30).

Muy lejos de desdeñar a estos pequeños, Dios responde a su debilidad con cuidados particulares. Los ángeles están especialmente encargados de velar por ellos. Y no olvidemos que Jesús vino para salvarlos a ellos también (v. 11); todos los que mueren sin alcanzar la edad de la responsabilidad, se benefician de su obra. La parábola de la oveja perdida nos muestra cuánto vale para el Buen Pastor una sola ovejita.

Mateo 18:15-35

Jesús explica cómo deben arreglarse los agravios entre los hermanos (v. 15-17). Y podemos relacionarlo con su maravillosa enseñanza concerniente al perdón (Efesios 4:32; Colosenses 3:13), según su respuesta a Pedro, quien le preguntó cuántas veces debía perdonar a su hermano: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (v. 22). Pero también es la oportunidad para retomar el tema de la Iglesia, dándonos esta promesa de capital importancia: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (v. 20). De esta presencia procede todo lo que necesita aun la más débil reunión de creyentes congregados en el nombre de Jesús. ¿Podría faltar la bendición cuando Aquel que es la fuente de ella está allí en medio de los que cuentan con Él? Aquí esta promesa está especialmente ligada a la autoridad conferida a la Iglesia (atar y desatar) y a la oración de dos o tres, a la cual todo le es otorgado. ¡Pero cuántos menosprecian la importancia de las reuniones de oración!

La parábola del esclavo que debía diez mil talentos (una suma excesiva) nos recuerda la deuda incalculable que Dios nos perdonó en Cristo (Esdras 9:6). ¿Qué son al lado de ella las pequeñas injusticias que tenemos que soportar? El perdón divino del cual hemos sido objetos nos hace responsables de ejercitar la misericordia.

Mateo 19:1-26

Al principio de este capítulo Jesús responde a una pregunta de los fariseos y condena nuevamente el divorcio (5:31-32). Luego bendice a los niños que le son presentados y reprende a los discípulos que quieren impedirlo, diciendo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos” (v. 14). ¿Formamos parte de los que por la oración llevan a almas jóvenes al Señor? ¿O por el contrario somos de aquellos que impiden que se vayan a Él, quizás por un mal ejemplo?

En el versículo 16 vemos a un joven ir a Jesús con un buen deseo: obtener la vida eterna. Pero la pregunta estaba mal formulada y el Señor deseaba hacer entender esto a su visitante: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. La respuesta del joven demuestra que él no era consciente de su incapacidad para hacer algo bueno por sí mismo. Entonces Jesús le muestra que hay un ídolo en su corazón: las riquezas, ¡obstáculo que impide a tantas personas que vayan a Cristo y le sigan! Por cierto, la vida eterna no se obtiene haciendo el bien, cualquiera que sea. Y las mejores disposiciones, con las más valiosas cualidades naturales, no sirven para merecerla, porque no se puede adquirirla por medio de méritos. Ella es el don gratuito que Jesús da a los que lo siguen (Juan 10:28).

Mateo 19:27-30; Mateo 20:1-16

La pregunta «quién sería el primero y el último en el reino de los cielos», cuestión que tanto preocupaba a los discípulos, está ilustrada por una nueva parábola. Tal vez nosotros estaríamos bastante dispuestos a ponernos del lado de los obreros descontentos y hallar injusta la manera de obrar del padre de familia. Pero consideremos este relato más de cerca. Los obreros que empezaron a trabajar por la mañana habían convenido con el propietario en un denario por día (v. 2, 13). Ese era el precio en que estimaban su trabajo. Por el contrario, los que fueron contratados más tarde se fiaron del dueño de la viña para que les pagara “lo que sea justo” (v. 4, 7). Y no lo lamentaron. En el reino de los cielos, la recompensa nunca es un derecho. Todos somos siervos inútiles, según Lucas 17:10; nadie merece nada. Todo depende de la gracia soberana de Dios y cada uno recibe lo necesario, independientemente de su trabajo. Por otra parte, los obreros de la undécima hora, ¿no son en realidad los menos favorecidos? No tuvieron la oportunidad y el gozo de servir a este buen Amo durante la mayor parte del día. En la historia de los designios de Dios, los primeros obreros que convinieron con el padre de familia representan a Israel bajo el pacto, los de la undécima hora nos hablan de las naciones, objetos de la gracia de Dios.

