2 Reyes

2 Reyes 1:1-10

Desde el principio de este libro, vemos al miserable Ocozías dar un paso más hacia la idolatría. Estando enfermo, manda a consultar a Baal-zebub (Señor de las moscas o de la suciedad). Hecho aun más tenebroso por cuanto detrás de ese ídolo está Satanás, quien se hace adorar. ¡Más tarde los judíos lo llamarán Beelzebú, el jefe de los demonios! (Mateo 12:24). Entonces, de parte de Jehová, la suerte de Ocozías está echada, y Elías es el encargado de anunciárselo, como otrora a su padre. Pero, mientras que en Acab hubo alguna humillación, Ocozías sólo piensa en apoderarse de la persona del profeta, con violencia, si fuera necesario. Pensamos en los hechos criminales de otro rey, el malvado Herodes, contra Juan el Bautista (a quien la Palabra a menudo confronta con Elías; comp. su ropa en el v. 8 y Marcos 1:6). Esta abierta rebeldía contra Jehová recibe inmediatamente un solemne castigo.

Así, Ocozías parece superar a su padre en maldad. Sólo había tenido a la vista el triste ejemplo de sus padres, Acab y Jezabel. ¿Qué decir entonces de los jóvenes educados por padres piadosos, los cuales, pese a ese privilegio, siguen a los ídolos de este mundo?

2 Reyes 1:11-18

En su obstinación, Ocozías envía un segundo capitán de cincuenta para que le traiga a Elías. Su intimación es todavía más insolente: “Desciende pronto”. Pero recibe la misma terrible respuesta.

En el monte Carmelo, el fuego no cayó del cielo sobre los presentes, sino sobre el holocausto. Era una figura del juicio divino que descendió sobre Cristo, con miras a atraer hacia Dios el corazón del pueblo. Ahora, en este otro monte, el fuego debe descender en juicio sobre los hombres rebeldes.

Jesús, la santa Víctima, sufrió solo el ardor de la ira divina. Pero más tarde, los que no hayan creído tendrán que soportar ellos mismos y eternamente esta inflexible cólera (Romanos 1:18).

El día del juicio todavía no ha llegado. Por eso, cuando los discípulos Jacobo y Juan, refiriéndose a esta escena, proponen al Señor que haga descender fuego del cielo sobre una aldea de los samaritanos, él debe censurarlos fuertemente (Lucas 9:52-55).

El jefe de la tercera cincuentena quizá sea uno de los 7000 que Jehová nombró al profeta. Habla con respeto, humildad y afecto por sus soldados. Con él, Elías va al rey, pero sólo para repetir palabra por palabra su primer mensaje, pronto confirmado por la muerte de Ocozías.

2 Reyes 2:1-14

En tanto que el arrebatamiento de Enoc se resume en dos versículos (Génesis 5:24 y Hebreos 11:5), Dios nos permite (lo mismo que a Eliseo) asistir en detalle al de Elías. Este glorioso acontecimiento evoca para nosotros otros dos hechos: uno es pasado, el otro es futuro. La escena pasada es la de la ascensión del Señor al cielo. Como Elías, Jesús recorrió el camino de su pueblo Israel, cuyas etapas tenemos aquí en figura: Gilgal, Bet-el, Jericó y, finalmente, el Jordán. Del mismo modo que Eliseo rehusaba separarse de Elías, los discípulos se habían apegado al Señor Jesús. “¿A quién iremos?”, le dijo Pedro (Juan 6:68). También fueron testigos de su ascensión (Hechos 1:9). Después, conforme a la promesa que les fue hecha, el Espíritu Santo descendió sobre ellos con poder, lo que nos recuerda el espíritu de Elías viniendo a posarse sobre Eliseo después del arrebatamiento de su maestro.

Pero este capítulo también lleva nuestros pensamientos a una escena futura: el arrebatamiento de todos los redimidos “en las nubes para recibir al Señor en el aire” (1 Tesalonicenses 4:17). Como Elías, estamos en camino, sabiendo lo que nos acontecerá. ¿Es una esperanza que regocija nuestro corazón?

2 Reyes 2:15-25

Los «hijos» de los profetas eran discípulos de estos últimos; vivían juntos, eran enseñados en la Palabra y empleados por Jehová para Su servicio. Los de Jericó, como más tarde Tomás, no pueden creer en el misterioso suceso que acaba de producirse.

Eliseo representa, en Jericó, a Cristo, quien vino en gracia a este mundo marcado por la muerte y la esterilidad. Trajo la vida por el poder purificador de la gracia (la sal), contenida y manifestada en el nuevo hombre (la vasija nueva). Cada creyente es llamado a ser, en este mismo mundo, “un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 2:21, V.M.)

La espantosa escena que sigue (v. 23-24) nos recuerda los juicios que serán la parte de los burladores (Proverbios 19:29). Los muchachos de Bet-el ultrajan a Jehová mismo. Al decir: “¡Calvo, sube!”, colocan a Eliseo ante el desafío de ser quitado como Elías. En los postreros días —anuncia el apóstol Pedro— “vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias, y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento?” (2 Pedro 3:3-4).

¡Entonces, surge el oso! En la Biblia a menudo se lo asocia con el león: Satanás. ¡Cuán solemne es! Dios podrá permitir que los hijos que menosprecien la Palabra sean hechos presa del mundo y de su príncipe. Es para ellos una suerte peor que la muerte, ya que la salvación de su alma está en juego.

2 Reyes 3:1-15

Joram, hermano de Ocozías, es hecho rey de Israel. Aunque también hace lo malo ante los ojos de Jehová, se destaca una mejoría en comparación con la conducta de su padre y la de su madre. Renuncia oficialmente al culto de Baal.

El primer versículo de nuestro libro ya había mencionado la rebelión de Moab. Para Joram es la ocasión de hacer la guerra a ese pueblo, apoyándose en sus más cercanos aliados: el rey de Judá y el de Edom. Desgraciadamente Josafat no aprendió la seria lección de Ramot de Galaad. A la proposición de Joram, da exactamente la misma respuesta que otrora a Acab (v. 7; 1 Reyes 22:4).

La expedición está a punto de ser un desastre. Joram acusa a Jehová por ello, mientras que él mismo es responsable de todo el emprendimiento. Muchas personas son así. Acusan a Dios por sus desdichas en lugar de arrepentirse. Proverbios 19:3 confirma que “la insensatez del hombre tuerce su camino, y luego contra Jehová se irrita su corazón”. Delante de los tres reyes tristemente asociados, Eliseo se siente incómodo. ¿No se trata de ese “yugo desigual con los incrédulos”, ante el cual se pone seriamente en guardia a los creyentes? (2 Corintios 6:14).

2 Reyes 3:16-27

De parte de Jehová, Eliseo da a conocer el medio para no caer en manos de los moabitas. Y como siempre, este medio es la fe. Antes de recibir lo que sea, es necesario empezar a cavar pozos. Cuánto más pozos se caven, más agua se tendrá. Notemos que el agua llega “por la mañana, cuando se ofrece el sacrificio” (v. 20). ¿No era en Jerusalén, muy lejos de esta región, donde se ofrecía el sacrificio? Sin embargo, a causa de ese sacrificio, las aguas corrieron. Comprendamos lo que esto significa: todas nuestras bendiciones emanan de la obra del Señor en la cruz.

Pero las aguas que representaban la salvación de los ejércitos de Israel, causaron la destrucción de los moabitas. Igualmente la muerte de Jesús, salvación para los creyentes, al mismo tiempo es la condenación del mundo (Juan 16:8).

Engañados por las apariencias, los moabitas son atacados y su país es devastado. Pero, lo que hace su rey —el horrible sacrificio de su primogénito— produce consternación en el campamento de los vencedores. Y finalmente, los ejércitos se separan sin que les quede algún beneficio real de esta lamentosa expedición. Tal será el resultado de lo que no emprendamos junto con Dios.

