Oseas

Oseas 1:1-11

La profecía de Oseas, contemporáneo de Isaías, nos retrotrae a los tiempos del segundo libro de los Reyes, antes de las deportaciones. Se dirige principalmente a las diez tribus (a menudo llamadas con el nombre de Efraín, su caudillo), las cuales se hundieron en la idolatría más pronto que Judá. Israel, contaminado por sus ídolos, infiel al pacto con su Dios, es representado por la mujer impura, y el profeta es invitado a tomarla como esposa. El mismo nombre de sus hijos significa la condenación (comp. Isaías 8:1-4; precisemos que los verbos “prostituirse” o “cometer fornicación” en estos capítulos significan abandonar a Dios y apegarse a los ídolos). Israel mismo rompió las relaciones con Jehová. No obstante, el versículo 10, citado por Pablo en su epístola a los Romanos, nos enseña que la transgresión de Israel tuvo una inesperada y maravillosa consecuencia: los creyentes “no sólo de los judíos, sino también de los gentiles” se llaman, de ahí en adelante, “hijos del Dios viviente” (Romanos 9:24-26). Ese Dios viviente llega a ser un Padre. A la sentencia “Lo-ami”, pronunciada sobre el Israel culpable, le sigue el llamamiento de un pueblo celestial, una familia que goza con su Dios y Padre de una relación indisoluble que aun nuestros pecados no pueden menoscabar (1 Pedro 2:10).

Oseas 2:1-17

La causa de Israel es indefendible (v. 2; comp. Isaías 1:18). Después de una agobiadora requisitoria, Dios pronuncia la sanción sobre la infidelidad del pueblo: “Por tanto, he aquí yo rodearé de espinos su camino…” (v. 6). “Por tanto, yo volveré y tomaré mi trigo…” (v. 9). “He aquí que…” y uno podría aguardar un castigo más severo todavía. No obstante, ¿qué anuncia el versículo 14? “Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón”. ¡Incomparable gracia de Dios! El pecado de los suyos viene a ser para él la ocasión apropiada para desplegar su infinita misericordia. En lugar de echar a “la esposa” ingrata y culpable, la toma de la mano y, a solas con ella, le habla de manera tal que conmueva su corazón. Pero, ¿por qué mencionar ese siniestro valle de Acor? ¿Acaso no evocaba el pecado de Acán y sus desastrosas consecuencias? (Josué 7:26). Sin embargo, Dios lo escoge para hacer de él, de ahí en adelante, una “puerta de esperanza” (comp. Isaías 65:10). Y moralmente es lo mismo para nosotros. El valle de la turbación, el lugar en que tendremos que responder ante Dios por nuestras pasadas faltas, viene a ser “una puerta de esperanza”. De esa manera, Dios nos muestra que el goce de la comunión con él tiene como necesario punto de partida la confesión de nuestros pecados.

Oseas 2:18-23; Oseas 3:1-5

En el estilo entrecortado que le es propio, el profeta hace alternar sin transición la descripción del trágico estado de Israel con las promesas de restauración (v. 18-23). La gracia de Dios establecerá nuevos vínculos con su pueblo. Éste no será más siervo, como la mujer comprada (cap. 3:2) y no dirá más “mi señor” sino “mi marido” (cap. 2:16). “Te desposaré conmigo” repite tres veces Jehová como para sellar su compromiso (v. 19-20). Como anillo en el dedo de una joven novia, esa promesa debería haber hablado al corazón del pobre pueblo e incitarle a guardar celosamente sus afectos para Jehová (comp. Jeremías 2:2). Por analogía pensamos en la Iglesia, la que debería ser toda para Cristo. “Os he desposado con un solo esposo” dice Pablo a los corintios (2 Corintios 11:2), revelando también en Efesios 5:25-27 lo que Jesús hizo, hace y hará por la Iglesia.