Mateo 20:17-34

Sobre un asunto particularmente íntimo y solemne, el Señor buscaba la comprensión de sus discípulos: los sufrimientos y la muerte que le esperaban en Jerusalén. ¡Vaya! La madre de Santiago y Juan escogió este momento para hacerle una petición egoísta. Se sentiría orgullosa de ver a sus hijos ocupando los primeros puestos en el reino del Mesías. ¡Y los diez discípulos restantes manifestaron su indignación! Quizás no porque la petición fuera enojosa e inoportuna, sino porque cada uno ambicionaba secretamente ese alto puesto (Lucas 22:24). Después de todo lo que Jesús les había dicho, después de haber colocado a un niño en medio de ellos, ¿no habían entendido ni recordado nada? ¡No los juzguemos! ¡Cuánta dificultad tenemos para aprender nuestras lecciones, las mismas lecciones! ¡Cómo nos parecemos a ellos!

Entonces, sin un reproche, con una paciencia infinita, Jesús prosiguió su enseñanza. Y esta vez la sustentó con su propio ejemplo mediante el versículo 28, tema eterno de adoración de los redimidos.

Siguiendo con su misión de siervo, en el camino que subía a Jerusalén, Jesús sanó a dos ciegos en la puerta de Jericó. Subrayemos la loable insistencia de ellos y la infinita compasión del Señor.

Mateo 21:1-17

El paso por Jericó y la entrada en Jerusalén marcan, en cada uno de los tres primeros evangelios, el principio de la última parte del peregrinaje de nuestro Salvador aquí en la tierra. El cumplimiento de la profecía de Zacarías (9:9) era para Israel la prueba de que verdaderamente su Mesías venía a visitarlo. Era imposible confundirlo con otro: “Justo y Salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno…”. Se esperaba más bien a un rey altanero y soberbio entrando en la capital sobre un caballo de guerra, a la cabeza de sus ejércitos. Pero un rey humilde y manso, aquí está un concepto ajeno a los pensamientos de los hombres.

Mas estos caracteres de gracia y bondad no impiden al Señor obrar con la máxima severidad cuando ve pisoteados los derechos de Dios, como en el caso de los vendedores en el templo (v. 12). Asimismo tienen que obrar sus discípulos. La dulzura que debe caracterizarlos no excluye la más grande firmeza (1 Corintios 15:58). La presencia de Jesús en el templo produjo varios efectos: en primer lugar, una inmediata purificación; pero al mismo tiempo la curación en gracia de los enfermos que venían a Él; luego la alabanza de los niños; por último, también hubo la indignación y la oposición por parte de los enemigos de la verdad.

Mateo 21:18-32

En el camino a Jerusalén Jesús obró un milagro que excepcionalmente no era un milagro de amor, sino una señal de advertencia acerca del juicio que caería sobre el pueblo. Consideremos esta higuera. ¡Nada más que hojas, una hermosa apariencia de piedad pero sin ningún fruto! Ese era el estado de Israel… y el de muchos que se dicen ser cristianos.

Ese milagro dio a Jesús la oportunidad de recordar a sus discípulos el poder de la oración de fe. Luego el Señor entró nuevamente en el templo donde los principales sacerdotes y ancianos del pueblo vinieron a discutir su autoridad. Por su pregunta el Señor les hizo entender que no podían reconocer esta autoridad si no habían reconocido primero la autoridad de Juan el Bautista. Como el segundo hijo de la parábola (v. 28-30), los jefes del pueblo hacían ostensiblemente profesión de cumplir la voluntad de Dios. Pero en realidad ésta era letra muerta para ellos (Tito 1:16). Otros, al contrario, en otro tiempo rebeldes, notorios pecadores, se habían arrepentido al escuchar la predicación de Juan y habían hecho la voluntad de Dios. Hijos de padres creyentes, corremos el riesgo de ser precedidos en el cielo por personas hacia las cuales tal vez ahora experimentamos menosprecio o condescendencia (véase 20:16). ¡Pensemos en nuestra responsabilidad!

Mateo 21:33-46

La parábola de los labradores malvados ilustra el terrible estado del pueblo y de sus malos conductores. Dios esperaba fruto de su viña, Israel. “La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas; había edificado en medio de ella una torre, y hecho también en ella un lagar; y esperaba que diese uvas, y dio uvas silvestres” (Isaías 5:2). Pero los judíos (y los seres humanos en general) no sólo demostraron su incapacidad para producir fruto, sino un espíritu de odio contra el legítimo Dueño de todas las cosas. Además desconocieron a sus siervos, los profetas. Aquí se preparaban para expulsar, ¡y de qué manera!, al Heredero mismo, a fin de quedarse como únicos dueños de la heredad, es decir, del mundo (1 Tesalonicences 2:15). El Señor llevó a los sacerdotes y a los fariseos a pronunciar su propia condenación. Cuando les preguntó «el Señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?» contestaron: “A los malos destruirá sin misericordia, y arrendará su viña a otros” (v. 40-41).

