Lucas

Lucas 1:1-17

Este evangelio es el que, por así decirlo, nos acerca más al Señor Jesús, pues nos lo presenta especialmente en su humanidad perfecta. Dios escogió a Lucas, el médico amado y fiel compañero de Pablo (Colosenses 4:14; 2 Timoteo 4:11), para que nos hiciera esta revelación. Ésta es presentada bajo la forma de una narración destinada a un cierto Teófilo (cuyo nombre significa “el que ama a Dios”). El tema condujo al evangelista a describir, con particular cuidado, cómo Jesús se revistió de nuestra humanidad e hizo su entrada en el mundo. Es verdad que habría podido aparecer a una edad adulta; mas quiso vivir nuestra historia desde el nacimiento hasta la muerte, pero siempre para la gloria de Dios. El principio del relato nos presenta a Zacarías, un piadoso sacerdote, cumpliendo su servicio en el templo. Mientras oficiaba en ese solemne lugar, repentinamente y con temor notó que ya no estaba solo. Había un ángel junto al altar del incienso que traía un mensaje divino: Un hijo sería dado a Zacarías y Elisabet. Separado para Dios desde el vientre de su madre, sería el profeta encargado de preparar a Israel para la venida de su Mesías, quien diría de él más tarde: “Si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir” (comp. v. 17 con Mateo 11:14 y Malaquías 4:5-6).

Lucas 1:18-38

Ante estas “buenas nuevas” (v. 19), el corazón de Zacarías permaneció incrédulo. Y, sin embargo, ¿no eran la respuesta a sus oraciones? (v. 13). Desgraciadamente sucede lo mismo con nosotros. Ya no esperamos del Señor lo que le hemos pedido. En respuesta a la pregunta: “¿En qué conoceré esto?”, el mensajero celestial reveló su propio nombre: Gabriel, que significa Dios es poderoso. Sí, su palabra se cumpliría a pesar de las dudas con que fue acogida. Zacarías quedó mudo hasta el nacimiento del niño, mientras que Elisabet, su mujer, objeto de la gracia divina, se recluyó modestamente para no llamar la atención. Después, el ángel Gabriel fue encargado de una misión más extraordinaria todavía: anunciar a María, una virgen de Israel, que ella sería la madre del Salvador. ¡Maravilloso acontecimiento, infinito en sus consecuencias! Comprendemos la turbación y emoción que se apoderaron de la joven. Pero su pregunta del versículo 34 no denotaba incredulidad como la de Zacarías. María creyó y se sometió enteramente a la voluntad divina: “He aquí la sierva del Señor” (v. 38). Ésta es la respuesta que el que nos ha rescatado espera de nosotros.

De Juan el ángel había dicho: “Será grande delante de Dios” (v. 15), pero de Jesús declaró: “Será grande, y será llamado Hijo del Altísimo… Hijo de Dios” (v. 32, 35).

Lucas 1:39-56

Deseosa de compartir el feliz mensaje con Elisabet, de quien el ángel le acababa de hablar, María visitó a su parienta. ¡Qué conversación tuvieron estas dos mujeres! Bien ilustra Malaquías 3:16: “Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero”. Las ocupaba la gloria de Dios, el cumplimiento de sus promesas, las bendiciones ofrecidas a la fe. ¿Tenemos nosotros tales temas de conversación cuando nos encontramos con otros hijos de Dios? “Bienaventurada la que creyó”, exclamó Elisabet, y María respondió: “Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” (v. 47). Esto es suficiente para demostrar que María no ha sido salvada de otra manera que por la fe. Como pecadora tenía necesidad, al igual que todos los hombres, del Salvador que iba a nacer de ella. Él “ha mirado la bajeza de su sierva”, añadió María (v. 48). A pesar del honor excepcional que Dios le concedía, María permaneció humilde ante él. ¿Qué pensaría ella del culto del que se le ha hecho objeto en ciertos ámbitos de la cristiandad?

Observemos cuánto se asemeja el hermoso cántico de María al de Ana (1 Samuel 2). Ambos hablan de cómo Dios “exaltó a los humildes… y a los ricos envió vacíos”. Dios sólo envía vacíos a los que están llenos de sí mismos.

Lucas 1:57-80

Elisabet trajo al mundo al que sería el profeta del Altísimo (v. 76). Vecinos y parientes se regocijaron con ella. ¡De cuánta alegría están llenos estos capítulos! (1:14, 44, 47, 58; 2:10). Zacarías tuvo la ocasión de demostrar su fe confirmando el hermoso nombre de este niño (Juan significa “favor del Señor”). Inmediatamente le fue devuelta el habla; sus primeras palabras fueron para alabar y bendecir a Dios. Lleno del Espíritu Santo, celebró la gran acción libertadora que Dios habría de emprender en favor de su pueblo. ¡Cuánto más aún puede subir nuestro cántico cristiano! Por la venida de Cristo y su obra en la cruz Dios nos ha librado, no de enemigos terrenales, sino del poder de Satanás. Estando así libertados, nuestro privilegio es servir al Señor “sin temor… en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días” (comp. v. 74-75 con Hebreos 2:14-15). “Nos visitará el Sol naciente, descendiendo de las alturas”, añade Zacarías (v. 78; V. M.). En los tiempos de Ezequiel, la gloria se había ido en dirección del oriente (o del sol naciente). Adorable misterio, esta gloria divina volvía a visitar al pueblo impotente y miserable (v. 79). Esta vez no era bajo el aspecto de una nube deslumbrante, sino bajo la condición de un humilde niño.

Lucas 2:1-20

Sin saberlo, el emperador Augusto César fue uno de los instrumentos de los cuales Dios se sirvió para cumplir sus maravillosos designios. Desconocidos por todos, José y María se dirigieron a Belén, en donde tuvo lugar el nacimiento del Señor Jesús. Pero, ¡qué entrada hizo el Hijo de Dios en este mundo! ¡Tuvo que ser acostado en un pesebre porque no había lugar para él en el mesón! Su venida molestó al mundo. Cuántos corazones se asemejan a este mesón: no hay sitio para el Señor Jesús.

No fue a los grandes, sino a los humildes pastores a quienes fue anunciada la maravillosa noticia: “Os ha nacido hoy… un Salvador”. Él nació para ellos y para nosotros. Al mundo no le interesó el nacimiento del Salvador, pero el cielo entero celebró este incomparable misterio: “Dios fue manifestado en carne… visto de los ángeles” (1 Timoteo 3:16). Éstos dieron gloria a Dios en su magnífico cántico, anunciaron la paz en la tierra y la buena voluntad de Dios para con los hombres (comp. Proverbios 8:31). Gracias a la señal que les fue dada, los pastores encontraron al niño, comunicaron lo que acababan de ver y oír y dieron gloria a Dios (v. 20). Unamos nuestro reconocimiento y loor al de ellos.

Lucas 2:21-38

El niño fue sometido a todo el ritual que ordenaba la ley del Señor. El nombre del Señor se repite cuatro veces en los versículos 22-24, como para afirmar los derechos divinos sobre ese niño y el cumplimiento de la voluntad de Dios desde su cuna. El sacrificio ofrecido en el templo destaca la pobreza de José y María (ver Levítico 12:8). Una vez más el Liberador de Israel fue presentado a los humildes y piadosos ancianos: Simeón y Ana, y no a los principales del pueblo. ¿En mérito a qué les fue otorgado este favor? ¡Porque lo esperaban! El Espíritu condujo a Simeón al templo y le señaló a Aquel que es “la consolación de Israel” (v. 25), la salvación de Dios, la luz de las naciones y la gloria del pueblo. Él vio con sus propios ojos y tuvo en sus brazos a este niño que era todo esto para su fe. Dio gracias a Dios y anunció que Jesús sería la piedra de toque para manifestar el estado de los corazones (Isaías 8:14), tal como todavía lo es hoy. A su vez Ana, mujer de oración y fiel testigo, también vino y se unió a la alabanza. Al permanecer en el templo, cumplía el versículo 4 del Salmo 84 y habló de lo que llenaba su corazón: habló de él. ¡Qué gran ejemplo para nosotros!

Lucas 2:39-52

Este pasaje tiene una importancia particular: es la única ojeada que Dios ha juzgado conveniente darnos a conocer sobre la infancia y juventud del Señor Jesús. Por lo tanto tenemos aquí, especialmente para los jóvenes y los niños, el Modelo por excelencia. Fue perfecto en sus relaciones con su Padre celestial, cuyos “negocios” eran la prioridad de su vida. También fue perfecto en su contacto con los doctores de la ley: infinitamente más sabio que todos ellos, no les enseñaba, sino que los escuchaba y les preguntaba, única actitud que convenía a su edad. Igualmente perfecto en sus relaciones con sus padres: estaba sujeto a ellos, aclara el versículo 51, para que no pensemos que se había escapado por insubordinación. Él, que tenía conciencia de su soberanía como Hijo de Dios, se sometió a una absoluta obediencia a sus padres.

Finalmente subrayemos la asiduidad de Jesús en el templo y su precoz interés por las verdades divinas. Nada más lo atraía en la célebre ciudad de Jerusalén, la que probablemente visitaba por primera vez. ¿Qué importancia damos nosotros a la presencia del Señor y a sus enseñanzas?

Lucas 3:1-14

Los caminos de entonces eran en general tan malos que debían ser reparados cada vez que el cortejo de un alto personaje debía pasar. Visto en un sentido moral, éste era el servicio de Juan el Bautista. Encargado de preparar la venida del Mesías, advirtió a los judíos que su calidad de hijos de Abraham no era suficiente para ponerlos al abrigo de la ira. Lo que Dios reclamaba de ellos era el arrepentimiento acompañado de frutos verdaderos. El arrepentimiento o la ira, sí, tal era la elección para Israel y para todo hombre.

Unas tras otras, personas de diferentes clases sociales se dirigían a Juan; él tenía algo que decirle a cada una de parte de Dios. Asimismo la Palabra responde a todos los estados y a todas las circunstancias.

En último lugar se presentaron los hombres de guerra. Estos quizás esperaban que el Mesías los alistase bajo su bandera en un ejército de liberación del yugo romano. La respuesta de Juan debió sorprenderlos (v. 14). No pensemos que el Señor nos necesita para cumplir acciones sobresalientes. Lo que él espera de nosotros es un testimonio de honestidad, dulzura y contentamiento en medio de la situación en que nos encontramos (1 Corintios 7:24).

Lucas 3:15-38

Juan había exhortado y evangelizado al pueblo (v. 18). Fiel mensajero, había hablado de Cristo y de su poder, después de lo cual y cumplida su tarea, fue retirado.

¡Qué hermoso ejemplo para nosotros, los que deseamos servir al Señor! No tenemos facultades naturales para lograr la conversión de un alma, pero nuestra vida y nuestras palabras deben preparar a quienes nos rodean para recibir al Señor Jesús. No es suficiente llamar al arrepentimiento, hay que presentar al Salvador. Entonces Jesús apareció y, en gracia, tomó lugar con los de su pueblo desde sus primeros pasos en el buen camino. Fue bautizado y luego oró (Lucas es el único en mencionarlo); entonces se produjo la respuesta divina: el Espíritu Santo descendió sobre él. Al mismo tiempo, la voz del Padre se dirigió personalmente a él (en Mateo 3:17 se dirigía a los asistentes): “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia”. ¡Que nosotros también podamos encontrar toda nuestra complacencia en él!

