Josué

Josué 1:1-18

El libro de Josué nos hace entrar con Israel en el país de la promesa para tomar posesión del mismo. Un nuevo conductor reemplaza a Moisés: Josué, un hombre joven, a quien ya hemos visto combatiendo (Éxodo 17: 9-10), aprendiendo (Éxodo 33:11), sirviendo (Números 11:28), dando testimonio (Números 14:6…). Formado durante los largos años de travesía por el desierto, ahora es llamado a llevar grandes responsabilidades. En el momento de enfrentarse a ellas, Jehová vuelve a infundirle ánimo (v. 6-7, 9); también lo hacen sus hermanos (v. 18): “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley (para nosotros la Palabra de Dios), sino que de día y de noche meditarás en él”. Tal será el secreto de su prosperidad espiritual… y de la nuestra (v. 8).

El libro de Josué ilustra las verdades desarrolladas en la epístola a los Efesios. Así como los hijos de Israel debían combatir para conquistar el país de Canaán, los cristianos tenemos combates espirituales que librar por la posesión de los lugares celestiales. Y se nos dice como a Josué: “Fortaleceos en el Señor… Estad, pues, firmes…” (Efesios 6:10, 14). Moisés representaba a Cristo conduciendo a los suyos fuera del mundo. Josué personifica al Espíritu de Jesús (el nombre de Jesús en griego es el equivalente a Josué en hebreo, y significa Jehová es salvación) introduciéndolos en el cielo con él.

Josué 2:1-13

Dos grandes obstáculos impiden la entrada del pueblo en Canaán. En primer lugar el Jordán, que constituye la frontera. Luego, en la otra ribera, la imponente fortaleza de Jericó. Josué envía allá a dos espías. Su misión parece limitada a la visita a Rahab y a conocer no el poder del enemigo sino el poder de Dios que obra en el corazón de esa mujer. Rahab ha oído lo que Dios había hecho por su pueblo Israel. Creyó en él, y aquí se muestra activa, porque “la fe sin obras es muerta”. A esa miserable cananea, Santiago la toma como ejemplo de esta verdad, juntamente con Abraham (Santiago 2:25). A los ojos de los hombres la acción de esta mujer –una traición– es absolutamente reprensible. Pero eso mismo resalta mejor la diferencia que hay entre una obra de fe, agradable a Dios, y una «buena obra» alabada por los hombres. Lo que hace un creyente no siempre es comprendido y aprobado por el mundo.

La fe de Rahab le dio un sitio de honor en dos listas notables del Nuevo Testamento: la genealogía de Jesucristo (Mateo 1) y la enumeración de los fieles testigos de Hebreos 11 donde ella es la única mujer nombrada juntamente con Sara.

Josué 2:14-24

El hecho de que Rahab fuese no solamente una enemiga sino una persona poco recomendable subraya la profundidad de la gracia divina. Así como ocurrió en el caso de otra cananea en los tiempos del Señor, la fe de ésta la hace participar, espiritualmente hablando, de las “migajas” que caen de la mesa de los hijos de Israel (Mateo 15:22-28). El medio por el cual su casa será protegida nos recuerda la pascua y la sangre del cordero en las puertas, y hace de Rahab una verdadera hija de Israel. Previendo el juicio que caerá sobre Jericó, ella y los suyos son invitados a colocarse bajo la protección del cordón escarlata. Notemos que éste es atado a la ventana inmediatamente. Rahab nos enseña a colocarnos al amparo de la sangre redentora lo antes posible, si todavía no lo hemos hecho, porque así como el juicio cayó sobre Jericó, también alcanzará al mundo. Esta mujer proclama su certidumbre de que el Dios de Israel ganará la victoria y confía en su promesa.

El informe de los dos espías es muy diferente del de los diez exploradores de Números 13. “Jehová ha entregado (no entregará) toda la tierra en nuestras manos” (v. 24). Este versículo es el cumplimiento textual de lo que declaró cuarenta años antes el cántico del mar Rojo (Éxodo 15:15 final).

Josué 3:1-13

El mar Rojo cerraba el paso a Israel en la salida de Egipto, ahora el Jordán le cierra el acceso a Canaán. El paso a través de ese río nos enseña una nueva verdad de gran importancia: nuestra muerte con Cristo. Desde ahora al hijo de Dios se le invita a tomar posesión del cielo y a disfrutar del mismo por la fe. A eso corresponde la entrada en Canaán. Pero así como para entrar allí era necesario cruzar el Jordán, el río de la muerte, un cristiano no puede tomar posesión del cielo y probar actualmente sus goces sin haber comprendido que está muerto con Cristo. La cruz en la que mi Salvador entregó su vida golpea y condena mi natural voluntad corrompida, ese viejo hombre que continuamente quiere volver a tomar el control de mi vida; sin embargo, no tiene ningún derecho a entrar en el dominio celestial. ¡Cuántos tormentos me ocasiona! Mis esfuerzos para corregirlo resultan ineficaces. ¿Cómo neutralizarlo para que no pueda hacer daño? ¿Cómo hacerlo morir? ¡Reconociendo con gozo que eso se cumplió una vez para siempre en la cruz y que me basta aceptarlo tan sencillamente como el perdón de mis pecados! No solamente Cristo fue crucificado por mí, sino que yo también estoy juntamente crucificado con él (Gálatas 2:20). Éstas son las maravillas que Dios ha hecho a nuestro favor (v. 5).

Josué 3:14-17; Josué 4:1-8

El arca es la primera en penetrar en las aguas y abre el paso para el pueblo. La entrada de Cristo en la muerte nos abrió un camino por el cual no habíamos “pasado antes”, un “camino nuevo y vivo” (v. 4; Hebreos 10:20). Antes de la cruz, nadie había salido definitivamente de la muerte después de haber entrado en ella. Pero Cristo sí lo hizo, de modo que ahora la atravesamos juntamente con él sin conocer su amargura. “Por el río pasaron a pie; allí en él nos alegramos” (Salmo 66:6). Vemos que el arca permaneció en el lecho del río hasta que toda la nación acabó de pasar (v. 17). ¡Qué garantía más maravillosa para la seguridad del pueblo! La muerte no nos puede alcanzar. Cristo estuvo allí en nuestro lugar. Pensemos en lo que ello significó para el Príncipe de la vida, tener que entregar él mismo su alma a la muerte. En el libro de Jonás se mencionan las terribles ondas que pasaron sobre él. “Las aguas me rodearon hasta el alma” (2:5; véase también el Salmo 42:7). ¡Qué Salvador tan amado! Él soportó el sufrimiento y la muerte; nosotros gozamos la liberación, la vida, la felicidad. Las aguas no pudieron apagar y el río no pudo sumergir el amor fuerte como la muerte que lo había conducido hasta esas aguas para arrancarnos de ellas (Cantar de los Cantares 8:6-7).

