Juan

Juan 1:1-18

“El unigénito Hijo” que da a conocer al Padre, tal es el tema de este evangelio (v. 18; véase 1 Juan 4:9). Desde el primer versículo, del cual cada término debe ser sopesado, nos lo presenta como el Verbo (la Palabra), una persona eterna, distinguible de Dios Padre y que sin embargo es Dios (Salmo 90:2). Tan lejos como pueda remontarse nuestro pensamiento en el tiempo, él ya era. Pero aquel Verbo, el Señor Jesús, creador de todas las cosas, única fuente de vida y de luz, no se dirigió a nosotros desde los majestuosos cielos, sino que vino al mundo (v. 9) sujetándose a nuestras limitaciones en el espacio y en el tiempo. Misterio insondable, ¡“el Verbo fue hecho carne”! (v. 14; 1 Timoteo 3:16). No vino como un mensajero apresurado que en seguida vuelve al que lo envió. Habitó entre nosotros sin dejar de estar, pese a ello, “en el seno del Padre”. Todo lo que Dios es en su propia naturaleza: amor y luz, gracia para el corazón y verdad para la conciencia del pecador, se acercó a nosotros y brilló en esta persona adorable. Pero las tinieblas morales del hombre no comprendieron la verdadera luz (v. 5); el mundo no conoció a su Creador y el pueblo de Israel no recibió a su Mesías (v. 11).

Y usted, ¿ha recibido a Jesucristo en su corazón? En caso afirmativo, usted es un hijo de Dios, según el versículo 12 y Gálatas 3:26.

Juan 1:19-34

No fue el peso de sus pecados lo que condujo a los delegados de los judíos a Juan el Bautista, sino más bien la curiosidad, el deseo de saber quién era, o tal vez alguna inquietud. Su encuesta dio a Juan la oportunidad de entregar su mensaje (comp. 1 Pedro 3:15 final). Mas él no tenía nada que decir acerca de sí mismo (v. 22), no era más que una simple voz. Fue “enviado de Dios” para dar testimonio de “la luz” (v. 6-8). En cierto sentido todos los redimidos son llamados a dar testimonio de la luz, sobre todo al andar “como hijos de luz” (Efesios 5:8). Por sí mismos no son nada, sólo son instrumentos por medio de los cuales Cristo, la luz moral del mundo, debe ser manifestado.

Dios indicó de antemano a su siervo cómo reconocer a su Hijo amado. “He aquí el Cordero de Dios”, exclamó Juan cuando Jesús apareció. Dios proveyó una víctima santa para quitar el pecado del mundo, víctima esperada desde la caída del hombre, anunciada por los profetas y por las figuras del antiguo pacto que Dios había hecho con el pueblo de Israel (véase Éxodo 12:3; Isaías 53). ¡Qué víctima! El Cordero de Dios es también el Hijo de Dios (v. 34).

Juan 1:35-51

El andar de Jesús (y no solamente la señal del Espíritu venido de arriba: v. 33) llenaba de gozo y convicción el corazón de Juan (v. 36). ¡Sentimientos que hablan siempre a los demás! Dos de sus discípulos lo oyeron y siguieron a Jesús, gozando de su presencia. Este privilegio también podemos disfrutarlo nosotros al congregarnos según Mateo 18:20: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Andrés nos da aún otro ejemplo: llevó a su hermano Simón a Jesús. Antes de pensar en cualquier actividad para el Señor, recordemos a los que nos rodean y que todavía no lo conocen. De Andrés no se habla mucho, pero su servicio de ese día tuvo grandes consecuencias: su hermano Simón llegó a ser el apóstol Pedro. Felipe oyó el llamado del Señor y habló a Natanael de ese nazareno que no era otro que el Mesías prometido. Pero ningún argumento tuvo el peso de esa simple invitación: ¡“Ven y ve”!

Cuántos nombres y títulos magníficos exaltan aquí las glorias eternas, actuales o venideras del Señor Jesucristo: Verbo, Vida, Luz, Unigénito Hijo que está en el seno del Padre, Cordero de Dios, Maestro, Mesías o Cristo, verdadero Nazareno, Hijo de Dios, Rey de Israel, Hijo del Hombre.

Juan 2:1-12

Jesús fue convidado a una boda. Pero, cosa notable, toda la escena mencionada tuvo lugar fuera de la sala del festín; nada se dice de los esposos. Todo lo que sabemos de ellos es que tuvieron la feliz idea de invitar a Jesús y a sus discípulos. Queridos amigos, ¿podemos asociar al Señor a cada una de nuestras circunstancias? ¿Se sentiría él a gusto tomando parte en nuestras fiestas familiares y en nuestras diversiones? Sólo él puede darnos el verdadero gozo, simbolizado por el vino en la Palabra de Dios. No obstante, el agua destinada a la purificación fue la que produjo este vino del gozo. Para poder gozar de la comunión con Dios es necesario ser purificado de todo pecado y tener limpia la conciencia. Éste será el caso para Israel en los tiempos de la restauración, como también lo es para nosotros: Disfrutamos el gozo espiritual sólo en la medida en que nos juzgamos a nosotros mismos.

Servir “primero el buen vino” es típicamente humano (v. 10). Desde su juventud el hombre se apresura a gozar de todo lo que puede ofrecerle la vida, porque con los años poco a poco vendrán las preocupaciones, las penas, el ocaso, la muerte. El mejor vino se sacó primero. Pero Jesús actúa de manera diferente. Él ha reservado a los suyos gozos eternos verdaderamente incomparables con las vanas alegrías de esta tierra. ¡No anhelemos otros! (Colosenses 3:2).

Juan 2:13-25

Jesús subió de Capernaum a Jerusalén. “La pascua de los judíos” estaba cerca. Esta fiesta ya no tenía el carácter de las “fiestas solemnes de Jehová” ni de las “santas convocaciones” (Levítico 23:2), pues un vergonzoso comercio llenaba el templo. Los comerciantes vendían ahí los distintos animales para los sacrificios. Indignado, el Señor purificó la casa de su Padre.

Amigos creyentes, en la actualidad nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo. Si nos hemos dejado invadir y dominar por costumbres o pensamientos impuros, dejemos que el Señor ponga orden y nos santifique. Él quiere que todos nuestros afectos sean sólo para el Padre.

Las personas de las cuales se habla en los versículos 23-25 creían en Jesús con su inteligencia, pero su corazón no había sido verdaderamente tocado. Reconocían Su poder para obrar milagros, pero eso no era fe, y Jesús no se fiaba de ellos. La fe viene por el oír la Palabra de Dios (comp. v. 22 y Romanos 10:17). El perfecto conocimiento que Jesús tiene del corazón humano prueba su divinidad (v. 25; léase Jeremías 17:9-10), pero su amor no se ha enfriado por eso, pues él encuentra sus verdaderos motivos para amar en sí mismo y no en los hombres.

Juan 3:1-21

Temeroso, pero impulsado por las necesidades de su alma, Nicodemo acudió a Aquel que es la vida y la luz (1:4-5). Ese principal de entre los judíos, ese eminente maestro de Israel, aprendió del divino Maestro una verdad tan extraña como humillante para él: sus cualidades, conocimientos o aptitudes humanas no le daban derecho al reino de Dios. Porque así como entramos en el mundo de los hombres por medio del nacimiento natural, es necesario otro nacimiento para entrar en ese dominio espiritual, el de la familia de Dios.

En la respuesta del Señor encontramos dos veces la expresión “es necesario”. Una se aplica al hombre: “Os es necesario nacer de nuevo”. La otra, su terrible contrapartida, concierne a nuestro adorable Salvador: “Es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado”. El sacrificio de Jesucristo, puesto en la cruz a la mirada de mi fe, me salva de la perdición eterna (v. 14-15; comp. Números 21:8-9). Al contemplarlo, aprendo a conocer el amor de Dios para con el mundo –como para mí personalmente– y la suprema prueba que él ha dado de ese amor. El mundo no será juzgado sin haber sido previamente amado, como lo ha sido a través de la obra de Jesús. Todo el Evangelio está contenido en el maravilloso versículo 16, que ha sido el medio de salvación para innumerables pecadores, y ante el cual nuestras almas deberían quedar extasiadas.

Juan 3:22-36

Los discípulos de Juan se sintieron un tanto celosos al ver que su maestro perdía importancia en provecho de otro (v. 26; 4:1). Excepto dos de ellos (uno de los cuales era Andrés), que habían dejado a Juan para seguir a Jesús (1:37), no habían entendido cuál era precisamente la misión del precursor. Él era el amigo del Esposo. Y lo que provocaba el descontento de sus discípulos, a Juan, por el contrario, lo llenaba de gozo (v. 29). Él era feliz quedándose en la sombra. Su hermosa respuesta debería quedar grabada como una divisa en nuestros corazones: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (v. 30). Estas palabras dieron a Juan la oportunidad de exaltar al Señor Jesús: Él está por encima de todos, no por la autoridad que la muchedumbre le reconoce, sino porque “viene del cielo” (v. 31). Y no vino de allí como un ángel sino como el objeto de todo el amor del Padre, como su Heredero (Hebreos 1:1-2).

