Daniel

Daniel 1:1-8

Daniel se distingue de los demás profetas. Su libro abarca el tiempo de las naciones (Lucas 21:24 final), es decir, el muy largo período que se extiende desde la transportación a Babilonia hasta el futuro restablecimiento de Israel bajo el reinado de Cristo. Pero ese varón de Dios también nos habla mediante su ejemplo. ¡Cuántas lecciones podemos aprender de él! La primera es esa firme decisión de corazón de no contaminarse… (v. 8). Como joven extranjero traído a la corte del monarca pagano, podría hallar muchas excusas para acomodarse al régimen real (contrario a los mandamientos de la ley). ¿Qué queda del culto judío ahora que una parte de los utensilios del templo destruido se halla en Babilonia? (v. 2). Él mismo ¿no es un cautivo, objeto de una particular benevolencia, la que él menospreciaría si rehusara la comida del rey? ¿No sería peligroso atraer la atención hacia él y sus amigos? Pero, para ese hombre de fe, ni sus dificultades personales, ni el ambiente hostil, ni la ruina del culto judaico quitan algo de la autoridad de la palabra de Dios. Queridos amigos, esta palabra ¿tiene el mismo valor para nosotros? Entonces, seamos también cuidadosos como esos jóvenes para quitar de nuestro «régimen» todo lo que pueda contaminar nuestro cuerpo y nuestro espíritu (2 Corintios 7:1).

Daniel 1:9-21

Si tenemos el deseo de ser fieles al Señor, siempre podremos contar con su socorro. Él es dueño de nuestras circunstancias y, cuando valientemente nos ponemos de su lado, no permite, a causa de su gloria, que seamos confundidos ante el mundo. “Yo honraré a los que me honran”: ésa sigue siendo su promesa (1 Samuel 2:30).

Aquí Dios interviene de dos maneras acerca de Daniel y de sus compañeros. En primer lugar, dispone favorablemente el corazón de Aspenaz (comp. la historia de José, en Génesis 39:21). Luego permite que el aspecto físico de los cuatro jóvenes justifique el cambio de alimento. En el plano espiritual, ciertos jóvenes cristianos que estudian pueden hallarse en la misma situación que Daniel y sus tres amigos. A los ojos del hombre, el hecho de abstenerse de ciertas fuentes de instrucción y cultura, actualmente consideradas como indispensables, debería ponerlos en inferioridad de condiciones respecto de sus compañeros. Si renuncian a ellas con fe, se les asegura la bendición de lo alto.

Así ocurre con esos cuatro estudiantes, quienes pasan su examen brillantemente. Serán fieles testigos de Dios, mientras que no oiremos hablar más de los otros jóvenes (Salmo 119:98 y 100).

Daniel 2:1-16

¡Cuántas semejanzas hay entre el tiempo de Daniel y el de José! Dios habla a Nabucodonosor por medio de sueños como otrora al Faraón (Génesis 41). Y el intérprete que preparó para explicarlos también es un joven cautivo de la raza de Israel. Daniel fue escogido para revelar los secretos de Dios porque se había guardado de toda contaminación. De modo que el Señor se complacerá en instruirnos y en servirse de nosotros en la medida en que nos abstengamos de las impurezas del mundo.

Notemos cómo Daniel se mantiene apartado hasta que sea debidamente comprobada la incapacidad de los hombres para comprender los pensamientos de Dios. Los mismos caldeos afirman: “No hay hombre sobre la tierra que pueda declarar el asunto… salvo los dioses…” (v. 10-11; cap. 5:11). Sólo pueden reconocer su ignorancia, como en otros tiempos los hechiceros de Egipto (Éxodo 8:19). ¡La conclusión de los caldeos debía haber humillado y confundido al orgulloso monarca! Al contrario, se pone muy furioso y manda matar a todos los sabios. En oposición con esta actitud, el versículo 14 subraya la prudencia y el buen sentido de Daniel. Quiere tomarse el tiempo necesario para colocar todo ese asunto ante Dios.