Josué 4:9-24

Por orden de Jehová Josué manda sacar doce piedras del Jordán y hace con ellas un monumento en Gilgal (v. 20). Dentro del Jordán también coloca doce piedras más que permanecen sumergidas (v. 9). “¿Qué significan estas piedras” para nosotros? (v. 6). La epístola a los Romanos traduce su lenguaje. Representan a los creyentes identificados con Cristo en su muerte (en el fondo del río) y en su resurrección (en la ribera, Romanos 6:5). Por medio de esas doce piedras (doce tribus), que constituyen un solo monumento, se proclama la unidad del pueblo. Porque esta poderosa obra ha sido realizada en favor de todos los redimidos, aun cuando muchos no estén conscientes de ello. El doble memorial lo atestigua para siempre.

Así la cruz nos ha dado tres grandes liberaciones ilustradas por la pascua, el mar Rojo y el Jordán. La pascua nos enseña que hemos sido liberados del juicio de Dios. El mar Rojo nos muestra que hemos sido liberados de nuestros enemigos exteriores: Satanás y el mundo. Finalmente el Jordán nos anuncia que debemos tener por muerta a la carne, este tiránico enemigo interior. Las dos primeras verdades son captadas por el entendimiento en el momento del nuevo nacimiento. La tercera corresponde a lo que se llama la liberación.

Josué 5:1-15

Henos aquí en la orilla de la resurrección. ¿Qué descubrimos allí? ¡Un penoso hecho! Primeramente, los enemigos exteriores han vuelto a hacer acto de presencia. Pero, ¡tengamos ánimo! No tienen fuerzas (v. 1), ya han sido vencidos por Cristo en la cruz (Colosenses 2:15). El enemigo interior, la carne, también está allí. ¿Luego ésta no ha sido declarada muerta, enterrada en las profundidades del Jordán? ¡Por supuesto que sí! Ese es su sitio a los ojos de Dios. Pero es necesario que nosotros mismos nos tengamos por muertos al pecado (Romanos 6:11), no concediendo a la carne ningún derecho de manifestarse. La circuncisión corresponde a este juicio que hemos de aplicar a cada reaparición de la carne en nosotros. Cuando esto se pone en práctica, descubrimos los recursos y los goces que nos esperan en la «orilla» de los lugares celestiales. En primer lugar el producto de la tierra prometida reemplaza al maná: imagen de un Cristo resucitado y glorificado, del cual se nutre el redimido. Luego viene la pascua; ésta se puede celebrar bajo las mismas murallas de Jericó. “Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores” (Salmo 23:5). Finalmente he aquí el Ángel prometido por Jehová desde los primeros días del Éxodo (cap. 23:23). Es una figura de Jesús, quien está por nosotros en el cielo y dirigirá nuestros combates si le confiamos su dirección.

Josué 6:1-14

Cual guardián terrible que vela en la entrada de Canaán, se alza imponente la poderosa fortaleza de Jericó cerrando el paso al pueblo. ¡Qué obstáculo más terrorífico! ¿Qué representa esto para nosotros? Cuando un recién convertido, alguien que acaba de pasar de la muerte a la vida, se dispone a vivir su fe, en seguida Satanás se las ingenia para asustarlo. Coloca delante de él grandes dificultades: un testimonio que rendir ante compañeros burladores, el abandono de alguna costumbre, una confesión o excusas que presentar a alguien que se ha ofendido. Y mucho más todavía, pues en algunos países quienes declaran ser cristianos se enfrentan con verdaderas persecuciones. ¿Cómo enfrentar tales reacciones inevitables de parte del enemigo? Dejando que el Señor dirija todo a su manera. A nosotros nos exige plena confianza en él, celo (nótese como Josué se levanta temprano) y un testimonio claro al cual corresponden las siete trompetas. Y además, ¡la perseverancia! ¡Siete días, y el séptimo día siete veces! La paciencia debe tener su obra perfecta (Santiago 1:4). Y finalmente la condición principal: es preciso sentir la presencia del Señor con nosotros en nuestro andar cotidiano. De esto nos habla el arca que había sostenido a Israel en el Jordán y que aquí lo acompaña para darle la victoria (v. 6).

Josué 6:15-27

Seguramente a los habitantes de Jericó les parecería irrisoria e inofensiva la ronda de esos trompetistas en torno a sus murallas. ¿Se había visto alguna vez un asedio emprendido de esa manera? ¡Las burlas no habrán faltado! Pero “lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte” (1 Corintios 1:27). Al lado de los poderosos medios visibles de que se sirve el hombre, la fe obra a su manera invisible. Conforme a la promesa del Señor, si tenemos fe como un grano de mostaza, Dios quitará de nuestro camino los obstáculos más espantosos (Mateo 17:20). “Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2 Corintios 10:4). Hagamos uso de la oración, esa arma invencible. Si hay “Jericó” en nuestro camino, aprendamos como Israel a darle la vuelta con el Señor (el arca) levantando nuestras voces a Dios. Cuando llegue el momento designado por él, veremos caer las murallas, así como cayeron las de Jericó el séptimo día.

Israel ha recibido una instrucción oída por todos: la ciudad será anatema, esto es, maldita. Sólo Rahab, en respuesta a su fe, es perdonada juntamente con los suyos. El cordón escarlata, fácil de localizar durante las trece vueltas alrededor de la ciudad, estaba en su sitio.

