Hechos

Hechos 1:1-14

Lucas, el autor inspirado del libro de los Hechos, empieza su relato con la ascensión de Jesús al cielo, aunque ya había narrado ese acontecimiento al final de su evangelio. La razón de esto es que la venida del Espíritu Santo y toda la obra que debía resultar de ella “hasta lo último de la tierra” deriva de la presencia de Cristo en la gloria (Juan 7:39, 16:7). Además, esta introducción confirma que todo lo que los apóstoles hicieron corresponde a las órdenes que recibieron del Señor (v. 2, 8) y justifica el servicio de ellos. “Me seréis testigos”, les dijo Jesús, para dirigir sus pensamientos hacia él y apartarlos de las cosas de esta tierra (v. 6). Fueron los primeros depositarios de las verdades maravillosas que le concernían: Aquel que había padecido estaba ahora vivo (v. 3). Viéndolo ellos, fue alzado al cielo (v. 9), y volverá de la misma manera, según la promesa comunicada por los ángeles (v. 11). Ellos tendrían que anunciar estas cosas por el poder del Espíritu que iban a recibir pronto (v. 8).

La primera reunión después de la ascensión del Señor fue dedicada a la oración; todos los apóstoles estuvieron presentes. Hoy día estamos llegando al final de la historia de la Iglesia sobre la tierra; pronto tendrá lugar la última reunión antes de su retorno. Mientras esperamos la venida del Señor, ¡no dejemos de congregarnos! (léase Hebreos 10:25).

Hechos 1:15-26

Pedro –un Pedro plenamente restaurado– tomó la palabra en medio de los primeros discípulos. Recordó el miserable fin de Judas, quien se había ahorcado (Mateo 27:5-8). ¡Horrible muerte, pero una suerte eterna más terrible aún! (v. 25). Luego, basándose en la autoridad de las Escrituras y a la luz de ellas, mostró la necesidad de reemplazar al discípulo caído. Doce apóstoles debían ser los testigos oficiales, por así decirlo, de este hecho fundamental del cristianismo: la resurrección del Señor (1 Corintios 15:3-5). José, llamado Barsabás, y Matías se hallaban entre los que habían tenido el privilegio de acompañar a Jesús durante su ministerio. Tal vez pertenecían al grupo de los setenta que habían sido enviados otrora de dos en dos (Lucas 10:1). Después de haber orado al Señor, quien conoce “los corazones de todos”, para que manifestase su voluntad, echaron suertes y Matías fue elegido.

Echar suertes para conocer la voluntad de Dios no nos corresponde más hoy día, porque el Espíritu Santo está presente para dar a los creyentes el discernimiento que necesitan. Con respecto a esto es interesante comparar esta escena con la de Hechos 13:2, en la cual el Espíritu ordena: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado”.

Hechos 2:1-21

Ya habían pasado algunos días desde la ascensión del Señor. Su promesa, como la del Padre, iba a cumplirse (1:4). En forma de “lenguas repartidas, como de fuego”, el Espíritu Santo, persona divina, descendió a la tierra y se posó sobre cada uno de los discípulos. Seguidamente su poder se manifestó en ellos: tuvieron la capacidad para expresarse en idiomas que no conocían. Así Dios remedió en gracia la maldición de Babel y confirmó a todos que la bendición divina iba a extenderse por toda la tierra (Génesis 11:1-9).

La fiesta judía de pentecostés atraía cada año a Jerusalén una considerable muchedumbre de israelitas esparcidos por todas las naciones. Esa concurrencia ofreció la oportunidad para tener la primera gran reunión de evangelización. ¡Cuántos motivos de admiración para esa multitud! Cada uno pudo oír hablar en su propia lengua “las maravillas de Dios”. Y los que las presentaban eran unos “galileos” sin mucha instrucción (comp. 4:13 y Juan 7:15). No es necesario pertenecer a una elite ni haber realizado ciertos estudios para ser siervo del Señor. Depender de él y someterse a la acción del Espíritu Santo son las principales condiciones requeridas. ¡Que cada uno de nosotros pueda cumplirlas!

Hechos 2:22-41

Partiendo de un texto del profeta Joel (Joel 2:28-32), Pedro demostró a los judíos que el poder que actuaba en ellos era de origen divino. Cuando oigamos una lectura o una meditación bíblica, nunca olvidemos que Dios nos habla. En su predicación, Pedro recordó la vida perfecta de Cristo, su muerte y su resurrección anunciadas en varios pasajes del Antiguo Testamento y atestiguadas por los apóstoles. Así, a “este Jesús” que el pueblo había crucificado, Dios lo hizo sentar a su diestra, designándolo como Señor y Cristo. ¡Qué terrible debió ser para esos asesinos convencerse de haber cometido semejante crimen! Tocados en su conciencia, los oyentes se compungieron de corazón, es decir, fueron presos de temor y confusión a la vez. ¿Cómo apaciguar a Dios después de tal ultraje? En primer lugar, por el arrepentimiento, respondió Pedro. Éste no consiste en un simple pesar por haber obrado mal, sino en un juicio que hacemos juntamente con Dios sobre nuestros malos actos, y en el abandono de la conducta anterior; esa ya es una primera manifestación de fe. Tres mil personas fueron convertidas y bautizadas después de esa primera predicación.

Hechos 2:42-47; Hechos 3:1-11

El capítulo 2 termina con un admirable cuadro de la Iglesia en sus comienzos. Como hoy en día, realizaba reuniones para la edificación, la adoración y la oración (v. 42). Sin embargo, ahora frecuentemente limitamos la vida de la asamblea a estas reuniones, cuando debería tener su prolongación en las casas de los que la componen (v. 46). “Y sobrevino temor a toda persona”, declara el versículo 43. La seriedad y la gravedad pueden coincidir perfectamente con la alegría señalada en el versículo 46.

En el capítulo 3 vemos el poder del Espíritu Santo manifestándose no sólo en las palabras de los apóstoles, sino también en sus obras.

Al pedir limosna a Pedro y a Juan, el cojo sentado a la puerta del templo, llamada la Hermosa, estaba lejos de esperar el don que iba a recibir: una milagrosa curación por la fe en el solo nombre de Jesús. “Lo que tengo te doy”, le dijo Pedro (v. 6). Cuando se trata de dar algo, generalmente pensamos primero en el dinero (v. 6). Pocas veces pensamos en dar a conocer nuestro inagotable tesoro celestial, a nuestro Salvador, lo cual es un gran privilegio.

¡Qué cambio para ese pobre cojo! Hasta entonces había estado “a la puerta”, es decir, fuera. Entonces entró en la presencia de Dios para alabarlo (v. 8). ¿Estará alguno de nuestros lectores aún “a la puerta”?

Hechos 3:12-26

Al enterarse de la curación del cojo, una muchedumbre de curiosos se aglomeró: todos estaban atónitos y maravillados (v. 10). Pero enseguida Pedro desvió la atención puesta en él y en Juan, para atribuir el milagro al poder del nombre de Jesús. Ese hecho demostraba de una manera deslumbrante la vida y el poder en la resurrección de Aquel a quien habían matado. “Negasteis al Santo y al Justo”, les declara el apóstol; no para condenarlos, sino como alguien que entiende por experiencia propia la vergüenza que implica este pecado (v. 14; Lucas 22:54-61). Luego agrega: “Sé que por ignorancia lo habéis hecho (v. 17), confirmando así la Palabra del Salvador en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

La oportunidad que aquí es dada a los judíos de oír el Evangelio y de arrepentirse responde a ese ruego del Señor. En medio de ellos tenían el testimonio del Espíritu Santo hablando a través de Pedro y manifestándose por la vida de la Iglesia (2:44-47). Si la nación hubiera confesado su pecado y se hubiese vuelto de todo corazón a Dios, el Señor habría regresado; pero como no quiso, desde entonces no podrá alegar su ignorancia.

Hechos 4:1-22

Una obra tan poderosa no dejó de provocar la oposición de Satanás. Sus instrumentos nos son conocidos: Anás, Caifás, los sacerdotes, los ancianos y los escribas, en resumen: los principales responsables de la condenación del Señor. Si hubiesen sido condescendientes con los discípulos, tácitamente hubieran confesado su injusticia crucificando al Maestro; mas el orgullo se lo impedía. Por lo tanto perseveraron en su odio contra el nombre de Jesús. Y de ahí en adelante el mismo Señor sería la piedra de toque por excelencia, la que probaría a cada hombre. Para unos sería “la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa”, y para otros “piedra de tropiezo, y roca que hace caer” (comp. v. 11 y 1 Pedro 2:4-8).

El versículo 12 es fundamental; afirma el valor único y la necesidad de creer en ese precioso nombre para ser salvo.

Los discípulos eran conocidos por haber estado con Jesús (v. 13). Si tenemos la costumbre de vivir en la comunión del Señor, los demás lo notarán.

Toda la oposición de los jefes judíos no pudo detener la acción del Evangelio (v. 4) ni cerrar la boca de los apóstoles, pues ellos habían recibido su llamamiento y su misión de parte de Dios mismo (v. 19). La Palabra estaba en ellos “como un fuego ardiente” (véase Jeremías 20:9).