2 Reyes 4:1-17

Nuestro capítulo nos muestra a Eliseo, figura del Señor Jesús, como fuente de bendición para dos familias. La primera es pobre: una viuda con dos hijos a merced de un despiadado acreedor. Pero su fe sabe a quien dirigirse (Salmo 68:5); ella recibe ese precioso y abundante aceite, mientras hayan vasijas vacías para contenerlo.

Siendo vendidos por nuestras iniquidades a Satanás, el terrible acreedor, éste adquirió así derechos sobre nosotros (Isaías 50:1). Pero existe un recurso: volvernos al Señor. Entonces recibiremos el poder divino según la medida de nuestra fe (las vasijas vacías), no sólo para la salvación de los que amamos, sino también para la vida diaria (v. 7).

La segunda familia es muy diferente. Es gente rica; no obstante, se recibe al varón de Dios con sencillez. Él se siente a gusto allí, y sus huéspedes están felices cuando se encuentra con ellos. Es un hermoso ejemplo para nosotros.

El Señor Jesús, ¿se siente verdaderamente feliz en nuestra casa y en nuestro corazón? ¿Podemos mostrarle todo, decirle todo y confiarle nuestros secretos deseos? Para conocerlos, no necesita un intermediario, como aquí al profeta. Él los otorgará si esos deseos son según Su voluntad (Salmo 37:4).

2 Reyes 4:18-31

Jehová dio un hijo a la piadosa sunamita. Pero aún desea hacer algo más para ella: quiere que conozca su poder que resucita a los muertos. Un bebé que llega a una familia es una fuente de gozo para sus padres y hermanos. Pero, a los ojos de Dios, lo que más precio tendrá será el nuevo nacimiento de ese niño; el cielo entero se alegrará. Este paso de la muerte a la vida, que se llama conversión, ¿no es el más grande de los milagros? ¡Aún hoy, Jesús lo hace en los hogares de padres cristianos! ¿Lo ha experimentado usted?

Consideremos al Salvador en la casa de Marta, en Betania. Allí se le recibía con respeto y afecto, como Eliseo en casa de la sunamita. Pero fue necesario que esa familia le conociera bajo un nuevo nombre: “La Resurrección y la Vida” (Juan 11:25). Cuando murió Lázaro Jesús no estaba presente, y su tardanza podía parecer indiferencia. Pero era necesario que la fe fuese probada; en nuestro relato sucede lo mismo con la sunamita. A pesar de todo, ella dice que le va “bien”. Nosotros, que nos quejamos por tan poca cosa, no olvidemos, en todas nuestras dificultades, la contestación de esta mujer. ¡Ojalá también podamos decir, llenos de confianza: «¡Todo anda bien!»

2 Reyes 4:32-44

Como lo recuerda Hebreos 11, el capítulo de la fe, “las mujeres recibieron a sus muertos mediante resurrección” (Hebreos 11:35). Así ocurrió con la viuda de Sarepta y luego con la feliz sunamita. Pero, ¡qué diferencia con la escena de la tumba de Lázaro en que un sencillo llamado del Amo de la vida basta para reanimar a un hombre muerto desde hace cuatro días! Pronto, todos los redimidos que duermen oirán “la voz de mando” de Aquel que venció a la muerte, y resucitarán con poder (1 Tesalonicenses 4:16).

El incidente de las calabazas silvestres nos recuerda que, a pesar de las buenas intenciones, el hombre no hace más que echar a perder lo que Dios quiere darle. Cuidémonos, pues, de no agregar nada a la Palabra, alimento de nuestras almas, y desconfiemos de todas las novedades (Gálatas 1:7-8). ¡Cuántos escritos religiosos hay, en los cuales un poco de veneno se halla mezclado con la verdad divina!

El hombre de Baal-salisa, al traer esos panes que van a ser el medio para alimentar a cien personas, una vez más nos lleva a algunas escenas del Evangelio (Mateo 14:15-21 y 15:32-38). Pero, allí también, qué diferencia entre el profeta y Aquel que hace sentar a las multitudes para saciarlas en virtud de su propio poder (Salmo 132:15).

2 Reyes 5:1-14

Naamán era general del ejército del rey de Siria, un héroe cubierto de gloria y distinciones. Y, sin embargo, algo hace de ese gran personaje el hombre más miserable: su hermoso uniforme cubre un cuerpo roído por la lepra. Asimismo, la enfermedad del pecado corrompió a todos los humanos, inclusive a los más eminentes.

Pero, en la casa de Naamán vive una joven mensajera de buenas nuevas. Esta muchacha, cautiva, da un sencillo testimonio del poder del varón de Dios. Nunca se es demasiado joven para ser un testigo del Señor Jesús.

Naamán se pone en camino y, después de dar un rodeo por el palacio de Joram, recibe el mensaje de Eliseo. Aún hoy, Dios tiene un mensaje para los pecadores: su palabra escrita. Muchos no creen que Dios se dirija a ellos de esa manera y no reciben la Biblia como la Palabra de Dios. Otros piensan que la salvación es demasiado sencilla. La instrucción dada a Naamán es la misma dada por Jesús al ciego de nacimiento: “Vé y lávate” (v. 10; Juan 9:7). Dios no nos pide cosas grandes (v. 13). Simplemente exige que el hombre se reconozca mancillado, muerto en sus delitos (Efesios 2:1 y 5; Colosenses 2:13). Dios mismo cumplió las cosas grandes para beneficio de nosotros, pobres pecadores.

2 Reyes 5:15-27

Lo primero que Naamán hace después de su curación es ir a agradecer a aquel que fue instrumento de ella. Nos recuerda a uno de los diez leprosos limpiados por el Señor, el que “viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz” (Lucas 17:15). Y era igualmente un extranjero.

Luego, Naamán debe aprender que la salvación es enteramente gratuita. Muchas personas no logran aceptar este hecho. Tanto más cuando ven a ciertos miembros del clero sacar de la religión un provecho personal, lo que es llamado “ganancia deshonesta” (1 Pedro 5:2; 1 Timoteo 3:8; Tito 1:7). Giezi nos hace pensar en ellos. Su manera de actuar, dictada por el amor al dinero, amenaza con anular a los ojos de Naamán la gratuidad del don de Dios. El corazón del varón de Dios, preocupado por ese «nuevo convertido», sigue toda la escena. La acción deshonesta es denunciada y el miserable codicioso recibe su castigo (comp. Hechos 5:1-11). “¿Es tiempo de tomar plata… vestidos…?”, pregunta Eliseo, cuya fortuna era su manto de profeta. Es una seria pregunta para cada uno de nosotros, discípulos de un Señor que se hizo “pobre”. En vísperas de su retorno, ¡no es tiempo de enriquecernos y buscar nuestra comodidad aquí en la tierra! (véase también Santiago 5, fin del v. 3 y Hageo 1:4).

2 Reyes 6:1-17

“El lugar en que moramos… es estrecho”, declaran a Eliseo los hijos de los profetas. A veces se oye decir lo mismo respecto del cristianismo. Por cierto, ante los ojos del mundo, la vida del creyente parece muy estrecha: ¡se priva de tantas cosas! Si se nos ocurre razonar así, es porque miramos demasiado bajo. En verdad, “el cielo” en toda su extensión está delante de nosotros.

El pequeño incidente del hacha es conmovedor en su simplicidad. Eliseo está igualmente dispuesto a devolver una herramienta al que la utiliza, como un hijo a su madre, mediante la resurrección. Asimismo, vemos al Señor de gloria lavando los pies a sus discípulos o preparándoles una comida (Juan 13:5 y 21:13). Nada es demasiado pequeño para el Señor Jesús. ¿Lo ha experimentado usted?