Daniel 2:17-30

Notemos el encadenamiento de los hechos: primero Daniel oró con sus amigos (v. 17-18). “Entonces el secreto fue revelado a Daniel en visión de noche, por lo cual bendijo Daniel al Dios del cielo” (v. 19). Exponer nuestras peticiones a Dios es nuestro primer deber (Filipenses 4:6). Pero Daniel también pone al corriente a sus tres compañeros a fin de aunar sus súplicas. ¡Qué privilegio compartir una dificultad con amigos cristianos y presentarla juntos al Señor! ¡Y qué eficacia tiene este privilegio, porque nos permite beneficiarnos con la formal promesa del Señor! (Mateo 18:19).

Dios no puede quedar sordo a la súplica de esos hombres que le temen. Él revela el secreto a su siervo (Salmo 25:14). Quizás algún otro en seguida hubiese corrido a ver al rey. Pero para Daniel hay algo más urgente: agradecer a su Dios y alabarle (comp. Génesis 24:26). Sólo después se hace llevar a la presencia de Nabucodonosor. Y todavía vemos brillar uno de los más hermosos rasgos de ese hombre de Dios: su humildad. Como José (Génesis 41:16), Daniel desea que la gloria sea sólo de Dios (v. 30; cap. 1:17). Queridos creyentes, cuando el Señor se haya dignado tomarnos a su servicio, sepamos pasar inadvertidos para dejarle a él todo el mérito y todos los frutos.

Daniel 2:31-49

En un impactante resumen se le presenta al rey la historia de las naciones por medio de esa extraña estatua de un hombre, constituida de la cabeza a los pies por diferentes metales. La cabeza de oro representa el primer imperio universal, el de Babilonia, después que Dios hubo retirado su trono de en medio de Israel. Brillante, pero de corta duración, esa monarquía dio lugar al reino medo-persa (el pecho de plata), al cual le sucedió a su turno el imperio griego de Alejandro (el vientre y los muslos de bronce). Finalmente, las piernas y los pies del personaje evocan un cuarto reino fuerte como el hierro, brutal y destructor, en el cual no es difícil reconocer al imperio romano. Su historia, desde las invasiones bárbaras —cuando terminó su primer período—, está actualmente interrumpida por lo que se ha llamado el paréntesis de la Iglesia. Pero, según la profecía, el imperio romano pronto debe reconstituirse por un breve tiempo. Habrá en él un elemento de debilidad figurado por la mezcla de barro cocido y de hierro (los diez reyes, distintos de la bestia romana; Apocalipsis 17:12) que lo hará vulnerable (v. 41-42). Entonces la piedra cortada de la montaña, mas no con mano de hombre, es decir, la introducción del reino de Cristo, pondrá fin a la dominación del “hombre de la tierra” (Salmo 10:18) para la dicha de ésta.

Daniel 3:1-18

Para dar un centro religioso común a los pueblos inconexos sobre los cuales reina Nabucodonosor, hace levantar una colosal estatua de oro en la llanura de Dura. Este acto de idolatría es simbólico. Evoca lo que gobierna el corazón de los hombres:

1) la estatua es de oro, ese metal que es objeto de universal veneración.

2) Tiene la forma de un hombre; en efecto, éste tiende a adorarse a sí mismo y a colocarse en lugar de Dios.

3) Finalmente, tiene un inquietante parecido con la imagen de la bestia de los tiempos apocalípticos, la cual cada uno estará obligado a adorar bajo pena de muerte. Entonces, el fiel remanente de Israel será terriblemente puesto a prueba de esa manera (Apocalipsis 13:15 y sig.) Sadrac, Mesac y Abed-nego representan a ese remanente. ¿Intervendrá Dios para librarlos? ¡Tal es el desafío del rey! “No es necesario que te respondamos sobre este asunto” declaran estos jóvenes (v. 16). La fe del creyente no tiene por qué justificarse ante los inconversos. Le basta la aprobación del Señor. Las amenazas de ahora, como anteriormente la atracción de las delicadas comidas del rey, no consiguen apartar a esos tres testigos del camino de la obediencia a Dios. Habían sido fiel “en lo muy poco” (cap. 1), ahora lo son “en lo más” (Lucas 16:10).

