Gálatas

Gálatas 1:1-10

El apóstol Pablo dirigió a las iglesias de Galacia una epístola severa. No se trataba de un pecado moral como el de los corintios, sino un mal doctrinal de los más graves. Estos desdichados gálatas, engañados por falsos maestros, estaban abandonando la gracia, único medio de salvación, para volverse a una religión de obras. Pablo reafirma el carácter absoluto de la Verdad divina. Es una, es completa, es perfecta, porque la Verdad es Cristo mismo (Juan 14:6).

A veces se oyen espíritus fuertes que sostienen –en el fondo para justificar su incredulidad– que cada pueblo ha recibido su propia revelación, es decir, la religión que mejor se adapta a su carácter y civilización. ¡Nada más falso! Existe un único Evangelio, el que proclama que “nuestro Señor Jesucristo… se dio a sí mismo por nuestros pecados”. ¿Cuál es la consecuencia de ello? “Librarnos del presente siglo malo…”, prosigue el apóstol (v. 4).

El versículo 10 nos recuerda otra verdad capital: la preocupación por agradar a los hombres nos hace perder la calidad de siervos de Cristo. ¿Verdaderamente deseamos agradarle a él, y sólo a él? (1 Tesalonicenses 2:4).

Gálatas 1:11-24

¡Qué dicha para nosotros poder depositar toda nuestra confianza en la Palabra de Dios! Si el Evangelio anunciado por Pablo hubiera sido “según hombre”, entonces los gálatas habrían tenido motivo para aceptar complementos o modificaciones. Pero no había nada de eso. Y para atestiguar bien la fuente divina de su ministerio, el apóstol cuenta la extraordinaria manera en que le había sido confiado. Dios lo había apartado (v. 15), Dios había revelado a su Hijo en él, Dios incluso le había formado en Su escuela, sin maestros humanos, en el desierto de Arabia. Además, Cristo lo había llamado directamente desde el cielo (Hechos 9).

Por su conducta anterior a su viaje a Damasco, el apóstol Pablo nos enseña que se puede ser completamente enemigo de Dios pese a ser absolutamente sincero (Juan 16:2). Pero, ¡cuánto quería ahora esa Iglesia de Dios a la que, en otro tiempo, “perseguía sobremanera”! ¡Imitemos esa consagración al Señor y a los suyos, ese celo para predicar la fe! (v. 23). Pero notemos que antes de pedirnos que hablemos a otros de su Hijo, Dios se agrada en “revelarlo” en nosotros (v. 16), y quiere producir en nuestro corazón el incomparable conocimiento de Cristo para que nuestro testimonio emane de él (2 Corintios 4:6).

Gálatas 2:1-10

El relato que Pablo hace de las circunstancias de su apostolado completa lo que sabemos de él por medio del libro de los Hechos. El Señor había confiado a Pedro la predicación del Evangelio a los judíos, mas Pablo había sido elegido para predicar ese mismo Evangelio a las naciones (gentiles) (v. 8). Su encuentro con los demás apóstoles no podía, pues, anular un llamamiento recibido del Señor. Pero sí, tomó tan a pecho la recomendación que ellos le hicieron de que se acordara de los pobres que esto llegó a ser, indirectamente, el motivo de su encarcelamiento en Jerusalén (Hechos 24:17). ¿Qué nos enseñan esas relaciones de los apóstoles entre sí? Que debemos estimar el servicio de los demás y velar para no excedernos en el nuestro, sino cumplirlo sin desfallecer y sin hacer “acepción de personas” (v. 6).

El libro de los Hechos confirma hasta qué punto los primeros cristianos de origen judío habían tenido dificultad para desligarse de los mandamientos: circuncisión y observancia de la ley. En Jerusalén había tenido lugar una conferencia para tratar esas cuestiones (Hechos 15). Pero Satanás no renuncia gustoso a un arma de la cual ya se ha valido con éxito. A su vez los gálatas, aunque no eran judíos, habían caído en esa trampa, y Pablo se esfuerza en mostrarles el terrible peligro que eso conlleva.

Gálatas 2:11-21

¿En qué consistía la gravedad de aquel retorno a la ley? ¿Por qué Pablo lo toma tan a pecho hasta el punto que va a reprochar públicamente a Pedro su actitud equívoca? (v. 11-14). Porque el hecho de alentar a los creyentes a judaizar y a hacer obras quería decir que la obra de Jesús no era suficiente. Es lo que parecen pensar aún innumerables cristianos. Reconocen, en principio, el valor expiatorio del sacrificio de Cristo, pero al mismo tiempo fundamentan su salvación en sus propias obras y la práctica de la religión. «Hacen lo que pueden», como dice la expresión, y cuentan con Dios para el resto. Les replicaremos con el versículo 16: “El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo”. ¿Un medio tan simple? ¡Sí, pero proporcionado por una persona tan grande! Es “el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (v. 20). ¿Qué parte me corresponde en esta obra? La que puede tener un muerto, es decir, ninguna. Como estoy crucificado con Cristo, estoy liberado de la ley; “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. Amigo lector, a quien el Señor ama, ¿puede verdaderamente apropiarse de esas dichosas declaraciones?

