Marcos

Marcos 1:1-13

El evangelio según Marcos es el del Siervo perfecto, por eso en él no hallamos el relato del nacimiento del Señor Jesús, ni tampoco su genealogía. Para apreciar a un siervo, sólo se tienen en cuenta sus cualidades de obediencia, fidelidad, prontitud, etc. Pero desde las primeras palabras de este evangelio Jesús es designado como el Hijo de Dios, a fin de que el lector no se equivoque en cuanto a la persona cuyo humilde servicio le va a ser narrado: se trata de un siervo voluntario. “Siendo en forma de Dios… se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo” (Filipenses 2:6-7). Este primer capítulo se caracteriza por el frecuente empleo de expresiones como: luego, enseguida, muy pronto…

Precedido por el testimonio de Juan, Jesús se sometió al bautismo. A pesar de ser “santo, inocente, sin mancha” (Hebreos 7:26), tomó lugar en medio de pecadores arrepentidos. Pero para que no fuera confundido con ellos, Dios hizo oír desde los cielos una solemne declaración acerca de su “santo siervo Jesús” (Hechos 4:27 y 30; V. M.): “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia”, declaración que precedió su ministerio. No dice: En ti tendré complacencia. Luego Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado y atar al enemigo que nos tenía sujetos (ver 3:27). Adondequiera que el pecado nos había llevado, el amor y la obediencia condujeron a Jesús para liberarnos.

Marcos 1:14-28

Al aparecer Jesús, el ministerio de Juan el Bautista llegaba a su fin. Lejos de manifestar la más mínima amargura, este precursor pudo decir que su gozo estaba cumplido y agregar: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe”, como nos lo relata el evangelio de Juan (3:30).

El reino de Dios se había acercado, el Rey en persona se hallaba en medio de su pueblo e hizo una proclamación que se resume en dos mandamientos siempre actuales: “Arrepentíos, y creed en el Evangelio”. El Señor lee en cada corazón la respuesta dada a esa apremiante invitación. Y, a los que escuchan y reciben el mensaje, les dirige el llamado individual de seguirle y servirle. “Venid en pos de mí”, dijo a los cuatro discípulos cuyo corazón conocía. E inmediatamente lo siguieron. Éstos tendrían el privilegio de acompañar a Jesús a lo largo de su ministerio y así ser testigos de todo lo que vieron y oyeron (1 Juan 1:1), aprendiendo de él (Mateo 11:29). De discípulos los convertiría más tarde en sus apóstoles, es decir, sus enviados a predicar el Evangelio en el mundo.

En Capernaum Jesús curó, en la sinagoga misma, a un hombre poseído por un espíritu inmundo, prueba característica del terrible estado de ruina en el cual había caído Israel.

Marcos 1:29-45

Después de la sinagoga de Capernaum, la casa de Andrés y Simón fue el escenario de un milagro de gracia. Jesús siempre está dispuesto a penetrar en nuestras casas y brindarnos sus cuidados. Hagamos como los discípulos y hablémosle de lo que nos preocupa (v. 30).

Inmediatamente después de ser curada, la suegra de Simón se apresuró a servir al Señor y a los suyos. ¿No tenía ella ante sí el más grande ejemplo de servicio?

La noche llegó, pero para tan eminente Siervo la jornada no había terminado. Le traían a los enfermos e incansablemente los aliviaba y los sanaba. ¿Cuál era el secreto de esa maravillosa actividad? ¿De dónde sacaba Jesús esas fuerzas constantemente renovadas? El versículo 35 nos revela que era en la comunión con su Dios. Observemos cómo este Hombre perfecto empezaba su jornada (comp. Isaías 50, fin del v. 4). Pero al hablarle de su popularidad, dejó a la muchedumbre que tan sólo se interesaba por ver sus milagros y fue a predicar el Evangelio a otra parte.

Más adelante Jesús curó a un leproso y le dijo exactamente de qué manera debía dar su testimonio, un testimonio según la Palabra (v. 44; Levítico 14). Pero aquel hombre actuó según sus propios pensamientos, en detrimento de la obra de Dios en aquella ciudad.

Marcos 2:1-17

En la casa de Capernaum Jesús se dio a conocer, según el Salmo 103:3, como el que “perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias”. Con respecto al paralítico, Jesús cumplió, en el mismo orden, las dos partes de este versículo como testimonio para todos. Sí, Aquel que perdona los pecados –obra espiritual– y que da una prueba material de ello sanando la enfermedad, no puede ser otro que Jehová, el Dios de Israel.

Los publicanos recaudaban los impuestos para los romanos, lo que les procuraba a la vez su propia riqueza (guardaban una parte para ellos mismos) y el desprecio de sus compatriotas. Pero el Señor, llamando a Leví y aceptando su invitación, demostró que él no menosprecia ni rechaza a nadie. Al contrario, vino a buscar a los pecadores notorios, a los que no ocultan su estado (1 Timoteo 1:15). Se sentó a la mesa con ellos y se hizo su Amigo. Desde la caída, el hombre tiene miedo de Dios y huye de él a causa de su mala conciencia. Antes de salvar a su criatura, el primer trabajo de Dios consistía, pues, en acercarse a ella para ganar su confianza. Es lo que hizo Jesús al humillarse hasta encontrar al hombre miserable para hacerle comprender que Dios lo ama.

Marcos 2:18-28

Si la palabra clave del perfecto Siervo es “enseguida (o luego)”, la de los judíos incrédulos es “¿por qué?” (v. 7, 16, 18, 24). Al ser interrogado acerca del ayuno, Jesús explicó que se trataba de una manifestación de tristeza y, por consiguiente, no convenía mientras él estuviera con ellos. Su venida debía ser un motivo de gran gozo para todo el pueblo, como los ángeles lo habían anunciado (Lucas 2:10). Jesús aprovechó esta oportunidad para recalcar el contraste que hay entre las reglas y tradiciones del judaísmo y el Evangelio de la libre gracia que él había venido a traer. Desgraciadamente el hombre –y no sólo el judío– prefiere las formas religiosas porque le permiten gozar de una buena reputación ante los demás, mientras continúa haciendo su propia voluntad. Por el contrario, el versículo 22 nos sugiere que el cristiano es un hombre enteramente renovado. Si su corazón ha sido cambiado, si está lleno de un nuevo gozo, su comportamiento exterior también tiene que ser transformado.

Los fariseos acusaban a los discípulos por recoger espigas el día de reposo. Los hombres siempre desvían de su propósito aquello que Dios les ha dado. El día de reposo era una gracia concedida a Israel, mas este pueblo la transformó en un yugo para aumentar su esclavitud moral, “un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar” (Hechos 15:10).