Daniel 3:19-30

Este capítulo nos muestra lo que el fiel debe hacer, lo que Satanás puede hacer, pero también lo que Dios hace. “No temas… estaré contigo… Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti”. Ésa fue la promesa hecha al remanente fiel en Isaías 43:1-2. Y Dios va a cumplirla. Echados en el horno de fuego ardiente, los tres hombres no sufren mal alguno; además, tienen en él un maravilloso encuentro. En su misterioso compañero de un momento, no tenemos dificultad para reconocer al Hijo de Dios. Sí, el crisol de la prueba es una privilegiada cita del Señor con los suyos.

En tanto que el fuego extermina a los hombres encargados de echar a los condenados en el horno ardiente, ni éstos, ni nada de lo que les pertenece es siquiera impregnado por el olor del fuego. Una única cosa es consumida en el horno de fuego ardiente: las ataduras con las cuales se los había inmovilizado (v. 25). ¿No es a menudo éste el resultado de la prueba para el cristiano? Lo libera de tal o cual atadura con la cual el mundo lo tenía sujeto y le permite andar libremente en compañía del Señor Jesús.

La ira del rey dio lugar a la consternación (v. 24). Al exponer su vida, esos jóvenes testigos supieron demostrarle la realidad de su fe en un Dios todopoderoso.

Daniel 4:1-18

Este capítulo reproduce sin comentario una proclama de Nabucodonosor. ¡A la verdad es un discurso muy diferente de los que pronuncian de costumbre los jefes de Estado! Se trata más bien de un testimonio dado ante todos los habitantes del mundo. En la medida que podamos, no temamos decir en voz muy alta lo que el Señor hizo por nosotros.

El rey empieza por recordar su antigua condición. Estaba tranquilo (v. 4), pero era una paz engañosa; era floreciente, mas la vida de un hombre no consiste en la abundancia de sus bienes (Lucas 12:15); todo lo que el Dios Altísimo había puesto en sus manos sólo había servido para nutrir su soberbia y el contentamiento consigo mismo. Para arrancarlo de su falsa seguridad se le envió un sueño que felizmente termina por espantarlo y turbarlo (v. 5). ¡Saludable espanto! A menudo la inquietud es la primera señal del trabajo de Dios en una conciencia. Pero, una vez más, solamente después de haber agotado todos los recursos humanos —magos, astrólogos, caldeos y adivinos— y cuando su impotencia es manifestada (2 Timoteo 3:9), Nabucodonosor está dispuesto a aceptar la interpretación de Daniel. Discierne en él “el espíritu de los dioses santos” (v. 8 y 18; comp. Génesis 41:38). Sólo el Espíritu de Dios puede explicar la palabra de Dios (1 Corintios 2:11).

Daniel 4:19-27

Se comprende la lucha interior que hay en el corazón de Daniel cuando descubre el significado del sueño. En semejantes circunstancias, decir la verdad lo expone a la muerte. Pero no flojea. El sentimiento de la misión que recibió de Dios le da la valentía necesaria para abrir ante los ojos del rey el libro de su porvenir, valentía que no excluye la sabiduría y la mansedumbre; sabe hablar con un espíritu de gracia sazonada con sal (Colosenses 4:6). ¡El Señor nos aliente por medio del ejemplo de ese fiel siervo! Nosotros que sabemos por la Palabra cuál será la suerte eterna de los pecadores sin arrepentimiento, no escondamos ese terrible lado de la Verdad por miedo a desagradar a los hombres.

El gran árbol, figura del rey, también representa al mundo en general (véase Ezequiel 31:3-9). Soberbio y floreciente (v. 4), está organizado para satisfacer todas las necesidades y codicias de la humanidad. Su sombra protectora y sus variadas ramas ofrecen a cada uno su lugar y su alimento (v. 21). El mundo sólo olvida una cosa: que “el Altísimo tiene dominio” (v. 25). Por eso el juicio va a caer sobre él, y Dios, mediante su Palabra, advierte a cada uno: “Tus pecados redime con justicia” (v. 27) y reconcíliate con Dios (comp. Isaías 58:6-7).

Daniel 4:28-37

La paciencia de Dios otorgó doce meses al rey para romper con sus pecados (v. 27 y 29). Lamentablemente, su secreta raíz, la soberbia, no hace más que crecer desmedidamente (5:20). Llega el día en que Nabucodonosor mismo da la señal de su desastre: pronuncia la insensata frase por medio de la cual tiende a hacerse igual a Dios (v. 30). No ha terminado de hablar cuando la sentencia divina cae del cielo como el rayo y lo que ella anuncia se cumple “en la misma hora”. El más grande personaje de la tierra pierde la razón y es rebajado al rango de una estúpida bestia. De hecho, la sumisión a la voluntad de Dios es la única cosa que eleva al hombre.