Luego Jesús les enseñó que Él mismo es la “piedra… cabeza del ángulo” que Dios había puesto en Israel. Los edificadores (los jefes del pueblo) la desecharon (Salmo 118:22-23), pero Él ha llegado a ser “la principal piedra del ángulo, escogida y preciosa”, de una “casa espiritual”: la Iglesia, y “piedra de tropiezo, y roca que hace caer” para los desobedientes (1 Pedro 2:4-8).

Mateo 22:1-22

La parábola de las bodas del hijo del rey complementa la de los labradores malvados. Muestra lo que pasaría después del rechazo del Heredero. Los judíos, primeros en ser convidados, desecharían la gracia anunciada por los apóstoles (los siervos del v. 3). Entonces éstos se volverían hacia las naciones (Hechos 13:46). Dios invita a los hombres: usted también tiene en sus manos Su carta de invitación. Por desgracia, el menosprecio y la oposición son las dos respuestas que Él recibe generalmente (Hebreos 2:3). No basta con ser invitado, es necesario aceptar y venir en la forma ordenada por Dios, es decir, con el vestido de justicia suministrado por el Rey mismo (Filipenses 3:9). El hombre del versículo 11 había pensado que sus propios vestidos servirían. Él representa a todos los que piensan que podrán ser recibidos en el cielo con su propia justicia, a los que se congregan y profesan ser cristianos pero nunca han recibido a Jesús como su Salvador personal (5:20; Romanos 10:3-4). ¡Qué confusión les espera y cuán terrible será su final!

Sordos a estas enseñanzas, los fariseos y los herodianos le hicieron una pregunta muy estudiada para “sorprenderle”: “¿Es lícito dar tributo a César, o no?”. Pero Jesús, discerniendo la trampa envuelta en lisonjas, les dio una inesperada contestación: “Dad, pues, a César lo que es de César”, devolviendo así la flecha a los que la habían lanzado.

Mateo 22:23-46

Otros contradictores, los saduceos, vinieron al Señor con una pregunta ociosa. Con su cuento imaginario, pensaban probar lo absurdo –según ellos– de la doctrina de la resurrección. Antes de demostrarles la verdad de la resurrección por medio de las Escrituras, Jesús se dirigió a la conciencia de estos hombres y les mostró que ellos discutían sobre la base incierta (y siempre equivocada) de sus propios pensamientos, sin conocer la Palabra. Es lo que aún hoy hace un buen número de personas, en particular las que pertenecen a sectas de error y perdición. No sigamos nunca a esa gente en sus razonamientos peligrosos.

Derrotados en cuanto al conocimiento de la Escritura, los enemigos de la verdad se unieron nuevamente para atacar (v. 34-40), y recibieron como respuesta un maravilloso resumen de la ley que los condenaba sin apelación. Entonces, a su vez, Jesús hizo una pregunta a sus interlocutores que les cerró la boca. Rechazado, Aquel que es a la vez el Hijo y el Señor de David, iba a ocupar una posición gloriosa. Y los que contra viento y marea querían seguir siendo sus enemigos, hallarían también el lugar que les estaba reservado… por estrado de sus pies (v. 44).

Es impresionante ver a personas, tan empeñadas en seguir su propio camino, que se niegan a aceptar las más claras enseñanzas bíblicas (2 Timoteo 3:8).

Mateo 23:1-22

Jesús, descubriendo la trampa en todas las preguntas de los jefes religiosos del pueblo, puso a los discípulos y a la muchedumbre en guardia contra ellos. Lo que ordenaban hacer era excelente en general, pero tristemente lo que hacían era muy distinto (21:30). Nosotros que quizás conocemos tantas verdades bíblicas y sabemos muy bien citarlas a los demás, ¿las ponemos en práctica? (Juan 13:17; Romanos 2:21).

¡Qué contraste entre estos maestros y Cristo, el verdadero Maestro! (v. 8, 10). Ellos recomendaban la ley, pero Él la cumplía (5:17). Ellos ponían sobre otros cargas pesadas y difíciles de llevar (v. 4), pero Jesús llamaba a los cansados y cargados para darles descanso (11:28). Ellos escogían los primeros asientos, pero Él, desde el pesebre hasta la cruz, tomó constantemente el último lugar. Fue siervo antes de ser amo (v. 11). Nadie será más exaltado, pues nadie se ha humillado más profundamente. Pero esos escribas y fariseos que buscaban su propia gloria irían a su ruina y a su perdición. “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!”. Esta fue la terrible palabra que el Señor tuvo que pronunciar siete veces contra estos hombres tan responsables.