Marcos 3:1-19

Una segunda curación tuvo lugar en la sinagoga de Capernaum, y nuevamente sucedió en un día de reposo (1:21). A ese hombre que tenía la mano seca, el Señor le pidió precisamente una acción que era incapaz de cumplir. El hombre hubiera podido contestar: «Ya ves que mi mano está seca y no puedo extenderla». Pero al comenzar por obedecer, dio prueba de su fe, y ella fue la que permitió a Jesús sanarlo. Observemos la dureza del corazón de los que estaban presentes. En vez de alegrarse con aquel hombre y admirar el divino poder de Jesús, esos hombres malvados tomaron dicho milagro como pretexto para tratar de destruirlo. Pero el Señor prosiguió con su ministerio de gracia, y la multitud, entre la cual había extranjeros de Tiro y Sidón, continuó viniendo a él para oírlo y ser sanada.

Luego apartó a doce discípulos de entre aquellos que llamó a reunirse con él en el monte, y notemos la expresión: los estableció “para que estuviesen con él, y para enviarlos…” (comp. Juan 15:16). Estar con Jesús, ¡maravilloso privilegio y a la vez condición indispensable para poder ser enviado! ¿Cómo cumplir un servicio sin haber recibido la dirección del Señor previamente? (Jeremías 23:21-22). En este evangelio cada uno de los doce es nombrado individualmente, a fin de recordarnos que un siervo debe depender entera y personalmente de su Maestro para recibir dirección y socorro.

Marcos 3:20-35

Siempre dispuesto a dejar que se le acercaran, el Señor permitió a la muchedumbre invadir la casa en la que había entrado, e inmediatamente comenzó a enseñar, sin ni siquiera tomarse el tiempo para comer. Nosotros, que a menudo estamos tan poco dispuestos a abrir nuestra puerta a los extraños, a permitir que nos molesten y a cambiar en lo más mínimo nuestras costumbres, tomemos ejemplo de esta incansable abnegación y completo renunciamiento. Pensemos también que quizá un visitante indeseable nos ha sido enviado para que le hablemos sobre la salvación de su alma.

Quizás algunas personas se sientan perturbadas por el versículo 29. Temen haber pronunciado alguna vez, sin pensarlo, una palabra culpable que nunca pueda serles perdonada. Eso es conocer mal la gracia de Dios. “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). La blasfemia contra el Espíritu Santo fue el terrible pecado de Israel incrédulo. Este pueblo atribuyó a Satanás el poder del Espíritu Santo del cual Jesús estaba revestido. Esto fue extremadamente grave y contrario al sentido común (v. 26).

En el último párrafo el Señor distingue claramente a aquellos a quienes considera como miembros de Su familia. Hacer la voluntad de Dios era, y sigue siendo escuchar al Señor Jesús y obedecerle.

Marcos 4:1-12

Jesús enseñaba a la multitud sirviéndose de un lenguaje lleno de imágenes, a través de parábolas. La primera es la del Sembrador. El Señor se presenta a sí mismo como el que trae y difunde la buena semilla del Evangelio en el mundo. A pesar de que conoce los corazones y sabe cómo recibirán –o no recibirán– la verdad, da a cada uno la oportunidad de estar en contacto con la Palabra de vida. ¿La recibió usted?

El versículo 12 no debe desconcertarnos. No debemos interpretarlo como si el Señor no quisiera que los hombres se convirtieran y él se viera obligado, a pesar suyo, a perdonarles sus pecados. Es importante saber que aquí se trata del pueblo judío en su conjunto. Éste acusaba a Jesús de tener un demonio, rechazando así el testimonio del Santo Espíritu. Tal pecado no puede serle perdonado, e Israel como pueblo en conjunto será endurecido (3:29; véase Romanos 11:7-8). Pero todos los que desean acercarse individualmente a Jesús, hallan lugar “cerca de él”, hoy como entonces, para conocer la revelación de los misterios del reino de Dios (v. 11, 34; comp. Proverbios 28, final del v. 5). Hagamos uso de ese precioso privilegio y especialmente no nos privemos de las reuniones en torno al Señor para escuchar su Palabra.

Marcos 4:13-25

Aquí el Señor explica a sus discípulos la parábola del sembrador. Ella es el punto de partida de toda su enseñanza (v. 13). En efecto, para entenderla, es necesario que el Evangelio se haya arraigado en el corazón.

Aunque seamos verdaderos creyentes, temamos parecernos a veces a los tres primeros terrenos, pues Satanás no sólo busca arrebatar la buena nueva de la salvación tan pronto como es sembrada, sino que también quiere robar la bendición que produce la Palabra de Dios. ¡Cuántas palabras nos ha dirigido Dios, a las que nuestro corazón ha permanecido insensible porque nuestros contactos con el mundo lo han endurecido! ¿No hemos obrado muy a menudo bajo el impulso de los sentimientos, hasta que una prueba manifestó nuestra falta de fe y de dependencia del Señor? (v. 17).

La despreocupación y la preocupación son igual de nocivas (Lucas 21:34). Juntamente con “el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas”, pueden ahogar por un tiempo la vida espiritual de un hijo de Dios y privar así al Señor del fruto que el creyente hubiera tenido que llevar a su tiempo (Tito 3:14). “Dad atención a lo que oís” (v. 24; V. M.), nos recomienda el Señor. En el evangelio de Lucas, capítulo 8:18, leemos: “Mirad, pues, cómo oís”. Sí, ¿de qué manera recibimos la divina Palabra?

Marcos 4:26-41

La parábola de los versículos 26 a 29, que corresponde a la de la cizaña del campo en el evangelio de Mateo capítulo 13:24-30, presenta una enseñanza muy distinta. Aquí sólo se trata del trabajo de Dios, mientras que en Mateo, a causa de la negligencia de los hombres que se durmieron, el enemigo también intervino. En el versículo 27 el gran Sembrador parece dormir, pero en realidad, sin ser visto, vela de día y de noche sobre su preciosa semilla, prodigándole los cuidados necesarios para que crezca hasta el momento de la siega. Queridos hermanos, a veces nos puede parecer que el Señor es indiferente, que no escucha nuestras oraciones, que deja su obra abandonada. Pero levantemos los ojos, como Jesús invitaba a sus discípulos a hacerlo por la fe. Los campos ya están blancos para la siega (Juan 4:35).

Para pasar a la otra orilla –lo que corresponde a la peligrosa travesía de este mundo– los discípulos no estaban solos. Tomaron con ellos, en la barca, al Señor “como estaba” (v. 36). ¡Cuántas personas se hacen una imagen equivocada y vaga de Jesús! “¿Quién es éste?”, se preguntaban los discípulos. El mismo que encerró los vientos en sus puños y ató las aguas en un paño (Proverbios 30:4). Recibámoslo como él es; con su amor, pero también con sus santas exigencias. Si él está en nuestra barca, no debemos temer ningún naufragio.