La corta profecía del capítulo 3 describe de manera impresionante el estado actual de los hijos de Israel: ya no tienen rey ni culto, ni el de los ídolos como tampoco el de Jehová (v. 4). La casa de Israel será vaciada, barrida y adornada, dispuesta para el cumplimiento de Mateo 12:45. Pero luego vendrá su arrepentimiento y su restablecimiento en la bendición divina por la bondad de Jehová (v. 5).

Oseas 4:1-19

Los versículos 1 y 2 nos recuerdan Romanos 3:9-19, pasaje que se refiere no sólo a los judíos, sino también a todos los hombres. Empero Israel, como poseedor de “la palabra de Dios”, tiene esta responsabilidad suplementaria: haber desechado voluntariamente el conocimiento y olvidado la ley (v. 6; Romanos 3:2). Se apegó a los ídolos al dejar “a su Dios” (fin del v. 12). Cristianos, ¿no nos dice nada esta última expresión? Existen mil maneras y oportunidades —cada uno tiene las suyas— de sustraernos a la autoridad que el Señor debe tener sobre nuestra vida.

Esta vez, ¿cuál será el castigo del miserable pueblo? El más terrible que se pueda imaginar: el abandono. Su estado es incurable, sin esperanza. Dios renuncia a retenerle y declara: “Me olvidaré de tus hijos” (v. 6). “No castigaré a vuestras hijas” (v. 14) y más adelante: “Efraín es dado a ídolos; déjalo” (v. 17). Sin embargo, ese horrible cuadro de la corrupción de las diez tribus por lo menos debe servir de advertencia a Judá. Gilgal con Bet-el (casa de Dios; luego Bet-avén), lugares de promesas y de bendiciones en la historia de Israel, llegaron a ser centros de iniquidad y capitales de la religión profana. Jehová solemnemente manda a Judá que no suba a ellas (v. 15).

Oseas 5:1-15

El profeta se dirige muy especialmente a los principales de Israel: los sacerdotes y la casa del rey. Éstos, quienes debían haber dado el ejemplo, fueron un lazo para el pueblo (v. 1). El resultado es catastrófico: “Se han abismado en el degüello estos apóstatas” (v. 2, V.M.)

En el capítulo 4:15 Jehová había instado a Judá a que no imitara a Efraín. ¡En vano! Tan pronto como hubo anunciado la caída de este último, el versículo 5 agrega: “Judá tropezará también con ellos”. ¡Qué inconsecuencia y qué soberbia la de esos desdichados israelitas! “Sus malas obras no les permiten volver a su Dios” (v. 4, V.M.) Sin embargo, como si tal cosa, se acercan a Jehová con sacrificios. Y no le hallan (v. 6), porque es ultrajar a Dios pretender cumplir un servicio religioso sin estar previamente en regla con él respecto de nuestros pecados. Efraín, pese a que descubre su enfermedad (v. 13), no se dirige al gran Médico, reconociéndose culpable (v. 15), sino que se vuelve hacia Asiria, al rey Jareb. De igual manera actúan muchas personas. Cuando su conciencia les molesta, antes que humillarse ante Dios, buscan ayuda y diversión en un mundo que no las puede curar.

Oseas 6:1-11

Oseas acaba de enunciar lo que Dios espera para sanar a Israel: “que reconozcan su pecado” (cap. 5:15). ¿No es conmovedor ver cómo inmediatamente después el profeta toma al pueblo de la mano —por decirlo así— y le exhorta: “Venid y volvamos a Jehová”? El que hirió vendará nuestras llagas. Un pastor de ovejas explicó cómo le fue necesario quebrar una pata a una indócil oveja para hacerla dependiente de él y para que le tomara afecto por sus cuidados. El versículo 4 vuelve a hacer el retrato moral del pueblo… y por desdicha el de muchos cristianos. ¿A cuántos que tuvieron una conversión llena de promesas, ahora se les podría dirigir este reproche: “La piedad vuestra es como nube de la mañana, y como el rocío de la madrugada, que se desvanece”? (v. 4; Apocalipsis 2:4). ¡Oh, el Señor mantenga en nuestros corazones la frescura de nuestros afectos por él, pese a los contactos desgastantes con este mundo! Efraín y Judá en vano traían animales para los sacrificios (cap. 5:6). Jehová les dice: “Misericordia quiero, y no sacrificio” (v. 6 que el Señor cita dos veces a los fariseos: Mateo 9:13; 12:7). El amor por Cristo y el amor al prójimo, que dimana de aquél, es el único móvil que Dios reconoce para cualquier servicio (1 Corintios 13:1-3).

