2 Samuel

2 Samuel 1:1-16

El asunto de Siclag dejó a David humillado, consciente de su debilidad, pero también lo restableció en felices relaciones con Jehová. De esa manera fue preparado para su reinado, sobre el cual se abre el segundo libro de Samuel.

El hombre que le anuncia la muerte de Saúl es a sus propios ojos “como portador de buenas nuevas” (cap. 4:10, V.M.) Para David, ¿no significa eso la muerte de su enemigo y de la posibilidad de ascender al trono? Pero este hombre no conoce a la persona a quien se dirige. En el corazón del “amado” de Dios brillan la gracia, el desinterés, el amor por su pueblo y el respeto al orden divino. ¿Cómo podría regocijarse mientras que Israel era vencido y su príncipe deshonrado delante de los enemigos de Jehová?

“¿De dónde eres tú?” (v. 13). El hombre confirma que también forma parte de los enemigos de Israel, y de los peores: ¡es amalecita! Al tratar de engañar a David con su mentiroso relato, no hace más que engañarse a sí mismo (véase Proverbios 11:17-18, V.M.) Quería que el nuevo rey obtuviera la corona de su mano. En esto se parece al gran enemigo, quien buscaba hacer que Jesús aceptara de su mano —pero igualmente sin éxito— “todos los reinos del mundo y la gloria de ellos” (Mateo 4:8-10).

2 Samuel 1:17-27

Muy lejos de regocijarse por la desdicha que alcanzó a su rival y perseguidor, David le compone una conmovedora endecha. Este canto “del Arco” (cap. 1:18, V.M.) celebra las cualidades humanas de Saúl: su fuerza, generosidad y popularidad. En cuanto a la maldad del rey, de la cual había sufrido mucho, David también la oculta, como evita hablar de la derrota que provocaría gozo y menosprecio en los enemigos de Jehová. “No lo anunciéis en Gat…” (v. 20).

Lo mismo que Judá (v. 18), necesitamos que se nos enseñen las lecciones de ese canto del Arco: entristecernos por la desdicha de otros; hacer resaltar el bien, aun de los que no nos aman; guardarnos de contar lo enojoso que sepamos acerca de alguien; ante todo, cubrir las faltas de nuestros hermanos pensando en el testimonio del pueblo de Dios frente al mundo (1 Pedro 4:8).

Después, el dolorido corazón de David se expresa con respecto a Jonatán. Maravilloso amor, muy dulce (v. 26) y, sin embargo, pálida figura del amor de Jesús: amor insondable, del cual nada —ni aun la muerte— nos podrá separar jamás (Romanos 8:38-39).

2 Samuel 2:1-11

David no consultó a Dios antes de descender a la tierra de los filisteos y esto le salió mal. Pero esa amarga experiencia le fue útil. Ahora consulta dos veces a Jehová.

Nunca nos cansaremos de insistir sobre esta fundamental regla de la vida cristiana: la dependencia. Es un deber para con Dios, pero también es la fuente de nuestra fuerza y de nuestra seguridad.

Hebrón, adonde Dios conduce a su ungido, es un lugar que habla de muerte. Allí estaban los sepulcros de los patriarcas. Cristo, el Amado de Dios, el verdadero David, antes de tomar oficialmente su reino, entró en la muerte por obediencia a Dios. A este mismo terreno conduce a los suyos, pues el creyente ha muerto con Cristo.

David no olvida a los habitantes de Jabes de Galaad que habían manifestado bondad hacia Saúl. ¿Olvidaría el Señor la poca misericordia que nos haya permitido ejercitar? (Hebreos 6:10).

La realeza de David se establecerá poco a poco. Por el momento, sólo Judá la reconoce. El resto del pueblo está sujeto a Is-boset, hijo de Saúl, sostenido por Abner, su anterior edecán.

2 Samuel 2:12-32; 2 Samuel 3:1-39; 2 Samuel 4:1-12

Hasta el fin del capítulo 4 se relata el conflicto entre David e Is-boset, o más bien, entre sus respectivos generales: Joab y Abner. Es una lucha por el prestigio, pues cada uno de esos orgullosos hombres quiere ser el primero. El enfrentamiento termina con el asesinato de Abner y de Is-boset. Jehová se valdrá de estas tristes circunstancias —se trata de una guerra civil— para establecer, poco a poco, el reinado de David, el rey conforme a su voluntad.

La violencia y el espíritu de venganza se dan libre curso. Cerca del estanque de Gabaón la prueba de fuerza empieza como un juego. Sencillamente se quiere ver quiénes son más hábiles y más fuertes. Pero vemos cuán fácil es traspasar la distancia entre el orgullo y el asesinato. Uno se apasiona, pierde el control de sí mismo y comete un crimen sin haberlo premeditado. Los veinticuatro desdichados jóvenes caen juntos, traspasados el uno por el otro.

Notemos que David permanece ajeno a los combates que Joab pretende conducir en su nombre. Se nos da a conocer a este último: hombre astuto y sin escrúpulos, quien defiende la causa de David porque le procura una ventaja personal.

2 Samuel 5:1-9

Durante estos acontecimientos (cap. 2:12 a 4:12), David espera en Hebrón, con paciencia, a que Jehová mismo le establezca como rey sobre todo Israel.

Asimismo Jesús, ahora en el cielo, aguarda que Dios le dé su reino universal.

