Eclesiastés

Eclesiastés 1:1-18

El libro del Eclesiastés puede ser resumido por estas palabras del Señor Jesús: “Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed” (Juan 4:13). El pozo de Sicar era la imagen de un mundo árido y decepcionante, en el cual no se halla duradera felicidad. La mayoría de los seres humanos se parecen a la pobre samaritana. Sólo están dispuestos a recibir “el agua viva” —don gratuito del Hijo de Dios— después de haber hecho varias veces la experiencia de que el agua de aquí abajo de ninguna manera puede quitar la sed del alma (comp. Jeremías 2:13). ¡Pues bien! esta experiencia ha sido hecha; se halla consignada en este libro de la Biblia a fin de que no la volvamos a hacer. Ha sido hecha por quien, debido a su grandeza y su sabiduría, era el más calificado para explorar “todo lo que se hace debajo del cielo” (v. 13). El Eclesiastés o Predicador no es otro que Salomón, rey en Jerusalén. Su testimonio tiene siempre el mismo valor pues, “nada hay nuevo debajo del sol”. Sin duda, muchas cosas han cambiado de apariencia, pero el corazón del hombre ha permanecido idéntico a sí mismo y las consecuencias del pecado están siempre presentes: “Lo torcido no se puede enderezar, y lo incompleto no puede contarse” (v. 15).

Eclesiastés 2:1-11

Primeramente, el Predicador aplicó su corazón a buscar la sabiduría. ¡Cuántas cosas apasionantes se pueden descubrir en todos los dominios: artes, ciencias, turismo, arqueología...! Mediante medios modernos están puestas hoy al alcance de la juventud. Pero, cuanto más adelanta el sabio en sus investigaciones, tanto más arduos llegan a ser los problemas y tanto más se siente desalentado. El espíritu humano está encarcelado entre los muros de sus propios razonamientos. Sólo la Palabra de Dios libera el pensamiento y comunica el verdadero conocimiento. Penoso trabajo, cansancio, aflicción y dolor: tal ha sido la triste conclusión del sabio (cap. 1:13, 18; 12:12).

«Vamos —se dijo él entonces—, sólo pensemos en los placeres de la vida» (v. 1-3). Pero allí también su experiencia rápidamente cambia de dirección; vanidad y locura son las palabras que la resumen esta vez. Toda alegría humana se echa a perder con el sentimiento de que no es duradera (Proverbios 14:13).

¿Será, tal vez, la abundancia de los bienes terrenales la que podrá satisfacerle? ¿Quién estaba en mejor situación que Salomón para acumular y administrar riquezas y cumplir grandes obras que la ambición humana no deja de proponerse? (2Crónicas 9:22). ¡Pues bien! escuchemos cómo él las aprecia al final: “vanidad y correr tras el viento” (v. 11, V. M.).

Eclesiastés 2:12-26

“¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo...?” fue la primera pregunta hecha por el Predicador (cap. 1:3). Todo es “sin provecho” contesta el versículo 11 del capítulo 2. Por de pronto, el hombre se afana, sus días son “dolores” y sus trabajos “molestias”; aun de noche no descansa (v. 22, 23). En cuanto al porvenir, se da cuenta de que nada es estable.

Ante ese cuadro desesperante (v. 20), ¿qué hará el hijo de Dios? No le está prohibido amar la vida y ver días buenos aquí abajo. Pero esto no ocurrirá si recorre el mundo en busca de una ilusoria felicidad. Le corresponde a él mismo crear las condiciones: “Refrene su lengua de mal... haga el bien; busque la paz” (1 Pedro 3:10-11; ¡acusamos tan fácilmente a los demás!). Y, por otra parte, el trabajo es necesario, pero debe ser apacible, cumplido para el Señor y no para servir la propia ambición (2 Tesalonicenses 3:12; Colosenses 3:23-25).

