Efesios

Efesios 1:1-14

La epístola a los Efesios considera al creyente en su posición celestial. El cielo no sólo es la futura mansión para el hijo de Dios, pues desde ahora posee allá su morada en Cristo. A un cabeza de familia que trabaja fuera de su domicilio no se le ocurriría confundir éste con la fábrica o la oficina. El estar ausente de su casa no le impide tener allí su hogar, en el que se hallan sus afectos, sus intereses, todo lo que posee. Tal es el cielo para el redimido: un hogar donde se encuentran su tesoro y su corazón (Lucas 12:34); porque allí está su Salvador. Cristo está en el cielo y nosotros estamos en Cristo. Este doble hecho nos asegura nuestro derecho a acceder a las altas y preciosas bendiciones que le pertenecen. Todo lo que concierne al Amado, igualmente concierne a los que son hechos aceptos en él (v. 6). Por eso el apóstol desarrolla el conjunto del propósito de Dios en Cristo –fuente de toda bendición– en esa larga frase (v. 3-14), que no admite ninguna supresión, pues todo está unido y ligado en el pensamiento de Dios. De igual modo, lo que Dios hace por nosotros es inseparable de lo que hace por Cristo, y debe contribuir finalmente a la “alabanza de su gloria” (v. 12) y a la “alabanza de la gloria de su gracia” (v. 6).

Efesios 1:15-23

En su oración dirigida al “Dios de nuestro Señor Jesucristo” (v. 17), el apóstol intercede a favor de los santos para que sepan primeramente cuál es su posición (v. 18) y luego cuál es el poder que los introduce en ella (v. 19-20). «La plenitud de nuestra bendición surge del hecho de que somos bendecidos con Cristo. Asociados a la ruina con el primer Adán, ahora estamos asociados en gloria con el segundo hombre. Como tal, él nos hace participar de todo lo que posee, señal del perfecto amor cuya consecuencia es “la gloria” (Juan 17:22), “el gozo” (Juan 15:11), “la paz” (Juan 14:27) y el amor del Padre (Juan 17:26). No tomará posesión de la herencia sin los coherederos… Pablo no pide que los santos participen de estas cosas –pues ya les pertenecen– sino que gocen de ellas» (J.N. Darby). Y nótese que son los ojos de nuestro corazón los que deben captar esas gloriosas realidades. El amor es la verdadera llave de la inteligencia (Lucas 24:31). Al alumbrar nuestros afectos, el Espíritu nos hace contemplar a Cristo; resucitado y revestido de poder y majestad según el Salmo 8. Su cuerpo –la Iglesia– lo completa como hombre; él es “la cabeza” glorificada en el cielo; ella es “la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”.

Efesios 2:1-10

Los versículos 1 a 3 describen en pocas palabras nuestra trágica condición de otrora. Como “hijos de ira”, andábamos según el mundo, conforme a su príncipe y de acuerdo con nuestros culpables deseos. Pero Dios intervino (v. 4). “Su gran amor” superó semejante miseria: dio vida a los muertos espirituales, los resucitó y, más aun, los hizo sentar en su propio cielo, el mismo lugar donde Cristo está sentado (v. 6; 1:20). No hay posición intermedia: estar muerto en sus pecados o estar sentado en los lugares celestiales. ¿Cuál es la del lector?

Los versículos 8 a 10 atestiguan, por un lado, la inutilidad de nuestras obras para la salvación y, por otro, el pleno valor de la obra de Dios: “Somos hechura suya”. Pero el hecho de estar sentados en los lugares celestiales, ¿nos exime de toda actividad en la tierra? ¡Al contrario! Siendo salvos por gracia, hemos sido creados de nuevo (4:24). Del mismo modo que una herramienta es hecha para un uso preciso, así fuimos creados para cumplir las buenas obras que ese Dios de bondad (v. 7) dispuso de antemano en nuestro camino (Salmos 100:3; 119:73). No es que él tenga necesidad de nuestro trabajo, sino que quiere nuestra consagración. Por tanto, no dejemos de pedirle cada mañana: “Señor, muéstrame lo que tú mismo has preparado hoy para mí y concédeme tu ayuda para cumplirlo” (Hebreos 13:21).