Una visita tan importante puso a la humanidad a prueba y la dividió en dos grupos: el de los que creen en el Hijo y tienen, por ese hecho, la vida eterna, y el de los que a causa de su incredulidad permanecen bajo la ira de Dios.

¡Qué terrible pensamiento! ¿De qué lado se encuentra usted? (20:31).

Juan 4:1-18

Dios no ha dado a su Hijo Unigénito solamente para la gente respetable como Nicodemo. Ese maravilloso “don de Dios” (v. 10) ha sido dado también a los pecadores más miserables. ¡Qué cuadro tenemos aquí! En su inconcebible humillación, el Hijo de Dios se sentó junto a un pozo, como un hombre cansado y sediento. Sin embargo, sólo pensaba en la salvación de su criatura. Una mujer se acercó. Notemos cómo Jesús trató de ganar su confianza: le pidió un favor y se puso a su alcance hablándole de lo que ella conocía. Ávida de felicidad, esa mujer había bebido de las muchas aguas engañosas de este mundo. Había buscado la felicidad con cinco maridos, y cada vez había vuelto “a tener sed”. Pero el Salvador tenía para ella “el agua viva” cuya fuente es él mismo (v. 10, 13-14; comp. Jeremías 2:13, 18 y 17:13). Sin comprender de qué índole era esa agua, la samaritana confió en él para recibir ese don extraordinario. Sin embargo, fue necesario que el Señor pusiera primeramente el dedo sobre lo que no estaba en regla en la vida de esta mujer (v. 16-18). No se puede ser feliz mientras la luz divina no haya penetrado en la conciencia. La gracia en Jesús es inseparable de la verdad (1:17).

Juan 4:19-38

Nótese que la primera enseñanza de Jesús a esta pobre samaritana no concernía su conducta, sino la adoración; excelente deber y privilegio de todos los creyentes. ¿Dónde, cuándo y cómo debía ser presentada la alabanza? Había llegado la hora, (y hoy todavía es tiempo) en que la religión de formas y ritos debía ser puesta de lado para dar lugar a un culto en espíritu y verdad. ¿A quién y por quién debía ser rendido? Ya no más a Jehová, el Dios de Israel, sino al Padre, según la relación completamente nueva de hijos de Dios. Desde entonces a ellos les corresponde presentar la alabanza. Son llamados los verdaderos adoradores. Usted que ha sido buscado con este objetivo, ¿va a privar al Señor del fruto de su trabajo?

Cautivada por lo que acababa de oír, la mujer dejó el cántaro y se apresuró a dar a conocer en la ciudad a Aquel que había encontrado. En cuanto a los discípulos, mostraron su incapacidad de entrar en los pensamientos de su Maestro. Jesús hallaba su gozo y sus fuerzas en la comunión con su Padre (v. 34) y en las perspectivas que tenía ante sí. Ya discernía la siega futura: la multitud de sus redimidos (v. 35; véase Salmo 126:6).

Juan 4:39-54

Jesús permaneció dos días con los samaritanos, menospreciados como él por los judíos (8:48). Y esa gente creyó en él no sólo a causa del testimonio de la mujer, sino como consecuencia del contacto personal que tuvieron con “el Salvador del mundo” (v. 42; 1 Juan 4:14). Amigo, no se contente con la experiencia de los demás para conocer al Señor Jesús. Tenga con él un encuentro personal y decisivo, para que el Salvador del mundo llegue a ser también su Salvador.

Luego Jesús fue a Galilea. Allí encontró a un oficial del rey quien, afligido por su hijo gravemente enfermo, insistió para que el Maestro fuera a curarlo. Este hombre estaba lejos de tener la gran fe del centurión romano de aquella misma ciudad de Capernaum, el cual no se estimaba digno de que el Señor entrara en su casa, y se contentaba con una sola palabra para sanar a su criado (Lucas 7:7). Jesús empezó por decir a ese padre angustiado que la fe consiste en creer a su simple palabra, sin necesidad de ver señales o milagros (v. 48; comp. 2:23). Para poner a prueba a ese hombre, el Señor no descendió con él a su casa, sino que le dijo: “Vé, tu hijo vive. Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue”. Así experimentó cómo el poder de la muerte fue detenido por el poder de la vida que había venido de arriba (1 Juan 5:12).

Juan 5:1-14

Ese estanque de Betesda (que significa casa de la misericordia) era una figura del antiguo pacto de Dios con el pueblo de Israel. Para poder meterse en el agua bienhechora, estos enfermos necesitaban fuerza y, para tener esa fuerza, hubiera sido necesario estar curado. Del mismo modo, la ley hace vivir sólo al que la cumple enteramente, y nadie es capaz de hacerlo. A menos que uno haya precisamente recibido primero la vida divina.

Uno se preguntará por qué, entre esa multitud de enfermos, ciegos y cojos, Jesús parece haberse ocupado sólo de ese paralítico. Para beneficiarse de su gracia, dos condiciones son necesarias: experimentar el deseo y la necesidad, sentimientos que hace resaltar la pregunta del Señor: “¿Quieres ser sano?”, así como la respuesta del desdichado: “No tengo quien me meta en el estanque”. Alguien se le había adelantado siempre para meterse en el estanque, y toda su miserable vida había sufrido una decepción tras otra. Sin duda, en otros tiempos había contado con los suyos o con amigos caritativos, pero hacía mucho que éstos se habían desanimado. Después de treinta y ocho años él también había perdido sus últimas esperanzas. Ya no tenía a nadie, ¡entonces estaba dispuesto a aceptar a Jesús!

Amigo aún inconverso, no espere más tiempo para comprender que sólo Jesús puede salvarlo. Pero, ¿lo desea usted sinceramente?

Juan 5:15-30

El odio de los judíos dio a Jesús la oportunidad de manifestar aún algunas de sus glorias:

  1. Su trabajo de amor para quitar el pecado del mundo (v. 17; 1:29). En presencia de la ruina de su creación, el Hijo no podía descansar, como tampoco el Padre.

  2. El amor infinito del Padre hacia su Hijo, con quien comparte todos sus consejos (v. 20; 3:35).

  3. El poder de vida que está en él (v. 21, 26), por medio del cual ahora da la vida eterna a los que creen en él (v. 24). Cuando llegue la hora, Jesús ejercitará ese poder para resucitar a los muertos (v. 28-29).

  4. El juicio que le ha sido dado en su calidad de Hijo del Hombre (v. 22, 27).

  5. En los versículos 19 y 30 vemos su perfecta obediencia. ¡Qué valor tiene esa obediencia realizada precisamente por Aquel que debe ser obedecido por toda criatura! (v. 23). Si el Señor habla de sus propias glorias es porque éstas están estrechamente ligadas a las de su Padre. El que no honra al Hijo ofende al que lo envió (v. 23; ver 1 Juan 2:23). Ante tantas perfecciones de nuestro Salvador, sólo podemos maravillarnos (v. 20) y adorarlo.

Juan 5:31-47

Jesús respondió a la incredulidad de los judíos invocando cuatro testimonios a su favor: el de Juan (v. 32-35), el de sus propias obras (v. 36), el del Padre, que en el Jordán lo había señalado como su Hijo amado (v. 37) y, finalmente, el de las Escrituras (v. 39). En los libros de Moisés a menudo se hace referencia al Mesías (v. 46; por ej. Génesis 49:10, 25; Números 24:17). Aunque los judíos pretendían venerar a Moisés, no creían en sus palabras, pues rechazaban a Aquel a quien él había anunciado (véase Deuteronomio 18:15). En cambio estarán dispuestos a recibir al anticristo, del cual el Señor habla en el versículo 43.

“Escudriñad las Escrituras”, recomienda el Señor Jesús. Por medio de ellas podremos conocer más a su infinita Persona.

Recibir la gloria de los hombres y buscar su aprobación es una forma de incredulidad, como lo hace notar el Señor (v. 44). Dios declara que no somos nada (Gálatas 6:3) y que no hay nada de lo cual podamos gloriarnos (2 Corintios 10:17). ¡Pero cuántas veces, en lugar de creerle, nos complacemos en el bien que los demás puedan pensar de nosotros! Jesús no buscaba ninguna gloria de parte de los hombres (v. 41; compárese con Pablo en 1 Tesalonicenses 2:6). Podremos imitarlo si tenemos en nosotros el amor de Dios y el deseo de agradarle (comp. v. 42).

Juan 6:1-21

Las multitudes que habían seguido al Señor Jesús, como muchos en la cristiandad, fueron más atraídas por su poder que por su gracia y sus perfecciones morales. Pero lo uno no va sin lo otro; una vez más Jesús manifestó esas virtudes juntas en la escena de la multiplicación de los panes. El muchacho mencionado en el versículo 9 nos recuerda que, a cualquier edad, podemos hacer algo para el Señor y por el bien de los demás. Parece haber sido el único que pensó en su propio alimento. Aceptando poner a disposición del Señor lo poco que tenía, llegó a ser el medio para proveer a las necesidades de cinco mil hombres. Cuando el Señor quiera servirse de nosotros, jamás nos neguemos so pretexto de ser muy jóvenes o debido a la insuficiencia de nuestros recursos; él sabrá cómo utilizarlos (Jeremías 1:6-7).