Marcos 5:1-20

El Señor y sus discípulos desembarcaron en el país de los gadarenos. La primera persona que encontraron fue un hombre totalmente poseído por unos demonios que lo volvían furioso e indomable. Es una terrible realidad: en ese hombre loco e iracundo tenemos el retrato moral del hombre pecador, juguete del diablo, llevado y atormentado por sus brutales pasiones, morando en la muerte (los sepulcros), que sólo podía hacerse daño a sí mismo y era peligroso para sus semejantes. Éstos trataron vanamente de sujetarlo con cadenas, imagen de las reglas morales por medio de las cuales la sociedad busca refrenar los desenfrenos de la naturaleza humana. ¡Horrible estado, que es el nuestro por naturaleza!

Probablemente nosotros nos hubiéramos alejado con terror y repulsión de semejante criatura. Jesús, al contrario, se ocupó de ese desdichado, no para sujetarlo con cadenas, sino para liberarlo de su miseria y esclavitud.

Pero de ese milagro los habitantes de la ciudad sólo parecen haber retenido la pérdida de sus cerdos. A su ruego, Jesús se fue, pero dejó tras sí un testigo, ¿cuál? “El que había estado endemoniado”.

¿No es ésta una imagen del tiempo actual? Rechazado por este mundo, el Señor mantiene ahí a los que ha salvado y les encomienda la misión de hablar de él. ¿Cómo cumplimos con esta misión? Leer Salmo 66:16; 1 Pedro 2:9.

Marcos 5:21-43

Uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo, apeló a Jesús para pedirle que sanara a su hija. Mientras el Maestro iba a su casa, una mujer a quien ningún médico había podido curar, recurrió por la fe secretamente a su poder (v. 28). Querido amigo, tal vez usted ha buscado por diversos medios un remedio a sus miserias morales. Jesús todavía hoy pasa cerca de usted. Haga como esa pobre mujer: ¡aférrese al borde de su manto! (comp. 6:56, final).

La mujer supo que había sido sanada, y el Señor también lo supo. Pero era necesario que todos lo oyesen; por eso Jesús la indujo a darse a conocer, a confesar públicamente “toda la verdad”. De ese modo, en respuesta a su fe, ella obtuvo unas palabras de gracia infinitamente más preciosas que la simple curación: “Hija, tu fe te ha hecho salva; vé en paz” (v. 34). Mientras tanto, en la casa de Jairo resonaban voces de desesperación y lamento (v. 38). Pero Jesús consoló al padre afligido dirigiendo hacia Dios sus pensamientos… y los nuestros, diciéndole: “No temas, cree solamente” (v. 36). Luego, con la expresión “Talita cumi”, tan conmovedora que el Espíritu la hizo constar en el mismo idioma que hablaba el Salvador, resucitó a la niña.

Marcos 6:1-13

Para los habitantes de Nazaret, Jesús era el “carpintero”. Durante treinta años había escondido su gloria bajo la humilde condición de un artesano. Tal humillación es incomprensible para el hombre acostumbrado a juzgar según las apariencias. Si era difícil que el testimonio del Señor fuera recibido “en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa”, con mayor razón lo es para nuestro testimonio allí donde somos conocidos con todos nuestros defectos y triste pasado. Pero también es allí donde los frutos de una nueva vida serán más evidentes y constituirán la mayor de las predicaciones (Filipenses 2:15).

En el capítulo 3:13-19 vemos que los doce apóstoles fueron elegidos. Aquí fueron enviados por el Señor a predicar el arrepentimiento. Además los exhortó a que “no llevasen nada para el camino”. Su vida tenía que ser la de la fe. A cada instante recibirían lo que les era necesario para el servicio y para sus propias necesidades. Abastecerse de provisiones los privaría de preciosas experiencias y les haría perder de vista los vínculos que los unían a su Maestro ausente. Por el contrario, las sandalias eran indispensables. Ellas sugieren lo que Efesios 6:15 llama “el apresto del evangelio de la paz”. Por su conducta, todo creyente debe confirmar el mensaje de gracia del cual es portador (comp. Romanos 10:15).

Marcos 6:14-29

Todo es motivo de espanto para una mala conciencia. “Huye el impío sin que nadie lo persiga” (Proverbios 28:1). Cuando Herodes, quien había hecho decapitar a Juan el Bautista, oyó hablar de Jesús se aterrorizó pensando que el profeta podía haber resucitado, pues esto significaría que la defensa de su víctima había sido tomada por Dios mismo. Por esa misma razón los hombres se espantarán cuando Jesús, el crucificado, aparezca en las nubes (Apocalipsis 6:2, 15-17; compárese con Apocalipsis 11:10, 11).

Bienaventurada la parte de Juan, el más grande de los profetas. ¡Qué contraste con la suerte del miserable homicida! Este último era cobarde más bien que cruel, como su padre Herodes el Grande. Débil de carácter y dominado por sus concupiscencias, cuando escuchaba a Juan le agradaba y “hacía muchas cosas” (v. 20; V. M.), excepto arrepentirse y poner su vida de acuerdo con la voluntad de Dios. Hacer muchas cosas, aún buenas, no basta para serle agradable. Pero he aquí llegó un día clave. Sí, una oportunidad para Satanás y para las dos mujeres de las cuales se sirvió. Un banquete, la seducción de una danza, una promesa irreflexiva cumplida por amor propio… bastaron para consumar un crimen abominable, pagado con los más horrendos tormentos del espíritu.

Marcos 6:30-44

Los apóstoles que volvieron junto al Señor estaban muy ocupados con lo que habían hecho, y deseaban contarlo. El Maestro sabía que en ese momento ellos necesitaban un poco de descanso, y ya lo había preparado para que lo disfrutaran “aparte” con él. Nosotros, que invocamos tan fácilmente la necesidad de descansar, consideremos algunas de las condiciones en las cuales los discípulos gustaron ese reposo: 1. Siguió a una actividad para el Señor. 2. Sólo se trató de un poco de descanso, pues la tierra no puede ofrecer nada duradero (véase Miqueas 2:10). 3. Fue tomado “aparte” del mundo, separado de las distracciones que éste ofrece. 4. Lo disfrutaron junto al Señor.

¡En efecto, fue un descanso de corta duración! Las multitudes ya se reunían a su alrededor. Jesús alimentaría primero sus almas y luego sus cuerpos (Mateo 4:4); pero antes pondría a prueba a sus discípulos. Éstos acababan de contar todo lo que habían hecho. Pues bien, era el momento de probar su capacidad en lugar de querer despedir a la gente. “Dadles vosotros de comer”, les dijo Jesús, para hacerles ver que todo poder viene de él. Al mismo tiempo los asoció en gracia a su gesto de bondad. Una vez más vemos los rasgos de sabiduría, poder y amor brillar juntos en el Siervo perfecto.

