1 Timoteo

1 Timoteo 1:1-11

Conocimos a Timoteo en el capítulo 16 de los Hechos. Los vínculos de Pablo con su “verdadero hijo en la fe” eran preciosos. Sin embargo, le escribe en calidad de apóstol para subrayar la autoridad que le confiere. A ese joven discípulo se le confía una tarea difícil: mandar a cada uno cómo debe conducirse en la iglesia (1 Timoteo 3:15). El propósito de este mandamiento era el amor (v. 5). Así como los tribunales no son para la gente honesta, la ley no concierne más a los que son justificados. Lo que les conviene de ahí en adelante es el amor, cuya fuente está en Dios. Este amor ha sido derramado en nuestro corazón por el Espíritu Santo (Romanos 5:5). Pero para que no permanezca en nosotros como agua estancada, para que nos atraviese y sea provechoso para los demás, ningún conducto debe estar obstruido. El amor emana de un “corazón limpio”: libre de todo ídolo; proviene de una “buena conciencia”: la que no tiene nada que reprocharse (véase Hechos 24:16); de una “fe no fingida”: exenta de toda forma hipócrita (2 Timoteo 1:5). Si estas condiciones no se cumplen, nuestro cristianismo no será más que “vana palabrería” (1 Timoteo 1:6).

¡Cuán brillante es el contraste entre la ley que maldice al pecador y la gracia que lo transporta al goce de la gloria y de la felicidad de Dios!

1 Timoteo 1:12-20

Si alguien podía comparar la servidumbre de la ley con el Evangelio de la gracia, ése era el fariseo Saulo de Tarso, quien llegó a ser el apóstol Pablo. Su fidelidad a los mandamientos no le había impedido ser el primero de los pecadores, pues había perseguido a Jesús al perseguir tan cruelmente a los Suyos. Sincera y humildemente, se declara el peor de todos aquellos pecadores enumerados en los versículos 9 y 10. Pero Jesucristo vino a salvar precisamente a los culpables y no a los justos (Mateo 9:13). Y puesto que el primero de ellos pudo ser salvo, nadie puede considerarse demasiado pecador para no beneficiarse de la gracia. “Fui recibido a misericordia”, exclama el apóstol dos veces (v. 13 y 16). Mide la grandeza de esa misericordia con la magnitud de su propia miseria, y espontáneamente la adoración se eleva de su corazón (v. 17).

Si a menudo gozamos tan poco de la gracia, tal vez sea porque nuestra convicción de pecado no ha sido suficientemente profunda. “Aquel a quien se le perdona poco” –o por lo menos, el que lo piensa así– “poco ama” (Lucas 7:47). Amigo aún indiferente, hasta ahora la paciencia del Señor se ha ejercido también hacia usted. No le haga esperar más tiempo. Tal vez mañana sea demasiado tarde.

1 Timoteo 2:1-15

El apóstol, antes de hablar a Timoteo de otras cosas (3:14; 4:6 y 11), menciona la oración bajo sus distintas formas. Un servicio cristiano empieza siempre por la oración. La voluntad de Dios para salvar, la obra de Cristo y nuestra oración abarcan a todos los hombres. Nuestro deber es orar por todos sin restricción, porque Dios quiere que todos los hombres sean salvos, pues Jesucristo se dio en rescate por todos. Si no todos son salvos, no se debe a Dios ni a Cristo, sino a la dureza del corazón humano. Tenemos el privilegio de orar por las multitudes que no saben hacerlo.

Que podamos llevar una vida apacible y quieta depende de “los que están en eminencia”. Pidámosle a Dios que nos la conceda por medio de ellos, no para derrocharla a merced de nuestras codicias, sino para estar más libres a fin de ocuparnos en la salvación de los pecadores (véase Esdras 6:10).

Los hermanos, incluso los más jóvenes, son llamados a orar “en todo lugar” y públicamente en la iglesia. En cambio, en ella las hermanas deben guardar silencio. Pero, por medio de su actitud y su modesto arreglo personal, pueden dar un testimonio más poderoso que con las palabras. Las consecuencias de la caída en Edén (véase Génesis 3:16) permanecen para la mujer; pero la fe, el amor, la santidad y la modestia son prendas de liberación y bendición, aun en la tierra.

1 Timoteo 3:1-16

Aspirar al obispado debe ser considerado como una prueba de amor por la iglesia. Para ejercer las funciones de obispo (o anciano) y las de diácono (o siervo), no es cuestión de estudios ni de examen, sino de condiciones morales. Éstas son de dos tipos: 1° un buen testimonio en la iglesia y fuera de ella; 2° una experiencia adquirida en la vida cristiana.

En toda casa existe una regla de conducta, una disciplina colectiva a la que cada uno se somete. Así ocurre en la casa del Dios viviente: la Iglesia (véase 1 Corintios 14:40). No somos libres, en absoluto, de comportarnos en ella a nuestro antojo. Ella es la columna sobre la cual el nombre de Cristo, la Verdad, está escrito para hacerlo conocer al mundo entero.

Grande es el misterio de la piedad, porque grande es la Persona sobre la cual está fundada nuestra relación con Dios. La venida de Jesús como hombre a la tierra, la perfecta justicia de todo su andar en el poder del Espíritu Santo y bajo la mirada de los ángeles, su Nombre predicado y creído aquí abajo y finalmente su elevación a la gloria, constituyen los elementos inseparables de ese misterio intangible confiado a la iglesia. Ésta es responsable ante el Señor de sostener y guardar toda la Verdad (v. 3:15).