Después de ese milagro, las multitudes querían apoderarse de Jesús para “hacerle rey”. Pero él no podía recibir el reino de manos de los hombres (5:41), ni tampoco de las de Satanás (cuando éste le ofreció todos los reinos del mundo: Mateo 4:8-10). Es Dios quien lo hace rey, como lo leemos en el Salmo 2:6: “Pero yo he puesto mi rey sobre Sion”.

Por último, en otra escena iluminada también por su poder y su gracia, vemos a Jesús venir al encuentro de sus discípulos sobre el mar agitado y disipar sus inquietudes.

Juan 6:22-36

El Señor no se deja engañar. Las multitudes que lo seguían lo hacían por interés, pues esperaban que siguiera dándoles pan. Por eso las exhortó a trabajar “no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece” (v. 27). Preguntémonos si nuestro trabajo tiene en vista primeramente las cosas de arriba, las cuales alimentan el alma y son eternas, o las cosas de la tierra, que están destinadas a perecer.

¿Esto significa que debemos cumplir obras para ser salvos? Son muchos los que desafortunadamente todavía piensan así en la cristiandad (comp. v. 28). Pero la Palabra de Dios afirma: “Por gracia sois salvos por medio de la fe… no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9).

Dios sólo reconoce una obra a través de la cual el hombre puede acercarse a Él. Ella consiste en creer en el Salvador a quien nos ha dado (v. 29). Todo viene de Dios: el “agua viva” (el Espíritu Santo; 4:10) y “el pan de vida” (Cristo mismo). ¿Por qué entonces nuestras almas no están continuamente satisfechas? ¿Faltaría el Señor a sus promesas? (v. 35; 4:14). ¡Por supuesto que no! Pero, por nuestro lado, no siempre satisfacemos los requisitos: “El que en mí cree, no tendrá sed jamás”, dice Jesús. Necesitamos la fe para ser salvos pero también la necesitamos cada día para beber de la fuente de toda su plenitud.

Juan 6:37-50

“Al que a mí viene, no le echo fuera”, promete nuestro Salvador (v. 37). Vaya a él, amigo lector, si todavía no lo ha hecho. Él no rechaza a nadie.

Pero para ir a Jesús es necesario que el Espíritu de Dios obre en el corazón. El hombre no puede dar un paso hacia Dios sin que Dios lo atraiga hacia sí mismo, como lo afirma el Señor Jesús en el versículo 44.

Alguien dirá tal vez: «No es mi culpa si no me he convertido». Al contrario, usted es plenamente responsable de dejar que ese trabajo divino se haga en usted. En este mismo instante Dios lo llama. No se resista más tiempo.

La gracia de Jesús para con el pecador es la expresión de su propio amor, pero ella también hace parte de la voluntad de Dios, cuya meta es dar vida a su criatura (v. 40). Jesús vino para cumplir esa voluntad, como el salmista lo había profetizado, y el apóstol también lo repite: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:9; Salmo 40:7-8).

El hombre tiene un cuerpo y un alma, por eso no puede vivir sólo del alimento que nutre su cuerpo. Su alma también necesita un alimento y el único que le conviene es la Palabra divina, el Pan del cielo, Cristo mismo (Lucas 4:4).

Juan 6:51-71

A pesar de la promesa que Dios les había hecho, al descubrir el maná en el desierto los hijos de Israel se preguntaron unos a otros: “¿Qué es esto?” (Éxodo 16:15). La misma incredulidad se manifestaba en sus descendientes. Discutían entre sí acerca de la extraña comida de la cual Jesús les hablaba: su carne y su sangre, es decir, su muerte. Un Cristo viviente aquí abajo no basta para hacer vivir nuestra alma. Es necesario apropiarnos por la fe de su muerte (en figura, comer su carne y beber su sangre) para tener la vida eterna. Luego tenemos que identificarnos con él cada día en su muerte. Estamos muertos con él en cuanto al mundo y al pecado. El hombre natural no puede entender esto. Está de acuerdo con tener un modelo, pero le es demasiado duro reconocer su propio estado de condenación, del cual le habla la muerte de Cristo.

En vez de interrogar al Señor, muchos que habían profesado ser sus discípulos se fueron ofendidos por sus palabras. Él no suavizó la verdad para retenerlos, mas escudriñó el corazón de los que quedaban: “¿Queréis acaso iros también vosotros?”. Y he aquí la hermosa respuesta de Pedro: “Señor, ¿a quién iremos?”. ¡Qué ésta también pueda ser nuestra respuesta! (v. 68-69; léase Hebreos 10:38-39).

Juan 7:1-24

Los hermanos de Jesús formaban parte de los que no creían, porque buscaban la gloria que viene de los hombres (v. 4-5; comp. 5:44). Ellos esperaban que la popularidad de Jesús beneficiara a su familia, mientras que, si hubiesen creído que él era el Hijo de Dios, habrían entendido la distancia que los separaba de él (léase Lucas 8:21 y 2 Corintios 5:16). Más adelante los hermanos del Señor creyeron en él y se unieron a sus discípulos (Hechos 1:14).

El principio que los hizo actuar aquí es el mismo que el de todos los hombres: hacer valer Sus dones y capacidades para su propio provecho, con el fin de ser reconocidos y honrados (v. 4). El Señor, por el contrario, nunca dejó de buscar “la gloria del que le envió” (v. 18), y sólo subió a la fiesta a la hora elegida por Dios. ¡Cuán lejos estamos de nuestro perfecto Modelo! Muchas de nuestras dificultades provienen de nuestra precipitación por obrar o de la tardanza en obedecer las órdenes de Dios. El versículo 17 también nos recuerda que la sumisión a esa voluntad de Dios es el medio, para cada uno, de conocer la verdad.

En Jerusalén Jesús encontró a los judíos llenos de odio que buscaban matarlo desde que curó al paralítico de Betesda un día de reposo (v. 1; 5:16).

Juan 7:25-36

El versículo 25, comparado con el 20, prueba la hipocresía de aquellos judíos. Y, como algunos hoy, razonaban vanamente con respecto a Jesús. Cada uno daba su parecer; la opinión de los gobernantes estaba dividida. En realidad, si la presencia y las palabras del Señor suscitaban tal efervescencia, era porque esa gente estaba turbada interiormente por esa voz que, sin querer confesarlo, sentían que era la de Dios (comp. v. 28). Trataban de evadir la dificultad persuadiéndose de que ese galileo no podía ser el Cristo, porque conocían su familia y su lugar de origen. En efecto, ustedes me conocen, les respondió Jesús, y me conocen más de lo que se imaginan, pues su conciencia les dice quien soy yo, y ella los acusa.

Es muy solemne oír que el Señor alzó la voz (v. 28, 37; comp. Proverbios 8:1, 9). Igualmente hoy nadie podría decir que no lo ha oído.

“A donde yo estaré, vosotros no podréis venir”, declara el Señor a todos los incrédulos (v. 34). Pero los suyos, en cambio, poseen su promesa, que tiene un precio infinito: “Os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3). Lector, ¿cuál de estas dos sentencias puede dirigirle él? ¿Dónde estará usted durante la eternidad?

Juan 7:37-53

Los capítulos 6 y 7 del evangelio de Juan hacen pensar en los capítulos 16 y 17 de Éxodo. En el capítulo 6 Jesús se presenta como el verdadero Pan venido del cielo, del cual el maná era una figura. En el pasaje de hoy, Jesús es como la peña del capítulo 17 de Éxodo, de la cual el agua viva brota en abundancia. En Isaías 55 el profeta invita a “todos los sedientos” a venir a las aguas de la gracia. Pero aquí es el Salvador mismo quien alza la voz: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (v. 37). Y el creyente, lleno del Espíritu Santo, llega a ser un canal para la bendición de los demás (v. 38).

Desgraciadamente, como única repuesta la gente entabló nuevas discusiones. Esto nos hace pensar en un grupo de personas sedientas que en presencia de una fuente de agua pura se pone a discutir sobre la composición química del agua o sobre su origen, en vez de disfrutar de ella.

El final del capítulo menciona dos testimonios más dados ante los fariseos en favor del Señor. Los alguaciles enviados para prender a Jesús se vieron obligados a reconocer que Sus palabras no eran humanas: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!”. Luego Nicodemo, quien había tenido con él una conversación personal e inolvidable (3), abogó tímidamente a favor de Jesús.

