Levítico

Levítico 1:1-17

Levítico es un libro cerrado para quien no posee la “llave” divina del mismo. Esta llave es Cristo, a quien hallamos allí en todos los aspectos de su sacrificio y de su sacerdocio. El creyente posee un solo sacrificio, ofrendado “una vez para siempre”, plenamente suficiente (Hebreos 10:10). Pero para describirlo en sus diversos aspectos, el Espíritu de Dios nos da unas imágenes variadas y complementarias.

El holocausto se nombra primero porque representa la parte de la obra de Cristo que es para Dios. Ésta se expresa en el Nuevo Testamento en pasajes como Juan 10:17; Efesios 5:2; Filipenses 2:8. Queridos amigos cristianos, cuando pensemos en la cruz, en vez de ver en ella primeramente nuestra salvación, empecemos por considerar la satisfacción que Dios ha encontrado en la Persona y obra de su santo Hijo.

Se podían presentar tres clases de víctimas. En la manera de ofrecerlas se aprecian algunas diferencias. Por ejemplo, sólo las ofrendas de ganado se cortaban en trozos o piezas que luego se colocaban sobre el altar. Pero en cada caso se trataba de un “olor grato para Jehová”. Tal fue el efecto del fuego del juicio que sufrió la Víctima santa en la cruz: hacer resaltar hasta en los mínimos detalles la excelencia de la ofrenda “sin mancha” (Hebreos 9:14).

Levítico 2:1-16

Si el holocausto evoca el olor grato de Cristo en su muerte, la ofrenda vegetal corresponde a las perfecciones de su vida como hombre en la tierra. Este sacrificio no incluye, en efecto, ni víctima ni sangre, sino tan sólo harina, aceite, incienso y algo de sal. –La humanidad del Señor: el grano de trigo finamente molido; –nacido y bautizado por el Espíritu Santo: machacado y ungido con aceite; –puesto a prueba por el sufrimiento de modo visible u oculto: el ardor del horno, de la sartén o de la cazuela, fue para el Padre un perfume del más alto precio. El creyente presenta a Dios esta vida perfecta de Jesús y hace de ella su propio alimento. Consideremos a este maravilloso hombre en los evangelios. Su dependencia, paciencia, confianza, dulzura, sabiduría, bondad y entrega que no variaron a través de todos sus sufrimientos, son algunos de los temas admirables que corresponden a la ofrenda vegetal espolvoreada con incienso. Era “cosa santísima” (v. 3, 10). La levadura, imagen del pecado, no entraba en ella, como tampoco la miel, símbolo de los afectos humanos. Por el contrario, la sal, símbolo de separación para Dios, que guarda de la corrupción, caracterizó la vida de Jesús, y nunca debería faltar en la nuestra (Marcos 9:50; Colosenses 4:6).

Levítico 3:1-17

Siempre es la misma obra de Cristo la que presenta el sacrificio de paz. Pero esta vez es considerada bajo el aspecto de la comunión, del gozo y de la paz que proporciona. Jesús no vino solamente para glorificar al Padre en su vida (la ofrenda vegetal), en su muerte (el holocausto) y para expiar los pecados (los sacrificios del cap. 4). También vino para colocarnos en una relación nueva de comunión con Dios. Nuestro querido Salvador no se conformó sólo con liberarnos del juicio eterno. Quiso hacernos felices y eso desde ahora. Como en los otros sacrificios, la grosura se guardaba para Jehová y se quemaba sobre el altar. Es emblema de la energía interior, de la voluntad que gobierna al corazón. En Jesús esta energía era enteramente para Dios. Su voluntad era hacer exclusivamente aquello que complacía a su Padre (Juan 6:38; 8:29). Semejante sacrificio no podía ser sino de olor grato, sumamente agradable para Dios (v. 5, 16). ¡Qué privilegio para nosotros que conocemos a Jesús compartir con el Padre un mismo “pan” (v. 11, 16) y estar invitados a su mesa para compartir su gozo y sus pensamientos con respecto a su muy amado Hijo! “Nuestra comunión –dice el apóstol Juan– verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1 Juan 1:3).

Levítico 4:1-12

El sacrificio por el pecado pone fin a la lista de las santas ofrendas. Si el holocausto nos enseñó lo que a Dios le agradó en la obra de Cristo, el sacrificio por el pecado atañía a las necesidades del pecador. Pero es normal que nosotros hagamos el camino inverso. Antes de conocer la paz y el gozo del sacrificio de paz, antes de comprender lo que Jesús fue para Dios en su vida y en su muerte, empezamos por vérnoslas con Aquel que sufrió y murió en la cruz para expiar nuestros pecados. La sangre se introducía en el tabernáculo como para dar a Dios una prueba de la obra acabada, y al pecador una seguridad de su aceptación. La grosura ardía y humeaba sobre el altar, señal de la satisfacción que Dios hallaba en la obediencia de la víctima. En fin, mientras la carne del holocausto debía humear sobre el altar y la del sacrificio de paz era comida por aquel que la presentaba, el cuerpo de los animales ofrecidos por el pecado se quemaba fuera del campamento. A causa de nuestros pecados, con los que se cargaba, Jesús sufrió “fuera de la puerta”, lejos de la presencia del Dios santo. El verbo quemar (v. 12), diferente de hacer arder o humear (v. 10), empleado para las grosuras y los inciensos, traduce el ardor del juicio que consumió a nuestro Sacrificio perfecto (Hebreos 13:11).

Levítico 4:13-26

Muchas personas no se consideran culpables de sus faltas inconscientes; parten del principio de que Dios no puede reprocharles su ignorancia y que tomará en cuenta su «buena voluntad». ¡Funesta ilusión! Si Dios previó un sacrificio por los pecados cometidos por error, ello es la prueba de que el pecador, aun ignorante, es culpable ante Él. Además nuestras leyes también aplican el mismo rigor; la ignorancia de la ley no excusa su cumplimiento. Una infracción del código, aun involuntaria, me expone a una multa. A los ojos del Dios santo, el pecado cometido permanece; no queda disculpado por mi indiferencia. Pero sé que para todo pecado, si bien hay condenación, también hay un sacrificio que lo perdona. Fue necesaria la inmensa obra de la cruz para borrar lo infinito de la ofensa perpetrada contra Dios por mis pecados, voluntarios o no, tanto los que recuerdo como los que he olvidado desde hace mucho tiempo.

Al colocar su mano sobre la cabeza de la víctima, aquel que la presentaba hacía pasar su pecado a ella. Reconocía que era culpable y merecía la muerte, pero que el animal ofrendado lo remplazaba para cargar con ese pecado y morir en su lugar. Eso fue lo que Jesús, nuestro perfecto Sustituto, hizo por nosotros.

Levítico 4:27-35

Por su pecado, un sumo sacerdote debía ofrendar un becerro (v. 3), un príncipe o jefe debía ofrecer un macho cabrío (v. 22-23) y una persona cualquiera del pueblo sólo tenía que ofrecer una cabra o un cordero (v. 27-28, 32). Quienes deben dar el ejemplo tienen una responsabilidad más grande, expresada por la importancia del animal ofrendado. Pero ante Dios todos los hombres han pecado y están destituidos de Su gloria (Romanos 3:22-23). El que se encuentren arriba o abajo en la escala social, que sean honrados o despreciados por sus semejantes, grandes pecadores o considerados como gente honrada, la verdad es que todos forman parte de una sola clase: la de los pecadores perdidos. Sin embargo, en su insondable misericordia, Dios ha creado una nueva categoría: la de los pecadores perdonados. Encerró a todos los hombres en la desobediencia, a fin de hacer misericordia a todos (Romanos 11:32).

