Amós

Amós 1:1-15

Para negar la inspiración de la Biblia, los incrédulos hacen valer el número y la diversidad de los hombres que la escribieron. Pero ello es precisamente lo que la confirma. La perfecta concordancia de los testimonios de 40 escritores, los que se extienden por 1500 años, es un milagro indiscutible. Para preparar la ejecución de un edificio, un constructor se valdrá de varios ingenieros, dibujantes, técnicos… cada uno de los cuales contribuirá con sus aptitudes y cuidados. Esto no impedirá que la obra haya sido concebida por él, conducida según su plan y que lleve su nombre. Los siervos de quienes se sirvió Dios para redactar su Palabra son diferentes. Daniel era príncipe, Jeremías y Ezequiel sacerdotes, Amós un sencillo pastor (v. 1). Pero el divino llamado lo colocó entre “los santos hombres de Dios” que “hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (cap. 7:14-15; 2 Pedro 1:21). Su libro sólo puede, pues, confirmar la perfecta armonía entre todas las partes de las Escrituras. Amós empieza donde terminó la profecía de Joel (comp. v. 2 con Joel 3:16). Este último habló de las naciones en su conjunto. Amós nombra sucesivamente a Siria, Felistía, Tiro, Edom, Amón (y Moab en el cap. 2) para declarar que cada uno de esos pueblos colmó ampliamente la medida de sus pecados.

Amós 2:1-16

Con Moab, la lista de los transgresores no está cerrada todavía. ¡Judá e Israel tienen su lugar entre los pueblos culpables! Y el pecado de Israel supera al de todos sus vecinos. Estos últimos sólo habían practicado su maldad contra sus enemigos, en tanto que en Israel los fuertes habían aplastado a los débiles, manchado a los nazareos y cerrado la boca a los profetas (v. 12). “Vendieron por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatos” (v. 6 y 8:6); pisotearon al pobre, oprimieron al justo e hicieron perder su causa a los pobres (cap. 5:11-12). Pensamos en el Señor Jesús, tan a menudo designado como “el Justo” (por ejemplo en Hechos 22:14), o como “el Pobre” (Salmo 40:17; 41:1). No dejó de ser oprimido, afligido, antes de ser traicionado, vendido, y finalmente se le dio muerte (Santiago 2:6 y 5:6). Como para subrayar más los crímenes de su pueblo, Jehová recuerda las maravillas que otrora había hecho a favor de él. Destruyó a sus formidables enemigos (v. 9); lo liberó de Egipto y lo condujo por el desierto (v. 10). ¡Hechos de poder y de amor que evocan su obra de salvación a favor de todos los hombres! Esta obra encuentra de parte de ellos una horrorosa ingratitud. ¿Qué respuesta le dio usted al amor del Salvador?

Amós 3:1-15

Israel era una familia que Dios había escogido para él de entre todas las familias de la tierra. “Por tanto…” prosigue Jehová, para mostrar que esa elección acarreaba las más estrictas obligaciones. Digámoslo una vez más: cuanto más estrecha es la relación, tanto mayor es la responsabilidad (léase Mateo 11:20-24). Una misma falta se apreciará de manera diferente si es cometida por un extraño, por un sirviente o por un hijo.

Dios se dispone a visitar a su pueblo mediante el juicio. Sin embargo, no se hará nada sin una advertencia. El rugido del león es la señal de alarma más eficaz para el rebaño. Amós, el pastor de Tecoa, lo sabe bien y procura arrancar al pueblo de su inconsciencia. “Proclamad… Oíd…” exclama él. Pero Dios va a emplear otra voz para sacudir el entorpecimiento y la dureza de Israel. Toda la profecía de Amós está llena de alusiones a un terremoto que iba a sobrevenir dos años más tarde (cap. 1:1; 2:13-16; 3:14-15; 6:11; 9:1, 11 etc.)

Nosotros, quienes por gracia formamos parte de la celestial familia de Dios, prestemos oído a todas las maneras en que nuestro Padre nos advierte.

Amós 4:1-13

En otros tiempos, cuando Jehová enviaba sus plagas a Egipto, ponía a Israel a cubierto de ellas (Éxodo 8:22; 9:6-7 y 26; 10:23; 12:12-13). ¡Qué «cambio radical», también en el sentido moral! (v. 11). Aquí le vemos obligado a castigar a su propio pueblo tal como a Egipto (v. 10). Hambre, sequía, plagas, epidemias, terremoto: cinco calamidades se suceden con el fin de hablar a la conciencia de esta nación rebelde. ¡Ay! el triste refrán se repite cinco veces: “mas no os volvisteis a mí, dice Jehová” (v. 6, 8, 9, 10, 11). ¡No les arrojemos la piedra! Para con nosotros ¿no emplea el Señor la misma paciencia? Si a menudo recurre a medios que nos son penosos, siempre nos salva “como tizón escapado del fuego” (comp. Zacarías 3:2). ¿Nos hemos vuelto a él? Porque tarde o temprano será necesario encontrar a Dios. Si no es ahora en gracia, acudiendo al Señor con un corazón arrepentido, será él quien visitará al pecador en juicio (Lucas 12:58-59). “Prepárate para venir al encuentro de tu Dios”.