La genealogía del Señor en el evangelio según Lucas se remonta hasta Adán y hasta Dios, atestiguando su carácter de Hijo del Hombre al mismo tiempo que el de Hijo de Dios. Mateo 1:1-17 establece su título de Hijo de David y de Abraham, heredero de las promesas divinas hechas a Israel.

Lucas 4:1-15

El diablo intentó tentar al Señor en el desierto, lugar en donde Israel había multiplicado sus murmuraciones y codicias (Salmo 106:14). El primer ataque del enemigo dio ocasión para que Jesús declarase esta verdad fundamental: el hombre tiene un alma que necesita el alimento espiritual: la Palabra de Dios, de la cual se nutre el ser interior. Luego, a este hombre perfectamente dependiente, Satanás le ofreció todos los reinos del mundo y su gloria. ¡Cuántos han vendido su alma por cosas infinitamente menores! El mundo es parte de la heredad destinada al Señor Jesús. Pero, sea la tierra o un simple pedazo de pan, Cristo no quería recibir nada que no viniera de la mano de su Padre (Salmo 2:8). Entonces Satanás insinuó por segunda vez: “Si eres Hijo de Dios…” (v. 3 y 9), como si tal condición tuviera que ser probada. Esto era poner en duda lo que el Padre acababa de proclamar (3:22); en otras palabras, era tentar a Dios. Jesús no hubiera podido ser un modelo para nosotros si hubiese vencido al diablo en virtud de su poder divino. Triunfó con las mismas armas que están a disposición del hombre: una entera dependencia de Dios, una obediencia absoluta a su Palabra y una confianza inquebrantable en sus promesas.

Lucas 4:16-30

El Señor comenzó su ministerio en Nazaret, donde fue criado. Nuestro testimonio empieza en nuestra casa y en nuestro entorno. Tal vez tengamos más valor para ir a evangelizar a los paganos que para dar testimonio ante los que nos conocen.

En la sinagoga, el divino Maestro leyó el pasaje de Isaías que lo señala como el Mensajero de la gracia. Proclamó la libertad a los cautivos (ver Isaías 42:7 y 61:1). Si se anunciara la amnistía y la liberación a unos prisioneros, ¿podríamos imaginar que algunos prefirieran la cautividad, que otros se atrevieran a contar con su inocencia para ser librados por vía legal o que algunos, al contrario, dijeran: «Esto no es para mí, soy demasiado culpable», y finalmente que otros se negaran a creer tal mensaje de gracia? Actitudes insensatas y bastantes improbables, y sin embargo, muy corrientes entre los que rechazan la salvación.

Pero muchos cautivos de Satanás reciben gozosos la libertad ofrecida. ¿A qué clase de prisioneros se parece usted? El triste fin de este episodio nos muestra cómo los habitantes de Nazaret, imagen de todo el pueblo, rechazaron estas “buenas nuevas”: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11).

Lucas 4:31-44

Echado de Nazaret, Jesús prosiguió su ministerio en Capernaum. Enseñó y curó con una autoridad que no hubiera asombrado a los hombres (v. 32, 36) si éstos hubiesen querido reconocer en él al Hijo de Dios. En cambio, los demonios no se equivocaban. Santiago 2:19 declara que ellos “creen, y tiemblan”. Mientras Jesús estuvo aquí en la tierra, la actividad demoníaca se duplicó para obstaculizar la del Señor. Encontraba a estos espíritus impuros hasta en la sinagoga, pero Jesús no les permitía que le diesen testimonio. Los versículos 38 y 39 nos cuentan la curación de la suegra de Simón. Jesús se inclinó afectuosamente sobre la enferma, pues él no se ocupa de nuestros males desde la lejanía. ¿Cómo empleó esta mujer la salud que acababa de recuperar? De una manera que nos habla a todos, “levantándose ella al instante, les servía”.

Si bien Jesús era extranjero en este mundo, no podía permanecer ajeno a las penas y miserias que el mundo padecía. La noche no interrumpía su maravillosa actividad, y desde muy temprano estaba pronto a retomarla, después de haber pasado un momento alejado, a solas con Dios. Esta dependencia no podía ser interrumpida por la gente que buscaba retener al perfecto Servidor.

Lucas 5:1-11

Llegamos al conocido relato de la pesca milagrosa… y de un acontecimiento más maravilloso aún: la conversión de Simón. ¿Qué hacía éste mientras el divino Maestro enseñaba a la muchedumbre? Lavaba las redes sucias por el trabajo infructuoso de la noche anterior. Jesús lo obligó a escuchar. Le pidió que lo condujese al lago, de manera que pudiese dirigirse desde la barca al pueblo reunido en la orilla y, al mismo tiempo, al hombre que estaba a su lado. Después el Señor habló de otra manera a Simón Pedro y a sus compañeros: llenó su red; así se dio a conocer como el Señor del universo, el que ordena a los peces del mar según el Salmo 8:6-8, y que todo lo puede donde el hombre nada puede. Lleno de miedo y convencido de ser pecador por la presencia del Señor, Simón cayó de rodillas diciendo: “Apártate de mí…”. Pero ¿será posible que el Señor de amor busque al pecador para luego apartarse de él? Lucas es el único que narra este encuentro decisivo del Señor con su discípulo. El libro de los Hechos nos muestra a Pedro convertido en pescador de hombres, siendo él el instrumento para una milagrosa “pesca” de alrededor de tres mil almas (Hechos 2:41).

Lucas 5:12-26

Un pobre leproso vino a Jesús, reconociendo Su poder. Fue curado por la voluntad del amor del Señor. El versículo 16 nos revela nuevamente el secreto de este Hombre perfecto: su vida de oración. La perfección para un hombre consiste en vivir en una entera dependencia de Dios, y esta dependencia halla su expresión en la oración. Por eso a cada momento Lucas nos muestra a nuestro incomparable Modelo en esta actitud bendita (3:21; 5:16; 6:12; 9:18, 29; 11:1; 22:32, 44). Luego vemos el esfuerzo desplegado por cuatro personas para poner a un pobre paralítico en contacto con Jesús (Marcos 2:3). ¡Que este celo y esta fe perseverante nos animen! Podemos llevar al Señor también, por medio de la oración, a aquellos cuya conversión nos preocupa; quizás podemos invitarlos a acompañarnos donde él nos ha prometido su presencia.

En los capítulos 4 y 5 el pecado nos es presentado bajo diferentes aspectos: como poder de Satanás sobre los endemoniados (4:33, 41); bajo forma de mancha en el leproso y, finalmente, como estado de muerte ante Dios en el paralítico. Jesús vino a responder a estos tres caracteres: él es el que libra, el que purifica y el que devuelve al hombre el uso de sus facultades para Dios.

Lucas 5:27-39

Leví (o Mateo, Mateo 9:9) estaba en su trabajo cuando Jesús lo llamó. Entonces dejó todo, se levantó y lo siguió. Después recibió al Señor y a sus antiguos colegas en su casa para darles la ocasión de encontrar a su nuevo Maestro. ¡Que nuestras invitaciones también puedan tener este motivo! Estos publicanos, recaudadores de impuestos, eran odiados por los otros judíos porque se enriquecían a sus expensas y sacaban provecho personal del yugo romano. Por eso los escribas y los fariseos se indignaron cuando vieron a Jesús y a sus discípulos en compañía de estos renegados. ¡Cuántas personas están más inclinadas a apartarse de los pecadores que del pecado! En respuesta a estas murmuraciones, Jesús se hizo conocer como el gran médico de las almas. Así como el médico no asiste a los sanos (o a los que creen estarlo), el Señor sólo puede ocuparse de los que reconocen su culpabilidad.

Después los escribas y fariseos preguntaron acerca del ayuno. Jesús les respondió que esta señal de tristeza no era oportuna mientras él, el Esposo, estuviese en medio de ellos. Además, la servidumbre de la ley y de las ordenanzas no concuerda con la libertad y la alegría que trae la gracia (v. 36-37).

Lucas 6:1-19

El Señor Jesús había venido a introducir un nuevo orden de las cosas. Pero Israel encontraba mejor el antiguo régimen de la ley (comp. 5:39). El hombre prefiere las ordenanzas porque le da la oportunidad de gloriarse en cumplirlas, aunque sólo sea un poco, mientras que la gracia lo humilla considerándolo perdido. Por esta causa los judíos se aferraban al sábado, y al respecto, el Señor dio dos lecciones a los fariseos: una, sacada de las Escrituras y de la historia de Israel (v. 3-4); la otra, de su propio ejemplo de amor (v. 9-10). El único efecto producido en sus corazones fue la ira y el deseo de tramar un complot para librarse de él.

Luego el Maestro designó a sus apóstoles; pero antes de hacerlo oró toda una noche. ¡Qué importancia tenía esta elección para la obra que debía ser cumplida después! El Señor Jesús conocía el carácter natural de todos sus discípulos, lo que cada uno tenía necesidad de adquirir y de abandonar… Los conocía pero los amaba, tal como nos conoce y nos ama hoy (Juan 10:14, 27). ¡Además, para Aquel que sabía todas las cosas, dicha elección implicaba llevar con él al traidor Judas! Pero una vez más su sumisión perfecta triunfó. Jesús había venido para cumplir las Escrituras.

Lucas 6:20-38

¡Cuán amonestados nos sentimos por estas enseñanzas del Maestro! ¡Dejémoslas penetrar en nuestros corazones y, sobre todo, vivámoslas! La mayoría de estas palabras se encuentran en Mateo 5 a 7; pero aquí son más personales. No dice: Bienaventurados los que…, sino: “Bienaventurados vosotros”. El versículo 31 resume las exhortaciones dirigidas “a vosotros los que oís” (v. 27): “Como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos”. ¡Qué bien tratados estarían nuestros semejantes si nosotros obedeciéramos a esta exhortación!

Todos estos rasgos de carácter son extraños a nuestra naturaleza orgullosa, egoísta e impaciente. El Señor recalca que esos caracteres emanados de Dios mismo son los que nos darán a conocer como “hijos del Altísimo” en la tierra (v. 35-36). En el cielo no tendremos la ocasión de manifestarlos, puesto que allá arriba no habrá enemigos para amar, injusticias que soportar, ni miserias que aliviar. Nuestra responsabilidad y privilegio es parecernos a Jesús aquí en la tierra, reflejar la dulzura, el amor, la humildad y la paciencia del perfecto Modelo, “quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba” (1 Pedro 2:21-23).

Lucas 6:39-49

Si un pequeño cuerpo extraño se deposita sobre la lente de un microscopio, no se puede ver nada más a través de él. ¡Cosa curiosa, para nosotros es lo contrario! Cuanto más grande sea la viga que se aloje en nuestro ojo, más aguda tenemos la vista para distinguir la paja en el ojo de nuestro hermano.

