1 Samuel

1 Samuel 1:1-11

Abordamos ahora los libros de Samuel. La época de los jueces todavía no ha terminado y veremos aún a dos más, Elí y Samuel, antes de comenzar el período de los reyes. Como lo hizo con Sansón, Dios nos presenta la familia en la cual va a nacer Samuel. Elcana, levita, habitaba en el monte de Efraín (1 Crónicas 6:33-38). Tenía dos mujeres: Penina y Ana, lo que no era según el pensamiento de Dios. Observemos, pues, las consecuencias en esa casa: continuas disputas, al punto que se llama a Penina la “rival” (o enemiga) de Ana (v. 6). En lugar de consolarla porque no tiene el hijo que desea, no deja de irritarla. ¿Enemigos en una familia? ¡Qué tristeza! ¿Qué tal andan nuestras relaciones con nuestros hermanos y hermanas?

Cada año, Elcana subía con su familia a Silo, lugar en que Jehová había puesto la memoria de Su nombre. Allí se hallaban el arca y los sacerdotes. Esta vez, Ana trae su aflicción y la expone a Dios en oración (v. 10). ¿No era lo mejor que podía hacer? Imitémosla en lugar de responder a los que nos causen tristeza. Nos oirá el “Dios de toda consolación” (2 Corintios 1:3).

1 Samuel 1:12-28

Dios no contesta las oraciones que tienen como objeto nuestra propia satisfacción (Santiago 4:3). Por el contrario, cuando nuestro blanco es su gloria, nunca dejará de concedernos lo que pedimos (Juan 14:13).

Es el caso de Ana. Pidió un hijo, no para guardarlo egoístamente junto a ella, sino para que fuese un siervo de Dios “todos los días de su vida” (v. 11). El más grande deseo de los padres cristianos debe ser que sus hijos, desde su niñez, sean consagrados al Señor Jesús. Sin duda, para varios de ustedes, jóvenes lectores, fue ésta la oración de sus padres desde antes de su nacimiento. Pero, la respuesta depende también de su deseo personal. Si, como Samuel, usted tiene una piadosa madre que día tras día le presentó al Señor, posee un gran privilegio, pero igualmente una responsabilidad.

Ana expuso su petición a Dios “en toda oración y ruego” como exhorta Filipenses 4:6. Y también cumplió con el versículo anterior al contestar gentilmente a Elí, quien la acusó de estar ebria. Su rostro ya no es el mismo (v. 18). La paz de Dios llena su corazón (Filipenses 4:7) aun antes de obtener la respuesta, la que no tardará.

“Pedido a Dios” será, pues, el nombre del pequeño Samuel (v. 20).

1 Samuel 2:1-11

Según Filipenses 4:6, pasaje citado en la página anterior, la acción de gracias es el indispensable complemento de nuestras oraciones. Ana no deja de agradecer a Aquel que le concedió su pedido. Nosotros tampoco olvidemos hacerlo cada vez que Dios nos conteste. Ana va más lejos todavía. Para ella, es la ocasión de alabar a Jehová con un hermoso cántico. ¿Cuáles son los motivos de su alabanza? La santidad de Dios (v. 2), su sabiduría (v. 3), su poder (v. 6), su justicia (v. 10). Mas, por encima de todo, exalta la gracia, como lo indica su nombre (Ana significa gracia), de la cual ella es objeto. Esta gracia levanta al pobre miserable (usted y yo) del polvo, imagen de la muerte, y del “muladar” del pecado, para darle una parte con Jesús en su gloria y en su reinado.

Finalmente, las últimas palabras de este cántico hacen referencia al poderoso Rey, al “Ungido”: el Señor Jesús. ¿Nos alegramos de tal salvación, como lo hace Ana? (v. 1), ¿de tal Salvador? Es instructivo comparar las palabras de María en Lucas 1:46-55 con el cántico de Ana. Ella también se regocija, no sólo en Dios su Salvador, sino también en lo que el poder y la gracia de Dios hicieron por todo Israel (v. 54).

1 Samuel 2:12-26

Como lo había prometido, Ana se separó de su pequeño hijo quien, desde ahora, habita con Elí en Silo, en la presencia de Jehová. Notemos el contraste entre este niño que sirve y los hijos de Elí, ya adultos, cuya mala conducta era un escándalo para el sacerdocio. ¡Qué triste ejemplo ofrecían éstos a todo el pueblo y en particular al pequeño Samuel, quien los veía todos los días! Ustedes, los mayores, cuiden el ejemplo que dan a los más pequeños que están a su alrededor. Recuerden estas serias palabras del Señor: “Cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6). Y en cuanto a los más jóvenes, no se dejen influir por la mala conducta de ciertas personas mayores o de quienes, si bien se dicen cristianos, con su mal comportamiento niegan a Cristo. ¡Miren al Señor Jesús!

Por medio de la hermosa historia de Samuel comprobamos que incluso un niño puede servir al Señor, y que también puede parecerse a Jesús (comp. v. 26 con Lucas 2:52).

1 Samuel 2:27-36

Para el pueblo, la mala conducta de los hijos de Elí era un escándalo. Y, sobre todo ante Dios, ¡qué deshonra para su nombre! Ofni y Finees (aunque éste último lleva el mismo nombre que un fiel sacerdote: Números 25:11) habían sido educados en la proximidad del santuario, en contacto con las verdades divinas. ¡Grande es su responsabilidad con relación al resto del pueblo! ¡Grande también es nuestra responsabilidad si tuvimos los mismos privilegios al ser instruidos en el conocimiento de Dios!

Elí, pese a que fuese piadoso, no supo reprender a sus hijos. Es cierto que les había hecho algunas amonestaciones (v. 23); no obstante, le faltó firmeza. A veces, a ciertos hijos les parece que sus padres son demasiado severos. En los hijos de Elí se ven las consecuencias de una educación con poca firmeza. Y para Elí mismo, estas consecuencias son dramáticas: su casa privada del sacerdocio y sus hijos eliminados. Un profeta fue el encargado de traerle este triste mensaje. El Nuevo Testamento confirma que si los hijos de un siervo de Dios no son sumisos y disciplinados, eso puede quitar todo poder al ministerio del padre (1 Timoteo 3:4-5).

Quizás, esta advertencia concierne a uno u otro de nuestros jóvenes lectores.

1 Samuel 3:1-21

Desde su niñez, Samuel pertenecía a Jehová y le servía. Pero, le faltaba el conocimiento personal del Señor y la comunicación de su palabra (v. 7). Se puede poseer la salvación, gozar de ella y, sin embargo, no tener una relación personal con el Salvador. Fue el caso de Job: “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven” (Job 42:5). Es probablemente el caso de muchos jóvenes cristianos; por eso deben pedir al Señor Jesús que se les dé a conocer cada vez mejor.

¡Dios nos habla! Ya no en visiones, sino por medio de la Santa Biblia, se dirige a cada uno en particular. Leámosla como si hubiese sido escrita sólo para nosotros. La actitud de Samuel es la que debemos tomar cada vez que abrimos nuestra Biblia: “Habla, porque tu siervo oye” (v. 10). Pero es necesario estar dispuesto a hacer lo que el Señor nos diga.

Sí, esta hermosa respuesta de Samuel nos invita a ponernos a entera disposición del Señor, pidiéndole, como lo hizo Saulo inmediatamente después de su conversión: “¿Qué haré, Señor?” (Hechos 22:10).

Elí escucha todas las solemnes palabras que el joven siervo le transmite fielmente; y, con sumisión, dice: “Jehová es; haga lo que bien le pareciere” (v. 18).

1 Samuel 4:1-11

El pueblo, en su triste estado, va a necesitar una nueva disciplina de parte de Jehová. Los filisteos serán los instrumentos de Dios para enseñarles duras lecciones. Israel sube contra ellos, sin consultar a Jehová. ¿Qué habría contestado Dios si se le hubiese interrogado? «¡No subáis! No puedo daros la victoria a causa de vuestros pecados. Empezad por humillaros».

Es lo que había ocurrido en el momento de la toma de Hai. Pero ahora el pueblo de ningún modo se preocupa por lo que piense Jehová. Aun la primera derrota no les enseña nada. Al contrario, se preguntan: ¿nos hirió Jehová? ¡Qué vamos a hacer! Si él no viene, entonces lo vamos a llevar con nosotros; así estará obligado a sostenernos.

Tantas personas llamadas cristianas creen que pueden disponer de Dios a su antojo. Hacen su propia voluntad y al mismo tiempo apelan al Señor con bastante estrépito (véase Mateo 7:21). Pero un día el Señor dirá: “No os conozco” (Mateo 25:12). Así, Dios está muy lejos de aprobar cualquier cosa que se hace en Su nombre en la cristiandad. El hermoso nombre de Cristo está a menudo asociado a un mal conocido, pero del cual uno no desea apartarse.