Subrayemos la expresión de los versículos 23, 28 (V.M): “Si se le hiciere conocer el pecado que ha cometido”. Es una alusión al servicio delicado de “lavar los pies”, que consiste en ayudar a otro creyente a descubrir y a juzgar sus faltas (Juan 13:14).

“Y será perdonado”, concluye cada uno de estos párrafos. ¡Respuesta que Dios puede dar al pecador arrepentido, en virtud de la obra de su amado Hijo!

Levítico 5:1-13

Los versículos 1 a 4 ofrecen ejemplos de las faltas que debían expiarse mediante un sacrificio. Se trata de actos cuya gravedad quizá no hubiéramos discernido si la Palabra, divina medida de la conciencia, no los hubiera condenado: por ejemplo, dejar de dar un testimonio, tener un contacto pasajero con lo impuro, proferir palabras ligeras. Hasta se puede ser culpable guardando silencio (v. 1) o, al contrario, hablando demasiado (v. 4). En todos estos casos se imponía la confesión (v. 5), luego, era necesario recurrir al sacrificio (v. 6). Éste sigue siendo el camino que 1 Juan 1:9 ordena al creyente que ha fallado, con la diferencia de que el sacrificio no debe ofrendarse una segunda vez. La sangre de Jesucristo ya está ante Dios en nuestro favor, de modo que basta la confesión; Dios es entonces “fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”.

Los versículos 6 al 13 muestran que existían diferencias de recursos entre los que traían su ofrenda. Uno ofrecía un cordero, otro dos tórtolas, otro tan sólo un puñado de harina. No todos los hombres tienen igual capacidad para apreciar en un mismo grado la obra de Jesús. Lo que cuenta es el valor perfecto que ella tiene para Dios.

Levítico 5:14-19; Levítico 6:1-7

Un israelita escrupuloso siempre podía temer que algún pecado cometido por error se le hubiera olvidado. Y apenas acababa de traer un costoso sacrificio cuando una nueva infidelidad podía exigir otro. Hoy día, a pesar de las certidumbres de la Palabra de Dios, muchos cristianos todavía viven con el mismo temor. Creen que su salvación depende de sus propios y sinceros esfuerzos para apaciguar a Dios, mediante limosnas y penitencias, pero nunca están seguros de que esto sea suficiente. ¡Hasta qué punto eso es desconocer la plenitud de la gracia divina! Pero qué felicidad cuando tenemos la seguridad de que Jesús lo ha hecho todo por nosotros.

Este pasaje distingue los pecados contra Dios (v. 15, 17) de los pecados cometidos contra el prójimo (cap. 6:2-3). A menudo nos preocupamos menos de aquellos que de éstos. Tendría que ser lo contrario. Además, en lo concerniente al mal hecho a un prójimo, no sólo era cuestión de compensarlo; también se debía traer un sacrificio a Jehová (v. 6; véase Salmo 51:4). Y a la inversa, no bastaba ponerse bien con Dios. El día que el culpable arrepentido ofrecía su sacrificio por el delito, también debía poner en orden su situación para con los hombres (v. 6 fin). Los cristianos de Éfeso, en otro tiempo adictos a la magia y al espiritismo, después de su conversión se apresuraron a quemar sus libros de magia (Hechos 19:19).

Levítico 6:8-30

Se ha notado la concordancia que hay entre los cuatro grandes sacrificios y el aspecto bajo el cual cada uno de los cuatro evangelios presenta la obra de Cristo. En Juan, Jesús es el santo holocausto, Aquel que el Padre ama porque puso su vida de sí mismo (cap. 10:17-18). Lucas nos hace admirar la vida del Hombre perfecto del cual habla la ofrenda vegetal. Marcos nos muestra al Siervo de Dios representado por el sacrificio de consagración o de paz. Finalmente Mateo, más que los otros, lo presenta como Aquel que “salvará a su pueblo de sus pecados” (1:21). Los capítulos 6 y 7 toman estas cuatro clases de sacrificios para dar la ley de ellos, es decir, la manera cómo el sacerdote había de ofrecerlos. El holocausto debía ser continuo (v. 13), la ofrenda vegetal era “estatuto perpetuo” (v. 18). Ayer mencionamos los temores del israelita que nunca estaba seguro de ser hecho perfecto mediante los mismos sacrificios ofrendados continuamente. Pero el capítulo 10 de Hebreos nos muestra al sacerdote, quien asimismo nunca terminaba, pues estaba “día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios...”. Luego presenta a Jesús quien, “habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio, se ha sentado a la diestra de Dios” (Hebreos 10:1, 11-12).

Levítico 7:1-21

La epístola a los Romanos nos enseña que Dios tuvo que ocuparse de dos cuestiones: la de los pecados (cap. 1 a 5:11) y la del pecado (cap. 5:12 a 8). Tuvo que condenar al árbol tanto como a los frutos, esto es, al pecado en nuestra naturaleza como a los actos producidos por ella. Al exigir una ofrenda por la culpa (el acto cometido) y otra por el pecado (la fuente de este acto), Dios nos enseña que la obra de Cristo responde a estas dos necesidades del pecador.

La ley del sacrificio de paz ilustra las condiciones necesarias para que se realice la comunión cristiana. Se trataba de una ofrenda en acción de gracias (v. 12; 1 Corintios 10:16), de carácter voluntario y gozoso (v. 16; 2 Corintios 8:4), exenta de todo contacto con lo inmundo (v. 21). Se ofrecían los sacrificios por el pecado porque uno no estaba puro. Muy distinto era el caso de las ofrendas de paz; sólo participaban en ellas los israelitas que estaban limpios (v. 19). Quienquiera que tocase la carne del sacrificio por el pecado se volvía santo (cap. 6:27), mientras que inversamente toda impureza manchaba la ofrenda de paz. Tenemos cuidado con la limpieza de nuestros alimentos. Velemos aún más para que ninguna impureza de nuestra mente llegue a interrumpir la comunión simbolizada por esta ofrenda.

Levítico 7:22-38

Figura de la comunión del rescatado con Dios y con sus hermanos, la ofrenda de paz era la única de la cual cada uno recibía su porción. Dios tenía la suya, a saber, la grosura y la sangre que recordaban sus derechos sobre nosotros. Aarón y sus hijos recibían el pecho mecido y la espalda elevada (v. 34), imagen de los afectos y de las fuerzas del rescatado, los cuales pertenecen a Cristo y a los suyos. En fin, el mismo adorador hallaba su alimento. Notemos que la comida de los sacerdotes dependía de las ofrendas de paz. La energía espiritual que el creyente pueda emplear al servicio del Señor depende de la comunión que haya cultivado con él. Las dos epístolas a los Corintios son la confirmación de ello. La primera trata de la comunión, la segunda tiene como tema el ministerio. Nuestro servicio no será útil y bendecido sino en la medida en que seamos nutridos por la perfecta Ofrenda de paz y, según su ejemplo, hayamos entregado nuestro cuerpo como “sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Romanos 12:1). Este es el secreto para poder discernir, según el mismo capítulo, “cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (v. 2) y cumplirla seguidamente con gozo (v. 3-8).