En el versículo 46 Jesús nos hace una pregunta que debe hacernos reflexionar: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?”. ¿Con frecuencia no somos muy ligeros y poco consecuentes pronunciando el nombre del Señor Jesús en nuestras oraciones? No tenemos derecho a llamarlo así si no estamos dispuestos a hacer su voluntad en todas las cosas (1 Juan 2:4). Muchos hijos de padres cristianos han aceptado, por gracia, a Jesucristo como su Salvador; pero mientras no reconozcan su autoridad de Señor, ¿podemos decir verdaderamente que se han vuelto hacia Él? El verdadero cristianismo consiste en vivir no para uno mismo sino para el que murió por nosotros, sirviéndolo y esperándolo (1 Tesalonicenses 1:9-10; 2 Corintios 5:15). Fundar nuestras esperanzas “sobre la tierra” es ir hacia una gran ruina (v. 49). Sí, edifiquemos nuestra casa “sobre la roca” (v. 47-48); vayamos a Jesús, escuchemos sus palabras y pongámoslas en práctica.

Lucas 7:1-17

¡Qué nobles sentimientos encontramos en el centurión de Capernaum! Gran afecto por un simple esclavo; benevolencia hacia Israel; humildad (“no soy digno”, declaró él; contrario a la propia justicia que arguyeron a su favor los ancianos de Israel; comp. v. 4); sentido de la autoridad y del deber adquirido por la vida militar (v. 8). Pero el Señor no admiró las cualidades morales, sino la fe de este extranjero, y la exaltó. La fe no existe sino por el objeto sobre el cual se apoya: en este caso, la omnipotencia del Señor. Cuanto más sea conocido el objeto en su grandeza, más grande será la fe. ¡Que Cristo sea grande para nuestro corazón!

Aproximándose a Naín, el Señor y la gente que lo acompañaba se encontraron con un cortejo. Era un entierro, como los que se ven en las calles (Eclesiastés 12:5; terrible advertencia de que la muerte constituye la paga del pecado). Pero éste era particularmente triste, pues se trataba del único hijo de una viuda. Movido a compasión, Jesús comenzó por consolar a la madre. Después tocó el féretro (así como tocó al leproso en el capítulo 5:13, sin ser mancillado; comp. Números 19:11). ¡Y el muerto se sentó y comenzó a hablar, manifestando así su retorno a la vida! No olvidemos que el testimonio verbal es una prueba necesaria de la vida que está en nosotros (Romanos 10:9).

Lucas 7:18-35

Desde la cárcel donde Herodes lo había encerrado (3:20), Juan el Bautista envió a Jesús dos de sus discípulos para inquirir acerca de él. En la pregunta que hizo se reflejaban sus dudas y desaliento. Había anunciado el reino, mas ahora estaba en la cárcel. ¿Era posible que Jesús fuera “el que había de venir”?

Muchas personas, considerando el estado actual de la Iglesia, la persecución de los creyentes en numerosos países y la indiferencia del mundo acerca del Evangelio, llegan a dudar del poder del Señor y de su reinado. Pero este último no se establecerá antes del arrebatamiento de la Iglesia y del cumplimiento de los acontecimientos proféticos.

Las obras de Jesús se encargaron de responder a la pregunta de los mensajeros. Juan había dado testimonio del Señor; ahora era el Señor quien, ante la misma muchedumbre, daba testimonio de Juan. Y mostraba con tristeza qué acogida había encontrado el ministerio del precursor y el suyo en “esta generación” privilegiada (v. 31). Ni el llamado al arrepentimiento proclamado por Juan, ni las buenas nuevas del Salvador, que debieran producir la alegría y la alabanza, habían encontrado eco en la muchedumbre del pueblo y de sus jefes.

Lucas 7:36-50

Aunque era completamente distinto de Leví el publicano (Lucas 5:29), Simón el fariseo también convidó al Señor a su mesa. Quizás pensaba recibir el honor, pero Jesús le dio una humillante lección. Una mujer conocida por su vida pecaminosa se introdujo en la casa y derramó a los pies de Jesús, junto con el homenaje de su perfume, abundantes lágrimas de arrepentimiento. Fue esta pecadora, y no Simón el fariseo, quien refrescó el corazón del Salvador, pues ella tuvo conciencia de su gran deuda con Dios y vino a Jesús en el único estado conveniente: con un corazón contrito y humillado (Salmo 51:17). Antes de dirigirle la palabra de gracia que esta mujer esperaba, el Señor tuvo que decir “una cosa” a Simón, cuyos pensamientos secretos conocía. ¡Cuántas veces podríamos oír nuestro nombre en lugar del de Simón! «A ti también tengo algo que decirte», dice el Maestro a cada uno de nosotros. «Tal vez te comparas a otras personas que no han recibido como tú una educación cristiana, pero lo que cuenta a mis ojos son el amor por mí y las pruebas que me ofreces de este amor». ¡Que podamos discernir cuánto nos ha perdonado para amar más a nuestro Salvador!

Lucas 8:1-15

Junto con los discípulos, algunas mujeres piadosas seguían al Señor y “le servían de sus bienes”. Lo que ellas hicieron por Jesús está mencionado después de lo que él hizo por ellas (v. 2). Los versículos 4-15 contienen la parábola del sembrador y su explicación. Tres cosas ocasionan la esterilidad del suelo: los pájaros, figura del diablo (v. 12); la piedra, aquí imagen del corazón árido, impenetrable para toda acción profunda y duradera; por último, los espinos, que nos hablan del mundo con sus preocupaciones, riquezas y placeres (v. 14). Sin embargo, el mejor de los terrenos siempre debe ser primeramente labrado. ¡Operación dolorosa! El suelo es abierto, removido y revuelto a fin de hacerlo propicio para dejar penetrar y germinar la semilla. Así es como Dios opera (a menudo por medio de las pruebas) en la conciencia de aquellos que van a recibir la Palabra. Pero este trabajo no se hace en los tres primeros terrenos. Es inútil labrar en un camino continuamente hollado, e igualmente es imposible labrar en la roca. En cuanto a los espinos, primeramente es necesaria una limpieza, y las raíces del mundo a menudo son muy profundas en el corazón. El oír la Palabra caracteriza a todos los suelos, pero retenerla y llevar fruto con perseverancia es propio de la buena tierra (v. 15).

Lucas 8:16-25

A nadie se le ocurre, después de haber encendido una lámpara, esconderla debajo de una vasija o de una cama. “Hijos de luz”, nuestro cometido en esta tierra es hacer brillar distintamente en las tinieblas de este mundo las virtudes de Aquel que es la Luz (v. 16; Mateo 5:14; 1 Pedro 2:9 final).

Con ocasión de la venida de su madre y sus hermanos, el Señor habló una vez más de los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (v. 21; 6:47). Únicamente ellos pueden prevalerse de una relación con él.

El sueño de Jesús en la barca nos lo muestra como un hombre cansado por su jornada de trabajo. Pero, un instante después, la orden que dio al viento y a las olas hizo resaltar su condición de Dios soberano. Llenos de temor, los discípulos gritaron: “¿Quién es éste…?” (v. 25). Varias veces hemos oído esta pregunta (5:21; 7:49). Muchos años antes, Agur ya la había hecho: “¿Quién encerró los vientos en sus puños? ¿Quién ató las aguas en un paño?” (Proverbios 30:4). Aquel que “aun a los vientos y a las aguas manda” y revela su poder a los discípulos faltos de fe, es el Hijo de Dios, el Creador. Hoy su poder no ha cambiado. Pero, ¿qué hay de nuestra fe?

Lucas 8:26-39

El poder divino, del cual Jesús dejó percibir algo al calmar la tempestad, se encontraba aquí frente a una violencia mucho más terrible: la de Satanás. Una legión de demonios se había apoderado totalmente de la voluntad de este desgraciado gadareno. Los hombres habían tratado inútilmente de dominarlo con cadenas y grillos, imagen de los vanos esfuerzos de la sociedad para refrenar las pasiones. Este pobre hombre poseído, que habitaba en los sepulcros, ya estaba moralmente muerto. Se hallaba desnudo, es decir, incapaz, al igual que Adán, de esconder a Dios su estado. ¡Qué cuadro de la decadencia moral de la criatura! Pero también, ¡qué cambio cuando interviene la salvación del Señor! (Efesios 2:1-6). La gente de la ciudad sólo podía comprobarlo. Encontraron a este hombre “sentado a los pies de Jesús, vestido, y en su cabal juicio”. Sí, por fin el rescatado encuentra paz y reposo cerca de su Salvador; Dios lo viste de justicia y le da inteligencia para conocerlo. Pero la presencia de Dios inquieta y molesta aún más al mundo que el poder del diablo.

El endemoniado, ya sano, deseaba acompañar a Jesús (comp. Filipenses 1:23), pero el Señor le mostró su campo de acción: su propia casa y ciudad, en donde contó todo lo que Jesús había hecho por él (Salmo 66:16).

Lucas 8:40-56

Jairo, este principal de la sinagoga cuya única hija estaba a punto de morir, suplicó a Jesús que fuera a su casa. No tenía tanta fe como el centurión del capítulo 7, pues este último sabía que una palabra del Señor bastaría para que su siervo fuese curado, aun a distancia. Estando en camino, Jesús fue tocado a escondidas por una mujer que había consultado en vano a muchos médicos. Pero, con la curación, el Señor quiso darle la seguridad de la paz; para ello, la obligó a que se hiciera conocer.

En su camino con el padre angustiado, Jesús tuvo “lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado (v. 50; comp. 7:13; Isaías 50:4). Luego tuvo lugar una extraordinaria escena. Al llamado del “Autor de la vida” (Hechos 3:15), la niña se levantó inmediatamente. Pero Jesús sabía que tenía necesidad de alimento y, en su tierna solicitud, hizo que éste le fuese dado. Así, en estas dos circunstancias, vemos el amor del Señor manifestarse aún después de la salvación: hacia la mujer, para establecerla en una relación personal con él y llevarla a darle públicamente un testimonio, y hacia esta niña, para alimentarla y fortalecerla.

Lucas 9:1-17

El Señor envió a sus apóstoles. El poder y la autoridad que les dio eran la única cosa que ellos necesitaban para el camino (v. 3). A su regreso, los doce se apresuraron a contar todo lo que ellos habían hecho (v. 10). Compare con lo que hicieron Pablo y Bernabé, años más tarde, al volver de uno de sus viajes misioneros. Habiendo reunido a la iglesia de Antioquía, “refirieron cuán grandes cosas había hecho Dios con ellos” (Hechos 14:27 y 21:19; 1 Corintios 15:10).

Jesús llevó a sus discípulos aparte, pero la gente no tardó en descubrirlo; entonces volvió a su ministerio sin la menor impaciencia ni cansancio. Recibió, habló y sanó a los que lo siguieron. Por su parte los discípulos, quizá más preocupados por su propio descanso que por el de los que allí estaban reunidos, querían despedir a la gente (v. 12). Pero el Maestro, al tiempo que se ocupó de la multitud, dio una lección a los suyos. Cuando fue constatada la insuficiencia de sus provisiones para alimentar a esta muchedumbre, Jesús proveyó por su propio poder. Observemos que hubiera podido prescindir de los cinco panes y de los dos peces; pero, en su gracia, toma lo poco que nosotros ponemos a su disposición y lo transforma en abundancia. Su poder siempre se perfecciona en la debilidad de sus servidores (2 Corintios 12:9).