Josué 7:1-15

Después de Jericó, Israel debe combatir a Hai, una ciudad aparentemente insignificante. Parece fácil tomarla sin molestar a todos los hombres de guerra; con tres mil bastará. Pero contrariamente a lo esperado, Israel es vencido. Entonces el corazón del pueblo desfallece, así como había desfallecido anteriormente el corazón de sus enemigos (cap. 5:1). Josué, desanimado, se postra sobre su rostro y se lamenta. Pero Jehová lo invita a levantarse y conocer el porqué de la derrota. El anatema, es decir, el pecado, impide que Dios luche en favor de los suyos. ¡Ésta es una gran lección para cada uno de nosotros! Nuestra conciencia es como el campamento de Israel. Una falta que ocultamos, que rehusamos confesar a los hombres y a Dios, nos priva de su comunión, sin la cual un cristiano está vencido de antemano. Y más grave todavía: se trata del gran nombre que llevamos (v. 9), el de Cristo, quien es deshonrado por nuestra falta. “¿Qué harás tú a tu grande nombre?”, es una oración inteligente. El que habla así sabe dar la gloria a Dios antes que defender sus propios intereses. “Ayúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre; y líbranos, y perdona nuestros pecados por amor de tu nombre”, pide Asaf en el Salmo 79:9.

Josué 7:16-26

Tanto para el juicio como para el combate, Josué se levanta temprano (v. 16). El asunto tiene que arreglarse cuanto antes. Cuando Dios ha esclarecido nuestra conciencia, debemos ponerles orden a las cosas inmediatamente. Al echar suertes, la red se va estrechando en torno al culpable. Finalmente el dedo de Dios lo señala. “Fue tomado Acán” (v. 18). ¿Hay algo más terrible que ser desenmascarado así por Dios mismo? En el curso de la última cena con sus discípulos, Jesús les señaló al traidor, ofreciendo a Judas el pan mojado (Juan 13:26).

“Hijo mío, da gloria a Jehová”, le dice Josué. La gloria de Dios siempre exige la verdad absoluta. Entonces Acán cuenta su triste historia. Es la de todas las codicias, cuyo funesto engranaje nos muestra Santiago (1:14-15): primero los ojos, luego el corazón y, finalmente, las manos para agarrar y esconder. “He pecado”, reconoció Acán. “Pues vi entre los despojos... lo cual codicié y tomé; y he aquí…”. El hermoso manto babilónico, la plata y el oro estaban bien escondidos en la tienda donde sólo Dios los había visto.

Pero no olvidemos la conclusión: “el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”. Y el penoso juicio ha de ejecutarse: el malo debe ser quitado de en medio de la asamblea de Israel (comp. con 1 Corintios 5:13).

Josué 8:1-13

Israel fue derrotado principalmente a causa del pecado oculto. Pero dicha derrota tenía, además, otro motivo: la victoria sobre Jericó manifiestamente había dado al pueblo confianza en sí mismo. Y esto es aún más sorprendente por cuanto se trataba de un milagro. ¿Cuál fue la parte de Israel en la destrucción de dicha fortaleza? ¡Y cuántas veces nosotros mismos nos parecemos a ese pueblo! Cuando el Señor nos ha liberado de una situación difícil, en vez de seguir apoyándonos en él para la siguiente prueba, creemos poder prescindir de su ayuda. ¡Y eso significa la caída! Por otra parte, nuestro corazón está hecho de tal manera que si para las grandes dificultades estamos dispuestos a confiar en Dios, para las pequeñas muchas veces pensamos que podemos salir bien librados sin su ayuda. La historia de Hai nos enseña que continuamente necesitamos del Señor.

¡Y qué trabajo le costará a Israel alcanzar la victoria! En vez de los tres mil soldados previstos, necesitarán diez veces ese número y una maniobra bastante complicada. La restauración a menudo supone una larga y difícil operación. En Jericó el pueblo debía aprender a conocer el poder de Dios; en Hai tiene que experimentar su propia debilidad.

Josué 8:14-23

“¿Qué harás tú a tu grande nombre?”, había preguntado Josué a Dios (cap. 7:9). Ahora que el pecado ha sido quitado, Israel espera en Dios y Dios le responde dándole la victoria. Y el artífice de esta victoria, aquel cuyo nombre suena una y otra vez en nuestro relato, es Josué, nuevamente figura de Cristo, quien conduce a los suyos en sus combates. Mediante su lanza extendida hacia Hai, por orden de Jehová, Josué muestra quién dirige la maniobra y recuerda que existe un plan de conjunto, una estrategia de la cual sólo Él tiene pleno conocimiento. Pues bien, ¡eso es Jesús para nosotros! Él es quien conoce el papel que cada soldado ha de desempeñar, quien coloca a cada cual en su puesto y finalmente nos da la señal para cada movimiento. Al mirar a Cristo, tal como lo hiciera el combatiente cuando miraba la bandera de su jefe, sabemos lo que tenemos que hacer, cobramos valor. Y recordémoslo bien, no estamos solos en la batalla; tenemos hermanos que sostienen las mismas luchas. Sin embargo no se trata, como en los tiempos de Josué, de combates públicos, gloriosos y espectaculares. Nuestras victorias, generalmente, serán logradas de rodillas en nuestra habitación, y sólo el Señor será testigo de ellas.

Josué 8:24-35

Hai es conquistada y luego quemada, sus habitantes son masacrados, su rey ahorcado y su botín conservado para beneficio del pueblo, “conforme a la palabra de Jehová que le había mandado a Josué” (v. 27). Después de haber pagado un alto precio por ejercer su propia voluntad, esta vez Josué e Israel cumplen estrictamente las instrucciones divinas. Deuteronomio 21:22-23 prohibía dejar el cadáver de un ahorcado colgado en el madero durante la noche; Josué también obedece en esto (v. 29), prueba de que considera que la tierra ya es de ellos. Apliquémonos a justificar nuestro comportamiento por las Escrituras. Qué fuerza tendría nuestro testimonio si a cualquier pregunta relativa a nuestra conducta pudiésemos responder: es lo que pide el Señor, lo que me pide en su Palabra. Contemplemos a Jesús en la cruz. En el último instante de su vida de hombre obediente, aún podía decir, “para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed” (Juan 19:28).

