2 Pedro

2 Pedro 1:1-11

Pedro empieza esta segunda epístola recordando a los creyentes lo que han alcanzado “una fe” muy preciosa (v. 1), “todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad” (v. 3), “preciosas y grandísimas promesas” (v. 4). Nuestra fe, que se apodera de lo que Dios da, no debe permanecer inactiva. Es necesario que esté acompañada por la energía, llamada la virtud, a fin de llegar al conocimiento (vocablo característico de esta epístola). Al mismo tiempo, para guardar la plena disposición de nuestras fuerzas, es indispensable la templanza (o el dominio propio); luego la paciencia que sabe perseverar en el esfuerzo. En este “clima moral” se desarrollarán nuestras relaciones:

1° con el Señor: la piedad;

2° con nuestros hermanos: el afecto fraternal;

3° con todos: el amor.

Estos siete complementos de la fe forman un todo, como los eslabones de una cadena. Cuando faltan, eso acarrea consecuencias dramáticas en la vida de un creyente: ocio, esterilidad y miopía espiritual. No ve lejos; su fe no alcanza a distinguir en el horizonte la ciudad celestial, meta del peregrinaje cristiano (compárese con Hebreos 11:13-16). Ya las puertas eternas se han alzado para Cristo, “el Rey de gloria” (Salmo 24:7, 9). ¡Que él mismo nos conceda, al seguirle, una amplia y generosa entrada en su reino eterno!

2 Pedro 1:12-21

Las verdades desarrolladas en la primera epístola recuerdan las revelaciones del capítulo 16 de Mateo, es decir, los padecimientos de Cristo, la edificación de la Iglesia, casa espiritual construida sobre la Roca.

Esta segunda carta se apoya en el capítulo 17 del mismo evangelio anunciando las glorias que siguen. Cuando la transfiguración tuvo lugar, Pedro, Juan y Jacobo contemplaron a Jesús en “la magnífica gloria”. Pero recibieron la orden de no hablar de ello a nadie antes de Su resurrección. Ahora el tiempo de esta revelación había llegado. Pedro, quien entonces estaba rendido de sueño (Lucas 9:32), despierta a los creyentes a quienes escribe mediante el recuerdo de esa escena (v. 13; 3:1). Él, quien inconsideradamente había propuesto hacer tres enramadas (o tiendas), ahora se dispone a abandonar el cuerpo (o tienda terrenal) para gozar, esta vez para siempre, de la presencia de Cristo (v. 14). El Señor le había mostrado cuándo y por medio de qué muerte había de glorificar a Dios (v. 14; Juan 21:18, 19). Pronto, nosotros también seremos testigos oculares de su majestad.

A lo largo de las Escrituras, la lámpara profética dirige su haz de luz sobre la gloria próxima. Pero el hijo de Dios posee una luz más brillante aún. El objeto de su esperanza vive en él: Cristo es el lucero de la mañana que ya sale en su corazón (v. 19; Colosenses 1:27 final).

2 Pedro 2:1-11

Las herejías destructoras (o sectas de perdición) actualmente son florecientes. Su aparición es anunciada de antemano para que no nos extrañemos ni nos desalentemos (v. 1). Ellas comercian con las almas (v. 3; Apocalipsis 18:13 final).

En el primer capítulo, la perspectiva de la gloria próxima es afirmada por un triple testimonio: la visión anticipada sobre el monte santo, la profecía y el espléndido Lucero nacido en nuestros corazones. Asimismo, la certeza del juicio que caerá sobre este mundo es testificada por tres ejemplos: el destino de los ángeles que pecaron (Judas 6), el diluvio (Mateo 24:36…) y el castigo de Sodoma y Gomorra (Judas 7). Pero, en medio de una generación impía, el Señor distingue y libera al que le teme (v. 9). Pese a su mundanalidad, Lot era un justo. El paréntesis del versículo 8 muestra que Dios registra cada suspiro de los suyos. Sin embargo, Lot se habría ahorrado todos esos tormentos si hubiera sabido apreciar, como Abraham, el país de la promesa. Una posición falsa y equívoca ante los hombres siempre es una fuente de miseria para el hijo de Dios. Lot es la imagen de un creyente salvo, “aunque así como por fuego” (1 Corintios 3:15). No le será otorgada “amplia y generosa entrada en el reino eterno” (1:11). ¡Que el Señor nos guarde de parecernos a él!