Lucas 9:18-36

La gente consideraba a Jesús como un profeta y no como el Cristo, el Hijo de Dios (v. 19). Por eso el Señor habló de su camino de rechazo y de sufrimiento, en el cual invita a los suyos a seguirle. Este camino requiere no sólo el renunciamiento a tal o cual cosa, sino a uno mismo y a su propia voluntad. Frente al mundo y a sus maldades, los cristianos están muertos (Gálatas 6:14), pero están vivos para Dios y para el cielo. Por el contrario, los que quieran vivir su vida aquí abajo tienen ante ellos la muerte eterna. La prenda de esta elección capital es nuestra alma; ella vale más que el mundo entero.

Al subir al monte de la transfiguración, el Señor, para animar a los suyos, después de haberles mostrado el camino difícil de la cruz, deseaba mostrarles también dónde terminaría: en la gloria con él. ¿Y cuál era el tema de conversación allá arriba? La muerte del Señor Jesús. Habló con Moisés y Elías, pues no pudo hacerlo con sus discípulos (Mateo 16:21-22). Pero, por más grandes que fuesen estos testigos del Antiguo Testamento, debieron desaparecer ante la gloria del “Hijo amado”. La ley y los profetas habían llegado a su fin. Desde entonces Dios habla por el Hijo. ¡Escuchémosle! (v. 35; Hebreos 1:2).

Lucas 9:37-56

Después de la escena de la gloria, en la cual Jesús fue el centro, el Señor tuvo que hacer frente a una situación terrible: el poder de Satanás sobre un muchacho y la angustia de su padre. La salvación que el Señor obró exaltó la grandeza de Dios (v. 43).

¡Qué contradicción encontramos luego en los discípulos! Seguían a Aquel cuya humillación voluntaria le conduciría a la cruz, pero al mismo tiempo estaban preocupados por saber cuál de entre ellos sería el más grande (v. 46). Ellos mismos habían tratado de echar los demonios en el nombre del Señor, pero no siempre lo lograron (v. 40), sin embargo prohibían a otro que lo hiciera (v. 49; comp. con Números 11:26-29). Por fin, cuando su Maestro estaba en camino para cumplir la obra de la salvación de los hombres… y la de ellos, Jacobo y Juan querían hacer descender el fuego del juicio sobre los samaritanos que se negaron a recibirlo. Egoísmo, celos, rencor y planes de venganza, en los cuales reconocemos el triste espíritu que a menudo anima nuestros corazones (v. 55).

Jesús emprendió su último viaje a Jerusalén conociendo plenamente lo que lo esperaba, pero lo hizo con una santa determinación. “Afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (v. 51). Nuestro amado Salvador no se desvió de la meta que en su amor se había propuesto.

Lucas 9:57-62; Lucas 10:1-9

Es fácil declarar: “Señor, te seguiré adondequiera que vayas” (v. 57). Pero Jesús no ha escondido lo que significa seguirlo, pues los más grandes obstáculos no están en el camino sino en nuestro corazón; y para ayudarnos a descubrirlos, el Señor pasa revista a sus rincones más secretos. El amor a nuestro bienestar (v. 58), tal o cual conveniencia, afecto o costumbre (v. 59, 61) podría tomar rápidamente el lugar de la obediencia que debemos a Cristo y conducirnos inevitablemente a remordimientos, miradas hacia atrás y, tal vez, a un humillante abandono final.

En el capítulo 10 vemos que Jesús designó a 70 obreros y él mismo los mandó a la siega. Les dio sus instrucciones y los envió “como corderos en medio de lobos” (v. 3), pues debían manifestar los caracteres de humildad y dulzura de Aquel que era el Cordero en medio de los mismos lobos. Hoy, al igual que entonces, hay pocos obreros. Supliquemos, pues, al Señor de la gran siega (2 Tesalonicenses 3:1) que envíe más. Él se encargará de designar, formar y enviar a nuevos obreros. Sin embargo, para poder pedirlo con fervor y sinceridad, tengo que estar dispuesto a aceptar que el Señor me designe a mí.

Lucas 10:10-24

Jesús se dirigió solemnemente a las ciudades en las que había enseñado y realizado tantos milagros. Hizo énfasis en la gran responsabilidad de sus habitantes. ¿Qué podría él decir hoy de tantos jóvenes criados en familias cristianas, tan privilegiados, pero también tan responsables?

Los 70 volvieron gozosos. El hecho de que sus discípulos hubieran arrojado fuera a los demonios dirigió los pensamientos del Señor hacia el momento en que el propio diablo será echado del cielo y arrojado a la tierra (Apocalipsis 12:9). Pero Jesús invitó a sus discípulos a regocijarse por otro motivo: los cielos, purificados de la presencia de Satanás, pasarían a ser su morada. Y ya desde entonces, sus nombres estaban escritos en los cielos. A su vez el Señor se regocijó y se maravilló, no del poder que había sido ejercido, sino de los designios del Dios de amor. Agradó al Padre hacerse conocer por medio del Hijo. Y, en contraste con lo que generalmente decimos a los niños: «Cuando seas grande comprenderás esto o aquello», ¿a quién precisamente fue hecha una revelación semejante? ¡A los niños y a los que se les parecen por la humildad y sencillez de su fe! ¿Cumplimos nosotros con estas condiciones?

Lucas 10:25-42

Interrogado por un doctor de la ley (v. 29), Jesús devolvió la pregunta a la conciencia de su interlocutor (v. 36). Éste, para esquivarlo, quiso limitar el amplio significado de la palabra “prójimo”. Pues bien, el Señor le enseñó que este prójimo es primeramente él, Jesús (v. 36-37), y que por su ejemplo un redimido viene a ser, por amor, prójimo de todos los seres humanos. En el hombre despojado y herido vemos reflejado al pecador perdido y sin recursos; en el sacerdote y el levita vemos los vanos recursos de la religión; y, en el buen samaritano, al Salvador que se acerca a nuestra miseria y nos aleja de nuestra trágica suerte y desesperación. El mesón nos hace pensar en la Iglesia, en donde el hombre salvado recibirá los cuidados apropiados, y el mesonero en el Espíritu Santo que lo atiende por medio de la Palabra y la oración (los dos denarios), temas de los versículos 34-35 y del capítulo 11:1-13. En conclusión, el Señor ya no dice: «Haz esto (cumple la ley) y vivirás», como en el versículo 28, sino: “Vé, y haz tú lo mismo” (v. 37).

La siguiente escena se desarrolló en una casa amiga. Jesús fue recibido, servido, escuchado y amado. Pero el servicio acaparó los pensamientos de Marta y por eso tuvo que ser reprendida. El corazón de María, abierto a su Palabra, regocijó al Salvador (1 Samuel 15:22).

Lucas 11:1-20

Los discípulos se asombraron al ver qué lugar ocupaba la oración en la vida de su Maestro. Hagamos como ellos. Pidamos al Señor que nos enseñe a orar. ¿Se trata de recitar algunas frases aprendidas de memoria? La parábola de los dos amigos nos enseña, por el contrario, a expresar cada necesidad de una manera simple y precisa: “Amigo, préstame tres panes…” (v. 5). Tal vez sea una necesidad espiritual que sentimos y que, por así decirlo, viene a llamar a la puerta de nuestro corazón. Cuidémonos de rechazarla; tratémosla, más bien, como un amigo que llega de viaje (v. 6). Pero, ¿no tenemos nada que presentarle? Entonces, volvámonos hacia el Amigo divino, sin temor a importunarlo. En su amor, Dios se complace en responder a sus hijos, y nunca los decepciona. Mas si en nuestra ignorancia y falta de sabiduría le pedimos “una piedra”, él sabe cambiar nuestra petición en “buenas dádivas”.

Hasta que el hombre haya encontrado al Señor Jesús, es tan mudo para Dios como el endemoniado del versículo 14. El cristiano, aquel que ha sido salvado por Cristo, habiendo recibido por su conversión el don del Espíritu Santo (comp. v. 13), puede libremente elevar su voz en alabanza y oración. Hagamos uso de este privilegio.

Lucas 11:21-36

Sólo el poder del Señor Jesús, vencedor del “hombre fuerte”, puede librarnos del mal que está en nosotros. De otra manera, una pasión echada fuera de nosotros será fatalmente reemplazada por otra. Nuestro corazón es parecido a la casa del versículo 25. De nada sirve barrerla y adornarla si un huésped nuevo –Jesús– no viene a habitarla y a gobernarla. La bendición –repite luego el Señor– no depende de las relaciones familiares (v. 27-28; comp. 8:21) ni de los privilegios de una generación. Está prometida a los que escuchan y obedecen la Palabra de Dios. El versículo 33 retoma la enseñanza del capítulo 8:16. El almud, medida de capacidad, es el símbolo del comercio y de los negocios; la cama, el del sueño y de la pereza. Cosas opuestas una a otra, pero las dos son capaces de apagar la pequeña llama de nuestro testimonio. En Mateo 5:15 la lámpara debe alumbrar a “todos los que están en la casa”. Aquí está encendida “para que los que entran –las visitas– vean la luz”.

El ojo maligno (v. 34) es el que hace penetrar en nosotros las tinieblas del pecado. ¡Cuidado con la dirección que algunas veces toman nuestras miradas (Job 31:1), con ciertas lecturas que ensucian el corazón y dan libre curso a nuestra imaginación! ¡“Limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios”! (2 Corintios 7:1).

Lucas 11:37-54

Por segunda vez Jesús estaba invitado a la mesa de un fariseo (comp. 7:36). Y aquí, otra vez, su anfitrión se permitió criticar al Señor. Entonces, en un discurso vehemente, el que conoce los corazones denunció la maldad y la hipocresía de esta clase responsable del pueblo. Dándose una piadosa apariencia a los ojos de los hombres, estos fariseos y doctores de la ley escondían un estado interior de corrupción y muerte, como un sepulcro sobre el cual se pisa sin darse cuenta.

¿Quién osaría jamás hablar tan severamente a alguien que lo ha invitado? Pero, según el testimonio de los mismos fariseos, Jesús era amante de la verdad, no se cuidaba de nadie porque no miraba las apariencias de los hombres (Mateo 22:16). ¡Qué ejemplo para nosotros, pues sabemos cuidar muy bien nuestra reputación por medio de palabras amables, pero a menudo poco sinceras! Esta pretendida cortesía, pero en el fondo una prueba de falsedad y formalismo, era lo que Jesús condenaba en los fariseos.

No pudiendo contradecir al Señor, sus adversarios trataban de sorprenderle en alguna falta. Algunas expresiones del Salmo 119 nos muestran sus oraciones mientras sufría tal oposición: “Me has hecho más sabio que mis enemigos con tus mandamientos, porque siempre están conmigo” (Salmo 119:98, 110, 150…).