Juan 8:1-20

En este pasaje los escribas y los fariseos pensaban hacer caer al Señor Jesús en una trampa particularmente sutil. Por medio de él (1:17) vinieron juntas la gracia y la verdad: si él condenaba a esta mujer adúltera, ¿dónde estaba la gracia que todos conocían? (comp. Lucas 4:22), y si la perdonaba, ¿no era en detrimento de la verdad y en contradicción con la ley? En su infalible sabiduría, Jesús les mostró que esa ley los responsabilizaba a todos. Se la ha comparado a una espada sin empuñadura que lastima primeramente al que se sirve de ella. Pero, ¡ay!, en lugar de confesar los pecados que acudían a su memoria, los acusadores se retiraron uno tras otro, llenos de confusión (Job 5:13). “La luz del mundo” estaba ante ellos (v. 12). Pero “los hombres amaron más las tinieblas que la luz”, como aquellos insectos que tratan de esconderse cuando la piedra que los cubre es levantada (3:19). Entonces, el único exento de pecado, Aquel que tenía el derecho de ejercer el castigo, declaró a la mujer: “Ni yo te condeno”, y añade: “Vete, y no peques más”. Muchas personas se esfuerzan en merecer el perdón de Dios por una buena conducta, mientras que el Señor empieza por perdonar y solamente después manda no pecar más (comp. 5:14; Salmo 130:4; 1 Juan 3:9).

Juan 8:21-36

Los judíos habían declarado al Señor que su testimonio no era verdadero (v. 13). Para qué, entonces, preguntarle: “¿Tú quién eres?” (v. 25). Jesús sólo pudo contestarles: “Lo que desde el principio os he dicho”. Sus palabras son la expresión perfecta de lo que él es. El salmista dijo proféticamente: “He resuelto que mi boca no haga transgresión” (Salmo 17:3). En contraste, basta pensar en la diferencia entre lo que decimos o mostramos a los demás y lo que somos en realidad. Todo lo que Jesús decía o hacía estaba en perfecta armonía con el pensamiento de su Padre. “Yo hago siempre lo que le agrada”, pudo afirmar. ¡Modelo inimitable que debemos considerar para ser transformados en su misma imagen! (2 Corintios 3:18).

A los que creen en él, Jesús anuncia plena liberación. Pero los judíos allí presentes protestaron: “Jamás hemos sido esclavos de nadie” (v. 33). Por una extraña falta de memoria, o más bien por orgullo, habían borrado de su historia a Egipto, Babilonia… y la dominación romana, bajo la cual vivían en aquel tiempo. Tal es el hombre: no admite ser esclavo del pecado y se imagina que es libre de hacer lo que quiere (2 Pedro 2:19).

Reconozcamos, queridos amigos, la terrible condición en la que fuimos hallados, pero recordemos también la verdadera libertad en la cual el Hijo de Dios nos ha colocado al hacernos hijos de Dios.

Juan 8:37-59

En el capítulo 5:45 el Señor llama la atención de los judíos sobre su inconsecuencia: Apelaban a Moisés, cuyos escritos los acusaban. Aquí apelan a Abraham en calidad de hijos suyos. Pero sus obras eran las del diablo, que es mentiroso y homicida desde el principio. A veces se oye decir: a tal padre, tal hijo (comp. Ezequiel 16:44). El Señor confirma que la naturaleza de nuestras obras es la que hace conocer de quién somos hijos (1 Juan 3:7-10). En la tierra sólo hay dos grandes familias: la de Dios y la del diablo. ¿A cuál pertenece usted? El hecho de ser hijos de padres creyentes no confiere más derechos ante Dios que el título de descendientes de Abraham a esos judíos orgullosos. Por el contrario, es una responsabilidad adicional.

“Tienes demonio”, le repitieron nuevamente esos miserables (v. 48, 52; comp. 7:20 y 10:20). Podemos admirar la paciencia del Señor. Ante ese ultraje, dejó a su Padre el cuidado de reivindicar su gloria (1 Pedro 2:23). En esto es una vez más nuestro gran Modelo, y como lo menciona en el versículo 55, nos conviene conocer a Dios y guardar su Palabra.

“Yo soy”, dijo Jesús en el versículo 58. No sólo era “antes que Abraham”, sino “Yo soy” eternamente (según el nombre que Dios se da al hablar con Moisés en Éxodo 3:14).

Juan 9:1-16

El evangelio de Juan es el de los encuentros personales con el Señor: Nicodemo, la samaritana, el paralítico de Betesda, el ciego de nacimiento, hombres y mujeres de todas las condiciones sociales estuvieron personalmente en relación con Jesús. Y usted, querido lector, ¿ya tuvo un encuentro personal con él?

Ese ciego de nacimiento ilustra nuestra condición natural. El pecado nos impide percibir la luz de Dios. Nuestra visión moral y espiritual está oscurecida desde nuestro nacimiento. Dios tiene que abrirnos los ojos en cuanto a nuestro estado moral, a las exigencias de su santidad, a lo que él piensa acerca del mundo…

No fue como consecuencia de un pecado particularmente grave que Dios permitió dicha prueba para ese hombre y sus padres; pero esa circunstancia dio a Jesús la oportunidad de hacer brillar su gracia. El lodo es aquí una figura de la humanidad del Señor presentada al hombre. Para poder ver, éste tiene que ser lavado: la Palabra (el agua) le revela a Cristo como el “Enviado” de Dios (Siloé). El ciego fue al estanque creyendo y regresó viendo. Luego tuvo que dar su testimonio. Sus vecinos, los que lo conocían, se extrañaban: “¿No es éste el que…?” Una conversión no puede pasar inadvertida. La nuestra, ¿produjo en nuestra vida un cambio visible a todos?

Juan 9:17-34

El ciego sanado fue, para los fariseos, un molesto testigo del poder de Jesús; por eso buscaron primeramente sacarle a él o a sus padres unas palabras que les permitieran poner en duda ese milagro. Pero cuando no pudieron negarlo, trataron de desprestigiar y deshonrar a Aquel que lo había hecho (8:49). “Nosotros sabemos que ese hombre es pecador” (v. 24), afirmaron, pese a que poco antes el Señor les había preguntado: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (8:46).

Hay una gran diferencia entre el ciego sanado y sus padres. A éstos les interesaba más su posición religiosa que la verdad. Confesar a Jesús como el Cristo y participar del rechazo del cual era objeto era más de lo que podían soportar. Temían el oprobio, y ¡cuántos se les parecen hoy en día! El beneficiado, por el contrario, dejaba de lado semejantes razonamientos. Los fariseos no consiguieron quitarle su humilde confianza en Aquel que lo había sanado. Había pasado de las tinieblas a la luz, y esto no era para él una teoría o una doctrina, sino un hecho evidente: “Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo” (v. 25), les dijo simplemente. ¿Podemos decir como él?

Juan 9:35-41; Juan 10:1-6

Para su felicidad, el ciego sanado fue expulsado por los fariseos, pues encontró a Aquel que había sido rechazado antes que él y que también había salido del templo (8, fin). Entonces ese hombre podría dar un gran paso en la comprensión de la verdad y conocer no sólo el poder de Jesús, sino su Persona: El Hijo de Dios (v. 35-37), en quien él había discernido anteriormente un profeta (v. 17). A muchas personas les basta saber que son salvas y viven en la ignorancia en cuanto al Salvador. Tal vez porque todavía están ligadas a los sistemas religiosos y no han experimentado la presencia del Señor donde él la ha prometido (Mateo 18:20).

Aunque pretendían ver claro, los fariseos se dejaban enceguecer por el odio y el orgullo religioso. En el capítulo 8 vemos que rechazaron la Palabra del Señor; en el 9 no quieren saber nada de su obra. Por eso no tuvo nada más que ver con ellos. Llamó a sus propias ovejas por su nombre, las llevó fuera y caminó delante de ellas. Pero, ¿no podrían ellas equivocarse y seguir a un extraño? ¡Oh no!, tenían un medio infalible para reconocer a Aquel a quien pertenecían: su voz bien conocida. ¿A cada uno de nosotros también nos es familiar?

Juan 10:7-21

En este evangelio no encontramos parábolas. El “Verbo” habla a los hombres en un lenguaje directo. En cambio, ¡cuán preciosas son las imágenes y las comparaciones que el Señor emplea para hacerse conocer! Veamos los pasajes en los cuales declara: “Yo soy el pan de vida… la luz del mundo… la puerta… el buen pastor… la resurrección y la vida… el camino, y la verdad… la vid” (6:35, 48, 51; 8:12; 10:7, 9, 11, 14; 11:25; 14:6; 15:1, 5).

“Yo soy la puerta de las ovejas”, dice en los versículos 7 y 9. Para ser salvo necesariamente hay que entrar por él (Efesios 2:18), pero también necesitamos ser conducidos. Abandonados a nuestro propio juicio, nos parecemos a la oveja, animal sin inteligencia que se descarría cuando no tiene pastor (Isaías 53:6).

En contraste con los asalariados, los ladrones y los salteadores diestros para robar a las almas, Jesús se presenta como el buen Pastor (v. 11, 14). Da dos pruebas de ello: la primera es la entrega voluntaria de su vida para adquirir a sus ovejas, supremo testimonio de su amor por ellas y, al mismo tiempo –no lo olvidemos– el motivo principal por el cual el Padre ama al Hijo (v. 17). La segunda es el conocimiento que él tiene de sus ovejas, y recíprocamente el que ellas tienen de su Pastor (v. 14). Un vínculo tan estrecho confirma sus derechos sobre su manada y sobre cada uno de nuestros corazones.