Gálatas 3:1-14

El plan general de la epístola puede delinearse así: capítulos 1 y 2: testimonio personal del apóstol Pablo; capítulos 3 y 4: doctrina de la salvación por la fe; capítulos 5 y 6: vida práctica del redimido bajo la gracia.

El corazón del apóstol estaba consternado; su celo por la verdad era duplicado por su entrañable amor hacia los pobres gálatas. ¿Qué espíritu de extravío pudo haberlos seducido hasta el punto de olvidar la gracia de Dios? ¡Por desdicha, muchos creyentes hoy en día se les parecen! Cristo crucificado les fue presentado (v. 1). Creyeron en él y mediante el Espíritu Santo recibieron la seguridad de la salvación. Pero no le han confiado la conducción de su vida cristiana. “Habiendo comenzado por el Espíritu”, acaban por la carne (v. 3). Y ¿piensa usted que Dios, después de habernos justificado, pueda contar con nosotros para acabar su obra? No, y por eso la misma fe que nos salva es también la que necesitamos para vivir (v. 11). La justa ley de Dios, en cambio, sólo podía hacernos morir, maldecirnos, pues éramos incapaces de cumplirla. Fue necesario que Cristo nos sustituyera bajo esa maldición de la ley. Él pagó el terrible precio para rescatarnos; llevó esa maldición cuando tomó en la cruz el castigo que nosotros merecíamos. ¡Por siempre sea bendecido!

Gálatas 3:15-29

El apóstol Pablo explica por qué la ley no cambia en nada las promesas divinas. Éstas son anteriores a aquélla y Dios no se retracta. Y, sobre todo, han sido hechas a la simiente de Abraham, es decir, a Cristo (v. 16). Nada podría anular o contradecir lo que Dios garantiza a su Amado… y a los que le pertenecen. “Entonces, ¿para qué sirve la ley?” (v. 19). Se la ha comparado a un espejo: la ley me muestra mi suciedad moral, pero es tan incapaz de quitármela como un espejo lo es de lavarme. Ésta no es su función. La ley sólo me convence de pecado y por eso mismo me lleva a Cristo (v. 24). Después de haber conseguido esto, ha acabado su papel, al igual que ocurre con el instructor que ha preparado a su alumno para ascender al grado superior. ¡Qué penosa escuela la de la ley! Me enseña que soy pecador pero no me vuelve justo; me revela que estoy muerto pero no tiene el poder para hacerme vivir; me hace ver que carezco de fuerza pero no me provee ninguna. Sin embargo todo lo que me falta lo encuentro entonces en Jesús.

El bautismo es la señal pública de que el redimido ha sido puesto aparte para Cristo por medio de Su muerte. Usted que ha sido bautizado, ¿es realmente un hijo “de Dios por la fe en Cristo”? ¿Está verdaderamente revestido de Cristo? (v. 26-27). Llevar un uniforme al que no se tiene derecho es un fraude y un abuso de confianza.

Gálatas 4:1-18

Dios había dado otra cosa además de la ley: promesas incondicionales. Éstas emanaban de su amor y de su gozo en bendecir tanto a las naciones como a los judíos. Menospreciar semejante don es despreciar su amor. Pretender, por ejemplo, pagar el regalo que uno recibe, es ofender al donante. ¡Cuánto se aflige el corazón de Dios al ver, en particular, a tantos cristianos que olvidan la libertad del Espíritu para sustituirla por pobres y fastidiosas prácticas! ¿Qué prueba esto? Que esos hijos de Dios conocen muy poco a su Padre celestial. Es comprensible que un inconverso se contente con “débiles y pobres rudimentos” porque no conoce nada mejor. “Mas ahora” –dice el versículo 9– “conociendo a Dios” y siendo conocidos por él (1 Corintios 8:3), no nos dejemos sujetar por esas ataduras, ni toleremos nada que sea indigno de él. Confiemos plenamente en su amor.

En el versículo 12 el apóstol interrumpe su exposición para hablar al corazón de sus queridos gálatas. Les recuerda la benevolencia y abnegación de ellos hacia él. Desgraciadamente, los afectos que la ausencia entibia son débiles afectos. Las convicciones que menguan tan pronto como se va el siervo de Dios que fue utilizado para generarlos, son débiles convicciones. ¿Qué es de nuestro amor cristiano? ¿Qué es de nuestra fe?