Hechos 4:23-37

Pedro y Juan volvieron a encontrarse con los demás discípulos, “los suyos”, como los llama el texto sagrado (v. 23), y les contaron lo que habían dicho los jefes del pueblo. Entonces, en vez de ponerse a deliberar sobre la conducta a seguir, emplearon su común recurso: la oración (véase 6:4; 12:5 y 12; 14:23). En ella mencionaron la rebeldía de los judíos y de las naciones contra Dios y contra su santo Hijo Jesús, reconociendo en esta rebeldía el cumplimiento de las Escrituras (aunque sólo parcialmente, razón por la cual los apóstoles omitieron, al citar el Salmo 2, la terrible respuesta divina a las provocaciones humanas).

El denuedo es característico de este capítulo (v. 13, 29, 31 y de todo el libro). No tiene nada en común con la energía carnal que otrora impelía a Pedro… y lo abandonaba un momento después. Aquí los discípulos recibieron esa virtud como respuesta a su oración. Imitémoslos cuando sintamos que nos falta el ánimo.

Los versículos 32 y 37 presentan una magnífica descripción de la Iglesia en el frescor de su primer amor. Sin pretender volver a ese feliz comienzo, esforcémonos en manifestar el espíritu de aquellos tiempos poniendo a un lado nuestro egoísmo y aprovechando todas las oportunidades para ayudar a nuestros hermanos.

Hechos 5:1-16

El principio del capítulo 4 muestra que la acción del enemigo contra la verdad se ejerce desde afuera. El capítulo 5 comienza con la palabra “pero”: ahora el mal obra desde el interior, para corromper la Iglesia. Desde entonces Satanás no ha dejado de estar activo de estas dos maneras. El espíritu de imitación y el deseo de aparentar piedad llevaron a Ananías y Safira a mentir. Pedro los reprendió con santa indignación y enseguida la mano de Dios los alcanzó. Aquí no se trata de la salvación de sus almas, de su suerte eterna, sino de la manifestación del gobierno de Dios hacia sus hijos. So pretexto de que somos objetos de la gracia de Dios, no pensemos que por ello Dios subestime el pecado en nosotros. Dios es santo y así deben serlo sus hijos (1 Pedro 1:15-17). Al ver lo ocurrido, un gran temor se apoderó de los presentes. Nosotros debemos cultivar ese mismo sentimiento frente a Aquel que lee nuestros más secretos pensamientos.

Los versículos 12-16 nos hablan de los milagros de amor hechos “por la mano de los apóstoles” y nos muestran también que no es suficiente admirar a los creyentes, sino acercarse uno mismo al Señor (v. 13, 14). En Apocalipsis 21:8, los cobardes son nombrados en primer lugar entre los que se pierden eternamente.

Hechos 5:17-32

El sumo sacerdote y sus compañeros estaban celosos de ver que hombres sin instrucción y no pertenecientes al clero obtuvieran tanto éxito entre la muchedumbre. Además, los saduceos que negaban la resurrección estaban especialmente en contra de los apóstoles, que anunciaban la resurrección del Señor Jesús (v. 17, 4:1-2). Incapaces de ejercer su autoridad de otra manera, echaron en la cárcel a los apóstoles, a quienes no pudieron silenciar. Pero el Señor envió un ángel para librar a sus siervos. Seguidamente éstos volvieron a enseñar en el templo. Al saberlo, los jefes del pueblo los hicieron comparecer ante el concilio y les reprocharon querer echar sobre ellos la sangre de “ese hombre”, mientras que, ante Pilato, ellos mismos juntamente con el pueblo habían dicho: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos” (Mateo 27:25). Cuando pretendían hacer callar a los apóstoles, Pedro y sus compañeros respondieron: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (v. 29; 4:19). Una vez más dieron un brillante testimonio de la gloriosa resurrección de Jesús, “Príncipe y Salvador”, así como del perdón de los pecados por medio de él.

Hechos 5:33-42

Después de haber empleado un ángel para liberar a los suyos, Dios se sirvió de Gamaliel, un eminente fariseo (secta opuesta a la de los saduceos). Era un “doctor de la ley” conocido y respetado por los judíos. Con moderación y valiéndose de ejemplos que todos conocían, exhortó a sus colegas a tener paciencia, pues según el desenlace de ese asunto se vería si la obra era de los hombres o de Dios. Normalmente no es difícil discernir de qué lado están los que dicen ser alguien, como en el caso de Teudas (v. 36). Pero, ¡cuán distinta era la conducta de los apóstoles! Reconocían que ellos no eran nada por sí mismos y daban toda la gloria al nombre de Jesús, a quien perseveraban en anunciar (3:12; 4:10).

De antemano el Señor había advertido a sus discípulos que echarían mano de ellos, que serían perseguidos y entregados a las sinagogas y a las cárceles (Lucas 21:12). Efectivamente, todas estas pruebas no tardaron en sobrevenirles (v. 17-32), y desde entonces no han cesado de ser la porción de los creyentes en un lugar u otro. A menudo agradecemos al Señor por evitarnos las persecuciones que causan tantos estragos. Pero no olvidemos que sufrir por Su nombre es un honor. Los apóstoles se gozaron “de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre” (v. 41, comp. 1 Pedro 4:19; Mateo 5:11, 12).

Hechos 6:1-15

Aquí el armonioso cuadro de los capítulos 2:42 y 4:32 se ha ensombrecido. En medio de los discípulos hubo murmuración, es decir, reclamaciones que no se atrevieron a formular en voz alta. Pongamos especial cuidado en acallar en nosotros tales murmuraciones de descontento y celos, pues por medio de ellas “el destructor” se esfuerza en turbar la comunión de los hijos de Dios (léase 1 Corintios 10:10).

Para remediar ese estado de cosas se eligieron siete varones de buen testimonio. Nunca hubiéramos pensado que hasta para servir a las mesas fuese necesario estar “llenos del Espíritu Santo” (v. 3). ¡Pues bien! Es el estado normal del cristiano y así podría ser el nuestro si lo deseamos en verdad. Y no pidiendo una nueva venida del Espíritu, como algunos creen, pues éste ya está en el creyente, sino dejándole todo el lugar en el templo de nuestro corazón.

En Esteban, particularmente, el Espíritu brilló bajo sus tres caracteres: “De poder, de amor y de dominio propio” (o de sabiduría, v. 8 y 10; 2 Timoteo 1:7). Los hechos (v. 8) y las palabras (v. 10) de ese siervo de Dios cerraron la boca a todos sus adversarios, quienes sobornaron contra él falsos testigos (comp. Mateo 26:59). Pero su rostro ya resplandecía con una hermosura celestial (v. 15).

Hechos 7:1-19

Cuando el sumo sacerdote cedió la palabra a Esteban, éste no aprovechó para refutar las falsas acusaciones de las cuales le inculpaban. El Espíritu Santo, del cual estaba lleno, le dictó “en la misma hora” lo que debía contestar (Lucas 12:11-12). Se sirvió de la historia de Israel para exponer los caminos de Dios y su fidelidad, al mismo tiempo que la infidelidad del pueblo. En efecto, ese relato que ocupa un relevante lugar en la Palabra de Dios contiene, bajo forma de “figuras”, enseñanzas destinadas a servir de advertencia (1 Corintios 10:11).

Abraham fue llamado por el Dios de gloria y obedeció (Hebreos 11:8). Por la fe confió en las promesas que Dios le había hecho desde antes del nacimiento de Isaac. Sus descendientes debían residir algún tiempo en Egipto y padecer allí bajo el yugo de la esclavitud, para luego salir de ese país e ir a servir al Señor en la tierra prometida. “Me servirán” (v. 7), palabras apropiadas para alcanzar la conciencia de ese pueblo indócil y rebelde.

La historia de José, rechazado por sus hermanos y luego exaltado por el Faraón, ilustra notablemente el odio de los judíos hacia Cristo y la posición gloriosa que Dios le dio después de haberlo librado “de todas sus tribulaciones” (v. 10).

Hechos 7:20-43

Esteban había sido acusado de proferir palabras blasfemas contra Moisés (6:11). Pero, por el contrario, ¡con qué veneración habló de aquel patriarca! La hermosura que Dios discernió en el recién nacido (v. 20), más tarde su poder en palabras y obras (v. 22), el amor que lo movió a visitar a sus hermanos (v. 23) y la incomprensión con la cual tropezó cuando quiso librarlos (v. 25, 35) son otros tantos rasgos que debían incitar al pueblo a fijar sus ojos en el Salvador a quien había rechazado. Además, el mismo Moisés había anunciado la venida de Cristo exhortando a escucharlo (v. 37). El apóstol Pedro, antes que Esteban, en su discurso del capítulo 3 (v. 22) había citado ese versículo 15 de Deuteronomio 18. ¡Doble testimonio del cumplimiento de esta Escritura! Pero ese pueblo se mostró rebelde e idólatra desde el principio de su historia; y pese a los más grandes testimonios de amor y paciencia de parte de Dios, su carácter natural no ha cambiado. Así son nuestros pobres corazones. Tan lejos como podamos remontarnos en nuestros recuerdos, aun en la más tierna infancia, hallamos la desobediencia y la codicia. Sólo el poder de Dios ha podido darnos otra naturaleza.