Después, se reanuda la guerra entre Israel y los sirios. Mas, existe un tercer ejército cuya existencia sólo conoce el profeta. Son los combatientes celestiales: ángeles que Dios colocó como una muralla de fuego alrededor de su siervo (Salmo 34:7 y Jueces 5:20). Para discernirlos, son necesarios los ojos de la fe. Como Eliseo aquí, Jesús en Getsemaní dirigió los pensamientos de su discípulo Pedro hacia las doce legiones de ángeles que su Padre le habría dado, si hubiese querido pedírselas (Mateo 26:53).

2 Reyes 6:18-33

Tres veces en este capítulo, en respuesta a la oración del profeta, los ojos se abren (v. 17 y 20) o, por el contrario, se oscurecen (v. 18). Pidamos a Dios que abra los nuestros. No perdamos de vista, como el criado de Eliseo, el poder divino que está a nuestra disposición. “Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová”, dice el salmista (Salmo 121:1). Elías sólo había sido un profeta de juicio. En cambio, Eliseo tiene el privilegio de usar una segunda arma, más eficaz aún: la gracia. Hace misericordia con sus enemigos y vence con el bien el mal. Nuestros pensamientos vuelven otra vez hacia Jesús, quien se valía tan perfectamente del poder como de la gracia. Después de haber hecho caer a tierra con una palabra a los que venían a prenderle, sanó la oreja herida por su impulsivo discípulo (Juan 18:6; Lucas 22:51).

Por otra parte, esa gran comida nos hace pensar en “la gran cena” de la gracia (Lucas 14:17). Dios convidó a ella a los que eran sus enemigos.

¡Pero la buena acción de Eliseo no será pagada con la misma moneda! Los sirios sitian Samaria, donde el hambre causa terribles estragos. Pero Jehová se valdrá de ello para mostrar a la vez su poder y su bondad.

2 Reyes 7:1-8

El pueblo de Samaria alcanza el fondo de su miseria. Ahora Dios puede actuar. Por su parte, Eliseo, el profeta de la gracia, responde a la tentativa de homicidio del rey, anunciándole la liberación. Aún hoy, se proclama la salvación. Pero ¡cuántos, como el príncipe, responden con incredulidad y burla!

Cuatro pobres leprosos van a ser empleados para dar a conocer esa salvación (comp. con 1 Corintios 1:28). Sin ninguna intervención humana, el ejército sirio es derrotado. Jehová solo obtuvo la victoria. Ocurre así con la obra de la cruz; allí, Jesús solo triunfó sobre todos nuestros enemigos. Como esos miserables leprosos, nosotros, pobres pecadores, estábamos en una desesperada situación, destinados a una muerte eterna. Ahora, ésta es anulada para el creyente. En su lugar halla vida, paz, abundantes y gratuitas riquezas espirituales para el presente, y un porvenir asegurado. Éstos son los frutos de la victoria de Cristo en la cruz. En ella el enemigo fue enteramente despojado. Y vemos que bastó solamente levantarse e ir a tomar posesión de estas cosas (v. 5; comp. con Lucas 15:18). ¿Ya lo hizo usted? ¿O todavía está “sentado en tinieblas… y sombra de muerte”? (Mateo 4:16, V.M.)

2 Reyes 7:9-20

“Hoy es día de buena nueva” (v. 9). ¡Ah!, si conocemos las buenas nuevas del Evangelio, no las guardemos egoístamente para nosotros solos. Apresurémonos a publicar el feliz mensaje a los que todavía se hallan en el desamparo, ignorando la liberación de Dios. “He aquí ahora el día de salvación” (2 Corintios 6:2). ¿No seríamos culpables si calláramos? (véase Ezequiel 33:6). Es lo que la conciencia dicta a los cuatros leprosos. Y sin aguardar la mañana, se dan prisa para ir a gritar la noticia a los porteros de la ciudad. ¡Pero escuchemos los razonamientos que los acogen! El rey y sus siervos discuten y pasan revista a las posibles explicaciones antes de aceptar la más sencilla y maravillosa: esa liberación es la que el profeta había anunciado; viene de Jehová. “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!”, tuvo que decir, extrañado, el Señor Jesús (Lucas 24:25).

La salvación está realmente a la puerta. Pero, para el príncipe incrédulo, allí también se halla el juicio. Es el único que no puede aprovechar el abundante botín. La palabra de Jehová se cumple con exactitud. ¡Y siempre será así!

2 Reyes 8:1-29

Al comienzo del capítulo 8 reaparecen personas conocidas: la mujer de Sunem, a quien Jehová cuidó durante la hambruna; después, Giezi, quien parece haber prosperado pese a su lepra (respecto de la cual ciertamente prefiere guardar silencio). En efecto, lo volvemos a encontrar en la corte del rey, donde Dios se vale de él para que se haga justicia a la sunamita. Luego se nos cuenta la visita de Eliseo a Damasco y su encuentro con Hazael, quien, por medio de un homicidio, va a tomar el trono de Siria en lugar de Ben-adad. Este último, en otros tiempos testigo de la curación de Naamán, muere miserablemente.

Finalmente, en los versículos 16-29, vemos proseguir paralelamente la historia de los reyes de Israel y de Judá. Joram, hijo de Josafat, está lejos de seguir el buen ejemplo de su padre. Y se nos da el motivo de ello: “Una hija de Acab fue su mujer” (v. 18). Una vez más se ve cuán grande es la influencia de una esposa o de un marido sobre su cónyuge. Joram de Judá es, pues, cuñado de Joram, rey de Israel, a quien conocemos bien. Y, a su vez, su hijo Ocozías llega a ser “yerno de la casa de Acab” (v. 27). Según el mundo, son hermosas alianzas, pero ante los ojos de Jehová son graves infidelidades. Demasiado a menudo vemos sus trágicas consecuencias.

2 Reyes 9:1-15

Ya hacía mucho tiempo que, en el monte de Horeb, Jehová había dicho a Elías que Jehú debía suceder a la casa de Acab (1 Reyes 19:16). Pero Dios nunca se apresura cuando se trata de juicio. Sólo se decide a obrar después de haber agotado todos los recursos de su gracia. Eliseo no es quien unge al nuevo rey justiciero, porque él es precisamente el profeta de la gracia. Un joven de entre los hijos de los profetas es elegido para esta misión. Esto es prueba de que incluso un servicio importante, a veces puede ser confiado por el Señor a un joven. El muchacho ha de presentarse en medio de los príncipes del ejército de Israel, cuya guarnición se encuentra en Ramot de Galaad, y derramar el aceite de la unción real sobre la cabeza de Jehú. ¿No había de que se intimidara este joven profeta? Pero cuando se obedece a Dios, se puede contar con su socorro en las situaciones más impresionantes. El versículo 7 nos muestra que Dios no olvida los sufrimientos de los suyos (Lucas 18:7-8). Cuánto más se acuerda de la sangre de su Hijo, muerto por el hombre culpable.

Escogido por Jehová, aclamado por sus oficiales, ahora el nuevo rey va a obrar sin pérdida de tiempo.

2 Reyes 9:16-29

Jehú es un hombre astuto y lleno de energía. Su plan es ejecutado tan pronto como es concebido. Seguido por una tropa decidida, conduce impetuosamente su carro hacia Jezreel. Al verle, se piensa en ese Jinete acompañado por los ejércitos celestiales que sale para cumplir el juicio “del furor de la ira de Dios”. Su nombre es “El Verbo de Dios” y también “Rey de reyes y Señor de señores”, dicho de otro modo, Cristo mismo. Entonces, el tiempo de la gracia se habrá acabado (Apocalipsis 19:11-16).