Juan 10:22-42

Con mala fe, los judíos cuestionaron nuevamente al Señor: “Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente” (v. 24). Pero él no sólo lo había declarado (por ej. 8:58) sino que también lo había demostrado (v. 25, 32, 37-38). De ahí en adelante la actividad del Señor sería reservada sólo a su manada. Las ovejas le pertenecen por derecho; primero, porque el Padre se las ha dado expresamente (v. 29), luego, porque él las ha rescatado. Los preciosos versículos 27 y 28 nos dicen a la vez lo que él hace por sus ovejas: les da la vida eterna, las conduce y las pone al abrigo en su mano, y lo que las caracteriza: ellas escuchan su voz y lo siguen. Aquí está la respuesta correcta a su maravilloso amor.

Nuevamente los judíos querían lapidar a Jesús (8:59) acusándolo ahora de blasfemia. “Siendo hombre, te haces Dios”, afirmaron ellos. Ésta era efectivamente la ambición de Adán y de todos sus descendientes: ser igual a Dios. Pero Jesús siguió exactamente el camino contrario: “Siendo en forma de Dios” fue “hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo” (Filipenses 2:6-8).

Sin embargo, el versículo 42 concluye, como en el capítulo 8:30, recordando que “muchos creyeron en él allí” para pasar a ser sus felices ovejas.

Juan 11:1-27

En su angustia, las dos hermanas de Betania dirigieron a su divino Amigo una oración que puede servirnos de modelo: “Señor, he aquí el que amas está enfermo” (v. 3). Al llamarlo Señor, reconocían su autoridad y no se permitían decirle, por ejemplo: «Ven a sanar a nuestro hermano»; simplemente expusieron el caso que las preocupaba. Conocían también su amor y se refirieron a él. No obstante, a pesar de ese afecto, Jesús resolvió no ir enseguida a Judea, con determinación semejante a la que más tarde lo impulsó a ir allí para cumplir su obra cuando llegó el momento, pese a la amenaza de los judíos. Él no se dejaba llevar por los sentimientos ni detener por temor a los hombres, como a veces lo hacemos nosotros. Sólo la obediencia a su Padre dirigía sus pasos. Gracias a esa demora la gloria de Dios brilló mucho más, pues cuando Jesús llegó a Betania ya hacía cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro. A veces nos hemos hallado en presencia de personas que han sido probadas por un duelo, y hemos podido comprobar la insuficiencia de la simpatía humana (como la de los judíos en el v. 19). Pero todo cambia cuando juntos volvemos la mirada hacia Aquel que es “la resurrección y la vida”. Entonces comprendemos realmente el valor de las cosas eternas.

Juan 11:28-44

Marta se dio cuenta de que su hermana era más capaz de entrar en los pensamientos del Señor que ella misma, y la llamó. Pero María sólo atinó a decir como Marta: “Señor, si hubieses estado aquí…” (v. 32; comp. v. 21). Lo único que fue capaz de hacer en ese momento fue mirar atrás, como muchas personas que pasan por un duelo. Jesús, conmovido en su corazón, lloró; luego se fue al sepulcro. ¿Por qué lloró? ¿No sabía lo que iba a hacer? Sí, por supuesto, pero en presencia de los estragos de la muerte y de su trágico poder sobre los hombres, el santo Hijo de Dios se estremeció de dolor. El Vencedor de la muerte estaba ahí. Pero para que la gloria de Dios se manifestara ante la muchedumbre que sería testigo de su poder, era necesario que el estado de corrupción de Lázaro fuera debidamente comprobado (v. 39) y que el Señor, anticipadamente atribuyera, por una oración de acción de gracias, su poder Al que lo envió (v. 41, 42). Sólo entonces su poderosa voz de mando hizo salir de la tumba al muerto atado con las vendas… ¡Qué asombro para los presentes! En cuanto a nosotros, retengamos la promesa que el Señor hizo a Marta: “Si crees, verás…” –tal vez no exactamente lo que esperamos, sino– “la gloria de Dios” (v. 4-40).

Juan 11:45-57

Dios contestó a su Hijo no sólo al resucitar a Lázaro sino también al conducir a varios testigos de esa maravillosa escena a creer en él (v. 42 fin, 45). Pero ese milagro, el más grande que narra este evangelio y el último antes de su propia resurrección, fue también el que determinó su muerte, ya que “desde aquel día” tuvieron lugar las tenebrosas consultas que terminarían con el crimen supremo (v. 53). Así respondieron los judíos la pregunta que el Señor les hizo en Juan 10:32: “¿Por cuál de ellas (mis obras) me apedreáis?”.

Los sacerdotes fingieron temer que, al seguir a Jesús, el pueblo atraería la atención de los romanos y, por ende, sus represalias. Pero el rechazo hacia el Señor fue, por el contrario, la causa de la destrucción de su lugar de culto (Jerusalén) y de su nación, llevada a cabo por los romanos cuarenta años más tarde (v. 48). Dios permitió que la profecía de Caifás superara infinitamente los pensamientos de ese hombre cínico y malvado. Jesús entregaría su vida por la nación (pues Israel sería restaurado más tarde) pero “también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (v. 52). Satanás arrebata y dispersa (comp. 10:12), mientras que por su obra Jesús reúne desde ya, aquí en la tierra, a los que forman parte de la familia de Dios.

Juan 12:1-19

En el hermoso cuadro de los 3 primeros versículos están representados distintos aspectos del culto (la reunión de adoración): la presencia del Señor, la comunión, el testimonio, el santo servicio y la alabanza. No se trata de una fiesta en honor a Lázaro, pues Jesús era el centro de esa reunión: “Y le hicieron allí una cena”. El único título dado a Lázaro para estar a la mesa con él fue el de un muerto que había recibido una nueva vida (el caso de todos los redimidos). Ese hombre no hizo ni dijo nada que sea mencionado, sencillamente estaba allí vivo; su presencia bastaba para contar lo que el Señor había hecho por él. Marta servía; su actividad en aquel instante era perfectamente adecuada, en contraste con Lucas 10:40. María derramó el perfume de “mucho precio” –también para el corazón del Señor– que llenó toda la casa, figura de la adoración que expresan de común acuerdo los redimidos agradecidos. Los incrédulo menosprecia este culto porque, en el fondo, adora a otro dios: el dinero (v. 6).

El versículo 10 nos muestra a Lázaro asociado al Señor como objeto del odio de los hombres. Luego asistimos a la entrada solemne del rey de Israel en la ciudad real de Jerusalén, precedido por la reputación muy efímera que le valió su gran milagro.

Juan 12:20-36

En las antiguas tumbas egipcias se ha encontrado trigo que todavía puede germinar, después de miles de años. Sin embargo, cualquiera que hubiese sido el tiempo transcurrido y por precioso que hubiera sido el recipiente en que se lo haya conservado, ese trigo no podía multiplicarse allí. Para que de él pudieran brotar espigas cargadas de otros granos semejantes a la simiente, era necesario que ésta fuese colocada en la tierra, es decir, que fuese sacrificada. Fue la figura que Jesús empleó para hablar de su muerte. El deseo de verlo, expresado por unos griegos, guió sus pensamientos a las maravillosas consecuencias de la cruz: la bendición de las naciones bajo el dominio universal del Hijo del Hombre, mucho fruto (v. 24 fin), el juicio de Satanás (v. 31) y atraer a todos a sí mismo (v. 32). Pero también pasó ante su santa alma la carga de sufrimientos que “esta hora” le traería. Luego miró hacia Dios quien le respondió desde el cielo con la promesa de la resurrección (v. 28).

Para el pueblo judío era el ocaso. La luz iba a desaparecer en el horizonte: Jesús iba a dejarlos (v. 35; Jeremías 13:16). El día actual de la gracia también se acabará. Pronto llegará el momento en el cual no será posible creer (comp. v. 40). Para Jesús hubo un solemne “ahora” (v. 27, 31). Para nosotros ahora es el tiempo de creer en él (2 Corintios 6:2).

Juan 12:37-50

Con el capítulo 12 se termina una gran división de este evangelio. Efectivamente, desde el capítulo 13 el Señor se dirige exclusivamente a sus discípulos. Aquí tenemos sus últimas palabras al pueblo de Israel como tal. De ahí en adelante éste fue endurecido como nación, conforme a la profecía de Isaías. Se ha cumplido Juan 1:11: “A lo suyo (Israel) vino, y los suyos no le recibieron”. Pero el versículo siguiente (v. 12) también ha sido confirmado. Muchos lo han recibido y han adquirido el derecho de ser “hijos de Dios”. Aun de entre los gobernantes varios creyeron en él, sin embargo no se atrevieron a dar testimonio de su fe. Y se nos da la razón: “Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios”. Nosotros, a quienes nos falta tanto ánimo para confesar nuestra fe, preguntémonos si no es por el mismo motivo.