Oseas 7:1-16

“Yo quería sanar a Israel” (v. 1, V.M.) “Yo los iba a redimir” (v. 13, V.M.) Tal es también el pensamiento del Señor respecto a usted, amigo todavía inconverso. Pero es necesario que su deseo responda al Suyo (Juan 5:6). Más tarde Jesús también dirá a Jerusalén: “¡Quise juntar a tus hijos… y no quisiste!” (Lucas 13:34).

Ya consideramos el deplorable estado moral de Israel bajo los rasgos de una mujer adúltera (cap. 2) y de una novilla indómita (cap. 4:16). Aquí sucesivamente se lo compara con una masa de pan leudado (v. 4), una torta no volteada (v. 8), una paloma incauta (v. 11) y un arco engañoso (v. 16). Con tono irónico Jehová condena tanto su soberbia como su falta de inteligencia. Mezclarse con extraños tuvo por efecto consumir la fuerza de Efraín. Las “canas” son la señal de que está bajando la energía…“mas él no lo sabe” (v. 9, V.M.) En lo que nos concierne, sepamos que confraternizar con el mundo, bajo cualquier forma que sea, hace perder al creyente su comunión con el Señor y le priva, pues, de toda energía espiritual, sin que él tenga conciencia de ello. El ejemplo de Sansón lo confirma de la más solemne manera (Jueces 16; léase v. 19-20).

Oseas 8:1-14

Los juicios anunciados por la trompeta caerán sobre el pueblo culpable (comp. Mateo 24:28 y 31; Apocalipsis 8:6). Por más que proteste: “Dios mío, te hemos conocido”, Israel merecerá esta implacable respuesta: “Os digo que no sé de dónde sois” (Lucas 13:27). Mateo 7:21 cita a esos falsos cristianos que exclaman: “Señor, Señor”, sin haberse preocupado nunca por la voluntad divina. Así, los versículos 2 a 4 subrayan la contradicción entre la expresión “mi Dios” y el espíritu de completa independencia manifestada por el pueblo. Mientras que en otros tiempos era Dios quien designaba a los reyes y ordenaba lo concerniente al culto, ahora Israel mismo había escogido a sus príncipes y había echado las bases de una religión idólatra (v. 4, 5 y 11; 1 Reyes 12:20, 28-33). Hoy, en la cristiandad, cada uno cree poder decidir de qué manera rendirá culto, y en las sectas y las iglesias existe lo que satisface todos los gustos.

Los hijos de Israel serán “como vasija que no se estima” (v. 8; Isaías 30:14). “No los quiso Jehová” (v. 13). ¡Ojalá podamos ser, cada uno de nosotros, un “instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra”! Pero no olvidemos las obligaciones de “todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2 Timoteo 2:19-22).