Hechos 7:44-60

Esteban siguió su relato. Pese a comparecer como acusado ante el concilio, es él, por el contrario, quien enjuiciaba de parte de Dios a ese pueblo de “dura cerviz”, como ya se lo llama en Éxodo 32:9 y 33:3. “Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo” (v. 51), les dijo, estando él lleno del Espíritu. ¿Nosotros también le resistimos cuando se trata de hacer la voluntad del Señor, o de no hacer la nuestra?

¡Qué contraste entre la paz del discípulo, absorto en la visión gloriosa de Jesús a la diestra de Dios, y el furor de sus adversarios! Esta rabia los incitó, aun sin un simulacro de juicio, a cometer el crimen que durante muchos siglos acarrearía el rechazo de los judíos como nación y su dispersión por toda la tierra. Comparando las últimas palabras de este hombre de Dios (v. 56, 60) con las del Señor en la cruz (Lucas 23:34, 46), notamos una vez más cómo el discípulo se parece al Maestro sobre el cual ha puesto sus ojos. Ese homicidio es la trágica conclusión de la historia del pueblo rebelde, narrada por Esteban. Él la firmó con su propia sangre, llegando a ser así el primer mártir de la Iglesia después de la larga lista de los profetas perseguidos (v. 52; 1 Tesalonicenses 2:15-16). Esta escena introdujo el período de la Iglesia, caracterizada por la presencia del Espíritu Santo en la tierra (Esteban estaba lleno de él) y la de Cristo glorificado a la diestra de Dios, tal como lo describe el fiel testigo.

Hechos 8:1-25

El Señor había mandado a sus discípulos: “Me seréis testigos en *Jerusalén, en toda *Judea, en *Samaria, y hasta lo *último de la tierra” (1:8). Hasta entonces sólo habían cumplido con la primera parte de esa orden. Para hacerlos pasar a la siguiente etapa, el Señor en su sabiduría recurrió a un medio penoso: *la persecución, de la que la muerte de Esteban dio la primera señal. Ésta tuvo como resultado la *dispersión de los creyentes, y en consecuencia la difusión del Evangelio a otros lugares. Un viento desagradable a menudo tiene el feliz efecto de sembrar a lo lejos semillas útiles.

Felipe, el evangelista nombrado en el capítulo 6:5, descendió a Samaria para predicar a “Cristo”: No una doctrina, sino una Persona (v. 5 y compárese con v. 35). ¡Qué poder tendría nuestro testimonio si en lugar de presentar solamente verdades, también habláramos de Aquel de quien nuestro corazón está (o debería estar) lleno!

Así, esos samaritanos odiados y despreciados por los judíos también participarían de ahí en adelante del bautismo y del don del Espíritu Santo. Ni el nacimiento, ni los méritos, ni el dinero –como se lo imaginaba Simón el mago– dan acceso a tal privilegio. Todo proviene de la pura gracia de Dios.

Hechos 8:26-40

Felipe acababa de ser el instrumento de una gran obra en Samaria. ¡Cuál habrá sido su sorpresa al recibir la orden de abandonar su campo de trabajo para dirigirse a un camino desierto! ¡Extraño lugar para anunciar el Evangelio! Sin embargo, obedeció sin discutir. Y he aquí pasó el carro de un alto funcionario etíope, quien había hecho un largo viaje para venir a adorar en Jerusalén. Pero, ¿cómo podría encontrar a Dios en la ciudad donde Su Hijo había sido rechazado? Sin embargo, al regresar, este hombre traía un tesoro infinitamente más grande que los de su soberana (v. 27): una porción de las Sagradas Escrituras. Dios lo había conducido en su lectura hasta el corazón del libro del profeta Isaías: el capítulo 53. Así todo estaba preparado para el siervo del Señor. Por medio de Felipe, el etíope aprendió a conocer a Jesús. Pudo ser bautizado y seguir su camino “gozoso” para llegar a ser, muy probablemente, un mensajero de la gracia en su lejano país.

No sólo son predicadores del Evangelio los que se dirigen a las multitudes. Empecemos por ser obedientes, en particular en nuestros desplazamientos. Entonces el Señor permitirá que nos hallemos justo en el momento preciso en el camino de alguien a quien podamos anunciar a Jesús.

Hechos 9:1-22

El capítulo 8:3 menciona a un joven llamado Saulo; éste era un adversario particularmente encarnizado contra los cristianos. Según sus propias palabras, era “blasfemo, perseguidor e injuriador”; en fin, el primero de los pecadores (1 Timoteo 1:13-15). Pero Dios con su poder iba a arrancar a Satanás uno de sus mejores instrumentos y alistarlo para su servicio. A Saulo no le bastaba con atormentar a los cristianos de Jerusalén; en su furor y fanatismo iba a perseguirlos hasta las ciudades extranjeras donde el Evangelio se había difundido (comp. 26:11). Se dirigió a Damasco con el corazón lleno de un odio implacable hacia los discípulos del Señor y provisto de una autorización del sumo sacerdote. Pero en el camino, en pleno mediodía, repentinamente fue enceguecido por una luz resplandeciente. Al caer en tierra supo –podemos imaginarnos con qué sorpresa– que quien lo interpelaba desde lo alto era el mismo Jesús a quien combatía en la persona de sus discípulos. Porque el Señor se identifica con sus amados rescatados; ellos forman parte de él.

Saulo fue conducido a Damasco mientras su alma era objeto de un profundo trabajo. El Señor envió a Ananías a visitar al nuevo convertido para abrirle los ojos y bautizarlo.

Hechos 9:23-43

Tan pronto como se convirtió, Saulo empezó a predicar el nombre que tanto había combatido (v. 20). Sin embargo, fueron necesarios muchos años de preparación para el ministerio al cual el Señor lo destinaba (v. 15). Jóvenes creyentes, no esperen hasta tener un gran conocimiento para hablar del Señor a otros. Pero tampoco piensen que para emprender cualquier servicio para el Señor sea suficiente ser salvo. Pablo necesitó un período de retiro en Arabia (Gálatas 1:17) y otro en Tarso (v. 30; 11:25) antes de ser llamado a predicar el Evangelio a las naciones en compañía de Bernabé. Sólo catorce años después de su conversión los demás apóstoles le dieron “la diestra en señal de compañerismo”, reconociendo su obra entre las naciones (véase Gálatas 2:9).

Cuatro hermosos rasgos caracterizaban a las iglesias en esos primeros tiempos: la paz, la edificación, un temor reverente y el crecimiento debido a la acción del divino “Consolador”, el Espíritu Santo (v. 31) que aún permanece con nosotros para que podamos realizar esos caracteres.

El capítulo termina con la curación de Eneas y la resurrección de Dorcas: dos milagros, hechos a través de Pedro, que permitieron llevar almas al Señor y que los discípulos gozaran de la consolación del Espíritu Santo.

Hechos 10:1-24

Este capítulo tiene una gran importancia para nosotros, cristianos pertenecientes a las naciones. En efecto, aquí vemos a Pedro abrir las puertas del reino de los cielos a las naciones (Mateo 16:19). Notemos con qué cuidado y gracia Dios había preparado, por un lado, a su siervo Pedro y, por otro, a Cornelio, con miras al encuentro que tendría consecuencias tan maravillosas para este último como para nosotros. La revelación de Dios halló tanto al uno como al otro en la misma excelente ocupación: la oración. Por la vacilación de Pedro cuando se le ordenó comer del contenido del gran lienzo bajado del cielo, podemos comprender cuán arraigados estaban los prejuicios judíos, aun en los discípulos, y cuál era el espíritu de superioridad de un israelita frente a un pagano. A través de esa visión, Dios quiso enseñar a su siervo a no hacer más diferencias entre un pueblo “puro” y las naciones impuras. Todos, judíos y gentiles, somos pecadores, mancillados y desobedientes, pero todos somos igualmente objetos de una misma misericordia (Romanos 10:12; 11:30-32). ¡Que Dios nos guarde de hacer “acepción de personas” (o de parcialidad, v. 34) al considerar a algunos como menos dignos de recibir el Evangelio! No nos incumbe escoger, sino obedecer.

Hechos 10:25-48

Dios emplea distintos medios para que las almas aprendan a conocerlo. La conversión del etíope (8), la de Saulo (9) y la de Cornelio (10) no se parecen. En estos tres hombres distinguimos a los descendientes de los tres hijos de Noé (Génesis 10). Cam: las razas africanas y asiáticas; Sem: Israel y ciertos pueblos orientales; Jafet: las naciones del norte y del occidente. “Todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre”. Tal es, en adelante, el mensaje universal dirigido a todo linaje, lengua, pueblo y nación (v. 43; Apocalipsis 5:9). En la persona de Cornelio, los que estaban “lejos” oyeron a su vez “el evangelio de la paz por medio de Jesucristo” (v. 36; 2:39; Efesios 2:17).

¡Gloriosas visitas para esta casa otrora pagana! Primero un ángel (v. 3), luego Pedro y los hermanos que lo acompañaban, portadores del mensaje del Evangelio; por último, y por encima de todo, el Espíritu Santo, quien vino a sellar a esos nuevos convertidos, dando testimonio de su fe y de su calidad de hijos de Dios. ¿Cómo no reconocer en este signo público la voluntad de la gracia de Dios? Pedro sólo pudo confirmarlo por el signo del bautismo cristiano (v. 48).