La escena que sigue (v. 30-35) también responde a las instrucciones de Deuteronomio (cap. 11:29; 27:11…). Hombres, mujeres y niños estaban reunidos, incluyendo al extranjero (Rahab seguramente se encontraba allí), en el lugar designado para escuchar la ley. El centro de esta reunión era el arca santa, tipo de Cristo. La adoración y el gozo se expresan por el ofrecimiento de holocaustos y sacrificios.

Josué 9:1-16

Mientras el pueblo de Dios obtiene su fuerza mediante la dependencia del Señor, el mundo busca la suya en la asociación. Su proverbio «la unión hace la fuerza» es la base de toda clase de agrupaciones, incluidas las religiosas. Observemos cómo en este caso todos los pueblos enemigos se concertan “para pelear contra Josué e Israel” (v. 2). Cuando se trata de combatir la verdad, hombres circunstancialmente enemistados se unen para resistirla. Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se reconciliaron y se unieron contra Jesús “con los gentiles y el pueblo de Israel” (Lucas 23:12; Hechos 4:27).

Mientras se forma la conjuración, absorbiendo la atención de Israel, el enemigo lo sorprende mediante un hábil engaño. Cuando Satanás no logra sus fines ejerciendo la fuerza brutal, ensaya otros artificios. A menudo caemos en la trampa de las ventajas o los halagos, cuando descuidamos consultar al Señor (v. 14). El enemigo, detrás de sus agentes, ve con buenos ojos una cooperación con los hijos de Dios y sabe ser amable para engañarlos en cuanto a sus verdaderas intenciones (Esdras 4:2). Estemos alerta, porque semejante alianza es en primer lugar una desobediencia y luego una puerta abierta a muchas infidelidades (Éxodo 34:12, 15-16).

Josué 9:17-27

Anteriormente, frente a Hai, el pueblo se consideraba bastante fuerte. En presencia de los gabaonitas también se creía bastante sabio. No sentía la necesidad de consultar a Jehová (v. 14).

¡Qué confusión cuando, demasiado tarde, se descubre la verdad! En adelante tendrán que soportar a esos cananeos; más tarde los volveremos a encontrar lamentablemente ligados a la historia de Israel (2 Samuel 21). Los gabaonitas explican por qué han obrado así. Y quizá nos preguntamos qué más hubieran podido hacer, excepto dejarse exterminar por los israelitas. Pues bien, el ejemplo de Rahab prueba que todavía estaban a tiempo para acercarse con fe, reconociendo su condición de enemigos, y colocarse bajo la protección del Dios de Israel, de cuyo nombre habían oído hablar (v. 9). Pero la gente de este mundo se asemeja a esos gabaonitas. Esperan librarse del juicio eterno vinculándose exteriormente al pueblo de Dios. Sin confesar su estado pecaminoso, sin valerse del beneficio de la pura gracia de Dios, quieren escapar de la ira divina que se acerca y obtener una seguridad para la muerte que temen. Así es como a diferencia de Rahab, quien llegó a ser la esposa de Salmón, príncipe de Judá (Mateo 1:5), los gabaonitas permanecen en la esclavitud: leñadores y aguadores.

Josué 10:1-11

Surgen nuevos enemigos. Éstos tienen por jefe al rey de Jerusalén, Adonisedec (señor de justicia). Qué diferencia hay entre este personaje y uno de sus predecesores: Melquisedec (rey de justicia), rey de Salem (Génesis 14:18-20). Este último había bendecido a Abram y luego al Dios Altísimo que había entregado a sus enemigos en sus manos. Adonisedec, por el contrario, se pone a la cabeza de los enemigos de Israel, descendiente de Abraham. Reúne a sus aliados en contra de Gabaón quien, por su lado, apela a su nuevo aliado. ¡Lamentable consecuencia de la infidelidad del capítulo 9! Teniendo a Jehová con él, ¿qué necesidad tenía Israel de otra alianza? Ésta no hace más que aumentar el peligro.

Pero a pesar de eso Dios le dará la victoria. Israel parte de Gilgal, lugar de la circuncisión, figura del juicio sobre la carne. La epístola a los Colosenses nos muestra su alcance espiritual. Como muertos y resucitados con Cristo, también debemos hacer morir nuestros miembros (cap. 2:20; 3:1, 5). A eso corresponde el retorno a Gilgal, que es el gran secreto de la victoria. Para triunfar, el combatiente de la fe primeramente debe darse cuenta de que no tiene fuerzas. Así se halla preparado para dejar obrar sólo a Dios. Jehová mismo combate desde el cielo en favor de su pueblo Israel.

Josué 10:12-27

A raíz de la oración de Josué, Jehová detiene el sol y la luna aproximadamente durante un día. Así muestra a esos pueblos paganos quién es el Dios que lucha por Israel, y al mismo tiempo enseña a los suyos hasta dónde puede responder sus oraciones (Marcos 9:23). Pero, ¿acaso no es un milagro mucho más grande que Dios prolongue desde hace dos mil años el día de la gracia? Y no es, como aquí, para permitir el juicio y la venganza, sino que su propósito actual es la conversión de los pecadores. Dios tiene paciencia con el mundo (¿quizá con usted?) y “hace salir su sol sobre malos y buenos” (Mateo 5:45). Esto puede parecernos muy natural, pero reflexionemos al ver despuntar un nuevo día en esta larga paciencia de Dios.

Al no ponerse el sol, los enemigos huyen de la luz para refugiarse en las tinieblas, tratando de esconderse (v. 16; Juan 3:19-21; Apocalipsis 6:15-17). Israel gana la batalla y los cinco reyes son sacados de la cueva.

“Acercaos, y poned vuestros pies sobre los cuellos de estos reyes... No temáis”, dice Josué a sus capitanes (v. 24-25). Es la señal del triunfo, una anticipación del momento cercano cuando el Dios de paz quebrantará a Satanás bajo sus pies (Romanos 16:20; Salmo 110:1).

