Esdras

Esdras 1:1-11

Por medio de Jeremías, de antemano Jehová había fijado en 70 años la duración del cautiverio en Babilonia. Aquellos que, como Daniel, escudriñaban las Escrituras, habían tenido, pues, la posibilidad de conocer el próximo fin de aquella situación (Daniel 9:2). Los 70 años se cuentan desde el primer año de Nabucodonosor, el responsable de la transportación, hasta el primero de Ciro, quien le puso fin (Jeremías 25:1 y 11). Unos dos siglos antes Jehová ya había designado a ese último rey por su nombre (Isaías 44:28 y 45:1). Sin duda alguna, Ciro tuvo conocimiento de esa profecía porque era consciente de ser el instrumento escogido por Dios para el restablecimiento de su culto.

Al mismo tiempo Jehová “despertó” el espíritu de un cierto número de judíos cautivos (Esdras 1:5), de los que llorando se acordaban de Jerusalén y que la habían puesto “como preferente asunto de su alegría” (véase Salmo 137:1 y 5-6). Amigos creyentes, también nosotros estamos “en tierra de extraños”. ¿Aspiramos a los gozos de la santa ciudad? Nuestro espíritu ¿fue “despertado” para esperar al Señor Jesús? Él es el gran Rey, centro de la profecía, a quien pronto Dios le dará todos los reinos de la tierra (Esdras 1:2) a fin de que restablezca Su alabanza y Su gloria.

Esdras 2:1-2; Esdras 2:59-70

La ruta de Jerusalén está abierta. ¿Cuáles son aquellos que van a aprovechar tal circunstancia? Un poco menos de cincuenta mil personas de las diversas clases del pueblo. Y además, cierto número de ese débil remanente no está en condiciones de demostrar que efectivamente forma parte de Israel. Hasta sacerdotes han sido negligentes, lo que les va a impedir ejercer sus santas funciones. ¡Muchos cristianos son como esos israelitas! No pueden afirmar con certeza que son hijos de Dios. Si tal fuera el caso de uno de nuestros lectores, remítase a su «inscripción genealógica» (v. 62). La hallará en la Biblia. Debe apoyarse firmemente en pasajes como Juan 1:12, 1 Juan 5:1 y 13. Muchas almas inseguras hallaron en esos versículos, y en otros, la indiscutible prueba de que pertenecían a la familia de Dios.

Dios tiene los ojos puestos en ese remanente sin fuerza. Lo contó con cuidado y va a velar tiernamente sobre él. No sólo a causa de Su misericordia, sino también porque tiene un gran pensamiento para sí: a los descendientes de esos judíos que volvieron a su país debe serles presentado el Cristo, el Mesías de Israel, después de catorce generaciones (Mateo 1:17).

Esdras 3:1-13

El salmo 137 nos muestra, cerca de los ríos de Babilonia, a los cautivos de Judá incapaces de cantar a causa de su tristeza. Pero ahora experimentan lo que dice el salmo 126: “Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion... nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza... grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros; estaremos alegres” (v. 1-3). Además, ¿no es ésta la orden divina? (Isaías 48:20). Celebran la fiesta de los “tabernáculos”, fiesta de la alegría (en Esdras 3:11, los vemos también cantar). Su primer pensamiento es para el altar de Jehová, al que colocan “sobre su base”. Su motivación es notable: “Porque tenían miedo de los pueblos” (v. 3). El temor los ímpele no a organizar su protección sino a estrechar filas alrededor de Jehová, quien los defenderá.

Luego se ponen los fundamentos de la nueva casa. Esto da lugar a una conmovedora ceremonia en la que el gozo y el lloro son igualmente oportunos (véase Jeremías 33:11). ¡Qué contraste con el primer templo! El mismo contraste existe entre los comienzos de la Iglesia según el libro de los Hechos y el débil testimonio colectivo que los creyentes pueden dar en medio de la actual ruina.

Esdras 4:1-16

La toma de posición de los hombres de Judá no dejó de atraer la atención de los pueblos circundantes. He aquí que vienen con un seductor ofrecimiento. “Edificaremos con vosotros, porque como vosotros buscamos a vuestro Dios...” (v. 2). ¿No era muy amable de parte de ellos? El trabajo avanzaría mucho más rápido. Y con un rechazo se correría el riesgo de herir a ese gente. Pero los jefes de los judíos no se dejan engañar. Firmemente rehúsan la proposición, al contrario de Josué y los príncipes, quienes en otros tiempos habían caído en semejante trampa (Josué 9). Para trabajar en la obra de Dios se debe necesariamente pertenecer al pueblo de Dios. Contrariamente a lo que sugeriría un falso amor o simplemente el deseo de no causar pena a alguien, no temamos mantener una clara separación con los ambientes religiosos cuyos principios son confusos.