“¿Hay paz?”, pregunta Joram por medio de sus emisarios; luego, él mismo va al encuentro de su justiciero (v. 17, 19 y 22). Y ¿qué responde la Palabra? “No hay paz… para los impíos” (Isaías 57:21). Por el contrario, “cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina” (1 Tesalonicenses 5:3). Para el rey impío llega el momento de rendir cuentas. Muchas veces la gracia había hablado mediante Eliseo. Pero él permaneció sordo a su lenguaje. “¡Traición!”, exclama él. Más bien debería decir: ¡castigo!, porque es la mano de Dios la que lo traspasa en el mismo campamento de Nabot, en el cual, conforme a la infalible profecía, debía resolverse la suerte de la sangrienta casa de Acab.

2 Reyes 9:30-37; 2 Reyes 10:1-11

Después de la muerte de Joram y la de su sobrino Ocozías, todavía queda la persona más malvada de la familia real: Jezabel, la reina madre. Acaba de enterarse de la suerte de su hijo (pues trata a Jehú de asesino de su señor; v. 31). Pero, en lugar de acongojarse, en un último arranque de vanidad, la vieja reina se arregla y se pinta los ojos (Jeremías 4:30). Después se asoma a la ventana para insultar al despreciado visitante. Al llamado de Jehú, los mismos siervos de esa miserable mujer la echan abajo, y en un momento, los perros no dejan sino restos ensangrentados y difíciles de reconocer. Es el horrible fin de la que llegará a ser en la Escritura la personificación del poder corruptor de la Iglesia (Apocalipsis 2:20).

Como otrora en el asunto de Nabot, los ancianos y los jefes de Jezreel están muy dispuestos a cometer crímenes para complacer al nuevo soberano. Pero, detrás de este cobarde hecho está la mano de Jehová, y podemos estar seguros de que ninguno de los setenta hijos de Acab merecía que se le perdonara la vida. Porque, según Ezequiel 18:17, el hijo que practica los mandamientos de Jehová “no morirá por la maldad de su padre; de cierto vivirá”.

2 Reyes 10:12-27

Jehú, prosiguiendo su misión vengadora, encuentra una tropa de alegres jóvenes que siguen su camino con total despreocupación. Son los cuarenta y dos hermanos (o primos) de Ocozías. Sin sospechar lo que acaba de suceder, van a visitar a la brillante juventud de la otra familia real… ¡justamente ésa cuyas setenta cabezas en ese mismo momento se juntan en dos montones a la puerta de Jezreel! ¡Pues bien!, en la muerte es donde se encontrarán. Pensemos en los innumerables jóvenes cuyo único propósito es gozar de la existencia, olvidando que la muerte puede sorprenderlos sin que estén preparados (Eclesiastés 11:9). Sí, cuántos de ellos hallaron esa súbita muerte, por ejemplo, en un accidente automovilístico, mientras corrían a sus placeres.

Otro encuentro más interesante es el de Jonadab, hijo de Recab. Es un hombre fiel. El capítulo 35 de Jeremías nos cuenta la historia de esa familia. Jehú se vanagloria de su celo por Jehová, luego lo invita a asistir a la masacre de los sacerdotes de Baal. Pero el ardid que emplea en nada es comparable con la escena del Carmelo que había traído de vuelta a Jehová el corazón de su pueblo Israel (1 Reyes 18).

2 Reyes 10:28-36; 2 Reyes 11:1-3

Al considerar a Jehú, ejecutor de la venganza de Jehová, pensamos en el Rey, el Hombre valiente (Cristo), a quien se dirige el Salmo 45: “Has amado la justicia y aborrecido la maldad; por tanto te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros” (v. 7; comp. 2 Reyes 9:6). “En tu gloria sé prosperado; cabalga…” (v. 4; comp. cap. 9:16). “Tu diestra te enseñará cosas terribles. Tus saetas agudas… penetrarán en el corazón de los enemigos del rey” (v. 4-5; comp. cap. 9:24). Y en consecuencia se le confiere el trono, no por un tiempo limitado (a Jehú se le otorgan cuatro generaciones: cap. 10:30), sino “para siempre” (Salmo 45:6).

Mas el versículo 31 subraya el contraste y nos enseña una seria lección: es posible desplegar un gran celo por Dios, hacer obras espectaculares que tienen apariencia de fe y, sin embargo, buscar sus propios intereses.

El capítulo 11 nos transporta al reino de Judá, donde vemos a la abominable Atalía, digna hija de Acab y Jezabel, asesinando a todos sus descendientes varones para apoderarse de la corona.

2 Reyes 11:4-21

La familia real de Israel acaba de ser enteramente exterminada. La de Judá sufre la misma suerte, con excepción de un varoncito ocultado en el templo por su tía, esposa del sumo sacerdote (2 Crónicas 22:11). Y durante ese tiempo, la odiosa Atalía ocupa injustamente el trono.

El tiempo actual presenta una situación parecida: Jesús, habiendo pasado por la muerte (Joás en cambio escapó de ella), hoy se halla en la casa del Padre, ejerciendo en ella el sacerdocio, oculto a los ojos del mundo, pero presente junto a Dios para aparecer, en el día de su gloria, como el verdadero “Hijo de David”. Algunos —los que son de la familia de Dios— le conocen y le honran como el verdadero Rey, aguardando su manifestación (Tito 2:13). Poseen un precioso secreto y una bienaventurada esperanza. De modo que el provisorio dominio de Satanás, “el príncipe de este mundo”, no debe impresionarlos: pronto será destruido, como lo es aquí la malvada Atalía. El coronamiento de Joás es, pues, la imagen de una futura escena que nuestros corazones proclaman por la fe.

Luego, el culto a Baal es extirpado de Judá, sin que sean necesarias las artimañas empleadas por Jehú.

2 Reyes 12:1-16

La muerte de Joiada marca un cambio negativo en el largo reinado de Joás. El segundo libro de las Crónicas nos relata su triste fin. Pero aquí, hasta el versículo 16, se desarrolla la parte feliz de su vida. Una única cosa parece llenar el corazón del rey: la restauración de la casa de Jehová. Desde los días de Salomón, el templo se había deteriorado. Joás, criado por los sacerdotes en las cámaras contiguas al santuario, ha guardado desde su tierna infancia un profundo interés por esta casa. Al mismo tiempo, ha tenido la ocasión de conocer cada grieta de ella. Y ustedes, jóvenes educados en las verdades concernientes a la Asamblea (Iglesia): ¿tiene ésta un gran lugar en sus corazones? Sin duda, también conocen algunas de sus grietas: disconformidad, relajamiento, falta de celo, mundanería… Entonces, ser como Joás, “reparador de portillos” (Isaías 58:12), ¿no es un hermoso y deseable servicio? Incluso un joven puede aprenderlo. ¿Cuáles son los materiales que es necesario saber emplear hábilmente?: el amor, la benevolencia, la dulzura, el saber soportarse y el inestimable “vínculo de la paz” (Efesios 4:2-3).

2 Reyes 12:17-21; 2 Reyes 13:1-9

Hazael, rey de Siria, se propone subir contra Jerusalén. Pero Joás, en lugar de contar con Jehová, ¿qué hace? Obra igual que Asa en otros tiempos, en la decadencia de su reinado, cuando Baasa subió contra él (1 Reyes 15:17-18): renuncia a todas las cosas santas consagradas por sus padres y por él mismo al comienzo de su carrera y las entrega al rey de Siria. ¡Ay, cuántos han imitado a ese pobre rey! Al principio de su vida cristiana hicieron gozosos unos sacrificios. Consagraron y santificaron una cosa u otra para el servicio del Señor. Pero después sobrevino la oposición del mundo. Y al no estar dispuestos a enfrentarla por la fe, prefirieron arrojar todo por la borda. Es lo que el enemigo desea. De ahí en adelante los deja tranquilos. Sí, pero ¡a qué precio!

