2 Corintios

2 Corintios 1:1-11

El apóstol Pablo no escribió su primera carta a los corintios como un censor o juez severo. Él mismo había sido humillado y turbado por las noticias recibidas de esa iglesia, tanto más cuanto que le habían llegado en un momento en que pasaba por una aflicción extrema en aquella ciudad de Éfeso, en donde tenía muchos adversarios (v. 8; 1 Corintios 16:9).

Pero aun semejante cúmulo de sufrimientos puede ser un motivo de gratitud, pues trae una doble y preciosa consecuencia. Primeramente, hace perder al creyente toda confianza en sí mismo (v. 9). En segundo lugar, le hace profundizar en las simpatías del Señor para con los suyos. La abundancia de los sufrimientos reveló al apóstol la abundancia de la consolación (v. 5). Una consolación siempre es personal, pero, al que la experimenta le permite entrar a su vez en las penas de los demás y expresarles una verdadera simpatía. El hecho de haber pasado por las pruebas con el sostén del Señor capacita a un creyente para dirigirse a los afligidos y orientar sus miradas hacia “el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (v. 3).

2 Corintios 1:12-24

El apóstol Pablo no acostumbraba decir y pensar no (v. 17). Los corintios podían confiar en él; no hacía reservas mentales y daba prueba de la misma sinceridad en sus actos y decisiones de la vida diaria que cuando les había anunciado un Evangelio no falsificado (2:17 y 4:2, final). ¡Cuán importante es esto! Si un hijo de Dios falta a la verdad, induce a quienes le observan a poner igualmente en duda la Palabra de Dios, de la que él es un testigo tan poco fiable. Él, Pablo, manifestaba una perfecta rectitud, trátese de sus relaciones con el mundo o con los demás creyentes (v. 12). Él era mensajero de Aquel que es el “Amén, el testigo fiel y verdadero”, el Garante del cumplimiento de todas las promesas de Dios (v. 20; Apocalipsis 3:14).

Los versículos 21 y 22 nos recuerdan tres aspectos del don del Espíritu Santo: por él, Dios nos “ungió”, es decir, nos consagró para él y nos hizo aptos para captar sus pensamientos. Nos “ha sellado” o, dicho de otro modo, nos ha marcado como pertenencia suya. Finalmente nos “ha dado las arras”, prenda de nuestros bienes celestiales otorgándonos a la vez una primera prueba de su realidad y el medio de gozar de ellos “en nuestros corazones”. El apóstol también escribe a los efesios: “Fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia” (Efesios 1:13-14).

2 Corintios 2:1-17

El apóstol Pablo había atrasado su viaje a Corinto para que su primera carta tuviera tiempo de surtir efecto. Gracias a Dios, el trabajo de conciencia se había producido tanto en la iglesia como en el hombre que había sido excluido. Pero ahora los corintios corrían otro peligro, a saber: olvidarse de la gracia para con el pecador arrepentido. Habían pasado de una reprobable indulgencia a una severidad sin amor. Satanás siempre está dispuesto a hacernos caer de un extremo al otro. Sus medios varían, pero sus designios no cambian: busca aniquilar el testimonio dado a Cristo y retener a los hombres bajo su dominio. Hasta se sirve de las bromas referentes a él –tan corrientes en el mundo– para hacer olvidar sus temibles designios. Cuidémonos, pues, de toda ligereza respecto al diablo y su poder.

En medio de su inquietud por los corintios, el apóstol había dejado un hermoso campo de trabajo para ir al encuentro de Tito, quien le traía noticias de ellos. Pero Pablo fue consolado al pensar que, por donde iba, él difundía “el grato olor de Cristo” (v. 15). ¿Es perceptible este mismo perfume para todos los que nos conocen? Y ante todo, ¿lo es para Dios?