Mateo 23:23-39

Con estas vehementes palabras el Señor condenaba solemnemente lo que puede llamarse «el clero» de Israel. Estos guías ciegos, que no sólo no entrarían en el reino de los cielos, sino que además abusaban de su autoridad para impedir que los demás entraran, eran doblemente culpables (v. 13). Extremadamente escrupulosos por cosas muy pequeñas, descuidaban las principales: “La justicia, la misericordia y la fe” (v. 23). Con sus máscaras hipócritas engañaban a los simples. Jesús, lleno de indignación, descubrió su verdadero rostro: eran sepulcros blanqueados (muertos interiormente), “serpientes”, asesinos, hijos de asesinos.

Antes de salir del templo y dejar desierta esta casa donde Dios no tenía más su lugar, Jesús se expresó en términos patéticos acerca del juicio que caería sobre Jerusalén. Sí, podemos pensar en lo que habrá sido para su corazón sensible ese menosprecio a la gracia que ofrecía: “No quisiste” (22:3; Oseas 11:7). ¡Palabra abrumadora! Entre los que deberán oírla un día, ¿quién podrá hacer a Dios responsable de su desdicha? La salvación en Cristo le ha sido ofrecida y él no ha querido aceptarla.

Mateo 24:1-14

Los discípulos trataban de que el Señor estuviese tan orgulloso como ellos de ese templo que parecía desafiar el tiempo… pero que pronto iba a ser destruido. Entonces, tomándolos aparte, Jesús les expuso la sucesión de los acontecimientos proféticos (cap. 24-25). Sin embargo, antes de contestar una por una a sus tres preguntas (¿Cuándo ocurrirán esos acontecimientos?: v. 15-28; ¿cuál será la señal de su venida?: v. 29-31; ¿cuál será el signo del fin del siglo? v. 32-51), el Señor empezó a hablarles a sus conciencias (v. 4). Una verdad siempre debe tener un efecto moral: por ejemplo, el de aumentar el temor de Dios o el amor por el Señor. De otra manera, sólo la curiosidad es alimentada y el alma se endurece. Aquí los discípulos debían tener cuidado para no dejarse engañar. Todavía eran “hijitos” en la fe; conocían al Padre que Jesús les había revelado (11:27) pero no estaban armados contra los que el apóstol Juan (1 Juan 2:18) llama “muchos anticristos”, dicho de otro modo, los portadores de diversos errores. Por eso necesitaban estar advertidos (2 Pedro 3:17). Satanás siempre trata de seducir por medio de imitaciones (2 Tesalonicenses 2:9-10).

¡Hijos de Dios, no nos dejemos turbar por todo lo que nos digan! Y, sobre todo, vigilemos para que nuestro amor hacia Dios y nuestros hermanos no se enfríe (v. 12).

Mateo 24:15-31

Los acontecimientos anunciados en estos versículos conciernen a Israel y sólo se producirán después del arrebatamiento de la Iglesia. Pero para mostrar que ellos son las consecuencias de su rechazo en los capítulos precedentes, el Señor se dirigió a sus discípulos como si su generación debiera atravesar este terrible período. En realidad, cuando el anticristo seduzca a las naciones, profane el templo (v. 15) y persiga a los fieles, los cristianos de la actual dispensación ya no estarán en la tierra. Así pues, todas las advertencias y estímulos dados aquí no nos conciernen directamente. Pero Jesús mismo tiene gran interés por las cosas que antecederán a su venida en gloria (v. 30). Piensa con profunda simpatía en los fieles que sufrirán en aquel entonces. Supone también que aquellos a quienes llama sus amigos comparten este interés, esta simpatía (Juan 15:15). Hablarnos anticipadamente de esto (v. 25) constituye una gran muestra de confianza y amor de su parte (comp. Génesis 18:17). ¿No es ésa una razón suficiente para tratar de comprender estos temas de la profecía? Y además, es una fuente de exhortaciones provechosas en todos los tiempos y para todos los testigos del Señor. Exhortaciones como por ejemplo: perseverar (v. 13), orar (v. 20) y velar (v. 42).