Efesios 2:11-22

En comparación con el pueblo judío, el estado de las naciones era particularmente miserable. No tenían ningún derecho a las promesas hechas por Dios a Abraham y a sus descendientes (Romanos 9:4). Y nosotros formábamos parte de esos extraños. Sí, recordemos (v. 11) aquel triste tiempo en que estábamos sin Cristo y, por consiguiente, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Así, todo lo que poseemos ahora en él nos parecerá mucho más precioso. Tenemos más que un pacto con Dios: una paz gratuita (Romanos 5:1), garantizada por la presencia del Señor Jesús en el cielo. “Porque él es nuestra paz” (v. 14). Fue él quien la hizo (v. 15, al final) y pagó por ella todo el precio. Finalmente, fue él quien la anunció (v. 17). No quería que ningún otro la anunciara a sus queridos discípulos la tarde de su resurrección: “Paz a vosotros”, les dijo (Juan 20:21; Isaías 52:7); y luego agregó: “Como me envió el Padre, así también yo os envío”. Nosotros, que hemos oído y creído ese venturoso Evangelio, somos responsables a la vez de darlo a conocer a otros.

El final del capítulo nos muestra a la Iglesia de Dios como un edificio en construcción (v. 20-22 compárese con Hechos 2:47) fundado sobre Cristo, la principal piedra del ángulo. Así, la Iglesia, o Asamblea de Dios, es ya en este mundo “morada de Dios en el Espíritu”.

Efesios 3:1-12

Este capítulo constituye un paréntesis, como para resaltar el misterio –ahora revelado– que constituye su tema (v. 3, 9), el de Cristo y la Iglesia. La historia del hombre se divide en en períodos llamados “siglos” (1:21, 2:7), o a veces dispensaciones, economías (3:9), a lo largo de las cuales Dios se revela bajo cierto nombre a cierta clase de personas. Durante la dispensación de la gracia, la nuestra, caracterizada por la presencia del Espíritu Santo en la tierra, Dios se revela como Padre y llama a un pueblo celestial.

Si bien la sabiduría divina puede ser contemplada en la creación (Salmo 104:24; Proverbios 3:19), ¡cuánto más brilla en los inmutables consejos de Dios con miras a la gloria y al eterno gozo de su Hijo amado! Esa “multiforme sabiduría” se manifestó de un modo soberano y enteramente nuevo “por medio de la Iglesia”. Los ángeles la admiran; las naciones, hasta entonces sin esperanza, reciben esa buena nueva. A Pablo, mediante un llamado especial, le fue confiada esa revelación cuya magnitud lo disminuye a sus propios ojos (v. 8). Estaba encargado de dar a conocer a todos las riquezas de la gracia (1:7; 2:7) y de la gloria divinas (1:18; 3:16). La promesa del Salmo 84:11: “Gracia y gloria dará Jehová”, fue cumplida en la cruz. Esos dones, maravillosos y gratuitos, son desde ahora nuestra parte. No existe un tesoro más grande que esas “inescrutables riquezas de Cristo”.

Efesios 3:13-21

Esta nueva oración del apóstol está dirigida al “Padre de nuestro Señor Jesucristo” (v. 14; comparar con 1:16, 17). Que “Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (v. 20) cumpla el deseo del apóstol respecto a cada uno de nosotros. Que nos otorgue comprender algo de su gloria, la cual es insondable y eterna. Pero, por maravillosas e infinitas que sean las perspectivas de esa gloria, no fijan ni retienen nuestros afectos. Por eso el apóstol agrega: “Y (de) conocer el amor de Cristo” (v. 19). Supongamos que de repente yo sea transportado a la corte de un soberano; sin duda quedaré deslumbrado y me sentiré desorientado. Pero si allí encuentro a mi mejor amigo y veo que él es el personaje principal de esa corte, pronto me sentiré feliz y a gusto. Lo mismo ocurre con la gloria: es la de Jesús, a quien amamos.

Al igual que el apóstol, pidamos que su Espíritu fortalezca nuestro “hombre interior”. Si Cristo habita en nosotros (v. 17), “toda la plenitud de Dios” nos llenará (v. 19; Colosenses 2:9-10), y con ella el poder, el amor, la fe y el entendimiento. Queridos amigos, el Padre nos ha preparado lugar en su casa (cap. 1 y 2). ¿Hemos dado lugar a Jesús en nuestro corazón?