Lucas 12:1-12

La hipocresía que caracterizaba a los fariseos también podía, bajo otro aspecto, transformarse en un gran peligro para los discípulos. Los que seguían a Jesús podían esconder, a los ojos del mundo, su relación con el Señor. Por lo cual él, en presencia de la gente, daba ánimo a los suyos para que lo confesasen abiertamente ante los hombres, sin temor a las consecuencias. Sabemos que, en efecto, los cristianos de los primeros siglos tuvieron que afrontar terribles persecuciones. Con ternura el Señor preparaba a sus amigos (v. 4) para esos días difíciles, y dirigía sus pensamientos hacia el Padre celestial. Dios, que tiene cuidado hasta de un pajarillo de ínfimo valor, ¿no tendría cuidado de sus hijos en las pruebas? Y, además, para el testimonio que deberían dar, no tendrían que atormentarse: el Espíritu Santo les dictaría las palabras.

En nuestros días, en la mayoría de los países, los creyentes no son maltratados ni sentenciados a muerte por causa de su fe. Pero si son fieles, muchas veces serán odiados y menospreciados por el mundo, cosa siempre difícil de soportar. Por lo tanto, estas exhortaciones y las promesas que las acompañan también son para nosotros. Pidamos al Señor que nos dé más valor para confesar su Nombre.

Lucas 12:13-31

El Señor fue interpelado por alguien de la muchedumbre acerca de una cuestión de herencia. Él aprovechó para poner al descubierto la raíz de estas disputas: la avaricia. “Porque raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Timoteo 6:10). La parábola del rico y de sus graneros que habían llegado a ser demasiado pequeños ilustra el afán de amontonar. Llenar los bolsillos, acumular, calcular y hacer proyectos a largo plazo fácilmente se disfraza bajo el nombre de «previsión». Esto es, al contrario, la suprema imprevisión, pues significa descuidar y engañar lo más precioso que tenemos, ¡nuestra alma! En su locura, el rico había creído asegurar la suya ofreciéndole “muchos bienes” (v. 19). Pero el alma imperecedera necesita otro alimento. Sí, “necio” es el nombre que Dios da a este hombre. “El que injustamente amontona riquezas… en su postrimería será insensato” (Jeremías 17:11). ¡Sobre cuántas tumbas podría escribirse este epitafio! (Salmo 52:7).

En contraste, Jesús enseña a los suyos que la verdadera previsión consiste en poner la confianza en Dios. Toda inquietud a propósito de nuestras necesidades diarias carece de fundamento ante esta afirmación: “Vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de estas cosas” (v. 30). Si primero nos preocupamos por su reino y sus intereses, él se encargará de los nuestros. “No te afanes por hacerte rico; sé prudente, y desiste” (Proverbios 23:4).

Lucas 12:32-48

El rico de la parábola había amontonado tesoros para sí mismo (v. 21) y perdió todo, incluso su alma. Aquí el Señor revela a sus discípulos un medio para hacer tesoros sin ningún riesgo de perderlos: dar limosna, compartir sus bienes, lo cual viene a ser una segura inversión en el banco del cielo (v. 33; comp. 18:22). El corazón se apegará entonces a los tesoros celestiales y esperará más ardientemente la venida del Señor (léase 1 Pedro 1:4). Jesús viene. ¿Esta esperanza tiene sus consecuencias prácticas en nuestra vida, es decir, nos aparta de un mundo que pronto abandonaremos, nos purifica “como él es puro” (1 Juan 3:3), nos llena de celo en el servicio hacia las almas y nos regocija? Pensemos también en el gozo de nuestro amado Salvador cuyos afectos serán colmados. Él se complacerá en recibir y servir personalmente en el festín de la gracia a los que le hayan servido y esperado en la tierra (v. 37). Entonces el “mayordomo fiel y prudente” recibirá su recompensa, y el siervo que no haya obrado según la voluntad de su Señor, aun conociéndola (v. 47; Santiago 4:17), recibirá su solemne castigo. “A todo aquel a quien se haya dado mucho…”. Hagamos la cuenta de todo lo que hemos recibido y saquemos nuestra conclusión.

Lucas 12:49-59; Lucas 13:1-5

Hasta el “bautismo” de su muerte, Jesús estuvo angustiado. La cruz era necesaria para que su amor pudiera expresarse plenamente y hallara eco en los corazones de los hombres. Su venida fue una prueba para ellos. En el seno de las familias cuyos miembros anteriormente se encontraban unidos en la impiedad, sería recibido por unos y rechazado por otros. ¡Cuántos hogares se parecen al que se describe aquí! (v. 52-53).

Después el Señor se dirige nuevamente a los judíos “hipócritas”, y lo hace con un verdadero amor por sus almas (v. 56). No nos extrañemos de la dureza que a veces revisten sus palabras, la que se impone por la propia dureza del corazón humano. Es necesario un martillo de hierro para romper la piedra (Jeremías 23:29). Israel había provocado la ira de Dios, quien vino a ser su “adversario” (v. 58). En el tiempo de Jesús, Dios estaba en Cristo ofreciendo la reconciliación a su pueblo, pero éste la rechazó y se resistió a discernir las señales que anuncian el juicio (v. 56). Aún hoy, antes que tenga que obrar como Juez inexorable, Dios ofrece la reconciliación a todos los hombres. En el capítulo 13 versículos 1-5 Jesús evoca dos acontecimientos recientes y solemnes y se sirve de ellos para exhortar a sus oyentes al arrepentimiento. “Os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (2 Corintios 5:20).

Lucas 13:6-21

La historia de Israel, representada por la higuera estéril, es al mismo tiempo la de toda la humanidad. Dios ha utilizado todos los medios para tratar de conseguir algo bueno de su criatura. Pero el hombre en la carne, a pesar de sus pretensiones religiosas (hermoso follaje), es incapaz de producir el más pequeño fruto para Dios. Ocupa, pues, inútilmente la tierra y debe ser juzgado.

Prosiguiendo su ministerio de gracia, Jesús curó a una pobre mujer enferma que estaba jorobada. Nosotros también corremos el riesgo de estarlo espiritualmente cuando nuestras miradas se vuelven hacia las cosas de la tierra o cuando nos obstinamos en llevar cargas que el Señor quiere llevar en nuestro lugar. Pero él “levanta a los caídos” y quiere que andemos “con el rostro erguido” (Salmo 146:8; Levítico 26:13). Nuevamente, este milagro hecho un sábado sirvió de pretexto a sus adversarios hipócritas. Mas su respuesta los cubrió de vergüenza y les recordó sus deberes de amor hacia una hermana, hija de Abraham.

Las dos pequeñas parábolas siguientes describen el gran desarrollo visible del cristianismo formal, impregnado de la levadura de falsas doctrinas e invadido por los hombres codiciosos (los pájaros del cielo caracterizados por su voracidad). El gran árbol de la cristiandad tendrá la misma suerte que la higuera de Israel (v. 9).

Lucas 13:22-35

Al Señor nunca lo vemos satisfacer la curiosidad de sus interlocutores. Cuando se le preguntó si los escogidos eran pocos, aprovechó para hablar a la conciencia, como para decir a cada uno: «No te preocupes por los demás; actúa de manera que te encuentres entre los pocos. En verdad la puerta es angosta, pero el reino es bastante amplio para acoger a todos los que deseen entrar ahora. Y si no quieres entrar por esta puerta angosta (v. 24), más tarde tendrás ante ti una puerta cerrada» (v. 25). ¡Cuán solemnes son estos llamados, estos vanos gritos y esta terrible respuesta: “No os conozco ni sé de dónde sois” (v. 25; V. M). Hay un error, exclamarán algunos, pues hemos tenido padres cristianos, hemos asistido a las reuniones, hemos leído la Biblia y cantado himnos. Pero el Señor sólo recibirá en su cielo a los que aquí en la tierra lo hayan recibido en su corazón.

Estas severas palabras Jesús las dirige especialmente al pueblo de Israel. Mientras Herodes, esa “zorra” cruel y astuta, se apoderaba de “los polluelos” de Israel, su verdadero Rey procuraba reunirlos (v. 34). Pero no quisieron nada de él ni de su gracia, y ahora el Señor de gloria, abandonando la casa, a “los suyos” que no lo habían recibido (v. 35; Juan 1:11), proseguía su camino hacia la cruz.

Lucas 14:1-14

Nuevamente encontramos al Señor en la casa de un fariseo. Y allí fue una vez más el objeto de una abierta malevolencia. Lo observaban disimuladamente (v. 1) para ver si lo sorprendían en alguna falta sobre la cuestión del sábado. Pero Jesús curó al hombre hidrópico y, como en el capítulo 13:15, cerró la boca a sus adversarios. Luego fue Él quien los observó (v. 7). Su mirada, a la cual nada puede escapar, percibió cómo se esforzaban por ocupar los primeros puestos en la mesa. Así sucede en el mundo. Se trata de ganar los más grandes honores o los mejores bocados. Pero nosotros los cristianos siempre estaremos más felices en el último lugar, porque es ahí donde encontraremos a Jesús. En efecto, no es necesario preguntarnos desde qué lugar el Señor hizo estas observaciones, pues el fariseo no parecía haber estado dispuesto a ofrecerle un lugar distinguido.

Si Jesús tuvo una lección para los convidados, también tuvo una para el dueño de casa. A los primeros les enseñó a escoger su lugar, al segundo le enseñó a escoger sus invitados. El señor siempre quiere hacernos examinar el motivo que nos hace obrar. ¿Es con vistas a obtener ventajas u honores o es el amor que se complace en la abnegación por él?

Lucas 14:15-35

De todos los convidados a este banquete, ¿quién encontrará la peor excusa para no asistir? ¿Esperamos haber comprado un campo para verlo, o bueyes para probar su fuerza? El que acababa de casarse podría haber llevado a su esposa al festín. Despreciando la invitación, no solamente se perdían la fiesta sino que ofendían al dueño de casa. Al gran banquete de su gracia, Dios ha convidado primero al pueblo judío y, después de su rechazo, a todos los que no pueden esconder su pobreza, enfermedad y miseria. Tales son las personas que llenarán el cielo (comp. v. 21 con v. 13). Y aún hay lugar, el de usted quizás, si todavía no ha aceptado la invitación.

El versículo 26 nos enseña simplemente que si alguien pretendiera no poder seguir a Cristo, cualquiera fuera la causa, incluso la oposición de los parientes más cercanos, ésta sería una excusa aborrecible. Es necesario ir a él (v. 26) y seguir en pos de él (v. 27), pero el enemigo es peligroso. Quien se ponga en camino sin haber calculado el costo es un insensato. Y el costo es grande, pues se trata de renunciar a todo lo que uno posee (v. 33). Si se toma la cruz, no se pueden llevar otras cargas. Mas la ganancia es incomparable: Cristo mismo (Filipenses 3:8).

Lucas 15:1-10

Las tres parábolas de este capítulo forman un conjunto maravilloso. El estado de un pecador nos es presentado bajo tres aspectos: el de la oveja, el de la dracma y el del hijo, los cuales estaban perdidos. Así vemos el rescate del pecador cumplido al mismo tiempo por el amor del Hijo (el buen Pastor), del Espíritu Santo (la mujer diligente) y del Padre.

El buen Pastor no solamente busca su oveja “hasta encontrarla” (v. 4; comp. con el final del v. 8), sino que luego la carga sobre sus propios hombros para llevarla a casa.

