Lamentos de Jeremias

Lamentaciones 1:1-11

Las lamentaciones de Jeremías expresan el dolor del profeta ante los acontecimientos contados en el último capítulo de su libro, es decir, la toma y destrucción de Jerusalén por el ejército de Nabucodonosor. Pero, como en toda profecía, el alcance de ésta supera las circunstancias que la motivaron y el Espíritu nos conduce en estos capítulos hasta el tiempo venidero de la “gran tribulación” por la cual Israel deberá pasar.

Es conmovedor ver a Jeremías, aunque no era personalmente culpable, asumir una parte apreciable de la humillación de Jerusalén e identificarse con el pueblo que está bajo el juicio de Dios. Ahora, han llegado los infortunios que él no había dejado de anunciar y en los cuales el pueblo no había querido creer. Algún otro no habría dejado de decir: «¡Yo les adverti! ¡Ojalá me hubiesen escuchado!». El siervo de Dios no intenta triunfar de esta manera. ¡Al contrario! Jerusalén, la que en el día de su aflicción no halla a nadie que la ayude (v. 7; Isaías 51:18-19), a nadie que la consuele (v. 2, 9, 17 y 21), tendrá en Jeremías (figura de Cristo) el más fiel de los amigos y el más ferviente de los intercesores (véase Proverbios 17:17).

Lamentaciones 1:12-22

¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino?” exclama Jerusalén en medio de su calamidad (v. 12). ¡Cuántas veces pasamos insensibles al lado del sufrimiento de otros! (v. 21). ¡Cuán a menudo perdemos valiosas ocasiones para expresar un poco de simpatía! Pidamos al Señor que nos dé corazones más sensibles, capaces de comprender mejor las penas de los que nos rodean y de proporcionarles de parte de Dios un verdadero consuelo.

¿Cómo no pensar en la cruz en presencia de este dolor sin igual infligido por la ira de Dios? (v. 12). Pero Cristo “ningún mal hizo”, mientras que, por boca de Jeremías, Jerusalén reconoce, como el malhechor, haber merecido plenamente lo que le acontece (v. 18; Lucas 23:41). También nos parece ver la multitud de “los que pasaban” delante del Salvador crucificado (Mateo 27:39). Había entre los que pasaban —y los hay aún hoy en presencia de la cruz— gente hostil, burladores, pero ante todo indiferentes. A ellos se dirige esta pregunta. Querido amigo, Jesús padeció esos sufrimientos para salvarle. ¿Podría usted permanecer insensible ante ellos? ¿No tendrán valor para usted?

Lamentaciones 2:1-10

En el capítulo 1 los enemigos de Jerusalén eran considerados como responsables de los infortunios de esa ciudad. A partir de ahora, todo lo ocurrido es visto como la obra del Señor y sólo de él. Sepamos también nosotros reconocer a Aquel que nos disciplina… a veces para castigarnos, pero siempre para bendecirnos al final. Y en lugar de detenernos a considerar los medios de los cuales Dios se sirve para ese fin (preocupaciones por la salud y el dinero, contrariedades que sobrevienen en nuestro trabajo…), en lugar de procurar sólo sentirnos aliviados lo antes posible, humillémonos bajo la poderosa mano de Dios y echemos toda nuestra ansiedad sobre él, porque tiene cuidado de nosotros (1 Pedro 5:6-7).

Jerusalén hace el completo inventario de su desastre. Su rey, sus sacerdotes, sus profetas son hechos cautivos o masacrados, sus fiestas solemnes son abolidas y sus muros arruinados. Nada se salvó, ni aun las cosas más santas: el altar y el santuario fueron contaminados (cap. 1:10), devastados, y los objetos valiosos llevados a Babilonia. Sí, ¡hasta el arca misma, “estrado de sus pies” (v. 1; Salmo 132:7) juntamente con la ley que estaba contenida en ella! (v. 9; 1 Reyes 8:9). Desaparece para siempre, esto prueba que Dios rompía todas las relaciones con su pueblo culpable.