El rey se restablece tan pronto como aprende a alzar los ojos al cielo. El que desde lo alto de su palacio había pregonado el poder de su fuerza y la gloria de su majestad, de ahí en adelante proclama ante toda la tierra: “Alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo…” ¡Qué cambio en el corazón de ese hombre: ayer un impío, hoy un adorador! Reconoce la legitimidad de la lección que aprendió. El Altísimo, quien eleva “al más bajo de los hombres” (v. 17 fin), es poderoso para “humillar a los que andan con soberbia” (v. 37; Lucas 18:14). A este relato puede servirle de conclusión el versículo 10 del Salmo 2: “¡Ahora, pues, oh reyes, obrad con cordura!” (V.M.)

Daniel 5:1-12

El tiempo de Nabucodonosor se había caracterizado por la persecución de que fueron objeto los fieles (cap. 3). El de su sucesor Belsasar se destaca, al contrario, por la indiferencia religiosa, la fácil abundancia y la búsqueda de los placeres. En la historia del mundo tales períodos se suceden y nuestra época esclarecida y tolerante se parece mucho a la de Belsasar. En la mayoría de los países no se persigue más a los creyentes. Pero se ofende a Dios de otra manera; tenemos una imagen de ello en ese banquete. Para adornar se mesa, el sacrílego rey no teme hacer traer los santos utensilios del Templo. Y la orgía sigue a más y mejor… cuando ocurre algo espantoso. En la pared, “delante del candelero” (comp. Números 8:2), una mano se perfila, escribe algunas palabras y desaparece… El rey palidece, sus rodillas se entrechocan; también los grandes están perplejos. ¿Cuál será el sabio que leerá la trágica escritura? (1 Corintios 1:19). El príncipe ligero y mundano no conoce a Daniel (comp. Éxodo 1:8). Pero la reina madre sabrá escogerlo. Ella no asistía al banquete, como tampoco el profeta. Separación del mundo y discernimiento espiritual van a la par.

A los hombres de nuestra generación Dios ya no los advierte con misteriosos mensajes sino mediante su Palabra.

Daniel 5:13-31

Por tercera vez en un momento crítico, Daniel entra en escena para interpretar el pensamiento de Dios. Pero aquí estamos en el último cuarto de hora de la historia de Babilonia. Y el varón de Dios ya no procede con miramiento alguno para anunciar su derrumbe. Belsasar no tuvo en cuenta el testimonio de su padre (v. 22). Daniel sólo puede traducirle la irrevocable sentencia. Tres palabras le bastan a Dios para sellar la suerte de Babilonia y su príncipe. “Mene, Mene”: contado y recontado. ¡Admiremos esa repetición! Es como si el justo Dios verificara con cuidado su suma antes de la decisión final (comp. Génesis 18:21). ¡Pesado! ¡Ay! ese frívolo monarca y sus grandes colocados “en la balanza… serán menos que nada” (Salmo 62:9). ¡Finalmente dividido! El Altísimo que “gobierna el reino de los hombres” va a dar éste a otro. La Historia relata cómo Ciro el persa, después de haber desviado el curso del Eufrates (el que atraviesa Babilonia), se sirvió de su lecho desecado para introducirse en la ciudad con sus soldados, aprovechando la noche y la orgía del palacio. ¡Es de desear que ese solemne relato también nos instruya! Velemos y seamos sobrios para que no nos sorprenda la venida del Señor.

Daniel 6:1-16

El imperio de la «cabeza de oro» pasó en una sola noche. Daniel, presente en sus comienzos, también asistió a su caída 70 años más tarde. Y volvemos a hallar al profeta, anciano de casi 90 años, dominando los acontecimientos y las personas. No le impresiona más el esplendor humano que su derrumbe. Aunque extranjero (tanto en el sentido moral como en el propio) sirvió con la misma conciencia al vanidoso Nabucodonosor, al mundano Belsasar y ahora al débil Darío (comp. 1 Pedro 2:18). Esa fidelidad le vale la confianza del soberano y la envidia de sus colegas. Éstos conspiran contra él, y el rey, inducido en error por su hipócrita gestión, firma un irrevocable decreto. Pero Daniel, por más buen servidor que sea, no puede someterse a él. Fue necesaria esa inicua conspiración para que nos enteremos de que el hombre de Dios tenía una santa costumbre: tres veces al día se arrodillaba en su habitación para invocar a su Dios (léase 1 Reyes 8:48 y 50 y Salmo 55:17).