Josué 10:28-43

Esas formidables ciudades caen una tras otra, “ciudades grandes y amuralladas hasta el cielo” (Deuteronomio 1:28). Sus reyes, sus gigantes y todos sus habitantes son destruidos por “Josué, y todo Israel con él”. Fijémonos en la constante repetición de esta última expresión. Evoca la unión indisoluble que existe entre Cristo y los suyos. Ésta implica que nuestros enemigos son también, y en primer lugar, Sus enemigos. Nadie puede meterse conmigo sin tener que vérselas con mi Jefe. Dejándolo pasar adelante, sólo puedo ser vencedor. Mas, contrariamente, si no lo tengo a él, ya he perdido la batalla. Por eso el enemigo quiere privarnos del contacto (o de la comunión) con nuestro Salvador. Sabe bien que separados de él nada podemos hacer (Juan 15:5), algo que a menudo olvidamos. ¡Qué página más triunfante se inscribe aquí! ¡Quiera Dios que en la historia de cada una de nuestras vidas como cristianos haya una lista parecida de victorias ganadas secretamente con el Señor! Victoria en favor de la verdad, en pro de la pureza, victoria sobre una u otra tentación. Jóvenes, ustedes están en la edad en la cual se presentan más luchas. ¿Forman parte de aquellos a quienes el apóstol Juan puede escribir: “Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno”? (1 Juan 2:13).

Josué 11:1-11

En Gabaón la confederación de los reyes del sur fue hecha trizas (cap. 10). Ahora el norte del país se reúne en torno a Jabín rey de Hazor, un pueblo innumerable, para pelear contra Israel. “Todos estos reyes se unieron” (v. 5). “Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido”, anuncia el Salmo 2:2 hablando de los tiempos venideros.

Mas, ¿qué dice Jehová a Josué? “No tengas temor de ellos… entregaré a todos ellos muertos delante de Israel” (v. 6). Y la victoria es seguida por una destrucción que no perdona a nadie. Nos cuesta entender esos terribles juicios. ¿No somos los discípulos de un Maestro que nos recomienda: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen…”? (Lucas 6:27). ¿No somos los hijos de un Padre que exhorta: “Si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber”? (Romanos 12:20). Pero si hay un tiempo para la gracia (que es el nuestro), habrá igualmente un tiempo para la ira. Ésta última alcanzará a todos los que hayan rechazado la gracia. El juicio sobre los cananeos, ocurrido después de siglos de paciencia por parte de Dios (Génesis 15:16; Deuteronomio 9:5), es una solemne ilustración de ello.

Josué 11:12-23

Los enemigos que Israel acaba de combatir y de vencer representan a aquellos que hacen la guerra contra los cristianos, dicho de otra manera, Satanás y sus ángeles. Nuestra lucha es “contra principados… contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12). Muchas personas se imaginan que actualmente el diablo y los demonios están en el infierno. Pero la Biblia nos muestra a Satanás aún en alguna parte del cielo o paseándose en la tierra para fastidiar a los hombres (Job 1:6-7). Sin duda alguna, si somos creyentes, el enemigo no puede arrebatarnos nuestra salvación (Juan 10:28). Pero se esfuerza haciéndonos la guerra para impedir que disfrutemos nuestras bendiciones celestiales; intenta quitarnos el terreno que anteriores victorias nos han permitido ocupar. Por eso el mismo capítulo 6 de Efesios nos exhorta no solamente a combatir y a sobrellevarlo todo, sino también a mantenernos firmes. Además, en semejantes momentos la Palabra nos recuerda que somos los muy amados del Señor. Ella afirma que ni los principados, ni las potestades podrán separarnos del amor de Dios. “Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8:37-39).

Josué 12:1-24

El libro de Josué se divide en dos partes, cada una de las cuales contiene doce capítulos. La primera, que terminamos hoy, describe la conquista de Canaán por Israel; la segunda (cap. 13-24) relata principalmente el reparto de la tierra entre las tribus. La conclusión de la primera parte: “y la tierra descansó de la guerra” (cap. 11: 23), es seguida en el capítulo 12 por una larga relación de los reyes abatidos. Dos de ellos cayeron antes del Jordán: Sehón y Og, pero treinta y uno fueron vencidos dentro del país. Anima ver que Dios mismo ha hecho esta recapitulación, lo cual prueba que no ha olvidado ninguna victoria lograda con él y sabe que cada una de ellas representa esfuerzos y renuncias. ¡Tengamos ánimo, soldados de Jesucristo! En nuestros combates un Árbitro soberano anota los puntos sin error posible: el rey de Hebrón: uno, el rey de Jarmut: uno, el rey de Laquis: uno…

¡Que el Señor nos conceda la gracia de estar cada uno en su puesto, cual fieles combatientes! Pronto llegará el momento de deponer las armas y disfrutar junto a Jesús el reposo celestial. Sí, que nos sea permitido decir como el apóstol: “He peleado la buena batalla”, y recibir la corona prometida “al que venciere” (2 Timoteo 4:7; Apocalipsis 2 y 3).

Josué 13:1-14

Jehová recuerda a Josué que aún hace falta tomar posesión de mucha tierra. Las fronteras ya le habían sido indicadas (cap. 1:4). Éstas son fáciles de recordar. Hacia el sur: un gran desierto; al norte: una gran montaña, el Líbano; al oriente: un gran río, el Eufrates; y al occidente: un mar grande, el Mediterráneo. El país a ocupar por la fe también tiene sus fronteras, que son las del mundo tal como se presenta para nosotros: es árido, sin fruto para Dios (el desierto); está lleno de orgullo y vanidad (la montaña); es próspero y activo (el río); es impetuoso y agitado (el mar, Judas 13; Isaías 57:20). Guardémonos, queridos hijos de Dios, de cruzar esas fronteras. Muchos lo han hecho, dejándose llevar al mundo, o por mera curiosidad, y la mayoría nunca ha vuelto. En cambio, dentro de los límites “queda aún mucha tierra por poseer”. Los tesoros inagotables de la Palabra, las riquezas insondables de Cristo están a nuestra disposición para asirlos, “a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo” (Efesios 3:17-19). ¡Cristianos, he ahí las dimensiones infinitas de nuestra herencia en él!