Para Israel, el comienzo del capítulo 5 corresponde a una gran fecha en su historia. Se trata del traslado del trono de David a Jerusalén, esa ciudad que, de ahí en adelante, ocupará un lugar muy importante en la historia del pueblo y en los consejos de Dios. Pero en el interior de la ciudad, en el monte de Sion, subsistía una fortaleza casi inexpugnable, en la que los jebuseos se habían mantenido desde el tiempo de Josué. Pese a la jactancia de éstos, David se apodera de ella. No obstante, aquí olvida la gracia que le caracterizó tan a menudo y expresa su odio hacia los lisiados, cerrándoles el acceso a la casa de Dios. Qué diferencia con el Señor Jesús, quien recibía en el templo precisamente a los ciegos y cojos para sanarlos (Mateo 21:14), y también con el hombre que “hizo una gran cena” (Dios mismo) y, para llenar su casa, fuerza a esos desdichados (que nos representan a usted y a mí) a tomar lugar en el festín de su gracia (Lucas 14:21-23).

2 Samuel 5:10-25

Admiramos la fe y dependencia desplegadas por David en muchas circunstancias (y aún en los versículos 19 y 23, para luchar contra los filisteos). Lastimosamente su vida familiar está lejos de alcanzar el mismo nivel. Pese a la ordenanza de Jehová, especialmente dirigida a los reyes (Deuteronomio 17:17), David toma muchas mujeres, primero en Hebrón, luego en Jerusalén. Si hubiese tenido por esposa sólo a la fiel Abigail —cuyo nombre significa la alegría del padre, y que es una figura de la Iglesia—, no leeríamos tres nombres que llegan a ser la fuente de tantas penas para él: Amnón, Absalón y Adonías (cap. 3:2-4).

Siguiendo las instrucciones de Jehová, es como la guerra contra los filisteos puede volver a ser victoriosa. Antes de la segunda batalla, David habría podido decir: ¡Hagamos como la primera vez, ya que nos fue bien! Pero notemos que, al contrario, consulta otra vez a Jehová. Lo hace con mucha razón, y la respuesta es muy diferente. Asimismo, desconfiemos de nuestra propia sabiduría; pidamos siempre al Señor sus directivas para que también podamos obtener las victorias que Dios preparó para nosotros.

2 Samuel 6:1-11

Al inaugurar su reinado, el primer pensamiento de David es para el arca de Jehová. Junta treinta mil hombres, lo mejor de Israel, esta vez no para un combate, sino para escoltar dignamente el arca hasta Jerusalén. Nunca terminaremos de rendir honor a la persona del Señor Jesús. Pero, este homenaje, este culto, debe ser rendido con inteligencia y obediencia. Según el mandamiento divino, el arca debía ser llevada sobre el hombro (Números 7:9). Pero David y el pueblo no lo tuvieron en cuenta. Según su parecer, un carro nuevo, como el que habían utilizado los filisteos ignorantes, le convenía mucho más. ¿No era eso aparentemente más práctico que el transporte a pie? Y entonces Uza tocó el arca y fue herido de muerte. ¡Qué consternación! No habríamos pensado que era tan culpable. ¡Pues, sí! Dios quiere darnos a entender, a nosotros como a David, cuán grave es reemplazar sus enseñanzas por nuestras buenas intenciones y por nuestros propios arreglos, especialmente cuando se trata del culto.

¡Qué enojosa interrupción de esa hermosa ceremonia! David, irritado y asustado a la vez, desvía el arca y pierde así una bendición que, en cambio, va a aprovechar la familia de Obed-edom.

2 Samuel 6:12-23

Conmovedora figura del Señor Jesús presente en la casa del creyente, el arca quedó tres meses en casa de Obed-edom, trayendo la bendición a ese hombre y a su familia, lo que no tardó en saberse (v. 12). Si vivimos cerca del Señor, los que nos conocen no dejarán de percibirlo. Y ellos también querrán gozar de las bendiciones que él nos otorga.

Ahora David, después de haber aprendido la lección de Dios, obra según Su pensamiento: el arca es llevada por los levitas que se han santificado; y él mismo, habiéndose despojado de su majestad real, expresa su gozo danzando delante de ella. El Evangelio ya no nos muestra el arca, sino a Jesús en persona, haciendo su entrada en la misma ciudad de Jerusalén en medio de la alegría de los que le aclaman (Mateo 21:9).

Después de dar seis pasos se ofrece el sacrificio. Hace pensar en el andar y en el culto del cristiano. El uno y el otro provocan el desprecio de los incrédulos, de quienes Mical es una triste imagen. El mundo ama lo que es elevado y brillante. Pero el creyente es dichoso al humillarse y aun al hacerse “más vil” (v. 22), para que las miradas se desvíen de él y se fijen sólo en Jesús (comp. Juan 3:30).

2 Samuel 7:1-17

“Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, aun a sus enemigos hace estar en paz con él” (Proverbios 16:7). Estas palabras se vuelven reales para David. Y ya que él habita una hermosa casa de cedro, no quiere dejar el arca en una simple tienda. ¡Qué lindo detalle de su parte! Aquellos creyentes que tienen una vida bien asegurada y confortable nunca deberían olvidar que su Señor atravesó este mundo como un divino viajero, sin un lugar donde recostar su cabeza.

David se propone construir una casa digna de Jehová. Pero, escuchemos lo que Dios le dice, en sustancia, por boca de Natán: «Voluntariamente tomé ese carácter de viajero para compartir en gracia la suerte de mi pueblo. Y el momento de mi descanso todavía no ha llegado. Pero lo que tú no puedes hacer, uno de tus descendientes lo hará».

Se trata primero de Salomón, hijo de David, quien edificará el templo. Pero el versículo 14, citado en Hebreos 1:5, prueba que ese Rey, Hijo de David, es proféticamente Jesús, el Hijo de Dios. Sólo de él se puede decir que su reino será para siempre. Las bendiciones individuales (v. 8-9) o colectivas (v. 10) tienen su fuente en esa incomparable Persona.

2 Samuel 7:18-29

David quiso hacer algo para Jehová. Pero la respuesta divina fue: «Yo hice todo para ti». Tal es la lección que cada uno debemos aprender. Dios mismo se preocupó por nuestra salvación, por nuestro reposo y por todo lo que concierne a nuestro porvenir (v. 9). ¡Maravillosos consejos en los cuales no intervenimos para nada! “¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” (Romanos 11:33). Por cierto, no es así “como procede el hombre” (v. 19).