Mateo 24:32-51

El Señor interrumpe su exposición profética para exhortar a los suyos a la vigilancia y al servicio. El juicio va a caer repentinamente sobre el mundo. Herirá a los incrédulos y a los burladores. Alcanzará igualmente a los indiferentes, a los indecisos y a los hijos de los creyentes que no se hayan arrepentido. ¿Tal vez sea ese su caso? “Por tanto, también vosotros estad preparados”, dice el Señor Jesús a cada uno (v. 44). Y para estar preparado hay que aceptar su salvación. En el versículo 45 un hermoso servicio es presentado a los creyentes: distribuir a su alrededor el alimento de la Palabra (Hechos 20:28; 1 Timoteo 1:12). Para ello es necesario llenar dos condiciones: fidelidad, para conocer esta Palabra y no apartarse de ella, y prudencia, para adaptarla a las necesidades y a las circunstancias de los demás. Pero en la gran cristiandad profesante también se encuentran los siervos malos. Han sido crueles y dominantes con las almas, se han embriagado con los placeres en el mundo (1 Tesalonicenses 5:7) porque en el fondo de sí mismos no creen en el regreso del Señor. Pero el siervo de Cristo sólo puede ser fiel y prudente guardando un precioso secreto: cada día espera al Señor. “Mi alma espera al Señor, más que los centinelas a la mañana” (Salmo 130:6).

Mateo 25:1-13

Según la costumbre oriental, para el festín de sus bodas, el esposo llegaba de noche y era alumbrado y escoltado por las vírgenes amigas de la esposa (hoy, las damas de honor; comparar Salmo 45:9 y 14). El Señor emplea esta conmovedora ilustración para enseñarnos de qué modo debe ser esperado Él, el Esposo celestial. Pero los cristianos, en su mayoría, se cansaron de esta espera. El sueño espiritual se apoderó de ellos y ha durado muchos siglos. Fue necesario que en un momento reciente de la historia de la Iglesia, llamado con mucha razón el «despertar», resonase este clamor de medianoche: ¡“Aquí viene el Esposo”! ¡El Señor vuelve! Como consecuencia, se manifiesta una diferencia: las vírgenes prudentes tienen aceite en su lámpara, del mismo modo que los verdaderos creyentes están preparados para la venida del Señor, y su luz, la del Espíritu Santo, puede brillar en la noche de este mundo. Otras personas, como las vírgenes insensatas, profesan esperar al Señor sin poseer la vida. Indebidamente llevan el hermoso título de cristianas. Terrible ilusión y no menos horrible despertar. Que cada uno se interrogue mientras aún está a tiempo: ¿Hay aceite en mi lámpara? ¿Estoy preparado para su retorno? (Romanos 8:9, final).

Mateo 25:14-30

La parábola de las diez vírgenes se refiere a la espera de la venida del Señor. La de los talentos considera el lado del servicio. La vida del creyente está revestida de este doble carácter: “Servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo” (1 Tesalonicenses 1:9-10), pues esperar al Señor no significa cruzarse de brazos hasta que Él venga. Al contrario, cada rescatado tiene el privilegio de trabajar para su Señor. Con este fin recibió cierto número de talentos y es responsable de sacarles rendimiento. Estos talentos representan bienes materiales, sin duda, pero también otras cosas como la salud, la memoria, la inteligencia… Pero sobre todo, el cristiano posee la Palabra divina con el conocimiento que se desprende de ella (1 Corintios 2:12). Aun siendo salvos, podemos parecernos al siervo malo. ¿Estamos seguros de no haber escondido, por egoísmo, pereza, o por cualquier otra razón deshonesta, uno u otro de esos dones que pertenecen al Señor? ¿Qué cuentas le rendiremos cuando Él venga? ¿Podrá hacernos entrar en su gozo, ese “gozo puesto delante de él” (Hebreos 12:2), el gozo de la obra consumada y del amor satisfecho? En esta parábola, fijémonos que la recompensa es la misma para los dos primeros esclavos. Lo que tiene valor para el Señor no es tanto los resultados (siempre poca cosa), sino la fidelidad.

Mateo 25:31-46

El versículo 31 reanuda el curso de la profecía de los versículos 30-31 del capítulo 24, es decir, la venida del Señor en gloria para su pueblo terrenal. Para las “naciones” (los no judíos) presentes en la tierra sonará entonces el día de las recompensas… o del castigo. Y la diferencia entre ellos será la manera en que hayan acogido a los embajadores del Rey (sus hermanos, v. 40, aquí los judíos) cuando éstos les anunciaban el Evangelio del reino (24:13-14).

Algunos han querido servirse de esta palabra para apoyar la doctrina de la salvación por las obras. Aclaramos que aquí estamos más allá del tiempo de la Iglesia y de la fe cristiana propiamente dicha.