Queridos amigos, podemos ponernos de rodillas tanto como lo deseemos sin ser inquietados. Usemos de este privilegio para hallar en él, como Daniel, la oculta fuente de la fuerza y de la sabiduría.

Daniel 6:16-28

En el foso de los leones se renueva el milagro del horno ardiente del capítulo 3. El varón de Dios es guardado de los dientes de las fieras como en otros tiempos sus tres amigos lo fueron del ardor del fuego. Hebreos 11:33-34 nos revela su común secreto: “por fe… taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos”. Uno puede preguntarse por qué Dios liberó a esos siervos cuando tantos otros mártires dejaron su vida en las hogueras o las arenas (comp. Hebreos 11:37). Ante todo, Dios protegió a sus testigos para mostrar su poder: aquí Él estaba comprometido frente a Darío. Este episodio de la vida del profeta corresponde palabra por palabra a la experiencia relatada en el Salmo 57 (v. 4-5 y el solemne v. 6).

¡Cómo nos hace pensar Daniel en el Señor Jesús! Así fue Cristo, fiel del principio al fin: extranjero, separado del mundo, pero siempre dispuesto a hacer el bien y a revelar el pensamiento de Dios acerca del mundo.

Como Daniel, no dio motivo a las acusaciones y fue condenado sin razón, a causa de su misma fidelidad (comp. v. 4). Pero salió triunfante de la muerte (ese dominio del león rugiente: Salmo 22:13 y 21), la cual será la parte de los malvados. ¡Sí, gloria a nuestro Redentor!

Daniel 7:1-14

Recordemos el plan del libro de Daniel. En los primeros seis capítulos hemos visto vivir a ese varón de Dios. En los seis últimos oiremos sus profecías.

Ahora le toca a Daniel tener un sueño cuyo tema general es el mismo que el de Nabucodonosor en el capítulo 2. Pero esta vez, las cuatro sucesivas monarquías del tiempo de los gentiles se ven bajo la apariencia de bestias. El león con alas de águila representa a Babilonia (comp. Jeremías 4:7; 49:19, 22 y 30), el oso feroz a Persia; el rápido leopardo al imperio griego. En cuanto a la cuarta bestia que surge “espantosa y terrible y en gran manera fuerte”, no existe en la creación un animal lo bastante monstruoso como para prestarle su nombre (2:40). Se trata del imperio romano, especialmente bajo la forma que va a tomar: la de diez cuernos (o diez reyes) con el pequeño cuerno preponderante. Este último representa al jefe del imperio, agente de Satanás, hombre de una inteligencia sin par al servicio de una desmedida ambición, el que proferirá blasfemias. “Estuve mirando hasta que…” (comp. 2:34). El “Anciano de días”, es decir, Dios mismo, súbitamente destruirá esa encarnación del espíritu del mal, antes de dar al Hijo del hombre “dominio, gloria y reino” (v. 14).

Daniel 7:15-28

Si estos temas proféticos nos parecen arduos, imitemos a Daniel, quien tiene el deseo de saber la verdad (v. 19) y pregunta por ella (v. 16). Esos acontecimientos, tan cercanos ahora, deben interesarnos por más de una razón. Primeramente, se trata de la forma que tomará el mundo, en el cual vivimos, después del arrebatamiento de la Iglesia. Y ya vemos claramente dibujarse las corrientes que convergen hacia ese espantoso cuadro final: la opresión y la violencia (v. 19); la negación de toda relación con Dios (las bestias: léase 2 Pedro 2:12), la insensata exaltación del hombre (ese cuerno que se eleva, hablando grandes cosas)…

No olvidemos que los testigos llamados “santos del Altísimo” atravesarán esa trágica época. Tendrán que sufrir, serán quebrantados (literalmente usados: v. 25), pero luego recibirán el reino y el juicio (v. 18 y 22; Apocalipsis 20:4). Y lo que en el versículo 14 fue atribuido al Hijo del hombre será igualmente dado al pueblo de los santos del Altísimo (v. 27). Habrán sido trillados (v. 23) por los “dominios” malvados (v. 27). A su turno recibirán ese dominio cuando el Señor, quien fue fiel hasta la muerte más que cualquiera, se asociará en gracia con los suyos a fin de reinar con ellos (Salmo 149:5-9).