2 Corintios 3:1-18

Los hombres juzgaban la doctrina predicada por Pablo según el andar de los corintios. Eran su viviente carta “de recomendación” o, más bien, la de Cristo, cuyo nombre había sido escrito en sus corazones. Todos los creyentes son cartas de Cristo dirigidas por Dios a los que no leen la Biblia para que tengan a la vista un Evangelio vivido. ¡Ay!, pero esas cartas a menudo están manchadas o son indescifrables, en lugar de ser conocidas y leídas por todos (v. 2). Cuidémonos, pues, para que no haya sobre nuestros rostros un velo que impida nuestro resplandor cristiano: el velo de las preocupaciones, del egoísmo o del carácter mundano… Pero, ante todo, que no haya sobre nuestros corazones ningún velo (por ejemplo, una mala conciencia: v. 15) que intercepte los rayos que debemos recibir de Cristo, quien es amor y luz. Si un arbolito es colocado bajo un toldo, se marchitará. En cambio, si se lo expone a menudo al sol y a la lluvia, crecerá para llevar los frutos que se esperan de él. Lo mismo ocurre con nuestras almas. Si las mantenemos en la presencia de Cristo, por ese mismo hecho se opera en ellas una transformación gradual (pero inconsciente), de progreso en progreso, a semejanza de las perfecciones morales de Aquel que contemplamos en su Palabra (v. 18).

2 Corintios 4:1-15

Cada uno de nosotros ¿ha renunciado, como el apóstol, “a lo oculto y vergonzoso”? (v. 2). El corazón de Pablo era como un espejo; reflejaba fielmente a su alrededor cada rayo que recibía. Y, ¿cuál era el objeto que resplandecía en él y que manifestaba a los demás? “La gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (v. 6). Ese conocimiento de Cristo en la gloria, ¡qué tesoro era para Pablo! Él sólo era un vaso que contenía ese conocimiento; un pobre vaso de barro, frágil y sin valor propio. Si el instrumento de Dios se hubiese destacado por brillantes cualidades humanas, habría llamado la atención sobre sí mismo en detrimento del tesoro que debía presentar. Los joyeros saben muy bien que un estuche demasiado lujoso tiende a eclipsar la joya exhibida; por eso exponen sus más hermosas alhajas sobre un simple terciopelo negro. Del mismo modo, el vaso de barro –Pablo– estaba atribulado, en apuros, perseguido, derribado… para que el tesoro –la vida de Jesús en él– fuese plenamente manifestado (v. 10). Las pruebas de un creyente contribuyen a despojarle de todo brillo personal para que resplandezca aquel del cual el creyente es, en cierto modo, sólo el pie de la lámpara.

2 Corintios 4:16-18; 2 Corintios 5:1-10

¡Cómo nos cuidamos para conservar y hacer prosperar “nuestro hombre exterior”! (v. 16). ¡Ojalá nuestro hombre “interior” pudiera ser tan bien tratado! Lo que renovaba el corazón del apóstol era ese eterno peso de gloria, incomparable con la tribulación que atravesaba. Andando “por fe” y “no por vista” (5:7), con las miradas de su alma fijas en las cosas que no se ven pero que son eternas, él gozaba ya de las arras del Espíritu (v. 5); por eso no desmayaba (4:1 y 16).

¡Qué temor y ardor debería producir constantemente en nosotros el pensamiento del tribunal de Cristo! Nuestra salvación está asegurada; no compareceremos ante él para condenación sino que, como en una película, toda nuestra vida se desarrollará allí, revelando todo lo que hayamos hecho, “sea bueno o sea malo”, y recibiremos ganancias o soportaremos pérdidas. Pero, al mismo tiempo, el Señor mostrará cómo su gracia supo sacar su brillo aun de nuestros pecados. Un artista que termina de restaurar un retrato deteriorado le da valor poniendo al lado la fotografía del cuadro inicial. Así como a menudo mostramos poca sensibilidad frente al pecado, también valoramos poco la gracia que nos perdona y nos soporta. El tribunal de Cristo nos hará experimentar toda la inmensidad de ella.