Sin embargo, dejando de lado esta cuestión de la salvación, la declaración del Rey está llena de instrucción para nosotros los cristianos. Si el Señor Jesús estuviera hoy en la tierra, ¡qué celo pondríamos en recibirlo, en servirlo y en satisfacer sus más mínimos deseos! A la verdad, todos los días tenemos esta oportunidad: ofrendas, hospitalidad, visitas, etc. Todo lo que hacemos por amor a alguien, lo cumplimos primeramente para Él (comparar Juan 13:20; 1 Corintios 12:12). Inversamente, lo que podemos hacer y no lo hacemos, se lo negamos al Señor.

Mateo 26:1-16

El Señor ha terminado sus enseñanzas. Ahora los últimos acontecimientos van a cumplirse. Mientras en Jerusalén se tramaba su muerte en el consejo de los malos (v. 3-5), una escena muy distinta se desarrollaba en Betania. Rechazado y odiado por los grandes de su pueblo, Jesús encontraba entre los humildes y fieles la acogida, el amor y, bien podemos decir, la adoración que le correspondían. No teniendo más lugar en el templo, fue recibido en la casa de Simón el leproso. La realeza le había sido negada, pero un perfume de gran precio fue derramado sobre su cabeza, figura de la unción real. Esta mujer discernió y honró al Mesías de Israel: “Mientras el rey estaba en su reclinatorio, mi nardo dio su olor” (Cantares 1:12). Sólo Jesús comprendió y apreció su acción. ¡Pero qué importa! ¿Quién podría molestarla si Él mismo encontraba su placer en ello?

Con el versículo 14 pasamos nuevamente a una escena de tinieblas. Judas el traidor, que acababa de sentir el aroma del perfume, cumplió su crimen y recibió su salario: treinta piezas de plata, el precio de un esclavo. Pero el profeta Zacarías lo llama, irónicamente, un hermoso precio, porque con él el Hijo de Dios sería apreciado (Zacarías 11:13).

Mateo 26:17-30

Uno puede imaginarse los sentimientos del Señor al comer esta Pascua con sus discípulos. Ella era la figura de lo que Él iba a ser en la realidad. Unos momentos más y el Santo Cordero de la Pascua sería inmolado (1 Corintios 5:7). Pero antes debía dar a sus discípulos una señal muy especial de su amor. Cada año, desde la gran noche del éxodo, la Pascua anunciaba en figura una obra futura. A partir de la muerte del Señor, la cena recordará al creyente, cada primer día de la semana, que esta obra está cumplida. Cada vez que la celebramos, anunciamos la muerte del Señor hasta que Él venga (1 Corintios 11:26).

Después de haberles repartido el pan, Jesús dio también la copa a los discípulos, diciendo: “Bebed de ella todos”. Sí, el Señor quería que cada uno de los suyos participase con Él de esta comida de amor (excepto Judas, que había salido: Juan 13:30). ¿Eran dignos de ella? Pedro lo negaría y los demás huirían. Pero a pesar de esto, Jesús les dijo –y lo dice aún a sus rescatados–: “Bebed de ella todos”. Luego les explicó el inestimable valor de su sangre “que por muchos” sería “derramada para remisión de los pecados”. Lector, ¿se halla usted entre esos “muchos”? Si así es, ¿cuál será su respuesta al deseo expresado por el Señor Jesús? (comp. Salmo 116:12-14).

Mateo 26:31-46

Lleno de confianza en sí mismo, Pedro declaró estar dispuesto a morir junto con el Señor. Sin embargo, como veremos, no iría muy lejos.

Después de haber invitado a sus discípulos a velar y orar con él, Jesús se aproximó a ese jardín donde iba a dar la suprema prueba de su sujeción a la voluntad del Padre. Esa voluntad, que no cesó de ser la delicia del Hijo, implicaba una terrible y doble necesidad: el abandono de Dios, cosa infinitamente triste para el corazón de su Hijo amado, y el peso del pecado que debía cargar, con la muerte como salario (Romanos 6:23), cosa infinitamente angustiosa para el Hombre perfecto. La tristeza y la angustia invadieron su alma (v. 37). Él comprendía todo lo que representaba ese terrible camino de la cruz, del cual Satanás, en aquella hora, se esforzaba en desviarlo. Pero recibió la copa de la mano del Padre: “Hágase tu voluntad”.

En su gracia, Dios nos ha permitido asistir a este combate del Salvador en Getsemaní, escuchar su oración insistente y dolorosa. ¡Que nos guarde de tener, como los tres discípulos, corazones adormecidos e indiferentes a su sufrimiento! En cambio, ¡que llene nuestras almas de agradecimiento y adoración al pensar en ello!