1 Timoteo 4:1-16

El gran misterio de la piedad ha sido menospreciado por muchos. Algunos han quitado lo que les molestaba. Otros han agregado prácticas legales o supersticiones. El “buen ministro” se nutre de “la buena doctrina” (v. 6; véase 1:10; 6:3). Entonces estará en condiciones de enseñar a los demás (v. 11 y 13). La piedad es una virtud para la que uno se ejercita (en griego “gymnazô”, de donde viene nuestro vocablo gimnasia). Uno se adiestra para la piedad. El ejercicio corporal, el deporte, es útil para la salud de nuestro cuerpo: poca cosa en comparación con los progresos del alma a los que lleva la práctica cotidiana de la piedad. Notemos que es necesario ejercitarse uno mismo, pues nadie puede vivir de la piedad de otro. Con esta condición, el joven Timoteo podría ser un “adiestrador” para otros (véase Tito 2:7): un modelo en palabras, confirmado por la conducta, cuya inspiración es el amor, el cual a su vez es esclarecido por la fe, la que finalmente es preservada por la pureza (v. 12). ¿Y cómo se ejercita uno para la piedad? Ocupándose en las cosas divinas y entregándose por completo a ellas. La debilidad de nuestro testimonio a menudo proviene del hecho de que nos dispersamos en demasiadas direcciones. Seamos los campeones de una única causa: la de Cristo (véase 2 Corintios 8:5). Así haremos progresos evidentes para todos.

1 Timoteo 5:1-16

En las relaciones con los demás creyentes, los vínculos familiares (“padre… hermanos… madre… hermanas…”) deben servirnos de modelo (v. 1-2). Nunca perdamos de vista que formamos una única y misma familia: la familia de Dios.

Cada uno es invitado a mostrar su piedad, pero primeramente para con su propia casa (v. 4). Los fariseos predicaban lo contrario. Mientras ostentaban devoción, anulaban el mandamiento de Dios alejando a los hijos de sus más legítimos deberes para con sus padres (Marcos 7:12-13).

En un solo versículo, el 10, se resume una vida entera al servicio del Señor. Que cada cristiana halle inspiración y fortaleza a fin de no desear otra cosa.

Los versículos 3 a 16, dedicados a las viudas, nos recuerdan que Dios cuida de ellas de una manera muy particular (Salmo 68:5). El evangelio de Lucas menciona a cuatro de ellas: Ana, cuya actividad en oraciones constantes ilustra el versículo 5 (Lucas 2:36-38); la viuda de Naín, a la que Jesús devolvió el hijo (Lucas 7:11-17); la que pedía justicia al juez injusto de la parábola del capítulo 18; y, finalmente, la viuda pobre que, ante los ojos del Señor –y para Su gozo– dio al tesoro del templo todo lo que tenía para su sustento (Lucas 21:1-4). Una completa fe en Él agrada a Dios por encima de todo (Hebreos 11:6).

1 Timoteo 5:17-25; 1 Timoteo 6:1-10

Pablo sigue exponiendo a Timoteo cómo debe conducirse “en la casa de Dios” (3:15). Asunto capital por el que Dios mismo se interesa –es Su casa– al igual que el Señor Jesucristo y los ángeles escogidos, llamados a considerar la sabiduría de Dios en la iglesia (5:21; Efesios 3:10). Esa “multiforme sabiduría” también debe manifestarse en los variados detalles de la vida de la iglesia: deberes de la grey para con sus ancianos, comportamiento del siervo de Dios para resolver los casos difíciles, instrucciones dadas a los esclavos… (6:1-2). Cuántos desórdenes se introducen tan pronto como uno no se sujeta más a las sanas palabras, que no son las de Pablo o Timoteo, sino las de nuestro Señor Jesucristo (v. 3; 1 Tesalonicenses 4:2 y 8).

La piedad acompañada de contentamiento es en sí misma una ganancia, una gran ganancia al alcance de todos (4:8). Nuestra civilización está basada en la creación y satisfacción de nuevas necesidades. Pese a todo, el ávido corazón del hombre permanece insaciable (compárese v. 9-10 con el Salmo 49:16-20). Agradezcamos al Señor que nos asegura lo necesario: “sustento y abrigo” y “estemos contentos con esto” (6:8). Siempre estaremos satisfechos con lo que él nos da, si él mismo, el Dador (quien es el Objeto de la piedad), llena plenamente nuestro corazón.

1 Timoteo 6:11-21

¡“Mas tú…”! El hombre de Dios –y cada hijo de Dios– debe andar sin cesar contra corriente aquí abajo. Huye de lo que el mundo ama y busca: el dinero y las cosas que se pueden adquirir con él (v. 10). Sigue lo que agrada al Señor: justicia, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre (v. 11). Aguarda Su aparición, ese tiempo en que todo será manifestado (v. 14).

El apóstol no confunde a los que son ricos (v. 17) con los que quieren enriquecerse (v. 9). Mas proyecta sobre los bienes de “este siglo” la luz de la eternidad. El objeto de nuestra confianza no está en los dones, sino en Aquel que los da; la verdadera ganancia es la piedad; las verdaderas riquezas son las buenas obras (v. 18); el verdadero tesoro es un buen fundamento para el porvenir (v. 19). Sí, sepamos discernir y echar mano “de la vida que lo es en verdad” (V.M.).

Huye, sigue, pelea, echa mano, son las exhortaciones que hemos hallado en nuestra lectura (v. 11-12). El versículo 20 contiene un último imperativo particularmente solemne: “Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado” (véase también el v. 14 y 2 Timoteo 1:14). Tal es la exhortación final, e invitamos a cada uno de nuestros lectores a reemplazar el nombre de Timoteo por el suyo propio.

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