Lo que sigue revela quiénes eran esos benévolos ayudantes: ¡enemigos! Como su ardid no tiene éxito, descubren su juego y recurren a las amenazas. Luego, cambiando aun de táctica, dirigen una carta acusadora a Artajerjes, el nuevo jefe del imperio.

Esdras 4:17-24; Esdras 5:1-5

Para hacer cesar el trabajo de los hijos de Judá, sus enemigos emplearon sucesivamente la astucia (v. 2), la intimidación (v. 4-5) y las acusaciones (v. 6-16). Ahora que han obtenido del rey el apoyo deseado, recurren a una nueva arma: la violencia. Se apresuran a ir a los judíos para obligarlos “con poder y violencia” a cesar su trabajo. Pero la verdadera causa de la detención de la obra es diferente. El profeta Hageo nos la da a conocer en su primer capítulo: es la falta de fe y la negligencia del pueblo mismo. En el curso de los años (quince más o menos) que transcurrieron desde la colocación de los fundamentos, poco a poco decayó el interés por la casa de Dios y cada uno comenzó a preocuparse por su propia casa. ¡Ay! creyentes, ¿no conocemos también semejantes períodos de bajón espiritual? El Señor y su casa (la Asamblea o Iglesia) pierden valor para nuestro corazón. En la misma proporción aumenta el cuidado que tenemos por nuestros propios asuntos. Pero Dios no quiere dejarnos en ese estado. Él nos habla como lo hace aquí con Judá. A la voz de Hageo y de Zacarías el pueblo se despierta, sale de su indiferencia y vuelve a poner manos a la obra.

Esdras 5:6-17

Mientras los judíos reemprenden el trabajo bajo “los ojos de Dios” (Esdras 5:5; Salmo 32:8), por su lado los adversarios vuelven a sus maquinaciones.

En tanto nuestra vida cristiana sea lánguida y busquemos nuestros propios intereses, no incomodaremos al diablo. Y él mismo se cuidará de no molestar nuestra somnolencia. Le conviene perfectamente. Pero si el Señor despierta nuestro corazón y nuestro celo por él mediante su Palabra, en seguida hallamos de nuevo a Satanás en nuestro camino (véase 1Corintios 16:9).

El gobernador y sus colegas renuevan la táctica que les había dado tanto resultado en el capítulo anterior: escriben al rey Darío para tratar de obtener su intervención, pero esta vez escondiendo su hostilidad bajo una aparente indiferencia, casi tolerancia. Su carta, que reproduce las declaraciones de los ancianos de los judíos, involuntariamente constituye un hermoso testimonio en favor de aquéllos (v. 11 y siguientes). Esos ancianos no tuvieron vergüenza de declararse siervos de Dios, ni de exponer lo que Jehová hizo por ellos, aun cuando esto los obligó a confesar las faltas de sus padres.

Esdras 6:1-12

Se ha despachado, pues, una nueva carta de los acusadores a la capital. Pero ella se va a convertir en causa de su propia confusión.

Las investigaciones que Darío hace emprender no sólo permiten volver a encontrar el edicto de Ciro, sino que en su respuesta el rey mismo se interesa por la causa del remanente de Judá y de la construcción del templo. Y, para colmo, ordena precisamente a los enemigos de los judíos que brinden a estos toda la ayuda que necesiten. Finalmente, el decreto de Darío es acompañado por las peores amenazas contra aquellos que cambiaran en él lo que fuera. Tal fue, pues, el resultado de la actitud franca y valiente de los ancianos de los judíos (Esdras 5:11-12; véase Mateo 10:32). Permitió que Jehová les mostrara públicamente su aprobación.

En el versículo 10, es hermoso ver que el rey reconoce la eficacia de las oraciones dirigidas al Dios de los cielos, ya que las pide para él y sus hijos. Ahora ese Dios de los cielos es nuestro Padre; no descuidemos dirigirnos a él. Además, somos exhortados a orar “por todos los hombres”, y precisamente “por los reyes (las autoridades) y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1 Timoteo 2:1-2).

Esdras 6:13-22

Los acusadores de los judíos comprendieron que era preferible para ellos no oponerse a las órdenes recibidas. Las ejecutaron prontamente, aunque con el despecho que uno se puede imaginar.