1 Samuel 4:12-22

Los cálculos fueron erróneos. La presencia del arca en medio del pueblo calamitoso no impide el desastre. El arca es tomada (véase Salmo 78:60-61). ¡Qué vergüenza para un regimiento cuando el enemigo captura su bandera!, y aun más para Israel, ya que se trata del propio trono de su Dios! ¿Cómo celebrar el día de expiación (Levítico 16:14-15) sin el propiciatorio, al cual se debe traer la sangre? Y también, ¿cómo hacerlo sin los descendientes de Aarón para cumplir las ordenanzas? Porque, al mismo tiempo, el sacerdocio es herido de muerte: Ofni y Finees mueren.

Elí habría tenido un medio para detener, quizás, el castigo divino sobre Israel. Según Deuteronomio 21:18-21, él debía entregar a sus hijos al pueblo para que fuesen apedreados a causa de su mala conducta. Sin embargo, no tuvo el ánimo para hacerlo. Así que no sólo perecen Ofni y Finees, sino también 34.000 hombres con ellos. El arca santa, la gloria de Israel, se ha ido. Esta última noticia mata al anciano. Tomaba más a pecho el arca que a los suyos, y ocurre lo mismo con su nuera. Al llamar a su hijo Icabod (esto es, sin gloria), anuncia la oración fúnebre de su pueblo.

1 Samuel 5:1-12

Jehová permitió que el arca cayera en manos de los filisteos. Sin embargo, es necesario que ellos sepan que si Israel fue derrotado, no fue a causa de la superioridad del dios filisteo, sino porque él, Jehová, así lo decidió. Entonces Dios muestra a los enemigos de su pueblo que ellos tienen consigo “el arca de su poder” (Salmo 132:8). Dos veces su ídolo se derrumba ante el Dios de Israel. Luego, como sucedió en Egipto, las plagas hieren a los enemigos de Israel, y su poder queda demostrado mediante los juicios.

Observemos aún el egoísmo del corazón humano. Cada uno busca deshacerse de ese objeto tan peligroso, enviándolo a los demás.

Apartemos ahora nuestra mirada de esas tristes circunstancias y pongamos los ojos en Jesús, de quien el arca siempre es la hermosa imagen. En el capítulo 18 de Juan, procuran apoderarse de él. Al oír las palabras: “Yo soy”, los hombres retroceden y caen a tierra, como aquí la estatua de Dagón. Jesús se deja prender; le envían de Anas a Caifás, de Herodes a Pilato (lo mismo que el arca, de Asdod a Gat y de Gat a Ecrón). Pero los que disponen así de él, ultrajándolo y condenándolo, deben enterarse, por boca del mismo Señor, que verán “al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (Mateo 26:64).

1 Samuel 6:1-13

En lugar de rechazar a su impotente ídolo para, de ahí en adelante, temer y servir a Jehová, los filisteos tienen sólo un pensamiento: deshacerse lo más pronto posible de un Dios tan temible. Esto nos recuerda una escena del evangelio de Marcos: el poder del Señor acaba de librar a Legión, el endemoniado, en el país de los gadarenos. Éstos han tenido el inestimable privilegio de una visita del Hijo de Dios. No obstante, enceguecidos por sus intereses, sólo consideran la pérdida de sus cerdos. En lugar de alegrarse y recibir a Jesús, le ruegan que se vaya de sus alrededores (Marcos 5:17). El mundo no pudo soportar la presencia del Señor, porque Su perfección lo juzgaba. Entonces quiso deshacerse de él.

Los filisteos reconocen el indiscutible poder del Dios de Israel. En su ignorancia, le honran a su manera. Y el arca vuelve a la tierra de Israel, después de haber demostrado nuevamente su poder. En efecto, pese a la ausencia de un conductor, el carro que la lleva se dirige en línea recta hacia la frontera con Israel, tirando de él unas vacas que contrariamente a los instintos naturales, se alejan de sus crías.

1 Samuel 6:14-21; 1 Samuel 7:1

Los habitantes de Bet-semes tienen el honor de recibir el arca. Sin embargo, se permiten levantar el propiciatorio (la tapa) y Dios los castiga severamente (comp. Números 4:20). Es una advertencia para nosotros, en cuanto al santo respeto debido a la persona de Jesús. Dios no tolera ninguna curiosidad profana respecto a él.

¡Ay!, frente al castigo, los bet-semitas reaccionan como los filisteos, deseando deshacerse del arca por considerarla demasiado santa para ellos.

Ciertos cristianos se parecen a estos hombres. Antes de juzgarse y poner en orden sus asuntos, prefieren alejar al Señor de su pensamiento y de su vida. Su presencia les molesta. ¿No es triste?

Pero ahora Dios nos presenta a los que, por el contrario, están felices de recibirle. Los habitantes de Quiriat-jearim acogen el arca y la colocan en la casa de Abinadab, situada en un collado.

Otra vez, nuestros pensamientos van a Jesús. Mientras su pueblo le rechazaba —no tenía “donde recostar la cabeza” (Mateo 8:20)— en cierta ocasión “una mujer llamada Marta le recibió en su casa” (Lucas 10:38). La casa de Abinadab, la casa de Betania: ¡gozo y bendición para el que abre su puerta, como asimismo para el divino Huésped a quien se honra allí! (Apocalipsis 3:20).

1 Samuel 7:2-17

“Pasaron muchos días, veinte años” (v. 2). ¿Para quién es largo este tiempo? ¡No para el pueblo que no parece sufrir por ello! ¡Ni para Abinadab y los suyos, sin duda felices por la presencia del arca en su casa! Pero Dios, esperando, contó esos veinte largos años.

Finalmente, el trabajo de conciencia se produce: el pueblo se lamenta. Y Samuel le habla de parte de Jehová. Se trata de quitar los ídolos, para servir al Dios vivo y verdadero (1 Tesalonicenses 1:9). Israel obedece y, entonces, Samuel puede hablar a Jehová a su favor.

Pero la reunión del pueblo de Dios no conviene al enemigo, que lo considera como una provocación. Los filisteos avanzan… y Jehová da la victoria a Israel; es la respuesta a la humillación del pueblo arrepentido y a la intercesión del fiel mediador. Eben-ezer (piedra de ayuda): “Hasta aquí nos ayudó Jehová” (v. 12). Cada uno de nosotros, ¿puede decirlo también con gratitud? Son felices experiencias que glorifican la gracia divina y es necesario que las recordemos.

Samuel va a ser el último de los jueces (Hechos 13:20). Al mismo tiempo que cumple sus funciones para con el pueblo, mediante su altar sigue en comunión con Jehová, ante quien había aprendido a prosternarse desde muy joven (cap. 1:28, V.M.)

1 Samuel 8:1-22

Los hijos de Samuel, como los de Elí, no anduvieron en los caminos de su padre. Todos los hijos de padres creyentes deben considerar esto muy seriamente. Para gozar del favor de Dios no basta, como lo pensaban los judíos, tener a un Abraham por padre (Mateo 3:9).

Ahora los ancianos de Israel se acercan al profeta con un pedido que lo aflige profundamente. Quieren un rey, como todas las naciones. Querer ser semejante a todo el mundo: en el fondo, a menudo también es nuestro deseo, porque no nos gusta diferenciarnos. No comportarnos como los que nos rodean, generalmente atrae burlas, incomprensión y acusaciones de orgullo. Sin embargo, si “ahora somos hijos de Dios” (1 Juan 3:2), esto establece entre nosotros y nuestro entorno mundano una fundamental diferencia, una diferencia que conlleva muchas otras: el inconverso no acepta la autoridad de Dios, mientras que el creyente reconoce a Jesucristo como su amo y Señor.

Samuel es el encargado de advertir al pueblo que Jehová era un soberano justo, misericordioso, generoso; pero, el rey deseado será exigente y su régimen severo.

1 Samuel 9:1-14

Aquí comienza un nuevo período de la historia de Israel. Es el de la realeza. El pueblo siente la necesidad de una organización exterior tal como el ser humano la ama: una monarquía pomposa (Hechos 25:23), un poderoso ejército y, finalmente, un rey de quien poder sentirse orgulloso. Dios va a darle exactamente lo que desea. ¡He aquí a Saúl, hijo de Cis, joven de lo más distinguido del pueblo, el más hermoso y alto de todo Israel! ¿No es el más indicado?

El padre de Saúl lo manda a buscar sus asnas. Él obedece, pero la búsqueda resulta inútil. “Volvámonos” propone Saúl a su compañero. Pensamos en ese necesario cambio de dirección en la vida de todo hombre: la conversión.

Cuando se experimenta cuán inútil y decepcionante resulta ser la búsqueda de las cosas de la tierra, entonces es necesario “volver en sí” (Lucas 15:17) y retornar a la casa del Padre. El compañero de Saúl le da un sabio consejo: Vamos a ver al vidente, él nos declarará el camino. El representante de Dios para nosotros es Jesús. Volverse a él para conocer el camino es ir en la dirección correcta.

1 Samuel 9:15-27

Samuel cuenta con Jehová para designar al rey que ha sido pedido. Y todo está divinamente planeado para que pueda encontrarlo. Invitado al festín, Saúl oirá al “vidente” declarándole “todo lo que está en su corazón” (v. 19; 1 Corintios 14:25). ¿Cuál es el deseo que habita en el fondo de nuestro corazón? ¿El de ser «alguien», de hacer grandes cosas? ¿O más bien el humilde deseo de agradar al Señor Jesús?