Queridos amigos, ojalá cada uno de ustedes se interrogue: ¿Cuál es la meta de mi trabajo? Porque las cosas no tienen para nada el mismo aspecto según se las considere a la luz del sol o a la de la eternidad. Sólo esta última nos revelará lo que es verdaderamente provechoso.

Eclesiastés 3:1-22

Dios ordena “los tiempos” de todas sus criaturas. Así, ha determinado la fecha de nuestro nacimiento y la de todos los acontecimientos de nuestra vida. Como el salmista, el creyente puede decir con confianza: Señor “en tu mano están mis tiempos” (Salmo 31:15). A todo lo que Él hace “no se añadirá, ni de ello se disminuirá” (v. 14). “Todo lo hizo hermoso en su tiempo” (v. 11); la creación ha salido perfecta de las manos de Dios. Pero, a pesar de todas las maravillas que aún son visibles en la naturaleza, no podemos admirarla hoy en su esplendor y frescura primitivas. El hombre la ha contaminado y degradado con su iniquidad; la ha sujetado “a vanidad” (Romanos 8:20). “Espinos y cardos” (Génesis 3:18) le recuerdan su caída. Además, «en medio del naufragio producido por el pecado, el hombre sólo subsiste como un triste resto de sus bendiciones pasadas», ha escrito un creyente. Finalmente, el versículo 20 evoca la sentencia: “polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:19).

A cada cual le toca “el tiempo de morir”, a menudo más cercano de lo que se piensa. Ah, amigo lector, si aún no es usted salvo, sepa que existe también un tiempo de convertirse y que éste es hoy.

Eclesiastés 4:1-16

¿Por qué la injusticia, las lágrimas, la opresión, los conflictos de los cuales el mundo está lleno? Se trata de resolver esos problemas por medio de doctrinas sociales y económicas y de remediarlos mediante conferencias internacionales. La única verdadera explicación nunca se da porque el hombre, en su orgullo, rehúsa reconocerla: su estado pecaminoso. El Señor, lejos de permanecer indiferente a todos esos padecimientos (Lamentaciones 3:34-36), les dice: “Venid a mí”, a todos los afligidos que no pueden hallar verdaderos consoladores entre sus semejantes. Pero se sirve de la angustia de los hombres para revelarse como el único verdadero consolador (2 Corintios 1:3; Isaías 51:12).

A partir del versículo 4, el Predicador analiza las distintas formas de “malas obras que debajo del sol se hacen”. Concluye cada vez: “vanidad”, “aflicción de espíritu”, y “duro trabajo” (final de los v. 4, 6, 8, 16). Sus reflexiones tienen un alcance general; el mismo mundo a menudo reconoce su sabiduría. El versículo 6, por ejemplo, afirma que la tranquilidad de espíritu con una situación modesta valen más que “ambos puños llenos con trabajo y aflicción de espíritu” (ver 1 Timoteo 6:6). Una asociación puede ofrecer —humanamente hablando— muchas ventajas y aun atractivo para el trabajo, el andar o el combate (v. 9-12), pero la verdadera fuerza para el creyente reside siempre en su comunión personal con el Señor.

Eclesiastés 5:1-20

Los versículos 1 y 2 recuerdan la prudencia que conviene observar en la presencia de Dios. Cuidemos que nuestra actitud y nuestros modales en las reuniones sean respetuosos y modestos. El temor de Dios debe caracterizar al fiel de todos los tiempos y no tenemos derecho al relajamiento de la templanza so pretexto de que estamos hoy gozando de la libertad que da la gracia.