Así protegidos por las autoridades y disponiendo de nuevos medios, los ancianos de Judá acaban la construcción del templo. Pero, detalle muy notable, si prosperan no lo deben al decreto de Darío, sino “a la profecía de Hageo y de Zacarías hijo de Iddo” (v.14). Ocurre exactamente lo mismo con el creyente. La verdadera fuente de su prosperidad no está en las circunstancias favorables que Dios permite para él en la tierra. Reside en la sumisión a la Palabra de su Dios.

La casa de Dios se inaugura con gozo. Sin embargo, qué contraste con la dedicación del primer templo, cuando 22.000 bueyes y 120.000 ovejas habían sido sacrificados (2 Crónicas 7:5). Y aquí no es cuestión de fuego que desciende del cielo ni de gloria que llena la casa, porque el arca de Dios está perdida; no se la hallará más.

Después de esto, la Pascua y los panes sin levadura se celebraron cada primer mes. Pese a toda la debilidad de esos pobres judíos que volvieron del cautiverio, Jehová los regocijó.

Esdras 7:1-18

Unos cuarenta años transcurrieron entre los acontecimientos del capítulo 6 y los que empiezan en el capítulo 7 con el viaje de Esdras durante el reinado de Artajerjes. En contraste con los sacerdotes negligentes mencionados en el capítulo 2:61-62, Esdras es capaz de presentar una genealogía que se remonta hasta Aarón. Además, él es un “escriba diligente en la ley de Moisés”. Es una cosa muy deseable ser instruido en la divina Palabra. Pero no basta conocerla con la inteligencia y la memoria, como las materias enseñadas en las escuelas. Esa clase de conocimiento sólo serviría para envanecer (1 Corintios 8:1; 13:2). También es necesario amar esa Palabra y a la Persona que ella presenta. ¡Vea a Esdras! Él “había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová” (Esdras 7:10). Y no sólo para inquirir, sino también para “cumplirla”. Porque conocer, aun con el corazón, todavía no es suficiente si no se pone en práctica lo que la Biblia nos ha enseñado (Santiago 1:22). Solamente cuando esas condiciones son cumplidas, uno puede permitirse enseñar a los demás.

Con benevolencia y generosidad, el rey tomó todas las disposiciones necesarias para permitir que Esdras emprendiera su viaje y también se ocupara en el servicio de la casa de Jehová a su llegada.

Esdras 7:19-28

Esdras guardó la Palabra de Dios y no negó Su nombre. Él y los hombres que se reúnen a su llamado van a hacer la experiencia de que tienen poca fuerza (son apenas 1.500), pero, al mismo tiempo, de que Dios puso ante ellos “una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar” (Apocalipsis 3:8). Artajerjes I, llamado Larga Mano, como sus predecesores Ciro y Darío es un instrumento preparado por Jehová para mantener abierta la puerta del regreso a Jerusalén ante el cautivo remanente de Judá. La carta del rey muestra que se preocupa por todo: primero, por el restablecimiento del culto en Jerusalén, con todo lo que es necesario para los sacrificios y el mantenimiento de los sacerdotes y de los levitas; luego, por el establecimiento de las autoridades: gobernadores y jueces; finalmente —cosa notable— da instrucciones a Esdras para que haga conocer a todos las leyes de su Dios (Esdras 7:25). “Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en la mano de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina” (Proverbios 21:1; véase también Proverbios 8:15-16). Esdras bendice a Jehová como a aquel “que puso tal cosa en el corazón del rey”. Ejercitémonos como él en ver siempre “la mano”, sí, “la buena mano de Dios” (Esdras 7:6, 9 y 28; 8:18 y 31) en todo lo que nos ocurre.

Esdras 8:1; Esdras 8:15-30

La reunión tiene lugar junto al río Ahava. Para completar su tropa, Esdras está obligado a mandar a buscar a los levitas. “Los obreros (son) pocos” y “la mies es mucha” declaraba el Señor a sus discípulos (Mateo 9:37). Hoy es así todavía. Él considera a todos sus redimidos en la tierra y cuenta a los que están verdaderamente dispuestos a servirle.

