Malaquías

Malaquías 1:1-14

El libro de Malaquías es particularmente serio. Constituye el último llamado divino a la conciencia y al corazón de ese pueblo judío, en medio del cual aparecerá Cristo cuatro siglos más tarde. El diálogo que se entabla entre Jehová y el pueblo, desde las primeras palabras pone en evidencia, del lado de Dios, el amor eterno, personal, fuente de toda bendición: “Yo os he amado”. ¿Y del lado de Israel?: la ingratitud, la inconsciencia, en una palabra la insolencia con la cual se permite pedir pruebas de esa divina bondad. ¿Qué padre, qué maestro soportaría ser tratado con tan escandalosa falta de consideración? (v. 6). Este pueblo no sólo pisoteaba la honra debida a Jehová, sino también sus más imperativos preceptos (v. 8; Levítico 22:17-25) y sus más tiernos sentimientos. ¡Ay, no hemos de buscar mucho tiempo una enseñanza para nuestras almas! Nosotros también temamos dudar del amor del Señor, murmurar o hasta sublevarnos contra su voluntad. No pasemos con indiferencia, ni aún con fastidio (v. 13) al lado de tantos testimonios de la gracia de Dios, empezando por la cruz en la cual dio a su Hijo por nosotros. ¿Qué caso hacemos de los derechos y del amor de Dios?

Malaquías 2:1-17

Jehová tiene una particular instrucción para los sacerdotes. De corazón deberían haber dado gloria a su nombre (v. 2). El servicio cristiano no tiene otra razón de ser. Demasiado a menudo se glorifica al siervo antes que a su Señor.

¿De quién si no de Cristo se podría decir que “iniquidad no fue hallada en sus labios”? (v. 6). Aun los alguaciles debían convenir en que “¡jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Juan 7:46). Esta perfección sólo hace resaltar mejor el triste retrato del clero en el tiempo del Señor: sacerdotes, escribas y fariseos. Él guardó el pacto (v. 5); ellos lo corrompieron. Él anduvo con Dios en paz y rectitud; ellos se apartaron del camino. Él “a muchos hizo apartar de la iniquidad”; ellos hacían tropezar a la gente (v. 8-9; Isaías 9:16). “La ley de verdad estuvo en su boca”; ellos cansaban al Señor con sus palabras (v. 17; Mateo 6:7).

“Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales” repiten los versículos 15 y 16. Nuestro espíritu tiene la sensibilidad de una banda magnética, y conserva un rastro de todo lo que se registra en él. Estemos prontos a ocuparlo sólo con cosas verdaderas… puras, amables, de buen nombre… (Filipenses 4:8).

Malaquías 3:1-12

Malaquías significa mensajero de Jehová. Al citar el versículo 1 el Señor Jesús aplica este título a Juan el Bautista, encargado de preparar delante de Él el corazón de su pueblo (Mateo 11:10). El rechazo del Mesías después del de su precursor suspendió el curso de la profecía. El actual tiempo de la Iglesia es pasado por alto y en el versículo 2 vemos como Jehová vuelve a tomar sus propósitos acerca de los hijos de Leví mediante un trabajo de afinación y depuración (v. 2-3; Salmo 66:10; Job 28:1).

Hay quienes observaron al artesano fundidor ocupado en purificar el mineral de plata. Él se sienta junto al crisol mientras dura la fusión. La operación sólo se acaba cuando su propia imagen se refleja nítidamente en el brillante metal. ¡Notable ilustración de lo que el Señor cumple en cada uno de nosotros! Él sabe ordenar nuestras circunstancias; a veces atiza el fuego de la prueba a fin de quitarnos toda impura aleación. Proseguirá su paciente trabajo hasta que su radiante imagen moral se refleje en nosotros (comp. Zacarías 13:9; 2 Corintios 3:18). ¿Cuáles pueden ser los sentimientos del Señor, defraudado en los dones, el servicio y la confianza que se le debe? “Probadme” dice él a su pueblo. Sí, el Señor se regocija cuanto nuestra fe le permite bendecirnos.

Malaquías 3:13-18; Malaquías 4:1-6

Aquí nos presenta Dios a los pocos fieles, humildes y escondidos que iban a tener el honor de acoger a su Hijo en su venida a la tierra. Son su “especial tesoro”; sus nombres están consignados en su “libro de memoria” y el Evangelio nos da a conocer a algunos: José y María, Zacarías, Elisabet, Simeón, Ana… Hoy en día ¿formamos parte de los que temen al Señor, hablan de él y esperan su retorno?

Más tarde, durante la gran tribulación, habrá un remanente que temerá el nombre de Jehová (cap. 4:2; Apocalipsis 12:17). Para ellos nacerá el Sol de justicia. Se acabará la actividad de las tinieblas, los soberbios y los impíos serán consumidos (cap. 3:15; 4:1-2). Y con la palabra maldición termina el Antiguo Testamento, dicho de otro modo, la enteramente decepcionante historia del primer Adán. Su irremediable miseria, que acaba en la eterna desdicha, quedó definitivamente demostrada. ¿Estamos convencidos personalmente de ello en nuestra conciencia? Entonces, desde la primera página del Nuevo Testamento aprendamos a conocer el Nombre del segundo hombre, Jesús, en quien Dios halló su complacencia y en quien nosotros hallamos la salvación y la bendición.

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