Levítico 8:1-21

En los siete primeros capítulos consideramos el tema de las ofrendas; ahora llegamos al del sacerdocio. Si el pecador necesita una ofrenda, el creyente por su parte precisa de un sacerdote para ejercer el servicio que se le ha encomendado. Pues bien, en Cristo tenemos tanto lo uno como lo otro. Él es Aquel que se ofreció a sí mismo, cual víctima perfecta, para ponernos en relación con Dios, y ahora también es Aquel que desempeña las funciones de sumo sacerdote para mantenernos en esa relación. Era, pues, necesario que primero fuera ofrenda antes de ser sacerdote.

En Éxodo 29 encontramos las instrucciones dadas por Jehová a Moisés para la consagración de Aarón y sus hijos. Ahora ha llegado el momento en que esta ceremonia puede celebrarse. Toda la asamblea de Israel es convocada frente a la entrada del tabernáculo de reunión para que presencie y contemple a Aarón revestido de sus vestiduras de gloria y hermosura. Cuánto más grande es la visión que la epístola a los Hebreos, llamada “la epístola de los cielos abiertos”, ofrece a las miradas de nuestra fe. Nos invita a considerar “al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús”, revestido de los atributos gloriosos de su sacerdocio (Hebreos 3:1).

Levítico 8:22-36

Al hallar a Aarón y sus hijos juntos en este capítulo, nuestro pensamiento se eleva hacia Aquel que no se avergüenza en asociarnos a él, llamándonos sus hermanos. Que Dios nos guarde de avergonzarnos ante el mundo de nuestra relación con Jesús (2 Timoteo 2:12-13).

En estos capítulos a menudo se habla de ofrendas mecidas. Hacer girar sobre sí mismo un objeto permite mostrarlo bien bajo todas sus facetas. Se nos invita a presentar así a Dios todos los aspectos del excelente sacrificio que traemos ante él, hablándole de Jesús en sus variadas glorias, y de su obra en sus diferentes caracteres.

El pecho del carnero de consagración, porción especial de Moisés, también era mecido. En ello podemos admirar, por sus múltiples lados, los afectos de Cristo, que eran la fuente y el poder de su consagración a Dios. “Amo al Padre –decía Jesús–, y como el Padre me mandó, así hago” (Juan 14:31). La misma causa en nuestra vida producirá el mismo efecto. El amor suscitará una consagración verdadera, dicho de otro modo, el profundo sentimiento de que el Señor Jesús tiene todos los derechos sobre nuestro corazón. El versículo 24 extiende esos derechos a nuestras orejas, a nuestras manos, a nuestros pies, símbolos respectivamente de la obediencia, la actividad y la marcha.

Levítico 9:1-24

La epístola a los Hebreos nos presenta al sumo sacerdote que nos convenía, “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores...” (Hebreos 7:26). Qué contraste con Aarón, el sacerdote “tomado de entre los hombres”, mencionado en la misma epístola, quien estaba obligado a ofrecer sacrificios por los pecados, y no solamente por los del pueblo, sino también “por sí mismo” (Hebreos 5:1-3). Esto es lo que lo vemos hacer aquí. Antes de ocuparse de las faltas del pueblo, Aarón tiene que arreglar ante Dios la cuestión de sus propios pecados. Es un principio general cuya importancia el Señor recuerda en lo que se suele llamar «el sermón del monte». Para poder quitar la paja del ojo de nuestro hermano, primero debemos sacar la viga que hay en nuestro propio ojo (Mateo 7:3-5).

El final del capítulo nos muestra cómo, hecha la propiciación y arreglada la cuestión del pecado, la bendición puede venir sobre el pueblo por medio de aquel que ha sido su autor, la gloria de Dios puede manifestarse y el gozo puede expresarse libremente. Tales son hoy en día para el pueblo de Dios las bienaventuradas consecuencias de la cruz de Cristo. Que Dios nos enseñe a admirarlas y a responder de la misma manera.

Levítico 10:1-20

En el capítulo 9 se nos recordó que los sacerdotes “tomados de entre los hombres” podían pecar. No hemos tenido que ir muy lejos para verificarlo, desgraciadamente. Cada vez que Dios coloca al hombre en una nueva relación, éste demuestra que no tiene capacidad para hacerle frente. Hasta aquí cada detalle había sido ejecutado “como Jehová lo había mandado” (expresión repetida catorce veces en los capítulos 8 y 9). Pero ahora Nadab y Abiú, hijos mayores de Aarón, hacen lo “que a ellos no les había mandado hacer (v. 1; V.M). Apenas consagrados, presentan ante Jehová un fuego no procedente del altar. El solemne y fulminante castigo nos recuerda lo serio que resulta sustituir las instrucciones de la Palabra de Dios por nuestra voluntad (compárese con 2 Samuel 6:3... el arca colocada sobre un carro nuevo, seguido de la muerte de Uza). Tanto los pensamientos de la carne como lo que excita los sentimientos (bebidas fuertes), no son tolerados para rendir culto a Dios. Despreciar abiertamente las verdades conocidas lleva al transgresor a caer bajo la disciplina de Dios. Por el contrario, tal como lo muestra el final del capítulo, el Señor está lleno de indulgencia hacia los ignorantes, así como hacia aquellos que se doblegan bajo su disciplina.

Levítico 11:1-28

Tal como lo explica el Señor Jesús, no son las cosas que entran en el hombre las que lo contaminan, sino más bien las que salen de él (Marcos 7:15). La distinción entre animales puros e impuros no tiene más que una aplicación espiritual para el cristiano. En este capítulo se toman en consideración cuatro grupos de animales: cuadrúpedos, peces, aves y reptiles. Para ser puros, los primeros debían reunir dos condiciones: rumiar y tener la pezuña hendida. La pureza del creyente depende tanto de la manera de comer (estudiar la Palabra) como de caminar (obedecer la Palabra).

De los peces también se requerían dos atributos: aletas y escamas. Sin aletas, ¿cómo avanzar?, ¿cómo luchar contra la fuerza de la corriente? Y sin escamas el cuerpo queda desprotegido. Resistir a la incitación del mundo, a sus formas de pensar y a sus comodidades es la manera para que un joven creyente pueda mantenerse puro.

Las aves carnívoras y omnívoras eran impuras. Esto nos enseña que si nutrimos nuestra mente con lo que viene de la carne, o aceptamos sin distinción toda lectura y espectáculo que se nos ofrece, inevitablemente quedaremos contaminados. Finalmente se hallan los reptiles y los animales que se les asemejan. Figura del poder del mal. ¡Es cosa abominable! “Aborreced lo malo,” prescribe Romanos 12:9.

Levítico 11:29-47

Al observar a los reptiles y a los animales que pululan sobre la tierra, reconozcamos ciertos rasgos y peligros morales de los que debemos desconfiar. La comadreja (el topo, V. M.) y el ratón, por ejemplo, perjudican a las plantas jóvenes destruyendo sus raíces; el camaleón evoca a aquellos que siempre se adaptan al color de su medio ambiente: se comportan como cristianos cuando están entre los cristianos, y como mundanos cuando están acompañados de la gente del mundo.