Como la dracma (pieza de moneda con la efigie del soberano que la emitió), el hombre es hecho a la imagen del que lo ha creado. Pero perdido, ¿para qué podía servir? Se volvió inútil. Entonces el Espíritu Santo, encendiendo “la lámpara”, se puso manos a la obra diligentemente y nos encontró en medio de las tinieblas y del polvo.

Cada parábola menciona el gozo del legítimo dueño, un gozo que busca ser compartido. El de Dios encuentra eco en los ángeles. Los oímos cantar en el momento de la creación (Job 38:7) y al ser anunciado el nacimiento del Salvador (2:13). Pero también hay gozo en el cielo “por un pecador que se arrepiente”. ¡Cuán grande es el precio de un alma a los ojos del Dios de amor!

Lucas 15:11-32

La parábola del hijo pródigo nos presenta en primer plano a un muchacho que consideraba a su padre como un obstáculo para su felicidad y por ello se fue lejos de su presencia malgastando locamente todo lo que había recibido de él. Luego lo vemos, en un país lejano, reducido a la peor desgracia, a la miseria más absoluta. ¿Hemos reconocido hasta aquí nuestra propia historia? ¡Ojalá acabe de la misma manera! Bajo el peso de su miseria, el pródigo volvió en sí, recordó los recursos de la casa paterna, se levantó, tomó el camino de regreso… ¡Y qué final feliz! El padre salió apresuradamente a su encuentro con los brazos abiertos, lo besó; luego hubo una confesión seguida del pleno perdón, los harapos fueron cambiados por el mejor vestido…

Amigo, si usted se convence de su miseria moral, este relato le enseñará cuáles son las disposiciones del corazón de Dios hacia usted. No tema ir a él. Será recibido como ese hijo.

Pero el padre no pudo compartir completamente su gozo. El hermano mayor, que no hubiera vacilado en hacer banquetes con sus amigos mientras su hermano se hallaba perdido, se negó a tomar parte en el festín. Es una figura del pueblo judío obstinado en su legalismo, pero también de todos los que confían en su propia justicia y cuyo corazón está cerrado a la gracia de Dios.

Lucas 16:1-13

Nos extraña la actitud de este amo que aprueba a su siervo infiel, igualmente nos sorprende la conclusión del Señor: “Ganad amigos por medio de las riquezas injustas” (v. 9). Pero este adjetivo nos da la clave de la parábola. Nada aquí en la tierra pertenece al hombre. Las riquezas que pretende poseer son, en realidad, de Dios; son, pues, riquezas injustas. Puesto en la tierra con la misión de administrarlas, el hombre se ha comportado como un ladrón. Lo que Dios había puesto en sus manos para su propio servicio, él lo ha pervertido para sus intereses egoístas, para satisfacer sus codicias. Pero todavía puede arrepentirse y emplear en beneficio de los demás, con miras al porvenir, los bienes del divino Dueño, mientras los tenga en sus manos.

El mayordomo del capítulo 12:42 era fiel y prudente; éste es infiel, sin embargo, también obra prudentemente, y ésta es la cualidad que le reconoce su amo. Si la gente del mundo muestra tal previsión, ¿no deberíamos nosotros, que somos “hijos de la luz”, pensar más en las verdaderas riquezas? (v. 11; 12:33).

El versículo 13 nos recuerda que no podemos tener dos corazones: uno para Cristo y otro para Mamón (palabra de origen arameo con la cual Jesús personifica a las riquezas como un dios en Mateo 6:24 y Lucas 16:13) y las cosas de este mundo. ¿A quién queremos amar y servir? (1 Reyes 18:21).

Lucas 16:14-31

A los avaros fariseos Jesús declara que Dios conoce su corazón y juzga de una manera diferente a cómo lo hacen los hombres. La terrible apreciación de Dios acerca de las obras más grandes, de los triunfos y ambiciones terrenales, está escrita en el versículo 15: “Es abominación”. Entonces, ¡qué completo cambio de situación se manifestará en el otro mundo! El Señor da un admirable ejemplo. Este rico era precisamente un mayordomo infiel, pues aun teniendo a su prójimo a la puerta empleaba para sí mismo, en su afán de lujo y por egoísmo, lo que Dios le había encargado que administrara sobre la tierra. Pero tanto el rico como el pobre tarde o temprano encontrarán la muerte. Y este relato, hecho por Aquel que no puede mentir, demuestra que nuestra historia no termina aquí en la tierra. Todavía abarca el capítulo definitivo en el cual el Señor, volteando un poco la página, nos permite entrever algo. ¿Qué descubrimos en este más allá, acerca del cual tantos hombres tiemblan al interrogarse sobre él? ¡Un lugar de gozo y un lugar de tormento! Entonces será imposible pasar de uno a otro, será demasiado tarde para creer, pero también demasiado tarde para anunciar el Evangelio. “He aquí ahora el día de salvación” (2 Corintios 6:2).

Lucas 17:1-19

Es normal que el mundo, donde reina el mal, esté lleno de escándalos y ocasiones de caída. Pero que un cristiano pueda ser tropiezo a los más débiles es infinitamente triste y grave para él.

Aquel que perdona (7:48) nos enseña cómo debemos perdonar (v. 3-4). Los apóstoles sentían que para obrar según estos principios de gracia necesitaban más fe, y se la pidieron al Señor. Éste les respondió que otra virtud era indispensable: la obediencia, porque conociendo y haciendo la voluntad de Dios podemos contar con él. Sí, la fe no se separa de la obediencia ni la obediencia se separa de la humildad. Siervos inútiles: es lo que debemos pensar de nosotros mismos, pues Dios puede trabajar sin nosotros; si nos emplea es por pura gracia. Mas el Señor no piensa así de nosotros, pues nos considera sus amigos (comp. v. 7-8 y 12:37; Juan 15:15).

Diez leprosos encontraron a Jesús, clamaron a él y fueron sanos. Uno solo, el samaritano, dio las gracias a su Salvador. Así, en la gran cristiandad, en medio de todos los que son salvos, solamente un pequeño número sabe “volver” para rendir culto al Señor. ¿Lo hacemos nosotros?

Lucas 17:20-37

Fuera de toda lógica, los fariseos se preocupaban por saber cuándo vendría el reino de Dios… mientras se negaban a reconocer al Rey que se encontraba en medio de ellos (v. 21). El reino de Dios, a menudo mencionado en el evangelio de Lucas, es la esfera en donde los derechos de Dios son reconocidos. Comprende primero el cielo, y por esta razón también encontramos, especialmente en Mateo, la expresión “el reino de los cielos”.

Pero también debía extenderse a Israel y a toda la tierra. Entonces el Rey, con el fin de poner a prueba a sus súbditos, vino bajo una humilde apariencia, sin llamar la atención (v. 20); y como tal fue rechazado. ¿Cuál es el resultado? El hecho de que hasta ahora el reino exista sólo bajo su forma celestial. Mas llegado el momento, se establecerá sobre la tierra, pero a través de repentinos y terribles juicios. El diluvio y la súbita destrucción de Sodoma son ilustraciones muy solemnes. Los versículos 27-30 son igualmente una figura de nuestra época. Sin embargo, existe otro ámbito en donde los derechos morales del Señor son reconocidos desde ahora: los corazones de los que le pertenecen. Amigo, ¿es su corazón «una provincia» del reino de Dios?

Lucas 18:1-17

La parábola de la viuda y el juez injusto nos anima a orar con perseverancia (Romanos 12:12; Colosenses 4:2). Efectivamente, si un hombre malo termina por doblegarse, con más razón el Dios de amor intervendrá para responder a “sus escogidos”. A veces tarda en hacerlo, porque el fruto que él espera todavía no está maduro; pero no olvidemos que él mismo se obliga a usar de paciencia, pues su amor lo llevaría a obrar rápidamente (final del v. 7). Vendrá un tiempo, el de la tribulación final, cuando este pasaje tomará toda su fuerza para los escogidos del pueblo judío.

El fariseo que confiado en sí mismo presentaba a Dios su propia justicia y el publicano que se humilló sintiendo una profunda convicción de pecado, son moralmente los respectivos descendientes de Caín y Abel, con la diferencia de que este último se sabía justificado. El único título que nos da derecho a acercarnos a Dios es el de pecador. Para el hombre es humillante tener que poner de lado sus propias obras (v. 11), sus razonamientos, su sabiduría, su experiencia. Pero las verdades divinas del reino no pueden ser aprehendidas sino por la simple fe, cuyo verdadero ejemplo es la confianza de un niño. Cuando el Señor venga, ¿encontrará en nosotros tal fe? (v. 8).

Lucas 18:18-34

En presencia de este jefe del pueblo, aparentemente dotado de las más nobles cualidades, cualquiera habría dicho: He aquí alguien que me va a honrar, un discípulo de categoría que es necesario retener. Pero Dios mira el corazón (1 Samuel 16:7), y el Señor sondeó el de este hombre.

“¿Qué haré?”, fue su pregunta. Sobre este terreno Jesús sólo pudo recordarle la ley. Pero, ¿qué necesidad tendría de robar, si era rico; por qué matar o presentar un falso testimonio cuando tenía una reputación que cuidar; por qué no honrar a sus padres si le habían dejado una valiosa herencia? En realidad, infringía el primer mandamiento, pues su dios era la riqueza (Éxodo 20:3). La tristeza de este hombre, que humanamente tenía todo para ser feliz (buena posición, fortuna y juventud para disfrutarla), es una prueba, para los que envidian tales ventajas, de que nada de todo esto da la verdadera felicidad. Al contrario, si el corazón se apega a estas cosas, éstas son un obstáculo para seguir a Jesús y tener parte en la vida eterna. Él mismo cumplió la obra que nos abrió el acceso a la verdadera vida. Meditemos en cada expresión de los versículos 32-33, recordando que Jesús sufrió así por mí.

Lucas 18:35-43; Lucas 19:1-10

La visita del Señor a Jericó fue probablemente la única ocasión dada al ciego y a Zaqueo para encontrar al Señor Jesús. A pesar de los obstáculos, supieron aprovecharla (comp. 16:16).

Consideremos a este ciego: no podía ver al Salvador que pasaba y, además, la muchedumbre quería que se callase; pero él gritó con insistencia y obtuvo la respuesta a su fe.

En cuanto a Zaqueo, su pequeña estatura y la muchedumbre que se apretujaba alrededor de Jesús le impedían verlo. Entonces corrió para adelantarse al cortejo y se subió a un árbol, sin preocuparse por el qué dirán. También él superó las dificultades, ¡y qué recompensa obtuvo! Nos imaginamos su confusión y alegría cuando el Señor lo llamó por su nombre, invitándolo a bajar rápidamente para acoger al Señor en su propia casa.

Querido amigo, Jesús todavía pasa hoy cerca de usted trayéndole la salvación (v. 9). No se deje detener por su incapacidad natural, por las formas de una falsa religión que, como esta muchedumbre, impiden ver a Jesús “tal como él es” (1 Juan 3:2), ni tampoco por la opinión de los demás. El Maestro lo llama por su nombre y le dice: “Hoy es necesario que pose yo” en su corazón. ¿Lo dejará usted pasar?