Josué 13:15-33

Los hijos de Rubén, de Gad y la media tribu de Manasés han recibido su parte de la herencia antes que todos sus hermanos. Esta porción, como bien lo recordamos, la escogieron ellos mismos sin esperar que Dios se las diera (Números 32). ¡Importante lección para cada uno de nosotros! Cuántas veces, como ellos, no hemos sabido esperar. Nos hemos dejado guiar por las circunstancias (la región de Basán y de Galaad era propia para la ganadería, y estas tribus poseían rebaños). Hemos escogido la solución más fácil o, por prudencia, la primera que se nos ha presentado, mientras que con un poco de paciencia hubiésemos obtenido una mejor parte: la que Dios había preparado para nosotros.

Los rubenitas y los gaditas nos enseñan también otra lección. Al escoger ellos primero lo que mejor les parecía (como en el caso de Lot con Abraham, Génesis 13), muestran su egoísmo frente a sus hermanos: ¡Yo primero! Así que recibieron la parte de su herencia antes que los demás. Pero distaba mucho de ser la mejor parte, como ellos se habían imaginado. Los primeros serán los últimos. Lo mejor siempre es lo que Dios nos da, incluso si para recibirlo tenemos que esperar un poco.

Josué 14:1-15

Jehová había designado por sus nombres a los que tendrían la responsabilidad de repartir la tierra entre las tribus (Números 34:16-29). Aquí los hijos de Judá se adelantan para recibir su porción, y Caleb toma la palabra. Estuvo esperando este momento durante más de cuarenta años. Sin quejarse por un castigo que él personalmente no había merecido, anduvo por el desierto con el pueblo, sostenido por su esperanza. Se había apoyado en las promesas de Dios y ahora las recuerda a Josué. “Dame, pues, ahora este monte, del cual habló Jehová” (v. 12). ¡Qué ejemplo más estupendo de la perseverancia en la fe! Pero además hay otra cosa que admirar en ese hombre: “Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es ahora”, dice (v. 11). Su fuerza no ha menguado. A los ochenta y cinco años es tan fuerte como a los cuarenta. ¿Cuál era su secreto? Isaías 40:31 nos lo revela: “Los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas… caminarán, y no se fatigarán”. Mediante esta fuerza divina, Caleb, por su edad un anciano, mas por su vigor un hombre joven, tomará a Hebrón y abatirá la fuerza humana de los famosos anaceos, aquellos gigantes que en el pasado habían espantado tanto al pueblo. Sí, “bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas… Irán de poder en poder” (Salmo 84:5-7).

Josué 15:1-19

Después de la adjudicación de la porción de Judá, he aquí otro ejemplo de una fe atrevida y valiente. Ocurre nuevamente en el seno de la familia de Caleb. A su lado, Otoniel su sobrino y Acsa su hija habían recibido un buen ejemplo. Día tras día, durante los numerosos años pasados en el desierto, habían podido oírlo, aplicando la instrucción de Deuteronomio 6:7, hablar del buen país que había visitado, del excelente fruto que de allí había traído. Día tras día también, habían podido ver su fidelidad y perseverancia en la marcha y en sus luchas para poseer ese país. Tales palabras y tal ejemplo han producido sus frutos. Otoniel y Acsa poco a poco han aprendido a amar a ese país de Canaán, centro de los pensamientos y afectos de su padre. Y, llegado el momento, aparece la fe. La de Otoniel se manifiesta tomando a Quiriat-sefer; la de Acsa, reclamando una porción suplementaria de la tierra de Canaán. Qué gozo para Caleb, quien había dicho a Josué: “Dame este monte” (cap. 14:12), oír a su hija pedirle: “Concédeme… dame también” (v. 19; comp. con Mateo 11:12). Con una formación tal y una mujer digna de él, Otoniel se calificará para ejercer más tarde las funciones de juez en Israel (Jueces 3:9-11).

Josué 15:20-63; Josué 16:1-10

El momento tan esperado ha llegado; Israel puede tomar posesión de su herencia. Judá es el primero en recibir su porción. Ciudad por ciudad, está detallada como para subrayar el interés que Jehová atribuye a cada parcela de su país. Quiera Dios que nosotros también tengamos una visión cada vez más amplia del pueblo de Dios, en particular para abarcarlo en nuestras oraciones.

¡Ay, desgraciadamente al final de cada delimitación vamos a encontrar una restricción, un pero! La victoria no es completa. Judá no logra arrojar a los jebuseos (v. 63). Hasta el reinado de David, éstos conservarán una plaza fuerte en Jerusalén: la fortaleza de Sion (2 Samuel 5:6). Efraín no muestra más capacidad para desposeer al cananeo en Gezer (cap. 16:10). Sometidos a pagar un tributo servil, estos vencidos ¿no serán inofensivos? Todo lo contrario, tal como lo ha anunciado Moisés, constituirán trampas en medio de Israel, lo arrastrarán al mal y a la idolatría. Y nuestros propios corazones, queridos hijos de Dios, ¿por quién laten? ¿Toleramos en ellos a ciertos “enemigos” que no nos parecen peligrosos? Quizás incluso nos hemos acostumbrado a su presencia. ¡Que el Señor nos dé la suficiente valentía para juzgarlos, a fin de que él sea el único que reine en nuestro corazón! (Romanos 6:12-14).

Josué 17:1-18

Manasés recibe su parte y en seguida vuelven a hacer acto de presencia las cinco hijas de Zelofehad con su hermosa tenacidad. Apoyándose en el mandamiento que Moisés recibió de Jehová, reivindican la herencia largamente esperada. La mitad de su tribu había optado por el otro lado del Jordán, pero a ellas ni se les ocurre semejante cosa. Su herencia se halla en Canaán, en medio de sus hermanos. Y ya que hablamos de esto, es bueno recordar que aunque las mujeres cristianas no son llamadas a ciertos servicios públicos, tales como la predicación, su parte celestial, su disfrute de las bendiciones celestiales no son inferiores a las de sus hermanos.

De modo general, observemos con qué cuidado Jehová dibuja los límites de cada tribu. Una tras otra, cada una recibe su porción, primero con la indicación del contorno y luego con la relación de las ciudades que se hallan dentro de la misma. Dios espera de los suyos, en cambio, diligencia para apropiárselas. Ahora bien, ¡veamos a Efraín! El monte que le corresponde no le gusta; le exige demasiados esfuerzos. Reclama otra porción, no por fe sino por pereza. ¡Cuántas pérdidas sufrimos, como esta tribu, por falta de energía, especialmente en el campo de la oración!, porción que siempre nos es atribuida (Santiago 4:2).