Hoy en día, ¿cuál es para todo hombre la única manera de prepararse para ese solemne encuentro? Confesar sus pecados y aceptar el perdón que Jesús otorga gratuitamente. ¿Lo ha hecho cada uno de nosotros?

Amós 5:1-13

“Id a Bet-el, y prevaricad” —invitaba irónicamente el capítulo 4:4— “aumentad en Gilgal la rebelión…” Pero ahora Dios suplica: “No busquéis a Bet-el, ni entréis en Gilgal…” “Buscadme, y viviréis… Buscad a Jehová, y vivid” (v. 4-6).

Para vivir, al hombre nada le vale tener una religión; necesita un Salvador. Jesús es el camino, la verdad, la vida; nadie viene al Padre sino por él (Juan 14:6). Reconozcamos la grandeza de Aquel que hizo y sostiene los mundos (Hebreos 1:2-3). En una noche clara, cuando descubrimos las Pléyades y el Orión, estas constelaciones confunden nuestra inteligencia. En vano nos esforzamos por apreciar su fantástico alejamiento. Pero el Hijo de Dios cumplió una obra mucho más maravillosa aun. Él cambió en mañana la sombra amenazadora de la muerte eterna que ya nos envolvía, la que fue sorbida en victoria en su resurrección (v. 8; 1 Corintios 15:54). Por cierto, las tinieblas siempre reinan en este mundo. La opresión y la injusticia son cosas corrientes. Pero el cristiano no es agobiado por ellas: aun “en tiempo malo” sabe dónde hallar a su Salvador. “Buscadle”, tal debería ser nuestra consigna cada vez que abrimos nuestra Biblia (Salmo 27:8).

Amós 5:14-27

El bien se identifica con Dios (Salmo 4:6). “Buscad lo bueno… para que viváis” (v. 14) corresponde a: “Buscad a Jehová, y vivid” (v. 6). Sin embargo, para buscar el bien es necesario amarlo, lo mismo que se huirá del mal en la medida en que se tenga horror de él (v. 15; Romanos 12:9). Pero, dirá alguien, no siempre es fácil distinguir el bien del mal. Sin duda, y la moral humana poco nos ayudará, ya que sólo puede comparar al hombre con el hombre. El único guía seguro es la Palabra de nuestro Dios.

Como esas multitudes cristianas que repiten: “Venga tu reino” y convocan así el día de su juicio, algunos deseaban el día de Jehová… sin darse cuenta de que significaría su desdicha. Multiplicaban las formas religiosas: fiestas, ofrendas, solemnes asambleas, ¡imaginándose que así ocultaban a Dios su verdadero estado! “Quita de delante de mí… el estruendo de tus cánticos” (v. 23, V.M.) responde el Señor severamente… ¡Ay! cuántos cánticos y oraciones sólo son para Dios un vano ruido. No olvidemos que él reclama “la verdad en lo íntimo” (Salmo 51:6).

Esteban citará los versículos 25 a 27 a los principales de los judíos para hacerles tomar conciencia de la antigüedad y gravedad de su pecado (Hechos 7:42-43).

Amós 6:1-14

Ya anteriormente Jehová había puesto el dedo sobre la dureza de corazón, la altivez, el egoísmo y el apego a las comodidades de su pueblo extraviado (cap. 2:6; 4:1; 5:11; comp. 1 Corintios 10:24; 1 Juan 3:17). La inteligencia de éste estaba dedicada a su propio recreo (v. 5). ¡Estado de cosas que también habla a nuestra conciencia! ¿Es honesto emplear para nuestro uso lo que el Señor nos confió para su servicio? Sin contar con que el camino de nuestras codicias nos conduce, espiritualmente hablando, a someternos a la servidumbre del enemigo (comp. v. 7). En fin, he aquí lo que va a la par de la prosperidad material y los gustos refinados: “No se afligen por el quebrantamiento de José” (v. 6). Los contemporáneos de Amós ya no sufrían a causa de la división de Israel en dos reinos. Hoy la misma causa, a saber, la asidua persecución de nuestras comodidades y de nuestros intereses, produce el mismo efecto: una culpable indiferencia en cuanto al estado de ruina de la Iglesia y a la división de los cristianos.