Lucas 19:11-28

Esta parábola nos presenta a la vez el rechazo al Señor Jesús como Rey (v. 14) y la responsabilidad de los suyos durante el tiempo de su ausencia. En la de los “talentos” (Mateo 25), cada siervo recibió una suma diferente según la soberanía del amo, pero la recompensa fue la misma. En ésta, a cada siervo le fue confiada una mina, pero la recompensa fue proporcional a su actividad. A cada creyente Dios le ofrece la misma salvación, la misma Palabra, el mismo Espíritu, sin hablar de los diversos dones dispensados a cada uno. Sin embargo, no todos tienen el mismo celo para hacer valer estos talentos para la gloria de su Señor ausente. El secreto del servicio es el amor experimentado por Aquel a quien se sirve. Cuanto más grande sea este amor, más grande es la devoción. El tercer siervo odiaba a su amo, le parecía severo e injusto, por eso no trabajó para él. Este hombre representa a todos aquellos a quienes Dios quitará lo que “piensan tener” pese a llamarse cristianos (8:18; v. 26).

Desgraciadamente puede ocurrir que verdaderos hijos de Dios acepten los dones y se resistan a prestar el servicio, frustrando así al Señor y, finalmente, privándose a sí mismos del fruto que habrían podido gozar con él.

Lucas 19:29-48

El camino del Señor llegaba a su término: la ciudad de Jerusalén, hacia la cual, desde el capítulo 9:51, había dirigido resueltamente su rostro sabiendo lo que le esperaba. Sin embargo, durante un momento, los discípulos pudieron pensar que su reinado iba a aparecer inmediatamente (v. 11). Jesús mostró su soberanía reclamando el asno, a fin de cumplir la profecía de Zacarías 9:9. ¿Y no hay en nuestra vida muchas cosas acerca de las cuales podríamos oír decir: “El Señor lo necesita”? (v. 34). Al son de las aclamaciones de la muchedumbre de sus discípulos, el Rey hizo su entrada majestuosa en la ciudad. Pero, en contraste con esta alegría, los fariseos mostraron su indiferencia hostil (v. 39). En verdad, las piedras serían más dóciles a la acción del poder divino que el corazón endurecido del desgraciado pueblo judío. Al ver la ciudad, Jesús lloró sobre ella. Sabía cuáles iban a ser las trágicas consecuencias de su ceguera. Veía ya a las legiones de Tito, cuarenta años más tarde, asediando la ciudad culpable (Isaías 29:3-6). ¡Escenas indescriptibles de masacres y destrucción seguramente pasaron ante sus ojos!

Después, entrando en la ciudad y en el templo, consideró con no menos pena el comercio que lo llenaba y, con una santa energía, lo hizo cesar (comp. Ezequiel 8:6).

Lucas 20:1-18

Si hubieran estado presentes en el bautismo de Juan, estos fariseos no habrían tenido necesidad de preguntar al Señor con qué autoridad hacía “estas cosas” (7:30). En aquella ocasión, Dios había designado solemnemente a su Hijo amado y le había revestido de poder para su ministerio (3:22). Además, todo lo que Jesús hacía o decía, ¿no mostraba claramente que era el Padre quien lo había enviado? (Juan 12:49-50).

El Señor dio una vez más a estos hombres de mala fe la oportunidad de reconocerse en la parábola de los labradores malvados. Rehusando a Dios el fruto de la obediencia, Israel había despreciado, maltratado y a veces matado a sus mensajeros y profetas (2 Crónicas 36:15). Y, cuando el amor de Dios les dio a su propio Hijo, no vacilaron en echarlo “fuera de la viña” para matarlo. El Señor mostró las consecuencias terribles de este último crimen: Dios destruirá a este pueblo inicuo y confiará a otros, tomados de entre las naciones, la responsabilidad de llevar fruto para él. Finalmente, si por un lado, del templo terrestre no debía quedar piedra sobre piedra (19:44; 21:5-6), por el otro, Cristo, “la piedra reprobada” (Hechos 4:11), llegaría a ser en resurrección, el precioso fundamento de una casa espiritual y celestial: la Iglesia (1 Pedro 2:4).

Lucas 20:19-40

A la sutil pregunta que hicieron estos “espías”, Jesús respondió, como de costumbre, hablando a su conciencia. Es necesario dar a cada uno lo que le corresponde, y primeramente debemos darle a Dios la obediencia y el honor que le pertenecen (Romanos 13:7).

En cuanto a los saduceos, el Señor les probó la realidad de la resurrección por medio de este título que Dios se da: El “Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob” (v. 37; Éxodo 3:6). Cuando Jehová hablaba así a Moisés, ya hacía mucho tiempo que estos patriarcas habían dejado la tierra. Sin embargo, él seguía proclamándose su Dios. Para él ellos estaban vivos y sus cuerpos debían resucitar. Estos hombres de fe tenían la mira puesta en “lo prometido”, más allá de la vida presente, y demostraban que esperaban las promesas con certidumbre. “Por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos” (Hebreos 11:13-16).

Creyentes, apliquémonos a mostrar a nuestro alrededor que tenemos una esperanza viva.

Los fariseos y los saduceos corresponden a dos tendencias religiosas de todos los tiempos: de un lado el formalismo legal, el apego a las tradiciones, y del otro, al contrario, el racionalismo (o modernismo) que pone en duda la Palabra y sus verdades fundamentales.

Lucas 20:41-47; Lucas 21:1-9

Observando a los ricos y a los pobres, a los instruidos y a los ignorantes, a los aduladores y a los contradictores, Jesús, en su sabiduría maravillosa, discernía los motivos y los sentimientos de todos, y tomaba para con cada uno la actitud que convenía a su estado. Denunciaba la vanidad al mismo tiempo que la culpabilidad de los jefes del pueblo, y prevenía a los que pudiesen ser engañados por ellos. Se complacía en subrayar, en contraste, la devoción de una pobre viuda que era víctima de la codicia de los escribas. Echando en el tesoro sus últimos recursos, ella se abandonaba enteramente a Dios y mostraba que dependía sólo de él (1 Timoteo 5:5; 2 Corintios 8:1-5). El Señor ve tanto lo que le ofrecemos como lo que guardamos. Él no cuenta de la misma manera que nosotros (v. 3), y esto anima a todos los que no pueden dar mucho (2 Corintios 8:12). ¡Cuántas “blancas” serán fortunas en el tesoro celestial! (comp. 12:33 con 18:22).

Algunos estaban deslumbrados por la belleza de las piedras y de los adornos del templo; pero allí Jesús también juzgaba diferentemente. Conocía el interior de este templo y lo comparó con una cueva de ladrones (19:46). Después declaró cuál sería la suerte de estas cosas que el hombre admiraba (v. 6).

Lucas 21:10-24

Desde el capítulo 17 vemos que Jesús prevenía a sus discípulos sobre los castigos que esperaban a Israel y al mundo a causa de su rechazo. Pero, en medio de un pueblo juzgado, el Señor siempre ha sabido distinguir a los que le pertenecen. Como en el capítulo 12, los advertía y los animaba a avanzar –igualmente a nosotros– en estos tiempos difíciles (comp. v. 14-15 con 12:11-12). “Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas” (v. 19). Esta exhortación también nos concierne. “Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor”, recomienda el apóstol Santiago (5:7-8). Dios es paciente (18:7) y desea que sus hijos manifiesten este mismo carácter.

Los versículos 20 y 21 se cumplieron al pie de la letra antes de la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70. Habiendo ocupado por primera vez sus posiciones alrededor de las murallas, los ejércitos invasores levantaron el sitio sin ninguna razón aparente y marcharon en dirección al norte. Entonces los cristianos, acordándose de las palabras del Señor, aprovecharon este tiempo de tregua para abandonar la ciudad, antes de que las legiones romanas volvieran a atacarla. La expresión del versículo 24: “Los tiempos de los gentiles”, corresponde al período que siguió, el cual lleva aproximadamente dos mil años.

Lucas 21:25-38

A partir del versículo 25, las señales anunciadas se refieren aún al porvenir. Serán tiempos terribles. Las cosas más estables serán revolucionadas, y las almas de los hombres también. Ya el miedo empieza a manifestarse en el mundo. Los hombres piensan escapar cavando refugios (Apocalipsis 6:15). Pero para los fieles de ese tiempo la salvación (llamada vuestra redención en el v. 28) vendrá de arriba. Será la venida del Señor en gloria; y para nosotros, creyentes de hoy, lo que esperamos es su venida en las nubes. ¡Segura promesa! Sí, porque el cielo y la tierra pasarán, mas sus palabras no pasarán (v. 33).

La glotonería generalmente no se considera como un pecado grave. Sin embargo, está asociada con la borrachera, porque contribuye a recargar el corazón. Cultiva el egoísmo; hace olvidar las necesidades que nos rodean (comp. 16:19). El gozo de esperar al Señor no se manifestará más en un corazón sobrecargado (v. 34), pues las preocupaciones de la vida lo invaden. Por esta razón, frecuentemente las epístolas asocian las exhortaciones a ser sobrios y a velar (1 Tesalonicenses 5:6-7; 1 Pedro 1:13; 4:7; 5:8); y aquí el Señor nos recomienda: “Mirad también por vosotros mismos… Velad, pues, en todo tiempo orando” (v. 34-36).

Lucas 22:1-23

Los jefes del pueblo temían realizar sus deseos criminales porque sabían que la muchedumbre deseaba escuchar a Jesús (19:48). Pero Satanás vino a ayudarles. Tenía preparado su instrumento: Judas. Entró en él, valiéndose de la voluntad del miserable discípulo. Enseguida éste llevaría a cabo su terrible transacción.

A la hora de celebrar la pascua –hoy la cena del Señor–, nada fue dejado a la iniciativa de los discípulos. Jesús les pidió que la prepararan, pero esperó que le preguntaran dónde tendrían que hacerlo. ¡Cuántos cristianos, en lugar de hacer esta pregunta al Señor, han escogido ellos mismos su lugar de reunión! Sin embargo, ¡todo es tan sencillo! Basta dejarse conducir por ese “hombre que lleva un cántaro de agua”, figura del Espíritu Santo presentando la Palabra. La gran habitación preparada muestra que, allí donde el mismo Jesús se encuentra, hay lugar para todos los creyentes. “Cuánto he deseado…”, dijo a los suyos cuando llegó la hora. ¡Qué amor! El Señor no hablaba de un favor que él les hacía, sino de una necesidad de su propio corazón, como alguien que teniendo que dejar a su familia, desea tener con ella una reunión de despedida.

Lucas 22:24-38

Era la última reunión del Maestro con sus discípulos. Pero, ¿qué hacían ellos durante este santo momento? ¡Disputaban entre sí sobre quién sería el más grande! Mas, ¡con qué paciencia y dulzura los reprendió el Señor! Por última vez les recordó (y nos recuerda a nosotros) que la verdadera grandeza consiste en servir a los demás. Y él mismo no ha cesado de hacerlo (comp. v. 27 con 12:37). Además, no les hizo ningún reproche, sino que reconoció su devoción y fidelidad: “Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas”, les dijo. Sin embargo, a estos débiles discípulos aún les sobrevendrían tentaciones que pondrían en peligro su fe. Entonces Jesús les reveló de qué manera serviría en adelante a los suyos: su intercesión precederá a las pruebas y sostendrá su fe cuando deban atravesarlas (Juan 17:9,11,15). Mientras él estaba con ellos, no habían tenido necesidad de nada; él cuidaba de todo y los protegía. Pero cuando los dejara, tendrían que combatir por su propia cuenta. Mas no con armas carnales (v. 38; 2 Corintios 10:4) ni “contra sangre y carne” (Efesios 6:12). Satanás, enemigo mucho más temible, se aproximó en esa hora. “Vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quién devorar” (1 Pedro 5:8).