Hechos 11:1-18

Nunca juzguemos ni por las apariencias ni por las circunstancias que sólo conocemos a medias. Un cristiano, cuyo comportamiento nos ha sorprendido, pudo haber obrado por obediencia al Señor. Así ocurrió con Pedro cuando entró en la casa de Cornelio y comió con él. Estos detalles parecían ser lo único importante para “los que eran de la circuncisión” (v. 2), en tanto que en aquella casa habían acontecido cosas maravillosas que Pedro les contaría en aquel momento.

La salvación de las naciones estaba anunciada en el Antiguo Testamento (por ejemplo Isaías 49:6; 65:1). El mismo Pedro había aludido a ello en su primer discurso (2:21, 39). Sin embargo, para que las prevenciones de los hermanos de Jerusalén pudieran desaparecer, hacía falta pruebas terminantes. Éstas fueron proporcionadas por el relato de Pedro y confirmadas por los seis testigos que lo habían acompañado. Al oír cómo el apóstol había sido esclarecido y conducido a la casa de Cornelio, y sobre todo cómo el Espíritu Santo había descendido a esos gentiles, todos reconocieron la voluntad de Dios y lo glorificaron. Alegrémonos por esa gracia que se ha extendido hasta nosotros, y si todavía no lo hemos hecho, apresurémonos a recibir también el “arrepentimiento para vida” (v. 18).

Hechos 11:19-30; Hechos 12:1-6

La puerta de la gracia, cerrada a los judíos como pueblo de Dios a causa de la muerte de Esteban, se abrió a las naciones. Muchos griegos se convirtieron al Señor (v. 20, 21). Jesús había visto de antemano ese fruto de su obra cuando precisamente unos griegos desearon verlo (Juan 12:20-26).

En Antioquía se constituyó entonces una iglesia próspera, en la cual Bernabé y Saulo ejercieron su ministerio durante un año. Allí, viendo el testimonio de esos creyentes, se les dio el nombre de su Señor, llamándolos por primera vez “cristianos”. Es un honor y también una responsabilidad llevar el nombre mismo de Cristo. Pero hoy en día, de la multitud de personas bautizadas que se hacen llamar por el hermoso título de cristianos, ¿cuántas lo son verdaderamente?

El amor fraternal de esos creyentes de Antioquía se manifestó enviando donaciones a los hermanos de Judea, quienes iban a tener que sufrir aún, pues Herodes Agripa I (12:1) era digno sucesor de su tío Herodes Antipas (Lucas 13:31-32; 23:11…), y de su abuelo Herodes el Grande (Mateo 2). Su crueldad y el deseo de agradar a los judíos le incitaron a matar a Jacobo, el hermano de Juan, y a echar a Pedro en la cárcel (comp. 12:3 y Marcos 6:26).

Hechos 12:7-25

Ni las cadenas, ni los dieciséis soldados, ni las intenciones criminales de Herodes impidieron que Pedro durmiera apaciblemente en la cárcel. Tampoco ningún obstáculo pudo impedir que el Señor liberara a su amado siervo (Salmo 121:4). Un ángel lo despertó y lo sacó con poder y prontitud (v. 7, 8, 10). ¡Cuán fácil es todo cuando Dios es quien obra! Él conocía la criminal espera del “pueblo de los judíos” (v. 11), pero también había escuchado las fervientes oraciones de la iglesia a favor de Pedro, y estas últimas prevalecieron. Es triste que cuando la respuesta llegó con el apóstol en persona, faltó la fe para reconocerlo. ¡Cuán a menudo oramos superficialmente, sin esperar realmente el objeto de nuestra petición! ¡Cuántas veces dudamos… mientras la respuesta ya está a la puerta!

Sordo a todas las advertencias divinas, Herodes prestó oído complacido a las adulaciones de los de Tiro y Sidón, quienes por razones políticas buscaban la amistad de aquel homicida. No dio la gloria a Dios, por lo cual repentinamente fue herido y murió de una manera terrible delante de todos. En cambio la Palabra del Señor, a quien Herodes había atacado en su locura, se extendió más que nunca (v. 24).

Hechos 13:1-12

Aquí empieza una nueva división del libro de los Hechos. La iglesia de Antioquía viene a ser el punto de partida de la obra que se cumplirá entre las naciones. Bernabé y Saulo se fueron, llamados y apartados por el Espíritu Santo y acompañados por las oraciones de la iglesia. Su primera estación fue la isla de Chipre, de la cual Bernabé era oriundo (4:36). Al llegar a Pafos, los apóstoles fueron convocados por el procónsul Sergio Paulo, el más alto funcionario romano de la isla. Este “varón prudente” conocía al Dios de los judíos y deseaba oír su Palabra. Pero estaba aconsejado por un inquietante personaje: Elimas, mago judío, quien ejerciendo una actividad abominable a los ojos de Dios (véase Deuteronomio 18:9-10), aprovechaba las necesidades espirituales de Sergio Paulo para influir nefastamente sobre él. La oposición de ese hombre produjo precisamente lo que buscaba impedir y permitió que Pablo –llamado así por primera vez– diera al procónsul una prueba del poder del Señor castigando al falso profeta.

Elimas es una figura del pueblo judío, el cual a causa de su resistencia al Espíritu de Dios ha sido enceguecido “por algún tiempo”, para beneficio de las naciones.

Hechos 13:13-31

Los apóstoles, prosiguiendo su viaje, llegaron a Panfilia. Pero allí Juan, llamado también Marcos (12:12), los abandonó y volvió a Jerusalén. Su fe no estaba a la altura del servicio para el cual se comprometió ni de las dificultades que entreveía. No basta con acompañar o imitar a un siervo de Dios. Incluso en una obra en común, cada uno tiene su propia responsabilidad ante el Señor y sólo puede andar con su fe personal.

Al dirigirse a los judíos en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, Pablo, como Esteban, recordó la historia de Israel y mostró cómo Dios había cumplido en Jesús las promesas hechas a David (Salmo 132:11). David era precisamente una figura preciosa del Salvador que debía descender de él (v. 23). Porque en contraste con Saúl, rey según la carne, Dios había escogido en la persona de David a un hombre según su corazón, quien haría todo lo que él quería (v. 22).

Todo concordaba para reconocer y designar a Jesús como el Mesías: el testimonio de Juan después del de todos los profetas, el cumplimiento de las Escrituras por su muerte, pese a que ningún crimen fue hallado en él (v. 28; Isaías 53:9), y por encima de todo su resurrección (v. 30).

Hechos 13:32-52

“Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación”, escribiría el apóstol Pablo a los Corintios (1 Corintios 15:14). No nos extrañemos, pues, al verlo insistir tanto en la resurrección del Señor Jesús. A los judíos ella les demostraba que él era el Mesías prometido, Aquel de quien habla el Salmo 16 y otras Escrituras (v. 34-35). A los paganos les confirmaba el poder de Dios y la inminencia de su juicio (17:31). A nosotros, los creyentes, la presencia de nuestro Redentor vivo en la gloria nos garantiza que su obra ha sido aceptada por Dios para nuestra justificación (Romanos 4:25), que nuestra porción es celestial (Colosenses 3:1-2) y que nuestra esperanza es segura y firme (Hebreos 6:18-20).

Por desgracia “el Evangelio” sólo encontró contradicción y blasfemia por parte de los desdichados judíos (v. 45). Entonces, obedeciendo la orden del Señor, los apóstoles se volvieron solemnemente a las naciones, confirmando que la remisión de pecados es para “todo aquel que cree” (v. 38, 39).

Aquellos judíos se juzgaban indignos de la vida eterna (v. 46). Y esto por incredulidad, mas no por humildad. El Señor los había designado bajo la figura del hijo mayor en la parábola del hijo pródigo (Lucas 15:25). Éste en su egoísmo y su propia justicia se privaba voluntariamente de la alegría de la casa paterna.

Hechos 14:1-28

En Iconio la Palabra produjo el mismo doble efecto que anteriormente: fe en un gran número de personas y oposición en otros. En cuanto a los apóstoles, hablaban con denuedo. ¿Cuál era el secreto de su ánimo? Estaban “confiados en el Señor”, quien cooperaba con ellos confirmando la Palabra con milagros y prodigios (comp. v. 3 y Marcos 16:20). La curación del hombre cojo en Listra, después de que los apóstoles habían sido echados de Iconio, produjo una fuerte impresión en los paganos de aquella ciudad. Éstos se dispusieron a adorar como dioses a los hombres, a quienes otros habían intentado apedrear en Iconio. A los ojos de los apóstoles, su nueva situación era aun peor que la anterior. Horrorizados, exhortaron a esos idólatras a volverse al Dios vivo (comp. 12:22, 23). ¡Pero los sentimientos de la multitud son tan contradictorios! Pronto los judíos llegados de Iconio les hicieron cambiar de opinión y apedrearon a Pablo con el consentimiento de todos. Salvaguardado por el Señor, el fiel siervo no se asustó ni se desanimó. Tranquilamente prosiguió su ministerio, volviendo por las ciudades en las cuales el Evangelio ya había sido anunciado. Así terminó el primer viaje misionero. Los apóstoles contaron a la iglesia todas las cosas gloriosas que Dios había hecho con ellos.