Los versículos 32 a 40 muestran cómo las cosas mejores y más útiles pueden ser estropeadas por lo que viene de la “serpiente”. Que el Señor nos enseñe a vigilar y a hacer uso de la provisión inalterable que él nos ha preparado: una fuente, una cisterna o cualquier lugar de recopilación de aguas, imágenes de la Palabra divina, que siempre quedaban limpias. “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti”, dice el salmista (119:11). Un israelita piadoso se guardaba cuidadosamente de todo alimento impuro o inmundo (Hechos 10:14). Tengamos una conciencia sensible para distinguir entre lo que es espiritualmente puro o impuro, entre lo que es susceptible de nutrir nuestra alma y lo que es un veneno para ella. La razón profunda de esta separación rigurosa la encontramos en el versículo 45: Dios es santo, y nosotros somos pueblo suyo.

Levítico 12:1-8; Levítico 13:1-8

Como para mostrarnos que los recursos divinos se han adelantado a la aparición del pecado, Levítico considera a los sacrificios y al sacerdote antes de considerar al pecado mismo. El capítulo 11 nos enseña a velar para no ser contaminados por la impureza exterior. Pero el mal no sólo está a nuestro alrededor, también se halla en nosotros; el enemigo está dentro de la plaza, por así decirlo. El capítulo 12 nos hace tomar conciencia de su carácter hereditario. “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Salmo 51:5). La naturaleza pecaminosa de Adán se ha transmitido a toda su raza; un niño recién nacido es un pecador en potencia antes de haber cometido algún acto culpable; por lo tanto necesita, igual que un adulto, del sacrificio de Cristo.

Los capítulos 13 y 14 hablan de la lepra, que siempre representa al pecado en su carácter de mancha. La lepra, ¡esta enfermedad que carcome, contagiosa e incurable, repugnante a la vista, que suprime la sensibilidad! A los ojos de Dios el pecado presenta estos diferentes rasgos. Se traduce en actos y palabras, incluso en los creyentes, ¡bien lo sabemos! Por ejemplo, en María se manifestó la maledicencia (Números 12:10); en Giezi la codicia y la mentira (2 Reyes 5:27); en Uzías el orgullo espiritual (2 Crónicas 26:20).

Levítico 13:9-28

Para que la lepra sea diagnosticada, el enfermo debe presentar dos síntomas. El pelo blanco hace pensar en una decadencia espiritual que tiene su fuente en la pérdida de la comunión con el Señor. La mancha más hundida que la piel indica que no se trata de un defecto superficial y revela un mal profundo. Pero, cosa paradójica y difícil de comprender, mientras que una sola mancha bastaba para establecer la impureza del leproso, a partir del momento en que éste se halla enteramente cubierto de la enfermedad, ¡se le puede declarar limpio! Sin embargo es así. Tal como el pobre leproso que durante largo tiempo se ha esforzado en tapar sus llagas hasta que ya no puede disimular más, cuando un hombre se ve forzado a reconocerse totalmente manchado, Dios puede declararlo limpio en virtud de la obra de Cristo. “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad... Y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:5). Pero toda muestra de carne viva volvía otra vez a la persona impura, porque ella es la imagen de los vanos esfuerzos de la vieja naturaleza para mejorarse. En Lucas 5:12-14 un “hombre lleno de lepra” se acerca a Jesús y le pide que, si quiere, lo sane; el Señor lo sana y luego lo invita, para dar testimonio de ello, a cumplir con las instrucciones del capítulo 14 de nuestro libro.

Levítico 13:29-44

Ciertas manchas y enfermedades de la piel podían inducir a un error. Entonces el enfermo era encerrado durante siete días y luego era examinado para comprobar si se trataba o no de una llaga de lepra. ¡Nunca juzguemos con precipitación! Ejercitémonos en presumir el bien en los otros antes de juzgarlos. El amor “no hace nada indebido” (1 Corintios 13:5). Notemos que el enfermo no daba su opinión. Era el sacerdote quien veía y luego declaraba la naturaleza de la llaga. Poco importaba lo que el hombre pensara de sí mismo. Podía no sentir nada y creerse rebosante de salud, estando gravemente enfermo al mismo tiempo.

Cuántas personas ignoran que padecen la enfermedad llamada pecado. Nunca han considerado su estado a la luz de la Palabra de Dios; no se han presentado ante el Sacerdote. Él es quien establece la culpabilidad del hombre y lo declara irremediablemente perdido. “¿Dejaos del hombre... porque ¿de qué es él estimado?” (Isaías 2:22). Pero el Sacerdote que comprueba así nuestro estado es también Aquel que se ocupa de ello en gracia, actuando como el gran Médico que ha dado a nuestras almas una curación total (Lucas 5:31).

Levítico 13:45-59

La condición del leproso era terrible en Israel: echado del campamento sin ninguna esperanza de volver al mismo, separado de los suyos, obligado a proclamar su estado de miseria: “¡Inmundo! ¡inmundo!” Excluido de la congregación, es una imagen de lo que éramos nosotros, gentes de entre las naciones, “alejados de la ciudadanía de Israel... sin esperanza...”. Pero ahora el apóstol anuncia que hemos “sido hechos cercanos por la sangre de Cristo” (Efesios 2:12-13), lo que nos conduce a la obra de la purificación descrita en el capítulo 14. El evangelio nos muestra a varios de estos leprosos que imploraban la piedad del Maestro. Y Jesús, lleno de compasión, puso las manos sobre ellos y los sanó, mas él no se manchó por este contacto. Cristo no sólo podía, sino que en su amor quería hacerlos perfectamente limpios (Mateo 8:1-3; ver también Lucas 17:11...). Del mismo modo, este querido Salvador puede y quiere, todavía hoy, purificar de todos sus pecados a quien se reconoce impuro.

La lepra en un vestido (v. 47-59) representa el mal que se puede insinuar en nuestras costumbres y en nuestro testimonio. ¡Que el Señor nos conceda vigilar para descubrir, y valor para “quemar”, dicho de otro modo, para juzgar el mal en cuanto aparezca!

Levítico 14:1-13

Llegado el día de la purificación del leproso, éste era llevado al sacerdote. Fijémonos en el papel eficaz pero indispensable que desempeña el amigo que lo conduce a aquel que le va a anunciar la curación. Es precioso ser empleado por Dios para traer a los pecadores al Señor Jesús. Es un servicio que incluso puede cumplir un joven cristiano (Juan 1:42, 46).

Pero si el sacerdote hubiera permanecido en el tabernáculo o en el campamento, el leproso, ahuyentado del mismo, nunca se hubiera podido encontrar con él. El sacerdote salía, pues, del campamento (v. 3). Para ir al encuentro del pecador, Jesús dejó la gloria. Somos incapaces de dar un solo paso hacia Cristo; por lo tanto él ha hecho todo el camino para llegar hasta nosotros. ¿Cómo podría el hijo pródigo entrar sucio y harapiento en la casa de su padre? Éste sale a su encuentro y manda vestirlo con el traje más hermoso, mientras todavía está afuera. Siguen los detalles de la purificación. Las dos avecillas juntas nos hablan del remedio divino aplicable al pecado de todo hombre. La muerte del Señor: a la primera avecilla se le degollaba; su resurrección: la segunda avecilla levantaba el vuelo, marcada con la sangre que llevaba consigo hacia el cielo para colocarla simbólicamente bajo la mirada de un Dios satisfecho.