2 Corintios 5:11-21

El apóstol Pablo deseaba fervientemente la gloria celestial (v. 2) pero, mientras tanto, con el mismo fervor procuraba ser agradable al Señor (v. 9). Al no tener nada que ocultar a Dios ni a los hombres, no vivía más para sí mismo; en cuerpo y alma era el esclavo de Cristo, quien había muerto y resucitado por él (v. 15). Ahora bien, el Señor lo había llamado –como a cada redimido– a una muy alta función: la de embajador del soberano Dios para ofrecer, de parte de Él, la reconciliación al mundo. A fin de cumplir con esta misión y persuadir a los hombres, dos grandes motivos apremiaban al apóstol: la solemnidad del juicio, pues conocía el temor que se debe al Señor (v. 11), y el amor de Cristo por las almas, amor sin el cual el más elocuente predicador sólo es metal que resuena (v. 14; 1 Corintios 13:1).

¿En qué consiste el mensaje de la reconciliación? Cristo, el único hombre sin pecado, fue identificado, sobre la cruz, con el pecado mismo a fin de expiarlo. Así Dios anuló, por gracia, el pecado que nos separaba de él (v. 21). “Las cosas viejas pasaron”. Dios no las remienda. Se complace en hacer todas las cosas nuevas; sí, en hacer de usted también una nueva creación (v. 17). Pero primeramente, ¿está usted reconciliado con él? “Os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (v. 20).

2 Corintios 6:1-18; 2 Corintios 7:1

“Nos recomendamos en todo como ministros de Dios, en mucha paciencia…” (v. 4; 12:12). Aquí está lo que recomienda a todo siervo de Dios. Mejor que cualquier discurso, la manera en que Pablo soportaba las pruebas demostraba el valor de su Evangelio.

¡Qué hombre extraño es el creyente! En cierto modo, tiene dos caras: A los ojos del mundo parece estar en el oprobio, ser engañador, desconocido, entristecido, pobre... Pero, ¿qué es ante Dios? Veraz, bien conocido, siempre gozoso, en una palabra, poseyéndolo todo (v. 8-10). Ésta es su verdadera cara.

Las exhortaciones que siguen pueden parecer de mente estrecha y severa, pero proceden del corazón “ensanchado” del apóstol (v. 11). La palabra separación nos repulsa y, sin embargo, la santidad significa apartarse para Dios (véase Levítico 20:26). “Perfeccionando la santidad” (7:1) equivale necesariamente a apartarse. La separación del mundo no se aplica sólo a tal proyecto de matrimonio desigual (v. 14 y 15). La separación del mundo religioso (v. 16-18) ofrece incomparables compensaciones: la presencia del Señor Jesús “en medio” de los suyos y el gozo de relaciones bendecidas con nuestro Dios y Padre. Por último tenemos la separación del mal bajo cualquier forma (7:1).

2 Corintios 7:2-12

El amor de Cristo apremiaba a Pablo con respecto a los corintios (5:14). Cuando les escribió su primera y severa carta, ese amor era igual de verdadero y grande. Pero ahora su corazón está a sus anchas; puede dejar que sus afectos hablen libremente. Recordamos a nuestros jóvenes lectores que quienes les reprenden y advierten con más severidad, generalmente son los que más los aman. “Yo reprendo y castigo a todos los que amo”, dice el Señor (Apocalipsis 3:19).

La iglesia había juzgado el mal que se hallaba en ella; había demostrado que era recta y limpia (v. 11); si había tolerado un horrible pecado, lo había hecho por ignorancia y negligencia. No obstante, los corintios habían tenido que humillarse por su estado, pues éste había permitido que semejante mal apareciera en medio de ellos y habían sido contristados según Dios.

El versículo 10 nos muestra que el simple pesar, la vergüenza y el remordimiento no son el arrepentimiento. Éste consiste en emitir el mismo juicio que Dios emite sobre nuestros pecados; en reconocer el mal y abandonarlo, trátese de actos cometidos antes o después de la conversión (Proverbios 28:13). El arrepentimiento es el primer fruto de la fe. Ser contristados según Dios es, pues, en sí un hecho regocijador (v. 9). ¿Ha experimentado el verdadero arrepentimiento?