Marcos 6:45-56

En la primera travesía del lago (4:35-41) el Señor estaba con sus discípulos, aunque dormía en la barca. Pero en esta ocasión la fe de los doce fue probada aún más profundamente, pues su Maestro no estaba con ellos. Había subido a la montaña para orar, mientras ellos, solos en la noche, luchaban contra el viento y las olas. Habían perdido de vista a Jesús, pero él, cosa notable, viéndolos remar en el mar agitado (v. 48), vino a ellos en la madrugada (véase Job 9:8). ¡Qué poco preparados estaban para volver a encontrarlo! Mas él, con unas palabras, se dio a conocer y los tranquilizó: “¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!” (v. 50; Isaías 43:2). ¡Cuántos creyentes, atravesando la prueba, agotadas sus fuerzas y habiendo perdido el ánimo, han podido oír la voz conocida del Señor recordándoles su presencia y su amor!

Al desembarcar por segunda vez en el país de Genesaret, Jesús fue recibido con entusiasmo e hizo numerosos milagros. ¡Qué contraste con el principio del capítulo (v. 5 y 6). Reconocer a Jesús como esas personas lo hicieron (aunque en otro tiempo lo habían menospreciado) y recibirlo, es suficiente para beneficiarse de los tesoros infinitos de su gracia, la cual siempre está a disposición de la fe.

Marcos 7:1-16

Los fariseos estaban celosos del éxito del Señor con las multitudes, pero temiendo a éstas, no osaban afrontar abiertamente a Jesús. Entonces acusaron a sus discípulos, como ya lo habían hecho anteriormente (2:24). Para esos hipócritas la pureza exterior tenía una importancia mucho más grande que la de su conciencia, la cual les preocupaba menos. Es cierto, la religión sin la santidad conviene muy bien al corazón natural. A los fariseos les interesaba la aprobación de los hombres, pero la de Dios no la tenían en cuenta.

A la inversa, el objetivo de los creyentes es primeramente agradar al Señor (Gálatas 1:10). Y como él mira al corazón, eso nos conducirá a practicar una esmerada limpieza interior, es decir, a juzgar atentamente nuestros pensamientos, motivos e intenciones a la luz de la Palabra, la cual pone en evidencia la más mínima mancha.

Jesús mostró a esos fariseos que sus tradiciones incluso contradecían los mandamientos divinos, y esto en un caso flagrante: las consideraciones y respeto debido a los padres. Insistamos en el peligro de seguir la tradición. Hacer algo simplemente porque «siempre lo hemos hechos» elimina todo ejercicio y puede desencaminarnos gravemente. Siempre deberíamos inquirir acerca de lo que dicen las Escrituras.

Marcos 7:17-37

El Señor, que conoce bien el corazón del hombre y no se deja engañar por las apariencias, pone en guardia a sus discípulos contra lo que puede manar de él. Ese corazón, queridos amigos, no ha cambiado; es el mío y el de ustedes. Gracias a Dios, existe un modo de remediar el caso (Salmo 51:10).

Después de esta trágica y definitiva constatación podemos imaginarnos qué gozo dio a Jesús su encuentro con la mujer sirofenicia. La severidad con que parecía tratarla a primera vista puso de relieve no solamente una gran fe, a la que nada desanimaba, sino también una verdadera humildad, pues en contraste con los fariseos orgullosos, esta mujer no hizo valer ningún título ni mérito; tomó su verdadero lugar ante Dios y aceptó el juicio pronunciado sobre su condición (Isaías 57:15).

Luego Jesús llevó aparte a un pobre sordomudo y le devolvió el uso de sus sentidos. ¿Quién tendría derecho de meterse en ese encuentro del Señor con el discapacitado? La conversión de un pecador exige un contacto directo, personal e íntimo con el Señor (véase 8:23).

Hermoso testimonio dado a Jesús por esas multitudes: “Bien lo ha hecho todo” (v. 37). Al recordar todo lo que el Señor ha hecho por nosotros, que podamos declarar de la misma manera y con agradecimiento: ¡Sí, Señor, tú has hecho bien todas las cosas!

Marcos 8:1-21

Al hacer el bien se pueden tener diferentes motivos más o menos confesables: buscar el reconocimiento de los hombres, como los fariseos, o apaciguar su conciencia al cumplir con un deber social. Y en la cristiandad, ¡cuántas obras no tienen otros móviles! Mas lo que sin cesar llevaba al Señor Jesús a actuar fue su compasión hacia las multitudes que aquí volvía a alimentar por segunda vez en un acto de poder (v. 2; 6:34). Nuestros contactos diarios con el mundo, su concupiscencia y su mancilla tienden a endurecernos. Habituados a ver a nuestro alrededor la miseria material, moral y sobre todo espiritual, no nos compadecemos lo suficiente. Pero Jesús conservaba un corazón divinamente sensible. El estado del sordomudo en el capítulo 7:34 lo hizo gemir mirando hacia el cielo. Aquí, en el versículo 12, fue la incredulidad de los fariseos lo que lo hizo gemir profundamente. Y al final, la dureza de corazón de sus propios discípulos también lo afligió (véase 6:52; 7:18). Los dos milagros de los cuales fueron partícipes no habían sido suficientes para darles confianza en su Maestro (Juan 14:8-9). ¡Cuánto sufrió el Señor durante su vida aquí en la tierra por compasión, pero también a causa de la incredulidad e ingratitud de los hombres… y, a veces, la de los suyos!

Marcos 8:22-38

En Betsaida, esa ciudad cuya incredulidad había subrayado especialmente el Señor (Mateo 11:21), Jesús hizo un milagro más en favor de un pobre ciego. Para curarlo fue necesaria una doble intervención; del mismo modo, a veces el pecador viene progresivamente a la luz de Dios (Salmo 138:8; Filipenses 1:6).

Después de eso, Jesús interrogó a sus discípulos para conocer las opiniones de la gente acerca de él. Luego les hizo la pregunta directa y capital: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?”. Sí, sean cuales fueren los pensamientos de los demás respecto al Señor Jesús, yo debo tener una apreciación personal de él. Pero esto sólo es el punto de partida del camino en el cual él me invita a seguirlo: el del renunciamiento a mí mismo y el de la cruz donde estoy muerto con él. Algunas personas que pasan por pruebas hablan de la cruz que tienen que cargar, o del “calvario” que deben aceptar con resignación. Pero no es eso lo que el Señor quiere decir aquí. Él le pide a cada creyente que voluntariamente tome la carga del oprobio y del sufrimiento que el mundo le presenta por ser fiel a Cristo (Gálatas 6:14). “Por causa de mí”, especifica el Señor Jesús, porque ese es el gran secreto que permite a cada cristiano aceptar la muerte con respecto al mundo y a sí mismo (v. 35; Romanos 8:36).

Marcos 9:1-13

Según la promesa del versículo 1, a tres discípulos les fue permitido contemplar por adelantado “el reino de Dios venido con poder”. Y Jesús mismo se les apareció revestido de majestad real y resplandeciente gloria. Él, que habitualmente velaba su “forma de Dios” bajo la humilde “forma de siervo” (Filipenses 2:6-7), la descubrió un instante en presencia de los suyos, quienes estaban deslumbrados y estupefactos (Salmo 104:1).