Hechos 15:1-21

Los creyentes de origen judío que componían las asambleas de Jerusalén y Judea experimentaron un gran gozo al oír sobre la conversión de las naciones (o gentiles). Pero algunos pensaban que para llegar a ser cristiano era necesario hacerse judío, es decir, circuncidarse y guardar la ley. Inmediatamente Pablo y Bernabé comprendieron el peligro que implicaba ese razonamiento, el mismo que más tarde obligaría al apóstol a escribir una carta severa a los gálatas. Volver a la esclavitud de la ley, les diría él, no es otra cosa que caer de la gracia (Gálatas 5:1-6). Las asambleas de Jerusalén y Antioquía corrían el peligro de dividirse por tal cuestión, mas Dios condujo los acontecimientos para que este asunto fuera debatido en Jerusalén y se salvaguardara la unidad de la Asamblea. Pedro y Jacobo tomaron la palabra y confirmaron que gentiles y judíos son salvados de una misma y única manera: “Por la gracia del Señor Jesús” (v. 11). Además no se debía inquietar a los nuevos convertidos con “débiles y pobres rudimentos” (v. 19; Gálatas 4:9). Sin embargo, Dios mantiene ciertos mandamientos que son anteriores al pueblo de Israel. Éstos son valederos para todos los tiempos y para todas las criaturas. Así, el abstenerse de sangre se remonta al diluvio (Génesis 9:4), y el respeto por el matrimonio a la misma creación (Mateo 19:4-8).

Hechos 15:22-41

Los apóstoles y los ancianos reunidos en Jerusalén se ocuparon diligentemente del asunto que se les planteaba. Toda la iglesia estuvo de acuerdo con las conclusiones de Jacobo (v. 22, 25). La carta que enviaron por intermedio de Judas y Silas tranquilizó y consoló a los hermanos de Antioquía que habían sido perturbados (v. 24). Al mismo tiempo la visita de los dos siervos de Dios contribuyó mucho a la edificación de la iglesia (v. 32). Los esfuerzos del enemigo para turbar y provocar divisiones produjeron finalmente efectos opuestos. La fe de los discípulos fue fortalecida y los vínculos de comunión entre las iglesias se estrecharon. Una vez más el enemigo cayó en su propia trampa (Proverbios 11:18).

Después de haber solucionado toda dificultad, la obra del Señor pudo continuar. La solicitud de Pablo por las asambleas constituidas durante su primer viaje se manifestó al emprender otro viaje para ver cómo estaban espiritualmente los hermanos (comp. 2 Corintios 11:28): “Lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias”. Pero esta vez, Bernabé no fue con Pablo, por causa del desacuerdo surgido entre ellos acerca de Marcos, su sobrino. Más tarde Marcos volvería a merecer la confianza del apóstol y le sería “útil para el ministerio” (Colosenses 4:10; 2 Timoteo 4:11).

Hechos 16:1-15

Pablo llegó a Derbe y Listra donde se habían constituido iglesias durante su primer viaje. Allí vemos al joven Timoteo, cuyo nombre significa «honrado por Dios». Éste había sido instruido en el conocimiento de las Sagradas Escrituras por una madre y una abuela piadosas (2 Timoteo 1:5; 3:15). ¡Feliz preparación para el servicio que en adelante debería cumplir con el apóstol, como un hijo que sirve a su padre! (Filipenses 2:22).

El “nos”, empleado desde el versículo 10 muestra que Lucas, el autor del libro, a partir de ese momento se unió a ellos en la obra del Señor. Observando el mapa podemos darnos cuenta de que después de haber tratado de ir primero a la izquierda, a la provincia de Asia (la región de Efeso), y luego a la derecha, a Bitinia, el apóstol y sus compañeros fueron llamados por el Espíritu a ir al frente de ellos, hacia Macedonia, al otro lado del mar Egeo. Cuando Dios cierra las puertas, el siervo obediente no debe insistir, sino esperar las directrices de arriba.

Filipos fue la primera ciudad de Europa que oyó el Evangelio; y la primera conversión mencionada es la de Lidia. El Señor abrió el corazón de esta mujer para que estuviese atenta… Pidámosle que abra también el nuestro y que nos guarde de toda distracción cada vez que la Palabra nos sea presentada.

Hechos 16:16-40

La liberación de la muchacha que tenía espíritu de adivinación acarreó torturas y prisiones a los dos siervos de Dios. Con razón podían pensar que en Macedonia, adonde se les había llamado para ayudar, se les tributaba una extraña acogida (v. 9). Pero en esa oportunidad Pablo puso en práctica lo que recomendaría más tarde a los cristianos de aquella ciudad. “Regocijaos en el Señor siempre” (Filipenses 4:4). Llenos de heridas, Pablo y Silas pudieron cantar en la prisión. Por supuesto que jamás en esos siniestros muros habían resonado semejantes ecos. ¡Qué testimonio daban esos cánticos a los oyentes! Cuanto más difíciles sean nuestras circunstancias, cuanto más nuestra paz y gozo hablarán a los que nos conocen. Por esa razón, a menudo, el Señor nos envía tribulaciones.

A este fiel testimonio, Dios agregó el suyo liberando a los prisioneros. Temblando, el carcelero exclamó: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?”. La respuesta, maravillosamente simple, se dirige a toda alma angustiada: “Cree en el Señor Jesucristo…” (v. 30, 31). Y, en consecuencia, el gozo llenó aquella casa.

Después de esa memorable noche, los apóstoles fueron liberados oficialmente y abandonaron la ciudad, después de haber exhortado una vez más “a los hermanos”.

Hechos 17:1-15

De Filipos, Pablo y sus compañeros fueron a Tesalónica, otra ciudad de Macedonia. Algunos judíos y muchos griegos, entre los cuales se hallaban mujeres nobles, recibieron la Palabra de Dios (1 Tesalonicenses 1:5). Pero la mayoría de los judíos, incitados por Satanás, instigaron al pueblo en contra de los predicadores del Evangelio. Para ese fin no vacilaron en servirse de gente desalmada, a la que, sin embargo, despreciaban, ni en retomar ante los magistrados el argumento utilizado años atrás frente a Pilato: “No tenemos más rey que César” (v. 7; Juan 19:15).

La temporada que Pablo pasó en Tesalónica fue breve, aproximadamente unas tres semanas. Pero Dios lo permitió así para nuestro provecho, pues por esa razón más tarde el apóstol se vio obligado a completar su enseñanza por medio de dos epístolas muy ricas en instrucciones para todos nosotros.

En Berea los judíos fueron más nobles y rectos. En lugar de dejarse enceguecer por los celos (v. 5), trataron de afianzar su fe estudiando cada día la Palabra, cuya autoridad soberana reconocieron (v. 11; Juan 5:39).

Recomendamos expresamente a cada uno de nuestros lectores a seguir ese ejemplo, que es la meta de estas pequeñas meditaciones diarias.

Hechos 17:16-34

Al quedar solo en Atenas, Pablo no se dejó distraer por sus monumentos y esculturas. Su corazón se enardeció al descubrir que esa ciudad, célebre por su cultura, estaba entregada a la más pavorosa idolatría. En el ágora (plaza pública de las ciudades griegas), Pablo encontró a los filósofos de distintas escuelas universalmente conocidas por su sabiduría. La inteligencia ha sido dada al hombre para discernir el eterno poder y la deidad de su Creador (Romanos 1:20). Pero la ignorancia de aquellos espíritus eminentes confirma que “el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría” (1 Corintios 1:21). En medio de ellos había un altar al “Dios no conocido”. Empezando por el principio, Pablo les habló del “Señor del cielo y de la tierra” (v. 24) que se ha revelado no sólo en la creación, sino también en la redención. Ese Dios soberano “ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (v. 30). Así que absolutamente nadie puede pretender que esa orden divina no le concierne.

La curiosidad intelectual no tiene nada en común con la verdadera necesidad del alma. Algunos oyentes de Pablo se burlaron abiertamente de él; otros dejaron para más tarde el examinar estas cosas. Pero algunos creyeron. Este aún es hoy el triple efecto producido por la predicación del Evangelio.

Hechos 18:1-11

En Corinto Pablo tuvo el feliz encuentro con Aquila y Priscila, una pareja de judíos. Convertidos a Cristo, llegaron a ser particularmente preciosos para el apóstol; hasta expusieron sus vidas por él en circunstancias que no nos han sido relatadas (Romanos 16:4). Corinto era una ciudad famosa por la corrupción moral y por su lujo. El apóstol y sus amigos no quisieron depender de esa riqueza y dieron ejemplo trabajando con sus propias manos (v. 3, comp. 1 Corintios 9:15, 18; 2 Corintios 11:8-9).