2 Corintios 7:13-16; 2 Corintios 8:1-8

La obediencia de los corintios había motivado el gozo y el afecto de Tito y, en consecuencia, había regocijado y confortado doblemente al apóstol Pablo (7:13 y 15). Pero aún estaban lejos de tener el celo de los creyentes de Macedonia (8:1-5). Estos últimos no habían dado sencillamente tal o cual parte de sus recursos y de su tiempo, sino que se habían dado a sí mismos por completo. No habían aguardado, como algunos, el final de la vida para ofrecer a Dios sólo un pobre resto de sus fuerzas; se habían dado “primeramente”… Tampoco habían empezado con “el servicio para los santos” (v. 4). No; se dieron primeramente al Señor. Y ese primer don había acarreado todos los demás. También pertenecían a los apóstoles, por ser ellos siervos del Señor. ¿Era esto algo penoso para los macedonios? ¡Todo al contrario! “La abundancia de su gozo” podía soportar una gran “prueba de tribulación”, y “su profunda pobreza” cambiarse “en riquezas de su generosidad” (v. 2). Lo que llamaríamos fácilmente una carga, ellos lo llamaban un “privilegio” (v. 4).

¡Que Dios nos otorgue esa misma dichosa consagración a nuestro Señor, a quien tenemos el privilegio de poder servir, sirviendo a los suyos!

2 Corintios 8:9-24

¿Qué era el amor de los macedonios en comparación con el supremo ejemplo de “nuestro Señor Jesucristo”? Ellos no habían escogido por sí mismos “su profunda pobreza” (v. 2). Pero él, el “heredero de todo” (Hebreos 1:2) se humilló haciéndose pobre, dejando sus glorias celestiales para nacer en un establo y ser aquí abajo “el pobre”, Aquel que no tenía dónde recostar su cabeza (véase Salmo 40:17 y 41:1; Lucas 9:58). ¿Para qué? Para enriquecernos con esas mismas glorias y hacer de nosotros sus coherederos. ¡Adorable misterio de la gracia!

Los corintios no habían llevado completamente a cabo su feliz deseo de ayudar a las iglesias. El apóstol les escribe que está bien el querer, pero que el hacer vale aun más. ¡Ay!, nuestras buenas intenciones a menudo no van más allá de simples intenciones: esa Biblia o ese calendario bíblico que se pensaba regalar, esa visita que se quería hacer a un enfermo, ese pequeño favor que se podía hacer… Que Dios nos dé la misma prontitud tanto para el querer como para el hacer (v. 11-12). Es él quien produce lo uno y lo otro en nosotros “por su buena voluntad” (Filipenses 2:13), pero el retraso entre el movimiento del corazón y el de la mano proviene de nuestra negligencia.

La preocupación del apóstol Pablo era ser guardado no sólo de toda deshonestidad, sino también de toda apariencia de mal ante los hombres (v. 21).

2 Corintios 9:1-15

Para no tener vanos pesares en el día de la cosecha, sembremos –es decir, demos– a manos llenas durante la actual estación de la siembra (v. 6; Lucas 6:38; Deuteronomio 15:10). Lo que Dios ponga en nuestro corazón, hagámoslo, y hagámoslo alegremente. Lo que guardamos para nosotros no nos enriquecerá, y lo que damos no nos empobrecerá jamás (Proverbios 28:27). La gracia de Dios nos asegurará la provisión “siempre en todas las cosas”, no de todo lo que nos gustaría, sino de “todo lo suficiente” (v. 8). Los versículos 11 y 14 nos recuerdan que la generosidad desinteresada produce, en los que son ayudados, acciones de gracias hacia Dios y oraciones a favor de los dadores. Aunque el apóstol parte de un asunto que podríamos considerar secundario como es la beneficencia, sabe dirigir nuestros pensamientos hacia los más gloriosos temas, como la humillación del Señor (8:9), y el don inefable de Dios (v. 15). Apliquémonos a pasar así de los pequeños hechos que constituyen nuestra vida cotidiana a las dichosas verdades de nuestra fe. Una sencilla comida, un encuentro familiar, un regalo hecho o recibido con cariño, son oportunidades para dar gracias a Dios y pensar en el Don por excelencia: el que el Dios de amor hizo al mundo al enviarle su Hijo (véase Juan 3:16).