Entonces, ¿qué debe hacer David? Sencillamente agradecer a Dios. En la presencia divina, el rey entra, se sienta y adora; asimismo el creyente puede hacerlo hoy en día en la reunión de los redimidos alrededor del Señor, con la tranquila seguridad de que debe estar allí y gozar de ese reposo divino. “¿Quién soy yo, y qué es mi casa?” Ni David, sencillo pastor (v. 8), ni Israel, sacado de Egipto (v. 6), tienen mérito personal alguno, ningún título para ocupar semejante posición. Sólo la gracia los ha “traído hasta aquí” (v. 18). Y la oración del rey, expresión de entera comunión, se resume así: “Haz conforme a lo que has dicho. Que sea engrandecido tu nombre” (v. 25-26).

Con gusto, en ese momento se colocaría también el Salmo 23 en su boca, en particular los versículos 5 y 6.

2 Samuel 8:1-18

Fortalecido por las promesas de Jehová, el nuevo rey asegura su trono por medio de victorias con las que somete a sus enemigos. Los primeros son los filisteos. Todo su país por fin puede ser sometido. Luego Moab es subyugado, en parcial cumplimiento de la profecía de Balaam (Números 24:17). Hadad-ezer y los sirios que lo sostienen son vencidos a su vez. Por fin, Edom es avasallado, según una profecía más antigua todavía: la de Isaac bendiciendo a Jacob (Génesis 27:29; véase también 25:23). Aquí David realiza, en figura, lo que está escrito del Señor Jesús, cuyo glorioso reino se establecerá cuando todos sus enemigos hayan sido sojuzgados (véase el Salmo 110, muchas veces citado).

Ahora que la paz está lograda y el dominio de David reconocido, tanto afuera como adentro, se bosqueja la organización del reino (v. 15-18). El rey es el centro y hace justicia. Alrededor de él, cada uno en su lugar cumple las funciones que se le han asignado. Los sacerdotes están presentes asegurando las relaciones con Dios. ¡Seguridad, estabilidad, justicia y paz: caracteres gloriosos que serán, en el Reino venidero, mucho más excelentes!

2 Samuel 9:1-13

El capítulo 8 desplegó ante nosotros la gloria del rey David. Pero una cosa la supera aún: su gracia. La aprendió en la escuela de Dios, siendo él mismo objeto de esta gracia. ¿Es así, en efecto, “como procede el hombre”, al recibir en la corte y a su mesa al último representante de la raza rival, el heredero de su enemigo? (léase 2 Samuel 4:4).

No, se trata de una “misericordia de Dios”. Porque David no se contenta con cumplir su promesa a Jonatán y a Saúl (1 Samuel 20:14-15; 24:22-23); hace sobreabundar esta gracia divina para con el pobre Mefi-boset, el cual está lleno del sentimiento de su propia indignidad. Además, este hombre ¿no era cojo, y por esta razón se exponía al odio del rey? (cap. 5:8). Pero vemos cómo se le busca, se le llama por su nombre, se le tranquiliza (v. 5-7), se le enriquece, se le invita a la mesa del rey como si fuera un miembro de la familia, y finalmente, David lo toma a su cargo para siempre. ¡Qué hermosa figura de la obra de Jesús por un pecador!

Mefi-boset seguirá siendo un lisiado. El versículo 13 lo repite intencionalmente. Pero, cuando está sentado a la mesa real, no se nota. ¿No sucede lo mismo con el creyente aquí en la tierra? No se le quita su vieja naturaleza. Pero, permaneciendo en comunión con el Señor, puede ocultarla.

2 Samuel 10:1-19

Después que Mefi-boset acepta la gracia real, tenemos el ejemplo de los que no la comprenden, ni quieren recibirla.

David hizo misericordia con Hanún, procurando consolarlo, pero fue rechazado. Así, hoy en día, Jesús desea revelarse a los hombres como aquel que simpatiza con sus penas y sufre sus dolores (Isaías 53:4). ¿Existe ultraje más grande que rechazar este amor? ¡Cuánto debió sentir David el ultraje hecho a sus siervos! Con mayor razón aún, el corazón perfectamente sensible del Salvador es herido cada día por el desprecio de los que rechazan sus más tiernos llamados (Juan 5:40; Mateo 22:6).

Hanún y su pueblo todavía estaban a tiempo para humillarse, cuando vieron que su caso tomaba un giro equivocado. La experiencia de Abigail nos da la seguridad de que el juicio habría podido ser desviado (1 Samuel 25). Pero en lugar de esto, el orgullo y el enceguecimiento los impele a pelear contra aquel que les quiso hacer bien. Para David se presenta una nueva victoria, más gloriosa que la del capítulo 8, sobre Hadad-ezer y los sirios que habían ayudado a los amonitas.

2 Samuel 11:1-27

Nos gustaría permanecer con las victorias del capítulo 10 y hacer caso omiso de lo que se presenta ahora. Porque, de parte del enemigo de las almas, David soporta la más cruel derrota de su existencia. No obstante, este triste relato se halla en el libro de Dios como solemne advertencia para cada uno de nosotros. El más piadoso creyente posee un corazón corrompido, abierto a todas las codicias, y debe vigilar las entradas que dan acceso a ese malvado corazón, en particular sus ojos.

Esta trágica historia nos muestra a un rey que se hace esclavo: esclavo de sus codicias, atrapado en el terrible engranaje del pecado. En lugar de estar en la batalla con sus soldados, David descansa en Jerusalén; se pasea, ocioso, sobre el terrado de su palacio. Acordémonos que el ocio y la pereza multiplican, para el hijo de Dios, ocasiones de caída. En la inactividad, la vigilancia se relaja infaliblemente; y el diablo, que nunca descansa, sabe cómo sacar partido de ello. Sepamos, pues, estar ocupados.