Después de haber empezado tan bien, la vida del pobre Joás termina trágicamente. Sus propios siervos lo asesinan. Amasías reina en su lugar, mientras que en Israel Joacaz reemplaza a Jehú. Joacaz es un rey malo. Pero se abre un paréntesis en el que brilla toda la gracia de Dios (v. 4-6). Da un salvador a su pueblo (compárese con Isaías 19:20). ¡Cuánto más grande es el Salvador a quien nos dio! (Lucas 2:11).

2 Reyes 13:10-25

Eliseo, cuyo nombre significa «salvación de Dios», permanece hasta el fin de su largo ministerio como el profeta de la gracia. Aquí anuncia la liberación al nuevo rey de Israel, Joás, quien lo visita. Hoy en día, ¿dónde encontrar la gracia y la salvación si no es junto a un Cristo que murió por nosotros?

Desgraciadamente Joás no está en condiciones de aprovechar toda la gracia ofrecida. Le falta fe. ¿No somos a menudo como él? Dios nos reserva ricas bendiciones y está dispuesto a dárnoslas. Pero se las pedimos tímidamente, como si él fuese pobre, o como si colmarnos de ellas no fuese su deseo. Mas, esto es conocer muy mal a nuestro Padre. Los límites nunca provienen de él sino de nuestra falta de fe. No tenemos, porque no pedimos (Santiago 4:2).

Eliseo muere, mas esa muerte viene a ser fuente de vida para otros. Aun en la tumba, ese notable profeta es una figura de Cristo (véase Mateo 27:52).

El final del capítulo nos muestra que Jehová, obligado a castigar a su pueblo, al mismo tiempo se conmueve por él con divina compasión (véase Miqueas 7:18-19).

2 Reyes 14:1-16

Amasías, hijo de Joás, sube al trono de Judá al mismo tiempo que el otro Joás reina en Israel. Una vez más comprobamos la buena influencia de una madre que pertenece al pueblo de Dios (v. 2).

Se nos dicen buenas cosas respecto de ese nuevo rey, en particular su preocupación por obedecer la Palabra (v. 6; véase Deuteronomio 24:16). Pero se nos hace notar: “…aunque no como David su padre”, recordando el ejemplo del rey amado.

Para los creyentes, el punto de comparación siempre es Jesús, el perfecto Modelo. Es necesario que volvamos a “lo que era desde el principio”, como nos invita a hacerlo la primera epístola de Juan. ¡Estas son las primeras palabras de dicha epístola! ¿Y cuáles son las últimas?: “Hijitos, guardaos de los ídolos”. El segundo libro de Crónicas (cap. 25:14) nos revela que, después de su victoria sobre los edomitas, Amasías establece sus ídolos como dioses. ¡Qué ingratitud hacia Jehová que le había dado la victoria! Una amarga derrota ante Joás, rey de Israel, es la consecuencia de esa idolatría y de la soberbia de Amasías, la que el mismo Joás discierne (v. 10). Si nos atribuimos el mérito de la victoria, Dios permitirá que perdamos la siguiente batalla, para enseñarnos a contar sólo con él.

2 Reyes 14:17-29

No se nos dice nada de los últimos quince años de la vida de Amasías. ¡Son años perdidos! Nada más merece ser mencionado por Dios. ¿No existen semejantes períodos en nuestra vida? Como su padre Joás, Amasías perece violentamente. ¡Es el triste fin de un hombre que se aparta de Jehová! (2 Crónicas 25:27). Su hijo Azarías (llamado también Uzías) le sucede a la edad de dieciséis años, mientras que en Israel prosigue el largo reinado del tercer descendiente de Jehú: Jeroboam II. Como sus predecesores, éste permanece apegado a los becerros de oro del primer Jeroboam. No obstante, en su misericordia, Dios continúa liberando a su pueblo, aun por medio de ese malvado rey. ¡Qué paciencia! Y cuán conmovedoras son estas palabras: “Jehová no había determinado raer el nombre de Israel de debajo del cielo” (v. 27; cap. 13:23). Dios, obligado a castigar, se apresura a aprovechar todas las posibilidades de gracia que le deja su alianza de justicia.

También envía profetas a su pueblo durante este reinado: Oseas, Amós y Jonás, mencionado aquí (v. 25). Por medio de ellos Dios multiplica las advertencias. Más tarde se podrá decir a los hebreos: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas”, ahora “nos ha hablado por el Hijo” (Hebreos 1:1-2).

2 Reyes 15:1-22

Azarías o Uzías, acerca del cual 2 Crónicas 26 nos dará muchos detalles más, después de cincuenta y dos años termina tristemente una carrera que había comenzado bien. Fue el mismo caso de su padre y de su abuelo. Acordémonos de que un buen principio en la vida cristiana no garantiza, a continuación ni hasta el fin, un andar feliz. No nos apoyemos nunca en nuestra fidelidad pasada o presente, sino en el Señor, quien es el único capaz de guardarnos sin caída (Judas 24).

Durante la larga vida de Azarías, Zacarías, cuarto y último descendiente de Jehú, luego Salum, Menahem, Pekaía y Peka ocupan uno tras otro el trono de Israel. “Hizo lo malo… no se apartó de…”, es el triste refrán que resume esos sucesivos reinados. Poco importa lo que la historia del mundo recuerde de ellos, lo que cuenta, como para toda vida humana —incluyendo la mía y la suya— es la apreciación divina.

“Ellos establecieron reyes, pero no escogidos por mí” (Oseas 8:4). En ese período final de la historia del reino de Israel es solemne ver cómo Jehová, cansado por tantas infidelidades, abandona el pueblo a su suerte (Oseas 4:17).

2 Reyes 15:23-38

Todas las advertencias de Dios, inclusive su silencio, fueron vanos para despertar la conciencia de su pueblo. Al fin suena la hora en que la última medida disciplinaria debe ser tomada. Se trata de su dispersión en medio de las naciones. Es el castigo extremo encarado desde el comienzo de la historia de Israel (Levítico 26:33; Deuteronomio 28:64), el cual fue retardado durante siglos de paciencia divina. Podemos pensar lo que esa decisión cuesta al corazón de Dios. Hizo salir a este pueblo de Egipto; lo juntó, lo puso aparte y lo introdujo en un buen país. Ahora le es necesario echar por tierra su propio trabajo y volver a colocar a este pobre pueblo bajo el yugo del cual fue sacado (Jeremías 45:4). Pero la gracia tiene un último recurso: la transportación sólo es ejecutada parcialmente. Para los que son dejados en el país, todavía hay lugar para el arrepentimiento.

Notémoslo: entre las primeras víctimas figuran los habitantes de Galaad (v. 29). El capítulo 32 de Números contaba la desastrosa elección de las dos tribus y media que se habían establecido antes de cruzar el Jordán a causa de sus bienes materiales. Pues bien, sus descendientes tienen que soportar las trágicas consecuencias.

En Judá reinan sucesivamente el fiel Jotam, luego su hijo Acaz, quien, por el contrario, es uno de los reyes más execrables.

2 Reyes 16:1-20

Durante el reinado de Acaz en Judá (y de Peka en Israel), Asiria hace su aparición en la historia. Dios va a valerse de esta nación como “vara de su furor” (Isaías 10:5) para dispersar a Israel y castigar a Judá. Ante esa temible intervención, sin duda Acaz obra como hábil político, pero sin tener en cuenta para nada el pensamiento de Jehová. Sin embargo, había tenido la revelación más maravillosa, como nos lo enseña Isaías, quien profetizaba bajo ese reinado (Isaías 7:14): “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Dios con nosotros). Hoy en día, ¡cuántos han oído la buena nueva del nacimiento del Salvador, pero no quieren saber nada de ese Dios que vino para estar “con nosotros”.