Entonces una voz, que también es para nosotros, vino desde la nube: “Este es mi Hijo amado; a él oíd”. Cuanta más grandeza y dignidad tenga una persona, más importancia tienen sus palabras. Somos invitados a escuchar nada más y nada menos que al amado Hijo de Dios. Prestemos, pues, mucha atención a sus enseñanzas (Hebreos 12:25; 1:1-2; 2:1).

Por muy bien que se estuviera sobre el “monte alto” (v. 5), era necesario volver a bajar. El Señor hizo comprender a los tres discípulos que lo que ellos acababan de ver sólo se cumpliría más tarde. Ni Juan el Bautista (a quien Elías representaba) como precursor, ni él mismo como Mesías fueron aceptados. Por eso era necesario que él pasara por la cruz y sufriera mucho antes de entrar en su gloria.

Marcos 9:14-32

Al bajar de la montaña, el Señor retomó su servicio de amor, del cual el apóstol Pedro, testigo de todas esas cosas, haría un excelente resumen en la ciudad de Cesarea. Jesús de Nazaret, diría Pedro, “anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10:38). Jesús encontró una gran aglomeración de gente discutiendo entre sí. El centro de esa agitación era un desventurado muchacho sometido desde su más tierna edad a terribles crisis nerviosas provocadas por un demonio. El padre había presentado en vano el caso de su único hijo a los discípulos, pero éstos no pudieron echar fuera al demonio. Antes de efectuar él mismo la liberación, Jesús mostró la razón de ese fracaso: la incredulidad; pues “al que cree todo le es posible”. Entonces, con lágrimas en los ojos, ese hombre se entregó al Señor (v. 24; V. M.). Comprendió que no era un esfuerzo de voluntad lo que le podría dar fe y se reconoció incapaz de lograrla. La ayuda divina es necesaria no solamente para la liberación propiamente dicha, sino aun para pedirla. En el versículo 26 el poder demoníaco se manifestó una vez más, para que la victoria del Señor fuera evidente. Jesús tomó al joven por la mano y éste se levantó.

Marcos 9:33-50

¡Pobres discípulos! Cuando el Maestro acababa de hablarles de sus sufrimientos y de su muerte, la única cosa que les interesaba, al punto de provocar una disputa entre ellos, era saber quién sería el mayor. Con su pregunta el Señor los sondeó (v. 33); luego, con gracia y paciencia, les enseñó lo que es la humildad.

A esa lección le siguió otra. Los discípulos creyeron que debían impedir a un hombre que hiciera milagros en el nombre de Jesús. “Él no nos sigue”, fue el pretexto invocado por Juan. El Señor les mostró que en eso también habían estado ocupados de sí mismos y no de él. Cuidémonos de no ser sectarios. Numerosos cristianos, pese a no marchar con nosotros, siguen al Señor muy de cerca en el camino del renunciamiento y de la cruz (8:34).

En Mateo 5:29-30 y 18:8-9 vimos lo que corresponde a los versículos 42 a 48. De una manera general, notamos que en el Evangelio de Marcos las enseñanzas del Señor son pocas en comparación con su actividad. No tenemos, por ejemplo, el equivalente al sermón del monte. Pocas palabras, pero mucha abnegación, ¡este es el carácter del siervo fiel!

Marcos 10:1-22

Los fariseos trataron de poner a Jesús en contradicción con Moisés sobre la cuestión del divorcio. Pero él les cerró la boca remontándose a la época anterior a la ley y les recordó el orden de las cosas tal como Dios las creó al principio. El mundo ha manchado y echado a perder todo lo que Dios estableció en su bella creación, y en particular la institución del matrimonio.

La dureza de corazón y el egoísmo que conducen al hombre a menospreciar y desnaturalizar todo lo concerniente al casamiento también se manifiestan, generalmente, en su poca consideración para con los niños. Los discípulos no escaparon a ese espíritu. Los versículos 13 a 16 nos dan, en comparación con Mateo, algunos detalles suplementarios que son conmovedores: el Señor comenzó por indignarse a causa de la actitud de los discípulos. Luego tomó en sus brazos a esos pequeños, donde estaban en perfecta seguridad, y los bendijo expresamente (Mateo 19:13-14).

En la escena que sigue, Marcos es igualmente el único en mencionar un punto de mucha importancia: el amor del Señor por el joven que vino a buscarlo. Pero éste permaneció insensible y se fue, tal vez para siempre, prefiriendo sus vanas riquezas a la compañía presente y eterna de Aquel que lo amaba.

Marcos 10:23-34

En el Antiguo Testamento las bendiciones eran terrenales y las riquezas se consideraban como una prueba del favor de Dios (véase Deuteronomio 8:18). De ahí el asombro de los discípulos. Ellos acababan de ver un hombre aparentemente bendecido por Dios, amable, de conducta irreprochable, dispuesto a hacer buenas obras. Y el Señor lo había dejado partir. Verdaderamente, si tales ventajas no daban acceso al reino de Dios, ¿quién podía ser salvo? En efecto, Jesús les respondió que la salvación es una cosa imposible para los hombres; sólo Dios ha podido cumplirla.

El Señor no condena aquí a los ricos, sino “a los que confían en las riquezas”. Seguirlo a él implica inevitablemente renunciamientos que pueden ser dolorosos (v. 29). Pero si éstos son aceptados por amor al Señor y al Evangelio, serán al mismo tiempo la fuente de gozos incomparables. El primer gozo será el saber que uno está aprobado por el Señor. Sí, la penetrante mirada de Jesús (v. 21, 23, 27) lee en nuestros corazones e indaga si ése es verdaderamente el motivo que nos hace obrar. Ésta es la justa respuesta al amor de Aquel que dejó el cielo por nosotros.

En este capítulo encontramos la naturaleza humana bajo su aspecto amable (v. 17-22), presuntuoso (v. 28), indeciso (v. 32), celoso (v. 41) y egoísta (v. 35-40).

Marcos 10:35-52

Notemos la fe de Jacobo y Juan; ellos sabían que su Maestro era el Mesías, el Heredero del reino, y que tendrían parte con él. Pero su demanda manifestó la ignorancia y la vanidad de su corazón natural. Lleno de gracia, el Señor reunió a sus discípulos y se sirvió de esta desgraciada intervención para su instrucción, así como para la nuestra. ¿No era evidente que tenían ante sí al Modelo de humildad por excelencia, Aquel que teniendo todos los derechos a ser servido quiso hacerse siervo, para librar a su criatura y pagar con su propia vida el rescate exigido por el soberano Juez? El versículo 45 ha sido llamado el versículo clave del Evangelio, pues lo resume todo.