Ante la oposición de los judíos, Pablo se desligó de su responsabilidad para con ellos y les declaró que se iría a las naciones (v. 6). Pero en Romanos 9:2-5 vemos cuánto sufría el apóstol por tener que hablarles así. Entonces el Señor dio ánimo a su amado siervo y le reveló que si su pueblo terrenal no respondía a su llamado, él tenía en esa ciudad “mucho pueblo” para el cielo (v. 10). Precisamente en esa ciudad disoluta el Señor se complació en juntar un gran número de creyentes, como lo confirman las dos epístolas que les serían dirigidas. Esto prueba que en esa ciudad donde había tanta abundancia, ni las riquezas ni los placeres podían satisfacer las verdaderas necesidades del corazón de los hombres.

Hechos 18:12-28

Las maquinaciones de los judíos y sus acusaciones ante Galión no impidieron que Pablo prosiguiera su obra en Corinto. El Señor lo protegió según su promesa (v. 10).

Después volvió a ponerse en camino; pasó por Efeso, donde dejó a Priscila y Aquila; luego zarpó para Cesarea; de allí subió a Jerusalén y luego descendió a Antioquía, terminando así su segundo viaje misionero.

A partir del versículo 23 empieza el tercer viaje del incansable apóstol. Atravesó de nuevo Frigia y Galacia, donde se habían constituido iglesias que le ocasionaban muchas preocupaciones (Gálatas 1:2; 4:11). “Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros”.

Para entonces había llegado a Efeso otro siervo de Dios: Apolos, predicador notable por su elocuencia y poder para presentar la Palabra de Dios. Éstos eran el resultado de su fervor (v. 25), porque sólo se habla bien de lo que llena el corazón. “Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34-35). Además, “enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor”. Pero sus dones no fueron obstáculo para que aceptara humildemente las explicaciones de Priscila y Aquila en cuanto a las verdades que ignoraba. Estuvo dispuesto a escuchar; y su servicio en Acaya, adonde se dirigió después, fue muy útil y de gran provecho.

Hechos 19:1-22

Fiel a su promesa (18:21), el apóstol Pablo llegó a Efeso, capital de la provincia de Asia. Allí permaneció tres años (20:31), sucediendo a Apolos, mientras este último regaba en Corinto, donde Pablo había plantado (18:27-28, 1 Corintios 3:6). Entre esos siervos de Dios no vemos celos ni reivindicaciones en cuanto a un campo de labor particular.

El bautismo de Juan, el único que conocían los efesios, preparaba a los judíos arrepentidos para recibir a un Mesías que reinaría sobre la tierra. El cristiano, al contrario, tiene una posición celestial; por el Espíritu Santo está puesto en relación con un Cristo muerto y resucitado; verdad subrayada muy especialmente en la epístola a los efesios.

La Palabra del Señor “crecía y prevalecía poderosamente”, no sólo a causa de los milagros cumplidos por el apóstol, sino por su autoridad sobre los corazones. Conducía a esos creyentes a confesar lo que habían hecho y a renunciar públicamente a la práctica de la magia. Llenos del “primer amor” (Apocalipsis 2:4), esos efesios renunciaron a participar más “en las obras infructuosas de las tinieblas” (Efesios 5:11).

Queridos amigos, ¿la Palabra de Dios muestra su poder al mundo mediante frutos visibles en nuestras vidas?

Hechos 19:23-41

En Efeso existía un espléndido templo consagrado a la diosa Diana, el cual figuraba entre las siete maravillas del mundo antiguo. Las visitas de los turistas y las miniaturas de plata vendidas como recuerdo generaban grandes ganancias a los artesanos de la ciudad. Evidentemente, la predicación del Evangelio perjudicaba este comercio, por eso los vemos asociarse para defender sus intereses dando hipócritamente a su acción un pretexto religioso (comp. con Apocalipsis 18:11). Es muy triste constatar que aun hoy en día muchas personas, en vez de buscar la verdad, se detienen en consideraciones materiales concernientes a su bienestar, pensando cómo obtener su “riqueza” (v. 25), o por la opinión de otros.

Ruidosos clamores se elevaron a favor de la diosa… demostrando solamente que ésta era incapaz de asumir su propia defensa, a pesar de su presumida grandeza (comp. 1 Reyes 18:26-29).

Aunque hoy el mundo se cree más evolucionado y esclarecido que antes, únicamente ha cambiado sus dioses, mas no sus corazones. Abundan los ídolos inanimados de los templos, los ídolos del deporte, del espectáculo, de la canción, etc. Las multitudes de hoy en día adoran y siguen a los que les son presentados por el jefe de este mundo, diestro en el arte de extraviar a las almas.

Hechos 20:1-16

La manifestación hostil en Efeso llevó a Pablo a abandonar esa ciudad (comp. Mateo 10:23). Después de haber ido a Grecia, pasando por Macedonia, volvió por el mismo camino y abordó en Troas. El relato que se halla en los versículos 7-12 confirma que la cena se celebraba el primer día de la semana, como hoy en día. El sueño de Eutico durante la predicación de Pablo puede parecernos inconcebible. Pero, ¿no es también el apóstol quien nos habla cuando leemos sus epístolas? ¿Qué atención le prestamos? Ese terrible accidente nos muestra, respecto del orden moral, hasta dónde puede conducirnos la indiferencia hacia la Palabra: una caída y un estado de muerte. Pero aquí la gracia de Dios concedió un milagro consolador.

Por analogía, esta escena también puede hacernos pensar en la historia de la Iglesia responsable. Su sueño, su ruina y su aparente muerte han sido el resultado de la indiferencia hacia la enseñanza de los apóstoles, contenida en el Nuevo Testamento. Sin embargo, el Señor permitió un despertar seguido de alimento y consuelo para los suyos mientras esperan el alba de la gran partida (el arrebatamiento).

Pablo dejó Troas, queriendo ir solo por tierra. ¡Subrayemos el beneficio de andar a solas con el Señor! Luego se reunió con sus compañeros en Asón, de donde zarpó en dirección a Jerusalén.

Hechos 20:17-38

En Mileto, Pablo mandó llamar a los ancianos de Efeso para hacerles unas recomendaciones y despedirse. Les recordó lo que había sido su ministerio en medio de ellos y el ejemplo que se esforzó en darles. También les advirtió sobre los peligros que de afuera y de adentro amenazarían a la Iglesia (v. 29-30). ¿Cómo enfrentarlos? Los exhortó a estar vigilantes, pero sobre todo los encomendó a la gracia de Dios.

En lo que le concernía, el apóstol tenía un solo pensamiento: acabar fielmente su carrera (ésta era un asunto personal para él; comp. 2 Timoteo 4:7) y el “ministerio” (éste era el del Señor, comp. 1 Timoteo 1:12). Su vida no tenía otro sentido y estaba dispuesto a sacrificarla por la Iglesia que “muchas lágrimas” le había costado (v. 19 y 31, Colosenses 1:24). Pero, ¿qué era esto en comparación con el infinito valor que la Iglesia tiene para Dios? A él le costó nada menos que la sangre de su propio Hijo (v. 28, 1 Pedro 1:19). En este inmenso precio el apóstol hallaba el motivo de su abnegación y lo recordó a los ancianos de Efeso para recalcarles su propia responsabilidad.

Para terminar, Pablo citó un precioso dicho del Señor Jesús: “Más bienaventurado es dar que recibir” (v. 35). ¡Que podamos experimentarlo al imitar a Aquel que nos ha dado todo!

Hechos 21:1-14

El amor fraternal se manifestó a lo largo del viaje del apóstol (v. 1, 6, 12…). En Tiro como en Mileto, Pablo se separó de los hermanos de cada una de estas ciudades, después de haber orado arrodillados en la playa (v. 5; 20:36-37). El Espíritu subraya la presencia de los niños, algo tan deseable en las reuniones.

En Cesarea Pablo se hospedó en casa de Felipe, quien se había establecido allí después de haber predicado en todas las ciudades desde Azoto, incluidas sin duda Lida y Jope (Hechos 8:40; 9:32, 36). Sus hijas también tenían un hermoso servicio para el Señor, pero no lo desempeñaban en la Iglesia (v. 9, comp. con 1 Corintios 14:3 y 34).

El afecto hacia los de su pueblo fue lo que guió al apóstol durante ese viaje. Pablo era portador de las ofrendas reunidas en las asambleas de Macedonia y Acaya, y deseaba llevarlas él mismo a Jerusalén (Romanos 15:25-26). Por esa razón no tuvo en cuenta las advertencias del Espíritu, las del profeta Agabo ni las súplicas de los hermanos (v. 4, 11-12; ver Hechos 11:28). No tenemos derecho a juzgarlo. Pero este relato nos es dado para enseñarnos que al escuchar sólo los propios sentimientos, por muy buenos que sean, el creyente puede apartarse del camino de dependencia del Señor. ¡Cuán seria es esta lección para cada uno de nosotros!