¿Ahora está todo listo para la partida? No; ¡falta aun una cosa esencial! Así como un viajero no se pone en marcha sin haber estudiado el mapa, Esdras se preocupa por el camino que debe seguir. Y consulta a Jehová. “El camino derecho para nosotros, y para nuestros niños” (Esdras 8:21), ¿no es el de la entera obediencia a Dios? Cristo, el primero, lo allanó en este mundo (1 Pedro 2:21). De modo que la Biblia que nos muestra las perfectas huellas de ello, nos sirve —por decirlo así— de «carta de rutas». Sin embargo, a menudo erramos el verdadero y seguro camino porque nos extraviamos en las falsas pistas de nuestra propia voluntad. Humillación, dependencia, confianza en Dios más bien que en el hombre son otras tantas lecciones bendecidas que aprendemos en la compañía de Esdras... o mejor aun del Señor Jesús.

Esdras 8:31-36; Esdras 9:1-4

En el tiempo de la primera vuelta a Jerusalén, Ciro había hecho entregar a los judíos repatriados algunos de los utensilios de la casa de Dios. Esdras y sus compañeros tampoco salieron con las manos vacías. El rey y los que le rodeaban, así como los israelitas que permanecieron en el exilio, hicieron dones para el santuario.

Con esas riquezas que podían tentar a los bandidos, la débil tropa sin escolta —pero protegida por la buena mano de Dios— llegó a Jerusalén. Su primer cuidado fue entregar el precioso depósito en manos de los sacerdotes responsables. Luego, “diligentemente”, como se les había encargado hacerlo (Esdras 7:17), ofrecen sacrificios.

Pensemos en los “talentos” que nos fueron confiados para el camino (Mateo 25:15). ¿Qué caso hacemos de todos esos dones recibidos del Señor: salud, inteligencia, memoria y, ante todo, su Palabra? A la llegada a la celestial ciudad todo será contado y pesado en la balanza del santuario (Esdras 8:33; véase también Lucas 12, fin del versículo 48).

Pero, de repente, la vuelta de Esdras es ensombrecida por lo que él oye respecto del pueblo. Por eso es una escena de dolor y lágrimas a la cual asistimos ahora. “Ríos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley” (Salmo 119:136).

Esdras 9:5-15

Reparemos en la actitud de Esdras en este capítulo e imitémosla. Algún otro habría dirigido los más severos reproches al pueblo. Al contrario, Esdras se coloca ante Dios y se acusa tanto a sí mismo como a todo Israel. Al ofrecer doce becerros y doce machos cabríos (8:35) había refirmado la unidad del pueblo de Dios. Una consecuencia de esa unidad es justamente la común responsabilidad y el sufrimiento compartido (véase 1 Corintios 12:26). ¡Qué lección nos da ese siervo de Dios! No sólo nos enseña que no debemos mostrar con el dedo las faltas de los demás cristianos, sino también que hace falta que nosotros mismos estemos avergonzados y afligidos ante el Señor. “Dios mío, confuso y avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti...” dice el hombre de Dios (Esdras 9:6).

Estas palabras de Esdras son conmovedoras. Oponen la misericordia del Dios de Israel a la ingratitud de su pueblo. Pero, sin dejar de sentir profundamente el peso del pecado, del cual no era personalmente culpable, Esdras no podía hacer nada para quitarlo de delante de la mirada de un Dios santo. Sólo uno estaba en condición de cumplir la expiación. El Hijo de Dios, al cargar con nuestros pecados como si fueran los suyos, pudo declarar en su indecible dolor: “Me han alcanzado mis maldades...” (Salmo 40:12).

Esdras 10:1-19

El ejemplo de Esdras había llevado a humillarse a “todos los que temían las palabras del Dios de Israel” (Esdras 9:4). Ahora, como una respuesta a su oración, ese mismo sentimiento es producido en el corazón de “una muy grande multitud de Israel, hombres, mujeres y niños”. Ser joven no impide entristecerse por lo que deshonra a Dios.

Esas alianzas con personas extranjeras recuerdan una vez más al hijo de Dios la orden terminante del Nuevo Testamento: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos” (2 Corintios 6:14). Pero señalan también la temible trampa de la mundanería. ¿No hemos dejado penetrar a veces esa intrusa en nuestros hogares y nuestras vidas? Y, a menudo, los jóvenes son los primeros en introducirla en la casa paterna. Pero no basta comprobar ese mal a la luz de la Palabra, ni aun humillarnos por él. Es necesario separarnos de él. Por ejemplo, esto nos conducirá a revisar severamente nuestras costumbres... nuestros estantes de libros, nuestra ropa... a fin de eliminar sin piedad esto o aquello. ¡Trabajo desagradable que quizás dure cierto tiempo! (véase Esdras 10:13). Pero éste es el precio de la reanudación de felices relaciones con el Señor.

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