David toma la mujer de Urías y, para ocultar su pecado, comete otro: con la complicidad de Joab, maquina la muerte de su noble y abnegado soldado.

2 Samuel 12:1-12

“No codiciarás la mujer de tu prójimo”, dice la ley. “No cometerás adulterio”. “No matarás” (Éxodo 20:17, 14 y 13). David, que declara en el Salmo 19:7: “La ley de Jehová es perfecta”, transgredió sucesivamente por lo menos tres mandamientos. Sin embargo, su conciencia sigue sin reprenderlo. Es necesario que Jehová le envíe a Natán. Y la conmovedora parábola de la oveja hurtada, muy apta para alcanzar el corazón del que fue pastor, va a ayudarle a medir el horror de su falta. Pero David no se reconoce en seguida. Es despiadado para con el hombre rico. ¡Así somos! No se nos escapa la paja en el ojo de nuestro hermano, pero no notamos la viga que hay en el nuestro. Entonces, con solemnidad, el dedo de Dios lo señala: “Tú eres aquel hombre” (v. 7). Después, todo el triste asunto, ocultado tan cuidadosamente, es descubierto sin miramientos: «¡Tú hiciste esto y aquello!». Finalmente, para confundir el corazón de David, Dios le recuerda todo lo que Su gracia había hecho por él. ¿Era poca cosa? En el capítulo 7:19 David había dicho lo contrario. Entre más recibimos, menos excusables son nuestras codicias. ¡Y recibimos mucho!

2 Samuel 12:13-31

Después de haber permanecido tanto tiempo dormida, la conciencia de David se sobrecoge por una profunda convicción de pecado. Y se da cuenta de que su crimen no solamente concierne a Urías y a su mujer, sino que es, en primer lugar, contra Jehová.

Comprendamos que nuestras faltas para con nuestros hermanos, padres o cualquier otra persona, primero son un pecado contra Dios. No basta, pues, reparar el mal ante aquel a quien hemos perjudicado (cuando es posible; David ya no podía); aún es necesario confesarlo a Dios.

Es lo que David hace en el Salmo 51, escrito en ese momento de amarga angustia (véase también Salmo 32:5, 1-2). En verdad, Dios no desprecia “al corazón contrito y humillado” (Salmo 51:17). Perdona a su pobre siervo; le perdona por completo. David es “como la nieve”, porque por anticipado fue lavado por la misma preciosa sangre de Cristo derramada por él, por usted y por mí (Isaías 1:18). Pero, lo que no puede ser borrado son las consecuencias del mal cometido. Éstas son muy dolorosas. En primer lugar, su hijo debe morir. Así, cada uno sabrá que, sin dejar de perdonar al pecador, Dios condena absolutamente el pecado y, especialmente, cuando lo comete uno de sus siervos.

2 Samuel 13:1-39; 2 Samuel 14:1-33

Corrupción y violencia: éstos son los títulos que podrían llevar los capítulos 11 a 13. Desde el principio del Génesis, éstos son los caracteres del mundo. Y no ha cambiado. Pero, ¡cuán terrible es cuando tales caracteres se manifiestan en la familia del hijo de Dios! David había dado curso a estas dos formas de mal al tomar a Betsabé y ordenar la muerte de Urías. Ahora se introducen en su casa. Hasta el final de su historia, David va a experimentar amargamente que “lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7).

Amnón ha muerto. Mediante la intervención de Joab, Absalón, el homicida de su hermano, vuelve a Jerusalén. Pero en él no se ve ningún pesar, ningún sentimiento de humillación. Astucia, soberbia, ambición, ausencia de piedad y de afecto natural, es lo que encontramos en este hombre. La continuación de su historia hará este retrato más sombrío aún. Absalón es un hombre cuyo estado moral está lejos de corresponder a su hermosura física. Un personaje tan abominable, ¿cómo puede ser el hijo del rey amado? ¡Ay!, sin embargo, ¡así es! No heredamos la fe de nuestros padres. Es necesario poseerla por uno mismo.

2 Samuel 15:1-12

La actitud de Absalón no muestra trabajo de conciencia alguno. Cuidadosamente preparó su golpe de Estado. Día a día iba a la puerta de la ciudad para encontrar allí a los que tenían algún asunto que juzgar. Les extendía la mano, los besaba y los interrogaba acerca de los motivos que los traían. Luego, les daba a entender que su padre no era capaz de tomar su causa en mano. Agregaba que él, en cambio, si recibiera el poder, no dejaría de ejercer justicia. Aunque hipócrita y lisonjero, Absalón ganaba de esta manera, en todo Israel, una reputación de benevolencia, amabilidad y justicia, a expensas del rey, su padre. “Robaba el corazón de los de Israel” a su verdadero señor (v. 6; Romanos 16:18).

Hoy en día, ¿no hay todavía personas (u objetos) hábiles para robar nuestros corazones al verdadero David? Recordemos que estos corazones pertenecen al Señor Jesucristo. Él pagó un precio muy grande para poseerlos sin reserva y para siempre.

En los versículos 7 a 12 vemos a Absalón encubriendo su infame acción con un pretexto religioso, para organizar la conspiración que debe —según cree— colocarle sobre el trono (Jeremías 9:3-5).

2 Samuel 15:13-29

Mientras todo iba bien para el rey y su entorno, era imposible distinguir los que estaban verdaderamente apegados a David de quienes se quedaban con él por simple interés personal. Ahora la prueba muestra lo que hay en los corazones y los separa. Unos siguen a Absalón (v. 13), los otros a David (v. 18). La neutralidad ya no es posible.