Oseas 9:1-17

Los acontecimientos históricos que corresponden a esas profecías son relatados en los capítulos 15:8 a 17:18 del segundo libro de los Reyes. Los últimos soberanos de Israel habían creído que sería buena política apoyarse alternativamente en Egipto y Asiria (v. 3; comp. cap. 7:11-12 y 2 Reyes 17:4). Esto fue precisamente su perdición. Por su lado, los que habían escapado de Jerusalén y de Judá buscaron refugio en Egipto (en Memfis), antes que quedarse “en la tierra de Jehová” como les instaba Jeremías (v. 6; Jeremías 42:10 y 19). ¡Ay!, ¿no nos parecemos a ellos? Cuántas veces en presencia de una dificultad buscamos la ayuda de los hombres antes que la del Señor (Salmo 60:11). Efraín debía ser privado de hijos, quedar estéril y sin fruto para Dios, como la higuera a la que el Señor maldijo (v. 16; Marcos 11:12-14). Esa profecía se cumplió con la actual dispersión de las diez tribus hasta su restablecimiento para el reino de mil años. En cuanto a los judíos propiamente dichos (Judá y Benjamín), su suerte, desde que rechazaron al Mesías, es la de ser “errantes entre las naciones” (v. 17; Deuteronomio 28:64-65). Al no haber conocido el tiempo de su “visitación” en gracia (Lucas 19:44 fin), debían ser visitados por el juicio (v. 7).

Oseas 10:1-15

“Será, pues, el pan de ellos para sí mismos” declaraba el versículo 4 del capítulo 9. “Israel… da abundante fruto para sí mismo” continúa nuestro versículo 1. He aquí la oportunidad para preguntarnos qué uso hacemos de lo que el Señor nos ha confiado: fuerzas, inteligencia, memoria, ratos de ocio, bienes materiales. ¿Los utilizamos para su servicio o para la satisfacción de nuestras codicias?

Con sarcástico tono los versículos 5 a 8 comentan la desaparición del becerro de oro en Bet-el (Bet-avén), la emoción de los sacerdotes idólatras y la del pueblo, luego la destrucción de Samaria y el fin de su último rey, quien lleva también el nombre de Oseas. Pero además hallamos en ellos una alusión al infortunio de Israel cuando atraviese la tribulación final que no tendrá precedente. El Señor, yendo a la cruz, citó el final del versículo 8 a las hijas de Jerusalén (Lucas 23:30). “Vendrán días…” «¡Ah! —escribió alguien— ¿no era tiempo todavía para sembrar en justicia, segar según la piedad, roturar un campo nuevo, empezar una nueva vida, producto de un nuevo nacimiento?…» Este versículo 12 se dirige solemnemente a todos los que postergan para más tarde la cuestión de su salvación: “Es el tiempo de buscar a Jehová”. Quizás mañana usted no le halle más (léase Isaías 55:6-7).

Oseas 11:1-12

El versículo 1 está citado en Mateo 2:15 con motivo del viaje de Jesús, cuando niño, a Egipto. Como Israel había fallado por completo, Dios le sustituye por su Hijo (comp. Isaías 49:3). Él volverá a empezar la historia del pueblo y esta vez enteramente para la gloria de Dios.

Después de haber designado misteriosamente a Aquel que cumplirá sus pensamientos de gracia y salvación, Dios puede dejar que su corazón hable libremente. El castigo que se vio obligado a ejecutar fue todavía más doloroso para él mismo que para el pueblo. Su compasión de Padre lo conmovieron para con su hijo rebelde. Recuerda cómo había enseñado a caminar a Efraín, tomándole de los brazos y dándole de comer (v. 3-4). Lo había liberado de su esclavitud y unido a sí mismo, pero con vínculos de amor. Cuán triste es ver a Efraín inconsciente de su ruina moral (cap. 7:9) y, a la vez, de los cuidados del amor divino: “no conoció que yo le cuidaba” (v. 3).

Amigo, si usted se ha alejado del Señor, sepa que durante todo ese tiempo él se preocupa por restaurarle. La misericordia del Señor responde a su desgracia. ¿No le conmueve? Déjese atraer, déjese traer de vuelta por las cuerdas de Su amor.