Siguiendo las instrucciones de Samuel, el cocinero reserva la mejor porción para Saúl, la espaldilla, imagen de la fuerza que hace falta para conducir al pueblo. Notemos que contrariamente a la doble porción de los sacerdotes (véase Levítico 7:31-32), él no recibe la parte del pecho, imagen de los afectos necesarios para amar a Jehová y a su pueblo. ¿Estarán ausentes del corazón de Saúl?

Al día siguiente, Samuel se las arregla para tomar aparte al futuro rey y decirle: “Espera tú un poco para que te declare la palabra de Dios” (v. 27). Esa orden puede estar dirigida al pecador que sigue el camino de su propia voluntad, para invitarle a aceptar a Cristo ahora. Pero también es para el creyente. Saber detenernos un momento para escuchar al Señor cuando nos habla, es necesario, particularmente en la agitada vida de hoy.

1 Samuel 10:1-12

Samuel cumple fielmente el acto que pone fin a su servicio como juez: derrama el aceite de la unción real sobre la cabeza de Saúl. Luego le indica el camino, como el criado lo había esperado (cap. 9:6). Ya no se trata de ir por las asnas; éstas fueron halladas. Ahora Saúl debe recorrer el camino que lo preparará para ocupar el trono. Primero irá al sepulcro de Raquel: la muerte, fin del hombre natural y de todas sus ventajas, es la primera gran lección para todo cristiano. Pero, la tumba de Raquel se hallaba en el lugar donde nació Benjamín, a cuya tribu pertenecía Saúl. Benjamín, “hijo de la mano derecha” del padre (Génesis 35:18, nota), es figura de Cristo, de quien el redimido puede gozar cuando considera muerto al viejo hombre. El segundo encuentro, en Bet-el (la casa de Dios), nos habla de la adoración, a la cual se invita a tomar parte al joven creyente, junto con los dos o tres testigos. Finalmente, en presencia de los enemigos y en compañía de los profetas, se ha de dar un testimonio por el poder del Espíritu Santo.

Saúl parece cursar esas lecciones sin aprenderlas, como nos lo mostrará la continuación de su historia. Es la prueba de que uno puede hallarse “entre los profetas” (v. 11, 12) y participar de todas las bendiciones de los hijos de Dios, sin ser uno de ellos verdaderamente.

1 Samuel 10:13-27

Ahora que Dios ha dado a conocer al rey, a quien otorga a su pueblo, Samuel convoca a Israel para presentárselo. Sin embargo, es necesario probar que esta elección proviene de Jehová y ello es confirmado delante de todos por medio del sorteo. Saúl es designado y el pueblo lo aclama con alegría, diciendo: ¡Viva el rey! ¿Día de fiesta y de alegría? ¡Ah, más bien triste día en la historia de Israel! “Vosotros habéis desechado hoy a vuestro Dios”, declara el profeta (v. 19). Esta escena nos transporta a muchos siglos más tarde, cuando ese mismo pueblo rechaza al Hijo de Dios al afirmar a Pilato: “No tenemos más rey que César” (Juan 19:15); o también, según la parábola de Lucas 19:14: “No queremos que éste reine sobre nosotros”. No es sobre un trono, sino sobre una cruz donde Israel elevará a su Mesías, una cruz que llevará esta inscripción: “JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS” (Juan 19:19). Pero este rey, despreciado, ultrajado, coronado de espinas, pronto aparecerá como el Rey de gloria (Salmo 24 y muchos otros pasajes).

Decirle no a Dios es dar pruebas de una osadía poco común. Tres veces el pueblo pronunció esta pequeña palabra en contra de Dios (1 Samuel 8:19; 10:19 y 12:12). Hoy en día, ¿no hay muchas maneras y oportunidades en las que corremos el riesgo de hacer lo mismo?

1 Samuel 11:1-15

En ocasión de una victoria sobre los enemigos del pueblo, la autoridad de Saúl como rey va a afirmarse. Son enemigos muy conocidos: ¡los hijos de Amón! Bajo sus amenazas arrogantes y crueles, los habitantes de Jabes de Galaad están en una situación trágica y casi desesperada. No los vemos volverse hacia Jehová; al contrario, querían hacer alianza con el enemigo. No obstante, teniendo misericordia, Dios va a liberarlos por mano de Saúl. Estos habitantes de Jabes ilustran de manera impactante el terror, el oprobio y, finalmente, la miserable esclavitud que aguarda a los que se alian con el mundo y su príncipe (véase Hebreos 2:15). Saúl, al vencer, muestra algunas cualidades positivas de su carácter; además de celo y valentía, hay en él nobleza, generosidad y clemencia (v. 13) así como cierta modestia. Con razón atribuye la victoria a Jehová. ¡Tiene un buen arranque! ¡Y cuántos jóvenes tuvieron, como él, un brillante inicio! Luego tropezaron con el primer obstáculo puesto en su camino para probar su fe. ¿Por qué? ¡Sencillamente porque esa fe… probablemente no existía en absoluto!

1 Samuel 12:1-15

Por tercera vez, Samuel reúne al pueblo. Lo junta en Gilgal para renovar allí la realeza. Al mismo tiempo, va a abdicar de sus funciones como juez, desempeñadas fielmente, como lo testifica el pueblo. Podemos comparar sus palabras con las del apóstol Pablo a los ancianos de Éfeso, en el capítulo 20 de Hechos (v. 26-27 y 33-35). No están destinadas a glorificar al que las pronuncia, sino a poner a quien las oye ante su propia responsabilidad. E igualmente por tercera vez, Samuel hace sentir a Israel lo que ha perdido al pedir un rey. Subraya su ingratitud y su falta de confianza en Jehová (v. 9-12).

Los versículos 14 y 15 nos muestran que el pueblo es sometido a prueba nuevamente. Sin la ley como bajo la ley, en el desierto o en el país, con o sin jueces (o sacerdotes), siempre el pueblo había fallado abandonando a Jehová para volver a sus codicias y a sus ídolos. Ahora, es como si Dios les dijera: «¿Quieren un rey? ¡Bueno! ¡Veamos si quizá les vaya mejor con un rey!» Y, en su condescendencia, permite esta nueva experiencia.

1 Samuel 12:16-25; 1 Samuel 13:1-5

La lluvia que Samuel pide en plena época de siega (tiempo en que nunca llueve en esas regiones; Proverbios 26:1), era un milagro destinado a probar al pueblo que el profeta hablaba de parte de Jehová. ¿Qué más les dice? Después que se humillaron, de manera conmovedora los exhorta a apartarse de las vanidades, que no aprovechan, para servir a Dios “con todo su corazón” (v. 20-21; comp. con Tito 2:12-14). El servicio de Samuel como juez ha terminado. Pero él guarda toda su actividad de intercesor (1 Samuel 12:23), tanto como de profeta, para enseñarles de parte de Jehová “el camino bueno y recto”. En la persona de Samuel, la gracia divina les mantiene este doble recurso: la oración y la Palabra. Queridos hijos de Dios, tenemos una Persona mucho más excelente todavía: Jesús; él nunca cesa de orar por cada uno de nosotros. Y para trazarnos el camino recto y bueno en la tierra, nos da su Espíritu y su Palabra. Con tales recursos, somos mucho menos excusables que Israel si no andamos en su honor.

El reinado de Saúl ha comenzado. Después de dos años, acordándose Saúl de la orden expresa del profeta (cap. 10:8), reúne al pueblo en Gilgal, frente a sus enemigos, los filisteos.

1 Samuel 13:6-23

La situación no podría ser más crítica. Los filisteos, numerosos como la arena, suben (v. 5); ocupan las plazas fuertes y destacan patrullas que devastan al país (v. 17). Frente a ellos, en Israel, sálvese quien pueda. Sólo unos cuantos centenares de hombres todavía siguen a Saúl temblando; pero ni siquiera tienen armas para defenderse, ¡ya que el pueblo depende del enemigo para forjarlas! Por su parte, el rey se inquieta. Samuel, quien lo había citado en Gilgal (cap. 10:8), tarda en llegar, pese a que ya es el séptimo día de espera, o sea, el día fijado. Durante ese tiempo, el pueblo desalentado abandona a Saúl y se dispersa; el número de los combatientes disminuye. El rey pierde la paciencia. Con todo, ¡no importa que Samuel no haya llegado; él mismo ofrecerá el holocausto! Apenas acabado el acto profano, el profeta se acerca. “¿Qué has hecho?”, exclama consternado. En vano Saúl procura justificarse. “Locamente has hecho”, responde Samuel, y le da a conocer la decisión de Jehová: Saúl no fundará una dinastía; su hijo no subirá al trono después de él. Conocemos bien la impaciencia; es el movimiento de la carne que no soporta esperar. Al contrario, la fe es paciente; espera hasta el final el momento elegido por Dios (Santiago 1:4).