En este capítulo el Espíritu nos muestra tres actitudes distintas: el joven rico a quien el Señor invitó a seguirle, pero que se fue (v. 21, 22); los discípulos, que también fueron llamados: ellos lo seguían “con miedo” (v. 32) y esgrimían su renunciamiento (v. 28); por último el pobre ciego, a quien Jesús no pidió nada al curarlo, pero quien, sin pronunciar una palabra y tirando lejos el manto que pudiera impedir su marcha, lo seguía “en el camino” (v. 52). Observemos la inconstancia de la multitud: primero reprendió al ciego, pero un instante después le dijo: “Ten confianza…”

Marcos 11:1-14

El camino del Señor se acercaba a su término. Jesús hizo su entrada solemne en Jerusalén y fue al templo; allí comenzó mirando a su “alrededor todas las cosas” (v. 11) como si preguntase: Aquí, ¿estoy en casa? Ese detalle, particular en el evangelio de Marcos, nos muestra que Dios jamás juzga el estado de las cosas apresuradamente antes de condenarlo (véase Génesis 18:21). ¿Cuáles habrán sido los sentimientos del Señor al ver profanada hasta tal punto esa “casa de oración”? Abandonó ese lugar mancillado y se retiró a Betania para pasar la noche con el pequeño número de los que lo reconocían y lo amaban. Betania significa «casa del afligido» o «de higos». Como frecuentemente en la Escritura, ese doble sentido nos parece característico. En el momento en que Jesús se veía obligado a maldecir a la higuera estéril, que representaba a Israel tal como Jesús lo encontró, era como si él, el Afligido y Necesitado (Salmo 40:17), encontrara en Betania, y solamente allá, fruto para Dios (“higos muy buenos”, según Jeremías 24:2), es decir, consuelo para su corazón y un sabor anticipado del “fruto de la aflicción de su alma” en la cruz. A pesar de su hermosa apariencia (las hojas), figura de una hermosa religión, no había “higos en la higuera” de Israel, como lo constata el mismo profeta (Jeremías 8:13).

Marcos 11:15-33

El Señor purificó el templo que había inspeccionado en la víspera. El celo del perfecto Siervo por la casa de su Dios lo consumía (Juan 2:17).

Venida la noche abandonó la ciudad mancillada, pero al día siguiente volvió y pasó frente a la higuera. En respuesta a la observación de Pedro, Jesús no hizo énfasis en su propio poder, sino que dirigió el pensamiento de los discípulos hacia Dios. Era como si les dijese: Aquel que me ha respondido está dispuesto a escuchar también sus oraciones y a quitar todo obstáculo de su camino, aunque sea tan alto como una montaña. Tener fe en Dios no es esforzarnos en creer en la realización de nuestros deseos, sino contar con Alguien a quien conocemos, que nos ha hecho promesas y es fiel para cumplirlas, que nos ama. Pero hay un caso en el cual Dios no podrá respondernos en absoluto: si tenemos “algo contra alguno”. He aquí una montaña infranqueable en el camino de nuestra relación con Dios. Si tenemos “algo contra” alguien, es necesario arreglar ese asunto inmediatamente para volver a restablecer la comunión con Dios y también con nuestros hermanos (Salmo 84:5).

En el versículo 27 comienzan las últimas charlas del Señor, en el curso de las cuales confundiría sucesivamente a sus distintos adversarios.

Marcos 12:1-17

Los jefes del pueblo debieron reconocerse en la abrumadora parábola de los labradores malvados.

Observemos como es designado (solamente en Marcos) el último enviado del Dueño de la viña: “Por último, teniendo aún un hijo suyo, amado” (v. 6). ¡Expresión que se puede comparar con lo que Dios dijo a Abraham: “Toma ahora a tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas” (Génesis 22:2), y que nos habla de una manera conmovedora de los afectos del Padre para con su Muy Amado Hijo sacrificado por nosotros!

Así desenmascarados, los fariseos y los herodianos trataron de replicar. Con cumplidos hipócritas, pero que sin quererlo daban un testimonio a Jesús (“eres hombre veraz… con verdad enseñas el camino de Dios”, versículo 14), trataban de sorprenderle con una de las preguntas más sutiles. Su lo hubiese descalificado como Mesías; su no lo hubiese condenado ante los romanos. Mas Jesús les respondió de la única manera que ellos no esperaban, dirigiéndose a su conciencia. ¡Divina y admirable sabiduría! No obstante, ¡cuánto tuvo que sufrir el Salvador, en quien todo era verdad y amor, por esa mala fe, por la maldad, sí, por esa continua “contradicción de pecadores contra sí mismo”! (Hebreos 12:3; Ezequiel 13:22).

Marcos 12:18-34

A su vez, los saduceos también trataron de rivalizar con la sabiduría de Jesús. En realidad ellos no creían en la resurrección (véase Hechos 23:8); pero el Señor, en el versículo 26, les habló del tema y destruyó sus argumentos por medio de la Palabra. La resurrección está doblemente atestiguada: por las Escrituras y por el poder de Dios que resucitó a Cristo. Sin embargo, es probable que ninguna otra verdad haya chocado más con la incredulidad de los hombres que ésta (véase Hechos 17:32 y 26:8). Como Pablo lo demuestra, esta verdad es uno de los fundamentos esenciales del cristianismo; no se puede tocarla sin que toda nuestra fe se derrumbe (1 Corintios 15).

Contrariamente a los anteriores opositores, en el escriba que interrogó al Señor en cuanto al mandamiento más grande había rectitud e inteligencia. El primer mandamiento es el amor, responde Jesús; el amor por Dios y por el prójimo, que constituye el cumplimiento de la ley (Romanos 13:10; Gálatas 5:14). Queridos amigos ¿no deberíamos nosotros amar mucho más que Israel, pues hemos sido buscados más lejos que él, de en medio de las naciones ajenas a las promesas, y traídos más cerca en la relación de hijos del Dios de amor? (Efesios 2:13).

Marcos 12:35-44

Entonces, fue Jesús quien enunció un problema embarazoso para sus interlocutores. ¿Cómo puede el Cristo ser a la vez el hijo y el Señor de David? (véase Salmo 89:3-4, 36). Ellos no sabían explicarlo y su orgullo les impedía pedir la respuesta… a Cristo mismo. Pues justamente a causa de su rechazo, el Hijo de David ocuparía la posición celestial que le atribuye el Salmo 110.

Para poner al pueblo en guardia contra sus jefes indignos, el Señor hizo una triste descripción de los escribas vanidosos, avaros e hipócritas. Desgraciadamente, estos rasgos también han caracterizado a otros jefes religiosos, además de los de Israel (véase 1 Timoteo 6:5).

El versículo 41 nos muestra a Jesús sentado cerca del tesoro del templo. Con su mirada penetrante, que ya hemos visto puesta sobre todos y todas las cosas, observaba no cuánto daba (lo único que le interesa al hombre), sino cómo daba cada uno.