¿Ya hemos pensado en lo que haríamos si mañana los cristianos fueran perseguidos, castigados con prisión o muerte, como lo fueron en otros tiempos, y como lo son todavía en algunos países? Entonces, se vería si verdaderamente amamos al Señor Jesús y si le seguimos, no sólo cuando el camino es fácil, sino también cuando se debe dejar todo y soportar todo para permanecer con él. Itai era un extranjero que había venido hacía poco junto al rey. A menudo se ha visto a recién convertidos, salidos de ambientes en que hay poca luz, desplegar una gran fe y una gran abnegación. Pero también sucede lo contrario: cristianos de quienes se esperaba mucho a causa de sus conocimientos y su educación, retrocedieron en el momento de la prueba. ¡Es de desear que todos nos parezcamos a Itai, geteo!

2 Samuel 15:30-37; 2 Samuel 16:1-4

Los sufrimientos que David debe conocer ahora son el resultado de sus propias faltas. No pueden compararse, pues, con los padecimientos del Señor Jesús, los cuales fueron la consecuencia de nuestros pecados. No obstante, en ciertos aspectos, nos permiten comprender mejor lo que atravesó nuestro Salvador. Vemos que David, en medio de algunos amigos fieles, sube llorando la cuesta de los Olivos. Más tarde, en este mismo lugar, en el huerto de Getsemaní, el Varón de dolores, en la angustia de su combate, ofrecerá “ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte” (Hebreos 5:7). Allí el rey se entera de la traición de Ahitofel, su compañero y consejero, pero cuyo nombre significa ¡hermano de locura!

También allí avanzará Judas a la cabeza de soldados y alguaciles para entregar al Señor (véase Salmo 3:1 y título).

La desolada exclamación de David en el Salmo 55:13, sin duda puede situarse en ese instante: “Tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía, y mi familiar; que juntos comunicábamos dulcemente los secretos…” Pensemos con qué tristeza el Señor debió haber preguntado a su miserable discípulo: “Amigo, ¿a qué vienes?” (Mateo 26:50).

2 Samuel 16:5-23

Mientras David prosigue su camino de dolor y de rechazo, un benjamita, llamado Simei, cobardemente aprovecha la ocasión para arrojarle piedras y maldecirle. Contra el Señor Jesús no es un acusador sino una jauría de “perros” (Salmo 22:16) los que se juntan alrededor de la cruz y aprovechan su humillación para burlarse de él, menear la cabeza e insultarle. Jesús no sólo no les responde, sino que, más que nunca, se vuelve hacia su Dios (Salmo 22:19). Y, a vaga semejanza, lo mismo hace David ante las injustas acusaciones. Se dirige a Aquel que conoce la verdad (comp. Salmo 7:3-4 y título). Además, recibe esta nueva prueba como viniendo de la mano divina y acepta la injusta maldición como algo que Dios juzgó necesario. Reprende a Abisai, cuyo ardiente celo se manifiesta a favor de la venganza (v. 9, 1 Samuel 26:8). Es también lo que hizo en perfección nuestro Salvador cuando, en el mismo huerto en que ya le consideramos, tuvo que decir a Pedro: “Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Juan 18:11).

Husai ciertamente no ignora lo que Dios le había dicho al rey David referente a sus concubinas (cap. 12:11-12). Por eso ahora, al ser acogido por Absalón, no se opone al consejo de Ahitofel.

2 Samuel 17:1-14

Husai había sido enviado por David a Jerusalén para anular el consejo de Ahitofel a Absalón. Dios, en respuesta a la oración del rey (cap. 15:31), interviene para que esta estratagema tenga éxito. Nos parece que hoy en día Dios ya no podría bendecir esa manera de obrar, porque la venida del Señor Jesús nos reveló una nueva medida de la verdad y de la rectitud según Dios.

El consejo de Husai permitía a David estar informado a tiempo para poder alejarse y preparar su defensa.

Todavía no hemos hecho notar que todo este relato tiene un alcance profético. Nos habla de un tiempo venidero en el cual, en Israel, cierto número de fieles, un “remanente”, será perseguido por los enemigos de Cristo y obligado a huir. Éstos, el rey y el falso profeta (o Anticristo), bajo la figura de Absalón y de su consejero Ahitofel, harán la guerra al remanente, cuya angustia está descrita en los Salmos. Pero, después de una corta persecución, los dos cómplices tendrán un súbito y espantoso fin: el rey, llamado la Bestia, y el falso profeta serán los primeros hombres lanzados vivos en el lago de fuego, que es la muerte segunda (Apocalipsis 19:20).

2 Samuel 17:15-29

Los Salmos 3 a 7 se refieren a esta sombría página de la historia de David. Escapar delante de Saúl era poca cosa al lado de la huida delante de su propio hijo rebelde.

Pero, si su corazón está desgarrado, su sumisión y su confianza siguen siendo inquebrantables. Escuchemos estas hermosas palabras: “Tú, Jehová, eres escudo alrededor de mí”. En el preciso momento en que Ahitofel propone una emboscada para caer de noche sobre el rey cansado y atemorizarlo (v. 2), ¿qué es lo que este último está declarando?: “Yo me acosté y dormí, y desperté, porque Jehová me sustentaba. No temeré a diez millares de gente…” (Salmo 3:3, 5-6).

Veamos la abnegación de los que permanecieron fieles a David. Primero están estos dos jóvenes: Ahimaas y Jonatán, cuyas piernas —y el espíritu de decisión— son útiles para el servicio del rey.

En lo que nos concierne, sepamos aprovechar las ocasiones de ayudar cada vez que se presentan. Indirectamente, se trata del servicio del “Rey”.

Al final del capítulo tenemos ejemplo de otras actividades para el Señor y su pueblo: preocuparse por el bienestar y las comodidades de los que están cansados, practicar la hospitalidad…

2 Samuel 18:1-18

Ahora va a empezar la batalla. Y ¡se trata nuevamente de una guerra civil! El pobre rey se halla en una trágica situación: ¿puede desear la victoria cuando ésta significa la derrota y la posible muerte de su hijo, a quien no ha dejado de amar?

“Lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7). La hora de esa solemne «cosecha» ha sonado para el miserable Absalón. A él se aplica esta espantosa declaración: “El ojo que escarnece a su padre y menosprecia la enseñanza de la madre, los cuervos de la cañada lo saquen, y lo devoren los hijos del águila” (Proverbios 30:17). La hermosa cabellera de que se vanagloriaba Absalón viene a ser el medio de su muerte. Y el cruel Joab es el instrumento por el cual se cumple el juicio de Dios. Pero, de ninguna manera esto lo disculpa. Pese a las órdenes del rey, no teme cometer fríamente este homicidio.

Al erigir una columna en su honor, Absalón no había previsto que otro monumento sería levantado para su vergüenza: un montón de piedras sobre el hoyo en que sería echado su cadáver (como para Acán, Josué 7:26), montón sobre el cual cada uno vendrá a arrojar su piedra en señal de menosprecio y condenación.

2 Samuel 18:19-33

En el capítulo precedente, Ahimaas había corrido por obediencia y su servicio había sido eficaz. Aquí, su propia voluntad parece estar en juego: “Yo correré”, declara él (v. 23). Y en consecuencia, su hazaña será inútil, arrastrándole hasta la simulación. Así ocurre, no sólo con nuestras buenas piernas, si las tenemos, sino con todas nuestras facultades; son útiles o no lo son, según nuestra sumisión al Señor Jesús.

La victoria que se acaba de obtener no regocija el corazón de David. Qué le importa el trono o la vida misma; Absalón ha muerto, y la dolorosa noticia traspasa el corazón del pobre padre que siente su parte de responsabilidad en los acontecimientos que acaban de desarrollarse. “¡Hijo mío, Absalón, hijo mío!” Aquí tenemos uno de los gritos más terribles de toda la Escritura, apto para hacer estremecer a todos los padres cristianos. Grito sin eco, sin esperanza, que expresa la horrible certeza de una separación definitiva y eterna. ¡Muy diferente fue la muerte del hijo de Betsabé! David, en lugar de afligirse, había declarado: “Yo voy a él…”, con la convicción de volverle a ver en la resurrección (cap. 12:23). Pero para Absalón, como para Judas, bueno le fuera no haber nacido (Mateo 26:24).

2 Samuel 19:1-15

Todos los que han seguido a David no lo han hecho por fe. Joab es un ejemplo. Para ese hombre sólo cuenta su interés. Es inescrupuloso y si alguien se interpone en su camino, no retrocede ante el crimen. Los reproches que dirige a David son tanto más fuera de lugar por cuanto él mismo, debido al asesinato de Absalón, es responsable del dolor del desdichado rey. No obstante, ayudan a éste a recuperarse, pensando en el interés del pueblo más bien que en su propia pena.

Las desgracias de David han producido sus frutos. La prueba le ha permitido conocer a su Dios de manera más real e íntima. Encontró la tribulación, la angustia, la persecución… el peligro y la espada. Pero todas estas cosas sólo fueron otras tantas ocasiones de comprender mejor los inagotables recursos del divino amor (véase Romanos 8:35).

En medio del pueblo se notan disputas (v. 9), y en Judá, una enojosa falta de solicitud. Pero David obra con espíritu de gracia. Y los corazones se inclinan hacia él, como se someterán al Señor Jesús cuando, después de su victoria definitiva sobre sus enemigos, aparezca para reinar en gloria.

2 Samuel 19:16-30

Aquí vemos cómo David, victorioso, se comporta con los que no lo siguieron. El acusador Simei viene a implorar el perdón del rey. Éste se lo otorga, aunque pueda dudar de la sinceridad de ese arrepentimiento. Luego es el turno de Mefi-boset. Siba lo había acusado de malevolencia para con David (cap. 16:3). ¿Nunca nos ocurre que, para darnos importancia, inculpamos a los demás de malas intenciones y los acusamos injustamente? Esto lleva el nombre de calumnia (v. 27).

Mefi-boset mostró su apego al verdadero rey, haciendo duelo públicamente durante su ausencia (v. 24). ¿Cómo podría haberse regocijado mientras su señor y bienhechor era desconocido y rechazado? Pensamos en lo que Jesús dijo a sus discípulos en el momento de dejarlos: “Todavía un poco y no me veréis, y de nuevo un poco y me veréis… pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo” (Juan 16:19-20; véase Marcos 2:20). Ahora el gozo de Mefi-boset le hace superar todas las injusticias. Sin remordimiento puede abandonar todos sus bienes. La presencia del rey le basta (v. 30). Por otra parte, ¿qué más necesita si come a su mesa?

2 Samuel 19:31-43

Barzilai era uno de esos hombres abnegados; el fin del capítulo 17 nos lo muestra empleando para el pueblo las riquezas de las cuales dispone (véase 1 Timoteo 6:17-18). David no lo olvidó. Y el gran Rey que vendrá en gloria también se acordará de “los benditos” de su Padre. En el día de las recompensas podrá decirles: “Tuve hambre, y me disteis de comer” (Mateo 25:34-35).

Lleno de delicadeza, Barzilai no quiere ser una carga para el rey, pero le confía a su hijo Quimam. Es el más preciado deseo de los padres cristianos ver a sus hijos seguir al Señor, para que él se haga cargo de ellos y los bendiga. Y David promete a Barzilai: “Todo lo que tú pidieres de mí, yo lo haré” (v. 38). En Juan 14:14 el Señor dice a los suyos: “Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré”.

David vuelve a pasar el Jordán. Va a gozar nuevamente de Canaán, imagen del cielo, del cual había sido privado algún tiempo a causa de su pecado.