Levítico 14:14-32

“Será limpio”, concluyen los versículos 9 y 20. Aquí tampoco se trata de la opinión del leproso sanado. Dios declara puro y santo al pecador regenerado, para quien esta palabra debe bastar, aun si no experimenta ninguna emoción especial. “Habéis sido lavados... santificados... justificados en el nombre del Señor Jesús”, afirma 1 Corintios 6:11.

Con respecto a las avecillas, imagen de la obra de Dios por nosotros, hacían falta dos cosas, figura de su obra en nosotros: el agua, poder purificador de la Palabra, y la navaja. El leproso rapaba su cabeza, su barba, sus cejas. Todo lo que recordaba la fuerza del hombre era puesto a un lado. Este trabajo del Espíritu, que nos conduce a juzgar lo que produce nuestra vieja naturaleza, se llama liberación.

La sangre del sacrificio se aplicaba en la oreja, en la mano y en el pie derecho del leproso sanado, exactamente como se hizo con el sacerdote el día de su consagración (Éxodo 29:20). De igual modo sucedía con el aceite. Luego se ungía al leproso con el resto del aceite (v. 18). Era el único en Israel, juntamente con los reyes y sacerdotes, que recibía esta santa unción correspondiente a la obra del Espíritu Santo en el corazón del rescatado (1 Juan 2:20). De unos pecadores manchados, pero lavados en su sangre, Cristo ha hecho un reino de “reyes y sacerdotes para Dios, su Padre” (Apocalipsis 1:6).

Levítico 14:33-57; Levítico 15:1-33

La lepra en la casa es imagen del pecado en la asamblea, o incluso en aquello que lleva el nombre de Iglesia, la cristiandad en general. Mirando de cerca la asamblea de Éfeso, en el capítulo 2 de Apocalipsis, discernimos –o más bien lo hace el Señor, el gran Sumo Sacerdote cuyos ojos son semejantes a una llama de fuego– una pequeña mancha: el abandono del primer amor. Todo lo demás parece ser bueno: obras, trabajo, paciencia. Pero veamos lo que llega a ser este pequeño principio: una verdadera lepra en Pérgamo. Allí ciertas piedras de la casa están contaminadas con la “doctrina de Balaam”, y otras con la de los nicolaítas. Luego, el mal se desarrolla como una levadura en Tiatira, en Sardis, en Laodicea, la que representa el estado final de la Iglesia responsable, hasta que el Señor se ve obligado a anunciar: “Te vomitaré de mi boca” (cap. 3:16). La “casa grande” de la cristiandad profesante será rechazada, derribada.

El capítulo 15 prosigue con el tema de la contaminación. Bajo la imagen del “flujo” nos muestra todo lo que, en nuestra vida diaria, nuestro detestable carácter natural es capaz de manifestar para envenenar tanto nuestro entorno como a nosotros mismos. Gracias a Dios existe el remedio para purificarnos de ello: el sacerdocio ejercido en nuestro favor por el Señor Jesús (v. 15 y 30).

Levítico 16:1-14

Aquí Aarón recibe instrucciones para una ocasión especial: la del día de expiación (véase cap. 23:27). A esta escena hace alusión el capítulo 9 de Hebreos (v. 7, 12, 25). Una vez al año, después de presentar una ofrenda por sí mismo, el sumo sacerdote ofrecía una víctima por todos los pecados del pueblo cometidos durante el año. Luego llevaba la sangre de este sacrificio detrás del velo y la rociaba sobre el propiciatorio, cuyo nombre así quedaba explicado. La sangre que hace expiación por el alma (cap. 17:11) se llevaba allí. Hacía que Jehová fuese propicio a su pueblo. No era que la sangre de un macho cabrío tuviera poder para borrar ni siquiera uno de los pecados que ese pueblo hubiera cometido durante un año. Sino que por adelantado ello hablaba a Dios de la sangre preciosa de su Cordero.

Contrariamente a lo que nosotros hubiésemos pensado, no era en sus magníficas vestiduras cómo Aarón debía presentarse ante Jehová. Tenía que despojarse de toda su gloria frente a la gloria de Dios, y allí no podía mantenerse de pie si no era revestido de lino fino blanco, símbolo de la justicia práctica (v. 4; Apocalipsis 19:8).

El olor grato del incienso acompañaba a Aarón detrás del velo, como Cristo ha entrado en el lugar santísimo, ofreciendo a Dios el pleno perfume de sus excelentes glorias.

Levítico 16:15-22

El sacerdote pasaba detrás del velo, envuelto en una nube de incienso, mientras el pueblo temeroso esperaba afuera. ¿Aceptaría Jehová el sacrificio? Si algo no estaba en orden, ¿no perecería Aarón igual que sus dos hijos mayores? ¡Qué alivio cuando volvía a salir, cumplido su servicio! Proféticamente esta escena se cumplirá cuando, viniendo en gloria para Israel, Cristo “aparecerá por segunda vez... para salvar a los que le esperan” (Hebreos 9:28).

Faltaba ocuparse del macho cabrío vivo. El primero, cuya suerte cayó por Jehová (v. 9), había sido sacrificado y quitaba el pecado de delante de Dios. El segundo, el macho cabrío “por Azazel”, quitaba el pecado de la conciencia del pueblo. Por eso todos los pecados se confesaban sobre su cabeza y él se los llevaba para siempre a una tierra deshabitada (leer Salmo 103:12 y Hebreos 8:12, citado de Jeremías 31:34). El primer macho cabrío servía para hacer expiación: era para todos. El segundo nos habla de sustitución: una víctima llevando los pecados de muchos (Hebreos 9:28), de aquellos que, confesando sus pecados (v. 21), por la fe se apropian el valor de la víctima. El sacrificio de Cristo tiene este doble carácter.

Levítico 16:23-34

Veamos cuán grande y delicado era para el sacerdote y sus ayudantes el trabajo de quitar los pecados. Y todo ese servicio sólo tenía validez por un año. En efecto, la fuente de los pecados, el corazón de los hombres, no estaba purificada por ello, y este malvado corazón no podía dejar de producir malas acciones a lo largo del nuevo año. Siempre haría falta renovar estos sacrificios; los sacerdotes se sucedían de padre a hijo, “debido a que por la muerte no podían continuar” (Hebreos 7:23).

¡Cuán grande es la obra de Cristo en toda su realidad, en todo su alcance! ¡Exigió su propio sacrificio! Para quitar el pecado del mundo y anular todas sus consecuencias, pero también para alcanzar la fuente de maldad: el corazón del hombre, y purificarlo, Jesús estuvo completamente solo. Nadie más podía participar en ello. ¿Qué hacía el pueblo durante ese gran trabajo del sacerdote? No podía ni debía hacer nada, sino afligir su alma. A su favor se cumplía una obra en la cual descansaba. Pues bien, ¡eso es todo lo que nosotros tenemos que hacer! Debemos apoyarnos en la suficiente y perfecta obra del Señor Jesús.