Una última vez Jesús afirmó pública y solemnemente el carácter divino de su ministerio. Él era el Enviado de Dios y al mismo tiempo la perfecta imagen del Padre (v. 44, 49; Hebreos 1:3). No hay ni una de sus palabras que no sea la expresión absoluta del pensamiento divino. Meditemos sobre ese maravilloso ejemplo y aprendamos del Señor qué debemos decir y cómo hemos de hablar (v. 49).

Juan 13:1-20

Para el corazón del Señor la muerte significaba pasar “de este mundo al Padre” (v. 1; comp. 16:28). Pero dejaba a los que amaba en un mundo lleno de corrupción y violencia. Y, como tiene los pies cubiertos de polvo el caminante que va por los caminos, así los creyentes están expuestos, por su constante contacto con el mal, a mancillarse en sus pensamientos, palabras y hechos, aunque están “limpios”, lavados por la sangre de la cruz (v. 10; Apocalipsis 1:5 fin). Pero el Señor es fiel y ha provisto lo necesario, pues vela por la santidad práctica de los suyos. Como gran Sumo Sacerdote lava los pies de ellos; dicho de otra manera, los purifica al conducirlos a juzgarse continuamente a la luz de la Palabra (el agua) que él aplica a sus conciencias (Efesios 5:26; Hebreos 10:22).

Este servicio de amor también debemos ejercitarlo los unos para con los otros. Con humildad, poniéndonos a sus pies, debemos mostrar a nuestros hermanos, por la Palabra, en qué faltaron o a qué peligro se exponen, como nos exhorta el apóstol: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre” (Gálatas 6:1). Queridos amigos, el Señor no dice: Bienaventurados seréis si sabéis estas cosas, sino “bienaventurados seréis si las hiciereis” (v. 17).

Juan 13:21-38

El discípulo “al cual Jesús amaba”, éste es el nombre que Juan toma en su evangelio. Él conocía el amor del Señor por los suyos (v. 1), pero también sabía que era un objeto personal de ese amor y lo gozaba cerca del corazón de Jesús, lugar precioso para las más íntimas comunicaciones. Pero en aquel momento Jesús reveló un secreto terrible. Denunció a Judas, a quien conocía desde el principio (6:64). Satanás entró entonces en ese hombre que estaba dispuesto a recibirlo y que luego salió a consumar su tremendo crimen (comp. v. 27 con Lucas 22:3).

El Señor habló nuevamente de su cruz, en donde su gloria brillaría en medio de su humillación (v. 31) y de su resurrección, por la cual Dios glorificaría a Aquel que le glorificó perfectamente (v. 32). Pero ¿cómo podrían ser reconocidos sus discípulos de ahí en adelante, si él ya no estaría más en medio de ellos? Por medio de una señal segura: su amor los unos para con los otros (v. 35). ¿Es verdaderamente esto lo que nos caracteriza? ¡Pregunta muy apropiada para sondear nuestro corazón!

En contraste con Juan, quien estaba ocupado en el amor del Señor hacia él (v. 23), Pedro confiaba en su propia abnegación, pero ¡ay!, sin tener en cuenta la advertencia del Señor (v. 38).

Juan 14:1-14

En el capítulo 13 vimos cómo el Señor preparaba a los suyos a fin de que tuviesen desde la tierra una parte con él (v. 8). Ahora vemos que se va a prepararles lugar en la casa del Padre. Por eso tiene que adelantarse a ellos, como un anfitrión que toma sus disposiciones para llegar a casa antes que sus invitados. La Biblia nos da pocos detalles acerca del cielo, mas lo que hace de él una morada de felicidad es la presencia del Señor. Él mismo reclama para su propio gozo la presencia de los suyos.

Jesús es el único camino para ir al Padre. Él es la verdad y la vida. No había cesado de revelarles al Padre por medio de sus palabras y hechos, por eso, ¡qué pena le causó la ignorancia de sus discípulos! Pero ¿no podría él decir a cada uno de nosotros también: Tanto tiempo hace, que oyes hablar de mí y lees mi Palabra, ¿y no me conoces mejor?

“Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré”, promete el Señor (v. 13). “En mi nombre” no es una simple fórmula; significa que él pueda estar de acuerdo con nuestra petición, es decir, que sea hecha conforme a su voluntad. Nuestra oración llega a ser entonces la de Jesús, y él contestará necesariamente. No sólo porque nos ama sino, en primer lugar, porque se trata de la gloria del Padre. ¿Puede haber motivo más excelente?

Juan 14:15-31

Jesús estaba a punto de dejar a sus queridos discípulos. Sin embargo, no los dejaría huérfanos. Iba a mandarles una persona divina para consolarlos, sostenerlos y ayudarles (v. 16): el Espíritu Santo, quien no sólo estaría con los creyentes, sino en ellos para instruirlos (v. 26). El Señor lo llamó “otro Consolador”, porque Él mismo permanecería como el consolador celestial, el abogado para con el Padre (1 Juan 2:1).

Jesús hizo tres promesas más a los suyos: la nueva vida que emana de la Suya (v. 19); un lugar especial en el corazón del Hijo y del Padre para todo aquel que le da prueba de su amor guardando sus mandamientos (v. 21, 23); la paz, su propia paz (v. 27). ¡Cuán cierto es que el Señor no la da “como el mundo la da”! Este último ofrece poco y pide mucho; distrae y aturde la conciencia actuando como un remedio tranquilizante que engaña un momento las inquietudes y los tormentos del alma, pero no es más que una ilusión de paz. La que Jesús da satisface plenamente el corazón, y además es eterna.

Finalmente el Señor dio a entender a sus discípulos que el verdadero amor hacia él no tendría que buscar retenerle egoístamente acá abajo, sino que debería alegrarse con el gozo suyo (v. 28).

Juan 15:1-15

Israel era una viña estéril, a pesar de todos los cuidados del divino Labrador (véase Salmo 80:8-9, Isaías 5:2). En contraste, Jesús se presenta como la Vid verdadera llevando fruto por medio de sus discípulos. Pero, así como no todos los pámpanos de una vid llevan el mismo fruto, el Señor hace la diferencia entre los que dicen conocerlo y los clasifica según “los que no llevan “fruto”, “llevan fruto”, “llevan más fruto” (v. 2) y llevan “mucho fruto” (v. 5, 8). Para formar parte de estos últimos se necesitan dos condiciones: morar en él, como la rama está ligada al tronco que la alimenta, y que él more en nosotros, de la misma manera que la rama deja circular la savia, es decir, su vida.

Por otra parte, no olvidemos que si el Padre nos limpia de una manera a veces dolorosa, es para que llevemos más fruto (v. 2). Pero, además, ¡cuántas consecuencias preciosas emanan de semejante comunión! El conocimiento de la voluntad de Dios y, por ende, la respuesta a nuestras oraciones, ya que sólo queremos lo que él mismo desea (v. 7), el gozo (v. 11) y, en fin, la aprobación inestimable de Aquel que nos llama sus amigos (v. 14).

Juan 15:16-27

Si nuestras oraciones tienen por objeto llevar “fruto” para Dios, siempre serán escuchadas (v. 16). Y ¿en qué consiste el fruto? Esencialmente en el amor de los redimidos los unos por los otros, y en sus múltiples manifestaciones. “Esto os mando: Que os améis unos a otros” dice el Señor. Esto abarca todos los servicios que se desprenden del amor. Es la tercera vez que formula este “mandamiento nuevo” (v. 17; véase v. 12 y 13:34). Cuando el amor escasea entre los miembros de una familia, ¿no es algo triste y anormal? ¡Cuánto más si se trata de la familia de Dios! En cambio, el odio del mundo hacia los creyentes, quienes con su conducta lo juzgan, es absolutamente natural y sabemos que vendrá, salvo si el mundo encuentra algo de él mismo que pueda amar en nosotros, y entonces es una muy mala señal.

“El siervo no es mayor que su señor” (v. 20), repite el Señor. En el capítulo 13:16 lo dijo en relación con el servicio. Aquí se refiere a los sufrimientos que el Señor tendría que padecer por parte del mundo, y de los que los suyos tendrían que soportar por causa de su nombre. Así el nombre de Jesús “invocado sobre vosotros” (Santiago 2:7) da al mundo la ocasión de manifestar su odio, y al Padre le permite contestar nuestras oraciones (v. 16 fin).

Juan 16:1-18

Si el mismo Señor no lo hubiera declarado, nos costaría entender que su partida fuera conveniente para sus discípulos. Ocurre lo mismo con tantas cosas que momentáneamente nos afligen y que, sin embargo, son para nuestro provecho (v. 6, 7). Enviado del cielo por Jesús, el Espíritu Santo conduciría a los creyentes a toda la verdad (v. 13). En estos capítulos (14-16) el Señor confirma la inspiración de todos los libros del Nuevo Testamento. Los evangelios: Él “os recordará todo lo que yo os he dicho” (14:26); los Hechos: “Él dará testimonio acerca de mí, y vosotros daréis testimonio también” (15:26-27); las epístolas: “Él os enseñará todas las cosas” (14:26); el Apocalipsis: Él “os hará saber las cosas que habrán de venir” (v. 13). Pero la presencia del Espíritu Santo aquí en la tierra también implica graves consecuencias para el mundo y demuestra su culpable rechazamiento de Cristo (v. 8-11).