Lamentaciones 2:11-22

La desolación del profeta es inmensa ante el cuadro que describen los versículos precedentes. Sus lágrimas corren, inagotables, en presencia de esa ruina “grande como el mar” (v. 13).

También Jesús lloró sobre Jerusalén, sabiendo de antemano cuáles iban a ser, para la ciudad culpable, las consecuencias de su rechazo (Lucas 19:41 y sig.)

Si bien el rey, los príncipes, los sacerdotes, los profetas mentirosos (v. 14) y la mayoría del pueblo merecían los golpes que recibieron, numerosos son los que sufren sin ser directamente responsables. Criaturitas mueren de hambre; ancianos y niños caen de inanición en las calles (v. 11, 19 y 21). Sin embargo, Jeremías no formula ningún por qué. Se pone él mismo «en la brecha» a favor de ese pueblo al que ama.

Los versículos 15 y 16 nos presentan de nuevo a “los que pasaban por el camino”. Pero ya no se trata sólo de indiferencia, como en el capítulo 1:12. Esta vez son las cabezas que se menean despectivamente, el crujir de dientes, las miradas desvergonzadas, los insultos y el desprecio. Jesús, la santa Víctima, conoció durante las horas de la cruz todas esas manifestaciones de la maldad de los hombres (véase Salmos 22:7-8; 35:21).

Lamentaciones 3:1-24

Con el capítulo 3 llegamos al corazón de este librito y, al mismo tiempo, al fondo de la aflicción del profeta. Jeremías, sin ser culpable, carga personalmente con las iniquidades de su pueblo, de manera que considera que el castigo cae también sólo sobre él: “Yo soy el hombre que ha visto aflicción bajo el látigo de su enojo…” (v. 1). De ese modo representa al Señor Jesús mientras cumple la expiación de nuestros pecados. Los padecimientos soportados en la cruz de parte del hombre, los que nos son recordados por los versículos 14 y 30 (comp. respectivamente Salmo 69:12 e Isaías 50:6) fueron seguidos, durante las tres horas de tinieblas, por los sufrimientos que Dios le infligió cuando le trató como debía serlo el pecado. Todas esas terribles expresiones de su ira las padeció el Salvador (comp. v. 8 y Salmo 22:2). Y sin embargo, su confianza y su esperanza no fallaron un instante, mientras que las de Jeremías lo abandonaron (v. 18).

Pero, a partir del versículo 21, el afligido busca el socorro junto a Aquel mismo que le hiere. Entonces, su fe sumisa y confiada le hace hallar las maravillosas misericordias de Jehová: “Nuevas son cada mañana” (v. 23).

Lamentaciones 3:25-51

Para que la prueba nunca nos conduzca a dudar del amor de Dios, el profeta se apresura a agregar que Dios “no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres” (v. 33). ¡Con mayor razón, tampoco lo hace con los que son sus redimidos! 1 Pedro 1:6 confirma que él lo hace sólo “por un poco de tiempo” y solamente “si es necesario”. A menudo la prueba es necesaria para quebrantar nuestra propia voluntad, cuando la hemos dejado desarrollarse. Por eso “le es bueno al hombre llevar el yugo desde su juventud” (v. 27). Aplicarse a obedecer cuando se es todavía niño, aprender la sumisión en la casa paterna es prepararse a aceptar luego, por toda la vida, la autoridad del Señor.

A menudo la prueba también es para nosotros la oportunidad de hacer un examen de conciencia: “Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos…” (v. 40). Así, con el autor del Salmo 119, podremos reconocer: “Bueno me es haber sido humillado” (v. 71).

“Nos has puesto como las heces de la tierra, y como una basura en medio de las naciones” (v. 45, V.M.) Pablo tomará de nuevo una parecida comparación, pero no para quejarse de ella (1 Corintios 4:13). El servicio del Evangelio y el amor por los santos le permitían aceptar gustoso esa condición.