Daniel 8:1-14

La nueva visión otorgada a Daniel antes del fin del primer imperio (v. 1) ya concierne, sin embargo, a las relaciones del segundo reino (Persia) con el tercero (Grecia o Javán) lo mismo que a la final evolución de este último. La dominación medo-persa (el carnero) debía ser quebrantada y reemplazada por el “macho cabrío”, es decir, el imperio griego. A su turno, éste iba a desmembrarse a la muerte de Alejandro para ser repartido entre sus cuatro generales (v. 8). Punto por punto la visión fue notablemente confirmada por la Historia. Después de lo cual, sin transición, pasando por encima de los tiempos actuales, la profecía nos transporta al “tiempo del fin” (v. 17). Mientras el occidente será gobernado por “la bestia” (cap. 7), otro personaje extremadamente poderoso se levantará en oriente en el lugar ocupado antiguamente por uno de los demás “cuernos”. Es el asirio, mencionado por otros profetas. Su única ambición será la de crecer y elevarse cada vez más. Se extenderá en dirección a “la tierra gloriosa” (Israel) y en su impía temeridad quitará el culto de Dios de Jerusalén. Nada igualará su orgullo y locura. ¡Y sin embargo!… pisotear los dones celestiales y el sacrificio de Cristo, echar por tierra la verdad, ya es la actitud de todos los que hoy en día niegan la fe (v. 9-12).

Daniel 8:15-27

El ángel Gabriel está encargado de explicar a Daniel la visión que tanto lo asustó. En los últimos tiempos del reino venidero —el del norte, del imperio griego—, cuando la maldad de los hombres haya llegado al colmo (v. 23), se levantará un rey, llamado el asirio, diferente del pequeño cuerno del capítulo 7. Ese hombre utilizará su extraordinaria inteligencia para hacer el mal (v. 24-25). En último lugar se atreverá a atacar a Cristo. Entonces será quebrantado por la directa intervención de Dios (sin mano), en contraste con la historia de los imperios, en la que vemos a Dios utilizar al uno para derrumbar al otro (Job 34:20).

De esa manera, este capítulo nos mostró cómo los cuernos del carnero (el imperio de los medas y persas) fueron quebrantados y reemplazados por el cuerno del macho cabrío (el imperio griego) y finalmente por el mismo atrevido rey. Dios permite que ese hombre se eleve y elimine a sus rivales, pero su fin es ser quebrantado (Proverbios 6:15). La Historia ya nos ofrece más de un comparable ejemplo. Tal el de Alejandro, llamado el Grande, ese fogoso conquistador, quien murió a los 33 años de edad después de haber subyugado un inmenso imperio. Sin duda, él ilustra mucho mejor que otros estas palabras del Señor Jesús: “Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Mateo 16:26).

Daniel 9:1-14

Este hermoso capítulo nos muestra a Daniel haciendo uso de dos recursos, los que siempre están a nuestra disposición: la Palabra y la oración. Esta vez no es enseñado mediante una visión, sino al escudriñar las Escrituras. Por ellas se entera:

1) de que la liberación de Israel está cercana (v. 2; véase Jeremías 29:10 y sig.);

2) por qué motivos la mano de Jehová hirió y dispersó a su pueblo y en qué condiciones la restauración puede tener lugar (v. 11; léase Levítico 26:40 y sig.);

3) de la actitud conveniente para que Dios escuche y perdone (léase 1 Reyes 8:47 y sig.)