Mateo 26:47-58

Un discípulo, Judas, no había dormido como los demás. Hele aquí a la cabeza de una tropa imponente que venía para apoderarse de Jesús. ¿Y qué medio escogió el miserable para señalar al Maestro? El beso solícito de la hipocresía. “Amigo, ¿a qué vienes?”, le contestó el Salvador. Última pregunta, propicia para sondear el alma del infeliz Judas. Último llamamiento de amor de aquel que había dicho a los suyos: “Os he llamado mis amigos” (Juan 15:15). Pero ya era demasiado tarde para el “hijo de perdición” (Juan 17:12).

Estas saetas para la conciencia (v. 55) fueron los únicos actos de defensa de aquel que se entregaba a sí mismo. Faltaban los doce discípulos, sin embargo, en aquel momento más de doce legiones de ángeles estaban, por así decirlo, en pie de guerra prontas para intervenir si él lo hubiera pedido al Padre. Todo el poder de Dios estaba a su disposición si quería solicitarlo. Pero su hora había llegado. Lejos de escaparse o defenderse, Jesús detuvo el brazo de su discípulo, quien era demasiado impulsivo y quien un poco después daría la medida de su coraje al huir con sus compañeros.

Pero ya en el palacio del sumo sacerdote, los escribas y los ancianos se habían juntado en plena noche para consumar la suprema injusticia (Salmo 94:21).

Mateo 26:59-75

Los jefes del pueblo tenían a Jesús en su poder, pero les faltaba un motivo que les permitiera condenarlo, ya que el Hombre perfecto no les daba ninguna oportunidad para acusarlo. Entonces buscaban “falso testimonio” contra él. Y era difícil hallar uno que tuviera apariencia de realidad. Por fin se presentaron dos falsos testigos con una frase distorsionada (comparar v. 61 con Juan 2:19). Pero lo que sirvió de pretexto para condenar a Jesús fue su declaración solemne de que él es el Hijo de Dios, pronto para venir en poder y en gloria. La pena de muerte fue pronunciada y enseguida la brutalidad y la cobardía se dieron libre curso (v. 67-68). Se cumplió la primera parte de lo que el Salvador había anunciado más de una vez a sus discípulos (16:21; 17:22; 20:19-20).

Para Pedro también fue una hora sombría, pero por una razón muy distinta: Satanás, que no pudo hacer vacilar al Maestro, hizo tropezar al discípulo. Tres veces el pobre Pedro negó a aquel por quien se había declarado dispuesto a morir. Hasta llegó a emplear un lenguaje grosero para mentir, porque anteriormente, sin que se diera cuenta, su manera de hablar había hecho que fuera reconocido como discípulo de Jesús.

Mateo 27:1-18

El día despuntó. ¡Un día como no hubo otro en la historia del mundo y de la eternidad! La primera hora de la mañana encontró a los principales sacerdotes y a los ancianos maquinando la ejecución que habían decidido. Pero alguien vino a visitarlos; lo conocían bien: era el traidor, gracias al cual habían conseguido sus fines. ¿Qué quería? Judas atestiguó la inocencia de su Maestro, les devolvió el dinero y expresó su remordimiento. “¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!”, contestaron ellos sin ninguna compasión. ¡Entonces el miserable fue y se ahorcó, perdiendo su alma junto con la vida, sin hablar del dinero por el cual la había vendido! ¡En cuanto a los sacerdotes que no habían tenido escrúpulos para comprar la sangre inocente, temieron cuando se trató de poner el precio en el tesoro del templo!

Jesús fue conducido ante Pilato, el gobernador. Le hubiera sido fácil hallar en este magistrado romano un apoyo contra el odio de su pueblo. Pero guardó silencio, salvo para reconocer su título de rey de los judíos. Isaías ya lo había profetizado: “Como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció y no abrió su boca” (Isaías 53:7; comp. con los versículos 12 y 14 y 26:63).

Mateo 27:19-31

Grande fue la perplejidad de Pilato frente al acusado que le trajeron los jefes de los judíos. Nunca había tenido ante sí un hombre como aquél. Un doble testimonio: el de su mujer (v. 19) y el de su propia conciencia (fin del v. 24) le daban la convicción de que estaba enfrentándose a un justo. Además, conocía la perversidad de los que se lo habían entregado por envidia (v. 18). ¿Qué hacer? Si lo condenaba, cometía una injusticia, pero si lo liberaba, su popularidad se vería afectada. Lavándose simbólicamente las manos (pero no su conciencia), echó la responsabilidad sobre el pueblo, el cual la aceptó con los ojos cerrados. Detrás de esta muchedumbre, movida por los más salvajes instintos, y detrás de sus jefes que la excitaban, Satanás proseguía su obra de odio. Pero Dios también proseguía su obra de gracia y salvación.