Oseas 12:1-14

Efraín tiene las mismas disposiciones que más tarde tendrá la iglesia de Laodicea. Pronuncia las mismas palabras de satisfacción: “Me he enriquecido” (v. 8; Apocalipsis 3:17). Pero Dios no mira la prosperidad exterior. Moralmente, este pueblo es desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo, como lo es ahora para Dios la cristiandad que lo es sólo de nombre. Por medio de su mentira, su fraude, su mundanería y su confianza en el hombre, Efraín lo hizo todo para provocar la ira de Jehová, quien le pagará su oprobio (v. 14; Deuteronomio 28:37). Sin embargo, para mostrar que el camino del arrepentimiento todavía está abierto, Dios se sirve de la historia de Jacob, quien fue un astuto calculador, el suplantador de su hermano. Pero un día el patriarca encontró a Dios en Peniel, luchó con él y triunfó, no “con su poder”, sino por medio de sus lágrimas y sus súplicas. Más tarde en Bet-el, después de haber purificado su casa, aprendió a conocerle por su nombre, el Dios omnipotente (Génesis 32:24-30; cap. 35). Clamar al Señor, humillarse, quitar los dioses extraños es lo que hizo Jacob pero no Efraín. Nosotros, no dejemos de hacerlo, valiéndonos del versículo 6: “Tú, pues vuélvete a tu Dios; guarda misericordia y juicio, y en tu Dios confía siempre” (comp. Isaías 31:6).

Oseas 13:1-16

«Nada hay más conmovedor en la boca de Dios que esa mezcla de reproches, ternura y llamados a volver a momentos más felices. Pero todo fue en vano; Dios tuvo que juzgar y recurrir a su soberana gracia, la que llevará a Israel al arrepentimiento y a él» (J.N.D.) “No conocerás a… otro salvador sino a mí” dice Jehová. Efraín deberá convencerse de ello después de haber esperado en vano que sus reyes y sus jueces lo librasen (v. 10). “En ningún otro hay salvación” confirma Hechos 4:12 al hablar del nombre del Señor Jesús.

Dios conoció a su pueblo en el desierto. Entonces Israel andaba en pos de él en tierra no sembrada (v. 5; Jeremías 2:2). Como lo dijo alguien, mientras no había más que Dios y la arena, le era muy necesario contar con Jehová a cada paso; más tarde, en cambio, la prosperidad con la saciedad contribuyeron a su culpable alejamiento (v. 6; Deuteronomio 32:15 y 18). Por desdicha, así ocurre a menudo en la vida del cristiano. Tan pronto como piensa que no ha de contar con el Señor para sus necesidades de cada día, corre el riesgo de enorgullecerse y olvidar al Dios de quien depende.

1 Corintios 15:55 se hace eco del grito de victoria del versículo 14. A partir de la promesa tocante a la liberación final de Israel, el Espíritu eleva nuestras miradas hacia la resurrección y hacia Aquel que venció la muerte.

Oseas 14:1-9

Como conclusión del largo debate de Jehová con su pueblo se entabla un maravilloso diálogo. El Espíritu dicta a Israel palabras de arrepentimiento (v. 2 y 3). Dios, atento al primer movimiento de retorno (comp. Lucas 15:20), en seguida promete: “Yo sanaré su rebelión” (v. 4). En efecto, abandonar al Señor es la más grave de las enfermedades, pues alcanza al alma. “Los amaré de pura gracia” agrega Jehová. Entonces sus afectos podrán expresarse sin obstáculo por medio de las más ricas bendiciones (v. 5-7). ¿Y cómo responderá Efraín? Lo hará repudiando toda relación con los ídolos (v. 8). En lo sucesivo, el amor de su Dios le bastará.

En cuanto a nosotros, ¿nos es suficiente el amor de Jesús? Como dice un cántico: «Si él quiere que nuestro corazón le ame – enteramente y sin rodeos, – primero es porque él mismo – es inmutable en su amor». Y si permanecemos en su amor, se complacerá en producir fruto por medio de nosotros (v. 8 fin; Juan 15:8-10).

Así termina esta profecía de Oseas, cuyo nombre era una promesa, ya que significa liberación. Si más de una vez hemos podido reconocernos bajo los rasgos de Efraín, aceptemos las mismas serias advertencias que él recibe. “¿Quién es sabio?…” ¿No es aquel que, en todo tiempo, entiende los pensamientos de Dios y anda por sus caminos? (v. 9).

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