Vuelto su rostro hacia Jerusalén y hacia Dios el Señor, Daniel vuelve a tomar las expresiones dictadas por Salomón palabra por palabra: “Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente…” (v. 5 y 15; cap. 6:10). Daniel no sólo nos es presentado como irreprochable, sino que aun sufrió las consecuencias del pecado de otros durante toda una vida de exilio. No obstante, confiesa la iniquidad como siendo suya; experimenta el dolor y la humillación de ella ante Dios; carga con las transgresiones de su pueblo. Es lo que Cristo hizo perfectamente. Exento de todo pecado, cargó con los nuestros, los confesó como siendo sus pecados, soportando, solo, en nuestro lugar, el castigo que habíamos merecido (Salmo 40:12).

Daniel 9:15-27

Aquí Daniel no obra como profeta (comp. v. 6), sino más bien como abogado de Israel. Sabe hallar los argumentos justos, exactos para tocar el corazón de Dios. Le pide que intervenga “por amor del Señor” (v. 17), “en tus muchas misericordias” (v. 18), “por amor de ti mismo… porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo” (v. 19; comp. Salmo 25:11; Levítico 22:32). Tal oración es agradable a Dios, quien se apresura a contestarla. Su mensajero de nuevo es Gabriel, el mismo que será escogido para anunciar el nacimiento del Salvador y el de su precursor (Lucas 1:19 y 26). Pero aquí el ángel no está encargado de transmitir un feliz mensaje, ¡ni mucho menos! Esclarece la inteligencia de Daniel acerca de:

1) el rechazo del Mesías después de 69 (7 + 62) semanas de años. Esos 483 años (69 x 7) deberán contarse a partir del comienzo de la reconstrucción de Jerusalén en el tiempo de Nehemías;

2) la destrucción de la ciudad y del templo por los romanos al mando de Tito (v. 26); por fin, en un tiempo aún venidero, la trágica equivocación de los judíos que, enceguecidos por Satanás, reciben en lugar de Cristo a “un desolador”, el Anticristo (v. 27). En el capítulo 24 de Mateo, versículos 15 y siguientes, el Señor Jesús con solemnidad confirma las profecías de Daniel.

Daniel 10:1-14

A veces Dios responde inmediatamente a las oraciones de los suyos. En el capítulo 9:21 su palabra llega a Daniel mientras está orando. Otras veces, al contrario, como en este capítulo, retarda su intervención para poner a prueba la realidad de nuestros deseos y la perseverancia de nuestra fe. Pero, si a veces debemos orar mucho tiempo antes de recibir respuesta, nunca concluyamos que Dios no escucha (1 Juan 5:15). Afirma a Daniel que su oración fue oída “desde el primer día”. Este versículo 12 nos revela el estado moral agradable a Dios, el cual, por decirlo así, es la llave de las comunicaciones con el cielo. Recordemos el secreto de Daniel: disponía su corazón para entender y para humillarse.

Al comparar la visión de los versículos 5 y 6 con la del apóstol Juan en Patmos (Apocalipsis 1:13-16), comprendemos que Aquel que aparece aquí con los atributos de la soberana justicia sólo puede ser el Mesías quitado (9:26), el que también será glorificado. En tal presencia, el más piadoso de los hombres es presa de un mortal pavor. Para ser el canal de las revelaciones divinas es necesario que primeramente la muerte haya operado en nosotros (2 Corintios 4:12). Pero la misma palabra de gracia viene a tranquilizar a Daniel y más tarde a Juan: “No temas”. “Muy amado no temas” (v. 12 y 19).

Daniel 10:15-21; Daniel 11:1-9

Antes de considerar el lado visible de la profecía, el capítulo 10 nos hace entrever su lado oculto: la contraparte celestial de los acontecimientos de aquí abajo. Sin dejar de creerse libres, los grandes de este mundo parecen títeres; son dirigidos desde lo alto por “principados y potestades” satánicos mediante esos hilos que son sus pasiones (Efesios 2:2). Pero también Dios tiene sus legiones de ángeles con sus jefes (Hebreos 1:14). Y, cosa maravillosa, mediante nuestras oraciones podemos poner en movimiento sus fuerzas invisibles, entablar los mismos combates y, como Elías y Daniel, hacer la experiencia de que “la oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16).