Lamentaciones 3:52-66; Lamentaciones 4:1-6

Nos acordamos de la horrible cisterna en la cual Jeremías había sido echado por los que eran sus enemigos “sin haber por qué”. Ella inspiró el versículo 52 y los siguientes, e ilustra los terrores de la muerte en la cual nuestro Salvador, por su parte, entró realmente (véase también Jonás 2:3).

Pero los versículos 55 a 58 pueden ser la experiencia de cualquiera que gime bajo el peso de sus pecados y llega a darse cuenta de lo que el Señor hizo por él.

El capítulo 4 hace que contraste el actual estado de Jerusalén con lo que había sido anteriormente. En los tiempos de su prosperidad todo tenía el más brillante aspecto. Los hijos de Sión eran “igualados con el oro puro” (v. 2, V.M.) Igualados solamente —notémoslo— porque cuando la prueba pasó como el fuego del refinador, todo fue consumido, mientras que el verdadero oro le resiste victoriosamente. Sí, sólo se trataba de un brillo engañador. Recordémoslo: la prueba siempre deshace las apariencias y manifiesta el verdadero estado de un corazón. La crueldad (v. 3), la ausencia de toda lástima (v. 4), el odioso egoísmo que conduce a los hechos más abominables (v. 10) es lo que ahora aparece al desnudo en esos habitantes de Jerusalén. Dios manifiesta el fondo de sus corazones y el fuego de Su juicio no deja subsistir nada de la falsa piedad de ellos.

Lamentaciones 4:7-22

En Israel, la corrupción alcanzó hasta a los nazareos, es decir, a los que (como los cristianos hoy en día) deben distinguirse por la pureza de su conducta y por su entera separación para Dios. Están en el colmo de la decadencia. “No los conocen por las calles” (v. 8). ¡Nada hace que se los distinga de los demás desgraciados habitantes de Jerusalén! Preguntémonos en qué medida nuestro comportamiento en medio del mundo nos da a conocer como seres verdaderamente puestos aparte para el Señor.

Y en cuanto a los que estaban encargados de velar sobre el pueblo —a saber, sus profetas y sus sacerdotes— habían derramado la sangre de los justos (v. 13). Jeremías lo sabía bien (Jeremías 26:8).

“Se acercó nuestro fin… llegó nuestro fin” dicen los afligidos del pueblo (v. 18) después de haber esperado “en vano” un socorro y haber comprobado que nadie podía salvarlos (v. 17). Entonces, es el momento en que Dios declara: “Se ha cumplido tu castigo” (v. 22; comp. Isaías 40:1-2). Le tocará a Edom el turno de soportar el castigo. Siempre ocurre así. Cuando es evidente que nada puede ayudarnos y que hemos llegado al cabo de nuestras propias fuerzas, ha llegado el momento para que Dios intervenga soberanamente y nos libere.

Lamentaciones 5:1-22

En un último lamento, el “remanente” del pueblo describe su triste y humillante estado sin esconder nada. No sólo sus padres (v. 7), sino ellos mismos pecaron y soportan el castigo correspondiente (v. 16). A este punto debe llegar tanto un inconverso como el creyente que ha caído en falta. Es de esperar que por experiencia todos conozcamos ese penoso trabajo de Dios en nuestra conciencia, demasiado a menudo obstaculizado por nuestro orgullo. Pero, a diferencia de los afligidos de este capítulo (v. 22), en el momento en que confesamos nuestros pecados sabemos que Dios ya nos perdonó en virtud de la obra de Cristo.

Empero, estos versículos —como todo el libro, por lo demás— colocan especialmente ante nosotros el aspecto del pecado colectivo. Y pensamos también en el mal que invadió a la Iglesia como levadura, en la mundanería, en la ruina que ello provocó y cuyos efectos morales son tan lamentables como el cuadro de este capítulo. ¡Ay! si nos preocupamos por la gloria del Señor, no podremos quedar indiferentes ante un estado de cosas tan desolador. Es de desear que tengamos corazones verdaderamente humillados, pero también confiados en un Dios que no cambia nunca (v. 19).

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