Por sus preguntas (v. 17-18) los discípulos probaron cuán incapaces eran, en aquel momento, de soportar las enseñanzas de su Maestro (v. 12). Para nosotros, ahora, el Espíritu está presente y glorifica a Jesús al enseñarnos lo que es suyo. Glorifiquémoslo también recibiendo y guardando esta revelación.

Juan 16:19-33

Los discípulos iban a conocer la tristeza de la separación, pero Jesús los consoló de antemano hablándoles del gozo que les esperaba cuando volvieran a verlo después de su resurrección (20:20). ¡Cuántos motivos de gozo tiene el creyente!: La esperanza del regreso del Señor (comp. v. 22); la obediencia a sus mandamientos (15:10-11), ¿hemos experimentado cuánto gozo nos brinda?; la dependencia y la respuesta a nuestras oraciones (16:24); las revelaciones del Señor en su Palabra (17:13); la comunión con el Padre y con el Hijo (1 Juan 1:3, 4), todas ellas fuentes infinitas de un “gozo cumplido”. ¿Ha experimentado usted el gozo que esto produce?

¿Por qué Jesús prefiere no decir a los suyos que él rogará al Padre por ellos (v. 26), cuando éste es justamente el tema de todo el siguiente capítulo? Porque, lejos de reivindicar para sí mismo los afectos de los discípulos, su gran objetivo es ponerlos en relación directa con el Padre. El Señor no promete a los suyos una vida sin pruebas, con paz a su alrededor, sino una paz interior. Y concluye diciendo: “Confiad”. El mundo, nuestro común enemigo, es fuerte, pero yo lo “he vencido”. Y por la fe en su victoria nosotros también lo venceremos (1 Juan 5:4).

Juan 17:1-13

Después de haber hecho las últimas recomendaciones a sus queridos discípulos y haberse despedido de ellos, Jesús se volvió hacia su Padre. El que nunca reivindicó nada para sí mismo, ahora pidió la gloria. Al honrar al Hijo obediente, glorificándolo, se trataba nada menos que de la gloria de Dios, este “Padre justo” (v. 25).

Como un mensajero fiel, Jesús daba cuenta de su misión cumplida en este mundo (v. 4). Una parte de esa obra había sido hablar del Padre a los suyos (v. 6 y 26); ahora él hablaba de los suyos al Padre para confiárselos, ya que iba a dejarlos. Sus argumentos son conmovedores: “Han guardado tu Palabra… (dicho de otra manera, me aman, 14:23) han creído que tú me enviaste”, dijo él, aunque sabemos cuán débil se había manifestado la fe de los pobres discípulos (v. 6-8; comp. 14:9).

Además, “tuyos son” (v. 9), prosiguió el Señor (¿cómo podrías abandonarlos?), “y he sido glorificado en ellos”, añadió recurriendo así al interés que el Padre tiene por la gloria del Hijo.

Finalmente hizo énfasis en la difícil situación de los redimidos que permanecen en un mundo tan peligroso, mundo que él mismo conoce muy bien, y que pone a prueba la fe. Hoy como entonces, Jesús aboga en favor de los suyos como perfecto intercesor.

Juan 17:14-26

Los creyentes no son quitados del mundo cuando se convierten (v. 15). Al contrario, son expresamente enviados al mundo (v. 18) para cumplir la obra que les ha sido encomendada (comp. v. 4). Sin embargo, no son del mundo, como Jesús tampoco lo era. Su posición es la de extranjeros llamados a servir a su soberano en un país enemigo. Pero este incomparable capítulo nos enseña que, lejos de ser olvidados, los creyentes tienen un gran sumo sacerdote que intercede por ellos ante el trono de la gracia (comp. Hebreos 4:14-16). “Que los guardes del mal”, pide al Padre por ellos, porque están expuestos a la contaminación en semejante mundo (v. 15). “Santifícalos en tu verdad”: es la puesta aparte de los que obedecen la Palabra. “Que también ellos sean uno…”, deseo de su corazón que nos humilla cuando pensamos en las divisiones de los cristianos. “Que donde yo estoy, también ellos estén conmigo…” (v. 24). Los que no son del mundo no permanecerán en el mundo. Su parte eterna es con Jesús para ver Su gloria. “Quiero”, dice el Señor Jesús, pues la presencia de los suyos en el cielo junto a él testifica de los plenos resultados de su obra y forma parte de su gloria y de la del Padre.

Juan 18:1-11

Después de “la gloria que me diste” (17:22) viene “la copa que el Padre me ha dado” (v. 11). En su entera dependencia, Jesús recibió de la mano de su Padre tanto la una como la otra. Pero, de acuerdo con el carácter de este evangelio, no vemos, como en Lucas 22:44, la agonía del Señor. Aquí, en la mente del Hijo obediente, la obra ya estaba acabada (17:4).

El miserable Judas supo adónde conducir la compañía armada que debía apoderarse de Jesús, pues era el lugar de muchos encuentros íntimos y preciosos, de los cuales él mismo había participado.

Al que llamaban con desprecio “Jesús nazareno” no era otro que el Hijo de Dios. Conociendo plenamente lo que iba a ocurrir, el Señor se adelantó ante esa tropa amenazante y por medio de su poder soberano dio una prueba que hubiera permitido reconocerlo según las Escrituras (Salmo 27:2). Sólo con decir “Yo soy” hizo caer en tierra a sus enemigos. Pero, ¿en quién pensaba él en ese momento tan terrible? Como siempre, pensaba en sus queridos discípulos: “Dejad ir a éstos”, ordenó a los que habían venido a prenderlo. Hasta el último instante, el buen Pastor veló por sus ovejas; mas había llegado el momento de dar su vida por ellas (10:11).

Juan 18:12-27

Al estar ahí “en pie, calentándose” con los que habían prendido y atado a su Maestro, Pedro ya lo había prácticamente negado. Escoger voluntariamente nuestras amistades en un mundo que ha crucificado a Jesús, y compartir sus diversiones, nos expone de una manera u otra a deshonrar al Señor. No podemos contar con que seremos guardados (en respuesta a su oración del 17:15-17) si no ponemos en práctica la separación de la cual se habla en esos mismos versículos (17:16). Gracias a su infidelidad, Pedro escapó momentáneamente del oprobio y de la persecución, como si fuese “mayor que su Señor”, quien iba al encuentro del odio y menosprecio de los hombres (15:20). Al interrogatorio hipócrita del sumo sacerdote, Jesús no tuvo nada que responder; ya había dado públicamente su testimonio. A sus jueces, pues, les correspondía probar su culpabilidad… ¡si podían!

Este evangelio recalca más que los otros tres la dignidad y autoridad del Hijo de Dios. A pesar de las humillaciones a las cuales lo sometieron y de la manera en que dispusieron de él sus verdugos, el Señor dominó absolutamente esas escenas como Aquel que se entregó a sí mismo a Dios en perfecto holocausto (Efesios 5:2).

Juan 18:28-40

Al llevar a Jesús ante el gobernador romano, los judíos se cuidaron de no contaminarse… al mismo tiempo que cargaban su conciencia con el crimen más horrendo jamás cometido.

El apóstol Pablo daría como ejemplo a Timoteo la “buena profesión” de Jesucristo delante de Poncio Pilato (1 Timoteo 6:13). Costara lo que costara, el Señor afirmó su realeza, aunque hizo notar que su reino no era de este mundo. El versículo 36 debería iluminar a todos los que hoy luchan, o dicho de otro modo, despliegan todos sus esfuerzos para establecer el reino de Dios en la tierra. El progresivo mejoramiento moral del mundo para que el Señor pueda venir a reinar en él no es más que una ilusión. Si él no produjo ese mejoramiento ¿no es prueba de incredulidad pretender renovar esta experiencia y creer que lo haremos mejor que él?

“¿Qué es la verdad?”, preguntó Pilato, pero no esperó la respuesta. Se parece a tanta gente a la que esta pregunta no interesa porque, en el fondo, teme tener que ordenar su vida de acuerdo con lo que le sea declarado. La Verdad estaba delante de Pilato en la persona de Jesús (14:6). En vano el gobernador romano buscaba escapar de su responsabilidad proponiendo que el prisionero fuera liberado para la Pascua, según solía hacerse en esta fecha. Al unísono los judíos gritaron reclamando la liberación del ladrón Barrabás.