Jesús estaba en manos de soldados vulgares. Le pusieron un simulacro de vestidura real para mofarse de él antes de llevarlo al suplicio. Pero un día, a la vista de todos, el Señor aparecerá en toda su majestad de Rey de reyes. Y su mano poderosa, esta mano que entonces asía una caña, se levantará en juicio contra sus enemigos (comp. v. 29 con Salmo 21:3, 5, 8).

Mateo 27:32-49

Jesús fue conducido del pretorio al Calvario. Simón de Cirene fue obligado a llevar Su cruz, pero Jesús iba a llevar sobre sí voluntariamente una carga tan pesada que no tenía comparación. Se trata del pecado, que nadie pudo llevar en su lugar. Fue crucificado entre dos malhechores. “Su causa escrita” encima de la cruz acusaba en realidad a un pueblo que crucificó a su Rey. Este relato nos es dado brevemente, sin los detalles que los hombres hubieran agregado para conmover los sentimientos. Sin embargo, a través del sobrio lenguaje del Espíritu, comprendemos que ninguna forma de sufrimiento fue ahorrada al muy amado Salvador. Sufrimientos físicos, pero ante todo, indecibles heridas morales. Allí estaban los burladores provocándolo y desafiándolo a salvarse a sí mismo (v. 40). Pero si se quedó en la cruz, ¿no fue precisamente para salvar a los hombres? Ellos provocaban a Dios poniendo en duda su amor hacia Cristo, quien sentía infinitamente este ultraje (v. 43; Salmo 69:9). Pero para Jesús, el sufrimiento supremo fue el abandono que padeció durante las tres últimas horas en el madero, cuando Dios escondió su rostro, y fue hecho maldición para expiar nuestros pecados. ¡Dios hirió a su Hijo con los golpes que merecían nuestros pecados, los míos y los suyos!

Mateo 27:50-66

La obra de la expiación se ha cumplido, la victoria se ha obtenido. Con un poderoso grito de triunfo, Cristo entró en la muerte: “Consumado es” (Juan 19:30). Y enseguida Dios dio otras pruebas de esta victoria: el velo del templo se rasgó de arriba abajo abriendo “un camino nuevo y vivo” por donde en adelante el hombre podría penetrar en su presencia con plena libertad (Hebreos 10:19-21). Los sepulcros fueron abiertos. La muerte fue vencida y tuvo que devolver algunos de sus prisioneros.

Luego, Dios cuidó el honor debido a su Hijo. Conforme a la profecía, Jesús ocupó la tumba de un hombre rico que piadosamente se ocupó de su sepultura (Isaías 53:9). A excepción de José de Arimatea, el evangelio de Mateo no muestra a ningún discípulo presente en esa hora. En cambio, algunas mujeres cuya devoción es recordada asisten a toda la escena. El amor sepultó a Aquel a quien el odio había crucificado.

Del principio al fin de este evangelio, el odio del hombre se ha encarnizado contra Jesús. En su cuna, este odio fue manifestado por Herodes, y lo persiguió hasta la tumba, guardada y sellada por los jefes de los judíos, pero tanto los soldados como el sello y la piedra fueron vanas precauciones; sólo sirvieron, al contrario, para demostrar de manera más brillante la realidad de la resurrección.

Mateo 28:1-20

Era la mañana triunfal de la resurrección. Con ella, Dios dio un brillante testimonio de la perfección de la víctima y de la entera satisfacción que hallaba en la obra cumplida. La guardia, apostada delante del sepulcro, lejos de poder oponerse a este maravilloso acontecimiento, fue testigo involuntario y aterrorizado (Salmo 48:5). Pero los sacerdotes, totalmente endurecidos, compraron la conciencia de estos hombres, como lo habían hecho con la de Judas.

Llegando al sepulcro, las mujeres recibieron el mensaje del ángel. Con el corazón lleno de temor y de gozo a la vez, se apresuraron para comunicárselo a los discípulos; entonces se encontraron con el Señor en persona.

Después Jesús se apareció a los once apóstoles en la cita que él mismo les fijó en Galilea. En los versículos 19 y 20, les dio una consigna, una misión aún más importante ya que era la última voluntad de aquel que se las confiaba. No olvidemos la responsabilidad que tenemos como testigos del Evangelio. Jesús prometió a los suyos su presencia y fidelidad permanentes con estas consoladoras palabras: “Yo estoy con vosotros todos los días” (v. 20). Así termina el evangelio de Emanuel, como había empezado: Dios con nosotros (1:23).

navigate_before Malaquías Marcos navigate_next

vertical_align_top Arriba