Hechos 21:15-32

Para ir de Grecia a Roma, el apóstol se había propuesto pasar por Jerusalén (Hechos 19:21). Pese a ese inoportuno rodeo, la voluntad del Señor se cumpliría (v. 14). El camino que elegimos nosotros mismos nunca es sencillo; podemos estar seguros de que en él encontraremos toda clase de complicaciones. Los ancianos de Jerusalén invitaron a Pablo a “judaizar” para tranquilizar a los creyentes judíos; así el apóstol se halló impulsado a contradecir su propia enseñanza. ¡Penoso dilema para él! Una vez más vemos hasta qué punto los cristianos de Jerusalén estaban apegados a su religión judía. Trataban de poner vino nuevo en odres viejos (Mateo 9:17). A esos israelitas “celosos por la ley”, el apóstol Santiago (Jacobo), mencionado en el versículo 18, les escribió sobre “la ley de la libertad” y de “la religión pura y sin mácula” (Santiago 1:27 y 2:12). Ésta no consiste en una purificación corporal (v. 24), sino en “guardarse sin mancha del mundo” y visitar a los afligidos.

Pablo se halló como atrapado en un engranaje. Fue al templo y se sometió a los ritos judaicos para agradar a sus hermanos de raza. Mas todo fue en vano, pues en esta actitud los judíos vieron una provocación e intentaron matarlo, alborotando la ciudad (v. 30).

Hechos 21:33-40; Hechos 22:1-11

Pablo fue arrebatado de la violencia de la multitud gracias a la intervención del tribuno, es decir, del comandante de la guarnición romana. Este último, que primero confundió al apóstol con un famoso bandido egipcio, se tranquilizó al oírlo hablar en griego y lo autorizó para dirigirse a la muchedumbre. Ante ella, y en medio de un solemne silencio, Pablo recordó su muy culpable pasado, pero en un sentido completamente opuesto al que los judíos entendían. Dotado de cualidades y ventajas poco comunes: “Hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo” (Filipenses 3:5), su reputación era la de un hombre piadoso e irreprochable. Pues bien, su celo religioso semejante al que animaba a los dirigentes de esa multitud lo había conducido, pese a las advertencias de su maestro Gamaliel, a luchar contra Dios (v. 3, Hechos 5:38-39). Entonces, desde el cielo le vino la terrible réplica: “Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues”. Al herir a esos débiles cristianos, al perseguirlos hasta la muerte, él combatía al Hijo de Dios. Pero en lugar de castigarlo por su impía osadía, al mismo tiempo que le devolvió la vista, el Señor abrió los ojos de su corazón, haciendo de este hombre, apartado desde su nacimiento, un fiel instrumento para Dios. Le dio espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Él, alumbrando los ojos de su entendimiento (véase Efesios 1:17-18).

Hechos 22:12-30

El nuevo convertido hizo dos preguntas complementarias: “¿Quién eres, Señor?” (v. 8), y “¿qué haré, Señor?”. La primera se la respondió el mismo Señor, la segunda le fue dada por Ananías, quien agregó: “Ahora, pues, ¿por qué te detienes?” (v. 16). Amigo, si el Señor también lo ha llamado del camino extraviado, ¿por qué se detiene y no toma francamente posición entre sus discípulos?

Tres años más tarde, en Jerusalén, Pablo tuvo el privilegio de ver “al Justo” y recibir órdenes de su boca (v. 17 a 21). El apóstol consideraba que su testimonio tendría más fuerza entre los judíos, por cuanto se le había conocido como un encarnizado adversario de la verdad. Pero él había sido apartado para el ministerio entre los gentiles (v. 21; Gálatas 1:15-16). ¡Dejemos que sea el Señor quien nos señale nuestro campo de trabajo! El “date prisa” del versículo 18 aún sigue vigente. Los judíos persistían en rechazar el testimonio del apóstol. El tribuno se vio obligado nuevamente a librarlo de su furia. En el momento en que iba a ser torturado, Pablo hizo valer su ciudadanía romana. Más tarde, habiendo considerado todas estas cosas como “pérdida”, haría valer otro derecho: su ciudadanía celestial (Filipenses 3:7-8, 20). En cuanto a ésta, nadie la obtiene por nacimiento y tampoco se puede adquirir con dinero (v. 28). La poseen únicamente los que han pasado por el nuevo nacimiento (Juan 3:3).

Hechos 23:1-15

El tribuno seguía sin entender la furia de los judíos contra un hombre en quien él no veía nada digno de reprochar. Para informarse mejor sobre el asunto, hizo comparecer a su prisionero ante el concilio. Una hábil palabra de Pablo (¿pero guiada por el Espíritu?) puso de su parte a la secta de los fariseos. La resurrección de Jesucristo era el fundamento de su doctrina e indirectamente el motivo de la oposición de los judíos. Pero Pablo ni siquiera tuvo la oportunidad de pronunciar el nombre de su Salvador. Echó esa manzana de la discordia entre los adversarios tradicionales: fariseos y saduceos. Seguidamente se produjo un gran tumulto en el concilio. Una vez más el tribuno tuvo que proteger a Pablo.

Después de todos estos acontecimientos, el apóstol solo y tal vez desanimado necesitó ser fortalecido; y el Señor mismo se presentó para consolar a su amado siervo. No le hizo ningún reproche; al contrario, reconoció el testimonio que Pablo acababa de dar en Jerusalén, lo consoló y le recordó su verdadera misión: anunciar la salvación no a los judíos, sino a las naciones. Con este fin iría a Roma.

¡Que podamos experimentar constantemente que “el Señor está cerca” y no estar afanados por nada! (Filipenses 4:5-6; 2 Timoteo 4:17).

Hechos 23:16-35

No vemos que el Señor interviniese de un modo milagroso, como en Filipos (16:26) o en el caso de Pedro (12:7), para liberar a su siervo. Simplemente dirigió los acontecimientos. Aquí se sirvió del joven sobrino de Pablo, de la calidad de ciudadano romano de este último, del menosprecio del tribuno romano hacia los judíos, a los cuales sin duda se alegraba de poder hacerles una mala pasada. El Señor le había prometido a su siervo que testificaría en Roma (v. 11). Todas las maquinaciones de sus enemigos no podrían, pues, impedírselo. Antes bien, contribuirían con la causa: esas amenazas indujeron al tribuno Lisias a mandar a Pablo bien escoltado a Cesarea (puerto donde el apóstol había desembarcado poco tiempo antes) para librarlo del complot de los fanáticos judíos. Al mismo tiempo, Lisias dirigió una carta al gobernador Félix respecto a su prisionero. Notemos cómo el tribuno arregló los acontecimientos para ocultar el error que estuvo a punto de cometer (v. 27; 22:25). Sin embargo, aquí las faltas de los paganos casi se borran ante la terrible culpabilidad de los judíos. Evidentemente, los cuarenta asesinos conjurados no pudieron cumplir su juramento, atrayendo de ese modo la maldición sobre sus propias cabezas.

Hechos 24:1-21

Pablo compareció ante Félix en presencia de sus acusadores. Éstos necesitaron un orador más elocuente para hacer las acusaciones, por cuanto su causa era muy mala. Pero, ¡qué contraste entre las lisonjas, las groseras calumnias de Tértulo (v. 3, 5; comp. Lucas 23:2) y la dignidad de Pablo en su profesión de fe acompañada de una sincera exposición de los hechos!

Una secta (v. 5, 14) es una agrupación religiosa que apela a un jefe o a una doctrina particular. El cristiano sólo puede apelar a Cristo. Pero el mundo religioso (la cristiandad nominal) a veces también llama secta a la congregación de los hijos de Dios que se han separado de él por obediencia a la Palabra. ¡Mas qué importa! Esta expresión, como muchas otras, forma parte del vituperio de Cristo. Al igual que Pablo, el creyente fiel tiene el privilegio de estar asociado, en el menosprecio del mundo, a Aquel que fue el Nazareno. Por el contrario, lo que procuraba el apóstol –y que debería preocuparnos a nosotros también– era el tener siempre “una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres”. Pensaba en el día de la resurrección, cuando tuviera que dar cuenta al Señor de su andar y de su obra. Una verdad conocida siempre debe tener un efecto moral. Y con más razón la perspectiva del tribunal de Cristo (2 Corintios 5:9-10). ¡Que nosotros tampoco lo olvidemos!

Hechos 24:22-27; Hechos 25:1-12

A pesar de la evidente inocencia de Pablo y la mala fe de sus acusadores, por consideración a estos últimos, Félix aplazó cobardemente su decisión. Pero también postergó una decisión mucho más grave aún: la concerniente a su alma. Convocado para hablarle “acerca de la fe en Jesucristo”, Pablo presentó un aspecto de la verdad que Félix no esperaba (v. 25). La Palabra espantó su conciencia endurecida por el amor al dinero, pero no le hizo mella. “Ahora vete… cuando tenga oportunidad te llamaré”, contestó el gobernador, dejando escapar, tal vez para siempre, la oportunidad que Dios le brindaba. Pese a su nombre, que significa feliz, Félix pasó al lado de la verdadera felicidad. No olvidemos que ¡el “tiempo aceptable” es AHORA! (2 Corintios 6:2).

Dos años pasaron y el apóstol aún permanecía preso. Sin embargo, el odio de los judíos no decrecía. Apenas Festo reemplazó a Félix, se tramó un nuevo complot, del cual el Señor liberó a su testigo. Como en Félix (24:27) y anteriormente en Pilato (Marcos 15:15), la principal preocupación de Festo era “congraciarse con los judíos” (v. 9). Por eso Pablo se sintió obligado a valerse nuevamente de sus derechos de ciudadano romano apelando a César.