2 Corintios 10:1-18

El apóstol Pablo no había ido a los corintios “con vara” (1 Corintios 4:21) para reprimir el mal personalmente. Había preferido escribirles y aguardar el efecto que su carta produjera. Pero algunos habían aprovechado la paciencia del apóstol y su ausencia para menospreciar su ministerio. La humildad, la mansedumbre y la ternura cristianas que Pablo manifestaba (v. 1) eran pretextos para despreciarle. El hombre natural sólo admira lo que tiene brillo; juzga “según la apariencia” (v. 7). Pero las armas de un soldado de Jesucristo no son carnales (v. 4). El capítulo 6 de la carta a los Efesios las enumera. Recordemos cómo Gedeón, Sansón, Jonatán, David, Ezequías –por citar algunos– obtuvieron sus más grandes victorias. Y no nos dejemos seducir por cualidades humanas tales como la elocuencia o el encanto personal. Sigamos la Palabra de Dios y no al que la presenta, por más don que tenga y aun cuando hayamos sido bendecidos por medio de él.

Los hombres se comparan consigo mismos y se enorgullecen; actitud nada juiciosa (v. 12). Nosotros, creyentes, tenemos un modelo perfecto para el andar y el servicio: ¡Jesús! El contemplarlo nos guardará siempre en la humildad.

2 Corintios 11:1-15

Falsos apóstoles buscaban reemplazar a Pablo en el corazón de los corintios. Por tal razón, éste se vio obligado a hablar de sí mismo, y es lo que llama su “locura”; pero no es con el objetivo de ganarse el afecto de los creyentes en provecho propio (véase 12:15). Era celoso por Cristo y reivindicaba con vehemencia el amor de ellos para el único Esposo de la Iglesia.

Los corintios corrían el riesgo de prestar oídos a un evangelio diferente (v. 4). Eran menos espirituales que los efesios, quienes habían probado “a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son” (Apocalipsis 2:2), y los hallaron mentirosos. Muchos cristianos corren el mismo peligro porque les parece que en el fondo, el verdadero cristianismo es demasiado exigente. En cambio, soportarán mejor un evangelio que exalte al hombre y otorgue lugar a la naturaleza humana.

Detrás de esos obreros engañadores, el apóstol desenmascara a Satanás, el amo de ellos. Otrora resplandeciente querubín (Ezequiel 28:12-14), todavía sabe tomar esa apariencia para tentar a los hombres con su astucia, tal como lo hizo con Eva (v. 3 y 14). Además, es más peligroso cuando se presenta como sutil serpiente que cuando nos ataca de frente como el “león rugiente” (1 Pedro 5:8). ¡Desbaratemos sus ardides permaneciendo apegados a la Palabra del Señor!

2 Corintios 11:16-33

Estas arremetidas contra el ministerio de Pablo brindan al Espíritu Santo la oportunidad de darnos una idea más clara de sus trabajos y fatigas. Sí, él era ministro de Cristo y podía enumerar las pruebas de ello: una larga lista de sufrimientos soportados a causa del Evangelio. Los versículos 23 a 28, y 31, 32 nos muestran en qué consistía lo que el apóstol llama su “leve tribulación momentánea” en el capítulo 4:17.

Pero, ¿cuál era el divino recurso que le sostenía para soportar esas cosas excepcionales? “Un eterno peso de gloria” estaba constantemente en su pensamiento: Cristo glorificado, su eterna remuneración.

Queridos amigos, retengamos este secreto: Cuanto más dediquemos nuestros pensamientos al Señor, tanto menos tiempo nos quedará para pensar en nuestras pequeñas dificultades (¿y qué son ellas al lado de las tribulaciones del gran apóstol?). Cuanto más pese el eterno amor divino en la balanza de nuestros corazones, tanto menos importancia tendrán las circunstancias momentáneas y menos nos agobiarán. Sin embargo, existe una cosa que nunca nos apremiará demasiado: “la preocupación por las iglesias” (v. 28). Ésta se manifiesta, en primer lugar, mediante las oraciones. ¡Que el Señor nos dé amor por su amada Iglesia y por cada uno de sus miembros!