En el capítulo 11 Dios abre a su profeta una amplia vista de los acontecimientos que se producirían. Tres monarcas persas iban a sucederse: Cambises II, Gaumata el Mago y Darío Hystape (respectivamente reconocidos en Esdras 4:6, 7 y 24). Después de ellos, el rico y poderoso Jerjes (el Asuero del libro de Ester) emprendería una formidable ofensiva contra Grecia (Javán). Luego vendría la ascensión relámpago de Alejandro el Grande (v. 3-4), la dispersión todavía más rápida de su reino “hacia los cuatro vientos” (impactante ilustración del libro de Eclesiastés), seguida de largos altercados entre sus dos principales herederos.

Daniel 11:10-28

Este capítulo anuncia y cuenta en detalle la rivalidad de las cuatro dinastías que iban a repartirse el imperio griego de Alejandro. En ese rey del norte se reconoce la estirpe de los seléucidas, la que gobernó las regiones situadas al norte de Palestina: Siria y Asia Menor; en tanto que los reyes del sur son los lágidas (o tolomeos) que poseían a Egipto. Entre esas dos potencias rivales debían alternarse guerras y tratados de alianza con los humanos halagos, chantajes, casamientos diplomáticos y asesinatos. Las relaciones entre las naciones no han cambiado desde entonces y los manuales de Historia sólo son el triste reflejo de lo que contiene el corazón humano: codicia (v. 8), violencia y crímenes (v. 14), malas costumbres (v. 17), fraude (v. 23), corrupción (v. 24), traición (v. 26) y mentiras (v. 27).

A dos mil años de distancia, ¡cuán vanos parecen esos conflictos en los que está en juego la tierra de Israel (v. 16) y que enfrentan a esos vanidosos monarcas durante cortos años!

La política internacional del tiempo de los reyes tolomeos y seléucidas está descrita de antemano de manera tan exacta que ciertos incrédulos, confundidos, hicieron todo lo posible por demostrar que este capítulo sólo podía haber sido escrito después de los acontecimientos que anuncia.

Daniel 11:29-45

Ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, es decir, no puede ser aislada del plan general de Dios (2 Pedro 1:20). A partir del versículo 36, como lo prueban las palabras del Señor mismo, es cuestión de acontecimientos aún venideros, a los cuales, de alguna manera, los del pasado sirvieron de bosquejo e introducción. Así, Antíoco Epifanio, rey de Siria, está designado sin equívoco en el versículo 31. Para vengarse de los judíos, sacrificó una cerda en el templo e hizo colocar en él una estatua de Júpiter, no es más que una figura del futuro rey del norte o asirio. A ese personaje profético se aplican los versículos 40 a 45, mientras que los versículos 36 a 39 conciernen al Anticristo, «el rey», quien en ese tiempo del fin se hará adorar en Jerusalén. Será el superhombre esperado, quien, bajo el dominio de Satanás, reunirá en su persona todas las perversas y orgullosas tendencias del corazón humano. Obrar según su antojo (en absoluto contraste con Cristo: Hebreos 10:7), proferir las peores blasfemias contra Dios, despreciar a Su Cristo, elevarse por encima de todo, apoyándose en el dinero, la violencia y la mentira, tal es por cierto el espíritu del Anticristo, el que no es difícil discernir en el mundo actual (1 Juan 2:18, 22-23).

Daniel 12:1-13

El cumplimiento de los primeros sucesos de la profecía son la garantía de que los que se anuncian para el tiempo del fin ciertamente se producirán. El actual período de gracia es como un largo paréntesis que interrumpe desde hace casi dos mil años el curso de la profecía. Da a cada uno la oportunidad de convertirse para ponerse a cubierto del próximo juicio.

Entre el pueblo de Daniel, “todos los que se hallen escritos en el libro” serán libertados. Los que son llamados “los entendidos” resucitarán para vida eterna; los demás, para el horror de una perdición eterna. Así se acabarán los tiempos determinados para el juicio; la suerte de cada hombre será definitivamente fijada y nada más en la tierra será obstáculo para el despliegue de los consejos de Dios. No lo olvidemos, la profecía siempre tiene a Israel por objeto. Aun la historia de los reinos gentiles se considera en relación con el pueblo elegido. Sin embargo, los pensamientos de Dios primeramente tienen como invariable centro la gloria de Cristo. Por eso son sellados y ocultos para los impíos, mientras que se invita a los entendidos a comprenderlos. También los comprenderemos en la medida en que tengamos verdadero aprecio por esta gloria del Señor Jesús.

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