Acaz se permite cambiar todo en la casa de Jehová. Hace fabricar un altar más ancho: el hombre siempre encuentra demasiado estrecho lo que Dios ha establecido. Después, el impío rey cambia de destino el altar del sacrificio: se niegan el valor de la expiación y la eficacia de la cruz. Quita las basas del mar y de las fuentes: supresión del juicio de sí mismo. Finalmente hace modificar el pórtico y la entrada, “por causa del rey de Asiria” (v. 18): figura de una religión que, para agradar al mundo, le abre sus puertas de par en par.

2 Reyes 17:1-41

Oseas, asesino y sucesor de Peka, será el último rey de Israel. No aprovechó la prórroga que Jehová le otorgó por algunos años. En el noveno año del reinado de Oseas se verifica la toma de Samaria y la deportación del conjunto de las diez tribus. Pero el Dios justo no quiso poner punto final sin hacer constar una vez más y de manera indiscutible la culpabilidad de Israel. Los versículos 7 a 18 constituyen el acta de acusación irrefutable de Jehová para con ese desdichado pueblo. Lo mismo ocurrirá más tarde ante el terrible gran trono. Para su completa confusión, los muertos serán juzgados cuando se abran los libros que relatan sus obras (Apocalipsis 20:12-13).

El rey de Asiria hizo un intercambio de poblaciones. ¡Qué vergüenza ver, de ahí en adelante, el hermoso país de Canaán ocupado otra vez por naciones idólatras, aun cuando exteriormente éstas aprendan a temer a Jehová y agreguen su culto al de sus divinidades! (v. 24-41).

Llegamos aquí al momento en que Jehová, por boca del profeta Oseas, pronuncia respecto de Israel el solemne “Lo-ammi” (“No sois mi pueblo”), con la recíproca: “…Ni yo seré vuestro Dios” (Oseas 1:9).

2 Reyes 18:1-12

En lo sucesivo y hasta el fin de este libro, sólo se hablará de Judá. Dios acaba de recapitular tristemente todos los pecados de su pueblo. Pero ahora se regocija al hablarnos de un rey fiel. Por eso, el reinado de Ezequías ocupará unos once capítulos de la Biblia (2 Reyes 18-20; 2 Crónicas 29-32; Isaías 36-39); como si en el momento de la ruina, y antes de abordar una página más sombría aún, Dios se complaciera en detenerse en la vida de su piadoso siervo. Hasta Ezequías, el relato de los mejores reinados contenía siempre esta reserva: “Con todo eso, los lugares altos no fueron quitados”. Esos lugares altos, donde el pueblo ofrecía sacrificios (primero a Jehová y más tarde a los ídolos), habían sido prohibidos por Dios en Deuteronomio 12. Nos hacen pensar en todas las tradiciones y supersticiones que reemplazaron en la cristiandad las enseñanzas de la Biblia con respecto a la adoración. La veneración, cuyo objeto era la serpiente de bronce, nos recuerda que la cruz misma es para muchos un objeto de idolatría. Ezequías quita, rompe, corta y destroza.

Luego rechaza el yugo del asirio y triunfa sobre los filisteos, según la profecía de Isaías (Isaías 14:28-32).

2 Reyes 18:13-25

Valientemente Ezequías ha tomado posición por Jehová. Pero su fe todavía no ha sido probada, y es necesario que lo sea. Asimismo cada creyente, tarde o temprano, debe mostrar si sus obras son las de la fe o las de la carne. Ante el temible asalto del rey de Asiria, la fe de Ezequías empieza a tambalear. Cree poder salir del apuro entregando a Senaquerib un enorme tributo. Igual había hecho Joás en tiempos pasados. Pero Dios va a enseñarle (y a nosotros por la misma ocasión) que la liberación y la verdadera paz no se obtienen haciendo concesiones (Proverbios 29:25). El Enemigo siempre engaña y decepciona. Senaquerib, lejos de desarmar, envía grandes fuerzas contra Ezequías y los habitantes de Jerusalén. Al mismo tiempo delega tres peligrosos personajes, cada uno con su especialidad: el Tartán, su general, para vencerlos, el Rabsaris, jefe de sus servidores, para sojuzgarlos, y el Rabsaces, su copero mayor, para seducirlos, si fuese posible, con melosas palabras. Desconfiemos de ciertas personas que Satanás a veces nos envía con una misión semejante. Su lenguaje las traicionará.

El Rabsaces comienza con una arenga en la cual se burla abiertamente de la confianza del pueblo en Jehová.

2 Reyes 18:26-37

El copero mayor prosigue su discurso usando alternativamente amenazas, burlas y mentiras. Había pretendido falsamente haber recibido orden de Jehová para subir contra Judá y destruirlo (v. 25). Ahora va a ensayar la seducción. Recurriendo al lenguaje del pueblo (como Satanás sabe hablar el nuestro), hace brillar las riquezas de Asiria, adonde se propone llevarlo: trigo, pan, viñas, etc. En resumen, afirma él, es “una tierra como la vuestra”. En efecto, si comparamos estos recursos de Asiria con los de Canaán (Deuteronomio 8:7-8), aparentemente hay pocas diferencias. Sin embargo, ¡hay una grande y esencial diferencia!: el país del enemigo no es como el de Jehová, una “tierra de arroyos, de aguas, de fuentes y de manantiales, que brotan en vegas y montes”. ¿Una tierra como vuestra tierra? ¡Por cierto que no! Jesús no da como el mundo da (Juan 14:27). Al no lograr que el creyente acepte sus engañosos recursos, el enemigo procurará apartarlo de su supremo Recurso: el Dios fuerte (véase v. 33-35). ¿Qué respuesta tiene que dar el creyente? Sencillamente callar (v. 36). No se discute con el diablo, se huye de él.

2 Reyes 19:1-13

Ante el asalto de los ejércitos asirios, Ezequías tiene una extraña manera de conducir la guerra. En lugar de armadura se viste de cilicio. No establece su cuartel general sobre la muralla, sino en la casa de Jehová. Finalmente, en lugar de llamar a lo mejor de sus soldados, ¡se dirige a Isaías, el profeta! Así es; contra la altivez y la soberbia del rey de Asiria, ¿no es la correcta estrategia militar enseñada por el apóstol Pablo? “Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas —escribe él en 2 Corintios 10:4-5— derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios”. Ezequías, cuyo nombre significa “poder de Jehová”, sabe dónde hallar socorro (Salmo 121:2). Y su confianza no es defraudada. “No temas”, le contesta Dios por medio del profeta. Son preciosas palabras que encontramos muy a menudo en la Biblia y, particularmente, en boca del Señor: “No temas, cree solamente” (Marcos 5:26). Tiene “lengua de sabios para saber hablar palabras al cansado” (Isaías 50:4). El alma temerosa pero confiada del redimido que está todavía en la prueba, recibe mediante estas palabras la fuerza y el aliento necesario para aguardar la liberación.

2 Reyes 19:14-24

Hemos visto que la actitud del creyente, tanto ante las provocaciones del mundo como ante sus más seductoras proposiciones, es la de soportar en silencio y no contestar nada. En cambio, ante Dios puede tomar la palabra. Es lo que hace Ezequías. Empieza por presentar ante Jehová la carta que acaba de recibir y, por decirlo así, le declara: «Esto te concierne; te encargo que lo cuides. A ti mismo te ultrajó el asirio, atentó contra tu gloria» (v. 19; véase Salmo 83:12 y 18).

Ezequías completa sus sorprendentes disposiciones militares mediante la más hábil táctica: retirarse, echarse a un lado para dejar al enemigo frente a Jehová, pues ¡él es el más fuerte! «Dejarte sólo obrar, firmes en tu victoria…», dice un cántico. En nuestras dificultades, sean pequeñas o grandes, empecemos por sentirnos demasiados débiles para superar el obstáculo. Luego, expongamos nuestro caso al Señor mediante la oración. Finalmente, aguardemos apaciblemente la liberación que viene de arriba.

Así, la prueba no se colocará más como una pantalla entre el Señor y nosotros, sino que el Señor mismo se mantendrá como un escudo protector entre la prueba y su redimido (léase Salmo 38:14-15).