2 Corintios 12:1-10

“Un hombre en Cristo” es alguien que ya no anda “conforme a la carne” (Romanos 8:1), es decir, sobre quien la carne perdió sus derechos. “Nueva criatura es” (5:17). Su posición ante Dios es la de Cristo mismo y, por la fe, ya ocupa esa posición en el cielo. Pero Pablo fue arrebatado realmente hasta el cielo durante un momento inolvidable. Y ¿qué le ocurrió en el paraíso? Oyó el lenguaje del cielo, que no puede ser traducido a los idiomas de los hombres (v. 4). ¡Qué favor extraordinario! Pero esa experiencia única constituía un certero peligro para el apóstol. Para evitar que se enorgulleciera, le fue dado “un aguijón” en su “carne”: tal vez una penosa dolencia que tendía a volverle menos apreciable en su predicación oral (véase 10:1, 10 y Gálatas 4:14). El apóstol ruega: Señor, quítamelo, si no mi servicio sufrirá por ello… “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”, fue la contestación del Señor. Contrariamente a las apariencias, ese aguijón era un resultado de esa gracia. Servía a Pablo para subyugar la naturaleza pecaminosa que estaba en él. Sí, para el que vive por la fe, las dolencias y las pruebas son valiosas, pues contribuyen a volver débil al hombre carnal para dejar que el poder de Dios se manifieste (v. 9-10; 4:7).

2 Corintios 12:12-21

¡Qué sentía el apóstol Pablo al oír las suposiciones que se hacían a su respecto, los motivos interesados y las astucias que se le atribuían! (v. 14 y 16; 7:2-3; compárese con Hechos 20:33). Todo al contrario: por una conducta irreprochable, juntamente con sus compañeros de obra, no había dejado de andar “en las mismas pisadas” de Cristo (v. 18). Si responde largamente a esas calumnias, no es para justificarse, sino porque tiene en vista “la edificación” de sus amados corintios (v. 19; 1 Corintios 14:26, final). Efectivamente, no reconocer el ministerio del apóstol venía a ser lo mismo que rechazar también la autoridad de la divina Palabra que él anunciaba. Hoy en día ¡cuántos supuestos cristianos rechazan tal o cual parte de la Palabra, particularmente las epístolas de Pablo! Los versículos 20 y 21 muestran a qué pecados conduce esa negligencia y ese menosprecio.

Así, en este capítulo hallamos el más glorioso estado al cual puede ser elevado un cristiano… y la más miserable condición en la que puede caer… ¡Qué contraste entre esa elevación al tercer cielo y esa vil degradación carnal! ¡Y el cristiano es capaz de ambas cosas! ¡Qué lección y advertencia para cada creyente!

2 Corintios 13:1-14

El tema de la primera epístola a los Corintios es la Iglesia (o Asamblea). La segunda nos habla del ministerio o servicio cristiano. En ella encontramos los sentimientos, las súplicas, las fatigas, las penas morales y físicas del siervo del Señor. Pablo no era más que un débil instrumento; pero no deseaba una mejor porción que la de su Señor en la tierra. Cristo había vivido aquí abajo en la humillación, había sido “crucificado en debilidad”; pero ahora vive resucitado por el poder de Dios (v. 4).

Al terminar su epístola, Pablo dirige una última oración a Dios a favor de sus amados corintios. Ésta se resume en una palabra: su “perfección”. Pero al mismo tiempo los exhorta: “perfeccionaos” (v. 11). Porque pedir la ayuda del Señor no dispensa de aplicarse con celo a hacer progresos en el andar y el servicio cristianos.

“Tened gozo”, les dice aun, “consolaos, sed de un mismo sentir, y vivid en paz” (v. 11). Que cada uno de nuestros lectores se apropie de estas exhortaciones y goce de la promesa que está ligada a ellas. Sí, que “la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén” (v. 14).

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