Levítico 17:1-16

Dios se reserva el derecho y dominio sobre la sangre (cap. 7:26-27). Bajo su mirada, en el lugar santísimo, veremos renovada cada año la sangre de los sacrificios (cap. 16). Y esa sangre, indispensable para mantener las relaciones del pueblo con Dios, habla constantemente a Dios de la obra de su muy amado Hijo.

Varios pasajes de las Escrituras establecen las virtudes de la sangre de Cristo: “para hacer expiación… por vuestras almas” (v. 11). Purifica de todo pecado (1 Juan 1:7). La menor falta cometida sólo puede ser borrada por esa sangre. Por ella hemos sido redimidos para Dios de entre todas las naciones (Apoc. 5:9), rescatados (1 Pedro 1:18-19), lavados (Apoc. 1:5), justificados (Romanos 5:9), reconciliados (Colosenses 1:20), santificados (Hebreos 13:12), acercados (Efesios 2:13). Por ella se ha abierto un camino nuevo y vivo para entrar “en el Lugar Santísimo” (Hebreos 10:19). Por ella también nos ha sido dada la victoria (Apoc. 12:11).

¡Preciosa sangre de Jesús! Su virtud y eficacia son piedra de tropiezo para quienes no la aceptan por la fe, pero para los redimidos es motivo eterno de alabanza y adoración. “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre... a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén” (Apocalipsis 1:5-6).

Levítico 18:1-30; Levítico 19:1-19

Las ordenanzas contenidas en estos capítulos tienen como objetivo la santidad práctica del pueblo de Dios. Se refieren a la misericordia (cap. 19:10), la honestidad y la verdad (v. 11-12), la justicia (v. 13-15), la benevolencia y el amor (v. 16-18). Resulta humillante volver a encontrar las mismas advertencias dirigidas a los cristianos en epístolas como las enviadas a los efesios o a los colosenses. Esto prueba que la vieja naturaleza en un hijo de Dios no es mejor que la del israelita de antaño. “No haréis como hacen en la tierra de Egipto...”, empieza diciendo el capítulo 18, antes de enumerar las impurezas de la carne que Dios abomina. “Esto, pues, digo... que ya no andéis como los otros gentiles... los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia...” (Efesios 4:17, 19; comp. también los v. 25 y 28 con Levítico 19:11). “Andad en amor”, concluye el apóstol (Efesios 5:2), y es también el resumen que propone el versículo 18: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El Señor Jesús citó este versículo y él mismo lo ilustró perfectamente. Por esta razón Santiago lo llama: “la ley real (la del Rey), conforme a la Escritura” (Lucas 10:28-37; Santiago 2:8).

Levítico 19:20-37; Levítico 20:1-27

Esta sección del libro, constituida por los capítulos 19 y 20, comienza y termina especificando que Israel había de ser el pueblo santo de un Dios santo. Y casi cada uno de los mandamientos de estos capítulos viene puntualizado por este llamado: “Yo Jehová vuestro Dios”. Con cuanta más razón, los que hoy forman parte de la familia de Dios deben manifestar la santidad del “Padre santo”, de quien son hijos (Juan 17:11). Pedro cita el versículo 2 del capítulo 19: “Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos” (1 Pedro 1:15-16). No es solamente: “porque yo soy santo”, sino “como”. ¡Qué medida se nos da allí!

El versículo 32 llama la atención sobre el respeto que se debe a los ancianos, respecto a lo cual el joven cristiano nunca debería fallar. En todo nuestro comportamiento debe leerse nuestro cristianismo, no sólo en la abstención de algunos pecados horrorosos que Dios se ve obligado a denunciar en su Palabra, sino en los mil detalles en los que pueden ejercerse el amor y la justicia practica (v. 34-36). Nunca olvidemos que el bendito nombre de Cristo ha sido invocado sobre nosotros (Santiago 2:7), de tal manera que nuestra conducta, según sea, honra o deshonra este precioso nombre.

Levítico 21:1-24

Así como el sólo hecho de pertenecer a la familia de Aarón otorgaba el título de sacerdote, todos los redimidos del Señor son hoy en día adoradores (1 Pedro 2:5). En cambio, si se trataba de ejercer su servicio, un sacerdote podía ser descalificado. El contacto con la muerte, un casamiento no según Dios o un defecto natural incorregible privaba a los hijos de Aarón de sus santas funciones. Podían alimentarse con el pan de Dios, exactamente como sus hermanos (v. 22), pero no conocían el gozo de servirle. Desgraciadamente, ¡hoy hay muchos creyentes en el mismo estado! Los que son ciegos en el sentido de 2 Pedro 1:9, o cojos según Hebreos 12:13, conservan su título y privilegio de hijos de Dios, pero no pueden cumplir como deberían su servicio de adoradores. Y ello supone una gran pérdida, no sólo para ellos sino primeramente para el Señor.

Si nuestro Sumo Sacerdote soporta con indulgencia los defectos y las imperfecciones de los suyos (cap. 21, lo que nos confirma Hebreos 4:15), no puede tener comunión con lo que, en el capítulo 22, en ellos es la imagen de un pecado positivo: un flujo o una lepra (v. 4). La impureza en un creyente no le permite gozar de las “cosas santas”.

Levítico 22:1-33

Desde el capítulo 21:1 hasta el capítulo 22:16 Dios vela sobre el mantenimiento de un sacerdocio sin mancha, mientras que en los versículos 17 a 33 se ocupa de la calidad de las ofrendas. ¿No es verdaderamente triste que deba especificar: no me ofrendaréis bestia enferma o que tenga defecto? A pesar de estas recomendaciones que parecen innecesarias, el profeta Malaquías dice que el pueblo solía traer semejantes ofrendas. Obrar así era doblemente inicuo. En primer lugar porque era despreciar a Jehová. Lo que uno no se atrevería a presentar a un príncipe o gobernante (Malaquías 1:8), lo que ni siquiera servía para vender, se ofrecía como algo bueno para Dios. En segundo lugar porque todos estos sacrificios, al hablar de Cristo, víctima perfecta, debían ser sin defecto. Queridos cristianos, ¿qué apartamos para el Señor de nuestro tiempo, de nuestras fuerzas, de nuestra inteligencia, de nuestro dinero? ¿Lo mejor, o solamente lo que nos sobra, aquello con lo que no sabemos qué hacer?

A diferencia de los sacrificios por el pecado, que eran necesarios y obligatorios, aquí se trata de las ofrendas de paz, “voluntarias”, facultativas. A nosotros Dios tampoco nos impone nada por la fuerza, no nos exige nada. Pero cuanto más el amor de Jesús tenga influencia en nuestro corazón, tanto más exigentes seremos con lo que le ofrecemos.

Levítico 23:1-14

Este capítulo constituye el calendario de “las fiestas solemnes de Jehová”, dicho de otro modo, de las fiestas que se repetían cada año. Eran siete, sin contar el sábado, día de descanso semanal del cual se habla en primer lugar. Se ha podido constatar que estas fiestas, en su orden sucesivo, despliegan ante nuestros ojos la historia de Israel desde la cruz, los designios de Dios con respecto a este pueblo, sus propósitos concernientes a la Iglesia (aunque de manera más velada) y sus designios referentes a su Hijo. Todo se inicia en la pascua. El punto de partida de las bendiciones de Israel y de la Iglesia, como también de la felicidad de todo hombre, es la cruz. Después de la pascua aparece la fiesta de los panes sin levadura, la cual evoca a Aquel que no ha conocido pecado y cuya separación del mal debe reproducirse en la marcha de la Asamblea, esto es, de cada redimido. La “vieja levadura” debe quitarse, porque somos “nueva masa, sin levadura”, recuerda Pablo a los corintios (1 Corintios 5:7).