1 Samuel 14:1-10

En el capítulo 13, consideramos lo que la carne puede hacer, o más bien, lo que no puede hacer: esperar el momento elegido por Dios. En contraste, este capítulo va a mostrarnos lo que la fe es capaz de obrar. Todos los recursos humanos se hallan del lado de Saúl. Oficialmente, el poder de Israel está allí, debajo del granado de Gabaa (v. 2). No obstante, la fe, una fe individual, está del lado de Jonatán y su compañero. Para ellos, el socorro está en Dios, su Salvador (v. 6). Doble imagen que nos hace pensar en la cristiandad actual. Ciertas religiones llamadas cristianas pretenden tener por sí solas la autoridad espiritual y se consideran como las necesarias intermediarias entre Dios y las almas. Pero el Señor, quien conoce a los suyos, les brinda apoyo, otorgándoles la comprensión de Sus pensamientos y el gozo de Su presencia, fuera de las organizaciones controladas por los hombres. Humanamente hablando, la expedición de Jonatán es una loca aventura. Los filisteos, sintiéndose fuertes, ocupan los puntos estratégicos. Jonatán cuenta con Dios, esperando de él una señal para arremeter. Una vez más, ¡qué contraste con su propio padre, y qué hermoso ejemplo para nosotros!

1 Samuel 14:11-22

Desde su puesto fortificado en la cima del peñasco, los vigías filisteos ven a los dos jóvenes israelitas, y no dejan de burlarse de ellos. “Subid a nosotros” (v. 12), les gritan con desprecio, sin sospechar que así dan a los valientes la señal que ellos esperan de parte de Jehová, la señal para la destrucción de los filisteos.

La fe no sólo sabe esperar, sino también avanzar y combatir cuando Dios le da la orden para ello. Llenos de intrepidez, nuestros dos combatientes escalan el peñasco y llegan a su cima. No piensan en el peligro que corren, sino en el poder divino. Éste hace caer ante ellos a los enemigos de Israel. Las burlas del momento precedente dan lugar al espanto que, progresivamente, gana todo el campamento de los filisteos. Éstos, en una ciega locura, se destruyen recíprocamente, mientras los hebreos dispersados vuelven a tener ánimo y se juntan nuevamente. Un pequeño comienzo, cuando es producido por la fe, puede tener un gran resultado e igualmente, si somos fieles, Dios podrá valerse de nuestras pequeñas victorias para alentar y afirmar a los cristianos que nos rodean.

1 Samuel 14:23-34

La derrota de los filisteos es total. El pueblo se une a Saúl para perseguirlos y destruirlos. Sin embargo, no posee la energía que, en una circunstancia similar, habían desplegado Gedeón y sus compañeros. Aquéllos seguían a Madián “cansados, mas todavía persiguiendo”, porque se habían refrescado antes de ir a la batalla (Jueces 7:6 y 8:4). Aquí, al contrario, Saúl prohibe al pueblo tomar alimento durante todo el día, pese al rudo esfuerzo que deben realizar (v. 24-26). Tal interdicción legal, fruto de la imaginación, ¡nos hace pensar en otras invenciones humanas en materia de religión! Ésta sólo acarrea lamentables consecuencias: primero, la derrota de los filisteos es menos grande que lo que hubiera sido con un ejército en plena posesión de sus recursos. Por otra parte, llegada la noche, cuando el pueblo por fin tiene la libertad para comer, está tan hambriento que prepara su carne matando animales sin derramar sangre, cometiendo así un pecado mortal (Levítico 17:10-14). ¿No era mucho más grave desobedecer a Jehová que transgredir la ordenanza carnal de Saúl?

1 Samuel 14:35-52

Tengamos cuidado con nuestras palabras y, particularmente, con las promesas que hagamos. Ya vimos las desdichadas consecuencias del irreflexivo juramento que Saúl había pronunciado. Debilitó inútilmente a su ejército, impidió el final de la persecución, llevando al pueblo a transgredir el mandamiento relativo a la sangre. Una última consecuencia que, al igual que las precedentes, no abrirá los ojos del pobre rey, será la de condenar precisamente al único hombre de fe: el valiente Jonatán. Ahora éste se halla en peligro de muerte, no por la espada de los filisteos, ¡sino por su propio padre! Detrás de todo esto vemos obrar al mismo Satanás. Por ese medio, procura deshacerse de este hombre de Dios; sin embargo, Jehová no lo permite y se sirve del pueblo para liberar a Jonatán. Esta escena es similar a la descrita después de la derrota de Hai (Josué 7). Pero aquí todas las faltas están del lado de Saúl, cuya locura y ciega soberbia se manifiestan a los ojos de todos. Y, de ahí en adelante, lejos de contar con Jehová, quien había dado la victoria, el rey sigue apoyándose en la carne, movilizando a los hombres fuertes y valientes para su guardia personal, un reclutamiento muy diferente al que realizará David más tarde (cap. 22:2).

1 Samuel 15:1-16

Este capítulo es importante desde dos puntos de vista. Contiene, primero, el castigo divino contra Amalec y, segundo, la prueba final del rey Saúl.

Amalec, adversario cobarde y cruel, había atacado a Israel por sorpresa a la salida del pueblo de Egipto. Esa maldad no podía serle perdonada. “Raeré del todo la memoria de Amalec”, había dicho Jehová (Éxodo 17:14). Cuatrocientos años habían transcurrido, pero Dios no lo había olvidado. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”, declara el Señor (Mateo 24:35). Israel tampoco habría tenido que olvidarlo: “Acuérdate de lo que hizo Amalec contigo en el camino, cuando salías de Egipto”, había recomendado Moisés. “Borrarás la memoria de Amalec de debajo del cielo; no lo olvides” (Deuteronomio 25:17-19).

Tampoco olvidemos nosotros a los enemigos que nos sorprendieron en el pasado. ¿Cómo se llaman? Ira, mentira, impureza… o cualquier otro tipo de pecado. Si nuestra vigilancia mengua respecto de esos frutos de la carne, podríamos tener que volver a aprender una lección que ya hemos pagado caro. No nos tratemos con indulgencia, sino que juzguemos sin piedad todas las manifestaciones de la vieja naturaleza.

1 Samuel 15:17-35

Samuel acaba de pasar una noche de angustia que debió recordarle aquella en que le fue anunciado el castigo de la casa de Elí (cap. 3:11).

Saúl no consumó el aniquilamiento de Amalec y, por consiguiente, debe ser rechazado como rey. Un rey desobediente sólo puede conducir a su pueblo a la desobediencia; se le debe apartar del poder.

“Obedecer es mejor que los sacrificios” (cap. 15:22). La más brillante acción de toda nuestra vida no tiene valor si no se la cumple por obediencia a Dios. Este versículo se aplica a todas las obras mediante las cuales la cristiandad procura en vano satisfacer a Dios, en lugar de escuchar y recibir sencillamente su Palabra.

Aquí, obedecer es mejor que los sacrificios. Pero se dice lo mismo de la misericordia y del conocimiento de Dios (Oseas 6:6; Mateo 9:13), de la justicia y de la equidad (o juicio) (Proverbios 21:3), del espíritu quebrantado (Salmo 51:16-17) y del amor (Marcos 12:33). En cambio, veamos lo que la carne, además de la desobediencia, produce en Saúl: la jactancia (v. 20), la mentira, atribuir la falta al pueblo (v. 15 y 21), la obstinación, un falso arrepentimiento y, con todo esto, la búsqueda de un vano prestigio (v. 30). ¡En verdad, un cuadro muy triste!

1 Samuel 16:1-13

El rey según la carne es puesto a un lado en los pensamientos de Dios, aunque su reinado todavía se prolonga cierto número de años. Se introduce otro rey, aquel de quien Samuel había dicho: “Jehová se ha buscado un varón conforme a su corazón” (cap. 13:14). Es David, figura de Cristo, cuyo nombre significa «Amado», el que perfectamente complace el corazón de Dios. Samuel no está preparado para reconocerlo, porque, pese a la experiencia hecha con Saúl, aún mira la apariencia. Somos demasiado propensos a juzgar por lo que vemos y a dejarnos impresionar por las cualidades (y los defectos) exteriores. Pero “Dios no hace acepción de personas” (Gálatas 2:6). ¡Él mira el corazón! Todas las apariencias, mediante las cuales podamos engañarnos y engañar a los demás, no le ocultan a Él el verdadero estado del corazón.

Samuel visita a la familia de Isaí. El joven pastor de ovejas, a quien se había omitido llamar a la fiesta, es ungido “en medio de sus hermanos” como rey para Jehová (v. 13). Esta unción de aceite (figura del Espíritu Santo) nos recuerda cómo el Amado del Padre fue señalado a Juan el Bautista en el Jordán: “Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo” (Juan 1:33; comp. 1 Samuel 16:12, fin del versículo).