Lucas 22:39-53

Este solemne relato de la escena del Getsemaní contiene detalles que únicamente hallamos en el evangelio de Lucas. Vemos a Jesús de rodillas (v. 41); y un ángel se le apareció para fortalecerlo (v. 43). Se hallaba en la angustia del combate y sabemos con qué enemigo tenía que vérselas. ¡Era un combate tan intenso que en cierto momento su sudor se transformó en grandes gotas de sangre! Pero esta misma angustia demuestra su perfección. A menudo el mal causa poca impresión en nuestros corazones endurecidos, pero para el Hombre santo por excelencia, el pensamiento de llevar el pecado lo llenaba de horror y terror.

Después Jesús vino a sus discípulos y los halló durmiendo. Así como habían estado cargados de sueño en la montaña, en presencia de su gloria (9:32), lo estaban aquí ante su sufrimiento. Él les había enseñado a pedir: “No nos metas en tentación, mas líbranos del mal” (11:4; Mateo 6:13). ¡Pero ellos no habían orado así en la hora en que el enemigo se aproximaba!

Entonces llegaron Judas y la tropa que lo acompañaba. Es maravilloso ver al Señor, que unos momentos antes atravesaba el más terrible de los combates, ahora mostrar ante los hombres una paciencia, una gracia (v. 51) y una calma perfectas.

Lucas 22:54-71

¡Pobre Pedro! Mientras Jesús oraba, él dormía; mientras Jesús se dejaba prender y llevar como un cordero al matadero (Isaías 53:7; Jeremías 11:19), él blandía la espada (v. 50; comp. Juan 18:10). Por último, mientras el Señor confesaba la verdad ante los hombres, él mintió y lo negó tres veces consecutivas. Se sentó en compañía de los que acababan de apresar a su Maestro y hablaban contra él (Salmo 69:12; 1:1 final). ¿Cómo hubiera podido dar testimonio de él en tal posición?

Una simple mirada del Señor desgarró el corazón del pobre discípulo mucho más de lo que los reproches hubieran podido hacer. ¡Oh!, esa mirada atravesó su conciencia y comenzó una obra de restauración. Esa negación tan dolorosa para el Señor se unió a todos los escarnios recibidos (v. 63-65).

Los hombres malvados ante los cuales compareció se vieron obligados a reconocer que “el Hijo del Hombre” (v. 69) es al mismo tiempo “el Hijo de Dios” (v. 70). Por eso Jesús pudo responderles: “Vosotros decís que lo soy”. ¡Y por eso también son infinitamente más culpables al condenarlo después de tales palabras!

Lucas 23:1-12

Fue fácil manifestar unanimidad contra Jesús. Los principales del pueblo se levantaron juntos para llevarlo a Pilato, el único que tenía poder de condenar a muerte. ¿De qué acusaban a su prisionero? De pervertir a la nación, es decir, de llevarla hacia el mal; él, que sólo había trabajado para llevar el corazón de este pueblo a Dios. También lo acusaban de prohibir que se diera tributo a César, cuando él les había dicho lo contrario: “Dad a César lo que es de César” (20:25). Pero estas mentiras no tuvieron sobre Pilato el efecto que los judíos esperaban. En su desconcierto, el gobernador buscaba un medio de eludir la responsabilidad de juzgarlo. Entonces envió a Jesús ante Herodes, quien sentía hacia él cierto temor mezclado con odio y curiosidad (v. 8; 9:7; 13:31). Pero al no ser satisfecho este último sentimiento, toda la bajeza de dicho dignatario se descubrió. ¡Se complació en humillar a un prisionero indefenso, de cuyos milagros de amor había oído hablar! Finalmente, decepcionado, volvió a enviarlo a Pilato.

Al contemplar a Jesús, a quien maltrataban y afrentaban así, nuestros corazones se regocijan pensando en el momento en que aparecerá en su gloria, cuando cada uno deberá reconocer que “Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Isaías 53:3; Filipenses 2:11).

Lucas 23:13-32

Más confundido que nunca, Pilato reunió a los sacerdotes, a los gobernantes y al pueblo, y tres veces les afirmó que en Jesús no encontraba nada que fuese digno de muerte. Pero su deseo de liberarlo sólo hizo aumentar la insistencia del pueblo para pedir su crucifixión. Una muchedumbre manifiesta fácilmente su cobardía y crueldad porque, escondidos en el anonimato, los más bajos instintos se dan libre curso. Aquélla lo fue aún más, siendo instigada por sus propios conductores. Finalmente sus gritos prevalecieron y, a cambio de la libertad del homicida Barrabás, lograron que Jesús fuera entregado a su voluntad. Para Pilato, hombre sin escrúpulos, una vida humana tenía menos valor que el favor del pueblo.

Entre los que acompañaron al condenado inocente, muchos sintieron compasión y lloraron. Pero la emoción no es una prueba de la obra de Dios en un corazón. Si así fuese, estas mujeres hubieran llorado por ellas mismas y por la ciudad criminal, como Jesús lo hizo (19:41). Muchas personas son tocadas sentimentalmente por la vida admirable del Señor y se indignan a causa de la injusticia cometida contra él, pero no piensan que ellas mismas también tienen, por sus pecados, una responsabilidad personal en su muerte (Isaías 53:6).

Lucas 23:33-49

Jesús fue llevado a ese siniestro lugar de la Calavera donde lo crucificaron entre dos malhechores. “Padre, perdónalos…”, tal es su sublime respuesta a todo el mal que le hicieron los hombres (comp. 6:27). Si ellos se arrepintieran, su crimen –el más grande de la historia de la humanidad– sería expiado por medio de Su propia muerte.

En la cruz, donde todos estaban presentes, desde los gobernantes hasta el miserable ladrón (v. 35, 39), toda la maldad del corazón humano se descubrió sin ninguna vergüenza: miradas cínicas, risas, provocaciones, injurias… pero aquí comenzó una conversación maravillosa entre el Salvador crucificado y el otro malhechor convencido de pecado (v. 41). Iluminado por Dios, discernió en el hombre maltratado y coronado de espinas que iba a morir a su lado una víctima santa, un rey glorioso (v. 42). Y recibió una promesa inestimable (v. 43). Así, desde la misma cruz, el Señor gozó del primer fruto de la “aflicción de su alma” (Isaías 53:11).

Después de las tres últimas horas de tinieblas impenetrables, Jesús volvió a gozar de su relación con Dios, la cual había sido interrumpida durante el abandono que acababa de atravesar. Y en plena serenidad encomendó él mismo su espíritu en las manos de su Padre. La muerte del Justo fue para Dios la oportunidad de dar un último testimonio a través del centurión romano (v. 47).

Lucas 23:50-56; Lucas 24:1-12

La intervención de José de Arimatea nos muestra que la gracia había alcanzado a este hombre, uno de los ricos que se nos menciona con frecuencia en Lucas (18:24; Mateo 27:57) y principal del pueblo. Este discípulo había sido especialmente preparado para sepultar el cuerpo del Señor (según Isaías 53:9). Luego el Espíritu nos presenta a unas mujeres abnegadas y recalca que ellas habían acompañado a Jesús desde Galilea (v. 49, 55). Éstas estuvieron presentes en el Calvario. Después, con más amor que comprensión, prepararon perfumes para ungir su cuerpo. Finalmente, la mañana del primer día de la semana, las vemos dirigirse al sepulcro, donde tuvieron un maravilloso encuentro. Dos ángeles se presentaron allí para anunciarles que sus preparativos eran inútiles: Aquel a quien ellas buscaban ya no estaba en la tumba; había resucitado.

Desafortunadamente la experiencia cristiana de numerosos hijos de Dios no va más allá de la cruz. La extraña pregunta: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” podría serles dirigida. Queridos amigos, ¡alegrémonos!, Jesús no es solamente un Salvador muerto en la cruz por nuestros pecados. Él vive eternamente (Apocalipsis 1:18) y nosotros vivimos con él (Juan 14:19).

Lucas 24:13-35

Dos discípulos caminaban tristemente por el camino de Emaús. Habiendo perdido sus esperanzas terrenales de un Mesías para Israel, se dirigían a sus campos y sus asuntos (Marcos 16:12). Pero el misterioso forastero que se unió a ellos cambió completamente el curso de sus pensamientos. Comenzó por interrogarlos y luego les hizo notar su insensatez e incredulidad; dos cosas que a menudo van juntas (v. 25). ¡Cuántas veces nuestra ignorancia proviene del hecho de que no creemos! (Hebreos 11:3). Después el Señor les abrió las Escrituras y les mostró “lo que de él decían”. Nunca lo olvidemos, la clave del Antiguo Testamento, y especialmente de las profecías, consiste en buscar a Jesús en ellas.

Observemos como el Señor se deja retener por los que lo necesitan: entró para quedarse con estos dos discípulos. Que nosotros también podamos hacer esta experiencia; en particular cuando estamos desanimados y nuestras circunstancias han tomado un giro distinto del que esperábamos. Aprendamos en su presencia a aceptarlas tal como son. “La consolación de las Escrituras” dirigirá entonces nuestros pensamientos hacia un Salvador vivo y hará arder nuestros corazones (Romanos 15:4). “Las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza”.

Lucas 24:36-53

El Señor hubiera podido subir al cielo inmediatamente después de su resurrección, pero deseaba ver aún a sus queridos discípulos (Juan 16:22); quería darles la prueba de que no sólo estaba vivo, sino que continuaba siendo un hombre, el mismo Jesús que ellos habían conocido, seguido y servido. Queridos amigos creyentes, nosotros veremos en el cielo no solamente a “un espíritu”, ni tampoco a un extraño para nuestros corazones, sino al Jesús del Evangelio, al Hijo del Hombre presentado por Lucas, al tierno Salvador que habremos aprendido a conocer y amar en esta tierra.

En este capítulo se insiste cuatro veces sobre la necesidad de que todo el consejo eterno de Dios se cumpliese en los sufrimientos de Cristo, pero también en sus glorias (v. 7, 26, 44, 46).

Jesús llevó a los discípulos fuera, hasta Betania, lugar que él escogió para despedirse de los suyos. Los estableció así, en figura, “fuera” del sistema judío (v. 50), durante el tiempo que dure su ausencia, sobre un nuevo terreno, el de la vida nueva y el de la comunión (Juan 12:1). La última palabra del Señor es una promesa (v. 49), y su último gesto una bendición (v. 50). Él ascendió al cielo, pero el corazón de los suyos desbordaba de gozo y alabanza. Objetos del mismo amor, celebremos nosotros también a nuestro Dios, a nuestro Padre, y regocijémonos en un Salvador perfecto.

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