A continuación viene la fiesta de las primicias. Esta primera gavilla mecida es una vez más Cristo en su resurrección triunfante, primogénito de entre los muertos, presentado a Dios según los diversos aspectos de sus glorias, “para que seáis aceptos” (v. 11).

Levítico 23:15-22

Cincuenta días separaban la fiesta de las primicias de la fiesta de las semanas o Pentecostés. Ambas tenían lugar el día siguiente al sábado, esto es, el primer día de la semana. Sabemos que después de su resurrección, antes de subir al cielo, el Señor apareció varias veces a sus discípulos para consolarlos, animarlos y enviarlos a anunciar el Evangelio. Luego, el capítulo 2 del libro de los Hechos nos muestra cómo el Espíritu Santo descendió del cielo el día de Pentecostés para morar en la Asamblea. Los dos panes mencionados en el versículo 17 son un símbolo de esta Iglesia, compuesta de cristianos judíos y “gentiles”. Pero los que la constituyen todavía están en la tierra; por eso la levadura, imagen del pecado, está presente en estos panes (1 Juan 1:7-9). Éstas son “las primicias” de la obra de la cruz presentadas a Dios por el Sacerdote. Y Jesús, al hablar de sí mismo como del “grano de trigo” que debía caer al suelo y morir, podía añadir: “si muere, lleva mucho fruto” (Juan 12:24). La gavilla de las primicias era las arras de una rica cosecha (v. 22). Cristo, hombre resucitado, no quedará solo en la gloria. Volverá con alegría, trayendo sus gavillas (Salmo 126:6).

Levítico 23:23-44

Históricamente nos encontramos en el período que sigue al Pentecostés. Israel está puesto a un lado. Es el tiempo de la Iglesia, durante el cual el Señor Jesús reúne en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos (Juan 11:52). Sin embargo, viene el día cuando todo Israel a su vez será reunido. Después del arrebatamiento de la Iglesia, la “conmemoración al son de trompetas” o fiesta de las trompetas (Números 29:1), convocará al pueblo y lo reunirá en su país con motivo de la gran aflicción de la sexta fiesta: el día de expiación, que corresponde a las ceremonias del capítulo 16. Israel, angustiado, esperará que aparezca para su salvación y liberación Aquel que ahora está en el santuario, juntamente con los suyos (Hebreos 9:28). Por último llegamos a la fiesta de los tabernáculos. Ella prefigura el reinado de justicia y de paz sobre la tierra, que se suele llamar el milenio. Contemos las veces que se repite en este capítulo: “Ningún trabajo haréis en este día”. En todo el maravilloso plan de gracia que va desde la cruz hasta la gloria, Dios se ha reservado el privilegio de trabajar él mismo. El hombre y sus esfuerzos no tienen nada que ver con eso. Es obra divina. “Gloria y hermosura es su obra” (Salmo 111:3).

Levítico 24:1-23

Había, pues, en el transcurso del año unas ocasiones especiales de reunión y de fiesta para los hijos de Israel. Su servicio sólo tenía lugar periódicamente. Por el contrario, el servicio en favor de ellos nunca cesaba. Las lámparas estaban preparadas continuamente (v. 3). ¡Qué felicidad pensar que aun cuando estamos demasiado ocupados en los asuntos de la vida para pensar en el cielo, cuando nuestra comunión eclipsa, la luz de Cristo, el divino candelero, no deja de brillar ante Dios en toda su luminosidad! Y, ¿qué es lo que ilumina? Precisamente a los doce panes ordenados sobre la mesa, los que representan al pueblo de Dios en su totalidad, reunido en un orden perfecto en el santuario santo.

El episodio del blasfemo y su castigo nos enseña cómo, a pesar de estar en un lugar privilegiado, la apostasía hará su acto de presencia en medio del pueblo, y tendrá una terrible sanción. “El Nombre” por excelencia fue blasfemado cuando el Hijo de Dios venido a la tierra fue insultado, rechazado y crucificado. Y lo será también en un futuro cercano cuando “el hombre de pecado”, el anticristo, se levante contra todo lo que se llama Dios. Mas el Señor Jesús lo “destruirá con el resplandor de su venida” (2 Tesalonicenses 2:8).

Levítico 25:1-19

Dios, quien ha dado el sábado al hombre, piensa también en su creación. Cada siete años los trabajos de los campos debían interrumpirse para dejar reposar la tierra. Y después de siete veces siete años, cada cincuenta años, en Israel resonaba la trompeta anunciando el jubileo, el restablecimiento de todas las cosas. Ninguna transacción, ninguna compra inmobiliaria se efectuaba sin pensar en la fecha del jubileo que iba acercándose; era necesario tenerla en cuenta siempre. Queridos hijos de Dios, esa trompeta cuya señal todos los israelitas esperaban –y de modo especial los oprimidos– ¿no nos hace pensar en la última trompeta, al sonido de la cual el Señor bajará del cielo para recoger a todos cuantos le pertenecemos? (1 Corintios 15:52). ¡Sí, el Señor viene, no lo olvidemos! Vivamos con esta perspectiva. No demos a las cosas de la tierra más que un valor relativo. Tienen un carácter efímero, nuestro disfrute de ellas sólo es por un tiempo. Fijemos nuestras miradas más allá, en las cosas que no se ven y que son eternas (2 Corintios 4:18). ¡Quiera Dios que nuestras decisiones y proyectos, lo que nos brinda satisfacción como también nuestras pruebas, siempre lleven el sello de «provisional» que les confiere nuestra bienaventurada esperanza!

Levítico 25:20-38

“La tierra mía es” –recuerda Dios a su pueblo–; “pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo” (v. 23). Así como un jefe de familia se responsabiliza por sus invitados, Dios se compromete a sustentar a los suyos y a darles de manera milagrosa, cada sexto año, una cosecha triple que permita respetar el año sabático. El cristiano tampoco es propietario en esta tierra. Si siempre tuviésemos presente el pensamiento de que nada es nuestro, sino que todo pertenece al Señor, ¿no habría menos codicias y disputas entre nosotros? Es en el cielo y no en la tierra donde poseemos verdaderas riquezas, aquello que es nuestro (Lucas 16:11-12).

En todo este capítulo Dios se complace desplegando su magnífica gracia al liberar a los suyos. Se ocupa de su reposo, de su gozo, y vela para que no sean víctimas de la dureza de sus hermanos o de su propia inconsciencia. Nos invita a usar frente a otros la misma misericordia de la cual nosotros mismos somos objeto (v. 35-38). Esto nos brinda la ocasión de mostrar al Señor que apreciamos su gracia y no hemos olvidado lo que él hizo por nosotros (comp. con Mateo 18:32-33).