A partir del versículo 10 se trata de nuevo de riquezas. “El que ama el dinero, no se saciará de dinero...”. Un avaro se parece a alguien que trata de apagar su sed con agua de mar. Cuanto más bebe, tanto más intensa es su sed. Tal es el engaño de las riquezas (Mateo 13:22). Uno tiene la ilusión de servirse del dinero, y en realidad es esclavo de él. Una de dos: o las riquezas serán conservadas en poder de sus amos para su detrimento espiritual (v. 13) o perecerán sin provecho para nadie (v. 14; Santiago 5:3). Finalmente, tarde o temprano habrá que separarse de ellas para morir (v. 15). «Una mortaja no tiene bolsillos» se suele decir. Los tesoros acumulados en ciertas tumbas antiguas no siguieron a sus propietarios al más allá. 1 Timoteo 6:17-19 resuelve perfectamente para el creyente este problema de la riqueza.

Eclesiastés 6:1-12

“Ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive. Ciertamente como una sombra es el hombre; ciertamente en vano se afana; amontona riquezas, y no sabe quién las recogerá”. La experiencia del predicador confirma estas certezas del Salmo 39 (v. 5-6). El hombre, su medio ambiente, su actividad, todo esto es pasajero. Sólo su alma existe para siempre, y es justamente por ella, en general, por la que menos se preocupa. “Todo el trabajo del hombre es para su boca”; su alma no es saciada de bienes (v. 7 y 3). El Señor cuenta la historia de ese rico que engañaba a su propia alma al ofrecerle los bienes de aquí abajo (Lucas 4:4 y 12:16-20). Uno se siente oprimido al pensar en la multitud de existencias derrochadas, en la suma de inteligencias y energías consagradas ¿a qué?... a perseguir aquí y allá metas tan inconsistentes y huidizas como el aire. Al atormentarse así, sin reposo (v. 5) y “sin gustar del bien” (v. 6), estas mismas vidas habrán pasado como sombra (v. 12) y, sin embargo, tendrán que dar cuenta de ello a Dios.

Creyentes, ¡que esto nos abra los ojos! No tendremos la oportunidad de volver a empezar nuestra vida. ¡Que sea empleada, pues, enteramente para el Señor!

Eclesiastés 7:1-15

El predicador exploró el mundo. ¿Qué es lo que vio en todas partes? Vanidad, sufrimiento, desorden y locura. El sabio se hace entonces una pregunta: ¿Cómo debe comportarse en medio de ese estado de cosas que él no puede cambiar? Bajo la forma de sentencias que recuerdan al libro de los Proverbios, el Eclesiastés nos da ahora consejos de sabiduría y de prudencia.

No evitemos la casa del luto (v. 2-4). Nos recordará nuestra fragilidad y nos dará más seriedad. Ver la tristeza de los demás volverá nuestro corazón más sensible y nos dictará quizá palabras de simpatía apropiadas para dirigir el pensamiento de los afligidos hacia el Señor. Siguen otras recomendaciones: “No te apresures en tu espíritu a enojarte”. La ira, a menudo, es hija de la precipitación y compañera de la necedad (v. 9).

“Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que éstos?” (v. 10; Jueces 6:13). Escribió un creyente: «No creamos que es más difícil seguir hoy en día al Señor de lo que lo fue en el tiempo de nuestros padres o abuelos... Los recursos que ellos hallaron en su Palabra y en su comunión están a nuestra disposición para conducirnos en un mundo que, moralmente, no ha cambiado».

Eclesiastés 7:16-29

¿Qué significa la recomendación del versículo 16? ¿Corremos el riesgo de ser demasiado cuidadosos en nuestro andar? ¡Por cierto que no! Nunca tendremos una conciencia demasiado delicada. Pero existe un peligro en el cual caen a menudo los recién convertidos. Son excesivos en sus actitudes o palabras; rebasan la medida de su fe. Al mismo tiempo, juzgan y critican fácilmente a otros creyentes, simplemente porque aún no se conocen bien a sí mismos (Romanos 12:3).