Efesios 4:1-12

“No he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios. Por tanto, mirad por vosotros…” (Hechos 20:27-28). Estas palabras de Pablo a los ancianos de la iglesia de Éfeso corresponden a las dos divisiones de la epístola a los Efesios. Del capítulo 1 al 3, el apóstol expone el maravilloso consejo divino. Luego prosigue: “Yo pues, preso en el Señor, os ruego…”, mostrando en los capítulos 4 a 6 el andar que corresponde a una vocación tan elevada (1 Tesalonicenses 2:12). Lo que debe caracterizarla, en primer lugar, es lo contrario de un espíritu de superioridad: la humildad con mansedumbre y la tolerancia hacia los demás en amor, en el vínculo de la paz. Así como hay una misma esperanza de nuestra vocación, hay un Espíritu que une los miembros de un Cuerpo (en cambio, los hombres han fundado numerosas iglesias y cada una cuenta sus miembros). Bajo la autoridad de un Señor nos es enseñada una fe cristiana y un bautismo confiere el nombre y la responsabilidad inherentes al cristiano (¡pero los hombres hablarán del bautismo de su religión!). Finalmente, un Dios y Padre, de quien todo y todos proceden, tiene sus derechos divinos sobre nosotros.

El Señor, como hombre glorificado, subió por encima de todos los cielos después de haber descendido a la muerte. Ahora distribuye a los suyos los múltiples dones de su gracia. ¿Nos sometemos a él?

Efesios 4:13-24

La mayoría de los jóvenes sienten impaciencia por gozar de los privilegios de los adultos. En cambio, no les importa prolongar, a veces durante toda su vida, un estado espiritual infantil. Los versículos 13 a 16 describen el crecimiento armonioso de ese cuerpo de Cristo del que formamos parte. Ese crecimiento resulta del desarrollo individual de cada creyente. Sólo en Jesús el “varón perfecto” alcanza su completa estatura. Cristo en él es una “plenitud” (v. 13; 1 Juan 2:13). En cambio el niño, por falta de afianzamiento en la verdad, permanece receptivo a todos los errores. ¡Cuán peligroso es ese estado! Podemos comprobarlo al ver en qué tinieblas morales y espirituales está hundido el mundo por ignorar a Dios (v. 17-19). Nosotros, que hemos sido enseñados según la verdad que es en Jesús, mostremos, por medio de nuestra conducta, cómo hemos “aprendido... a Cristo” (v. 20). Nuestra doctrina, o mejor dicho, nuestra manera de vivir, es una Persona. Cristo se aprende. ¡Estudiémosle mucho y vivámosle!

Así como una persona se cambia una prenda de ropa por otra, nos hemos despojado del viejo hombre y vestido del nuevo (v. 22-24). La vestimenta de alguien no pasa inadvertida. ¿Cuál es la nuestra a los ojos de los demás: la ropa manchada del viejo hombre o cierta semejanza moral con el Señor Jesús? (Hechos 4:13).

Efesios 4:25-32; Efesios 5:1-2

Es verdaderamente triste que Dios deba hacer, a personas sentadas en lugares celestiales, tan elementales recomendaciones como: no mientan… no hurten… no se embriaguen (5:18). Pero él sabe de qué son capaces nuestros pobres corazones carnales, y el diablo, que también lo sabe, no perderá ninguna de las oportunidades que le ofrezcamos (v. 27).

Notemos que cada exhortación está acompañada de un motivo particularmente elevado y conmovedor, relacionado con las tres Personas divinas.

El Espíritu Santo está en nosotros; cuidémonos de contristarlo (v. 30).

2° Somos los amados hijos de Dios, y nuestro Padre, quien es el Dios de amor, desea ver su semejanza en nosotros (5:1). El versículo 32 dice: “… perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. Esto va más lejos que la oración enseñada a los discípulos judíos: “Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben” (Lucas 11:4).

Jesús mismo es nuestro Modelo (5:2; Juan 13:14). Nos enseñó el amor amándonos hasta la muerte (1 Juan 3:16). No obstante, jamás olvidemos que él se ofreció primeramente a Dios en perfecto sacrificio; en olor infinitamente fragante.

Efesios 5:3-21

¡Cuidado con las palabras vanas y necias que pronunciemos o escuchemos! (v. 3-6). Así como antes éramos tinieblas, ahora somos “luz en el Señor”. Entre las dos posiciones se halla nuestra conversión. A estos dos estados corresponden dos maneras de andar: la de antes (2:2; 4:17-19) y la que debe caracterizarnos ahora. Como hemos sido creados para buenas obras, andemos en ellas (2:10). Ya que hemos sido llamados para participar desde ahora en la gloria de Cristo, andemos de un modo digno de esa vocación (4:1). Puesto que somos hijos del Dios de amor, andemos en amor (5:1-2). Si hemos sido transformados en “luz en el Señor”, andemos como hijos de luz (v. 8; comparar con Juan 11:10). En estos días peligrosos y malos, miremos dónde pisamos; andemos con cuidado (v. 15). Todas estas encomendaciones, ¿son una penosa obligación? De ningún modo; y los versículos 19 y 20 muestran de qué manera el creyente traduce su felicidad y agradecimiento.