Josué 18:1-28; Josué 19:1-51

Siete tribus faltan por recibir su herencia. Josué ordena hacer la cuenta catastral del país y distribuye las parcelas por sorteo. Naturalmente Dios dirige la suerte según su voluntad. El azar no existe, y un cristiano nunca debería invocar la suerte o la mala suerte.

En el Salmo 16 oímos a alguien (Cristo mismo) que declara: “Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado” (v. 6). Ejercitémonos en descubrir la belleza y riqueza de todo cuanto Dios nos ha dado en Cristo. ¡Y seamos agradecidos! (Colosenses 3:15). Josué, que pertenece a la tribu de Efraín, da el ejemplo a sus hermanos escogiendo su herencia en el monte que ellos habían despreciado (cap. 17:16). Y esa herencia lleva un nombre significativo: Timnat-sera quiere decir «porción abundante».

Las largas listas de ciudades nos recuerdan que nosotros, cristianos de entre las naciones, estábamos “alejados de la ciudadanía de Israel”. Pero ahora hemos “sido hechos cercanos por la sangre de Cristo”, hemos llegado a ser “conciudadanos de los santos” (Efesios 2:12-13, 19). “Nuestra ciudadanía está en los cielos” (Filipenses 3:20). Pronto habitaremos la ciudad celestial.

Josué 20:1-9; Josué 21:1-40

Al otro lado del Jordán habían sido establecidas por Moisés tres ciudades de refugio para el homicida (Deuteronomio 4:41-43). Aquí son establecidas otras tres dentro del país mismo: Cedes en el norte, Siquem en el centro y Hebrón en el sur. Cada una de ellas estaba ubicada sobre una montaña (v. 7), lo cual nos recuerda esta palabra del Señor Jesús: “Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder” (Mateo 5:14). Vista por todos y especialmente por el infeliz culpable que corría para refugiarse en ella, la ciudad de refugio era un recuerdo constante de la gracia de Dios. La primera de estas ciudades se hallaba en Galilea, región amada por todo hijo de Dios. Allí Jesús de Nazaret vivió durante treinta años, allí sirvió, sanó y enseñó a los discípulos y a las multitudes. Siquem, en Efraín, frecuentemente se identifica con esa “ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José” (y por este hecho incluida en la porción de Efraín hijo de José: Josué 24:32). También evoca al divino Caminante que se sentó un día junto a su pozo (Juan 4:5…) Finalmente tenemos a Hebrón, ciudadela de la muerte vencida, que viene a ser lugar de asilo, de alto refugio.

El capítulo 21 se consagra a la porción de los levitas. Se les otorgan cuarenta y ocho ciudades, repartidas en los territorios de las otras tribus.

Josué 21:41-45; Josué 22:1-6

En contraste con los levitas cuya porción era Jehová mismo, volvemos a encontrar a las dos tribus y media fuertemente adheridas a sus bienes terrenales. Colmadas con los tesoros tomados del enemigo y bendecidas por Josué, parece que todo irá bien para los hombres de Rubén, Gad y Manasés. ¡Pero no! Sufrirán una gran pérdida al volver a pasar el Jordán que antiguamente habían atravesado de manera tan notable. Esta vez no tienen el arca para acompañarlos. Ésta permanece en Canaán. Tal vez se diga: ¿Y qué más pueden hacer? ¡Sus familias están al otro lado!

El versículo 19 del capítulo 22 prueba que aún había tiempo para introducirlas a ellas también en el país. Además, dice el Señor Jesús: “El que ama a hijo o a hija más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10:37). Desgraciadamente, muchos jóvenes cristianos después de haber empezado y luchado bien, se han alejado del Señor y del pueblo de Dios. Y con frecuencia ha sido por causa del hogar que han establecido siguiendo su propia voluntad, sin respetar los derechos de Dios. Nos parece oír la pregunta más bien triste que formula el Señor Jesús a sus discípulos: “¿Queréis acaso iros también vosotros?” (Juan 6:67). Querido lector, si él le hiciera la misma pregunta, ¿contestaría como lo hizo Pedro?

Josué 22:7-20

“Compartid con vuestros hermanos el botín”, ordena Josué a los que se marchan (v. 8). Trátese de verdades bíblicas o de experiencias cristianas, el Señor nos invita a compartir con otros las riquezas espirituales adquiridas en la tierra de la promesa. Así como esos hombres podrían relatar a sus familias el traslado memorable a través del Jordán y las gloriosas victorias de Josué, un hijo de Dios podrá hablar de las “maravillas” hechas por el Señor a su favor o descubiertas en su Palabra (cap. 3:5).

Después de separarse, los guerreros de Rubén, Gad y Manasés erigen en la ribera del Jordán “un altar de grande apariencia”. En seguida sus hermanos de las otras tribus, preocupados por ellos, están a punto de intervenir. ¿Qué significará esa acción? ¿Acaso un desafío contra Jehová? ¿Una proclamación de independencia? Sea lo que fuere, he ahí una primera dificultad que nunca hubiese surgido si esas tribus hubieran entrado en Canaán. La encuesta es dirigida por Finees, sacerdote que en otra hora crítica de la historia del pueblo había dado prueba de su celo. Ardiendo en celo por causa de Jehová (Números 25:11), unió su amor por Dios con su amor por sus hermanos. ¡Dos sentimientos que son inseparables! (1 Juan 4:20-21).

Josué 22:21-34

Los hijos de Rubén, Gad y Manasés exponen sus intenciones con respecto al altar, y sus hermanos reconocen su sinceridad. Pero, ¿de qué sirve ese altar imponente? ¿Acaso no existe ya junto al Jordán un monumento mucho más significativo: el montón de doce piedras, símbolo de la unidad del pueblo en su posición celestial? (Josué 4). Pero precisamente las dos tribus y media han perdido (como es el caso de tantos cristianos) el pleno disfrute de sus privilegios.