El versículo 21 nos presenta el otro lado, el de las críticas de que nosotros mismos somos objeto. Si tenemos la aprobación del Señor, no debemos preocuparnos por ellas. “Aquel que a Dios teme, saldrá bien en todo” (v. 18); es enseñado para hacer frente a las más peligrosas situaciones. Entre esas trampas, el versículo 26 cita “la mujer cuyo corazón es lazos y redes, y sus manos ligaduras”. El que agrada a Dios (es decir, el que le teme y le obedece) puede contar con que será guardado y escapará, “mas el pecador quedará en ella preso”. Dos historias opuestas ilustran esa advertencia: la de José (Génesis 39:7...) y la trágica de Sansón enlazado por Dalila (Jueces 16:4...). Jóvenes creyentes, meditemos bien acerca de esos dos ejemplos.

Eclesiastés 8:1-17

“Para todo lo que quisieres hay tiempo y juicio” (v. 6). Cuando un candidato es sometido a examen, dos días resultan importantes: primero el de las pruebas, luego el de los resultados. El “tiempo” que Dios asigna a cada uno sobre la tierra corresponde al primero de esos días; pero el del juicio le seguirá inevitablemente. A causa de la paciencia de Dios, el pecador, en su inconsciencia, aprovecha para abundar en el mal “por cuanto no se ejecuta luego la sentencia sobre la mala obra” (v. 11). “El hombre no conoce su tiempo” (cap. 9:12; Jeremías 8:6, 7), ni “lo que ha de ser” (v. 7), en tanto que el sabio, enseñado por Dios, discierne todas las cosas (v. 1; 1 Corintios 2:15-16). Como a Pablo, el pensamiento del tribunal de Cristo le da temor. Al darse cuenta de lo serio del tiempo actual y de la solemnidad del juicio, (v. 5), se aplica con ardor a ser agradable al Señor (2 Corintios 5:9-11).

El Predicador no tiene, como nosotros, una revelación del porvenir. No obstante, conoce la importancia del temor a Dios y afirma que “les irá bien a los que a Dios temen” (v. 12). Quizás encontrarán la persecución, pero no hay quien tenga potestad para retener o aprisionar su espíritu (v. 8-9). Nada podrá separarlos “del amor de Cristo” (Romanos 8:35).

Eclesiastés 9:1-18

“Todo acontece de la misma manera a todos...” declara el versículo 2. En la vida de cada cual, Dios permite una sucesión de acontecimientos —que llamamos, según el caso, felices o desdichados— a fin de ver si uno de ellos hace que el corazón de su criatura se vuelva hacia Él. Por otra parte, el Señor nunca prometió que las pruebas le serían ahorradas al creyente después de su conversión. Pero las distintas circunstancias de la vida, sea que afecten nuestra salud, nuestro trabajo o nuestra familia, son ocasión para mostrar en qué medida la fe cristiana cambia nuestra manera de atravesarlas. Después de haber fracasado en un examen, por ejemplo, cuando un joven inconverso habla de mala suerte o de injusticia, el hijo de Dios reconocerá la mano segura y sabia de su Padre celestial. “Ni es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertes” (v. 11; comp. Romanos 9:16). Es el hombre de Dios quien las gana. 2 Timoteo 4:7 nos presenta a un pobre anciano preso que había “acabado la carrera” y “peleado la buena batalla”.

La parábola del hombre pobre y sabio (v. 13-15) lleva nuestras miradas hacia Jesús. Él nos liberó de nuestro poderoso Enemigo, “el que tenía el imperio de la muerte, esto es, el diablo” (Hebreos 2:14). No seamos ingratos ni olvidadizos como los habitantes de la “pequeña ciudad” (v. 14) y escuchemos Sus palabras: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí” (1Corintios 11:24).