Para el hijo de Dios es lo mismo. Toda falta lo priva del presente gozo del cielo, y es necesario que vuelva a recorrer las etapas del camino, pasar “el Jordán” (la muerte), detenerse en Gilgal (el juicio de sí mismo) para volver a hallar la feliz comunión con el Señor.

2 Samuel 20:1-26; 2 Samuel 21:1-11

Al final del capítulo 19 vimos elevarse una disputa entre Judá y las tribus de Israel. Seba, un nuevo enemigo, aprovecha la ocasión para arrastrar al pueblo a la rebelión (cap. 20). Asimismo, Satanás saca partido de nuestras querellas y se regocija de los desacuerdos que sobrevienen entre los hijos de Dios.

Una vez muerto Seba, todo vuelve a su orden. Entonces se recuerda la organización del reino del capítulo 8:15-18 (cap. 20:23-26), pero con una diferencia: los hijos de David ya no son los oficiales principales. Después del asunto de Absalón es fácil comprender la razón.

Este relato es muy triste. Saúl había violado el juramento hecho en otros tiempos por Israel a los gabaonitas (Josué 9:15). Ahora, mucho tiempo después, se rememora aquel crimen, que reclama una expiación según Números 35:19. El tiempo no borra los pecados cometidos. Éstos siempre permanecen ante Dios. Pero para el creyente, la sangre de Cristo ha borrado todas sus faltas por completo. Colgado de un madero (Hechos 5:30 y 10:39), hecho maldición por nosotros, Jesús expió nuestros pecados, el justo por los injustos. ¡A él sea nuestro agradecimiento y adoración, desde ahora y por la eternidad!

2 Samuel 21:12-22

Una vez más, David honra la memoria de Saúl y de sus descendientes. Personalmente vela por su sepultura.

Después, Dios nos traza aún una gloriosa página. Surgieron cuatro temibles enemigos, descendientes de los gigantes. Pero, uno tras otro, fueron abatidos por los compañeros de David. El rey había dado ejemplo a sus hombres, al triunfar primero sobre el verdadero Goliat, Satanás, el más grande y peligroso de todos los adversarios. Les mostró lo que puede la confianza en Dios.

El gran combate de la cruz no volverá a producirse. Satanás está vencido. Pero si somos discípulos de Cristo, también tendremos que enfrentar muchos combates. En contraste con David, nuestro Señor está siempre con nosotros y nunca se cansa. Nos dará la victoria, ya que luchamos por Su nombre y para Su gloria, muchas veces por la sencilla y perseverante oración de fe. Y los enemigos, tan a menudo de apariencia espantosa y monstruosa, huirán como una sombra ante el todopoderoso Nombre de Jesús, con el cual nos presentamos. ¿Conocemos por experiencia el invencible poder de ese nombre de Jesús?

2 Samuel 22:1-19

Los últimos enemigos del rey fueron aniquilados. Como Israel después de haber cruzado el mar Rojo (el versículo 16 alude a ello), como Débora con Barac después de su victoria y Ana después del otorgamiento de su ruego, ahora David puede celebrar las liberaciones de Jehová. Con un cántico agradece a su Salvador (v. 3). ¿Se nos ocurre cantar nuestro agradecimiento? ¡Sin duda lo hacemos en las reuniones o en familia! Pero, ¿por qué no hacerlo también cuando estamos solos?

Este cántico reproduce gran parte del Salmo 18. Y como todos los salmos, éste va mucho más allá de las experiencias del que los compuso. En efecto, ¿qué son los sufrimientos de David al lado de los del Salvador? ¿Qué son la violencia y la maldad de Saúl en comparación con el odio de Satanás, el hombre fuerte? Este último procuró atemorizar a Jesús con la perspectiva de la cólera de Dios, luego trató de retenerle en los “lazos de la muerte” (v. 6). Pero en Getsemaní, Cristo fue oído “a causa de su temor reverente” (Hebreos 5:7). Por cierto, Dios no podía evitar la cruz a su Hijo ni “pasar de él esta copa”. Sin embargo, le respondió librándole de su “poderoso enemigo”, el diablo (v. 18), y sacándole (por medio de la resurrección) de las “muchas aguas” (v. 17), esas terribles “ondas de muerte” (v. 5).

2 Samuel 22:20-32

Las liberaciones que Dios nos otorga (nuestra salvación en primer lugar) no dependen de nuestros méritos, sino sólo de su gracia. Mientras que, cuando se trataba de su Hijo, había en él tanta excelencia, que Dios no podía dejar de liberarle. Entre todos los hombres, Cristo es el único que ha merecido su resurrección, si se puede decir así. Para los que contemplaban a Jesús en la cruz, su desamparo parecía ser una señal de la reprobación de Dios. Los burladores meneaban la cabeza, diciendo: “Sálvele, puesto que en él se complacía” (Salmo 22:8) o “…si le quiere” (Mateo 27:43). Dios acepta ese desafío resucitando a Jesús. Y el Hijo, que conoce el corazón de su Padre, responde más allá de la muerte: “Me libró, porque se agradó de mí” (v. 20).

Siguen los maravillosos motivos por los que Dios halló su placer en Jesús: su justicia y la limpieza de sus hechos (v. 21 y 25), su fidelidad (v. 22), su obediencia (v. 23), su santidad (v. 24), su gracia (v. 26), su dependencia (v. 29-30), su confianza (v. 31); en resumen: su perfección (v. 24). En verdad, la mirada del Padre podía posarse con entera satisfacción sobre “el hombre recto” (o perfecto; v. 26).