Levítico 25:39-55

Al resonar la trompeta de la liberación, el esclavo volvía a hallar su libertad, el pobre su posesión, las familias se reconstituían, cada heredad volvía a su verdadero propietario. Aquello era una restauración, un gozo general, imagen del que conocerá Israel y el mundo cuando Satanás sea atado y la creación sea desligada de su servidumbre. Hasta ahora la tierra padece y sufre “dolores de parto”, pero entonces gozará la libertad gloriosa de los hijos de Dios bajo el reinado de Cristo (Romanos 8:21). Semejante a ese pobre que se vendió al extranjero (v. 47), el pueblo de Israel, que por su falta perdió su herencia, la volverá a recuperar definitivamente de manos de Aquel que lo ha redimido: Cristo, el verdadero Booz (Rut 4).

Si Dios tiene la última palabra en lo concerniente a su creación, tengamos la certeza de que quiere también libertar plenamente a aquellos que le pertenecen. Un cristiano puede haber dejado que se le arrebate el disfrute de su herencia y estar empobrecido espiritualmente. Pero el pensamiento del Señor es restaurarlo en gracia, borrando todo el pasado, (no habla de los motivos por los cuales este hermano ha llegado a empobrecerse) y hacerlo gozar nuevamente de las riquezas celestiales.

Levítico 26:1-13

Hay dos principios divinos que siempre van juntos: uno es la gracia soberana, cuyo despliegue admiramos en el capítulo 25. Otro es el gobierno, tema de este capítulo 26. En efecto, si por una parte Dios da sin condiciones, por otra hace que cada uno coseche lo que ha sembrado. Dios se toma la molestia de advertir a su pueblo las consecuencias negativas o positivas que tendrá su conducta, según haya obrado. Y como siempre considera en primer lugar el bien, empieza, no por las amenazas, sino por unas promesas alentadoras: la exposición de las bendiciones que resultarán para Israel merced a un andar en obediencia. Por cierto, son bendiciones terrenales, a diferencia de las del cristiano; éste es bendecido “con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3). Pero una de esas promesas del Señor, muy preciosa, es común tanto al pueblo terrenal como al celestial: “Andaré entre vosotros, y yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo” (v. 12), citado por Pablo a los corintios. Ella encierra la misma responsabilidad para el cristiano y para Israel: estar enteramente separado de toda idolatría (v. 1; comp. con 2 Corintios 6:16).

Levítico 26:14-33

Una vez más el Señor había advertido a su pueblo contra la idolatría (v. 1). Pero, desgraciadamente, faltaría una palabra del profeta Amós (cap. 5:25-27), citada por Esteban (Hechos 7:42-43), para que nosotros lo supiéramos: ya en el desierto, Israel rindió homenaje a los ídolos que se había fabricado, en particular al abominable Moloc (Levítico 20:1-5). Por tal razón todas estas amenazas, cada vez más severas, se ejecutaron más tarde sobre el pueblo culpable. ¡Cuán duro es el corazón del hombre! Para quebrantarlo, Dios se ve obligado a asestar golpes cada vez más fuertes. ¡Así tiene que obrar a veces con nosotros! Empieza por corregirnos suavemente pero, si no escuchamos, su voz se vuelve cada vez más imperiosa. Proverbios 29:1 nos advierte: “el hombre que reprendido endurece la cerviz, de repente será quebrantado, y no habrá para él medicina”. Aprendamos, pues, a reconocer la voz del Señor y a no rechazar su reprensión (Salmo 141:5). Él nos ama y nunca nos castigará más de lo necesario para que aprendamos la lección. Porque es fiel, insistirá hasta que todo este paciente trabajo haya hecho volver hacia él nuestros corazones.

Levítico 26:34-46

De una u otra manera, es preciso que los derechos de Dios sean respetados. Si el pueblo no observa los años sabáticos prescritos en el capítulo 25, Jehová lo echará a la fuerza de su país. Israel, por así decirlo, no habrá cumplido frente a su propietario las condiciones de arrendamiento. Y ello será una de las causas de su deportación a Babilonia. Los 70 años de cautiverio corresponden a los años sabáticos no respetados durante todo el período de los reyes (2 Crónicas 36:20-21).

Las consecuencias de la iniquidad de Israel son terribles. Dios se muestra más severo con este pueblo que hacia las demás naciones. Su responsabilidad es, en efecto, mucho más grande. Se le han confiado los oráculos divinos. Está en relación con el verdadero Dios cuyo nombre, por su culpa, no dejaría de ser blasfemado entre las naciones (Romanos 3:2 y 2:24). Ahora bien, si Dios ha sido más exigente con Israel que con las naciones paganas, ¿no tiene más razón para ejercer aún mayor severidad hacia los que, como nosotros, tenemos su Palabra? “A todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará” (Lucas 12:48).

Notemos también que para lograr la restauración, se debe confesar la iniquidad (v. 40) y aceptar el correspondiente castigo (v. 43).

Levítico 27:1-15

Este capítulo trata de los votos que podían realizar los hijos de Israel y la manera cómo el sacerdote debía estimarlos. En Éxodo 30 (v. 11-16) vemos que el precio del rescate era idéntico para todos. Aquí, por el contrario, las estimaciones varían de uno a otro caso. En efecto, ya no se trata de lo que representa nuestra salvación, sino más bien de las capacidades que posee cada cual. Redimidos con el mismo precio –la sangre preciosa de Jesús– todos los hijos de Dios no tienen el mismo nivel espiritual, la misma aptitud para el servicio. El sacerdote tenía que intervenir para apreciar la obra de cada uno: “Conforme a la estimación del sacerdote, así será” (v. 12). Si estamos inclinados a criticar lo que hacen o no hacen los demás creyentes, recordemos que quien juzga es el Señor, y que en el Cuerpo de Cristo cada miembro tiene su importancia y su función particular (1 Corintios 4:4-5).

Las personas, bestias o casas, todo podía consagrarse a Jehová. Ciertamente, no tenemos nada más precioso para dedicar al Señor que nuestra propia persona. Eso era lo que habían hecho los macedonios de quienes habla el apóstol: “a sí mismos se dieron primeramente al Señor”. Y todo su servicio, espontáneo, abundante en gozo, emanaba de ese don inicial (2 Corintios 8:1-5).

Levítico 27:16-34

Dejemos al Señor la tarea de apreciar y estimar lo que hacen los demás. Tampoco nos preocupemos por buscar el favor de los demás, o por querer hacer nuestros los méritos de otro; no esperemos de los hombres más de lo que recibió Aquel que fue “evaluado por ellos” en treinta piezas de plata (Zacarías 11:12-13; V.M). Que cada uno de nosotros se esfuerce más bien en presentarse “a Dios aprobado” (2 Timoteo 2:15).

Hemos considerado al sacerdote y sus funciones en este libro de Levítico, cuyo estudio estamos terminando. Estudio a veces algo arduo, pero que nos ha permitido dirigir nuestras miradas a Jesús, ¡nuestro Sumo Sacerdote! También hemos podido comprobar su intervención en todos los aspectos de la vida de los suyos. Para la salvación: entró en los lugares santos con su propia sangre, habiendo obtenido una redención eterna. Para la marcha: vela a fin de apartar toda lepra. Finalmente, para el servicio: es Aquel que lo aprecia todo según su propia medida. Cosa triste: existen cristianos que aceptan la salvación, pero luego prefieren que el Señor no se ocupe de sus asuntos. A ellos quizá les falte pasar por experiencias tristes, como las del capítulo 26, para que sus afectos sean despertados. ¡El Señor nos dé una plena confianza en su Persona y en su obra!

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