Eclesiastés 10:1-20

Prestemos buena atención a la advertencia de este aviso que es el versículo 8: “Al que aportillare vallado, le morderá la serpiente”. Dios ha puesto alrededor de cada uno de nosotros barreras de protección (por ejemplo la autoridad de nuestros padres o educadores). Él sabe lo que hay del otro lado del vallado. A veces nos figuramos que son ventajas y que Él nos priva de ellas. ¡Pero no! lo que Él quiere es evitarnos una peligrosa mordedura. La serpiente acecha y no le hace falta una ancha brecha para poder colarse. Un poco de pecado, “una pequeña locura” (v.1) basta para comprometer el testimonio del hijo de Dios (comp. 1 Corintios 5:6) y reemplazar el perfume de Cristo por el mal olor de la corrupción (Gálatas 6:8).

La falta de sensatez en los que gobiernan es especialmente detestable (v. 5). Los que les están sujetos soportan las consecuencias, sea como víctimas de ellos, sea porque siguen ese mal ejemplo (ej: 2 Reyes 21:9, 16). Pero esto no es una razón para hablar, ni aun pensar mal de las autoridades (v. 20). Al contrario, nuestro deber de creyentes es orar por ellas: “Exhorto ante todo a que se hagan rogativas... por los reyes y por todos los que están en eminencia” (1Timoteo 2:1-2).

El versículo 12 nos recuerda a Cristo, el Sabio por excelencia: “Todos... estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca” (Lucas 4:22).

Eclesiastés 11:1-10

Parecería que “sobre las aguas” fuese el lugar menos apropiado para echar pan. Pero este pan es la Palabra de vida y las aguas nos hablan del mundo en su estado de turbación y de agitación. Y es adonde el Señor nos envía a difundir el Evangelio, liberalmente (v. 2), sin mirar a las dificultades (v. 4), sin hacernos preguntas (v. 5; Juan 3:8) y sin relajar nuestro esfuerzo (v. 6). Si luego tenemos tendencia a atribuirnos algún mérito, recordemos que es Dios el que “hace todas las cosas” (v. 5, final). El versículo 3 (“Si las nubes fueren llenas de agua, sobre la tierra la derramarán”) evoca la gracia, sustancia del Evangelio (Isaías 55:10-11). Pero el anuncio del juicio forma igualmente parte de él. “Alégrate, joven, en tu juventud... anda en los caminos de tu corazón...”. Es la manera de pensar de un joven despreocupado. Mas el fin de la frase tendrá que hacerle reflexionar: “pero sabe que sobre todas estas cosas te juzgará Dios” (v. 9).

Sí, Dios te pedirá cuenta de cada una de tus locuras. ¿Para quién y para qué has vivido? No se limita todo a la tierra. Hay un Dios y ese Dios es juez. Amigo lector aun inconverso, ojalá esta advertencia pueda llevarte al versículo 1 del capítulo 12: “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud”.

Eclesiastés 12:1-14

“Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud”. Es el momento favorable para volverse hacia el Señor y poner a su servicio las facultades en su plenitud. Porque con la edad, las fuerzas disminuyen y el corazón tiende a endurecerse. La vejez y la muerte son evocadas mediante alegorías en los versículos 2 a 7. Luego viene la conclusión del libro trágicamente idéntico a su principio: “Vanidad de vanidades... todo es vanidad” (comp. cap. 1:2). ¡Cuánto podemos agradecer al Señor que este libro del Eclesiastés sólo presente un lado de la verdad! A la revelación del Dios Juez (v. 14) se agrega hoy la del Dios Salvador. Por eso esta porción de la Escritura, con mayor razón que cualquier otra, no debe separarse del contexto de la Palabra divina. Las distintas palabras de la Biblia son dadas “por un Pastor”, todas son dictadas por el mismo Espíritu. “Como aguijones y como clavos hincados” (v. 11), dejemos que todas estas palabras penetren en nuestra conciencia para volverla sensible a la salvación. Contrariamente a los libros de los hombres, la Palabra de Dios nunca nos cansará si la estudiamos con oración. Nos enseñará lo que es “el todo del hombre”: temer a Dios y guardar sus mandamientos. Todo lo demás no es más que vanidad.

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