2 Samuel 22:33-51

Hemos visto en el cántico de la liberación lo que concierne a David, y al mismo tiempo al creyente, también lo que atañe a Cristo, de quien David es figura. Nos queda por considerar el lado de Dios. “En cuanto a Dios, perfecto es su camino”, así comienza el versículo 31. Jesús desea que conozcamos al Autor de su liberación (vuélvanse a leer los versículos 17-18 y Salmo 40:2). Vemos cuál fue su primer mensaje enviado a los discípulos por medio de María, inmediatamente después de la resurrección (comp. Salmo 22:22 y Juan 20:17). Es como si les hubiese dicho: «El Padre que me ama, el poderoso Dios que me libró, viene a ser vuestro Padre, vuestro Dios. También él os ama y, por su gran poder, os libra conmigo del poder de Satanás y de la muerte. Todo lo que este nombre de Padre significa para mí, de ahora en adelante lo es para vosotros».

Los versículos 33 y siguientes nos muestran a Dios igualmente poderoso para sostener en su andar y en sus luchas a los que confían en él. Así condujo a Jesús, cuya confianza fue total.

El final de este cántico se refiere al porvenir. Nos muestra lo que Dios hará para quebrantar definitivamente a los enemigos de Cristo en la tierra, para colocar a los pueblos bajo su dominio y, por fin, establecerle como Rey sobre el universo.

2 Samuel 23:1-12

La vida de David se acerca a su fin. “El dulce cantor de Israel” evoca el pasado: ¡sabe que no condujo su casa como debía haberlo hecho! Pero descansa enteramente en la gracia de Dios, la que preparó para Israel y para el mundo un porvenir de gloria bajo el dominio de Cristo, el Rey de justicia y paz. Él será como el día radiante que se levanta después de la oscura noche, barriendo las tinieblas que ahora reinan sobre el mundo. Bajo ese dominio, los hombres temerán y servirán a Dios, produciendo fruto como el que brota de una tierra fertil y bien regada.

No esperemos a que llegue el final de nuestra existencia para hacer, de vez en cuando, el balance de nuestra propia vida, como el marino cuando toma la altura de su barco. El pasado es mi triste historia, pero al mismo tiempo es la conmovedora historia de la gracia del Señor para conmigo. El presente está marcado por dos deberes principales: obedecer al Señor y confiar sólo en él. En cuanto al porvenir de los creyentes, lo sabemos, es la gloria. Cristo compartirá la suya con ellos, como lo dijo a su Padre (Juan 17:22).

2 Samuel 23:13-39

Tenemos aquí el «libro de oro» de los compañeros del rey. En tiempos pasados combatieron y sufrieron con él. Ahora reinan con él (2 Timoteo 2:12). Es una gloriosa página en la que cada nombre y cada hazaña están fielmente contados. Del mismo modo, nada de lo que el Señor nos haya permitido hacer por él será olvidado. ¿No prometió: “Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente… no perderá su recompensa”? (Mateo 10:42). Consideremos la expedición de tres valientes hombres al pozo de Belén; ¡arriesgan su vida por un poco de agua fresca! A sus ojos, el menor deseo de su jefe, al que aman, merece tal sacrificio. “Los tres valientes hicieron esto” (v. 17). ¿Estamos dispuestos a realizar actos de abnegación por amor a Jesús, un Señor infinitamente más grande?

El Señor valoriza exactamente la dificultad de lo que se hace para él: matar dos leones es una hazaña poco común, y la nieve lo hacía más difícil aún para el valiente Benaia. ¡El mal tiempo está especialmente mencionado!

Después encontramos la lista con los nombres de esos héroes. Todos están ahí, preciosos para el corazón del rey, inclusive el fiel Urías (v. 39). En cambio, pese a su actividad, Joab no figura en ella, ¡pero se halla el del escudero que llevaba sus armas! (v. 37).

2 Samuel 24:1-13

David comete una nueva falta: censa al pueblo. El versículo 1 parece disculparle, ya que Jehová lo incita. Pero 1 Crónicas 21:1 revela que Satanás es el malvado instrumento, a quien Dios deja en libertad de acción, a fin de castigar a Israel y después manifestar Su gracia. El enemigo se sale con la suya mediante la soberbia del rey, quien está orgulloso de dominar sobre un pueblo numeroso y de disponer de un poderoso ejército. El orgullo nos lleva a atribuirnos importancia, olvidando que sólo la gracia de Dios hizo lo que somos y nos dio lo que poseemos. En días mejores, David lo había reconocido: “¿Quién soy yo… y quién como tu pueblo, como Israel?” (cap. 7:18 y 23). La gloria de Israel no se hallaba en su fuerza, ni en el número de sus guerreros, como en las otras naciones. Estaba en el nombre de Jehová, a quien Israel pertenecía (véase Salmo 20:7).

Aunque Joab no teme a Dios, ve más claro que David y busca disuadirlo. ¡Pero en vano! El censo se hace… y apenas se conocen las cifras, el rey comprende su locura. Pese a su arrepentimiento, una vez más tiene que vérselas con el “gobierno de Dios” (Amós 3:2).

2 Samuel 24:14-25

El castigo divino va a caer sobre el pueblo. Apenas termina el censo de los hombres de guerra, su número es reducido mediante la epidemia. Es como si Dios dijera a David: «A mí me pertenece aumentar o disminuir en tres días este pueblo, para cuyo censo necesitaste casi diez meses».

Es hermosa la respuesta de David a la difícil elección que se le impone: “Caigamos ahora en mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas” (v. 14). Conoce el corazón de Dios y, aun bajo la disciplina, su confianza en el amor divino no es conmovida, y tampoco será decepcionada. Una vez más, el pecado del hombre da a Dios la ocasión de mostrar los maravillosos recursos de su misericordia y de su perdón. “Basta”, dice cuando se produce en los corazones el fruto que aguardaba.

Se ofrece un sacrificio; la era de Arauna, comprada por el rey, llegará a ser —como lo veremos— la base del templo.

David no quiere ofrecer a Jehová “holocaustos que no… cuesten nada”. Pensamos en la ofrenda de María, descrita en los evangelios. Quiso traer un excelente perfume para mostrar el precio que Jesús tenía para ella (Juan 12:3).

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