Y he aquí una pobre viuda se acercó con su conmovedora ofrenda, las pocas monedas que le quedaban para vivir. Emocionado, el Señor llamó a sus discípulos y comentó lo que acababa de ver. ¡Ah! esa ofrenda extraordinaria, “todo lo que tenía”, probaba no solamente el afecto de esta mujer por el Señor y su casa, sino también la total confianza que ella había puesto en Dios para atender a sus necesidades (comp. 1 Reyes 17:13-16).

Marcos 13:1-13

Los discípulos estaban impresionados por la grandeza y belleza exterior del templo. Mas el Señor no mira “lo que mira el hombre” (1 Samuel 16:7; Isaías 11:3). Él había entrado en el templo y había constatado la iniquidad que lo llenaba (11:11). Por tanto su mirada llegaba más allá, a los acontecimientos que pocos años después de su rechazo traerían la ruina de la ciudad culpable. La historia nos enseña que en el año 70 Jerusalén fue objeto de un terrible asedio y una destrucción casi total por el ejército del general romano Tito. Ese horroroso castigo puso a prueba grandemente la fe de los creyentes que estaban muy apegados a la santa cuidad. Pero Jesús los había animado de antemano (v. 2, 11, 13). Cuántos hijos de Dios, al atravesar las persecuciones, han hecho maravillosas experiencias. En el momento de dar testimonio, el Espíritu Santo les dictó lo que debían decir. Así fue para Pedro cuando lo condujeron ante los jefes del pueblo, los ancianos y los sacerdotes en Hechos 4:8, y para Esteban (7:55). Pero, según nuestra medida y según nuestras necesidades, ese poder del Santo Espíritu también podrá manifestarse, al dejarle obrar en nosotros.

Marcos 13:14-37

La Iglesia no tendrá que atravesar las terribles tribulaciones que conocerá el remanente judío (Apocalipsis 3:10). Sin embargo, al descansar sobre esta certeza, temamos dejarnos dominar por el sueño espiritual que nos acecha tan peligrosamente en la larga y agotadora noche moral de este mundo. Pensemos en el inminente retorno del Señor y apropiémonos de las serias exhortaciones hechas en este capítulo. Una corta parábola nos presenta al Señor como un dueño de casa que se ausentó después de haber dejado su hacienda bajo la responsabilidad de sus siervos. Cada uno de ellos recibió su obra, es decir, su tarea precisa, particular. El Dueño no hizo restricciones de ninguna clase en cuanto a la diversidad de tareas que debían cumplirse. Al leer: “Cada uno su obra”, esto nos sugiere que existe un número ilimitado de servicios diferentes que el Señor ha preparado para los suyos (comp. Romanos 12:6-8).

La breve consigna dada al portero, al cual se le mandó que velase, se dirige igualmente a “todos”, es decir, a usted y a mí (v. 37). Y nótese que en Marcos, el ministerio de Jesús se termina con la palabra “velad”. ¡Guardémoslo en nuestros corazones, como se guarda la última recomendación de un ser amado que nos ha dejado… pero que volverá!

Marcos 14:1-16

Al acercarse la muerte del Señor, los sentimientos de los hombres se afirmaban y se manifestaban: odio y menosprecio por parte de los jefes del pueblo que conspiraban en Jerusalén; amor y respeto en la casa familiar de Betania, donde esa mujer, cuyo nombre no es revelado aquí, cumplió para con él una “buena obra”, fruto de un amor inteligente. Esto es una preciosa ilustración del culto de los hijos de Dios. Reconocen en el Salvador despreciado por el mundo a Aquel que es digno de todo homenaje; le expresan, por medio del Santo Espíritu y con el sentimiento de su propia indignidad, esta adoración que es un perfume de un precio inestimable para su corazón. Las críticas hacia esos adoradores no faltan, ni aun por parte de creyentes que colocan la beneficencia o el Evangelio antes que toda otra actividad cristiana. Sin descuidar esas cosas, no olvidemos que la alabanza es la primera de nuestras obligaciones. Y contentémonos con la aprobación del Señor para cumplir con un espíritu quebrantado (del cual es símbolo el vaso) ese santo servicio de adoración, el único que es exclusivo para él y por la eternidad.

Los versículos 10 a 16 nos muestran las disposiciones que tomaron los discípulos para preparar la Pascua… y Judas para traicionar a su Maestro.

Marcos 14:17-31

Era el instante de su última cena aquí en la tierra. En esa hora íntima de despedida, en la cual Jesús quería dejar hablar libremente sus sentimientos, algo agobiaba su alma. No era la cruz que se aproximaba, sino la indecible tristeza al saber que entre los doce un hombre había decidido su perdición: “Uno de vosotros… me va a entregar”. A su turno los discípulos se entristecieron e interrogaron. Aquí no tenían confianza en sí mismos, confianza que se manifestaría en sus pretensiones de abnegación, particularmente de parte de Pedro (v. 29 y 31).

Cuando el traidor salió, el Señor instituyó la santa cena como memorial suyo. Bendijo, partió el pan y lo distribuyó a los suyos; tomó la copa, dio gracias y se la dio. Luego les explicó el alcance de esos símbolos simples pero solemnes a causa de los grandes hechos que conmemorarían: su cuerpo entregado y su sangre vertida, seguros fundamentos de nuestra fe. Lector, ¿no le hubiese gustado estar en ese aposento alto cerca de su Salvador? Entonces, ¿por qué no unirse a aquellos que hoy, cada primer día de la semana y pese a su debilidad, anuncian la muerte del Señor mientras esperan su retorno?

Luego el Señor Jesús cantó un himno con sus once discípulos y se fue junto con ellos al monte de los Olivos.

Marcos 14:32-54

Ahora el que había tomado “forma de siervo” iba a mostrar hasta dónde llegaría su obediencia. Sí, “hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:7-8). Satanás puso todo en acción para hacer salir a Jesús del camino de su perfección. En esa lucha decisiva el enemigo se sirvió de la angustia del Señor, quien conocía todo el horror de la copa de la ira de Dios contra el pecado, la cual su Padre le daría a beber en breve. El arma de Jesús fue su dependencia. Una palabra que sólo le escuchamos emplear aquí traduce la intimidad más profunda de tal momento: “Abba, Padre”, dijo él, sabiendo que esta perfecta comunión debería interrumpirse cuando bebiera la copa. Pero precisamente su amor incondicional por el Padre acarreaba una obediencia incondicional: “Mas no lo que yo quiero, sino lo que tú”.

En presencia de tal combate, ¡cuán culpable era el sueño de los discípulos! Poco tiempo antes su Maestro los había exhortado a velar y orar (13:33). Y aún les pidió encarecidamente tres veces, pero fue en vano; sin embargo, él estaba preparado. El traidor llegó con aquellos que venían a prenderlo. Sus discípulos lo abandonaron y huyeron, incluso ese joven envuelto en una sábana, imagen de la profesión cristiana que no resiste la prueba.