1 Samuel 16:14-23

El Espíritu de Dios vino sobre David (v. 13) y se apartó del desdichado Saúl, dando lugar a un espíritu que ahora lo atormenta. Dios se sirve de este medio para introducir en la corte, en calidad de tocador de arpa al joven David, músico experimentado, quien, más tarde, llegará a ser “el dulce cantor de Israel” (2 Samuel 23:1). En esta oportunidad se da de él un hermoso testimonio (v. 18); así vemos que en la misma corte del rey había quienes conocían al ungido de Jehová. Filipenses 4:22 nos habla de un hecho análogo: en la casa de César, es decir, en el entorno del emperador romano, también había cristianos. Dios se provee de testigos en todos los medios.

Más de un detalle relaciona a David con aquel del cual es figura: Cristo, verdadera “vara del tronco de Isaí”, de quien está escrito: “Reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu… de conocimiento y de temor de Jehová” (Isaías 11:1-2). Ante el mundo, ¿qué testimonio damos de nuestro Amado?

“Yo te tomé del redil, de detrás de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel”, dirá Jehová más tarde (2 Samuel 7:8). Al atender a sus ovejas, David fue preparado para «apacentar» fielmente al pueblo de Israel (véase Salmo 78:70-72).

1 Samuel 17:1-16

Nuevamente se juntan los filisteos contra Israel. Esta vez, disponen de una magistral ventaja: un extraordinario paladín, de unos tres metros de estatura, vestido con una armadura de setenta y cinco kilos. Es un coloso tan formidable que basta verlo, para que sus enemigos se aterroricen. ¡Es Goliat! Lleno de orgullo, avanza entre las líneas enemigas y desafía a quien quiera oponerse a él en duelo. No sólo ningún adversario se presenta, sino que los israelitas huyen con temor; en cada oportunidad, el gigante tiene la ocasión de ultrajar a los ejércitos de Jehová y, por consiguiente, a Jehová mismo. Goliat nos recuerda lo que se dice del leviatán: “Cuando se levanta, se espantan los poderosos; y a causa de los terrores están fuera de sí” (Job 41:25, V.M.) Y ante todo, nos hace pensar en ese “hombre fuerte”, de quien nos habla el Señor Jesús (Marcos 3:27): Satanás mismo que, por temor a la muerte, ejercita una cruel dominación sobre los hombres, buscando hacer de ellos sus esclavos para siempre (v. 9).

Durante este tiempo, David va y viene, de su rebaño a la corte del rey, a sus anchas tanto aquí como allá. ¡Qué hermosa imagen de Jesús en su humildad y su incansable abnegación!

1 Samuel 17:17-30

Enviado por su padre, como José en otros tiempos para buscar noticias de sus hermanos (Génesis 37:13), David es la imagen de Aquel que dejó el cielo para visitar al mundo y traerle la gracia. Entonces, David oye el cotidiano desafío, el ultraje hecho a Israel por el paladín filisteo. Consternado, se informa (v. 26). Eliab le oye y le reprende por su curiosidad (v. 28). A veces ocurre que los mayores regañan injustamente y sin miramientos a sus hermanos más jóvenes.

Aunque había asistido a la unción de David, Eliab no lo toma en serio. Nos recuerda a los hermanos de Jesús, quienes no “creían en él” (Juan 7:5).

Cuarenta días pasaron (v. 16). En toda la Escritura, cuarenta es el número que corresponde a una completa puesta a prueba. ¡Ay!, es necesario reconocerlo: ¡frente al filisteo no hay nadie, nadie para liberar a Israel! Ni Eliab, pese a su grande estatura (cap. 16:7) —debería haber tenido vergüenza de su cobardía delante de David—; ¡ni aun Saúl! (el más alto de todo el pueblo y, por consiguiente, el más indicado para defenderlo), porque Jehová lo había abandonado. Sin embargo, para la fe de David, Goliat no es más que un filisteo como los demás, vencido de antemano porque se permitió insultar “a los escuadrones del Dios viviente” (Isaías 37:23 y 28).

1 Samuel 17:31-40

David se presenta ante Saúl y le da a conocer su proyecto. “No podrás tú ir contra aquel filisteo”, le responde el rey. Empero, impresionado por la resolución y la firme confianza del joven, está dispuesto a ayudarlo: trae su armadura; se la presta a David, quien sintiéndose incómodo y paralizado en sus movimientos, no puede valerse de ella. No, sus armas serán los humildes utensilios del pastor. Éstos, sin valor a los ojos de los hombres, tanto más harán resaltar el poder de Jehová.

La armadura de Saúl nos habla de todos los recursos y las precauciones de la sabiduría humana; ¡la fe los considera como trabas!

Formado por Dios en lo secreto para el servicio al cual estaba destinado (como lo fueron tantos servidores y Jesús mismo en Nazaret), David aparece ahora en público, listo para el combate. Y, para demostrar el poder de Jehová, relata una experiencia hecha en esa «escuela del desierto». Mató, sin testigos, un león y un oso para liberar una oveja. Pensemos en otro Pastor dando su vida por las ovejas y liberándolas del cruel Adversario (Juan 10:11; 17:12 y 18:8-9). ¡Qué inmenso valor tiene un solo cordero para el corazón de este buen Pastor!

1 Samuel 17:41-54

Una vez más, el filisteo sale de las filas con su actitud provocativa. Pero, ¿quién viene a su encuentro? ¿Es éste el campeón que le opone Israel, un jovencito con sus armas irrisorias: un palo y una honda de pastor? ¿Se burlan de él? Mira de arriba abajo a este miserable adversario, indigno de medirse con él, y lo insulta con desprecio. Pero David no se conmueve, y más tarde escribirá: “Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?” (Salmo 27:1). Con gesto seguro, lanza la piedra; ésta penetra en la frente del gigante, quien se desploma. David corre y le corta la cabeza con la propia espada de Goliat. Entonces, estallan gritos de victoria en el campamento de Israel, en tanto que la confusión y la derrota reinan en el de los filisteos. ¡Qué escena memorable! Ilustra el poder de la fe, esa fe que permite al creyente obtener, de rodillas, semejantes victorias. Pero sabemos que tiene un alcance infinitamente más grande. Figura de Cristo, David triunfó sobre Goliat, imagen de Satanás, al utilizar su propia espada: la muerte. Es la victoria de la cruz, inagotable tema de eterna alabanza.

1 Samuel 17:55-58; 1 Samuel 18:1-9

Como vencedor, David es llevado otra vez ante el rey, teniendo en la mano la cabeza del gigante. Con sorpresa, comprobamos que Saúl no recuerda más de quién es hijo. Con respecto al Señor Jesús se manifiesta un enceguecimiento semejante. Los judíos no lo conocen, ni a él ni a su Padre (Juan 8:19). Y todavía es así, aun en nuestros países cristianos: muchas personas no reconocen verdaderamente a Jesús como el Hijo de Dios (1 Juan 4:14-15).

En cambio, Jonatán no se formula preguntas respecto a David (1 Samuel 20:13-15). El que acaba de dar a Israel esta extraordinaria liberación sólo puede ser el ungido de Jehová. Su alma se apega a él, no sencillamente por agradecimiento o admiración, sino por un vínculo de íntimo y verdadero amor. Es un hermoso ejemplo para el creyente que no sólo goza de su salvación sino que ama a aquel que le salvó. Ahora bien, el amor es un sentimiento que se manifiesta. Por David, el amado, Jonatán se despoja de lo que produce su fuerza y su gloria. ¿Estamos dispuestos a hacer otro tanto? ¿Hemos reconocido a Jesús, nuestro Salvador, como Aquel que tiene derechos sobre nuestro corazón y sobre todo lo que nos pertenece?

1 Samuel 18:10-30

Tan profundo es el amor de Jonatán por David como violento el odio de Saúl por él. Esto comienza con la irritación (v. 8) acompañada de celos, luego el deseo de asesinato llena su corazón; el odio aumenta: una primera tentativa de matar a David será seguida por muchas otras en los próximos capítulos. Esto es exactamente lo que la Escritura llama “el camino de Caín” (Judas 11). Éste empezó por estar muy irritado… y terminó por matar a su hermano. Irritación y celos son, pues, nada menos que los primeros pasos en ese terrible camino (Santiago 3:14 y 4:1).

El rey había prometido su hija al que venciera al filisteo. Pero no cumple su palabra (v. 19). Luego, valiéndose de su hija menor, Mical, procura hacer caer a David en las manos de sus enemigos. Sin embargo, habría podido sospechar que el vencedor de Goliat triunfaría aún más fácilmente sobre filisteos menos temibles que aquél. Además, conoce el secreto que da la fuerza a David y es precisamente lo que le asusta: “Jehová estaba con él” (v. 12, 14, 28). “No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo”, confirma David en el Salmo 23:4.

¿Conocemos este secreto? ¿Hemos experimentado el aliento que puede darnos? (2 Timoteo 4:17).

1 Samuel 19:1-18

Jonatán se ha apegado mucho a David. Ahora ha llegado el momento en que debe dar testimonio ante su padre a favor de su amigo.

Si amamos al Señor Jesús, no nos avergonzaremos de hablar de él, en primer lugar, ante nuestra familia. Sin temor confesaremos a Aquel que es sin pecado, el que hirió al gran Enemigo y por quien Dios obró una maravillosa liberación (comp. v. 4-5).