Meditemos frecuentemente en el versículo 16. Desgraciadamente, cada uno de nosotros conoce el pesar de haber desaprovechado repetidas oportunidades para servir al Señor o para dar testimonio de él. Por lo menos, sepamos aprovechar las que se presenten. Y no perdamos la única y maravillosa ocasión de vivir el resto de nuestra corta vida terrenal para el Señor Jesucristo. Sólo él es digno de ello.

Efesios 5:22-33

Desde el versículo 22 hasta el versículo 9 del capítulo 6, el apóstol introduce el cristianismo en el círculo familiar. La sumisión de una esposa a su marido actualmente es considerada, en nuestros países, como un principio anticuado. Pero si el amor de Cristo constituye la atmósfera de un hogar, el marido no exigirá nada que sea arbitrario, y la mujer, por su lado, reconocerá que todo lo que se le pide corresponde a la voluntad del Señor. De hecho, el amor dictará al marido su actitud. Y de nuevo es evocado el Modelo perfecto: Cristo en sus divinos afectos por su Iglesia. En los capítulos 1 (v. 23) y 4 vemos a la Iglesia como su Cuerpo y a él como la Cabeza. En el capítulo 2 nos es presentada como un edificio del cual él es la piedra angular. Finalmente, en estos pasajes ella es su Esposa. Como tal, recibió, recibe y recibirá las más excelentes demostraciones de su amor. Ayer, Cristo se entregó a sí mismo por la Iglesia (v. 2). Hoy, la colma de sus cuidados, la purifica, la alimenta y con ternura la prepara para el glorioso encuentro (v. 26, 29; 4:11 y siguientes). Mañana se la presentará a sí mismo, para su gozo, sin mancha, ni arruga ni cosa semejante, sino gloriosa, santa e irreprochable, porque entonces estará revestida de las mismas perfecciones de Cristo (v. 27).

Efesios 6:1-12

No pensemos que esta epístola, que expone verdades tan elevadas y a veces abstractas, fue escrita sólo para los creyentes experimentados, los varones perfectos del capítulo 4:13. Aquí el apóstol se dirige directamente a los niños. Lo que les tiene que decir es muy sencillo: “Obedeced a vuestros padres”; considerad sus amonestaciones como si fuesen las del Señor. Esta disciplina, por penosa que pueda parecer a veces, corresponde a las instrucciones que los padres han recibido de Dios acerca de sus hijos (v. 4).

En cuanto a los esclavos y a los amos, lo que se les manda se aplica a todos los que tienen jefes (v. 5-8) o subordinados (v. 9). Nuestro trabajo nos dará todos los días la oportunidad de poner estos versículos en práctica, es decir, la de hacer “de corazón” la voluntad de Dios. Estamos continuamente ante sus ojos. Pero necesitamos fortaleza. ¿Dónde encontrarla? En el Señor (v. 10). Sólo él nos capacitará para enfrentar a los temibles enemigos invisibles: las potestades espirituales de satánica maldad que nos amenazan. Porque Cristo mismo está sentado “en lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío”, habiendo logrado sobre ellos la victoria de la cruz (1:20-22; Colosenses 2:15).

Efesios 6:13-24

Para mantenerse firme frente a esos terribles enemigos “espirituales”, las armas del hombre son totalmente ineficaces. Sería lo mismo que luchar con los puños contra tanques o misiles (véase Job 41:1 y siguientes). Pero Dios pone a nuestra disposición su armadura (comparar con Romanos 13:12). ¿Cuáles son las piezas que la componen? La verdad como cinto: la fuerza que da la sumisión a la Palabra. Por medio de ella, Jesús triunfó en el desierto. La justicia como coraza: una conducta irreprochable, sin falta ante los hombres. El evangelio de paz como calzado: un andar activo en la paz a fin de preparar a las almas para recibir la verdad. La fe como escudo: una confianza total en lo que Dios es. La salvación como yelmo: la misma confianza en lo que Dios ha hecho. Así vestidos y protegidos, podremos contraatacar victoriosamente con la espada del Espíritu y la oración.

Sería demasiado tarde tratar de ponernos esa armadura completa en el momento de tener que combatir. Llevémosla “en todo tiempo” (v. 18), así estaremos seguros de tenerla puesta “en el día malo” (v. 13). Entre las oraciones, no descuidemos las que tienen que ver con la obra del Señor. El apóstol las solicitaba. Estaba seguro de hallar, en los efesios, un profundo interés por el Evangelio y por la Iglesia. ¡Que el Señor pueda verlo también en cada uno de nosotros!

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