Juan 19:1-16

Para burlarse, los soldados vistieron a Jesús con un manto de púrpura y una corona de espinas. Pilato aceptó presentarlo al populacho con ese atuendo: “¡He aquí el hombre!”. Con ira, los jefes contestaron: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!”. E invocaron un nuevo motivo: Ha blasfemado; “se hizo a sí mismo Hijo de Dios”. Pero esto hizo que el gobernador romano se sintiera más incómodo, pues podría ser que tuviese ante sí no sólo a un rey, sino a Dios (v. 7-8). Para darse seguridad, invocó su poder; pero Jesús lo puso en su verdadero sitio. Ese magistrado pagano aprendió seguramente por primera vez quién le había dado su autoridad: la tenía no de César, como lo pensaba, sino de “arriba” (v. 11; Romanos 13:1). Al darse cuenta de que no tenía ascendencia sobre ese acusado extraordinario y que dicho caso lo superaba, quiso soltarlo. Pero los judíos no quisieron saber nada de ello y utilizaron un último argumento: “Si a éste sueltas, no eres amigo de César”. Así, a pesar de la advertencia recibida (v. 11), el gobernador trató de complacer a los hombres y no a Dios. Al temer a la vez el resentimiento de los judíos y la reprobación de su soberano, sacrificó deliberadamente al inocente.

Juan 19:17-30

Aquel que algunos días antes había entrado en Jerusalén con toda su majestuosidad real, salió de ella “cargando su cruz”. El mismo contraste se observa en el título que Pilato colocó sobre la cruz: El “Rey de los judíos” es “Jesús Nazareno”. Fue crucificado entre “otros dos”, y puesto así al nivel de un malhechor. Sin embargo, este evangelio no habla de los ultrajes que padeció por parte de los hombres (Mateo 27:39-44), ni de las terribles horas de abandono por parte de Dios cuando llevaba nuestros pecados. Todo aquí es paz, amor y obediencia a Dios.

El versículo 25 menciona la presencia y los nombres de algunas mujeres que miraban con el corazón quebrantado. Jesús confió su madre al discípulo que mejor conocía Su afecto.

Notemos cómo todo debe desarrollarse según “la Escritura”, hasta en los más mínimos detalles: la repartición de los vestidos (v. 24), el vinagre presentado al Salvador (v. 28; véase v. 36-37). Entonces Jesús mismo cumplió el último acto de obediencia voluntaria: “Entregó el espíritu” (v. 30, 10:18). Si alguien quisiera hacer algo para asegurarse la salvación, que escuche y crea las últimas palabras del Salvador al morir: “Consumado es”, o sea: “Cumplido está” (en griego esta expresión equivale a una sola palabra: tetelestaï, palabra que se escribía al final de una factura pagada). Nuestra inmensa deuda para con Dios ha sido pagada eternamente.

Juan 19:31-42

Cuando los soldados iban a rematar a los crucificados, quebrándoles las piernas, comprobaron que con Jesús esa medida era inútil, pues ya había muerto. Para el malhechor convertido, aquella brutalidad significaba el cumplimiento de la palabra del Señor: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). Pero uno de los soldados no temió profanar con su lanza el cuerpo del Señor (comp. Zacarías 12:10). A este último ultraje respondió una maravillosa señal de gracia: la sangre de la expiación y el agua de la purificación emanaron de su costado traspasado.

Luego tuvo lugar la sepultura de nuestro amado Salvador. Dios había preparado a dos discípulos para que rindieran al cuerpo de su Hijo los honores anunciados en las Escrituras: “Con los ricos fue en su muerte” (Isaías 53:9). Hasta entonces José y Nicodemo no habían tenido el valor de tomar abiertamente posición a favor de él. Pero ahora, conmovidos por la magnitud del crimen de su nación, comprendieron que guardar silencio los haría culpables de solidaridad. Amigos creyentes, nunca olvidemos que el mundo en el que vivimos ha crucificado a nuestro Salvador. Callar o complacernos con los asesinos equivaldría a negarlo. Por el contrario, es la oportunidad de darnos a conocer valientemente como sus discípulos.

Juan 20:1-18

La primera persona que se apresuró hacia el sepulcro en esa gloriosa mañana de la resurrección fue María Magdalena, esa mujer de la cual el Señor había echado siete demonios (Marcos 16:9). Pero alguien se le había adelantado, pues la piedra del sepulcro ya estaba quitada. Entonces avisó a Pedro y Juan, quienes a su vez corrieron hacia la tumba y hallaron las pruebas evidentes de la resurrección… pero volvieron a su casa, sin embargo María no. Tan embargada estaba por el pensamiento de volver a encontrar a su amado Señor (v. 13) que no parecía sorprenderse de la presencia de los ángeles. Jesús no pudo dejar semejante afecto sin respuesta. Y ¡cómo fueron superados los pensamientos de María! Fue un Salvador vivo el que se acercó a ella, la llamó por su nombre y le confió un mensaje del más sublime valor. «El apegarse personalmente a Cristo es lo que permite a uno tener verdadera comprensión», dijo alguien. Jesús encargó a María la misión de anunciar a sus “hermanos” que la cruz, lejos de haberlo separado de ellos, era la base de vínculos completamente nuevos. Hechos inestimables: su Padre llegó a ser nuestro Padre, y su Dios, nuestro Dios. Jesús nos colocó para siempre en esas felices relaciones para el gozo de su propio corazón, para el del Padre y para el nuestro (Salmo 22:22; Hebreos 2:11-12).

Juan 20:19-31

Era la noche de un maravilloso primer día de la semana. Según su promesa, el Salvador resucitado se presentó en medio de sus discípulos reunidos (14:19). Les mostró en sus manos y su costado “las pruebas indubitables” de que la paz con Dios había sido hecha (Hechos 1:3). Sopló en ellos la nueva vida (comp. Génesis 2:7; 1 Corintios 15:45) y los envió a anunciar el perdón de los pecados a los que creyesen (v. 23).

Ese domingo Tomás estaba ausente. Y cuando los demás discípulos le dijeron: “Al Señor hemos visto”, no creyó. Cuántos hijos de Dios se privan con ligereza de la preciosa reunión alrededor del Señor Jesús… tal vez porque, en el fondo de sí mismos, no creen verdaderamente en su presencia. Tomás representa al remanente judío que, en un futuro, reconocerá a su Señor y Dios al verlo. “¿Qué heridas son éstas en tus manos?”, preguntarán (Zacarías 13:6). Pero la parte bienaventurada de los redimidos del período actual es la de creer aun sin haber visto (1 Pedro 1:8). Con ese fin “se han escrito” estas cosas, no para ser leídas solamente, sino para ser creídas. Es necesario que nuestra fe, fundada en las Escrituras, se aferre al que da la vida, al Hijo de Dios (v. 31).

Juan 21:1-14

Sólo siete discípulos acudieron a la cita que Jesús les había dado en Galilea (Mateo 26:32; 28:7). Y aún parecían haber olvidado el objeto de su espera. Simón Pedro, de quien el Señor había hecho un “pescador de hombres”, había vuelto a su antiguo trabajo. ¿Quién puede extrañarse de que “aquella noche no pescaron nada”? ¿Cómo podría ser provechoso el trabajo que uno hace según sus propios pensamientos y fuera de la presencia del Señor? Él les había dicho que, separados de él, nada podrían hacer (15:5). Pero cuando él estuvo con ellos, todo cambió. El lado derecho de la barca tenía una única pero esencial ventaja sobre el izquierdo: fue el lado escogido por Jesús.

Luego vino el encuentro con el Maestro, quien de antemano había preparado todo para sus siervos cansados. No había necesitado sus peces (v. 9), sin embargo, tampoco menospreció el fruto de su labor (v. 10), y lo tenía exactamente contado (v. 11).

Queridos amigos, ¡cuántas veces, como estos discípulos, olvidamos nuestra próxima e importante cita con el Señor! ¡Cuántas veces también, en medio de nuestras circunstancias, fracasos o éxitos, deberíamos ser capaces de discernir más pronto a Aquel que nos habla y reconocer que “es el Señor”! (v. 7).

Juan 21:15-25

Al Señor todavía le quedaba por cumplir aquí en la tierra un último servicio de amor para con su discípulo Pedro. Éste había negado tres veces a su Maestro y tres veces tuvo que ser escudriñado por la dolorosa pregunta “¿me amas?”, como dándole a entender: «Pretendiste amarme más que éstos, pero ellos no me han negado» (Marcos 14:29). «¿Dónde está ese ardiente amor del cual hablabas? No he tenido ninguna prueba de ello». “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”, fue todo lo que pudo decir finalmente el pobre discípulo. ¿Iba Jesús a dejarlo de lado? Al contrario, sólo cuando Pedro perdió la confianza en sí mismo, estuvo apto para el servicio del Maestro. “Apacienta mis corderos… mis ovejas”, le dijo Jesús (el original griego se expresa con un diminutivo muy tierno: mis ovejitas). Al cuidar a los que Jesús amaba, Pedro tendría nuevamente la oportunidad de demostrar su amor por él.

Aquí termina el evangelio, pero todo lo que hizo, expresó o experimentó la Persona infinita que lo llena, tiene una riqueza insondable, y Dios no lo ha olvidado (v. 25). Durante la eternidad podremos descubrir todas las perfecciones y las glorias del Señor.

Para el tiempo presente, que cada redimido recuerde con fervor esas últimas palabras del Señor a Pedro: “Sígueme ”.

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