En respuesta a la intervención de Jonatán, Saúl jura en nombre de Jehová que no hará morir a David, ¡promesa que pronto se desvanece! En el mismo momento en que David está ocupado en aliviar al rey, éste renueva su criminal acción. ¡Cuán grande es la ingratitud del corazón humano y, muy especialmente, hacia su Salvador de quien David es una imagen! (Salmo 109:4-5). Luego, el miserable rey, dominado por los celos, persigue a su propio yerno hasta su casa y en su cama (véase el título del Salmo 59). Mical protege a su marido, pero no lo hace como su hermano Jonatán por medio de una valiente confesión: emplea la mentira y el disimulo.

David huye por la ventana. En Damasco, Pablo, objeto del odio de los judíos, escapa por el mismo medio (Hechos 9:25; 2 Corintios 11:32-33).

1 Samuel 19:19-24; 1 Samuel 20:1-4

Hasta aquí David se ha abierto camino: yerno del rey, oficial superior, héroe popular… al parecer, no le queda más que esperar tranquilamente el momento de suceder a Saúl en el trono. ¡Pero, no! El plan de Dios con respecto a él preveía años difíciles, destinados a prepararle para ocupar el trono. Las pruebas del creyente tienen el mismo objetivo: formarle aquí abajo para reinar más tarde con Jesús.

Así, David debe dejarlo todo: hogar, situación y recursos. Pero, antes de las tribulaciones que le aguardan, pasa algunos días en compañía de Samuel en Naiot. Para este joven, es un privilegio recibir, al principio de su carrera, las enseñanzas y exhortaciones del anciano que llega al final de la suya.

¡Jóvenes creyentes, les aconsejamos que también busquen la compañía de cristianos de más edad! Aprovechen su experiencia. Timoteo se formó al lado del apóstol Pablo. Las enseñanzas que reciban de esta manera no los eximirán de vivir después, como David, sus propias experiencias personales. Pero pueden y deben prepararles para que las atraviesen sin perjuicio.

Es conmovedor ver la confianza de David en tales circunstancias: “Yo cantaré de tu poder, y alabaré de mañana tu misericordia” (Salmo 59:16).

1 Samuel 20:5-23

La llegada de Saúl a Naiot provoca la huida de David. No obstante, éste guarda alguna esperanza de volver a tomar su lugar en la corte y regresa para pedir consejo a su amigo Jonatán. “En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia” (Proverbios 17:17). Compañeros en los días felices, David y Jonatán van a sentir cuán precioso y consolador es su afecto en el momento de la prueba.

Con más razón será así en nuestra relación con el Amigo supremo. ¿Podríamos conocer su perfecta simpatía, si nunca la necesitáramos? (Hebreos 4:15-16).

Aparentemente, David no es más que un pobre proscrito, para quien las promesas divinas de la realeza están anuladas. Pero la fe de Jonatán sigue viendo en él a aquel que infaliblemente debe reinar, a aquel cuyos enemigos serán eliminados, inclusive su propio padre (a quien por loable respeto evita nombrar). Notemos cómo habla del porvenir con plena certeza. Así los redimidos de Jesús disciernen sus admirables glorias por la fe y saben que su Salvador, hoy en día odiado y rechazado por el mundo y su príncipe, pronto aparecerá como el rey de gloria, teniendo a todos sus enemigos bajo sus pies.

1 Samuel 20:24-43

¿Cómo se explica el recíproco amor de David y Jonatán? Entre ellos existía este estrecho vínculo: una misma fe. Tanto el uno como el otro había mostrado esa fe al obtener a solas una victoria de Jehová sobre los filisteos.

Porque tienen en común “una fe igualmente preciosa”, los creyentes se reconocen y se aman (2 Pedro 1:1). Recordémoslo cuando elijamos nuestros amigos. Para nosotros, hijos de Dios, no puede haber verdadera y profunda amistad fuera de una misma fe en el Señor Jesucristo (Salmo 119:63).

De nuevo, y no sin riesgos, Jonatán es el abogado de David frente a su padre Saúl. Incrédulo, éste finge ignorar la sentencia de Dios (1 Samuel 13:13-14) y, pese a ella, quisiera asegurar los derechos de la sucesión real a su hijo (v. 31). En apariencia, Jonatán obra en contra de su propio interés. Es la señal del verdadero amor (véase 1 Corintios 13:5). Aun después que Saúl procurara matarlo a él también, si tiene dolor, es a causa del ultraje hecho a David y no por sí mismo (v. 34).

Queridos amigos, ¿qué nos aflige más? ¿el ultraje hecho al Señor Jesús por el mundo o los prejuicios que éste nos cause?

1 Samuel 21:1-15

Comienza la vida errante de David. Primero se dirige a Nob, al sacerdote Ahimelec.

El Señor recordará esta escena a los judíos para probarles que todo (inclusive la ley) debe estar sujeto al Mesías, de quien David es figura (Marcos 2:25-26).

Antes de enfrentar nuestras dificultades, antes de emprender lo que sea, vayamos a Jesús, nuestro gran Sacerdote. Como David, pidámosle la comida y la espada. Su Palabra, con tal que le entendamos y recibamos, nos proveerá a la vez la una y la otra.

¡Ay!, de la boca de David debemos oír una mentira (v. 2); luego, comete una nueva falta: busca refugio en los enemigos de Israel y finge estar loco delante de Aquis, príncipe de los filisteos (v. 10-15). ¡Qué triste cuadro! ¿No es él el ungido de Jehová, el vencedor de Goliat, en otros tiempos, la imagen del Señor Jesús?

También es un triste espectáculo cuando un creyente, olvidando que es representante de Cristo, obra delante del mundo como un insensato.

Pero es consolador ver que, después de haber dado ese paso en falso, David es restaurado y puede componer mediante el Espíritu este notable cántico: “Bendeciré a Jehová en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca” (Salmo 34:1).

1 Samuel 22:1-10

La cueva de Adulam viene a ser el refugio de David. Pero, en realidad, Jehová es su refugio, así lo afirma un salmo compuesto en esa cueva: “Tú eres mi refugio” (Salmo 142:5, V.M.; véase también Salmo 57:1). Después agrega: “Me rodearán los justos, porque tú me serás propicio” (Salmo 142:7). ¿Los justos? ¿Puede tratarse de esos hombres del versículo 2, aparentemente tan poco recomendables, sospechosos, deudores marginales, verdaderos desechos de la sociedad? Sí, Dios da este nombre a los que aman a su ungido y le reconocen como jefe. Desde el momento en que acuden a David, ya no es cuestión de su triste pasado.

Así, hoy en día, los que se reúnen alrededor de Jesús han cambiado su miseria moral, su inmensa deuda para con Dios, la amargura de su alma (v. 2) por Su justicia. En cuanto comprenden que en sí mismos ellos no tienen nada de valor y que el mundo no puede satisfacerlos, hallan en Jesús un Jefe y un objeto para sus afectos.

¿Qué podía ofrecer David a sus compañeros? Para el presente, ¡nada más que sufrimientos! Pero para el porvenir, podrían compartir su gloria real. ¡Tal es la parte del creyente! ¡Qué contraste con la gente del mundo que, como los siervos de Saúl en el versículo 7, recibe todas sus ventajas y sus bienes en la vida presente!

1 Samuel 22:11-23

Mientras David, el futuro rey, se halla errante y proscrito con sus fieles, Saúl trama siniestros proyectos contra él. Al mismo tiempo, sus celos le impelen a la matanza de los sacerdotes de Jehová. Y lo que no ejecutó contra Amalec, enemigo del pueblo, al perdonarle la vida a Agag y al ganado, no teme hacerlo a la ciudad de Nob, pasándola por entero a cuchillo. Para cumplir su venganza, Saúl se vale del mismo traidor, Doeg, un edomita, terrible figura del Anticristo, quien en un tiempo venidero, se levantará contra el Señor y contra Israel (véase el título del Salmo 52).

Consideremos ahora, en cambio, un cuadro lleno de gracia: Abiatar se reúne con el ungido de Jehová. “Quédate conmigo —le recomienda David—, quien buscare mi vida, buscará también la tuya” (v. 23). “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros”, recuerda Jesús a sus discípulos. “Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Juan 15:18 y 20). Esta persecución, este odio del mundo, ¿es motivo de temor para nuestros corazones? Entonces, escuchemos como viniendo de boca del Señor esta preciosa promesa nunca desmentida: ¡“Conmigo estarás a salvo”! (v. 23; véase Juan 18:9).

1 Samuel 23:1-13

Al ser informado del ataque de los filisteos a Keila, David habría podido decir: «Es asunto de Saúl proteger al país». ¡Pero, no! Pese al riesgo que corre, el que en otros tiempos liberaba a sus ovejas del león y del oso, auxilia a la ciudad en peligro. Si bien David obra así como el verdadero rey, no omite preguntar primero a Dios lo que piensa de ello (v. 2). No nos olvidemos nunca de hacerlo, aun cuando emprendamos algo que nos parece bien. Esto se llama ¡dependencia!

Los hombres de David tienen miedo. Nos hacen recordar a los discípulos del Señor quienes “se asombraron, y le seguían con miedo” (Marcos 10:32).