Gálatas 4:19-31

El apóstol Pablo estaba angustiado y perplejo. ¿Había sido vano su paciente trabajo? (v. 11). Se vio obligado a enseñar nuevamente a los gálatas los primeros rudimentos del Evangelio. Aprovechemos esta ocasión para volver a aprenderlos con ellos. Pablo se lamenta por no poder enseñar de viva voz a sus hijos espirituales (v. 20), pero comprendemos la razón de ello: Dios quería darnos esta epístola. Sin embargo, usted dirá que actualmente nosotros no corremos el riesgo de volver a colocarnos bajo la ley mosaica. ¡Decir esto es conocernos mal! Cada vez que nos complacemos en nuestra conducta, con la impresión de que Dios nos debe algo a cambio, no es ni más ni menos que legalismo. Cada vez que tomamos una resolución sin contar con el Señor, cada vez que nos comparamos con otros para nuestro provecho, manifestamos ese espíritu de propia justicia, enemigo declarado de la gracia (v. 29). Para ilustrar esta enemistad, Pablo evoca a los dos hijos de Abraham: Isaac, hijo de la promesa, es el único que puede heredar. Ismael, hijo según la carne, nacido de Agar la esclava, no tiene ningún derecho a las riquezas y bendiciones paternas. ¿Pertenecemos todos a la Jerusalén de arriba? Junto con Abraham, Isaac y Jacob, ¿somos “coherederos de la misma promesa”: la Ciudad celestial? (v. 26; Hebreos 11:9-10 y 16).

Gálatas 5:1-15

El hombre siempre ha considerado la libertad como el más valioso de los bienes. Pero, ¿dónde puede gozar de ella verdaderamente? Como un pobre esclavo de sus pasiones, nace y muere con cadenas remachadas a su corazón. Sólo Jesús puede liberarlo (v. 1; Juan 8:36). Entonces surge otra pregunta: ¿Qué uso hará de su libertad el redimido del Señor? ¿Volverá a ponerse deliberadamente bajo el riguroso yugo de la ley? Sería una actitud tan absurda como la de un presidiario que expresara el deseo de volver a la cárcel. Entonces, ¿usará su libertad “como ocasión para la carne”? (v. 13). Sería hacer el camino inverso al de los tesalonicenses, dejar de estar al servicio de Dios para volver a someterse a la tiranía de los ídolos de este mundo (véase 4:8-9; Lucas 11:24-26; 1 Tesalonicenses 1:9). No, esa libertad tan costosamente pagada por su Salvador en la cruz, el creyente debe usarla para servir a su prójimo. De ese modo, finalmente cumplirá la ley, ya que ésta se resume en una palabra (v. 14): amor. “El que ama al prójimo, ha cumplido la ley” (Romanos 13:8-9). Cumple así también con el mandamiento del Señor Jesús, cuyo último y más precioso anhelo fue que nos amáramos los unos a los otros como él nos amó (Juan 13:34; 15:12 y 17).

Gálatas 5:16-26

En el capítulo 7 del evangelio según Mateo, el Señor explica cómo reconocer si una obra es de la carne o si proviene del Espíritu: “No puede el buen árbol dar malos frutos” (v. 16-20; Juan 3:6). Los de los versículos 19 a 21 del presente capítulo sólo pueden proceder del árbol malo: la carne. Y ella está en cada uno de nosotros con las mismas temibles posibilidades. Pero, si somos “de Cristo” (v. 24), en nosotros mora otro poder activo: el Espíritu Santo. Éste nos hace vivir y andar (v. 16, 25); se opone a la carne y nos conduce (v. 17-18); hace madurar su propio fruto, el cual es imposible que sea confundido con otro; precioso racimo cuyos nueve exquisitos “granos” enumera el versículo 22: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Pero un árbol puede permanecer estéril si toda su fuerza se malgasta en inútiles retoños que brotan de su pie. ¿Qué hace entonces el hortelano? Corta esos retoños para que la savia circule de nuevo en abundancia por las ramas injertadas. Ése es el alcance del versículo 24. “Los que son de Cristo” han crucificado la carne en el momento de su conversión. Por la fe han sometido a sentencia de muerte toda su naturaleza (el árbol silvestre ha sido cortado para ser injertado). De ahí en adelante tienen que juzgar las manifestaciones de su vieja naturaleza: pasiones y codicias. “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (v. 25).

Gálatas 6:1-18

Este capítulo nos enseña cómo obrar para con un hermano que ha caído, sin perder de vista nuestra propia responsabilidad (v. 1) ni olvidar nuestro deber para con los que son agobiados por sus cargas (v. 2), para con “los de la familia de la fe” y para con todos, haciéndoles bien (v. 10). Sembremos con miras a segar “a su tiempo”. Hay un principio muy evidente: el fruto tendrá inevitablemente la misma naturaleza que la semilla. Sólo un loco podría esperar recoger trigo allí donde sembró cardos. La carne siempre engendra corrupción, mientras que del Espíritu brota vida eterna (v. 8; 5:22; comparar con Oseas 8:7; 10:13). Así, pues, ahora es necesario elegir el modo de sembrar; más tarde todo pesar será vano.

El creyente fue declarado “muerto para la ley” (2:19) y muerto para la carne (5:24). Aquí se le considera muerto para el mundo y recíprocamente (v. 14). Desde entonces, el mundo no tiene más derechos sobre mí, así como yo tampoco los tengo para interesarme en él. Entre él y yo se levanta una infranqueable barrera: “la cruz de nuestro Señor Jesucristo”, mi liberación y mi gloria. Por un lado hay “una nueva creación”, y por otro no hay “nada” que Dios pueda reconocer (v. 15). ¡Que podamos estar de acuerdo con él en los principios y en la práctica!

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