Hechos 25:13-27

Agripa y Berenice (así como Drusila, mujer de Félix) eran hijos de Herodes Agripa I y constituían la cuarta generación de esa dinastía criminal. La visita de cortesía que hicieron al nuevo gobernador dio a este último la oportunidad de informarse acerca de su extraño prisionero. La forma en que Festo resumió el asunto muestra el poco interés que para él presentaban esas cuestiones religiosas. Se trata “de un cierto Jesús, ya muerto…” (v. 19). Para muchas personas hoy Cristo no tiene importancia. Sin embargo, Pablo afirmaba que Cristo estaba vivo; y eso hacía toda la diferencia.

El apóstol fue introducido en medio de esa corte reunida “con mucha pompa”. Según la palabra del Señor a Ananías, Pablo era “un instrumento escogido” para llevar el nombre de Jesús en presencia de reyes (9:15). Pero era el embajador de un Rey mucho más grande que aquellos ante quienes debía comparecer, un “embajador en cadenas”, como él mismo se denomina en Efesios 6:20. Sin embargo, hablaba con denuedo de su Señor, pues “la palabra de Dios no está presa” (2 Timoteo 2:9).

Hechos 26:1-18

Invitado a testificar ante el rey Agripa, Pablo extendió solemnemente su brazo cargado de cadenas. Como en el capítulo 22, hizo el relato de su encuentro con el Señor y de las condiciones en que su servicio le fue confiado. Habiéndole sido abiertos sus propios ojos, recibió la tarea de abrir los de los gentiles para que por la fe tuvieran acceso a la luz, la libertad, el perdón de pecados y la herencia entre los santos (v. 18; Colosenses 1:12-13).

Las circunstancias de las conversiones no se parecen. Pedro estaba en su barco cuando reconoció su estado pecaminoso. Leví estaba recaudando los tributos públicos y Zaqueo se hallaba sobre un árbol cuando el Señor los llamó (Lucas 5:8, 27-28; 19:5). El etíope fue convertido en su carro y el carcelero de Filipos en la prisión a medianoche (Hechos 8:27, 16:29…). En cambio Pablo lo fue a mediodía, cuando iba por el camino a Damasco (v. 13). Lo importante es que cada uno pueda decir dónde y cómo conoció a Jesús; y no temamos contar nuestra conversión cuando se presente la oportunidad. No se trata de vanagloriarnos, puesto que al mismo tiempo debemos hablar del triste estado en que fuimos hallados. Al contrario, al testificar de nuestro encuentro con Jesucristo, exaltamos la soberana gracia que nos sacó de allí.

Hechos 26:19-32

Llamado por Jesucristo para un ministerio extraordinario entre las naciones, Pablo no fue desobediente (v. 19). ¡Que nosotros tampoco seamos rebeldes para cumplir con los modestos servicios que el Señor nos ha confiado!

Para Festo, hombre sin necesidades espirituales, los conceptos de Pablo eran pura divagación (v. 24). En efecto, “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura” (1 Corintios 2:14). Entonces el apóstol se dirigió directamente al rey Agripa; lo hizo con respeto, pero también con la autoridad que le daba la Palabra de Dios (Salmo 119:4). El rey escondió su turbación desviando la pregunta (v. 28). No obstante, estar casi convencido o “por poco” llegar a ser cristiano, es estar todavía completamente perdido.

¿Quién tenía la suerte más envidiable, el rey o el cautivo? Consciente de su alta posición ante Dios, Pablo, el prisionero de Jesucristo, no pensaba en la posición del hombre que estaba en su presencia, sino en su alma. No nos dejemos detener por la apariencia de los hombres, pensemos más bien en su destino eterno.

El apóstol fue llevado sucesivamente ante el concilio judío, Félix, Festo y Agripa. Pero también era necesario que compareciera ante César, quien en aquel tiempo era el cruel Nerón.

Hechos 27:1-17

Para impedir la propagación del Evangelio, el enemigo incitó a los hombres a estar en contra de Pablo. Aquí se sirve de obstáculos naturales para cerrarle el paso.

Muchos cristianos se parecen a un barco de vela: su andar depende del viento que sopla. Si es una brisa “del sur” que los empuja suavemente, todo va bien; levan el ancla llenos de ánimo (v. 13). Pero si el viento cambia y les es contrario, navegan a duras penas, “con dificultad”; no son capaces de avanzar (v. 7 y 8) y buscan en un lado u otro amparo humano para sus dificultades. Al fin, cuando sobreviene el viento huracanado de una gran prueba, no resisten más y quedan a la deriva (v. 15).

El barco de vapor, en cambio, prosigue su ruta haga el tiempo que haga. Quiera Dios que movidos por una fe activa y firme podamos avanzar siempre hacia la meta, pese a todos los temporales.

A pesar de haber sido benévolo con su prisionero, el centurión dio más crédito al patrón de la nave que a lo que Pablo decía (v. 11). ¿No sucede a menudo que confiamos más en el consejo y en la opinión de los hombres que en las directivas de la Palabra y del Espíritu Santo? ¡Y esto para nuestro perjuicio! (v. 10).

Hechos 27:18-44

Pablo permaneció tan tranquilo en medio de la tempestad como en presencia de los gobernadores y reyes. El huracán no le impedía oír la voz de Dios, a quien pertenecía y servía (v. 23). Mientras que en la prueba los hombres a menudo manifiestan el peor egoísmo, el apóstol pensaba en la salvación de sus compañeros de viaje. Los fortaleció por medio de la palabra de su Dios y luego los exhortó a comer; él también lo hizo después de haber dado gracias a Dios en presencia de todos (véase 1 Timoteo 4:4-5).

Después de muchas peripecias y de la pérdida de la nave, todos llegaron sanos y salvos al puerto deseado (leer Salmo 107:25-30).

En esa nave, juguete de la tempestad, se puede ver una figura de la Iglesia aquí abajo. Después de haber salido con tiempo favorable, no tardó en encontrarse con el viento de las pruebas y de las persecuciones que Satanás levantó contra ella. La falta de alimento, un período de profundas tinieblas morales, el haber apelado a toda clase de reglas humanas, todo esto aconteció porque la voz de los apóstoles –en la Palabra– no fue escuchada. El día se acerca, y con él el naufragio final de la cristiandad de nombre (la nave). Pero el Señor conoce a los que son suyos en esa Iglesia que invoca su nombre, y ninguno de los que el Padre le dio se perderá (2 Timoteo 2:19; Juan 17:12).

Hechos 28:1-16

Dios puso sentimientos humanitarios en el corazón de los paganos de la isla de Malta (v. 2; como anteriormente en el de Julio, el centurión, 27:3). Acogieron y reconfortaron a los náufragos. En medio de ellos, el Señor se complació en distinguir a su siervo por medio de un milagro. El apóstol, quien no se consideró demasiado digno para recoger leña a fin de alimentar el fuego, fue atacado por una víbora y no sufrió ningún daño. Esta era una de las señales que debían acompañar a los discípulos del Señor. Otra era la imposición de las manos sobre los enfermos para que fueran sanados (véase Marcos 16:17-18). La benevolencia de los “naturales” de Malta obtuvo rápidamente su recompensa. Todos los enfermos de la isla, empezando por el padre de Publio, fueron sanados por el poder de Dios. Esperamos que muchas de estas personas hayan encontrado también la salvación de sus almas. De ese modo, la oposición del enemigo sólo habrá servido para echar la semilla del Evangelio sobre una nueva tierra.

El viaje de Pablo se terminó. Antes de traer cualquier cosa a los hermanos de Roma, él mismo “cobró aliento” gracias a la comunión fraternal (v. 15, comp. con Romanos 1:12). Aun el creyente más joven puede ser un motivo de gozo y estímulo para un siervo de Dios.

Hechos 28:17-31

Apenas llegó a Roma, Pablo convocó a los principales de los judíos y les explicó las razones de su encarcelamiento. Mas, lejos de guardar rencor a los de su pueblo por todo el mal que le habían causado, les dio como siempre el primer lugar en la predicación del Evangelio. Incansablemente, desde la mañana hasta la noche, les expuso la verdad hasta el momento en que se retiraron (v. 25, 29; léase Hebreos 10:38-39).

Pablo permaneció dos años prisionero en Roma. Allí pudo comprobar que las cosas que le habían sucedido redundaban “más bien para el progreso del evangelio” (Filipenses 1:12-14). Durante ese cautiverio escribió varias epístolas, entre las cuales se hallan la epístola a los Efesios, Filipenses y Colosenses. No las tendríamos si hubiese tenido libertad para visitar a esas asambleas.

Además, las epístolas nos permiten seguir de alguna manera la historia del gran apóstol. Aquí el relato se interrumpe y el libro de los Hechos no tiene una conclusión. ¡Como para mostrarnos que la obra del Espíritu Santo aquí abajo todavía no se ha terminado! Ella prosigue, mientras la Iglesia esté en la tierra, en la vida de cada creyente.

La cronología del libro de los Hechos es relativamente incierta. La que nosotros hemos adoptado, a pesar de ciertas dudas, puede dar una idea para situar los diferentes acontecimientos en la línea del tiempo.

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