2 Pedro 2:12-22

Para derrumbar la verdad, tal como está establecida en el capítulo 1, Satanás emplea dos medios, y siempre los mismos: se ensaña para corromperla, como en el capítulo 2, o para negarla abiertamente, como lo veremos en el capítulo 3. Sus instrumentos para extraviar a las almas son presentados aquí bajo su verdadero aspecto. Cuán abominable y espantoso es el retrato de esos conductores religiosos en quienes el mal moral va a la par del mal doctrinal (v. 12-17; Mateo 7:15). Estos hombres prometen la libertad a los demás y ellos mismos son esclavos de sus pasiones (v. 19). Porque, palabras serias también para el creyente, “el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció”. Amigo lector, ¿es usted libre, ha sido liberado por el Señor? (Juan 8:34-36; Isaías 49:24, 25). ¿O aún se encuentra atado por una inconfesable cadena? Este mundo es cautivador en el sentido literal de la palabra. Como el lodo de un pantano (v. 22 final), retiene cautivo el pie del imprudente que se aventura en él, al mismo tiempo que contamina el alma (el v. 20 menciona “las contaminaciones del mundo”).

El final del capítulo denuncia la ilusión de aquellos a quienes un cristianismo simplemente social o intelectual ha podido hacer salir momentáneamente del hábito del pecado. Una reforma moral no es una conversión.

2 Pedro 3:1-10

Pedro no teme las repeticiones. No se cansa de recordar las mismas verdades para que los hijos de Dios las memoricen (v. 1; 1:12-13; Filipenses 3:1; Judas 17). En lo que nos concierne, no nos cansemos de volver a leerlas y meditarlas. Por tercera vez el apóstol alude al diluvio. En contraste con los que “ignoran voluntariamente” toda advertencia (Efesios 4:18), los amados del Señor no deben ignorar Sus intenciones. “El fin del mundo” que muchos evocan, sea con espanto o con ligereza, tendrá lugar solamente en el momento escogido por él. El cielo y la tierra que existen ahora serán destruidos. Sólo la paciencia de Dios, que tiene en vista la salvación de los pecadores, ha detenido el juicio hasta ahora. Dios no quiere que ninguno perezca (Ezequiel 33:11). Y esa paciencia se ejerce aun a favor de los burladores que la discuten y la agravian. La humanidad está empeñada en una implacable «cuenta atrás». Llegará el momento –el último– en el que las promesas tan a menudo oídas se volverán realidad. Los acontecimientos terminarán por dar la razón a la esperanza de los hijos de Dios, para confusión de los burladores y de los impíos. Entonces será demasiado tarde para proceder “al arrepentimiento” (final del v. 9). Amigo lector, ¿ya lo hizo usted?

2 Pedro 3:11-18

Estas últimas exhortaciones no están fundadas, como las precedentes, sobre las “preciosas y grandísimas promesas” (1:4), sino sobre la inestabilidad de todo lo que llena la presente escena. Hagamos de vez en cuando el inventario de los bienes terrenales a los que estamos más apegados y escribamos debajo: “todas estas cosas han de ser deshechas…” Así seremos guardados de apegarnos a ellas. El hecho de saber estas cosas de antemano debería estimularnos a una santa conducta (o manera de vivir); otra expresión característica de Pedro (véase la primera epístola 1:15, 17, 18; 2:12; 3:1, 2, 16). Nada impulsa tanto a la separación del mal y del mundo como el pensamiento del inminente retorno del Señor. Lo mismo sucede en cuanto a la evangelización, porque su venida marcará el fin de su paciencia para salvación (v. 15). Esforcémonos para ser hallados tal como Cristo quiere encontrarnos a su retorno (v. 14): “irreprensibles para el día de Cristo” (Filipenses 1:10), habiendo hecho algún progreso en la gracia y en Su conocimiento (v. 18).

El apóstol había cumplido con su servicio y ahora está preparado para “abandonar el cuerpo”. Nos da cita en ese día de eternidad que nuestra fe saluda y anticipa al dar gloria desde ahora a nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

navigate_before 1 Pedro 1 Juan navigate_next

vertical_align_top Arriba