En la cristiandad se han edificado muchos “altares” de gran apariencia. Erigidos según planes ideados por la imaginación humana, en vez de testificar sobre la unidad de la Iglesia, proclaman su fragmentación. Y la legítima indignación de las nueve tribus y media nos muestra cuán en serio debemos tomar la división del pueblo de Dios. Erigir e insistir en grandes principios, aun si éstos son conforme a las Escrituras, no puede reemplazar la realidad del disfrute del “país”. El creyente que ha experimentado dicho disfrute no siempre puede ofrecer a los demás muchas explicaciones. Pero sí puede invitarlos: “Venid y ved” (Juan 1:39, 46). “Si es que habéis gustado la benignidad del Señor –dice el apóstol Pedro–. Acercándoos a él… sed edificados como casa espiritual…” (1 Pedro 2:3-5).

Josué 23:1-11

A su vez Josué termina su carrera. “Esforzaos, pues, mucho en guardar y hacer todo lo que está escrito…”, dice a los jefes del pueblo (v. 6). Esas mismas palabras, Jehová se las había dicho a él al principio (cap. 1:7), Moisés las había repetido muchas veces. Y esa es también la enseñanza que hoy nos conviene. Hay muchas personas que encuentran el Evangelio bastante anticuado, pasado de moda. Tienen “comezón de oír” novedades (2 Timoteo 4:3). Demos gracias al Señor por habernos dado unos siervos que no se cansan de repetir las mismas verdades y exhortaciones. “A mí no me es molesto escribiros las mismas cosas –afirma Pablo a los Filipenses–, y para vosotros es seguro” (Filipenses 3:1). ¡No nos cansemos, pues, de escucharlas!

El sólo hecho de mencionar los dioses de las naciones es el primer paso que conduce a jurar por ellos, a servirles y finalmente a postrarse ante ellos (v. 7). Por eso la epístola a los Efesios nos exhorta a ni siquiera nombrar las cosas impuras, locas y de mal gusto del mundo, “como conviene a santos” (cap. 5:3-4). Quizá no siempre vigilamos cuidadosamente nuestro lenguaje. ¡Quiera Dios que por medio de éste nos reconozcan como discípulos de Jesús! (Mateo 26:73 en contraste con el v. 74).

Josué 23:12-16; Josué 24:1-5

Por boca de Josué, Jehová previene a los jefes del pueblo de las consecuencias desastrosas que ocasionaría cualquier alejamiento (v. 12). En el versículo 13 varias imágenes sugieren los peligros que amenazan a los que se mezclan con el mundo. El lazo o la red empieza por hacer caer; el tropiezo (o la trampa) atrapa y retiene; el azote simboliza la servidumbre. Finalmente las espinas en los ojos son la cruel ceguera. Sansón, después de caer en la trampa, perdió sucesivamente, junto con su nazareato, sus fuerzas, su libertad, su vista y su vida.

Josué convoca a todo Israel y comienza por recordar los grandes momentos de su historia (cap. 24). Se remonta hasta un pasado lejano, no solamente hasta Abraham, a quien con mucho gusto Israel ensalzaba en su memoria como su antepasado (Juan 8:33, 39), sino hasta el padre de éste, Taré, que había servido a los ídolos. Con esto Josué quería decirles que la idolatría no era privativa de las poblaciones que los rodeaban, sino que estaba en su misma naturaleza, que ellos no eran mejores que los demás. Una vez más dejemos que la epístola a los Efesios (2:1-3) nos hable: “Estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo… y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás”.

Josué 24:6-15

Si nos hemos reconocido entre aquellos miserables que se hallaban “al otro lado del Jordán”, sirviendo a los ídolos de este mundo, volvamos a leer y admiremos ahora lo que Dios, “que es rico en misericordia”, ha hecho por los suyos (Efesios 2:4…). Porque sondearemos las profundidades de la gracia de Dios en la medida en que entendamos hasta qué punto necesitábamos de ella. La despedida de Josué hace pensar en la despedida de Pablo de los ancianos de la asamblea de Éfeso (Hechos 20:17…). El fiel apóstol también recuerda la gracia y el poder de Dios que da una herencia a todos los santificados (v. 32). Subraya la responsabilidad que ello encierra y exhorta a que se ande con cuidado, que se vigile (v. 28, 31). Puede invocar su propio ejemplo: sirvió al Señor (v. 19) y sólo desea acabar ese servicio recibido de él (v. 24). Esa es también la conclusión de Josué. Su ministerio parece haber terminado. “Pero yo y mi casa serviremos a Jehová”, declara exteriorizando una inquebrantable decisión de corazón. Josué habla en nombre de su familia: “Yo y mi casa serviremos” ¡Qué felicidad cuando el creyente y los suyos pueden servir al Señor juntos! Romanos 16:3-11 menciona unos ejemplos: “Saludad a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús... a los de la casa de Aristóbulo... a los de la casa de Narciso, los cuales están en el Señor”.

Josué 24:16-33

A la exhortación y al ejemplo que Josué da personalmente, Israel responde con una inmediata profesión de fe. Se compromete a servir a Jehová. Pero no bastan las buenas intenciones. El versículo 16 muestra su ceguera, porque los dioses extranjeros siguen estando allí (v. 23), de modo que Josué se ve obligado a decirles que mientras las cosas sigan así, no podrán “servir a Jehová” (v. 19). “Ningún siervo puede servir a dos señores”, confirma el Señor (Lucas 16:13).

Las buenas disposiciones de Israel durarán mientras haya conductores piadosos: Josué, Eleazar, Finees… (comp. con 2 Crónicas 24:2). Es la ocasión de preguntarnos una vez más: ¿Estamos vinculados a Cristo gracias a una fe viva y personal? O bien, ¿nos hemos contentado con dejarnos llevar por quienes nos han enseñado? En ese caso, ¿qué haremos cuando éstos nos sean quitados?

Josué termina su carrera. Cual fiel conductor, anduvo en el desierto según el caminar por la fe. Luego combatió la batalla de la fe. Hemos reconocido en él algunos rasgos del gran Conductor, del Vencedor del mundo, del Jefe, autor y consumador de la fe. Pidamos a Dios que nos enseñe, tanto en la marcha como en el combate, a fijar los ojos en Jesús (Hebreos 12:2).

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