Para alentar a su gente, David vuelve a consultar a Jehová, quien le responde de manera más precisa aún. Y se consigue la victoria. No obstante, David sabe que los que fueron liberados son capaces de entregarle a Saúl sin vacilar; no tiene confianza en ellos. ¿No era lo mismo con el Señor? Había venido a liberar a su pueblo; sin embargo, “no se fiaba de ellos, porque conocía a todos… pues él sabía lo que había en el hombre” (Juan 2:24-25). También conoce cada uno de nuestros corazones.

1 Samuel 23:14-29

Enceguecido y endurecido, Saúl se había atrevido a decir de David: “Dios lo ha entregado en mi mano” (v. 7). No sin ironía, el versículo 14 restablece la verdad: “Dios no lo entregó en sus manos” (comp. Salmo 37:32-33). Sin embargo, el “amado”, el rey “conforme al corazón de Dios” debe conocer la amargura y sufrir esta injusta situación al margen de la sociedad. Es necesario que experimente la maldad humana manifestándose contra él: odio, celos, ingratitud, y hasta la traición. Esos zifeos, ¿no nos hacen pensar en Judas vendiendo a su Maestro? Sí, Jesús, el Rey rechazado conoció aún más que David ese desenfreno de maldad, esa “contradicción de pecadores contra sí mismo” (Hebreos 12:3). Su corazón, infinitamente sensible, sufrió por ello de la manera más profunda.

Lo que David experimentó entonces, podemos comprenderlo por medio de ciertos salmos compuestos en ese desierto de Judá (Salmos 54, 63, etc.) La visita de Jonatán le alienta y dirige su pensamiento hacia el porvenir. Pero, el mismo amigo fiel “se volvió a su casa” (v. 18; comp. con Juan 7:53), mientras que David, imagen de uno más grande que él, continúa su camino de rechazo con los que lo dejaron todo para seguirle.

1 Samuel 24:1-22

David y sus compañeros hallaron abrigo en otras cuevas: los lugares fuertes de En-gadi. Hebreos 11:38 nos habla de esos hombres de fe, “de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra”. Saúl, “respirando aún amenazas y muerte” (como su homónimo en Hechos 9:1), y persiguiendo a David, fortuitamente penetra en la cueva en que éste se ha escondido. Es la mano de Dios, piensan sus hombres: «Jehová te da la ocasión de acabar con tu enemigo y de tomar su lugar en el trono» (v. 5). Pero David no lo hace. Honra al “ungido de Jehová” pese a su maldad (1 Pedro 2:17). También pone en práctica la exhortación de Romanos 12:19: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos”. Quizás David habla de esta experiencia cuando dice: “…He libertado al que sin causa era mi enemigo” (Salmo 7:4). Su nobleza y su mansedumbre, por cierto nos hacen pensar en Aquel que no se vengó de sus enemigos, sino que, al contrario, oró por ellos: “Padre, perdónalos” (Lucas 23:34).

Confundido (véase Salmo 35:4) y aparentemente humillado, Saúl debe reconocer los derechos de David en cuanto al reino de Israel (v. 20).

1 Samuel 25:1-17

Samuel muere y con él cesan las oraciones que hacía subir fielmente a favor del pueblo (cap. 12:23). Moisés y Samuel son dos grandes ejemplos de la intercesión (Jeremías 15:1). Siempre es solemne cuando Dios retira un hombre o una mujer de oración, cuando una voz calla… tal vez, después de haber orado mucho por nosotros. Empero, la del Señor no se interrumpirá. Él está “viviendo siempre” para interceder por nosotros (Hebreos 7:25).

David, el verdadero rey, el salvador de Israel, está en medio de su pueblo como un fiel pastor. Cuida los rebaños del rico Nabal tan atentamente como otrora a sus propias ovejas. Ahora envía a sus jóvenes con palabras de paz para la casa de ese hombre (v. 6; comp. con Lucas 10:5). Pero Nabal no conoce a David y le desprecia (v. 10). Se parece a esos fariseos que decían de Jesús: “Respecto a ése, no sabemos de dónde sea” (Juan 9:29). Rechaza tanto al verdadero rey como a sus mensajeros. Es también lo que el Señor anunciaba a sus discípulos: “El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mí me desecha” (Lucas 10:16).

Además, como el rico “insensato” de Lucas 12:16-20, Nabal habla de lo que Dios colocó en sus manos como si fuera suyo: mi pan, mi agua… (v. 11).

1 Samuel 25:18-31

“Me devuelven mal por bien”, dice David en el Salmo 35, versículo 12. Es lo que hace Nabal. Igual había hecho Saúl, como él mismo lo confesó en el capítulo precedente: “Me has pagado con bien, habiéndote yo pagado con mal” (cap. 24:17). Pero esta vez, David no devuelve el bien. En un momento de irritación, el jefe ofendido ciñe su espada para vengarse. Ha dejado de parecerse al perfecto Modelo, “quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 Pedro 2:23).

En la casa de Nabal cohabitan la sabiduría y la locura. La locura se manifestó por boca de Nabal, el incrédulo (su nombre significa loco, ayer lo comparamos con el rico insensato de Lucas 12:16-21). La sabiduría interviene a su turno por medio de la piadosa Abigail, mujer de “buen entendimiento” (v. 3). Con sus presentes va al encuentro de aquel a quien reconoce como el ungido de Jehová. Se prosterna, confiesa su indignidad y exalta las glorias actuales y futuras que su fe discierne en el rey según Dios. Comprobamos que la locura y la incredulidad van juntas, así como la verdadera sabiduría es inseparable de la fe.

1 Samuel 25:32-44

Mientras Nabal festeja como un rey (después de haber rechazado y ultrajado al verdadero rey), Dios mismo lo hiere. No perdemos nada al dejar que el Señor obre en nuestro lugar.

Abigail, mujer de fe, se distinguió por su buen entendimiento, su prontitud (v. 18, 23 y 42), su humildad y su abnegación. “Cuando Jehová… te establezca por príncipe… acuérdate de tu sierva”, había pedido ella (v. 30-31; comp. con la petición del malhechor en Lucas 23:42).

La respuesta supera todas sus esperanzas: ahora David la hace su esposa (v. 42). Sin pesar, esa mujer abandona las riquezas de la tierra para compartir la suerte del rey rechazado en las cuevas y los desiertos. Unida anteriormente a un insensato, llega a ser la feliz compañera del “amado”, ¡ahora en los sufrimientos, pero más tarde en el reinado! Es una hermosa figura de la Iglesia, la Esposa de Cristo, compartiendo la posición de su Señor, hoy no reconocida y rechazada por el mundo, como lo fue Él mismo; pero, ¡mañana vendrá a reinar con él en gloria! “Si sufrimos, también reinaremos con él”, recuerda 2 Timoteo 2:12. Somos “herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:17).

1 Samuel 26:1-12

La generosidad de David en el capítulo 24 pareció tocar por fin el corazón de Saúl. Sin embargo, no se trataba de un verdadero arrepentimiento. La cobarde denuncia de los zifeos, quienes buscan ser bien mirados, pone al rey malo en campaña contra aquel que, un día, deberá tomar su lugar. El Salmo 54, escrito en esa oportunidad, nos permite medir lo doloroso que fue para David ese hecho infame de los hombres de Zif. Implora el socorro de Dios contra los hombres violentos que buscan su vida: “No han puesto a Dios delante de sí” (Salmo 54:3); pero él le invoca, y en respuesta a su oración, Dios lo protege y le brinda una nueva ocasión de mostrar la pureza de sus intenciones para con Saúl. Una expedición nocturna pone en manos de David la lanza con la cual, en dos oportunidades, el rey criminal quiso traspasarlo. Una palabra bastaría para que David fuera liberado de su perseguidor: Abisai la espera. Pero, una vez más, la misericordia detiene su brazo (v. 9).

¿No es así como obró nuestro perfecto Modelo? (véase también Lucas 9:54-55). Ponía en práctica lo que había enseñado anteriormente a sus discípulos: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen… Sed, pues, misericordiosos… no juzguéis… no condenéis” (Lucas 6:27, 36-37). ¡Es de desear que demos más cumplimiento a estas palabras del Señor Jesús!

1 Samuel 26:13-25

Tal vez nos sea difícil comprender el carácter de Saúl. ¿Cómo conciliar sus pesares, sus promesas y sus demostraciones de afecto con el renovado encarnizamiento para perseguir a David y destruirlo? Nunca confundamos la fe con la sentimentalidad. Ésta última es capaz de derramar abundantes lágrimas y repetir sin verdadera convicción: “He pecado” (cap. 15:30 y 26:21); incluso puede tomar los más solemnes compromisos. Con todo, la conciencia no es tocada y la prueba de ello es que los frutos no son durables. Saúl es un hombre superficial, capaz de mucha emoción, pero sin fuerza para ejecutar sus buenas resoluciones, porque no tiene fe.