2 Reyes 19:25-37

El orgullo del rey de Asiria se había hinchado desmedidamente, porque hasta entonces nadie había podido resistirle. En los versículos 23 y 24 vemos que el “yo” es una constante. Pero este orgullo es tanto más espantoso que se mide con Dios mismo. La loca pretensión del hombre de “ser igual a Dios” (Filipenses 2:6) se discierne claramente en el mundo actual. Por medio de la ciencia, la técnica y los progresos, cuyos méritos se atribuye, el mundo se encamina rápidamente hacia el momento en que se adorará a sí mismo en un «superhombre», el Anticristo.

El asirio es igualmente un personaje de la profecía: en el tiempo venidero, una formidable potencia asiática invadirá Palestina y sitiará a Jerusalén. Pero sólo será destruida cuando aparezca el Señor Jesús, representado aquí por el ángel de Jehová. En una sola noche el campamento asirio es asolado. Luego, a su vez, Senaquerib es asesinado por sus propios hijos en el templo de su dios Nisroc. El que había afirmado que Jehová no podría liberar a Ezequías, es herido en presencia de su ídolo, incapaz de protegerlo.

Así, Dios se ha glorificado liberando a su fiel siervo, y podemos estar seguros de que lo hará siempre.

2 Reyes 20:1-11

Una segunda prueba, más terrible aún que la primera, alcanza ahora al rey. La muerte golpea a su puerta. En su infortunio, esta vez también recurre a Jehová. Sin duda, no puede subir al santuario, según su costumbre; pero, ¿no le es posible encontrar a Dios aun en su lecho de enfermo? ¡Cuántos de los que guardan cama disfrutan todos los días esa bienhechora experiencia!

Acaz, padre de Ezequías, había rehusado la señal que Jehová quería darle (Isaías 7:10-12). Y sobre el reloj solar que construyó, la hora del juicio se acercaba con rapidez. Pero aquí, el rey fiel y piadoso obtiene junto con la curación una extraordinaria señal. Por el retroceso de la sombra, Dios le muestra que acepta retardar el castigo.

En contraste, algunos detalles de este hermoso relato hacen pensar en el Señor Jesús. En el Salmo 102 tenemos su oración: “Dios mío, no me cortes en la mitad de mis días…” luego, la respuesta de su Padre: “Por generación de generaciones son tus años” (v. 24). Isaías anunció la curación del rey al tercer día (v. 5). Cristo, quien verdaderamente entró en la muerte, también salió de ella al tercer día.

2 Reyes 20:12-21

Después de haber salido airoso de dos duras pruebas, el pobre Ezequías va a sucumbir en la tercera. ¡Y justamente porque esta última no parecía ser una prueba! ¿Hay algo más halagüeño que esa embajada del rey de Babilonia? Se presenta con cartas y presentes para Ezequías. ¡Ah, si Ezequías hubiese extendido estas cartas delante de Jehová! En cuanto a los presentes, va a hallarse comprometido a causa de ellos y ser deudor para con esos extranjeros. ¡Cuán peligrosas son para un creyente las amabilidades del mundo! Muy a menudo hallan un complaciente eco en la vanidad de su corazón. Para Ezequías, ¿no hubiera sido la ocasión de hablar a esos hombres acerca de la bondad y del poder de Jehová, quien le había librado dos veces? ¿Y también la oportunidad de darles a conocer la casa de su Dios? Pero, en lugar de esto, les muestra su propia casa, su arsenal, que no le había sido útil contra Senaquerib, y todos sus tesoros, de los cuales no quedará nada, como se lo anuncia ahora Jehová (v. 17). “¿Qué vieron en tu casa?” ¡Qué pregunta más seria! ¿Qué ven los visitantes en nuestras casas y de qué les hablamos? ¿De los tesoros, todos perecederos, que nos vanagloriamos poseer? ¿O de Aquel a quien todo pertenece?

Ezequías reconoce que merece el juicio. Y allí termina la vida de ese rey fiel.

2 Reyes 21:1-18

Después de David, Ezequías fue el más fiel de los reyes. Su hijo Manasés será el más detestable, “multiplicando así el hacer lo malo ante los ojos de Jehová” (v. 6). A todos sus crímenes se agrega la responsabilidad de ser el hijo del piadoso Ezequías, el que otrora había dicho: “El padre hará notoria tu verdad a los hijos” (Isaías 38:19). Si tuviésemos sólo este capítulo respecto a Manasés, con seguridad diríamos que dicho hombre está perdido por la eternidad. Pero el segundo libro de Crónicas (cap. 33:12-13), que nos relata el fin de su historia, nos enseña que la gracia de Dios tuvo la última palabra. ¿Quién habría pensado que semejante hombre pudiera arrepentirse, orar y ser escuchado? En verdad, los pensamientos de Dios no son los nuestros. Nuestra salvación no depende de la manera más o menos honrada en que nos hayamos conducido. Es el resultado de la incomparable gracia del Dios de amor. De todos modos, lo que hicimos antes de nuestra conversión debería parecernos abominable ante Dios. Pablo se llamaba a sí mismo el primero de los pecadores, porque había perseguido a la asamblea (la Iglesia). “Pero por esto fui recibido a misericordia —agrega él—, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia” (1 Timoteo 1:16).

2 Reyes 21:19-26; 2 Reyes 22:1-7

Amón sucede a Manasés. Después de dos años de impío reinado, perece violentamente. Y el pequeño Josías, su hijo, sube al trono a la edad de ocho años. Recordemos que su nombre ya fue pronunciado muchos siglos antes por un profeta que había subido a Bet-el para hablar contra el altar en presencia de Jeroboam (1 Reyes 13:2). Este hijo debía nacerle a la casa de David para cumplir justicia y el juicio. Así, vemos que en presencia del mal que se manifestaba, los pensamientos de Dios desde hacía mucho tiempo se volvían hacia este niño. Pero, desde la eternidad descansaban en el pequeño niño de Belén, quien sería el Salvador del mundo.

El reinado de Josías, como el de su antepasado Ezequías, corresponde a lo que se llama un despertar. En el estado de sueño de la cristiandad, el Espíritu Santo todavía produce, aquí o allá, semejantes despertares. Aquél, del cual Josías es un notable instrumento, se caracteriza: por un nuevo interés por la casa de Dios; por un retorno al santo Libro y, finalmente, por el afán de separarse del mal.

El ejemplo del pequeño rey Josías también hace recordar a todos nuestros hijos que nunca es demasiado temprano para hacer “lo recto ante los ojos de Jehová” (v. 2).

2 Reyes 22:8-20

Los trabajos emprendidos por Josías en la casa de Jehová permitieron descubrir el libro de la ley. Éste se había perdido, y hasta fue olvidado por los sacerdotes, quienes, no obstante, eran los encargados de cuidarlo (Deuteronomio 31:9 y 26). En el transcurso de la historia de la Iglesia, el gran despertar de la Reforma volvió a honrar las Sagradas Escrituras. Después de los siglos de oscuridad de la Edad Media, el libro de Dios fue sacado de la sombra, traducido en lenguas populares, impreso y difundido por todas partes. No olvidemos que éste es un motivo de agradecimiento. La lectura de la Biblia abrió, entonces, los ojos de muchos sobre el estado de ruina de la cristiandad. Al mismo tiempo, la luz del Evangelio vino a alumbrar a las almas ignorantes. Porque esta Palabra de vida no sólo nos muestra lo que Dios aguarda del hombre —lo que el libro de la ley enseñó a Josías— y cómo éste completamente falló (Antiguo Testamento). La Palabra también nos enseña lo que Dios se propuso en Cristo, el nuevo Hombre, y cómo lo cumplió por entero (Nuevo Testamento). Si por una parte la Biblia es un libro que nos coloca ante nuestras responsabilidades, también trae el mensaje de la gracia de Dios para pobres pecadores perdidos.