El versículo 8 afirma que Dios aborrece la soberbia, raíz de todo pecado. Es de desear que el Señor nos enseñe a juzgarla en nosotros, así en sus más groseras manifestaciones como en las más sutiles. Recordemos que él resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes (Santiago 4:6).

Amós 7:1-17

En el capítulo 3:7 Jehová había prometido que no haría nada sin primeramente revelar su secreto a sus siervos los profetas. Informa, pues, a Amós de sus intenciones y, ante esa señal de confianza, el profeta responde, como Abraham en otros tiempos, con perseverante intercesión (Génesis 18:17 y 23). Habla con la libertad de aquel que conoce íntimamente a su Dios: ¿No es tu castigo demasiado severo? No te olvides de que Jacob es pequeño (Dios mismo lo llama gusano en Isaías 41:14). Es justamente lo contrario de la jactancia del pobre pueblo que pretendía: “¿No hemos adquirido poder con nuestra fuerza?” (cap. 6:13).

Precisamente después de haber abogado de manera tan conmovedora por su pueblo, Amós es tratado de conspirador por uno de los jefes religiosos. ¡Cómo se parece a Jesús, a quien los sacerdotes acusaban ante Pilato: “A éste hemos hallado que pervierte a la nación…”! (Lucas 23:2).

Amós, lejos de enojarse o reivindicar el honor debido a un profeta, de buena gana reconoce su humilde origen. Su autoridad no procede de su nacimiento ni de su educación sino exclusivamente de un llamado divino (comp. Gálatas 1:1). Luego, de parte de Jehová, declara al impío sacerdote lo que le aguarda.

Amós 8:1-14

La visión del canastillo de fruta (v. 1) debe dar a entender a Amós que Israel está maduro para el juicio. A diferencia de la noche de Pascua, el destructor ya no protegerá el pueblo pasando por encima de él, sino que Israel “será como en llanto de unigénito” (v. 10). El vano ruido de los cánticos (cap. 5:23) se convertirá en gemidos y las canciones en lamentos (v. 3 y 10). ¡Silencio! concluye el versículo 3, como para poner un término a ese inútil alboroto. De ahí en adelante toda boca se cierra ante el Señor. Y el fin del capítulo nos habla del silencio de Dios, el cual es el peor de los castigos.

Pocos pasajes son tan pavorosos como los versículos 11 y 12. Una vez que haya dejado de oírse la divina Palabra, tanto tiempo menospreciada, los hombres comprenderán el valor de ella. Entonces “irán errantes de mar a mar”, correrán aquí y allá en una indecible desesperación. ¡Y no la hallarán! (comp. 1 Samuel 28:6 y 15).

Queridos amigos, midamos nuestro privilegio: hoy la Palabra de Dios está todavía a nuestro alcance, “cerca de ti” —dice el apóstol— “en tu boca y en tu corazón” (Romanos 10:8). La Biblia nunca ha sido tan ampliamente difundida como en este tiempo. Lo que falta es más bien el hambre y la sed del alma para apropiarse de sus promesa e instrucciones. ¡Dios los despierte en cada uno de nosotros!

Amós 9:1-15

“Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7). Los capítulos precedentes nos mostraron lo que Israel había sembrado, de manera que la siniestra cosecha no debe sorprendernos. La última visión de Amós es, con mucho, la más terrible. Ve al Señor de pie sobre el altar, ordenando la matanza final. Nadie escapará. La trastornada huida de los culpables nos recuerda el Salmo 139 (comp. v. 2 con Salmo 139:8). Pero ese salmo cuenta esencialmente la experiencia de un creyente que huye de la luz. Aquí, al contrario, se trata de pecadores perseguidos con miras al juicio. Sin embargo, este último no constituye la conclusión del libro. A partir del versículo 8 aparece la gracia. De la criba por la cual pasó el pueblo fue echada toda la cascarilla, pero ningún grano se perdió (v. 9). A su debido tiempo Dios mostrará que guardó a sus elegidos. Los versículos 11 a 15 describen el restablecimiento y la bendición final. Entonces, todas las cosas serán sujetadas a Cristo.

Nosotros, como redimidos del Señor, no le encontraremos como Justiciero de pie sobre el altar según la visión de Amós. Le veremos coronado de gloria y de honra a la diestra de Dios (Hebreos 2:8-9). Y por la fe ya le contemplamos así.

navigate_before Joel Abdías navigate_next

vertical_align_top Arriba