¡Qué dignidad conserva David pese a su humillación! Es perseguido como “perdiz por los montes” (v. 20); sin embargo, todo muestra que él es dueño de la situación. Reprende a Abner y firmemente formula a Saúl preguntas que éste no puede contestar (v. 18).

Otra vez, nuestros corazones se dirigen hacia Aquel que, después de haber sido humillado, menospreciado y rechazado, “será engrandecido y exaltado, y será puesto muy en alto”. Además, se agrega: “Los reyes cerrarán ante él la boca” (Isaías 52:13 y 15).

1 Samuel 27:1-12

La primera visita de David a Aquis, rey de Gat, había terminado en la completa confusión de David (cap. 21:10-15). Mas, a pesar de esto, vuelve allí por temor a Saúl. No reconocemos a aquel que en el capítulo 26, versículos 6 a 12, descendió sin miedo al mismo campamento de su adversario para tomar la lanza que se hallaba a su cabecera. Menos aún reconocemos al vencedor de Goliat en aquel que va a buscar refugio junto a los filisteos. ¡Ay! ¿No ocurre a menudo que ya no se nos reconoce como discípulos de Jesús? Quizá, con su socorro habíamos obtenido alguna victoria. Como David, habíamos mostrado confianza en Dios y firmeza en nuestro testimonio delante de los hombres. Habían podido verse en nosotros algunos rasgos de la gracia. Luego, de un momento a otro, nada más parece subsistir. Nos hallamos nuevamente del lado del mundo, de acuerdo con los enemigos del Señor.

Sí, en Gat, David olvidó la derrota del filisteo. ¡Queridos hermanos, nunca olvidemos la cruz! Como una barrera, nos separa del mundo que crucificó a Jesús. Más bien, imitemos a Pablo, quien dice: “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gálatas 6:14).

1 Samuel 28:1-14

Mientras David está en Gat, en una situación equívoca y peligrosa, Saúl se encuentra en una posición más peligrosa aún. Delante de los filisteos que inician una nueva guerra, su corazón se turba en gran manera, porque ya nada lo sostiene. Por haber abandonado a Jehová, ahora es Jehová quien lo abandona. Saúl intenta buscarle por todos los medios; sin embargo, es trabajo perdido: ¡Dios permanece sordo! Es una solemne ilustración de Proverbios 1:24-28. Pero, acordémonos de que incluso un creyente no puede esperar conocer la voluntad del Señor cuando su conciencia está en mal estado.

Todavía hoy, ciertas personas pretenden ser capaces de evocar a los espíritus de los muertos, y el diablo se sirve de ellas para extraviar a pobres almas supersticiosas. Éstas últimas se comunican, pues, no con los muertos sino con los demonios.

Hermanos en Cristo, ¡no tengamos siquiera curiosidad por estas cosas! A los ojos de Dios son abominación (Deuteronomio 18:10-12; Levítico 19:31). Saúl lo sabía; en tiempos mejores, había tenido el cuidado de quitarlas de Israel (v. 3). Hombre inconstante, carnal, hele aquí en su desconcierto recurriendo a una vidente de Endor.

1 Samuel 28:15-25

¡Espantosa escena! La misma mujer clamó en alta voz, porque Samuel no apareció a consecuencia de sus encantamientos. Ni ella, ni Satanás su amo tenían el poder para hacerlo. Por un instante, la mano de Dios entreabrió la puerta de la morada de los muertos e hizo subir a su siervo Samuel a la escena.

Lo que el profeta declara al rey caído es similar al mensaje que, siendo muy joven, fue encargado de decir a Elí (cap. 3:11-13). Es una terrible confirmación de la sentencia de Jehová. Sólo falta un día y será ejecutada; el reinado quitado a Saúl será dado a David y el rey y sus hijos irán a encontrarse con Samuel en el lugar en que los muertos aguardan la resurrección: para vida o para juicio.

Es muy solemne el fin de ese hombre, quien había empezado con tan buena disposición. Queridos amigos, recordemos bien esto: las más hermosas cualidades, en ausencia de la nueva vida, conducen al castigo eterno tan seguramente como los más groseros pecados. Jesús da esa vida divina a todos los que se la pidan. ¿La posee usted?

1 Samuel 29:1-11

Mientras no había guerra declarada entre Israel y los filisteos, la posición de David en medio de extranjeros podía, tal vez, disculparse: el odio de Saúl de veras lo empujaba al exilio. Pero ahora, en vísperas de la batalla, esta situación se hace insostenible; y David habría tenido que darse cuenta. Mas, persevera en su doble juego, mostrándose dispuesto a tomar las armas contra Israel al lado de los filisteos. En su gracia, Jehová se vale de la desconfianza de los príncipes para librar a David de la trampa que él mismo había fabricado. Recordemos bien que, para el mundo, el creyente no sólo es extranjero, sino enemigo. Es tan peligroso por sus muestras de interés y sus cumplidos —los de Aquis a David (v. 6 y 9)— como por sus manifestaciones de violencia.

El hombre renombrado por haber herido a diez mil filisteos quizás haya olvidado sus propias victorias. En cambio, sus enemigos guardaron de ellas un punzante recuerdo (v. 5; cap. 21:11). Y cuando olvidamos la cruz y nuestro precedente testimonio, el mundo siempre sabe señalarnos: «¿Es éste el cristiano que pretendía ser mejor que nosotros?»

1 Samuel 30:1-10

Dios no permitió que David participara en la batalla contra Saúl, a quien, en dos ocasiones, había perdonado la vida tan generosamente; ni contra Jonatán su amigo; ni contra Israel su pueblo, sobre el cual era llamado a reinar.

Pero, aunque protegido, ahora debe pasar por la disciplina como todo siervo desobediente. Esta disciplina es el desastre que encuentra al volver a Siclag. ¡Ay, qué angustia para estos hombres y especialmente para su jefe! Los que le son más queridos han desaparecido. No sabe si han muerto o sólo son cautivos. David lo ha perdido todo. Peor aún: exiliado de Israel, perseguido por Saúl, rechazado por sus falsos amigos, los filisteos, ahora sus verdaderos amigos, sus fieles compañeros desde el comienzo, se vuelven contra él y hablan de apedrearlo. Ya no tiene nada… Sin embargo, ¡Dios sigue estando con él! Y leemos estas notables palabras: “David se fortaleció en Jehová su Dios” (v. 6). No pudiendo contar con nada ni con nadie, experimenta lo que dice un cántico: «Cuando todo me falta, Él mismo me queda». Entonces, con la fuerza que vuelve a hallar en su Dios, se lanza resueltamente sobre la huella de los raptores amalecitas.

1 Samuel 30:11-31

El pobre esclavo egipcio abandonado por su amo, a quien David recoge y reconforta, nos hace pensar en la condición del pecador perdido. Cuando Satanás lo ha dejado en un estado de total debilidad y de muerte moral, Jesús, como el buen Samaritano, le da la vida para las fuerzas y la capacidad para servirle.

Guiados por este muchacho, David y sus hombres caen sorpresivamente sobre los amalecitas, ocupados en festejar su victoria. Y Dios permite que recuperen todo lo que les había sido arrebatado y que se apoderen de un gran botín. ¡Qué gracia divina! ¡Es preciso que todos la aprovechen, inclusive los que guardaron el bagaje: tal es la respuesta de David a sus compañeros egoístas y celosos (v. 23-24). ¿No es igual la enseñanza del Evangelio? El obrero de la hora undécima recibe tanto como sus compañeros de la mañana, pese al enojo de éstos, porque están frente a un amor, lleno de bondad (Mateo 20:14-15). Por ejemplo, no pensemos que un creyente discapacitado o enfermo será menos favorecido en el día de Cristo, porque aparentemente no estuvo «en primera linea». No podemos juzgar el servicio de otros creyentes ni apreciar su recompensa. El Señor la ha preparado a la medida de su perfecto amor.

1 Samuel 31:1-13

La batalla entre Israel y los filisteos empieza durante los acontecimientos narrados anteriormente. Pronto se hace ventajosa para los filisteos, quienes disponen de un cuerpo de flecheros contra los cuales los israelitas, alcanzados a distancia, no pueden utilizar sus armas. Entonces, de repente, todo le falta a Saúl. En contraste con David en el capítulo 30, versículo 6, Dios también le falta. El único recurso que ve, es el de quitarse la vida. Así lo hará Judas. Pero, como tantos incrédulos cuya desesperanza los conduce al suicidio (antes que a los brazos del Señor), al querer escapar de la deshonra en la tierra, Saúl no hace más que precipitarse a la desdicha eterna. ¡Miserable hombre! Había tenido el reino y todo lo que se puede desear en este mundo. ¿Pero de qué sirve esto para aquel que pierde su alma? (Marcos 8:36).

Los hombres de Jabes-galaad, emparentados con la tribu de Benjamín (Jueces 21:14), muestran su agradecimiento hacia aquel que los libró en otros tiempos (1 Samuel 11).

Ahora todo el antiguo orden de cosas es puesto a un lado para dar lugar al rey según Dios, David, imagen de Cristo, viniendo a reinar en gloria.

navigate_before Rut 2 Samuel navigate_next

vertical_align_top Arriba