2 Reyes 23:1-11

Después de las palabras de juicio que Jehová acaba de pronunciar, Josías podría concluir: «¿Para qué purificar este lugar sobre el cual Jehová va a encender su ira?» Pero un creyente fiel nunca razona así. Aun en vísperas del juicio final, la Escritura ordena: “El que es santo, santifíquese todavía” (Apocalipsis 22:11). El rey, que ahora reconoce personalmente el valor de la Palabra de Dios, aplica lo que está escrito en Deuteronomio 31:11, haciéndola oír a todos, “desde el más chico hasta el más grande” (v. 2). ¿Tenemos el mismo deseo de dar a conocer a quienes nos rodean la Palabra viva y eficaz?

El celo de la casa de Dios “consume” a Josías, como consumirá más tarde a Uno más grande que él (Juan 2:15-17).

Acordémonos de la pregunta que el apóstol Pablo formula a los corintios: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?… El templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:16-17 y 6:19). ¿Recibiríamos a un noble visitante en una casa desordenada y sucia? Con mayor razón tampoco podemos hacerlo cuando se trata del divino Huésped que quiere morar en nuestro corazón. Honrarle es primeramente ordenar nuestro corazón y quitar todo lo que lo obstruye y lo mancilla.

2 Reyes 23:12-23

Josías prosigue su valiente trabajo de purificación. Y en medio de los sepulcros de los sacerdotes idólatras, nota otro sepulcro: el del varón de Dios que había anunciado los acontecimientos que ahora se están cumpliendo. Así descansaban esos huesos, unos cerca de otros, destinados a una resurrección diferente. Cuando el Señor venga, distinguirá y resucitará de en medio de los muertos los cuerpos de los creyentes “dormidos” (1 Tesalonicenses 4:13). Los otros serán dejados para la resurrección de condenación.

Josías entiende que, para celebrar dignamente la Pascua a Jehová, toda contaminación debe previamente ser quitada del país. El culto del Dios santo no puede concordar con lo que recuerda el de los ídolos (2 Corintios 6:16-17). Si el creyente quiere pronunciar dignamente el nombre del Señor, debe apartarse de la iniquidad y purificarse de los vasos “para deshonra” (2 Timoteo 2:19-20, V.M.) Estar separados, apartarse, limpiarse, son otros tantos deberes penosos que, sin duda, conducirán a que seamos acusados de orgullo y de estrechez. Pero es lo que Dios nos pide antes que cualquier otro servicio para él. Vemos cuál fue la consecuencia bendita para Josías y el pueblo: “No había sido hecha tal pascua desde los tiempos en que los jueces gobernaban a Israel”.

2 Reyes 23:24-37

Pese a la fidelidad de su rey, el pueblo no se había vuelto a Jehová de todo corazón (Jeremías 3:10). “La desleal Judá” no aprendió la lección del castigo soportado por la “rebelde Israel”. Por eso va a llegar la hora en que esa tribu, a su vez, deberá ser echada del país.

Para cumplir sus designios, Dios se valió de los grandes pueblos de la antigüedad, como también de las naciones modernas, inconscientes agentes de sus propósitos para con Israel. Él domina los sucesos mundiales y los emplea para proteger a los suyos, o, por lo contrario, para disciplinarlos.

Las dos grandes potencias del tiempo de Josías eran Egipto y Asiria. Situados de uno y otro lado de Canaán, esos dos reinos, en perpetuo conflicto, debían atravesar el territorio de Israel para poder combatir. Josías, tomando partido por el rey de Asiria, trató de oponerse al paso de Faraón Necao, pero éste lo mató en Meguido. ¿Por qué no se apartó del mundo y de sus alianzas tan cuidadosamente como se apartó del mal? Tomó partido en una disputa que no era la suya y sufrió las fatales consecuencias (Proverbios 26:17).

Joacaz, hijo de Josías, después de un mal reinado de tres meses, cae en poder de Necao. Éste lo deporta y lo reemplaza por su hermano Joacim, el que no será mejor.

2 Reyes 24:1-20

Conforme a la profecía de Isaías 10, la potencia asiria es aniquilada. Sobre sus ruinas se levanta el imperio babilónico, englobando la casi totalidad del mundo antiguo, incluso Egipto, y llamado por ese motivo el primer gran imperio de las naciones. Entonces, la historia del mundo toma otro giro. Israel es puesto a un lado: deja de ser la sede del gobierno de Dios en la tierra. Ese gobierno es confiado a las “naciones” (los pueblos no judíos); va a comenzar lo que se llama el tiempo de las naciones, en el que todavía estamos hoy en día.

Joacim, rey de Judá, hecho él también vasallo de Nabucodonosor, se rebela después de tres años; su hijo Joaquín, que lo sucede, hace otro tanto. En aquel tiempo tiene lugar un triste acontecimiento: la primera transportación de Judá a Babilonia. Sin embargo, a los más pobres del pueblo, que escapan de la deportación, se les da una última oportunidad. Al frente de ellos, Nabucodonosor coloca en el trono de Judá a un tercer hijo de Josías: Sedequías. Pero éste obra de igual manera que sus predecesores. El enceguecimiento de esos reyes los hace tanto más culpables que Jeremías, el profeta, no dejó de advertirlos de parte de Jehová durante sus reinados.

2 Reyes 25:1-17

Molesto por el espíritu de rebeldía de los reyes de Judá, Nabucodonosor sube por tercera vez contra Jerusalén, la cerca y penetra en ella después de más de un año de sitio. Y esta vez no hay más misericordia para la orgullosa ciudad. Se la quema enteramente, empezando por el templo. Se derriban sus murallas y sus habitantes son llevados en cautiverio. Sedequías sufre las crueles consecuencias de su obstinación. Sólo algunos pobres son dejados en el país para que labren la tierra.

Luego, los guardas caldeos se encarnizan contra el templo, que para ellos simboliza el espíritu de resistencia. No satisfechos con haberlo quemado, consiguen quebrar y llevarse las poderosas columnas de bronce, así como el mar, sus basas y el resto de los utensilios. ¿Por qué los versículos 16 y 17 repiten algunos detalles de la ornamentación de las columnas, precisamente en el momento en que van a desaparecer? Sin duda, por una conmovedora razón: ¿no es ésta la última mirada que se echa sobre un objeto que se ama y, entonces, uno se detiene para contemplarlo? ¡Sí, cuán hermosas eran esas columnas, imagen de la estabilidad y de la fuerza que Jehová retira en adelante a su pueblo desobediente y rebelde! (1 Reyes 7:21).

2 Reyes 25:18-30

Así terminan estos dos libros de los Reyes (que forman uno solo en el original hebreo). Comienzan con la gloria del rey de Israel y acaban con la del rey de Babilonia. Empiezan con la edificación del templo y concluyen con el cuadro de su destrucción. En el principio, el primer sucesor de David había subido al trono en Jerusalén (1 Reyes 1). Al final, su último descendiente fue encerrado en una prisión de Babilonia. Entre este comienzo y este fin, asistimos a la lamentable decadencia. Sí, ¡así ocurre con lo que se confía al hombre! Su corazón en verdad es engañoso y perverso. Y Ezequiel, cuya voz se hace oír durante el tiempo del cautiverio, lo confirma en esta dolorosa exclamación: “¡Cuán inconstante es tu corazón, dice Jehová el Señor, habiendo hecho todas estas cosas!” (Ezequiel 16:30).

En los últimos versículos es consolador ver asomar un muy pequeño comienzo de restauración. Dios nos muestra que su trabajo no ha terminado. A él le pertenecerá la última palabra cuando, después del desastre de todos esos reyes, aparezca Cristo, el Hijo de David, el verdadero Rey de Israel.

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