Joel

Joel 1:1-20

El día de Jehová (o del Señor) es el título que se le podría dar a la profecía de Joel. Evidentemente no se trata de un día de 24 horas, sino de un período todavía venidero, en el que la voluntad de Dios se cumplirá en la tierra como se cumple ya en los cielos (Mateo 6:10). Desde su caída, el hombre, llevado por sus pasiones, no ha cesado de hacer lo que le agrada. Se puede decir, pues, que vivimos en el día del hombre. Por eso, cuando el Señor intervenga para imponer su voluntad, será necesario que apele ante todo a golpes que finalmente hagan ceder al orgullo humano. Moralmente, en cada una de nuestras vidas el día del Señor comienza en el momento en que reconocemos su plena autoridad sobre nosotros.

A diferencia de Oseas, profeta de Israel, Joel se dirige a Judá. Aprovecha la ocurrencia de una serie de calamidades, a saber, los sucesivos estragos producidos en el país por diferentes clases de langostas. Pocos espectáculos son tan impresionantes como una invasión de saltamontes migratorios en Oriente. Imaginémonos ese prodigioso ejército de miles de millones de insectos que se abaten sobre una región fértil y súbitamente la reducen a desierto.

De ese desastre que ocurrió en su tiempo, Joel pasa a un azote todavía futuro: la invasión del asirio.

Joel 2:1-17

Jehová llama “su ejército” a esa nube de fieros asaltantes (v. 11 y 25), aunque tenga a su cabeza al impío y soberbio asirio. De hecho, este último sólo es el ejecutor de su Palabra, “la vara” de su furor (Isaías 10:5). Cuando pasamos por la disciplina, nunca perdamos de vista la fiel Mano que nos la dispensa. Ese fracaso, ese contratiempo, ese accidente viene del Señor. No nos asemejemos al niño que, con ingenuidad, cree evitarse la corrección escondiendo la vara con la cual aguarda ser golpeado. Uno se representa ese gigantesco asalto como algo que “no lo hubo jamás”. Desborda como una irresistible marea por encima del muro y hasta en las casas. La misma invasión se llama en otro lugar “el turbión del azote” (Isaías 28:15). ¡Ah!, esa visión de pesadilla ¿no está colocada de antemano delante del pueblo como un llamado a su conciencia? “Pues, ahora” es el tiempo para él —es tiempo para todos— de volver a Dios de todo corazón “con lloro y lamento… porque misericordioso es y clemente” (v. 12-13; léase Santiago 5:11). “Tocad trompeta en Sion” repite el profeta (v. 1 y 15; véase Números 10:9); ¡es la imagen de la apremiante oración de la fe! Entonces, en la hora del peligro Jehová se acordará de los suyos.

Joel 2:18-32

“Convertíos a Jehová” —invitaba el versículo 13. “¿Quién sabe si volverá… y dejará bendición tras de él?” ¿Quién sabe? Por nuestra parte, sabemos bien que Dios nunca permanece insensible a las lágrimas y a las súplicas de los suyos. Lleno de compasión, enseguida multiplica sus promesas: destrucción definitiva de los enemigos del pueblo; abundancia de bienes materiales que compensan, y con mucho, las pérdidas sufridas (v. 25). Y la más preciosa de esas bendiciones que él deja “tras de él” es: su Espíritu, generosamente derramado sobre los hijos de Israel como testimonio para el mundo entero (v. 28). Ese tiempo todavía está por venir, porque Israel de ningún modo está preparado para recibir ese don. Pero el día de Pentecostés, Pedro se apoya en este pasaje para explicar a los judíos lo que acaba de acontecer (Hechos 2:17).

“Todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo” afirma el versículo 32 citado en Hechos 2:21 y Romanos 10:13. Invocar es llamar mediante la oración, y apelar a ese nombre, el de Jesús; es el único medio por el cual podemos ser salvos. En medio del peor infortunio Dios salvará —y salva ahora— a todo aquel que se vuelve a él. “Arrepentíos… y recibiréis el don del Espíritu Santo”. ¡Promesa valedera hoy, valedera para usted!

Joel 3:1-21

El restablecimiento de Judá y Jerusalén estará acompañado por el juicio que caerá sobre las naciones. Entonces éstas harán un trágico descubrimiento: al dispersar a Israel y repartirse el país (v. 2 fin) habían atacado a Dios mismo. “¿Qué tengo yo con vosotras?” es la terrible pregunta que cae del cielo (v. 4). También Saulo de Tarso se enteró de que, al perseguir a los cristianos, perseguía a Jesús (Hechos 9:4-5).

Por una completa inversión de la situación, esas naciones conocerán la suerte que hicieron sufrir al pueblo de Dios. Su “paga” caerá sobre su propia cabeza, lo que es un inmutable principio del gobierno de Dios (véase Génesis 9:6; Jueces 1:7 etc.) Totalmente enceguecidas, esas naciones habrán forjado su propia ruina al mismo tiempo que sus armas. Por lo tanto el soberano Juez las convocará en el lugar mismo de su desastre (v. 9-12). “Muchos pueblos en el valle de la decisión” (v. 14). Esa siniestra «vendimia» constituirá el último acto introductorio del Día de Jehová (Apocalipsis 14:18-20). En lo sucesivo, la gracia podrá correr abundantemente para un pueblo limpiado (v. 21). Y porque será limpiado —supremo favor— Dios mismo morará en medio de ellos.

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