Marcos 14:55-72

En plena noche, el palacio del sumo sacerdote estaba en gran efervescencia. Jesús se hallaba delante de sus acusadores. Falsos testigos hacían declaraciones que no concordaban. Pero el Señor no sacaba partido para defenderse. Fue condenado, abofeteado, golpeado; le escupieron la cara. Nuestro adorable Salvador aceptó todos esos ultrajes anunciados proféticamente (Isaías 50:6).

Otra triste escena transcurría en el patio del palacio. Pedro no había creído lo que le decía su Maestro, a quien le contestó: “No te negaré” (v. 31). Tampoco había acatado la exhortación de velar y orar en Getsemaní. El secreto de su derrota está ahí. Sin embargo, el Señor le había advertido: “La carne es débil” (v. 38). Pero era una verdad que Pedro no estaba dispuesto a aceptar, por eso debía hacer esa amarga experiencia. Lo que nosotros no queremos aprender con el Señor, recibiendo humildemente su Palabra, tendremos que aprenderlo dolorosamente enfrentándonos al enemigo de nuestras almas.

Para confirmar mejor que él no conocía a “este hombre”, Pedro profirió maldiciones y juramentos. No lo juzguemos; pensemos más bien de cuántas maneras podemos negar al Señor si no velamos: por nuestros actos, palabras o… el silencio (léase 1 Corintios 10:12).

Marcos 15:1-21

Apremiados por la proximidad de la Pascua y en su afán por acabar con ese prisionero que les inspiraba temor, los jefes del pueblo no perdieron un instante. Llevaron a Jesús ante Pilato con las manos atadas, esas manos que habían curado tantas miserias y sólo habían hecho el bien. Ante el gobernador romano, el Salvador nuevamente guardó un silencio cuyos maravillosos motivos están revelados en el Salmo 38:1-15; 39:9 y Lamentaciones 3:28. Su oración en aquel momento fue: “En ti, oh Jehová, he esperado; tú responderás, Jehová Dios mío”. “Porque tú lo hiciste”.

Bajo la presión de los principales sacerdotes todo el pueblo en su ciega locura reclamaba a grandes gritos la libertad del asesino Barrabás y la crucifixión de su Rey. Entonces Pilato, para complacer a la muchedumbre, liberó al criminal y condenó a Aquel cuya inocencia reconocía. Nótese hasta dónde puede llegar el deseo de complacer a los hombres (Juan 19:12).

Los brutales soldados se mofaban, fingiendo someterse a Aquel que estaba en su poder (ellos no comprendían que se hubiese entregado voluntariamente). Y el hombre coronó a su Creador con las espinas que la tierra había producido como consecuencia del pecado del hombre (Génesis 3:18).

Marcos 15:22-41

El hombre consumó el más horrendo de todos los crímenes: crucificó al Hijo de Dios y no le escatimó ningún sufrimiento y humillación. El Salvador estuvo sobre el madero de infamia donde lo retuvo su amor por el Padre y por los hombres. “Fue contado con los inicuos”, como lo anunciaban las Escrituras (Isaías 53:12). En esa cruz experimentó también toda clase de insultos y provocaciones. El mundo lo rechazó (condenándose de esa manera a sí mismo). Además de todo esto, el cielo también se cerró, como lo expresa el grito de su indecible angustia: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (v. 34, Salmo 22:1, véase Amós 8:9-10). El cielo se cerró para él a fin de que pudiera ser abierto para nosotros. A fin de llevar “muchos hijos a la gloria”, el autor de nuestra salvación fue consumido por los sufrimientos (Hebreos 2:10). Esa página de la Santa Escritura, sobre la cual nuestra fe reposa con adoración, constituye el documento indiscutible que nos garantiza el acceso al cielo de gloria, acceso cuya señal nos es dada por el velo que se rasgó. El gran clamor de expiración del Salvador es prueba de que él entregó su vida por sí mismo, en plena posesión de su fuerza. Es el último acto de obediencia de Aquel que vino a la tierra para servir, sufrir y morir, dando su preciosa vida en rescate por muchos (10:45).

Marcos 15:42-47; Marcos 16:1-8

Después de la amargura de la cruz donde el Salvador estuvo solo, Dios se complace en mostrar la diligencia y entrega de algunas almas piadosas que honraron a su Hijo. En primer lugar, José de Arimatea reclamó el cuerpo de Jesús a Pilato y se ocupó piadosamente de su sepultura. Luego, al amanecer del primer día de la semana, el día de la resurrección, vemos a tres mujeres apresurándose hacia el sepulcro. Son de aquellas que “le seguían y le servían” antes de asistir con dolor a la escena de la cruz (15:40-41; Juan 12:26). En su deseo de cumplir un último servicio para con Aquel que pensaban haber perdido, llevaban especias aromáticas para embalsamar su cuerpo. Pero esos preparativos fueron inútiles, pues un ángel les anunció la gloriosa nueva: Jesús había resucitado. Notemos que otra mujer, la que en el capítulo 14 versículo 3 había ungido los pies de Jesús, no se hallaba en el sepulcro. ¿Sería por falta de afecto hacia el Señor?

Ella dio prueba de lo contrario. Había sabido discernir el momento de derramar su perfume. Acordémonos de que la abnegación del amor es más preciosa aún para el Señor cuando está acompañada con el discernimiento de su voluntad y la obediencia a su Palabra.

Marcos 16:9-20

Unas palabras de Pedro al principio del libro de los Hechos resume bien este evangelio de Marcos. El apóstol evoca “todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros (dos verbos que caracterizan el servicio), comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba…” (Hechos 1:21-22). Primer cuadro del evangelio: en el Jordán el cielo se abrió para que el Espíritu descendiese sobre Jesús (1:10); último cuadro: ese mismo cielo se abrió para recibirlo. Entre los dos está su vida de servicio y entrega. Aprobado por Dios en su vida y en su muerte, ahora ocupa el lugar glorioso del perfecto reposo que le corresponde “a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hebreos 1:3).

A los discípulos les correspondía cumplir con su tarea, siguiendo las instrucciones de los versículos 15-18 y el gran ejemplo que tuvieron ante sus ojos. Pero no estaban abandonados a su propia suerte. El Señor, desde lo alto, continuaba sirviéndoles y dirigía su trabajo. El servicio es un privilegio eterno que su amor se reserva. Siervo para siempre (véase Éxodo 21:6; Deuteronomio 15:17; Lucas 12:37), el Señor cooperaría con los discípulos y los acompañaría con su poder (v. 20; Hechos 14:3; Hebreos 2:4). Y nosotros, cristianos, llamados a seguir sus pisadas y testigos del mismo Evangelio (v. 15), también podemos contar con él si nuestro deseo es servirle mientras lo esperamos.

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